Jueves 1º de Cuaresma

Jueves 1º de Cuaresma

Est 14, 3-5.12-14; Mt 7, 7-12

Queridos hermanos:

El tema que hoy retoma la Liturgia de la Palabra es la oración, que brota del conocimiento de la bondad de Dios y de su amor por todo lo que ha creado, y de manera especial por nosotros. Tampoco podemos olvidar su poder ni la necesidad que nos envuelve. Además, en la oración de petición debemos considerar la dimensión subjetiva que condiciona su calidad: cuál es su objeto y con qué oportunidad, intensidad y recta conveniencia suplicamos aquello que deseamos alcanzar.

La triple exhortación evangélica —pedid, buscad y llamad— une a nuestra precariedad la confianza en Aquel que puede remediarla, y esa confianza nos sostiene en la perseverancia de la súplica. Necesitamos ser fortalecidos, sobre todo, en esa confianza que nace de la firmeza de nuestra fe, cuyas compañeras inseparables son la esperanza y la caridad hacia Aquel a quien invocamos.

El Espíritu Santo, el Bien por excelencia, el Don que Cristo nos ha obtenido con su entrega total, debe ser nuestra máxima aspiración. Aunque Dios provee siempre a nuestras necesidades, hemos sido creados para participar de su propia vida divina, en la comunión definitiva con Él. Pedir el Espíritu implica desearlo, amarlo y anteponerlo a todo; pedirlo con todo el corazón. Él es el Maestro de la oración y viene en ayuda de nuestra flaqueza, porque —como recuerda san Pablo— no sabemos pedir como conviene.

Cuando sea el amor, fruto del Espíritu, lo que nos mueva, estaremos atentos a procurar a los demás el bien que también nosotros anhelamos, más que limitarnos a responder con la misma moneda con que se nos paga. Es el Espíritu quien nos impulsa a obrar el bien por el bien mismo, sin dar cabida al mal. De una fuente dulce no brota agua amarga; de Dios no procede nunca el mal. El Evangelio está lleno de este responder al mal con el bien, como Dios hace con nosotros. Recordemos aquellas palabras de san Bernardo: «Amo porque amo; amo por amor».

Por eso necesitamos pedir, buscar y llamar, para que se nos dé el Espíritu que Cristo nos ha ganado con su muerte y resurrección; y lo demás lo recibiremos por añadidura. Pidamos por quienes no conocen el amor del Señor; busquemos a los pecadores; llamemos a los extraviados para que regresen a Dios. Y si no encontramos en nosotros méritos para recibir lo que pedimos, busquémoslos en la paternidad bondadosa de Dios, que desea concedérnoslo, como enseña el Pseudo-Crisóstomo.

 Que así sea.

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Miércoles 1º de Cuaresma

Miércoles 1º de Cuaresma

Jon 3, 1-10; Lc 11, 29-32

Queridos hermanos:

En este tiempo de gracia, Dios nos presenta su misericordia a través del Evangelio, que pone ante nosotros la responsabilidad de acoger su ofrecimiento, porque “no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta y viva”.

Hemos escuchado que los ninivitas se convirtieron por la predicación de Jonás, quien fue para ellos signo de la voluntad de Dios, que deseaba salvarlos de la destrucción que habían merecido por sus pecados. Que Jonás saliera del seno del mar —figura de la muerte—, como narra la Escritura, ni siquiera lo menciona Lucas. Es un signo que, de hecho, los ninivitas no vieron, como tampoco los judíos vieron a Cristo salir del sepulcro. Será, por tanto, un signo que no les será concedido ver.

Cuando el rico —al que llamamos epulón— pide a Abrahán que un muerto resucite para que sus hermanos se conviertan, Abrahán responde que no hay otro signo que la escucha de Moisés y los profetas: la predicación. Por eso no dice “la lectura”, sino “la escucha”. Los judíos que no acogieron la predicación ni los signos de Jesús deberán acoger la de los apóstoles. Es Dios quien elige la predicación como único signo, el modo y el tiempo favorable para otorgar la gracia de la conversión; y el hombre debe recibirla como una gracia que pasa. Como dice el Evangelio de Lucas, el rechazo de los escribas y fariseos a Juan Bautista les impidió convertirse cuando llegó Cristo, frustrando así el plan de Dios sobre ellos (Lc 7,30).

La predicación del Evangelio hace presente el primer juicio de la misericordia, que puede evitar, en quien lo acoge, un segundo juicio en el que no habrá misericordia para quien no tuvo misericordia, según las palabras de Santiago (St 2,13). Para quien acoge la predicación, todo se ilumina; mientras que quien se resiste a creer permanece en las tinieblas. Dios se complace en un corazón que confía en Él contra toda esperanza y lo glorifica entregándole su vida, como hizo Abrahán. “Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.”

Dios suscita la fe para enriquecer al hombre mediante el amor, haciéndole gustar la vida eterna; y por amor dispone las gracias necesarias para la conversión de cada hombre y de cada generación. Los ninivitas, la reina de Sabá, los judíos del tiempo de Jesús y nosotros mismos recibimos el don de la predicación como testimonio de su voluntad a través de su Palabra, que siembra vida en quien la escucha.

Desde la salida de Egipto, en la marcha por el desierto, Israel pedía signos a Dios, pero ni así se convertía. Las señales que realiza Cristo no pueden verlas, porque no tienen ojos para ver ni oídos para oír en la tierra; y piden una señal del cielo. No habrá señal para esta generación que pueda ser vista sin fe, un signo que se imponga por encima de los que Cristo realiza. Cristo gime ante la cerrazón de su incredulidad. La señal por excelencia de su victoria sobre la muerte será oculta para ellos —no habrá señal— y solo podrán “escucharla” mediante la predicación de los testigos, como ocurrió con Jonás.

Este es un tiempo de señales, sí, pero sobre todo de fe, de combate, de entrar en la muerte y resucitar, como Jonás, que en el vientre de la ballena pasó tres días en el seno de la muerte. Solo al final “verán” la señal del Hijo del Hombre sobre las nubes del cielo.

Jonás realizó dos señales: la predicación, que movió a los ninivitas a la conversión, y la de salir del mar al tercer día, que nadie pudo conocer sino por las Escrituras. En cuanto a Cristo, los judíos no aceptaron la primera, y la segunda no pudieron verla; no hubo para ellos más señal que la predicación de los testigos elegidos por Dios. El significado de las señales solo puede comprenderse con la sumisión de la mente y de la voluntad que conduce a la fe y que implica la conversión. Dios no puede negarse a sí mismo anulando nuestra libertad para imponerse; por eso todas las gracias deben ser purificadas por las pruebas.

Nosotros hemos creído en Cristo, pero hoy se nos invita a creer en la predicación, sin tentar a Dios pidiéndole signos, sino suplicándole la fe y el discernimiento que Él concede generosamente a quien se lo pide con humildad. Así como sabemos discernir lo material, debemos pedir el discernimiento espiritual de los acontecimientos.

También a nosotros se nos propone hoy la conversión y la misericordia a través de la predicación de la Iglesia.

 Que así sea.

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Martes 1º de Cuaresma

Martes 1º de Cuaresma

Is 55, 10-11; Mt 6, 7-15

Queridos hermanos:

En medio de los pecados de los hombres, Dios ha querido manifestar su misericordia a través de la oración. Desde la súplica de Abrahán —con sus seis intercesiones en favor de los justos, que se detienen en el número diez— hasta la perfección de la oración de Cristo, que intercede por la multitud de los pecadores a cambio del único Justo que se ofrece por ellos, se despliega un camino de fe que hace perfecta la oración en el amor. A tanta misericordia no alcanzaron la fe ni la oración de Abrahán para dar a Dios la gloria que le era debida, aquella con la que Cristo glorificó su Nombre. En efecto, Sodoma no se salvó de la destrucción.

Con este espíritu de perfecta misericordia, Cristo alecciona a sus discípulos para salvar a los pecadores por quienes Él se entregó. Cristo es la Palabra que no vuelve al Padre sin haber cumplido la misión para la que fue enviada: salvar a la humanidad.

Hoy la Palabra nos presenta la oración y la escucha como fuentes fecundas de perdón, tanto para nosotros como para los demás. Así es la vida en el amor de Dios. Necesitamos la oración para reconocer nuestra necesidad de la Palabra y para obtener el fruto de ser escuchados por Dios. La oración es circulación de amor entre los miembros del Cuerpo de Cristo, abierto siempre a las necesidades del mundo.

La oración del “Padrenuestro”, culmen de la oración cristiana, habla a Dios desde lo más profundo del hombre: su necesidad de ser saciado y liberado. Y lo hace desde su condición de miembro del Cuerpo de Cristo, nueva criatura nacida del Espíritu. Busca a Dios en su Reino y pide el pan necesario para sostener la vida nueva y defenderla del enemigo. Cristo enseña a sus discípulos a orar como comunidad, como cuerpo místico cuya cabeza es Él, el Hijo único, diciendo: “Padre nuestro”.

Dios nos perdona gratuitamente y nos da su Espíritu para que también nosotros podamos perdonar y así erradicar el mal del mundo; para que seamos escuchados cuando pedimos el perdón cotidiano de nuestros pecados. Esta circulación de amor y perdón sólo puede romperla el hombre que cierre su corazón al perdón de los hermanos. “Pues si no perdonáis, tampoco mi Padre os perdonará”.

El mundo busca su sustento en las cosas y en las criaturas. El que peca está pidiendo un pan: lo hace quien atesora, quien persigue afectos, quien se apoya en su razón ebria de orgullo o en su voluntad soberbia. Panes todos que inevitablemente se corrompen en su propia precariedad. Los discípulos, en cambio, pedimos al Padre de nuestro Señor Jesucristo —y Padre nuestro— el Pan de la vida eterna que procede del cielo: aquel que nos trae el Reino; “pan vivo” que ha recibido un cuerpo para hacer la voluntad de Dios; carne que da vida eterna y resucita en el último día. Alimento que sacia, que no se corrompe y que alcanza el perdón viviendo en la voluntad de Dios.

Este es el Pan que recibimos en la Eucaristía, por el cual agradecemos y bendecimos a Dios, que nos concede todo lo demás por añadidura.

Que así sea.

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Lunes 1º de Cuaresma

Lunes 1º de Cuaresma 

Lv 19, 1-2. 11-19; Mt. 25, 31-46

Queridos hermanos:

En el Evangelio encontramos dos pasajes en los que Cristo acoge, alimenta y sacia a las multitudes que lo siguen a través de sus discípulos: el primero, referido a Israel; el segundo, a las naciones. Del mismo modo, hallamos dos pasajes en los que Cristo envía a sus discípulos a predicar: uno dirigido a Israel —el envío de los Doce— y otro orientado a las naciones —el envío de los setenta y dos—. En ambos casos, es Cristo mismo quien es acogido o rechazado en la persona de sus “hermanos más pequeños”, es decir, sus discípulos; porque “quien os acoge a vosotros, a mí me acoge; y quien os escucha, a mí me escucha, y al que me ha enviado”. Cuando, en el Evangelio de hoy, el Señor habla de que las naciones lo han acogido o rechazado, se refiere precisamente a la acogida o al rechazo de sus enviados: de su predicación del Reino, de la paz y de la salvación que ellos encarnan.

La relación del pueblo con su Dios exige una conducta coherente con el don recibido: amistad, bondad, generosidad, verdad y, en una palabra, santidad. La experiencia de los atributos de Dios en la propia vida debe reflejarse en la relación con los demás. La santidad que Dios pide a su pueblo es, concretamente, la misma que Él ha tenido con ellos. Aquello de “Sed santos, porque yo soy santo” podría expresarse así: Sed santos con los demás, porque yo lo soy con vosotros. Compórtate con tus semejantes como yo me comporto contigo. Jesucristo dirá: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto; porque Él hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia también sobre los pecadores”. Esta es la perfección del amor de Dios: un amor que no hace acepción de personas, que ama incluso a sus enemigos.

La santidad cristiana, por tanto, supera la santidad de Israel; o, como dirá Jesús, supera la de los escribas y fariseos. Por eso “el más pequeño en el Reino es mayor que Juan”, porque es superior el espíritu de amor al enemigo con el que Cristo nos ha amado, y que, mediante la fe, ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo: “Amaos como yo os he amado”. “Amad a vuestros enemigos y seréis hijos de vuestro Padre celestial” y “mis hermanos más pequeños”.

Esta es, asimismo, nuestra misión: encarnar a Cristo en el mundo para que el mundo pueda encontrarse con Él, acogerlo y salvarse. Porque “quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado”.

  Que así sea.

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Domingo 1º de Cuaresma A

 

Domingo 1º de Cuaresma A

Ge 2, 7-9; 3, 1-7; Rm 5, 12-19; Mt 4, 1-11.

Queridos hermanos:

En este primer domingo al comienzo de la Cuaresma, la liturgia nos invita a contemplar la creación del hombre, a quien Dios sitúa en la felicidad del paraíso, donde Él mismo está presente junto a su criatura. Siendo amor, Dios llama al hombre al amor; y para que este amor sea verdadero, necesita hacerlo libre. Por eso, en el centro del paraíso coloca el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal, que simbolizan la libertad humana. Ante él se abrían así dos caminos: el camino de la vida sin fin y el camino de la muerte sin remedio. Para permanecer en el paraíso, el hombre debía ejercer su libertad obedeciendo a Dios, amando y eligiendo la vida cuando fuese tentado por el diablo, so pena de perder su comunión bienaventurada con el Señor, su Creador, y convertir el paraíso en un desierto, morada de demonios, separado de Dios.

El desierto será, así, campo de batalla y palestra espiritual, frente al paraíso, meta de nuestra vocación y objeto de nuestra esperanza. En él, Dios quiere manifestarse para transformar nuevamente el desierto en paraíso: la muerte en vida, el Moria y el Gólgota en Edén, según su plan amoroso de comunión eterna.

Contemplamos hoy a Jesús, impulsado y conducido por el Espíritu al desierto, al combate con el diablo y al encuentro con Dios. Es necesaria la moción del Espíritu para entrar en el desierto y para permanecer en él. En el desierto, el Espíritu mueve al hombre a entrar en sí mismo, como al hijo pródigo, y a encontrar en su corazón el amor en el que fue creado, para no vivir ya para sí, sino para Dios, poniéndose a la escucha.

Es Dios quien llama a su pueblo a la unión amorosa con Él y lo conduce al desierto, como hizo con Moisés, con Elías, con Juan Bautista, con los profetas y con cuantos va eligiendo, para mostrarles el Árbol de la Vida, hablarles al corazón, purificar su idolatría, lavarlos de sus pecados y sanar su rebelión.

Solicitado por el mal, el hombre sucumbe ante la mentira y es desterrado lejos del alcance de la vida; y en su albedrío queda privado de la libertad (cf. Hb 2,15). Se abre así para él un desierto de esclavitud y de muerte. Así lo encuentra Dios en Egipto, y tras formarle un cuerpo, sopla sobre él un aliento de vida en el Sinaí y lo conduce por el desierto para introducirlo de nuevo en el paraíso. Pero el pueblo sucumbe prueba tras prueba, y solo después de cuarenta años una nueva generación alcanza la tierra que se abre a la esperanza del definitivo retorno.

Solo en Cristo el hombre estará preparado para recibir de Dios, y para siempre, la puerta franca del paraíso. Para ello, y una vez recibido el Espíritu, Cristo debe vencer en el desierto “al que tenía el dominio sobre la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud” (Hb 2,14-15). La presencia de los ángeles en lo que había sido morada de demonios, y la comunión con los animales del campo (cf. Mc 1,13), anuncian ya la irrupción del paraíso entre los hombres.

“En aquellas tres tentaciones está compendiada y descrita toda la historia ulterior de la humanidad, y muestran las tres imágenes a las cuales se reducen todas las indisolubles contradicciones históricas de la naturaleza humana sobre la tierra: sensualidad, voluntad de poder y orgullo de superar la condición mortal. Los tres impulsos más fuertes de la multitud humana; las tres chispas que encienden continuamente la carne y el espíritu”, como dijo Dostoievski.

El marxismo, pretendiendo salvar al hombre solo con el pan y reduciéndolo a puro materialismo, ha fracasado, porque “no solo de pan vive el hombre”. Las tentaciones de Marx, Nietzsche y Freud —llamados maestros de la sospecha— son las mismas ofrecidas a toda la humanidad, como a Cristo: “yo te daré toda esta gloria”. Una vez más, Satanás repropone las tentaciones perennes por las que “se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”.

¿Y cuál es la respuesta de la Iglesia? Seguir a Cristo. Amarle con todo el corazón —mente y voluntad—; con toda el alma —tomando la cruz—; y con todas las fuerzas —apoyándose solo en Él—. Todas las estructuras, toda dialéctica y toda represión quedan superadas en el Maestro que lava los pies a sus discípulos y a todo aquel que lo sigue en pobreza, obediencia y castidad.

La fracasada historia humana es conducida, por fin, al éxito de la victoria que se consumará en la Cruz: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”. En esta esperanza, la Cuaresma nos conduce al encuentro con Cristo en la Pascua.

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado después de Ceniza

Sábado después de Ceniza

Is 58, 9-14; Lc 5, 27-32

Queridos hermanos:

Una vez más, es el Señor quien llama para incorporar a alguien a su ministerio: el ministerio de invitar a los pecadores a la conversión, para que vuelvan su corazón a Dios y alcancen la salvación. Los pecadores necesitan experimentar que Dios los ama y se preocupa por su destino eterno; que no los descarta a causa de sus faltas, sino que les ofrece la gracia de su misericordia. Más que sus propios pecados, lo que verdaderamente puede condenarlos es el rechazo de esa misericordia que se les ofrece gratuitamente en el “año de gracia”, inaugurado con la llegada de Cristo y que se cerrará con su segunda venida. “Este es el tiempo favorable; este es el día de la salvación.” 

El Evangelio nos presenta la vocación de Mateo y nos revela el sentido de la misión del Señor: buscar y llamar a los pecadores para que se conviertan y vivan. La misericordia de Dios se acerca constantemente al pecador para ofrecerle salvación, arrancándolo de la esclavitud de los ídolos y de la enfermedad que lo consume con la muerte consecuencia del pecado y lo empuja al abismo. Dios lo incorpora a su Reino mediante el anuncio de la Buena Nueva, que trae salud y vida. El Señor llama a Mateo desde una realidad concreta de pecado, que es el apego al dinero; por eso su figura tiene una conexión especial con la de Zaqueo, aunque Mateo es llamado al gran ministerio del apostolado.

Mientras Cristo se acerca a los pecadores, los fariseos se escandalizan. Si la cercanía de Cristo al pecador es fruto de la misericordia divina, esa misma misericordia es la causa del escándalo farisaico. ¿De qué sirve a los fariseos pecar menos si eso no los conduce al amor y a la misericordia, en definitiva, a Dios? Ser cristiano es amar, no simplemente evitar el pecado. Cristo ha venido a salvar a los pecadores. ¿Ha venido también para nosotros, o nos excluimos de la salvación de Cristo como hicieron los fariseos del Evangelio? Meditémoslo bien, porque ahora es el día de la salvación.

La Palabra nos habla del amor de Dios como misericordia: un amor entrañable, maternal, que no solo cura —como hemos escuchado en el Evangelio—, sino que regenera la vida, porque es un amor que recrea. No es casual que la etimología hebrea de la palabra misericordia, rahamîm, derive de rehem, que designa las entrañas maternas, la matriz donde se gesta la vida. Si recordamos las parábolas que llamamos “de la misericordia”, veremos que todas se sitúan en este horizonte: “este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida”. También a Nicodemo le dice Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios».

Todos somos llamados al amor, pero esta llamada implica un camino de conversión y de crecimiento en el amor, hasta alcanzar la santidad necesaria para entrar en Dios. El punto de partida de este camino es la humildad, que acompaña toda la vida cristiana. Así lo expresa el Padrenuestro: al reconocernos pecadores, proclamamos al mismo tiempo el amor de Dios que actúa en nosotros.

Se trata, por tanto, de un amor que vuelve a gestar, que regenera, como el de san Pablo hacia los Gálatas, que lo lleva a sufrir de nuevo dolores de parto por ellos. Es un amor fecundo, profundo y consistente, que compromete lo más íntimo de la persona, “sin desvanecerse como nube mañanera ante los primeros ardores de la jornada”, como dice Oseas. Solo un amor persistente, como la lluvia que empapa la tierra, lleva consigo la fecundidad que produce fruto; un amor que en Abrahán se convierte en vida más fuerte que la muerte, en fe y esperanza, y en un pacto eterno de bendición universal.

La misericordia de Dios se ha encarnado en Jesucristo y ha brotado de las entrañas de la Vida por la acción del Espíritu. Y no ha brotado para desvanecerse, sino para unirse indisolublemente a nuestra humanidad en una alianza eterna de amor gratuito, inquebrantable e incondicional: un amor de redención regeneradora, que justifica, perdona y salva.

 

 Que así sea.

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Viernes después de Ceniza

Viernes después de Ceniza

Is 58, 1-9; Mt 9, 14-15

Queridos hermanos:

En este comienzo de la Cuaresma, el ayuno se sitúa en el contexto de la preparación para la Pascua, como una de las actitudes que favorecen nuestra apertura a la gracia del Señor. Hacemos memoria de su salvación, como lo hacemos constantemente en la Eucaristía. Estos días adquieren una solemnidad particular, avivando en nosotros el anhelo de que el Señor regrese y nos lleve con Él, consumando así el amor que ha encendido en nuestro corazón. Por ese amor nos unimos al clamor de los primeros discípulos: “¡Que pase este mundo y que venga tu Reino! ¡Ven, Señor Jesús!”. Por eso, mientras el Señor está con sus discípulos, pierden sentido ese grito, ese anhelo y esa espera, y todo aquello que nos impulsa hacia ellos.

Como ocurre con tantas otras realidades, Cristo no desprecia el ayuno, sino que lo purifica y lo centra en su significado más profundo, tantas veces alejado del que comúnmente le atribuimos, evitando convertir en fin lo que es solo un medio. San Juan Crisóstomo ni siquiera lo menciona entre los caminos principales de la penitencia. Mi recordado profesor de Cristología, Jean Galot, afirmaba que Cristo nunca ayunó. Y el mismo san Pablo, refiriéndose a ciertos judíos preocupados en exceso por el ayuno, dice: “su dios es el vientre” (Flp 3,19).

Si el ayuno es un auxilio eficaz contra la fragilidad de la carne, tan inclinada a la concupiscencia, no olvidemos que la Iglesia lo proscribe durante el tiempo pascual, junto con otras manifestaciones penitenciales. Predomina entonces la vivencia pascual, que debe ser intensa en los fieles, con un corazón muy cercano al amor de Dios, en la presencia del Esposo y en su banquete de bodas. ¿Cómo abajarse ante Dios el día de nuestra elevación al Paraíso, el día en que es restaurada nuestra dignidad humana y enriquecida con la filiación divina?

Quizá la práctica del ayuno —como ocurre con otras expresiones de piedad o de ascesis— adquiere su verdadero valor por su relación con el amor, tantas veces sometido a la carne. Comer, o privarse de alimento, de sueño o de otros bienes, puede tener un valor espiritual en la medida en que contribuya a orientar el corazón hacia su fin último: “conversio ad Deum, aversio a creatura”. Pero cuando se vive ya en la posesión del Amado, pierde sentido la esperanza y los medios que la alimentan. Recordemos las palabras del profeta (Is 58,6-7): “El ayuno que yo quiero es este…”, siempre ligado al amor y a la justicia.

Isaías nos llama a la interiorización del culto y de la relación con Dios, que siempre deben implicar el corazón. Dios es Amor, y así quiere que sea nuestra relación con Él y con los demás: justicia y caridad. Sin esto, los ritos quedan vacíos y sin valor trascendente. Para dar a Dios la prioridad absoluta que le corresponde en nuestra vida, el ayuno debe hacerse solo en su presencia, como negación de uno mismo que abaja nuestro yo ante el Yo de Dios; no solo desde el reconocimiento de su señorío, sino sobre todo desde el agradecimiento por su amor, su santidad, su misericordia, su belleza, su verdad y su bondad infinitas.

Los discípulos de Juan deben comprender que su ayuno de expectación del Reino y del Mesías se desvanece con la presencia de Cristo. El Reino de Dios ha llegado, y ahora es el tiempo de arrebatarlo. La relación esponsal de Dios con su pueblo es asumida por Cristo, y el pueblo debe acoger la invitación a las bodas del Amado que llama a la puerta. Cuando el Esposo está presente, no es necesario hacerlo presente mediante el deseo expresado en el ayuno. La fuerza de la novedad del Reino exige la renovación que trae la conversión.

Por otro lado, los santos son los más esforzados en la ascesis y la penitencia, porque su mayor cercanía a la luz y a la santidad de Dios les hace ver con más claridad su propia miseria y su necesidad de ser fieles a la gracia.

Hoy, la Esposa que escucha su voz debe despabilarse y abrir la puerta antes de que el Esposo pase de largo. Abrir la puerta al amor significa caminar hacia el otro, salir de la propia complacencia. Como en la vigilancia, el amor debe ser el motivo del verdadero ayuno, ese que lleva a buscar al Esposo posponiendo la satisfacción de la carne. Más que privarse de comer, se trata de saciarse de amar, saliendo al encuentro de Cristo. “Misericordia quiero y no sacrificios”, dice el Señor; “yo quiero amor, conocimiento de Dios”.

 

Que así sea en nosotros.

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