Pentecostés A

Pentecostés A (misa del día)

Hch 2, 1-11; 1Co 12, 3b-7. 12-13; Jn 20, 19-23

Queridos hermanos:

Celebramos la Pascua en el recuerdo de la efusión del Espíritu Santo que narra san Juan, cuando Cristo resucitado sopla sobre los apóstoles, y aquella que san Lucas presenta solemnemente en los Hechos de los Apóstoles, cuando la Iglesia nace al recibir su alma desde lo alto. Con la fuerza del Espíritu comienza el anuncio de la Buena Noticia a todas las gentes, que se reúnen en un solo corazón.

En este domingo, la Palabra está llena de contenido. Aparece la comunidad cristiana unida por el amor, como consecuencia de la obra realizada en ellos por Cristo. Los discípulos, incorporados a la comunión del Padre y del Hijo, reciben el Espíritu Santo, el don de la paz y de la alegría, y son investidos del munus de Cristo para perdonar los pecados, incorporando así a los hombres a la comunión con Dios. Esta será su misión: comunicar el amor de Dios que los ha alcanzado en Cristo.

Guiada por el Espíritu, la Iglesia es conducida al conocimiento profundo del Misterio de Cristo y permanece atenta a sus inspiraciones. Por Él, los fieles claman a Dios: «¡Abba!, Padre», y proclaman a Cristo como Señor. Él adoctrina a los apóstoles, inspira a los profetas, fortalece a los mártires, instruye a los maestros, une a los esposos, sostiene a los célibes y a las vírgenes, consuela a las viudas y educa a los jóvenes. De Él proceden la caridad y todas las virtudes.

Mediante el don del Espíritu, el hombre tiene acceso al Reino de Dios y es constituido miembro de Cristo, unido a su misión y fortalecido ante las adversidades.

La obra de Cristo en nosotros comienza suscitando la fe y culmina con el don de su Espíritu. Él será quien guíe la existencia y la misión de los discípulos, unidos definitivamente a Cristo.

Cristo ha sido enviado por el Padre para testificar su amor y para que, a través del Espíritu, recibamos la vida nueva para nosotros y eterna en Dios, fruto de la comunión de su amor: un solo corazón, una sola alma, unidos en la esperanza de la fe que actúa por la caridad. Así, visibilizando el amor que el Espíritu Santo derrama en nosotros, testificamos la Verdad que se nos ha manifestado, y el mundo es evangelizado para alcanzar la salvación.

  Proclamemos juntos nuestra fe.

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Vigilia de Pentecostés

Vigilia de Pentecostés

Ge 11, 1-9; Ex 19, 3-8.16-20; Ez 37, 1-14; Jl 2, 28-32. 3, 1-5; Rm 8, 22-27; Jn 7, 37-39

Queridos hermanos:

A través de la historia, y valiéndose de las Escrituras, Dios ha ido desvelando su voluntad de restablecer su plan de comunión eterna con Él en la gloria para toda la humanidad. El Hijo eterno del Padre será el encargado de manifestar este designio y llevarlo a cumplimiento: primero en su propia persona encarnada, siendo “Dios con ellos”; y después participándolo, siendo “Dios en ellos” por el don de su Espíritu Santo, con la misión de convocar a toda la humanidad a participar en su plan divino de instaurar su Reino eterno.

Los primeros discípulos fueron introducidos progresivamente en el conocimiento de este plan de salvación, que dará a luz una “nueva creación”, llamando a toda la humanidad a incorporarse al Reino de Dios.

Hoy conmemoramos el acontecimiento de la efusión del Espíritu, con el cual nace la Iglesia como pueblo, Cuerpo de Cristo y Reino de Dios. Israel fue liberado de Egipto en la Pascua y constituido pueblo en la alianza del Sinaí, que recordamos en Pentecostés. Así también, la humanidad redimida en la Pascua de Cristo, por la recepción del Espíritu, es constituida en pueblo de Dios el día de Pentecostés.

En los sequedales del desierto del corazón humano, separado de Dios por el pecado, el Señor ha colocado la Roca, que es Cristo, de cuyo seno brotan los torrentes de agua viva del Espíritu, como del Templo que vio Ezequiel, porque es en Cristo donde habita toda la plenitud de la divinidad. Para beber de esta agua es necesario creer en Cristo: «Beba el que crea en mí».

Quien bebe de esta agua del Espíritu queda saciado por la fe en Cristo, y esa misma agua se convierte en él en fuente que brota para vida eterna, para saciar a otros. Del mismo modo que quien recibe la luz del Espíritu se convierte en luz, así también quien recibe el agua viva se convierte en fuente, de cuyo seno brotan torrentes de agua viva, como del seno del Salvador, al que permanece unido por su fidelidad.

El hombre, sumergido en la profunda insatisfacción de su corazón y alejado de Dios a causa del pecado, es empujado a una incesante búsqueda de sí mismo y de Dios, en una sed insaciable que lo frustrará continuamente hasta que el “agua viva” del Espíritu sea derramada en su corazón por la fe en Cristo. Su deseo de escalar la gloria y la comunión humanas lo conduce a la gran confusión de Babel, narrada en el Génesis. De esta ansia han brotado, entre luces y sombras, religiones, cultos, magias y supersticiones, sin saber distinguir tantas veces entre dioses y demonios. Será Dios mismo, acercándose al hombre, quien lo conduzca a la comunión con Él, al encuentro consigo mismo y al descubrimiento de su incapacidad para dar vida a sus huesos calcinados. Será Dios quien vivifique, con el rocío de su Espíritu, los áridos despojos de quien, sediento, acuda a Cristo y crea en Él.

Solo la revelación de Dios por su Palabra es capaz de separar en el corazón humano la luz de las tinieblas, purificándolo para hacerlo digno de la presencia del Espíritu, fuente de aguas vivas y fuego devorador que lo fecunda en el amor, purificándolo siete veces. La efusión del Espíritu dará cumplimiento a la profecía de Joel: «Derramaré mi espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos tendrán sueños, vuestros jóvenes verán visiones. Y hasta sobre siervos y siervas derramaré mi espíritu en aquellos días».

Toda carne será empapada de vida y bautizada en el Espíritu. Esta es la profecía que toda la creación ansía con angustiosa espera: la comunión con Dios y con todos los hombres.

Como dice la Escritura: «¿Quién puede conocer tu voluntad, si tú, Señor, no le das la sabiduría y le envías tu espíritu santo desde el cielo?» (Sb 9,17).

Efectivamente, la acción del Espíritu Santo será siempre protagonista en la Nueva Creación, como nos enseña la Escritura:

En la gestación de Cristo: María estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Así se lo anunció el ángel: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios». Y así lo confirmó también a José: «No temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo».

Nosotros, por nuestra parte, aguardamos la promesa del Bautista referida a Cristo: «Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego». El Señor había dicho: «Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo». Él mismo fue anunciado a su madre por el ángel: «Será para ti gozo y alegría, y muchos se alegrarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre». Así, cuando María visitó a Isabel, «esta quedó llena de Espíritu Santo y exclamó: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre… Apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, el niño saltó de gozo en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas dichas por el Señor!”».

En la presentación del Señor, Simeón —hombre justo y piadoso— esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba con él. El Espíritu le había revelado que no vería la muerte antes de ver al Cristo del Señor.

En el bautismo del Señor: «Se abrió el cielo, bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma, y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo; yo hoy te he engendrado”». Después, «Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y era conducido por el Espíritu al desierto». Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder.

También en su vida pública: «Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo y dijo: “Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien”».

Del mismo modo que está en Cristo, el Espíritu estará en sus discípulos; Él mismo se lo entregará: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho». «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra». Y sopló sobre ellos diciendo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». «Después de haber dado instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido, fue elevado a lo alto». Y los discípulos «se llenaban de gozo y del Espíritu Santo».

Desde entonces, el Espíritu estará siempre en la Iglesia y acompañará a quienes predican el Evangelio: «Las Iglesias gozaban de paz… se edificaban y progresaban en el temor del Señor, y estaban llenas de la consolación del Espíritu Santo». «El Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra».

El Espíritu asistirá y designará a los apóstoles: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que estas indispensables». «Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que Él adquirió con la sangre de su propio Hijo».

San Pablo aseguraba: «El Espíritu Santo me testifica en cada ciudad que me aguardan prisiones y tribulaciones». «La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado». «El Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo». «El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en la fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo». «¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?» «Nadie puede decir: “Jesús es Señor” sino movido por el Espíritu Santo».

Guiando la evangelización: «El Espíritu Santo les había impedido predicar la Palabra en Asia». Y así había conducido también a los profetas: «Nunca profecía alguna vino por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios».

Podemos comprender ahora la advertencia de Jesús: «Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro».

Por último, estará presente también en las persecuciones: «No seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu Santo». «Como dice el Espíritu Santo: Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones». «El Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan». «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».

Acudamos, pues, a la Fuente que brotó en Pentecostés y que no deja de manar agua, aunque nosotros sigamos sedientos. Invoquemos al Viento impetuoso que sopla donde quiere, para discernir su camino y dejarnos conducir por Él. Abracemos al hermano en el amor de este Fuego que funde toda dureza y frialdad.

  Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 7º de Pascua

Sábado 7º de Pascua

Hch 28, 16-20. 30-31; Jn 21, 20-25

Queridos hermanos:

Con este final del Evangelio de Juan, la liturgia ha querido concluir las ferias de Pascua. Los evangelios no pretenden ser una narración exhaustiva de la vida de Cristo, sino un instrumento que nos ayude a creer (cf. Jn 20,31).

Hoy, el Evangelio nos recuerda que cada uno debe atender a su propia misión. La llamada es personal, como también lo es la misión. El Señor nos dice hoy: «Tú, sígueme». No nos corresponde querer saber lo que pertenece solo al Señor. Cada uno tiene su propia tarea, de la que deberá rendir cuentas, y su propia gracia para realizarla. Todo es gracia, pero toda gracia necesita nuestra aceptación para no ser estéril en nosotros, como afirma san Pablo (cf. 1Co 15,10).

Es Dios quien discierne y llama a quien quiere, otorgándole su gracia. Sin embargo, es el hombre quien, libre y diligentemente, debe responder acogiendo esa gracia que se le ofrece, sin mirarse a sí mismo, sino a Aquel que lo llama. Con su respuesta, debe situarse en el lugar que le corresponde, por encima de sus intereses y prioridades humanas. La voluntad humana debe dar paso a la voluntad de Dios; y podemos acoger o rechazar la llamada, que siempre es iniciativa divina.

Cristo es el amor de Dios hecho llamada, envío y misión, que se perpetúan en el tiempo a través de los discípulos invitados a su seguimiento. Toda llamada a la fe, al amor y a la bienaventuranza lleva consigo una misión de testimonio, cuyas raíces son el amor recibido y el agradecimiento. Sin embargo, existen también diversas funciones que el Espíritu suscita y sostiene por iniciativa divina para la edificación del Reino, así como distintos son los miembros del cuerpo, y que se convierten en prioridad para quien es llamado.

El seguimiento de Cristo es, por tanto, fruto de la llamada de Dios, a la cual el hombre debe responder libremente, anteponiéndola a cualquier otra cosa que pretenda acaparar el sentido de su existencia. La llamada está orientada hacia la misión y, en consecuencia, hacia el fruto, proporcionando la capacidad de responder y la virtud necesaria para cumplir el cometido. Debe tenerse en cuenta que se trata, a menudo, de objetivos superiores a las solas fuerzas humanas. Solo en la respuesta a la llamada se encuentra la plenitud de sentido de la existencia, que constituye, en sí misma, la primera explicitación de la llamada libre de Dios.

La carne y la sangre también ejercen su propia solicitación a través de los afectos y de las demás fuerzas de la naturaleza. Es necesario distinguir estas solicitaciones de la llamada, pues Dios y su llamada se sitúan en un plano sobrenatural, hacia el cual es atraído el hombre elegido por Dios para una misión, en la que su existencia alcanza su plena realización y contribuye a la edificación del Reino de Dios en la tierra. Todo proyecto humano debe supeditarse al plan de Dios, cuyo alcance trasciende nuestras limitaciones carnales y sitúa nuestra vida en una dimensión de eternidad.

 Que así sea.

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Viernes 7º de Pascua

Viernes 7º de Pascua

Hch 25, 13-21; Jn 21, 15-19

Queridos hermanos:

Hoy, el Evangelio nos habla del seguimiento de Cristo y del ministerio de servicio a los hermanos, dos realidades que siempre van unidas. Sin embargo, ambas deben brotar de un amor firmemente ratificado, del mismo modo que lo han estado también nuestras infidelidades, desobediencias y pecados.

En el Evangelio de hoy, el amor aparece más como una oferta hecha a Pedro que como la confesión de una disposición que el Señor ya conoce, pues la antecede la triple negación. Es como si Jesús le dijera: «Simón, ¿estás dispuesto a aceptar amarme más que estos, ya que te he perdonado más? Lo que quiero confiarte requiere un amor mayor, por encima del de los demás. Dímelo también tres veces, como triple fue tu negación».

Tras su confesión, se le revela que su amor consistirá en gastar la vida por las ovejas, procurar su salvación y, finalmente, seguir al Señor hasta recibir la corona de su amor con la efusión de su sangre. No hay amor más grande ni gracia mayor. Y esta gracia la recibirán también los demás apóstoles, cada uno a su modo. A mayor cercanía con Cristo, mayor semejanza con Él en su entrega.

La Palabra de hoy nos sitúa también a nosotros, aquí presentes, como respuesta a una llamada personal a seguir a Cristo. Dice el Señor a Pedro: «Sígueme», después de anunciarle que será llevado a la muerte por voluntad de otro, como lo fue Cristo. Ambos, en la libertad del amor que se entrega voluntariamente, pero bajo la decisión de otro. No corresponde al hombre decidir el momento ni la forma de su renuncia a sí mismo y de su muerte, pero sí aceptarlos de la mano de Dios, por el medio que sea. Quien pone su vida en manos del Señor puede recibir la misión de apacentar un rebaño, aunque sea de una sola oveja: «¿Me amas más que a tu padre, a tu madre, más que al afecto de una mujer y de unos hijos, más que a tu propia vida? Pues sígueme».

También hemos escuchado la misión encomendada a Pedro: vivir para los demás después de su profesión de amor a Cristo, que lo lleva a someterse a Su voluntad mediante la fe. Como decía el Señor a la Madre Teresa: «Quiero esto de ti, ¿me lo negarás?».

Que la Eucaristía nos una cada vez más firmemente a Cristo en Su seguimiento y en la entrega a nuestros hermanos.

  Así sea.

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Jueves 7º de Pascua

Jueves 7º de Pascua

Hch 22, 30. 23, 6-11; Jn 17, 20-26

Queridos hermanos:

El evangelio de hoy nos presenta el final de la oración sacerdotal de Cristo. Comienza pidiendo para la Iglesia —para los discípulos que creerán por la palabra de los apóstoles— la unidad que existe entre el Padre y el Hijo: «Como tú, Padre, en mí y yo en ti». Y concluye suplicando que en ella permanezca el amor con el que el Padre lo ha amado desde siempre. Amor y unidad son la manifestación visible de la comunión entre las personas divinas.

Recordemos que lo primero que Dios reveló a su pueblo fue su unicidad, frente al politeísmo idolátrico que lo rodeaba: que Él es único y que no hay otro dios fuera de Él. Pero para alcanzar y comprender plenamente esta Unidad, debemos esperar a Cristo, quien nos revela a Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo, en comunión esencial de amor mutuo y entrega. Todo lo que quiere el Padre, lo realiza el Hijo en el Espíritu Santo. Siempre que pretendemos separar la acción de las distintas personas divinas, nos encontramos con serias dificultades: el Padre es creador, pero todo fue hecho por Cristo, y es el Espíritu Santo quien lleva a cumplimiento las obras, como enseña la Escritura.

Cuando la comunidad cristiana —la Iglesia— recibe estos dones, la comunión divina se hace presente en el mundo y lo evangeliza, mostrando que la vida eterna es posible para el ser humano por la fe en Cristo.

Ayer contemplábamos nuestra relación con Dios y con el mundo; hoy meditamos sobre nuestra relación con los hermanos y con la comunidad, pero siempre en función del mundo, para conducirlo al conocimiento de Dios y, por tanto, a la fe y a la salvación. No podemos separarnos de Cristo ni de su ser «luz de las gentes».

Cristo, que ha pedido al Padre para nosotros el amor, la unidad y la gloria del Espíritu, ruega por la Iglesia para que tenga la gracia de permanecer en Él y crecer en el conocimiento y el amor del Padre. De este modo, la comunión se hace patente en la unidad y evangeliza al mundo. Si los discípulos viven en comunión de amor, su Señor será reconocido como un Dios de amor. Para ello, Cristo derrama sobre sus discípulos el Espíritu de amor que lo une al Padre: su gloria y el esplendor de su amor. Dios se ha revestido de gloria al manifestar su salvación gratuita y su amor, realizando prodigios en Egipto, en el Mar Rojo, en el desierto y, sobre todo, enviando a su Hijo y resucitando a Cristo de entre los muertos.

El mundo que no cree no puede conocer este amor del que los discípulos se hacen capaces por la fe. Por eso deben hacerlo visible en la unidad, para que el mundo se convenza y pueda llegar a la fe y a la salvación. Amor y unidad se corresponden y se implican mutuamente. Faltar contra la unidad hiere el amor; y faltar al amor daña la unidad. Por eso el Señor manda «no juzgar» y, en consecuencia, no criticar ni hablar mal de nadie. Aunque en ocasiones sea necesaria la corrección fraterna en casos graves, es mejor excusar que juzgar, mejor perdonar que condenar. El Señor insiste en un amor entre los hermanos que implique el perdón constante: «como yo os he amado».

La Iglesia y sus dones están ordenados a su misión, como lo está Cristo, en quien hemos sido «elegidos antes de la creación del mundo, para ser santos en el amor». Así, los dones del amor y de la unidad dentro de la comunidad —su comunión— son una gracia para el mundo, pues manifiestan la comunión que hay en Dios y que se hace presente en la Iglesia, la cual la ofrece al mundo para que tenga vida eterna. Por tanto, también dañamos al mundo con nuestras faltas contra la comunidad.

La Eucaristía viene en nuestra ayuda, fortaleciendo en nosotros la comunión en el Espíritu y, por tanto, el amor y la unidad. Todos participamos de un mismo Pan y todos hemos sido abrevados en un mismo Espíritu.

 Que así sea.

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Miércoles 7º de Pascua

Miércoles 7º de Pascua

Hch 20, 28-38; Jn 17, 11-19

Queridos hermanos:

Hoy el Señor, continuando con la palabra de ayer, ruega al Padre por sus discípulos presentes —a quienes ha cuidado hasta ahora— y también por los futuros. Le pide para ellos que, después de haberlos agraciado con la comunión de la unidad por el don del Espíritu de su amor, sean preservados de la división —obra del maligno— y permanezcan fieles al mandamiento del mutuo amor. Asimismo, suplica que sean perfeccionados (santificados, consagrados) en la verdad de su entrega, recibida de Cristo, alcanzando la plenitud del gozo del Espíritu en medio del odio del mundo, al cual son enviados.

El centro de esta palabra es la santificación, la consagración, el ser “separados para Dios” con miras a una misión y, por tanto, a un envío. Cristo es enviado al mundo sin ser del mundo, y él mismo se santifica, se consagra totalmente a su misión salvadora. Además, consagra a sus discípulos, que, estando en el mundo, son rescatados de su influencia y santificados en la verdad de Dios, para ser enviados por Cristo, como el Padre lo envió a él.

El tiempo de la Iglesia es tiempo de misión, caracterizado por el odio del mundo —que el Maligno dirige contra los discípulos— y por la protección del Padre, quien les envía al Espíritu para mantenerlos en la unidad, en la alegría y en la verdad de la palabra de Cristo, separándolos para Dios. Así, lo que mueve su vida en lo más profundo no es el mundo, sino la verdad de Dios: su amor y su llamada. La misión y la vida cristiana no deben ser solo una tarea más o un medio de realización personal, sino el motor y el centro de la existencia, a imagen de Cristo. De este modo, el corazón del creyente se desplaza de la onda del mundo y se centra en Dios.

La vida cristiana no es, pues, una forma piadosa de ocupar el tiempo que sobra una vez satisfechas las exigencias del mundo, sino, al contrario, un “estar en el mundo sin ser del mundo”, para llevarlo a Cristo. Habrá que dedicar tiempo a las cosas del mundo, pero no el corazón; usar el dinero, pero no amarlo; trabajar, pero no entregar la vida al trabajo; descansar, pero no hacer del “estado de bienestar” la meta de la existencia. Se trata de vivir como dice el salmo: “Siendo el Señor nuestra delicia, él satisfará las ansias de nuestro corazón” (cf. Sal 37, 4).

El cristiano que ha conocido el amor de Dios y recibido su Espíritu hace de su vida una liturgia de santidad, que lo conduce a la inmolación amorosa de su existencia en favor del mundo, según la voluntad de Dios, porque “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que el mundo se salve por él”.

  Que así sea.

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Martes 7º de Pascua

Martes 7º de Pascua

Hch 20, 17-27; Jn 17, 1-11a

Queridos hermanos:

En este Evangelio, Cristo dice al Padre: “¡Misión cumplida!”, y le pide aquello mismo que Él ofrece y desea para sus discípulos: su amor. Esa era la voluntad del Padre cuando creó al hombre y cuando envió a Cristo a redimirlo y evangelizarlo, para que pudiera retornar a Él juntamente con su Hijo. Ahora, Cristo suplica al Padre que lleve a término su voluntad salvadora, por la cual Él es entregado y se entrega, sin resistirse al amor del Padre por el mundo. No impidiendo que Judas lo entregue, se llena de gloria y da gloria a Dios, que entrega a su Hijo por amor: “Cuando salió (Judas), dijo Jesús: ‘Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él’” (Jn 13,31).

Más que en la inmensidad de la obra de la creación, la gloria del Padre está en la redención de la humanidad. Su gloria es el Espíritu Santo, su amor. Lo que da más valor al hombre es el precio que Dios ha pagado por su rescate. Si en la creación del hombre Dios puso su imagen, en su redención ha puesto la sangre de su Hijo Jesucristo.

Lo fundamental de esta palabra es que seamos conscientes del valor que tenemos para Dios: de cuánto le importamos, de lo inaudito de su amor, siendo como somos una insignificancia expuesta a pasiones despreciables —odio, egoísmo y toda clase de maldad—. “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?” Así podemos comprender lo que significa amar en la dimensión en la que Dios ama y valorar lo que Él ha depositado en el abismo de nuestro corazón, aquello que nosotros mismos despreciamos y destruimos con tanta facilidad. Realmente merecemos ser desechados por Dios; sin embargo, su amor es eterno y se ent rega en su Hijo para salvarnos.

Así nos enseña a poner todas nuestras obras siempre ante el Padre, “de quien debe brotar todo como de su fuente y a quien debe tender todo como a su fin”. Cristo viene a decir: “Padre, renuncié a la gloria que tenía junto a ti para glorificarte ante los hombres, entregando mi vida por ellos y por amor a ti. Les mostré la gloria de tu amor para que ellos te glorificaran y alcanzaran de ti la vida eterna al conocernos a ti y a mí. Ahora, para que tu obra llegue a su plenitud, glorifícame tú con tu amor, para que en mí sean ellos también glorificados, como yo he sido glorificado en ellos cuando han creído en ti y han acogido tu Palabra”.

En efecto, se glorifica a Dios reconociendo la grandeza de su amor, cumpliendo la misión que nos confía por amor al mundo, haciendo su voluntad —que es entrega, salvación y amor— y dando mucho fruto. Dios se cubrirá de gloria al completarse la entrega de su Hijo por amor; Cristo, al amarnos hasta el extremo; y nosotros, al glorificarlo ante los hombres con el amor que nos ha sido dado.

Gracias a la entrega de Cristo, el hombre puede llegar a la fe y, con la fe, dar gloria a Cristo y alcanzar la vida eterna. Puede llegar al conocimiento del amor y a la filiación divina, y ser incorporado al testimonio de la regeneración. El amor de Cristo nos vacía de nuestra autocomplacencia y nos conduce al amor a Dios y a los hermanos.

 Que así sea.

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