Jueves de la octava de Pascua

 

Jueves de la octava de Pascua

Hch 3, 11-26; Lc 24, 35-48

Queridos hermanos:

Hoy, las lecturas continúan en la misma línea de las que escuchamos ayer. Subrayan, sobre todo, la importancia de la celebración de la Palabra, insistiendo en la necesidad de poner en común los acontecimientos y las vivencias: el eco de la Pascua en nosotros, las experiencias del “paso” del Señor entre nosotros mediante la acción de su Espíritu, que fortalece los lazos de comunión. No hay actividad comparable a la de estar juntos y saborear los efectos concretos de la presencia del Señor en los hermanos. La experiencia de la Iglesia, al hacer presente las vivencias del paso del Señor, queda registrada en las Escrituras, como acabamos de escuchar: «Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz con vosotros”».

Cristo ha muerto y ha resucitado para que nuestros pecados sean borrados, y la misión de la Iglesia es llevar este acontecimiento a todos los hombres mediante el testimonio de los discípulos. La resurrección de Cristo es buena noticia de salvación, manifestada en primer lugar por Cristo mismo a los testigos elegidos por Dios, como vemos en el Evangelio; salvación que se alcanza mediante la fe. La primera lectura presenta a Pedro dando testimonio de la resurrección y enseñando al pueblo con sabiduría, ciencia e inteligencia sobre los acontecimientos. Todo esto es obra del Espíritu Santo, que le ha sido dado, permitiéndole interpretar la historia a la luz de la fe.

La resurrección no destruye la encarnación convirtiendo a Cristo en un mito, ni disuelve el misterio de la cruz y, por tanto, el de la redención. Al contrario, lo lleva a plenitud, testimoniando la glorificación de la naturaleza redimida y la glorificación de Dios en la plenitud de su obra. En Cristo resucitado subsisten, aunque gloriosas, las llagas de su pasión, como signo de su eterna intercesión en favor nuestro.

«Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo: “¿Por qué os turbáis? ¿Por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo. Palpadme y ved, que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo”».

La Palabra nos habla del miedo de los discípulos ante la sorpresa de ver aparecer al Señor, miedo que, seguramente, el Señor tendrá a bien ahorrarnos a nosotros, esperando, en cambio, concedernos la alegría de su Espíritu. Y, sin embargo, puede ocurrirnos como a los discípulos, que «no acababan de creérselo a causa de la alegría y estaban asombrados». ¿Quién no ha dicho alguna vez, ante una buena noticia: “¡No me lo puedo creer!”?

Siendo la alegría un fruto del Espíritu, no podemos atribuir sus dudas a una falta de fe. El gozo del encuentro con Cristo resucitado produce efectos sobrenaturales tan intensos que las potencias del alma se reconocen incapaces de abarcar lo que experimentan, suspendiendo su capacidad de afirmar la veracidad de lo que perciben. Las acciones del Señor en favor nuestro sobrepasan con frecuencia nuestras pobres expectativas, llenándonos de sorpresa, como le sucedió a Pedro: «Apártate de mí, Señor, que soy un pobre pecador».

Las experiencias de los sentidos quedan relegadas a un segundo plano, o incluso se vuelven insignificantes, ante las experiencias sobrenaturales de la fe, como en el caso de Tomás: «Porque me has visto, has creído. Dichosos los que no han visto y han creído» (Jn 20,29).

Como en los discípulos de Emaús, el recuerdo abstracto de las Escrituras que tenían los discípulos estaba desligado del presente, y por eso carecía de la capacidad de iluminar e integrar los acontecimientos de la historia según la verdadera expectativa acerca del Mesías. Esta será la acción del Espíritu Santo, mediante la cual Cristo abre su inteligencia para comprender las Escrituras: «El Cristo debía padecer y entrar así en su gloria, y se anunciaría en su nombre la salvación». El pasado de las profecías queda unido al presente del acontecimiento pascual y al futuro de la misión.

Que este sacramento de nuestra fe nos conduzca al encuentro con Cristo resucitado, en quien también nuestra cruz se vuelve luminosa y da gloria a Dios.

Que así sea.

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Miércoles de la octava de Pascua

Miércoles de la octava de Pascua

Hch 3, 1-10; Lc 24,13-35 

Queridos hermanos:

Hoy, la Palabra nos invita a situarnos frente al acontecimiento pascual que celebramos en la Eucaristía. Los discípulos de Emaús hacen presente a Jesús y su Pascua: “Conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado”, y Él, que está allí, en medio de ellos, fiel a sus palabras: “Donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo”, comienza a manifestárseles para constituirlos testigos de su resurrección. Esta es la experiencia pascual de la Iglesia: “Estaban hablando de estas cosas cuando Él se presentó en medio de ellos” (Lc 24, 36).

Dice el Evangelio que “iban dos de ellos; uno, llamado Cleofás”. Debían, ciertamente, ser al menos dos para testificar, pero ¿por qué uno queda en el anonimato? Hay quien afirma que el mismo Lucas era el otro testigo y, por eso, prefiere mantener en incógnito su nombre. También podríamos interpretar este silencio como una invitación del evangelista a incluirnos en la Palabra y encarnar nosotros mismos el rol de testigos en el acontecimiento.

Cuando leemos la Escritura, nosotros somos el texto. No es tanto que el texto hable de nosotros o que nosotros nos encontremos en él, sino que nosotros somos el texto sagrado. Del mismo modo que el deseo de la música —como arte de combinar los sonidos con el tiempo— no es simplemente ser oída, sino vivir en nuestro oído, ser nuestro oído mismo, parte de nuestra alma, así, la Palabra desea hacerse “Uno” en nosotros a través del texto, como dice Lawrence Kushner (“In questo luogo c’era Dio e io non lo sapevo”. p. 170).

Por eso, de cada relación personal con la Palabra nace un nuevo significado, basado en el sujeto que la estudia, la interpreta, la escucha, la proclama o la anuncia.

Los dos discípulos abandonaban la ciudad. La tristeza de la incredulidad velaba sus ojos y disolvía los lazos de la comunión que los congregaba en Jerusalén: “Tardos de corazón para creer”, les dirá Jesús.

Esto no debe sorprendernos, porque su experiencia del misterio pascual se reducía, entonces, al hecho de la pasión y muerte del Señor, y les faltaba todavía el testimonio de la Resurrección, del que el Señor iba a hacerlos testigos.

“Jesús se acercó a ellos y caminó a su lado; sus ojos estaban como incapacitados para reconocerle.” Los Evangelios muestran, frecuentemente, que Cristo resucitado no es reconocido cuando aparece. Lo es en un segundo momento y solo por algunos. Juan explica este hecho con el verbo “manifestarse”: Cristo es reconocido no cuando aparece, sino cuando “se manifiesta”. Es, por tanto, una gracia especial concedida a quien Él quiere, y que suele asociarse a una relación particular de amor a Cristo. Así sucede en el caso de Juan y de María Magdalena, y también en un contexto litúrgico, como en este pasaje o en el del Cenáculo con los once (cf. Lc 24, 31.36; Jn 20, 16.20).

Podemos conocer la conciencia que tenían los de Emaús acerca de Jesús antes de su pasión, muerte y resurrección por sus mismas palabras: “Jesús el Nazoreo, profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Esperábamos que fuese Él el que iba a librar a Israel.”

Los discípulos de Emaús tienen una memoria abstracta de las profecías mesiánicas y de las Escrituras en general, y una expectativa concreta del Mesías desligadas la una de la otra: esperaban que Jesús expulsara a los romanos, al estilo de Judas Macabeo, que combatió precisamente en Emaús (1 M 4, 3.8ss), y cuyo discurso ante la batalla es claramente mesiánico:

“No temáis a esa muchedumbre ni su pujanza os acobarde. Recordad cómo se salvaron nuestros padres en el mar Rojo, cuando el faraón los perseguía con su ejército. Clamemos ahora al Cielo, a ver si tiene piedad de nosotros, si recuerda la alianza de nuestros padres y destruye hoy este ejército a nuestro favor. Entonces reconocerán todas las naciones que hay quien rescata y salva a Israel.”

Después del encuentro con Jesús, los discípulos vuelven a Jerusalén con una mentalidad distinta: el encuentro con Cristo resucitado y con la palabra de Jesús une, en su espíritu, pasado, presente y futuro. Esta es la obra del Espíritu Santo en la comunidad cristiana cuando se proclama la Palabra, como dice Étienne Nodet (Origen hebreo del cristianismo).

Siempre hemos escuchado y aceptado que los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús “al partir el pan”, como dice el mismo texto. Sin embargo, el texto también señala que Jesús “partió y les dio el pan”. Pero no dice solamente que entonces lo reconocieron, sino que “entonces se les abrieron los ojos”. Son las palabras textuales, exactas, de lo que les ocurrió a Adán y Eva al comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, y no solo al tenerlo en sus manos.

Si esta expresión, “entonces se les abrieron los ojos”, hace referencia a comer, parece, por tanto, coherente pensar que, también en el caso de los discípulos de Emaús, “se les abrieron los ojos” al comer el pan que Jesús “les iba dando”. Dicho en otras palabras, al comer el pan sobre el que Cristo pronunció la bendición, es decir, al comer del fruto del árbol de la vida, pues “el que coma de este pan vivirá para siempre”.

El primer árbol, situado en el centro del Paraíso, el de “la ciencia del bien y del mal”, abrió los ojos a la muerte como fruto de la rebeldía; y el segundo árbol, también en el centro del Paraíso, los abrió a la vida, ante el signo oblativo de la fe. “Al partir el pan” significa, pues, participar plenamente del Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, sacramento de nuestra fe, más que la simple contemplación del gesto de la fracción (cf. Hch 2, 42+).

Por eso, en este pasaje evangélico se hacen presentes cada una de las partes de la Eucaristía en una verdadera catequesis mistagógica: ya en la liturgia de la Palabra, mientras les “explicaba las Escrituras”, y en la exhortación, cuando se les dice que “era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria”.

Después de haberse reconocido en el acto penitencial como “insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas”, el ardor de su corazón les hacía presentir la presencia de Jesús. La Palabra tiene la capacidad de hacerse presente cuando es proclamada. Puede entrar en quien la escucha y transformarlo, sigue diciendo Étienne Nodet.

Finalmente, en la liturgia eucarística, “sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando”, y, sobre todo, en la consumación sacramental de la comunión, su corazón se abrió al misterio de la fe. Y, ante la fe, ya no es necesario el testimonio de los sentidos; bastan los signos sacramentales. Por eso, en ese momento, “Él desapareció de su vista”.

“¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!” Con esta expresión de júbilo, en la que el Espíritu entra en resonancia con el corazón humano, el acento divino se sintoniza con nuestra carne. La experiencia de su encuentro sacramental con Cristo es superior a la visión física.

Los discípulos regresaron a la comunión con la comunidad en Jerusalén, fortalecidos en su ánimo, dieron testimonio de la Resurrección y acogieron la confirmación de los hermanos: “¡Es verdad, el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!”

  ¡Que así sea también para nosotros en la Eucaristía!

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Martes de la octava de Pascua

Martes de la octava de Pascua

Hch 2, 36 – 41; Jn 20, 11–18

Queridos hermanos:

Continuamos en estos días contemplando los encuentros con Cristo resucitado de aquellos testigos que Él mismo ha elegido, encuentros que presentan características particulares.

Los Evangelios nos muestran con frecuencia que Cristo resucitado no es reconocido cuando aparece. Su reconocimiento llega en un segundo momento y solo por algunos. San Juan explica este hecho con el verbo manifestarse: Cristo no es reconocido simplemente cuando aparece, sino cuando “se manifiesta”. Es, por tanto, una gracia especial concedida a quien Él quiere, y que suele estar asociada a una relación singular de amor hacia Cristo. Así sucede con Juan y con María Magdalena, y también en un contexto litúrgico, como en la “fracción del pan” con los discípulos de Emaús o en el Cenáculo con los once (cf. Lc 24, 31.36; Jn 20, 16.20).

El Señor, fiel a sus palabras —“donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”—, no duda en manifestarse para constituirlos testigos de su resurrección.

Frecuentemente, además, la Escritura asocia la aparición del Señor al hecho de que los discípulos se encuentran comentando los acontecimientos de su Pascua: “Estaban hablando de estas cosas…”; “Conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado”.

Pero, por encima de todos estos encuentros, la Iglesia destaca aquellos otros en los que el Señor no aparece: “Dichosos los que creen sin haber visto”, porque han recibido el testimonio del Espíritu Santo, que es superior al que dan los sentidos. Esa es la razón por la cual, cuando los discípulos de Emaús reconocen al Señor, Cristo desaparece de su vista: ante la fe, la visión se vuelve innecesaria. Más aún, incluso viendo al Señor, algunos seguían dudando.

La manifestación de hoy a María Magdalena parece preparar los posteriores encuentros con los once, que tendrán un carácter mistagógico y sacramental, iluminados por las palabras: “Subo a mi Padre y —ahora— vuestro Padre; a mi Dios y —ahora— vuestro Dios”.

El Verbo eterno de Dios es el Hijo, según las palabras de Cristo. Ha asumido un cuerpo para que se realice la voluntad divina respecto a los hombres. Por eso, al entrar en este mundo, dice: “Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ‘He aquí que vengo —pues de mí está escrito en el rollo del libro— a hacer, oh Dios, tu voluntad’” (Hb 10, 5s).

La voluntad del Padre es que los hombres sean “incorporados”, por adopción, a la filiación divina de Cristo; que lleguen a ser hijos en el Hijo; que los hombres sean de Dios. Los discípulos de Jesús de Nazaret se convertirán así en hermanos de Cristo, miembros de su Cuerpo y hermanos entre sí. Como dijo el Papa Benedicto XVI en la Vigilia Pascual de 2008: “Cristo Resucitado viene a nosotros y une su vida a la nuestra, introduciéndonos en el fuego vivo de su amor. Formamos así una unidad, una sola cosa con Él, y de ese modo una sola cosa entre nosotros; experimentamos que estamos enraizados en la misma identidad; no somos nunca realmente ajenos los unos para los otros”.

Y como acontece con el hombre al nacer —que al nacimiento de la cabeza sigue el del cuerpo sin solución de continuidad—, así será también en Cristo resucitado y en su elevación al Padre. Por eso dice: “Subo a mi Padre y vuestro Padre”. Es como si Cristo dijera: “Vosotros subís conmigo; subís en mí; sois mi Cuerpo”. Así lo expresa también san Pablo: “Hemos sido resucitados con Cristo y sentados con Él en los cielos”.

Esta es la obra que el Padre ha encomendado al Hijo, y he aquí que ha sido consumada por su entrega redentora y su resurrección: el Padre ha formado un Cuerpo para Cristo, haciendo a los hombres, en comunión con Él, miembros de ese Cuerpo, que es su Esposa, carne de su carne. Y continuaría diciendo Cristo: “Ahora sois uno en mí, como yo soy uno con el Padre”. Solo en esta unidad eclesial nos es lícito invocar a Dios como nuestro Padre y como nuestro Dios.

María Magdalena tendrá que esperar a que se consume el nacimiento del Cuerpo de Cristo para ser “esposa” de Cristo en la comunidad, para poder “tocar” a Cristo resucitado. Así ocurre en el Evangelio según san Mateo, que leíamos ayer (Mt 28, 9), en el que, junto a las otras mujeres, en comunidad, sí puede “tocarle y no soltarle”, como dice la esposa del Cantar de los Cantares: “Lo he abrazado y no lo soltaré”, hasta que se consume mi unión con Él en la morada del amor en que fui concebida (cf. Ct 3, 4).

Solo en el Cuerpo de la comunidad que es la Iglesia nos es dado, como ahora en la Eucaristía, incorporarnos al Cuerpo de Cristo en la comunión de los hermanos; gustar y ver qué bueno es el amor del Señor; asirnos a sus pies y adorarle.

 Que así sea

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Lunes de la octava de Pascua

Lunes de la octava de Pascua

Hch 2, 14. 22-32 ; Mt 28, 8-15

Queridos hermanos:

Es muy significativo que la Iglesia, desde el primer día después de la Resurrección, lo primero que haga, a través de la liturgia, sea presentarnos su misión: anunciar el Evangelio, sobre todo mediante el testimonio del amor. Recibido el anuncio de los ángeles, son las mujeres quienes lo llevan a la Iglesia. Con ese anuncio, el Señor comienza a formar la comunidad de los creyentes, su Esposa, a la cual le es permitido abrazarse a sus pies.

«Seré en tu boca», dijo el Señor a Moisés. Como a él, también a la Iglesia —enviada por Dios al mundo entero— le es concedido hacer presente al Señor en la predicación, ya desde los comienzos, aun antes de recibir el Espíritu, que completará el testimonio de su amor mutuo. Los hombres verán entonces a Dios en la vida y en la palabra del enviado: «Yo seré en tu boca, estaré contigo y me manifestaré».

Galilea es el lugar donde todo comienza: el primer encuentro con Cristo, el lugar de la llamada y de la promesa de la misión. Allí, la relación con el Señor se ha hecho cercana y personal; se ha hecho camino, seguimiento en su compañía cada vez más íntima, a la escucha de la Palabra. Allí los discípulos han sido instruidos, y Cristo se ha dejado conocer por ellos. Allí han comenzado a amarle. Galilea es también la frontera desde la que Israel se abre a las naciones, «Galilea de los gentiles», y es el paradigma de la predicación, en la que los discípulos verán a Cristo que los acompaña y actúa con ellos: «Irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis». Jesús ha concluido su misión entre las ovejas perdidas de la casa de Israel, y ahora corresponde a sus discípulos llamar a los gentiles, pues van a ser enviados a todas las naciones. Es la hora de la Iglesia, que vemos en la primera lectura iniciando el testimonio de la predicación: ¡Cristo ha resucitado! Ha sido constituido Señor con poder.

En el Evangelio vemos que el anuncio del ángel pasa a la Iglesia, como antes pasó a la Virgen María. Y tan irregulares como fueron dos mujeres para testificar en Israel, así lo será la Iglesia que se abre a los gentiles. Lo que no fue concedido a María Magdalena sola —porque abrazarse a los pies era un gesto propio de la Esposa: «No me toques, que todavía no he subido al Padre»— le es concedido en compañía de las otras mujeres; le es concedido a la comunidad, a la Iglesia, Esposa de Cristo, presente en aquellas mujeres enviadas a testificar la resurrección a los discípulos: «Ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron».

Cristo mismo confirma a las mujeres —a quienes el amor ha llevado al sepulcro en su búsqueda— en su misión ante los discípulos: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Es llamativo que el Evangelio nos relate que, desde el comienzo, la mentira tenga también sus propios propagadores, seducidos por el dinero. El mismo Lutero se sorprendía, en su tiempo, de las “alas” con las que se difundía su rebelión. ¿Cuál no deberá ser entonces nuestro celo en la misión, habiendo sido constituidos heraldos de la Verdad del amor misericordioso del Padre en Jesucristo?

Que así sea.  

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Domingo de Pascua (misa del día)

Domingo de Pascua (misa del día)

Hch 10, 34a.37-43; Col 3, 1-4 ó 1Co 5, 6-8; Jn 20, 1-9,

(o el propio de la Vigilia en el año A, o en las misas vespertinas: Lc 24, 13-35).

Queridos hermanos:

En este primer día de Pascua, el Evangelio nos presenta a dos discípulos, grandes amantes del Señor, a quienes el amor les permite percibir la presencia del Amado antes incluso de que los sentidos puedan dar testimonio. María Magdalena es la primera discípula en llegar al sepulcro y la primera en ver y anunciar al Señor a los apóstoles; la primera en descubrir la tumba vacía y en poner en movimiento a quienes habían sido elegidos como columnas de la Iglesia.

El apóstol Juan, evangelista y místico teólogo, se nos muestra en su pureza casta, modelo inolvidable para esta generación tristemente enfangada y descreída, incapaz de alzar el vuelo hacia la contemplación del Señor resucitado. “Ver y creer” fue su actitud ante la tumba vacía, confirmando así el testimonio interior que el Espíritu del Hijo comunicaba al discípulo amado.

¡Es el Señor! El amor siempre se adelanta a la percepción de los sentidos, tan limitados en su pequeño mundo físico frente a los horizontes infinitos del espíritu, que se abren únicamente a quien ama. Hijo del trueno por su celo, águila por la elevación de sus miradas y de sus vuelos, contemplador privilegiado de la gloria y de la agonía de Cristo, Juan había recibido la gracia de acoger a María, la Virgen Madre, junto a la cruz de su Hijo. Y aquel que hoy veneramos como apóstol de Asia Menor y confesor invicto nos muestra también su sumisión filial ante la elección recibida por Pedro, dándole precedencia en el testimonio no sólo de la resurrección, sino de todo el misterio de nuestra salvación, como proclama la primera lectura.

Pescador de hombres por designación profética divina, Juan recibió del Señor la promesa de sentarse a juzgar a las doce tribus de Israel. Él, que había deseado sentarse junto a Cristo en su Reino, fue revestido de paciencia para esperarlo aquí hasta su retorno glorioso, si tal hubiera sido la voluntad de su Maestro.

Cristo ha resucitado y se manifiesta a quienes lo aman, para que su testimonio brote de un corazón vigilante que intuye su presencia más allá de la percepción de los sentidos. Elevemos, por tanto, nuestro corazón a las alturas celestiales para encontrar a Cristo, vida nuestra —como nos recuerda la segunda lectura—, mientras aguardamos su retorno glorioso.

  Proclamemos juntos nuestra fe.

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Vigilia Pascual A

Vigilia Pascual A

Mt 28, 1-10

Queridos hermanos:

A los que estáis aquí porque buscáis al Señor Jesús, el que fue crucificado y murió, os digo, como dijo el ángel: «¡No temáis! No está en el sepulcro; ¡ha resucitado, como lo había dicho! Venid y ved el lugar donde estaba. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis”. Ya os lo he dicho». Cristo mismo, a través de su Espíritu, lo testifica a vuestro espíritu: «¡Salve!». «¡No temáis! Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

No podemos esconder nuestra alegría ni callar esta noticia; no podemos ignorar esta misión: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». «¡No temáis! Id, avisad a mis hermanos; anunciad en el nombre del Señor la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén». «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea se condenará. Haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado».

Sí, queridos hermanos: encontraremos a Cristo en el anuncio y en el testimonio de su resurrección. Que nuestro gozo doblegue nuestro miedo, rompa el silencio y glorifique al Señor. ¡Cristo ha resucitado! En Él tienen perdón nuestros pecados. ¡Alegrémonos, exultemos y démosle gracias!

El testimonio del ángel pasa a las mujeres y después a los discípulos, aunque Cristo mismo va a manifestarse personalmente a las mujeres, a los de Emaús, a los Once y a Pedro. Se ve que comunicar a los hermanos la propia experiencia del encuentro con Cristo tiene una eficacia y una importancia singulares. Pensemos en aquello de «estaban hablando de estas cosas», que refiere el Evangelio cuando dice que «Él se presentó en medio de ellos». Hacer memoria de Cristo es más que recordarlo: es actualizarlo, como ocurre en el memorial sacramental de su Pascua.

Esta “buena noticia” viene, en primer lugar, a confortar a los discípulos en medio de la crisis que ha supuesto para ellos la pasión y muerte de su Maestro. En segundo lugar, viene a encaminarlos a Galilea. Aunque, si tenemos en cuenta que lo van a encontrar primeramente en Emaús y en Jerusalén, podemos pensar que “Galilea” tiene una significación particular, como decía el Papa Francisco en su homilía de la Vigilia Pascual del año 2014. Galilea es, en efecto, el lugar donde todo comienza: el primer encuentro con Cristo, el lugar de la llamada y de la promesa de la misión. Allí la relación con el Señor se ha hecho cercana y personal; se ha hecho camino, seguimiento en su compañía cada vez más íntimo, a la escucha de la Palabra. Allí los discípulos han sido formados, y Cristo se ha dejado conocer por ellos. Allí han comenzado a amarle.

Ahora, después de su entrega hasta el extremo, resucitado y victorioso de la muerte, viene a buscarlos de nuevo y se hace su compañero de camino; pero no para caminar a su lado, sino para hacerlo dentro de ellos por su Espíritu Santo. Ahora todo lo hace nuevo: el encuentro, la llamada y el envío. Ahora la vida del discípulo se convierte en testimonio de su presencia en el amor mutuo, fruto de su misericordia. También nosotros, alcanzados por el Señor, tenemos nuestra “Galilea”: el lugar de los primeros amores, donde Él viene a renovar el encuentro en la Pascua.

Ante nosotros hay una multitud que aún no lo conoce. Una “Galilea de los gentiles” a la que somos enviados y en la que lo veremos salvando de la muerte. Que no se interrumpa la cadena que los ángeles iniciaron en el sepulcro vacío y que la Iglesia sigue transmitiendo generación tras generación, hasta que venga el Señor, cuando sea completado el número de los hijos de Dios, «la muchedumbre inmensa que nadie podía contar».

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Viernes santo

Viernes santo

Is 52, 13-53, 12; Hb 4, 14-16; 5, 7-9; Jn 18, 1-19, 42

Queridos hermanos:

En esta celebración de la Pasión del Señor surge, inevitablemente, la pregunta: ¿Por qué el sufrimiento, al que nuestra carne se rebela instintivamente y al que, de forma incomprensible, se entrega el amor?

Habiendo sido heridos en nuestro amor, el miedo al sufrimiento se ha enseñoreado de nuestra vida, y sólo en aquellos acontecimientos en los que amamos somos capaces de hacerle frente, como cuando un ser muy querido necesita de nosotros. Es siempre, por tanto, una cuestión de amor.

El Señor viene con su cruz a curar nuestro amor herido, o incluso muerto y sepultado, a través de su sufrimiento, grande como su inmenso amor, que es invencible. Como dice la Escritura: “Las aguas torrenciales de las persecuciones y los sufrimientos no pueden apagar el fuego del Amor ni anegarlo los ríos.”

Hoy, a través de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y de su sufrimiento, contemplamos la inmensidad del amor de Dios por nosotros. Muriendo en la víspera del sábado, día en que —según la Escritura— fue creado el hombre, el Señor nos muestra que se dispone a una nueva creación, la del hombre hecho a imagen de su Hijo y libre ya de su pecado.

Besando su cruz, adoramos a Dios, que es amor hasta ese extremo.

Hemos escuchado en el Evangelio: “Inclinando la cabeza, entregó el espíritu.” No es la muerte la que priva al Señor de su vida, sino que es Él quien la entrega voluntariamente al Padre por nosotros, como dice el Evangelio de san Lucas: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” “Doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente” (Jn 10, 17-18).

El Señor, terminados los sufrimientos de su pasión, inclina la cabeza, sometiéndose totalmente al Padre. El salmo 110, que contempla proféticamente los sufrimientos de Cristo, dice: “En su camino beberá del torrente; por eso levantará la cabeza.” Al sometimiento voluntario a la muerte, inclinando la cabeza, corresponderá la exaltación de su resurrección: “por eso levantará la cabeza”. El Padre custodiará su espíritu, escuchará su clamor, aceptará su sacrificio y nos concederá el perdón.

Plugo a Dios quebrantarle con dolencias, para así curar eternamente nuestros sufrimientos y nuestras heridas: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.” Él se entrega por los hombres a quienes ama, haciéndose en todo igual a ellos, menos en el pecado.

Cristo ofreció ruegos y súplicas con poderoso clamor y llanto al que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado. No pidió ser preservado de la muerte, sino ser sacado de ella, y se encomendó al amor de su Padre, que vence la muerte y la destruye para liberar a cuantos estábamos muertos y sometidos a la esclavitud del diablo por temor a la muerte (cf. Hb 2, 14s).

Con sus sufrimientos manifestó su obediencia. En efecto, obedecer es siempre un morir a sí mismo por alguien, y por eso el sufrimiento voluntario es un componente inseparable del amor, que, siendo libre, es compatible a su vez con el gozo. El que acepta sufrir en la carne ha roto con el pecado, como dice san Pedro (cf. 1 P 4,1). “Hechos son amores”, dice la sabiduría popular.

Es sorprendente cómo las palabras de Cristo en la pasión según san Mateo y según san Juan son mínimas. “Callar y obrar”, diría san Juan de la Cruz: callar y amar. El que ama mucho habla poco. Terminado el tiempo de la predicación, ahora es el tiempo del testimonio de los hechos, de los frutos, que la Iglesia recoge a través de los Padres con una sencilla frase: “Los paganos decían: mirad cómo se aman.”

El amor de Cristo se traduce en hechos, con características que normalmente se olvidan cuando hablamos del amor: dolor, sufrimiento, renuncia, negación de sí mismo, “tristeza y angustia hasta el punto de morir”, sudores de sangre. Pues dice Cristo que este amor es el que ha visto en su Padre: “Como el Padre me amó, así os he amado yo; amaos como yo os he amado.” Aquello de “Sed santos porque yo soy santo” puede entenderse ahora como: sed santos con los demás, como yo soy santo con vosotros. Esta perfección y esta santidad de Dios, que hemos visto en su Hijo, que se ha entregado por nosotros, pecadores, la recibimos con el don de su Espíritu.

“Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la Verdad.” ¿Qué es la Verdad? Lo que el Hijo ha visto en el seno del Padre desde toda la eternidad: Amor sin condiciones ni límites, amor que crea, perdona, redime, acoge y glorifica al que libremente acepta su misericordia. El amor que el hijo pródigo de la parábola descubre al entrar en sí mismo y que lo impulsa a volver a su padre.

Cristo debe testificar la Verdad frente a la mentira primordial, que nos ha seducido y que hemos creído fácilmente, llevándonos al miedo a la muerte, al sufrimiento y al orgullo. Cristo testifica la Verdad del amor de Dios entrando en la muerte, en el sufrimiento y en la humillación, glorificando así al Padre y siendo glorificado por Él.

 Que así sea en nosotros.

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Concluida la adoración

Al Dios de los designios de la historia, que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza; al que en cruz devuelve la esperanza de toda salvación, honor y gloria. Amén.

 Oración de bendición sobre el pueblo

Que tu bendición, Señor, descienda con abundancia sobre este pueblo, que ha celebrado la muerte de tu Hijo con la esperanza de su santa resurrección; venga sobre él tu perdón, concédele tu consuelo, acrecienta su fe, y guíalo a la salvación eterna. Por Jesucristo…