Lunes 3º de Cuaresma

Lunes 3º de Cuaresma

2R 5, 1-15; Lc 4, 24-30

Queridos hermanos:

Por la fe, el hombre rinde un culto espiritual a Dios, reconociéndolo como tal. La fe lo lleva a humillarse ante Él mediante el obsequio de su mente y de su voluntad, en lugar de aferrarse con soberbia a su propio orgullo.

La palabra de hoy nos sitúa ante el escándalo de la encarnación: aceptar que nuestra relación con Dios debe pasar por la mediación de hombres como nosotros, siempre imperfectos, porque así lo ha querido Dios en su libre decisión. Es, por tanto, un problema de humildad y docilidad, a las cuales se resiste el orgullo de quien no se apoya en Dios.

Israel se resiste a la conversión y rechaza, además, que el Mesías no venga de la casta sacerdotal, sino de Galilea. Nazaret se resiste a que Dios haya querido hacer surgir al profeta haciéndolo vivir oculto entre ellos como “el hijo del carpintero”. De la misma manera, fueron siempre rechazados los profetas y los enviados del Señor, de modo que Dios realiza prodigios entre los gentiles que acogen su palabra.

Dios eligió a Israel, y la elección de Dios es irrevocable. Sin embargo, ante la incredulidad o la impiedad del pueblo, Dios puede levantar su mano para corregirlo, sin que le valga su ilusoria presunción de ser el pueblo elegido para permanecer impune en medio de su desvarío. Cristo, poniéndoles delante su recalcitrante rebeldía e incredulidad, y la libertad de Dios para buscarse amigos y fieles entre los paganos —como en tiempos de Elías y Eliseo—, los llama a una conversión que ellos rechazan. Dios no se ata a instituciones ni a nacionalismos, por más religiosos o nacionalcatólicos que pretendan ser. No se ata a formalismos, sino a un corazón que se humilla, que lo ama y que lo reconoce como su Señor. No es posible defender nuestro cristianismo con actitudes anticristianas ni considerarnos hijos de la Iglesia sin el espíritu de Cristo. La soberbia siempre aleja del Señor. Como puede ocurrirnos a nosotros en tantas ocasiones, Israel se alía con su razón, ebria de sí misma, en lugar de humillarse ante la corrección divina.

Naamán hace una profesión de fe verdadera, superando las fronteras de una religión nacional al uso: “No hay más Dios que el de Israel”. Pero no hay más Israel que el de la fe, viene a decir Cristo a sus paisanos incrédulos, que se apoyan en la carne, pero no en la fe de Abrahán, de cuya roca se supone que han sido tallados.

El error está en creer que basta la letra para servir al Señor, cuando en realidad nos obedecemos a nosotros mismos, a nuestra propia razón y conveniencia. El hombre debe discernir los caminos de Dios y acudir allí donde sopla el Espíritu. Como miembros de la Iglesia, en la que se encuentran todos los medios de salvación, podemos, no obstante, quedarnos en un culto externo y vacío si nuestro corazón no está en el Señor. Servir a Dios pasa con frecuencia por entrar en el absurdo de la razón, cruz que nuestro orgullo rechaza, mientras que la fe es entrega a Dios de nuestra mente y de nuestra voluntad.

En la Eucaristía proclamamos: “Este es el sacramento de nuestra fe”. Cristo se entrega a la voluntad del Padre, que le presenta la cruz. A esta entrega de Cristo nos unimos nosotros en la medida de nuestra fe, con nuestro ¡Amén!

Que así sea.

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Domingo 3º de Cuaresma A

Domingo 3º de Cuaresma A:

Ex 17, 3–7; Rm 5, 1–2. 5–8; Jn 4, 5-42.

Queridos hermanos:

En estas catequesis bautismales que nos presentan los Domingos de Cuaresma, hoy, bajo el signo del agua, se nos muestra al Espíritu, que viene a saciar la sed de Dios del corazón humano mediante la fe. Pero esta sed solo puede ser saciada por el Amor, y por eso esta palabra se sitúa junto al pozo, lugar de los encuentros amorosos en la Escritura: Isaac, Jacob y Moisés encuentran el amor junto a un pozo. Aquí, la esposa será Samaría, y en ella la gentilidad —figurada en la “mujer”— llamada a ser esposa de Cristo, como dice san Agustín refiriéndose a la Iglesia.

Cristo envía a los discípulos al pueblo a comprar comida, y Él se queda junto al pozo esperando a la “mujer”. Dice san Efrén (Diatesarón 12, 16-18) que Jesús va a cazar y no quiere que le espanten la presa. Jesús quiere desposar espiritualmente a la “mujer”, llevándola al “conocimiento” del Esposo, ya que los samaritanos adoran sin conocer —dice Jesús—, es decir, sin amar; por eso su culto es exterior, material, pero sin contenido verdadero. Ahora ha llegado la hora de “conocer a Dios”, de amar a Dios: Padre, Espíritu y Verdad. El amor interioriza el culto en el corazón, lo hace espiritual y verdadero; lo hace real. Así es como el Padre quiere ser adorado, porque Dios es Amor.

La “mujer” comienza su encuentro con “un judío”; después descubre “al profeta” y llega a reconocer “al Cristo”. Entonces Jesús se revela a la “mujer” para que su fe sea plena: “Yo Soy”. Su fe será así perfecta. Yahvé es el Padre; el que le pide de beber es el Hijo, la Verdad; y el que se le promete es el Espíritu.

La “mujer” ha sido conocida, es decir, amada en su realidad y perdonada en sus pecados. Ha conocido a Dios. Se ha desposado con Cristo por la fe. Ahora, olvidando su cántaro —como el ciego su manto, y como los apóstoles sus redes, la barca y a su padre—, destilando mirra fluida sus dedos como la esposa del Cantar de los Cantares, corre a anunciarlo; va a proclamar lo que ha conocido; va a compartir su “agua viva”. Ya no necesita el cántaro para dar de beber a los suyos. Ahora, de su seno manan torrentes de agua que brotan para vida eterna. Ha sido evangelizada y es evangelizadora. Samaría se ha incorporado a la Iglesia. La llegada posterior de Felipe, Pedro y Juan (Hch 8, 4-8.14-17) les permitirá recoger abundante fruto de la semilla depositada allí por el Señor.

La presencia de Dios entre los hombres en la persona de Cristo instaura el verdadero culto en un nuevo santuario. Ahora es posible un verdadero “conocimiento” de Dios en sí mismo y en nosotros, porque Dios se revela y se da en una nueva dimensión a todos los hombres, sin distinción de pueblos.

Cristo entrega a los hombres el Espíritu por voluntad del Padre, y el Espíritu derrama en sus corazones el amor de Dios, como dice la segunda lectura. Surgen así los verdaderos adoradores que el Padre quiere: los que aman al Padre con el amor del Espíritu Santo, en la Verdad del Hijo. Este es el verdadero culto: amar a Dios, Padre, Espíritu y Verdad. Este culto solo puede darse en el corazón del hombre, y no en uno u otro monte.

Cristo nos ha amado con el amor del Padre y nos ha entregado su Espíritu, para que nosotros podamos amar a Dios y al prójimo en un culto espiritual y verdadero. Esto es posible únicamente acogiendo a Cristo y creyendo en Él: “Beba el que crea en mí”; “de su seno brotarán torrentes de agua viva”. Ciertamente, “el Señor está en medio de nosotros”, como dice la primera lectura. Haberlo dudado fue lo que llevó al pueblo a tentar a Dios en Masá y Meribá.

Queridos hermanos, reconozcámonos en la samaritana y vayamos a segar la mies que está dorada. Es tiempo de alegrarse con el Sembrador y de volver cantando, llevando las gavillas.

Proclamemos juntos nuestra fe. 

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Sábado 2º de Cuaresma

Sábado 2º de Cuaresma 

Mi 7, 14-15.18-20; Lc 15, 1-3.11-32 

Queridos hermanos:

El hombre, subyugado por el mal, cae en la esclavitud y se hunde en la mayor miseria, en el oprobio de los ídolos. Esta es la realidad del hijo menor de la parábola y, figuradamente, también la de Israel en Egipto. Dios, en su amor y en su bondad, solo quiere su bien y los llama a la unión filial con Él; acude en su ayuda y espera pacientemente a que se abran a su gracia. No hay alegría mayor para quien ama que el bien del ser amado; y, como no hay bien mayor que amar a Dios, Él quiere, por eso, ser correspondido. “Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos”. Sin embargo, el amor no puede imponerse y espera ansiosamente que el ser amado se vuelva hacia quien lo ama. Esta es la actitud de Jesús ante publicanos y pecadores, y es lo que intenta hacer comprender a los letrados y fariseos que se escandalizan por la misericordia con que acoge a pecadores y gentiles.

Dios actúa en Egipto con poder en favor de su pueblo, mostrando sus designios de paz y esperando que Israel vuelva su corazón a Él, para librarlo no solo de la esclavitud al faraón, sino también del oprobio de su idolatría. Muchos fueron los que físicamente salieron de Egipto, pero murieron en el desierto porque sus corazones no abandonaron los ídolos para volverse a Dios. Solo una nueva generación llegó a pisar la tierra de la libertad y gustó los frutos de la Pascua. Lo viejo había pasado y lo nuevo había llegado. Cristo ha realizado en su carne nuestra liberación espiritual del faraón, pero a nosotros nos corresponde acogerla en el tiempo favorable, para que entremos en su descanso.

Esta parábola puede contemplarse en tres planos: desde el ángulo del padre —el amor de Dios que recorre toda la narración—, desde el del hijo menor, como tradicionalmente se hace, y desde el del hijo mayor. Es este amor el que el hijo menor descubre al entrar en sí mismo, y el que desconoce y rechaza el hermano mayor.

El hijo menor tomó conciencia del amor gratuito que siempre había recibido al alejarse de la casa paterna y experimentar el oprobio de los ídolos. El amor recibido había creado en su interior un hogar al que regresar y en el que ser acogido, porque el amor verdadero no se apaga con la distancia ni con el olvido. Es este amor gratuito el que le concede la gracia de “entrar en sí mismo” para descubrir, en lo profundo del corazón, el amor del padre que siempre lo amó.

El hijo mayor, en cambio, al no discernir el amor continuo y gratuito del padre, no vio nacer en su corazón ni la gratitud hacia él, ni la misericordia hacia su hermano, ni la compasión por su extravío. Su actitud oscila entre lo servil del temor y lo interesado del mercenario. Para el hermano mayor, la felicidad no está en el amor, porque no ha sabido reconocerlo en su padre, al que ha juzgado siempre. Es incapaz de entrar en la fiesta, porque la fiesta es el amor acogido. De hecho, una vez se ha conocido el amor, se descubre que la verdadera felicidad está en amar y no simplemente en ser amado. Que lo digan, si no, tantos a los que Dios ciertamente ama y gimen en su infelicidad; tantos que se han alejado tristes del encuentro con el Señor, como el llamado joven rico del Evangelio. El padre se encuentra, pues, entre la lejanía del menor, seducido por los ídolos, y la distancia del mayor, encerrado en sí mismo e ignorante de su amor.

San Pablo nos exhorta a reconocer el amor de Dios que se nos ha dado en Cristo, reconciliándonos con Él, para que este amor haga brotar en nosotros la vida nueva en el amor del Padre, que nos lleva también a acoger a los hermanos (cf. 2 Co 5,17-21).

La Eucaristía nos ofrece este amor y nos ayuda a volver nuestro corazón al Señor.

 Que así sea.

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Viernes 2º de Cuaresma

Viernes 2º de Cuaresma

Ge 37, 2-4.12-13.17-28; Mt 21, 33-43.45-46

Queridos hermanos:

El tema de la viña lo han tratado Isaías, Jeremías y Ezequiel, y Cristo lo utiliza también en varias ocasiones. La viña hace referencia a los frutos y, por tanto, está en función del mundo, al que debe proporcionar dulzura y alegría, como la sal da sabor o la luz claridad. Esta misión de la viña, aplicable a Israel o a la Iglesia, nos recuerda que las uvas deben ser pisadas, la sal debe disolverse y la luz debe consumirse para servir. El servicio y, por tanto, el amor, es siempre un morir a sí mismos por el otro. José llevará salvación a Egipto a costa de ser rechazado, vendido y encarcelado, pero el amor de Dios está detrás, conduciendo la historia. Lo mismo ocurre con Cristo, que, para salvar, deberá ser rechazado y morir. Si tanto Israel como la Iglesia, en lugar de darse, se apropian de los dones de Dios para sí mismos, dejan de cumplir su misión y de ser útiles para el mundo, y Dios entregará a otros sus dones. En el interior del pueblo ocurre lo mismo con los jefes y los pastores, que deben conducir al pueblo a Dios o ser infieles a su misión: “Se os quitará el Reino de Dios”.

La maldad proverbial de los siervos de la parábola, puestos al cuidado de la viña, nos hace presente la historia del pueblo y su continuo rechazo a Dios, al que Él responde siempre con su amor, su perdón y su misericordia. La verdadera realización del fiel está en servir al Señor, pero ha sido tentado a “no servir”, haciéndose dios de sí mismo, contradiciendo así su propia naturaleza de criatura y su llamada. ¡Qué duro resulta para el hombre pretender ser dios, habiendo sido hecho para amar, y estando su grandeza en “hacerse el último y el servidor de todos”! Así nos lo muestra Jesucristo, en quien Dios nos ha revelado la verdad del hombre. Apropiándose de los dones y de los atributos que le han sido dados para fructificar en el amor, el hombre pretende erigirse en su propio dueño, en busca de autonomía, y sólo obtiene la absoluta posesión de su mísera y triste condición.

Sin duda, el punto clave de la parábola —cuyo significado queda velado a los corazones incrédulos de los sumos sacerdotes, escribas y ancianos del pueblo— está en Cristo, que viene a cerrar la bóveda de la Revelación y es desechado por los constructores indignos. El problema de la parábola no está en su comprensión, sino en la aceptación de la llamada a la conversión que implica reconocer en Jesús de Nazaret, el hijo del carpintero, la autoridad que reivindica como enviado de Dios; más aún, como el Hijo del verdadero dueño, al que hay que volver el corazón para tener vida.

Hay muchos otros aspectos desde los que contemplar la viña, como una de las múltiples imágenes del Reino. Dios ha recriminado a su viña, “la entera casa de Israel”, a través de los profetas, el haber frustrado sus expectativas de fruto: “¡Yo quiero amor!”. Ahora recrimina a los viñadores que, como los falsos pastores, se apropian del fruto, como ocurre en el mundo con los que acumulan bienes para sí y rechazan al verdadero dueño, que es amor, negándose a reconocerlo; pensemos en “la destinación universal de los bienes”. Cristo será la vid y el fruto que el Padre quiere que dé su viña, y, a través de Él, entregará la viña a otros viñadores para que rindan su fruto. Dios quiere que su amor alcance a todos mediante la evangelización: “Brille así vuestra luz”. Como la luz y la sal deben morir para cumplir su misión, el trigo debe ser molido, amasado y cocido al fuego para ser pan; la uva debe ser pisada y fermentada para ser vino. Todo nos enseña a inmolarnos, porque existimos por amor y estamos destinados al amor, caminando en el amor.

Dice Jesús en el Evangelio de Juan: “Yo soy la vid verdadera”. ¿Y para qué serviría una vid si no da fruto? Por eso: “¿Qué voy a decir?: ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero, ¡si he llegado a esta hora para esto!: me has dado un cuerpo para hacer tu voluntad” (Hb 10, 5-7). Al igual que Cristo, la Iglesia no tiene otra razón de ser en este mundo que su misión: la dulzura de su fruto y la alegría de su vino, que requiere que sea estrujada y pisoteada en el lagar, a semejanza de Cristo.

No hay palabra más adecuada para contemplar en la Eucaristía. San Pablo dice: “Hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud o valor, todo cuanto habéis aprendido y recibido y oído y visto, ponedlo por obra, y el Dios de la paz estará con vosotros”. Como sarmientos de la vid, debemos dar fruto, y, como viñadores, debemos rendirlo al Señor. De ahí que también a nosotros incumbe la responsabilidad de ceder su lugar a la piedra angular que es Cristo, mediante nuestra fe; de servir agradecidos al dueño de la viña, aun sabiéndonos siervos inútiles que sólo por gracia hemos sido llamados. Unámonos, pues, a esta entrega de Cristo, cuyo vino alegra nuestro corazón y nos comunica vida eterna. Vid verdadera, semilla santa, no trasplantada de Egipto, sino celeste.

 Que así sea.

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Jueves 2º de Cuaresma

Jueves 2º de Cuaresma

Jer 17, 5-10; Lc 16, 19-31

Queridos hermanos:

Dios es amor y ha creado al hombre para el amor y la comunión con Él. Sin embargo, el hombre, al apartarse por el pecado, ha quedado privado de ambas realidades y ha experimentado la muerte. Dios, por su parte, ha dispuesto en su Palabra los criterios para discernir la verdad de la existencia, de modo que el hombre, al escucharla, pueda orientar su vida en este mundo sin sucumbir a las apariencias engañosas ni a las solicitaciones que lo asedian, y pueda retornar a Él siguiendo a Moisés y a los profetas: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. Escucha, Israel: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo. Haz esto y tendrás la vida eterna».

La vida es un don insustituible, que puede arruinarse o realizarse plenamente. La voluntad amorosa de Dios y su plan de salvación se encuentran con nuestra libertad, para que las gracias recibidas en la predicación lleguen a dar fruto. A primera vista, el rico parecía poseer una vida plena, mientras que Lázaro llevaba una vida fracasada; pero, dada la condición instrumental y pasajera de la existencia, la parábola enseña que el desenlace fue el contrario, por la trascendencia de los actos humanos. El hombre, de manera inexorable, debe asumir las consecuencias de su responsabilidad. La clave para orientar la vida hacia su plenitud está en la escucha de Moisés y los profetas, en cuyas palabras Dios ha dado los criterios de discernimiento para una existencia lograda. Con Cristo, la ley y los profetas se hacen carne en nosotros y se cumplen por el Espíritu mediante la fe en Él.

La parábola de hoy muestra las consecuencias de un rechazo de Dios que se vuelve permanente. No es casual que conozcamos el nombre del pobre y bienaventurado Lázaro —nombre de vivo—, introducido en el seno de Abrahán, mientras que ignoramos el del rico, que fue sepultado y permanece en el anonimato de la muerte. Como decía el célebre terceto: «Al final de la jornada, aquel que se salva, sabe; y el que no, no sabe nada». La parábola distingue ya entre el Hades, con la llama de sus tormentos, y el seno de Abrahán, con sus consuelos, como destino inmediato e irrevocable de los difuntos.

Lo que se ha llamado “retribución de ultratumba” es, según la enseñanza de la Iglesia, la consecuencia de una opción libre y sostenida, mediante la cual cada uno orienta su vida en sintonía o en oposición a la voluntad salvadora de Dios que se nos ha revelado. La Palabra, guía y vehículo de esa revelación, será la que nos juzgue según nuestra actitud ante la iniciativa misericordiosa de Dios.

La salvación vendrá por la acogida de la Palabra y la escucha de la predicación, mediante la fe y el don del Espíritu, y no por los prodigios que, aun siendo instrumentos para abrir el corazón, dejaron en sus pecados a legistas, escribas y fariseos que los presenciaron sin que su espíritu se conmoviera ante su testimonio.

El hombre, en su libertad, debe acoger la Palabra del Señor para que la salvación de Dios lo alcance. Esta es la tarea fundamental de la vida sobre la tierra. Para nosotros, hoy, la Eucaristía y esta Cuaresma quieren abrirnos a la escucha de la Palabra y a la mesa de la caridad, para sanar el corazón y, mediante la conversión, fructificar en el bien, de modo que podamos ser recibidos en el seno de Abrahán cuando, concluido el “tiempo de higos”, llegue el tiempo del juicio.

 Que así sea.

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Miércoles 2º de Cuaresma

Miércoles 2º de Cuaresma 

Jer 18, 18-20; Mt 20, 17-28

Queridos hermanos:

En este tiempo de Cuaresma, la Palabra nos presenta hoy el anuncio de la Pasión como antesala de la Pascua. La esclavitud al faraón, la idolatría y la multitud de pecados, asumidos por Cristo, lo sumergirán en la muerte para resurgir victorioso y salvador. Mientras Cristo se prepara para entregarse, los discípulos no logran superar la concepción mundana del Reino, en el que esperan figurar, sin discernir que su gloria no es de este mundo, donde cada cual utiliza sus influencias, porque la carne mira siempre por sí misma.

En esta Palabra aparecemos también nosotros, con las consecuencias de nuestra naturaleza caída, reflejados en la realidad carnal de los apóstoles, que buscan ser los primeros en todo. Y aparece, al mismo tiempo, el hombre nuevo en Cristo, que se niega a sí mismo por amor, anteponiendo al propio bien el bien del otro mediante el servicio, hasta el extremo de dar la propia vida. Este es el llamamiento que dirige a sus discípulos para seguirle: «Porque tampoco el Hijo del hombre ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate por muchos».

Es muy fácil dejarse llevar por los criterios del mundo, pero Cristo vive en otra lógica, la del Espíritu, que es el amor. Su Reino es amor, y quien quiera situarse cerca de Cristo, quien quiera seguirlo, debe acercarse a su entrega, a su bautismo y a su cáliz.

Jesús va delante porque indica el camino, trazándolo con sus huellas, porque Él es el Camino. Sabiendo que los judíos buscaban matarlo, los discípulos se sorprenden y sienten miedo.

Este puede ser un punto importante para nuestra conversión cuaresmal: centrarnos en el amor y en el servicio a los demás, sin contemplarnos a nosotros mismos, sino a Cristo, en cuyo amor resplandece el rostro del Padre. El amor y el servicio son la gracia que Cristo nos ofrece y, a la vez, la recompensa por acogerla. Quien ama no necesita esperar la vida eterna como premio, porque el amor es Dios, y quien ama está ya en Él. Ha pasado de la muerte a la Vida.

 Que así sea.

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Martes 2º de Cuaresma

Martes 2º de Cuaresma 

Is 1, 10.16-20; Mt 23, 1-12

Queridos hermanos:

Hoy, la Palabra nos invita a la fe; pero, como insiste siempre en amonestarnos san Juan, nuestra fe y nuestro amor no son el punto de partida de nuestra salvación. El principio de nuestra salvación es que Dios nos amó primero, y sólo el conocimiento, la experiencia y el reconocimiento de este amor gratuito suscitan en nosotros la fe, por la cual es derramado en nuestro corazón el amor de Dios por el Espíritu Santo. Así podemos amar sin necesitar la gloria de los hombres, dando gloria a Dios con nuestro amor, porque el amor es de Dios.

El problema de los escribas y fariseos es que, cerrados a la fe, prefieren ser amados antes que amar; prefieren la estima de los hombres a la comunión con Dios. Por eso Jesús les dirá: “¿Cómo podéis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene sólo de Dios?”. Sin la fe, el amor no puede habitar en su corazón, y la Ley, desposeída del amor, se convierte en una carga insoportable para ellos mismos y en una exigencia para los demás. Su culto es perverso y vano porque no busca la complacencia de Dios, sino la propia; y el verdadero culto a Dios es el amor: “¡Misericordia quiero; yo quiero amor!”.

Este tiempo viene en nuestra ayuda para movernos a buscar al Señor, negándonos a nosotros mismos mediante la penitencia y abriéndonos a los demás mediante la misericordia, en nuestro camino hacia la Pascua. Necesitamos abajar nuestro yo para abrirnos al tú del amor y, en él, encontrarnos frente al Tú de Dios.

En Cristo, Dios va a glorificar su nombre como nunca, manifestando su amor, salvando a todos los hombres de la muerte, entregándolo por nuestros pecados y resucitándolo para nuestra justificación. “Ahora va a ser glorificado el Hijo del hombre y Dios va a ser glorificado en Él. ¡Padre, glorifica tu nombre!”. Y dijo Dios: “Lo he glorificado y de nuevo lo glorificaré”. La gloria de Dios es su entrega y su complacencia: la entrega del Hijo por nosotros.

Creer en Jesucristo da gloria a Dios porque, por la fe, el hombre fructifica en el amor: “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto y seáis mis discípulos”. La semejanza de los discípulos con el Padre y el Hijo es el amor, y el amor los glorifica.

Un fruto de amor da gloria a Dios porque el amor es de Dios; es Él quien lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. El que no cree no tiene el amor de Dios en su corazón y está condenado a buscar su propia gloria, porque no es posible vivir sin amor. Pide la vida a las cosas y a las personas, se sirve de ellas, pero no las ama; y nada ni nadie puede dar vida, sino sólo Dios. El que no cree, no ama y no da gloria a Dios.

Si por la Eucaristía nos unimos a Cristo en este sacramento de su amor al Padre y a nosotros, lo glorificamos juntamente con Él, haciéndonos uno con su entrega amorosa a la voluntad divina.

 Que así sea.

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