Domingo 3º de Pascua A


Domingo 3º de Pascua A (cf. miércoles de la octava)
(Hch 2, 14.22-28; 1P 1, 17-21; Lc 24, 13-35)

Queridos hermanos:

          Hoy la palabra nos invita a situarnos frente al acontecimiento pascual que celebramos en la Eucaristía. Todas las lecturas nos presentan la glorificación del Señor, pero hemos escuchado que: “era necesario que el Cristo padeciera estas cosas para entrar así en su gloria.” ¿Acaso no era su propia gloria; la que tenía junto al Padre antes que el mundo existiese? ¿Cómo entonces era necesario que padeciera para entrar en la gloria que le pertenecía? ¿Para quién era necesario? No ciertamente para él, sino para nosotros; para nuestra justificación y salvación; para que al regresar a su gloria no lo hiciese solo, sino con todos nosotros como hermanos suyos: “Subo a mi Padre y (ahora) vuestro padre”.
          No es a Israel a quien iba a librar el Mesías, sino a toda la humanidad, y no de un poder humano, sino de la esclavitud al diablo y de la muerte consecuencia del pecado de nuestros padres que aparece de fondo en esta palabra.
          Para llevar a cabo esta salvación, Cristo hace Pascua por nosotros. Y la pascua de Cristo, de la que brota la vida para nosotros, se actualiza en la Eucaristía, que es la realidad que nos presenta esta palabra como viático de camino que a través de Cristo nos une al Padre, en la comunión que él tenía desde siempre en su gloria. El Antiguo Testamento fue un tiempo para hambrear la salvación de Dios que ahora podemos gustar en Cristo, mediante la comunión con Dios y con los hermanos.
Los discípulos de Emaús hacen presente a Jesús y su Pascua: Conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado”, y él, que está allí en medio de ellos, fiel a sus palabras: “donde estén dos o tres reunidos en mi nombre allí estoy yo”, comienza a manifestárseles, para constituirlos testigos de su Resurrección.  Esta es la experiencia pascual de la Iglesia: Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos” (Lc 24, 36).  
          Dice el Evangelio que “iban dos de ellos; uno, llamado Cleofás”. Debían ciertamente ser al menos dos para testificar, pero ¿por qué uno queda en el anonimato? hay quién afirma que el mismo Lucas era el otro testigo y por eso prefiere mantener incógnito su nombre. También podríamos interpretar este silencio como una invitación del evangelista a incluirnos y encarnar nosotros mismos el rol de testigos en el acontecimiento. “Cuando leemos la Escritura, nosotros somos el texto. No es tanto que el texto hable de nosotros o que nosotros nos encontremos en él, sino que nosotros somos el texto sagrado. Del mismo modo que la finalidad de la música, -como arte de combinar los sonidos con el tiempo-, no es simplemente el ser oída, sino el vivir en nuestro oído; el ser nuestro oído mismo; parte de nuestra alma, así la Palabra, desea hacerse “Uno” en nosotros a través del texto.[1] Por eso, de cada relación personal con la Palabra, nace un nuevo significado en base al sujeto que la estudia, la interpreta, la escucha, la proclama o la anuncia.
          Los dos discípulos abandonaban la ciudad. La tristeza de la incredulidad velaba sus ojos y disolvía los lazos de la comunión que los congregaba en Jerusalén: “tardos de corazón para creer” les dirá Jesús.
“Jesús se acercó a ellos y caminó a su lado; sus ojos estaban como incapacitados para reconocerle”. Los Evangelios muestran frecuentemente que, Cristo resucitado, no es reconocido cuando aparece. Lo es en un segundo momento y sólo por algunos. Juan explica este hecho, con el verbo “manifestarse”. Cristo es reconocido, no cuando aparece, sino cuando “se manifiesta”. Es por tanto una gracia especial concedida a quién él quiere, y que suele asociarse a una relación especial de amor a Cristo: Así sucede en el caso de Juan y de María Magdalena; también en un contexto litúrgico, como en este pasaje o en el del Cenáculo con los once (cf. Lc 24, 31.36; Jn 20, 16.20).
Podemos saber la conciencia que tenían los de Emaús acerca de Jesús antes de su pasión y de la resurrección, por sus mismas palabras: “Jesús el Nazoreo, profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel. “Los discípulos de Emaús tienen una memoria abstracta de las profecías mesiánicas y de las Escrituras en general y una expectativa concreta del Mesías, desligadas la una de la otra: esperaban que Jesús expulsase a los romanos, al estilo de Judas Macabeo que combatió precisamente en Emaús (1M 4, 3.8ss) y cuyo discurso ante la batalla es claramente mesiánico: «No temáis a esa muchedumbre ni su pujanza os acobarde. Recordad cómo se salvaron nuestros padres en el mar Rojo, cuando el faraón los perseguía con su ejército. Clamemos ahora al Cielo, a ver si tiene piedad de nosotros, si recuerda la alianza de nuestros padres y destruye hoy este ejército a nuestro favor. Entonces reconocerán todas las naciones que hay quien rescata y salva a Israel.» Después del encuentro con Jesús vuelven a Jerusalén con una mentalidad distinta: El encuentro con Cristo resucitado y con la palabra de Jesús, unen en su espíritu pasado, presente y futuro. Esta es la obra del Espíritu Santo en la comunidad cristiana cuando se proclama la palabra”.[2]
Siempre hemos escuchado y aceptado que los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús “al partir el pan”, como dice el mismo texto, pero el texto dice también que, Jesús partió, y les dio el pan.  Pero no dice solamente que entonces le reconocieron, sino que, “entonces, se les abrieron los ojos”, que son las palabras textuales, las palabras exactas de lo que les ocurrió a Adán y Eva al comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, y no sólo al tenerlo en sus manos. Si este: “entonces se les abrieron los ojos” hace referencia al comer, parece, por tanto coherente pensar, que también a los de Emaús, “se les abrieron los ojos”, al comer el pan que Jesús les “iba dando”. Dicho en otras palabras, al comer el pan sobre el que Cristo pronunció la bendición; es decir, al comer del fruto del árbol de la vida, ya que: “El que coma de este pan, vivirá para siempre”. El primer árbol situado al centro del Paraíso, “de la ciencia del bien y del mal”, abrió los ojos a la muerte como fruto de la rebeldía, y el segundo árbol, -también al centro del Paraíso-, los abrió a la vida, ante el signo oblativo de la fe. “Al partir el pan” significa pues, al participar plenamente del cuerpo de Cristo en la Eucaristía, sacramento de nuestra fe, más que a la simple contemplación del gesto de la fracción (cf. Hch 2, 42+).
Por eso, en este pasaje evangélico, se hacen presentes cada una de las partes de la Eucaristía, como si de una catequesis mistagógica se tratara: Ya en la “liturgia de la Palabra”, mientras les “explicaba las Escrituras”, y recibida “la exhortación”, de que “era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria”, después de haberse reconocido en el “acto penitencial”, “insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas”, el ardor del corazón les hacía barruntar la presencia de Jesús. La Palabra tiene la capacidad de hacerse presente cuando es proclamada. Puede entrar en el que la escucha y cambiarlo.[3] Por fin, en la “liturgia eucarística” en que: “sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando, y sobre todo, en la consumación sacramental de “la comunión”, su corazón se abrió al Misterio de la fe. Y ante la fe, ya no es necesario el testimonio de los sentidos; bastan los signos sacramentales, y por eso, en ese momento: “él desapareció de su vista.”.
“¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!”. Con esta expresión de júbilo, experiencia de su encuentro sacramental con Cristo, superior a la visión física, los discípulos regresaron a la comunión con la comunidad en Jerusalén, dieron testimonio de la resurrección y acogieron la confirmación de los hermanos.
          ¡Que así sea también para nosotros en la Eucaristía!

Proclamemos juntos nuestra fe.
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[1] (Cf. Lawrence Kushner, “In questo luogo c´era Dio e io non lo sapevo” p 170.)
[2] Nodet,  Etienne, Origen hebreo del Cristianismo
[3] Nodet,  Etienne, Obra citada:

TIEMPO DE CRISIS III


Tiempo de crisis III

Desinformación

          Podemos pensar que el análisis que se hace de la realidad en medios oficiales y en los de comunicación, políticamente correctos, de una superficialidad, de hecho, rayana en la incultura, es simplemente ignorancia, pero a mi entender es además culpa. Un análisis más profundo, simplemente no interesa, a una sociedad que es la promotora última de gran parte de los males que nos aquejan, y prefiere instalarse en la “desinformación” sistemática y culpable, cultivada, por no decir engendrada, por ideologías antisociales, de una siniestralidad de sobra conocida.
          Cómo escandalizarse, por ejemplo, de la plaga de “criminalidad pasional”, que eufemísticamente se ha dado en denominar “violencia de género” o “violencia machista” sin detenerse a profundizar, denigrando sus raíces en el “divorcio”, considerado como uno de los grandes logros por esta sociedad ilustrada, progre y engañosamente demócrata, ahora exacerbado por un “feminismo galopante”, que ha alcanzado ya límites preocupantes, que son, no obstante, silenciados. La unión conyugal del matrimonio es de una exigencia tan formidable, que Dios la ha dotado de auxilios extraordinarios para que se dé, y de la gracia de estado, del Espíritu Santo, para que pueda perdurar. Se comprende perfectamente la escalada de los crímenes pasionales, cuando ya no existe la gracia sacramental que aporta el matrimonio cristiano. Conduciendo a la confusión y al enfrentamiento de los sexos, se fomenta la inestabilidad, la descomposición y en fin la destrucción de la sociedad, minando la cohesión social que aporta la familia, dejando a la sociedad indefensa frente a las perniciosas ideologías emergentes, que la instrumentalizan para sus espurios fines.
          Cómo desentrañar la nefasta lacra actual de la “lujuria”, omnipresente en todos los estamentos, y a todos los niveles, sin criticar las causas que la engendran, con la “erotización” gratuita de la sociedad por los medios de comunicación, y la propaganda, verdaderos promotores de la exaltación de las más bajas pasiones que anidan en la animalidad humana, e inspiradores de la “mentalidad pornográfica” ya imparable en la subcultura actual, supuestamente progresista y emancipada. Si la meta a la que encaminamos nuestra sociedad actual es la “barbarie”, ciertamente estamos progresando velozmente en su consecución.
          Cómo combatir radicalmente la descomposición de esta sociedad, sin cuestionar y contradecir la “relativización de los valores morales” que promueve, y los postulados en que fundamenta las leyes que la fomentan e inspiran. Exhibimos nuestras lacras, sin detenernos con auto crítica, a buscar responsabilidades. En otro aspecto, se relatan las catástrofes naturales, pero nadie se molesta en reflexionar acerca de sus causas y de la indiferencia de quienes deben prevenirlas, evitando la “violación sistemática de la naturaleza”, en nombre de una “ciencia” y un “progreso”, en cuyas raíces hay sólo soberbia y avaricia.
          Nos repugnan las violaciones y los abusos sexuales, pero exaltamos y fomentamos el “erotismo” degenerado y vil; no queremos “corrupción”, pero fomentamos la “avaricia” rindiendo pleitesía a lo económico, como el motor de nuestras instituciones, en pos de un idolatrado “estado de bienestar”.
          Si queremos llamar a las cosas por su nombre, deberemos reconocer la “hipocresía” de nuestra cultura, omnipresente, en los poderes legislativos, en la información, convertida en negocio, y en la política, vendida al poder del voto de las mayorías.
          ¿Quién levanta hoy la voz en favor de una cultura que guíe a los pueblos, rescatándolos de la decadencia moral, en lugar de dejarse arrastrar por las masas abandonadas a su auto descomposición, con la única preocupación de captar su poder electoral en favor de los propios partidos?
          ¿Acaso quedan aún filósofos, de aquellos que postulaba Platón para encomendarles el gobierno de los pueblos?
          Es evidente que la verdad ya no interesa y es mejor negar su existencia emulando al avestruz. Es más conveniente exaltar la tolerancia y la pluralidad que aceptar la justicia, el bien y el mal. Es más lucrativo honrar la democracia que la justicia, la mayoría que la verdad.
          ¿Es suficiente llenar los estómagos y satisfacer las pasiones, o debemos procurar, elevar la dignidad de nuestros semejantes, abandonados a la cadena productiva que estabula sus capacidades en un régimen de engorde, sin otra perspectiva que la de ser llevados al matadero.
          Es más fácil aprobar el “divorcio” que proteger el matrimonio y la familia. Más liberal regular el “aborto”, que promover la fidelidad, la continencia y la castidad. Más democrático hablar de igualdad sexual, que valorar la eficiencia y la capacidad. Es más fácil “empujar”, que “conducir” a las personas como decía alguien.
         Qué decir también del silencio acerca de la lacra de los suicidios, muy superior en número a la de los crímenes pasionales, frente a la que se guarda un silencio culpable, para no tener que reconocer el fracaso de una colectividad, que apoya sus fundamentos sobre la ciénaga de una inmoralidad fulminante.

Disolución de la civilización
          Lo que comenzó como un desprecio ideológico a la verdad, la razón y la justicia, ha ido manifestándose progresivamente con todo descaro y claridad, (debido a la impunidad que le otorgan las instancias internacionales que debían velar por el bien y la concordia de los pueblos), como el más espantoso totalitarismo de la historia, ante el que palidecen los fascismos conocidos hasta ahora, a la cabeza de los cuales el comunismo, en su realización concreta en la disuelta URSS, que durante setenta años de desolación, sometió desde Rusia a media Europa.
          De la mano de un liberalismo salvaje y luciferino que pretende enmascararse travistiéndose (nuevamente en la historia) de la luz de un “conocimiento gnóstico” redivivo en cada generación y camuflado en propuestas falsas y altisonantes, de progresismo, tolerancia y equidad, se esconde realmente, la más burda dictadura ideológica jamás engendrada por la “bestia apocalíptica”, cuya finalidad bimilenaria, no es otra, que la ilusoria tentativa de aniquilar a quien ya la ha vencido, y ante cuyo ataque, “no prevalecerán sus puertas”, que se yerguen como espantajos del “humo” nauseabundo, fragante de cultura, modernidad, orden y progreso, incapaces de disimular su hediondez.
          Se propone de nuevo aquella insurrección atemporal de los espíritus, encarnada ahora en el escenario espacio-temporal de nuestra época soberbia y altanera, que se alza rebelde ante el trono de la Majestad divina, despreciando el escabel de sus pies de nuestra Naturaleza. Abomina coercitivamente el seno amoroso de la vida familiar, imagen humana de la comunión trinitaria, como intento de demolición de la sociedad cristiana, detonando así inconsciente y fatalmente su propia aniquilación, pergeñada desde antiguo por el envidioso enemigo ancestral, y que es actuada ahora por sus idólatras y secuaces adoradores, “constructores” de infamias, subyugados de soberbia, y cegados del orgullo satánico de su encumbrado tirano.
          Valores eternos como la Ley natural y el derecho a la vida, son pisoteados ahora, con el intento furtivo de sustituirlos por “nuevos” y espurios, intuidos ya por León XIII en 1891, y que han ido eclosionando desde antiguo a través de herejías, revoluciones, y cismas.

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ESTE TIEMPO

ESTE TIEMPO


          Ya no importa mucho si el origen de la crisis ha sido preparado y diseñado, en el Foro de Davos, y fabricado y difundido en Wuhan más o menos maléfica y estratégicamente. Tampoco importa ya demasiado, si la alarma mediática ha sido programada y concienzudamente desorbitada. Puede ser sorprendente la adhesión generalizada por toda clase de estamentos nacionales e internacionales moviéndose como títeres al comando de organizaciones supranacionales, obedientes a poderes opacos o tramas espurias.
          Lo que es un hecho, es que ya desde hacía algún tiempo se barruntaba que se estaba fraguando una “tormenta global”, dado el incremento desorbitado de perversión planetaria, que eufemísticamente se engloba bajo el concepto de “progresismo”, y dado que un segundo “diluvio universal” viene descartado por las Escrituras, sin saber ni el cómo ni el cuándo, suplicaba al Señor que fuera piadoso en su infinita bondad, a la hora de sacudir pedagógicamente a “esta generación incrédula y perversa”. Como dice la Escritura: Dios prende a los necios (que se creen sabios y poderosos) en su astucia, y tras una corrección ciertamente severa, del mal saca siempre el bien.
          Siendo creaturas de Dios, estamos a la expectativa de lo que el Señor tenga dispuesto para hacer reaccionar a este mundo que gira sobre sí mismo, convencido de ser autosuficiente para manejar la historia y el destino de la humanidad de espaldas a Dios. No es necesario, como estamos comprobando, modificar las leyes físicas, para detener la marcha de este planeta movido por la soberbia, la avaricia y la necedad. Basta un insignificante conglomerado de proteína inferior a una célula, para detener tanta autosuficiencia y terquedad. Mucha agitación y poca reflexión y sabiduría. El mundo debería detenerse a pensar, para comprender que la vida no es sólo comer, beber y divertirse; robar, protestar y exigir. Es necesario acudir a la luz de la palabra divina para reencontrar el camino perdido y recuperar la dirección que nos oriente a la meta:

          “Sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo?” (Lc 12, 56).

          “Habló el pueblo contra Dios, que envió contra él serpientes abrasadoras, y murió mucha gente. El pueblo dijo entonces: «Hemos pecado. Intercede por nosotros.» Moisés intercedió, y el Señor le dijo: «Hazte una serpiente abrasadora y ponla sobre un mástil. Todo el que  la mire, vivirá.»” (cf. Nm 21, 5-9).
          Cuando se multiplican estos minúsculos agentes de muerte y progresa la incapacidad de vencerlos, paralizando la vida de naciones enteras, bastaría una mirada de fe habiendo reconocido el pecado, para conjurar la amenaza mortal. En cambio, la autosuficiencia humana se niega a reconocer su impotencia y su impiedad, y es incapaz de levantar su mirada a un Dios en el que no cree, humillando su razón ebria de sí. Además hoy sería especialmente difícil una tal mirada, cuando han sido eliminados sistemáticamente los crucifijos, de la posición estratégica en la que la piedad cristiana tradicional los había colocado.
          “Dios Todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos.» Le fue ordenado al ángel abrasar a los hombres con fuego, y no obstante, blasfemaron del nombre de Dios que tiene potestad sobre tales plagas, y no se arrepintieron dándole gloria (cf. Ap 16, 7-9).
          Los demás hombres que no fueron exterminados por estas plagas, no se convirtieron de las obras de sus manos; no dejaron de adorar a los demonios y a los ídolos de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera. No se convirtieron de sus asesinatos ni de sus hechicerías ni de sus fornicaciones ni de sus rapiñas” (cf. Ap 9, 20-21).
          “Dice el Señor: Yo incluso os he dado falta de pan en todos vuestros lugares; ¡y no habéis vuelto a mí! Hice cesar la lluvia, a tres meses todavía de la siega; he hecho llover sobre una ciudad, y sobre otra ciudad no he hecho llover; una parcela recibía lluvia, y otra parcela, falta de lluvia, se secaba (y ardía); dos, tres ciudades acudían a otra ciudad a beber agua, pero no se saciaban; ¡y no habéis vuelto a mí! Os he herido, he secado vuestras huertas y viñedos; vuestras higueras y olivares los ha devorado la langosta; ¡y no habéis vuelto a mí! He enviado contra vosotros peste, he matado a espada a vuestros jóvenes; he hecho subir a vuestras narices el hedor de vuestros campamentos; ¡y no habéis vuelto a mí! Os he destruido como la destrucción divina de Sodoma y Gomorra, habéis quedado como un tizón sacado de un incendio; ¡y no habéis vuelto a mí!” (cf. Am 4, 6-11).
          “Surgirán muchos falsos profetas, que engañarán a muchos. Y al crecer cada vez más la iniquidad, la caridad de muchos se enfriará. Pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. «Se proclamará esta Buena Nueva del Reino en el mundo entero, para dar testimonio a todas las naciones. Y entonces vendrá el fin” (cf. Mt 24, 11-14).
          El origen de las calamidades hay que buscarlo en la apostasía y la depravación, la violación de la naturaleza, el aborto y el desprecio de la “ley divina” en general, porque aunque el hombre se empeñe en conseguirlo, no es posible separar la creación de su Creador pretendiendo impedir su corrupción, ni gobernar lo que ilusoriamente presume conocer. Ya el profeta Isaías, unos 750 años antes de nuestra era escribe:
          "El Señor estraga la tierra, la despuebla, trastorna su superficie y dispersa a sus habitantes: al pueblo y al sacerdote, al siervo y al señor; al que compra y al que vende; devastada y saqueada será la tierra profanada por sus habitantes, que traspasaron las leyes, violaron el precepto y rompieron la alianza eterna. Una maldición ha devorado la tierra por culpa de quienes la habitan" (Is 24, 1-6).
          El final está aún por verse. Dependerá de la corrección y la purificación con las que Dios quiera hacer reaccionar a la humanidad en espera de un juicio definitivo e imprevisible.
          “Y si el Señor no abreviase aquellos días, no se salvaría nadie, pero en atención a los elegidos que él escogió, ha abreviado los días” (cf. Mc 13, 20).

          Ante acontecimientos como los que están sucediendo a nuestro alrededor y que afectan a nuestro estatus de bienestar a ultranza, recurrimos inevitablemente a la acción, tomando medidas, y dando palos de ciego, como se suele decir, tratando de solucionar la problemática inmediata, porque no hay tiempo de buscar ante quien protestar o a quien culpar; siendo así, que la perturbación que nos incomoda, parece estar lo más alejada posible de nuestra responsabilidad personal. Nos resistimos a reflexionar al respecto, aceptando la fatalidad como única causa aceptable, a la que hay que enfrentarse, sin más.
          Si la situación climática se desquicia, el estado deberá proveer soluciones satisfactorias por su falta de previsión. Si la violencia se dispara, urge reformar el derecho penal, y el sistema penitenciario. Si dilaga la corrupción, la panacea milagrosa consiste en una buena moción de censura al gobierno, de modo que sean otros los que turnándose, puedan tener acceso a las arcas del estado. El análisis puede proyectar al infinito la casuística, en un recurso que nos devuelve siempre al punto de partida, dada la comprobada debilidad de la memoria política de las masas.
           La globalización no debería consistir en una estrategia de poderes financieros, sino en una comprometida actitud conjunta de buscar soluciones globales a problemas globales, trascendiendo los mezquinos intereses que sólo promueven el descarte y la marginación de muchos en favor de pocos.  
          Una crisis global remite a una instancia global, ante la cual no son posibles ningún tipo de individualismos o particularismos; de sectarismos o supremacismos de ningún tipo, y todo debe conducir al reconocimiento de la propia incapacidad, y la nefasta autosuficiencia frente a la existencia, la supervivencia o la trascendencia tanto personal como colectiva. El problema entonces consiste en que si procedemos del azar, a él estamos abocados, pero no de forma hipotética y lejana sino próxima y constatable en carne propia, donde toda vana pretensión de superar la crisis primordial se desvanece.
         Pero no procedemos del azar, tenemos un Padre amoroso y creador, y un Salvador que permanece con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, en la salud y en la enfermedad; en la calma y en la tormenta; en las alegrías, en las penas, y entra con nosotros en la muerte para resucitarnos con él: 
          Pueblo mío, entra en tu casa y cierra tu puerta tras de ti, escóndete un instante hasta que pase la ira. Porque he ahí al Señor que sale a castigar la culpa de todos los habitantes de la tierra contra él (cf. Is 26, 20-21). Ya que has guardado mi recomendación de ser paciente, también yo te guardaré de la hora de la prueba que va a venir sobre el mundo entero para probar a los habitantes de la tierra (cf. Ap 3, 10). «¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por nuestra sangre de los habitantes de la tierra?» Entonces se les dijo que esperasen todavía un poco, hasta que se completara el número de sus consiervos y hermanos que iban a ser asesinados (cf. Ap 6, 10-11). Entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará (cf. Mt 6, 6). 

                                                                         www.jesusbayarri.com



Vigilia pascual 2020 A


Vigilia pascual[1]
(A: Mt 28, 1-10; B: Mc 16, 1-8; C: Lc 24, 1-12) 

Queridos hermanos:

Estamos velando, porque cada año en esta noche el cielo se hace presente en la tierra, y así como los ángeles viven siempre porque velan siempre, ya que la vida celeste es eterno día y vigilia porque no hay allí noche, ni sueño, sino luz, verdad y vida, así al velar nosotros ahora, traemos a nuestra consideración la vida celeste y angélica[2], porque en la Resurrección seremos como ángeles según las palabras del Señor. Por eso la presencia del Señor fue día y vigilia en la noche de Egipto, cuando en ella irrumpió la vida celeste.
En el principio sucedió que sobre las tinieblas de la nada, con la Palabra del Señor irrumpió la luz del ser y de la vida que estaba en Dios eternamente, y así como culmen de la creación, fue hecho el hombre: luz, en el espacio, el tiempo y la existencia.
Entonces puso Dios al hombre ante los caminos de la vida y de la muerte, y el hombre: vino a ser: luz, y libertad, en el espacio, el tiempo, y la existencia.
Pero el hombre eligió el camino de la muerte, y se apagó su luz, y el hombre: tuvo miedo, y vino a ser esclavo[3] en el espacio y el tiempo de su existencia. “Se dio cuenta el Señor de que el hombre era ya incapaz de llevar sobre sí su luz, y tuvo que esconderla bajo su trono hasta que viniera el Mesías.”[4] Él daría a los hombres ojos nuevos: “un corazón nuevo y un espíritu nuevo” y traería la Luz. Por eso al llegar Cristo, decía en su predicación. “Yo soy la luz del mundo; el que me ve a mi, ve al Padre”; Dios es luz, en él no hay tiniebla alguna. Y trajo la luz a los ciegos y a cuantos vivíamos en tinieblas. Pero mientras tanto, el cuarto día de la creación, Dios creó el sol, la luna y las estrellas que alumbraran de día y de noche hasta que el hombre fuera nuevamente luz, y fueran creados cielos nuevos y tierra nueva.
Y Dios llamó al hombre y le dijo: Abandona en mí tu corazón y tu cuidado y toda tu esperanza, y así lo hizo Abraham, y así el hombre volvió a ser en el tiempo, el espacio y la existencia amigo de Dios. Y así nació la fe.
Y escuchó Dios, y vio y conoció los sufrimientos de su pueblo (Ex 3, 7), y de noche bajó a Egipto, y cambió la noche en día y en vigilia de esperanza: La noche fue clara como el día, y así nació la Pascua del Señor. Y fue el hombre amigo de Dios en la fe y en la esperanza, en el tiempo, el espacio y la existencia.
Envió después Dios a los profetas para recordarnos siempre a los hombres su Alianza universal de amor, y para que no se extinguiera en nosotros nunca la esperanza, hasta que viniera Cristo, nuestra Pascua, a darnos de nuevo la libertad, y así llegáramos a ser en el espacio, el tiempo y la existencia: luz y fe y esperanza, y libertad para poder amar.
          Y Resucitó el Señor y nos entregó su Espíritu y nació la Iglesia, y el hombre llegó a ser hijo de Dios.
          Ahora, ha llegado de nuevo el Día que burló a la noche, y han quedado fuera las tinieblas; salgamos, pues, vayamos con Cristo y arranquémosle sus muertos al infierno, con la palabra del Señor.
Escuchemos abundantemente la palabra, que nos introduzca en una más profunda comprensión del misterio de esta noche santa. Las lecturas traen a nuestra memoria las grandes noches de la historia de la salvación, en las que la luz de Dios viene para destruir las tinieblas. La primera es la noche de la creación en la que sobre las tinieblas de la nada irrumpe la vida celeste, y es creada la luz de Dios, y la última, es la noche de la nueva creación, que nos da, el sentido espiritual de la Pascua, como dice Filón de Alejandría. Dice san Pablo: “Vosotros sois creaturas nuevas” (cf. 2Co 5,16-20).
Según un targum[5] encontrado en La Biblioteca Vaticana,[6] en la primera noche: Dios se manifestó en el mundo para crearlo. El mundo no era sino confusión y tinieblas difundidas por el abismo. Noche de la Creación, en la que Dios ha liberado su obra, que estaba amenazada por las tinieblas. Había una lucha entre la luz y las tinieblas. Y ésta fue la primera victoria, porque la palabra de Dios era la luz que brillaba, y “las tinieblas no la vencieron”. Ésta es la primera redención, en la que el mundo fue salvado: Pascua de la Creación.
La segunda es la noche de Abraham; la noche de la fe. Según el libro de los Jubileos,[7] fue Abraham el que instituyó la Pascua al sacrificar un cordero en lugar de su hijo. En la segunda noche, (continua el targum) Dios se aparece a Abraham, cuando tenía 90 años, para cumplir la Escritura que dice: “¿Quizás Abraham generará y Sara dará a luz?”
Cuando Isaac tuvo la edad de 37 años fue ofrecido sobre el altar. Isaac pidió a su padre: “¡Átame, átame fuerte!, no sea que por el miedo me resista; porque entonces tu ofrenda no será válida”. Isaac aceptó voluntariamente, ser atado, y su Aquedah, obtuvo un mérito no sólo para él, sino también para sus hijos. Por eso los hebreos rezan siempre diciendo: “Recuerda el aquedah de Isaac”. Y los cristianos decimos: Recuerda los méritos de nuestro Señor Jesucristo, el verdadero Isaac; pues también él fue atado. En la narración de la pasión, Cristo es presentado atado ante el sumo sacerdote (cf. Jn 18,12).
Esta es la segunda noche. Y continúa diciendo el targum que, cuando Isaac estaba amarrado sobre el altar, sometido libremente a la voluntad de Dios, vio la perfección de la gloria. Mas como el hombre no puede ver el cielo, porque no puede ver a Dios, salvó su vida porque confió en Dios, pero se quedó ciego. Por eso dice la Escritura, que cuando Isaac era viejo no fue capaz de distinguir a sus hijos, dando la bendición al segundo, en vez de al primero (cf. Gn 27,1-45). Su ceguera no fue un castigo, sino la consecuencia de una gracia, por la cual vio la gloria de Dios. En el Evangelio aparece esto mismo con el ciego de nacimiento: “¿Quién ha pecado?” y Cristo dirá: “es para que se manifiesten las obras de Dios; “si crees, verás la gloria de Dios.” (cf. Jn 9,1). Feliz ceguera que le ha permitido ver la gloria de Dios. San Agustín dirá: ¡Feliz culpa que mereció tan grande redentor! Feliz esta noche de tinieblas que nos trae tan grande Luz. Pascua de la fe.
En la tercera noche, continúa el tárgum, Dios visitó a Egipto. Su izquierda mató a los primogénitos de los egipcios, y su derecha protegió a Israel, para que se cumpliese la Escritura: “Mi hijo primogénito es Israel” (cf. Ex 4,22). Esta es la Pascua de Yahveh.
“En la cuarta noche el mundo viejo llegará a su final para ser disuelto, y en Cristo resucitado aparecerá la nueva creación. Los yugos de hierro serán despedazados y las generaciones perversas serán derrotadas. Moisés subirá de en medio del desierto y el Rey Mesías vendrá de lo alto. Uno caminará a la cabeza del rebaño, y el otro a la cabecera de la nube; y su palabra caminará entre ellos. Yo y ellos caminaremos juntos de nuevo, en la noche de Pascua para la liberación de todo el mundo, cuando esté totalmente bajo la dominación de la esclavitud, dice el Señor.” Es la noche de la nueva creación en Cristo, el tiempo de la Iglesia, Esta noche se prolonga desde la primera a la última Pascua de Cristo.
Las lecturas nos recuerdan también las enseñanzas de los profetas sobre la Alianza, y las que preanunciaban la universalidad de la salvación. Ayer todo era sueño y esperanza, y esta noche de vela, ahuyentado el sueño, lo ha convertido todo en realidad.
¡Gloria a Dios en lo alto del cielo! ¡Que suenen las campanas, porque en Cristo, hemos recibido la vida nueva en el Bautismo!
¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado!
Esta es la buena noticia traída por las mujeres. Lo hemos escuchado en el testimonio de los ángeles: « No os asustéis. No temáis. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; no está aquí, en la soledad del huerto donde fue sembrado su cuerpo. Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. ¡Ha resucitado, no está aquí!»[8]
Estas mismas palabras nos dirige el evangelista a nosotros en esta noche santa: “¡No está aquí, ha resucitado!” Si buscáis a Cristo, Jesús, el Crucificado, no tenéis por qué temer, porque ha resucitado, constituido Espíritu que da vida. Fue bautizado en la muerte y ha resurgido a la Vida Eterna. Fue talado en este huerto, pero ha brotado como renuevo del tronco de Jesé; ha surgido como un vástago de sus raíces.
El pastor que fue herido está de nuevo al frente de su rebaño; va delante de nosotros abriendo camino y nos saldrá al encuentro en el testimonio de la misión: ¡La muerte ha sido vencida y el pecado ha sido perdonado! La vida precaria en este mundo ya no volverá a ser lo que fue, porque se ha abierto una brecha en medio de la muerte fatal. La vida celeste ha irrumpido en el infierno. La noche sempiterna se ha vuelto clara como el día. Las cadenas de la esclavitud han sido rotas, y Adán se ha desembarazado de su culpa. Por la generación nos alcanzó la condena de la desobediencia, y por la regeneración de la fe, la gracia de la sumisión.
“Cristo ha resucitado, y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre”. Lo hemos celebrado en el simbolismo del Cirio pascual y lo reviviremos con la aspersión y la inmersión bautismal, con la que la Iglesia romperá aguas en estos niños que hoy serán bautizados. Vamos a recordar nuestro bautismo y a renovar nuestra adhesión a Cristo; que el agua caiga sobre nuestras cabezas como la sangre de Cristo empapó la tierra, y nos purifique de nuestras faltas. Vamos a implorar también esta gracia para todos los hombres.
Que el cuerpo y la sangre de Cristo sacien el hambre de nuestro ayuno del mundo y sus vanidades y nos hagan un espíritu con él. Él, es nuestra Pascua. Entremos con él en la muerte y renazcamos con él glorificados. Sentémonos con él en la gloria a celebrar su victoria.      
¡Que lo abatido se levante, lo viejo se renueve y vuelva a su integridad primera, por medio de nuestro Señor Jesucristo de quién todo procede!
¡Él, que vive, y reina con el Padre, por los siglos de los siglos![9]

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[1] Homilía descriptiva para la abundancia de niños.
[2] San Agustín: cf. Sermo Guelferb. 5.
[3] cf. Hb 2, 15.
[4] Comentario rabínico citado por: Mans, F. Introducción al Judaísmo, cap 7, p141.

[5] El Targum es la versión sinagogal de la Escritura, leída en sus asambleas de oración, en las que no se lee el texto Masorético ni el de los Setenta. P. Sacchi, Gli Apocrifi del Antico Testamento, Torino, 1990.
[6] A. Díez Macho, Targum Neophyti I. II Éxodo, 66-80, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid-Barcelona, 1970.
[7] Libro de los Jubileos: Apócrifo del AT, del 150 a. C. que rescribe la Biblia según el calendario solar y para el cual la Pascua se celebraba siempre el martes por la tarde (miércoles) día de la creación del sol y la luna que indican el comienzo de las fiestas.
[8] Benedicto XVI, cf. homilía de la Vigilia Pascual 2007.

[9] Cf. Oración después de la séptima lectura.