Martes 18º del TO

Martes 18º del TO

Mt 15, 1-2.10-14

Queridos hermanos:

El Señor vuelve a hablarnos del corazón. Como dice en otro lugar, es el corazón lo que puede hacer impuro al hombre, y no las manos. Por encima de la pureza legal, para Cristo, purificar al hombre es purificar su corazón.

Hoy la Palabra nos muestra la diferencia entre los preceptos divinos —cuya raíz es el amor— y las tradiciones humanas, que buscan únicamente una seguridad basada en la propia complacencia y en una autonomía que se resiste al amor y a la condición de criatura dependiente de Dios, en quien el hombre puede alcanzar su plenitud.

Dios dio a Israel caminos de vida y sabiduría a través de su Palabra y de la Ley, que, por provenir de Él, tienen un corazón que es amor. Por eso, entrar en sintonía con la Palabra solo es posible cuando ésta alcanza el corazón, la voluntad y la libertad del hombre, con las que se ama.   

Alcanzar a la persona es alcanzar su corazón, donde residen los actos humanos voluntarios, según la Escritura. En el corazón se encuentra la verdad del hombre: su bondad o su maldad. La realidad del corazón condiciona el criterio de su entendimiento y el impulso de su voluntad, que se unifican en el amor.

El empeño del hombre debe ser el encuentro con la voluntad de Dios contenida en la letra del precepto, sabiendo que el corazón de los mandamientos es el amor. Cuando el precepto se vacía de su esencia divina —el amor—, deja de ser indicador del camino de la vida y se transforma en una carga insoportable de la que el hombre desea librarse. Dios queda así marginado en la nefanda búsqueda de sí mismo y, con Él, la razón y el sentido de la existencia.

Acoger la Palabra, que es Cristo, suscita en nosotros la fe; la fe nos obtiene el Espíritu, y el Espíritu derrama en nuestro corazón el amor de Dios. Ese amor ensancha el corazón para acoger a los hermanos y ofrecerse a ellos como don.

La frustración que brota de la perversión existencial lo conduce a una búsqueda constante de autojustificación mediante el cumplimiento de normas que lo encadenan, sofocan su capacidad de donación y lo hacen profundamente infeliz.

Como dice el Evangelio, el problema está en un corazón que se ha alejado de Dios. Por eso Jesucristo repite a los judíos: «¿Cuándo vais a comprender aquello de: Misericordia quiero y no sacrificios; conocimiento de Dios más que holocaustos?».

La Eucaristía, siendo el sacramento del amor pascual de Cristo, es, por tanto, el culto perfecto de adoración del hombre al Padre, en espíritu y en verdad.

 Que así sea.

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Lunes 18º del TO

Lunes 18º del TO  

Mt 14, 22-36

Queridos hermanos

Hoy la Palabra nos invita a contemplar el encuentro personal con Dios, ese momento vital en que los apóstoles cimentan su fe. No se trata de una experiencia aislada o comprensible desde la lógica humana. Este encuentro se da, con frecuencia, en medio de acontecimientos que nos sobrepasan, que nos desestabilizan y nos obligan a apoyarnos en Dios, pues no podemos resolverlos por nuestras propias fuerzas ni comprenderlos plenamente con la razón.

Ya sea en el dominio de Cristo sobre la tormenta y el mar de la muerte, o en la delicadeza de una brisa suave, la vida verdadera surge del encuentro con el Señor. Ese Yo eterno ante quien se inclina el universo entero, ante quien toda rodilla se ha de doblar, en el cielo y en la tierra. Él, en su amorosa gratuidad, nos empuja a situaciones que jamás hubiéramos elegido vivir, pero que nos revelan su poder y su misericordia. ¡Incluso Cristo! Él mismo se sometió totalmente al Padre, inclinando la cabeza en la cruz y entregándole su espíritu.

Los discípulos deben aprender que, cuando el mal se levanta contra ellos, Cristo está cerca. Está ahí, con el poder de Dios, para protegerlos, guiarlos al puerto deseado y calmar la furia del mal. Pero más aún: está para resucitarlos, para vencer la muerte misma. Buscar al Señor en medio de la noche, en medio de la adversidad, y despertar la conciencia de su presencia es una experiencia imprescindible para todo discípulo fiel.

El Señor no solo provee en medio de las olas, el viento y la tormenta: también permite la persecución. ¿Para qué? Para fortalecer, para purificar, para santificar a sus elegidos. Fue el Señor quien empujó a Elías al desierto para encontrarle. Fue Él quien endureció el corazón del faraón para manifestar su gloria en Egipto. Fue Él quien luchó con Jacob para hacerlo “fuerte con Dios”.

¡Ánimo! ¡Soy yo, no temáis! Esta travesía —con sus vientos contrarios y sus noches oscuras— es figura de la vida cristiana. Como enseña Orígenes en su comentario a Mateo (11,6-7), contra nuestra voluntad hemos sido enfrentados al mar y al viento, para que, junto a Cristo, podamos alcanzar la otra orilla. Es necesario el combate, necesario el esfuerzo, necesario el clamor confiado en el nombre del Señor.

¿Dónde está vuestra fe? ¿Por qué habéis dudado? Con esta fe viva, los discípulos clamarán al Señor seguros de su auxilio. Y lo verán. Sí, lo verán en medio de la persecución, en medio de todos los acontecimientos de la vida y exclamarán: “¡Es el Señor!” ¿Acaso hay algo que escape a su voluntad amorosa? Como dirá san Pablo: “Para los que aman a Dios, todo coopera para su bien.”

Después de esta experiencia, los discípulos ya no se preguntarán: “¿Quién es este?”, ni se atemorizarán ante su presencia. Se postrarán. Porque han visto, porque han creído, porque han vivido la fe que salva.

Por la fe somos injertados en el pueblo santo, en su Alianza eterna, y participamos de sus promesas. La Eucaristía —misterio de nuestra fe— nos viene como don, como sello de la Alianza en la sangre de Cristo, como testimonio vivo aceptado por nuestro ¡Amén!

Amén.                                                                                          

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Domingo 18º del TO A

Domingo 18º del TO A

Is 55, 1-3; Rm 8, 35. 37-39: Mt 14, 13-21

Queridos hermanos:

La primera realidad que aparece en esta palabra es un banquete gratuito que sacia y sobreabunda, servido por los apóstoles. Está en el contexto de la Pascua y lleva a plenitud el pasaje de Eliseo, quien, con veinte panes de cebada, sacia a cien hombres según la palabra del Señor: “Comerán, se saciarán y sobrará”.

Es Cristo quien trae el alimento que sacia de vida a quien escucha, como dice Isaías en la primera lectura. Él es la Palabra que sella la Alianza eterna del amor del Padre, del que nadie podrá separarnos, como afirma san Pablo en la segunda lectura. Él es el profeta prometido y esperado, a quien había que escuchar: “Este es mi Hijo amado; ¡escuchadle!”.

El Evangelio de hoy se sitúa en el trasfondo pascual de la Eucaristía. El alimento que trae “el profeta” para saciar al hombre parte de la precariedad humana, sobre la cual se pronuncia una palabra del Señor que la convierte en fruto inagotable de evangelización: primero para Israel y después para las naciones.

Estos son los signos que quisiéramos ver en nuestros pastores y en nuestros gobernantes. A Cristo quisieron hacerlo rey por saciar de pan a la gente, pero Él no realizó este signo para solucionar el problema del hambre, sino como manifestación de su misión mesiánica: saciar profundamente el corazón del hombre.

No son los veinte panes de Eliseo ni los cinco panes de Cristo los que sacian, sino Cristo mismo con su Pascua, a la que somos invitados por la fe y el bautismo. Vocación a formar un solo pueblo y un solo cuerpo en Cristo, que es la Eucaristía.

Cristo es el pan del cielo, que no cae como el maná, sino que se encarna en Jesús de Nazaret y, a través de la Iglesia, sacia al hombre generación tras generación con su inagotable sobreabundancia de vida y de gracia. Pan que baja del cielo y da la vida al mundo, para que lo coman y no mueran.

La Eucaristía nos incorpora a la Pascua de Cristo, que, como Alianza eterna, nos alcanza y nos une en sí mismo al Padre. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la meta y una la esperanza en la vocación a la que hemos sido convocados, según la segunda lectura. La Eucaristía injerta nuestro tiempo en la eternidad de Dios; nuestra mortalidad en su vida perdurable; nuestra carne en la comunión de su Espíritu.

¿Realmente hemos sido saciados por Cristo? ¿Sobreabunda en nosotros su gracia para ser capaces de dar de comer a esta generación el pan bajado del cielo, que es Cristo?

  Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 17º del TO

Sábado 17º del TO

Mt 14, 1-12

La fama de Jesús y su rechazo

Queridos hermanos:

Hoy esta palabra nos revela la creciente fama de Jesús, que no solo realiza prodigios, sino que asombra a todos con su predicación, sus obras y las de sus discípulos, quienes parten por los caminos anunciando el Reino. Su renombre alcanza incluso al impío Herodes, aunque esta autoridad de Jesús no lo convierte, como tampoco sucede con los demonios, quienes, aun reconociendo a Cristo, no pueden creer en Él.

Herodes, atraído por la exhortación de Juan el Bautista, lo escuchaba con gusto… pero terminó mandándolo decapitar. Y cuando llegue el momento de encontrarse con Jesús, no será distinto: lo tratará de loco, lo despreciará y se burlará de Él. ¡Qué contraste tan impactante! El Señor, que se acerca al pecador con misericordia, no se trata con este pobre impío de corazón endurecido. Lo llama “zorro” y guarda silencio ante él. Así ocurría con aquellos monjes, famosos por su santidad, que negaban toda palabra o señal a quienes los buscaban por simple curiosidad, sin intención de convertirse. Porque la Escritura nos enseña que el Señor resiste a los soberbios. Como dice el Evangelio, Jesús no se confiaba ni siquiera a quienes en algún momento creyeron, porque conocía lo que había en el corazón de las personas. San Pablo lo declara con firmeza: “De Dios nadie se burla” (Ga 6,7).

Hermanos, si aquellos que rechazaron a Juan el Bautista no pudieron acoger al Mesías (Lc 7,30), ¡cuánto menos Herodes, que lo mandó matar! Según los evangelistas Mateo y Marcos, Herodes alimentaba la idea de que Juan había resucitado, tal vez intentando escapar del peso de su remordimiento por haber derramado la sangre de un profeta.

Dios actúa a través de sus enviados, y ¡ay de aquel que permanece indiferente o los rechaza! Porque nos dice el Señor: “Quien a vosotros rechaza, me rechaza a mí; y quien me rechaza a mí, rechaza a Aquel que me ha enviado”. Y nos recuerda: “Cuanto hicisteis con uno de mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis”.

El mensaje no puede separarse del mensajero. Rechazar al enviado es rechazar al que lo envía. McLuhan lo expresó con mirada contemporánea: “El medio es el mensaje”. Y el Padre no envió a cualquier profeta a proclamar la Buena Nueva: envió a su propio Hijo, que se identifica con sus discípulos. Por eso les dice: “Vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra”, porque Él mismo lo es: “Yo soy la luz del mundo y la sal de la tierra”.

  Que así sea.

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Viernes 17º del TO

Viernes 17º del TO

Mt 13, 54-58

Queridos hermanos, ¿quién no se ha sentido desconcertado ante la grandeza que brota de la humildad? No es de extrañar la perplejidad de los habitantes de Nazaret, los conciudadanos de Jesús, al ver que aquel a quien conocieron como “el hijo del carpintero” emerge de pronto como maestro y profeta, asombrando al mundo con sus palabras y sus obras.

También nosotros, si somos sinceros, luchamos por comprender esa elección libre y gratuita del Señor, que —como dice la Escritura— “alza del polvo al pobre para sentarlo entre los príncipes de su pueblo”. Esta es la lógica divina que atraviesa toda la historia de la salvación: una lógica que escoge lo pequeño para confundir lo grande, lo débil para avergonzar a lo fuerte, lo despreciado para revelar la dignidad escondida.

Según una antigua tradición copta, san José —viudo y padre de cuatro hijos: Santiago, José, Simón y Judas— se desposó con María, y fue así como Santiago, aún niño, entró en la familia. Con todo, la Escritura parece contradecir claramente esta hermosa tradición (cf. Brant Pitre, “Jesús y las raíces judías de María”, p. 136).

Con el paso del tiempo, este niño sería llamado “el hermano del Señor”, pues llegó a ser uno de los doce apóstoles. José, el tekton, el artesano —carpintero, como solemos traducirlo— encarnaba la humildad y el trabajo silencioso. Y de su oficio y figura tomaría Jesús su único título distintivo entre sus paisanos: “el hijo del carpintero”.

A través de José, el Padre nos revela la humildad del Hijo. En contraste con la soberbia que rige los poderes del mundo, el Señor se nos muestra manso, rechazando la violencia que nace del orgullo. Es el Cordero degollado quien vence a la bestia. Para transitar los caminos del amor —¡del verdadero amor!— se requiere humildad, mansedumbre y sumisión. No son virtudes débiles, sino la fortaleza de quienes han aprendido a confiar en el poder de Dios.

Hoy el Señor nos invita a reconocer su encarnación, que muchas veces se nos presenta en rostros comunes, en personas enviadas que nos desconciertan. Y nos llama, como lo hizo con su pueblo, a superar la tentación de despreciar lo conocido, de rechazar al que no encaja en nuestras expectativas. Porque el Mesías, hermanos, sigue viniendo a nosotros envuelto en humildad.

¡Que tengamos ojos para ver y corazones para recibir a Aquel que viene a salvarnos desde lo más bajo, entregando su vida hasta el extremo!

  Que así sea.

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Jueves 17º del TO

Jueves 17º del TO

Mt 13, 47-53

El Discernimiento: Camino hacia el Reino

Queridos hermanos, el Reino de los Cielos es una realidad sobrenatural, tejida por la gracia divina y ofrecida como un traje de fiesta a quienes —aun bajo la sombra del pecado— han sido llamados por Dios a participar libre y responsablemente en su salvación. Esta gracia no se impone, sino que se entrega como don gratuito, esperando la respuesta libre del corazón humano.

La parábola de la red nos plantea el discernimiento final sobre quienes han sido llamados gratuita e indiscriminadamente, sin considerar la respuesta personal de los convocados, aunque implica la reflexión de cada uno acerca de su realidad existencial, de la que tendrá que rendir cuentas, teniendo presente “lo antiguo”, que representa la ley. Con la acogida del Reino, el discípulo, superando la ley, echa mano de “lo nuevo”, abriéndose a la conversión en Cristo, que ha querido introducirse en la red para sanar a quienes lo acojan.

El Evangelio nos invita a abrazar el Reino como el sabio amante de las Escrituras, que ha descubierto en ellas el tesoro escondido. Nosotros, hermanos, necesitamos discernir la gracia del Evangelio para conducir nuestra vida, porque seremos juzgados como los peces recogidos en la red.

Discernir no es poseer cualquier sabiduría; es sabiduría para gobernar. Todos, sin excepción, estamos llamados a gobernar nuestra existencia con prudencia, orientándola hacia su meta eterna. Si Dios es la Verdad y la Vida, a la que hemos sido llamados por misericordia, entonces el discernimiento es el faro que nos guía por el camino de la sabiduría, revelado como perla preciosa y tesoro escondido.

La Escritura nos enseña: “El temor de Dios es el principio de la sabiduría.” Y si alguien se llena de conocimientos pero se aparta de Dios, ha perdido la sabiduría verdadera. Así pues, preguntémonos: ¿Dónde encontrar este discernimiento?

San Pablo responde con claridad: la condición indispensable para adquirirlo es que el amor de Dios, derramado por el Espíritu Santo, sea el motor de nuestra vida. “Para quien ama a Dios, todo concurre para su bien.” El amor transforma cada acontecimiento, orientándolo oportunamente para crecer en sabiduría y avanzar en dirección al bien.

La comunidad cristiana, hermanos, aunque limitada en lo humano, es germen del Reino. Ella misma contiene en sí la perla de gran valor. Pero esta perla solo se aprecia mediante el discernimiento del amor que en ella habita.

Para san Agustín, la perla preciosa es la Caridad, y solo quien la posee ha nacido verdaderamente de Dios. Este es el gran criterio de discernimiento, porque, aunque lo poseas todo, si te falta la Caridad, nada tienes. Pero si no posees nada y renuncias a toda posesión por alcanzarla, entonces lo posees todo.

San Pablo nos lo recuerda: “El que ama ha cumplido la Ley.” Ha alcanzado el Reino, porque Dios —en su esencia más pura— es amor.

  Que así sea.

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Santos Marta, María y Lázaro

Santos Marta, María y Lázaro 

Lc 10, 38-42 ó Jn 11, 19-27

Queridos hermanos, hoy la Palabra nos revela el misterio de la acogida de Cristo, que se concreta en la fe y se expresa en dos actitudes complementarias de las que habla san Pablo: «Con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se proclama para alcanzar la salvación» (Rm 10,10).

Para conmemorar a Marta, María y Lázaro, la liturgia nos propone dos pasajes del Evangelio. El Evangelio según san Lucas nos presenta estas dos actitudes en las hermanas de Lázaro: María nos muestra la fe creyente del corazón que acoge al Señor; Marta, la que lo proclama con la boca. Esta Palabra nos muestra también dos posibles actitudes ante el amor al Señor: una natural y otra sobrenatural. Ambas pueden coexistir en nosotros. La primera, como la de Marta, es buena: sirve, actúa, se entrega. La segunda, como la de María, es «la mejor parte»: contempla, escucha, se deja transformar. No despreciemos el servicio, pero aspiremos a la intimidad con el Señor, porque sentarse a los pies del Maestro, como lo hizo María, es abrazar el don gratuito de la fe; es dejar que el Señor nos hable al corazón.

Como aquella esposa del Cantar de los Cantares, María podría decir: «He encontrado al amor de mi vida. Lo he abrazado y no lo dejaré jamás». Y nadie podrá arrancárselo. Esta es la parte buena que no le será quitada.

El Evangelio según san Juan nos presenta la fe de Marta: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Esa fe hace que Marta no sólo “crea”, sino que “sepa”: «Sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá. Ya sé que (mi hermano) resucitará en la resurrección, el último día». Así acoge a Cristo en su testimonio: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre». Marta cree en el amor de Cristo y sabe que Él lo consigue todo del Padre porque siempre lo escucha. Creer en Él es garantía de victoria sobre la muerte.

Lo que hoy contemplamos va aún más allá: no hablamos simplemente de recibir al prójimo, sino de acoger a Dios mismo. Como Abrahán en el encinar de Mambré y como María en Betania, descubrimos que, gracias al discernimiento de la fe, somos capaces de reconocer al Señor que se manifiesta en los más diversos rostros y circunstancias. Él viene. Se acerca. Nos visita. No por obligación, sino por amor. Y su deseo es que lo recibamos con fe y caridad, para que podamos heredar la vida eterna.

Esta Palabra nos invita a responder con nuestro propio «Amén»; a elegir, día tras día, al Señor como nuestra parte mejor; a recibir de Él, gratuitamente y por la fe, su Espíritu, su amor y su vida eterna.

Pero si en nuestro encuentro con el Señor descubrimos el deseo de compensación o de reconocimiento, reconozcamos con sinceridad que estamos más cerca de Marta que de María; que vivimos más en la exigencia que en el don; que estamos más en nosotros mismos que en el Señor. Nuestro amor aún debe madurar, ser purificado, ser divinizado, hasta alcanzar esa universalidad del amor divino: «Sed perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre buenos y malos». Somos llamados al conocimiento de Dios en el amor. Y ese conocimiento, que será plenitud en la Bienaventuranza, puede crecer en esta vida si acogemos las gracias que Él nos ha destinado. A veces implicarán correcciones amorosas, curaciones espirituales que el Médico divino aplicará a nuestro corazón enfermo. Y aunque puedan doler, ¡qué alegre tristeza si viene de su mano!

Y así, hermanos, llegaremos también nosotros a la profesión de fe que salva, aquella que Marta, amada por el Señor, pronunció en medio del dolor por la muerte de su hermano: «Creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo».

Que esta confesión sea también nuestra. Que el Señor, al acercarse a nuestra alma, encuentre siempre un corazón dispuesto, una fe que escucha y una caridad que abraza.

  Que así sea.

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