La Ascensión del Señor C

 La Ascensión del Señor C

Hch 1, 1-11; Ef 1, 17-27; Lc 24, 46-53.

Queridos hermanos:

Esta fiesta se celebró hasta el siglo IV junto con la de Pentecostés, en la que, por la tarde, los fieles de Jerusalén acudían al Monte de los Olivos y se proclamaban los textos de la Ascensión. Después, comenzó a celebrarse de manera separada, 40 días después de Pascua.

Esta festividad aviva en nosotros la esperanza de la promesa de nuestra exaltación a la comunión con Dios. Aquel que bajó por nosotros asciende con nosotros a la gloria: “Suba con él nuestro corazón”. Las figuras de Enoc y Elías abrieron nuestra mente y avivaron nuestro deseo de alcanzar las ansias profundas de nuestro espíritu, sofocadas por la frustración del pecado, y que llegan a su plenitud en Cristo.

Ascender, subir, sentarse y los demás términos que describen el acontecimiento son conceptos que, en realidad, nos hablan de trascender esta realidad terrena, de exaltarla, glorificarla o asumirla en la gloria celeste, entrando en una dimensión inaccesible a nuestros sentidos, que llamamos “cielo”, donde está la persona de nuestro Señor Jesucristo.

Terminada su obra de salvación, Cristo “asciende” al cielo y “se sienta” “a la derecha” del Padre. Su encarnación ha hecho posible su entrega, y ahora su presencia no será ya externa, sino interior: ya no estará entre nosotros, sino dentro de nosotros.

Cristo está en el Padre para interceder por nosotros y está dentro de nosotros, sosteniéndonos e intercediendo por el mundo. La fuerza que moverá a los discípulos ya no será la del ejemplo del Hijo, sino la del amor del Padre, derramado en su corazón por el Espíritu.

Con él asciende nuestra naturaleza humana. Un hombre entra en el cielo, en Cristo, dándonos a conocer la riqueza de la gloria otorgada por Dios en herencia a los santos, como dice san Pablo: “A nosotros, que estábamos muertos en nuestros delitos, por el grande amor con que nos amó, nos vivificó, nos resucitó y nos hizo sentar en él, en los cielos, para mostrar la sobreabundante riqueza de su gracia, por su bondad para con nosotros”.

No es solo nuestra carne la que entra en el cielo, sino nuestra Cabeza, la cabeza del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, de la cual nosotros somos miembros. Esta es, pues, nuestra esperanza como miembros de su Cuerpo: seguir unidos a él en la gloria. Por eso, debemos siempre “buscar las cosas de arriba, donde está Cristo”, nuestra Cabeza, en espera de su venida, sin que las cosas de abajo nos aparten de nuestra meta. Cuando vino a nosotros, no dejó al Padre, y ahora que vuelve a él, no nos deja, sino que nos manda su Espíritu. De simples criaturas, hemos pasado a ser hijos.

Con la filiación, hemos recibido también la misión. Mientras el mundo ve a Cristo en nosotros, nosotros le vemos en la misión, porque el Espíritu nos lo muestra en los frutos. 

           Proclamemos juntos nuestra fe.

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La Visitación de la Virgen María

La Visitación de la Virgen María 

So 3, 14-18; ó Rm 12, 9-16; Lc 1, 39-56

Queridos hermanos:

La palabra de este día está envuelta en manifestaciones celestes de ángeles y del Espíritu Santo, como corresponde al misterio de los hijos, que guardan las madres en su encuentro. El mayor entre los nacidos de mujer y el Primogénito de toda la creación: la voz y la Palabra. La voz es el sonido que hace vibrar el aire, mientras que la Palabra es la idea, la voluntad divina, el acontecimiento creador de Dios que da vida a todo cuanto existe.

María, llena del gozo del Señor, se puso en camino y se fue con prontitud, movida por el Espíritu, hacia Isabel, porque Cristo quiere encontrar a Juan y ungir a su profeta con el Espíritu para su misión como amigo del novio, que será lavar al esposo en las aguas del Jordán antes de que tome posesión de la esposa subiendo a la cruz. Isabel escucha a María, y Juan advierte al Señor. El gozo de María es el de Cristo, que vive en ella; Juan lo percibe y salta en el seno con el gozo del Espíritu, que hace profetizar a su madre para ensalzar la fe de María, quien acoge el cumplimiento de las promesas de la salvación que se cumplen en ella: “Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu seno. ¿Y de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor? ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!”

El Espíritu Santo hace profetizar a Isabel, exaltando la fidelidad y el poder de Dios, que cumple las promesas en su misericordia para con los pobres, los humildes y los pecadores, comunicadas en su nombre por el arcángel, y la fe de María: “Bendita entre las mujeres”, como Yael y como Judit, que abatieron la cabeza del enemigo, figura del adversario por antonomasia, cuya cabeza aplastará definitivamente Cristo, descendencia de la mujer, y nueva Eva: María.

Grande, ciertamente, es el amor de Dios, que se fija en la pequeñez de María y la engrandece, subiéndola a su carroza real como a la esposa del Cantar: “Maravillaos conmigo, hijas de Jerusalén, porque ayer me fatigaba espigando entre los rastrojos, quemada por el sol, y hoy he sido arrebatada por el Rey a su presencia.”

Esta es también la experiencia de la Iglesia, pues el don que se le otorga es infinitamente grande para cualquier mortal, porque: “El Señor no renuncia jamás a su misericordia, no deja que sus palabras se pierdan, ni que se borre la descendencia de su elegido, ni que desaparezca el linaje de quien le ha amado” (cf. Eclo 47, 22).

María, en su humildad, se apoyó en Dios, y nosotros debemos hacerlo también, en nuestra debilidad, para poder alcanzar su dicha por nuestra fe, pues también a nosotros ha sido anunciada la salvación en Cristo, invitándonos a unirnos a su cortejo hacia la casa del Padre.

Juan ha sido lleno del Espíritu con la cercanía de Cristo. Y nosotros, al contemplarlo encarnado en el seno de María, derramando el Espíritu Santo, somos testigos de que las promesas se están realizando. La voluntad de Dios se hace accesible a nuestra impotencia, porque el Verbo de Dios ha recibido un cuerpo y ha entrado en el mundo para hacer posible que se cumpla en la debilidad de nuestra carne.

Nosotros, en la Eucaristía, somos llamados a abrir la puerta a Cristo, que quiere entrar a cenar con nosotros y hacernos un espíritu con él, de manera que el “Dios con nosotros” sea Dios “en nosotros”, por el Espíritu Santo, y que nuestro gozo sea el de Juan, el de María y el de Cristo, y que sea pleno. 

             Que así sea.

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Jueves 6º de Pascua

Jueves 6º de Pascua

Hch 18, 1-8; Jn 16, 16-20

Queridos hermanos:

El Señor previene, una vez más, a los discípulos sobre su partida al Padre, por lo que su cruz tendrá de escándalo, de fracaso y de angustia. Así, ellos podrán darse cuenta de que todo estaba previsto en los amorosos designios divinos y no se dejarán arrastrar por el dolor, la desesperanza ni la pérdida de fe ante la oscuridad de lo que, a nuestra razón, aparece como inaceptable e, incluso, como irreparable y sin solución. ¿Acaso hay solución para una muerte ignominiosa, o puede haber algo que le provea sentido para seguir creyendo?

El Señor les anuncia llanto, lamento y tristeza, agudizados por el escarnio de los adversarios, y, con la misma firmeza, les promete el gozo ante la acción de Dios que seguirá. Por una breve ausencia y aflicción, recibirán consolación y posesión eternas.

Si el dar a luz una nueva vida pasa por el aprieto del dolor, como preludio de gozos y esperanzas que se abren al caudal inagotable de la existencia, ¡cuánto más el alumbramiento de una nueva creación y un cosmos imperecedero! Para ello, quien va a engendrarla tendrá que sumergirse en la vorágine del torrente del sacrificio voluntario.

El lapso de la crisis es minimizado por Cristo como “un poco”, lo mismo que esta vida, que da paso a lo “mucho” y definitivo de la vida eterna. Ciertamente serán tres días en el torrente del sufrimiento y la tristeza, pero conducirán al gozo de los gozos: “del torrente de tus delicias” (Sal 36,9), el cual no podrá ser suprimido jamás. Como dice san Pablo: “Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rm 8,18).

Hay un sufrimiento en la inmolación libre y obediente que hunde sus raíces en el amor y que tiene plenitud de sentido, porque es fecundo. Cristo tiene que sufrir los dolores del alumbramiento del Reino; después, los apóstoles, primicias de los discípulos, atravesarán el valle del llanto y serán sumergidos con Él en el torrente del que debe beber el Mesías para levantar con Él la cabeza en el gozo eterno de la resurrección (cf. Sal 110,7; 36,9).

Lo que aparecerá como absurdo estará cargado de sentido; lo yermo, pletórico de vida. Esa es la confianza de la fe, la fortaleza de la esperanza y la generosidad de la caridad. Esos son los renglones torcidos de Dios para nuestra visión distorsionada, la distancia entre los caminos de Dios y nuestras veredas, pues “cuanto aventajan los cielos a la tierra, así mis caminos a los vuestros”, dice el Señor (Is 55,9).

La Pascua de Cristo hace dar un salto de cualidad a nuestras pobres expectativas de vida, sumergiéndolas en el torrente del amor divino mediante la oblación de la propia existencia a su voluntad. Sólo con la fe es posible superar la crisis, cuando los acontecimientos superan nuestra capacidad de comprensión y de respuesta. Dios está presente y controla la historia; ni una hoja cae del árbol sin su permiso. No estamos a merced del sino, ni el “Misterio de la Iniquidad” actúa más allá de los límites que le fija la providencia divina. “Para los que aman a Dios, todo contribuye al bien”.

¡Vengo pronto!, dice el Señor.

            Que así sea.

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Domingo 6º de Pascua C

Domingo 6º de Pascua C

Hch 15, 1-2.22-29; Ap 21, 10-14.22-23; Jn 14, 23-29

Queridos hermanos:

El tiempo de la Iglesia es el tiempo del Espíritu. Como dice San Ireneo: “Donde está la Iglesia, está el Espíritu”. Cuando la presencia de Cristo deje de ser visible, una vez finalizada su misión de ser “Dios con nosotros”, el Espíritu llevará adelante la de ser “Dios en nosotros”. Hoy el Señor nos anuncia el nacimiento de la Iglesia, cuya alma será el Espíritu Santo, quien hará más profunda, íntima y personal la relación de los discípulos con el Señor.

El Espíritu irá guiando a la Iglesia hasta el final de los tiempos, enseñándole y recordándole todo lo que el Señor ha dicho, hasta llevarla a la verdad completa. Será el alma de la Iglesia y su ayuda frente a las dificultades en el combate de la fe y en la misión. Para eso, el Señor le da su paz, que la sostendrá en el combate contra los enemigos, mientras, unido a la Esposa, espera el regreso del Señor diciendo: “¡Ven, Señor!, que pase este mundo y que venga tu gloria”.

El Padre ama a todos, pero a quien guarda su palabra se le concede la presencia permanente de Dios, que todo lo vivifica y transforma en celeste la existencia humana. La diferencia que hay entre que Dios venga a nosotros y que haga morada en nosotros es la misma que hay entre escuchar su palabra y guardarla. La diferencia está en los frutos de la fidelidad, como dijo Habacuc: “El justo vivirá por su fidelidad” (Ha 2,4), que resulta no solo de haber acogido el don gratuito de la fe, sino de haberlo mantenido y hecho vida propia, y de haberlo defendido frente a las seducciones del Maligno, quien nos solicita a través del mundo y de las concupiscencias de nuestra carne. “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.

Guardar la palabra del Señor, el depósito de la fe, no es solo cuestión de que nuestra mente no la olvide, sino también de que nuestra voluntad se mantenga firme en sus caminos y la ame con las obras. Es, por tanto, cuestión de amor, como dice el Señor, de permanencia en su amor y de perseverar hasta el fin: “Si alguno me ama, guardará mi palabra.” Para eso el Señor ha asegurado: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”

Ser cristiano es aprender a vivir y dejarse guiar por el Paráclito que Cristo nos ha enviado por la fe. En la lectura de los Hechos de los Apóstoles se nos presenta su presencia y su acción en la vida de la Iglesia, inspirando, enseñando y conduciendo a los discípulos en la paz. Paz entre los hombres por el dominio sobre las pasiones y paz con Dios como fruto de la justificación de Cristo, quien nos ha alcanzado el perdón de los pecados.

A través de esta presencia en nosotros del Espíritu de Dios, la Iglesia se encamina a la meta de la Jerusalén celeste, cuyas arras son la paz, signo y fruto de la presencia del Espíritu. Paz que no significa ausencia de combate; por eso, somos exhortados a no acobardarnos y a que no se turbe nuestro corazón. Digamos, pues, amén a este cuerpo que se entrega y a esta sangre que se derrama para que tengamos vida eterna. 

           Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 5º de Pascua

Sábado 5ª de Pascua

Hch 16, 1-10; Jn 15, 18-21

Queridos hermanos:

La primera lectura de los Hechos nos presenta el momento clave en el que la fe cristiana va a entrar en lo que hoy llamamos Occidente a través de Macedonia, lo cual provocará el encuentro con el pensamiento griego, que será decisivo en el futuro desarrollo de la Iglesia y de la futura Europa.

El Evangelio nos habla del mundo en su acepción negativa, que engloba todo el entorno sujeto, consciente o inconscientemente, a la influencia, dependencia e incluso esclavitud del diablo. El mundo y la Iglesia son realidades completamente opuestas y antagónicas, como lo son Cristo y Beliar (2 Co 6,15). Como dice Santiago: “Cualquiera, pues, que desee ser amigo de 'este' mundo, se constituye en enemigo de Dios” (St 4,4).

El Evangelio nos habla del odio del mundo a Cristo y, por tanto, a la Iglesia. En estos momentos, dicho odio es cada vez más evidente y no debe sorprendernos, ya que el príncipe de este mundo es el diablo, quien aborrece a Dios y, por tanto, a Cristo. El otro día leíamos la Carta a Diogneto, en la que se hablaba de este odio que nadie sabe explicarse, pero que proviene de la sujeción al diablo propia del "mundo".

La obra de Cristo y de la Iglesia es, precisamente, arrebatarle al diablo sus hijos y arrancar del corazón del hombre las raíces amargas del pecado. Su misión es llevar a los hombres al conocimiento de Dios y de su amor, perseverando hasta el fin: “Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará” (cf. Mt 10,22). “No os extrañéis, hermanos, si el mundo os aborrece” (1 Jn 3,12-13). “Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo” (Jn 17,14). “En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que lo envía” (Jn 13,16). “Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos!” (Mt 10,24).

           Que así sea.

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Domingo 5ºde Pascua C

Domingo 5º de Pascua C

Hch 14, 21b-27; Ap 21, 1-5; Jn 13, 31-33a.34-35

Queridos hermanos:

La liturgia de este domingo nos presenta los tres aspectos de la vida nueva en Cristo resucitado, que llamamos virtudes teologales, infusas en el corazón del hombre por el Espíritu Santo. En la primera lectura se nos muestra la propagación de la fe mediante la predicación y la perseverancia de los discípulos, exhortados por los apóstoles a la paciencia en medio de las tribulaciones, que son la puerta estrecha del Reino.

En el Evangelio se hace presente la nueva creación, que se abre paso en el amor con el que el Padre ha amado a Cristo y con el que Cristo nos ha amado a nosotros, para que también nosotros podamos amarnos unos a otros, caminando en la esperanza hacia la Jerusalén celestial, que nos presenta la segunda lectura, mientras llamamos a todos los hombres a la salvación por la fe en Cristo, a la esperanza del Reino y al amor fraterno. El amor de Dios es entrega y misericordia, que, regenerando en nosotros la comunión con Él, nos eleva a la condición de hijos adoptivos.

Cristo es glorificado, y Dios es glorificado en Él, que de tal modo ama a los hombres enviándoles a su Hijo, el cual se entrega a su voluntad, sin resistirse a nuestra dureza de corazón y a nuestra obstinación en la maldad. Así, sus discípulos somos llamados a seguirle, negándonos a nosotros mismos en el amor de Cristo, en medio de muchas tribulaciones, para conquistar el Reino y anunciarlo a los hombres con la entrega de la propia vida. El Reino de los Cielos irrumpe con Cristo y llegará a su plenitud en la Iglesia celeste. Es engendrado en nosotros por la fe y se gesta en el amor con el que el Padre ama al Hijo y con el que el Hijo nos ama a nosotros. Lo viejo: la muerte y el pecado han pasado, y el Espíritu lo renueva todo. Un universo nuevo, un cántico nuevo, un mandamiento nuevo, para amarnos en el amor de Cristo resucitado. La noche va pasando, y el día está encima.

En Cristo, el amor al prójimo ya no tiene la medida de nuestro amor meramente humano, con el que todo hombre se ama a sí mismo espontáneamente, sino la del amor de Cristo, que es el amor con el que el Padre ama eternamente al Hijo y con el que nos amó primero. Los discípulos tendrán que esperar a que Cristo, después de resucitar de la muerte, derrame el amor de Dios en sus corazones por medio del Espíritu Santo, para poder seguirle al Padre, y cada uno en la misión que le sea confiada.

            Proclamemos juntos nuestra fe. 

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San Matias apóstol

 San Matías, apóstol

Hch 1, 15-17.20-26; Jn 15, 9-17

Queridos hermanos:

La palabra de hoy está centrada en la caridad de Dios, el amor del Padre y del Hijo, que está en la raíz de todo, dándole consistencia. En primer lugar, lo revela a través de su Hijo hecho hombre, quien se entrega a sí mismo en la cruz para el perdón de los pecados. Cristo mismo se entrega por amor al Padre y a nosotros, con el mismo amor del Padre que está en él. Este es el secreto de su amor al Padre: hacer siempre lo que le agrada. Y sabemos que le agrada nuestro bien, porque es amor.

El que ama piensa más en el bien de la persona amada que en sí mismo, y eso, a veces, implica renunciar al propio bienestar. Por eso el Padre entrega al Hijo por nosotros, y por eso el Hijo obedece al Padre hasta la muerte. Así le ama, le obedece y, lleno del gozo de su amor, se entrega y sufre por nosotros.

Cristo hace suya la iniciativa del Padre y se entrega totalmente para que su amor esté en nosotros. Nos llama a ser hijos de adopción y discípulos de su Hijo, para que lo testifiquemos ante el mundo, como lo hicieron, en primer lugar, sus apóstoles. En este amor hemos sido introducidos por su gracia y, en él, somos invitados a permanecer, adhiriéndonos a su mandamiento de amor mutuo.

El Señor desea para nosotros la plenitud de su gozo, en el amor que él nos ha traído de parte del Padre gratuitamente. Así lo ha querido el Padre porque nos ama, y así lo ha realizado el Hijo por amor al Padre y a nosotros. Este amor del Padre y del Hijo es el Espíritu Santo, cuyo fruto en nosotros es el amor mutuo y también el gozo.

El Señor nos ha dicho que quiere para nosotros su gozo, el gozo de su amor, y por eso nos da su mandamiento de entregarnos sin límites, sin temer al sufrimiento. Para ello, el Señor nos ha permitido escuchar el Evangelio, nos ha permitido creer y nos ha dado su Espíritu gratuitamente. Nos ha introducido en su amor para que permanezcamos en él. Todo es gracia.

Al darnos el Espíritu Santo, su gozo en nosotros se hace pleno y testifica en nosotros el amor del Padre y del Hijo. La consecuencia es, pues, el mandamiento del Señor: “Que os améis los unos a los otros”, sin reservaros la vida que se os ha dado. Para este fruto hemos sido elegidos y destinados: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido”.

El amor entre los hermanos es signo, para el mundo, del amor que Dios derrama sobre él. Lo llama a la fe, es apremiante para la vida del mundo y se convierte en un mandato ineludible para nosotros. Este amor debe ser como el de Cristo por nosotros: “Como yo os he amado”, un amor que le ha llevado hasta el don de la vida.

Este amor va acompañado de la amistad con Cristo y de la total confianza en Dios, de modo que recibamos del Padre cuanto necesitemos y permanezca después de la muerte para vida eterna.  

           Que así sea.

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Domingo 4º de Pascua C

 Domingo 4º de Pascua C (El Buen Pastor)

Hch 13, 14.43-52; Ap 7, 9.14-17; Jn 10, 27-30

Queridos hermanos:

Con esta imagen del Buen Pastor y su rebaño, la Palabra nos presenta el sentido de la vida como una peregrinación a la casa del Padre, en el seguimiento de Cristo, a la escucha de la voz del Amado, que nos guía y nos nutre en el camino hacia la meta que nos muestra el Apocalipsis en la segunda lectura: una muchedumbre inmensa en la presencia amorosa de Dios y del Cordero. Nos revela las relaciones de su amor solícito por nosotros (conocimiento), para apacentarnos y cuidarnos hasta la entrega total de su vida, frente a las asechanzas del enemigo envidioso y el egoísmo del asalariado, a quien mueve sólo el propio interés y no el de las ovejas.

Para el mundo, todo esto son historias, pamplinas, paparruchas y zarandajas: Dios, el diablo, el pecado y también el cielo. Cada uno va a lo suyo, y el que más pueda, mejor para él. ¿Por qué nosotros, en cambio, creemos todo eso? Porque, a través de la predicación, el Espíritu Santo ha testificado a nuestro espíritu que el Evangelio es la Verdad.

La vida cristiana es comunión de amor fundada en la relación entre el Padre y el Hijo; requiere de la vigilante escucha del Pastor frente al acecho del depredador, y es urgida por el amor hacia el culmen de la unidad. Cristo, con su gracia, no sólo nos da su propia vida, sino que nos une a su Padre mediante la filiación adoptiva que nos hace hermanos suyos. El Pastor que fue herido está de nuevo al frente de su rebaño; va delante de nosotros abriendo camino y nos sale al encuentro en el testimonio de la fe: ¡La muerte ha sido vencida y el pecado ha sido perdonado!

El Señor se compara a sí mismo con el Pastor que ama a sus ovejas, las conoce una a una por su nombre y las cuida, alimentándolas y haciéndolas descansar a su sombra en un lugar seguro, protegiéndolas del ataque de los enemigos y defendiéndolas aun a costa de su vida. Las ovejas, por su parte, escuchan a su Pastor, a quien aman, permaneciendo unidas para no ser dispersadas ni dañadas por el devastador mientras dura la “gran tribulación”.

Cristo nos presenta al Padre como protagonista de su condición de Pastor porque es uno con él; de él procede todo y a él todo se ordena: “Mis ovejas escuchan mi voz”, dice Cristo, Palabra del Padre, que lo hace presente en el pueblo de Israel y, con el ministerio de su predicación, va separando ovejas de cabritos, peces buenos de malos, y va podando y cortando los sarmientos de la vid. En la primera lectura vemos que también los apóstoles siguen reuniendo a las ovejas que escuchan la voz de Cristo, también entre los gentiles.

“Yo las conozco y ellas me siguen”. A través de su Palabra, Cristo va pastoreándolas en su amor, y ellas, dejando a sus ídolos, lo siguen en su camino hacia la vida eterna, pasando como él por el valle del llanto, de la cruz, y bebiendo con él del torrente, para levantar con él la cabeza en su resurrección.

“Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás”. Escuchando la voz de Cristo por la fe, sus ovejas reciben el Espíritu Santo, que derrama en sus corazones el amor de Dios. La vida divina, por la que el Padre y el Hijo son uno en una comunión perfecta de amor; comunión a la que son incorporadas sus ovejas, quedando así preservadas de la malignidad de la muerte.

“Y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Y el Padre ha puesto todo en mis manos, ya que: Yo y el Padre somos uno”.

             Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 3º de Pascua

Sábado 3º de Pascua

Hch 9, 31-42; Jn 6, 61-70

Queridos hermanos:

Hemos contemplado en estos días el discurso del “Pan de Vida”, y hoy el Evangelio, antes de darnos la respuesta de la fe a esta palabra por boca de los apóstoles, nos muestra la resonancia de este discurso en sus oyentes, entre los que también estamos nosotros: “Los judíos murmuraban de él” y “muchos de sus discípulos decían: Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?”. No ha sido un discurso bien acogido.

El Señor está formando a sus discípulos para consolidarlos en la fe, pues sabe que se acerca el escándalo de la cruz. Él conoce lo que hay en el corazón de cada uno y, por eso, los va preparando para que se conozcan a sí mismos y afloren sus intenciones más profundas: “Yo te llevé al desierto para que conocieras lo que había en tu corazón; si ibas o no a guardar mis preceptos” (cf. Dt 8, 2). Se lo dice abiertamente: «¿No os he elegido yo a vosotros, los Doce? Y uno de vosotros es un diablo» (Jn 6, 70). Por eso, más adelante les dirá: “Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas”.

La fe debe ser probada. Jesús deja que muchos discípulos se vayan y hasta pregunta a los doce: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Si su fe no ha madurado, si el Padre no les testifica en su corazón mediante su Espíritu, de forma que puedan trascender su razón y captar el espíritu de sus palabras, ¿qué ocurrirá cuando llegue la cruz? ¿Cómo pudo Abrahán superar el escándalo de aquellas palabras?: «Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac; vete al país de Moria y ofrécelo allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga» (Gn 22, 2).

“Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida”. La fe de los discípulos debe ser probada, como lo fue la de Abrahán y la de Israel en el desierto. Lo hemos escuchado de la boca de Jesús en el Evangelio: «Hay entre vosotros algunos que no creen».

La fe debe ser capaz de superar las pruebas de Cristo y las que nos propone cada día la vida, para no sucumbir en el momento de la tentación y que no se desvirtúe el testimonio al que estamos llamados. Sólo la fe es capaz de trascender la carne, los límites de la razón y pasar al espíritu que da vida. ¿Qué sucederá si no, cuando aparezca la cruz? ¿En qué podrá apoyarse la razón? Dice Jesús: “¿Esto os escandaliza? ¿Y cuándo veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?”.

Por la fe, la razón se apoya en la palabra de Cristo: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna», hasta que alcancemos la respuesta final: la confesión de fe que dan los apóstoles en el Evangelio: “Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”. San Agustín, comentando esta palabra, afirma que, efectivamente, primero se cree y después se conoce. La fe da una certeza de conocimiento que la razón, limitada como es, no puede alcanzar por sí sola, aunque la fe no medra en las cenizas de la razón, como dice V. Messori.

También hoy, la Eucaristía nos invita a decir ¡Amén! A confesar a Cristo, superando la duda a la que hoy está sometida nuestra razón, y a comulgar con este “sacramento de nuestra fe”, que nos sitúa ante el gran misterio de Cristo y la Iglesia: pan que es cuerpo de Cristo, vino que es su sangre. Alimento de vida eterna.           

           Que así sea.

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Martes 3º de Pascua

 

Martes 3º de Pascua 

Hch 7, 51-8, 1a; Jn 6, 30-35

Queridos hermanos:

        Continuamos hoy contemplando la catequesis del pan sustancial, que es eminentemente eucarística y nos introduce en el “memorial” de Cristo, al que somos invitados a unirnos comiendo su cuerpo y bebiendo su sangre, alimento que salta hasta la vida eterna.

Una vez más, en estos encuentros pascuales, la Palabra hace alusión a la Eucaristía a través de figuras como el maná, el alimento mesiánico, el pan del cielo, el pan de Dios o el pan de vida eterna, que viene a colmar el ansia insaciable del corazón humano. Los judíos quieren ver signos que se les impongan, pero no están dispuestos a creer. Cristo, de hecho, realiza señales anunciadas en las Escrituras, que testifican su misión, pero que no responden a sus erróneas expectativas respecto al Mesías, en las que no tienen cabida ni la conversión de su corazón a Dios ni una llamada universal a la salvación que relativice sus privilegios como pueblo elegido. Este pueblo estaba ajeno por completo a la misericordia divina, explícita ya en las promesas hechas a Abrahán: “En tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra.”

En efecto, Israel responde a Cristo: “Señor, danos siempre de ese pan”; y los gentiles, por boca de la samaritana, dicen: «Señor, dame de esa agua para que no tenga más sed.» Pero tanto Israel como los gentiles deben primero recibir el agua de la fe y el bautismo, para pasar después al banquete del Pan de la Vida.

El pan de la vida divina en nosotros, al saciarnos, nos constituye en pan que se entrega. Lo mismo ocurre con la luz: al ser iluminados, nos transformamos en luz del mundo; también con el agua viva: nos hacemos fuente que brota para vida eterna; y cuando somos apacentados, somos constituidos pastores de las naciones, llamados a reunir a las ovejas. Esos son los frutos de la vida, del Espíritu y del amor del Señor en nosotros. Por último, cuando Cristo nos revela a su propio Padre, nos hace sus hijos y hermanos suyos: “Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.”

Cristo se aplica a sí mismo el discurso de la Sabiduría y viene a confirmar la tendencia de la Revelación a personalizarla, precisamente porque él es la plenitud a la que tiende la Sabiduría. Aquellos que la gustan siguen teniendo hambre y sed de Cristo, y tienden a él hasta encontrarlo (Eclo 24, 21). El encuentro con la Sabiduría les hace pobres de espíritu y necesitados de salvación. Jesús dirá: “Dichosos los que tenéis hambre ahora”, porque: “El que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed. Será saciado.” “Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre; ay de los que reís ahora, porque tendréis aflicción y llanto; dichosos vosotros, los tristes, porque reiréis.”

Dios mandó un pan en el desierto con el que se nutrió durante cuarenta días el profeta Elías, como en otro tiempo Moisés. Pero todo pan nutre la vida del hombre por un tiempo y después perece. Dios les dio el maná a los israelitas durante cuarenta años, y murieron unos en el desierto y otros en la tierra prometida. Dios dio a Abrahán la Promesa y la Ley cuatrocientos años después a Israel, pero siguieron muriendo solamente saciados en la esperanza. Nosotros no solo somos llamados a la esperanza, sino a recibir al Esperado de todos los tiempos, al Prometido a los patriarcas y al anunciado por los profetas. Solo en Cristo nos es anunciado un pan de vida eterna que sacia y no se corrompe.

Hemos escuchado también a Jesús decir: “Yo soy”, el nombre de Dios revelado a Moisés, que Cristo se aplica a sí mismo siete veces en el evangelio de Juan. Son siete definiciones con las que se revela a sí mismo iluminándonos, como las siete lámparas del candelabro: “Yo soy el pan de la vida; la luz verdadera; la puerta; el camino, la verdad y la vida; el buen pastor; la resurrección; la vid verdadera.”

A este banquete mesiánico somos hoy invitados por Cristo, para que recibamos vida y podamos llevarla a un mundo hambriento de paz y sediento de verdad. Un mundo a oscuras guiado por ciegos, que se precipita al abismo de pasiones incapaces de redimirlo de su angustiosa prevaricación.  

           Que así sea.

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Domingo 3º de Pascua C

Domingo 3º de Pascua C

Hch 5, 27-32.40s; Ap 5, 11-14; Jn 21, 1-19 o bien 1-14

Queridos hermanos:

En este tiempo de Pascua, la liturgia nos presenta hoy esta palabra entrañable, en la que, después de la Resurrección y de las apariciones en Jerusalén, los discípulos son emplazados a marchar a Galilea. Se abre entonces un tiempo de expectación, figura del “tiempo de la Iglesia”, que se prolongará hasta la consumación de los tiempos. Cada cual retorna a su vida mientras aguarda el cumplimiento de las palabras del Señor y la promesa de ser revestidos de poder desde lo alto.

Las palabras nos hablan hoy de una noche interminable y de un día infinito, de una experiencia y de una esperanza. La noche ha sido la experiencia de nuestra vida, en la que no han faltado la oscuridad y el fracaso, la impotencia y el desánimo. El día nos lanza al encuentro con Cristo resucitado, nuestro anfitrión, que se ha hecho el encontradizo con nosotros y nos ha permitido gustar una vida nueva, plena de comunión y sentido, en la que él mismo se ha convertido en nuestro alimento.

De la angustia del Cenáculo, nos ha trasladado a la consolación de su presencia junto a la orilla del mar apaciguado en la Galilea de los gentiles, como frontera que se abre a la epopeya de la misión. Lo que Cristo ha contemplado junto al Padre y nosotros en él, somos enviados a testificarlo a las naciones, envueltas en la oscuridad y la ignorancia de la muerte y el pecado.

Siete discípulos, con Pedro a la cabeza, mientras aguardan la promesa del Señor, vuelven a pescar al lago, convencidos de que no ha sido en vano cuanto han vivido, aunque los acontecimientos y las palabras de los que son testigos los superan infinitamente. Después de una jornada infructuosa en las tinieblas de la noche, les sorprende la íntima experiencia de un nuevo encuentro con el Señor, que, en el amanecer de su luz, se convierte en plenitud de fruto en el contexto sacramental de comunión fraterna de una comida en la que son servidos por el Señor.

La noche de nuestra vida, la barca, la red, el fruto abundante y la presencia del Señor: todo se ilumina de sentido, envolviendo las vidas de los discípulos y lanzándolos a testificar a un mundo en tinieblas el amor por el que han sido arrebatados por la misericordia de Dios. ¡Cristo ha resucitado, rompiendo las ataduras de la muerte! El pecado ha sido perdonado, y el amor de Dios ha sido derramado en sus corazones. Ahora son posibles la conversión y la vida eterna.

          De la Eucaristía brota la misión. Del encuentro con Cristo surge el anuncio, y la acogida del anuncio nos lleva a la gloria. Como a los apóstoles, también a nosotros se nos ha manifestado el Señor a través del anuncio que nos ha congregado después de la dispersión y el escándalo de la cruz, y somos enviados a testificarlo ante el mundo, sobre todo con nuestra vida, y a unirnos a la alabanza celeste.

        Jesús sigue apareciéndose y manifestándose. Nosotros no podemos pretender que se nos aparezca, pero sí debemos esperar que se nos manifieste a través del testimonio que da el Espíritu Santo en nuestro corazón mediante la predicación y la fe, un testimonio superior al de los sentidos. Muchos testigos, en efecto, vieron al Señor resucitado y no lo reconocieron.

Entre la Pascua de Cristo y la nuestra hay todo un camino que recorrer para ser constituidos testigos de que Cristo ha resucitado, de que él es el Señor y de que somos hijos de Dios. No deben, no obstante, escandalizarnos nuestras miserias, que subsistirán precisamente “para que se manifieste que lo sublime de este amor viene de Dios y no de nosotros.”

Para San Juan, Cristo es el Día, y su aparición es siempre un amanecer, mientras que apartarse de él es entrar en las tinieblas de la noche. Cristo es el Día, que por nosotros entra en la noche del abandono de Dios para iluminarla con su resurrección, rompiendo las ataduras de la muerte que nos separaban de él.

El trabajo de los apóstoles da fruto cuando la luz de Cristo se hace presente: «¡Es el Señor!». “Trabajad mientras es de día; llega la noche cuando nadie puede trabajar”. Solo el Padre, que es luz y “en él no hay tiniebla alguna”, puede trabajar y amar siempre. “Mi Padre trabaja siempre”, porque ama siempre. En él no hay sueño, ni noche, ni sombra alguna, sino solo día y vida. Cada día renueva la creación en un amor que es constante creación: “Haces la paz y todo creas. Tú que iluminas la tierra y a todos sus habitantes, que renuevas cada día la obra de la creación” (Bendición sinagogal antes de la proclamación del Shemá. Manns F., “Introducción al judaísmo”, cap. 7, p. 139).

Con Cristo, a su luz (mientras es de día), el trabajo del amor da fruto abundante. Existe una gematría con las cifras de esta plenitud del fruto, 153 (o.c, p. 138), que corresponde a qāhāl hāahabāh*. *Qāhāl* (asamblea, iglesia) y *hāahabāh (del amor); es decir, la “iglesia del amor”. La red que acoge estos peces será, pues, “comunidad del amor” y de la comunión, que no debe ser rota, porque “aun siendo tantos, no se rompió la red”, cuando fue sacada a la “orilla”, donde termina el mar, figura de la muerte; donde termina el tiempo y son separados los peces buenos de los malos.

Para San Jerónimo, los 153 peces, plenitud de la red, representan la totalidad de los peces conocidos entonces y, por tanto, son signo de la universalidad de la Iglesia. También el número 153 es el resultado de la suma de los números del 1 al 17, edad con la que José entró en Egipto, figura de Cristo, proveedor del alimento que sacia y libra de la muerte a la universalidad de los hombres.

El pez, que es Cristo, sacado del mar de la muerte, se une a los cristificados por la fe, pescados también ellos del mar, como alimento para saciar el hambre de cuantos se acercan a él. La luz se une a los iluminados constituidos en luz para disipar las tinieblas del mundo.

Hoy el Evangelio nos habla también del seguimiento de Cristo y del ministerio de servicio a los hermanos, que siempre van unidos, pero ambas cosas deben ser fruto del amor firmemente ratificado, como lo han sido también nuestras infidelidades, desobediencias y pecados. En el Evangelio de hoy, el amor sería más bien una oferta a Pedro que la confesión de su propia disposición, que ya conoce el Señor y a la que ha precedido la triple negación: Simón, ¿estás dispuesto a aceptar amarme más que estos, ya que te he perdonado más? Lo que quiero confiarte —vendría a decir el Señor— requiere de un amor mayor, que esté por encima del de los demás. Dímelo tres veces, como triple fue también tu negación. Su amor consistirá en gastar su vida en cuidar las ovejas, en procurar su salvación y, por último, recibir la corona de su amor con la efusión de su sangre. La misión que le es encomendada a Pedro, de vivir para los demás después de su profesión de amor a Cristo, lo lleva a someterse a su voluntad mediante la fe.

El Señor dice a Pedro: "Sígueme", después de anunciarle que será llevado a la muerte por voluntad de otro, como lo fue él, en la libertad del amor que se entrega voluntariamente, pero bajo la decisión de otro. No pertenece a la voluntad del hombre decidir el momento y la forma de su muerte, pero sí aceptarlos de la mano de Dios por el medio que sea. Quien así pone su vida en las manos del Señor puede recibir la misión de apacentar a su pueblo.       

          Profesemos juntos nuestra fe.

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Santos Felipe y Santiago Apóstoles

Santos Felipe y Santiago Apóstoles

1Co 15, 1-8; Jn 14, 6-14

Queridos hermanos:

El sentido de nuestra vida es alcanzar al Padre, a quien hemos conocido gracias a Cristo, que ha venido a revelárnoslo con sus palabras, que proceden del Padre; con sus obras, que el Padre realiza por el Espíritu Santo; con su amor, con el que el Padre le amó desde toda la eternidad, y con su misma vida, que hemos recibido de Él por el envío del Espíritu Santo. Así, podremos decir lo que de Él hemos aprendido, amar como Él nos ha amado y dar vida a quienes no lo conocen, llevándolos a la fe.

Cristo viene del Padre, está en Él, vive por Él, habla por Él y ama con su mismo amor. Nosotros estamos en Cristo, hablamos sus palabras y amamos con el amor que nos ha dado, haciéndolo presente con nuestra vida. Así, el mundo puede ver en nosotros a Cristo y, en Cristo, al Padre, porque estamos en comunión con ellos para que el mundo crea.

En esta fiesta de los apóstoles —Felipe, el de Betsaida, llamado y elegido por el Señor, intermediario a quien el Señor puso a prueba en la multiplicación de los panes; y Santiago, el menor, de Alfeo o hermano del Señor—, el Evangelio nos remite al Padre, origen y meta de toda la Revelación.

San Pablo, en la primera lectura, nos presenta a los apóstoles como testigos de la resurrección del Señor. Para esa especial misión fueron llamados por el Señor y tuvieron la gracia de convivir con Él.

Jesús vuelve a hacernos presente a Dios, su Padre, a quien Él mismo nos ha revelado con sus palabras, sus obras y su propia persona, para que, a través de Él, lo alcancemos también nosotros. A Él está unido Cristo, con Él es uno, y a Él quiere unirnos a nosotros por la fe y las obras.

 Por eso, Él es el único camino hacia el Padre, la verdad del Padre y la única posibilidad de conocerlo en este mundo; la vida del Padre, que se nos ha acercado en Cristo y que la muerte no puede destruir.

Como a los apóstoles, también a nosotros nos cuesta mucho comprender la igualdad y unidad, pero no identidad, de Cristo con el Padre, lo que equivaldría a querer comprender el misterio de la Santísima Trinidad. Nos resulta más fácil seguir llamando Dios a quien Cristo nos ha enseñado a llamar Padre nuestro, pero cuyo amor, misericordia, bondad y palabra nos han sido revelados por Cristo y en Cristo: “Quien me ve a mí, ve al Padre”; “El Padre está en mí y yo en el Padre”; “Como el Padre me amó, os he amado yo”; “Yo y el Padre somos uno”.

Con todo, la unidad entre el Padre y el Hijo no es identidad, aunque el Hijo sea igual al Padre, porque: “El Padre es más grande que yo” (Jn 14, 28); “Mi alimento es hacer su voluntad”; “Yo hago siempre lo que a Él le agrada”.

Cristo, con sus obras y sus palabras, nos hace presente al Padre, presente en Él. Por la fe, los discípulos nos unimos a Cristo y, por tanto, al Padre, y recibimos la misión de hacerlos presentes ante el mundo, realizando las obras de Cristo, por las que el Espíritu Santo da testimonio de ellos. Lo que los fieles piden a Cristo, Él lo realiza, junto con el Padre, por medio del Espíritu.

En este recuerdo de los apóstoles, bendigamos al Señor con toda la Iglesia. Las obras de Cristo son señales que nos muestran que el Padre está en Él, y con Él nos unen de forma excelente en la Eucaristía.  

           Que así sea.

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