Jueves 23º del TO

Jueves 23º del TO 

Lc 6, 27-38

Llamados a la perfección del amor

Queridos hermanos, hoy el Señor nos invita a vivir conforme a lo que hemos recibido. No se trata de una simple exhortación moral, sino de una llamada profunda a la transformación interior. Hemos sido amados con una perfección divina, no cuando éramos justos, sino cuando aún éramos pecadores, enemigos de Dios. Y si ese amor ha sido acogido en nuestro corazón, ningún mal podrá dañarnos. Al contrario, con el bien que hemos recibido, venceremos todo mal.

Pero si permitimos que el mal penetre en nuestro corazón, allí engendrará sus hijos: el rencor, la soberbia, la envidia... y estos nos destruirán desde dentro. Alguien dijo con sabiduría: “No todo lo que duele daña, pero lo que daña, duele profundamente.”

En el libro del Eclesiástico leemos: “El Altísimo odia a los pecadores, y dará a los malvados el castigo que merecen” (Eclo 12, 6). Y san Pablo, con claridad profética, nos recuerda: “Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios” (1 Co 6, 9-10). Pero añade con esperanza: “Y tales fuisteis algunos de vosotros.”

¡Qué misterio tan grande! En el don gratuito del amor y del Espíritu Santo, hemos sido llamados a una vida nueva. Una vida que responde a la misericordia recibida con justicia vivida: “Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.”

San Agustín, comentando el salmo 121, dice que los montes a los que debemos levantar los ojos para recibir el auxilio del Señor son las Sagradas Escrituras. Y en esta Palabra, hemos alcanzado su cima más alta: el cielo del amor de Dios. Por este amor, podemos llegar incluso a odiar nuestra propia vida y a amar a quienes nos odian.

Este amor no es natural, es sobrenatural. La carne ama lo suyo y detesta lo que le es contrario. San Pablo nos enseña que la carne y el espíritu son entre sí antagónicos. Para recibir este amor espiritual, es necesario renunciar a la carne, como dice el Señor en el Evangelio: «Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío.»

En Cristo hemos sido amados así. De Él recibimos su Espíritu, que nos hace hijos del Padre. Y esa naturaleza divina se manifiesta en nosotros cuando amamos a nuestros enemigos. Aquella antigua palabra: “Sed santos, porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo” (Lv 20, 7), se transforma ahora en: “Sed perfectos, porque vuestro Padre celestial es perfecto.” Porque hemos recibido su naturaleza, somos sus hijos. Y si no tuvimos mérito alguno para ser amados así, entonces amemos a quienes no lo merecen, para que también ellos puedan amar y merecer.

La perfección del amor de Dios está en que ama también a los malvados y a los pecadores. Hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Esta es la perfección a la que llama a sus discípulos, dándoles su Espíritu Santo: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, rogad por los que os persiguen, bendecid a los que os calumnian.”

Este es el espíritu que vemos en David, un hombre según el corazón de Dios. El amor de los discípulos no puede ser igual al de los escribas y fariseos, ni al de los publicanos y pecadores. Después de haber sido amados así por Cristo y haber recibido su Espíritu, estamos llamados a amar como Él.

Desde el hombre terreno y carnal hasta el hombre celestial, hay un camino que recorrer. Ese camino comienza con la fe y culmina en la fidelidad a Cristo.

   Que así sea.

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Miércoles 23º del TO

Miércoles 23º del TO

Lc 6, 20-26

Llamados a la Bienaventuranza y la santidad

Queridos hermanos, Dios ha creado al hombre para compartir con él su vida beata. En lo más profundo del corazón humano ha sembrado una sed insaciable de bienaventuranza, esa plenitud que llamamos felicidad. Esta vocación, inscrita en nuestra alma desde el origen, nos revela que hemos sido hechos para la comunión con Dios. Por eso, cuando el hombre se aleja de su Creador, experimenta una frustración constante, un vacío que nada en este mundo puede llenar.

Pero bendito sea Dios, que no ha dejado al hombre en su extravío. Para que podamos alcanzar nuevamente esa bienaventuranza perdida por el pecado, nos ha enviado a su Hijo, Cristo Jesús, “vida nuestra”, en quien la vida divina se ha encarnado. En Él, el Reino de Dios se nos ofrece como gracia, como don gratuito, como promesa de plenitud.

Ante Jesús se presenta la muchedumbre y sus discípulos. Los discípulos, que han creído en Él, han arrebatado ya el Reino de los Cielos. El evangelio de Lucas extiende también la bienaventuranza, de forma más breve, a quienes no han sido saciados por el mundo, a los que gimen por el hambre y lloran, pero son llamados a acoger al Hijo del hombre por la fe en la predicación. Serán dichosos cuando el mundo los odie, los excluya, los insulte y los proscriba como infames por su fe. Saltarán de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo, junto a los profetas.

Pero aquellos que encuentran su consuelo en el mundo y se gozan en él tendrán que sufrir su fracaso absoluto, y de nada les servirán sus halagos, como les sucedió a los falsos profetas.

Los bienaventurados son los que han abrazado la pobreza y la persecución por amor a la justicia que viene de Dios. Estas dos realidades —pobreza y persecución— les acompañarán hasta el final del camino, hasta la meta que es el Reino.

La Palabra nos invita a contemplar ese Reino que Cristo inaugura en el corazón del hombre, un Reino que se opone radicalmente al espíritu del mundo. Lo poseerán los humildes, los mansos, los que lloran, los misericordiosos, los puros de corazón, los pacíficos, los que tienen hambre y sed de justicia. Todos ellos serán conformados a Cristo y tienen ya la promesa de alcanzarlo.

Este Reino no se impone, no hace ruido al llegar. Viene como brisa suave, como semilla que germina en el silencio. Y, sin embargo, exige de nosotros una respuesta: fe, conversión, combate interior. Porque el Reino se arrebata haciéndonos violencia, con la fuerza de una adhesión humilde y libre.

Nosotros también, si somos pobres de espíritu, si sufrimos persecución por vivir según la justicia, si nos encontramos entre los mansos, los puros y los misericordiosos, estamos llamados a ser bienaventurados como los santos, aquellos que —según el Apocalipsis— forman la muchedumbre inmensa que alaba a Dios (cf. Ap 7,9).

Que la fidelidad de los santos a la voluntad de Dios nos estimule a avanzar con humildad y perseverancia en el camino de la santidad, siendo en todas partes testigos valientes de Cristo. Ellos, que han vencido en las pruebas, pueden ahora interceder por nosotros en el combate. Nuestra esperanza se fortalece, y en ella se van quemando las impurezas de nuestra debilidad.

 Que así sea.

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Natividad de la Bienaventurada Virgen María

Natividad de la Bienaventurada Virgen María

Mi 5, 1-4; o Rm 8, 28-30; Mt 1, 1-16.18-23

Queridos hermanos, ¡qué misterio tan grande celebramos en esta festividad! El Hijo de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, ha preparado para sí un lugar santo: el seno purísimo de la Virgen María. Y este seno, fue concebido sin mancha en la Inmaculada, que ahora es dada a luz para que de ella naciera la Luz del mundo; el Salvador.

La salvación se vuelve luminosa en la conmemoración de este nacimiento. Las tinieblas se disipan, las sombras de la muerte se desvanecen, y la luz de Dios resplandece ya en Nazaret. El Señor se desposa con su pueblo, y ese pueblo es toda la humanidad, que Él asumirá en el cuerpo inmaculado de María.

Pero el gozo del amor no está exento de dolor. Una espada atravesará el alma de la Madre, preludio de la gloria definitiva del “Dios con nosotros”, el Hijo de María, el llamado “Hijo de David”, Jesús, quien salvará a su pueblo de sus pecados. Dios, Rey, Salvador y Redentor, se nos da en un niño. El Hijo nos es entregado. Y el hombre verá a Dios, trayendo consigo la vida nueva, estableciendo el Reino en la dignidad de los hijos de Dios, e introduciendo a la humanidad en la vida eterna, liberándola de la antigua esclavitud del pecado y de la muerte.

La Natividad de María está, pues, inseparablemente unida al misterio pascual: a la muerte y resurrección de Cristo. No es solo un recuerdo gozoso del anuncio de la paz y la fraternidad que Cristo trae. La Iglesia contempla esta fiesta como preludio de la Pascua. Ve a Cristo recostado en un pesebre, y dando gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que Él ama.

Celebrar la Natividad de María es abrirse a una nueva realidad: asemejarse al Hijo de Dios, dejarse transformar por la gracia, buscar las cosas de arriba y crecer en el amor fraterno. Alabamos a Dios porque, en estos tiempos últimos, nos ha hablado por medio de su Hijo, asumiendo las fatigas de la vida nueva que ya se anunciaba en María.

Si Cristo, engendrado por el Espíritu Santo y concebido en el seno de María por la acogida de la Palabra, fue dado a luz y realizó su obra de salvación, también nosotros podemos concebir a Cristo en nuestro interior. Engendrado en nosotros por el Espíritu Santo mediante la fe, podemos gestarlo con nuestra fidelidad, para que nazca de nosotros y se haga visible en las obras de su amor, derramado por el Espíritu en el corazón de todo creyente.

Glorifiquemos, pues, al Señor, que en María nos anuncia su venida salvadora. Su corazón, preservado del pecado, nos anuncia el nuestro, purificado por el perdón. Porque, como dice el Señor: “Todo el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12, 50).

Que así sea.

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Lunes 23º del TO

Lunes 23º del TO

Lc 6, 6-11

Queridos hermanos:

El evangelio de hoy nos sitúa junto a Jesús y frente a un hombre con la mano derecha seca, lo cual nos remite al Salmo 137,5: «Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me seque la diestra».

Para el salmista desterrado físicamente, es más importante llevar a Jerusalén en el corazón —es decir, al Templo, lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo— que la plena capacidad de valerse por sí mismo que le da su mano diestra: su honor, su poder, su fuerza frente al enemigo y su prosperidad.

El olvido de Jerusalén, en la Escritura, es el olvido del Señor: «Escapados de la espada, andad, no os paréis; recordad desde lejos a Yahvé, y que Jerusalén os venga en mientes» (Jr 51,50). El auténtico destierro y la verdadera lejanía del Templo profanado por la idolatría es el olvido de Jerusalén. El desterrado que mantiene en su corazón el recuerdo del Señor, aun en su lejanía, ofrece al Señor un culto espiritual. Su humillación es reconocimiento de la santidad y la justicia del Señor.

Un hombre con la mano derecha seca es, así, un signo que hace presente en Israel la maldición que representa el olvido del Señor: la impiedad del corazón que convierte al hombre en un desterrado aunque permanezca físicamente en la tierra. Sin embargo, un desterrado es también alguien que ha escapado de la espada en el día fatal gracias a la misericordia divina, y debe al Señor el culto de su gratitud, manteniendo vivo en su corazón el recuerdo del Señor en tierra extraña (Jr 51,50). Avivar este recuerdo es como caminar hacia Jerusalén. ¿Acaso no es esa la función del sábado en medio de la aridez de las ocupaciones cotidianas, que de hecho alejan nuestro espíritu de la presencia del Señor?

Jesús, viendo al hombre de la mano seca, contempla la miseria del pueblo que honra a Dios con los labios, pero cuyo corazón está lejos de Él, como había dicho Isaías. A este pueblo ha venido a llamar el Señor, sacándolo de la idolatría de vivir «como si Dios no existiera», aun después de haber visto sus prodigios en favor suyo, para llevarlo al verdadero culto a Dios: Padre, Espíritu y Verdad. Infunde en su corazón el amor y el recuerdo entrañable del Señor y de su misericordia.

El Señor, apiadándose de aquel enfermo, llama a su pueblo a comprender que su presencia en medio de ellos pone de manifiesto las entrañas de misericordia con las que quiere atraerlo a su amor: «¡Ojalá me escuchara mi pueblo y caminase Israel por mis caminos! En un momento humillaría a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios» (Sal 81,14-15).

 Que así sea.

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Domingo 23ºdel TO A

 Domingo 23º del TO A

Ez 55, 7-9; Rm 13, 8-10; Mt 18, 15-20

Queridos hermanos:

Dice Jesús en el Evangelio: “Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, le perdonarás” (Lc 17, 3-4).

El pecado necesita reprensión, porque la misericordia urge a suscitar el arrepentimiento que conduce al perdón. La misericordia divina —como enseña la primera lectura— mantiene en suspenso la justicia mientras actúa la gracia que busca el perdón; porque la justicia nace del amor y culmina en el amor. El Amor se hace paciencia, pues desea el bien incluso cuando recurre al castigo como corrección y, en definitiva, como salvación del pecador, solicitado por el mal.

Como sucede con todos los dones de la liberalidad divina, el hombre, asistido por la gracia, debe responder acogiendo o rechazando la iniciativa misericordiosa de Dios. Y, como dice la Escritura, elegir entre los dos caminos: “Mira, yo pongo hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal” (Dt 30, 15).

La primera característica del perdón entre cristianos es que implica el arrepentimiento, porque a la ofensa ya ha precedido en ambos la misericordia y el perdón de Dios. La misericordia recibida obliga en justicia tanto al arrepentimiento como a responder con misericordia. Mateo lo expresa con fuerza: “Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano” (Mt 18, 15-17). Él mismo se ha separado del seno de la misericordia, excluyéndose del tesoro común que es la comunión de los santos.

No se trata sólo de la reconciliación personal ante la ofensa, sino de la restauración de la misión sacramental de salvación de la comunidad ante el mundo: “Yo, el Señor, te he llamado en justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes; para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra” (cf. Is 42, 6; 49, 6).

La segunda característica del perdón es su carácter ilimitado. Cuando Pedro escucha al Señor hablar de perdonar siete veces al día, con la espontaneidad que lo caracteriza interpreta esa cifra como un límite —y un límite muy alto—, por lo que se apresura a precisar la cuestión: “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?” Jesús le responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22). Es decir, ilimitadamente, como Dios hace contigo siempre que se lo pides, tal como recuerda san Pablo en la segunda lectura.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 22º del TO

Sábado 22º del TO

Lc 6, 1-5

El corazón de la ley es el amor

Hermanos, entre los preceptos que Dios ha dado a su pueblo, hay algunos que resplandecen por su solemnidad, como el descanso sabático. Pero no nos engañemos: el centro, el alma, el latido profundo de todos ellos es el amor. Porque de Dios proceden, y Dios es amor. Él no busca imponer cargas, sino edificar al hombre en la caridad, conducirlo a la contemplación de su gratuidad y de su bondad infinita, despegándolo del egoísmo y del interés.

Cuando nos enfrentamos a dilemas, cuando la ley parece entrar en conflicto con la vida, necesitamos algo más que la letra: necesitamos discernimiento. Y ese discernimiento no nace del cálculo, sino del corazón que ha madurado en el amor. Solo el que ama puede juzgar rectamente. Solo el que ama ve con claridad a través de los hechos, sin distorsión y sin prejuicio. Por eso el Señor dice: “Yo quiero amor, conocimiento de Dios” (Os 6,6). Y a los que no comprenden, les exhorta: “Id, pues, a aprender qué significa aquello de ‘Misericordia quiero y no sacrificios’” (Mt 9,13).

El discernimiento es luz. Es la capacidad de distinguir lo esencial de lo accesorio, de separar la letra del espíritu. Y esa luz crece con el amor. “La ciencia infla, mientras la caridad edifica” (1 Co 8,1). Pero esa caridad no es obra humana: es derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, en aquellos que creen y acogen la voluntad de Dios en su vida. Por eso decía san Agustín, parafraseando a Tácito: “Ama y haz lo que quieras”. Porque quien ama, discierne; quien ama, es sabio. Pero donde falta el amor, no faltará la necedad.

Mirad a Cristo. Su misericordia no se detiene ante el sábado. Permite al paralítico cargar su camilla, toca al leproso, sana en día de reposo. ¿Por qué? Porque el amor no espera. Porque el amor no se encierra en normas, sino que las trasciende. Las curaciones de Jesús no solo restauran cuerpos, sino que mueven los corazones a bendecir y glorificar a Dios. Y ese, hermanos, es el verdadero espíritu del sábado: elevar el corazón al cielo, para que el espíritu le siga y, finalmente, también el cuerpo.

Esta palabra, que nace de un problema de discernimiento, nos revela el corazón de la ley: el amor. Con ese amor, Dios ha querido relacionarse con el hombre. Con ese amor da sentido a nuestra existencia, más allá de nuestras ocupaciones, más allá de nuestras relaciones humanas.

El sábado, al liberar al hombre de la maldición del trabajo incesante, le concede un anticipo de la vida eterna. En ese día, Dios se presenta como nuestro único sustento, nuestra verdadera riqueza aquí en la tierra y nuestra meta gloriosa en el cielo.

 Que así sea.

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Viernes 22º del TO

Viernes 22º del TO

Lc 5, 33-39

El vino nuevo del Espíritu

Queridos hermanos, si aceptamos que el vino nuevo es el amor de Dios, derramado por el Espíritu en el corazón del hombre mediante la fe, entonces comprendemos que esta fe, como encuentro vivo con Cristo, es un don gratuito, pero también libre. Es el Padre quien revela al Hijo, movido por el Espíritu, haciendo al hombre capaz de contener ese vino nuevo: el amor divino que supera el vino añejo de la ley.

El gozo del Espíritu no se mezcla con la tristeza del ayuno impuesto. El don del Espíritu, siendo gratuito, no se impone; respeta la libertad del corazón humano. Puede ser acogido o rechazado, pues el Señor no fuerza la puerta del alma. Así lo dice la Escritura: “La fe no es de todos” y “Nadie puede venir a mí si el Padre no lo atrae”. Es el Padre quien entrega las ovejas al Hijo, y el Hijo las guarda con ternura.

El Evangelio nos presenta la alegría de las bodas con la presencia del Esposo. El ayuno cristiano, entonces, no es una práctica vacía, sino una actitud de espera ante la ausencia del amado. San Pablo ve a la comunidad como la esposa, y él, como amigo del Esposo, contempla la acción del Espíritu en ella. En Cristo, el Esposo embellece a su esposa con la dote de su Espíritu, llamando a los discípulos a una relación de amor con Dios.

Somos invitados a participar del banquete nupcial en el Reino. La esposa es santificada por la santidad del Esposo, y sale a su encuentro en el desierto cuaresmal, para escuchar su voz y dejarse seducir por Él. Sin el consuelo del Esposo, todo otro consuelo, aunque no sea ilícito, se vuelve vano e insignificante ante el amor.

La novedad del encuentro con Cristo es incomprensible para quienes no han experimentado la consolación del Espíritu. Lo que nos hace odres nuevos no es la ley, sino la acogida de la misericordia. El Señor no vino a buscar a los justos, sino a los pecadores, capacitándolos para ser colmados del vino nuevo del Espíritu Santo. Como dice san Pablo: “Llenaos más bien del Espíritu” (Ef 5,18).

Como Cristo, también sus discípulos se someten al combate del desierto, como testimonio de su amor total al Padre. Se dejan conducir por el Espíritu, incluso hasta la cruz, en favor de los hombres. Juan y sus discípulos, como los judíos, viven en la ausencia del Esposo y excitan la espera de aquel que aún no han reconocido, aunque está en medio de ellos.

En cambio, los discípulos de Cristo, embriagados por el vino nuevo del encuentro, gozan de su presencia. Y cuando el Esposo se aparte, tendrán la consolación del Espíritu, y su recuerdo se hará memorial perpetuo y gozoso, mientras dure la espera de su regreso. Ese será el verdadero ayuno: no la privación de alimento, sino el quebranto por la ausencia del amado.

Volver al sinsentido de una vida sin Cristo es el ayuno más tremendo, sólo soportable por la consolación del Espíritu que clama en lo profundo del corazón: “¡Abbá, Padre!”. Sin Cristo, y sin la unción del Espíritu que centra la relación con Dios en el amor, los discípulos de los fariseos y de Juan deben ejercitarse en el combate contra la carne. El ayuno tiene sentido como medio, no como fin. Hacer del ayuno un valor absoluto es lo que lleva a los fariseos a criticar a Cristo, que come y bebe, y a sus discípulos, que no ayunan.

El mundo da valor a las dietas y privaciones, como si fueran virtudes. Pero san Pablo advierte: “Su dios es el vientre” (Flp 3,19). La aflicción del ayuno sólo tiene sentido ante la ausencia del Esposo, como expresión del deseo ardiente de su presencia.

El tiempo de la expectación ha terminado. Juan se goza con la presencia del Salvador, y transfiere sus discípulos al esperado de todas las gentes. Él termina su carrera, y se prepara para recibir la corona de gloria que le espera.

 Que así sea.

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Jueves 22º del TO

Jueves 22º del TO

Lc 5, 1-11

“Pescados para la Vida”

Queridos hermanos, así como los panes y los peces se multiplicaron en las manos del Señor, también los pescados de la red se multiplican, trascendiendo su limitación espacio-temporal ante la palabra creadora de Dios. Porque cuando la eternidad irrumpe en el tiempo, el Ser se manifiesta en la vaciedad de la nada, y el amor resplandece en medio de la sordidez de la rebeldía humana.

El sustento y el trabajo, que antes estaban sujetos a la maldición de la frustración, fruto de la ruptura entre la libertad del hombre y la providencia del Creador, ahora son redimidos. Donde se dijo: “Comerás el pan con el sudor de tu frente”, ahora se proclama con esperanza: “Desde ahora serás pescador de hombres.” Porque Cristo ha descendido a la muerte, no para someterse a ella, sino para destruir su poder y rescatar a los que estaban bajo su influjo. Y, Cristo, nos invita a seguirle en la regeneración universal.

La predicación del Evangelio es la misión por excelencia de la Iglesia. Por ella, la Palabra ha llegado hasta nosotros, transmitida fielmente por los apóstoles. Jesús dijo a sus primeros discípulos: “Seréis pescadores de hombres.” Y así somos nosotros, como peces sacados del mar de la muerte —ese mar en el que fuimos sumergidos por el pecado—, rescatados por el anzuelo de la cruz del Señor.

San Agustín nos enseña que, a diferencia de los peces que mueren al ser pescados, nosotros, al ser sacados del mar —figura de la muerte en la Escritura—, somos devueltos a la vida. ¡Qué misterio tan glorioso! Lo que mejor nos dispone a ser pescados por la fe no es nuestra fuerza, sino nuestras miserias y sufrimientos. Cristo nos invita a tomar cada día ese anzuelo, que es la cruz, y aferrarnos a ella, porque en ella se nos anuncia la salvación.

La llamada a los primeros discípulos nos revela la iniciativa divina: es Dios quien llama. Y la respuesta del discípulo no puede esperar, no puede excusarse. San Pablo lo proclama: “Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.” Porque la salvación llega al corazón que acoge la Palabra de Cristo, que anuncia el amor gratuito de Dios. Quien responde a la llamada, parte como anunciador de la Buena Nueva, y en su testimonio, otros encuentran la fe y la salvación.

La fe nace del testimonio que el Espíritu Santo da a nuestro espíritu, en lo profundo del corazón. Si Dios comienza a ser en nosotros, entonces nosotros somos en Él. Y nuestro corazón, transformado, se abre y abraza a todos los hombres. Ya no vivimos para nosotros mismos, sino para Aquel que se entregó, murió y resucitó por nosotros. Nuestra vida se convierte así en testimonio vivo del Don recibido.

Finalmente, la Eucaristía nos invita a entrar en comunión con la salvación de Cristo. Invocamos su Nombre, creemos en la predicación apostólica, acogemos su Palabra, y nos unimos a su entrega. En cada celebración, el cielo toca la tierra, y nosotros, pescados por la cruz, somos alimentados por el Pan de Vida.

 Que así sea.

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Miércoles 22º del TO

Miércoles 22º del TO 

Lc 4, 38-44

Levantados para Amar

Queridos hermanos, el Señor se ha acercado. No lo ha hecho desde la distancia de los cielos, sino desde la cercanía de la carne herida. Se ha inclinado sobre nosotros, postrados en el lecho de nuestra impotencia, debilitados por la fiebre del mal, y nos ha tomado de la mano. ¡Oh misterio de ternura divina! Nos ha levantado no para que volvamos a encerrarnos en nosotros mismos, sino para servir, para amar, para testimoniar la Verdad que se nos ha revelado.

Las manos clavadas del Crucificado han infundido vida a las nuestras, consumidas por el dolor y la desesperanza. Él, que tomó sobre sí nuestras enfermedades y dolencias, no dudó en tocar a los que estaban sometidos al dominio del mal. Y hoy, como ayer, la caridad de Cristo se extiende, toma la mano de la enferma, la restablece, la incorpora al camino de la vida.

Recordemos a la hemorroísa, cuya fe y esperanza la llevaron a tocar el manto del Maestro. Ella no pidió palabras, solo deseó el contacto. Y ese contacto fue suficiente para que la gracia fluyera. Así también nosotros, tocados por la caridad de Cristo, somos sanados para amar.

Como la suegra de Pedro, quien al ser sanada se levantó para servir, también nosotros, al acoger el testimonio de los enviados, somos constituidos anunciadores de lo que hemos recibido. No somos espectadores de la gracia, sino partícipes activos de su dinamismo. Nos incorporamos al servicio de la comunidad en el amor, y así, la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo van impregnando los tejidos de la humanidad, que avanza hacia la realización definitiva de su vocación universal: el Amor.

Job nos recuerda que la vida es misión y servicio. No hemos sido arrojados al mundo por azar, sino introducidos en la existencia con propósito. Se nos ha concedido un principio, un cuerpo, un tiempo. Y la meta no es una cima geográfica, sino una plenitud espiritual: el Amor. Por eso, el camino no consiste en recorrer distancias, sino en avanzar en el conocimiento de Dios, que se revela en la entrega al prójimo.

No caminamos solos. Nuestra peregrinación es comunitaria, en racimo, en comunión. Salimos del ámbito estrecho del yo, de la posesión, y encontramos a los demás que nos rodean. En esa entrega, progresamos en nuestra ascensión amorosa, hasta alcanzar al Yo eterno, al Señor del universo, que se nos ha manifestado en Cristo.

Que esta Palabra nos levante, nos sane y nos envíe. Que, como los sanados por Jesús, nos pongamos en pie para servir, para amar, para testimoniar. Porque hemos sido tocados por la gracia, y la gracia nunca nos deja igual.

   Que así sea.

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Martes 22º del TO

Martes 22º del TO

Lc 4, 31-37

El Nombre que salva

Hermanos, contemplemos hoy la misericordia insondable de Cristo, que se inclina con ternura hacia los pecadores y los enfermos. Él no los rechaza, no los condena, sino que los abraza con compasión divina. ¿Por qué? Porque Él es el cumplimiento vivo del “Año de gracia del Señor”, anunciado por el profeta Isaías. Ayer lo escuchábamos, y hoy lo vemos encarnado en Jesús, quien no solo consuela, sino que también combate. Con autoridad y fortaleza, expulsa los espíritus del mal, haciendo presente el “día de la venganza de nuestro Dios”.

Este no es un acto de violencia, sino de justicia. Es el verdadero sábado, el día santo en que no se hace el mal, sino el bien. Es el sábado en que Dios gobierna el universo, haciendo justicia a los oprimidos por el diablo. En Cristo, el Reino de Dios irrumpe con poder, y el imperio de Satanás comienza a desmoronarse.

El espíritu inmundo, ese mentiroso y padre de la mentira, intenta resistirse. Clama por tiempo, por tregua, antes de su derrota definitiva. Pero su reconocimiento de Cristo no le concede salvación. Porque el Nombre de Jesús, cuando es invocado con fe, es ruina para el demonio. Su Nombre no es solo palabra: es presencia, es poder, es victoria. Es la señal de que el Reino ha llegado, y que el Mesías está entre nosotros para salvar a su pueblo de sus pecados.

Y nosotros, ¿qué haremos con este Nombre? Sabemos cuál es su doctrina, conocemos su autoridad, y hemos visto su poder para sanar nuestras miserias y purificar nuestras impurezas. Si nos acogemos a Cristo, si invocamos su Nombre con fe, Él se acercará a nosotros con misericordia. Nos ofrece su Palabra, su Cuerpo y su Sangre, para que tengamos vida, y vida en abundancia.

La Escritura lo proclama: “Todo el que invoque el Nombre del Señor se salvará”. Pero también nos interpela: “¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados?” (Rm 10, 13-15).

¡Oh, cuán hermosos son los pies de los que anuncian el bien! Con Cristo, hermanos, hemos sido enviados. En Él, pasamos de la muerte a la vida. Y ese paso se da por el amor a los hermanos, por el testimonio fiel, por la proclamación ardiente de que el Reino de Dios está aquí.

No callemos. No temamos. Que el Nombre de Jesús esté en nuestros labios, en nuestras obras, en nuestro corazón. Porque en ese Nombre hay salvación, hay luz, hay vida eterna.

 Que así sea.

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Lunes 22º del TO

Lunes 22º del TO 

Lc 4, 16-30

El Profeta rechazado en su patria

Cuando el Señor vuelve a su patria, entra en la sinagoga de Nazaret y proclama la lectura del profeta Isaías. Lo que comienza en admiración por parte de sus paisanos, pronto se transforma en rechazo. Dejemos de lado si se trata de dos pasajes distintos que Lucas sintetiza en uno solo; lo que hoy nos interpela es la raíz de ese rechazo: el deseo de que Dios se acomode a nuestros criterios, a nuestras categorías mentales, a nuestra lógica humana. Queremos que Él sirva a nuestra razón, en lugar de que nosotros nos postremos ante su autoridad. Pero Dios es Dios, y su amor y su sabiduría nos sobrepasan infinitamente.

El problema de Nazaret no es ajeno a nosotros. Se escandalizan de que “el hijo del carpintero” se presente como profeta con poder y autoridad. ¿Cómo puede alguien tan común ser portador de lo divino? Olvidan que Dios da sus dones a quien quiere, y llama a quien le place. Además, el pueblo espera un Mesías libertador, un líder político que rompa el yugo romano y exalte a Israel ante las naciones. No se detienen a discernir los planes de Dios. Por eso, dice el Evangelio, Cristo no hizo allí los milagros que realizó en otros lugares: por su falta de fe. Dios no se impone; se deja rechazar. Respeta nuestra libertad, incluso cuando esta lo excluye.

Al comentar aquel pasaje de Isaías, cualquier otro podría haber encendido el fervor nacionalista, completando la frase del texto: “Proclamar el año de gracia del Señor, día de venganza de nuestro Dios.” Pero Cristo no busca el aplauso, ni la estima de la gente, ni su propia gloria. Él no se deja seducir por una lectura fácil, sentimental o interesada de la Escritura. No hace un discurso patriótico para ganarse el favor del pueblo. Omite la segunda parte del texto, enfrentándose a la mentalidad común, negándose a decir lo que la gente quiere escuchar. No hace un discurso “políticamente correcto” como se dice ahora. Porque la venganza de Dios no es contra los romanos, sino contra los enemigos que esclavizan el corazón: el pecado, el egoísmo, el diablo.

Cristo ha sido enviado para liberar a su pueblo —y a toda la humanidad— de la esclavitud del pecado. Para ello, deberá perdonar, deberá entregarse, deberá morir en la cruz. La venganza de Dios caerá sobre Él, que lavará nuestros pecados con su sangre. Él pisará solo el lagar de la cólera divina, para que nosotros seamos salvados.

Pero el pueblo se resiste. Se apoya en la falsa seguridad de ser el pueblo elegido, descendientes de Abrahán, confiando en la presencia del Templo como garantía de impunidad. Cristo derriba esa falsa confianza. Recuerda que en tiempos de Elías, Dios alimentó a una viuda extranjera, y en tiempos de Eliseo, curó a un leproso extranjero. No a los de Israel.

El privilegio de ser elegidos no nos exime de convertirnos de corazón. Al contrario, nos llama a ser los primeros en hacerlo. “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.” También nosotros hemos heredado la elección, hemos recibido la llamada, las promesas, la gracia, y la gloria, en la Iglesia… Pero todo eso exige una conversión constante, una entrega diaria a la voluntad de Dios.

  Que así sea.

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Domingo 22º del TO A

Domingo 22º del TO A

Jer 20, 7-9; Rm 12, 1-2; Mt 16, 21-27

Queridos hermanos:

Jeremías nos presenta su cruz y su instintivo deseo de alejarse de ella, deseo que queda contrarrestado por un fuego interior. También Cristo arde en deseos de encender un fuego sobre la tierra, fuego que procede de la cruz que debe asumir. Fuego por fuego: el fuego de la cruz preparado para Cristo y asumido por Él para librar al hombre de aquel otro “preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt 25, 41), en el que se precipita quien no acoge su oferta de gracia y misericordia.

Hemos escuchado en el Evangelio que el hombre debe padecer, morir y resucitar. El Señor, diciéndolo de sí mismo, lo dice también de nosotros, cuya naturaleza humana ha querido compartir.

Hemos escuchado también a san Pablo: “No os acomodéis a este mundo, y así podréis discernir la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (cf. Rm 12, 1-2).

Toda vida humana tiene en este mundo esa precariedad en la que no faltan sufrimientos y muerte, y que nos enseña a no poner en ella nuestras esperanzas ni nuestros desvelos, porque nuestra existencia está destinada a la Resurrección y a la vida eterna. No hemos nacido para sufrir y morir, sino para resucitar después de la muerte a la vida plena y definitiva. Cristo nos invita a esa vida mediante la fe en Él; pero, dado que esa vida es amor, no puede alcanzarse sin la negación de nosotros mismos en este mundo, para lo cual nos entrega su Espíritu Santo. Seguir a Cristo no es dedicarle algunas horas los miércoles, los sábados o los domingos, sino poner toda nuestra vida: lo que somos y lo que tenemos, nuestras ansias y proyectos en función suya, gozándonos en su voluntad.

También hemos escuchado otra palabra que Cristo atribuye a Satanás, aunque la pronuncie Pedro, y que en nuestra vida puede pronunciarla cualquiera que se nos acerque: tu vecino, tu madre, o incluso nosotros mismos bajo la sugestión del maligno. Esta palabra dice: “¡No te ha de suceder eso! ¿Por qué tienes que sufrir? ¿Por qué tiene que morir tu hijo o tu madre? ¡Tienes que ser feliz! ¡Tu felicidad es esta vida!”

Hoy el Señor nos enseña a responder: “¡Apártate, Satanás!, porque tus pensamientos no son los de Dios”, que nos ha creado para algo más que esta vida. Tenemos que aprender a relativizar todo lo de este mundo y estar dispuestos incluso a perder la vida por los demás. Sólo quien cree firmemente en Dios y en sus promesas de vida eterna puede darse a los demás, perdiendo su tiempo, su dinero y hasta la propia vida, ofreciéndola “como hostia viva”, como dice la segunda lectura. Sólo quien ha conocido el amor de Dios y ha sido poseído por Él puede amar.

Que la Eucaristía venga en nuestra ayuda, para que busquemos las cosas de arriba, donde está Cristo, que se entrega por amor.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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El martirio de san Juan Bautista

 El martirio de san Juan Bautista

1Co 1, 26-31; Mc 6, 17-29

El Testimonio de Juan, el Precursor

Queridos hermanos, hoy la Iglesia nos invita a contemplar al mayor entre los nacidos de mujer. No hablamos de un rey ni de un sabio, sino de un profeta: de Elías redivivo, del último mártir del Antiguo Testamento, del último profeta, del testigo de la luz, lámpara ardiente y luminosa (cf. Jn 5,35). Hoy recordamos al amigo del Esposo, a la voz que clama en el desierto, al Precursor del Señor. Aquel que nació lleno del Espíritu Santo, y que, siendo el único santo cuyo nacimiento celebramos litúrgicamente, recibió de Cristo un testimonio que nos desconcierta y nos ilumina: “El más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él” (cf. Mt 11,11).

Juan inaugura el Evangelio no con milagros, sino con su predicación. Y lo hace desde la humildad: no se considera digno de desatar las correas de las sandalias de Aquel que viene. Él anuncia un tiempo de gracia, un kairós divino, en el que “Dios es favorable” para que el hombre vuelva a Él. Proclama la conversión, no como exigencia, sino como don de la misericordia divina que acoge al pecador. Juan llama a la reconciliación: entre padres e hijos, entre generaciones, entre el hombre y su Dios. Es tiempo de alegría por la cercanía del Señor, tiempo de volver a Él con gozo.

Esta es la justicia ante Dios, la que los escribas y fariseos se niegan a recibir al rechazar a Juan (cf. Lc 7,30). No se trata de la justicia de los jueces, sino de la justicia de los justos: la que acoge el don gratuito de Dios, la que se deja transformar por la gracia.

«Vino para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él» (Jn 1,7). La misión de Juan, profeta y “más que profeta”, no fue sólo anunciar, sino señalar al Siervo, identificarlo entre los hombres: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).

Y también nosotros, hermanos, hemos sido llamados a dar testimonio. No estamos solos. El Señor nos acompaña, confirma nuestras palabras, y nos sostiene con los signos de su presencia. Nos alimenta con su cuerpo y con su sangre, para que seamos más que precursores: testigos vivos de su amor en esta generación.

Que el ejemplo de Juan nos inspire a vivir con ardor, con humildad, y con fidelidad. Que seamos lámparas encendidas, que ardan sin consumirse, para que muchos crean por nuestro testimonio.

  Que así sea.

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Viernes 21º del TO

Viernes 21º del TO 

Mt 25, 1-13

Velar

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra nos llama a la vigilancia y a estar en vela, porque el Señor está cerca, y su llegada a nuestra vida es tan imprevisible como segura. Vendrá el Señor y no tardará.

Como vemos en la parábola de las vírgenes, no se trata tanto de una vigilia física —pues todas se durmieron— cuanto de la espera previsora de un corazón que ama, como el de la esposa del Cantar de los Cantares: «Dormía, pero mi corazón velaba; entonces escuché la voz de mi amado que llama». Es el amor el que hace posible la espera contra toda desesperanza, y la esperanza, sostenida por el amor, se convierte en vigilancia. Es el amor el que, en la demora del bien que se ama, sostiene la fe en la Promesa.

Dichosos los que esperan con amor, porque se acerca la unión definitiva con el Señor. Él transfigurará nuestros pobres cuerpos, nos glorificará y estaremos siempre con Él.

El objeto de nuestra vigilancia está personificado en la Sabiduría, que san Pablo aplica a Cristo, constituido para nosotros «sabiduría de Dios». Pero, aunque el corazón esté pronto, la carne es débil y se siente atraída por todo bien inmediato, rechazando el sufrimiento. Por eso se requiere el discernimiento del corazón que da la Sabiduría al que ama.

La vigilancia implica, por tanto, una tensión entre la carne y el espíritu, entre lo inmediato y lo definitivo, entre el amor y el olvido. Esta tensión debe ser regida por el amor previsor, que ilumina el corazón, aviva la esperanza y se sostiene en la sobriedad.

Como decimos en el Adviento: Vigila el que espera, y espera el que ama. El amor es la carta de ciudadanía que abre las puertas del Reino; el único conocimiento del Señor que hace posible ser reconocidos por Él. En nuestra vida hemos recibido una invitación a bodas, y de la estima que tengamos por ella dependerá la forma en que nos dispongamos a acogerla, desearla y defenderla con nuestra vida.

Presentando la alianza de amor que significan las bodas, la Palabra de hoy está en profunda sintonía con la Eucaristía, en la que nuestra relación con el Esposo, la Esposa y los invitados nos introduce en la expectativa del banquete, en medio de un clima de alegría, amistad y amor, del que brota espontáneamente la tensión gozosa de la vigilancia.

¡Ven, Señor! Que pase este mundo y que venga tu gloria. ¡Anatema quien no ame a Cristo!

 Que así sea.

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Jueves 21º del TO

Jueves 21º del TO

Mt 24, 42-51

Administradores y vigilantes en la Esperanza

Queridos hermanos, en su infinita bondad, Dios ha querido compartir su hacienda celestial con nosotros. Nos ha llamado a una existencia orientada hacia la comunión de amor con Él, y nos ha provisto de los medios necesarios para alcanzarla. Todo cuanto somos y tenemos —incluida la vida misma— está ordenado al amor. Porque es el amor quien nos abre las puertas al Amor con mayúscula: a la Bienaventuranza, al Reino de Dios, a la vida eterna, al cielo, a la Casa del Padre.

Hoy, la Palabra nos invita a una vigilancia distinta de la que contemplábamos ayer. Si entonces esperábamos al Señor que regresa de la boda para entrar con Él al banquete del amor, hoy se nos llama a estar preparados para su visita inesperada. Una visita que no avisa, que sorprende, que pide cuentas. El Señor viene como ladrón en la noche para aquellos que han hecho de sus dones algo propio, que no desean ni esperan su venida. Pero viene también como Dueño justo, a reclamar el tesoro que nos confió para hacerlo fructificar, y a retribuir a cada uno según haya servido.

No somos dueños, sino administradores a prueba. Y si hemos sido fieles y solícitos en el servicio, el Señor nos pondrá al frente de toda su hacienda, dándonos su Espíritu para siempre. ¡Qué promesa tan gloriosa! Pero esa fidelidad no consiste en apropiarnos de lo que se nos ha confiado, sino en servir con pureza, con sobriedad, y con amor. No sólo al Señor, sino también a nuestros hermanos, con el mismo amor con que hemos sido amados por Dios.

Esta vigilancia es necesaria para todos los que desean servir al Señor. Pero lo es aún más para quienes han sido llamados a ser administradores de los bienes de su casa: fieles, prudentes, responsables del cuidado de otros siervos y siervas. ¡Dichosos los que se mantienen constantes en esta fidelidad! Ellos serán alimentados con lo sabroso de su casa, y abrevados en el torrente de sus delicias. Pero a los infieles se les pedirá cuentas, y se les pagará conforme a sus obras.

Mientras esperamos la venida del Señor, se nos concede —según nuestra disposición interior— ser alimentados ya con vida eterna, prenda de nuestra herencia en Cristo Jesús, quien se entregó por nosotros. Que esta esperanza nos sostenga, que esta vigilancia nos despierte, y que este amor nos impulse a servir con alegría, hasta que Él venga.

  Que así sea.

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Miércoles 21º del TO

Miércoles 21º del TO 

Mt 23, 27-32

Urgencia de la Conversión

Queridos hermanos:

Hoy, la Palabra nos llama con fuerza: es una invitación a la fe y a la conversión. Nos urge a acoger a los profetas, a creer en su enseñanza y a convertirnos en testigos gozosos de esa misma conversión que transforma el corazón. Porque sólo desde una vida renovada podrá ser lavada la sangre derramada por nuestros pecados y restaurada nuestra justicia. Terminado el “tiempo de los higos”, llegará el momento de rendir cuentas. Nos lo advierte el Evangelio: “Ponte a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino, no sea que tengas que pagar hasta el último céntimo.”

Honrar a los profetas no es adornar sus sepulcros, sino acoger su palabra viva. El pueblo de Israel, queriendo justificarse, se desmarcó de la conducta de sus padres, pero repitió el mismo rechazo a los enviados de Dios. Cristo los confronta: lavan la copa por fuera, mientras dentro permanece la inmundicia. Rechazan al único Profeta que puede purificarlos de la sangre derramada, y harán lo mismo con quienes Dios seguirá enviando.

Rechazar a Jesús es cerrar la puerta de la misericordia a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Es hacer más pesada su carga, impidiéndoles la esperanza del perdón que anunciaban los profetas. Es volver a matarlos, como hicieron sus padres. Y al rechazar a Juan Bautista, impiden la acogida del que él anunciaba: el portador del bautismo en el Espíritu Santo y en fuego.

¿Y nosotros? ¿Pensamos acaso que no se pedirán cuentas también a nuestra generación, bañada en la sangre de Cristo? Rechazar a Cristo es rechazar el “año de gracia del Señor” y trivializar el “día de venganza de nuestro Dios”, cumplido en la sangre de su Hijo. Pero aún hoy, el kairós de la misericordia permanece abierto. Es tiempo de conversión. Es tiempo de acoger a Cristo, de sumergirnos en su bautismo, de escuchar su Palabra, de dar gracias por su perdón y de vivir en comunión con los hermanos.

   Que así sea.

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Martes 21º del TO

Martes 21º del TO

Mt 23, 23-26

“Purificar el corazón”

Hermanos, purificar al hombre es purificar su corazón. El Señor, que escudriña lo más profundo del alma, pudo haber dicho al fariseo: “Purificad vuestro corazón, y todo será puro para vosotros”. Pero fue más concreto, más incisivo, porque conocía su interior. Y le dijo: “Dad limosna de lo que tenéis, de lo que atesoráis, de lo que amáis, de lo que está en vuestro corazón, y todo será puro en vosotros y para vosotros”.

No hay comunión con Dios en un corazón contaminado por el amor al dinero, ese ídolo por antonomasia que desplaza a Dios y a los hermanos. Porque, como dice la Escritura: “Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón”. Si metes en tu corazón la caridad, expresada en la limosna, entonces quedará puro. Puro tu corazón, y puros tus ojos, para ver al hermano a través de la misericordia.

Meter la caridad en el corazón supone acoger la Palabra. “Vosotros estáis ya limpios gracias a la palabra que os he anunciado” (Jn 15, 3). Acoger la Palabra, que es Cristo, suscita en nosotros la fe; la fe nos obtiene el Espíritu, y el Espíritu derrama en nuestro corazón el amor de Dios. Ese amor ensancha el corazón para acoger a los hermanos y ofrecerse a ellos como don.

Tocar a la persona es tocar su corazón, donde residen los actos humanos voluntarios, según la Escritura. En el corazón se encuentra la verdad del hombre: su bondad o su maldad. La realidad del corazón condiciona el criterio del entendimiento y el impulso de la voluntad, que se unifican en el amor. San Agustín lo decía con sabiduría: “No hay quien no ame; la cuestión está en cuál sea el objeto de su amor”. Si el objeto es Dios, el corazón se abre al don de sí. Si es un ídolo, el corazón se cierra sobre sí mismo y la persona se frustra.

Para arrancar el ídolo del tesoro del corazón, hay que odiarlo, en el sentido evangélico: “Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío” (Lc 14, 26). No es odio de destrucción, sino de desapego radical, para que Dios sea el centro.

La caridad todo lo excusa, no toma en cuenta el mal cuando somos ofendidos. Pero, como hace Jesús en el Evangelio, corrige al que vive engañado para salvarlo de la muerte y perdonarlo en el día del juicio. La limosna despega el alma de la tierra y la introduce en el cielo del amor. Cubre multitud de pecados, remedia la precariedad ajena y sana las propias heridas. Es portadora de misericordia y enriquece al que la ejerce. San Agustín lo expresa así: “El que da limosna tiene primeramente caridad con su propia alma, que anda mendigando los dones del amor de Dios, de los que se ve tan necesitada”.

Sea el Señor tu delicia, y Él te dará lo que pide tu corazón. Que la Eucaristía nos una al don de Cristo, haciéndonos un solo espíritu con Él.

Dios es amor, es misericordia que busca siempre el bien del pecador, atrayéndolo a sí. Amar es sintonizar nuestro espíritu con la voluntad amorosa de Dios. Este conocimiento de Dios, que se traduce en amor obediente a sus palabras, se hace don de sí, y es vida para nosotros. Pero, a causa del pecado, la concupiscencia inclina nuestro corazón al mal. Por eso, la vida cristiana, con las armas del Espíritu, no deja nunca de ser combate, como nos recuerda san Pablo.

La ley tiene un cometido de signo y de cumplimiento mínimo, que debe corresponder a una sintonía del corazón humano con la voluntad amorosa de Dios. La justicia y el amor son el corazón de la ley, y a ellos hacen referencia los preceptos. El corazón que ama se adhiere rectamente a los mandamientos. Pero una adhesión legalista, sin amor, sólo alcanza la superficie, y es estéril. El cumplimiento externo, sin el fuego del amor, carece de valor: “Misericordia quiero, no sacrificios”. “Esto había que practicar, sin olvidar aquello”. “Cuelan el mosquito y se tragan el camello”.

¡Ay de nosotros, hermanos! Si, como los escribas, fariseos y legistas del Evangelio, ponemos nuestra confianza en algo que no sea el amor del Señor y la caridad con nuestros semejantes. Si pretendemos justificar nuestra perversión con la vaciedad de un cumplimiento externo, extraño al corazón de la ley, mientras nuestro corazón va tras los ídolos y las pasiones mundanas.

 Que así sea.

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San Bartolomé, apóstol

San Bartolomé, apóstol

Ap 21, 9b-14; Jn 1, 45-51

Queridos hermanos:

La liturgia sigue presentándonos a los apóstoles y recordándonos que la condición del discípulo es el amor. Habiendo sido alcanzados por el amor gratuito de Dios, somos apremiados al amor a los hermanos y al amor a los enemigos, en virtud de nuestra filiación adoptiva, que nos ha sido otorgada por el Espíritu Santo mediante la fe en Jesucristo. Por Él hemos conocido el amor que Dios nos tiene, gracias al testimonio que da a nuestro espíritu y que nos hace exclamar: «¡Abbá, Padre!»

Como Natanael, hemos sido conocidos por Cristo y amados en nuestra realidad y en nuestros pecados. Este amor nos llama a su seguimiento, en espera de la promesa de la gloria que debe manifestarse en nosotros. Cada uno tiene su propio “Felipe” y su propia “higuera”, en la que ha sido visto, conocido y amado por Cristo antes de encontrarse con Él y haber profesado: «Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.»

Juan anuncia a Andrés, Andrés a Pedro, y Felipe a Natanael; y se va repitiendo como un estribillo: «Venid y lo veréis; ven y lo verás», tal como canta el salmo: «Gustad y ved qué bueno es el Señor.» El Padre y el Espíritu dan testimonio de Cristo, como lo hace Juan el Bautista, y después los apóstoles, los evangelistas y los demás discípulos, generación tras generación, hasta el final de los tiempos. Por el testimonio es regenerada la humanidad y la creación entera, que aguarda la manifestación gloriosa de los hijos de Dios.

 Que así sea.

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Domingo 21º del TO A

Domingo 21º del TO A

Is 22, 19-23; Rm 11, 33-36; Mt 16, 13-20

Queridos hermanos:

Ante decisiones tan importantes como la que hoy nos muestra el Evangelio, Cristo se sumerge en la oración y elige momentos significativos, como las principales fiestas judías, cuya plena significación y contenido han aguardado durante siglos la revelación de Cristo, quien ha venido, en efecto, a dar cumplimiento a la Ley, a los Profetas y a las promesas, llevando a su plenitud toda la Revelación.

El evangelista, consciente de la centralidad de este acontecimiento, se esmera en situarlo con exactitud. Por eso comienza el capítulo 17 del Evangelio según san Mateo mostrándonos la Transfiguración en el contexto de la fiesta de las Tiendas, situada inmediatamente después de la confesión de Pedro y la entrega del primado, que tiene lugar seis días antes, y por tanto en el Yom Kippur. La importancia de esta relación se constata al analizar el contenido de esta fiesta en su celebración judía, en la cual el sumo sacerdote pronunciaba solemnemente el nombre de Dios.

Cristo se reúne con los apóstoles en Cesarea de Filipo, territorio de paganos, precisamente en el día de la Expiación, como hemos visto antes, y les pregunta: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?”, es decir, el Mesías. Y después: “¿Y vosotros, quién decís que soy yo?”. Dios inspira a Pedro la respuesta, y él proclama: “Tú eres el Cristo” —el Mesías—, “el Hijo de Dios vivo”. Con esta confesión de la divinidad de Cristo, el Mesías, aparece sobre la tierra una realidad nueva: una fe que es fundamento de un pueblo nuevo de “verdaderos adoradores”, al que Cristo llama “mi Iglesia”. Y Cristo ve en esta elección del Padre sobre Pedro la designación de quien, en ese nuevo pueblo, tendrá la función concreta que acaba de ejercer inconscientemente. Pedro testifica a Cristo con la boca en la ciudad del César, en Palestina, como después lo testificará con la vida en la ciudad del César, en Roma, que se convertirá en la sede de Pedro y de sus sucesores. Las atribuciones del sumo sacerdote Simón, hijo de Onías (Eclo 50, 1), del mayordomo del palacio de David, Eliaquín (Is 22, 20-22), y del sumo sacerdote del Templo, Caifás, son concedidas a Pedro y a sus sucesores por elección divina y designación de Cristo en la fundación de la Iglesia, cuyo fundamento es la fe en “Cristo, Hijo de Dios vivo”.

Esta designación de Pedro parte de la “decisión insondable de Dios”, como dice la segunda lectura: elección divina que lo impulsa a proclamar el nombre de Dios, nombre que sólo era lícito pronunciar al sumo sacerdote, y que revela el mesianismo y la filiación divina de Cristo, fundamento de una nueva fe que será el cimiento de la comunidad mesiánica y escatológica que comienza a existir.

Jesús ha llevado a sus apóstoles a tierra de paganos para poner en evidencia la independencia de la Iglesia frente al Israel según la carne y su universalidad, abierta a todos los pueblos y cimentada sobre la confesión de Pedro. Esta Iglesia derribará las puertas del Hades —de la muerte, consecuencia del pecado, del Infierno— porque a ella se entregan, en la persona de Pedro, las llaves del Reino: el poder de atar y desatar, de perdonar los pecados. Ya no es necesaria la expiación en el Templo de Jerusalén. La Iglesia puede aplicar en cualquier lugar la expiación de los pecados que Cristo ha realizado en el santuario de su propio cuerpo, expiación que Dios ha aceptado resucitándolo de la muerte.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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