Domingo 4º de Pascua A

Domingo 4º de Pascua A

Hch 2, 14.36-41; 1P 2, 20-25; Jn 10, 1-10

Queridos hermanos:

Ante la dispersión provocada por el pecado, que destruye la comunión del hombre con Dios y con los demás, Dios, que es amor, comienza —por mediación de su Hijo— la construcción de un nuevo “redil”, en el que sean reunidos nuevamente en el Paraíso del amor, del que fueron expulsados. Dios mismo los buscará, los conducirá y los apacentará.

Hoy, la Palabra nos invita a reflexionar sobre la centralidad absoluta de Cristo en la historia, y a darnos cuenta de que sólo cuando esta centralidad de Cristo se realice en nuestra vida quedará resuelta nuestra problemática personal. A hacer esto posible se orienta su obra redentora, en la que hoy se nos presenta como Pastor y como Puerta, para guiarnos e introducirnos en la Iglesia, ámbito de la comunión entre todos los hombres y con el Padre, comunión que se alcanza mediante la fe en Él.

Esta fe adquiere expresiones distintas según las diversas definiciones con las que Cristo se revela a sí mismo, iluminándonos como las siete lámparas del candelabro que está ante la presencia de Dios (Ap 1, 12s): Yo soy el Pan de la vida; la Luz verdadera; el Camino, la Verdad y la Vida; la Resurrección; la Vid verdadera; la Puerta y el Buen Pastor. Creer en Cristo Pan será: comer la carne del Hijo del hombre. Creer en Cristo Luz será: ver al Hijo. Creer en Cristo Camino, Verdad y Vida será: ir a Cristo. Creer en Cristo Resurrección será: entrar con Él en la muerte. Creer en Cristo Vid será: beber su sangre. Creer en Cristo Puerta será: entrar por Él. Y creer en Cristo Buen Pastor será: conocer su voz, escucharla y seguirle, como hemos escuchado en el Evangelio. El fruto de esta fe será siempre el mismo: Vida, y Vida eterna.

Dios ha abierto una puerta para que los hombres puedan salir de la cárcel de la muerte hacia la vida, y esta puerta es Cristo, cuya llave tiene forma de cruz, de humillación y de pasión. Como dice san Pedro: “No hay otro nombre dado a los hombres en el que podamos ser salvos”. El Verbo mismo ha entrado por la puerta de nuestra carne que el Padre le presentó, y aunque su carne hubiese podido preferir otra distinta —de éxito y aceptación— para salvar al mundo, tomó la cruz, en lugar de nacer de estirpe real o de casta sacerdotal. Cristo entró por la puerta de la voluntad del Padre. Fue fiel a la imagen del Cristo que el Padre había modelado, y así se ha hecho puerta para nosotros.

Cuantos han pretendido traer salvación antes y después de Cristo, anunciándose a sí mismos, eran ladrones y bandidos. No así los profetas, que no dieron testimonio de sí mismos, sino de Cristo, como Juan Bautista.

Todo este discurso gira en torno al amor que procede del Padre y que entrega a su Hijo, y al amor de Cristo que obedece y lo hace visible en su cuerpo entregado. Este amor se manifiesta después en la comunión de las ovejas y en su testimonio ante el mundo. La ausencia de este amor en forma de cruz es lo que desenmascara al falso pastor, que sólo busca destruir al rebaño con propuestas halagüeñas para evitar la cruz, propuestas que son falsas.

Cristo, para introducir a las ovejas en el redil de la vida, entra en la muerte por la puerta del Amor crucificado y se constituye a sí mismo en puerta abierta. Después llama a las ovejas con su palabra, las saca de la dispersión de la muerte y las conduce en comunión a los pastos de la vida.

Para salir de la muerte hay que conocer y escuchar la voz del Pastor, seguirle y entrar por Cristo: por la puerta de la fe, a través del bautismo y mediante la conversión. Cada oveja recibe así el Espíritu Santo, su vida y su nombre en Cristo. La muerte ya no tiene poder sobre ellas, y pueden entrar y salir por la puerta de la cruz (cf. 1 P 2, 20) sin que la muerte las dañe. Pueden creer y amar, siguiendo las huellas de Cristo, y ser apacentadas en los pastos abundantes de la vida eterna, en un rebaño a salvo del lobo.

En esta Eucaristía, el Señor nos apacienta con su Palabra y nos da su Cuerpo y su Sangre como alimento de vida eterna.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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San Marcos

San Marcos

1P 5, 5b-14; Mc 16, 15-20

Queridos hermanos:

En esta fiesta del evangelista Marcos, la liturgia de la Palabra nos presenta el anuncio del Evangelio a toda la creación. San Pablo dirá: “Sólidamente cimentados en la fe, firmes e inconmovibles en la esperanza del Evangelio que oísteis, que ha sido proclamado a toda creatura bajo el cielo” (Col 1, 23). San Marcos, por su parte, afirma: “Es preciso que sea proclamada la Buena Nueva a todas las naciones” (Mc 13, 10), y añade: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16, 15). Esto, evidentemente, más que con palabras, se testifica con una Vida Nueva.

San Lucas, en los Hechos, dice: “Recibiréis una fuerza, cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, y de este modo seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8). Y Mateo recoge las palabras del Señor (Mt 28, 18-20): “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

La creación, en efecto, fue sometida a la frustración por la muerte, consecuencia del pecado, y ha sido vaciada de su sentido instrumental para la realización del plan de Dios. La humanidad, predestinada a la gloria, quedó impedida para la comunión con Dios, y las tinieblas volvieron de nuevo a cernirse sobre el mundo. San Pablo lo expresa diciendo que “la creación gime con dolores de parto, esperando la manifestación de los hijos de Dios”.

Cristo resucitado ha recibido todo poder, y en su nombre obedecen el cielo y la tierra. El mal y la muerte retroceden ante el Evangelio de la gracia de Dios, que se convierte en paradigma de salvación para aquel que se abre a su acción por la fe: “Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios” (Mt 10, 8). Y añade: “Los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos, y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien” (Mc 16, 17-18).

Hoy, nosotros celebramos con san Marcos el testimonio de la vida y de las Escrituras, por las que el Espíritu, a través de los enviados, hace resonar la verdad del amor de Dios. Hoy somos llamados a seguir fielmente las huellas de Cristo, y en la Eucaristía implorar la gracia de creer con firmeza en el Evangelio que nos salva.

 Que así sea.

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Viernes 3º de Pascua

Viernes 3º de Pascua

Hch 9, 1-20; Jn 6, 52-59

Queridos hermanos:

A través del Evangelio según san Juan hemos recorrido, durante estos días, el discurso del Pan de Vida, que comenzaba mostrándonos cómo nuestra adhesión a Cristo estaba profundamente contaminada por las exigencias de la carne. Era necesario purificarla de todo lo terreno para elevarla al cielo de la fe.

Dice el Señor: “Mis palabras son espíritu y vida; la carne no sirve para nada”. Él no habla para satisfacer la carne, sino para alimentar el espíritu.

Sólo la fe es capaz de resistir ante este lenguaje, porque se apoya en quien habla, aunque no comprenda del todo lo que escucha. Jesús ha dicho: “Mis palabras son espíritu y son vida”. Un judío ni siquiera puede comer la sangre de los animales; cuánto menos la de una persona. Sólo la confianza y el abandono total en quien habla —fruto de la fe— pueden soportar este misterio y trascender la propia razón.

En la Escritura, la vida está unida a la sangre y, por eso, pertenece a Dios; el hombre no puede derramarla ni apropiársela. Sólo si se acepta que Cristo es Dios, la mente puede elevarse y acoger, sin comprender del todo, su invitación a beber su sangre. Beber sangre equivaldría a beber vida. La invitación a beber la sangre divina de Cristo es, por tanto, una invitación a la Vida eterna.

Carne y sangre hacen referencia al cuerpo, y Cristo, a través de la Escritura (cf. Hb 10, 5-7), dice: “Me has formado un cuerpo para hacer, oh Dios, tu voluntad”. Comulgar con el cuerpo de Cristo es, entonces, comulgar con la voluntad de Dios, que lo lleva a entregarse a la muerte por la salvación del mundo, haciéndonos un solo espíritu con Él.

Este es el pan sustancial que no perece (Jn 6, 27), del que Cristo mismo se alimenta: “Mi comida es hacer la voluntad —amorosa y salvadora— del que me ha enviado” (cf. Jn 4, 34). El que hace la voluntad de Dios permanece en Él, que no muere; y aunque experimente la muerte, no morirá para siempre: vivirá. La vida del Padre, que está en Cristo porque permanece en Él, está también en el discípulo que permanece en Cristo, otorgándole Vida eterna.

Cuando en la Eucaristía decimos “¡Amén!” al comer la carne de Cristo y beber su sangre, aceptamos que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios, por la cual ha enviado a su Hijo a entregarse por todos los hombres.

San Pablo enseña que se debe discernir lo que se come y se bebe al participar en la Eucaristía. Este discernimiento es posible sólo por la fe; por eso hemos escuchado en la primera lectura que Pablo debe someterse al bautismo —sello de la fe— para incorporarse y formar parte del Cuerpo de Cristo, al que también nosotros nos unimos en la Eucaristía.

Cuando Cristo habla de la vida eterna, afirma que quien la posee resucitará en el último día. Esto implica haber pasado antes por la muerte, que es la puerta de entrada a la resurrección, pero sin permanecer en ella: vivirá para siempre.

Si comer la carne de Cristo es vivir en Él, entonces somos saciados. Y si Él vive en nosotros, al entregarnos por el mundo, es Cristo mismo quien se entrega. Esta participación en la muerte de Cristo, en su “carne”, lleva consigo también nuestra participación en su resurrección.

Por eso dice Cristo que sólo así tenemos vida en nosotros mismos y garantía de resurrección en el último día. Su alimento no perece, sino que salta a la Vida eterna, donde sólo el amor —que es Dios— subsistirá.

Que así sea en nosotros. 

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Jueves 3º de Pascua

Jueves 3º de Pascua

Hch 8, 26-40; Jn 6, 44-51

Queridos hermanos:

En la Eucaristía estamos sentados ante esta mesa de vida eterna, a la que —como hemos escuchado— nos convoca el Padre, atrayéndonos hacia Cristo para ser instruidos por Él mediante su Palabra y para ser alimentados con el pan del cielo, que da vida eterna a quienes escuchan y aprenden. Las palabras y la vida de Cristo son enseñanza y vida para quienes escuchan y creen, apoyando su existencia en Dios y entregándose con Cristo. Escuchan y aprenden; escuchan y obedecen su Palabra por la fe. Dios enseña a todos, pero quizá no todos aprendemos.

El pecado, como contradicción de la fe, nos priva de la vida eterna al apoyarnos en la mentira mortal. Se supone que nosotros hemos aprendido, porque hemos sido dados a Cristo y hemos venido a Él para ser alimentados por Él en la Palabra y en la Eucaristía. Por lo tanto, también debemos creer que hemos recibido la vida eterna y que resucitaremos en el último día, si no la contradecimos con nuestros pecados. Pero no debemos olvidar que este pan celeste es la carne de Cristo entregada por la vida del mundo. Por eso dice la carta a los Efesios: «Vivid en el amor con el que Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima.» Vivid en la entrega con la que Cristo se entregó.

Dios manda un pan en el desierto con el que se nutre durante cuarenta días el profeta Elías, como lo fue en otro tiempo Moisés, y durante cuarenta años el pueblo. Todo pan nutre la vida del hombre por un tiempo y después perece. Dios les dio el maná a los israelitas durante cuarenta años, y murieron unos en el desierto y otros en la tierra prometida. Dios dio a Abrahán la promesa y, cuatrocientos años después, la ley a Israel; pero siguieron muriendo, viendo su cumplimiento solo en esperanza. Tanto el maná como el pan de Elías fueron prodigiosos, pero no eran el pan sustancial que anuncia Cristo: un pan que no perece y un alimento que sacia perennemente: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo, para que quien lo coma no muera; es mi carne por la vida del mundo.» Lo ha dicho san Pablo: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima.» Cristo ha recibido un cuerpo para entregarse por el mundo: «Me has dado un cuerpo para hacer, oh Dios, tu voluntad» (cf. Hb 10, 5-7).

Cristo está en el cielo. Lo que se hace presente en esta mesa no es su cuerpo glorioso, ni el que pasea por la orilla del lago, ni el que predica por Galilea o resucita a Lázaro, sino su cuerpo entregado en la cruz: la muerte de Cristo y su sangre derramada, no el día de su circuncisión, sino en su pasión y muerte. Por eso dice san Pablo: «Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos la muerte del Señor hasta que venga.» Podemos pensar que al cuerpo glorioso del Señor no le afectan los sufrimientos de su cuerpo físico; pero sí, ciertamente, los de su Cuerpo Místico, en personas elegidas por Él que aceptan libremente ofrecerse por amor. Podemos decir, por tanto, que sufre místicamente con nuestros sufrimientos y con las consecuencias de nuestros pecados.

Cuando san Pablo dice: «Sufro lo que falta en mi carne a la pasión de Cristo»; cuando los mártires son asesinados; cuando Cristo mismo crucifica al Padre Pío diciéndole: «Cuántas veces me habrías abandonado si no te hubiera yo crucificado»… ¿pensamos que al Señor le resultan indiferentes estos sufrimientos? Ciertamente no. Es su amor quien los permite y, en ocasiones, los suscita, para sufrir místicamente en sus miembros escogidos por la salvación del mundo.

Al comer su carne se nos da algo que no es solo para nosotros, sino para el mundo. En la Eucaristía decimos amén a su carne entregada, a su entrega por la vida del mundo.

  Que así sea en nosotros.

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Miércoles 3º de Pascua

Miércoles 3º de Pascua

Hch 8, 1-8; Jn 6, 35-40

Queridos hermanos:

Después de las primeras apariciones y los primeros testimonios de la Resurrección, el anuncio del Evangelio y la Iglesia misma desbordan el ámbito de Jerusalén y se extienden hasta los confines de la tierra, bajo el signo de la cruz y de la persecución.

Hoy, en la Palabra, Cristo se nos presenta como el pan enviado por Dios, que no cae como el maná, sino que se encarna para dar vida. No solo es un pan que viene de Dios, sino un pan en el que Dios mismo se da como alimento. Para realizar esta obra, Cristo lleva a cabo unas “señales” que manifiestan que Dios está en Él; pero estas señales no quitan al hombre su libertad y pueden ser rechazadas, al igual que su palabra, o incluso instrumentalizadas, sin que se dé la conversión ni la fe.

Cristo habla de un pan imperecedero que da vida eterna. Él tiene un alimento que consiste en hacer la voluntad del que lo ha enviado. Esa voluntad pasa por nuestra salvación a través de la cruz.

Comer de ese pan, que es Cristo mismo, nos une a su cruz y a su resurrección de vida eterna. Por la fe en Cristo y mediante la Eucaristía, realizamos sacramentalmente nuestra unión con Él en la voluntad del Padre, que hace de nuestra vida una entrega, juntamente con Cristo, al amor misericordioso de Dios, en el que caben todos los hombres y que nos transforma en don para el mundo.

Pero este pan de Dios, que se encarna, los judíos no lo han visto caer del cielo como el maná, sino surgir de la tierra: «¿No es este Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: “He bajado del cielo”?». Murmuran porque no entienden eso de nacer de lo alto, nacer del Espíritu, y no están dispuestos a aceptar la encarnación de Dios en un hombre, en un galileo, en un laico, en un “irregular”, como no han aceptado nunca a los profetas.

Para nosotros, para nuestra generación, no es menor la dificultad ante la Encarnación: «Cristo sí, la Iglesia no», dicen muchos; «La Iglesia sí, los curas no»; «Los curas sí, los laicos no». De hecho, la mayor parte de las herejías han surgido en torno a la Encarnación. Por eso dice Jesús que el problema consiste en «ver al Hijo», discernir en Jesús la presencia de Dios.

Dios dio a Abrahán la promesa, y la ley cuatrocientos años después a Israel, pero siguieron muriendo sin ver su cumplimiento. Solo en Cristo se anuncia un pan que no perece y un alimento que sacia: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo. Yo soy el pan de vida; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera; es mi carne por la vida del mundo».

San Pablo lo ha dicho: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima». Cristo ha recibido una carne para entregarse por el mundo: «Me has dado un cuerpo para hacer, oh Dios, tu voluntad» (cf. Hb 10,5-7).

Comer la carne de Cristo es entrar en comunión con su entrega. Cristo es, pues, el alimento de la vida definitiva que ansía el corazón humano y que el mundo necesita.

Pero hemos escuchado a Cristo decir: «Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí. Nadie puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado, no lo atrae». El Padre atrae hacia Cristo, ofrece a Cristo el don de nuestra fe, pero lo hace con lazos de amor y no de constricción, a los cuales debe responder el libre albedrío de nuestro amor, creyendo y yendo a Cristo.

Nuestro corazón debe querer ser atraído hacia Cristo, y el Padre, que ve los deseos de nuestro corazón, nos lo concederá, como dice el salmo: «Sea el Señor tu delicia, y Él te dará lo que pide tu corazón» (Sal 36,4). «Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna, y que yo lo resucite en el último día».

Decía el poeta Virgilio: «Cada cual es atraído por su placer». Nosotros, hoy, diríamos: cada cual es atraído por su amor, por aquello que ama. Decía san Agustín: «No hay nadie que no ame; el problema es cuál sea el objeto de su amor». Por eso dice la carta a los Efesios: «Vivid en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima». Vivid en la entrega con la que Cristo se entregó. Lo dice el Señor: «Permaneced en mi amor».

Hoy somos invitados, en la Eucaristía, a entrar en comunión con la carne de Cristo, que se entrega por la vida del mundo.

  Que así sea.

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Martes 3º de Pascua

Martes 3º de Pascua 

Hch 7, 51-8, 1a; Jn 6, 30-35

Queridos hermanos:

Continuamos hoy contemplando la catequesis del pan sustancial, que es eminentemente eucarística y nos introduce en el “memorial” de Cristo, al que somos invitados a unirnos comiendo su Cuerpo y bebiendo su Sangre, alimento que salta hasta la vida eterna.

Una vez más, en estos encuentros pascuales, la Palabra hace alusión a la Eucaristía a través de figuras como el maná, el alimento mesiánico, el pan del cielo, el pan de Dios o el pan de vida eterna, que viene a colmar el ansia insaciable del corazón humano. Los judíos quieren ver signos que se les impongan, pero no están dispuestos a creer. Cristo, de hecho, realiza señales anunciadas en las Escrituras, que testifican su misión, pero que no responden a sus erróneas expectativas respecto al Mesías, expectativas en las que no tienen cabida ni la conversión del corazón a Dios ni una llamada universal a la salvación que relativice sus privilegios como pueblo elegido. Este pueblo era ajeno por completo a la misericordia divina, explícita ya en las promesas hechas a Abrahán: “En tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra”.

En efecto, Israel responde a Cristo: “Señor, danos siempre de ese pan”; y los gentiles, por boca de la samaritana, dicen: “Señor, dame de esa agua para que no tenga más sed”. Pero tanto Israel como los gentiles deben primero recibir el agua de la fe y el bautismo, para pasar después al banquete del Pan de la Vida.

El pan de la vida divina en nosotros, al saciarnos, nos constituye en pan que se entrega. Lo mismo ocurre con la luz: al ser iluminados, nos transformamos en luz del mundo. También con el agua viva: nos hacemos fuente que brota para vida eterna. Y cuando somos apacentados, somos constituidos pastores de las naciones, llamados a reunir a las ovejas. Esos son los frutos de la vida, del Espíritu y del amor del Señor en nosotros. Por último, cuando Cristo nos revela a su propio Padre, nos hace hijos suyos y hermanos entre nosotros: “Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”.

Cristo se aplica a sí mismo el discurso de la Sabiduría y viene a confirmar la tendencia de la Revelación a personalizarla, precisamente porque Él es la plenitud a la que tiende la Sabiduría. Aquellos que la gustan siguen teniendo hambre y sed de Cristo, y tienden hacia Él hasta encontrarlo (Eclo 24, 21). El encuentro con la Sabiduría los hace pobres de espíritu y necesitados de salvación. Jesús dirá: “Dichosos los que tenéis hambre ahora”, porque “el que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed. Será saciado”. “Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre; ay de los que reís ahora, porque tendréis aflicción y llanto; dichosos vosotros, los tristes, porque reiréis”.

Dios mandó un pan en el desierto con el que se nutrió durante cuarenta días el profeta Elías, como en otro tiempo Moisés. Pero todo pan nutre la vida del hombre por un tiempo y después perece. Dios dio el maná a los israelitas durante cuarenta años, y murieron unos en el desierto y otros en la tierra prometida. Dios dio a Abrahán la Promesa, y la Ley cuatrocientos años después a Israel, pero siguieron muriendo, saciados solo en la esperanza. Nosotros no solo somos llamados a la esperanza, sino a recibir al Esperado de todos los tiempos, al Prometido a los patriarcas y al anunciado por los profetas. Solo en Cristo se nos da un pan de vida eterna que sacia y no se corrompe.

Hemos escuchado también a Jesús decir: “Yo soy”, el nombre de Dios revelado a Moisés, que Cristo se aplica a sí mismo siete veces en el evangelio de Juan. Son siete definiciones con las que se revela iluminándonos, como las siete lámparas del candelabro: “Yo soy el pan de la vida; la luz verdadera; la puerta; el camino, la verdad y la vida; el buen pastor; la resurrección; la vid verdadera”.

A este banquete mesiánico somos hoy invitados por Cristo, para que recibamos vida y podamos llevarla a un mundo hambriento de paz y sediento de verdad. Un mundo a oscuras, guiado por ciegos, que se precipita al abismo de pasiones incapaces de redimirlo de su angustiosa prevaricación.

Que así sea.

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Lunes 3º de Pascua

Lunes 3ª de Pascua 

Hch 6, 8-15; Jn 6, 22-29

Queridos hermanos:

Se nos propone hoy el comienzo de esta catequesis eucarística del “Pan de vida”. En la Eucaristía proclamamos: “Este es el sacramento de nuestra fe”. La fe supone haber creído y acogido al Enviado de Dios, a aquel a quien el Padre ha marcado con el sello de su Espíritu.

La conclusión del pasaje nos muestra el sentido de esta palabra: «La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado». Para realizar esta obra, Cristo lleva a cabo unas “señales” que manifiestan que Dios está en Él; pero estas señales no anulan la libertad del hombre. Pueden ser rechazadas, como también puede ser rechazada su palabra, o incluso instrumentalizadas, sin que se dé la conversión ni la fe.

Cristo habla de un pan imperecedero que da vida eterna. Él tiene un alimento que consiste en hacer la voluntad del que lo ha enviado. Esa voluntad pasa por nuestra salvación a través de la cruz.

Comer de ese pan, que es Cristo mismo, nos une a su cruz y a su resurrección de vida eterna. Por la fe en Cristo y mediante la Eucaristía, realizamos sacramentalmente nuestra unión con Él en la voluntad del Padre, quien hace de nuestra vida una entrega, juntamente con Cristo, al amor misericordioso de Dios, en el que caben todos los hombres.

Por esta fe podemos entrar en comunión con Cristo, el pan que no perece, el alimento que sacia para la vida eterna y que nos transforma en don para el mundo.

Una vez más, en estos encuentros pascuales, la Palabra hace alusión a la Eucaristía a través de figuras como el maná, alimento mesiánico; el pan del cielo; el pan de Dios; o el pan de vida eterna, que viene a colmar el ansia insaciable del corazón humano. Por eso Israel responde a Cristo: “Señor, danos siempre de ese pan”, y los gentiles, en la samaritana: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed». Los gentiles, en efecto, deben primero ser bañados en el agua que salta hasta la vida eterna por el bautismo, para pasar después al banquete de la vida.

Hemos escuchado también a Jesús decir: “Yo soy”, nombre de Dios revelado a Moisés, que Cristo se aplica a sí mismo siete veces en el evangelio de Juan; siete definiciones con las que se revela, iluminándonos como las siete lámparas del candelabro: Yo soy el pan de la vida; la luz verdadera; la puerta; el camino, la verdad y la vida; el buen pastor; la resurrección; la vid verdadera.

Al aplicarse a sí mismo el discurso de la Sabiduría, Cristo confirma la tendencia de la Revelación a personalizarla. Precisamente porque la plenitud de la Sabiduría es Cristo, quienes la gustan siguen teniendo hambre y sed de Él; tienden hacia Él hasta encontrarlo (Eclo 24, 21). El encuentro con la Sabiduría los hace pobres de espíritu y necesitados de salvación. Jesús dirá: “Ay de vosotros, los hartos”, y “Dichosos los que tenéis hambre ahora”, porque: “El que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed”. Será saciado.

A este banquete mesiánico somos hoy invitados por Cristo, para que recibamos vida.

Que así sea.

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