Domingo 17º del TO A

Domingo 17º del TO A

1R 3, 5-13; Rm 8, 28-30; Mt 13, 44-52

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra nos habla del discernimiento, necesario para arrebatar el Reino de Dios. Salomón no confía en sí mismo y lo pide a Dios. El Evangelio lo exalta en las parábolas y en el amante de las Escrituras que ha acogido el Evangelio. La red de la parábola debe también pasar por un discernimiento sobre aquello que ha arrastrado indiscriminadamente, y, al igual que a la semilla y la cizaña, se le concede un tiempo.

Nosotros necesitamos discernir para conducir nuestra vida, porque también nosotros seremos sometidos a discernimiento, como los peces de la red. La gratuidad de la llamada a la salvación debe ser confirmada por nosotros mientras permanecemos en la red, con la perseverancia de nuestras obras. En Cristo, Dios mismo ha querido introducirse en la red junto a nosotros y, a través de la gracia, sanar la maldad de los pescados para el día del discernimiento.

El discernimiento no es una sabiduría cualquiera, sino la sabiduría para gobernar. Salomón debe gobernar un reino, pero todos necesitamos gobernar bien, aunque solo sea nuestra propia vida, para conducirla a su meta. Si Dios es “la verdad y la vida plena” a la que hemos sido llamados en nuestra existencia por la misericordia, el discernimiento debe guiarnos hacia Él por los caminos de la sabiduría, que se nos revelan como “tesoro escondido” y “perla preciosa”. En efecto, dice la Escritura que el temor de Dios es el principio de la sabiduría. Quien posee muchos conocimientos y se aparta de Dios, está falto de sabiduría.

Si el discernimiento es tan importante que de él depende la realización de nuestra existencia, es vital saber dónde se encuentra o cómo puede adquirirse. Para san Pablo, la condición necesaria para poseerlo consiste en que el amor de Dios, que procede del Espíritu Santo, sea el motor de nuestra existencia. “Para quien ama a Dios, todo concurre al bien.” Es el amor de Dios el que ilumina todos los acontecimientos del que ama, para discernir y ser encaminado por ellos al bien.

La propia comunidad, como germen del Reino de Dios, independientemente de sus limitaciones individuales, es la perla de gran valor, el tesoro que solo el discernimiento del amor que encierra hace posible apreciar a quien lo posee.

Para san Agustín, en efecto, la perla preciosa es la Caridad, y solo los que la poseen han nacido de Dios. Este es el gran criterio de discernimiento, continúa diciendo, porque aunque lo poseyeras todo, sin la Caridad de nada te serviría. Y, al contrario, si no tienes nada, si a todo renuncias y lo desprecias, y alcanzas a conseguirla, lo tienes todo. Como dice san Pablo: “El que ama ha cumplido la Ley” (Rm 13,8.10). Ha alcanzado el Reino de Dios, que es amor.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Santiago Apóstol

Santiago Apóstol

Hch 4, 33; 5, 12.27-33; 12.2; 2Co 4, 7-15; Mt 20, 20-28

Queridos hermanos:

En esta solemnidad de Santiago Apóstol, la Palabra nos presenta el anuncio de la Pasión como antesala luminosa de la Pascua. Santiago, el hijo del trueno, será el primero de los apóstoles en derramar su sangre por Cristo: el primero en beber del cáliz y el primero en ser bautizado con el bautismo del Señor. En él se inaugura la senda del martirio, que no es derrota, sino comunión plena con el Redentor.

Cristo asume la multitud de nuestros pecados y, al sumergirse en la muerte, prepara su resurrección victoriosa. Sin embargo, mientras Él se dispone a entregarse por amor, sus discípulos aún no logran superar la concepción mundana del Reino: sueñan con lugares de honor, sin advertir que la gloria del Mesías no se mide con los criterios de este mundo. La carne mira por sí misma, buscando influencias y privilegios.

Y ahí estamos también nosotros, retratados en la realidad caída de los apóstoles. Queremos figurar, sobresalir, prevalecer. Pero Cristo nos revela al hombre nuevo: aquel que se niega a sí mismo por amor, antepone el bien del otro al suyo propio y sirve sin esperar recompensa, incluso hasta entregar la vida. Ese es el camino del discípulo. Porque el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.

Es fácil dejarse seducir por los criterios del mundo. Pero Cristo vive en otra sintonía, propia del Espíritu: es la onda del amor. Su Reino no se edifica con poder, sino con entrega. Quien quiera estar cerca del Señor deberá acercarse a su bautismo y a su cáliz: símbolos de donación total.

Jesús va delante. No solo marca el camino; Él es el camino. Consciente de que los judíos lo buscaban para matarlo, camina firme, y sus discípulos se sorprenden y se llenan de miedo. ¿Acaso no es también nuestro temor el de entrar en el misterio del amor que se dona?

Este puede ser un punto clave para nuestra conversión: dejar de mirarnos a nosotros mismos y fijar la mirada en Cristo. Él es el rostro visible del Padre, que brilla en el amor y el servicio. Esa es la gracia que se nos ofrece: no como mérito, sino como comunión. El que ama ya no necesita esperar la recompensa de la vida eterna, porque Dios es amor, y quien ama ya vive en Dios. Ha pasado de la muerte a la Vida. Ha regresado al Paraíso.

  Proclamemos juntos nuestra fe.

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Viernes 16º del TO

Viernes 16º del TO

Mt 13, 18-23

Queridos hermanos:

La Palabra hace referencia a aquello de “tener ojos para ver, oídos para oír y corazón para comprender”. Hay un combate entre la fuerza del Evangelio y las dificultades que le oponen la dureza de nuestro corazón y la seducción del mal para que pueda fructificar. A la dureza del corazón se unen los obstáculos del ambiente, el ardor de las pasiones, la seducción de la carne, del mundo y de las riquezas.

En definitiva, nuestra naturaleza caída —por la concupiscencia—, a fuerza de ofrecer resistencia a la acción sobrenatural de la gracia, ha quedado indispuesta para la conversión y necesita un suplemento de ayuda, una gracia especial que debemos impetrar: una nueva acción gratuita de Dios que abra el corazón humano a la omnipotencia de su misericordia. Hace falta, en fin, acoger el “Año de gracia del Señor”, el tiempo favorable que nos llega con Cristo por medio del Evangelio. Después seguirá siendo necesario un constante cuidado, vigilancia y atención, como si del cultivo de un campo se tratara. Dios es el agricultor, por lo que necesitamos estar unidos a Cristo. Recordemos aquello de La Imitación de Cristo: «Temo al Dios que pasa».

«Velad y orad»; «esforzaos por entrar por la puerta estrecha»; «permaneced en mi amor»; «el que persevere hasta el fin, se salvará»; «el Reino de los Cielos sufre violencia, y sólo los que se hacen violencia a sí mismos lo arrebatan». Según aquello que dijo el Señor a la beata mexicana Conchita: «Hay gracias especiales que se adquieren con dolor». Estas palabras no contradicen en absoluto la gratuidad de la salvación de Cristo; expresan, en cambio, la necesidad de que nuestra adhesión al Evangelio se realice libre y voluntariamente.

Estas palabras nos recuerdan la necesidad del combate inherente a la vida cristiana, para el cual hemos recibido gratuitamente el Espíritu Santo, sin el cual es imposible dar el fruto del amor, necesario para alimentar al mundo: unos con treinta, otros con sesenta y algunos con ciento.

 Que así sea.

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Santa Brígida

Santa Brígida

Ga 2, 19-20; Jn 15, 1-8

El fruto del amor glorifica al Padre

Queridos hermanos:

Así como Cristo nos habló del pan de su Cuerpo, que sacia y da al mundo la vida divina, hoy el Señor nos habla de la vid, fuente maternal de donde brota el vino nuevo del amor divino, fruto abundante de su sangre para la vida del mundo.

En esta nueva imagen eucarística, la vida del Señor fluye hacia sus discípulos como la savia de la vid hacia los sarmientos. Llamados en Cristo, somos invitados a la fecundidad generosa del amor. Esa abundancia de amor es la que glorifica al Padre: no nuestras palabras o alabanzas, sino la transformación que su Espíritu obra en nosotros. Porque el Padre nos ha engendrado en Cristo, amándonos hasta el extremo.

La gloria del Padre es su Espíritu Santo, entregado a Cristo y comunicado a nosotros, para que seamos uno en el amor, como el Padre y el Hijo son uno (cf. Jn 17,22). Y ese amor nos hace testigos vivos de su misericordia. Porque Dios, en su infinita bondad, ha permitido que pecadores miserables como nosotros lleguemos a ser hijos suyos, negándonos a nosotros mismos y amando como Él nos ama. Así lo vivió san Pablo, y así estamos llamados a vivirlo nosotros.

Cristo glorificó al Padre entregándose por sus enemigos. «¡Padre, glorifica tu Nombre!», exclamó. Él es el fruto pleno del amor, aquel que Dios reclama por boca del profeta Oseas: «Yo quiero amor». Y es por ese amor que Dios, celoso de la salvación de todos, poda su viña, purifica y corta lo que no da fruto. Este celo lo expresa Cristo con su mandamiento: «Lo que os mando es que os améis unos a otros».

Pero cumplir este precepto no consiste en aplicarlo al otro, sino en hacerlo vida en uno mismo. Amar no es exigir al hermano, sino exigirse uno mismo: «Si amáis a los que os aman, ¿qué hacéis de particular?» El amor nos justifica, y quien ama justifica también al amado. Porque el amor excusa todo y no toma en cuenta el mal. Quien busca justificarse a sí mismo es quien aún no ha amado. En cambio, quien ama se inmola en alguna medida, y en ese sacrificio recibe de Cristo la plenitud del gozo (cf. Jn 15,11).

Hoy la Palabra nos habla del gran amor de Dios hacia el mundo de los pecadores y de nuestra misión: testimoniar ese amor con nuestra propia vida, especialmente ante quienes viven en la tristeza de la muerte. Dios quiere llenarnos de un celo que nos purifique y nos haga inocentes, pues «la caridad cubre multitud de pecados».

El Verbo fue enviado por el Padre, hecho hombre como nosotros, para traer el vino nuevo del amor divino a nuestros corazones, perdidos por el pecado, e introducirnos en la fiesta nupcial del Reino. Por la pasión y muerte de Cristo hemos sido perdonados, y por el Evangelio somos llamados a ser injertados en Él, la vid verdadera. Así, su vida divina fluye en nosotros, por la fe y por el Espíritu, para que demos el fruto abundante de su amor: vida para el mundo.

La obra de Dios en Cristo nos ha envuelto gratuitamente en su amor. Ahora nos toca a nosotros custodiar ese don, permanecer en su fuego divino y unirnos a Cristo por la gracia. Porque el fruto de su amor, unido a nosotros, lo alcanza todo del Padre. Y los hombres, tocados por ese amor que habita en nosotros, glorificarán al Padre por la salvación recibida en Cristo, en cuya mano ha sido puesto todo.

Bendigamos al Señor, que se nos da en la Eucaristía para renovar nuestro amor y avivar nuestro celo por aquellos que aún no le conocen.

 Que así sea.

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Santa María Magdalena

Santa María Magdalena

Ct 3, 1-4b; Jn 20, 1-2.11-18

"Cristo se manifiesta"

Queridos hermanos:

En los relatos evangélicos vemos constantemente que Cristo resucitado no es reconocido cuando aparece, sino en un segundo momento y sólo por algunos. Juan explica este hecho con el verbo “manifestarse”. San Juan utiliza este verbo con intención teológica: Cristo no se impone a la vista como simple aparición, sino que se revela, se manifiesta como gracia concedida a quien Él elige, especialmente a quienes le aman profundamente.

Así sucede con el apóstol Juan y con María Magdalena. También en momentos litúrgicos, como la fracción del pan en Emaús, o al entrar en el Cenáculo ante los once. En el Evangelio que hoy contemplamos, Jesús se manifiesta primero a María Magdalena, aquella de quien había expulsado siete demonios, testigo silenciosa de la muerte del Señor y fiel junto al sepulcro. Ella será la primera en contemplar a Cristo resucitado y en anunciarlo a los discípulos.

Este primer encuentro no es casual: prepara los posteriores encuentros mistagógicos y sacramentales con los once. A María, Cristo le dice: “Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”. Aquí se inaugura la filiación divina compartida, el misterio por el cual somos hechos hijos en el Hijo.

El Hijo eterno, el Verbo encarnado, ha tomado cuerpo para cumplir la voluntad del Padre: “No quisiste sacrificios, pero me formaste un cuerpo… He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad” (Hb 10, 5s). Esa voluntad consiste en que los hombres sean incorporados a Cristo, adoptados como hijos en Él. Ya no somos sólo discípulos: somos hermanos en Cristo, miembros de su Cuerpo, unidos por el fuego vivo de su amor, como expresó el Papa Benedicto XVI: “Formamos una sola cosa con Él y entre nosotros”. ¡Qué sublime vocación la nuestra!

Y así como en el nacimiento humano la cabeza precede al cuerpo, en la glorificación de Cristo junto al Padre, su Cuerpo —la Iglesia— asciende también con Él. San Pablo lo proclama: “Hemos sido resucitados con Cristo y sentados con Él en los cielos”. Es el misterio consumado por su entrega y resurrección, el cumplimiento de la obra que el Padre le confió.

María Magdalena, que anhela tocar al Maestro, deberá esperar a que nazca plenamente el Cuerpo místico de Cristo —la Iglesia— para ser esposa, para tocarlo en la comunidad. Sólo en comunidad, como las mujeres en Mateo 28, 9, se le puede “abrazar y no soltar”, como la esposa del Cantar: “Lo he abrazado y no lo soltaré” (Ct 3, 4).

En la Iglesia, por la Eucaristía, se nos concede incorporarnos a Cristo, gustar su amor y adorarle abrazados a sus pies en comunión con los hermanos. Sólo en comunidad podemos decir con verdad: “Padre nuestro… Dios nuestro”.

 Que así sea.

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Martes 16º del TO

Martes 16º del TO

Mt 12, 46-50 

Queridos hermanos:

Aquellos en quienes la Palabra prende y fructifica son la familia de Jesús, porque reciben su mismo Espíritu. Dice Jesús en el Evangelio: «La carne no sirve para nada; el Espíritu es el que da vida». Y como afirma san Juan: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, en que amamos a los hermanos». La vida y la muerte están en correspondencia con la fe y la incredulidad.

El Evangelio pone de manifiesto la incredulidad de su pueblo y de sus parientes respecto de Cristo, al que consideran «fuera de sí» (Mc 3, 21) y al que intentan despeñar en su ciudad de Nazaret (Lc 4, 29). «Ni siquiera sus hermanos creían en Él» (Jn 7, 5), mientras destaca la fe de paganos y extranjeros, últimos que serán primeros. Cristo conoce perfectamente esta cerrazón cuando dice que «ningún profeta es bien recibido en su patria» (Lc 4, 23-24), y que en su casa carece de prestigio (Mt 13, 57).

Como en la Virgen María, en el seno del creyente que acoge la Palabra del Señor comienza a gestarse Cristo en una maternidad espiritual, que se hace plena en el cumplimiento de su voluntad, dándolo a luz por la caridad. Al mismo tiempo, se recibe la filiación adoptiva que hace hermano o hermana de Cristo. Como dice la Escritura: «Grita de gozo y alborozo, Sión, pues vengo a morar dentro de ti, dice el Señor». Y también: «Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre de los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre». El Señor quiere morar en nosotros y nos manifiesta su voluntad para que eso sea posible.

Jesucristo ha venido a unir, con los lazos de la fe, en un mismo Espíritu a todos los hombres, para formar la familia de los hijos de Dios, que conciben, gestan y dan a luz a Cristo. Lo concebimos por la fe, lo gestamos en la esperanza y lo damos a luz por la caridad.

Por encima de parentescos y patriotismos, Cristo viene a llamar a toda carne a su hermandad y maternidad; a la filiación adoptiva. Los lazos de la carne son naturales, mientras que los de la fe son sobrenaturales: vienen del cielo. Cristo afirma los lazos de la fe, por los cuales se acoge la Palabra de Dios hecha carne en Él y fructifica en nosotros. Por la fe se recibe el Espíritu de Cristo como verdadero parentesco.

¿Cómo podría enseñar Cristo que, por el Reino, hay que dejar padre y madre, si Él mismo no lo pusiera en práctica? Por encima del afecto carnal están los misterios del amor del Padre.

La carne dice: «Dichoso el seno que te llevó». El Espíritu, en cambio, proclama: «Dichosa tú que has creído». Dichosos los que han creído, guardado y visto fructificar en ellos la Palabra hecha carne. Los parientes que permanecen fuera, invocando la carne, no son tan dignos de consideración como los “extraños” que, dentro, acogen la enseñanza del Hijo, que da paso a una auténtica maternidad y fraternidad. A esta fe somos llamados también nosotros, para que podamos dar a luz a Cristo y ser, con Él, hijos de su mismo Padre.

Hoy la Palabra nos invita a escuchar y guardar, a creer y esperar, para llegar a amar.

 Que así sea.

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Lunes 16º del TO

Lunes 16º del TO 

Mt 12, 38-42

La señal del Señor en la predicación.

Queridos hermanos:

Para quien acoge la predicación, todo se ilumina; mientras que quien se resiste a creer permanece en las tinieblas. Dios se complace en el corazón que confía en Él contra toda esperanza, y lo glorifica quien pone su vida en sus manos. Como dice la Escritura: “Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará”.

Es Dios quien suscita la fe, no para imponerla, sino para enriquecer al ser humano mediante el amor. Por medio de su gracia nos hace gustar la vida eterna. Él dispone las bendiciones necesarias para la conversión de cada persona y de cada generación. Los ninivitas, la reina de Saba, los judíos del tiempo de Jesús… y nosotros también hemos recibido el don de la predicación como testimonio de su Palabra, que siembra vida en quien la escucha y la guarda.

Desde la salida de Egipto, en la marcha por el desierto, el pueblo de Israel pedía signos. Pero ni así se convertía. Del mismo modo, los contemporáneos de Jesús no podían ver las señales que Él realizaba, porque no tenían ojos para ver ni oídos para oír. Pedían una señal del cielo. Y Cristo, dolido por la cerrazón de su incredulidad, reconocía que no habría señal para esa generación más allá de las ya realizadas, porque sin fe no hay visión. La señal por excelencia de su victoria sobre la muerte quedará oculta, y sólo podrá “verse” en la predicación de los testigos, como ocurrió con Jonás.

Este no es tiempo de higos, sino de juicio. No de señales, sino de fe. Es tiempo de combate espiritual, de entrar en el seno de la muerte y resucitar, como Jonás, que pasó tres días en lo profundo del mar. Sólo al final, dice el Señor, se verá la señal del Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo.

Jonás ofreció dos señales: la predicación, que tocó el corazón de los ninivitas y los llevó a la conversión; y la de salir del seno de la muerte al tercer día, signo que sólo se anuncia por medio de las Escrituras. En cuanto a Cristo, muchos no aceptaron su predicación y tampoco pudieron ver su resurrección. Para ellos no hubo más señal que la proclamación de los testigos que Él mismo eligió.

El verdadero significado de las señales sólo puede percibirse desde la sumisión de la mente y la voluntad, que conducen a la fe y a la conversión. Dios nunca se impondrá anulando nuestra libertad. Por eso, toda gracia será purificada en la prueba, y toda fe será acrisolada en el fuego del discernimiento.

Nosotros hemos creído en Cristo. Pero hoy somos llamados a renovar esa fe, no tentándolo al pedir signos extraordinarios, sino suplicando el don de la fe y del discernimiento, que Él concede generosamente a quien lo pide con humildad. Así como sabemos distinguir lo material, pidamos la luz para discernir espiritualmente los acontecimientos de nuestra vida.

Que en la Eucaristía podamos entrar con Cristo en la muerte y resucitar con Él por la potencia de su brazo. Que nos libre de los enemigos que nos acosan y que, como antaño, sean hundidos en el mar.

 Amén.

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Domingo 16º del TO A

Domingo 16º del TO A

Sb 12, 13.16-19; Rm 8, 26-27; Mt 13, 24-43

Queridos hermanos:

La Palabra de hoy nos habla del Reino de los Cielos y de su dinámica interna, mostrándonos su potencia, que —como sabemos— se manifiesta en el esplendor de la misericordia divina, la cual, además de crearlo todo, lo engendra de nuevo, recreándolo en el amor por el perdón de los pecados.

La Revelación nos muestra que Dios no es sólo justo, omnipresente y omnisciente, sino, sobre todo y en primer lugar, Amor misericordioso, que crea al ser humano para un destino glorioso en la comunión con Él en el amor, y por tanto libre. Y cuando este elige el mal, Dios le concede la posibilidad de la conversión al bien y de la redención del mal. El Dios revelado en la fe no sólo permite la existencia del mal y un tiempo para la acción del maligno en espera de su justo juicio —que mira, ante todo, a la conversión y salvación de sus criaturas—, sino que concede al hombre la posibilidad de vencerlo con su gracia, a fuerza de bien, y de redimir al malvado. No existe, por tanto, contradicción alguna entre la existencia del mal en el ámbito de la libertad y la del Dios revelado como Amor, aunque sí pueda haberla con un ente de razón inexistente al que queramos llamar “dios”, “dios justo”, “dios omnipresente” o “dios omnisciente”.

La misericordia divina siembra la verdad y la vida a la luz de su Palabra, mientras la perfidia del maligno hace su siembra en la oscuridad de las tinieblas que le son propias, esparciendo la mentira, el engaño y la muerte. Pero así como las tinieblas no vencieron a la luz cuando fue creado el mundo, tampoco la vencieron cuando este fue recreado de nuevo y salvado de la muerte del pecado. Ahora es tiempo de paciencia y de misericordia: “tiempo de higos”; tiempo de potencia en el perdón; tiempo del eterno amor en espera de la justicia y del juicio.

Todos somos llamados al amor, pero esta llamada implica un camino de conversión, de afirmación y de maduración en la caridad; un tiempo en el que es posible la transformación de la cizaña en trigo, hasta alcanzar la santidad necesaria que nos introduzca en Dios.

No podemos olvidar que san Pablo fue, durante un tiempo, cizaña; y Dios permitió el mal que hizo, y con su paciencia y su gracia lo salvó, de modo que dio tanto fruto, venciendo el mal a fuerza de bien. El punto de partida de este itinerario de conversión es la humildad, que además acompaña toda la vida cristiana. Así lo expresa el Padrenuestro, en el que nos reconocemos pecadores y testificamos, al mismo tiempo, que el amor de Dios en nosotros ha comenzado a fructificar.

 Proclamemos juntos nuestra fe

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Sábado15º del TO

Sábado 15º del TO

Mt 12, 14-21

El Rostro de la Misión Redentora

Queridos hermanos, en esta Palabra contemplamos al Señor, quien no cesa en su misión salvadora, aunque la sombra de la persecución comienza a extenderse. Aun cuando se cierne el peligro, Él camina con firmeza hacia el cumplimiento de su propósito divino. Y cuando llegue “su hora”, no será otro, sino Él mismo, quien se encamine hacia Jerusalén, la ciudad donde todo verdadero profeta ha de ser consumado según el designio eterno del Padre.

Pero no nos engañemos: el Señor no busca la gloria mundana ni los aplausos de una exaltación pasajera. Él rehúye el éxito que confunde, la fama que distorsiona y la aclamación que no proviene del amor redentor del Padre. A menudo, nuestra razón —tan limitada y miope frente al plan de Dios— se ve incapaz de reconocer, entre acontecimientos contradictorios, la infinita grandiosidad del amor, la sabiduría y el poder divinos, que obrando en silencio tejen la salvación del mundo.

Ya los profetas, inspirados por el Espíritu, habían anunciado lo que concernía a la vida, la palabra y la misión del Mesías. Pero sólo quienes acogen ese mismo Espíritu pueden discernir el significado profundo de los acontecimientos —pasados, presentes y futuros— que revelan el cumplimiento de la voluntad misericordiosa del Padre. Elección, encarnación, predicación, redención: cada una de estas etapas desvela el misterio oculto desde la creación del mundo.

El Verbo eterno, el Hijo predilecto en quien el Padre se complace, ha sido manifestado como el Siervo elegido. En Él, la justicia y el derecho cobran vida por medio de una misericordia omnipotente, encarnada en la oblación inaudita de su amor. En su entrega se revela el sendero estrecho que conduce a la vida verdadera. Y por ese camino, Él va en busca de los que se han extraviado por el ancho sendero de la perdición, aquellos que, sin esperanza y sin fuerzas, clamaban por volver al “Pastor y Guardián de nuestras almas”.

 Que así sea.

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Viernes 15º del TO

Viernes 15º del TO 

Mt 12, 1-8

 “Misericordia quiero, y no sacrificios” (Mt 9,13)

 Queridos hermanos:

Partamos de un error común pero profundo: el mal discernimiento que los judíos tenían respecto al sábado. El Evangelio nos revela con claridad que el corazón de toda ley divina es el amor. Solo cuando el amor madura en el corazón del creyente florece el discernimiento, y es entonces cuando se aprende a distinguir entre la letra y el espíritu de la ley, entre lo importante y lo accesorio.

Por eso el Señor les dice: “¿Cuándo vais a entender lo que significa aquello de: ‘Misericordia quiero y no sacrificios’?”. Porque una justicia sin misericordia es crueldad, y nada hay más lejano del verdadero espíritu de la ley. El sábado no es simplemente un precepto: es una invitación al amor. Es una llamada a que el corazón humano se eleve por encima del interés y se fije en Dios. El sábado es presencia divina que da vida y sentido al hombre más allá de sus ocupaciones y relaciones cotidianas.

Entre los mandamientos de la ley, algunos tienen gran relevancia, como el descanso sabático, pero todos se sostienen sobre un mismo fundamento: el amor. Porque vienen de Dios, que es amor, y buscan edificar al hombre en la gratuidad, la contemplación y la bondad divina.

Ante los conflictos entre la letra y el espíritu de la ley, ¿qué necesitamos? Discernimiento, sí, pero uno que brota del amor. Solo cuando el corazón está lleno de caridad se puede juzgar rectamente. Las “gafas” para ver al otro sin distorsión son la caridad, porque, como nos dice la Escritura: “Yo quiero amor y conocimiento de Dios” (Os 6,6).

A los que no supieron discernir, Jesús les dice: “Id y aprended qué significa aquello de: ‘Misericordia quiero, no sacrificios’”. Pues el discernimiento, hermanos, distingue lo esencial de lo periférico; capta el alma del precepto, siempre iluminado por la caridad. Mientras la ciencia puede inflar el ego, la caridad edifica (1 Co 8,1), porque es derramada en nuestros corazones por el Espíritu de Dios.

Detrás del discernimiento hay una gran verdad: “Ama y haz lo que quieras”, como enseñaba san Agustín parafraseando a Tácito. Donde hay amor, hay sabiduría; donde falta el amor, sobra la necedad.

La misericordia de Cristo no conoce días prohibidos. Por eso el paralítico toma su camilla en sábado; por eso Jesús toca al leproso y abre corazones a la bendición y a la glorificación de Dios. Eso es el sábado: un día para poner el corazón del hombre en el cielo, su cuerpo y su espíritu.

El sábado nos libera del peso de la maldición que cayó sobre el trabajo y nos concede un anticipo de la vida, donde Dios será nuestro único sustento eternamente. ¡Qué don tan grande! ¡Qué revelación de su amor!

Que así sea.

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Jueves 15º del TO

Jueves 15º del TO

Mt 11, 28-30

El yugo que salva

Queridos hermanos, hoy la Palabra nos habla del yugo, esa imagen que evoca el trabajo, la entrega y el esfuerzo compartido. El yugo es algo que todos, tarde o temprano, llevamos en esta vida, queramos o no. Y cuando miramos con los ojos de la fe, descubrimos que ese yugo se ha vuelto pesado, no por la voluntad de Dios, sino por el pecado, que se ha posado sobre nuestros hombros como una carga que esclaviza y agota. Así lo señala la Carta a los Hebreos: la experiencia de muerte que vivimos como consecuencia del pecado nos hace sentir que somos siervos del mal y no hijos de Dios.

Pero el Evangelio de hoy nos ofrece una invitación divina: cambiar el yugo del pecado por el yugo de Cristo. Él no nos impone cargas insoportables; al contrario, nos dice: «Mi yugo es suave y mi carga ligera». Su propuesta no es dominar, sino compartir; no es oprimir, sino redimir. Frente a la soberbia que nos hace querer ser dioses, el Señor nos muestra el camino de la humildad: Él, siendo eterno y todopoderoso, se hizo pequeño, asumió nuestra carne y se humilló hasta la muerte, y muerte de cruz.

Si el poder del Señor alcanza para crear y gobernar el universo, ¿cuánto más podrá cuidar de nosotros, que somos su creación más amada? Su amor no tiene límites. La misma fuerza con la que puso en marcha las galaxias es la que ha empleado para redimirnos.

Cristo fue enviado por el Padre para liberarnos, para romper las cadenas de la culpa mediante el perdón. Y lo hizo uniéndose a nuestra naturaleza, «uncido» a nuestra debilidad, para arar a nuestro lado. Como dice un antiguo proverbio: «Si quieres arar recto, ata tu arado a una estrella». Y esa estrella es Cristo, nuestro guía, nuestro yugo de redención.

Rábano Mauro lo expresó con sabiduría: «El yugo del Señor Jesucristo es el Evangelio, que une en una sola unidad a judíos y gentiles». Llevar ese yugo debe ser nuestro honor y no nuestra vergüenza. No lo despreciemos ni lo pisoteemos con los pies enlodados por los vicios. Más bien, aprendamos de Él, como dice la Escritura: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (cf. Catena áurea, 4128).

Cristo, por el fuego del amor que ardía en su corazón, se abajó para purgarnos. Como enseñó San Juan de Ávila: «Si el que es alto se abaja, con cuánta más razón el que tiene tanto por qué abajarse no debe ensalzarse. Si Dios es humilde, también el hombre debe serlo» (Audi filia, caps. 108 y 109).

¿Quieres ser grande? Comienza por ser pequeño. ¿Quieres construir algo elevado? Cava primero la base profunda de la humildad. San Agustín lo decía así: «Cuanto más alto quieras levantar el edificio, más hondo debes excavar sus cimientos… para alcanzar la presencia misma de Dios» (Sermones, 69, 2).

Hoy el Señor nos entrega un regalo: su yugo. No es una carga que aplasta, sino una alianza que sostiene. Es el vínculo de amor por el cual aramos juntos el campo de nuestra salvación. ¿Lo aceptarás? ¿Te unirás a Él en la humildad y la mansedumbre que redimen el mundo?

 Que así sea.

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Miércoles 15º del TO

Miércoles 15º del TO

Mt 11, 25-27

Queridos hermanos, esta palabra nos hace presente en primer lugar al Padre, Señor del cielo y de la tierra, que a través de su Espíritu de sabiduría, inteligencia y ciencia, da a conocer, revela “estas cosas”, a los discípulos, sus “pequeños hermanos”; les revela el Reino de Dios que es Cristo, y sus misterios: El Mesías, el Hijo de Dios vivo, la Encarnación del Verbo y la Santificación del hombre; nuestro Señor y nuestro Dios, y oculta todo esto a aquellos sabios e inteligentes a sus propios ojos, que se resisten a creer.

 ¡Maravillosa pedagogía del Señor! Él revela los misterios del Reino —la justicia, la paz y el gozo en el Espíritu Santo— a los discípulos que se hacen “pequeños” por la fe. Aquellos que, en docilidad, someten su mente y voluntad al Dios que se manifiesta en su Palabra. Él, siendo Dios, se humilló tomando la condición de esclavo. Se puso a nuestro servicio, porque es manso y humilde de corazón, y comunica su Espíritu a cuantos creen en Él.

El príncipe de este mundo ha sido juzgado, el pecado ha sido perdonado, y el pecador ha sido justificado. ¡Este Espíritu es el Don de Dios! De él nace el conocimiento del Hijo, y por el Hijo, llegamos al conocimiento del Padre. A través de Él, entramos en comunión con los misterios del Reino. Pero aquellos que se apoyan en su razón ebria de sí, en su soberbia, son vistos desde lejos por el Señor. Porque, como dice la Escritura, tienen ojos y no ven, oídos y no oyen; su corazón se ha endurecido, y han rechazado la gracia de la conversión.

Cristo contempló los signos de la irrupción del Reino y exultó de gozo ante el Padre, en el Espíritu: “El Reino de Dios ha llegado.” Y ¿quién lo recibe? Los pequeños. Aquellos que, por la fe que brota al resonar la predicación en sus corazones, se hacen tierra fértil. Ellos acogen la gracia, se dejan conducir por el Espíritu, y el Padre se revela en quienes se asemejan a su Hijo. Pequeño es el que se abandona en las manos del Señor, como Cristo en las manos del Padre.

Frente a la soberbia diabólica, Cristo eligió manifestarse en los pequeños. Él mismo se hizo el último, el servidor de todos. Así, cuando un discípulo se hace pequeño por el Reino, permite que quien lo acoge en nombre de Cristo, acoja al mismo Dios que lo envió. El que se presenta con poder y prepotencia no hace presente a Cristo, sino a aquel que se opuso a Él. Por eso, quienes han de ser enviados como discípulos de Cristo, deben hacerse pequeños como niños, para el bien de aquellos que los reciben.

Y no olvidemos esta promesa poderosa: «Y todo aquel que dé de beber tan solo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa.»

  Que así sea.

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Martes 15º del TO

Martes 15º del TO

Mt 11, 20-24

El Juicio de Misericordia y la Urgencia de la Conversión

Queridos hermanos:

Con la llegada de Cristo irrumpe en la historia el Evangelio de la misericordia divina, que se derrama sobre una humanidad sometida al pecado y a la muerte. La Buena Noticia abre al mundo la posibilidad de una vida eterna, que sólo puede alcanzarse por la gracia de Cristo. Ignorarla o rechazarla es optar por permanecer en la maldición de la ruptura con Dios, aferrándose a un mundo que seduce con falsedad y se disuelve en la vanidad.

Cada generación ha pasado, como pasará también la nuestra. Pero el Evangelio sigue llamando, sin cesar, a acoger a Cristo para alcanzar la vida eterna, mientras este mundo continúa rechazando a Dios. En el envío de los setenta y dos discípulos contemplamos un primer juicio de misericordia ofrecido por medio del anuncio: el Reino de Dios se proclama con poder, pero muchos cierran los ojos ante las señales que lo testifican y rechazan a quienes lo anuncian, comenzando por rechazar al mismo Cristo.

Aquí nos enfrentamos al profundo misterio de la libertad humana: esa libertad que puede endurecer el corazón del hombre. “Se obstina en el mal camino, no rechaza la maldad.” Rechazar la luz de la misericordia es hundirse voluntariamente en las tinieblas de la muerte. Dios obra milagros en nuestras vidas, y esas obras nos interpelan: nos llaman a la conversión, porque se nos pedirá cuentas de los dones recibidos. “A quien mucho se le confió, más se le reclamará.”

Las gracias que hemos recibido no son gratuitas en su origen: nos han sido dadas por virtud de la sangre derramada de Cristo. Por ello, no pueden rechazarse impunemente. Rechazar a un enviado suyo es rechazar al mismo Cristo, y con Él, a Dios Padre. No es lo mismo pecar por debilidad que despreciar deliberadamente la gracia que se nos ofrece.

Sayal y ceniza —símbolos de penitencia, signos de arrepentimiento ante el pecado y su consecuencia mortal— habrían impetrado la misericordia para ciudades como Tiro y Sidón. Sin embargo, esa misericordia fue rechazada por Corazín (mi misterio), Betsaida (casa de los frutos) y Cafarnaúm (villa muy hermosa), ciudades agraciadas con la presencia del Señor. También sobre Jerusalén se lamentará el Señor por no haber reconocido el día de su “visita”. Todo cuanto existe cobra sentido cuando se acoge el juicio de misericordia proclamado en el Evangelio. Rechazarlo hunde la creación entera en la frustración. Y como signo visible de ello, Jerusalén fue arrasada, Corazín desapareció y Cafarnaúm quedó sumergida en las aguas del lago.

La creación, sometida, gime aún en espera de la conversión de los hijos de Dios. Porque todos hemos pecado: unos por carnalidad, otros por soberbia. ¿Quién puede gloriarse de no haber necesitado redención? San Pablo nos recuerda: “Dios encerró a todos en el pecado para tener misericordia de todos” (Rm 11, 32).

El anuncio del Reino lleva consigo una urgente llamada a la conversión, que abre para nosotros las puertas de la misericordia. “Prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.” Somos como aquellas ciudades que gozaron de la compañía del Señor, de su palabra y de sus señales. La incredulidad de esas ciudades representa un desprecio proporcional a las gracias que recibieron.

Y nosotros, que nos unimos al Señor en cada Eucaristía, ¿cómo no responder con generosidad? ¿Cómo no asumir con humildad nuestra responsabilidad? El Reino está cerca: abramos el corazón a la misericordia y no endurezcamos nuestra voluntad.

 Que así sea.

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Lunes 15º del TO

Lunes 15º del TO

Mt 10, 34-11, 1

“El seguimiento de Cristo: una llamada radical al amor verdadero”

Queridos hermanos, hoy la Palabra nos interpela con fuerza y claridad: seguir a Cristo debe ser la prioridad absoluta de nuestra existencia. Nuestra relación con Él está por encima de toda otra relación; incluso los vínculos más sagrados de la tierra deben ceder ante la comunión con el Hijo de Dios. Lo humano se transforma por lo divino, y la idolatría se desmorona ante la luz de la verdad revelada. En el Reino de Dios, todo adquiere una nueva medida: la caridad hacia Dios y hacia los hermanos florece como fruto de ese encuentro con lo sobrenatural.

Pero no nos engañemos: cuando el Reino avanza, el adversario se revuelve. El diablo, aferrado a su trono de engaños, lucha con furia al verse desplazado por la irrupción de Cristo. Aquel que sigue al Señor debe estar dispuesto a encarnar en su vida personal esa “señal de contradicción” que fue el Maestro, y al mismo tiempo ser bendición para todos los pueblos, como lo es Él.

Nuestro centro vital debe desplazarse: ya no vivimos para nosotros mismos, sino para Aquel que nos llamó. Hay dos reinos en lucha: el del tirano que esclaviza con mentiras, al que hemos dado poder con nuestra libertad, y el Reino de Dios, que rompe las cadenas, libera por la fe y envía a sus discípulos con autoridad. Por eso Cristo proclama: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo”. ¡Qué palabra! ¡Qué promesa! Cuando el Reino es anunciado, el reino de las tinieblas tiembla y se agita.

Seguir a Cristo es acoger el Reino, entrar en Él y vivir según su lógica celestial. No podemos hacerlo con nuestras solas fuerzas. Esta vida nueva se recibe gratuitamente, desde lo alto, por la fe. Y no es lucha contra carne ni sangre, como dice san Pablo, sino contra poderes invisibles. El amor al que somos llamados es un amor celeste, y nuestros afectos terrenales —tan cargados de interés, apego y deseo— se convierten en obstáculos que hay que soltar para poder volar hacia la inmolación de uno mismo por amor a Cristo.

El Señor nos dice hoy: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que me siga hacia la muerte, allí donde he entrado para vencerla con vosotros y por vosotros”. Cristo se ha despojado de sus prerrogativas divinas, entregando todo al Padre. Y ese vacío es nuestra salvación. Él promete: “Donde yo esté, estará también mi servidor; el que me sirva, que me siga”.

¡Qué intimidad nos ofrece! Cristo se ha unido a nosotros en el yugo de nuestra carne para que juntos aremos una tierra que solos no podríamos labrar. Y como Él no retuvo su condición divina, nosotros deberemos negarnos nuestra condición humana: padre, madre, hermanos, esposa, hijos, bienes… incluso la propia vida.

Solo si acogemos su Espíritu, como Él acogió nuestra carne, podremos unirnos a Él bajo un mismo yugo (Dt 22,10). Nuestra libertad deberá desatarse de todo lo que nos ata, para que podamos, en comunión con el Señor, arar en su campo, sembrar su Reino y dar fruto para la vida eterna.

Que así sea.

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Domingo 15º del TO A

Domingo 15º del TO A

Is 55, 10-11; Rm 8, 18-23; Mt 13, 1-23

Queridos hermanos:

Conocemos la Palabra, el Verbo de Dios, su Hijo único, porque Dios, en su designio de amor, se ha dignado revelárnoslo y enviárnoslo para salvarnos del pecado y de la muerte, rescatándonos de la esclavitud al diablo y liberando a la creación entera de la corrupción a la que fue sometida como consecuencia del pecado del hombre.

Frente a la acusación diabólica, se nos revela en Cristo la voluntad amorosa y salvífica de Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, y toma la iniciativa tremenda de cargar sobre sí las consecuencias del pecado hasta el extremo.

Para eso, su Palabra, como la semilla, debe caer en tierra y morir, para dar un fruto que el hombre puede recibir según la capacidad y preparación de la “tierra”, que en el corazón humano pasa por su libertad. Porque el fruto para el que ha sido destinada es el amor, que une al hombre con su Creador en un destino eterno de vida, de modo que la Palabra no vuelva vacía al que la envió, sino con la acogida o el rechazo de cada uno de nosotros.

Como la tierra, el corazón del hombre necesita preparación que reblandezca la dureza de la incredulidad, le dé perseverancia en el sufrimiento y desarraigo de los ídolos y de las vanidades del mundo. En definitiva: humildad y obediencia. Por eso dice el Evangelio: dichosos los pobres, los que tienen hambre y los que se hacen violencia a sí mismos por el Reino. San Pablo nos exhorta en la segunda lectura, haciéndonos valorar los bienes definitivos a pesar de los combates necesarios para alcanzarlos.

Con la llegada del Reino de Dios, queda abolida la maldición a la que fue sometido el pueblo según la profecía de Isaías, por la cual fueron cegados sus ojos, tapados sus oídos y endurecido su corazón por su negativa a convertirse. Ahora se abre un tiempo favorable de conversión, inaugurado por Juan Bautista para Israel y que, con Cristo, alcanza hasta los confines de la tierra.

Acoger al precursor y al enviado es acoger la gracia de la misericordia divina, mediante el obsequio de la mente y la voluntad a Dios que se revela, y que se realiza en la fe. Acoger la gracia de la conversión abre los ojos, destapa los oídos y ablanda el corazón, de forma que pueda recibir la semilla, “comprender” la Palabra de Cristo y la de quienes le seguirán en la predicación del Reino.

El sembrador “sale”, haciéndose accesible a nuestra percepción, como dice san Juan Crisóstomo; y sale para darnos la “comprensión” de los misterios del Reino, entrando en intimidad con Él, subiendo a su barca a resguardo de las olas de la muerte, como enseña san Hilario.

«Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna, y yo le resucite en el último día» (Jn 6, 40).

Proclamemos juntos nuestra fe.

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San Benito, Abad

San Benito, Abad

Pr 2, 1-9; Mt 19, 27-29

Queridos hermanos, el Reino de los Cielos no es solo la salvación por la fe; es también una llamada ardiente a la misión salvadora mediante el seguimiento de Cristo. El Señor llama —como llamó a Benito, y como miró con amor al “joven rico” (Mt 19, 21)— diciendo: «Cuanto tienes, dáselo a los pobres; luego ven y sígueme». Porque la vida eterna consiste en esto: «Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado» (Jn 17, 3).

¿Qué significa entrar en el Reino de Dios? Implica una fe viva y un seguimiento radical. Es dejar casa, hermanos y hermanas, madre, padre, hijos y bienes… Es renunciar incluso a la propia vida. Pero en este mundo se recibe el ciento por uno, y en el mundo venidero: la vida eterna.

Seguir a Cristo es morir a uno mismo

Es lo opuesto a buscar afanosamente nuestra vida en este mundo, ignorando a Cristo. Porque, como Él mismo nos dice: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí y por el Evangelio, la salvará para la vida eterna».

La vida eterna es herencia de los hijos de Dios

Por eso, cuando hayas vendido tus bienes, escucha al Maestro: «Ven y sígueme». Cree, hazte discípulo del Maestro bueno; y al seguirle, aprenderás a amar a tus enemigos, serás hijo del Padre celestial y tendrás derecho a esa herencia eterna.

El joven rico se marchó triste…

Y no por falta de fe, sino porque su amor a los bienes superaba su amor a Dios. No pudo ver al Señor en aquel Jesús. No reconoció el tesoro escondido en el campo de la carne de Cristo. No discernió el valor de la perla preciosa que tenía ante sus ojos. ¡Si lo hubiera hecho, habría vendido todo y le habría seguido, como lo hizo Benito!

Le faltaba una sola cosa…

No un accesorio, sino el fundamento de toda religión: amar a Dios más que a sus bienes, y amar al prójimo como a sí mismo.

 Que así sea.

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Viernes 14º del TO

Viernes 14º del TO

Mt 10, 16-23

Queridos hermanos:

Hay persecuciones porque hay depredadores, gente seducida por el lobo, que suele vestirse con piel de oveja. No se trata de provocar la persecución, sino de actuar con prudencia ante quienes engañan, y con la astucia que los malos saben emplear para sus maldades. Con todo, la persecución no faltará. Dios, que la permite, hará que produzca fruto mediante el testimonio del Espíritu, y que sea un medio de conversión para nosotros y para el mundo que no lo conoce o se ha apartado de Él.

Como dice san Agustín: «El que nos parecía el peor se convierte y es el mejor; y el que nos parecía el mejor se pervierte y es el peor. Corruptio optimi, pessima; conversio pessimi, optima». Nuestro trabajo es ofrecer libremente y de buen grado nuestro cuerpo; el fruto, en cambio, es Dios quien lo da, muy por encima de nuestras capacidades y expectativas. Dios inspira a quien habla en su nombre y convierte a quien escucha con un corazón recto.

El protomártir Esteban manifiesta no sólo la persecución real que sufrieron los discípulos en aquel ambiente de rechazo a Cristo, sino también la condición esencial del cristiano frente al mundo, siempre en constante oposición a la misión del discípulo: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel: señal de contradicción». Esa es la esencia de la condición cristiana, y deberá serlo en cada generación, según la visión profética del Señor: «Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán. Yo, al elegiros, os he sacado del mundo. Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado primero, porque no han conocido ni al Padre ni a mí».

«Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Mi Espíritu hablará por vosotros, dándoos una sabiduría a la que ningún adversario podrá contradecir. También hablaré ante el Padre en vuestra defensa, mostrándole mis llagas gloriosas, que os purifican de todo pecado y de todo mal. Os fortaleceré para que podáis perseverar hasta el fin, en el testimonio que se os asignará para la salvación del mundo, y que os salva a vosotros desde ahora: «Veréis el cielo abierto y al Hijo del hombre en pie a la derecha del Padre».

Caridad y anuncio son inseparables y se corresponden mutuamente: Cristo es el cumplimiento de las profecías, hacia quien tienden todas las Escrituras y la misma historia de la salvación humana. Esteban recibe el Espíritu del Señor y, junto con su sangre, ofrece a Dios el perdón de sus enemigos, como digno discípulo del Señor crucificado en su favor.

Así se propagará su testimonio precioso por el mundo griego y llegará hasta nosotros, que lo recordamos unido a la emoción navideña del Niño recostado en un pesebre: pajas y maderos que envuelven glorias y amores eternos. Como dijo Tertuliano: «Nosotros nos multiplicamos cada vez que somos segados por vosotros: la sangre de los cristianos es una semilla» (Apologético, 50,13). En medio de la persecución hacemos presente al Señor, que nos acompaña siempre con su cruz, levantada y gloriosa desde la cuna hasta el sepulcro.

 Que así sea.

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Jueves 14º del TO

Jueves 14º del TO

Mt 10, 7-15

Queridos hermanos:

El Reino de Dios no es una idea abstracta ni un bello deseo; es el acontecimiento central de la historia. Es la irrupción de lo divino en lo humano, que se ha hecho presente en Cristo y se anuncia con poder. Acogerlo o rechazarlo no es una decisión menor: es aceptar o rechazar la salvación misma de la humanidad. Los signos que lo acompañan son potentes, capaces de vencer el mal, incluso la muerte. Recibir el Reino es acoger a quienes lo proclaman con la elocuencia de una vida entregada, porque en ellos recibimos a Cristo, y en Cristo, a Dios mismo, que los ha enviado.

Dios, en su amor infinito, ha trazado planes de salvación para la humanidad. Así lo vemos en la historia de José, enviado por delante de sus hermanos a Egipto. Pero el proyecto divino respeta siempre la libertad humana, y por ello se ve afectado por el pecado: la envidia de los hermanos, la lujuria de la esposa de Potifar y, en el caso de Cristo, nuestra incredulidad y nuestros propios pecados, que le condujeron a la pasión y muerte.

También los discípulos, al ser enviados, encarnan esta misión con el poder de Cristo. Pero ese poder no anula la libertad de quienes los reciben, ni las consecuencias de su acogida o su rechazo. El anuncio del Reino exige que todo lo demás tome el lugar que le corresponde: lo pasajero debe ceder ante lo eterno; lo material, ante lo espiritual; lo egoísta, ante el amor.

Esta palabra nos presenta la misión. Cristo es el amor del Padre convertido en llamada, en envío, en camino. Y esa misión se prolonga en el tiempo por medio de sus discípulos, llamados a seguirle. Toda vocación lleva implícito un testimonio que nace del amor recibido y se nutre del agradecimiento. Hay diversidad de dones, como hay diversidad de miembros en el cuerpo. El Espíritu los suscita y los sostiene por iniciativa divina, para la edificación del Reino. Esa vocación debe ocupar el centro de la vida del que es llamado.

Es la misión la que hace al misionero. Amós, sin ser profeta, fue llamado y enviado. Nosotros, hermanos, hemos sido llamados por Cristo para colaborar en su obra: saciar su sed, que es la salvación de los hombres. Este testimonio de salvación debe ser proclamado por testigos elegidos desde antes de la creación del mundo, llamados a ser santos por medio del amor.

Dios quiere hacerse presente en el mundo mediante sus enviados. Que el hombre no ponga su seguridad en sí mismo, sino en el Señor. Él sigue enviando profetas y concede dones y carismas para purificar a su pueblo y hacerle retornar a la comunión con Él, sin quedar atrapado en las cosas, las instituciones o las personas.

Cristo fue enviado a Israel como “señal de contradicción”. Aun cuando no sea acogido, Dios habla a su pueblo mediante su enviado. En su infinita misericordia, Dios nos fuerza a repensar nuestra postura ante Él, ofreciéndonos siempre la posibilidad de convertirnos y vivir.

En estos últimos tiempos, cuando la muerte será vencida para siempre, Cristo envía a los anunciadores del Reino para proclamar el “Año de gracia del Señor”.

Seguir a Cristo no es fruto del mérito, sino de la llamada divina. El hombre debe responder libremente y poner esa llamada por encima de todo lo que pretenda ocupar el centro de su existencia. La vocación mira hacia la misión, y esta hacia el fruto: Dios proporciona la fuerza para responder y la gracia para cumplir su cometido, incluso cuando los desafíos superan nuestras fuerzas. Solo en la respuesta fiel a esta llamada se halla la plenitud del sentido de nuestra vida. Es el primer eco de la libre iniciativa de Dios, que llama sin coacción y envía con amor.

Que así sea.

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Miércoles 14º del TO

Miércoles 14º del TO

Mt 10, 1-7

Elección y misión de los apóstoles.

 

Queridos hermanos, el Señor, en su infinita sabiduría, eligió a los apóstoles de entre sus discípulos. Lo hizo después de pasar la noche en oración, porque toda elección divina está precedida por el diálogo íntimo con el Padre. ¿Y para qué los eligió? Para que estuviesen con Él y para enviarlos a predicar. No sólo fueron compañeros: fueron testigos, enviados, columnas sobre las que se edifica la Iglesia.

Ellos fueron los primeros en proclamar el Evangelio en Judea y, más tarde, hasta los confines del mundo. Mientras a los espíritus malignos les ordena guardar silencio, a los apóstoles les da la palabra viva para anunciar la Buena Nueva. Dice el Evangelio que acudieron a Él muchos de la región de Tiro y Sidón: primicias de los gentiles que los apóstoles habrían de congregar para el Reino.

La tradición los reconoce como mártires: testigos que no sólo anunciaron con sus labios, sino también con su sangre. El Apocalipsis los contempla como fundamentos de las puertas celestiales de la ciudad santa, la nueva Jerusalén, desposada e iluminada por el Cordero inmolado, donde los hijos de Dios son consolados con consolación eterna.

También nosotros, hermanos, hemos sido asociados por Cristo al ministerio de los apóstoles. Hoy somos llamados a estar con Él allí donde se hace presente: en el pobre, en el enfermo, en la liturgia, en la oración que eleva nuestro corazón al cielo y en el pecador que se acerca buscando la gracia de la conversión.

El número doce no es casualidad: evoca al Israel elegido, depositario de las promesas, símbolo de la continuidad de la bendición dada a Abrahán, por medio de la cual serían bendecidas todas las naciones. Cristo, el retoño de David, perpetúa la realeza santa y la elección de su pueblo, extendiéndola a los gentiles por medio de aquellos a quienes Él llama “apóstoles”: nuevo nombre para una nueva vida, donada por el Espíritu Santo, que los envía a iluminar el mundo y a salar la tierra para la regeneración de toda la creación.

Ellos, heraldos del Evangelio y maestros de las naciones, sumergen al mundo en las aguas de la vida eterna que brotan del costado abierto de Cristo. Con su predicación sacian la sed ancestral de la humanidad redimida.

¡Oh, gloriosos apóstoles de Cristo, que disteis testimonio derramando vuestra sangre como lo hizo el Maestro! Con esa misma sangre habéis nutrido a todos los pueblos para la vida eterna.

Pedro, Andrés, Santiago y Juan; Felipe, Mateo, Bartolomé y Tadeo; Santiago el de Alfeo, Tomás, Simón el Cananeo y Matías, elegido para ocupar el lugar del que desertó.

Hoy, como Iglesia, nos unimos a ellos en la bendición, en la exaltación, en la glorificación y en la acción de gracias al Padre, quien nos dio a su Hijo como propiciación por nuestros pecados y lo resucitó para nuestra justificación.

A Él, el honor, la gloria, el poder y la alabanza por los siglos de los siglos.

 Amén.

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