Domingo 21º del TO A

Domingo 21º del TO A

Is 22, 19-23; Rm 11, 33-36; Mt 16, 13-20

Queridos hermanos:

Ante decisiones tan importantes como la que hoy nos muestra el Evangelio, Cristo se sumerge en la oración y elige momentos significativos, como las principales fiestas judías, cuya plena significación y contenido han aguardado durante siglos la revelación de Cristo, quien ha venido, en efecto, a dar cumplimiento a la Ley, a los Profetas y a las promesas, llevando a su plenitud toda la Revelación.

El evangelista, consciente de la centralidad de este acontecimiento, se esmera en situarlo con exactitud. Por eso comienza el capítulo 17 del Evangelio según san Mateo mostrándonos la Transfiguración en el contexto de la fiesta de las Tiendas, situada inmediatamente después de la confesión de Pedro y la entrega del primado, que tiene lugar seis días antes, y por tanto en el Yom Kippur. La importancia de esta relación se constata al analizar el contenido de esta fiesta en su celebración judía, en la cual el sumo sacerdote pronunciaba solemnemente el nombre de Dios.

Cristo se reúne con los apóstoles en Cesarea de Filipo, territorio de paganos, precisamente en el día de la Expiación, como hemos visto antes, y les pregunta: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?”, es decir, el Mesías. Y después: “¿Y vosotros, quién decís que soy yo?”. Dios inspira a Pedro la respuesta, y él proclama: “Tú eres el Cristo” —el Mesías—, “el Hijo de Dios vivo”. Con esta confesión de la divinidad de Cristo, el Mesías, aparece sobre la tierra una realidad nueva: una fe que es fundamento de un pueblo nuevo de “verdaderos adoradores”, al que Cristo llama “mi Iglesia”. Y Cristo ve en esta elección del Padre sobre Pedro la designación de quien, en ese nuevo pueblo, tendrá la función concreta que acaba de ejercer inconscientemente. Pedro testifica a Cristo con la boca en la ciudad del César, en Palestina, como después lo testificará con la vida en la ciudad del César, en Roma, que se convertirá en la sede de Pedro y de sus sucesores. Las atribuciones del sumo sacerdote Simón, hijo de Onías (Eclo 50, 1), del mayordomo del palacio de David, Eliaquín (Is 22, 20-22), y del sumo sacerdote del Templo, Caifás, son concedidas a Pedro y a sus sucesores por elección divina y designación de Cristo en la fundación de la Iglesia, cuyo fundamento es la fe en “Cristo, Hijo de Dios vivo”.

Esta designación de Pedro parte de la “decisión insondable de Dios”, como dice la segunda lectura: elección divina que lo impulsa a proclamar el nombre de Dios, nombre que sólo era lícito pronunciar al sumo sacerdote, y que revela el mesianismo y la filiación divina de Cristo, fundamento de una nueva fe que será el cimiento de la comunidad mesiánica y escatológica que comienza a existir.

Jesús ha llevado a sus apóstoles a tierra de paganos para poner en evidencia la independencia de la Iglesia frente al Israel según la carne y su universalidad, abierta a todos los pueblos y cimentada sobre la confesión de Pedro. Esta Iglesia derribará las puertas del Hades —de la muerte, consecuencia del pecado, del Infierno— porque a ella se entregan, en la persona de Pedro, las llaves del Reino: el poder de atar y desatar, de perdonar los pecados. Ya no es necesaria la expiación en el Templo de Jerusalén. La Iglesia puede aplicar en cualquier lugar la expiación de los pecados que Cristo ha realizado en el santuario de su propio cuerpo, expiación que Dios ha aceptado resucitándolo de la muerte.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 20º del TO

 Sábado 20º del TO 

Mt 23, 1-12

La gloria que viene de Dios

Queridos hermanos, el Evangelio de hoy nos invita a mirar más allá de nosotros mismos, a dejar de buscar la gloria en nuestras obras, en nuestros méritos, en nuestras apariencias... y a encontrarla en Cristo, que es la verdadera fuente de toda gloria. Porque Dios es Amor, y su deseo profundo es la felicidad del hombre. Nos llama a la comunión con Él, que es vida, sacándonos de la trampa de la autocomplacencia y abriéndonos al camino de la fe y del amor.

Los escribas y fariseos, nos dice el Señor, estaban cerrados a la fe. ¿Cuál era su error? Preferían ser amados antes que amar. Buscaban la estima de los hombres más que la comunión con Dios. Por eso Jesús les reprocha:

“¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene sólo de Dios?” (Jn 5,44)

Sin fe, el amor no puede habitar en el corazón. Y cuando la Ley se vacía de amor, se convierte en una carga insoportable para quien la vive, y en una exigencia dura para los demás. El culto que no nace del amor es vano, es perverso, porque no busca agradar a Dios, sino a uno mismo. Pero el verdadero culto, hermanos, es el amor.

“¡Misericordia quiero, no sacrificios!” (Os 6,6)

Esta Palabra viene hoy en nuestra ayuda. Nos llama a buscar al Señor, a negarnos a nosotros mismos mediante la penitencia, y a abrirnos a los demás mediante la misericordia. Necesitamos humillar nuestro yo, para abrirnos al tú del amor, y en ese encuentro, descubrir el Yo de Dios.

En Cristo, Dios ha glorificado su nombre como nunca antes. Lo ha hecho manifestando su amor, salvando a la humanidad de la muerte, entregando a su Hijo por nuestros pecados y resucitándolo para nuestra justificación.

“Ahora va a ser glorificado el Hijo del hombre, y Dios va a ser glorificado en él. ¡Padre, glorifica tu nombre!” Y respondió Dios: “Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré.” (Jn 12,28)

La gloria de Dios, hermanos, es su entrega. Su complacencia está en la entrega del Hijo por nosotros. Y cuando creemos en Jesucristo, damos gloria a Dios, porque por la fe, el hombre fructifica en el amor.

“La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto y seáis mis discípulos.” (Jn 15,8)

El amor es el fruto que glorifica al Padre. Porque el amor viene de Dios; es Él quien lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. El que no cree, no tiene el amor de Dios en su corazón. Y entonces, está condenado a buscar su propia gloria, porque no se puede vivir sin amor. Busca la vida en las cosas, en las personas, se sirve de ellas... pero no las ama. Y nada ni nadie puede dar vida, sino sólo Dios.

El que no cree, no ama. Y el que no ama, no glorifica a Dios.

Por eso, si en la Eucaristía nos unimos a Cristo en este sacramento de su amor al Padre, lo glorificamos juntamente con Él, haciéndonos uno con su entrega amorosa a la voluntad del Padre. Que nuestra comunión con Cristo sea verdadera, profunda, y transformadora.

Que el Señor nos conceda la gracia de buscar siempre la gloria que viene de Él, y no la que se desvanece entre los aplausos del mundo. Amén. 

 Que así sea.

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Viernes 20º del TO

Viernes 20º del TO

Mt 22, 34-40

El Amor Divino: Camino, Mandamiento y Redención

Hermanos, Dios es amor. No sólo en su esencia, sino también en el camino que nos ha revelado. El hombre ha sido llamado a conocerlo, a amarlo, a servirlo y a gozarlo eternamente. Y sólo el amor —ese fuego divino que arde sin consumir— puede guiarnos, acercarnos e introducirnos en su misterio. Ser cristiano no es simplemente evitar el pecado; es amar. Y no hay amor más grande que dar la vida. No hay mayor plenitud del ser humano en este mundo que entregarse por amor.

Toda la creación encuentra su sentido en el don de sí. Ha sido hecha para inmolarse, para entregarse. Y mientras no lo hace, su existencia queda frustrada, sin propósito. Porque, por naturaleza, tendemos a asemejarnos a Cristo, a unirnos a Él en espíritu, en la glorificación de nuestra carne.

Toda la Ley y los Profetas penden del amor. Desde el Deuteronomio, Dios ha mostrado al pueblo el camino de la vida. Desde el Levítico, ha revelado la perfección humana: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18). El Señor une el mandamiento del amor a Dios con el del amor al prójimo. Porque, como dice san Juan: “Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve”. El amor a Dios y al prójimo se corresponden, se implican mutuamente. No pueden existir por separado.

El Levítico nos muestra al prójimo como el camino para salir de nosotros mismos y buscar el amor. Y Cristo, en el Evangelio, une este mandamiento al amor a Dios: “El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. He aquí el sendero hacia la vida feliz, el camino que puede llevar al hombre hasta las puertas del Reino.

Cristo ha superado la Ley y los Profetas con el amor con que nos ha amado (Jn 13,34). Ha derramado en nuestros corazones el amor de Dios por obra del Espíritu Santo. Él nos amó primero. A eso ha venido: a liberarnos del yugo de las pasiones, a darnos el Espíritu Santo, para que podamos amar con todo el corazón —mente y voluntad—, con toda la vida y con todas nuestras fuerzas.

Sólo en Cristo se abren las puertas del Reino, por un amor nuevo, dado al hombre no por la creación, sino por la Redención. Por la “nueva creación”, en la que el amor es regenerado en el corazón humano.

Cristo nos ha amado con un amor que perdona y salva. Ese amor que antes sólo era objeto de deseo, ahora se hace realidad por la fe. Si el amor cristiano es el amor de Cristo, recordemos sus palabras: “Como el Padre me amó, así os he amado yo”. El amor cristiano no es otro ni distinto del amor del Padre, con el que amó a Cristo, y con el que Cristo nos amó a nosotros. Amar al hermano en Cristo es, por tanto, signo y testimonio del amor de Dios en este mundo. Testimonio al que somos llamados por la fe.

En el oráculo de Delfos se leía: “Conócete a ti mismo”. Y con razón, porque sólo quien se conoce puede darse en plenitud. Pero para conocerse, primero hay que encontrarse. Dios pregunta al hombre en el Paraíso: “¿Dónde estás?” El hombre, escondido por miedo —fruto del pecado—, debe encontrarse. Como dice san Agustín en sus Confesiones: “Tú estabas delante de mí, pero yo me había retirado de mí mismo y no me podía encontrar”. Dios nos invita a reconocernos lejos del amor, a convertirnos, a amar y no temer. Porque, como dice san Juan: “El amor perfecto expulsa el temor” (1Jn 4,18). Y para darse, hay que poseerse. Ser dueño de sí, no esclavo de las pasiones ni de los demonios.

A Dios se le debe amar con lo que se es, con lo que se tiene, y siempre. El mandamiento del amor a Dios especifica con qué se debe amar; el del amor al prójimo indica cómo se debe amar. El amor a Dios debe ser total, sin división ni parcialidad, porque el Señor es Uno, y no se puede compartir idolátricamente el amor que sólo a Él le pertenece.

El amor al prójimo, siendo plural, nos enseña la forma del amor: unificándolo en el amor a uno mismo. Un amor con la misma dedicación, intensidad, espontaneidad y prioridad con que nos amamos a nosotros mismos. Ese amor no necesita ser enseñado; es inmediato, espontáneo, y moviliza toda nuestra capacidad de amar en provecho propio.

San Agustín decía: “No hay nadie que no ame”. El problema está en el objeto y la calidad de ese amor. El objeto carnal somos nosotros mismos; el espiritual, Dios y el prójimo; y el sobrenatural, el amor a los enemigos.

Si la luz de Dios está en nuestras manos, nuestra luz estará en las manos de Dios. Si Dios está en nuestra boca, todo nos sabrá a Dios. Si nos reconocemos hijos bajo la mirada del Padre, todos nos convertimos en hermanos.

  Que así sea.

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Jueves 20º del TO

Jueves 20º del TO 

Mt 22, 1-14

El Banquete del Reino

Queridos hermanos, el sentido profundo de nuestra existencia, para quienes hemos conocido al Señor, no es otro que alcanzar la bienaventuranza del banquete de bodas. A ese banquete eterno se nos invita por medio del anuncio de los enviados, los profetas, los apóstoles, los testigos de la fe. Pero ¡atención! Nuestra llamada puede ser alienada, distorsionada, si la reducimos a lo inmediato, si achatamos nuestra vida espiritual y despreciamos la que se nos ha ofrecido y dado por el Espíritu Santo. Así nos hacemos indignos, como aquellos primeros invitados de la parábola: los sumos sacerdotes y los senadores del pueblo, a quienes el Señor dirige en primer lugar su enseñanza.

La parábola, sin embargo, no se detiene ahí. El foco se desplaza hacia el traje de bodas, esa vestidura necesaria para participar en la fiesta. Y nos sorprende, ¿verdad? ¿Cómo puede haber tal exigencia después de una invitación tan generosa, tan indiscriminada? ¿No fueron llamados buenos y malos, gente de toda condición? ¿Por qué, entonces, se exige una vestidura especial?

La clave está en que ese traje no se compra, no se gana, no se fabrica por mérito propio: se ofrece gratuitamente al ingresar a la fiesta. Es figura de la fe, ese don precioso que Dios nos concede, pero que exige nuestra respuesta libre. Por la fe entramos al banquete mediante el bautismo, y recibimos además el Espíritu Santo, que —como enseña san Pablo en la carta a los Romanos (Rm 5,5)— derrama en nuestros corazones el amor de Dios.

Ese amor, hermanos, es el traje de bodas. Así lo afirma san Gregorio Magno: el traje de bodas es la Caridad. Sin ella, podemos estar dentro, sí, pero indignamente. Podemos ser llamados “amigos” por el Señor, y sin embargo no participar verdaderamente de la fiesta, porque hemos perdido la Caridad, que es la fiesta misma.

Solo el pecado, que nace de nuestra libertad, puede despojarnos de ese amor. Al pecar, rechazamos la amistad divina, nos hacemos indignos de su invitación, como aquellos primeros invitados o como aquel que fue hallado sin el traje festivo.

Miremos a Saulo, que encontró a Cristo y lo puso en el centro de su vida. Su vivir, su fortaleza, su todo es Cristo. Lo demás lo considera pura añadidura. Que su ejemplo nos interpele.

Hoy, al acercarnos a las bodas del Cordero en la Eucaristía, revisemos las vestiduras de nuestro corazón. ¿Estamos revestidos de Caridad? ¿Nos hemos dejado transformar por el Espíritu? Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.

Que así sea.

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Miércoles 20º del TO

Miércoles 20º del TO

Mt 20, 1-16

Llamados a la Viña del Señor

Queridos hermanos, muchos son los llamados a trabajar en la viña del Señor, pero todos estamos invitados a formar parte de ella. Cada uno a su hora, generación tras generación, porque el tiempo de Dios no es el nuestro, y su llamada resuena en cada corazón según el designio divino.

Esta vida, amados, podemos verla como una jornada de trabajo. Y a esa jornada le corresponde una paga: no la que merecen nuestras obras, sino una recompensa buena, apretada, remecida y rebosante siempre superior, fruto de los dones que brotan de la bondad divina. Porque Dios, que es justo, no se limita a nuestra justicia; la envuelve en su infinita misericordia.

San Gregorio Magno nos recuerda que somos los llamados de la hora undécima. Israel fue llamado antes, por medio de profetas y enviados, pero no para un culto externo y vacío, sino para una sintonía interior con el Señor. No en la materialidad de la letra, sino en la radicalidad del espíritu. Por eso, el Señor insiste una y otra vez en su predicación:

“Misericordia quiero y no sacrificios; quiero amor, conocimiento de Dios más que holocaustos.”

Hay obreros de la primera hora que, sin embargo, no están en sintonía con el corazón de Dios. Contaminados por la avaricia, la envidia y el juicio, como aquellos que salieron de Egipto, que vieron abrirse el mar, comieron el maná... pero no entraron en la Tierra Prometida. El Evangelio distingue entre llamados y elegidos. Y es cierto: no fueron contratados aquellos que no estaban en el lugar de la llamada, estando desempleados. San Juan Crisóstomo afirma que Dios llama a todos desde la primera hora, y ofrece a todos la misma paga de la salvación eterna. Pero muchos viven fuera de su realidad, ajenos al momento en que Dios los busca. Y por ello, pierden la oportunidad de afrontar las penalidades del día bajo el amparo y la seguridad de la viña. Algunos no supieron valorar ni agradecer ese don.

El Señor es bueno. Llama a trabajar en su viña y provee lo necesario sin pensar en sus intereses, aunque nuestros méritos no estén a la altura. Eso, hermanos, es amar: hacer del bien del otro nuestro único interés. Esa debe ser la intención profunda de nuestros actos.

La justicia de Dios no olvida la caridad. Él es justo y misericordioso, mientras que la justicia del hombre, tantas veces, se ve contaminada por la venganza, la envidia y la avaricia. Dios llamó a Israel en la justicia, y a los gentiles en la misericordia. Él provee a las necesidades del corazón recto, pero no complace las ansias del codicioso. ¡Cuán distintos son los caminos de Dios de los nuestros!

San Pablo, movido por el amor, no duda en privarse del sumo bien de estar con el Señor por el bien de sus hermanos, porque ha encontrado a Cristo. Y sólo en Cristo nuestros caminos pueden coincidir con los de Dios, que se ha manifestado amor, y nos conduce al encuentro con los hermanos.

En la Eucaristía, culmen de nuestra relación con Dios, nuestro “yo” se disuelve en un “nosotros”. Y podemos llamar a Dios: Padre... pero Padre “nuestro”. Junto al don de la filiación divina adoptiva, hemos recibido el de la fraternidad humana. Quedamos incorporados al cuerpo eclesial, unidos mutuamente, regidos por Cristo, nuestra cabeza, en Dios.

  Que así sea.

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Martes 20º del TO

Martes 20º del TO

Mt 19, 23-30

Llamada al Seguimiento

Queridos hermanos, antes de adentrarnos en el misterio que nos propone el Evangelio sobre la riqueza, es necesario hacer una observación preliminar que despeje el terreno de posibles equívocos. Cuando Jesús habla del Reino de los Cielos, los Apóstoles entienden salvación. Porque el Reino no es una promesa lejana, sino una realidad que puede experimentarse ya aquí, mediante el encuentro con Cristo por la fe.

La vida eterna es salvación. Por eso, siguiendo la enseñanza del Antiguo Testamento (cf. Lv 18, 5), Jesús dice a uno de los principales (cf. Lc 18, 18): «Cumple los mandamientos; haz esto y vivirás» (cf. Lc 10, 28). Pero el Reino de los Cielos no es solo salvación: es también misión salvadora. Por eso, al “joven” rico le dice (cf. Mt 19, 21): «Vende cuanto tienes, dáselo a los pobres, luego ven y sígueme». Porque la vida eterna consiste en esto: «Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado» (cf. Jn 17, 3).

Entrar en el Reino de Dios implica seguir a Cristo. Y seguirle es dejar casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos y hacienda. Es renunciar incluso a la propia vida, para recibir en el mundo venidero la vida eterna. Porque quien busca su vida en este mundo, la perderá; pero quien la pierda por Cristo y por el Evangelio, la conservará para la eternidad.

Jesús parece decirle al rico: La vida eterna es la herencia de los hijos. Por eso, cuando hayas vendido tus bienes, «ven y sígueme». Cree, hazte discípulo del Maestro bueno. Llegarás a amar a tus enemigos, serás hijo de tu Padre celestial, y tendrás derecho a la herencia de los hijos: la vida eterna.

Pero el joven se marchó triste. ¿Por qué? Porque tenía muchos bienes. Su tristeza no era por la exigencia de la llamada, sino por la incapacidad de su amor a Dios para superar el apego a sus posesiones. No pudo creer que en aquel Jesús estaba realmente su Señor y su Dios. No pudo ver el tesoro escondido en el campo de la carne de Cristo. No discernió el valor de la perla que tenía ante sus ojos. Si lo hubiera hecho, habría vendido todo y le habría seguido.

Una cosa le faltaba, dijo Jesús. Pero no como una simple añadidura, sino como el fundamento de toda religión verdadera: amar a Dios más que a los bienes, y al prójimo como a sí mismo. 

Que así sea.

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Lunes 20º del TO

Lunes 20º del TO

Mt 19, 16-22

Una cosa te falta...

Queridos hermanos, el Señor no entra en razonamientos humanos cuando se le acerca aquel llamado “joven” rico. Su respuesta es clara, directa, como la luz que disipa las sombras: “¿Por qué me preguntas lo que la Escritura afirma con tanta claridad? Escucha, Israel: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo. Haz esto y vivirás.”

Jesús no le habla de teorías, sino de mandamientos. Porque toda la Ley y los profetas penden de ese amor. Y es aquí donde se revela la falta del joven: ha cumplido, según él, los mandamientos del amor al prójimo, pero le falta lo esencial, el fundamento, la raíz de toda vida espiritual: amar a Dios sobre todas las cosas.

Quien ama así, cumple la Ley. Y de ese amor brota la salvación. Pero quien pretende compartir su amor a Dios con el apego a sus bienes, termina por despreciar a Dios y amarse a sí mismo, equivocada y carnalmente. Por eso los apóstoles se preguntan: “¿Quién podrá salvarse?” Y Jesús les responde con verdad: “Eso no es posible para los hombres.” Sólo el conocimiento trinitario de Dios, es decir, la experiencia viva de su amor, de su Espíritu y de su gracia, puede abrirnos a esa posibilidad.

Lo mismo nos enseña el pasaje de Lucas, cuando habla del rey que, con diez mil hombres, quiere enfrentarse al que viene contra él con el doble de fuerzas (cf. Lc 14,31). Es necesario discernir nuestra impotencia, reconocer nuestra debilidad, para buscar ayuda en Dios con todo nuestro ser. Porque “todo es posible para Dios.”

Aquel joven rico se encontró con el Maestro bueno. Quería obtener de Él la certeza de la vida eterna, que el cumplimiento externo de la Ley no le había dado. Pero Cristo le confronta: ¿Qué tanto me consideras maestro y bueno, si sólo Dios es bueno? ¿Estás dispuesto a creer que en mí está tu Señor y tu Dios?

Sabemos que se marchó triste. Tenía muchos bienes. Pero su tristeza no era por los bienes en sí, sino porque su amor a Dios no fue capaz de superar el amor que sentía por sus posesiones. No pudo creer que en Jesús estaba el tesoro escondido, la perla preciosa. No discernió el valor de lo que tenía ante sus ojos. Y por eso, no vendió todo para seguirle.

Jesús le dijo: “Una cosa te falta.” No como una añadidura, sino como el fundamento de su religión: amar a Dios más que a sus bienes.

Es curioso que en Marcos y Lucas el joven hable de “herencia”, como si esperara recibir la vida eterna sin esfuerzo, como se reciben los bienes heredados. Pero el desenlace lo confirma: no estuvo dispuesto a vender sus bienes. Según Mateo, parecía dispuesto a hacer algo, pero no fue así.

Jesús parece decirle: “Has heredado muchos bienes y quieres asegurarlos para siempre. Pero en el cielo esos bienes no tienen valor, si no son salados aquí por la limosna.” La vida eterna es herencia de los hijos. Por eso, cuando hayas vendido tus bienes, “ven y sígueme.” Hazte discípulo del Maestro bueno. Cree, y llegarás a amar incluso a tus enemigos. Entonces serás hijo de tu Padre celestial, y tendrás derecho a la herencia de la vida eterna.

En nosotros habita la muerte, consecuencia del pecado. Pero Cristo la ha vencido. Aquella parte de nosotros que abrimos a Él es redimida y transformada en vida. Aquella que nos reservamos, permanece sin redimir, en la muerte.

La Escritura nos llama a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Sólo abriéndonos completamente a Él, nos abrimos a la vida eterna. Hay que amar a Dios con todas las tendencias del corazón, con toda la existencia, y por encima de toda criatura, para alcanzar la Vida.

Una cosa le faltaba al joven rico: acoger la gracia que abre el corazón y las puertas del Reino. La certeza de la vida eterna se nos ha manifestado en el rostro de Cristo. Y tenemos experiencia de ella por su cuerpo y su sangre, pues “el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna.”

Pero la carne de Cristo es su entrega por todos los hombres. Su sangre es la oblación derramada para el perdón de los pecados. Nos hacemos uno con Él cuando nuestra vida se convierte también en entrega. Cuando nos negamos a nosotros mismos, tomamos la cruz y lo seguimos.

Porque dice el Señor: “Donde yo esté, allí estará también mi servidor.” “Yo lo resucitaré en el último día.” Y tendrá vida eterna.

  Que así sea.

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