Viernes 3º de Pascua

Viernes 3º de Pascua

Hch 9, 1-20; Jn 6, 52-59

Queridos hermanos:

A través del Evangelio según san Juan hemos recorrido, durante estos días, el discurso del Pan de Vida, que comenzaba mostrándonos cómo nuestra adhesión a Cristo estaba profundamente contaminada por las exigencias de la carne. Era necesario purificarla de todo lo terreno para elevarla al cielo de la fe.

Dice el Señor: “Mis palabras son espíritu y vida; la carne no sirve para nada”. Él no habla para satisfacer la carne, sino para alimentar el espíritu.

Sólo la fe es capaz de resistir ante este lenguaje, porque se apoya en quien habla, aunque no comprenda del todo lo que escucha. Jesús ha dicho: “Mis palabras son espíritu y son vida”. Un judío ni siquiera puede comer la sangre de los animales; cuánto menos la de una persona. Sólo la confianza y el abandono total en quien habla —fruto de la fe— pueden soportar este misterio y trascender la propia razón.

En la Escritura, la vida está unida a la sangre y, por eso, pertenece a Dios; el hombre no puede derramarla ni apropiársela. Sólo si se acepta que Cristo es Dios, la mente puede elevarse y acoger, sin comprender del todo, su invitación a beber su sangre. Beber sangre equivaldría a beber vida. La invitación a beber la sangre divina de Cristo es, por tanto, una invitación a la Vida eterna.

Carne y sangre hacen referencia al cuerpo, y Cristo, a través de la Escritura (cf. Hb 10, 5-7), dice: “Me has formado un cuerpo para hacer, oh Dios, tu voluntad”. Comulgar con el cuerpo de Cristo es, entonces, comulgar con la voluntad de Dios, que lo lleva a entregarse a la muerte por la salvación del mundo, haciéndonos un solo espíritu con Él.

Este es el pan sustancial que no perece (Jn 6, 27), del que Cristo mismo se alimenta: “Mi comida es hacer la voluntad —amorosa y salvadora— del que me ha enviado” (cf. Jn 4, 34). El que hace la voluntad de Dios permanece en Él, que no muere; y aunque experimente la muerte, no morirá para siempre: vivirá. La vida del Padre, que está en Cristo porque permanece en Él, está también en el discípulo que permanece en Cristo, otorgándole Vida eterna.

Cuando en la Eucaristía decimos “¡Amén!” al comer la carne de Cristo y beber su sangre, aceptamos que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios, por la cual ha enviado a su Hijo a entregarse por todos los hombres.

San Pablo enseña que se debe discernir lo que se come y se bebe al participar en la Eucaristía. Este discernimiento es posible sólo por la fe; por eso hemos escuchado en la primera lectura que Pablo debe someterse al bautismo —sello de la fe— para incorporarse y formar parte del Cuerpo de Cristo, al que también nosotros nos unimos en la Eucaristía.

Cuando Cristo habla de la vida eterna, afirma que quien la posee resucitará en el último día. Esto implica haber pasado antes por la muerte, que es la puerta de entrada a la resurrección, pero sin permanecer en ella: vivirá para siempre.

Si comer la carne de Cristo es vivir en Él, entonces somos saciados. Y si Él vive en nosotros, al entregarnos por el mundo, es Cristo mismo quien se entrega. Esta participación en la muerte de Cristo, en su “carne”, lleva consigo también nuestra participación en su resurrección.

Por eso dice Cristo que sólo así tenemos vida en nosotros mismos y garantía de resurrección en el último día. Su alimento no perece, sino que salta a la Vida eterna, donde sólo el amor —que es Dios— subsistirá.

Que así sea en nosotros. 

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Jueves 3º de Pascua

Jueves 3º de Pascua

Hch 8, 26-40; Jn 6, 44-51

Queridos hermanos:

En la Eucaristía estamos sentados ante esta mesa de vida eterna, a la que —como hemos escuchado— nos convoca el Padre, atrayéndonos hacia Cristo para ser instruidos por Él mediante su Palabra y para ser alimentados con el pan del cielo, que da vida eterna a quienes escuchan y aprenden. Las palabras y la vida de Cristo son enseñanza y vida para quienes escuchan y creen, apoyando su existencia en Dios y entregándose con Cristo. Escuchan y aprenden; escuchan y obedecen su Palabra por la fe. Dios enseña a todos, pero quizá no todos aprendemos.

El pecado, como contradicción de la fe, nos priva de la vida eterna al apoyarnos en la mentira mortal. Se supone que nosotros hemos aprendido, porque hemos sido dados a Cristo y hemos venido a Él para ser alimentados por Él en la Palabra y en la Eucaristía. Por lo tanto, también debemos creer que hemos recibido la vida eterna y que resucitaremos en el último día, si no la contradecimos con nuestros pecados. Pero no debemos olvidar que este pan celeste es la carne de Cristo entregada por la vida del mundo. Por eso dice la carta a los Efesios: «Vivid en el amor con el que Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima.» Vivid en la entrega con la que Cristo se entregó.

Dios manda un pan en el desierto con el que se nutre durante cuarenta días el profeta Elías, como lo fue en otro tiempo Moisés, y durante cuarenta años el pueblo. Todo pan nutre la vida del hombre por un tiempo y después perece. Dios les dio el maná a los israelitas durante cuarenta años, y murieron unos en el desierto y otros en la tierra prometida. Dios dio a Abrahán la promesa y, cuatrocientos años después, la ley a Israel; pero siguieron muriendo, viendo su cumplimiento solo en esperanza. Tanto el maná como el pan de Elías fueron prodigiosos, pero no eran el pan sustancial que anuncia Cristo: un pan que no perece y un alimento que sacia perennemente: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo, para que quien lo coma no muera; es mi carne por la vida del mundo.» Lo ha dicho san Pablo: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima.» Cristo ha recibido un cuerpo para entregarse por el mundo: «Me has dado un cuerpo para hacer, oh Dios, tu voluntad» (cf. Hb 10, 5-7).

Cristo está en el cielo. Lo que se hace presente en esta mesa no es su cuerpo glorioso, ni el que pasea por la orilla del lago, ni el que predica por Galilea o resucita a Lázaro, sino su cuerpo entregado en la cruz: la muerte de Cristo y su sangre derramada, no el día de su circuncisión, sino en su pasión y muerte. Por eso dice san Pablo: «Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos la muerte del Señor hasta que venga.» Podemos pensar que al cuerpo glorioso del Señor no le afectan los sufrimientos de su cuerpo físico; pero sí, ciertamente, los de su Cuerpo Místico, en personas elegidas por Él que aceptan libremente ofrecerse por amor. Podemos decir, por tanto, que sufre místicamente con nuestros sufrimientos y con las consecuencias de nuestros pecados.

Cuando san Pablo dice: «Sufro lo que falta en mi carne a la pasión de Cristo»; cuando los mártires son asesinados; cuando Cristo mismo crucifica al Padre Pío diciéndole: «Cuántas veces me habrías abandonado si no te hubiera yo crucificado»… ¿pensamos que al Señor le resultan indiferentes estos sufrimientos? Ciertamente no. Es su amor quien los permite y, en ocasiones, los suscita, para sufrir místicamente en sus miembros escogidos por la salvación del mundo.

Al comer su carne se nos da algo que no es solo para nosotros, sino para el mundo. En la Eucaristía decimos amén a su carne entregada, a su entrega por la vida del mundo.

  Que así sea en nosotros.

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Miércoles 3º de Pascua

Miércoles 3º de Pascua

Hch 8, 1-8; Jn 6, 35-40

Queridos hermanos:

Después de las primeras apariciones y los primeros testimonios de la Resurrección, el anuncio del Evangelio y la Iglesia misma desbordan el ámbito de Jerusalén y se extienden hasta los confines de la tierra, bajo el signo de la cruz y de la persecución.

Hoy, en la Palabra, Cristo se nos presenta como el pan enviado por Dios, que no cae como el maná, sino que se encarna para dar vida. No solo es un pan que viene de Dios, sino un pan en el que Dios mismo se da como alimento. Para realizar esta obra, Cristo lleva a cabo unas “señales” que manifiestan que Dios está en Él; pero estas señales no quitan al hombre su libertad y pueden ser rechazadas, al igual que su palabra, o incluso instrumentalizadas, sin que se dé la conversión ni la fe.

Cristo habla de un pan imperecedero que da vida eterna. Él tiene un alimento que consiste en hacer la voluntad del que lo ha enviado. Esa voluntad pasa por nuestra salvación a través de la cruz.

Comer de ese pan, que es Cristo mismo, nos une a su cruz y a su resurrección de vida eterna. Por la fe en Cristo y mediante la Eucaristía, realizamos sacramentalmente nuestra unión con Él en la voluntad del Padre, que hace de nuestra vida una entrega, juntamente con Cristo, al amor misericordioso de Dios, en el que caben todos los hombres y que nos transforma en don para el mundo.

Pero este pan de Dios, que se encarna, los judíos no lo han visto caer del cielo como el maná, sino surgir de la tierra: «¿No es este Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: “He bajado del cielo”?». Murmuran porque no entienden eso de nacer de lo alto, nacer del Espíritu, y no están dispuestos a aceptar la encarnación de Dios en un hombre, en un galileo, en un laico, en un “irregular”, como no han aceptado nunca a los profetas.

Para nosotros, para nuestra generación, no es menor la dificultad ante la Encarnación: «Cristo sí, la Iglesia no», dicen muchos; «La Iglesia sí, los curas no»; «Los curas sí, los laicos no». De hecho, la mayor parte de las herejías han surgido en torno a la Encarnación. Por eso dice Jesús que el problema consiste en «ver al Hijo», discernir en Jesús la presencia de Dios.

Dios dio a Abrahán la promesa, y la ley cuatrocientos años después a Israel, pero siguieron muriendo sin ver su cumplimiento. Solo en Cristo se anuncia un pan que no perece y un alimento que sacia: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo. Yo soy el pan de vida; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera; es mi carne por la vida del mundo».

San Pablo lo ha dicho: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima». Cristo ha recibido una carne para entregarse por el mundo: «Me has dado un cuerpo para hacer, oh Dios, tu voluntad» (cf. Hb 10,5-7).

Comer la carne de Cristo es entrar en comunión con su entrega. Cristo es, pues, el alimento de la vida definitiva que ansía el corazón humano y que el mundo necesita.

Pero hemos escuchado a Cristo decir: «Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí. Nadie puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado, no lo atrae». El Padre atrae hacia Cristo, ofrece a Cristo el don de nuestra fe, pero lo hace con lazos de amor y no de constricción, a los cuales debe responder el libre albedrío de nuestro amor, creyendo y yendo a Cristo.

Nuestro corazón debe querer ser atraído hacia Cristo, y el Padre, que ve los deseos de nuestro corazón, nos lo concederá, como dice el salmo: «Sea el Señor tu delicia, y Él te dará lo que pide tu corazón» (Sal 36,4). «Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna, y que yo lo resucite en el último día».

Decía el poeta Virgilio: «Cada cual es atraído por su placer». Nosotros, hoy, diríamos: cada cual es atraído por su amor, por aquello que ama. Decía san Agustín: «No hay nadie que no ame; el problema es cuál sea el objeto de su amor». Por eso dice la carta a los Efesios: «Vivid en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima». Vivid en la entrega con la que Cristo se entregó. Lo dice el Señor: «Permaneced en mi amor».

Hoy somos invitados, en la Eucaristía, a entrar en comunión con la carne de Cristo, que se entrega por la vida del mundo.

  Que así sea.

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Martes 3º de Pascua

Martes 3º de Pascua 

Hch 7, 51-8, 1a; Jn 6, 30-35

Queridos hermanos:

Continuamos hoy contemplando la catequesis del pan sustancial, que es eminentemente eucarística y nos introduce en el “memorial” de Cristo, al que somos invitados a unirnos comiendo su Cuerpo y bebiendo su Sangre, alimento que salta hasta la vida eterna.

Una vez más, en estos encuentros pascuales, la Palabra hace alusión a la Eucaristía a través de figuras como el maná, el alimento mesiánico, el pan del cielo, el pan de Dios o el pan de vida eterna, que viene a colmar el ansia insaciable del corazón humano. Los judíos quieren ver signos que se les impongan, pero no están dispuestos a creer. Cristo, de hecho, realiza señales anunciadas en las Escrituras, que testifican su misión, pero que no responden a sus erróneas expectativas respecto al Mesías, expectativas en las que no tienen cabida ni la conversión del corazón a Dios ni una llamada universal a la salvación que relativice sus privilegios como pueblo elegido. Este pueblo era ajeno por completo a la misericordia divina, explícita ya en las promesas hechas a Abrahán: “En tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra”.

En efecto, Israel responde a Cristo: “Señor, danos siempre de ese pan”; y los gentiles, por boca de la samaritana, dicen: “Señor, dame de esa agua para que no tenga más sed”. Pero tanto Israel como los gentiles deben primero recibir el agua de la fe y el bautismo, para pasar después al banquete del Pan de la Vida.

El pan de la vida divina en nosotros, al saciarnos, nos constituye en pan que se entrega. Lo mismo ocurre con la luz: al ser iluminados, nos transformamos en luz del mundo. También con el agua viva: nos hacemos fuente que brota para vida eterna. Y cuando somos apacentados, somos constituidos pastores de las naciones, llamados a reunir a las ovejas. Esos son los frutos de la vida, del Espíritu y del amor del Señor en nosotros. Por último, cuando Cristo nos revela a su propio Padre, nos hace hijos suyos y hermanos entre nosotros: “Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”.

Cristo se aplica a sí mismo el discurso de la Sabiduría y viene a confirmar la tendencia de la Revelación a personalizarla, precisamente porque Él es la plenitud a la que tiende la Sabiduría. Aquellos que la gustan siguen teniendo hambre y sed de Cristo, y tienden hacia Él hasta encontrarlo (Eclo 24, 21). El encuentro con la Sabiduría los hace pobres de espíritu y necesitados de salvación. Jesús dirá: “Dichosos los que tenéis hambre ahora”, porque “el que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed. Será saciado”. “Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre; ay de los que reís ahora, porque tendréis aflicción y llanto; dichosos vosotros, los tristes, porque reiréis”.

Dios mandó un pan en el desierto con el que se nutrió durante cuarenta días el profeta Elías, como en otro tiempo Moisés. Pero todo pan nutre la vida del hombre por un tiempo y después perece. Dios dio el maná a los israelitas durante cuarenta años, y murieron unos en el desierto y otros en la tierra prometida. Dios dio a Abrahán la Promesa, y la Ley cuatrocientos años después a Israel, pero siguieron muriendo, saciados solo en la esperanza. Nosotros no solo somos llamados a la esperanza, sino a recibir al Esperado de todos los tiempos, al Prometido a los patriarcas y al anunciado por los profetas. Solo en Cristo se nos da un pan de vida eterna que sacia y no se corrompe.

Hemos escuchado también a Jesús decir: “Yo soy”, el nombre de Dios revelado a Moisés, que Cristo se aplica a sí mismo siete veces en el evangelio de Juan. Son siete definiciones con las que se revela iluminándonos, como las siete lámparas del candelabro: “Yo soy el pan de la vida; la luz verdadera; la puerta; el camino, la verdad y la vida; el buen pastor; la resurrección; la vid verdadera”.

A este banquete mesiánico somos hoy invitados por Cristo, para que recibamos vida y podamos llevarla a un mundo hambriento de paz y sediento de verdad. Un mundo a oscuras, guiado por ciegos, que se precipita al abismo de pasiones incapaces de redimirlo de su angustiosa prevaricación.

Que así sea.

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Lunes 3º de Pascua

Lunes 3ª de Pascua 

Hch 6, 8-15; Jn 6, 22-29

Queridos hermanos:

Se nos propone hoy el comienzo de esta catequesis eucarística del “Pan de vida”. En la Eucaristía proclamamos: “Este es el sacramento de nuestra fe”. La fe supone haber creído y acogido al Enviado de Dios, a aquel a quien el Padre ha marcado con el sello de su Espíritu.

La conclusión del pasaje nos muestra el sentido de esta palabra: «La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado». Para realizar esta obra, Cristo lleva a cabo unas “señales” que manifiestan que Dios está en Él; pero estas señales no anulan la libertad del hombre. Pueden ser rechazadas, como también puede ser rechazada su palabra, o incluso instrumentalizadas, sin que se dé la conversión ni la fe.

Cristo habla de un pan imperecedero que da vida eterna. Él tiene un alimento que consiste en hacer la voluntad del que lo ha enviado. Esa voluntad pasa por nuestra salvación a través de la cruz.

Comer de ese pan, que es Cristo mismo, nos une a su cruz y a su resurrección de vida eterna. Por la fe en Cristo y mediante la Eucaristía, realizamos sacramentalmente nuestra unión con Él en la voluntad del Padre, quien hace de nuestra vida una entrega, juntamente con Cristo, al amor misericordioso de Dios, en el que caben todos los hombres.

Por esta fe podemos entrar en comunión con Cristo, el pan que no perece, el alimento que sacia para la vida eterna y que nos transforma en don para el mundo.

Una vez más, en estos encuentros pascuales, la Palabra hace alusión a la Eucaristía a través de figuras como el maná, alimento mesiánico; el pan del cielo; el pan de Dios; o el pan de vida eterna, que viene a colmar el ansia insaciable del corazón humano. Por eso Israel responde a Cristo: “Señor, danos siempre de ese pan”, y los gentiles, en la samaritana: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed». Los gentiles, en efecto, deben primero ser bañados en el agua que salta hasta la vida eterna por el bautismo, para pasar después al banquete de la vida.

Hemos escuchado también a Jesús decir: “Yo soy”, nombre de Dios revelado a Moisés, que Cristo se aplica a sí mismo siete veces en el evangelio de Juan; siete definiciones con las que se revela, iluminándonos como las siete lámparas del candelabro: Yo soy el pan de la vida; la luz verdadera; la puerta; el camino, la verdad y la vida; el buen pastor; la resurrección; la vid verdadera.

Al aplicarse a sí mismo el discurso de la Sabiduría, Cristo confirma la tendencia de la Revelación a personalizarla. Precisamente porque la plenitud de la Sabiduría es Cristo, quienes la gustan siguen teniendo hambre y sed de Él; tienden hacia Él hasta encontrarlo (Eclo 24, 21). El encuentro con la Sabiduría los hace pobres de espíritu y necesitados de salvación. Jesús dirá: “Ay de vosotros, los hartos”, y “Dichosos los que tenéis hambre ahora”, porque: “El que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed”. Será saciado.

A este banquete mesiánico somos hoy invitados por Cristo, para que recibamos vida.

Que así sea.

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Domingo 3º de Pascua A

 Domingo 3º de Pascua A 

Hch 2, 14.22-28; 1P 1, 17-21; Lc 24, 13-35

 

Queridos hermanos:

 

Hoy, la Palabra nos invita a situarnos frente al acontecimiento pascual que celebramos en la Eucaristía. Todas las lecturas nos presentan la glorificación del Señor, pero hemos escuchado que “era necesario que el Cristo padeciera estas cosas para entrar así en su gloria”. ¿Acaso no era ya su propia gloria, la que tenía junto al Padre antes de que el mundo existiera? ¿Cómo, entonces, era necesario que padeciera para entrar en la gloria que le pertenecía? ¿Para quién era necesario? No ciertamente para Él, sino para nosotros: para nuestra justificación y salvación; para que, al regresar a su gloria, no lo hiciera solo, sino con todos nosotros como hermanos suyos: “Subo a mi Padre y —ahora— vuestro Padre”.

No era a Israel únicamente a quien iba a librar el Mesías, sino a toda la humanidad; y no de un poder humano, sino de la esclavitud al diablo y de la muerte, consecuencia del pecado de nuestros primeros padres, que aparece como trasfondo en esta Palabra.

Para llevar a cabo esta salvación, Cristo hace Pascua por nosotros. Y la Pascua de Cristo —de la que brota la vida para nosotros— se actualiza en la Eucaristía, realidad que esta Palabra nos presenta como viático en el camino que, a través de Cristo, nos une al Padre, en la comunión que Él tenía desde siempre en su gloria. El Antiguo Testamento fue un tiempo para hambrear la salvación de Dios, que ahora podemos gustar en Cristo mediante la comunión con Dios y con los hermanos.

Los discípulos de Emaús hacen presente a Jesús y su Pascua: “Conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado”, y Él, que está allí en medio de ellos —fiel a sus palabras: “donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo”— comienza a manifestárseles para constituirlos testigos de su Resurrección. Esta es la experiencia pascual de la Iglesia: “Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos” (Lc 24, 36).

Dice el Evangelio que “iban dos de ellos; uno, llamado Cleofás”. Debían ser al menos dos para testificar, pero ¿por qué uno queda en el anonimato? Hay quien afirma que el mismo Lucas era el otro testigo y por eso prefiere mantener su nombre en la sombra. También podríamos interpretar este silencio como una invitación del evangelista a incluirnos, a encarnar nosotros mismos el rol de testigos en el acontecimiento. “Cuando leemos la Escritura, nosotros somos el texto. No es tanto que el texto hable de nosotros o que nosotros nos encontremos en él, sino que nosotros somos el texto sagrado. Del mismo modo que la finalidad de la música —arte de combinar los sonidos con el tiempo— no es simplemente ser oída, sino vivir en nuestro oído, ser nuestro oído mismo, parte de nuestra alma, así la Palabra desea hacerse ‘uno’ con nosotros a través del texto”[1]. Por eso, de cada relación personal con la Palabra nace un nuevo significado, según el sujeto que la estudia, la interpreta, la escucha, la proclama o la anuncia.

Los dos discípulos abandonaban la ciudad. La tristeza de la incredulidad velaba sus ojos y disolvía los lazos de la comunión que los congregaba en Jerusalén: “tardos de corazón para creer”, les dirá Jesús.

“Jesús se acercó a ellos y caminó a su lado; sus ojos estaban como incapacitados para reconocerle”. Los Evangelios muestran con frecuencia que Cristo resucitado no es reconocido cuando aparece. Lo es en un segundo momento y solo por algunos. Juan explica este hecho con el verbo “manifestarse”: Cristo es reconocido no cuando aparece, sino cuando “se manifiesta”. Es, por tanto, una gracia especial concedida a quien Él quiere, y que suele asociarse a una relación particular de amor a Cristo. Así sucede con Juan y con María Magdalena; también en un contexto litúrgico, como en este pasaje o en el del Cenáculo con los once (cf. Lc 24, 31.36; Jn 20, 16.20).

Podemos conocer la conciencia que tenían los de Emaús acerca de Jesús antes de su pasión y resurrección por sus propias palabras: “Jesús el Nazoreo, profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel”. Los discípulos de Emaús tienen una memoria abstracta de las profecías mesiánicas y de las Escrituras en general, y una expectativa concreta del Mesías, pero desligadas entre sí: esperaban que Jesús expulsara a los romanos, al estilo de Judas Macabeo, que combatió precisamente en Emaús (1 M 4, 3.8ss), cuyo discurso antes de la batalla es claramente mesiánico: «No temáis a esa muchedumbre ni su pujanza os acobarde. Recordad cómo se salvaron nuestros padres en el mar Rojo, cuando el Faraón los perseguía con su ejército. Clamemos ahora al Cielo, a ver si tiene piedad de nosotros, si recuerda la alianza de nuestros padres y destruye hoy este ejército a nuestro favor. Entonces reconocerán todas las naciones que hay quien rescata y salva a Israel». Después del encuentro con Jesús, vuelven a Jerusalén con una mentalidad distinta: el encuentro con Cristo resucitado y con la Palabra de Jesús une en su espíritu pasado, presente y futuro. Esta es la obra del Espíritu Santo en la comunidad cristiana cuando se proclama la Palabra[2].

Siempre hemos escuchado y aceptado que los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús “al partir el pan”, como dice el texto. Pero el Evangelio afirma también que Jesús “partió y les dio el pan”. Y no dice solamente que entonces le reconocieron, sino que “entonces se les abrieron los ojos”, expresión que reproduce exactamente lo ocurrido a Adán y Eva al comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Si este “entonces se les abrieron los ojos” hace referencia al comer, parece coherente pensar que también a los de Emaús “se les abrieron los ojos” al comer el pan que Jesús les iba dando; es decir, al comer el pan sobre el que Cristo pronunció la bendición: el fruto del árbol de la vida. “El que coma de este pan vivirá para siempre”. El primer árbol, situado en el centro del Paraíso, abrió los ojos a la muerte como fruto de la rebeldía; el segundo árbol —también en el centro del Paraíso— los abre a la vida, ante el signo oblativo de la fe. “Al partir el pan” significa, pues, participar plenamente del Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, sacramento de nuestra fe, más que la simple contemplación del gesto de la fracción (cf. Hch 2, 42).

Por eso, en este pasaje evangélico se hacen presentes cada una de las partes de la Eucaristía, como en una catequesis mistagógica: En la liturgia de la Palabra, mientras les “explicaba las Escrituras”, y recibida la exhortación de que “era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria”, después de haberse reconocido en el “acto penitencial” —“insensatos y tardos de corazón para creer”—, el ardor del corazón les hacía presentir la presencia de Jesús. La Palabra tiene la capacidad de hacerse presente cuando es proclamada: puede entrar en quien la escucha y transformarlo[3]. Por fin, en la liturgia eucarística, cuando “sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando”, y sobre todo en la consumación sacramental de la comunión, su corazón se abrió al Misterio de la fe. Y ante la fe ya no es necesario el testimonio de los sentidos: bastan los signos sacramentales. Por eso, en ese momento, “Él desapareció de su vista”.

“¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!”. Con esta expresión de júbilo —cuando el Espíritu entra en resonancia con el corazón humano, cuando el acento divino se armoniza con nuestra carne—, fruto de su encuentro sacramental con Cristo, superior a la visión física, los discípulos regresaron a la comunión con la comunidad en Jerusalén, dieron testimonio de la Resurrección y acogieron la confirmación de los hermanos.

¡Que así sea también para nosotros en la Eucaristía!

 

Proclamemos juntos nuestra fe.

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[1] (Cf. Lawrence Kushner, “In questo luogo c´era Dio e io non lo sapevo” p 170.)

[2] Nodet,  Etienne, Origen hebreo del Cristianismo.

[3] Nodet,  Etienne, Obra citada:

Sábado 2º de Pascua

Sábado 2º de Pascua

Hch 6, 1-7; Jn 6, 16-21

Queridos hermanos:

En este tiempo de Pascua, la liturgia nos recuerda los signos con los que Cristo manifestó a los discípulos que Él es el Señor: “Yo soy”. La experiencia de verlo caminar sobre las aguas y de contemplar su poder sobre la muerte es fundamental para la fe. Frente a los acontecimientos adversos, resuena su palabra: “No temáis, Yo Soy”.

Los discípulos deben aprender que, cuando el mal se vuelve contra ellos, Cristo está cerca con el poder de Dios: para guardarlos, para conducirlos al puerto deseado, para calmar la violencia del mal y aniquilar la muerte; pero, sobre todo, para resucitarlos, venciendo su poder.

En su señorío sobre la tormenta y sobre el mar de la muerte, o en medio de una brisa suave, la vida nos llega del auxilio de Dios: del Yo Soy, ante quien el universo se inclina y ante quien debe doblarse toda rodilla en el cielo y en la tierra. Es el Señor, en su amorosa gratuidad, quien nos empuja a situaciones que jamás hubiéramos imaginado vivir. El mismo Cristo tuvo que someterse al momentáneo abandono del Padre, para inclinar ante Él su cabeza en la cruz y entregarle su espíritu.

El Señor no solo provee en medio de las olas, del viento y de la tormenta; es también Él quien permite toda persecución para fortalecer y purificar a sus discípulos. Fue el Señor quien endureció el corazón del Faraón para manifestar su gloria en Egipto; fue el Señor quien luchó con Jacob para hacerlo “fuerte con Dios”. ¡Ánimo, que soy yo; no temáis!

Buscar al Señor en medio de la noche y de las adversidades de la vida, y avivar la conciencia de su presencia, es una experiencia necesaria para el discípulo fiel.

Con esta fe, los discípulos invocarán al Señor, seguros de su auxilio, y lo reconocerán en medio de la persecución y de todos los acontecimientos de la vida: “¡Es el Señor!”

Contra nuestro deseo hemos sido enfrentados al mar y al viento para poder llegar a la otra orilla con Cristo, como dice Orígenes en su comentario al Evangelio de san Mateo (11, 6-7). Es necesario recorrer un camino de combate contra el mar y el viento en el nombre de Cristo, confiando en su ayuda.

Después de esta experiencia, los discípulos ya no se preguntarán: “¿Quién es este?” (Mt 8, 27), ni se atemorizarán ante la presencia de Cristo. Se postrarán ante Él (Mt 14, 33).

Que así sea.

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