Domingo 24º del TO A

Domingo 24º del TO A

Eclo 27, 30-28,7; Rm 14, 7-9; Mt 18, 21-35

Queridos hermanos:

Esta palabra nos enseña que, si al presentarnos ante el juicio somos hallados culpables, no tendremos excusa por nuestra falta de misericordia, después de haber sido tan misericordiosamente tratados por Dios. El perdón cristiano es siempre una restitución a la misericordia divina, una devolución agradecida del amor gratuito recibido en Cristo.

Basta una mirada al Antiguo Testamento para contemplar la obra de Dios cuando se acerca al corazón del hombre y actúa con misericordia. La misericordia de Dios hacia el pecador crece en una progresión de plenitud que siempre supera la maldad humana; pero sólo con la irrupción del Reino de Dios en Cristo, el corazón del hombre queda inundado por el torrente de la misericordia divina, que se manifiesta infinita mediante la efusión del Espíritu Santo: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22).

Dice Jesús en el Evangelio: “Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, le perdonarás” (Lc 17, 3-4). La primera característica del perdón entre cristianos es que implica el arrepentimiento, porque a la ofensa ya ha precedido en ambos la misericordia y el perdón de Dios. La misericordia recibida obliga en justicia tanto al arrepentimiento como a responder con misericordia.

La segunda característica del perdón es su carácter ilimitado. Cuando Pedro escucha al Señor hablar de perdonar siete veces al día, con la espontaneidad que lo caracteriza interpreta esa cifra como un límite —y un límite muy alto—, por lo que se apresura a precisar la cuestión: “Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?” Jesús le responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22). Es decir, ilimitadamente, como Dios hace contigo siempre que se lo pides.

Cuando alguien se acerca diciendo: “Perdón”, es Dios mismo quien, por su gracia, se presenta en quien se humilla, porque ha sido Él quien le ha concedido la gracia del arrepentimiento. ¿Cómo rechazar la gracia de conversión que Dios ha otorgado a tu hermano sin rechazar, al mismo tiempo, la obra de Dios en ti y en él? ¿Cómo negar el perdón “siete veces” al día, si otras tantas peca el justo y necesita él mismo la misericordia cotidiana de Dios?

Hemos escuchado lo que dice el Evangelio al siervo sin entrañas: “Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano” (Mt 18, 35). Si perdonas las ofensas, no sólo acoges a Dios en tu misericordia, sino que actúas como Dios: realizas sus obras; Dios mismo actúa en ti; das testimonio de su presencia, porque la misericordia es de Dios. El que es perdonado recibe el amor divino y es evangelizado. Esta es, además, la voluntad expresa de Dios: “Misericordia quiero” (Mt 9, 13; 12, 7; Os 6, 6). El perdón gratuito de Dios es amor, y engendra amor. Perdonando, Dios justifica al pecador, lo regenera y lo salva, destruyendo en él la muerte y el mal.

El perdón de las ofensas es también universal: no se limita a los hermanos, sino que alcanza incluso a los enemigos. Negarles el perdón es apartarse de la filiación divina y de la misericordia que Dios nos ha adquirido: “Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial” (Mt 5, 24-25). “Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 6, 14-15).

Así pues, Padre, “perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido”.

Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                                            www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Sábado 23º del TO

Sábado 23º del TO

Lc 6, 43-49

Edificar sobre la roca

Queridos hermanos, hoy día 12 de septiembre, memoria del Dulce Nombre de María, la Palabra nos coloca ante una verdad ineludible: cada uno de nosotros ha de asumir las consecuencias de cómo ha conducido su vida. No estamos abandonados en la oscuridad de nuestras limitaciones. Dios, en su infinita misericordia, no ha dejado al hombre en la precariedad de buscar por sí solo la sabiduría que ilumina y fortalece. Él ha revelado el camino que conduce a la bienaventuranza del Reino.

La Escritura nos presenta dos sendas: la vida y la muerte. Dos caminos que se abren ante nosotros, y que exigen una elección. El hombre puede convertir su existencia en bendición o en maldición, según siga —o no— los caminos del Señor. Según crea, escuche su voz y obedezca su Palabra. Esta adhesión a los caminos de Dios, este seguimiento fiel, es lo que llamamos fe. Pero atención: la fe no consiste únicamente en creer que Dios existe, ni en aceptar que lo que dice es verdad. La fe auténtica, es obediencia, está en el seguimiento de Cristo.

El Señor nos llama a la vida eterna. Y para responder a esa llamada, necesitamos edificar sobre cimientos sólidos. No sobre arena, sino sobre la roca firme que es Cristo, la voluntad salvadora del Padre. Sólo así resistiremos los embates de las contrariedades. Isaías nos habla de una ciudad fuerte, habitada por un pueblo justo que observa la lealtad (cf. Is 26, 1-6). El Evangelio nos recuerda que no basta con decir “Señor, Señor”, sino que hay que hacer la voluntad de Dios, que siempre es amor.

Para entrar en su Reino, necesitamos la justificación que se obtiene por la fe en Cristo. Por ella entramos en el régimen de la gracia. Dios no sólo ha mostrado el camino, sino que lo ha hecho accesible, tendiendo un puente sobre el abismo abierto por el pecado. Por la fe, reconocemos a Cristo como el Señor que nos libra de la iniquidad de nuestras obras muertas, para obrar según su voluntad en la justicia. No son las obras de la ley, sino las obras de la justicia que brotan de la fe, las que nos abrirán las puertas del Reino.

Así, por la obediencia de la fe alcanzamos la salvación. Porque la fe sin obediencia está vacía, y arriesga a que nuestros afanes terminen en el más estrepitoso fracaso. Obedecer a Dios es escuchar a quien nos ama, a quien ha puesto en juego la vida de su Hijo por nosotros. La obediencia es amor. Y el amor da contenido a nuestra respuesta al amor con que Dios nos justifica, borrando nuestros pecados. Como dice la sabiduría popular: “Amor con amor se paga”.

Por eso, el corazón debe estar sólidamente adherido al Señor, no sólo por especulaciones vanas, por palabras, por sentimientos o deseos, sino por acciones concretas de nuestra voluntad. Con frecuencia, nuestro corazón está lleno de sí mismo: de miedos, de desconfianza, de incredulidad. Y así, se cierra a la voluntad de Dios, que es siempre amor y fortaleza para quienes en Él se refugian. Por eso, la Palabra tiene poca incidencia en nosotros, porque no encuentra resonancia en el abismo de nuestro corazón.

Las obras de justicia con las que respondemos al amor de Dios son las piedras sillares que sostienen la casa del justo, para que se mantenga en pie eternamente. Sólo en las acciones se muestra la verdad de la persona, como decía san Juan Pablo II en Persona y acción. El resto —como decía santa Teresa— son intenciones, fantasías e ilusiones. “Hechos son amores”, nos recuerda, una vez más, la fe del pueblo.

Y en medio de nuestra debilidad, la Eucaristía viene en nuestra ayuda. Es alimento sólido en la travesía del desierto de nuestra vida. Es alianza frente al enemigo. Es refugio en medio de las inclemencias. Que el Pan de Vida nos fortalezca para caminar por el sendero de la justicia, y que nuestra fe, hecha obediencia, nos conduzca al Reino eterno.

 Amén.

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Viernes 23º del TO

Viernes 23º del TO 

Lc 6, 39-42

La Caridad y el Juicio

Queridos hermanos:

El próximo día 12 conmemoraremos la memoria del “Dulce nombre de María,” que por la gracia, cambia la etimología de su nombre derivado de amargura, en dulzura.

Detrás de esta palabra de hoy se esconde una verdad luminosa y profunda: todos somos pecadores, y si hemos alcanzado misericordia, ha sido por puro don gratuito de Dios. No por mérito propio, sino por gracia. Por eso, lo que pretendemos corregir en los demás, suele formar parte de nuestros propios defectos. La paja en el ojo del hermano también está en el nuestro, pero además cargamos con la viga de nuestra falta de caridad.

Nuestra visión está nublada, si carece de la luz de la caridad, esa luz que justifica al pecador, porque —como dice san Pablo— “la caridad todo lo excusa y no lleva cuentas del mal” (cf. 1 Co 13,7). Lo que creemos luz en nosotros, no es sino tinieblas. Y los hombres, más que nuestra reprensión, necesitan nuestra oración.

Si en nosotros no brilla la caridad, más nos vale buscarla con urgencia, antes de atrevernos a corregir a los demás. De lo contrario, seremos como guías ciegos que guían a ciegos y arrastran a otros al hoyo.

La caridad, hermanos, corrige nuestras miserias y disimula las ajenas. Cuando falta la caridad, magnificamos los defectos del prójimo y minimizamos los propios. Entonces, juzgamos y corregimos en los demás lo que deberíamos limpiar en nosotros. El problema no son las briznas ajenas de imperfección, sino las vigas propias de nuestra falta de amor. Nos resulta más fácil sermonear que ayunar; más cómodo criticar que levantarnos en la noche a rezar por los pecados del hermano.

Sobre nosotros pesa una acusación: somos convictos de pecado, acusados en espera de sentencia. Pero en Cristo, Dios ha promulgado un indulto, al que debemos acogernos. Y en lugar de hacerlo, nos erigimos en jueces, negándonos a conceder gracia a los demás. El Señor llama a esto hipocresía, y nos invita a elegir el camino de la misericordia, que somos los primeros en necesitar.

Si Dios ha pronunciado una sentencia de misericordia en este “año de gracia del Señor”, ¿quiénes somos nosotros para convocar a juicio, poniéndonos por encima de Dios? Si la ley es el amor, tiene razón Santiago al decir que quien juzga se pone por encima de la ley, y por tanto, no la cumple.

Si nos llamamos cristianos, debemos comprender que es más importante tener misericordia que corregir las faltas ajenas. Más importante que juzgar, es cargar con el otro por amor, como Cristo ha cargado con nuestras culpas. Más importante es redimir, que denunciar.

Esto no impide que, ante ciertos pecados graves, haya que reprender al hermano a solas, con amor, buscando ganarlo, como enseña el Evangelio (cf. Mt 18,15; Lc 17, 3). Ama, y haz lo que quieras: tanto si corriges como si callas, lo harás por amor.

En la Eucaristía, Cristo se nos entrega, y nos invita a devolver lo que tomamos de su mesa: perdón, misericordia, amor. “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados; y con la medida con que midáis, se os medirá” (cf. Mt 7,1-2). Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para sacar la brizna del ojo de tu hermano.

La caridad, sufre por el desvarío del pecador y se alegra por su conversión, considerándolo como miembro propio.

Recordemos que la caridad que nos une a Dios, nos une también a los hermanos. Y siendo hijos de Dios, nos une incluso a los enemigos. La caridad que nos diviniza, nos hace verdaderamente humanos.

Los padres del desierto decían: “Cuando juzgamos a un pecador, nuestra conversión se detiene.” El Señor ha comparado la falta del prójimo a una paja, y el juzgar, a una viga. Así de grave es juzgar: más grave, quizá, que otros pecados que podamos cometer.

El fariseo que oraba y agradecía a Dios por sus buenas acciones decía la verdad, pero no fue justificado. Porque aunque debemos agradecer a Dios por cualquier bien que podamos realizar —pues lo hacemos con su asistencia— esto debe movernos a la caridad, no al juicio ni a la vanagloria. El fariseo fue rechazado por decir: “No soy como los otros hombres” (cf. Lc 18,11), sin dar gloria a Dios despreciando al pecador. Fue culpable por juzgar la persona del publicano, su alma, su vida entera.

Hermanos, que la caridad sea nuestra luz. Que ella nos guíe en el camino del Evangelio. Que ella nos enseñe a ver, no para condenar, sino para salvar.

 Amén.

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Jueves 23º del TO

Jueves 23º del TO 

Lc 6, 27-38

Llamados a la perfección del amor

Queridos hermanos, hoy el Señor nos invita a vivir conforme a lo que hemos recibido. No se trata de una simple exhortación moral, sino de una llamada profunda a la transformación interior. Hemos sido amados con una perfección divina, no cuando éramos justos, sino cuando aún éramos pecadores, enemigos de Dios. Y si ese amor ha sido acogido en nuestro corazón, ningún mal podrá dañarnos. Al contrario, con el bien que hemos recibido, venceremos todo mal.

Pero si permitimos que el mal penetre en nuestro corazón, allí engendrará sus hijos: el rencor, la soberbia, la envidia... y estos nos destruirán desde dentro. Alguien dijo con sabiduría: “No todo lo que duele daña, pero lo que daña, duele profundamente.”

En el libro del Eclesiástico leemos: “El Altísimo odia a los pecadores, y dará a los malvados el castigo que merecen” (Eclo 12, 6). Y san Pablo, con claridad profética, nos recuerda: “Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios” (1 Co 6, 9-10). Pero añade con esperanza: “Y tales fuisteis algunos de vosotros.”

¡Qué misterio tan grande! En el don gratuito del amor y del Espíritu Santo, hemos sido llamados a una vida nueva. Una vida que responde a la misericordia recibida con justicia vivida: “Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.”

San Agustín, comentando el salmo 121, dice que los montes a los que debemos levantar los ojos para recibir el auxilio del Señor son las Sagradas Escrituras. Y en esta Palabra, hemos alcanzado su cima más alta: el cielo del amor de Dios. Por este amor, podemos llegar incluso a odiar nuestra propia vida y a amar a quienes nos odian.

Este amor no es natural, es sobrenatural. La carne ama lo suyo y detesta lo que le es contrario. San Pablo nos enseña que la carne y el espíritu son entre sí antagónicos. Para recibir este amor espiritual, es necesario renunciar a la carne, como dice el Señor en el Evangelio: «Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío.»

En Cristo hemos sido amados así. De Él recibimos su Espíritu, que nos hace hijos del Padre. Y esa naturaleza divina se manifiesta en nosotros cuando amamos a nuestros enemigos. Aquella antigua palabra: “Sed santos, porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo” (Lv 20, 7), se transforma ahora en: “Sed perfectos, porque vuestro Padre celestial es perfecto.” Porque hemos recibido su naturaleza, somos sus hijos. Y si no tuvimos mérito alguno para ser amados así, entonces amemos a quienes no lo merecen, para que también ellos puedan amar y merecer.

La perfección del amor de Dios está en que ama también a los malvados y a los pecadores. Hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Esta es la perfección a la que llama a sus discípulos, dándoles su Espíritu Santo: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, rogad por los que os persiguen, bendecid a los que os calumnian.”

Este es el espíritu que vemos en David, un hombre según el corazón de Dios. El amor de los discípulos no puede ser igual al de los escribas y fariseos, ni al de los publicanos y pecadores. Después de haber sido amados así por Cristo y haber recibido su Espíritu, estamos llamados a amar como Él.

Desde el hombre terreno y carnal hasta el hombre celestial, hay un camino que recorrer. Ese camino comienza con la fe y culmina en la fidelidad a Cristo.

   Que así sea.

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Miércoles 23º del TO

Miércoles 23º del TO

Lc 6, 20-26

Llamados a la Bienaventuranza y la santidad

Queridos hermanos, Dios ha creado al hombre para compartir con él su vida beata. En lo más profundo del corazón humano ha sembrado una sed insaciable de bienaventuranza, esa plenitud que llamamos felicidad. Esta vocación, inscrita en nuestra alma desde el origen, nos revela que hemos sido hechos para la comunión con Dios. Por eso, cuando el hombre se aleja de su Creador, experimenta una frustración constante, un vacío que nada en este mundo puede llenar.

Pero bendito sea Dios, que no ha dejado al hombre en su extravío. Para que podamos alcanzar nuevamente esa bienaventuranza perdida por el pecado, nos ha enviado a su Hijo, Cristo Jesús, “vida nuestra”, en quien la vida divina se ha encarnado. En Él, el Reino de Dios se nos ofrece como gracia, como don gratuito, como promesa de plenitud.

Ante Jesús se presenta la muchedumbre y sus discípulos. Los discípulos, que han creído en Él, han arrebatado ya el Reino de los Cielos. El evangelio de Lucas extiende también la bienaventuranza, de forma más breve, a quienes no han sido saciados por el mundo, a los que gimen por el hambre y lloran, pero son llamados a acoger al Hijo del hombre por la fe en la predicación. Serán dichosos cuando el mundo los odie, los excluya, los insulte y los proscriba como infames por su fe. Saltarán de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo, junto a los profetas.

Pero aquellos que encuentran su consuelo en el mundo y se gozan en él tendrán que sufrir su fracaso absoluto, y de nada les servirán sus halagos, como les sucedió a los falsos profetas.

Los bienaventurados son los que han abrazado la pobreza y la persecución por amor a la justicia que viene de Dios. Estas dos realidades —pobreza y persecución— les acompañarán hasta el final del camino, hasta la meta que es el Reino.

La Palabra nos invita a contemplar ese Reino que Cristo inaugura en el corazón del hombre, un Reino que se opone radicalmente al espíritu del mundo. Lo poseerán los humildes, los mansos, los que lloran, los misericordiosos, los puros de corazón, los pacíficos, los que tienen hambre y sed de justicia. Todos ellos serán conformados a Cristo y tienen ya la promesa de alcanzarlo.

Este Reino no se impone, no hace ruido al llegar. Viene como brisa suave, como semilla que germina en el silencio. Y, sin embargo, exige de nosotros una respuesta: fe, conversión, combate interior. Porque el Reino se arrebata haciéndonos violencia, con la fuerza de una adhesión humilde y libre.

Nosotros también, si somos pobres de espíritu, si sufrimos persecución por vivir según la justicia, si nos encontramos entre los mansos, los puros y los misericordiosos, estamos llamados a ser bienaventurados como los santos, aquellos que —según el Apocalipsis— forman la muchedumbre inmensa que alaba a Dios (cf. Ap 7,9).

Que la fidelidad de los santos a la voluntad de Dios nos estimule a avanzar con humildad y perseverancia en el camino de la santidad, siendo en todas partes testigos valientes de Cristo. Ellos, que han vencido en las pruebas, pueden ahora interceder por nosotros en el combate. Nuestra esperanza se fortalece, y en ella se van quemando las impurezas de nuestra debilidad.

 Que así sea.

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Natividad de la Bienaventurada Virgen María

Natividad de la Bienaventurada Virgen María

Mi 5, 1-4; o Rm 8, 28-30; Mt 1, 1-16.18-23

Queridos hermanos, ¡qué misterio tan grande celebramos en esta festividad! El Hijo de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, ha preparado para sí un lugar santo: el seno purísimo de la Virgen María. Y este seno, fue concebido sin mancha en la Inmaculada, que ahora es dada a luz para que de ella naciera la Luz del mundo; el Salvador.

La salvación se vuelve luminosa en la conmemoración de este nacimiento. Las tinieblas se disipan, las sombras de la muerte se desvanecen, y la luz de Dios resplandece ya en Nazaret. El Señor se desposa con su pueblo, y ese pueblo es toda la humanidad, que Él asumirá en el cuerpo inmaculado de María.

Pero el gozo del amor no está exento de dolor. Una espada atravesará el alma de la Madre, preludio de la gloria definitiva del “Dios con nosotros”, el Hijo de María, el llamado “Hijo de David”, Jesús, quien salvará a su pueblo de sus pecados. Dios, Rey, Salvador y Redentor, se nos da en un niño. El Hijo nos es entregado. Y el hombre verá a Dios, trayendo consigo la vida nueva, estableciendo el Reino en la dignidad de los hijos de Dios, e introduciendo a la humanidad en la vida eterna, liberándola de la antigua esclavitud del pecado y de la muerte.

La Natividad de María está, pues, inseparablemente unida al misterio pascual: a la muerte y resurrección de Cristo. No es solo un recuerdo gozoso del anuncio de la paz y la fraternidad que Cristo trae. La Iglesia contempla esta fiesta como preludio de la Pascua. Ve a Cristo recostado en un pesebre, y dando gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que Él ama.

Celebrar la Natividad de María es abrirse a una nueva realidad: asemejarse al Hijo de Dios, dejarse transformar por la gracia, buscar las cosas de arriba y crecer en el amor fraterno. Alabamos a Dios porque, en estos tiempos últimos, nos ha hablado por medio de su Hijo, asumiendo las fatigas de la vida nueva que ya se anunciaba en María.

Si Cristo, engendrado por el Espíritu Santo y concebido en el seno de María por la acogida de la Palabra, fue dado a luz y realizó su obra de salvación, también nosotros podemos concebir a Cristo en nuestro interior. Engendrado en nosotros por el Espíritu Santo mediante la fe, podemos gestarlo con nuestra fidelidad, para que nazca de nosotros y se haga visible en las obras de su amor, derramado por el Espíritu en el corazón de todo creyente.

Glorifiquemos, pues, al Señor, que en María nos anuncia su venida salvadora. Su corazón, preservado del pecado, nos anuncia el nuestro, purificado por el perdón. Porque, como dice el Señor: “Todo el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12, 50).

Que así sea.

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Lunes 23º del TO

Lunes 23º del TO

Lc 6, 6-11

Queridos hermanos:

El evangelio de hoy nos sitúa junto a Jesús y frente a un hombre con la mano derecha seca, lo cual nos remite al Salmo 137,5: «Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me seque la diestra».

Para el salmista desterrado físicamente, es más importante llevar a Jerusalén en el corazón —es decir, al Templo, lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo— que la plena capacidad de valerse por sí mismo que le da su mano diestra: su honor, su poder, su fuerza frente al enemigo y su prosperidad.

El olvido de Jerusalén, en la Escritura, es el olvido del Señor: «Escapados de la espada, andad, no os paréis; recordad desde lejos a Yahvé, y que Jerusalén os venga en mientes» (Jr 51,50). El auténtico destierro y la verdadera lejanía del Templo profanado por la idolatría es el olvido de Jerusalén. El desterrado que mantiene en su corazón el recuerdo del Señor, aun en su lejanía, ofrece al Señor un culto espiritual. Su humillación es reconocimiento de la santidad y la justicia del Señor.

Un hombre con la mano derecha seca es, así, un signo que hace presente en Israel la maldición que representa el olvido del Señor: la impiedad del corazón que convierte al hombre en un desterrado aunque permanezca físicamente en la tierra. Sin embargo, un desterrado es también alguien que ha escapado de la espada en el día fatal gracias a la misericordia divina, y debe al Señor el culto de su gratitud, manteniendo vivo en su corazón el recuerdo del Señor en tierra extraña (Jr 51,50). Avivar este recuerdo es como caminar hacia Jerusalén. ¿Acaso no es esa la función del sábado en medio de la aridez de las ocupaciones cotidianas, que de hecho alejan nuestro espíritu de la presencia del Señor?

Jesús, viendo al hombre de la mano seca, contempla la miseria del pueblo que honra a Dios con los labios, pero cuyo corazón está lejos de Él, como había dicho Isaías. A este pueblo ha venido a llamar el Señor, sacándolo de la idolatría de vivir «como si Dios no existiera», aun después de haber visto sus prodigios en favor suyo, para llevarlo al verdadero culto a Dios: Padre, Espíritu y Verdad. Infunde en su corazón el amor y el recuerdo entrañable del Señor y de su misericordia.

El Señor, apiadándose de aquel enfermo, llama a su pueblo a comprender que su presencia en medio de ellos pone de manifiesto las entrañas de misericordia con las que quiere atraerlo a su amor: «¡Ojalá me escuchara mi pueblo y caminase Israel por mis caminos! En un momento humillaría a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios» (Sal 81,14-15).

 Que así sea.

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