Miércoles 17º del TO

Miércoles 17º del TO

Mt 13, 44-46

El valor infinito del Reino de los Cielos

Queridos hermanos, para descubrir el valor del Reino de los Cielos —ya sea tesoro o perla— necesitamos sabiduría y discernimiento. ¿Estamos dispuestos a evaluar lo que Él nos ofrece y a medir lo que podemos ofrecer a cambio?

Cualquier precio resulta insignificante ante la grandeza del Reino. Jesús lo compara con ese tesoro oculto en un campo: quien lo descubre sacrifica todo para adquirirlo, pues su valor es infinito.

A cambio, se nos pide, solamente en prenda, como garantía o como aval, apenas lo que poseemos en bienes, tiempo o dedicación, o dicho de otra forma la propia vida, que debe ponerse a su servicio sin límite alguno, hasta el punto de negársela a uno mismo según nos sea solicitado. Ya lo decía la Escritura desde antiguo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Haz esto y vivirás”.

Reflexionemos en la parábola del joven rico: él valoró sus bienes por encima de la vida eterna del Reino y se marchó con tristeza. Rico en posesiones, pero pobre en sabiduría y discernimiento, no supo apreciar el tesoro escondido en la carne de Cristo, aun viendo el brillo de sus palabras y obras.

Jesús ofrece siempre una salida del peligro para el corazón apegado al dinero:

«Acumulaos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan» (Mt 6,20).

«Haceos amigos con las riquezas injustas, para que, cuando falten, os reciban en las moradas eternas» (Lc 16,9).

Sala tu dinero con la limosna. Vende tus bienes, deja atrás tus seguridades y acoge la invitación: “Ven y sígueme”. Solo así podrás amar a tus enemigos y ser verdaderamente hijo del Padre celeste, heredero de la vida eterna.

El discernimiento y la sabiduría no se compran ni se prestan en los bancos. Nacen de un corazón puro, de un amor que madura al pie de la Cruz. Acudamos a Cristo, que se dio generosamente a la muerte, para recibir gratuitamente este don que transforma nuestra vida y nuestro destino eterno.   

          Que así sea.

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Domingo 17º del TO C

Domingo 17º del TO C 

Ge 18, 20-32; Col 2, 12-14; Lc 11, 1-13

La oración como camino de misericordia

Queridos hermanos, en medio de los pecados del mundo, en medio de nuestras caídas, Dios no ha cerrado el cielo. Él, en su infinita bondad, ha querido derramar su misericordia a través de la oración. La oración es el hilo invisible que une la tierra con el cielo, el puente por el que suben nuestros clamores y descienden sus gracias.

Desde la oración de Abrahán, con sus seis intercesiones en favor de los justos, detenida finalmente en el número diez, hasta la perfección de Cristo, que intercede por la muchedumbre de los pecadores ofreciendo su propia vida como rescate, se extiende un camino de fe que transforma la súplica en comunión. A la grandeza de esta misericordia no alcanzó aún la fe de Abrahán para dar a Dios la gloria que le era debida, que el Hijo ofreció al Padre, y por la cual el Padre fue complacido en Él. Lot fue salvado, sí, pero Sodoma no escapó de la destrucción.

Este es el misterio que nos revela el Evangelio: que en Cristo aprendamos el corazón de la misericordia perfecta. Él no intercede por unos pocos justos, sino que se entrega por todos los pecadores, asumiendo su culpa para redimirlos. Con este mismo espíritu, Cristo instruye a sus discípulos a salvar al pecador por medio de la intercesión, del perdón, del amor.

Hoy, la Palabra nos llama a una oración fecunda, abierta al perdón, tanto para nosotros como para los demás. Así es como se vive en el amor de Dios. La oración nos hace conscientes de nuestra necesidad de su Palabra, y nos prepara para ser escuchados. Es circulación viva del amor entre los miembros del Cuerpo de Cristo, que se abre a las heridas del mundo.

La oración del “Padre nuestro” nos enseña a hablar con Dios desde lo más profundo del alma. Nos muestra nuestra hambre de ser saciados, nuestro anhelo de libertad. Y lo hace desde nuestra condición de creaturas nuevas, regeneradas por el Espíritu Santo. Pedimos el Reino, buscamos el Pan que sustente esta vida renovada, ese alimento que nos defiende del maligno y nos fortalece en la lucha.

Y este Dios bueno y generoso, nos perdona gratuitamente. Nos da su Espíritu para que también nosotros sepamos perdonar, para que el mal no tenga dominio, y para que nuestra súplica diaria del perdón sea escuchada. Esta circulación de amor sólo puede romperse cuando cerramos el corazón al perdón de nuestros hermanos. "Porque si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará."

El mundo, hermanos, pide sustento en las cosas pasajeras. El que peca pide pan como lo hace quien atesora, quien busca afecto desordenado, quien se apoya en una razón embriagada de orgullo o en una voluntad ensoberbecida. Todos esos panes se corrompen. Pero nosotros, discípulos del Señor, pedimos al Padre el Pan del cielo, el Pan de vida eterna. Aquel que nos trae el Reino, el Pan vivo que recibió un cuerpo para hacer la voluntad de Dios. Una carne que da vida eterna y resucita en el último día. Alimento que sacia sin corromperse; alimento que alcanza el perdón.

Este es el Pan que recibimos en la Eucaristía. Y por él damos gracias, bendecimos, adoramos. Por este Pan eterno, Dios añade también el alimento material, porque su providencia no descuida ningún detalle de nuestras vidas.

          Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 16º del TO

Sábado 16º del TO

Mt 13, 24-30

La parábola de la cizaña: tiempo de misericordia

Hermanos, todos hemos sido llamados al amor. Pero esta vocación no es un destino automático: es un camino. Un camino que implica conversión constante, maduración en la caridad y afirmación en la verdad. Es un tiempo santo, un tiempo en el que Dios obra en lo oculto, incluso transformando la cizaña en grano, y purificando nuestros corazones para hacernos dignos del “granero” eterno de su Reino.

Como en otras parábolas del Reino, la de la cizaña nos introduce en el misterio de la libertad humana: esa tensión profunda entre el bien sembrado constantemente y proclamado por el Evangelio y la seducción del mal. Dios, en su paciencia, permite al maligno sembrar su engaño, pero no para condenar, sino para que el hombre se ejercite en la virtud con su gracia, elija el Bien y se afiance en la Verdad.

¡Cuántos hoy, como los siervos de la parábola, se escandalizan ante la presencia del mal! Algunos se desaniman, otros desestiman el poder del Evangelio, y no pocos rechazan las fatigas del combate espiritual. Pero olvidan que incluso san Pablo, ese gran apóstol, fue en su momento cizaña. Dios permitió su error, no por debilidad, sino por misericordia. Lo llamó, lo transformó, y su vida se convirtió en un testimonio del triunfo del Bien sobre el mal.

¿Y cuál fue el punto de partida de esa conversión? La humildad, hermanos. La misma humildad que nos enseña el Padrenuestro, cuando reconocemos nuestros pecados y proclamamos que el amor de Dios ya ha comenzado a fructificar en nosotros. Esa humildad nos sostiene en cada paso del camino cristiano.

La misericordia divina siembra verdad y vida con la luz de su Palabra, mientras que el maligno siembra mentira, engaño y muerte, oculto en las tinieblas que le son propias. Pero no temamos, porque así como las tinieblas no vencieron a la luz cuando el mundo fue creado, tampoco lo harán ahora que la creación ha sido redimida por Cristo. Hoy es tiempo de espera. Tiempo de paciencia. Tiempo de higos... Tiempo del perdón poderoso, del amor eterno que aguarda la justicia y el juicio.

La Revelación nos muestra que Dios no es sólo justo, omnipresente y omnisciente. Es, por encima de todo, Amor misericordioso. Nos ha creado para participar de su gloria, en comunión con Él, y nos ha hecho libres: libres para elegirlo, libres para rechazarlo. Pero si elegimos el mal, su misericordia no se retira. Nos concede tiempo, nos ofrece conversión. Y con su gracia, podemos vencer el mal a fuerza de bien. El Dios revelado por la fe no se desentiende del mundo: espera, llama y redime.

No hay contradicción entre la existencia del mal y la realidad del Dios-Amor. Sí la habría si llamáramos “dios” a una idea abstracta, fría, omnipresente pero ausente, omnisciente pero distante. Pero el Dios vivo, el Dios que se ha revelado en Cristo, es ternura que salva, justicia que espera, amor que transforma.

Hermanos, abramos el corazón a este tiempo de gracia. Que la cizaña que aún habita en nosotros sea transformada. Que nuestra fe dé fruto. Que nuestra libertad, ejercida en la virtud, nos conduzca al granero eterno del Reino. 

Que así sea.

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Jueves 16º del TO

Jueves 16º del TO

Mt 13, 10-17

La Gracia de Volverse al Señor

Queridos hermanos:

El volver nuestro corazón al Señor no es obra exclusivamente humana; es, ante todo, una gracia concedida que debemos acoger con humildad. No somos los árbitros que disponen cuándo el Señor debe escuchar nuestras súplicas ni cuándo Dios ha de mostrarse favorable. Es Él quien toma la iniciativa, y nosotros debemos responder con fe.

¡Cuántos, como los escribas y fariseos, frustraron el plan divino sobre sus vidas! ¡Cuántos, como los hijos de Israel, cerraron sus oídos para no oír, y sus ojos para no ver! El endurecimiento del corazón ante la gracia es tragedia espiritual. Por eso el Señor nos advierte con palabras firmes: “Mirad cómo escucháis”.

Nos dice la Imitación de Cristo: “Temo al Dios que pasa”. ¡Qué profunda esta frase! Pues hay gracias que se nos ofrecen una sola vez, bendiciones que nos reclaman vigilancia, no sea que pasen de largo y tengamos que lamentar su pérdida.

El profeta Isaías nos exhorta: “Vigilancia y calma”. Y el Espíritu Santo nos lo recuerda en lo íntimo del alma. El que ama, espera; y el que espera, vela. Como la esposa del Cantar de los Cantares, nos mantenemos atentos a la voz del Amado, deseando que nuestros corazones entren en sintonía con el suyo. En esa comunión silenciosa y profunda, hay amor más elocuente que las palabras, luz más reveladora que las razones, y fecundidad más poderosa que nuestros propios esfuerzos.

Porque al que tiene, se le dará en abundancia, y al que no tiene, se le pedirá aún aquello que se le ofreció. Las palabras del Señor, al igual que sus obras, requieren del intérprete divino que las haga fecundas, purificando el corazón entorpecido por la pesadez del mundo.

Pero el Señor —¡bendito sea su nombre!— es rico en misericordia. Nunca desespera de la salvación de nadie. Aunque corrija con severidad, se apiada nuevamente, como nos asegura la Escritura: “Porque no rechaza para siempre el Señor; aunque aflige, se compadece según su gran amor”. 

Y si el Espíritu permanece en nosotros hasta el fin de los tiempos —como fuente que brota para vida eterna— Él mismo irá colmando nuestras carencias, tan evidentes como inmensas. Nos conducirá hacia una plenitud insospechada, bienaventurada, prometida a quienes siguen al Pastor eterno. Y esta promesa se ha hecho carne... y hemos visto su Gloria: gloria que proviene del Padre, gloria que nos ha sido enviada.

           Que así sea.

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Miércoles 16º del TO

Miércoles 16º del TO

Mt 13, 1-9

La semilla, la Palabra y la esperanza eterna

Queridos hermanos, somos el fruto bendito de una siembra eterna. El Señor, agricultor divino, ha venido sembrando generación tras generación, hasta culminar su entrega perfecta: la cruz gloriosa de su Hijo, por nuestra salvación. Cada uno de nosotros, por pura gracia, ha sido invitado a continuar esa siembra con nuestra propia entrega, nacida de una fe heredada y nutrida por quienes nos precedieron en la carne y en el espíritu: padres, abuelos, catequistas, párrocos, y tantos otros hermanos en la fe que nos han marcado el camino. Hoy los traemos ante el Señor con gratitud y con oración, anhelando compartir con ellos, muy pronto, nuestra “dichosa esperanza” junto al Cristo glorioso.

La tierra del corazón y el combate del Evangelio

La Palabra, como semilla viva, cae sobre una tierra que muchas veces ofrece resistencia. El Evangelio combate con fuerza contra la seducción del mal en el terreno duro de nuestra existencia. El “camino” representa los corazones pisoteados por los ídolos. Las “piedras” encarnan los obstáculos que el mundo y la carne nos presentan. Los “espinos”, las riquezas que ahogan la fe. ¿Y qué es esto, sino nuestra naturaleza caída que necesita auxilio sobrenatural? Dios desea entrar en esa tierra, labrarla, cuidarla, transformarla. San Lucas nos llama a recibir la Palabra “con corazón bueno y recto” (Lc 8,15).  

Palabras de batalla: velad, esforzaos, perseverad

Escuchad estas palabras, hermanos: velad, esforzaos, perseverad, permaneced, haceos violencia. Ellas revelan la exigencia del combate espiritual, semejante al trabajo arduo para cosechar frutos que permanecen. La vida del creyente es campo de cultivo, no para el éxito efímero, sino para la eternidad.

La Palabra encarnada en nosotros

Como semilla, la Palabra debe hundirse en nuestra tierra, hacerse una con ella, germinar en amor. No somos receptores pasivos, sino tierra que el agricultor divino quiere labrar con paciencia y ternura. “Esta es la voluntad de mi Padre: que vayáis y deis mucho fruto, y que vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16).

¿Cómo escucháis? ¿Cómo comprendéis?

San Mateo dice que la buena tierra es “el que escucha la Palabra y la comprende” (Mt 13,23). Escuchar no es lo mismo que oír. Comprender no es sólo razonar. Implica abrir el corazón, dejar que la Palabra nos transforme desde dentro, implicar la voluntad en una conversión total. Porque del buen tesoro del corazón, el hombre bueno saca lo bueno.

El sembrador sale a nuestro encuentro

¡Sí, hermanos! El sembrador ha salido. Se ha hecho accesible a nosotros. San Juan Crisóstomo lo afirma: sale para ofrecernos el misterio del Reino. Y san Hilario nos anima a subir a su barca, a reparo de las olas, para entrar en su intimidad. No estamos solos. La siembra no se ha detenido. La gracia sigue actuando.

El ciento por uno en Cristo

Aunque haya impedimentos, la fecundidad de la Palabra supera cualquier expectativa humana. Porque quien acoge la semilla y deja que el agricultor divino trabaje su tierra, cosechará en Cristo el ciento por uno.

          Que así sea.

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Domingo 16º del TO C

Domingo 16º del TO C

Ge 18, 1-10ª; Col 1, 24-28; Lc 10, 38-42

Queridos hermanos, la Palabra de Dios nos presenta hoy el don sagrado de la acogida y la hospitalidad. En la tradición bíblica, estas virtudes han sido siempre sagradas, pero hoy las contemplamos como algo aún mayor: como la acogida misma de Dios, que se revela a quienes tienen el discernimiento de la fe, como Abrahán en Mambré y María en Betania.

Dios no siempre se manifiesta de manera evidente. A menudo, se acerca a nosotros a través de rostros inesperados, de acontecimientos cotidianos que, si los acogemos en la fe y la caridad, nos permiten recibir el más grande de los dones: la vida eterna.

El Evangelio nos habla de María y Marta. ¿Qué significa eso de “elegir la parte buena”, que no será quitada a María? ¿Por qué Marta es dulcemente corregida mientras María es alabada? María, al sentarse a los pies de Jesús, adopta la actitud del discípulo. Lo escucha, lo reconoce como Maestro, y bebe sus palabras como fuente de vida.

Esa es la parte buena: una fe activa como la de Abrahán, que acoge al Señor con esperanza; como la de Pablo, que recibe a Cristo en la cruz, comprendiendo el misterio de salvación universal que se ha manifestado en Él. Cristo no vino a ser agasajado, sino a evangelizar. Lo dice el Evangelio: “El que ve al Hijo y cree en Él, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6, 40).

Mientras Marta sirve con amor humano, María cree en Cristo y lo ama como discípula. Marta quiere dar, María se abre a recibirlo todo. Marta, en su entrega, llega incluso a recriminar al Señor y juzgar a su hermana, convencida de que “primero es la obligación y luego la devoción”. Pero el que atribuye su bondad al cumplimiento, olvida que todo es gracia y don. La ley por sí sola no salva, lo hace la caridad, verdadero corazón de esa ley.

El afecto humano busca reconocimiento, pero la fe salva gratuitamente. Marta honra en la carne; María glorifica en el espíritu. Así, la Palabra nos muestra dos caminos: uno natural y otro sobrenatural. Y aunque ambos tienen valor, sólo uno es llamado por Jesús la parte buena.

María, como discípula, se ha encontrado con el Señor y se ha sentado a sus pies, como la amada del Cantar que exclama: “Encontré el amor de mi vida, lo abracé y no lo dejaré jamás.” Nadie se lo quitará, porque ese amor brota de la fe.

Preguntémonos, entonces: ¿en nuestro servicio al Señor, buscamos compensaciones o reconocimiento? ¿Estamos más cerca de Marta que de María? ¿Vivimos en la letra, o en el espíritu? Que nuestro amor madure hasta volverse espiritual y universal, como el de Dios, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y envía la lluvia también sobre los pecadores.

La Eucaristía, finalmente, nos invita a elegir, con nuestro ¡Amén!, la parte buena, que es el Señor. A recibir de Él, gratuitamente, por la fe, el Espíritu; por el Espíritu, el amor; y por el amor, la vida eterna.

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Domingo 15º del TO C

Domingo 15 del TO C 

Dt 30, 10-14; Col 1,15-20; Lc 10, 25-37

El rostro de la vida eterna: el amor que nos transforma

Queridos hermanos, ¿qué es la vida eterna sino amar sin excluir a nadie? ¿Qué otro camino lleva al Reino, si no aquel donde todo ser humano que se acerca a nosotros es acogido como prójimo, como objeto de nuestro amor? La vida eterna es precisamente eso: un amor que nos desinstala, que nos arranca de nuestra comodidad, que nos lanza —sin distinción— hacia Dios y hacia el hermano. A todo aquel que se cruza en nuestro camino.

Dios se ha acercado al hombre en la encarnación de su Hijo, Jesucristo. Él es la manifestación plena del amor eterno que, al hacerse uno con nosotros, nos comunica su vida para que podamos también amar como Él ama. Esta es la gracia: amar con el mismo amor de Dios.

No olvidemos que el Buen Samaritano es Cristo, y todos aquellos que han sido tocados por su Espíritu. Nosotros, hermanos, somos también aquel hombre caído, golpeado por el pecado, que yace herido en el camino. Y Cristo, que ha descendido del cielo —la Jerusalén celestial— a la tierra —nuestro Jericó de dolor— ha venido a socorrernos.  

En Él se unen el amor a Dios y el amor al hombre. Él es el Dios cercano y, al mismo tiempo, el prójimo que no pasa de largo. Es Aquel que se hace el encontradizo con nosotros, que se detiene, se inclina, nos cura, nos levanta y nos confía al cuidado de la comunidad.

Haz tú lo mismo,” nos dice el Señor. Pero esto solo es posible si tenemos su Espíritu. El que cuestiona la Ley sin misericordia, y el que utiliza la Ley para excusar su falta de compasión, no la cumple verdaderamente. Porque la Ley encuentra su plenitud en el amor. Como nos enseña Jesús, toda la Ley y los profetas cuelgan de este mandamiento: amarás.

Más vale una doctrina imperfecta que practica la misericordia, que la ortodoxia que la rehúye. Porque Dios no busca discursos sin alma, sino corazones que ardan de compasión.

Recordemos también el antiguo consejo del oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo.” ¡Qué verdad tan profunda! Solo quien se conoce puede darse. Pero para darse, hay que poseerse. Y para poseerse, hay que encontrarse. Dios nos formula la pregunta desde el principio: “¿Dónde estás?” El hombre, por el miedo, se esconde. Y como es imposible esconderse de Dios, en realidad, se esconde de sí mismo.

San Agustín lo expresa con palabras que tocan el alma: “Tú estabas delante de mí, pero yo me había retirado de mí mismo y no me podía encontrar.” Dios, entonces, nos invita a reencontrarnos, a reconocernos lejos del amor, a convertirnos. Porque sabemos que el amor expulsa el temor, y no hay temor en el amor (1 Jn 4,18). Esto nos remite a Cristo, que perdona los pecados y nos amó primero.

Él nos libera del yugo de las pasiones. Él nos entrega el Espíritu Santo para que podamos amar con todo el corazón —mente y voluntad—, con toda la vida y todas nuestras fuerzas.

A Dios se le ama con lo que se es, con lo que se tiene, y siempre. El mandamiento del amor a Dios especifica con qué se debe amar. El del prójimo, en cambio, señala cómo: como a ti mismo. Este amor es intenso, espontáneo, constante. Pero Cristo lo ha elevado aún más: “Amaos unos a otros como yo os he amado.” (Jn 13,34)

Cristo nos ha amado con el amor del Padre: un amor que perdona, que salva, que ama a los enemigos. Antes de Él, este tipo de amor era inalcanzable; ahora es posible. Ha sido revelado. Ha sido dado. Ha sido derramado en nuestro corazón. 

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 14º del TO

Sábado 14º del TO 

Mt 10, 24-33

 La liturgia de la Palabra en clave de combate espiritual

Queridos hermanos, la liturgia de la Palabra de hoy nos abre los ojos ante una realidad que atraviesa el corazón de la historia humana: la persecución, el sufrimiento, la muerte... signos todos del pecado que ha roto la comunión del hombre con Dios, que es la Vida. Porque el pecado no es solo una infracción de normas divinas. ¡No! Es la elección libre de apartarse del Dios vivo, y por tanto, de sumergirse en la oscuridad de la muerte.

San Pablo nos enseña que, aunque el pecado no se imputa sin ley, la muerte reinó. La muerte, hermanos, como consecuencia directa de esa ruptura original. Cristo, entonces, no vino solo a borrar transgresiones de la Ley. No. Él vino a destruir la muerte misma, que reinaba en el corazón humano, y a devolvernos el camino hacia Dios, nuestra Vida eterna.

Por eso, vivir en Cristo es entrar en un combate. El combate de la fe. El enemigo existe, y persigue. Pero nosotros no luchamos solos: tenemos el auxilio del Espíritu Santo, la victoria de Cristo nos sostiene.

Jeremías, figura profética de Cristo, fue perseguido como Él. También lo será la Iglesia, su Cuerpo. Existe una persecución sangrienta, anunciada por el mismo Señor: “Si a mí me han perseguido, a vosotros os perseguirán.” Pero atención, hermanos, porque esta no es la forma de persecución preferida por el demonio. Esa persecución, aunque dolorosa, da testimonio, y ha hecho nacer mártires como estrellas en la noche. 

Hoy el Evangelio nos alerta de otra clase de persecución, más sutil y peligrosa: aquella que no mata el cuerpo, sino el alma... y la hunde en la gehenna, lugar del fuego eterno. No del fuego que purifica, sino del que consume sin redención, porque no puede sanar una herida escogida libremente: la de la condenación.

¿Y cuál es la medicina ante ese fuego? ¡El temor de Dios! Fruto de la fe verdadera. Cristo nos exhorta: “Temed a ese que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.” No temamos perder esta vida: aprendamos a entregarla, a perderla por la Vida eterna. Fuimos comprados, ¡sí!, a precio de sangre. La sangre de Cristo.

Que ese amor, tan poderoso como tierno, expulse de nosotros todo temor que nos esclaviza, todo miedo que nos aleja de la Verdad. Estamos en la mente y en el corazón de Dios. Si los cabellos de nuestra cabeza están contados... ¡cuánto más nuestras luchas, nuestras fatigas por el Reino, nuestros desvelos por el Evangelio, nuestra entrega por los más pequeños!

El demonio sabe bien cómo seducir: no solo persigue. También disfraza su ataque en cultura, en modernidad, en placer, en bienestar. Quiere hacernos “como los demás pueblos” para que el yugo de ser pueblo elegido nos pese. Quiere que escondamos la Luz bajo el celemín. Que apaguemos el testimonio. Que olvidemos nuestra identidad.

Esta Palabra, hoy, es llamada. Llamada a la vigilancia. A la fidelidad. A confiar, no en nuestras fuerzas, sino en la asistencia de Dios, que no abandona a los que permanecen en Él. 

          Que así sea.

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Domingo 14º del TO C

Domingo 14º TO C 

Is 66, 10-14c; Ga 6, 14-18; Lc 10, 1-12.17-20

Testigos de la Cruz, enviados por el Amor

Queridos hermanos, los apóstoles son enviados de dos en dos. No por azar, sino como manifestación viva de la cruz de Cristo. Van juntos, como testigos del Amor que los envía, como imagen del madero redentor en cuya horizontalidad se abre la fraternidad, y cuya verticalidad eleva su misión hacia el cielo. Dos son necesarios para testificar, dice la Escritura, y dos hacen visible la caridad del que los llama a anunciar el Reino. Ya lo recordaba san Gregorio Magno: el testimonio brota de la comunión.

Y el libro de los Proverbios nos lo confirma: “Un hermano ayudado por otro es como una ciudad fortificada” (Pr 18,19). ¡Qué fuerza hay en la unidad! ¡Qué misterio en el vínculo fraterno que protege, consuela y sostiene!

San Pablo, en la segunda lectura, nos ofrece el núcleo ardiente del mensaje: “¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo! Por ella, el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo. Nadie me moleste, pues llevo en mi cuerpo las señales de Jesús.” ¡Qué palabras de fuego! Quien se deja marcar por el amor de Cristo no busca otra gloria que la del Crucificado.

Y la primera lectura habla de consolación, sí, pero lo hace desde la hondura del sufrimiento. Porque el testigo lleva en su carne la marca de la persecución, la renuncia, el dolor. Y sin embargo, ¡qué fecunda es esa entrega! Como afirma san Gregorio, grande es la mies, pero pocos los obreros. No por escasez de llamados, sino porque pocos responden con la generosidad que exige el Reino.

Pero aquí se revela el poder de la oración, hermanos. ¡Cuán misteriosamente Dios ha querido ligarse a la súplica de su Iglesia! Él quiere suscitar operarios para su mies, pero espera que pidamos, que intercedamos, que clamemos.

Así, el testigo no se impone. Se presenta como “pequeño”, como peregrino del Amor. Su fuerza no está en las estrategias, ni en el dominio, sino en la humildad con la que anuncia al que viene con él, Cristo, cuya única omnipotencia es el amor entregado.

También nosotros, convocados a la fe, somos constituidos como testigos. Somos llamados, salvados y enviados, incorporados a Cristo para participar en la regeneración del mundo por medio del Evangelio. Como aquellos primeros discípulos, nuestros nombres quedan unidos a la Historia de la Salvación, escritos en los cielos, proclamados como signos del Dios vivo que sigue llamando, que sigue salvando.

En cada generación, la Iglesia debe transmitir la fe. No como una herencia muerta, sino como vida que brota del Corazón de Cristo. Una Iglesia que engendra hijos por el Evangelio, hasta que se complete ese número inmenso, esa muchedumbre que nadie puede contar, de la que nos habla el Apocalipsis (7,9).

Esta Palabra nos apremia hoy, hermanos. Nos urge a ser testigos del amor del Padre, fortalecidos por la Eucaristía, donde nos unimos a Cristo y a su entrega por la vida del mundo. Desde ahí, desde el altar, se lanza nuestra misión.      

          Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 13º del TO

Sábado 13º del TO 

Mt 9, 14-17

La Presencia del Esposo Renueva Todas las Cosas.

Queridos hermanos, escuchad con atención el eco de una verdad que transforma: la presencia del Esposo hace nuevas todas las cosas.

El Evangelio nos anuncia, con voz de júbilo, la alegría de las bodas. Sí, la presencia del Novio es motivo de fiesta. Pero también nos prepara, como buena madre espiritual, para el ayuno cristiano: esa actitud interior que se gesta en la ausencia del Esposo y nos invita a desear ardientemente su regreso glorioso en la Pascua.

San Pablo, como amigo fiel del Esposo, contempla con admiración a la comunidad cristiana, esa esposa elegida que es santificada por la acción del Espíritu de Dios. En Cristo, el Esposo que ama con pasión divina, la esposa resplandece. Él la embellece, la colma de gracia, la enriquece con la dote de su Espíritu Santo. Y tú, yo, todos nosotros, somos llamados a vivir en esta alianza de amor con el Dios vivo. ¡Qué honor, qué invitación tan gloriosa! Ser partícipes de la fiesta nupcial en el Reino.

La esposa —la Iglesia—, santificada por la santidad del Esposo, es llevada a la plenitud del amor. Por eso, se adentra al desierto: no para huir, sino para escuchar su voz, para dejarse seducir por Él, como lo expresa el profeta Oseas. Porque sin el consuelo del Esposo, todo otro consuelo, por más lícito que parezca, se vuelve vano. Es amor lo que buscamos, no sucedáneos del amor.

El encuentro con Cristo es novedad. Una novedad tan radical que resulta incomprensible para quien no ha experimentado el consuelo del Espíritu en medio de la lucha contra la carne, en la tensión ardiente de la concupiscencia. Y como Él, los discípulos también se adentran en el combate del desierto. No por pecado, sino por amor. Un amor que los somete voluntariamente a la voluntad del Padre, hasta dar la vida, hasta la cruz, en favor de todos los hombres.

Recordad: Juan y sus discípulos vivían la ausencia del Mesías. La sentían, la sufrían, la esperaban. Y su ayuno era expresión de esta espera. Pero los discípulos de Jesús, ya embriagados por el vino nuevo —por su presencia viva—, gozan ahora del Esposo. Y aunque un día se les retire, aunque el Novio se separe por un tiempo, tendrán la consolación del Espíritu. El recuerdo del Esposo se hará memorial perpetuo. Y su ausencia, lejos de vaciarlos, los colmará de una esperanza gozosa. Ese sí es el verdadero ayuno: esperar con amor su regreso glorioso.

No hay mayor privación que estar lejos de Aquel a quien amamos. Privarse de alimento es nada frente a la ruptura interior que produce su ausencia. Porque su cercanía nos une al Padre, nos inflama con la esperanza de la vida eterna en comunión fraterna. Volver a una vida sin sentido, sin Cristo… ese sí es el tremendo ayuno. Y sólo es soportable por el consuelo del Espíritu, que clama en lo profundo: ¡Abbá, Padre!

Sin Cristo, sin la unción del Espíritu, tanto los discípulos de los fariseos como los de Juan se afanan en el combate contra la carne. Allí tiene sentido el ayuno, pero sólo como medio para que el Espíritu prevalezca. Ayunar como fin en sí mismo, como mérito propio, es errar el camino. Es lo que lleva a los fariseos a juzgar a Jesús y a sus discípulos que comen, beben, celebran... porque están con el Esposo. Y eso los judíos no lo entienden. Como dice san Pablo: "Su dios es el vientre" (Flp 3,19).

La aflicción del ayuno sólo tiene sentido ante la ausencia del Esposo. Conduce a negar todo consuelo que distraiga del amor, y toda complacencia que borre su recuerdo. Pero ahora, hermanos, el tiempo de la expectación ha terminado. El Salvador ha venido. Juan se goza con su presencia. Y como buen testigo, transfiere sus discípulos al Cordero de Dios. Termina su carrera, listo para recibir la corona de gloria. 

           Que así sea.

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Viernes 13º del TO

Viernes 13ª del TO 

Mt 9, 9-13

 Queridos hermanos:

La Palabra de hoy nos abre el corazón al misterio del amor divino revelado como Misericordia, ese amor entrañable que no solo sana, como lo escuchamos en el Evangelio, sino que también regenera la vida, la engendra de nuevo, como la lluvia fecunda que transforma la tierra reseca.

No es casualidad que la palabra hebrea rahamîm —misericordia— derive de rehem, que significa entrañas maternas, ese lugar sagrado donde la vida se forma. ¡Sí, hermanos!, así es el amor de Dios: maternal, creador y fecundo. ¿No lo vemos reflejado en las parábolas del hijo perdido y del hermano resucitado? Escuchamos: "Este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida."

Y a Nicodemo le dice el Señor: "En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios."

 Este es un amor que da a luz de nuevo, que atraviesa los dolores del parto, como San Pablo lo expresa en su carta a los Gálatas: “Siento nuevamente dolores de parto por vosotros.” Es un amor profundo, firme, duradero. No se disipa como la neblina de la mañana ante los primeros rayos del sol, como denunciaba el profeta Oseas. Solo un amor persistente, como la lluvia que empapa la tierra, puede traer frutos duraderos, y en Abrahán se convierte en vida más fuerte que la muerte, en fe, en esperanza, en bendición eterna.

 En esta Palabra distinguimos tres figuras: Cristo, los pecadores y los fariseos. Cristo se acerca a los pecadores, y los fariseos se escandalizan. ¿Por qué? Porque lo que escandaliza no es el pecado, sino la Misericordia. Puede que los fariseos pequen menos que los publicanos, pero carecen por completo de caridad y misericordia.

Por eso Jesús les dice: "Id y aprended lo que significa: Misericordia quiero, no sacrificios." ¿De qué sirve pecar menos si eso no te lleva al amor? ¿Si no te conduce a Dios?

Ser cristiano no es simplemente evitar el pecado, es amar. Cristo ha venido a salvar a los pecadores, a engendrarlos como hijos suyos por el don del Espíritu. ¿Y tú? ¿Has acogido esa salvación o te excluyes como los fariseos?

            Hoy, hermano, hoy es día de salvación.

Todos estamos llamados al amor. Pero esta llamada implica recorrer un camino de conversión y firmeza en el amor, hasta alcanzar la santidad que nos introduzca en Dios. Y ese camino comienza en la humildad, que acompaña toda vida cristiana. El Padrenuestro nos lo recuerda: "Perdónanos nuestras ofensas..." con estas palabras confesamos nuestro pecado y proclamamos el amor misericordioso de Dios.

La Misericordia divina se ha encarnado en Jesucristo. Ha brotado de las entrañas de la Vida por acción del Espíritu, no para desvanecerse, sino para quedar unida a nuestra humanidad en una alianza eterna, gratuita, inquebrantable, redentora, que perdona, justifica y salva.

Conocer este amor es ser alcanzado por la Misericordia. Es ser fecundado por la fe, contra toda desesperanza, para entregarse plenamente a los hermanos. Así como el Señor envía a los judíos a conocer esta Misericordia, también nosotros somos llamados para que, al participar de la Eucaristía, nuestra vida sea expresión viva de esta Palabra: "Misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos." 

Amén.

                                                   www.jesusbayarri.com