DAD EL FRUTO QUE PIDE LA CONVERSIÓN
LIBRO I (Mt
3, 8)
INTRODUCCIÓN PERSONAL
La primera palabra que la Iglesia pronuncia al mundo, desde el mismo día de Pentecostés, no es una teoría ni un sistema moral, sino una invitación que atraviesa los siglos con la misma fuerza:
“Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch 2, 28).
“Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados” (Hch 3, 19). “A los habitantes de Damasco, a los de Jerusalén, por todo el país de Judea y también a los gentiles he predicado que se convirtieran y que se volvieran a Dios, haciendo obras dignas de conversión” (Hch 26, 20).
Cuando los apóstoles anuncian la conversión, no están señalando con el dedo, sino abriendo una puerta. La conversión no es un reproche, sino una oportunidad. Es Dios mismo diciendo:
“Quiero que vivas de verdad y que seas fecundo”.
Ya en el AT, la llamada a la conversión muestra la voluntad salvadora del Señor:
“Aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda. Venid, pues, y disputemos —dice el Señor—: Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán” (Is 1, 17-18).
“Apartaos de vuestras basuras; de todas vuestras abominaciones apartad vuestro rostro” (Ez 14, 6).
“Apartaos de todos vuestros crímenes; no haya para vosotros más ocasión de culpa” (Ez 18, 30).
“Por
mi vida —oráculo del Señor—, que yo no me complazco en la muerte del malvado,
sino en que el malvado se convierta de su conducta y viva.
Convertíos, convertíos de vuestra mala conducta. ¿Por qué habéis de morir, casa de Israel?” (Ez 33, 11).
“Que se cubran de sayal y clamen a Dios con fuerza; que cada uno se convierta de su mala conducta y de la violencia que hay en sus manos” (Jon 3, 8).
La conversión es, por tanto, la respuesta libre a un Dios que no se cansa de buscarnos.
La Escritura insiste en que la conversión nace en lo oculto, allí donde nadie ve. En ese espacio interior pueden habitar la dureza, el cansancio, la indiferencia o el miedo. Pero es precisamente ahí donde Dios quiere entrar, no para humillar, sino para iluminar. Convertirse es permitir que Dios saque a la luz lo que está oculto, no para destruirlo, sino para sanarlo. Es dejar que Él indique la dirección, que tome nuestra mano y nos levante. La conversión no es un esfuerzo solitario: es una cooperación humilde con la gracia. Cuando Dios actúa, la vida cambia. La conversión verdadera produce frutos concretos: humildad, que reconoce la verdad sin miedo; misericordia, que abraza y perdona; justicia, que repara y restituye; obediencia, que escucha la voz de Dios; caridad, que se vuelve gesto y servicio; perseverancia, que no abandona cuando llegan las pruebas. Estos frutos no son imposiciones externas, sino la expresión natural de un corazón renovado.
Ya en el NT, la llamada a la conversión aparece con Juan el Bautista:
“Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos” (Mt 3, 2).
También Cristo hace suya la llamada de Juan:
“Comenzó Jesús a predicar y decir: ‘Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado’” (Mt 4, 17).
“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15).
En Él, la conversión ya no
es solo un cambio moral, sino un encuentro personal. Convertirse es volver el
rostro hacia Cristo, dejarse mirar por Él, permitir que su amor nos rehaga
desde dentro.
La conversión no es un
ideal lejano ni un proyecto para “cuando tenga tiempo”. Es una gracia que se
ofrece ahora. San Pablo lo resume con una fuerza que no admite evasivas:
Nos apremia porque sabe que sin Él nos perdemos, nos vaciamos, nos apagamos. Nos apremia porque quiere darnos una vida plena, fecunda, luminosa.
Por eso, la oración de la Iglesia, siguiendo la Escritura, es tan sencilla como poderosa:
“Conviértenos, Señor, y nos convertiremos”.
Es reconocer que todo
comienza en Él, que todo es posible para Él, que la conversión no es una carga,
sino un don.
Convertirse es permitir
que Dios vuelva a crear en nosotros un corazón nuevo. Es abrirse a la alegría
de ser perdonado, a la libertad de vivir en la verdad, a la fecundidad de una
vida guiada por el Espíritu. La conversión no es un paréntesis en la vida
cristiana: es su respiración. Es el movimiento continuo del alma que vuelve una
y otra vez a su Señor, sabiendo que en Él encuentra la vida.
Con su invitación amorosa a vivir en la verdad, Dios mira nuestro corazón y nos dice:
“Quiero que vivas de verdad y que seas fecundo”.
Y hoy, como en Pentecostés, la voz de Dios sigue diciendo:
“Vuelve a mí… y vivirás”.
(Tema II)
Necesidad
de transformación en un “cambio de época”
COMENTARIO PERSONAL
La constatación eclesial
del “cambio de época” es, ante todo, una afirmación magisterial según la cual
la Iglesia reconoce que no vivimos simplemente una época de cambios, sino un
cambio de época: una transformación estructural, cultural, antropológica y
espiritual tan profunda que modifica las coordenadas mismas desde las que el
ser humano comprende la realidad, a sí mismo y a Dios.
Comenzó a hablarse de “cambio de época” entre los finales de los años setenta y comienzos de los ochenta, y el concepto se consolidó pronto, aunque hoy se nos presente como algo actual, ignorando el medio siglo largo que la Iglesia ha vivido en consecuencia, convirtiendo la ignorancia en tabula rasa de la historia.
Ciertamente, la Iglesia, iluminada por el Espíritu, fue llamada a discernir que el mundo contemporáneo atravesaba una mutación histórica semejante a otras grandes transiciones —como la caída del Imperio Romano o la revolución industrial—. El resultado fue la aparición de una crisis espiritual que sustituía la trascendencia por la autorreferencialidad, y la fe se veía desplazada por espiritualidades difusas. Se trataba, pues, de realizar un discernimiento espiritual sobre el tiempo que Dios nos concedía vivir para anunciar el Evangelio.
La Iglesia reconoció los signos de los tiempos, interpretando su significado a la luz de la Revelación, y se orientó en consecuencia hacia la misión evangelizadora, asumiendo la realidad tal como es para anunciar el kerygma con renovada audacia. Lo que podía parecer un diagnóstico pesimista fue, en realidad, una llamada misionera que requería una auténtica conversión pastoral: pasar de una pastoral sacramental de conservación a una pastoral decididamente misionera, de evangelización; anunciar el corazón del Evangelio en un mundo fragmentado mediante la acción del Espíritu en la historia; recuperar la centralidad del kerygma, volviendo a la belleza del amor salvífico de Cristo muerto y resucitado.
La Iglesia reconoció, también, en ciertos sectores eclesiales, que Dios la llamaba a anunciar el Evangelio en un tiempo nuevo, con desafíos inéditos y oportunidades inmensas. No en una renuncia a la Tradición, sino en una lectura fiel de la historia desde Cristo, “el mismo ayer, hoy y siempre”.
Las primeras intuiciones sobre el cambio epocal provienen del Concilio Vaticano II (1965). El antecedente más remoto fue Gaudium et Spes, donde el Concilio afirmaba que la humanidad vivía una “nueva era de la historia” que reconocía una transformación profunda de las condiciones de vida.
El primer reconocimiento explícito posterior se dio en América Latina, en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Puebla, 1979), primer momento en que la Iglesia latinoamericana habla claramente de un cambio profundo en la vida de los pueblos, equivalente a un “cambio de época”. Los números 76–86 del documento final lo describen como una mutación cultural y espiritual.
Juan Pablo II, ya en 1983, da una respuesta pastoral introduciendo el término “Nueva Evangelización” de manera clara en Haití, ante el CELAM. Allí afirma que la evangelización debe ser: “Nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión”. Ese momento es considerado el nacimiento oficial de la expresión “nueva época”.
Juan Pablo II percibía que el mundo estaba entrando en una transformación profunda: secularización acelerada, nuevas culturas urbanas, crisis de sentido, caída de ideologías, globalización. No usó la expresión “cambio de época”, pero describe exactamente lo que después se llamaría así. Por eso propone una evangelización renovada en su ardor misionero, creativa en sus métodos e inculturada en su expresión.
Juan Pablo II retomó esta intuición en Christifideles Laici (1988), Redemptoris Missio (1990) y en numerosos viajes apostólicos. Así, la Nueva Evangelización se convierte en programa pastoral universal. En la IV Conferencia del CELAM (Santo Domingo, 1992) se constataba que la Iglesia vivía un nuevo momento epocal, retomando la intuición de Puebla y dándole alcance universal. El Documento de Aparecida (2007) (DA 33–34) emplea ya de modo sistemático la expresión “cambio de época”, describiendo una transformación global que afecta a la cultura, la fe y la vida social. Esta formulación será decisiva para el pontificado posterior. Desde entonces, la expresión se ha convertido en una clave interpretativa central del pontificado, retomada en discursos, entrevistas y documentos posteriores (por ejemplo, el discurso a la Curia en 2019).
El cambio de época fue el
diagnóstico histórico. La “Nueva Evangelización”, la respuesta pastoral
de Juan Pablo II en 1983.
(Tema
III)
La
conversión pastoral
COMENTARIO PERSONAL
Personalmente, mi transformación ante este “cambio de época” me llevó a dejar mi profesión para dedicarme durante doce años a evangelizar, como catequista itinerante, formando comunidades en España, Venezuela, República Dominicana y México; esa fue mi particular conversión pastoral. Después me llevó a ser ordenado sacerdote de la diócesis de Roma y a formar nuevos sacerdotes durante veinticinco años en Guadalajara, México, como rector de un seminario misionero.
Durante cincuenta y dos
años, con mi propia comunidad, la primera comunidad neocatecumenal de la
parroquia de Santo Tomás Apóstol de Valencia, he vivido mi compromiso
hebdomadario con la Palabra, los miércoles, celebrándola asiduamente,
hasta el día de hoy, y la Eucaristía cada sábado, lo que ha ido fortaleciéndonos
en la fe y en la misión evangelizadora.
Con estas premisas, los frutos de transformación eclesial y de conversión pastoral no se hicieron esperar, suscitándose la formación de 20.300 comunidades cristianas vivas, evangelizadas, evangelizadoras y misioneras, en 6.197 parroquias, de las que surgieron numerosas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, así como 116 seminarios diocesanos Redemptoris Mater en todo el mundo.
Lamentablemente, aunque los frutos sean cuantificables, no siempre se valora el árbol que los produce. Preferimos, con frecuencia, reunirnos alrededor de una mesa a programar sueños ideales y planes pastorales en los que pergeñar estrategias y procedimientos sesudos nacidos de nuestra coherencia, adaptando el lenguaje con conceptos novedosos de atrayente actualidad cultural, pero que, en tantas ocasiones, no consiguen superar su fase programática ni fecundar eficazmente lo que enuncian. En cuanto su ilusorio planteamiento debe enfrentar la constancia de una ardua dedicación que los lleve a cumplimiento, se desvanecen pronto las propuestas. La falta de motivación profunda y el desinterés subsiguiente frente al esfuerzo continuado dejan, tristemente, en papel mojado las conclusiones de turno, una y otra vez.
El problema consiste en pasar de una fase de toma de conciencia y de exposición de intenciones a una etapa de acción pastoral, asumiendo la ardua tarea de evangelizar, sosteniendo toda iniciativa con la disponibilidad vital al servicio de la misión. No solo son necesarios los documentos teóricos, sino las personas impulsadas por el Espíritu a gastar su vida por el Evangelio. Es necesario que el carisma se encarne en la comunidad eclesial, viendo transformarse la vida de las personas por la moción de la gracia.
No podemos olvidar que todo carisma que se encarna por la acción del Espíritu bebe del Don divino que encarnó a su propio Hijo en Cristo Jesús, para alcanzarnos el Reino de Dios en el Año de Gracia del Señor. Incontables carismas han brotado desde entonces, transformando a personas concretas en apóstoles, misioneros, evangelizadores y profetas. Todos ellos parten del Anuncio del Evangelio y lo encarnan en sus vidas, en el seno de una comunidad evangelizada, evangelizadora y misionera, tanto con su palabra como con su vida, por obra del Espíritu Santo. Documentos y propuestas pasan a un segundo o tercer lugar, resultando insignificantes en la transmisión de la fe que funda la vida cristiana y la comunidad, vida de la Iglesia y Reino de Dios ante un mundo por evangelizar.
CARTA
“OGNI QUALVOLTA”
DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Al venerado hermano monseñor Paul Josef Cordes, Encargado ad personam del apostolado de las comunidades neocatecumenales
Siempre que el Espíritu hace germinar en la Iglesia
impulsos de una mayor fidelidad al Evangelio, florecen nuevos carismas que
manifiestan tal realidad y nuevas instituciones que la ponen en práctica. Así
ha sucedido después del Concilio de Trento y después del Concilio Vaticano II.
Entre las realidades suscitadas por el Espíritu en
nuestros días figuran las comunidades neocatecumenales, cuya eficacia para la
renovación de la vida cristiana era acogida por mi predecesor Pablo VI como
fruto del Concilio: «Cuánta alegría y cuánta esperanza nos dais con vuestra
presencia y con vuestra actividad... Vivir y promover este despertar es lo que
vosotros llamáis una forma de después del bautismo que podrá renovar, en las
actuales comunidades cristianas, aquellos efectos de madurez y de profundización
que en la Iglesia primitiva se realizaban gracias al período de preparación al
bautismo» (Pablo VI a las comunidades neocatecumenales, audiencia general, 8 de
mayo de 1974, en Notitiae 96 [1974] 230).
También yo, en los numerosos encuentros que he tenido
como obispo de Roma, en las parroquias romanas, con las comunidades
neocatecumenales y con sus pastores, y en mis viajes apostólicos a muchas
naciones, he podido constatar copiosos frutos de conversión personal y un
fecundo impulso misionero.
Tales comunidades hacen visible en las parroquias el
signo de la Iglesia misionera y «se esfuerzan por abrir el camino a la
evangelización de aquellos que casi han abandonado la vida cristiana,
ofreciéndoles un itinerario de tipo catecumenal, que recorre todas aquellas
fases que en la Iglesia primitiva recorrían los catecúmenos antes de recibir el
sacramento del bautismo; les acerca de nuevo a la Iglesia y a Cristo» (cf. Catecumenato
postbattesimale en Notitiae 96 [1974] 229). Es el anuncio del
Evangelio, el testimonio en pequeñas comunidades y la celebración eucarística
en grupos (cf. Notificazione sulle celebrazioni nei gruppi del "Camino
neocatecumenale", en L’Osservatore Romano, 24 de diciembre de
1988) lo que permite a sus miembros ponerse al servicio de la renovación de la
Iglesia.
Numerosos hermanos en el episcopado han reconocido los
frutos de este Camino. Quiero limitarme a recordar al entonces arzobispo de
Madrid, monseñor Casimiro Morcillo, en cuya diócesis y bajo cuyo gobierno han
nacido, en el año 1964, las comunidades neocatecumenales que acogió con tanto
amor.
Después de más de veinte años de vida de las comunidades,
difundidas en los cinco continentes —teniendo en cuenta la nueva vitalidad que
anima a las parroquias, el impulso misionero y los frutos de conversión que
brotan del testimonio de los itinerantes y, últimamente, de la obra de las
familias que evangelizan en zonas descristianizadas de Europa y del mundo
entero; considerando las vocaciones a la vida religiosa y al presbiterado de
este Camino y el nacimiento de colegios diocesanos de formación al presbiterado
para la nueva evangelización, como el Redemptoris Mater de Roma; habiendo visto
la documentación por usted presentada—, acogiendo la petición que se me ha
dirigido,
reconozco el Camino
Neocatecumenal
como un itinerario de formación católica
válido para la sociedad y para los tiempos
de hoy.
Deseo vivamente, por tanto, que los hermanos en el
episcopado valoricen y ayuden —junto con sus presbíteros— a esta obra para la
nueva evangelización, para que se realice según las líneas propuestas por los
iniciadores, en espíritu de servicio al Ordinario del lugar y en comunión con
él, y en el contexto de la unidad de la Iglesia particular con la Iglesia
universal.
En prenda de este vivo deseo, imparto a usted y a cuantos
pertenecen a las comunidades neocatecumenales mi bendición apostólica.
Desde el Vaticano, a 30 de agosto de 1990, XII de
pontificado.
JUAN PABLO II
Esta carta es uno de los
textos que preparan el camino hacia la Nueva Evangelización, formulada
oficialmente en 1983. Es un documento que muestra a Juan Pablo II como profeta
de la misión, capaz de leer espiritualmente los signos de los tiempos.