Domingo 11º del TO A

Domingo 11º del TO A

Ex 19, 2-6; Rm 5, 6-11; Mt 9,36-10,8

Queridos hermanos:

Se nos hace presente la centralidad de la misión de Cristo y de la Iglesia: el anuncio del Reino de Dios, comenzando por el Israel creyente, de sinagoga en sinagoga, por ciudades y pueblos, con las palabras y los signos que lo acompañan, compadeciéndose también de la muchedumbre abandonada a su ignorancia e impiedad. Precisamente, Cristo ha sido enviado a ellas: “a las ovejas perdidas de la casa de Israel”, aunque no descuida a las “fieles”.

En la primera lectura, Dios promete su alianza a su pueblo si escucha su voz y le obedece; pero, como dice el salmo (81, 12): “Mi pueblo no escuchó mi voz; Israel no quiso obedecer”. Como consecuencia, la corrupción y el desorden reinan en la tierra; el pueblo anda como “rebaño sin pastor”, a la desbandada, como en la derrota frente a Ramot de Galaad (1 R 22, 17), inspirando la compasión del Señor.

Como fruto de la misión, el mal retrocederá en el corazón de los hombres y Satanás caerá de su encumbramiento. “Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. Pedid que Dios suscite mensajeros a quienes enviar para pastorear a los que se pierden por falta de cuidado pastoral.

Siendo el Señor quien llama, quien lo puede todo y quien quiere la salvación del hombre, invita, no obstante, a los discípulos a sintonizar con la voluntad de Dios mediante la oración, para unirlos a la evangelización. Qué gran fuerza tiene la oración, y qué prioritario es en la misión y en la pastoral vocacional el deseo y el celo evangelizador de la Iglesia. Dios, que lo puede todo, quiere nuestra sintonía con su amor y su voluntad salvadora, para que nuestra vida sea un tiempo de misión, como lo es la de Cristo mismo, unida al Padre en constante oración.

Dios quiere someter cada carisma de salvación a la aceptación libre y gozosa de cada pastor y de cada hombre, como corresponde a un corazón que ama los deseos del Señor. La Iglesia tiene el corazón de Cristo: su celo por la oveja perdida. Y así debe ser también el corazón de cada uno de sus miembros. Cuando Cristo envía a sus discípulos, les dice: “Id más bien a las ovejas perdidas”. Es fácil encontrar pastores que se apacienten a sí mismos, que cuiden de su propia oveja; pero hay que pedir a Dios que envíe obreros a su mies: pastores que cuiden de sus ovejas con especial celo por las descarriadas. Pastores con el corazón de Cristo, con su Espíritu, que lo hagan presente al mundo, redimiéndolo como su único Pastor, Salvador y Redentor.

  Proclamemos juntos nuestra fe.

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El Inmaculado Corazón de la Virgen María

El Inmaculado Corazón de la Virgen María

Is 61, 9-11; 2Co 5, 14-21; Lc 2, 41-51

Queridos hermanos:

Esta festividad, instituida por Pío XII en el año 1944, acompaña desde entonces a la del Corazón de Jesús, evocando así la unión de los corazones de Jesús y de María, inseparables desde que el Verbo se hizo carne en el seno de la Virgen. Esta fiesta nos ayuda a contemplar las gracias con que María fue adornada, que nos llevan a rendirle un culto de hiperdulía por su santidad incomparable, siendo Madre del Hijo y Esposa del Espíritu Santo.

Todo en María nos remite al amor de Cristo, como expresa el Evangelio de las bodas de Caná al decirnos: “Haced lo que Él os diga”, y siguiendo su ejemplo de “guardar y meditar su palabra en su Inmaculado Corazón”. Ella es dichosa por haber creído cuanto le fue anunciado de parte del Señor.

De su Inmaculada Concepción procede su Inmaculado Corazón, redimido el primero en vista de los méritos de Cristo y en orden a su llamada a dar a luz al Salvador del mundo.

El Evangelio de hoy nos presenta a la Madre comenzando a vislumbrar el resplandor de la espada que atravesará su alma, separándola por tres días del Hijo de su amor, hasta reencontrarlo de nuevo en la casa del Padre, a la que también ella será asunta y donde permanecerán inseparables sus corazones: el Sagrado, del Hijo, y el Inmaculado, de la Madre.

También nosotros estamos implicados en esta conmemoración, que nos llama a la esperanza de ver realizarse en nosotros este misterio de salvación, por el cual el Hijo se ha encarnado y la Madre ha sido preservada de todo mal.

Dichosos también nosotros, que creemos lo que nos ha sido anunciado de parte del Señor: que el Espíritu Santo descendería sobre nosotros, cubriéndonos con el poder del Altísimo para engendrar en nosotros un Hijo de Dios. Nuestra pobreza, ante el don de Dios, no será impedimento para su voluntad ni para su promesa, como tampoco lo fue la pequeñez de María, su esclava, porque nada es imposible para Dios.

  Que así sea.

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El Sagrado Corazón de Jesús A

El Sagrado Corazón de Jesús A

Dt 7, 6-11; 1Jn 4, 7-16; Mt 11, 25-30

Queridos hermanos:

Celebramos hoy la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. El Sagrado Corazón de Jesús es un símbolo profundamente arraigado en nuestra fe: representa el amor y la compasión divina de Cristo hacia la humanidad, y nos recuerda su entrega total, su sacrificio de amor por todos. A lo largo de la historia ha sido una devoción muy extendida, impulsada especialmente por las visiones de Santa Margarita María de Alacoque en el siglo XVII, que subrayaron la centralidad de la Eucaristía y la necesidad de reparación por los pecados. La Iglesia celebra esta fiesta el viernes después del Corpus Christi, momento privilegiado para contemplar esta devoción.

En el Evangelio de Mateo escuchamos la invitación de Jesús a encontrar en Él descanso y consuelo. Es una llamada profunda a la confianza y a la fe, un ofrecimiento de alivio para quienes se sienten sobrecargados por las dificultades de la vida. Es una invitación poderosa a hallar paz en medio de las pruebas, reflejo de la compasión y del amor incondicional del Señor, que nos invita a buscar guía y descanso en la humildad y mansedumbre de su Corazón. Él nos anima al sosiego mediante su ejemplo de humildad, y nos enseña a amar como Él ama.

Aunque existen testimonios de esta devoción desde la Edad Media —ya en el siglo XII—, y más tarde gracias a los misioneros jesuitas y a san Juan Eudes, no será hasta 1690 cuando comience a difundirse con fuerza, a raíz de las revelaciones a Santa Margarita María de Alacoque. En 1765, Clemente XIII permitió a los obispos polacos establecer la fiesta en esta fecha, el viernes de la octava de Corpus Christi; pero fue Pío IX, en 1856, quien la extendió a toda la Iglesia. Más tarde, León XIII consagró al Corazón de Jesús todo el género humano. Y en 1956, Pío XII publicó la encíclica Haurietis Aquas, sobre la devoción al Sagrado Corazón.

Los misterios del Reino se revelan a los pequeños, que, por la misericordia del Padre, son conducidos al conocimiento del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Estos “cansados y agobiados” encuentran en el Corazón manso y humilde de Cristo el alivio a sus fatigas.

Esta solemnidad nos invita a contemplar el amor de Dios que —como afirma la primera lectura— no olvida las promesas hechas a quienes le aman. Es un amor que se nos ha hecho cercano en Cristo, entregándose a cambio de nuestros pecados; amor por el que padeció la pasión, derramó su sangre y permitió que su costado fuera traspasado por la lanza del soldado. De aquella herida, los Padres de la Iglesia vieron brotar, en figura, los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía.

La clave de lectura de toda la creación, de toda la historia de la salvación y de la redención realizada por Cristo, es este amor por el que Dios se nos revela: amor de entrega en la cruz. Por eso resuenan con fuerza sus palabras: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera».

Son palabras de amor en labios de Cristo: humildad y mansedumbre que adquieren toda su grandeza tratándose de Él, de quien posee incomparable majestad. Como decía san Juan de Ávila: «Si el que es grande se abaja, ¡cuánto más nosotros, tan pequeños! Si queremos que nuestra construcción sea sólida, debemos comenzarla enterrando profundamente los cimientos de la humildad. Solo así se elevará hasta los cielos. Si el fuego del amor de Dios ha prendido en nosotros, cubrámoslo con la ceniza de la humildad para que ningún viento lo apague».

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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San Bernabé, apóstol

San Bernabé, apóstol

Hch 11, 21-26. 13, 1-3; Mt 10, 7-13

Queridos hermanos:

El Reino de Dios es el acontecimiento central de la historia: se hace presente en Cristo y se anuncia con poder. La responsabilidad de acogerlo o rechazarlo es enorme, porque en él se encierra la salvación de la humanidad. Los signos que lo acompañan son potentes contra todo mal, incluida la muerte. Acogerlo implica recibir a quienes lo anuncian con el testimonio de su vida, porque en ellos se recibe a Cristo y al Padre que lo envía.

En su infinito amor, Dios tiene planes de salvación para los hombres; así, José es enviado por delante de sus hermanos a Egipto. Sin embargo, aun con su poder, Dios no realiza sus planes por encima de la libertad humana. Esta libertad conlleva también las consecuencias del pecado: la envidia de los hermanos de José, la lujuria de la mujer de Putifar y, en el caso de Cristo, la incredulidad de los judíos y todos nuestros pecados, que lo conducen a la pasión y a la muerte.

También los discípulos, enviados a encarnar la misión del anuncio del Reino, van con un poder otorgado por Cristo, pero no quedan exentos de la libertad de quienes los reciben y, por tanto, de las consecuencias de su rechazo o de su acogida.

Con todo, queda de manifiesto la importancia del anuncio del Reino, ante el cual todo debe quedar relegado y ocupar su lugar. Lo pasajero debe ceder ante lo eterno y definitivo; lo material, ante lo espiritual; lo egoísta, ante el amor.

Esta Palabra nos presenta la misión. Cristo es el amor de Dios hecho llamada, envío y misión, que se perpetúa en el tiempo a través de los discípulos invitados a su seguimiento. Toda llamada a la fe, al amor y a la bienaventuranza lleva consigo una misión de testimonio, cuyas raíces son el amor recibido y el agradecimiento. Sin embargo, existen distintas funciones, como corresponde a los diversos miembros del cuerpo, que el Espíritu suscita y sostiene por iniciativa divina para la edificación del Reino, y que son prioritarias en la vida de quien es llamado.

Es la misión la que hace al misionero. Amós es llamado y enviado sin ser profeta. Nosotros somos llamados por Cristo a llevar a cabo la obra de Dios para saciar la sed de Cristo, que es la salvación de los hombres. Esta salvación debe ser testificada por testigos elegidos por Dios desde antes de la creación del mundo para ser santos por el amor.

Dios quiere hacerse presente en el mundo a través de sus enviados, para que el hombre no ponga su seguridad en sí mismo, sino en Él. Constantemente envía profetas y concede dones y carismas que purifican a su pueblo, haciéndolo volver a Dios y no quedarse en las cosas, en las instituciones o en las personas.

Cristo es enviado a Israel como “señal de contradicción”. Lo acojan o no, Dios habla a su pueblo a través de su enviado. Por su misericordia, Dios impulsa al hombre a replantearse su posición ante Él y así le da la posibilidad de convertirse y vivir.

En estos últimos tiempos, en los que la muerte será destruida para siempre, Cristo envía a los anunciadores del Reino, proclamando el “Año de gracia del Señor”.

El seguimiento de Cristo es, por tanto, fruto de la llamada de Dios, a la que el hombre debe responder libremente, anteponiéndola a cualquier otra realidad que pretenda acaparar el sentido de su existencia. La llamada mira a la misión y, en consecuencia, al fruto, proveyendo la capacidad de responder y la virtud de realizar su cometido, teniendo en cuenta que puede tratarse de objetivos superiores a las solas fuerzas humanas. Solo en la respuesta a la llamada se encuentra la plenitud de sentido de la propia existencia, que constituye la primera explicitación de la llamada libre de Dios.

Que así sea.

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Miércoles 10º del TO

Miércoles 10º del TO

Mt 5, 17-19

Queridos hermanos:

Dios, que es amor, ha querido guiar a su pueblo por caminos de vida. Lo ha rescatado de la esclavitud de Egipto y le ha entregado la ley: «Haz esto y vivirás». Pero, ante la imposibilidad de cumplirla, Dios, por medio de Jeremías, anunció una nueva alianza, en la que escribiría su ley en el corazón de los fieles. Cristo ha venido a realizar esta Nueva Alianza y la ha sellado con su sangre, haciéndola eterna. Ahora la ley ya no es externa, sino inscrita en el corazón del creyente por el amor que derrama en él el Espíritu.

La ley, por tanto, es santa, y se resume en el amor: amor a Dios y amor al prójimo. Cristo la ha cumplido, la ha llevado a plenitud y nos ha entregado su Espíritu para que también nosotros podamos cumplirla en el amor, pues quien ama ha cumplido la ley entera. «El que ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: No adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás, y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo; la caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm 13, 8‑10). Porque «el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo creyente» (Rm 10, 4). Cristo unifica la ley y sus preceptos diciendo: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado». «Ama y haz lo que quieras», dirá san Agustín, parafraseando a Tácito.

La perfección de la ley necesita la perfección del Espíritu para llevarla a su cumplimiento, porque la perfección de la ley es el amor, y el amor es el Espíritu, que lo derrama en el corazón del creyente. Cristo, encarnación de Dios, posee este Espíritu y puede darlo a quienes, por la fe, se unen a Él: «Quien se une a Cristo se hace un espíritu con Él», como enseña san Pablo.

Cuando nuestra fe se reduce al conocimiento de Dios recibido en la infancia —el catecismo o las clases de religión—, la acción del Espíritu en nosotros es débil, y en consecuencia también lo es nuestro amor. Entonces sucumbimos fácilmente a la tentación. Sólo cuando nuestra fe se fortalece crecen en nosotros la acción del Espíritu, el amor y el conocimiento vivo de Dios.

  A esto nos invita y nos ayuda la Eucaristía.                                   

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Martes 10º del TO

Martes 10º del TO

Mt 5, 13-16

Queridos hermanos:

El discípulo es la nueva creación que el Padre realiza en el hombre por el Espíritu Santo, a través de su Palabra y mediante la fe. Hemos escuchado en el Evangelio que Cristo lo denomina “sal” y “luz” para mostrar el cometido al que es asociado en la obra salvadora de la voluntad del Padre.

En cuanto la sal conserva las cosas, es signo de estabilidad, durabilidad, fidelidad e incorruptibilidad, como dice el libro de los Números: “Alianza de sal es ésta, para siempre” (Nm 18,19); cualidades que siempre se buscan en cualquier pacto humano.

Así quiere Dios que el discípulo se presente ante Él en un culto espiritual, que debe sazonarse con la sal, signo de su fidelidad al amor con el que ha sido convocado gratuitamente a Su presencia: “Sazonarás con sal toda oblación que ofrezcas; en ninguna de tus oblaciones permitirás que falte nunca la sal de la alianza de tu Dios; todas tus ofrendas llevarán sal” (Lv 2,13).

La entrega transformadora de la sal, por la que el discípulo debe ejercitarse en el amor recibido gratuitamente, precede a su respuesta. La sal es un don aceptado que implica fidelidad. El discípulo, que ha sido tomado del mundo y transformado para consagrarse a su servicio, si se separa después de su misión, se sume en la vaciedad y el sinsentido más absolutos: “No es útil ni para la tierra ni para el estercolero; la tiran fuera. El que tenga oídos para oír, que oiga” (Lc 14,35).

La necesidad de estas cualidades de la sal se ilumina con la sentencia del Evangelio que anuncia el “fuego” como condimento universal de toda existencia: en efecto, todos han de ser acrisolados en el sufrimiento. “Pues todos han de ser salados con fuego” (Mc 9,49).

Frente al ardor que toda alteridad debe enfrentar, la sal, como capacidad de sufrimiento y de perdón, es refrigerio de paz, como dice el Evangelio según san Marcos: “Tened sal en vosotros y tened paz unos con otros” (Mc 9,50).

La acción de la sal comienza con el dominio de las palabras. Dicen los sabios que Dios puso doble freno a la lengua: los dientes y los labios, debido a lo dañina que puede ser su falta de control. Sin embargo, la ira se inflama rápidamente, y se requiere la vigilancia del corazón y el bálsamo de la humillación: “Vuestra conversación sea siempre amena, sazonada con sal” (Col 4,6), con la fortaleza de aceptar el mal sin devolverlo, asumiéndolo con el perdón propio de la caridad.

La acción de la sal continúa con la tolerancia de las injurias y el despojo, como dice san Pablo: “¿Por qué no preferís soportar la injusticia? ¿Por qué no os dejáis más bien despojar?” (1 Co 6,7).

Pero el culmen de la virtud de la sal está en la aceptación del mal del que somos objeto: “Pues yo os digo: no resistáis al mal” (Mt 5,39).

El Señor ha encendido en el discípulo la luz de su amor, que le ha sacado de las tinieblas y de los lazos de la muerte, dándole la misión de mantenerla encendida y visible en el lugar eminente de la cruz, donde Él la ha colocado en su Iglesia, y de llevarla hasta los confines del orbe para que el mundo reciba la vida que a Él le ha resucitado y, por el conocimiento del temor de Dios, pueda ser librado de los lazos de la muerte: “De modo que la muerte actúa en nosotros, mas en vosotros la vida” (cf. 2 Co 4,12).

Esta es la voluntad y la gloria del Padre: que los discípulos demos el fruto abundante de iluminar a los hombres en el conocimiento de su amor, que brilla en el rostro de Cristo, y de consolidarlos en la perseverancia de su salvación.

Pretender armonizar esta vocación y esta elección —que conllevan una transformación semejante y una consagración de estas características— con la vieja realidad mundana sumida en tinieblas y corrupción será la tentación a la que los discípulos y la Iglesia misma tendrán que enfrentarse constantemente: “Seremos como las naciones, como las tribus de los otros países, adoradores del leño y de la piedra” (Ez 20,32). Ya san Pablo previno de esta tentación a los fieles de Roma: “No os acomodéis al mundo presente” (Rm 12,2).

El discípulo está llamado a evangelizar, y no a sucumbir a las seducciones de un mundo pervertido, asimilando sus criterios de equívoca racionalidad, aparente bondad y atrayente modernidad, travestida de realización humana, cultural y científica. Así ha presentado desde antiguo el fruto mortal el “padre de la mentira”, disfrazado de luminosa sinceridad (cf. 2 Co 11,14). Tentación, en definitiva, de desvirtuar la sal y de ocultar la luz bajo el celemín, ante la que Cristo previene a sus discípulos, advirtiéndoles de la tremenda consecuencia que lleva consigo: “Ser pisoteados por los hombres”.

Cuando contemplamos cómo, en nuestros días, los hombres desprecian a la Iglesia y pisotean sus más sagrados criterios, podemos pensar que son muchas las causas de la existencia y de la actuación del “misterio de la iniquidad”. Sin embargo, no podemos dejar de preguntarnos acerca de nuestra posible responsabilidad en el extravío y alejamiento de los hombres, a quienes se nos ha encomendado iluminar y preservar de la corrupción, habiendo sido constituidos luz y sal para el mundo.

El Apocalipsis anuncia la aparición de terribles bestias surgidas del abismo que asolarán la tierra en distintas épocas. Pero ¿podemos afirmar con total convencimiento que ninguna de las causas que gestaron el Cisma de la Iglesia de Oriente, la Reforma protestante o la Revolución francesa es atribuible, en alguna medida, a la deficiente respuesta de los discípulos a su misión de ser sal de la tierra y luz del mundo?

¿Acaso una medrosa actitud conservadora a ultranza e inmovilista, que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, un hermetismo doctrinal, un ritualismo de ventanas cerradas que, a fuerza de ir enrareciendo el aire, puede llegar a corromperlo hasta la asfixia, no es un meter la luz debajo del celemín?

Son las puertas del infierno las que “no prevalecerán” ante la Iglesia, que las combate evangelizando con las armas de la luz suscitadas por el Espíritu, y no las de una Iglesia agazapada que trata de resistir el furibundo embate de un infierno que ha sido ya vencido en la cruz de Cristo.

Entre ambas tentaciones, conservadora o secularizante, la Iglesia y cada discípulo estamos llamados a discernir el suave y saludable ventear de la brisa del Espíritu, que “sopla donde quiere” sin dejarse predeterminar ni mediatizar en su libérrima voluntad, y sin imponerse con prepotencia y obstinación a nuestra propia voluntad, que ha sido predestinada libre, por el Amor y para amar. A nosotros corresponde la responsabilidad de no extinguir el Espíritu allí donde se manifiesta y de no tratar de enmendar su obra con las obstinadas manipulaciones de nuestra vanidad, en una apertura humilde a la Palabra de Dios, que es “lámpara para mis pasos y luz en mi sendero”.

  Que así sea.

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Lunes 10º del TO

Lunes 10º del TO 

Mt 5, 1-12

Queridos hermanos:

Dios ha creado al hombre para que comparta con Él su vida beata, y ha puesto en su corazón una tendencia insaciable a la bienaventuranza que llamamos felicidad. Si tal es nuestra vocación, inscrita en lo más profundo de nuestro ser —la comunión con Dios— podemos comprender el estado constante de frustración que experimenta el hombre en la medida en que se aleja del Bien que lo constituye. Precisamente para hacer posible que el hombre alcance su bienaventuranza, de la que se había apartado por el pecado, nos fue enviado Cristo, “vida nuestra”, en quien Dios —su vida beata y nuestra bienaventuranza— se ha encarnado y se nos da por gracia en lo que llamamos el Reino de Dios.

Ante Jesús está la muchedumbre y están sus discípulos, quienes, habiendo creído en Él, han arrebatado el Reino de los Cielos. La muchedumbre está también llamada a poseerlo acogiendo la predicación; por eso hay dos bienaventuranzas que se refieren al presente del discípulo, y las demás al futuro de la muchedumbre llamada a creer. Las bienaventuranzas dirigidas a los discípulos, situadas al principio y al final del discurso, abrazan a las demás y, con ellas, a la muchedumbre, invitándola a entrar. Los discípulos son los pobres de espíritu y los perseguidos por abrazar la justicia que viene de Dios, justicia que los introduce en el Reino. Ambas —pobreza y persecución— los acompañarán hasta el final del camino, hasta la meta.

La Palabra nos hace contemplar el Reino que Cristo viene a inaugurar en el corazón del hombre, completamente opuesto al espíritu del mundo. Lo poseen los humildes y los perseguidos por abrazar la justicia. Los mansos, los atribulados, los contritos de corazón, los misericordiosos, los puros y los pacíficos —cuyo corazón debe estar conformado a Cristo— tienen la promesa de poder alcanzarlo.

Este Reino lleva consigo una invitación a recibirlo y un cambio total en quien lo acoge por la fe. Para algunos es esperanza; para otros, posibilidad de conversión; pero para todos implica un combate y un hacerse violencia para poder arrebatarlo. Dice el Señor que el Reino de los Cielos viene sin dejarse sentir, sin imponerse, y adquiere fuerza con nuestra adhesión humilde y libre.

Esta pertenencia al Reino caracteriza al discípulo por su humildad —pobreza espiritual, mansedumbre, paciencia en el sufrimiento—, habiendo sido curado de la soberbia y del orgullo, que son rebeldía a su condición de criatura. Por eso nadie puede gloriarse ante el Señor sino en el Señor, como dice san Pablo. El Señor viene a decirnos: quienes poseéis estos dones por causa mía, gracias a mí, ¡alegraos!, ¡gozaos!, porque vuestra recompensa es grande en los cielos, y de ella gozaron los profetas perseguidos antes que vosotros.

Ahora nosotros, según seamos los pobres de espíritu, los perseguidos por vivir según la justicia reputada a nuestra fe, o los demás de los que habla el Evangelio, estamos llamados a ser un día bienaventurados como los santos, en medio de la muchedumbre inmensa de la que habla el Apocalipsis (Ap 7,9). San Pablo recordará a los Tesalonicenses: “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (cf. 1 Ts 4,3). En los albores del cristianismo, así se denominaba a los miembros de la Iglesia. En la primera carta a los Corintios, por ejemplo, san Pablo dirige su discurso “a aquellos que han sido santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, junto a todos los que en todo lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo”.

La santidad consiste en que sea derramado en nuestro corazón el amor de Dios por obra del Espíritu Santo, y santo es quien permanece en este don, según la palabra del Señor: “Permaneced en mi amor”.

En efecto, decía el Papa Benedicto que el cristiano es ya santo porque el Bautismo lo une a Jesús y a su misterio pascual; pero, al mismo tiempo, debe convertirse y conformarse a Él cada vez más íntimamente, hasta que sea completada en él la imagen de Cristo, el Hombre celeste. A veces se piensa que la santidad es un privilegio reservado a pocos elegidos. En realidad, ser santo es el deber de cada cristiano; es más, podemos decir: ¡de cada hombre! Escribe el Apóstol que Dios, desde siempre, nos ha bendecido y elegido en Cristo para “ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor”.

Todos los seres humanos estamos llamados a la santidad, que en última instancia consiste en vivir como hijos de Dios, en aquella “semejanza” con Él según la cual hemos sido creados. Todos los seres humanos son hijos de Dios en sentido lato, y todos deben convertirse en aquello que son mediante el camino exigente de la libertad. Dios invita a todos a formar parte de su pueblo santo. El Camino es Cristo, el Hijo, el Santo de Dios: nadie va al Padre sino por Él (cf. Jn 14,6).

Que la fidelidad de los santos a la voluntad de Dios nos estimule a avanzar con humildad y perseverancia en el camino de la santidad, siendo en todas partes testigos valientes de Cristo. Ellos, que han vencido en las pruebas, pueden con su intercesión ayudarnos ahora en el combate. Nuestra esperanza se fortalece, y en ella se van quemando las impurezas de nuestra debilidad.

 Que así sea.

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