Dad frutos de Conversión

 

                         DAD EL FRUTO QUE PIDE LA CONVERSIÓN

LIBRO I (Mt 3, 8) 

INTRODUCCIÓN PERSONAL 

La primera palabra que la Iglesia pronuncia al mundo, desde el mismo día de Pentecostés, no es una teoría ni un sistema moral, sino una invitación que atraviesa los siglos con la misma fuerza: 

“Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch 2, 28). 

“Arrepentíos, pues, y convertíos, para que vuestros pecados sean borrados” (Hch 3, 19). “A los habitantes de Damasco, a los de Jerusalén, por todo el país de Judea y también a los gentiles he predicado que se convirtieran y que se volvieran a Dios, haciendo obras dignas de conversión” (Hch 26, 20). 

Cuando los apóstoles anuncian la conversión, no están señalando con el dedo, sino abriendo una puerta. La conversión no es un reproche, sino una oportunidad. Es Dios mismo diciendo: 

“Quiero que vivas de verdad y que seas fecundo”. 

Ya en el AT, la llamada a la conversión muestra la voluntad salvadora del Señor: 

“Aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda. Venid, pues, y disputemos —dice el Señor—: Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y así fueren rojos como el carmesí, cual la lana quedarán” (Is 1, 17-18). 

“Apartaos de vuestras basuras; de todas vuestras abominaciones apartad vuestro rostro” (Ez 14, 6). 

“Apartaos de todos vuestros crímenes; no haya para vosotros más ocasión de culpa” (Ez 18, 30). 

“Por mi vida —oráculo del Señor—, que yo no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta de su conducta y viva.

Convertíos, convertíos de vuestra mala conducta. ¿Por qué habéis de morir, casa de Israel?” (Ez 33, 11). 

“Que se cubran de sayal y clamen a Dios con fuerza; que cada uno se convierta de su mala conducta y de la violencia que hay en sus manos” (Jon 3, 8). 

La conversión es, por tanto, la respuesta libre a un Dios que no se cansa de buscarnos. 

La Escritura insiste en que la conversión nace en lo oculto, allí donde nadie ve. En ese espacio interior pueden habitar la dureza, el cansancio, la indiferencia o el miedo. Pero es precisamente ahí donde Dios quiere entrar, no para humillar, sino para iluminar. Convertirse es permitir que Dios saque a la luz lo que está oculto, no para destruirlo, sino para sanarlo. Es dejar que Él indique la dirección, que tome nuestra mano y nos levante. La conversión no es un esfuerzo solitario: es una cooperación humilde con la gracia. Cuando Dios actúa, la vida cambia. La conversión verdadera produce frutos concretos: humildad, que reconoce la verdad sin miedo; misericordia, que abraza y perdona; justicia, que repara y restituye; obediencia, que escucha la voz de Dios; caridad, que se vuelve gesto y servicio; perseverancia, que no abandona cuando llegan las pruebas. Estos frutos no son imposiciones externas, sino la expresión natural de un corazón renovado. 

Ya en el NT, la llamada a la conversión aparece con Juan el Bautista: 

“Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos” (Mt 3, 2). 

También Cristo hace suya la llamada de Juan: 

“Comenzó Jesús a predicar y decir: ‘Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado’” (Mt 4, 17). 

“El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 15). 

En Él, la conversión ya no es solo un cambio moral, sino un encuentro personal. Convertirse es volver el rostro hacia Cristo, dejarse mirar por Él, permitir que su amor nos rehaga desde dentro.

La conversión no es un ideal lejano ni un proyecto para “cuando tenga tiempo”. Es una gracia que se ofrece ahora. San Pablo lo resume con una fuerza que no admite evasivas:

         “La caridad de Cristo nos apremia” (2 Co 5, 14). 

Nos apremia porque sabe que sin Él nos perdemos, nos vaciamos, nos apagamos. Nos apremia porque quiere darnos una vida plena, fecunda, luminosa. 

Por eso, la oración de la Iglesia, siguiendo la Escritura, es tan sencilla como poderosa: 

“Conviértenos, Señor, y nos convertiremos”. 

Es reconocer que todo comienza en Él, que todo es posible para Él, que la conversión no es una carga, sino un don.

Convertirse es permitir que Dios vuelva a crear en nosotros un corazón nuevo. Es abrirse a la alegría de ser perdonado, a la libertad de vivir en la verdad, a la fecundidad de una vida guiada por el Espíritu. La conversión no es un paréntesis en la vida cristiana: es su respiración. Es el movimiento continuo del alma que vuelve una y otra vez a su Señor, sabiendo que en Él encuentra la vida.

Con su invitación amorosa a vivir en la verdad, Dios mira nuestro corazón y nos dice: 

“Quiero que vivas de verdad y que seas fecundo”. 

Y hoy, como en Pentecostés, la voz de Dios sigue diciendo: 

“Vuelve a mí… y vivirás”. 

 

 (Tema II)

Necesidad de transformación en un “cambio de época” 

COMENTARIO PERSONAL 

La constatación eclesial del “cambio de época” es, ante todo, una afirmación magisterial según la cual la Iglesia reconoce que no vivimos simplemente una época de cambios, sino un cambio de época: una transformación estructural, cultural, antropológica y espiritual tan profunda que modifica las coordenadas mismas desde las que el ser humano comprende la realidad, a sí mismo y a Dios.

Comenzó a hablarse de “cambio de época” entre los finales de los años setenta y comienzos de los ochenta, y el concepto se consolidó pronto, aunque hoy se nos presente como algo actual, ignorando el medio siglo largo que la Iglesia ha vivido en consecuencia, convirtiendo la ignorancia en tabula rasa de la historia. 

Ciertamente, la Iglesia, iluminada por el Espíritu, fue llamada a discernir que el mundo contemporáneo atravesaba una mutación histórica semejante a otras grandes transiciones —como la caída del Imperio Romano o la revolución industrial—. El resultado fue la aparición de una crisis espiritual que sustituía la trascendencia por la autorreferencialidad, y la fe se veía desplazada por espiritualidades difusas. Se trataba, pues, de realizar un discernimiento espiritual sobre el tiempo que Dios nos concedía vivir para anunciar el Evangelio. 

La Iglesia reconoció los signos de los tiempos, interpretando su significado a la luz de la Revelación, y se orientó en consecuencia hacia la misión evangelizadora, asumiendo la realidad tal como es para anunciar el kerygma con renovada audacia. Lo que podía parecer un diagnóstico pesimista fue, en realidad, una llamada misionera que requería una auténtica conversión pastoral: pasar de una pastoral sacramental de conservación a una pastoral decididamente misionera, de evangelización; anunciar el corazón del Evangelio en un mundo fragmentado mediante la acción del Espíritu en la historia; recuperar la centralidad del kerygma, volviendo a la belleza del amor salvífico de Cristo muerto y resucitado. 

La Iglesia reconoció, también, en ciertos sectores eclesiales, que Dios la llamaba a anunciar el Evangelio en un tiempo nuevo, con desafíos inéditos y oportunidades inmensas. No en una renuncia a la Tradición, sino en una lectura fiel de la historia desde Cristo, “el mismo ayer, hoy y siempre”. 

Las primeras intuiciones sobre el cambio epocal provienen del Concilio Vaticano II (1965). El antecedente más remoto fue Gaudium et Spes, donde el Concilio afirmaba que la humanidad vivía una “nueva era de la historia” que reconocía una transformación profunda de las condiciones de vida. 

El primer reconocimiento explícito posterior se dio en América Latina, en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Puebla, 1979), primer momento en que la Iglesia latinoamericana habla claramente de un cambio profundo en la vida de los pueblos, equivalente a un “cambio de época”. Los números 76–86 del documento final lo describen como una mutación cultural y espiritual. 

Juan Pablo II, ya en 1983, da una respuesta pastoral introduciendo el término “Nueva Evangelización” de manera clara en Haití, ante el CELAM. Allí afirma que la evangelización debe ser: “Nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión”. Ese momento es considerado el nacimiento oficial de la expresión “nueva época”. 

Juan Pablo II percibía que el mundo estaba entrando en una transformación profunda: secularización acelerada, nuevas culturas urbanas, crisis de sentido, caída de ideologías, globalización. No usó la expresión “cambio de época”, pero describe exactamente lo que después se llamaría así. Por eso propone una evangelización renovada en su ardor misionero, creativa en sus métodos e inculturada en su expresión. 

Juan Pablo II retomó esta intuición en Christifideles Laici (1988), Redemptoris Missio (1990) y en numerosos viajes apostólicos. Así, la Nueva Evangelización se convierte en programa pastoral universal. En la IV Conferencia del CELAM (Santo Domingo, 1992) se constataba que la Iglesia vivía un nuevo momento epocal, retomando la intuición de Puebla y dándole alcance universal. El Documento de Aparecida (2007) (DA 33–34) emplea ya de modo sistemático la expresión “cambio de época”, describiendo una transformación global que afecta a la cultura, la fe y la vida social. Esta formulación será decisiva para el pontificado posterior. Desde entonces, la expresión se ha convertido en una clave interpretativa central del pontificado, retomada en discursos, entrevistas y documentos posteriores (por ejemplo, el discurso a la Curia en 2019). 

El cambio de época fue el diagnóstico histórico. La “Nueva Evangelización”, la respuesta pastoral de Juan Pablo II en 1983.

  

(Tema III)

La conversión pastoral 

COMENTARIO PERSONAL 

Personalmente, mi transformación ante este “cambio de época” me llevó a dejar mi profesión para dedicarme durante doce años a evangelizar, como catequista itinerante, formando comunidades en España, Venezuela, República Dominicana y México; esa fue mi particular conversión pastoral. Después me llevó a ser ordenado sacerdote de la diócesis de Roma y a formar nuevos sacerdotes durante veinticinco años en Guadalajara, México, como rector de un seminario misionero. 

Durante cincuenta y dos años, con mi propia comunidad, la primera comunidad neocatecumenal de la parroquia de Santo Tomás Apóstol de Valencia, he vivido mi compromiso hebdomadario con la Palabra, los miércoles, celebrándola   asiduamente, hasta el día de hoy, y la Eucaristía cada sábado, lo que ha ido fortaleciéndonos en la fe y en la misión evangelizadora. 

Con estas premisas, los frutos de transformación eclesial y de conversión pastoral no se hicieron esperar, suscitándose la formación de 20.300 comunidades cristianas vivas, evangelizadas, evangelizadoras y misioneras, en 6.197 parroquias, de las que surgieron numerosas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, así como 116 seminarios diocesanos Redemptoris Mater en todo el mundo. 

Lamentablemente, aunque los frutos sean cuantificables, no siempre se valora el árbol que los produce. Preferimos, con frecuencia, reunirnos alrededor de una mesa a programar sueños ideales y planes pastorales en los que pergeñar estrategias y procedimientos sesudos nacidos de nuestra coherencia, adaptando el lenguaje con conceptos novedosos de atrayente actualidad cultural, pero que, en tantas ocasiones, no consiguen superar su fase programática ni fecundar eficazmente lo que enuncian. En cuanto su ilusorio planteamiento debe enfrentar la constancia de una ardua dedicación que los lleve a cumplimiento, se desvanecen pronto las propuestas. La falta de motivación profunda y el desinterés subsiguiente frente al esfuerzo continuado dejan, tristemente, en papel mojado las conclusiones de turno, una y otra vez. 

El problema consiste en pasar de una fase de toma de conciencia y de exposición de intenciones a una etapa de acción pastoral, asumiendo la ardua tarea de evangelizar, sosteniendo toda iniciativa con la disponibilidad vital al servicio de la misión. No solo son necesarios los documentos teóricos, sino las personas impulsadas por el Espíritu a gastar su vida por el Evangelio. Es necesario que el carisma se encarne en la comunidad eclesial, viendo transformarse la vida de las personas por la moción de la gracia. 

No podemos olvidar que todo carisma que se encarna por la acción del Espíritu bebe del Don divino que encarnó a su propio Hijo en Cristo Jesús, para alcanzarnos el Reino de Dios en el Año de Gracia del Señor. Incontables carismas han brotado desde entonces, transformando a personas concretas en apóstoles, misioneros, evangelizadores y profetas. Todos ellos parten del Anuncio del Evangelio y lo encarnan en sus vidas, en el seno de una comunidad evangelizada, evangelizadora y misionera, tanto con su palabra como con su vida, por obra del Espíritu Santo. Documentos y propuestas pasan a un segundo o tercer lugar, resultando insignificantes en la transmisión de la fe que funda la vida cristiana y la comunidad, vida de la Iglesia y Reino de Dios ante un mundo por evangelizar. 

 

CARTA

“OGNI QUALVOLTA”

DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II 

Al venerado hermano monseñor Paul Josef Cordes, Encargado ad personam del apostolado de las comunidades neocatecumenales 

Siempre que el Espíritu hace germinar en la Iglesia impulsos de una mayor fidelidad al Evangelio, florecen nuevos carismas que manifiestan tal realidad y nuevas instituciones que la ponen en práctica. Así ha sucedido después del Concilio de Trento y después del Concilio Vaticano II.

Entre las realidades suscitadas por el Espíritu en nuestros días figuran las comunidades neocatecumenales, cuya eficacia para la renovación de la vida cristiana era acogida por mi predecesor Pablo VI como fruto del Concilio: «Cuánta alegría y cuánta esperanza nos dais con vuestra presencia y con vuestra actividad... Vivir y promover este despertar es lo que vosotros llamáis una forma de después del bautismo que podrá renovar, en las actuales comunidades cristianas, aquellos efectos de madurez y de profundización que en la Iglesia primitiva se realizaban gracias al período de preparación al bautismo» (Pablo VI a las comunidades neocatecumenales, audiencia general, 8 de mayo de 1974, en Notitiae 96 [1974] 230).

También yo, en los numerosos encuentros que he tenido como obispo de Roma, en las parroquias romanas, con las comunidades neocatecumenales y con sus pastores, y en mis viajes apostólicos a muchas naciones, he podido constatar copiosos frutos de conversión personal y un fecundo impulso misionero.

Tales comunidades hacen visible en las parroquias el signo de la Iglesia misionera y «se esfuerzan por abrir el camino a la evangelización de aquellos que casi han abandonado la vida cristiana, ofreciéndoles un itinerario de tipo catecumenal, que recorre todas aquellas fases que en la Iglesia primitiva recorrían los catecúmenos antes de recibir el sacramento del bautismo; les acerca de nuevo a la Iglesia y a Cristo» (cf. Catecumenato postbattesimale en Notitiae 96 [1974] 229). Es el anuncio del Evangelio, el testimonio en pequeñas comunidades y la celebración eucarística en grupos (cf. Notificazione sulle celebrazioni nei gruppi del "Camino neocatecumenale", en L’Osservatore Romano, 24 de diciembre de 1988) lo que permite a sus miembros ponerse al servicio de la renovación de la Iglesia.

Numerosos hermanos en el episcopado han reconocido los frutos de este Camino. Quiero limitarme a recordar al entonces arzobispo de Madrid, monseñor Casimiro Morcillo, en cuya diócesis y bajo cuyo gobierno han nacido, en el año 1964, las comunidades neocatecumenales que acogió con tanto amor.

Después de más de veinte años de vida de las comunidades, difundidas en los cinco continentes —teniendo en cuenta la nueva vitalidad que anima a las parroquias, el impulso misionero y los frutos de conversión que brotan del testimonio de los itinerantes y, últimamente, de la obra de las familias que evangelizan en zonas descristianizadas de Europa y del mundo entero; considerando las vocaciones a la vida religiosa y al presbiterado de este Camino y el nacimiento de colegios diocesanos de formación al presbiterado para la nueva evangelización, como el Redemptoris Mater de Roma; habiendo visto la documentación por usted presentada—, acogiendo la petición que se me ha dirigido,

reconozco el Camino Neocatecumenal

                                                como un itinerario de formación católica

                 válido para la sociedad y para los tiempos de hoy. 

Deseo vivamente, por tanto, que los hermanos en el episcopado valoricen y ayuden —junto con sus presbíteros— a esta obra para la nueva evangelización, para que se realice según las líneas propuestas por los iniciadores, en espíritu de servicio al Ordinario del lugar y en comunión con él, y en el contexto de la unidad de la Iglesia particular con la Iglesia universal.

En prenda de este vivo deseo, imparto a usted y a cuantos pertenecen a las comunidades neocatecumenales mi bendición apostólica.

Desde el Vaticano, a 30 de agosto de 1990, XII de pontificado.

JUAN PABLO II 

Esta carta es uno de los textos que preparan el camino hacia la Nueva Evangelización, formulada oficialmente en 1983. Es un documento que muestra a Juan Pablo II como profeta de la misión, capaz de leer espiritualmente los signos de los tiempos.

 

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Domingo 26º del TO A

Domingo 26º del TO A

Ez 18, 25-28; Flp 2, 1-11; Mt 21, 28-32

Queridos hermanos:

Como veíamos el domingo pasado, la sintonía con Dios no es algo externo, sino algo que debe tocar el corazón: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto” (Is 29, 13). San Efrén, comentando este Evangelio, hace notar la falta de sintonía con el padre en el hijo segundo, a quien el padre ha llamado “hijo”, pero él le ha respondido diciendo “Señor”. A una relación de amor por parte del padre, el hijo responde con una dependencia servil.

Así pues, Dios busca siempre el corazón. Pero el corazón es mente y es voluntad, potencias que mueven a la persona. Por eso dice la Escritura que hay que amar con todo el corazón. No basta con sentir amor ni con comprender que debemos amar: el amor debe tocar también la voluntad. Amar es, por tanto, el resultado de dos operaciones: una toca la mente que siente, y la otra la voluntad que actúa. Se trata, como dice Jesús, de “poner en práctica” y de “hacer su voluntad”. San Pablo, en la epístola, distingue entre sentir y amar, y propone el amor concretamente: “Nada hagáis por ambición ni por vanagloria, sino con humildad, considerando a los demás como superiores a uno mismo, sin buscar el propio interés, sino el de los demás”. La Escritura está llena de sentencias como esta: “Amar es cumplir la Ley entera”. Dice el Señor: “El que cumple mis mandamientos, ese es el que me ama”; y también: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando”. “¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo?”

La primera respuesta del corazón —es decir, del amor a Dios— es acoger la llamada a la conversión que Él nos propone. Como dice la primera lectura: el que recapacita y se convierte, vivirá. En el Evangelio, esta misión la encarna Juan el Bautista, y por eso hemos escuchado lo que dice Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos: “Vino Juan y no le creísteis, cosa que hicieron los publicanos y las prostitutas”.

San Jerónimo, comentando este pasaje, dice que para algunos estos dos hijos representan a los gentiles y a los judíos, que dijeron: “Haremos todo lo que ha dicho el Señor” (Ex 24, 3). Pero para otros se trata de los pecadores y los justos: los primeros se arrepienten, y los segundos se niegan a convertirse.

Los pecadores son los que han dicho un “no” a Dios, como el primer hijo de la parábola, pero se han convertido; mientras que los judíos no han escuchado la voz del Señor. Dice san Lucas (7, 30) que, rechazando a Juan, “han frustrado el plan de Dios sobre ellos”.

Nosotros somos pecadores, y somos llamados a amar mediante la conversión a Cristo; pero también somos el segundo hijo, por las gracias que hemos recibido —sobre todo la Iglesia—, y somos llamados a unirnos a Él de corazón en la Eucaristía, en la que nos dice: “Hijo, ve hoy a trabajar a mi viña”.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 25º del TO

Sábado 25º del TO

Lc 9, 43b-45

La Palabra que Discierne y Transforma

Queridos hermanos:

Las Sagradas Escrituras no son simplemente palabras escritas en un libro antiguo. Son el testimonio vivo de la Revelación del amor de Dios y de la Historia de la Salvación. Pero para que esa Palabra se enraíce en el corazón del creyente, necesita ser encendida por el fuego del Espíritu Santo. Sólo Él puede unificarla en nuestro interior, dándonos los criterios para discernir los acontecimientos del pasado, del presente y del futuro. Porque el discernimiento verdadero, el que brota del amor, no nace del esfuerzo humano, sino que es derramado por el Espíritu en el corazón que se abre con humildad.

En tiempos de Jesús, Israel esperaba al Mesías glorioso, al que vendría sobre las nubes del cielo, restaurando la soberanía de su pueblo. Pero antes de esa manifestación gloriosa, debía llegar el “año de gracia del Señor”, anunciado por Isaías, encarnado en el Siervo de Yahvé. Y ese Siervo, rechazado por muchos, fue descrito con dolorosa precisión por el libro de la Sabiduría. Cristo, en su pedagogía divina, instruyó a sus discípulos en este discernimiento, fruto de una maduración en el amor. Y hoy, también a nosotros, el Señor nos abre las Escrituras, para que crezcamos en el conocimiento que no es teoría, sino experiencia viva de su amor.

¿Por qué no supo discernir Israel? Jesús lo atribuye a la ignorancia del corazón, a no comprender aquello que Dios siempre ha querido: “Misericordia quiero, no sacrificios.” Es decir, amor. El pueblo no sintonizó con el corazón de las Escrituras, que es el amor. Y Cristo, en obediencia perfecta, encarnó ese amor hasta el extremo, haciéndose el último, sirviendo a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas, abrazando la cruz y, en ella, a toda la humanidad.

En contraste, el pensamiento de Nietzsche —según los escritos que de él nos han llegado— se alzó contra el cristianismo, al que acusó de haber introducido en el mundo el “cáncer” de la humildad y la renuncia. En su obra Así hablaba Zaratustra, exaltó la “voluntad de poder” del superhombre, del hombre de la “gran salud”, que busca elevarse, no abajarse. Pero ese ideal se opone radicalmente a los valores del Evangelio, donde el más grande es el que se hace servidor de todos.

Hoy, hermanos, necesitamos que esta Palabra nos amoneste. No basta con aceptarla intelectualmente. Hay que dejar que se haga carne en nuestra vida, que sea viva y operante. El discernimiento irá siendo completado por la obra del Espíritu, pero la fe hay que vivirla cada día en libertad, para que se transforme en amor, en servicio, en entrega a los hermanos.

Que el Espíritu Santo nos conceda ojos para ver, oídos para escuchar y un corazón dispuesto a amar como Cristo nos ha amado.

Amén.

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Viernes 25º del TO

Viernes 25º del TO

Lc 9, 18-22

La fe revelada y la vida entregada

Queridos hermanos, en esta palabra se nos revela un misterio profundo: el Padre, en su infinita sabiduría, manifiesta a Pedro la fe que será fundamento y sostén de la Iglesia. Y Cristo, el Hijo amado, revela su misión de Siervo, aquel cuya entrega complace al Padre. “Era necesario que el Cristo padeciera… El Hijo del Hombre debe sufrir mucho.”

Sí, Jesús de Nazaret, nuestro Maestro, ha de asumir el rechazo y abrazar la muerte. No como un destino trágico sin sentido, sino como cumplimiento de la voluntad divina. Porque no es lo mismo que muera un hombre cualquiera, que morir el Cristo de Dios. Él es el Siervo que carga sobre sí las culpas de todos; el Hijo amado en quien el Padre se complace; el Hijo del Dios vivo. Su muerte tiene un peso eterno, porque revela el amor de Dios hacia el hombre que se ha separado de Él, que ha entrado en la muerte sin remedio (cf. Gn 2,17).

Y así como su muerte tiene trascendencia, también su resurrección. En ella, Dios manifiesta que ha aceptado su entrega por nosotros. Lázaro, el hijo de la viuda de Naín, y la hija del funcionario resucitaron, sí, pero su resurrección no cambió el curso de la historia. La de Cristo, en cambio, es el amanecer de una nueva creación.

Sólo cuando la fe en Cristo ha sido revelada a los discípulos a través de Pedro, el Señor les anuncia su misión. Para alcanzar la gloria, el Mesías deberá primero beber del torrente, apurar hasta las heces el cáliz del Señor, y así llevar a plenitud “el año de gracia del Señor”. Pero cuidado, hermanos: la gracia del Señor no es dulzona ni superficial. Es fuerza que impulsa al Cristo a asumir en su carne el “día de venganza de nuestro Dios”, como lo anunció Isaías.

El hombre nuevo nace en el seguimiento de Cristo. Ese seguimiento implica negarse a sí mismo, tomar la cruz, y ofrecerse en inmolación. Es fruto del Espíritu derramado en el discípulo por la fe, que es causa de salvación y testimonio de vida eterna. Quien busca guardarse a sí mismo, se cierra a la vida nueva que trae el Evangelio. Pero quien acoge a Cristo, que es la Vida, se sumerge en la fuente de su gracia mediante el Bautismo, y se hace uno con Él.

“Elige la vida”, nos dice la Escritura (Dt 30,15-20). Y Cristo, en el Evangelio, nos habla de perderla. La vida que hemos de elegir es Dios mismo, accesible en Cristo, que es la Resurrección y la Vida. Por esa vida, somos invitados a perder la nuestra: “El que pierda su vida por mí, la salvará para una vida eterna.”

Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Seguirle es elegir la vida. Rechazarle por querer guardarse a sí mismo es elegir la muerte, inevitable para la naturaleza caída del hombre viejo, arrastrado por sus concupiscencias y pecados.

Que el Espíritu Santo nos conceda la gracia de elegir la vida, de seguir al Cristo sufriente y glorioso, y de vivir como hombres nuevos, resucitados en Él.

  Que así sea.

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Jueves 25º del TO

Jueves 25º del TO

Lc 9, 7-9

El Mensaje y el Mensajero

Queridos hermanos:

Hoy, la Palabra nos presenta la fama de Jesús, que se extiende por toda la región. Su predicación asombra, sus obras conmueven, y sus discípulos, enviados a anunciar el Reino, llevan consigo el fuego del Evangelio. La noticia de sus prodigios llega incluso a oídos del impío Herodes. Pero no todo el que escucha se convierte. Herodes, aunque atraído por la voz de Juan el Bautista, termina por mandarlo decapitar. Y a Jesús lo tratará de loco, lo despreciará, se burlará de Él.

¡Qué misterio el del corazón humano! Cristo, que acoge a los pecadores, llama a Herodes “zorro” y se niega a dirigirle la palabra. No por falta de misericordia, sino porque conoce la dureza de su corazón. El Señor resiste a los soberbios, dice la Escritura. Y el Evangelio nos recuerda que ni siquiera se confiaba a quienes decían creer, porque conocía lo que había en el interior de cada uno. San Pablo lo afirma con fuerza: “De Dios nadie se burla” (Ga 6, 7).

Hermanos, si aquellos que rechazaron a Juan no pudieron acoger a Cristo (Lc 7, 30), ¿cuánto menos podrá hacerlo Herodes, que lo mandó matar? San Mateo y san Marcos nos dicen que Herodes gustaba creer que Juan había resucitado, como si así pudiera acallar su remordimiento por haber asesinado a un profeta. Pero la conciencia no se silencia con fantasías, sino con la conversión del corazón.

Dios pasa a través de sus enviados. ¡Ay del que permanece indiferente o los rechaza! Porque “quien a vosotros rechaza, me rechaza a mí; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (Lc 10, 16). Y también: “Cuanto hicisteis con uno de mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). Rechazar al mensajero es rechazar el mensaje. McLuhan lo expresó en lenguaje moderno: “El medio es el mensaje.”

Pero el Padre no envió a un profeta cualquiera. No. Envió a su propio Hijo. El Verbo hecho carne. El rostro de su misericordia. El que vino a buscar lo que estaba perdido. Cristo, a su vez, envió a sus “pequeños hermanos.” Y tú: ¿Los escuchas? ¿Los acoges? ¿O los rechazas?

Hoy es tiempo de abrir el corazón. Hoy es tiempo de conversión.

  Que así sea.

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Miércoles 25º del TO

Miércoles 25º del TO 

Lc 9, 1-6

El envío y la urgencia de la misión

Queridos hermanos, en esta Palabra contemplamos el envío de los Doce. Cristo los llama, los forma, y los envía a proclamar la Buena Noticia, a sanar con poder, a liberar del dominio del mal. Los envía a los lugares donde Él mismo pensaba ir. ¡Qué misterio tan grande! Los discípulos no llevan nada consigo, sino la confianza plena en la providencia del Señor. Van como pequeños, sin imponer, sin exigir, sólo ofreciendo el tesoro del Evangelio. Así lo hizo Dios al enviar a Juan Bautista, para preparar un pueblo bien dispuesto, como lo anunció el profeta Isaías.

Ha llegado el tiempo favorable. El tiempo en que Dios se muestra propicio, haciéndose presente en sus enviados. Es el día de salvación que anunciará san Pablo; el “Año de gracia del Señor” que Isaías profetizó y que Cristo proclamó en la sinagoga de Nazaret. Ese año no ha terminado. Sigue abierto. Sigue vivo. El Evangelio ha llegado hasta nosotros, y continuará siendo proclamado hasta la venida gloriosa del Señor. Entonces, cuando termine el “tiempo de higos”, vendrá el tiempo del juicio. Pasará la figura de este mundo, e irrumpirá con poder el Reino de Dios.

La urgencia de la misión nos predica la provisionalidad de este tiempo. Nos recuerda que lo definitivo está por venir. Todo lo demás es secundario, es instrumental. Pero el corazón humano, llamado a la Bienaventuranza, siempre se siente tentado a instalarse, a buscar descanso aquí, como si esta tierra pudiera saciar el anhelo inscrito en su corazón. ¡Cuidado, hermanos! El descanso prematuro corrompe. Lo que da sentido a esta vida, con su fatiga y su tensión hacia la plenitud, es la esperanza. Es la acogida de la promesa. Es la misión que nos llama a la redención definitiva en el Reino de Dios.

Así recibió Cristo, del Padre, “un cuerpo” para hacer su voluntad redentora. Así también nos llama y nos envía a nosotros, sus discípulos, a proclamar la irrupción de la misericordia. Esa misericordia nos ha alcanzado. Nos lanza a testificarla en esta generación, sobre todo con nuestra vida. Porque el Reino de Dios ha llegado. ¡Convertíos y creed en la Buena Noticia!

El Reino de Dios es el acontecimiento central de la historia. Se hace presente en Cristo y se anuncia con poder. La responsabilidad de anunciarlo es inmensa, porque en ese anuncio está la salvación de la humanidad. Los signos que lo acompañan son potentes contra todo mal, incluso contra la muerte. Acoger el Reino implica acoger a quienes lo anuncian, porque en ellos se acoge a Cristo, y al Padre que lo envía.

En su infinito amor, Dios tiene planes de salvación para los hombres. Lo vemos en la historia de José, enviado por delante de sus hermanos a Egipto. Pero incluso con su poder, Dios no anula nuestra libertad. Sus planes se entretejen con nuestras decisiones, incluso con nuestros pecados: la envidia de los hermanos de José, la lujuria de la mujer de Putifar, la incredulidad de los judíos, y nuestros propios pecados, que condujeron a Cristo a su pasión y muerte.

También hoy, sus discípulos son enviados a encarnar el anuncio del Reino. Van con un poder otorgado por Cristo, pero ese poder no exime de responsabilidad a quienes los encuentran. De su acogida o de su rechazo depende mucho. Ante el Anuncio, todo debe quedar supeditado. Lo pasajero debe dar lugar a lo eterno. Lo material, a lo espiritual. Lo egoísta, al amor.

  Que así sea.

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Martes 25º del TO

Martes 25º del TO

Lc 8, 19-21

Hermanos en la fe:

 

El Evangelio nos revela una verdad desconcertante pero profundamente iluminadora: la incredulidad de los paisanos y parientes de Cristo. A Él lo consideran fuera de sí (Mc 3, 21), y en Nazaret, su propia tierra, intentan despeñarlo (Lc 4, 29). ¡Qué misterio! El Hijo de Dios, rechazado por los suyos. Y sin embargo, la fe florece en los corazones de los paganos y extranjeros. Los últimos, dice el Señor, serán los primeros.

Cristo conoce esta cerrazón, no como teoría, sino como experiencia vivida. Por eso exclama: “Ningún profeta es bien recibido en su patria” (Lc 4, 24). Él, que vino a traer luz, se encuentra con la sombra de la incredulidad en su propia casa.

Pero, hermanos, Cristo no se detiene ante el rechazo. Él afirma los lazos de la fe, que son más fuertes que los de la carne y la sangre. La verdadera familia de Jesús no se define por la genealogía, sino por la acogida de la Palabra hecha carne. Por la fe recibimos el Espíritu de Cristo, y ese Espíritu nos hace verdaderos hermanos, verdaderos hijos.

¿Acaso podría enseñar Cristo que por el Reino hay que dejar padre y madre, si Él mismo no lo viviera? Por encima del afecto carnal, está la universalidad del amor, la misión divina, el misterio del Padre. Los que se aferran a la carne permanecen fuera del acontecimiento. En cambio, los “extraños” que acogen la enseñanza del Hijo, entran en la intimidad de Dios. Ellos son madre, hermano, hermana. Ellos son familia.

También nosotros, hermanos, estamos llamados a esa maternidad espiritual: a concebir a Cristo en nuestro corazón, a gestarlo en la esperanza, y a darlo a luz por la caridad. Porque “la carne no sirve para nada; el espíritu es el que da vida” (Jn 6, 63). Y como dice san Juan: “Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos” (1 Jn 3, 14). La vida y la muerte están ligadas a la fe y a la incredulidad. “Ni siquiera sus hermanos creían en Él” (Jn 7, 5).

Jesucristo ha venido a unirnos en un mismo espíritu, a formar la familia de los hijos de Dios. Por la fe, concebimos a Cristo. Por la esperanza, lo gestamos. Por la caridad, lo damos a luz. Esta es nuestra vocación: ser madre y hermanos del Señor.

Por encima de parentescos y patriotismos, Cristo llama a toda carne a su hermandad y maternidad. Los lazos de la carne son naturales; los de la fe, sobrenaturales. Vienen del cielo. Y por la fe, acogemos la Palabra de Dios hecha carne, que fructifica en nosotros.

La carne dice: “Dichoso el seno que te llevó”. Pero el Espíritu responde: “Dichosa tú que has creído” (Lc 11, 27-28). Dichosos los que creen, los que guardan, los que ven fructificar en sí la Palabra viva.

Hoy, esta Palabra nos invita a escuchar y guardar; a creer y esperar… para llegar a amar.

Que así sea.

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