Domingo 13º del TO B

Domingo 13º del TO B 

(Sb 1, 13-15.2, 23-25; 2Co 8, 7-9.13-15; Mc 5, 21-43)

Queridos hermanos:

De nuevo la palabra nos invita a contemplar la fe que salva. Cristo ha venido a destruir la muerte, fruto de la envidia del diablo, mediante el perdón del pecado con su muerte y resurrección. La consecuencia del pecado que hacía de la vida algo precario, sometiéndola al imperio de la muerte, se transforma ahora por la resurrección de Cristo, alcanzando la eternidad divina a la que fue llamada la criatura humana, en una vida perdurable.

Alcanzar esta nueva creación regenerada, es posible sólo, mediante un encuentro personal con Cristo a través de la fe. No basta saber que Cristo ha resucitado; es necesaria nuestra respuesta a la gracia, tocando a Cristo que se revela gratuitamente a nosotros, con el obsequio de nuestra mente y nuestra voluntad.

La curación, es pues, una añadidura, a la salvación obtenida por la acogida del hijo de Dios, enviado a salvar, y en ocasiones es también el testimonio del amor de Dios, que aviva gratuitamente en nosotros la fe que salva.

Lo que para el mundo es muerte, para quien está en Cristo no es más que sueño, del que un día a la voz del Señor despertará. Como Cristo despertó, despertará quien se haga un solo espíritu con él; será un despertar eterno sin noche que lo turbe ni tiempo que lo disipe. El hijo de la viuda de Naín, la hija del archisinagogo y el mismo Lázaro, tuvieron que morir de nuevo, pero lo hicieron con la garantía de la resurrección que les dio su encuentro con Cristo por la fe.

 Postrarse ante él, que se nos acerca con amor, reconocer en Jesús de Nazaret a Dios, en su Hijo, eso es la fe. Como dice Rábano Mauro: No son los muchos pecados los que conducen a la desesperación (que condena), sino la impiedad (la falta de fe, la incredulidad) que impide volverse a Dios y pedirle misericordia.

Dios que ve la fe que actúa en lo secreto del corazón y escucha su clamoroso silencio imperceptible a los hombres, atrae al archisinagogo y a la mujer hacia Cristo diciéndoles: ¡Venid a mí y recibiréis vida! Y mientras las manos de muchos tocaban los vestidos a Jesús de Nazaret, la fe de ellos tocaba el corazón del Cristo de Dios.

Ante Cristo, por la fe, se desvanece la impureza de la mujer y se detiene la hemorragia por la que se escapa su vida. Todos necesitamos de esta fe que nos salva cerrando el flujo por el que nuestros pecados nos van quitando la vida; la fe que nos mueve también a interceder por la curación de todos los pecadores.

Cristo se nos acerca hoy como a la hemorroísa y al archisinagogo y nos invita a no temer, sino a tener fe, en medio de la precariedad de este mundo donde todo es transitorio y sujeto a la corrupción, debido a la constante dialéctica a que lo somete la muerte. Cristo hace presente la vida, y a través de la Eucaristía nos la da, y vida eterna.

 

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Natividad de san Juan Bautista

Natividad de San Juan Bautista

Misa de la vigilia (Jr 1, 4-10; 1P 1, 8-12; Lc 1, 5-17).

Misa del día (Is 49, 1-6; Hch 13, 22-26; Lc 1, 57-66.80).

Queridos hermanos:

          Recordamos hoy al mayor entre los nacidos de mujer; a Elías; al último mártir, y al último profeta del A.T; al testigo de la luz, lámpara ardiente y luminosa; al amigo del novio; a la voz de la Palabra; al Precursor del Señor; al nacido lleno del Espíritu Santo, y único santo del que la Iglesia “celebra” el nacimiento, a excepción hecha de la Virgen María, pero del que había afirmado Cristo en su testimonio, que el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.       

Juan viene a inaugurar el Evangelio con su predicación. Confiesa humildemente a Cristo, de quien no se siente digno de desatar las correas de sus sandalias. Como su nombre indica, el ministerio de Juan Bautista anuncia un tiempo de gracia, en el que “Dios es favorable” para que el hombre vuelva a Él. La conversión, como sabemos, es siempre una gracia de la misericordia divina que acoge al pecador. Ahora, la fidelidad a Dios de los “padres”, puede llegar al corazón de los hijos. Es tiempo de reconciliación de los padres con los hijos y de todos con Dios. Es tiempo de alegrarse con la cercanía de Dios y volver a él con gozo, porque: “Al volver vienen cantando.”

          Cristo se somete al bautismo de Juan como signo de su acogida del enviado del Padre como su precursor, y en eso consiste la justicia de los justos ante Dios, de la que se privan los escribas y fariseos rechazándolo. No la justicia de los jueces sino la justicia de los justos, como acogida del don gratuito de Dios.

          «Vino para ser testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él.» La misión de Juan como profeta y “más que un profeta”, no es sólo la de anunciar, sino la de identificar al Siervo, señalándolo entre los hombres: «He ahí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.» Hay que recordar que una misma palabra denomina al siervo, y al cordero. Ambos, toman sobre sí los pecados del pueblo para santificarlo.

Para el desempeño de su misión, Dios mismo va a revelar a Juan en medio de las aguas del Jordán quien es su Elegido: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él; ése es el que bautiza con Espíritu Santo; ése es el Elegido de Dios.» Ya en tiempos de Noé, sobre las aguas mortales, descendió una paloma, pero regresó sin encontrar a nadie digno sobre quien posarse para dar vida a la nueva humanidad. Ahora, el Espíritu que se cernía sobre las aguas ya en la primera creación, se posa sobre Cristo para que de las aguas de la muerte surja de él la Nueva Creación.

También nosotros hemos sido llamados a un testimonio, y también el Señor nos acompaña, confirmando nuestras palabras como precursores, y más que precursores suyos en esta generación, con los signos de su presencia, sosteniéndonos con su cuerpo y con su sangre.

 Que así sea.  

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Domingo 12º del TO B

Domingo 12º del TO B

(Jb 38, 1.8-11; 2Co 5, 14-17; Mc 4, 35-41)

Queridos hermanos:

Esta palabra del Evangelio está cargada de simbolismo y de enseñanza en primer lugar para los discípulos y también para todos nosotros: La noche es signo de las tinieblas del mal, el mar sinuoso, de la muerte; el viento contrario, de la persecución y la tribulación, provocados por el odio del diablo; la otra orilla, límite del poder de la muerte y ámbito de la vida nueva; el miedo a la muerte, secuela del pecado y signo de “lo viejo”; el temor de Dios “lo nuevo” de la fe; el sueño de Cristo, figura de su muerte, y el despertar, de su resurrección.

Cristo va a introducir a los discípulos en el mar y la noche, para que tengan el encuentro personal de la fe, única respuesta ante la muerte, por la que todo hombre deberá pasar. Con las palabras: “Pasemos a la otra orilla”, Cristo está invitando a los discípulos a enfrentar la muerte junto a él y salir indemnes. Ante ellos se extiende el mar de la muerte, que es necesario atravesar para llegar al límite que Dios le ha asignado, en donde se desvanece su poder, como decía la primera lectura. En Cristo, la humanidad no se hundirá en el mar, sino que tras un tiempo de tribulación, lo atravesará a salvo.

En medio de este mar, los discípulos van a experimentar de forma insuperable el miedo a la muerte, signo de “lo viejo”, de la condición humana sujeta al pecado, que los hace esclavos de por vida, del diablo. ¿Dónde está vuestra fe? ¿Aún no es “todo nuevo” para vosotros en mí, como nos ha dicho san Pablo en la segunda lectura? ¿Dónde está vuestra respuesta a la muerte? ¿Aún no comprendéis que está con vosotros la Resurrección y la vida? Claro que me importa que perezcáis. Por eso tendré que dormirme entrando en el seno de la muerte para vencerla al despertar. Lo que me preocupa es que tengáis miedo de perecer estando yo con vosotros, y aun no seáis capaces de confiar plenamente en Dios abandonándoos en sus manos.

La experiencia de los discípulos será vital cuando tengan que enfrentar la muerte y Cristo parezca ausente. Tendrán que ser testigos de la victoria de Cristo y hacerlo presente invocando su nombre.

También nosotros necesitamos hacer nuestra, la experiencia de los discípulos, de que el viento y el mar obedecen al que nos ha prometido estar con nosotros hasta el fin del mundo, de forma que no perezca ni un cabello de nuestra cabeza, y con nuestra perseverancia salvemos nuestras almas.” 

Unámonos, pues, a Cristo en la Eucaristía, diciendo amén a su entrega confiada en las manos de su Padre.

             Profesemos juntos nuestra fe.

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Jueves 11º del TO

Jueves 11º del TO 

Mt 6, 7-15

Queridos hermanos:

          En medio de los pecados de los hombres, Dios ha querido mostrar su  misericordia a través de la oración.

          Desde la oración de Abrahán con sus seis intercesiones, sólo por los justos y que se detiene en el número diez, a la perfección de Cristo, que intercede por la muchedumbre de los pecadores a cambio del único justo que se ofrece por ellos, hay todo un camino que recorrer en la fe que hace perfecta la oración en el amor. A tanta misericordia no alcanzaron la fe y la oración de Abrahán para dar a Dios la gloria que le era debida, y con la que Cristo glorificó su Nombre. En efecto, Sodoma no se salvó de la destrucción.

          Con este espíritu de perfecta misericordia, los discípulos son aleccionados por Cristo a salvar a los pecadores por los que Él se entregó.

          Hoy, la palabra nos plantea la oración y la escucha fecundas de perdón para nosotros y para los demás. Así es la vida en el amor de Dios. Necesitamos la oración para ser conscientes de nuestra necesidad de la Palabra, y para obtener el fruto de ser escuchados por Dios. La oración es circulación de amor entre los miembros del cuerpo de Cristo, abierto a las necesidades del mundo.

          La oración del “Padrenuestro”, habla a Dios desde lo más profundo del hombre: su necesidad de ser saciado y liberado, y lo hace desde su condición de nueva creatura, recibida de su Espíritu. Busca a Dios en su Reino, y le pide un pan necesario para sustentar la vida nueva y defenderla del enemigo.

        Dios nos perdona gratuitamente y nos da su Espíritu, para que nosotros podamos perdonar, y erradicar así el mal del mundo y para que así, seamos escuchados al pedir el perdón cotidiano de nuestros pecados. Esta circulación de amor y perdón sólo puede ser rota, por el hombre que cierre su corazón al perdón de los hermanos. “pues si no perdonáis, tampoco mi Padre os perdonará”.

          El mundo pide un sustento a las cosas, y a las criaturas. El que peca está pidiendo un pan, como lo hace el que atesora, el que va tras el afecto, el que se apoya en su razón ebria de orgullo o en su voluntad soberbia. Panes todos que inevitablemente se corrompen en su propia precariedad. Los discípulos pedimos al Padre de Nuestro Señor Jesucristo y padre nuestro, el Pan de la vida eterna que procede del cielo. Aquel que nos trae el Reino; “pan vivo” que ha recibido un cuerpo para hacer la voluntad de Dios; una carne que da vida eterna y resucita el último día. Alimento que sacia, no se corrompe, y alcanza el perdón.

          Este es el pan que recibimos en la eucaristía y por el que agradecemos y bendecimos a Dios, que nos da además el alimento material por añadidura.

           Que así sea.

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Domingo 11º del TO B

Domingo 11º del TO B 

(Ez 17, 22-24; 2Co 5, 6-10; Mc 4, 26-34)

 Queridos hermanos:

           Dios reina eternamente en la gloria que quiso compartir con los ángeles, pero quiso también incorporar a su reinado al ser humano, en el que fusionó espíritu y materia, capacitándolo para relacionarse con él en el amor. De forma íntima y maravillosa incorporó en su propio Hijo la naturaleza humana, y a través de él, a cada corazón humano que lo acoja por la fe, le concedió el don de su Espíritu.

          El Evangelio nos habla de este Reino de Dios, como la gran fuerza misteriosamente oculta en la pequeñez de la semilla divina, que depositada en la creatura humana, brota humildemente hasta alcanzar la plenitud del fruto por su propia virtud. Brota como germen en Israel mostrándonos la fidelidad de Dios a sus promesas, y tiene después su desarrollo, hasta hacerse un gran árbol, capaz de acoger a todos los hombres por la potencia de Dios y su amor universal, si la semilla es mantenida en “la tierra” del propio corazón. El que llegue a ser árbol acogedor, y fruto abundante, después de haberse desarrollado como semilla, hierba, tallo y espiga, depende de la fuerza interior de la semilla.

          No son comparables los cuidados humanos necesarios, con la virtualidad de la semilla en la inmensa riqueza de la tierra. El Espíritu de Dios que se cernía sobre las aguas al principio, es la acción dinámica que impulsa el Reino de Dios. La suavidad y la paciencia se aúnan con la fortaleza en un canto a la esperanza, y a la fidelidad del Señor. Así es también su misericordia, capaz de pulverizar la más dura roca de un corazón empedernido.

          La semilla del Reino necesitará de un tiempo de discernimiento, de paciencia y de confianza en la acción de Dios, durante el cual, despreciar la debilidad de lo que aparece como hierba, puede frustrar la potencialidad del fruto. Si es semilla de fe, tendrá la potencia de mover montes cuando llegue a la madurez del fruto en la caridad. 

          Al final del trabajo está el descanso y la abundancia del fruto; y el amor, que está en el origen, es también la meta. Alfa y omega, primero y último, principio y fin, hasta que Dios sea todo en todos.

          El Reino de Dios es Cristo, retoño verde de Israel, escondido en la pequeñez de nuestra humanidad, como semilla sembrada en un campo “sin apariencia ni presencia; sin aspecto que pudiésemos estimar,” que se hace árbol. El hijo del carpintero que se manifiesta Hijo de Dios y que acoge en las ramas de la Iglesia a toda la humanidad.

          Hoy somos invitados a mirar al Señor, aunque la realidad del Reino en nosotros sea todavía hierba. Salvación y misión, son las características del Reino. Planta que necesita ser cuidada y mantenida limpia, al amor de nuestra “tierra”. A este Reino somos llamados y en él acogidos por la fe, para que en nosotros madure el fruto de la Caridad de Cristo. Campo y lagar, donde maduran la mies y los racimos; pan y vino para la vida eterna. Sacrificio de Cristo. Eucaristía.

          El Señor dará el incremento si nos mantenemos en él. “Venga a nosotros tu Reino”.

           Proclamemos juntos nuestra fe.

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San Antonio de Padua

Jueves 10º del TO. San Antonio de Padua

Mt 5, 20-26

Queridos hermanos:

          El Reino de los Cielos es Cristo, y entrar en él Reino es recibir su Espíritu, por la fe, que es incomparablemente superior a la Ley y a sus obras (a su justicia), porque no está fundamentado en el temor sino en el amor cristiano, que es la fuerza que lo impulsa y el criterio que lo gobierna. La primacía en el Reino es el amor, que es también el corazón de la ley. Por tanto, una puerta cerrada al amor lo está también al Reino. El amor, implica el corazón y es ajeno a toda justicia externa de mero cumplimiento de preceptos. Pero la plenitud del amor humano no es comparable a la del amor de Dios, que el Espíritu Santo derrama en el corazón del que cree en Cristo, haciéndolo hijo: “En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él.  

          Si este amor se desprecia, se lesionan todas nuestras relaciones con Dios, quedan inútiles, porque Dios es amor. La fe queda vacía y nuestra reconciliación con Dios rota; se rompe nuestra conexión con Dios a través de Cristo. Volvemos a la enemistad con Dios. Nuestra deuda con el hermano está clamando a la justicia de Dios, como la sangre de Abel.

          De ahí la urgencia de las palabras de Jesús en el Evangelio: “Ponte a buenas con tu adversario“, expulsa el mal de tu corazón mientras puedes convertirte, porque de lo contrario la sentencia de nuestras culpas pesa sobre nosotros. El que se aparta de la misericordia, se sitúa bajo la ira del juicio. El que se aparta de la gracia se sitúa bajo la justicia sin los méritos de la redención de Cristo.

          Qué otra cosa puede importar si no se soluciona la vida de Dios en nosotros, o pretendemos vivir la nuestra a un nivel pagano contristando el Espíritu que se nos ha dado.

           Que así sea.

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Domingo 10º del TO B

Domingo 10º del TO B

Ge 3, 9-15; 2Co 4, 13-5, 1; Mc 3, 20-35

Queridos hermanos:

          En esta palabra aparece el primer pecado, que por eso denominamos original, y un segundo pecado, que consiste en la cerrazón blasfema y pertinaz ante el perdón gratuito que Dios mismo nos ofrece en Cristo su Hijo. También nos habla esta palabra de dos espíritus opuestos entre sí, que buscan al hombre: uno maligno, mentiroso y homicida desde el principio, que busca nuestro mal, que divide y esclaviza, y el otro, Santo y veraz, que nos ama, crea la comunión y la paz, y que procede de Dios.

Nosotros somos invitados a discernir entre ellos, rechazando al primero y adhiriéndonos al segundo, que en Cristo nos trae el perdón de nuestros pecados para introducirnos en el reino de Dios. “Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios.” Para este discernimiento necesitamos responder a la pregunta que Dios, dirigió a Adán, y nos dirige a nosotros, viniendo misericordiosamente a nuestro encuentro: ¿Dónde estás? ¿A dónde te ha conducido tu pecado enajenándote de ti mismo?

Después de situarnos frente a nosotros mismos, ya que el hombre al pecar, intentando ocultarse de Dios, de quien nadie puede ocultarse, de quien se oculta realmente es de sí mismo, Dios, después de ponernos frente a nuestra infidelidad y frente a las consecuencias de nuestro extravío, es decir, frente a nuestra responsabilidad, nos anuncia la sentencia sobre el diablo, su derrota, que será realizada por el linaje de la mujer, a la que sedujo con engaño.

El llamado “protoevangelio”, sentenció al imperio del mal, relativizando con ello su aparente victoria contra Dios, llevada a cabo a costa del hombre.

          No es el espíritu del mal el que domina sobre el pecado y la muerte, sino el Espíritu de Dios. No es el pecador quien sabe lo que es realmente el pecado, sino el santo, como dice Ives de Montcheuil. El dedo de Dios se hace visible en Cristo, y el reino de Satán se desmorona. ¿Cómo confundir al defensor con el acusador, al que une, con el que divide, al que salva, con el que conduce a la muerte eterna? La cerrazón y la obstinación en rechazar al Espíritu Santo, cuando se hace pertinaz blasfemia, ciertamente excluye de la salvación: “Si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados.” San Pablo dirá que: “Acumula sobre su cabeza la cólera de Dios para el día de la ira y de la manifestación del justo juicio de Dios.” 

          Aquellos que blasfeman contra el Espíritu Santo o contra la divinidad de Cristo diciendo: “Expulsa los demonios en el nombre de Beelzebul, príncipe de los demonios”, ciertamente no podrán obtener perdón ni en este ni en el otro mundo. Hay que tener en cuenta que Cristo no dijo que uno que “blasfema y después se arrepiente” no puede ser perdonado, sino uno que blasfema y persevera en la blasfemia; porque una adecuada penitencia lava todos los pecados.

                       Atanasio, Fragm. En Mateo.

El Espíritu Santo conduce hasta Cristo a quienes se dejan guiar por él; ellos por ser discípulos, son hijos de Dios y hermanos, hermanas y madres de Cristo, haciendo la voluntad del Padre. Mayor es la condición de María por ser discípula de Cristo y concebirlo en la fe, que por haberlo concebido en su seno: “Dichosa tú que has creído.” Claro está, que en María, también esta concepción lo fue por la fe: “Hágase en mí según tu palabra.”

En nuestro caso, si concebimos a Cristo en nosotros por la fe y lo damos después a luz por las obras de la fe, amando a nuestros enemigos, también podemos considerarnos madres de Cristo, sin dejar de ser sus hermanos, por ser hijos de Dios: “Amad a vuestros enemigos y seréis hijos de vuestro Padre celestial.”

 Profesemos juntos nuestra fe.

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El Sagrado Corazón de Jesús B

El Sagrado Corazón de Jesús B

(Os 11, 1. 3-4.8-9; Ef 3, 8-12.14-19; Jn 19, 31-37)

Queridos hermanos:

          Celebramos hoy esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.  Aunque se tienen noticias de esta devoción desde la Edad Media (s. XII), y después con los misioneros jesuitas y San Juan Eudes, no es hasta 1690 que comienza a difundirse con fuerza, a raíz de las revelaciones a Santa Margarita María Alacoque.

          Clemente XIII, en 1765 permite a los obispos polacos establecer la fiesta, en esta fecha, del viernes siguiente a la octava de Corpus Christi pero será Pío IX en 1856, quien la extienda a toda la Iglesia. Después León XIII consagra al Corazón de Jesús todo el género humano. Pio XII el 15 de mayo de 1956 publica su encíclica: Haurietis Aquas, sobre la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

          Celebramos hoy esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que nos lleva a contemplar el amor de Cristo por nosotros, que le ha llevado a la cruz, padeciendo la pasión, y derramando su sangre, y de cuyo costado traspasado por la lanza del soldado, han manado sangre y agua, como hemos escuchado en el Evangelio, que para los Padres prefiguran los sacramentos de la Eucaristía y del Bautismo, que fundan la Iglesia y la mantienen en medio de las dificultades de la vida cristiana.

          La clave con la que han sido escritas todas las Escrituras, con la que ha sido hecha la creación entera, la historia de la salvación y la redención realizada por Cristo, es el amor. Pero el amor no es una cosa sentimental y meliflua; el amor de Dios se nos ha manifestado como entrega, en la cruz de Cristo: Con esta clave, si leemos, por ejemplo, en la Escritura: “Jesús comenzó a sentir pavor y angustia y dijo: Ahora mi alma está angustiada; Mi alma está triste hasta el punto de morir,” el texto se transforma y nos dice: Te amo, hasta el punto de morir de tristeza y de angustia por ti. Pero si esta clave del amor de Dios está dentro del corazón del que lee, el texto se transforma de nuevo para él de esta manera: Dios me ama, hasta el punto de morir de tristeza y de angustia por mí.

          Así, al contemplar el corazón de Jesús a través de la Palabra, es el Señor quien habla a nuestro corazón, y nos llama a estar arraigados en este amor como ha dicho san Pablo en la segunda lectura y para eso necesitamos de la Eucaristía, que nos haga un espíritu con él.

          Que así sea.

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Martes 9º del TO

Martes 9º del TO

Mc 12, 13-17         

Queridos hermanos:

          Cristo realizó muchas obras asistenciales en su tiempo, como resucitar muertos, sanar enfermos, expulsar demonios, dar de comer a multitudes, etc., pero solo una trascendió el tiempo, para vida eterna: sanar el corazón humano suscitando la fe en él, y perdonar el pecado, ofreciéndose a sí mismo en la cruz.

          Una vez más, fariseos y herodianos tienden una trampa a Jesús, pero sabiendo que les ha vencido otras veces, tratan de desarmarle con la adulación. No hay cosa que pueda debilitar más el discernimiento, la vigilancia y la entereza de un hombre que la adulación. Nada más peligroso que el enemigo que se disfraza de amigo y consigue engañar a su oponente: «Maestro, sabemos que eres veraz y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios». Después del engaño viene la trampa. ¿Cómo descubrir al lobo con piel de cordero que nos conduce al precipicio? ¿Cómo resistirse a la estima de los hombres sin haber sido saciados por Dios?

          El error de sus adversarios está precisamente en sus corazones terrenos que consideran lo mundano como único horizonte y lo material como único valor. Su error es su incredulidad, que les impide descubrir en Cristo al que escudriña los corazones, y al que conoce que la verdad y el valor del hombre se encuentran en su imagen divina y no en los bienes terrenos que pueda poseer. Su tremendo error está en buscar su justificación en perder a Jesús y no en creer en él.

          Cristo sitúa el problema del hombre en el plano trascendente de su relación con Dios, y se niega a debatir por insignificantes, los planteamientos inmanentes: políticos, sociales, o económicos de la condición humana, a los que se pretenda reducir el problema del hombre. Es como si dijera: Yo he venido a salvar al hombre restaurando en él su destino eterno, su imagen de Dios, su semejanza, y no a resolver los problemas mundanos, para los que el hombre tiene ya su razón, sus leyes y sus instituciones: “Lo de César al César”. “A quien honor, honor, a quien impuestos, impuestos.” Vuestro corazón, vuestra fe, sólo a Dios. Eso es lo que debería preocuparos. Pretendéis involucrarme en cuestiones terrenas, para hacerme caer, mientras vosotros dejáis de lado aquello para lo que he sido enviado: Vuestra salvación integral y definitiva. De nada sirve cambiar las estructuras de pecado, si no se cambia antes el corazón del hombre que es quien las crea. Como Cristo, también la Iglesia realiza muchas buenas obras, pero su misión es sobre todas ellas, evangelizar y sanar el corazón del hombre, de donde salen las intenciones malas que lo hacen impuro.

          De nada sirve solucionar nuestra vida terrena si no hemos resuelto nuestra relación con Dios; nuestro destino eterno. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.” También a nosotros nos llama hoy el Señor en la Eucaristía, a centrar nuestra vida en él: “¿De que le sirve al hombre ganar el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?” Donde quiera que vaya, allí llevará sus conquistas, sea a la muerte, o a la vida.

          No puede negarse el progreso en la comprensión que tiene el ser humano de sí mismo y de su entorno, pero resulta insignificante, frente al que le ha sido concedido por la revelación divina, tanto de su valor, como de su dignidad, y sobre todo de su trascendencia. Esta comprensión “plena” condiciona incomparablemente su existencia, frente a cualquier otra que pueda haber alcanzado. Como ha dicho el Concilio: “Sólo el Verbo encarnado, enseña al hombre lo que es el hombre” (cf. GS, 22).

          Que así sea.

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Lunes 9º del TO

Lunes 9º del TO 

(2P 1, 1-7; Mc 12, 1-12)

Queridos hermanos:

Esta parábola viene a decir que tanto amó Dios al mundo que plantó una viña para alegrar eternamente su corazón con su vino, y destaca por un lado la maldad de los siervos puestos al cuidado de la viña, en cuanto se apropian de sus frutos, y en cuanto rechazan al dueño en sus enviados y de forma especial en su hijo querido, y por otro lado, resalta la bondad del dueño más allá de toda medida.

Israel, y en especial sus jefes y sus ancianos, han sido puestos por Dios al cuidado de un pueblo, que debe rendir sus frutos, en función del mundo, como pueblo sacerdotal, luz de las gentes, que para eso ha sido enriquecido con dones de amor, a través de una historia maravillosa. Ya desde la elección de Abrahán como primera piedra de la construcción, le ha sido anunciada la misión de que en él “serían bendecidas todas las naciones” pero cuando se esperaba de él amor, porque amor, con amor se paga, se ha rebelado negándose a servir.

El problema de esta parábola no es su comprensión, sino la acogida de la llamada a conversión que implica el reconocer en Jesús de Nazaret, el hijo del carpintero, la autoridad que reivindica como enviado de Dios, para ellos, más aún, el ser el Hijo de Dios.

Por parte de los viñadores, la cuestión está en hacer de los instrumentos para el servicio, armas para la opresión; el cambiar la obediencia y el agradecimiento en rebeldía. En términos cultuales, diríamos, en “clericalizar” su ministerio, en pervertir la misión, apropiándose de los dones de Dios y de sus frutos.

Por otra parte, la parábola destaca hasta qué punto el fruto de la viña es importante para Dios, que no duda en entregar la vida de su propio Hijo, para tratar de hacer entrar en razón a sus siervos. Paciencia, y benignidad que sobrepasan toda expectativa y capacidad humana, pues que se trata de Dios. El amor del patrón, no excluye a miembros abyectos como los viñadores de la parábola, dándoles continuas oportunidades de conversión. Sin duda ese es el punto paradójico de la parábola, cuya interpretación está velada a los corazones de aquellos impíos sumos sacerdotes, y a aquellos incrédulos escribas y ancianos del pueblo.

Cristo, viene a cerrar la clave de bóveda del Templo de Dios, de su revelación, y es desechado por los constructores indignos.

Hemos dicho muchas veces que nuestra llamada a ser cristianos no se puede separar de la misión, que como piedras vivas recibimos para la edificación del templo consagrado al Señor, “casa de oración para todas las gentes.” Como sarmientos debemos dar fruto, pero como viñadores debemos rendirlos al Señor de la Viña. De ahí, que también a nosotros incumbe la responsabilidad de ceder su lugar a la piedra angular que es Cristo, mediante nuestra fe; de servir agradecidos al dueño de la viña, aun sabiéndonos siervos inútiles, que sólo por gracia hemos sido llamados, y estar atentos para no apropiarnos sus dones.

Que esta palabra nos ayude sobre todo a contemplar la incomparable misericordia del Señor, que nos llama una vez más a su viña, cuya belleza brilla en María, en la Iglesia, imagen y madre nuestra; viña fecunda cuyo vino debe alegrar el corazón de los hombres.

Que así sea.

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