Martes 5º del TO

Martes 5º del TO

Mc 7, 1-13

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra nos muestra la diferencia entre los preceptos divinos —cuya raíz es el amor— y las tradiciones humanas, que buscan únicamente una seguridad basada en la propia complacencia y en una autonomía que se resiste al amor y a la condición de criatura dependiente de Dios, en quien el hombre puede alcanzar su plenitud.

Engañado y seducido por el diablo, el ser humano cree realizarse encerrándose en su propia razón, cuando su vocación y predestinación son el amor y la oblación, a imagen y semejanza de Dios, su Creador. La frustración que brota de esta perversión existencial lo conduce a una búsqueda constante de autojustificación mediante el cumplimiento de normas que lo encadenan, sofocan su capacidad de donación y lo hacen profundamente infeliz.

El empeño del hombre debe ser el encuentro con la voluntad de Dios contenida en la letra del precepto, sabiendo que el corazón de los mandamientos es el amor. Cuando el precepto se vacía de su esencia divina —el amor—, deja de ser indicador del camino de la vida y se transforma en una carga insoportable de la que el hombre desea librarse. Dios queda así marginado en la nefanda búsqueda de sí mismo y, con Él, la razón y el sentido de la existencia. Como dice el Evangelio, el problema está en un corazón que se ha alejado de Dios. Por eso Jesucristo repite a los judíos: «¿Cuándo vais a comprender aquello de: Misericordia quiero y no sacrificios; conocimiento de Dios más que holocaustos?».

Cristo ha venido precisamente a deshacer el engaño diabólico, ofreciendo al hombre la posibilidad de abrirse al amor, negándose a sí mismo para ser plenamente en Dios. Su entrega es luz y libertad: libertad de poseerse y libertad de donarse. Y el amor es Dios. Si el amor de Dios habita en el corazón del hombre, su vida está salva y hay esperanza para el mundo. Si no tengo en el corazón este amor que es Dios, «nada soy», como proclama san Pablo en su himno a la caridad.

Dios dio a Israel caminos de vida y sabiduría a través de su Palabra y de la Ley, que, por provenir de Él, tienen un corazón que es amor. Por eso, entrar en sintonía con la Palabra solo es posible cuando ésta alcanza el corazón, la voluntad y la libertad del hombre, con las que se ama. Es el amor el que purifica el corazón de todo el mal que describe el Evangelio; sin amor, el culto y la Ley se convierten en preceptos vacíos y en ritos muertos, incapaces de dar vida. Santiago habla de lo mismo al afirmar que, si la Palabra no fructifica en el amor, de nada sirve.

San Ireneo de Lyon (Adv. Haer. 4, 11.4–12) comenta: «Jesús recrimina a aquellos que tienen en los labios las frases de la Ley, pero no el amor; por eso se cumple en ellos lo dicho por Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres” (Is 29,13)».

En Cristo, el amor vertical a Dios se une inseparablemente al amor horizontal al prójimo. Cristo es nuestro Dios y nuestro prójimo. La gratuidad de su amor nos libera de la esclavitud de encerrarnos en nosotros mismos y nos abre al don, que es vida, al conocimiento de Dios y a la misericordia como culto agradable a sus ojos.

La Eucaristía, siendo el sacramento del amor pascual de Cristo, es, por tanto, el culto perfecto de adoración del hombre al Padre, en espíritu y en verdad.

Que así sea.

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Lunes 5º del TO

Lunes 5º del TO

Mc 6, 53-56

Queridos hermanos:

En este pasaje, Cristo no pronuncia una sola palabra, pero predica con sus obras. Contemplamos las curaciones con las que Jesús manifiesta el retroceso del mal ante la irrupción del Reino de Dios. La salvación se abre camino con la presencia de Cristo. Hoy, el Señor, sin hablar, pasa haciendo el bien.

El Evangelio habla con frecuencia de la importancia de las obras: “Las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí.” “Si no hubiera hecho entre ellos obras que no ha hecho ningún otro, no tendrían pecado; pero ahora las han visto.” “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras.”

A los discípulos les dirá: “El que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún.” “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” “Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado.”

Decía san Antonio de Padua que la palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras. Cesen, por favor, las palabras, y sean las obras las que hablen. Estamos repletos de palabras, pero vacíos de obras, y por esto el Señor nos maldice como maldijo aquella higuera en la que no halló fruto, sino hojas tan solo. La norma del predicador —dice san Gregorio— es poner por obra lo que predica. En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana quien la contradice con sus obras (Sermones, I, 226).

“Todos los que le tocaban quedaban curados” porque creían en Él, gracias al testimonio de los que habían sido curados antes y de quienes les llevaron la noticia. Es el caso de la hemorroísa. La curación es signo de la fe que Cristo pide a los enfermos o reconoce en ellos, y también, en ocasiones, es semilla que conduce a ella.

¿Acaso no son figura de la Iglesia aquellos que, al reconocerle, se apresuraron a llamar y traer a los enfermos de la región? Sin duda, esa era una fe activa que convencía a los enfermos para que acudieran a Jesús. Cada enfermo curado se convertía en testigo y pregonero de la misericordia de Dios, y la solicitud de aquellos mensajeros no quedó sin fruto. No podemos dudar de que se elevara en aquella región un clamor de bendiciones a Dios y de agradecimiento por tanta misericordia recibida, como había predicho Isaías: “Acrecentaste el gozo, hiciste grande la alegría por tu presencia, como cuando se alegran durante la siega o al repartirse el botín.”

Esta Palabra, que es Cristo, sigue siendo actual hoy para quien la escucha; se cumple en quien la acoge para salvación y en quien la rechaza, para juicio. Exultemos, pues, ante el Señor que está en medio de nosotros y se nos da en la Eucaristía, sacramento de nuestra fe.

El contraste entre el principio y el final de este capítulo del Evangelio de san Marcos es digno de reflexión: comienza con el rechazo de su pueblo y la furia de sus paisanos, fruto de su incredulidad, y termina con la acogida de la “Galilea de los gentiles” y la exultación nacida de la fe. La salvación que Israel rechaza pasará a los gentiles, que alabarán a Dios por su misericordia: “Por eso os digo que vendrán muchos de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de los Cielos con Abrahán, Isaac y Jacob, mientras los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros.” Como dirá san Pablo: “Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no os consideráis dignos de la vida eterna, mirad que nos volvemos a los gentiles. Pues así nos lo ordenó el Señor: Te he puesto como luz de los gentiles para que seas mi salvación hasta el fin de la tierra.” 

Que así sea.

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Domingo 5º del TO A

Domingo 5º del TO A.

Is 58, 7–10; 1Co 2, 1– 5; Mt 5, 13–16

Queridos hermanos:

Hablar de sal y de luz es hablar de amor. Salar e iluminar están en relación: hacen referencia a servir, a darse, a gastarse, a amar. Tener amor hace feliz, porque el amor está en la raíz de nuestra naturaleza recibida de Dios. Pero al hablar de Dios no decimos que “tiene” amor, sino que “es” amor; porque tener amor queda en uno mismo, mientras que ser amor implica irradiarlo, entregarlo, amar. Ya lo decían los latinos: el amor es difusivo. Si el amor hace feliz al que lo posee, el amar —el ser amor— hace feliz a aquel que es amado. A falta de ese amor, los hombres buscan inútilmente su felicidad en poseer cosas: afecto, dinero, fama, etc.

Cristo es la irradiación del amor de Dios, que ha brillado en la cruz y que hace felices a quienes lo reciben. Pero su obra no ha sido sólo amarnos, no ha sido únicamente darnos amor, sino hacernos amor, y amor difusivo que ame a los demás: “Vosotros sois la sal; vosotros sois la luz”. Hemos recibido del Espíritu Santo la naturaleza divina del amor para amar, salar e iluminar al mundo, para que también otros reciban el amor de Dios y puedan transmitirlo, perpetuando así la salvación de Cristo hasta el fin de los tiempos.

El Señor, que había dicho a unos galileos: “Seguidme y os haré pescadores de hombres”, después de haberlos formado con su palabra y con su vida —caminando con ellos, sufriendo y orando con ellos—, les dice ahora, y también a nosotros: “Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo”. Les indica no sólo lo que deben hacer y cómo deben vivir, sino lo que ahora son y lo que están llamados a ser en medio del mundo, hasta los confines de la tierra. Una condición de la que no les será lícito desertar, como recuerda la Carta a Diogneto.

La nueva condición de ser “sal” y “luz”, a la que el Señor se refiere, implica la misión que nos confía y el servicio que nos encomienda; pero no como una tarea externa o un compromiso del que tomar conciencia, sino como consecuencia de la nueva naturaleza recibida del Espíritu Santo y de la transformación ontológica que se opera en nosotros por la fe en Jesucristo.

Al tratarse de una misión universal confiada a los discípulos, será el mismo Espíritu quien los disemine hasta los confines de la tierra; e incluso permaneciendo entre los suyos, serán como extranjeros en su propia patria. Ya duerman o se levanten, su luz brillará en medio de las tinieblas de un mundo a oscuras, guiado por ciegos, y estará levantada sobre el candelero de la cruz.

Su vida, sazonada con lo propio de la sal —que es morder y escocer sin dejar que se corrompa la voluntad—, será signo de estabilidad, de durabilidad, de fidelidad y de incorruptibilidad, cualidades siempre buscadas en cualquier pacto (Nm 18,19).

Así quiere Dios que el hombre se presente siempre ante Él (Lv 2,13): con la sal, signo de su alianza de amor, por la cual ha sido convocado a su presencia. “Permaneced en mi amor; el que persevere hasta el fin se salvará, porque separados de mí no podéis hacer nada”. Como dice la Escritura: “Todos han de ser salados con fuego” (Mc 9,49). Pero frente al ardor que debe afrontar toda alteridad, esta sal será refrigerio de paz (Mc 9,50), dominio en las palabras (Col 4,6) y capacidad para soportar injurias y despojos (1 Co 6,7), asumiendo el mal (Mt 5,39).

El amor de Dios, en Cristo, ha encendido una luz en el mundo y ha dado un sabor nuevo a la historia, que nosotros debemos conservar con nuestra incorrupción. Él nos ha devuelto a la Vida para que el mundo sea liberado de la oscuridad y del sinsentido de la muerte. Por tanto, somos sal para nosotros mismos —para conservar el sabor y el buen olor de Cristo— y luz para el mundo, que debe ser iluminado por Él.

La luz de nuestras buenas obras debe brillar ante los hombres, para que Dios, nuestro Padre, sea glorificado y ellos sean bendecidos; y mientras nosotros morimos, el mundo reciba la vida, como dice san Juan Crisóstomo (Hom. sobre Mateo 15,6).

Primero se debe vivir y luego se puede enseñar (Pseudo-Crisóstomo, Hom. sobre Mateo 10). Cuánta importancia tiene, por tanto, la fidelidad de los discípulos a una misión que se identifica con su propio ser. Por eso, si la sal se desvirtúa, no sirve para nada más que para ser pisada por los hombres, que quedarían privados del conocimiento de Dios. La sal se desvirtúa cuando, por amor a la abundancia o por miedo a la escasez, los discípulos van tras los bienes temporales y abandonan los eternos, como enseña san Agustín (Sermo Domini 1,6).

Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                                                            www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

Sábado 4º del TO

Sábado 4º del TO

Mc 6, 30-34

Queridos hermanos:

Como nos muestra el Evangelio, todo tiene su tiempo: su tiempo el trabajo y su tiempo el descanso. Así lo ha querido el Señor, al darnos esta realidad corporal que arrastra las debilidades de una carne sometida a las consecuencias del pecado (Gn 3,17), pero sostenida por la esperanza de su glorificación y por el auxilio de la bondad divina en este destierro.

El Señor educa a sus discípulos —que serán también pastores en su nombre— enseñándoles a sacrificar incluso su descanso para compadecerse de quienes, careciendo de todo, “vejados y abatidos”, acuden a ellos. Sólo el amor hace posible el don sin medida y el verdadero descanso. “Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo”. Dios descansa de crear el mundo, pero no de gobernarlo con amor ni de renovarlo cada día con su misericordia.

Dios quiere siempre el bien para su pueblo; provee a sus necesidades y lo defiende de los peligros, como hace un pastor con sus ovejas. Para esta misión suscita pastores que cuiden, en su nombre, de su rebaño; y si lo descuidan y las ovejas son atacadas por el lobo, les pide cuentas y los sustituye. Cuando los pastores fallan, Dios mismo declara: “Yo mismo apacentaré a mis ovejas” (Ez 34,15).

Hoy el Señor nos mira con amor y se compadece de nosotros, que andamos como ovejas sin pastor, a merced de tantos que buscan nuestro mal y nos dispersan con sus embustes. Y nos llama para que acudamos a Cristo. Cristo es el Buen Pastor que Dios ha suscitado para arrancar a las ovejas de las garras del maligno. Quien se une a Cristo está a salvo de todo mal. Quien escucha al diablo se deja seducir por las ideologías y los falsos profetas del mundo, que actúan a través de ciertos medios de comunicación, sectas, brujos y adivinos. En nombre de la libertad, del bienestar, de la cultura o de la ciencia, no son sino heraldos de Satanás que engañan y pervierten a cuantos andan dispersos y a merced de sus pasiones, haciéndolos caer en toda clase de trampas.

La Iglesia posee la Verdad del amor de Dios, con la que Cristo nos pastorea, ofreciéndonos los buenos pastos de su Palabra y el Espíritu Santo. Él es el verdadero Profeta al que hay que escuchar para vivir; nuestro guía que nos congrega, nos conduce y nos defiende: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados; tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vosotros; y hallaréis reposo para vuestras almas”.

Que así sea.

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Viernes 4º del TO

Viernes 4º del TO

Hb 13, 1-8; Mc 6, 14-29

Queridos hermanos:

La Palabra de hoy nos presenta la muerte de un profeta y, como dirá Cristo, de más que un profeta. “Y si queréis aceptarlo, él era Elías”. Es evidente el paralelismo entre la figura de Elías y la de Juan el Bautista. Ambos vivieron bajo reyes inicuos, con mujeres perversas que los odiaron y persiguieron; ambos purificaron la religión del pueblo, y ambos se retiraron al desierto como lugar de encuentro con el Señor.

Cristo había dicho que “no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén”, y así, en Juan el Bautista, fue coronado Elías con una muerte digna de tan gran profeta, entregando su vida por fidelidad al Señor. Juan bautizó a Cristo y recibió de Él el bautismo de sangre. Reconoció al Mesías y se humilló ante Él, dándolo a conocer a sus discípulos. El amigo del Esposo lo presentaba a la novia.

Juan, el más grande entre los nacidos de mujer, recibió el Espíritu desde el seno materno; vio posarse sobre Cristo al Espíritu y permanecer en Él, y anunció su efusión sobre el pueblo. Pero tuvo que esperar la resurrección del Señor para que se abrieran ante él las puertas del Reino y pudiera alcanzar, con Abrahán, Isaac, Jacob y todos los justos, el Paraíso.

Hijo de Zacarías —“recuerdo del Señor”— y de Isabel —“descanso”—, nace Juan: “Dios es favorable”. Ese será su nombre, y él será el llamado a encarnar el kairós por excelencia de la historia. Nace entre el gozo y la admiración de sus paisanos, y muere en la alegría de haber escuchado la voz del Esposo que viene a tomar posesión de la novia. Anunció a todos el Reino, pero quienes rechazaron su bautismo —fariseos y legistas— frustraron el plan de Dios sobre ellos (Lc 7,30).

Brilló un instante como un relámpago en la noche, y su luz se eclipsó ante el Sol de justicia que trae la salvación en sus rayos. Clamó en el desierto, pero el eco de su voz se desvaneció ante la Palabra.

Nosotros, que nos gozamos en su nacimiento, nos unimos hoy a toda la Iglesia en su martirio. Somos edificados por su humildad y fortalecidos por su consagración total a Dios, por su sumisión y su parresía al llamar a la conversión.

Ahora viene a unirse a nosotros, gratuitamente invitados al banquete del Reino que él anunció y al que nos ha precedido junto con Abrahán, Isaac y Jacob, los ángeles y los santos, para gloria de Dios.

Bendigamos al Señor en la Eucaristía y pidámosle la misma sumisión a su voluntad que tuvo su Precursor.

 Que así sea.

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Jueves 4º del TO

Jueves 4º del TO

Hb 12, 18-19.21-24; Mc 6, 7-13

Queridos hermanos:

En esta Eucaristía, el Señor nos presenta la misión. Cristo es el amor de Dios hecho llamada, envío y misión, que se perpetúa en el tiempo a través de los discípulos invitados a su seguimiento. Toda llamada a la fe, al amor y a la bienaventuranza lleva consigo una misión de testimonio, cuyas raíces son el amor recibido y el agradecimiento. Pero existen también distintas funciones, como ocurre con los diversos miembros del cuerpo, que el Espíritu suscita y sostiene por iniciativa divina para la edificación del Reino, y que son prioritarias en la vida de quien es llamado.

Es la misión la que hace al misionero. Amós es llamado y enviado sin ser profeta. Nosotros somos llamados por Cristo a llevar a cabo la obra de Dios para saciar la sed de Cristo, que es la salvación de los hombres. Esta salvación debe ser testificada por aquellos que han sido elegidos por Dios desde antes de la creación del mundo para ser santos por el amor.

Dios quiere hacerse presente en el mundo a través de sus enviados, para que el hombre no ponga su seguridad en sí mismo, sino en Él. Constantemente envía profetas y concede dones y carismas que purifican a su pueblo, haciéndolo volver a Dios y evitando que se quede en las cosas, en las instituciones o en las personas.

Cristo es enviado a Israel como “señal de contradicción”. Lo acojan o no, Dios habla a su pueblo a través de su enviado. Por su misericordia, Dios fuerza al hombre a replantearse su posición ante Él y así le ofrece la posibilidad de convertirse y vivir.

En estos últimos tiempos, en los que la muerte será destruida para siempre, Cristo envía a los anunciadores del Reino, proclamando el “Año de gracia del Señor”.

El seguimiento de Cristo es, por tanto, fruto de la llamada de Dios, a la cual el hombre debe responder libremente, anteponiéndola a cualquier otra cosa que pretenda acaparar el sentido de su existencia. La llamada mira a la misión y, en consecuencia, al fruto, proveyendo la capacidad de responder y la virtud de realizar su cometido, aun cuando se trate de objetivos superiores a las propias fuerzas. Solo en la respuesta a la llamada se encuentra la plenitud de sentido de la existencia, que constituye la primera explicitación de la llamada libre de Dios.

El Reino de Dios es el acontecimiento central de la historia, que se hace presente en Cristo y se anuncia con poder. La responsabilidad de acogerlo o rechazarlo es enorme, porque en él se encierra la salvación de la humanidad. Los signos que lo anuncian son potentes contra todo mal, incluida la muerte. Acogerlo implica recibir a quienes lo anuncian con el testimonio de su vida, porque en ellos se acoge a Cristo y a Dios, que lo envía.

En su infinito amor, Dios tiene planes de salvación para los hombres, como vemos en la figura de José, enviado por delante de sus hermanos a Egipto. Pero, aun con su poder, sus planes no se realizan por encima de la libertad humana, lo cual implica las consecuencias del pecado: la envidia de los hermanos de José, la lujuria de la mujer de Putifar y, en el caso de Cristo, la incredulidad de los judíos y todos nuestros pecados, que le procuran su pasión y muerte.

También sus discípulos, enviados a encarnar la misión del anuncio del Reino, van con un poder otorgado por Cristo, que no los exime de la libertad de quienes los reciben y, por tanto, de las consecuencias de su rechazo o de su acogida.

Con todo, queda manifiesta la importancia del anuncio del Reino, ante el cual todo debe quedar relegado y ocupar su lugar. Lo pasajero debe dar paso a lo eterno y definitivo; lo material, a lo espiritual; lo egoísta, al amor.

 Que así sea.

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Miércoles 4º del TO

Miércoles 4º del TO

Mc 6, 1-6

Queridos hermanos:

La palabra de hoy nos sitúa ante dos problemas a los que se enfrenta la razón del hombre frente a la fe: el escándalo de la encarnación y la tentación de proyectar en Dios nuestras expectativas. El primero consiste en aceptar que nuestra relación con Dios tenga que pasar por la mediación de hombres como nosotros: un problema, por tanto, de humildad, ante el que se resiste el orgullo humano.

Israel rechaza que Dios haya querido encarnarse en “el hijo del carpintero”, como rechazó siempre a los profetas que, independientemente de la jerarquía, lo llamaban a la conversión; rechaza que el Mesías no venga de la casta sacerdotal, sino de Galilea.

El peligro está en creer que servimos al Señor cuando, en realidad, solo obedecemos a nuestra propia razón, es decir, a nosotros mismos, a aquello que podemos comprender y que nos parece bien. El hombre debe discernir los caminos de Dios y acudir allí donde sopla el Espíritu. Servir a Dios implica entrar tantas veces en el absurdo de la cruz, ante el cual nuestra razón se rebela. La fe es, precisamente, la entrega a Dios de nuestra mente y de nuestra voluntad.

Dios ha querido siempre manifestarse a través de sus enviados, hombres inspirados por su Espíritu, hasta que en Cristo su presencia en el hombre se hace total y definitiva. Es Dios quien elige cómo, cuándo y a través de quién desea manifestarse. Él elige, fortalece y envía: «Quien os acoge, me acoge a mí; y quien me acoge a mí, acoge a aquel que me ha enviado».

Dios, ante las necesidades concretas de su Iglesia, suscita dones y carismas que la edifiquen y la purifiquen; y aunque las instituciones eclesiales y las normas son obra suya, en ocasiones llama y envía a un “irregular”, un carismático, como hizo con los profetas. En toda la historia de la Iglesia se da esta dialéctica entre institución y carisma, como se dio en el Antiguo Testamento: Moisés y Aarón, Esdras y Nehemías; y en el Nuevo Testamento: Pedro y Pablo. El paradigma es, una vez más, Cristo, a quien Dios suscita del pueblo, sin pertenecer a la jerarquía: “el hijo del carpintero”, el hijo de María.

La jerarquía tiene la responsabilidad de discernir y acoger los dones y carismas de Dios; por ello necesita estar siempre vigilante y en comunión con la voluntad divina a través del Espíritu. San Lucas nos presenta un ejemplo claro de esta responsabilidad cuando afirma que fariseos y legistas, al no acoger el bautismo de Juan, frustraron el plan de Dios sobre ellos (cf. Lc 7,30).

Al igual que en la encarnación del Hijo de Dios en la debilidad humana, al hombre le cuesta aceptar a Dios en sus enviados; se escandaliza y endurece el corazón. Estamos dispuestos a ser deslumbrados por el poder de Dios, pero no a que venga envuelto en la debilidad de nuestra carne. Israel dijo: “Dios sí, pero Cristo no”. Hoy se dice: “Cristo sí, pero la Iglesia no”; “el cura sí, pero el catequista no”; “el catequista sí, pero el laico no”. El problema de la encarnación golpea el orgullo humano, que se resiste a humillarse ante otro hombre. Pretendemos que Dios se nos imponga con su poder, pero Él es fiel al don de la libertad que nos ha dado para amar.

En ocasiones también el enviado, como san Pablo, se queja de tener que cargar con su debilidad en la misión, porque relativiza sus dones. Pero Dios es grande en la debilidad. Eso debe bastarle. Así, la fe brilla en la libertad y en la humildad del hombre, sin que Dios se imponga con su poder.

Para dar el salto a la fe, el hombre debe responder a la pregunta del Evangelio: «¿De dónde le viene esto?». Pero eso supone reconocer la presencia de Dios en el hombre y, por tanto, obedecerle; por ello, con frecuencia, el hombre se niega a responder. Al quedar al margen de la fe, el poder de Dios queda frustrado por nuestra libertad, como se dice de Jesús en el Evangelio: «No podía hacer allí ningún milagro».

El profeta hace presente a Dios, y a quienes están fuera de su voluntad les recuerda su desvarío tan solo con su presencia. Si se obstinan neciamente en su maldad, tendrán que responder ante Dios; pero, al mismo tiempo, se les ofrece la gracia de arrepentirse y vivir.

Cristo, con su presencia, hace visible la misericordia de Dios y su juicio, como dijo el anciano Simeón: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos; signo de contradicción».

El segundo problema es quizá más grave: consiste en reducir la inmensidad del plan amoroso de Dios a lo que nuestra carne y nuestra pequeña razón pueden imaginar. Israel no solo tiene dificultad en aceptar al Mesías elegido por Dios, sino que rechaza la salvación concreta que Cristo viene a realizar. Mientras las expectativas del pueblo se centran en que Dios remedie la situación de postración, explotación y sometimiento a la injusticia y corrupción de Roma, se encuentra frente al “año de gracia del Señor”, ante el cual el pueblo mismo debe convertirse de la perversidad de sus pecados y poner su corazón en Dios.

El mismo Juan Bautista se ve arrollado por el torrente inaudito de la misericordia divina, que lo deja perplejo. Nadie puede parapetarse en la pretendida justicia de ser hijo de Abrahán ni en el privilegio de ser pueblo elegido, rechazando la gracia y la misericordia ofrecidas gratuitamente por Dios. La venganza y la justicia que esperan sobre sus enemigos exteriores será, en realidad, la liberación de la opresión del pecado y del diablo, que Cristo asumirá en sí mismo, ofreciéndose por todos en la cruz: «No me quitan la vida; la doy yo voluntariamente».

Este es el sacramento de nuestra fe, como proclamamos en la Eucaristía: Cristo que se entrega a la voluntad del Padre, que le presenta la cruz. A esta entrega de Cristo nos unimos nosotros en la comunión eucarística.

Hoy somos invitados a este sacrificio, sacramento de nuestra fe, que es vida eterna para quienes apoyan su vida en Dios.

Que así sea.

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