Santísimos Cuerpo y Sangre de Cristo A
Dt
8, 2-3.14-16; 1Co 10, 16-17; Jn 6, 51-59
Queridos hermanos:
Si hacemos memoria de la vivencia eucarística de los primeros tiempos del cristianismo —recordando, por ejemplo, a los mártires de Abitinia, sacrificados en la persecución de Diocleciano en el año 304 por reunirse a celebrar la Eucaristía: «Sin la Eucaristía no podemos vivir»— comprenderemos la preocupación de la Iglesia al comprobar cómo la vivencia eucarística del domingo se iba enfriando, hasta convertirse en una práctica religiosa de piedad, muy alejada de la actualización del Memorial del Misterio Pascual del Señor, origen de nuestra Redención.
El
surgir de una nueva piedad eucarística en el Medioevo, que acentuaba la
presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento; las revelaciones a la
beata Juliana; y la proliferación de los milagros eucarísticos, entre otras
causas, dieron origen a la fiesta en 1246 de forma local, hasta que el papa
Urbano IV la extendió a toda la Iglesia en 1264. Con todo, solo en 1317 fue
publicada la bula de Juan XXII, por la que la fiesta fue acogida en todo el
mundo como la fiesta del Corpus Christi.
En
el siglo XV, y frente a la Reforma protestante, la procesión del Corpus
adquiere el carácter de profesión de fe en la presencia real de Cristo en el
Santísimo Sacramento de la Eucaristía.
En
1849, Pío IX instituyó la fiesta de la Preciosísima Sangre de Cristo, hasta que
en el nuevo calendario ambas celebraciones se fundieron en la Solemnidad de los
“Santísimos Cuerpo y Sangre de Cristo.”
En
la actualidad, y gracias a la renovación del Concilio Vaticano II respecto a la
Pascua y a la centralidad del Misterio Pascual en la vida de la Iglesia, la
celebración de esta fiesta adquiere un sentido nostálgico, superado por las
redescubiertas y profundas raíces bíblicas, con las que la efervescencia del
Espíritu ha renovado el corazón y la vida de los fieles, impulsándolos a una
“Nueva Evangelización”, fruto del encuentro personal con Cristo, que en su
eterna y siempre joven presencia en el mundo renueva la faz de la tierra.
Superando
la Ley con sus sacrificios, incapaces de cambiar el corazón humano para
retornarlo a la comunión definitiva con Dios, se proclama este oráculo divino
que leemos en la Carta a los Hebreos referido a Cristo: «No quisiste
sacrificios ni oblación, pero me has formado un “cuerpo”. Entonces dije: “He
aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad”». Y dice san Juan: «Y la Palabra
se hizo carne y puso su morada entre nosotros». Cristo, la Palabra, ha recibido
un cuerpo de carne para hacer la voluntad de Dios, entregándose por el mundo y
retornándolo a la vida: «Esta es la voluntad de mi Padre —dice Jesús—: que todo
el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna; el pan que yo le voy a dar
es mi carne por la vida del mundo». «En verdad, en verdad os digo: si no coméis
la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en
el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre, verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él». «El
Espíritu es el que da vida; las palabras que os he dicho son espíritu y son
vida». Comer la carne de Cristo, entrar en comunión con su cuerpo, es entrar en
comunión con su entrega por la salvación del mundo.
Habiendo
gustado el hombre en el paraíso el alimento mortal del árbol de la ciencia del
bien y del mal, que “le abrió los ojos” a la muerte, le era necesario comer del
otro árbol, situado también en el centro del paraíso, que lo retornase a la
vida para siempre. Y así como la energía del alimento mantiene vivo a quien lo
toma, así la vida eterna de Cristo pasa a quien se une a Él en el sacramento de
nuestra fe, que es su Cuerpo, fruto que pende del árbol de la cruz, árbol de la
vida, que por la fe en Jesucristo “abre ahora sus ojos”, dando acceso de nuevo
al paraíso. Como dice san Pablo: «Ahora, vosotros sois el Cuerpo de Cristo y
sus miembros» (1 Co 12,27).
Si
la figura pascual del Cuerpo y la Sangre de Cristo llevó tan gran fruto de
libertad en medio de la esclavitud de Egipto, ¡cuánto más la realidad de la
Verdad plena dará la libertad a toda la tierra, habiendo sido entregada por el
bien de toda la naturaleza humana!
Las lecturas nos presentan el maná, figura del pan del cielo que es Cristo, que baja del cielo y da la vida al mundo. La Eucaristía es su sacramento, que nos hace uno en Él y nos comunica vida eterna.
Que
nuestra lengua cante, como dice el himno eucarístico, el misterio del Cuerpo
glorioso y de la Sangre preciosa que el Rey derramó como rescate del mundo.