Lunes 20º del TO

Lunes 20º del TO

Mt 19, 16-22

Una cosa te falta...

Queridos hermanos, el Señor no entra en razonamientos humanos cuando se le acerca aquel llamado “joven” rico. Su respuesta es clara, directa, como la luz que disipa las sombras: “¿Por qué me preguntas lo que la Escritura afirma con tanta claridad? Escucha, Israel: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo. Haz esto y vivirás.”

Jesús no le habla de teorías, sino de mandamientos. Porque toda la Ley y los profetas penden de ese amor. Y es aquí donde se revela la falta del joven: ha cumplido, según él, los mandamientos del amor al prójimo, pero le falta lo esencial, el fundamento, la raíz de toda vida espiritual: amar a Dios sobre todas las cosas.

Quien ama así, cumple la Ley. Y de ese amor brota la salvación. Pero quien pretende compartir su amor a Dios con el apego a sus bienes, termina por despreciar a Dios y amarse a sí mismo, equivocada y carnalmente. Por eso los apóstoles se preguntan: “¿Quién podrá salvarse?” Y Jesús les responde con verdad: “Eso no es posible para los hombres.” Sólo el conocimiento trinitario de Dios, es decir, la experiencia viva de su amor, de su Espíritu y de su gracia, puede abrirnos a esa posibilidad.

Lo mismo nos enseña el pasaje de Lucas, cuando habla del rey que, con diez mil hombres, quiere enfrentarse al que viene contra él con el doble de fuerzas (cf. Lc 14,31). Es necesario discernir nuestra impotencia, reconocer nuestra debilidad, para buscar ayuda en Dios con todo nuestro ser. Porque “todo es posible para Dios.”

Aquel joven rico se encontró con el Maestro bueno. Quería obtener de Él la certeza de la vida eterna, que el cumplimiento externo de la Ley no le había dado. Pero Cristo le confronta: ¿Qué tanto me consideras maestro y bueno, si sólo Dios es bueno? ¿Estás dispuesto a creer que en mí está tu Señor y tu Dios?

Sabemos que se marchó triste. Tenía muchos bienes. Pero su tristeza no era por los bienes en sí, sino porque su amor a Dios no fue capaz de superar el amor que sentía por sus posesiones. No pudo creer que en Jesús estaba el tesoro escondido, la perla preciosa. No discernió el valor de lo que tenía ante sus ojos. Y por eso, no vendió todo para seguirle.

Jesús le dijo: “Una cosa te falta.” No como una añadidura, sino como el fundamento de su religión: amar a Dios más que a sus bienes.

Es curioso que en Marcos y Lucas el joven hable de “herencia”, como si esperara recibir la vida eterna sin esfuerzo, como se reciben los bienes heredados. Pero el desenlace lo confirma: no estuvo dispuesto a vender sus bienes. Según Mateo, parecía dispuesto a hacer algo, pero no fue así.

Jesús parece decirle: “Has heredado muchos bienes y quieres asegurarlos para siempre. Pero en el cielo esos bienes no tienen valor, si no son salados aquí por la limosna.” La vida eterna es herencia de los hijos. Por eso, cuando hayas vendido tus bienes, “ven y sígueme.” Hazte discípulo del Maestro bueno. Cree, y llegarás a amar incluso a tus enemigos. Entonces serás hijo de tu Padre celestial, y tendrás derecho a la herencia de la vida eterna.

En nosotros habita la muerte, consecuencia del pecado. Pero Cristo la ha vencido. Aquella parte de nosotros que abrimos a Él es redimida y transformada en vida. Aquella que nos reservamos, permanece sin redimir, en la muerte.

La Escritura nos llama a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Sólo abriéndonos completamente a Él, nos abrimos a la vida eterna. Hay que amar a Dios con todas las tendencias del corazón, con toda la existencia, y por encima de toda criatura, para alcanzar la Vida.

Una cosa le faltaba al joven rico: acoger la gracia que abre el corazón y las puertas del Reino. La certeza de la vida eterna se nos ha manifestado en el rostro de Cristo. Y tenemos experiencia de ella por su cuerpo y su sangre, pues “el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna.”

Pero la carne de Cristo es su entrega por todos los hombres. Su sangre es la oblación derramada para el perdón de los pecados. Nos hacemos uno con Él cuando nuestra vida se convierte también en entrega. Cuando nos negamos a nosotros mismos, tomamos la cruz y lo seguimos.

Porque dice el Señor: “Donde yo esté, allí estará también mi servidor.” “Yo lo resucitaré en el último día.” Y tendrá vida eterna.

  Que así sea.

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Domingo 20º del TO A

 

Domingo 20º del TO A 

Is 56, 1.6-7; Rm 11, 13-15.29-32; Mt 15, 21-28

Queridos hermanos:

Aparece la fe como protagonista de esta Palabra, pero la fe de los gentiles, que contrasta con la incredulidad de los “hijos”, quienes rechazan el “pan” tirándolo al suelo, donde lo comen los “perritos”. Las profecías sobre la llamada universal de todos los hombres al conocimiento de Dios se cumplen con la llegada de Cristo. Él es la casa que Dios se ha construido en el corazón del hombre, “para todos los pueblos”.

Para san Pablo, el endurecimiento de Israel no es sino un paso intermedio por el cual los gentiles tendrán acceso al Santuario de Dios por la fe en Cristo. Es la fe lo que los sienta a la mesa y los hace partícipes del “pan de los hijos”: “Os digo que los sentaré a mi mesa y, yendo de uno al otro, les serviré”. “Por eso os digo que vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, mientras vosotros os quedaréis fuera”. En el camino de búsqueda de las ovejas perdidas, Cristo se apiada de los “perritos”.

La fe no hace acepción de personas, naciones ni lenguas, y aunque ha sido enviado “a las ovejas perdidas de la casa de Israel”, hoy Cristo va a la región de Tiro y Sidón para encontrar la fe de una mujer, como lo hace también en Sicar para encontrarnos en la samaritana y plantar la semilla del Reino más allá de las fronteras de Israel. En efecto, san Agustín ve en ella a la gentilidad llamada a ser la Iglesia, esposa de Cristo.

Las sobras de los niños sacian a los “perritos” que saben apreciarlas, hasta hacer de ellos “hijos”. La fe de la madre obtiene para la hija —que ni siquiera conoce a Cristo— la garantía de la curación, como testimonio de la salvación en Cristo, que conduce al conocimiento de Dios.

Nos es desconocida la llamada con la que Dios ha movido a la mujer a la súplica y ha propiciado su encuentro con Cristo y su consecuente profesión de fe, que expulsa al diablo. La iniciación cristiana de la niña seguirá el proceso inverso al de la madre, como suele suceder con los hijos de padres cristianos: de la curación gratuita deberá pasar a la acogida del testimonio materno. La gratuidad del amor de Dios tiene sus propios caminos, pero todos concurren en la salvación de quien los acoge.

Si hoy nosotros estamos sentados a la mesa del Reino y comemos del Pan que nos sacia y da la Vida Eterna, es porque hemos acogido el don gratuito de la fe transmitido por nuestra madre la Iglesia, que nos hace hijos. Y, como en el caso de la samaritana y de la sirofenicia, también nosotros somos invitados a proclamar nuestra fe en Cristo a quienes el Señor ponga junto a nosotros.

  Proclamemos juntos nuestra fe.

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La Asunción de la Virgen María

La Asunción de la Virgen María

Vigilia: 1Cro 15, 3-4.15-16.; 16, 1-2; 1Co 15, 54-57; Lc 11, 27-28.

Misa del día: Ap 11, 19-12, 10; 1Co 15, 20-26; Lc 1, 39-56.

María, Asunta al Cielo: Signo de Esperanza y de Victoria

Queridos hermanos:

Hoy contemplamos con asombro y con gozo la gloriosa Asunción de la Santísima Virgen María. Ella, la llena de gracia, ha sido elevada al cielo en cuerpo y alma. Esta es la verdad luminosa que la Iglesia proclama con júbilo cada 15 de agosto: María no conoció la corrupción del sepulcro, porque tampoco fue tocada por la mancha del pecado original. Su cuerpo, templo del Espíritu Santo, fue preservado de la descomposición, y su alma, pura desde el principio, fue abrazada por la gloria eterna.

Desde el siglo VI, en Palestina, se celebra esta fiesta como memoria de la Dormición de la Virgen. En Jerusalén, junto al Huerto de los Olivos, se veneraba un sepulcro del que —según la tradición— María fue llevada al cielo. Hoy, gracias a las visiones de la beata Ana Catalina Emmerick, también resplandece la tradición de su Dormición en Éfeso, donde se dice que la Madre del Señor cerró sus ojos a este mundo para abrirlos a la eternidad.

San Juan Damasceno, con lenguaje poético y teológico, nos dice:

“La comunidad de los apóstoles, transportándote sobre sus espaldas a ti, que eres el Arca verdadera del Señor, como en otro tiempo los sacerdotes transportaban el arca simbólica, te depositaron en la tumba, a través de la cual, como a través del Jordán, te condujeron a la verdadera Tierra Prometida, a la Jerusalén de arriba, madre de todos los creyentes, cuyo arquitecto es Dios.”

¡Qué imagen tan poderosa! María, como la reina Ester, entra en el palacio del Rey, no para descansar, sino para interceder. No se olvida de su pueblo, no abandona a sus hijos. El papa San Juan Pablo II nos recuerda que “la mediación de María tiene el carácter de intercesión” (Redemptoris Mater, 21). Ella es signo de esperanza, como lo fue Ester, que salvó a Israel confiando en Dios.

María es la primera entre los redimidos. En ella, el poder de Dios ha obrado maravillas. Su Inmaculada Concepción no la apartó de la humanidad, y su Asunción no la aleja de la Comunión de los Santos. Al contrario, la sitúa en el corazón de la Iglesia celestial. Revestida del Sol, coronada de estrellas, María nos muestra la victoria de Dios sobre el pecado y la muerte. Ella es la primera glorificada, la primera testigo viviente de la resurrección.

En su persona, María proclama que el Reino de Dios ya ha comenzado. Su Asunción es anticipo de lo que esperamos: la resurrección de la carne y la vida eterna. Como dice el símbolo apostólico, lo que confesamos para nosotros, lo vemos cumplido en ella.

La Iglesia enseña:

“La Madre de Jesús, ya glorificada en los cielos en cuerpo y alma, es imagen y principio de la Iglesia triunfante, que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura.”

“Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de la vida terrena, en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (Ap 19,16) y vencedor del pecado y de la muerte” (Lumen Gentium, 59).

Contemplando a María, la Iglesia camina hacia la Parusía, hacia la gloria que nos ha sido prometida. Ella nos precede como Madre, como Esposa, como modelo de fe. Y mientras peregrinamos por este mundo, María nos acompaña con corazón materno. Como proclama el prefacio III del Misal:

“Desde su Asunción a los cielos, María acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina y protege sus pasos hacia la patria celeste, hasta la venida del Señor.”

Hermanos, miremos a María. En ella vemos nuestro destino. En ella se anticipa nuestra victoria. Que su presencia gloriosa nos anime a vivir con fe, a caminar con esperanza, y a amar con corazón puro. Que su intercesión nos sostenga hasta que, como ella, podamos contemplar el rostro del Padre en la gloria eterna.

Amén.

  Proclamemos juntos nuestra fe.

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Viernes 19º del TO

Viernes 19º del TO

Mt 19, 3-12

Queridos hermanos:

Hoy el Evangelio nos habla del matrimonio, del repudio y del celibato.

Dios ha creado al “hombre”, varón y hembra, para que en esta vida formen una unión fecunda, y los ha unido en una sola carne para que puedan cumplir su primer precepto: “Creced y multiplicaos”. Para ello, superando los lazos naturales con sus padres, “dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer”, creando vínculos nuevos a través de los cuales la vida se abra camino, llegue a poblar la tierra y la someta, completándose así el número de los hijos de Dios en el Reino que irrumpe con Cristo y culmina con su parusía.

Que Dios haya creado junto al hombre una sola mujer y no varias apunta al proyecto de su voluntad respecto a la unicidad de la unión: hombre y mujer, y no hombre y mujeres, con la gran repercusión que esto tiene en el orden del amor entre los esposos y con los hijos. Ambos se dan y se reciben totalmente, sin compartir su entrega con nadie ajeno, de modo que la unión no quede relativizada ni disuelta por la pluralidad.

Abandonar esta misión por cualquier motivo no forma parte del plan originario del Creador al formar al hombre a imagen de su amor fecundo y a semejanza de su unidad y comunión inquebrantables. Será siempre la pérdida o la corrupción de esta imagen y semejanza lo que pervierta el plan originario de Dios, o lo deje entre paréntesis en alguno de sus aspectos, en espera de su redención. Con la vuelta al “principio”, anterior al pecado —puesto que el pecado es perdonado en Cristo y se nos concede el Espíritu Santo— el repudio, como concesión a la incapacidad de la naturaleza caída, ya no tiene justificación alguna.

Solo en función del desarrollo del Reino —al que sirve también la fecundidad humana— será dada a la persona, como explica san Mateo, la capacidad de renunciar a la unión conyugal y a la fecundidad para dedicarse plenamente al servicio del Reino. Esto tendrá su pleno efecto cuando el Reino llegue a su plenitud en la vida futura de la bienaventuranza. Entonces lo instrumental dará paso a lo esencial: ni disminuirán ni aumentarán los bienaventurados, y la fecundidad procreadora habrá concluido su misión. La comunión espiritual será plena entre los bienaventurados e indisoluble en el Señor.

Sea cual sea la misión a la que el Señor nos conceda dedicar esta vida, estará siempre en función de la vocación única, eterna y universal al amor, por la que hemos sido llamados a la existencia y a la que nos unimos en la Eucaristía. Este es, por tanto, nuestro cometido en esta vida, como dice san Pedro (2 Pe 1,11): “Hermanos, poned el mayor empeño en afianzar vuestra vocación y vuestra elección. Así se os dará amplia entrada en el Reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”.

 Que así sea.

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Jueves 19º del TO

Jueves 19º del TO

Mt 18, 21-19, 1

El perdón y la misericordia divina

Queridos hermanos, llegará el día del juicio, y si somos acusados por nuestra falta de misericordia, no tendremos excusa. ¿Cómo podríamos justificar nuestra dureza de corazón, después de haber sido tratados con tanta bondad por el Dios de la misericordia? Porque el perdón cristiano no es una simple formalidad: es una restitución, una respuesta viva al amor gratuito que hemos recibido de Dios en Cristo. Es devolverle, con nuestras obras, la misericordia que Él ha derramado sobre nosotros.

Basta una mirada al Antiguo Testamento para contemplar la obra de Dios cuando se acerca al corazón del hombre. En el Génesis leemos: “Caín será vengado siete veces, mas Lamec lo será setenta y siete” (Gn 4, 23-24). ¡Qué misterio! La misericordia de Dios crece en proporción, superando siempre la maldad del hombre. Pero es con la irrupción del Reino en Cristo que el corazón humano queda verdaderamente inundado por el torrente de la misericordia divina. Jesús lo proclama: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22). ¡Infinita misericordia! ¡Inagotable perdón!

En el Evangelio, el Señor nos enseña: “Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces vuelve a ti diciendo: ‘Me arrepiento’, le perdonarás” (Lc 17, 3-4). La primera condición del perdón “entre hermanos” es el arrepentimiento. Porque a la ofensa, ha precedido la misericordia. Dios los ha amado y perdonado primero. Y esa misericordia recibida obliga, en justicia, al arrepentimiento y al perdón. Mateo lo subraya con fuerza (Mt 18, 15-17): quien no perdona, se separa del seno de la comunión, que es el hogar de la misericordia.

La segunda característica del perdón es la de ser ilimitado. Pedro, con su espontaneidad, cree que perdonar siete veces es ya mucho. Pero Jesús le responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22). ¿Por qué? Porque así es como Dios te perdona cada vez que se lo pides. ¿Y para qué, si no, te ha sido dado el Espíritu Santo, sino para que seas misericordioso como tu Padre celestial?

Cuando alguien se acerca y dice “perdón”, es Dios mismo quien, por su gracia, se presenta en quien se humilla. ¿Cómo rechazar esa gracia de conversión? ¿Cómo negar el perdón a quien Dios ha tocado? ¿Cómo negar el perdón siete veces al día, si el justo también cae siete veces y necesita la misericordia cotidiana de Dios?

Hemos escuchado la parábola del siervo sin entrañas. Y el Señor concluye: “Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano” (Mt 18, 35). Porque Dios te ha perdonado mucho más. Y cuando tú perdonas, no solo acoges a Dios: actúas como Él. Realizas sus obras. Dios mismo actúa en ti. Das testimonio de su presencia, porque la misericordia es de Dios. El que es perdonado, recibe el amor de Dios y es evangelizado. Y esta es su voluntad: “Misericordia quiero” (Mt 9, 13; 12, 7; Os 6, 6).

El perdón gratuito de Dios es amor, y ese amor engendra más amor. Perdonando, justificas al otro, lo regeneras, lo salvas. Destruyes en él la muerte y el mal. Y no solo eso: el perdón es universal. No se limita a los hermanos, sino que alcanza incluso a los enemigos. El amor y el perdón hacia ellos no requieren su arrepentimiento previo. Hay que amarlos aun en su obstinación. Negarles el perdón es apartarse de la filiación divina.

Jesús lo dice claramente: “Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial” (Mt 5, 44-45). Y añade: “Si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 6, 14-15).

Así pues, hermanos, cuando digamos: “Padre, perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido”, que no sean palabras vacías. Que sean verdad. Que sean vida. Que sean misericordia.

   Así sea.

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Miércoles 19º del TO

Miércoles 19º del TO

Mt 18, 15-20

El perdón como rostro de la misericordia

Queridos hermanos:

Dice el Señor en el Evangelio: “Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces vuelve a ti diciendo: ‘Me arrepiento’, le perdonarás.” (Lc 17, 3-4).

Hermanos, el pecado no puede ser ignorado. Necesita ser reprendido, no con dureza, sino con amor. Porque la misericordia verdadera no es indiferente: es exigente. Exige suscitar el arrepentimiento, para que pueda florecer el perdón. La misericordia de Dios no anula la justicia, sino que la mantiene en suspenso, mientras la gracia actúa en el alma del pecador. Misericordia, justicia y perdón no son fuerzas opuestas: son manifestaciones del Amor. Y el Amor, como nos enseña san Pablo, “es paciente” (1Co 13, 4). Paciente porque espera, paciente porque desea el bien, incluso cuando corrige, incluso cuando castiga, si ese castigo puede salvar.

El mal seduce, derriba, arrastra. Pero Dios no se cansa de llamar, de tender la mano, de ofrecer su gracia. Y como sucede con todos los dones de su bondad, el hombre debe responder. Puede acoger o rechazar la iniciativa divina. La Escritura lo dice con claridad: “Mira, yo pongo hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal.” (Dt 30, 15). Dos caminos. Dos respuestas. Una elección.

La primera característica del perdón entre discípulos es que implica el arrepentimiento. Porque antes de que uno ofenda, ya ambos han sido alcanzados por la misericordia de Dios. Y esa misericordia recibida obliga, en justicia, a responder con misericordia. Mateo lo expresa con fuerza: “Si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma contigo uno o dos más, para que todo asunto se resuelva por la palabra de dos o tres testigos. Si no los escucha, dilo a la comunidad. Y si ni siquiera a la comunidad escucha, considéralo como gentil y publicano.” (Mt 18, 15-17).

No es solo una cuestión de reconciliación personal. Es la restauración de la comunión, de la misión sacramental de la Iglesia ante el mundo. Porque hemos sido llamados, como dice el profeta Isaías: “Yo, el Señor, te he llamado en justicia, te he tomado de la mano, te he formado, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las naciones.” (cf. Is 42, 6; 49, 6).

La segunda característica del perdón es su carácter ilimitado. Pedro, con su espontaneidad habitual, cree que siete veces es un límite generoso. Pero Jesús lo corrige: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.” (Mt 18, 21-22).

El perdón no tiene medida, porque el amor de Dios no tiene medida. Así como Él te perdona cada vez que se lo pides, así también tú debes perdonar. San Pablo lo recuerda en su carta a los Romanos: “Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros... y ahora, justificados por su sangre, seremos salvos por Él.” (cf. Rm 5, 1-11).

  Que así sea.

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Martes 19º del TO

Martes 19º del TO

Mt 18, 1-5.10.12-14

La grandeza de hacerse pequeño

Queridos hermanos, frente a la soberbia diabólica que se manifiesta en el afán de poder y dominio, Cristo ha querido revelarse en los pequeños. Él mismo se ha hecho el último y el servidor de todos. Así, quien se hace pequeño por el Reino, permite que quien lo acoge en nombre de Cristo, acoja al mismo Dios que lo ha enviado.

Cuando alguien se presenta con prepotencia, con arrogancia y deseo de imponerse, no hace presente a Cristo, sino al enemigo. Por eso, los discípulos de Cristo, llamados a ser enviados, deben hacerse pequeños, como niños, para el bien de quienes los reciben en su nombre.

Recordemos las palabras del Señor:

«Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa.»

¡Qué grande es el misterio del Reino! Atribuimos muchas insidias a los demonios, y somos relativamente conscientes de la fuerza de la concupiscencia. Pero, ¡cuánto descuidamos invocar la ayuda celeste! Nos creemos autosuficientes, olvidando que nuestra verdadera fuerza está en la solicitud infinita del amor divino. Como nos dice el Señor:

“Sin mí no podéis hacer nada.”

Cristo mismo nos habla de los ángeles custodios de los que creen. Ellos ven constantemente el rostro del Padre, y nos ofrecen una ayuda y protección singular. Escuchemos el Evangelio:

«Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños que creen en mí; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos.» (Mt 18,10)

Incluso al Mesías le fueron asignados los auxilios de los ángeles, como proclama el salmista:

«A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna.» (Sal 91,11-12)

En la iniciación cristiana, la Iglesia parte del anuncio del Kerigma, de la centralidad de Cristo y del amor de Dios. Pero junto al descubrimiento de nuestra fragilidad, se nos revelan los auxilios de la gracia: la Virgen María, los santos, y también los ángeles, que nos asisten frente a la existencia y actividad del Enemigo.

El Evangelio nos habla de los ángeles en el contexto de los pequeños, identificados con los discípulos. El pequeño se opone al soberbio, y el discípulo, al demonio. Al discípulo le acompaña un ángel, servidor de Dios. La humildad del pequeño lo acerca a la obediencia, al servicio y al amor.

Despreciar a un pequeño en Cristo es situarse del lado de los soberbios, de los demonios, contrarios a Dios. Por eso, hermanos, es necesario hacerse pequeño, como un niño en la fe, para ser introducido en el Reino. Y para ello, vienen en nuestra ayuda los ángeles del Señor, custodios nuestros por la divina piedad.


 Que así sea.

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