Lunes 3º del TO

Lunes 3º del TO

 Mc 3, 22-30

 Queridos hermanos:

             

            Esta palabra nos habla del espíritu de Cristo, que no ha venido a juzgar, sino a perdonar y salvar, derribando a Satanás de la altura a la que nuestros pecados lo habían encumbrado. En este Evangelio, los escribas le acusan de estar endemoniado, por su autoridad sobre los demonios, y hacen ineficaz la salvación de Dios en ellos por su ceguera para reconocer al Espíritu en él; por la dureza de su corazón, que les hace rechazar a Dios.

Frente a Cristo, toda la realidad se divide en dos: o con Cristo o contra él. Toda la historia y toda la creación tienden, por tanto, al encuentro con él, constituido como puerta, camino y meta de la existencia hacia la bienaventuranza eterna. Frente a la realidad del mundo sometido a Satanás y a la muerte por el pecado, la vida de Dios se ofrece gratuitamente al hombre por medio de Cristo, que nos rescata por su cruz. Quien se queja de la radicalidad del Evangelio es siempre el “tibio”, del que dice el libro del Apocalipsis, que será vomitado.

Los judíos del Evangelio acusan al Señor de estar endemoniado. Su ceguera les impide reconocer en Cristo al Espíritu, a quien llamamos “Dedo de la diestra del Padre” (Digitus paternae dexterae), ya que, por él, Dios hace sus obras de forma semejante a como el hombre se vale de sus manos para realizar las suyas; así, la dureza de su corazón les hace rechazar a Dios, atribuyendo sus obras al diablo, verdadera blasfemia contra el Espíritu Santo. De nuevo se requiere el discernimiento que da el amor a Dios.

Si lo propio del demonio es la maldad y no la bondad, dañar, no curar, ¿cómo va a dedicarse a hacer el bien, librando a los hombres de su poder? Jesús dirá: “También el poder de curar de mis discípulos y de vuestros hermanos e hijos, ¿es diabólico? Pues si no lo es, ellos os juzgarán por vuestra incredulidad y falsedad”. Necesitamos tener discernimiento, para que nuestros juicios no se vuelvan contra nosotros y nos condenen por no haber acogido la salvación gratuita de Dios que se nos ofrece con Cristo.

Sólo quien es más fuerte que el diablo puede vencerlo y expulsarlo, despojándolo de su botín. Su fuerza resalta nuestra debilidad, pero es insignificante frente a la fuerza de Dios que está en Cristo. Curando y expulsando demonios, Cristo hace patente su poder sobre ellos, venciendo a quien se ha hecho fuerte por el pecado y expulsando a Satanás.

Rechazar a Cristo es someterse a Satanás, que, al encontrar la casa vacía, la ocupa con otros siete demonios para la perdición del hombre, haciéndolo cómplice de su obra destructora. En relación con la fe, no hay vía intermedia. Los “no alineados”, como se decía frente a los bloques de la Guerra Fría, son una falacia en la vida espiritual. La Escritura habla sólo de dos caminos: la muerte y la vida; elige la vida para que vivas. “Quien no recoge conmigo, desparrama”. Por eso, si respondemos “Amén” a la entrega de Cristo en la Eucaristía, comiendo su carne y bebiendo su sangre, lo hacemos para tener vida eterna en él.    

Que así sea.

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Domingo 3º del TO C (de la Palabra)

Domingo 3º del TO C (de la Palabra)

Ne 8, 2-4.5-6.8-10; 1Co 12, 12-30; Lc 1, 1-4; 4, 14-21.

Queridos hermanos:

Dios ha manifestado a su pueblo su palabra por inspiración de su Espíritu. Los hombres han profetizado hablando en su nombre y se han escrito sus oráculos para nuestra edificación, apuntando siempre a una plenitud de salvación en la persona del “Profeta” por excelencia (Dt 18, 15-18), que encarnaría su Palabra, dándonos su Espíritu sin medida. La Iglesia ha reconocido como inspirados cuatro Evangelios, entre otros muchos que se han escrito.

El Evangelio según san Lucas nos muestra hoy el comienzo de la predicación de Jesús en Galilea, admirado por todos, sorprendidos por las palabras llenas de gracia que salen de su boca, en contraste con la predicación legalista tradicional, tratándose de Jesús, el hijo de José, a quien creen conocer bien por su vecindad.

Cristo se presenta reivindicando para sí mismo el misterio sobre la profecía mesiánica de Isaías (Is 61, 1-2), lo que le acarreará la ira de sus paisanos, como se menciona en los versículos 28 y 29. Él es el ungido (Cristo) del Señor, para abrir el “año de gracia” y quien debe asumir sobre sí el “día de venganza de nuestro Dios”, con el que termina el segundo versículo del oráculo de Isaías, y que Jesús no menciona en público, como lo hará después a sus discípulos, para no alimentar las falsas expectativas mesiánicas que pueden dificultar su ministerio. 

De este oráculo, en efecto, el pueblo esperaba la eliminación de la injusticia reinante, una liberación temporal de tipo político, con la consiguiente humillación de sus opresores romanos, y no entraba en sus cálculos una redención que en primer lugar implicara para ellos una llamada a conversión, que alcanzara también a los enemigos (cf. Is 63, 4). Trascendiendo los límites de su elección personal como pueblo consagrado a Dios y pueblo de su propiedad, esta profecía acogería también a los demás pueblos, haciéndolos objeto de una misericordia divina, tan grande como su justicia. Cristo, con su entrega, va a satisfacer tanto la misericordia, como la justicia, obteniendo así la complacencia del Padre (cf. Is 42,1; Mt 3, 17). En efecto, Dios es tan infinitamente justo, como misericordioso, y hará justicia de todo el mal que hayamos cometido hasta el final de los tiempos, pero esa justicia recaerá sobre Cristo, que se entrega a la muerte para el perdón de los pecados. El “año de gracia” que Cristo proclama, dejando en suspenso momentáneamente su justicia, escandaliza farisaicamente a los judíos, como también lo hace en nuestro tiempo, a aquellos que no han recibido aún el discernimiento del Espíritu por su falta de fe. El año de gracia consiste en acoger el perdón de Cristo, en el que Dios ha hecho justicia de todo el mal del mundo. Cuando el Señor regrese en su segunda venida, habrá concluido el “año de gracia”, en el que todo pecado es perdonado, acogiendo la misericordia de Dios por el Evangelio, y comenzará el “juicio”, sin misericordia, como dice la carta de Santiago, para quien, no habiendo acogido la misericordia de Dios, que se ofrece gratuitamente por la fe en Cristo, no la ha recibido, y por tanto no ha “practicado la misericordia” de la que carece.

Dios no va a bendecir la corrupción saducea, la actitud cismática de los esenios, el rigorismo fariseo, ni el terrorismo de sicarios y zelotes, y abriendo el “año de gracia” a través de la entrega de su Hijo, llamará en primer lugar a conversión a su pueblo, las ovejas perdidas de la casa de Israel.

Dios es amor, y su palabra es siempre un testimonio suyo que viene a curar y salvar, por lo que aun cuando reprenda y corrija llamando a conversión, debe siempre recibirse con gozo y con reverencia, porque en ella están nuestra alegría y nuestra fortaleza, como nos ha mostrado la primera lectura.

San Pablo nos presenta la comunión entre los miembros de Cristo congregados por la efusión de su sangre, que derribando el muro del odio que separa a los pueblos, crea un culto común de adoración al Padre, en Espíritu y Verdad, y hace de judíos y gentiles un nuevo pueblo, con una nueva cultura, que forma una nueva civilización en el amor y la unidad: “Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.”

La Eucaristía viene a encontrarnos en nuestra situación de viadores para introducirnos en su misterio de gracia y santificación, fortaleciendo nuestra adhesión a Cristo, Palabra del Padre, Luz de las gentes y Pan de vida eterna.    

Proclamemos juntos nuestra fe.

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La Conversión de san Pablo

La Conversión de san Pablo

Hch 22, 3-16 o Hch 9, 1-22; Mc 16, 15-18

Queridos hermanos:

En esta fiesta de la conversión del apóstol Pablo, la liturgia de la palabra nos presenta en la primera lectura la descripción de la gracia tumbativa concedida a Saulo de Tarso, para constituirlo en anunciador del Evangelio a todo el occidente, abriéndose al mundo griego y a la diáspora judía. Puede sorprendernos, como a Ananías, la elección del Señor y la inmensidad de la gracia que le fue dada, pero también las pruebas que le esperaban en la misión eran enormes.

Tanto en la elección como en los envíos de los doce y los setenta y dos discípulos, la predicación del Evangelio es fundamental. San Pablo dirá: “Sólidamente cimentados en la fe, firmes e inconmovibles en la esperanza del Evangelio que oísteis, que ha sido proclamado a toda criatura bajo el cielo" (Col 1, 23); San Marcos dirá que: “Es preciso que sea proclamada la Buena Nueva a todas las naciones" (Mc 13, 10); San Lucas dice en los Hechos: “Recibiréis una fuerza cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, y de este modo seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8); o como dice Mateo (Mt 28, 18-20): “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.”

La urgencia y la necesidad del anuncio del Evangelio sólo se pueden comprender si somos conscientes de que, por la acogida del Kerigma, se actúa la salvación mediante la fe que nos alcanza el Espíritu Santo. La predicación del Evangelio no tiene como finalidad la instrucción, sino la regeneración de toda la creación.

La creación, en efecto, fue sometida a la frustración por la muerte, consecuencia del pecado, y ha sido vaciada de su sentido instrumental para la realización del plan de Dios. La humanidad destinada a la gloria quedó impedida para la comunión con Dios, y las tinieblas volvían de nuevo a cernirse sobre el mundo. San Pablo dice que la creación gime con dolores de parto, esperando la manifestación de los hijos de Dios.

Cristo resucitado ha recibido todo poder y en su nombre obedecen el cielo y la tierra; el mal y la muerte retroceden ante el Evangelio de la gracia de Dios, que se convierte en paradigma de salvación para aquel que se abre a su acción por la fe: “Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Los que crean hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y, aunque beban veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien.”

San Pablo es instrumento de elección para la propagación del Evangelio. Hoy conmemoramos que esta gracia de Dios enviada a su Iglesia, para la propagación de su salvación al mundo entero, no ha sido estéril en San Pablo, y bendecimos por él al Señor.  

           Que así sea.

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Martes 2º del TO

Martes 2º del TO 

Mc 2, 23-28

Queridos hermanos:

Esta palabra, a través de un problema de discernimiento, nos habla del corazón de la ley, que es el amor, con el que Dios ha querido relacionarse con el hombre, dando vida y sentido a su existencia, por encima de sus ocupaciones y las relaciones con sus semejantes.

Entre los preceptos de la ley, algunos son de gran importancia, como el descanso sabático, pero el corazón de todos ellos es el amor, porque proceden de Dios, que es amor al hombre, y busca la edificación del hombre en el amor y en la contemplación de la gratuidad y la bondad divina que lo despeguen del interés. Para este discernimiento respecto a la ley, es necesario tener el espíritu de la ley, que es el amor, presente en el corazón. Solo así es posible juzgar y, en consecuencia, actuar rectamente en cualquier circunstancia.

Las gafas para ver al otro a través de los hechos, sin la distorsión del juicio, son el amor: “Yo quiero amor, conocimiento de Dios”. Experiencia del amor que es Dios, que nace del conocimiento de la propia indignidad: “Si fuerais ciegos no tendríais pecado”. A través del conocimiento de los propios pecados, se ilumina la grandeza del amor gratuito de Dios. A los judíos faltos de discernimiento, Jesús dirá: “Id, pues, a aprender qué significa aquello de 'Misericordia quiero, que no sacrificios”. Cuando san Pablo dice: “su dios es el vientre”, se refiere a quienes están más pendientes de los ayunos que de la caridad, como veíamos ayer.

El discernimiento capaz de distinguir y valorar lo importante frente a lo accesorio; distinguir entre la letra y el espíritu de la ley, progresa con el amor: “La ciencia infla, mientras la caridad edifica”. Pero la caridad es derramada en el corazón por el Espíritu en aquellos que creen, acogiendo en su vida la voluntad de Dios. Detrás del discernimiento está aquello de Tácito: “ama y haz lo que quieras”, que cristianizó después san Agustín, porque si te guía el amor, será bueno cuanto hagas, y aquello de: “Yo quiero amor, conocimiento de Dios”: de su poder, pero sobre todo de su misericordia. Quien tiene amor tiene discernimiento, es sabio, mientras en el falto de amor no faltará necedad.

La misericordia de Cristo hace que el paralítico arrastre su camilla en sábado; tocar al leproso, y las curaciones en general, mueven los corazones a la bendición y glorificación de Dios, y ese sí es el espíritu del sábado: poner el corazón en el cielo, para que después le sigan el espíritu y, por último, también el cuerpo. El sábado, liberando al hombre de la maldición que pesa sobre el trabajo, siempre en búsqueda del sustento, le concede un anticipo de la vida celeste, en la que Dios será nuestro único sustento eterno; nuestra riqueza aquí en la tierra y nuestra meta celeste.

Cierta preocupación social por el pobre no es de Dios, si se funda y se apoya en el enfrentamiento con el rico a través del odio. La famosa “lucha de clases” no deja de ser una realidad ajena al amor, que utiliza la precariedad del pobre para odiar, y cuya paternidad oculta procede del diablo, que odia la comunión y favorece la división.  

Que así sea.

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Domingo 2º del TO C

Domingo 2º del TO C

Is 62, 1-5; 1Co 12, 4-11; Jn 2, 1-12

Queridos hermanos:

La palabra de este segundo domingo del tiempo ordinario contempla una de las principales manifestaciones de Cristo recogidas en la liturgia. Los evangelios nos presentan aquellos acontecimientos de la vida de Cristo que caracterizan su misión, sin detenerse en anécdotas biográficas más o menos entrañables. Por este motivo, con frecuencia, son una referencia de las principales fiestas judías, que, de hecho, marcan hitos importantes de la intervención de Dios en la historia de su pueblo.

La primera lectura sitúa toda la narración en torno a la metáfora matrimonial para describir las relaciones de Dios con su pueblo. En efecto, Cristo ha venido a desposar a la humanidad entera, en medio del gozo del vino nuevo de su amor, que se hará Alianza Nueva y Eterna en la cruz. Esta será su “hora”, consumación de su entrega, y glorificación definitiva del Nombre de Dios, anticipada simbólicamente ante su nueva familia: su madre y sus hermanos, los primeros discípulos, con los que comienza a estrechar los lazos de su fe, para emprender con ellos una vida nueva hacia la casa del Padre, arrastrando tras de sí a la humanidad entera.

El Evangelio nos muestra en esta primera señal la anticipación de aquella sangre con la que realizará los esponsales definitivos y eternos que Dios sellará efectivamente con su pueblo, cuando se apiade de su miserable condición, en la que falta el vino del amor, la fiesta y la alegría, y selle con ellos una alianza eterna, entregándoles el Espíritu de Cristo. Será el Espíritu, como dice la segunda lectura, quien derramará en el corazón de los fieles el amor de Dios, y con él, la fiesta y la alegría del perdón y la misericordia. Así, la Iglesia, esposa de su amor, será embellecida, sin mancha ni arruga y adornada de los carismas con los que el Esposo la habrá enriquecido.

El que Cristo acuda a estas bodas con su madre puede entenderse como un acontecimiento familiar, de parentela o de vecindad, pero que se haga presente con sus discípulos anuncia, además, una nueva familia y una nueva vida, en la que, después del bautismo, es conducido por el Espíritu Santo, con la misión de salvar a la humanidad. No está presente sólo, por tanto, el hijo de María, sino el Cristo, el Maestro y el Señor, que viene a proveer el vino nuevo del amor de Dios, mediante el perdón del pecado de la humanidad, cuya madre fue aquella “mujer”, Eva, que alargó su mano al árbol prohibido. Ahora, subiendo a Jerusalén, entregará a la nueva “mujer”, María, una nueva descendencia nacida de la fe y redimida del pecado, representada por el discípulo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. También nosotros, en ella, “tenemos a nuestra madre”, porque si de Eva nos vino la ruina, de María nos ha venido el Salvador y la gracia.

Como a los criados, también a nosotros, María nos dice: “Haced lo que Él os diga”. Pero lo que Cristo ha dicho a los sirvientes: “Llenad las tinajas de agua”, es algo que, estando en su capacidad, puede parecer irrelevante e incluso sin ningún sentido en aquel trance. También en nuestra vida, Dios puede pedirnos cosas que no comprendemos, y si no sacrificamos nuestra razón, no dejamos actuar al Señor.

Proclamemos juntos nuestra fe.

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El Bautismo del Señor C

El Bautismo del Señor C

Is 42, 1-4.6-7; Hch 10, 34-38; Lc 3, 15-16.21-22

Queridos hermanos:

Conmemoramos el Bautismo del Señor, que según el testimonio de Juan trae un nuevo bautismo, no solo de conversión para el perdón de los pecados, como el suyo, sino una nueva justicia en el fuego del amor de Dios, con el don del Espíritu Santo, que nos sumerge en la filiación adoptiva mediante la fe en Cristo. A la penitencia proclamada por Juan, se une la gracia que viene con Cristo:

¡Oh, Señor! ¿No fue suficiente la humillación de tu Hijo en el Jordán para borrar nuestros pecados, que tuvo que bautizarse en su sangre para lavarnos? ¿Tuvo que entregar su espíritu, poniéndolo en tus manos para que lo derramases sobre nosotros? ¿Tuvo que encender tu fuego sobre la tierra para que nosotros nos abrasáramos en él?

El Padre y el Espíritu testifican en favor de Jesús de Nazaret, el “elegido”, el “siervo” en quien Dios se complace y del que nos habla la primera lectura (Is 42, 1), y el rey-mesías a quien reconoce como el Hijo por él engendrado en su “hoy” eterno (Sal 2, 7) antes de todos los siglos, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo como dice la segunda lectura.

San Pedro nos habla de la unción de Cristo con el Espíritu y con poder. Cristo se somete al bautismo de Juan como signo de acogida del enviado del Padre, porque en eso consiste la justicia, de la que se privan los escribas y fariseos rechazándolo (cf. Lc 7,30). No la justicia de los jueces sino la de los justos, como acogida del don gratuito de Dios y de su plan de salvación, por el cual Cristo fue hecho en todo semejante a sus hermanos, menos en el pecado, participando con ellos de la tentación, del dolor, y de cierta “ignorancia”, por la cual se dice en el Evangelio que crecía en sabiduría y en gracia delante de Dios y de los hombres.

“Convenía” que Cristo diera cumplimiento, llevara a plenitud y superara la justicia de escribas y fariseos, plenitud de Cristo, “nuestra justicia”, necesaria para que sus discípulos entrasen en el Reino de los Cielos (cf. Mt 5, 20).

La misión de Juan como profeta y “más que un profeta” no es solo la de anunciar a Cristo, sino la de identificarlo como el Siervo, señalándolo entre los hombres: «He ahí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.» Cordero o siervo. Uno y otro toman sobre sí los pecados del pueblo para santificarlo.

Para el desempeño de su misión, Dios mismo va a revelar a Juan quién es su Elegido en medio de las aguas del Jordán: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él; ése es el que bautiza con Espíritu Santo; ése es el Elegido de Dios.» Por fin, en Cristo, la paloma, otrora mensajera de Noé, figura ahora del Espíritu, encuentra donde posarse y donde permanecer, habiéndose extinguido ya las aguas de muerte del pecado. Él, en efecto, será quien dé el Espíritu sin medida.

A partir del bautismo, el Espíritu impulsa a Cristo al cumplimiento de su misión. El desierto será el punto de ruptura y arranque, en el que Nazaret queda atrás y comienza su ascenso místico a Jerusalén. Su familia se dilata acogiendo a todos aquellos que escuchan la Palabra y la guardan, comienza el pastoreo de las ovejas perdidas de la casa de Israel, y su pueblo se abre a los cuatro vientos para acoger a cuantos, de oriente y occidente, del norte y del sur, vienen a sentarse con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de Dios.

También nosotros hoy, llamados a la justicia por la misericordia de Dios, somos invitados a sentarnos a la mesa del Reino con Cristo Jesús, por la gracia salvadora de Dios, aguardando la “feliz esperanza” de la Vida eterna.  

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Día 11 de enero después de Epifanía

Día 11 de enero después de Epifanía 

1ªJn 5, 5-6. 8-13; Lc 5, 12-16.

Queridos hermanos:

La palabra de hoy es una invitación a dar gloria a Dios en todo, pero sobre todo por Jesucristo, en quien hemos obtenido el perdón de los pecados. Con Él, todo es gracia para nosotros de parte de Dios y, como agraciados, somos llamados a ser agradecidos, dando gratis lo que gratis hemos recibido.

La lepra, impureza que excluía de la vida del pueblo, es imagen del pecado, que aniquila en el hombre la vida de Dios, por la que los fieles se mantienen en comunión. El juicio y la murmuración separan de los hermanos, como le ocurrió a María, la hermana de Moisés (Nm 12, 11-15), que, quedando leprosa, debió permanecer siete días fuera del campamento.

El leproso que se acerca a Jesús de Nazaret va a profesar su fe en Cristo, postrándose ante Él y reconociendo su autoridad sobre la lepra y sobre la Ley, atreviéndose a infringirla acercándose a Jesús siendo leproso. Puede sorprendernos que Jesús toque al leproso, siendo así que Él puede curar con sólo su palabra. Además, también, porque la Ley prohibía tocar a un leproso. Pero nosotros sabemos que Jesús no sólo no puede ser contaminado por la impureza, sino que puede limpiar toda impureza con sólo quererlo. Podemos decir que lo tocó ya curado, pues le dijo: "Quiero, queda limpio". Es su voluntad lo que cura y lo que le hizo extender la mano sobre el leproso. Además, quiso someterse a la Ley en lugar de ignorarla, mandando después al "leproso" curado para que la cumpliese igualmente presentándose al sacerdote, siendo así que, como dice San Juan Crisóstomo, Cristo no estaba bajo la Ley, sino sobre ella como Señor de la Ley, como lo testifica la curación.

La curación, como dijo el Señor, fue para dar testimonio ante los sacerdotes que no creían, de manera que fueran evangelizados para su salvación e inexcusables si persistían en su incredulidad. El leproso, en cambio, hizo la profesión de fe que lo salva, como dice Cromacio de Aquilea. El Señor cura y manda al leproso para dar testimonio a los sacerdotes y para que viesen su fidelidad a la Ley, dice San Jerónimo, y no porque la felicidad del leproso dependiera de su salud, ni lo hizo tan sólo para que cumpliera un precepto de la Ley.

Cuando la suegra de Pedro es curada, se pone a servir; cuando el endemoniado es curado, es enviado a testificar a los de su casa; ahora el leproso es enviado a evangelizar a los sacerdotes. También nosotros estamos siendo curados por el Señor y somos enviados a testificarlo, anunciando con nuestra vida la Buena Noticia a todos los hombres.

Que así sea.

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Día 4 de enero, Sábado de la 2ª semana de Navidad

Día 4 de enero, Sábado de la 2ª semana de Navidad

1Jn 3, 7-10; Jn 1, 35-42

Queridos hermanos:

El Evangelio nos muestra a Juan, señalando a Jesús como el “Cordero de Dios”, aquel que debe ser sacado fuera de la ciudad y sacrificado: “Era necesario que el Cristo padeciera” para purificar de sus pecados a toda la humanidad, como lo era, en figura, la purificación del pueblo, el Día de la Expiación, mediante un cordero, con cuya sangre era rociado. También en la noche de Pascua, el pueblo fue salvado de la muerte mediante la marca en las jambas de sus casas y en sus puertas de la sangre de un cordero.

Juan podía haber presentado a Jesús con muchos títulos distintos que aparecen en la Escritura: “Descendencia de la mujer”, “el que aplastará la cabeza de la serpiente”, “la estrella que surge de Jacob”, “el león de Judá”, “aquel a quien pertenece el bastón de mando y a quien rendirán homenaje las naciones”, “retoño de Jesé”, “llave de David”, “sol de justicia”, “aquel de quien escribió Moisés en la Ley y también los profetas”, “el rey de Israel”, “rey de las naciones”, “príncipe de la paz”, “Emmanuel”, “el que bautiza con Espíritu Santo y fuego”, “manso y humilde de corazón”, “bueno”, “justo”, “hijo de María”, “hijo del carpintero”, “el Profeta”, “el Hijo del hombre”, “pan bajado del cielo”, “puerta de las ovejas”, “vid verdadera”, “luz del mundo”, “camino, verdad y vida”, “testigo de la Verdad”, “buen pastor”, “la resurrección”, “el maestro y el Señor”, “el Mesías”, “el Hijo de Dios vivo”, “el alfa y la omega”, “el primero y el último”, “el principio y el fin”, “el retoño y el descendiente de David”, “el Lucero radiante del alba”, “uno con el Padre”, “siervo”, “sabiduría, justicia, santificación y redención nuestra”. “El santo de Dios”, “El Hijo amado, el elegido en quien Dios se complace; el que hay que escuchar”.

El que Juan elija en el Evangelio el título de “Cordero de Dios” nos revela el misterio de su misión salvadora universal. Él derramará su sangre sobre la humanidad entera y la bautizará después en el Espíritu Santo, en lugar de erigirse como un “mesías” guerrero y glorioso, que conduzca al pueblo tras de sí a una salvación intramundana, material y de dominio sobre sus opresores. Será cordero y siervo como Isaac, pastor y rey como David, Hijo como el Profeta, víctima, altar, sacerdote y Señor.

Ante el Señor, engendrado por el Padre antes de todos los siglos, Juan debe disminuir, pasando sus discípulos a Cristo, porque es “el novio” quien debe desposarse con la novia, mientras “el amigo del novio” se alegra al escuchar su voz. Cristo acepta a los discípulos de Juan en su compañía y en su seguimiento. Vivirán con él y serán enviados en su nombre, para anunciar la llegada del Reino que se hace presente en Cristo, testigo de la verdad del amor del Padre, viviendo en su voluntad y en comunión con él.

            Que así sea.

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Santísimo Nombre de Jesús

Santísimo Nombre de Jesús

Flp 2, 6-11; Lc 2, 21-24

Queridos hermanos:

"Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno. Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.”

 Este nombre es santísimo porque es divino (Yeshúa), impuesto por el Padre, a través de Gabriel, su enviado, y como sabemos, significa Salvador. En Lucas, la preocupación por el cumplimiento de la ley es constante, sea en el tiempo de la circuncisión como en la presentación para la consagración al Señor de los primogénitos y la purificación de María a los cuarenta días del parto. A los ocho días de haber nacido, sus padres hicieron circuncidar al niño, como estaba mandado desde Abrahán: ésta era la señal de que el niño pertenecía a su descendencia y formaba parte del pueblo con el cual el Señor había hecho su Alianza, y que por lo mismo se convertía en heredero de las promesas que Dios había hecho a Abrahán y a su descendencia (Gn 17,9-13). De ordinario, una persona experta circuncidaba al niño en su casa y, con esa ocasión, en la cual se simbolizaba que el pequeño se incorporaba al pueblo de Israel, se acostumbraba a ponerle su nombre. Lo mismo sucedió en este caso: se le llamó Yeshúa: «Yahvé salva» (Lc 2,21; Mt 1,21).

Como dice Teodoto de Ancira, el Señor elige todo lo pobre y humilde, todo lo pequeño y sin apariencia ante la multitud, para que se reconozca que sólo Dios ha salvado al mundo. Por eso escoge una madre pobre, una patria aún más pobre, haciéndose Él mismo indigente de bienes materiales.

En efecto, Cristo vino a dar cumplimiento a la ley en su persona (todo está cumplido) y alcanzarnos a nosotros, gratuitamente, este cumplimiento que nos salva: “No hay otro Nombre dado a los hombres en el que debamos salvarnos."

          Que así sea.

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