Martes 30º del TO

Martes 30º del TO

Lc 13, 18-21

Queridos hermanos:

El Reino de Dios es Cristo, el Verbo de Dios, que ha asumido nuestra humanidad de forma indisoluble. Por eso, en estas parábolas están entretejidas la gracia de Dios y la acción humana, como están unidos el Verbo y el hombre en Cristo. Nace pequeño y despreciado en un establo, crece ignorado y muere rechazado. Es sembrado en tierra, pero resucita al tercer día, pleno de fruto, y acoge a la humanidad entera en el amor de su gracia. La semilla divina ha sido introducida en nuestra carne terrena. «El Reino de Dios ha llegado».

El Reino de Dios en nosotros tiene la firmeza y el vigor de la más pequeña de las semillas, que lenta pero firmemente se abre camino y se fortalece hasta alcanzar un desarrollo sorprendente, en comparación con la actuación humana que, no obstante, es necesaria, porque Dios ha querido supeditar su obra a nuestro asentimiento. El hombre debe actuar y ofrecer el menor impedimento posible a la potencia de la gracia.

Ciertamente, «Las puertas del infierno no prevalecerán» ante la acometida del Reino de Dios (Mt 16,18); pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra para acoger la semilla divina? ¿Las últimas generaciones se mantendrán en la fe y se incorporarán a «la muchedumbre inmensa» en el Reino eterno, que hará sucumbir las defensas del infierno?

Efectivamente, no son comparables la virtud de la gracia y la acción humana, pero deben complementarse: el hombre siembra la semilla en la tierra y la mujer pone la levadura en la harina. San Pablo dice: «Por la gracia de Dios soy lo que soy; pero la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1 Co 15,10).

La pequeña semilla del Reino sabemos que se desarrolla hasta acoger a «una muchedumbre inmensa que nadie podía contar, de toda raza, lengua, pueblo y nación» (Ap 7,9), mientras el Dragón y sus ángeles son encadenados definitivamente. Pero en este desarrollo del Reino, Dios ha querido nuestra colaboración activa. «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti», decía san Agustín.

El camino del hombre, paralelamente al del Reino, está encarrilado entre la potencia divina de su Palabra y la libertad humana que actúa por la voluntad. La potencia de la semilla necesita la humildad de la tierra que la acoja. El hombre debe afanarse, pero es Dios quien da el incremento. Es más: «el querer y el obrar» vienen de Dios.

Los inicios humildes del Reino no son parangonables con su maravilloso desarrollo. En esta desproporción podemos contemplar la potencia divina. Al hombre corresponde aceptar, guardar, poner en práctica, lanzar la red, creer en la Palabra de Dios; y a Dios, abrir de par en par las compuertas de su gracia.

Cuando hay escasez de fruto, no se debe, por tanto, a Dios, sino a la imperfección de nuestra respuesta. Si decimos verdaderamente “amén” a Cristo que se nos da, Él centuplicará nuestro fruto. Que nuestra acogida de su gracia en la Eucaristía sea, pues, cada vez más plena.

Que así sea.

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Lunes 30º del TO

Lunes 30º del TO

Lc 13, 10-17

Queridos hermanos:

El centro de esta palabra no es la mujer enferma de la que el Señor se apiada, ni siquiera la falta de discernimiento que muestra el legalismo de los judíos respecto al sábado. El núcleo está en la cerrazón del jefe de la sinagoga y de los judíos, quienes, despreciando a Dios, se resisten a acoger su iniciativa de misericordia para volverse a Él.

La voluntad amorosa de Dios es la salvación de su pueblo, una salvación que se extiende a todos los hombres y que se hace carne: primero en la elección de Israel, luego en la ley, y finalmente en Cristo, quien viene a perdonar el pecado y a comunicar a los hombres su naturaleza de amor por medio del Espíritu Santo.

La predicación de Cristo, sus milagros y, en definitiva, la entrega de su vida, hacen posible el cumplimiento del plan de salvación de Dios, pero sólo en quien lo acoge. En cambio, los judíos han convertido su relación con Dios en un legalismo de autojustificación y cumplimiento de normas externas que no conducen a Dios. El amor a Dios y al prójimo ha sido sustituido por ritos anquilosados en su materialidad, sin relación alguna con la verdad del corazón. Cristo insistirá constantemente en aquello de: “Misericordia quiero; yo quiero amor, conocimiento de Dios”. Volvemos, pues, al tema del amor como corazón de la ley, y a la superficialidad inmisericorde de quien está alejado de Dios.

También nosotros necesitamos poner nuestro corazón en Dios, de modo que sea el amor quien dirija nuestra vida, nuestro culto y nuestra relación con Dios y con los hermanos. Si el origen, el medio y la finalidad de nuestra relación con Dios no es el amor, entonces nuestra religión es falsa y vacía.

Como premisa, podemos tomar conciencia de lo despiadado de la tiranía del demonio: dieciocho años de opresión imperturbable sobre una persona, que sin la redención de Cristo podría haber sido interminable. Es significativa la interpretación de Cristo respecto a una enfermedad como acción de Satanás. Con él entró el pecado y la muerte, de la cual el mal y la enfermedad no son más que manifestaciones progresivas sobre la naturaleza humana. Si la maldad de una criatura puede ser tan grande, ¡cuánto más será la misericordia de Dios, su Creador, al ver la vejación de su criatura bajo la tiranía del mal! “Las aguas torrenciales (de la muerte) no pueden apagar el amor”.

A la luz de la cruz de Cristo, el dolor y la enfermedad tienen un valor curativo y de salvación incuestionable, aunque paradójico. El sufrimiento, como misterio, relativiza toda soberbia ilusión de realización puramente mundana, y mediante la humildad, abre el camino del corazón humano a la trascendencia. Con todo, nos enfrentamos una vez más al interrogante: ¿por qué Dios permite el sufrimiento? ¿Acaso el sufrimiento puede ser un medio pasajero —muchas veces insustituible— para alcanzar un bien definitivo? ¿No es posible que la mujer del Evangelio, de haber gozado siempre de buena salud, se hubiese perdido para siempre, mientras que el encuentro con Cristo, después de su enfermedad, la haya salvado definitivamente? Sin duda. Pero subsiste, además, el sufrimiento como consecuencia de la libertad humana y del pecado.

En el Evangelio podemos descubrir cómo sólo el Espíritu Santo permite ver la realidad con su óptica de misericordia: “Misericordia quiero”. Pero si falta, no puede captarse más que la materialidad de la apariencia. Mientras la letra de la Ley mata, su corazón es el amor, y la caridad edifica. Jesús tendrá siempre gran dificultad en introducir a sacerdotes, escribas y fariseos en la óptica de la misericordia, porque su corazón, cerrado a Dios, se cierra también a la caridad. Quien no se conmueve ante el sufrimiento y la perdición ajena, tampoco lo hará ante la misericordia. Sólo un amor que madura es capaz de discernir entre la letra y el Espíritu. Parafraseando a Pascal, podemos decir: “El amor tiene razones que la razón no comprende”. El tercer mandamiento, acerca de la santificación del sábado, no queda fuera del precepto del amor a Dios y al prójimo. La Escritura lo expresa claramente: “Quien ama, cumple la Ley”.

La respuesta de Jesús viene a ser: ¡En sábado se puede amar!

Precisamente para eso ha sido instituido el sábado. Dios descansa del trabajo de crear, pero no suspende nunca la actividad de su amor. “Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo”, dirá Jesús. El Padre descansó de crear, pero no deja de amar, gobernar y renovar cada día la creación. El trabajo del amor nunca se detiene. En una oración sinagogal que precede a la proclamación del Shemá, los judíos dicen: “Haces la paz y todo lo creas. Tú que iluminas la tierra y a todos sus habitantes; que renuevas cada día la obra de la creación”. También en nosotros la “creación” puede ser renovada cada mañana, si como el salmo proclamamos: “Por la mañana anunciamos, Señor, tu misericordia”, testificándola con nuestra vida.

Pidamos al Señor que la Eucaristía nos abra a la actividad constante de la misericordia, que corresponde a la nueva naturaleza a la que se refiere su promesa. Una cosa es trabajar para sostener el cuerpo, y otra muy distinta, inmolarlo por amor y para amar.

 Que así sea.         

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Domingo 30º del TO A

Domingo 30º del TO A

Ex 22, 20-26; 1Ts 1, 5-10; Mt 22, 34-40

Queridos hermanos:

Dios es amor, y amor es también el camino que ha revelado. El hombre está llamado a conocerlo, amarlo, servirlo y gozarlo; y sólo el amor nos encamina, nos acerca y nos introduce en Él. Ser cristiano no es solamente no pecar, sino amar, y no hay amor más grande que dar la vida, ni mayor realización de nuestro ser en este mundo.

Toda la creación se realiza dándose; ha sido hecha por Dios para inmolarse. También nosotros. Si no lo hacemos, como consecuencia del pecado, quedamos frustrados y sin sentido en nuestra existencia porque, por naturaleza, tendemos a asimilarnos a Cristo, a ser un solo espíritu con Él en la glorificación de nuestra carne.

Toda la Ley y los profetas penden del amor, que desde el Deuteronomio ha mostrado al pueblo el camino de la vida hacia Dios, y que desde el Levítico señala el camino de la perfección humana en el amor al prójimo como a sí mismo (Lv 19, 18). El Señor une al precepto del amor a Dios el del amor al prójimo, porque —como dice san Juan—: “Quien no ama a su prójimo, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve”. El amor a Dios y el amor al prójimo se corresponden y se implican mutuamente; no pueden darse por separado ni con exclusividad.

El Levítico, partiendo de esta realidad, nos muestra al prójimo como el camino para salir de nosotros mismos e ir en busca del amor. Y así Cristo, como hemos escuchado en el Evangelio, une este precepto al del amor a Dios: “El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. He aquí el camino de la vida feliz indicado por la Ley y los profetas, que puede llevar al hombre hasta las puertas del Reino.

Cristo ha superado, en el amor con el que Él nos ha amado, la Ley y los profetas (Jn 13, 34), y amplía infinitamente nuestra capacidad de amar, derramando en nuestros corazones el amor de Dios por obra del Espíritu Santo. Él nos amó primero. A eso ha venido Cristo: a librarnos del yugo de las pasiones y a darnos el Espíritu Santo, para que podamos amar con todo el corazón (mente y voluntad), con toda la vida y con todas las fuerzas. En efecto, sólo en Cristo se abrirán las puertas del Reino a un amor nuevo dado al hombre, no en virtud de la creación, sino de la Redención; de la “nueva creación”, por la que el amor es regenerado en el corazón del hombre.

Cristo nos ha amado con un amor que perdona el pecado y salva, y este amor —que antes de Cristo sólo podía ser para el hombre objeto de deseo— ahora se hace realidad por la fe en Él. Si el amor cristiano es el de Cristo, recordemos sus palabras: “Como el Padre me amó, así os he amado yo”. Así, el amor cristiano no es otro ni diferente del amor del Padre, con el que amó a Cristo y con el que Cristo nos ha amado a nosotros. Amar al hermano, en Cristo, es por tanto signo y testimonio del amor de Dios en este mundo; testimonio al que somos llamados por la fe en Cristo.

Se leía en el oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”, y con toda razón, porque sólo quien se conoce puede darse en plenitud. No obstante, para conocerse hay primero que encontrarse. Es necesario que el hombre responda a la pregunta que Dios le formula en el Paraíso: “¿Dónde estás?”. El hombre, escondido de sí mismo por el miedo —consecuencia del pecado—, debe encontrarse, porque de Dios es imposible esconderse. Como dice san Agustín en sus Confesiones: “Tú estabas delante de mí, pero yo me había retirado de mí mismo y no me podía encontrar” (Conf. V, II). Con su pregunta, Dios invita al hombre a encontrarse; a reconocerse lejos del amor y a convertirse, pues —como dice san Juan—: “El amor pleno expulsa el temor; no hay temor en el amor” (1 Jn 4, 18). Además, para darse hay que poseerse, ser dueño de sí y no esclavo de las pasiones o de los demonios.

A Dios se le debe amar con lo que se es, con lo que se tiene y siempre. El mandamiento del amor a Dios especifica con qué se debe amar, mientras que el del amor al prójimo indica cómo se debe amar. El amor a Dios debe ser holístico, implicar la totalidad del ser y del tener, sin admitir división ni parcialidad, porque el Señor es Uno, y con nadie se puede compartir idolátricamente el amor que se debe al único Dios. En cambio, el amor al prójimo —siendo un sujeto plural— especifica la forma del amor, unificándola en el amor de sí mismo: un amor con la misma dedicación, intensidad, espontaneidad y prioridad con que nos nace amarnos a nosotros mismos. El amor a sí mismo no necesita ser enseñado; es inmediato y espontáneo, y mueve la totalidad de nuestra capacidad de amar en provecho propio. Ya decía san Agustín que no hay nadie que no ame. El problema está en cuál sea el objeto y la calidad de ese amor. El objeto carnal de nuestro amor somos nosotros mismos; el objeto espiritual es el amor a Dios y al prójimo como a nosotros mismos; y el objeto sobrenatural, cristiano, es el amor a los enemigos.

“Si la luz de Dios está en nuestras manos, nuestra luz estará en las manos de Dios. Si Dios está en nuestra boca, todo nos sabrá a Dios. Si nos reconocemos hijos bajo la mirada del Padre, todos nos convertimos en hermanos”.

  Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 29º del TO

Sábado 29º del TO

Lc 13, 1-9

Queridos hermanos:

Estamos celebrando la Eucaristía, memorial de la Pascua de Cristo, de su pasión, muerte y resurrección. Esto lo sabemos pero quizá meditamos poco en el sentido de este sacrificio de Cristo. Porqué el Padre entrega a su Hijo a una muerte semejante. Hay una amenaza que pesa sobre nosotros, que es peor que cualquier catástrofe natural o sufrimiento alguno de esta vida: La consecuencia de nuestros pecados cuyo fruto es la muerte eterna, de la que Cristo ha venido a salvarnos, dando su propia vida.

El Señor aprovecha la ocasión para deshacer una antigua concepción que sostenía la exclusiva retribución del bien y del mal en esta vida, concepción que ya el libro de Job comienza a relativizar. Ante la pregunta acerca de quién pecó para que aquel hombre hubiera nacido ciego, el Señor responde que ni él ni sus padres pecaron. La apertura del pensamiento ante la revelación progresiva de una vida trascendente a este mundo lleva implícita, como consecuencia, la apertura a la concepción de una retribución de ultratumba a las acciones humanas. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva; pero no unos años más o menos, sino eternamente.

Tanto la catástrofe de los galileos como el desplome de la torre de Siloé son tan imprevisibles como el momento de nuestra muerte, que —según dice el Señor— no depende del pecado de quienes la padecen. Si Dios castigara nuestros pecados con desastres o con la muerte, hace mucho que el mundo ya no existiría. Nuestro verdadero problema no son los avatares de esta vida, sino todo aquello que ponga en riesgo nuestro destino eterno: la conversión o el empecinamiento en nuestros pecados.

La higuera de la parábola se juega su supervivencia por el fruto. En nuestro caso, aprovechar la acción de la gracia mediante la conversión nos alcanza un fruto para la vida eterna. En eso sí debe intervenir nuestra voluntad. Por tanto, esta palabra es una llamada a la sabiduría y a la vigilancia.

En el libro del Éxodo encontramos tres afirmaciones: Dios “ha visto” la opresión de su pueblo, “ha oído” sus quejas, “se ha fijado” en sus sufrimientos. Tres momentos de aproximación a la triste realidad de su pueblo, como las tres veces que el dueño de la viña visitará la higuera en busca de fruto. Dios quiere salvar a su pueblo a través de un enviado, al que revela su nombre y le confiere su poder. El enviado será Cristo, cuya figura fue Moisés. Si el pueblo en Egipto no cree en la palabra de Dios que Moisés, su enviado, le anuncia, y rechaza apoyarse en “Yo Soy”, ignorando su promesa, permanecerá en la esclavitud de Egipto para siempre, o se arrastrará murmurando por el desierto, y allí perecerá.

Cuando los judíos acuden a Jesús, horrorizados por la tragedia sufrida por algunos galileos —cuya sangre mezcló Pilato con la de sus sacrificios—, Jesús les hará caer en la cuenta de que sobre ellos pesa una amenaza de consecuencias más temibles, si no acogen a quien viene para librarlos de sus pecados. Son sus pecados los que sitúan sobre sus cabezas la terrible amenaza que los asemeja a aquellos galileos, o a los dieciocho desgraciados sobre los que se desplomó la torre de Siloé. Hay una desgracia peor, de la que hay que cuidarse mediante la conversión: la muerte fruto del pecado. Cristo viene a perdonarlo en quienes le acogen creyendo en Él: “Porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados” (Jn 8, 24). Si la salvación que Dios ha provisto en su infinito amor, enviando a su propio Hijo, es rechazada, ¿qué otra posibilidad queda de escapar de la “muerte sin remedio”? (cf. Gn 2, 17).

San Pablo dirá que “estas cosas sucedieron en figura para nosotros, que hemos llegado a la plenitud de los tiempos”; que nos encontramos en el tiempo oportuno, en el día de salvación, que es el “Año de gracia del Señor”. Hoy la Iglesia proclama estas cosas con la esperanza de que produzcan frutos de conversión, y no tenga que ser cortada nuestra higuera cuando, terminado el “tiempo de higos”, venga el “tiempo de juicio” con la visita del Señor.

Que nuestro ¡amén! a Cristo, que se nos ofrece hoy en la Eucaristía, nos reafirme en la acogida de la misericordia de Dios, abriéndonos a las necesidades de nuestros semejantes.

  Que así sea.

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Viernes 29º del TO

Viernes 29º del TO

Lc 12, 54-59

Queridos hermanos:

Incluso humanamente, esta es una palabra sabia. En cierta ocasión, decía un notario: “Es mejor un mal arreglo que un buen juicio.” ¡Cuánto más frente a Dios, ante quien, siendo todos culpables, se nos ofrece el mejor de los arreglos por medio del perdón!

El tiempo de Cristo es tiempo de paciencia y de misericordia, que la Escritura, por boca del profeta Isaías, denomina “el año de gracia del Señor.” Es un tiempo que debemos discernir y acoger, antes de que llegue el inexorable “tiempo del juicio,” pues la justicia divina no es inferior a su misericordia. Dice Santiago: “Habrá un juicio sin misericordia para quien no practicó la misericordia.” Y podríamos añadir, con toda certeza: también para quien no la acogió, puesto que le fue ofrecida por Cristo, o anunciada por medio de sus discípulos, que deben proclamarla a toda la creación.

El Señor obra signos ya anunciados por los profetas en las Escrituras, que se cumplen con la misma fidelidad con la que los fenómenos de la naturaleza obedecen la ley del Creador: “Si no hubiera hecho entre ellos obras que no ha hecho ningún otro, no tendrían pecado; pero ahora las han visto, y nos odian a mí y a mi Padre” (Jn 15, 24). Estos signos revelan al Mesías y anuncian la inminencia del juicio, que, en Cristo, se anticipa como perdón y misericordia. Pretextar ignorancia después de verlos es hipocresía, que esconde desprecio por las Escrituras y mala voluntad para la conversión ante los signos de Cristo. Y para quienes rechazan la misericordia, sólo queda el juicio y la implacable sentencia de la justicia, ante la cual somos todos reos de culpa. Pero, aun siendo grande nuestra culpa, la expiación de Cristo en nuestro favor sobreabunda sobre nuestra maldad: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia,” como dice san Pablo.

“Bochorno y tempestad” vendrán sobre quienes no se acojan a la gracia que Cristo nos ofrece gratuitamente. Tendrán ojos y no verán, oídos y no escucharán; no tendrán discernimiento para convertirse. Ante la ley, y ante el amor y la misericordia que Dios nos ha mostrado en la cruz de Cristo, ¿quién osará presumir de su propia justicia? Pedir perdón es tener sabiduría; perdonar es haber alcanzado la salvación.

Para quienes hemos sido ya objeto de la misericordia divina, este es un tiempo de vigilancia. La gracia recibida demanda en nosotros correspondencia respecto a nuestros adversarios, pues: “Si vosotros no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará.” Para este testimonio hemos sido alcanzados gratuitamente por la misericordia divina, en favor del mundo.

Acojamos, por tanto, la gracia de Cristo que se nos da en la Eucaristía, y acudamos al banquete de la misericordia para ser saciados por Cristo y recibir en Él vida eterna con nuestro ¡Amén!

 Que así sea.

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Jueves 29º del TO

Jueves 29º del TO

Lc 12, 49-53

Queridos hermanos:

La palabra del Evangelio nos presenta a Cristo en el umbral de su misión: transformar el agua en vino, derramando sobre la tierra de nuestra carne el fuego de su Espíritu de amor. Como dice san Juan Crisóstomo, realiza así una nueva creación, arrancada de la nada de la muerte del pecado.

Cristo habla de fuego, de bautismo, de paz y de división. El fuego del amor del Espíritu de Dios debe ser encendido; la muerte del pecado, apagada y asumida por Él en el bautismo de la cruz; la falsa paz de los muertos, rota. La misión de Cristo es encender en el mundo el amor de Dios, sumergiéndose en él hasta la muerte.

Para ello, deberá derramar su sangre en un bautismo purificador de toda carne, que separará lo nuevo de lo viejo, la luz de las tinieblas, haciéndose a sí mismo señal de contradicción y causa de división. Porque las tinieblas se resisten a la luz y al fuego del amor de Dios, con los que será purificada la tierra. El bautismo y el fuego purifican y enfrentan, porque, como la sal, queman y escuecen al que entra en contacto con ellos, poniendo de manifiesto la maldad oculta de las pasiones y los vicios.

El Señor nos habla de un bautismo que es fuego, como había anunciado Juan Bautista: “Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.” Cristo deberá ser sumergido en la muerte de nuestros pecados, para que nosotros seamos purificados en el fuego de su Espíritu, que derrama su amor en nuestros corazones y nos limpia de las obras muertas. Este es el anhelo de Cristo. El bautismo del Jordán será la manifestación del Espíritu, que luego encomendará al Padre desde la cruz, derramándolo sobre la Iglesia en la vida nueva de la Resurrección.

Seguir a Cristo supone sumergirse con Él en el torrente de la persecución y los sufrimientos, de los que el Mesías beberá en su camino (Sal 110, 7), enfrentando a unos contra otros, según lo acojan o lo rechacen: “¿Podéis ser bautizados con el bautismo con el que yo voy a ser bautizado?” La Eucaristía y todos los sacramentos de nuestra fe nos sumergen con Cristo en su muerte y en su resurrección, abrevándonos en el torrente de sus delicias, porque en Él está la fuente viva, y su luz nos hace ver la Luz.

 Que así sea.

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Miércoles 29º del TO

Miércoles 29º del TO

Lc 12, 39-48

Queridos hermanos:

Dios, en su infinita bondad, ha querido compartir su hacienda con nosotros, llamándonos a la existencia, destinada a la comunión de amor con Él. Nos ha dotado de los medios necesarios para alcanzarla: amando a los hermanos. Todos los medios, incluida la existencia misma, están, por tanto, en función del amor, que nos franquea la entrada al Amor, ese que conocemos como bienaventuranza, cielo, vida eterna, Reino de Dios, Casa del Padre, y tantos otros nombres que evocan la plenitud.

Hoy, la Palabra nos habla de un motivo de vigilancia: acoger al Señor que viene de la boda y entrar con Él al banquete del amor. Se trata de estar preparados para el día de su visita inesperada, en la que vendrá a pedir cuentas de nuestra administración de sus dones, de su amor. Vendrá como ladrón para quienes consideran propios los dones del Señor, y para quienes no lo esperan ni desean su venida. Viene a reclamar el tesoro que le pertenece y que nos fue encomendado acrecentar, para retribuir a cada uno según haya realizado su servicio: amando.

Nosotros, como dice el Evangelio, no somos sino administradores a prueba, a quienes el Señor quiere poner al frente de toda su hacienda, dándonos su Espíritu para siempre, si es que hemos sido fieles y solícitos en llevar a cabo aquello que se nos encomendó: ¡Servir! ¡Amar!

Nuestra fidelidad y solicitud consistirán en no habernos apropiado de aquello que se nos confió para servir, amando no sólo al Señor con pureza y sobriedad, sino también a nuestros hermanos, con el mismo amor con el que hemos sido amados y que le debemos a Dios.

Si bien esta vigilancia es necesaria para cuantos se disponen a servir al Señor, tanto más lo es para quienes son llamados a ser administradores de los bienes de su casa: fieles y prudentes, al cuidado de otros siervos y siervas. Dichosos quienes se mantienen en esta fidelidad y prudencia en el servir constante al Señor, porque ellos se nutrirán de lo sabroso de su casa y serán abrevados en el torrente de sus delicias. Mientras tanto, a los infieles se les pedirá cuentas de su encomienda y se les pagará de acuerdo con sus obras. Como decía san Juan de la Cruz: “Seremos examinados en el amor”.

En espera de esta venida del Señor, se nos concede ahora, según nuestra disposición, poder ser alimentados para recibir vida eterna, prenda de nuestra herencia en Cristo Jesús, que se entregó por nosotros.

  Que así sea.

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Martes 29º del TO

Martes 29º del TO

Lc 12, 35-38

La espera del Esposo:

Queridos hermanos:

Esta es una palabra que partiendo de nuestra realidad de cristianos, que hemos acogido el amor y la misericordia de Dios, en su Hijo, enviado a perdonar nuestros pecados, nos promete una vida eterna con Él. El señor nos impulsa a vivir esperando en la intimidad de su amor, en medio de la oscura incertidumbre de esta vida, plagada de pruebas, tentaciones y persecuciones que luchan contra nosotros tratando de robarnos los dones de su gracia, y nos exhorta a combatir con todas nuestras fuerzas, pero confiando en su voluntad amorosa, vencedora del pecado y la muerte: “Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas.”

Como la esposa del Cantar, vigilando en el amor: “Yo dormía, pero mi corazón velaba”, adornados con la prudencia de las vírgenes del Evangelio (Mt 25, 1-13), con la puerta cerrada, para abrir solo al señor en cuanto llegue y llame. Otros vendrán a llamar —como el ladrón del versículo 39—, pero no encontrarán franca la entrada del corazón, en el que se da la verdadera vigilancia. Por eso: “Sea el Señor tu delicia, y Él te dará lo que ansía tu corazón”,

El amor, envuelto en el gozo, acrecienta el deseo, para que la debilidad del sueño no sea capaz de perturbarlo, ni apagarlo las aguas torrenciales del sufrimiento.

Vigilar, es pues, tener el corazón en el Señor; es amarlo. Vigilar, velar y amar se corresponden, y se acompañan mutuamente en la sobriedad y la santidad (1P 1, 13-16). El que ama, espera; y transforma la ausencia sensible del amor, en presencia interior rebosante de gozo. Solo quien ama, puede acoger al Amado que llega en la noche, de repente, arrastrando consigo a la fiesta de bodas al que está preparado y esperando. Llega el banquete en el que el Señor se hace siervo, y el siervo puede desposar a su Señor. La espera del amor es gozosa, más fuerte que la muerte, y es defensa frente al ataque del enemigo (Mt 24, 43).

El Señor se ha desposado con nosotros entregándose en la cruz. Y nosotros le esperamos entregándonos a Él, en su voluntad, amándole con toda nuestra vida: “Si alguno me ama, guardará mi palabra; el que cumple mis mandamientos, ese me ama; y este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado.” Esperemos despiertos en el amor, y amémonos en la espera. “¡El que no ame a Cristo, sea anatema!” ¡Ven, Señor!

  Que así sea

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Lunes 29º del TO

Lunes 29º del TO

Lc 12, 13-21

Queridos hermanos:

Por la experiencia de muerte que todos padecemos a consecuencia del pecado, la incertidumbre del mañana nos empuja a asegurar nuestra subsistencia, a buscar seguridad en las cosas, y a atesorar, conducidos por la codicia. Y sin embargo, sólo Dios es la vida y el bien de cuanto existe.

El problema está en que el acto de atesorar involucra inexorablemente el corazón, y mueve sus potencias —entendimiento y voluntad— de forma insaciable, pues el corazón humano es un abismo, una sima que sólo Dios puede colmar. Codiciar es amar el dinero, y como dice san Pablo (Col 3,5), es una idolatría; es lo contrario de amar a Dios.

El que ama, se vacía de sí mismo, se da, porque es verdaderamente rico y todo le sobra, pues el amor sacia. En cambio, la codicia es mísera e insaciable, y todo lo esclaviza. Si lo que atesoramos no es el amor, expulsamos a Dios de nuestro corazón, porque “donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6,21). Como dice el Apocalipsis: “Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego, para que te enriquezcas” (Ap 3,18). Y el salmo proclama: “Sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón” (Sal 36,4).

Todo en este mundo es precario; sólo Dios es subsistente y eterno. Por eso, enriquecerse y atesorar sólo tiene sentido en orden a Dios, que es el Sumo Bien imperecedero, que no pasa, en quien las riquezas no se corroen y a quien los ladrones no socavan ni roban.

Por medio de la caridad y la limosna, nuestro amor al dinero se purifica, se transforma en amor a Dios y a los hermanos, y se desarraiga al diablo de nuestro corazón. “Dad en limosna lo que tenéis (en el corazón), y todo será puro para vosotros” (Lc 11,41). Enriquecerse en orden a Dios equivale a empobrecerse en orden a los ídolos, cuya cabeza es el dinero, que se acrisola salándolo con la limosna, como fuego y cruz purificadora.

Al “joven” rico del Evangelio, el Señor le ofreció la oportunidad de atesorar sus riquezas en las santas moradas, pero fue incapaz de desprenderse de este mundo, y recibió la tristeza como recompensa. Los dones de Dios, en un corazón idólatra, se convierten en trampas.

La necedad consiste en dejar que la codicia guíe nuestra vida sin calcular lo efímero de la existencia; la sabiduría, en cambio, está en poner en el Señor nuestro cuidado, y en la caridad nuestro afán. Solamente en el Señor está la verdadera seguridad: “Dichoso el hombre que esto tiene; dichoso el hombre cuyo Dios es el Señor” (Sal 144,15).

Dios es la vida. Enriquecerse en orden a Dios es enriquecer nuestra vida hasta hacerla eterna, cuando nuestra entrega sea total, hasta el extremo, como la de Cristo. Para eso ha venido Él: para sanar el corazón, arrancándolo del pecado, para que su Espíritu viva en nosotros y sacie plenamente nuestras ansias de vida, haciéndonos libres de toda codicia.

La Eucaristía nos ayuda a unirnos a la entrega de Cristo, diciendo “Amén” a la comunión con su carne, que se entrega para comunicarnos vida eterna.

  Que así sea.

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Domingo 29º del TO A (Domund)

Domingo 29º del TO A (Domund)

(Is 45, 1.4-6; 1Tes 1, 1-5b; Mt 22, 15-21)

Queridos hermanos:

Una vez más, fariseos y herodianos tienden una trampa a Jesús; pero, sabiendo que Él los ha vencido otras veces, intentan desarmarlo con la adulación. No hay nada que pueda debilitar más el discernimiento, la vigilancia y la entereza de un hombre que la adulación. Como dicen los Padres: “El que adula a un hermano lo entrega a Satanás”. Nada es más peligroso que el enemigo que se disfraza de amigo y consigue engañar a su oponente: «Maestro, sabemos que eres veraz y que no te importa nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios».

No se dan cuenta de que, si consiguieran vencer a Cristo, no harían sino ratificar su propia condenación a la “muerte sin remedio” de la que habla el Génesis, porque sólo en Cristo es posible recuperar la predestinación de la humanidad a la bienaventuranza, devolviendo lo de Dios a Dios.

Después del engaño viene la trampa, para involucrarlo en su problemática mundana y así descalificarlo frente al pueblo, que desea un mesianismo carnal, una liberación política que reduce al hombre a categorías terrenales. ¿Cómo descubrir al lobo con piel de cordero que nos conduce al precipicio? ¿Cómo resistir la estima de los hombres si no hemos sido saciados por la estima de Dios?

El error de sus adversarios es doble, y está precisamente en sus corazones terrenos, que consideran lo mundano como único horizonte y lo material como único valor. Su error es la incredulidad, que les impide descubrir en Cristo al que escudriña los corazones, al que conoce que la verdad y el valor del hombre se encuentran en su imagen divina, y no en los bienes terrenos que pueda poseer. Cristo no ha venido a solucionar los problemas temporales del hombre —que debe afrontar con sus propias dotes de entendimiento y voluntad—, sino a ofrecer la salvación. Su tremendo error está en buscar su justificación rechazando a Jesús, y no en creer en Él.

Dios ha puesto en el hombre su imagen y le ha dado vida; pero el hombre, por el pecado, ha sometido esta imagen al diablo y se ha sumergido en el mar de la muerte, donde, habiendo perdido la vida divina, debe subsistir como tributario del Príncipe de este mundo, aceptando sus condiciones y su marca para comprar y vender, como dice el Apocalipsis (13, 16s): su imagen y su inscripción; su dinero.

Por eso, la misión de Cristo será restituir a Dios su imagen depositada en el hombre, y para ello deberá sumergirse en el mar de la muerte y sacar de él al hombre, cancelando el tributo al que estaba obligado (cf. Mt 17, 24). También Ciro es llamado “Ungido” (Cristo) en la primera lectura, porque tiene la misión de sacar al pueblo del destierro de Babilonia.

Los judíos —como todo hombre que no ha creído en Cristo, sumergiéndose con Él en la muerte por la fe— no tienen más remedio que seguir afanándose por el tributo al diablo, y están condenados, atados a las riquezas. Viven para este mundo y arrastran sus cadenas. Quien está sometido a otro debe servirlo y soportar su yugo. Por eso Cristo dice a sus discípulos: «Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón ni la polilla corroe; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Lc 12, 33-34). Quien ha sido liberado por Cristo mediante la fe puede vender sus bienes para seguirle.

Dice san Ambrosio que Cristo no tiene la imagen del César, sino la de Dios.

Cristo sitúa el problema del hombre en el plano trascendente de su relación con Dios, y se niega a debatir —por insignificantes— los planteamientos políticos, sociales o económicos a los que se pretende reducir el problema humano. Es como si dijera: He venido a salvar al hombre restaurando en él la imagen de Dios, su semejanza, y no a resolver los problemas mundanos, para los que el hombre tiene ya sus leyes y sus instituciones. “Lo de César al César”. “A quien honor, honor; a quien impuestos, impuestos” (Rm 13, 7). Vuestro corazón, vuestra fe, sólo a Dios. Eso es lo que debería preocuparos. Pretendéis involucrarme en cuestiones terrenas para hacerme caer, mientras dejáis de lado aquello para lo que he sido enviado: vuestra salvación.

De nada sirve solucionar nuestra vida terrena si no hemos resuelto nuestra relación con Dios, nuestro destino eterno. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura”. También a nosotros nos llama hoy el Señor, en la Eucaristía, a centrar nuestra vida en Él: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?”

  Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 28º del TO

Sábado 28º del TO

Lc 12, 8-12

Queridos hermanos:

Esta Palabra gira en torno al testimonio del Señor que hemos acogido, habiendo realizado para nosotros y en nosotros las maravillas de su amor. Todos somos llamados, y es una deuda de gratitud dar testimonio de lo que Dios ha hecho con nosotros en Cristo. Podemos dudar de ideas y conceptos que superan nuestra capacidad, pero no podemos negar los hechos con los que Dios nos ha testificado su amor en Cristo, Hijo suyo y Señor nuestro.

También Cristo ha venido para dar testimonio de la Verdad, que es el amor del Padre a todos los hombres, y que manifestó entregando su vida para el perdón de los pecados. Dice Cristo que es posible rechazar al hijo del carpintero, pero ¡ay de quien rechace las obras con las que el Espíritu Santo testifica en él! No es igual ofender la humanidad evidente de Cristo que su divinidad visible en las obras del Espíritu, que el Padre le concede realizar: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre». Para algunos Padres de la Iglesia, pecar contra el Espíritu sólo es posible habiéndolo recibido en el bautismo y permaneciendo impenitente, obstinadamente contumaz en la ofensa.

El problema de la encarnación se refiere no sólo a Cristo, sino que trasciende también a su Iglesia: «Quien os acoge a vosotros me acoge a mí, y quien me acoge a mí acoge a Aquel que me ha enviado». En ese “vosotros” están los apóstoles, los catequistas y cuantos son enviados en su nombre. El envío es la primera característica del verdadero apóstol, y después vendrán las otras que menciona san Pablo: paciencia en el sufrimiento, y señales, prodigios y milagros. «Al que yo envío le acompaña mi terror».

Junto a sus enviados, el Señor suscita también los carismas a través del Espíritu, que la Iglesia debe discernir. No reconocer el discernimiento de la Iglesia, ignorando los frutos del Espíritu, es una tremenda responsabilidad, de la que deberemos rendir cuentas y que ya ahora tiene sus consecuencias en la propia vida.

Que así sea.

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Viernes 28º del TO

Viernes 28º del TO

Lc 12, 1-7

Queridos hermanos:

El Señor previene a sus discípulos del contagioso peligro de la simulación: esa apariencia de vida piadosa y religiosa que, en lugar de buscar la complacencia de Dios, se orienta hacia la aprobación de los hombres. ¡Qué necedad tan profunda! ¡Qué desprecio tan grave por la verdad y el amor divino! Todo ello a cambio de una paga precaria e inconsistente, que revela, además, el escaso valor que se concede a una vida verdaderamente piadosa.

¿Por qué preferir la falsedad de la impiedad a la virtud que, además de la estima de los hombres, alcanza la complacencia de Dios? ¿Por qué aparentar lo que no se vive? ¿Será cuestión de perversidad, de maldad, o simplemente de necedad?

Una cosa es cierta: el bien, la verdad, la luz y el amor implican siempre una negación de sí mismo, un morir interior, y por tanto, un dolor, un sufrimiento del que buscamos escapar. Por ello, la virtud se nos hace más difícil que la ficción perversa de la bondad. La hipocresía, que nos aqueja en mayor o menor grado, revela nuestra concreta incapacidad de sufrir —nuestra falta de sal—, enraizada en la experiencia del desamor, que engendra nuestro propio desamor y nos impulsa compulsivamente a buscar ser amados sin arriesgar, sin amar.

El hipócrita es, en realidad, un pobre de amor. Herido por el desamor y escandalizado por el sufrimiento, se encierra en sí mismo, rechazando la verdad de Dios y su bondad. Este engaño diabólico sólo puede ser sanado por la experiencia profunda del amor gratuito de Dios y de su misericordia infinita, que Cristo encarna y nos alcanza por la fe en Él. Mediante la acogida del Evangelio, es posible la conversión y la vida nueva en la verdad del amor. Por eso, el Señor exhorta a sus discípulos a no temer la muerte, pues su amor la ha vencido. Ese amor lo recibirán por la fe.

Hoy, la Palabra tiene como telón de fondo el juicio, y nos habla del fermento de la corrupción que es la hipocresía, íntimamente ligada a la necedad y a la impiedad. Frente a ella, se alza la verdad, acompañada por la sabiduría y la bondad del corazón amante y fiel. Lo que se opone a la hipocresía no es la mera sinceridad —que consistiría en no ocultar el desprecio por la Ley y por Dios—, sino la conversión a la Verdad del amor divino, que es Cristo. La conversión del hipócrita consistirá en ser lo que aparenta, y no en dejar de ocultar lo que tristemente es. Dios es Verdad, y en ella vive quien lo conoce. A Dios no se le puede engañar, y si pasa por alto nuestras falsedades terrenas y temporales en esta vida, es sólo por su misericordia y paciencia eternas, en espera de nuestra conversión, hasta que llegue el tiempo de la justicia y de la verdad, en el que deberemos rendir cuentas para recibir de Dios según lo que hayamos merecido con su gracia.

San Mateo, al hablar de la hipocresía, tiene como trasfondo la persecución. Cuando menciona la levadura, se refiere a la doctrina de los fariseos y saduceos: guías ciegos que guían a ciegos, cuya enseñanza debe ser cribada de sus malas acciones, que corrompen sus palabras. Las palabras convencen la mente, pero los ejemplos arrastran la voluntad: “Observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta”. Marcos añade la levadura de la corrupción de Herodes, comparándola con la de los escribas y fariseos.

La levadura es figura de la corrupción, y como ella, se propaga rápidamente. La hipocresía instrumentaliza la religión, engordando al hombre viejo mediante la falsedad, mientras Cristo ha venido a testificar, con sus obras y con su vida, la Verdad del amor de Dios frente a la mentira diabólica. Quien vive en la verdad apoya su vida en Cristo, que lo hace libre; quien vive en la hipocresía es esclavo del diablo, homicida desde el principio y padre de la mentira, que lo engaña y tiraniza, interpretando sus sufrimientos y encerrándolo en sí mismo.

Jesús habla de una suerte fatal para los hipócritas, que serán separados de Él, no por su simulación, sino por sus obras. Él ha venido a testificar la verdad del amor gratuito de Dios, que cura el miedo a sufrir y a darse por amor. Trae Espíritu y fuego. El temor de Dios es fruto de la fe. El conocimiento de Dios —¡Amor!— fructifica en amor. “Los que no podéis amar, ¡venid a mí! Los que amáis, ¡temed a ese!” Temed a aquel que quemará la paja con el fuego que no se apaga.

Si sabemos por experiencia que hemos sido valorados y amados con el alto precio de la sangre de Cristo, ese amor expulsa de nosotros el temor que quiere apartarnos de la Verdad, del amor, y someternos de por vida a la esclavitud del diablo. Estamos en la mente y en el corazón de Aquel cuyo amor es tan grande como su poder. Si hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados, ¡cuánto más llevará cuenta de nuestros sufrimientos y fatigas por el Reino, de nuestros desvelos por el Evangelio y de nuestra entrega por los más necesitados!

Somos invitados a unirnos verdaderamente a Cristo mediante este sacramento eucarístico de su sacrificio.

  Que así sea. 

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Santa Teresa de Jesús

Santa Teresa de Jesús

Eclo 15, 1-6; Mt 11, 25-30

Queridos hermanos:

Hacemos presente a esta gran santa, que no necesita presentación, porque ocupa un lugar en el corazón de todos nosotros. Basta con recordar la reforma del Carmelo, sus fundaciones, sus escritos y, en definitiva, los frutos de santidad que adornan su obra.

Hemos escuchado en el Evangelio que los misterios del Reino se revelan a los pequeños, que, a través de la misericordia del Padre, son conducidos al conocimiento del amor de Dios en Cristo Jesús. Nosotros, “cansados y agobiados”, hemos encontrado en el corazón manso y humilde de Cristo el alivio a nuestras fatigas. Toda la creación, toda la historia de la salvación y la redención realizada por Cristo nos muestran el amor por el cual Dios se nos revela: amor de entrega en la cruz de su Hijo.

Humildad y mansedumbre son palabras de amor, que adquieren toda su consistencia tratándose de la persona de Cristo, de incomparable grandeza y majestad. Como decía san Juan de Ávila: “Si el que es grande se abaja, ¡cuánto más nosotros, tan pequeños!” Si queremos que la construcción de nuestra fe sea sólida, debemos comenzarla enterrando profundamente los cimientos de la humildad. Sólo así se elevará hasta los cielos. Si el fuego del amor de Dios ha prendido en nosotros, cubrámoslo con la ceniza de la humildad, para que ningún viento lo apague.

El Señor dice en el Evangelio: “Si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz cada día y sígame.” Seguir al Señor quiere decir que, además de cargar con nuestra cruz, debemos tomar sobre nosotros el yugo de Cristo. Unirnos a Él bajo su yugo como iguales (cf. Dt 22,10), porque Él ha asumido un cuerpo como el nuestro; un yugo para rescatarnos de la tiranía del diablo, de forma que podamos sacudirnos el yugo diabólico haciéndonos llevadero nuestro trabajo junto a Él, en la regeneración del mundo. ¡Qué suave el yugo y qué ligera la carga si el Señor la comparte con nosotros!

Mientras Cristo, siendo Dios, se ha hecho hombre, sometiéndose a la voluntad del Padre, tomando sobre sí nuestra carne para arar, arrastrando el arado de la cruz con humildad y mansedumbre, nosotros, en cambio, siendo hombres, pretendemos hacernos dioses, rebelándonos contra Dios, llenos de orgullo y violencia. Y ponemos sobre nuestro cuello el yugo del diablo, que nos agobia y nos fatiga. Por eso dice el Señor: “Aprended de mí.” No a crear el mundo, sino a ser mansos y humildes de corazón, como dijo san Agustín. No a crear el mundo, sino a salvarlo llevándolo a Cristo; no a ser dioses, sino a someternos humilde y mansamente al Padre, trabajando con Cristo, el único Redentor del mundo.

  Que así sea.

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Miércoles 28º del TO

Miércoles 28º del TO

Lc 11, 42-46

Queridos hermanos:

Dios es amor y misericordia, que busca siempre el bien del pecador atrayéndolo hacia sí. Amar es sintonizar nuestro espíritu con la voluntad amorosa de Dios. El conocimiento de Dios se traduce en un amor que obedece a sus palabras, se hace don de sí y es vida para nosotros. Pero, a consecuencia del pecado, la concupiscencia inclina nuestro corazón al mal, de modo que la vida cristiana no deja nunca de ser combate, con las armas del Espíritu, de las que san Pablo nos habla con frecuencia: «Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los espíritus del mal» (cf. Ef 6,12); «Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y de la que hiciste aquella solemne profesión delante de muchos testigos» (1 Tm 6,12).

La Ley tiene un cometido de signo y de cumplimiento mínimo, que debe corresponder a una sintonía del corazón humano con la voluntad amorosa de Dios. La justicia y el amor son el corazón de la Ley, y a ellos remiten los preceptos. El corazón que ama se adhiere rectamente a los preceptos, mientras que una adhesión legalista, en la que falta el amor, sólo los alcanza superficial e infructuosamente. El cumplimiento legalista de ciertos preceptos, enajenados del amor, carece de valor en sí mismo: «Misericordia quiero, no sacrificio» (Mt 12,7); «Porque yo quiero amor, no sacrificio; conocimiento de Dios, más que holocaustos» (Os 6,6). «Esto es lo que había que practicar, sin olvidar aquello» (Mt 23,23). «Coláis el mosquito y os tragáis el camello» (Mt 23,24).

Los preceptos nos recuerdan y especifican la necesidad de vivir en el amor a Dios y al prójimo —porque la raíz de toda la Ley es el amor—, indicándonos el camino para evitar que nos salgamos de él y nos despeñemos por simas y barrancos, evitando además las insidias del enemigo.

Pobres de nosotros, ¡ay!, si a semejanza de los escribas, fariseos y legistas del Evangelio, ponemos nuestra confianza en algo que no sea el amor del Señor y la caridad con nuestros semejantes, pretendiendo justificar nuestra perversión con la vaciedad de un cumplimiento externo, extraño al corazón de la Ley, mientras nuestro corazón va tras los ídolos y las pasiones mundanas.

 Que así sea.

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Martes 28º del TO

Martes 28º del TO

Lc 11, 37-41

Queridos hermanos

El Señor vuelve a hablarnos del corazón. Como dice en otro lugar, es el corazón lo que puede hacer impuro al hombre, y no las manos. Por encima de la pureza legal, para Cristo, purificar al hombre es purificar su corazón.

El Señor podía haber dicho al fariseo: “Purificad vuestro corazón, y todo será puro para vosotros”. Pero es más concreto, porque conoce su corazón, y le dice: “Dad limosna” —lo que tenéis, lo que atesoráis, lo que amáis, lo que está en vuestro corazón—, y todo será puro en vosotros y para vosotros.

No es posible la comunión con Dios en un corazón contaminado por el dinero, ese ídolo por antonomasia que desplaza de él a Dios y a los hermanos. Porque “donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón”. Mete en tu corazón la caridad mediante la limosna, y quedará puro. Puro tu corazón, y puros tus ojos para ver al hermano a través de la misericordia.

Meter la caridad en el corazón supone acoger la Palabra: “Vosotros estáis ya limpios gracias a la palabra que os he anunciado” (Jn 15, 3). Acoger la Palabra, que es Cristo, suscita en nosotros la fe; la fe nos obtiene el Espíritu, y el Espíritu derrama en nuestro corazón el amor de Dios. Ese amor ensancha el corazón para acoger a los hermanos y ofrecerse a ellos como don.

Alcanzar a la persona es alcanzar su corazón, donde residen los actos humanos voluntarios, según la Escritura. En el corazón se encuentra la verdad del hombre: su bondad o su maldad. La realidad del corazón condiciona el criterio de su entendimiento y el impulso de su voluntad, que se unifican en el amor.

Ya decía san Agustín: “No hay quien no ame”, pero la cuestión está en cuál sea el objeto de su amor. Si su objeto es Dios, el corazón se abre al don de sí; si, por el contrario, es un ídolo, el corazón se cierra sobre sí mismo y se frustra la persona. Para arrancar el ídolo del corazón, hay que odiarlo, en el sentido que dice el Señor en el Evangelio: “Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío”.

La caridad todo lo excusa, y no toma cuentas del mal cuando somos ofendidos. Pero, como dice Jesús en el Evangelio, corrige al que vive engañado para salvarlo de la muerte y perdonarlo en el día del juicio.

La limosna despega el alma de la tierra y la introduce en el cielo del amor; cubre multitud de pecados; simultáneamente remedia la precariedad ajena y sana la multitud de las propias heridas. La limosna es portadora de misericordia y enriquece al que la ejerce. Como dice san Agustín: “El que da limosna tiene primeramente caridad con su propia alma, que anda mendigando los dones del amor de Dios, de los que se ve tan necesitada”.

Sea el Señor tu delicia, y Él te dará lo que pide tu corazón. Que la Eucaristía nos una al don de Cristo, haciéndonos un solo espíritu con Él.

  Que así sea.

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Bienaventurada Virgen María de Zapopan

Bienaventurada Virgen María de Zapopan

Za 2, 14-17; Ef 2, 4-10; Lc 1, 39-47

Queridos hermanos:

En esta fiesta, la Iglesia nos presenta la verdadera dicha de María, que acogió el anuncio del Señor creyendo en su Palabra. La fe pone a María en camino hacia el encuentro del Ungido y de su profeta, impulsada por el Espíritu. María, que ha sido la primera evangelizada por Gabriel, es también la primera evangelizadora, que parte movida por el Espíritu y será siempre, en la historia, auxiliadora de la evangelización, como en Zapopan y en tantas advocaciones que acompañan al pueblo fiel.

La palabra de este día está envuelta en manifestaciones celestes del Espíritu Santo, como corresponde al misterio de los hijos que las madres guardan en su seno y en su encuentro: encuentro de las madres y de sus hijos, del mayor entre los nacidos de mujer y del Primogénito de toda la creación; de la voz y de la Palabra. El Evangelio nos llama dichosos por la vocación a escuchar la Palabra del Señor y hacer de ella nuestra vida, como lo hizo su Madre —y ahora Madre nuestra— y como lo hicieron sus hermanos, de los que ahora formamos parte todos nosotros. Dichosos por haber creído como María y haber sido llamados, como ella, a dar a luz a su Hijo con nuestras obras, fruto del Espíritu Santo. Como ella hemos recibido el anuncio de Jesucristo; como ella se ha gestado en nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado; y como ella podremos manifestarlo al mundo con nuestras obras.

La profecía de Zacarías proclama: «Grita de gozo y alborozo, hija de Sión, pues vengo a morar dentro de ti, dice Yahveh». Sión se goza en su hija predilecta, que ha acogido en su corazón y en su seno a Dios en su Palabra.

María se puso en camino y se fue con prontitud. La Verdad y la Vida se muestran Camino en María, que, movida por el Espíritu, va hacia Isabel para que Cristo encuentre a Juan y lo constituya su precursor. El gozo de Cristo está en María, y el de Juan hace exultar a su madre Isabel: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno. ¿Y de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor? ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!». El Espíritu Santo profetiza en Isabel para exaltar la fe de María en las promesas que le han sido comunicadas de parte de Dios.

Dios se fija en la humildad de María, pues «el Señor no renuncia jamás a su misericordia, ni deja que sus palabras se pierdan, ni que se borre la descendencia de su elegido, ni que desaparezca el linaje de quien le ha amado» (Eclo 47,22).

María se apoyó en Dios en su humildad, y nosotros debemos hacerlo en nuestra debilidad, para poder alcanzar su dicha por nuestra fe, pues también a nosotros nos ha sido anunciada la salvación en Cristo y se nos ha dado su Espíritu, para las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos, como enseña san Pablo.

Juan ha sido lleno del Espíritu con la cercanía de Cristo. Nosotros, en la Eucaristía, somos llamados a hacernos un espíritu con Él, que nos haga exultar de gozo en el seno de nuestra madre la Iglesia, de la que es figura la Madre del Señor, su miembro más excelso.

Elevemos, por tanto, nuestra exultación a Dios Padre todopoderoso, que nos ha enviado a su Hijo amado, en quien se complace su alma, y unámonos a la entrega del Cuerpo del Señor y a su sangre derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados.

 Que así sea.

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Bienaventurada Virgen María del Pilar

Bienaventurada Virgen María del Pilar

1Cro 15, 3-4.15-16; 16, 1-2; ó Hch 1, 12-14; Lc 11, 27-28.

Queridos hermanos:

En esta fiesta del Pilar nos reunimos junto a nuestra santísima Madre, la Virgen María, para celebrar el Misterio Pascual del Señor. Hacemos presente aquella primera comunidad de la que nos habla el libro de los Hechos, reunida en la oración y en la unidad, con un solo corazón y una sola alma.

El Evangelio nos llama dichosos por la vocación a escuchar la Palabra del Señor y hacer de ella nuestra vida, como lo hizo su Madre —y ahora Madre nuestra— siendo también sus hermanos. María es alabada en el Evangelio por dos mujeres: una por haber llevado a Cristo en su seno, y la otra por haber creído la Palabra de Dios. Mientras la carne se gloría en la carne —«dichoso el seno que te llevó»—, el Espíritu exalta la fe capaz de engendrar en nosotros a Cristo, en la que el don de Dios alcanza a ser respuesta humana: «Dichosa tú que has creído».

La voluntad humana se adhiere a la voluntad de Dios y de Él recibe amor y vida eterna: «Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís»; «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 13,17; 14,23).

Dichosos también nosotros por haber creído como María y haber sido llamados, como ella, a dar a luz a su Hijo con nuestras obras, fruto del Espíritu Santo. Como ella hemos recibido el anuncio de Jesucristo; como ella se ha gestado en nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado; y como ella podremos manifestarlo al mundo con nuestras obras. Pues —como dijo san Francisco de Sales—: «Aunque mil veces y no en nosotros hubiese Cristo nacido, eternamente quedaríamos perdidos».

Aquellos en los que la Palabra prende y da fruto son la familia de Jesús, porque reciben su Espíritu. Dice Jesús en el Evangelio: «La carne no sirve para nada; el Espíritu es el que da vida». Y san Juan añade: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos». La vida o la muerte están en relación con la fe o la incredulidad. Sabiduría y felicidad es pasar de las gracias de Dios al Dios de las gracias: alcanzar el fin sin dejarse deslumbrar por la belleza de los medios.

Elevemos, por tanto, nuestra exultación a Dios Padre todopoderoso, que nos ha enviado a su Hijo amado, en quien se complace su alma, y unámonos a la entrega del Cuerpo del Señor y a su sangre derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados.

Imploremos sus gracias sobre todos nosotros y sobre esta generación, sometida a prueba en estos tiempos recios, que la Iglesia debe iluminar con el amor de Cristo.

Que así sea.

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Domingo 28º del TO A

Domingo 28º del TO A

Is 25, 6-10; Flp 4, 12-14.19-20; Mt 22, 1-14

Queridos hermanos:

El sentido de la existencia, para quienes hemos conocido a Dios, es alcanzar la bienaventuranza del banquete de bodas del Señor, al cual se nos invita mediante el anuncio de sus enviados. Pero nuestra llamada puede alienarse si la reducimos a lo inmediato, achatando nuestra vida y despreciando la que se nos ha ofrecido y dado con el Espíritu, haciéndonos indignos de ella, como aquellos primeros invitados entre los que se encuentran los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo, a quienes el Señor dirige en primer lugar la parábola.

El centro de atención de la parábola se desplaza después al traje de boda necesario para acudir a la fiesta, y sorprende una exigencia tan grande después de una invitación indiscriminada y gratuita. En esa sorpresa radica precisamente el quid de la parábola, que ahora se dirige a nosotros, invitados de la segunda y la tercera hora. Si se acepta a buenos y malos, a gente de toda condición, ¿cómo entender una exigencia semejante? La explicación consiste en que dicha vestidura —como sabemos— se facilitaba gratuitamente a los invitados al ingresar en la fiesta.

Aceptar la invitación gratuita es figura de la fe, que siendo un don de Dios, implica la respuesta libre del hombre. Por esta fe se recibe la entrada al banquete mediante el bautismo, pero se recibe además el Espíritu Santo, que —según san Pablo (Rm 5, 5)— derrama en el corazón del creyente el amor de Dios, que nos reviste para el banquete de bodas. Por eso dice san Gregorio Magno (Homilía 38, 3.5-7.9.11-14) que el traje de boda es la Caridad. Sin la Caridad, el invitado —a quien el Señor llama “amigo”— puede encontrarse dentro, pero indignamente, pues pretende participar de la Caridad sin el Espíritu Santo que ha perdido al pecar, y que es la fiesta misma de la que hablaba la primera lectura de Isaías.

Sólo el pecado, que implica nuestra libertad, puede despojarnos del amor de Dios, cuya amistad rechazamos al pecar, haciéndonos indignos de su invitación, como aquellos primeros invitados o como aquel despojado del traje festivo.

Pablo ha encontrado a Cristo y lo ha puesto en el centro de su vida; su vivir y su fortaleza es Cristo, y el resto lo considera pura añadidura. Revisemos, por tanto, las vestiduras de nuestro corazón, ahora que nos acercamos a las bodas con el Señor en la Eucaristía, porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.

 Proclamemos juntos nuestra fe. 

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