Domindo 3º de Pascua A

 Domingo 3º de Pascua A 

Hch 2, 14.22-28; 1P 1, 17-21; Lc 24, 13-35

 

Queridos hermanos:

 

Hoy, la Palabra nos invita a situarnos frente al acontecimiento pascual que celebramos en la Eucaristía. Todas las lecturas nos presentan la glorificación del Señor, pero hemos escuchado que “era necesario que el Cristo padeciera estas cosas para entrar así en su gloria”. ¿Acaso no era ya su propia gloria, la que tenía junto al Padre antes de que el mundo existiera? ¿Cómo, entonces, era necesario que padeciera para entrar en la gloria que le pertenecía? ¿Para quién era necesario? No ciertamente para Él, sino para nosotros: para nuestra justificación y salvación; para que, al regresar a su gloria, no lo hiciera solo, sino con todos nosotros como hermanos suyos: “Subo a mi Padre y —ahora— vuestro Padre”.

No era a Israel únicamente a quien iba a librar el Mesías, sino a toda la humanidad; y no de un poder humano, sino de la esclavitud al diablo y de la muerte, consecuencia del pecado de nuestros primeros padres, que aparece como trasfondo en esta Palabra.

Para llevar a cabo esta salvación, Cristo hace Pascua por nosotros. Y la Pascua de Cristo —de la que brota la vida para nosotros— se actualiza en la Eucaristía, realidad que esta Palabra nos presenta como viático en el camino que, a través de Cristo, nos une al Padre, en la comunión que Él tenía desde siempre en su gloria. El Antiguo Testamento fue un tiempo para hambrear la salvación de Dios, que ahora podemos gustar en Cristo mediante la comunión con Dios y con los hermanos.

Los discípulos de Emaús hacen presente a Jesús y su Pascua: “Conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado”, y Él, que está allí en medio de ellos —fiel a sus palabras: “donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo”— comienza a manifestárseles para constituirlos testigos de su Resurrección. Esta es la experiencia pascual de la Iglesia: “Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos” (Lc 24, 36).

Dice el Evangelio que “iban dos de ellos; uno, llamado Cleofás”. Debían ser al menos dos para testificar, pero ¿por qué uno queda en el anonimato? Hay quien afirma que el mismo Lucas era el otro testigo y por eso prefiere mantener su nombre en la sombra. También podríamos interpretar este silencio como una invitación del evangelista a incluirnos, a encarnar nosotros mismos el rol de testigos en el acontecimiento. “Cuando leemos la Escritura, nosotros somos el texto. No es tanto que el texto hable de nosotros o que nosotros nos encontremos en él, sino que nosotros somos el texto sagrado. Del mismo modo que la finalidad de la música —arte de combinar los sonidos con el tiempo— no es simplemente ser oída, sino vivir en nuestro oído, ser nuestro oído mismo, parte de nuestra alma, así la Palabra desea hacerse ‘uno’ con nosotros a través del texto”[1]. Por eso, de cada relación personal con la Palabra nace un nuevo significado, según el sujeto que la estudia, la interpreta, la escucha, la proclama o la anuncia.

Los dos discípulos abandonaban la ciudad. La tristeza de la incredulidad velaba sus ojos y disolvía los lazos de la comunión que los congregaba en Jerusalén: “tardos de corazón para creer”, les dirá Jesús.

“Jesús se acercó a ellos y caminó a su lado; sus ojos estaban como incapacitados para reconocerle”. Los Evangelios muestran con frecuencia que Cristo resucitado no es reconocido cuando aparece. Lo es en un segundo momento y solo por algunos. Juan explica este hecho con el verbo “manifestarse”: Cristo es reconocido no cuando aparece, sino cuando “se manifiesta”. Es, por tanto, una gracia especial concedida a quien Él quiere, y que suele asociarse a una relación particular de amor a Cristo. Así sucede con Juan y con María Magdalena; también en un contexto litúrgico, como en este pasaje o en el del Cenáculo con los once (cf. Lc 24, 31.36; Jn 20, 16.20).

Podemos conocer la conciencia que tenían los de Emaús acerca de Jesús antes de su pasión y resurrección por sus propias palabras: “Jesús el Nazoreo, profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel”. Los discípulos de Emaús tienen una memoria abstracta de las profecías mesiánicas y de las Escrituras en general, y una expectativa concreta del Mesías, pero desligadas entre sí: esperaban que Jesús expulsara a los romanos, al estilo de Judas Macabeo, que combatió precisamente en Emaús (1 M 4, 3.8ss), cuyo discurso antes de la batalla es claramente mesiánico: «No temáis a esa muchedumbre ni su pujanza os acobarde. Recordad cómo se salvaron nuestros padres en el mar Rojo, cuando el Faraón los perseguía con su ejército. Clamemos ahora al Cielo, a ver si tiene piedad de nosotros, si recuerda la alianza de nuestros padres y destruye hoy este ejército a nuestro favor. Entonces reconocerán todas las naciones que hay quien rescata y salva a Israel». Después del encuentro con Jesús, vuelven a Jerusalén con una mentalidad distinta: el encuentro con Cristo resucitado y con la Palabra de Jesús une en su espíritu pasado, presente y futuro. Esta es la obra del Espíritu Santo en la comunidad cristiana cuando se proclama la Palabra[2].

Siempre hemos escuchado y aceptado que los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús “al partir el pan”, como dice el texto. Pero el Evangelio afirma también que Jesús “partió y les dio el pan”. Y no dice solamente que entonces le reconocieron, sino que “entonces se les abrieron los ojos”, expresión que reproduce exactamente lo ocurrido a Adán y Eva al comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Si este “entonces se les abrieron los ojos” hace referencia al comer, parece coherente pensar que también a los de Emaús “se les abrieron los ojos” al comer el pan que Jesús les iba dando; es decir, al comer el pan sobre el que Cristo pronunció la bendición: el fruto del árbol de la vida. “El que coma de este pan vivirá para siempre”. El primer árbol, situado en el centro del Paraíso, abrió los ojos a la muerte como fruto de la rebeldía; el segundo árbol —también en el centro del Paraíso— los abre a la vida, ante el signo oblativo de la fe. “Al partir el pan” significa, pues, participar plenamente del Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, sacramento de nuestra fe, más que la simple contemplación del gesto de la fracción (cf. Hch 2, 42).

Por eso, en este pasaje evangélico se hacen presentes cada una de las partes de la Eucaristía, como en una catequesis mistagógica: En la liturgia de la Palabra, mientras les “explicaba las Escrituras”, y recibida la exhortación de que “era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria”, después de haberse reconocido en el “acto penitencial” —“insensatos y tardos de corazón para creer”—, el ardor del corazón les hacía presentir la presencia de Jesús. La Palabra tiene la capacidad de hacerse presente cuando es proclamada: puede entrar en quien la escucha y transformarlo[3]. Por fin, en la liturgia eucarística, cuando “sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando”, y sobre todo en la consumación sacramental de la comunión, su corazón se abrió al Misterio de la fe. Y ante la fe ya no es necesario el testimonio de los sentidos: bastan los signos sacramentales. Por eso, en ese momento, “Él desapareció de su vista”.

“¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!”. Con esta expresión de júbilo —cuando el Espíritu entra en resonancia con el corazón humano, cuando el acento divino se armoniza con nuestra carne—, fruto de su encuentro sacramental con Cristo, superior a la visión física, los discípulos regresaron a la comunión con la comunidad en Jerusalén, dieron testimonio de la Resurrección y acogieron la confirmación de los hermanos.

¡Que así sea también para nosotros en la Eucaristía!

 

Proclamemos juntos nuestra fe.

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[1] (Cf. Lawrence Kushner, “In questo luogo c´era Dio e io non lo sapevo” p 170.)

[2] Nodet,  Etienne, Origen hebreo del Cristianismo.

[3] Nodet,  Etienne, Obra citada:

Sábado 2º de Pascua

Sábado 2º de Pascua

Hch 6, 1-7; Jn 6, 16-21

Queridos hermanos:

En este tiempo de Pascua, la liturgia nos recuerda los signos con los que Cristo manifestó a los discípulos que Él es el Señor: “Yo soy”. La experiencia de verlo caminar sobre las aguas y de contemplar su poder sobre la muerte es fundamental para la fe. Frente a los acontecimientos adversos, resuena su palabra: “No temáis, Yo Soy”.

Los discípulos deben aprender que, cuando el mal se vuelve contra ellos, Cristo está cerca con el poder de Dios: para guardarlos, para conducirlos al puerto deseado, para calmar la violencia del mal y aniquilar la muerte; pero, sobre todo, para resucitarlos, venciendo su poder.

En su señorío sobre la tormenta y sobre el mar de la muerte, o en medio de una brisa suave, la vida nos llega del auxilio de Dios: del Yo Soy, ante quien el universo se inclina y ante quien debe doblarse toda rodilla en el cielo y en la tierra. Es el Señor, en su amorosa gratuidad, quien nos empuja a situaciones que jamás hubiéramos imaginado vivir. El mismo Cristo tuvo que someterse al momentáneo abandono del Padre, para inclinar ante Él su cabeza en la cruz y entregarle su espíritu.

El Señor no solo provee en medio de las olas, del viento y de la tormenta; es también Él quien permite toda persecución para fortalecer y purificar a sus discípulos. Fue el Señor quien endureció el corazón del Faraón para manifestar su gloria en Egipto; fue el Señor quien luchó con Jacob para hacerlo “fuerte con Dios”. ¡Ánimo, que soy yo; no temáis!

Buscar al Señor en medio de la noche y de las adversidades de la vida, y avivar la conciencia de su presencia, es una experiencia necesaria para el discípulo fiel.

Con esta fe, los discípulos invocarán al Señor, seguros de su auxilio, y lo reconocerán en medio de la persecución y de todos los acontecimientos de la vida: “¡Es el Señor!”

Contra nuestro deseo hemos sido enfrentados al mar y al viento para poder llegar a la otra orilla con Cristo, como dice Orígenes en su comentario al Evangelio de san Mateo (11, 6-7). Es necesario recorrer un camino de combate contra el mar y el viento en el nombre de Cristo, confiando en su ayuda.

Después de esta experiencia, los discípulos ya no se preguntarán: “¿Quién es este?” (Mt 8, 27), ni se atemorizarán ante la presencia de Cristo. Se postrarán ante Él (Mt 14, 33).

Que así sea.

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Viernes 2º de Pascua

Viernes 2º de Pascua

Hch 5, 34-42; Jn 6, 1-15

Queridos hermanos:

Las palabras de hoy nos sitúan en el desierto de nuestra incapacidad e imposibilidad de darnos vida, para comprender que es Dios quien provee, rompiendo la muerte. La experiencia de muerte, impotencia y esterilidad es necesaria para el encuentro con la gratuidad de Dios. Después del hambre vendrá el comer: “Dichosos los que tenéis hambre ahora, porque yo soy el Pan”; “comerán”. Comer es creer. Después vendrá el “se saciarán”: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”. Y, por último, el “sobrará”, que es la evangelización: “Lo que gratis habéis recibido, dadlo gratis”.

El Evangelio de hoy se sitúa en el trasfondo pascual de la Eucaristía: banquete pascual y no un mero refrigerio; saciedad y plenitud. El alimento que trae “el Profeta” para saciar al hombre parte de la realidad humana de vacío, fruto de haberse separado de Dios por el pecado; y sobre esa realidad es invocada la bendición del Señor, que la convierte en fruto inagotable de vida y evangelización: primero para Israel (doce canastos) y después para las naciones (siete espuertas).

Como en el desierto, la perspectiva es imposible a las solas fuerzas humanas; es necesario recurrir a Dios mediante la fe, como en la pesca milagrosa. Porque Dios puede sacar hijos de Abrahán de las piedras, preparar una mesa en el desierto y saciar a la muchedumbre de Israel y de las naciones. Nuestra presencia en la misión se sitúa en este contexto, en el que Dios quiere saciar el hambre de un pueblo, suscitando pastores que le sirvan el pan de su Palabra y el pez de su Hijo Jesucristo. Para ello, es necesario ser saciados primeramente en nuestro propio corazón: “Comerán, se saciarán y sobrará”.

A Cristo quisieron hacerlo rey de sus “estómagos agradecidos” por multiplicar el pan, pero Él no obró para solucionar simplemente el problema del hambre, sino como signo de su misión mesiánica: saciar profundamente el corazón del hombre, movido por la compasión. No fueron los veinte panes de Eliseo (“comerán, se saciarán y sobrará”) ni los cinco panes de Cristo los que saciaron, sino la Palabra del Señor pronunciada sobre ellos: Cristo mismo con su Pascua, a la que somos invitados por la fe y el bautismo.

La carne de Cristo, pan que baja del cielo, nos revela el amor del Padre, por el cual quiso perdonar nuestros pecados y darnos su Espíritu de amor, que nos saciará verdaderamente y sobreabundará para poder darlo a quienes lo necesiten. La carne de Cristo está llamada también a formar un solo pueblo y un solo cuerpo con Él en la Eucaristía. Cristo es el Pan que baja del cielo, enviado como el maná, encarnado y hecho alimento en Jesús de Nazaret, saciando al hombre generación tras generación en su inagotable sobreabundancia de vida y gracia: “Pan que baja del cielo y da la vida al mundo, para que lo coman y no mueran para siempre”.

La Eucaristía nos incorpora a la Pascua de Cristo, que como Alianza eterna nos alcanza y nos une en sí mismo al Padre: “Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la meta y la esperanza en la vocación a la que hemos sido convocados”, como dice la Carta a los Efesios (Ef 4,4). La Eucaristía injerta nuestro tiempo en la eternidad de Dios; nuestra mortalidad en su vida perdurable; nuestra carne en la comunión de su Espíritu.

¿Realmente hemos sido “saciados” por Cristo, o seguimos hambreando afecto, dinero, prestigio, fama y los demás panes que ofrece un mundo insatisfecho e insaciable? ¿Sobreabunda en nosotros su gracia, necesaria para saciar a esta generación con el Pan bajado del cielo, que es Cristo? Hoy somos invitados a unirnos a Él y hacernos un solo espíritu con Cristo diciendo: ¡Amén!

Que así sea.

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Jueves 2º de Pascua

Jueves 2º de Pascua

Hch 5, 27-33; Jn 3, 31-36

Queridos hermanos:

Después del tiempo de la entrega de Cristo —en el que Dios Padre lo entrega por amor; los sumos sacerdotes, por envidia; y Judas, por avaricia—, después del tiempo de la elección de los testigos de la Resurrección, a quienes Cristo ha llamado personalmente, ha comenzado el tiempo del testimonio. En la primera lectura, el Espíritu y la Iglesia testifican juntos; y en el Evangelio se nos hace presente el testimonio de Cristo a través de la iniciación de Nicodemo en su itinerario bautismal.

Así como Juan Bautista ha dado testimonio de Cristo con sus palabras, el Espíritu lo ha testificado con sus obras, y Cristo ha testificado con sus palabras y con sus obras lo que ha visto y oído del Padre.

Frente a la muerte consecuencia del pecado, que ha sometido al hombre a la ira de Dios, su amor es vida, perdón y misericordia, decretados en el seno de Dios y proclamados por Cristo, quien los ofrece a todos gratuitamente mediante el testimonio de su entrega. Testimonio que, viniendo del cielo, expresa la verdad de Dios y su voluntad salvadora.

Acoger el testimonio de Cristo es creer, por tanto, en el amor del Padre y recibir de Él la vida eterna, siendo arrancados de la muerte a la que fuimos sometidos por el pecado, gracias a su muerte de cruz.

En Cristo vive Dios mismo; en Él está Dios; Él es el Cielo, y en sus manos ha puesto Dios todas las cosas: nuestro perdón y la salvación que gratuitamente se nos ofrece a quienes, por el pecado, entramos bajo su ira. Creer en Cristo es entrar en comunión con Dios, en su amistad, y recibir su Espíritu de vida eterna. Creer es unirse a su testimonio, que es rechazado por muchos; creer es reconocer la Verdad en Dios y la mentira en quien lo niega.

Nosotros no sólo somos invitados a la esperanza, sino a recibir al Esperado de todos los hombres y de todos los tiempos: al Prometido a los Patriarcas, al Anunciado por los Profetas.

Cristo, Palabra del Padre, Verdad del Padre, se nos da como amor del Padre: carne y sangre de vida eterna bajada del cielo, que quiere unirnos a sí. Eucaristía celeste que nos abre de par en par sus entrañas en la tierra.

 Que así sea en nosotros.

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Miércoles 2º de Pascua

Miércoles 2º de Pascua

Hch 5, 17-26; Jn 3, 16-21

Queridos hermanos:

Hoy contemplamos el amor de Dios, que ha salvado al mundo de la muerte —consecuencia del pecado— a través de su Hijo, entregándolo por nosotros y resucitándolo para nuestra justificación. La salvación alcanza a quien acoge a Cristo por la fe, recibiendo la vida eterna. Quien se resiste a creer rechaza la gracia del perdón y de la misericordia que se nos ofrece en Cristo, y permanece en la condenación: “la ira del Señor permanece sobre él”.

Así como en el pecado de Adán nosotros no tuvimos arte ni parte, en la salvación de Cristo es imprescindible nuestra respuesta, sea acogiendo la gracia del perdón o rechazándola. Los justos anteriores a Cristo tuvieron que esperar su descenso al lugar de los muertos para, después de su resurrección, acoger su salvación. Nosotros hemos podido recibirla por la predicación del Evangelio; y a aquellos que no han sido alcanzados por el Evangelio durante su vida, confiamos que se les ofrecerá la salvación en el momento de su muerte para incorporarse a la Iglesia, porque “fuera de la Iglesia no hay salvación”, es decir, fuera del Cuerpo Místico de Cristo, única salvación que Dios ha establecido para el mundo: “El que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo (del pecado), todo es nuevo, y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo en su Hijo”.

Creer es, por tanto, acoger esta benignidad divina mediante el obsequio de la mente y de la voluntad a quien se nos revela como amor incondicionado y misericordioso. Esta acogida se concreta en el cumplimiento de sus mandamientos, guardando su palabra. La obediencia brota del agradecimiento por el amor recibido y no de constricción alguna. Los preceptos divinos son amor y contribuyen al bien de quien los guarda. El Señor no necesita nuestra gratitud ni nuestra obediencia; somos nosotros quienes nos beneficiamos de ellas, siendo atraídos al Bien Supremo. Esta gratitud y esta obediencia nos conducen y nos mantienen unidos a Dios, nuestro “fin último” y nuestra bienaventuranza.

El que cree renuncia a apoyarse en la exclusividad de su propia mente y de su voluntad —que lo han sumergido en la condenación de la muerte, seducido por la malignidad del pecado— y abraza agradecido la sumisión a la misericordia divina que le ha sido manifestada.

Rescatado el corazón humano de las tinieblas del mal, ahora, por la iluminación del amor de Dios, puede vivir la novedad de una existencia libre como don gratuito. La resistencia a aceptar esta gracia se vence por el testimonio del amor, por el anuncio del perdón y por la promesa de la vida eterna.

El odio que se cierra a esta bondad, aunque difícilmente comprensible, es posible en quien “se obstina en el mal camino y no rechaza la maldad”. ¿Será posible que la potencia salvadora de la sangre de Cristo, en su infinita misericordia, se resigne a aceptar un rechazo de su gracia, siempre superficial, frente al ofrecimiento del Bien absoluto de su amor? ¿Será posible un rechazo con plena consciencia y libertad, que supere absolutamente nuestra invencible ignorancia?

Se hacen, por tanto, perentorios el anuncio y el testimonio del amor misericordioso de Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta de su conducta y viva.

La primera lectura es muy importante para mostrarnos que no son los hombres quienes determinan el tiempo y el momento que Dios ha establecido para que testifiquen su fe. Y, como Cristo, también Pedro y los apóstoles serán liberados muchas veces de sus perseguidores, hasta que llegue su “hora” de llevar a plenitud su testimonio y de dar su vida glorificando a Dios, si esa es su voluntad.

La Eucaristía viene a afianzarnos en la comunión con este amor y a disponernos al testimonio de la vida nueva en la libertad de la gracia.

 Que así sea.          

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Martes 2º de Pascua

Martes 2º de Pascua

Hch 4, 32-37; Jn 3, 7b-15

Queridos hermanos:

El Hijo del hombre tiene que ser levantado, como la serpiente de bronce en el desierto, para suscitar la fe del pueblo y para que el pecado sea perdonado. Es la fe en Cristo la que obra el nuevo nacimiento del Espíritu, quedando el hombre libre del pecado por el que Adán sometió a la antigua creación. El pecado, más que producir el rechazo de Dios, activó su misericordia, porque “la caridad todo lo excusa”; y, sin detenerse en la ofensa, por la justicia se duele de la muerte del pecador, y por amor envía a su Hijo para salvarlo. Pero el pecado no sólo es transgresión de la voluntad divina, sino frustración, caducidad y corrupción de la creación entera; en consecuencia, el perdón del pecado supone una nueva creación: cielos nuevos y tierra nueva, nacimiento nuevo, hombre nuevo, vida nueva.

El pecado debe ser pagado por Cristo, y eso supone asumir la muerte, consecuencia del pecado, para destruirla con su justicia y con su libre voluntad de entregarse. Cristo ha sido “predestinado”; lo dice Él mismo: “Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!” (cf. Jn 12, 27).

Sólo hay una respuesta a esta “predestinación” de Jesús de Nazaret, el Cristo, y a su aceptación libre: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea tenga en Él vida eterna”. Sólo el Hijo de Dios, sólo Dios, autor de la creación, podía crear una nueva: “cielos nuevos y tierra nueva”, en los que habite la justicia cuando el pecado haya sido perdonado. El Evangelio consiste en que Cristo ha realizado, con su entrega, esta obra del amor del Padre, y en que esta nueva creación puede realizarse en nosotros por la fe en Él, siendo así incorporados al Reino de Dios.

El testimonio de Cristo es precisamente revelar el amor del Padre, que lo ha enviado desde el cielo para darlo a conocer. Este testimonio se da desde la cruz, púlpito místico y existencial desde el que Cristo ha proclamado el amor del Padre. El testimonio de Cristo se hace visible en la vida de sus discípulos, que muestran el Espíritu de amor que han recibido desde el cielo, amándose, y anuncian así la victoria de Cristo sobre la muerte.

Por la fe, y mediante el agua del bautismo, será el Espíritu quien mueva la vida del discípulo, impulsándolo como el viento, ante la mirada atónita del mundo, incapaz de discernir de dónde viene ni a dónde va, tal como ocurre con Cristo: “¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿De dónde le viene todo eso? ¿No es éste el hijo del carpintero?”

Hay una vida nueva y eterna que se recibe por la fe en “el Hijo del hombre”, que, al igual que la serpiente de bronce del desierto, ha sido levantado en el mástil de la cruz, para que cuantos hemos sido mordidos por el diablo podamos ser salvados. Este es el amor que reina en el cielo y que Cristo viene a manifestar a los hombres: el Padre os ama hasta entregar a su propio Hijo, y este amor del Padre está en el Hijo, que se entrega libremente a la voluntad amorosa del Padre.

Que así sea.

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Lunes 2º de Pascua

Lunes 2º de Pascua

Hch 4, 23-31; Jn 3, 1-8 

Queridos hermanos:

Las lecturas nos hablan hoy de la vida nueva de la fe como un itinerario bautismal, en el que la semilla del Kerigma y la semilla del Reino van desarrollándose en quien acoge la predicación, hasta ser dadas a luz por el Espíritu. El comienzo de este itinerario bautismal se nos presenta hoy en la figura de Nicodemo, a quien el Evangelio de Juan muestra en sus tres fases de adhesión a Cristo, iluminando todo su ser: el corazón, el alma y las fuerzas.

En el pasaje de hoy (Jn 3, 1-21), Nicodemo está cerca del Reino, como aquel escriba del Evangelio (Mc 12, 34). La gracia que actúa en él lo impulsa a acercarse a Cristo, y el Señor le revela el camino que debe recorrer: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios; el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en él».

Nicodemo se acerca a Cristo por primera vez en medio de la oscuridad de la noche; es decir, todavía sin la luz plena de la fe, temeroso de ser considerado discípulo, sin la fortaleza del Espíritu. Sin embargo, ya está bajo la acción de la gracia, que como la aurora comienza a iluminar su mente, aunque en su corazón sigan divididas las tendencias del sí y del no.

Habrá un segundo encuentro (Jn 7, 45-52), en el que Nicodemo, como el ciego de nacimiento, comenzará a arriesgarse, poniéndose en evidencia y cuestionando a los judíos: «¿Acaso nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle oído antes y sin saber lo que hace?» Ellos le respondieron: «¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta». La novedad del acontecimiento Jesús de Nazaret, sin la luz del Espíritu, no logra penetrar en el corazón de los judíos; mientras que en Nicodemo la fe comienza a cristalizar. Fortalecido, como los apóstoles en la primera lectura, será capaz de afrontar la persecución, cargando con el rechazo del Consejo de su pueblo. Superada la tentación del corazón, también su alma será puesta a prueba cuando la fe llegue a permear toda su vida.

Este será, pues, su tercer y definitivo encuentro con el Señor (Jn 19, 38-42): «Nicodemo —aquel que anteriormente había ido a verle de noche— fue con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras». Su amor a Cristo lo mueve a servirlo también con sus fuerzas, gastando sus bienes en treinta kilos de perfumes para honrar su sepultura. Su fe se ha completado, y está preparado para “ver” la irrupción del Reino de Dios en su corazón.

Por la fe, y mediante el agua del bautismo, será el Espíritu quien conduzca la vida del discípulo, llevándolo donde quiere, como el viento, ante la mirada atónita del mundo que oye su voz, pero no discierne de dónde viene ni a dónde va aquel que ha nacido de nuevo. Así ocurre también con Cristo: «¿De dónde le viene a este esa sabiduría y esos milagros? ¿No es este el hijo del carpintero?»

El Reino de Dios se hace presente ahora para nosotros en la Eucaristía, invitándonos a entrar en él.

 Que así sea.

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