Miércoles 10º del TO

Miércoles 10º del TO

Mt 5, 17-19

Queridos hermanos:

Dios, que es amor, ha querido guiar a su pueblo por caminos de vida. Lo ha rescatado de la esclavitud de Egipto y le ha entregado la ley: «Haz esto y vivirás». Pero, ante la imposibilidad de cumplirla, Dios, por medio de Jeremías, anunció una nueva alianza, en la que escribiría su ley en el corazón de los fieles. Cristo ha venido a realizar esta Nueva Alianza y la ha sellado con su sangre, haciéndola eterna. Ahora la ley ya no es externa, sino inscrita en el corazón del creyente por el amor que derrama en él el Espíritu.

La ley, por tanto, es santa, y se resume en el amor: amor a Dios y amor al prójimo. Cristo la ha cumplido, la ha llevado a plenitud y nos ha entregado su Espíritu para que también nosotros podamos cumplirla en el amor, pues quien ama ha cumplido la ley entera. «El que ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás, y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo; la caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm 13, 8‑10). Porque «el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo creyente» (Rm 10, 4). Cristo unifica la ley y sus preceptos diciendo: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado». «Ama y haz lo que quieras», dirá san Agustín, parafraseando a Tácito.

La perfección de la ley necesita la perfección del Espíritu para llevarla a su cumplimiento, porque la perfección de la ley es el amor, y el amor es el Espíritu, que lo derrama en el corazón del creyente. Cristo, encarnación de Dios, posee este Espíritu y puede darlo a quienes, por la fe, se unen a Él: «Quien se une a Cristo se hace un espíritu con Él», como enseña san Pablo.

Cuando nuestra fe se reduce al conocimiento de Dios recibido en la infancia —el catecismo o las clases de religión—, la acción del Espíritu en nosotros es débil, y en consecuencia también lo es nuestro amor. Entonces sucumbimos fácilmente a la tentación. Sólo cuando nuestra fe se fortalece crecen en nosotros la acción del Espíritu, el amor y el conocimiento vivo de Dios.

  A esto nos invita y nos ayuda la Eucaristía.                                                  

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Martes 10º del TO

Martes 10º del TO

Mt 5, 13-16

Queridos hermanos:

El discípulo es la nueva creación que el Padre realiza en el hombre por el Espíritu Santo, a través de su Palabra y mediante la fe. Hemos escuchado en el Evangelio que Cristo lo denomina “sal” y “luz” para mostrar el cometido al que es asociado en la obra salvadora de la voluntad del Padre.

En cuanto la sal conserva las cosas, es signo de estabilidad, durabilidad, fidelidad e incorruptibilidad, como dice el libro de los Números: “Alianza de sal es ésta, para siempre” (Nm 18,19); cualidades que siempre se buscan en cualquier pacto humano.

Así quiere Dios que el discípulo se presente ante Él en un culto espiritual, que debe sazonarse con la sal, signo de su fidelidad al amor con el que ha sido convocado gratuitamente a Su presencia: “Sazonarás con sal toda oblación que ofrezcas; en ninguna de tus oblaciones permitirás que falte nunca la sal de la alianza de tu Dios; todas tus ofrendas llevarán sal” (Lv 2,13).

La entrega transformadora de la sal, por la que el discípulo debe ejercitarse en el amor recibido gratuitamente, precede a su respuesta. La sal es un don aceptado que implica fidelidad. El discípulo, que ha sido tomado del mundo y transformado para consagrarse a su servicio, si se separa después de su misión, se sume en la vaciedad y el sinsentido más absolutos: “No es útil ni para la tierra ni para el estercolero; la tiran fuera. El que tenga oídos para oír, que oiga” (Lc 14,35).

La necesidad de estas cualidades de la sal se ilumina con la sentencia del Evangelio que anuncia el “fuego” como condimento universal de toda existencia: en efecto, todos han de ser acrisolados en el sufrimiento. “Pues todos han de ser salados con fuego” (Mc 9,49).

Frente al ardor que toda alteridad debe enfrentar, la sal, como capacidad de sufrimiento y de perdón, es refrigerio de paz, como dice el Evangelio según san Marcos: “Tened sal en vosotros y tened paz unos con otros” (Mc 9,50).

La acción de la sal comienza con el dominio de las palabras. Dicen los sabios que Dios puso doble freno a la lengua: los dientes y los labios, debido a lo dañina que puede ser su falta de control. Sin embargo, la ira se inflama rápidamente, y se requiere la vigilancia del corazón y el bálsamo de la humillación: “Vuestra conversación sea siempre amena, sazonada con sal” (Col 4,6), con la fortaleza de aceptar el mal sin devolverlo, asumiéndolo con el perdón propio de la caridad.

La acción de la sal continúa con la tolerancia de las injurias y el despojo, como dice san Pablo: “¿Por qué no preferís soportar la injusticia? ¿Por qué no os dejáis más bien despojar?” (1 Co 6,7).

Pero el culmen de la virtud de la sal está en la aceptación del mal del que somos objeto: “Pues yo os digo: no resistáis al mal” (Mt 5,39).

El Señor ha encendido en el discípulo la luz de su amor, que le ha sacado de las tinieblas y de los lazos de la muerte, dándole la misión de mantenerla encendida y visible en el lugar eminente de la cruz, donde Él la ha colocado en su Iglesia, y de llevarla hasta los confines del orbe para que el mundo reciba la vida que a Él le ha resucitado y, por el conocimiento del temor de Dios, pueda ser librado de los lazos de la muerte: “De modo que la muerte actúa en nosotros, mas en vosotros la vida” (cf. 2 Co 4,12).

Esta es la voluntad y la gloria del Padre: que los discípulos demos el fruto abundante de iluminar a los hombres en el conocimiento de su amor, que brilla en el rostro de Cristo, y de consolidarlos en la perseverancia de su salvación.

Pretender armonizar esta vocación y esta elección —que conllevan una transformación semejante y una consagración de estas características— con la vieja realidad mundana sumida en tinieblas y corrupción será la tentación a la que los discípulos y la Iglesia misma tendrán que enfrentarse constantemente: “Seremos como las naciones, como las tribus de los otros países, adoradores del leño y de la piedra” (Ez 20,32). Ya san Pablo previno de esta tentación a los fieles de Roma: “No os acomodéis al mundo presente” (Rm 12,2).

El discípulo está llamado a evangelizar, y no a sucumbir a las seducciones de un mundo pervertido, asimilando sus criterios de equívoca racionalidad, aparente bondad y atrayente modernidad, travestida de realización humana, cultural y científica. Así ha presentado desde antiguo el fruto mortal el “padre de la mentira”, disfrazado de luminosa sinceridad (cf. 2 Co 11,14). Tentación, en definitiva, de desvirtuar la sal y de ocultar la luz bajo el celemín, ante la que Cristo previene a sus discípulos, advirtiéndoles de la tremenda consecuencia que lleva consigo: “Ser pisoteados por los hombres”.

Cuando contemplamos cómo, en nuestros días, los hombres desprecian a la Iglesia y pisotean sus más sagrados criterios, podemos pensar que son muchas las causas de la existencia y de la actuación del “misterio de la iniquidad”. Sin embargo, no podemos dejar de preguntarnos acerca de nuestra posible responsabilidad en el extravío y alejamiento de los hombres, a quienes se nos ha encomendado iluminar y preservar de la corrupción, habiendo sido constituidos luz y sal para el mundo.

El Apocalipsis anuncia la aparición de terribles bestias surgidas del abismo que asolarán la tierra en distintas épocas. Pero ¿podemos afirmar con total convencimiento que ninguna de las causas que gestaron el Cisma de la Iglesia de Oriente, la Reforma protestante o la Revolución francesa es atribuible, en alguna medida, a la deficiente respuesta de los discípulos a su misión de ser sal de la tierra y luz del mundo?

¿Acaso una medrosa actitud conservadora a ultranza e inmovilista, que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, un hermetismo doctrinal, un ritualismo de ventanas cerradas que, a fuerza de ir enrareciendo el aire, puede llegar a corromperlo hasta la asfixia, no es un meter la luz debajo del celemín?

Son las puertas del infierno las que “no prevalecerán” ante la Iglesia, que las combate evangelizando con las armas de la luz suscitadas por el Espíritu, y no las de una Iglesia agazapada que trata de resistir el furibundo embate de un infierno que ha sido ya vencido en la cruz de Cristo.

Entre ambas tentaciones, conservadora o secularizante, la Iglesia y cada discípulo estamos llamados a discernir el suave y saludable ventear de la brisa del Espíritu, que “sopla donde quiere” sin dejarse predeterminar ni mediatizar en su libérrima voluntad, y sin imponerse con prepotencia y obstinación a nuestra propia voluntad, que ha sido predestinada libre, por el Amor y para amar. A nosotros corresponde la responsabilidad de no extinguir el Espíritu allí donde se manifiesta y de no tratar de enmendar su obra con las obstinadas manipulaciones de nuestra vanidad, en una apertura humilde a la Palabra de Dios, que es “lámpara para mis pasos y luz en mi sendero”.

  Que así sea.

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Lunes 10º del TO

Lunes 10º del TO 

Mt 5, 1-12

Queridos hermanos:

Dios ha creado al hombre para que comparta con Él su vida beata, y ha puesto en su corazón una tendencia insaciable a la bienaventuranza que llamamos felicidad. Si tal es nuestra vocación, inscrita en lo más profundo de nuestro ser —la comunión con Dios— podemos comprender el estado constante de frustración que experimenta el hombre en la medida en que se aleja del Bien que lo constituye. Precisamente para hacer posible que el hombre alcance su bienaventuranza, de la que se había apartado por el pecado, nos fue enviado Cristo, “vida nuestra”, en quien Dios —su vida beata y nuestra bienaventuranza— se ha encarnado y se nos da por gracia en lo que llamamos el Reino de Dios.

Ante Jesús está la muchedumbre y están sus discípulos, quienes, habiendo creído en Él, han arrebatado el Reino de los Cielos. La muchedumbre está también llamada a poseerlo acogiendo la predicación; por eso hay dos bienaventuranzas que se refieren al presente del discípulo, y las demás al futuro de la muchedumbre llamada a creer. Las bienaventuranzas dirigidas a los discípulos, situadas al principio y al final del discurso, abrazan a las demás y, con ellas, a la muchedumbre, invitándola a entrar. Los discípulos son los pobres de espíritu y los perseguidos por abrazar la justicia que viene de Dios, justicia que los introduce en el Reino. Ambas —pobreza y persecución— los acompañarán hasta el final del camino, hasta la meta.

La Palabra nos hace contemplar el Reino que Cristo viene a inaugurar en el corazón del hombre, completamente opuesto al espíritu del mundo. Lo poseen los humildes y los perseguidos por abrazar la justicia. Los mansos, los atribulados, los contritos de corazón, los misericordiosos, los puros y los pacíficos —cuyo corazón debe estar conformado a Cristo— tienen la promesa de poder alcanzarlo.

Este Reino lleva consigo una invitación a recibirlo y un cambio total en quien lo acoge por la fe. Para algunos es esperanza; para otros, posibilidad de conversión; pero para todos implica un combate y un hacerse violencia para poder arrebatarlo. Dice el Señor que el Reino de los Cielos viene sin dejarse sentir, sin imponerse, y adquiere fuerza con nuestra adhesión humilde y libre.

Esta pertenencia al Reino caracteriza al discípulo por su humildad —pobreza espiritual, mansedumbre, paciencia en el sufrimiento—, habiendo sido curado de la soberbia y del orgullo, que son rebeldía a su condición de criatura. Por eso nadie puede gloriarse ante el Señor sino en el Señor, como dice san Pablo. El Señor viene a decirnos: quienes poseéis estos dones por causa mía, gracias a mí, ¡alegraos!, ¡gozaos!, porque vuestra recompensa es grande en los cielos, y de ella gozaron los profetas perseguidos antes que vosotros.

Ahora nosotros, según seamos los pobres de espíritu, los perseguidos por vivir según la justicia reputada a nuestra fe, o los demás de los que habla el Evangelio, estamos llamados a ser un día bienaventurados como los santos, en medio de la muchedumbre inmensa de la que habla el Apocalipsis (Ap 7,9). San Pablo recordará a los Tesalonicenses: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (cf. 1 Ts 4,3). En los albores del cristianismo, así se denominaba a los miembros de la Iglesia. En la primera carta a los Corintios, por ejemplo, san Pablo dirige su discurso “a aquellos que han sido santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, junto a todos los que en todo lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo”.

La santidad consiste en que sea derramado en nuestro corazón el amor de Dios por obra del Espíritu Santo, y santo es quien permanece en este don, según la palabra del Señor: “Permaneced en mi amor”.

En efecto, decía el Papa Benedicto que el cristiano es ya santo porque el Bautismo lo une a Jesús y a su misterio pascual; pero, al mismo tiempo, debe convertirse y conformarse a Él cada vez más íntimamente, hasta que sea completada en él la imagen de Cristo, el Hombre celeste. A veces se piensa que la santidad es un privilegio reservado a pocos elegidos. En realidad, ser santo es el deber de cada cristiano; es más, podemos decir: ¡de cada hombre! Escribe el Apóstol que Dios, desde siempre, nos ha bendecido y elegido en Cristo para “ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor”.

Todos los seres humanos estamos llamados a la santidad, que en última instancia consiste en vivir como hijos de Dios, en aquella “semejanza” con Él según la cual hemos sido creados. Todos los seres humanos son hijos de Dios en sentido lato, y todos deben convertirse en aquello que son mediante el camino exigente de la libertad. Dios invita a todos a formar parte de su pueblo santo. El Camino es Cristo, el Hijo, el Santo de Dios: nadie va al Padre sino por Él (cf. Jn 14,6).

Que la fidelidad de los santos a la voluntad de Dios nos estimule a avanzar con humildad y perseverancia en el camino de la santidad, siendo en todas partes testigos valientes de Cristo. Ellos, que han vencido en las pruebas, pueden con su intercesión ayudarnos ahora en el combate. Nuestra esperanza se fortalece, y en ella se van quemando las impurezas de nuestra debilidad.

 Que así sea.

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Santísimos Cuerpo y Sangre de Cristo A

Santísimos Cuerpo y Sangre de Cristo A

Dt 8, 2-3.14-16; 1Co 10, 16-17; Jn 6, 51-59

Queridos hermanos:

Si hacemos memoria de la vivencia eucarística de los primeros tiempos del cristianismo —recordando, por ejemplo, a los mártires de Abitinia, sacrificados en la persecución de Diocleciano en el año 304 por reunirse a celebrar la Eucaristía: «Sin la Eucaristía no podemos vivir»— comprenderemos la preocupación de la Iglesia al comprobar cómo la vivencia eucarística del domingo se iba enfriando, hasta convertirse en una práctica religiosa de piedad, muy alejada de la actualización del Memorial del Misterio Pascual del Señor, origen de nuestra Redención.

El surgir de una nueva piedad eucarística en el Medioevo, que acentuaba la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento; las revelaciones a la beata Juliana; y la proliferación de los milagros eucarísticos, entre otras causas, dieron origen a la fiesta en 1246 de forma local, hasta que el papa Urbano IV la extendió a toda la Iglesia en 1264. Con todo, solo en 1317 fue publicada la bula de Juan XXII, por la que la fiesta fue acogida en todo el mundo como la fiesta del Corpus Christi.

En el siglo XV, y frente a la Reforma protestante, la procesión del Corpus adquiere el carácter de profesión de fe en la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

En 1849, Pío IX instituyó la fiesta de la Preciosísima Sangre de Cristo, hasta que en el nuevo calendario ambas celebraciones se fundieron en la Solemnidad de los “Santísimos Cuerpo y Sangre de Cristo.”

En la actualidad, y gracias a la renovación del Concilio Vaticano II respecto a la Pascua y a la centralidad del Misterio Pascual en la vida de la Iglesia, la celebración de esta fiesta adquiere un sentido nostálgico, superado por las redescubiertas y profundas raíces bíblicas, con las que la efervescencia del Espíritu ha renovado el corazón y la vida de los fieles, impulsándolos a una “Nueva Evangelización”, fruto del encuentro personal con Cristo, que en su eterna y siempre joven presencia en el mundo renueva la faz de la tierra.

Superando la Ley con sus sacrificios, incapaces de cambiar el corazón humano para retornarlo a la comunión definitiva con Dios, se proclama este oráculo divino que leemos en la Carta a los Hebreos referido a Cristo: «No quisiste sacrificios ni oblación, pero me has formado un “cuerpo”. Entonces dije: “He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad”». Y dice san Juan: «Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros». Cristo, la Palabra, ha recibido un cuerpo de carne para hacer la voluntad de Dios, entregándose por el mundo y retornándolo a la vida: «Esta es la voluntad de mi Padre —dice Jesús—: que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna; el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo». «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre, verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él». «El Espíritu es el que da vida; las palabras que os he dicho son espíritu y son vida». Comer la carne de Cristo, entrar en comunión con su cuerpo, es entrar en comunión con su entrega por la salvación del mundo.

Habiendo gustado el hombre en el paraíso el alimento mortal del árbol de la ciencia del bien y del mal, que “le abrió los ojos” a la muerte, le era necesario comer del otro árbol, situado también en el centro del paraíso, que lo retornase a la vida para siempre. Y así como la energía del alimento mantiene vivo a quien lo toma, así la vida eterna de Cristo pasa a quien se une a Él en el sacramento de nuestra fe, que es su Cuerpo, fruto que pende del árbol de la cruz, árbol de la vida, que por la fe en Jesucristo “abre ahora sus ojos”, dando acceso de nuevo al paraíso. Como dice san Pablo: «Ahora, vosotros sois el Cuerpo de Cristo y sus miembros» (1 Co 12,27).

Si la figura pascual del Cuerpo y la Sangre de Cristo llevó tan gran fruto de libertad en medio de la esclavitud de Egipto, ¡cuánto más la realidad de la Verdad plena dará la libertad a toda la tierra, habiendo sido entregada por el bien de toda la naturaleza humana!

Las lecturas nos presentan el maná, figura del pan del cielo que es Cristo, que baja del cielo y da la vida al mundo. La Eucaristía es su sacramento, que nos hace uno en Él y nos comunica vida eterna.

Que nuestra lengua cante, como dice el himno eucarístico, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa que el Rey derramó como rescate del mundo.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 9º del TO

Sábado 9º del TO 

Mc 12, 38-44

Queridos hermanos:

La viuda, en la Sagrada Escritura, es siempre figura de la precariedad existencial, junto al huérfano y al extranjero. Es Dios mismo quien se constituye en su valedor, instando a la piedad de los fieles para su protección. En consecuencia, la viuda piadosa es siempre modelo para los creyentes: modelo de confianza y de abandono en Dios, propios de la fe. A considerar esas cualidades de la fe nos invita hoy la Palabra, presentándonos a esta viuda.

Pecar contra las viudas que se acogen al Señor, abusando de su humana desprotección —como hacen los escribas del Evangelio— supone enfrentarse directamente al juicio del Señor, su defensor.

Si cabeza de la mujer es su esposo, como enseña san Pablo, la Iglesia tiene a Cristo, su Cabeza, en el cielo; por ello podemos atribuirle justamente la condición de viuda, como también a cada alma fiel, que vive abandonada en su Señor, confiando plenamente en Él. El problema surge cuando se pretende sustituir en el corazón al Esposo por el “marido” (baal), como la samaritana del Evangelio: sustituir al Señor por el dinero.

La viuda del Evangelio de hoy opta por el Señor, que ve lo escondido de su corazón y lo precario de su situación. Ella entrega su vida, mientras otros entregan lo accesorio; ella se da entera, mientras otros permanecen al margen de su dádiva. Como decíamos ayer, la fe es una vida entregada a Dios: ponernos en sus manos y abandonarnos a su voluntad, que siempre es vida y vida eterna, y que se manifiesta en la llamada concreta que cada uno recibe para seguirle. No hay una llamada mejor que otra, pero es el Señor quien llama. Esta viuda da cuanto necesita, mientras otros dan parte de sus sobras. Si Dios le concede todavía un tiempo de subsistencia, continuará en esta vida; y si no, comenzará a vivir eternamente en el Señor. Es mejor la precariedad de la confianza en Dios que la pretendida seguridad de la abundancia. La Palabra de Dios hace inagotables nuestras miserables “orzas” y “tinajas”, como a la viuda de Sarepta.

Solamente en Dios está la vida perdurable, y de Él depende cada instante de nuestra existencia. Sabiduría es saber vivir pendientes de su voluntad y abandonados a su providencia. La necedad, en cambio, consiste en hacer de los bienes la seguridad de nuestra vida. Lo entregado a Dios permanece para siempre; lo reservado para uno mismo se corrompe. Lo que valoriza el don es la parte de la persona involucrada: no tanto lo que uno da, sino lo que uno se da.

Que el don total de sí que Cristo nos ofrece en la Eucaristía encuentre en nosotros la correspondencia de la fe.

 Que así sea.

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Viernes 9º del TO

Viernes 9º del TO

Mc 12, 35-37

Queridos hermanos:

En este evangelio, Cristo intenta hacer comprender a los judíos las aparentes contradicciones con las que la Escritura envuelve la figura del Mesías: aquel que posee un rango más elevado que el mismo David, quien —movido por el Espíritu Santo— lo llama Señor, y a quien Dios sienta a su derecha. Todo lo que anuncia el salmo 110 se cumple en Él: “Eres príncipe desde el día de tu nacimiento, entre esplendores sagrados; yo mismo te engendré como rocío antes de la aurora.”

El Hijo de David está destinado a ser rey; pero, para ser Señor del rey, debe ser algo más. Sólo Dios es Señor del rey, y por eso el “Hijo de David” mantiene una relación singularísima con Dios, una relación que los judíos no alcanzan a comprender. Profecías como esta anuncian —sin desvelarlo del todo— el misterio de Cristo, Hijo de Dios, misterio que los escribas ignoran con indiferencia, sin que la predicación del Señor los conmueva lo más mínimo. No reconocen su ceguera y, en consecuencia, no podrán ser curados.

A sus discípulos, Jesús les revela al Mesías-Siervo, aquel que podría escandalizarlos, y que de hecho los escandalizará a todos en Getsemaní (cf. Mc 14,27; Jn 16,32). Y a los judíos les muestra al Mesías-Señor, que brota de la tierra pero cuyo origen está en el cielo, sentado a la derecha del Padre: “Siéntate a mi derecha.” El salmo 110, mesiánico por excelencia, canta estas dos realidades inseparables del Mesías: su señorío y sus sufrimientos, que conducirán a la victoria definitiva del Siervo del Señor y del Señor de David.

El Mesías tendrá que beber del torrente: lugar de batallas, de purificación de los pecados y de los ídolos; lugar de sangre y lágrimas, frontera de la porción del Señor. Elías bebió del torrente en tiempos de purificación de Israel, cuando cayeron los falsos profetas. Ese torrente es también símbolo de la abundancia de las delicias del Señor: fuerza impetuosa en los sufrimientos y también en las consolaciones. Llamado a lo más grande, el Mesías será sometido a la purificación más profunda. Aprenderá, sufriendo, a obedecer —como dice la Carta a los Hebreos—, mostrando su amor al Padre y a nosotros, abrazando el dolor: un amor que duele hasta el extremo.

También a nosotros el Señor debe enseñarnos a relativizar nuestra razón y toda nuestra vida, para que busquemos su luz y su auxilio cuando los acontecimientos nos superen y parezcan contradecir el amor que Dios nos tiene. Recordemos una vez más a Abrahán, que “esperando contra toda esperanza, creyó”; o, dicho de otro modo, “creyendo contra toda desesperanza, amó”. Pero muchas veces esto nos trae sin cuidado: no aceptamos lo que supera nuestra razón y nos escandalizamos del sufrimiento, sin entrar en el misterio amoroso del dolor que Dios ha asumido en Cristo por nosotros. Pensamos que seguimos al Señor, pero en realidad sólo nos mueve un idolatrado “estado de bienestar”.

Que la oración nos ayude a encomendar nuestro espíritu en las manos del Señor.

 Que así sea.

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Jueves 9º del TO

Jueves 9º del TO

Mc 12, 28b-34

Queridos hermanos:

En el Deuteronomio, Dios promete una vida larga, abundante y feliz a quien lo ame con todo su ser. Amar es tener a Dios en nosotros, porque Dios es amor. En efecto, dice san Juan: “El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero”. Dios depositó su amor en nosotros al crearnos; pero el pecado pervirtió ese amor, encerrándonos en nosotros mismos e incapacitándonos para amar a alguien que no seamos nosotros. Ya decía san Agustín que no hay quien no ame; el problema está en cuál sea el objeto y la justa medida de ese amor: no amar más ni menos de lo que cada persona o cosa debe ser amada.

El Levítico parte de esta realidad y nos muestra el camino del prójimo como mediación para salir de nosotros mismos e ir en busca del amor. Así Cristo, como hemos escuchado en el Evangelio, unirá este precepto al del amor a Dios: “El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. He aquí el camino de la vida feliz indicado por la Ley; recorrerlo puede llevar al hombre hasta las puertas del Reino: “No estás lejos del Reino de Dios”.

Sin embargo, sólo en Cristo se abrirán plenamente las puertas del Reino, para un amor nuevo, dado al hombre no en virtud de la creación, sino de la Redención, de la “nueva creación”, por la cual es regenerado en su corazón. Un amor como aquel con el que Cristo se ha entregado a nosotros “contra sí mismo”: “Como yo os he amado”. Este será, pues, el mandamiento del Reino: el mandamiento nuevo, el mandamiento de Cristo, en el que el escriba del Evangelio es invitado a adentrarse mediante la fe en Él: “Que os améis los unos a los otros como yo os he amado”, contra vosotros mismos, con el amor que Cristo ha derramado gratuitamente en nuestro corazón con el don de su Espíritu.

Una vez más, como dice el Evangelio de Juan, el amor cristiano no consiste en cómo nosotros hayamos amado a Cristo, sino en cómo Cristo nos amó primero. Si el amor cristiano es el de Cristo, recordemos sus palabras: “Como el Padre me amó, así os he amado yo”. El amor cristiano, por tanto, no es otro ni diferente del amor del Padre, con el que amó a Cristo y con el que Cristo nos amó a nosotros. Amar al hermano en Cristo es, por tanto, signo y testimonio del amor de Dios en el mundo. A esta misión hemos sido llamados por la fe en Cristo, porque, como dijo el profeta Oseas: “Yo quiero amor; conocimiento de Dios”. En esto consistirá el verdadero culto que Dios: Padre, Espíritu y Verdad, quiere: el amor.

 Que así sea.

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