TODOS LOS SANTOS

Ap 7, 2-4.9.14; 1Jn 3, 1-3; Mt 5, 1-12

Queridos hermanos:

Decía Benedicto XVI, en este día del año 2007: “Nuestro corazón, atravesando los confines del tiempo y del espacio, se dilata a las dimensiones del cielo.”

Hoy celebramos la solemnidad de aquellos discípulos, amigos de Cristo, hijos de Dios, que han concluido su peregrinación terrena y su purificación. Ellos vienen de la gran tribulación; en ellos ha sido restaurada la imagen de Dios. Han alcanzado ya la patria celestial y aguardan, gloriosos, a que se complete el número de los hijos de Dios y a la resurrección de la carne.

Conmemoramos a la Iglesia triunfante, ante la cual no prevalecerán las puertas del infierno. Ellos fueron los pobres de espíritu, los mansos, los que lloraron, los que padecieron hambre y sed de justicia, los misericordiosos y limpios de corazón, los que trabajaron por la paz y fueron perseguidos por causa de la justicia. Han tomado posesión del Reino de los Cielos, han heredado la tierra, son ahora consolados y saciados, han alcanzado misericordia, ven a Dios, son llamados hijos suyos y participan de la gloria eterna.

Como dice san Bernardo en el Oficio de Lecturas de este día, los hacemos presentes para que su memoria avive en nosotros el deseo de unirnos a ellos en el Señor, e intercedan por nosotros, que ahora somos los pobres de espíritu, los que lloran, los perseguidos por vivir según la justicia reputada a nuestra fe. Somos aquellos de los que habla el Evangelio, llamados a ser bienaventurados como ellos, en medio de la muchedumbre inmensa que contempla el Apocalipsis (cf. Ap 7,9). San Pablo recuerda a los Tesalonicenses: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (cf. 1 Tes 4,3).

En los albores del cristianismo, a los miembros de la Iglesia se les llamaba “los santos”. En la primera carta a los Corintios, por ejemplo, san Pablo se dirige “a aquellos que han sido santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, junto a todos los que en todo lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo.” La santidad consiste en que el amor de Dios sea derramado en nuestro corazón por obra del Espíritu Santo.

En efecto, decía el papa Benedicto XVI: el cristiano es ya santo, porque el Bautismo lo une a Jesús y a su Misterio Pascual. Pero, al mismo tiempo, debe convertirse, conformarse a Él cada vez más íntimamente, hasta que en él se complete la imagen de Cristo, el hombre celeste. A veces se piensa que la santidad es una condición de privilegio reservada a unos pocos elegidos. En realidad, ser santo es el deber de cada cristiano; es más, podemos decir: ¡de cada hombre! Escribe el Apóstol que Dios, desde siempre, nos ha bendecido y elegido en Cristo para “ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor.”

Esta palabra nos involucra a todos. Todos los seres humanos estamos llamados a la santidad, que, en última instancia, consiste en vivir como hijos de Dios, en aquella “semejanza” con Él según la cual hemos sido creados. Todos los seres humanos son hijos de Dios —en sentido lato— y todos deben convertirse en aquello que “son”, por medio del camino exigente de la libertad. Dios invita a todos a formar parte de su pueblo santo. El Camino es Cristo, el Hijo, el Santo de Dios: “Nadie va al Padre sino por medio de Él” (cf. Jn 14,6).

Que la fidelidad de los santos a la voluntad de Dios nos estimule a avanzar con humildad y perseverancia en el camino de la santidad, siendo en todas partes testigos valientes de Cristo, dando razón de nuestra esperanza, y tratando de reunir en torno a nosotros a quienes no le conocen y gimen sin esperanza, a manos de los demonios y de los ídolos de este mundo.

Ellos, que han vencido en las pruebas, pueden, con su intercesión, ayudarnos ahora en el combate. Nuestra esperanza se fortalece, y en ella se van quemando las impurezas de nuestra debilidad.

  Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 30º del TO

Lc 14, 1.7-11

Queridos hermanos:

Esta Palabra parece, en apariencia, una lección de puras relaciones humanas, educación o buenas maneras; pero sabemos que Cristo no se molestaría sólo por eso, y que los evangelistas han sabido darle su aplicación espiritual. La humildad es, sin duda, una virtud cristiana que forma grupo con el servicio y la caridad, en las que se contempla la verdadera grandeza cristiana, a ejemplo del Maestro y Señor, que se ciñe para servir. Esta es la fuente de la verdadera humildad: la caridad de Cristo, que ha querido humillarse hasta la muerte de cruz por nosotros.

Quien tiene el Espíritu de Cristo participa de su humildad en la alegría que procede del mismo Espíritu, y que caracteriza la autenticidad de la humildad cristiana. Como dice san Pablo: «Considerad a los otros como superiores a vosotros; tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús».

Dios revela sus secretos a los humildes. Dice también la Escritura: «Dios da su gracia a los humildes»; «el que se humille será ensalzado». Así pues, la humildad no es una meta, sino la aceptación de que sea Dios mismo quien provea y colme nuestro ser. Naturalmente, esto no es posible sin el obsequio de la fe, porque nuestro espíritu, herido por la muerte del pecado, busca constantemente “ser”. Es necesario haber tomado conciencia del encuentro que Dios mismo ha propiciado a través de Cristo en nuestra existencia.

Nuestra actuación manifiesta hasta qué punto se ha realizado en nosotros el encuentro con Cristo, que hace posible que podamos abajarnos, vaciarnos y someternos, como Él se anonadó a sí mismo. A quien ha encontrado a Cristo, le basta ser en Cristo. Su deseo de ser queda satisfecho, y han sido plantadas en él las raíces de la humildad. El mundo deja de ser proveedor de sustento para su espíritu, porque Cristo ha comenzado a vivir en él.

El hombre tiene una dimensión y una vocación de realización que Dios, desde su «Hagamos» espacio-temporal, ha querido con una grandiosidad muy distinta de la que aspira la naturaleza humana caída. Sus aspiraciones no son otra cosa que vana hinchazón, incapaz de las grandezas de la oblación que sólo Cristo revela y comunica por participación del Espíritu. Como dice el Concilio en la constitución Gaudium et Spes, sólo el Verbo Encarnado revela al hombre su auténtica dimensión, cuyo conocimiento aceptado llamamos humildad, en la más teresiana de sus acepciones.

Dios se complace en la humildad del hombre, porque sus rasgos son los de su Hijo predilecto, aceptados en el Siervo obediente, que imprime sus marcas en quien lo ama. Ella será la vestidura que lo coronará de gloria y honor en el Reino, el día de la resurrección de los justos.

Que así sea.

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Viernes 30º del TO

Lc 14, 1-6

Queridos hermanos, nuevamente, la Palabra nos sitúa ante la letra del precepto y su espíritu, que es el amor. Volvemos al tema de la misericordia como corazón de la Ley, y a la superficialidad del legalismo inmisericorde de quien está alejado de Dios. “Yo quiero amor, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos”.

El Espíritu Santo nos permite ver la realidad con su óptica de misericordia: “Misericordia quiero”. Pero sin el Espíritu, no se capta más que la materialidad de la Ley. Y aunque se sepa que su corazón es el amor, mientras la caridad edifica, la letra mata. Jesús encontrará siempre gran dificultad para introducir a sacerdotes, escribas y fariseos en la óptica de la misericordia. Sólo la madurez en el amor es capaz de discernir entre la letra y el Espíritu. Parafraseando a Pascal, podemos decir: “El amor —el corazón— tiene razones que la razón no comprende”.

El tercer mandamiento, acerca de la santificación del sábado, no queda fuera del precepto del amor a Dios y al prójimo. Santiago dirá que “amar es cumplir la ley entera”, y que quien ama ha cumplido la Ley.

La respuesta de Jesús viene a ser: el sábado se puede amar. Precisamente para eso ha sido instituido. Dios descansó del trabajo de crear, pero no suspende nunca la actividad de amar, porque su naturaleza es el amor. “Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo”, dirá Jesús. El Padre no deja de gobernar la creación ni de amarla. En una oración sinagogal que precede a la proclamación del Shemá, los judíos dicen: “Tú haces la paz y todo lo creas. Tú que iluminas la tierra y a todos sus habitantes, renuevas cada día la obra de la creación”.

También en nosotros, la “creación” puede ser renovada cada mañana, si con el salmo decimos: “Por la mañana proclamamos tu misericordia, Señor”, testificándola con nuestra vida.

Es significativa la interpretación de Cristo respecto a una enfermedad como acción de Satanás. Con Satanás entraron el pecado y la muerte. El mal y la enfermedad no son más que manifestaciones progresivas de su acción sobre la naturaleza humana. Si la maldad de una criatura como el diablo puede ser tan grande, ¡cuánto más lo será la misericordia de Dios, su Creador, al ver la vejación de su creatura bajo la tiranía del mal! “Las aguas torrenciales de la muerte no pueden apagar el amor”.

A la luz de la cruz de Cristo, el dolor y la enfermedad adquieren un valor incuestionable, sin dejar de ser paradójicos. El sufrimiento, como misterio, relativiza toda soberbia ilusión de realización inmanente, puramente mundana, y mediante la humildad abre el camino a la trascendencia. Con todo, nos encontramos una vez más ante el tema de la libertad y del por qué Dios permite el sufrimiento. ¿Acaso el sufrimiento puede ser una expresión de amor, y un medio —muchas veces insustituible— para alcanzar un bien superior? ¿No es posible que los enfermos del Evangelio, de haber gozado siempre de buena salud, se hubiesen perdido para siempre, mientras que el encuentro con Cristo en su enfermedad temporal les haya alcanzado una salud eterna, salvándolos definitivamente?

Pidamos al Señor que la Eucaristía nos abra a la actividad constante de la misericordia, que corresponde a la nueva naturaleza a la que se refiere su promesa.

 Que así sea.

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Jueves 30º del TO

Lc 13, 31-35

Queridos hermanos:

A un mundo que vive bajo el influjo de los ídolos y se precipita hacia su destrucción, Dios le suscita un pueblo santo, para que lo haga retornar a Él y lo salve. Pero Israel se deja seducir por el diablo; le agrada vivir como el mundo y se enreda con los ídolos, olvidando su elección y su misión, apartando su corazón de Dios. Entonces, Dios le envía a su Hijo para buscar a las ovejas perdidas y hacer de nuevo a su pueblo “luz de las gentes”. Pero si también su Hijo es rechazado, el pueblo sufrirá las consecuencias de su extravío. El templo de su presencia en medio de ellos será arrasado, y Dios suscitará otro pueblo que le rinda sus frutos: un pueblo que acoja su misericordia en Cristo y permanezca fiel a la Alianza eterna, sellada en su sangre para la vida del mundo.

Cristo sabe que, en el cumplimiento de su misión, nada lo puede detener. Sabe también que debe llegar su hora, porque esa es la voluntad salvadora de su Padre, que Él debe llevar a cumplimiento. El Hijo del Hombre debe ser entregado, pero ¡ay de aquel que lo entrega! ¡Ay de ti, Jerusalén, porque tendrás que beber un cáliz amargo, preparado para los impíos! ¡Ay de aquel que endurece su corazón en el tiempo de la misericordia, porque deberá pagar hasta el último céntimo de su deuda!

Al igual que los porqueros de Gerasa, los fariseos del Evangelio prefieren la ganancia impura de su hipocresía, y piden a Jesús que se vaya, para que no les estorbe su negocio. Ponen como pretexto a Herodes, cuando son ellos los astutos que usan engaños y tienden asechanzas. Son ellos los que van a escuchar de la boca del Señor —y no Herodes— que nadie podrá apartarle de su misión, hasta que la concluya al tercer día con el triunfo de su resurrección.

Seguirá curando y expulsando demonios, y cuando llegue el momento de su inmolación, su muerte será un triunfo de la voluntad amorosa del Padre, y un fracaso del diablo, astuto y falso. Por eso, su muerte no tendrá lugar en la Galilea de los gentiles, a manos de Herodes, sino en la ciudad que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados.

Sólo Jerusalén, en la persona de sus sacerdotes, escribas y fariseos, lo entregará a los paganos. Pero cuando haya rechazado los cuidados amorosos del Señor, y Jerusalén quede privada de sus alas protectoras por su incredulidad, su nido será saqueado por el águila romana. Su “casa”, la niña de sus ojos, quedará desierta cuando la presencia de Dios abandone el Templo, y el velo del Santuario se rasgue en dos, de arriba abajo, con la muerte de Cristo. Los judíos, como polluelos incapaces de saber y de valerse por sí mismos, serán masacrados: «¡Jerusalén, Jerusalén! ¡Si conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes; te estrellarán contra el suelo, a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita».

También nosotros somos llamados a ser fieles a la misión a la que hemos sido convocados en Cristo, para la vida del mundo, so pena de ser también excluidos de su Cuerpo Santo.

 Que así sea.

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Santos Simón y Judas, apóstoles.

Ef 2, 19-22; Lc 6. 12-19

En esta fiesta, conmemoramos a dos apóstoles del Señor: Simón, llamado el Cananeo o Zelota, y Judas de Santiago, también conocido como Tadeo, según lo nombra san Lucas. San Cirilo los denomina Obediencia y Confesión, y añade que fueron constituidos, junto con los demás apóstoles, como doctores de todo el mundo, para liberar a los judíos de la servidumbre de la ley y apartar a los idólatras del error gentil, conduciéndolos al conocimiento de la verdad.

Fueron apóstoles elegidos por el Señor como testigos de la Resurrección. El libro del Apocalipsis los presenta como fundamentos de la muralla de la Nueva Jerusalén. Hoy celebramos su gloria, que no procede de su nacimiento, ni de su posición social o nacionalidad —pues sabemos que eran simples galileos, rudos como la mayoría de los apóstoles—; tampoco proviene de su elección para el apostolado, ya que también Judas Iscariote fue elegido; ni de su virtud, pues Pedro negó al Señor y Pablo fue perseguidor. Lo que los glorifica en este día es que fueron fieles hasta el fin a la misión que les fue encomendada, perseverando en la voluntad del Señor. Por ello, la tradición los considera mártires.

También nosotros somos llamados a la fidelidad y al testimonio del Evangelio, por el don recibido como miembros del Cuerpo de Cristo y piedras vivas de su templo. Sin embargo, nuestra gloria no nos será dada por el mundo, sino que la forjaremos con nuestra fidelidad y perseverancia en el servicio de amor hacia aquellos hermanos que el Señor tenga a bien encomendarnos.

El Señor eligió a los apóstoles de entre sus discípulos, después de una noche de oración, para que estuviesen con Él y para enviarlos a predicar. De ahí proviene el nombre de apóstol, que significa “enviado”. Como columnas de la Iglesia, los apóstoles fueron los primeros testigos del Evangelio: de la vida, muerte y resurrección de Cristo. Primero en Judea, y luego en todo el mundo. Dice el Evangelio que acudieron muchos de la región de Tiro y Sidón, como primicia de los gentiles que ellos habrían de congregar.

Así como a los apóstoles, también a nosotros nos cuesta comprender la unidad de Cristo con el Padre, lo cual equivale a querer penetrar el misterio de la Santísima Trinidad. Nos resulta más fácil seguir llamando “Dios” a quien Cristo nos enseñó a llamar “Padre nuestro”, como nos recuerda san Pablo. Pero el amor, la misericordia, la bondad, la palabra del Padre nos han sido reveladas por Cristo y en Cristo: “Quien me ve a mí, ve al Padre”; “El Padre está en mí y yo en el Padre”; “Como el Padre me amó, así os he amado yo”; “Yo y el Padre somos uno”. No obstante, la unidad entre el Padre y el Hijo no es identidad, aunque el Hijo sea igual al Padre, pues Él mismo dice: “El Padre es más grande que yo” (Jn 14, 28); “Mi alimento es hacer su voluntad”; “Yo hago siempre lo que a Él le agrada”.

El Evangelio menciona a estos apóstoles únicamente en la designación de los Doce, y lo demás que sabemos de ellos proviene de las escasas tradiciones surgidas en los lugares donde ejercieron su misión. El Señor, en efecto, les dijo: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio. Quien a vosotros escucha, me escucha a mí; y quien a vosotros rechaza, me rechaza a mí, y a Aquel que me ha enviado”.

Lo que sí sabemos de los apóstoles es que entregaron sus vidas por la misión, sostenidos por la fuerza del Evangelio y del Espíritu Santo, que suplía su precariedad humana y los hacía testigos del amor recibido de Dios por la fe en Jesucristo. Pocos fueron los que escribieron, pero todos testificaron a Cristo con sus vidas, dejando como herencia las Iglesias que fundaron en todo el mundo, de las cuales hemos recibido la fe que nos salva.

Elevemos, pues, nuestra acción de gracias a Dios, que nos envió a su Hijo, y bendigamos a Cristo, que nos dio a los apóstoles, quienes nos han preparado la mesa de su Palabra y de su Cuerpo y Sangre, que nos nutre para la vida eterna.

  Que así sea.                                                                                                                                                           www.jesusbayarri.es                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          

 

Martes 30º del TO

Lc 13, 18-21

Queridos hermanos:

El Reino de Dios es Cristo, el Verbo de Dios, que ha asumido nuestra humanidad de forma indisoluble. Por eso, en estas parábolas están entretejidas la gracia de Dios y la acción humana, como están unidos el Verbo y el hombre en Cristo. Nace pequeño y despreciado en un establo, crece ignorado y muere rechazado. Es sembrado en tierra, pero resucita al tercer día, pleno de fruto, y acoge a la humanidad entera en el amor de su gracia. La semilla divina ha sido introducida en nuestra carne terrena. «El Reino de Dios ha llegado».

El Reino de Dios en nosotros tiene la firmeza y el vigor de la más pequeña de las semillas, que lenta pero firmemente se abre camino y se fortalece hasta alcanzar un desarrollo sorprendente, en comparación con la actuación humana que, no obstante, es necesaria, porque Dios ha querido supeditar su obra a nuestro asentimiento. El hombre debe actuar y ofrecer el menor impedimento posible a la potencia de la gracia.

Ciertamente, «Las puertas del infierno no prevalecerán» ante la acometida del Reino de Dios (Mt 16,18); pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra para acoger la semilla divina? ¿Las últimas generaciones se mantendrán en la fe y se incorporarán a «la muchedumbre inmensa» en el Reino eterno, que hará sucumbir las defensas del infierno?

Efectivamente, no son comparables la virtud de la gracia y la acción humana, pero deben complementarse: el hombre siembra la semilla en la tierra y la mujer pone la levadura en la harina. San Pablo dice: «Por la gracia de Dios soy lo que soy; pero la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1 Co 15,10).

La pequeña semilla del Reino sabemos que se desarrolla hasta acoger a «una muchedumbre inmensa que nadie podía contar, de toda raza, lengua, pueblo y nación» (Ap 7,9), mientras el Dragón y sus ángeles son encadenados definitivamente. Pero en este desarrollo del Reino, Dios ha querido nuestra colaboración activa. «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti», decía san Agustín.

El camino del hombre, paralelamente al del Reino, está encarrilado entre la potencia divina de su Palabra y la libertad humana que actúa por la voluntad. La potencia de la semilla necesita la humildad de la tierra que la acoja. El hombre debe afanarse, pero es Dios quien da el incremento. Es más: «el querer y el obrar» vienen de Dios.

Los inicios humildes del Reino no son parangonables con su maravilloso desarrollo. En esta desproporción podemos contemplar la potencia divina. Al hombre corresponde aceptar, guardar, poner en práctica, lanzar la red, creer en la Palabra de Dios; y a Dios, abrir de par en par las compuertas de su gracia.

Cuando hay escasez de fruto, no se debe, por tanto, a Dios, sino a la imperfección de nuestra respuesta. Si decimos verdaderamente “amén” a Cristo que se nos da, Él centuplicará nuestro fruto. Que nuestra acogida de su gracia en la Eucaristía sea, pues, cada vez más plena.

Que así sea.

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Lunes 30º del TO

Lc 13, 10-17

Queridos hermanos:

El centro de esta palabra no es la mujer enferma de la que el Señor se apiada, ni siquiera la falta de discernimiento que muestra el legalismo de los judíos respecto al sábado. El núcleo está en la cerrazón del jefe de la sinagoga y de los judíos, quienes, despreciando a Dios, se resisten a acoger su iniciativa de misericordia para volverse a Él.

La voluntad amorosa de Dios es la salvación de su pueblo, una salvación que se extiende a todos los hombres y que se hace carne: primero en la elección de Israel, luego en la ley, y finalmente en Cristo, quien viene a perdonar el pecado y a comunicar a los hombres su naturaleza de amor por medio del Espíritu Santo.

La predicación de Cristo, sus milagros y, en definitiva, la entrega de su vida, hacen posible el cumplimiento del plan de salvación de Dios, pero sólo en quien lo acoge. En cambio, los judíos han convertido su relación con Dios en un legalismo de autojustificación y cumplimiento de normas externas que no conducen a Dios. El amor a Dios y al prójimo ha sido sustituido por ritos anquilosados en su materialidad, sin relación alguna con la verdad del corazón. Cristo insistirá constantemente en aquello de: “Misericordia quiero; yo quiero amor, conocimiento de Dios”. Volvemos, pues, al tema del amor como corazón de la ley, y a la superficialidad inmisericorde de quien está alejado de Dios.

También nosotros necesitamos poner nuestro corazón en Dios, de modo que sea el amor quien dirija nuestra vida, nuestro culto y nuestra relación con Dios y con los hermanos. Si el origen, el medio y la finalidad de nuestra relación con Dios no es el amor, entonces nuestra religión es falsa y vacía.

Como premisa, podemos tomar conciencia de lo despiadado de la tiranía del demonio: dieciocho años de opresión imperturbable sobre una persona, que sin la redención de Cristo podría haber sido interminable. Es significativa la interpretación de Cristo respecto a una enfermedad como acción de Satanás. Con él entró el pecado y la muerte, de la cual el mal y la enfermedad no son más que manifestaciones progresivas sobre la naturaleza humana. Si la maldad de una criatura puede ser tan grande, ¡cuánto más será la misericordia de Dios, su Creador, al ver la vejación de su criatura bajo la tiranía del mal! “Las aguas torrenciales (de la muerte) no pueden apagar el amor”.

A la luz de la cruz de Cristo, el dolor y la enfermedad tienen un valor curativo y de salvación incuestionable, aunque paradójico. El sufrimiento, como misterio, relativiza toda soberbia ilusión de realización puramente mundana, y mediante la humildad, abre el camino del corazón humano a la trascendencia. Con todo, nos enfrentamos una vez más al interrogante: ¿por qué Dios permite el sufrimiento? ¿Acaso el sufrimiento puede ser un medio pasajero —muchas veces insustituible— para alcanzar un bien definitivo? ¿No es posible que la mujer del Evangelio, de haber gozado siempre de buena salud, se hubiese perdido para siempre, mientras que el encuentro con Cristo, después de su enfermedad, la haya salvado definitivamente? Sin duda. Pero subsiste, además, el sufrimiento como consecuencia de la libertad humana y del pecado.

En el Evangelio podemos descubrir cómo sólo el Espíritu Santo permite ver la realidad con su óptica de misericordia: “Misericordia quiero”. Pero si falta, no puede captarse más que la materialidad de la apariencia. Mientras la letra de la Ley mata, su corazón es el amor, y la caridad edifica. Jesús tendrá siempre gran dificultad en introducir a sacerdotes, escribas y fariseos en la óptica de la misericordia, porque su corazón, cerrado a Dios, se cierra también a la caridad. Quien no se conmueve ante el sufrimiento y la perdición ajena, tampoco lo hará ante la misericordia. Sólo un amor que madura es capaz de discernir entre la letra y el Espíritu. Parafraseando a Pascal, podemos decir: “El amor tiene razones que la razón no comprende”. El tercer mandamiento, acerca de la santificación del sábado, no queda fuera del precepto del amor a Dios y al prójimo. La Escritura lo expresa claramente: “Quien ama, cumple la Ley”.

La respuesta de Jesús viene a ser: ¡En sábado se puede amar!

Precisamente para eso ha sido instituido el sábado. Dios descansa del trabajo de crear, pero no suspende nunca la actividad de su amor. “Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo”, dirá Jesús. El Padre descansó de crear, pero no deja de amar, gobernar y renovar cada día la creación. El trabajo del amor nunca se detiene. En una oración sinagogal que precede a la proclamación del Shemá, los judíos dicen: “Haces la paz y todo lo creas. Tú que iluminas la tierra y a todos sus habitantes; que renuevas cada día la obra de la creación”. También en nosotros la “creación” puede ser renovada cada mañana, si como el salmo proclamamos: “Por la mañana anunciamos, Señor, tu misericordia”, testificándola con nuestra vida.

Pidamos al Señor que la Eucaristía nos abra a la actividad constante de la misericordia, que corresponde a la nueva naturaleza a la que se refiere su promesa. Una cosa es trabajar para sostener el cuerpo, y otra muy distinta, inmolarlo por amor y para amar.

 Que así sea.         

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