Domingo 2º de Pascua C (o de la Divina Misericordia)

Domingo 2º de Pascua C (o de la Divina Misericordia)

Hch 5, 12-16; Ap 1, 9-19; Jn 20, 19-31

Queridos hermanos:

Este domingo reúne muchas cosas por las que glorificar y dar gracias al Señor: terminamos la octava de Pascua, es el domingo de la Misericordia, el Señor nos da la paz, el Espíritu Santo, el poder de perdonar y nos envía. Pero, sobre todo, nos dice algo que con frecuencia se nos olvida: «¡Dichosos los que creéis sin haber visto!», porque tenéis un testimonio mayor que el de los sentidos, el que os da el Espíritu Santo en vuestro corazón, la fe, que derrama en vuestro corazón el amor de Dios. ¿Amas a tus hermanos? Eres dichoso. ¿Perdonas las ofensas? Eres dichoso.

Te levantas un día «depresivo», y te dice el diablo: ¡Estúpido! Todo te lo crees, ¿has visto a Dios acaso? Todo son pamplinas...

Pues el Señor te dice hoy: ¡Dichoso si crees sin haber visto, como Tomás, como Pablo!, porque tienes un don mayor: el testimonio del Espíritu Santo y el amor de Dios en tu corazón. ¡Eso es la fe, y eso es la vida eterna!

Cristo resucita al amanecer y, al atardecer, se manifiesta a los apóstoles, todavía conmocionados por el trauma de su pasión y muerte, y temerosos de la furia y las posibles represalias de los judíos. El encuentro con el Señor viene a transformar, no solo su estado de ánimo y su percepción personal de los acontecimientos, sino la realidad misma. Con la resurrección de Cristo, Dios testifica la veracidad de su doctrina, la aceptación de su sacrificio y el perdón suplicado por Él desde la cruz. La muerte ha sido vencida, y el Espíritu Santo, que se cernía en los orígenes sobre el caos, es derramado sobre la humanidad, dando origen a la nueva creación libre ya de la corrupción de la muerte, que los discípulos deben extender al mundo entero y a toda la creación mediante el perdón de los pecados, suscitando, por la fe en Jesucristo, la acogida de la misericordia divina que se anuncia en el Evangelio.

En primer lugar, debe ser fortalecida la fe de los discípulos, que el Espíritu transforma, de adhesión al maestro bueno en sumisión a Dios, unificando en ellos la memoria de las Escrituras y las esperanzas mesiánicas de Israel, y superando el testimonio de los sentidos, por el que interiormente suscita en ellos el Espíritu Santo: «Dichosos los que crean sin haber visto».

Salvada del miedo, por la paz, aparece la comunidad cristiana unida por el amor: «Con todo el corazón, con toda la mente y con todos sus bienes», como una consecuencia de la obra realizada en ella por Cristo. Tal como nos presenta el Evangelio, los discípulos son incorporados a la comunión del Padre y el Hijo en el Espíritu Santo, recibiendo el don de la paz, ratificado por tres veces, y la alegría. Reciben el envío del Señor y el “munus” (misión-potestad) de Cristo para perdonar los pecados, y a través de la profesión de fe de Tomás, son fortalecidos en una fe que no necesita apoyarse en los sentidos, sino en el testimonio interior del Espíritu. En efecto, Tomás ha visto a un hombre y ha confesado a Dios, como observa san Agustín; cosa que no pueden producir los sentidos, sino el corazón creyente que ha recibido el Espíritu Santo. Las heridas gloriosas de Cristo, testimonio de su intercesión eterna en favor nuestro, sanan las de nuestra incredulidad. Esta es la finalidad de que se haya escrito el Evangelio: ayudarnos a creer y que, por la fe, recibamos vida eterna.

La obra de Cristo en nosotros, comenzando por suscitarnos la fe, darnos vida por el Espíritu Santo y transmitirnos la paz y la alegría, se completa al constituirnos, después, en portadores del amor de Dios por el perdón de los pecados. Cristo ha sido enviado por el Padre para testificar su amor y para que, a través del Espíritu, recibiéramos la vida, nueva para nosotros y eterna en Dios, de la comunión de amor: «Un solo corazón, una sola alma en los que se comparte todo lo que se posee». Así, visibilizando el amor, testificamos la verdad del amor de Dios y el mundo es evangelizado y salvado por el perdón de Dios que la Iglesia le ofrece.

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Francisco, el Papa de los pobres

 

Francisco, el Papa de los pobres y descartados

 

Desde el momento en que Jorge Mario Bergoglio asumió el papado bajo el nombre de Francisco en marzo de 2013, quedó claro que su misión estaría marcada por la cercanía con los más vulnerables de la sociedad. Inspirado en San Francisco de Asís, el pontífice argentino ha hecho de la pobreza, la justicia social y la misericordia pilares fundamentales de su papado.

La elección del nombre "Francisco" no fue casualidad. En su primer discurso como Papa, Bergoglio expresó su deseo de una Iglesia “pobre para los pobres”. Esta declaración sentó las bases de un liderazgo centrado en la compasión y el servicio. Desde entonces, el Papa ha denunciado las desigualdades económicas, la explotación laboral y la indiferencia hacia los excluidos.

Su acercamiento a los grupos marginados ha sido constante: ha visitado cárceles, hospitales, barrios populares y campos de refugiados, llevando un mensaje de esperanza y dignidad a quienes muchas veces son ignorados por la sociedad. En diversas ocasiones, ha lavado los pies de presos y migrantes durante la Semana Santa, simbolizando el servicio y la humildad.

Uno de los conceptos clave del pontificado de Francisco es la "Iglesia en salida", una Iglesia que no se queda encerrada en sus estructuras, sino que se acerca a los más necesitados. Ha instado a los sacerdotes y obispos a salir de sus parroquias y trabajar junto a los pobres, los enfermos y los descartados. Su visión busca romper con cualquier barrera que impida que el mensaje cristiano llegue a todos sin excepción.

También ha sido crítico con el clericalismo, es decir, la tendencia de algunos dentro de la Iglesia a priorizar el poder y el estatus por encima del servicio. Francisco insiste en que los líderes eclesiásticos deben ser servidores, no funcionarios.

Uno de los temas más recurrentes en sus discursos y escritos es la denuncia de un sistema económico que perpetúa la pobreza y la exclusión. En su exhortación apostólica “Evangelii Gaudium”, el Papa condena la idolatría del dinero y afirma que la economía actual tiende a generar una cultura del descarte, donde los ancianos, los desempleados y los pobres son tratados como desechos.

Francisco ha pedido repetidamente un cambio en el modelo económico que permita una distribución más equitativa de los recursos. En encuentros con líderes mundiales, ha instado a reducir la brecha entre ricos y pobres y a luchar contra la indiferencia hacia los más vulnerables.

Desde los primeros días de su papado, Francisco ha mostrado una especial preocupación por la crisis migratoria. Ha visitado campos de refugiados en distintas partes del mundo y ha instado a los países a acoger y proteger a quienes huyen de la guerra, la pobreza y la violencia.

Uno de sus gestos más simbólicos ocurrió en 2016, cuando llevó consigo a Roma a un grupo de refugiados sirios tras su visita a la isla de Lesbos, Grecia. Este acto reflejó su insistencia en que los gobiernos y las sociedades no pueden volverse indiferentes ante el sufrimiento humano.

Otro aspecto importante de su papado ha sido su defensa de los derechos de los pueblos indígenas. En múltiples ocasiones ha denunciado la explotación de sus tierras y recursos naturales por parte de corporaciones y gobiernos. En el Sínodo de la Amazonía, celebrado en 2019, destacó la importancia de proteger el medio ambiente y los territorios indígenas frente a la destrucción causada por la explotación abusiva de la tierra.

Francisco ha escuchado las preocupaciones de los líderes indígenas y ha promovido una mayor inclusión de sus voces dentro de la Iglesia. Su esfuerzo por la ecología integral se refleja en su encíclica “Laudato Si’”, donde llama a una conversión ecológica para cuidar la "casa común".

El legado del Papa Francisco como defensor de los pobres y descartados es innegable. Su mensaje de misericordia, justicia y solidaridad ha resonado en todo el mundo, llamando a individuos y gobiernos a tomar acción contra las desigualdades y la indiferencia. En un tiempo marcado por crisis económicas, migratorias y ambientales, su voz ha sido un faro de esperanza para quienes más lo necesitan.

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Vigilia Pascual C

Vigilia Pascual C

Lc 24, 1-12

Queridos hermanos:

El evangelista nos dirige en esta Noche Santa estas palabras: “¡No está aquí, en la soledad del sepulcro donde fue sembrado su cuerpo! ¡Ha resucitado!”. Si buscáis a Cristo Jesús, el Crucificado, no tenéis de qué temer, porque el que pidió el perdón para nosotros ha sido escuchado, ha resucitado y ha sido constituido Espíritu que da vida. El que fue bautizado en la muerte ha resurgido a la Vida Eterna. El que fue talado en este huerto ha brotado como “Renuevo del tronco de Jesé”; ha surgido como un “Vástago de sus raíces”. El pastor que fue herido está de nuevo al frente de su rebaño para reunir a las ovejas dispersas; va delante de nosotros abriendo camino y nos saldrá al encuentro en el testimonio de la misión: ¡La muerte ha sido vencida y el pecado ha sido perdonado! El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones.

Hemos escuchado el testimonio de los ángeles: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. ¡Ha resucitado!”. Los ángeles se lo han testificado a las mujeres, las mujeres a los apóstoles y los apóstoles a nosotros, para que nosotros lo testifiquemos con nuestra vida al mundo entero, comenzando por los más cercanos, amándonos y viviendo en comunión, siendo “uno” con los hermanos, con Cristo y con el Padre, para que el mundo crea.

La piedra ha sido removida, y con ella nuestras frustraciones y nuestros fracasos. Hay que dejar el sepulcro de la corrupción y de la impotencia, porque Cristo no está allí y nos llama a seguirlo sin miedo, porque Él ha vencido la muerte para siempre. ¡Cristo ha resucitado! La vida precaria en este mundo ya no volverá a ser lo que fue, porque se ha abierto una brecha en medio de la muerte fatal. La vida celeste ha irrumpido en el infierno y lo ha despojado. La noche sempiterna se ha hecho clara como el día. Las cadenas de la esclavitud han sido rotas, y Adán se ha desembarazado de su culpa. En nuestra generación nos alcanzó la condena por nuestra desobediencia, y en nuestra regeneración por la fe, la gracia de la sumisión.

        “Cristo ha resucitado, y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre”. Lo hemos celebrado en el simbolismo del Cirio Pascual y lo reviviremos con la aspersión del agua bautismal, con la que la Iglesia romperá aguas en estos que hoy serán bautizados. Sentémonos a la mesa del Señor, que viene a servirnos vida eterna en su cuerpo y en su sangre.

Como hemos dicho en la oración después de la séptima lectura: ¡Que lo abatido se levante, lo viejo se renueve y vuelva a su integridad primera, por medio de nuestro Señor Jesucristo, de quien todo procede! ¡Él, que vive y reina con el Padre, por los siglos de los siglos!

Esa es nuestra misión, y ese debe ser el fruto de la Pascua, en la que nuestros pecados han sido perdonados por la sangre de Cristo.

            Proclamemos juntos nuestra fe.

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VIGILIA PASCUAL

Vigilia pascual

A: Mt 28, 1-10; B: Mc 16, 1-8; C: Lc 24, 1-12 

Queridos hermanos: 

Esta noche estamos velando porque, cada año, en esta noche, el cielo se hace presente en la tierra. Así como los ángeles viven siempre porque velan siempre —ya que la vida celeste es eterno día y vigilia, porque no hay allí noche ni sueño, sino luz, verdad y vida—, al velar nosotros ahora, traemos a nuestra consideración la vida celeste y angélica. En la Resurrección seremos como ángeles, según las palabras del Señor. Por eso, la presencia del Señor fue día y vigilia en la noche de Egipto, cuando irrumpió en ella la vida celeste.

En el principio sucedió que, sobre las tinieblas de la nada, con la Palabra del Señor irrumpió la luz del ser y de la vida que estaba en Dios eternamente. Como culmen de la creación fue hecho el hombre: luz en el espacio, el tiempo y la existencia. Entonces puso Dios al hombre ante los caminos de la vida y de la muerte, y el hombre vino a ser luz y libertad en el espacio, el tiempo y la existencia.

Pero el hombre eligió el camino de la muerte. Se apagó su luz, el hombre tuvo miedo y vino a ser esclavo (Hb 2, 15) en el espacio y el tiempo de su existencia. "Se dio cuenta el Señor de que el hombre era ya incapaz de llevar sobre sí su luz, y tuvo que esconderla bajo su trono hasta que viniera el Mesías" (Mans, F. Introducción al Judaísmo, cap. 7, p. 141).

Él daría a los hombres ojos nuevos: "un corazón y un espíritu nuevos", y traería la Luz. Por eso, al llegar Cristo decía en su predicación: "Yo soy la luz del mundo; el que me ve a mí, ve al Padre". Dios es luz, en Él no hay tiniebla alguna. Trajo la luz a los ciegos y a cuantos vivíamos en tinieblas. Mientras tanto, el cuarto día de la creación, Dios creó el sol, la luna y las estrellas que alumbraran de día y de noche hasta que el hombre fuera nuevamente luz, y fueran creados cielos y tierra nuevos.

Y Dios llamó al hombre y le dijo: Abandona en mí tu corazón, tu cuidado y toda tu esperanza. Así lo hizo Abrahán, y el hombre volvió a ser, en el tiempo, el espacio y la existencia, amigo de Dios. Así nació la fe.

Dios escuchó, vio y conoció los sufrimientos de su pueblo (Ex 3, 7). De noche bajó a Egipto, y cambió la noche en día y en vigilia de esperanza: la noche fue clara como el día, y así nació la Pascua del Señor. El hombre fue amigo de Dios en la fe y en la esperanza, en el tiempo, el espacio y la existencia.

Después, Dios envió a los profetas para recordar a los hombres su Alianza universal de amor y para que no se extinguiera nunca la esperanza en nosotros, hasta que viniera Cristo, nuestra Pascua, para darnos de nuevo la libertad. Así llegamos a ser, en el espacio, el tiempo y la existencia, luz, fe, esperanza y libertad para poder amar.

Resucitó el Señor y nos entregó su Espíritu; nació la Iglesia, y el hombre llegó a ser hijo de Dios. Ahora, ha llegado de nuevo el Día que burló a la noche, y las tinieblas han quedado fuera. Salgamos, pues, vayamos con Cristo y arranquémosle sus muertos al infierno con la Palabra del Señor.

Abundantemente escuchada la Palabra, que nos introduce en una más profunda comprensión del misterio de esta noche santa, las lecturas han traído a nuestra memoria las grandes noches de la historia de la salvación, en las que la luz de Dios viene para destruir las tinieblas. La primera es la noche de la creación, en la que, sobre las tinieblas de la nada, irrumpe la vida celeste y es creada la luz de Dios. La última es la noche de la nueva creación, que nos da el sentido espiritual de la Pascua, como dice Filón de Alejandría. Dice san Pablo: "Vosotros sois criaturas nuevas" (cf. 2Co 5, 16-20).

Según un targum encontrado en la Biblioteca Vaticana, en la primera noche Dios se manifestó en el mundo para crearlo. El mundo no era sino confusión y tinieblas difundidas por el abismo. Noche de la Creación, en la que Dios ha liberado su obra, que estaba amenazada por las tinieblas. Había una lucha entre la luz y las tinieblas, y esta fue la primera victoria, porque la palabra de Dios era la luz que brillaba, y “las tinieblas no la vencieron”. Esta es la primera redención, en la que el mundo fue salvado: Pascua de la Creación.

La segunda es la noche de Abrahán; la noche de la fe. Según el libro de los Jubileos, fue Abrahán quien instituyó la Pascua al sacrificar un cordero en lugar de su hijo. En la segunda noche (continúa el targum), Dios se aparece a Abrahán, cuando tenía 90 años, para cumplir la Escritura que dice: “¿Quizás Abrahán generará y Sara dará a luz?”.

Cuando Isaac tuvo la edad de 37 años fue ofrecido sobre el altar. Isaac pidió a su padre: “¡Átame, átame fuerte!, no sea que por el miedo me resista; porque entonces tu ofrenda no será válida”. Isaac aceptó voluntariamente ser atado, y su Aquedah obtuvo un mérito no solo para él, sino también para sus hijos. Por eso los hebreos rezan siempre diciendo: “Recuerda el Aquedah de Isaac”. Y los cristianos decimos: Recuerda los méritos de nuestro Señor Jesucristo, el verdadero Isaac; pues también él fue atado. En la narración de la pasión, Cristo es presentado atado ante el sumo sacerdote (cf. Jn 18,12).

Esta es la segunda noche. Y continúa diciendo el targum que, cuando Isaac estaba amarrado sobre el altar, sometido libremente a la voluntad de Dios, vio la perfección de la gloria. Pero, como el hombre no puede ver el cielo, porque no puede ver a Dios, salvó su vida porque confió en Dios, pero se quedó ciego. Por eso dice la Escritura que, cuando Isaac era viejo, no fue capaz de distinguir a sus hijos, dando la bendición al segundo en vez de al primero (cf. Gn 27,1-45). Su ceguera no fue un castigo, sino la consecuencia de una gracia, por la cual vio la gloria de Dios. En el Evangelio aparece esto mismo con el ciego de nacimiento: “¿Quién ha pecado?”, y Cristo dirá: “Es para que se manifiesten las obras de Dios. Si crees, verás la gloria de Dios” (cf. Jn 9,1). Feliz ceguera que le ha permitido ver la gloria de Dios. San Agustín dirá: ¡Feliz culpa que mereció tan grande Redentor! Feliz esta noche de tinieblas que nos trae tan grande Luz. Pascua de la fe.

En la tercera noche, continúa el targum, Dios visitó a Egipto. Su izquierda mató a los primogénitos de los egipcios, y su derecha protegió a Israel, para que se cumpliese la Escritura: “Mi hijo primogénito es Israel” (cf. Ex 4,22). Esta es la Pascua de Yahveh.

En la cuarta noche, el mundo viejo llegará a su final para ser disuelto, y en Cristo resucitado aparecerá la nueva creación. Los yugos de hierro serán despedazados y las generaciones perversas serán derrotadas. Moisés subirá de en medio del desierto y el Rey Mesías vendrá de lo alto. Uno caminará a la cabeza del rebaño, y el otro a la cabecera de la nube; y su palabra caminará entre ellos. Yo y ellos caminaremos juntos de nuevo en la noche de Pascua para la liberación de todo el mundo, cuando esté totalmente bajo la dominación de la esclavitud, dice el Señor.

Es la noche de la nueva creación en Cristo, el tiempo de la Iglesia. Esta noche se prolonga desde la primera a la última Pascua de Cristo. Dice san Jerónimo que el retorno de Cristo tendrá lugar en la noche de Pascua. Por esto, los primeros cristianos no celebraban la Pascua hasta medianoche. Si no llegaba el Señor, comenzaban la celebración.

Esta es la noche en que Cristo es entregado: Dios lo entregó por compasión al linaje humano; Judas por avaricia; los judíos por envidia; el diablo por temor a que, con su doctrina, arrancase de su poder al género humano, no advirtiendo que por su muerte se lo arrancaría mejor de lo que se lo había arrancado ya por su doctrina y sus milagros (Orígenes, in Matthaeum, 35).

Fue providencia divina que los príncipes de los judíos, que tantas veces habían buscado ocasión de sacrificar a Cristo, no pudieran saciar su furor más que en la solemnidad de la Pascua. Convenía, pues, que lo que había sido figurado y prometido mucho antes tuviese manifiesto y cumplido efecto, y el sacrificio figurativo fuera sustituido por el verdadero. Se completó así con un solo sacrificio el de las variadas y diferentes víctimas, para que las sombras desapareciesen ante la realidad, y cesaran las figuras en presencia de la verdad. Las ceremonias legales se cumplen cuando desaparecen (San León Magno, sermones 58, 1).

          La Pascua de Cristo nos alcanza de nuevo como memorial suyo, para arrastrarnos a la vida nueva y sentarnos con Él en los cielos. Las lecturas nos recuerdan también las enseñanzas de los profetas sobre la Alianza, y aquellas que preanunciaban la universalidad de la salvación. Ayer todo era sueño y esperanza; esta noche de vela, ahuyentado el sueño, lo ha convertido todo en realidad.

¡Gloria a Dios en lo alto del cielo! ¡Que suenen las campanas, porque en Cristo hemos recibido la vida nueva en el Bautismo! ¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado!

Esta es la buena noticia traída por las mujeres. Lo hemos escuchado en el testimonio de los ángeles: «No os asustéis. No temáis. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; no está aquí, en la soledad del huerto donde fue sembrado su cuerpo. Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. ¡Ha resucitado, no está aquí!»

Estas mismas palabras nos dirige el evangelista en esta noche santa: “¡No está aquí, ha resucitado!”. Si buscáis a Cristo Jesús, el Crucificado, no tenéis por qué temer, porque ha resucitado, constituido Espíritu que da vida. Fue bautizado en la muerte y ha resurgido a la Vida Eterna. Fue talado en este huerto, pero ha brotado como renuevo del tronco de Jesé; ha surgido como un vástago de sus raíces.

El pastor que fue herido está de nuevo al frente de su rebaño; va delante de nosotros abriendo camino y nos saldrá al encuentro en el testimonio de la misión: ¡La muerte ha sido vencida y el pecado ha sido perdonado! La vida precaria en este mundo ya no volverá a ser lo que fue, porque se ha abierto una brecha en medio de la muerte fatal. La vida celeste ha irrumpido en el infierno. La noche sempiterna se ha vuelto clara como el día. Las cadenas de la esclavitud han sido rotas, y Adán se ha desembarazado de su culpa. Por la generación nos alcanzó la condena de la desobediencia, y por la regeneración de la fe, la gracia de la sumisión.

“Cristo ha resucitado, y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre”. Lo hemos celebrado en el simbolismo del Cirio pascual y lo reviviremos con la aspersión y la inmersión bautismal, con la que la Iglesia romperá aguas en estos que hoy serán bautizados. Vamos a recordar nuestro bautismo y a renovar nuestra adhesión a Cristo; que el agua caiga sobre nuestras cabezas como la sangre de Cristo empapó la tierra y nos purifique de nuestras faltas. Vamos a implorar también esta gracia para todos los hombres.

Que el cuerpo y la sangre de Cristo sacien el hambre de nuestro ayuno del mundo y sus vanidades, y nos hagan un espíritu con Él. Él es nuestra Pascua. Entremos con Él en la muerte y renazcamos con Él glorificados. Sentémonos con Él en la gloria a celebrar su victoria.

¡Que lo abatido se levante, lo viejo se renueve y vuelva a su integridad primera, por medio de nuestro Señor Jesucristo, de quien todo procede! ¡Él, que vive y reina con el Padre, por los siglos de los siglos! (cf. oración después de la 7ª lectura).

 

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Domingo de Ramos en la Pasión del Señor C

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor C

Is 50, 4-7; Flp 2, 6-11; Lc 22, 14-23, 56

Queridos hermanos:

Con este Domingo de Ramos comenzamos la Semana Santa, que la Iglesia de Oriente llama Grande. La procesión de las palmas, única en la liturgia de la Iglesia, tiene su origen en Jerusalén, donde los fieles se reunían el domingo por la tarde en el Monte de los Olivos y, después de escuchar la proclamación del Evangelio, caminaban hasta la ciudad. Los niños participaban llevando en sus manos ramas de olivo y palmas. La descripción más antigua de esta fiesta en la Iglesia de Roma data del siglo X.

Comenzamos la celebración con la procesión de las palmas, que hace presente la peregrinación del Señor, quien se dirige a Jerusalén acompañado por una multitud de sus discípulos, para celebrar la fiesta de la Pascua. Esta actualiza la liberación de la esclavitud de Egipto mediante el sacrificio del “cordero pascual”. Mientras sus discípulos lo aclaman como Rey-Mesías, la multitud que había llegado a Jerusalén para la fiesta pregunta, sorprendida, quién es ese Jesús, como nos relata el Evangelio de san Mateo. Será esta multitud, que no conoce a Cristo, la que, incitada por los sumos sacerdotes, aclamará su crucifixión cuando Jesús sea entregado a Pilato, porque “del árbol caído todos hacen leña”. Los discípulos responden a la multitud: “Es el profeta Jesús de Nazaret”. Sin embargo, ni siquiera sus propios discípulos comprenden que Él es el “verdadero cordero sin mancha”, que va a ser sacrificado para quitar el pecado del mundo; que Él es la “verdadera Pascua”, quien va a liberarlos de la esclavitud del diablo.

Tal como hizo en Egipto, el Señor viene ahora en su propio Hijo a salvar a su pueblo de la muerte con su propia sangre, entrando en su pasión. En esta, la Iglesia contempla el amor de Dios, quien, tomando sobre sí el sufrimiento de nuestros pecados, deshace la mentira del diablo que nos lleva a dudar del amor de Dios. El Señor se entrega por nosotros, enfrentando el combate con la muerte para vencerla definitivamente, como nos presenta la primera lectura del Siervo, a quien aclamamos como Señor en la segunda lectura.

Cristo es entregado: Dios lo entrega por compasión al linaje humano; Judas, por avaricia; los judíos, por envidia; y el diablo, por temor a que con su palabra arrancase de su poder al género humano. No advirtió que, por su muerte, se lo arrancaría mejor de lo que ya lo había hecho con su doctrina y sus milagros (Orígenes en Mt. 35).

 Cristo mismo se entrega por amor a nosotros y por obediencia y sintonía total con la voluntad del Padre. La gente que lo acompaña en su entrada gloriosa se separa de él en el bullicio de la fiesta, y quedará solo cuando aparezca la cruz, a excepción del discípulo y de la madre, a quienes el amor hace permanecer unidos a Cristo llevando su oprobio.

En este día, Cristo, subiendo a Jerusalén, sabe que el tiempo de la predicación ha llegado a su fin y que comienza el tiempo del testimonio y de dar fruto mediante el sacrificio. Ha llegado “Su hora”, la hora de pasar de este mundo al Padre y abrir las puertas del Paraíso a la humanidad; la hora de humillarse hasta la muerte de cruz, asumiendo la condición de siervo lleno de confianza en su Padre y de amor por nosotros; la hora de amarnos hasta el extremo. Nosotros, llenos de palabras y faltos de amor, necesitamos acudir a esta mesa para saciarnos de Cristo y llevarlo a los hermanos, no sea que el Señor tenga que maldecirnos como a la higuera en la que no encontró más que hojas, palabras, pero no fruto.

Toda alma santa en este día es como el asno del Señor, como dice un escritor anónimo del siglo IX. Acoger a Cristo con palmas y ramos debe responder a nuestra adhesión a sus preceptos, a su voluntad y a su palabra, que se muestra en las obras de misericordia. Aquel que guarda odio o cólera en el corazón, aunque sea solo contra un pecador, comienza las celebraciones de la Pascua lejos del Señor, para su desventura. Por eso, es necesario buscar y eliminar toda corrupción que haya en nosotros antes de celebrarla. En este domingo proclamamos los misterios de nuestra salvación, y para la Iglesia sería pecado de ingratitud no hacerlo, como lo sería también para nosotros el no prestarles la debida atención. Purifiquémonos, pues, y perdonémonos unos a otros en el amor del Señor. La palma, que significa la victoria, llevémosla gozosos con toda verdad.

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Jueves 5º de Cuaresma

Jueves 5º de Cuaresma

Ge 17, 3-9; Jn 8, 51-59

Queridos hermanos:

Recordemos que Jesús había dicho: “Mis palabras son espíritu y son vida”. Para discernir sus palabras, por tanto, es necesario su mismo espíritu, sin cerrarse en la materialidad de estas. Quienes guarden su palabra, que es vida y vida eterna, no gustarán la muerte perdurable, de la que serán librados.

El Señor no busca la aceptación de los hombres ni su propia gloria, sino salvarlos de la muerte perdonando el pecado, y para ello debe ser reconocido y aceptado por ellos a través de sus palabras, y, sobre todo, de las obras con las que el Padre y el Espíritu testifican en su favor para salvarlos. Cristo testifica al Padre y al Espíritu, y pone como testigo a la Escritura, de la que también recibe gloria, porque Él es su cumplimiento y su objeto, que han ido anunciando y revelando. Abrahán nació antes que Él, pero es Él quien le dio la existencia participándole su “ser”.

Ante su incredulidad, Jesús desaparece dejándolos con las piedras en sus manos, negándose a juzgarlos mientras dure el “tiempo de higos”, del “año de gracia”, como hará ante la adúltera, retardando el tiempo de la justicia y dilatando el de la misericordia, con la paciencia y la esperanza de salvarlos.

Ya decía san Gregorio (Ev. hom. 18): “Como los buenos, al recibir ultrajes, mejoran, los malos empeoran al recibir beneficios, y de los ultrajes intentan pasar al homicidio”. Como dice la Escritura: “No reprendas al cínico, que te odiará” (Pr 9, 8).

           Que así sea.

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Miércoles 5º de Cuaresma

Miércoles 5º de Cuaresma

Dn 3, 14-20.91-92.95; Jn 8, 31-42

Queridos hermanos: 

El mundo es libre para negarse al bien y hacer el mal, pero su esclavitud al diablo, consecuencia del pecado, le impide negarse a sí mismo por amor. Esta libertad para poder amar debe recibirla de Cristo, por la fe, que le otorga el Espíritu Santo y el amor de Dios: “Si guardáis mi palabra, conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres”.

        Hay una libertad, o mejor llamémosla albedrío, para actuar a nivel carnal, pero la libertad del espíritu, que trasciende el mundo natural y se adentra en lo sobrenatural del amor de Dios, requiere del “conocimiento” de la Verdad que se nos ha manifestado en Cristo, como entrega misericordiosa de Dios, para deshacer la mentira primordial del diablo.

Quien engendra en nosotros el pecado no es Dios, sino el diablo, padre del pecado y la muerte. Un hijo muestra la naturaleza del padre, como el árbol, a través de sus frutos. Hemos escuchado que Cristo, en el Evangelio, llama a los judíos que habían creído en Él “hijos del diablo”. Pero, como decimos que la fe en Cristo hace hijos de Dios, podemos deducir que, entre el primer acto de creer y la fidelidad que obra por la caridad, media todo un camino que recorrer; toda una transformación, un proceso que debe realizarse para pasar de ser hijos del diablo a ser hijos de Dios, de manera que sea Él quien engendre en nosotros las obras de la fe.

Esa transformación será, por tanto, visible a través de nuestras obras, que deben pasar de ser obras de muerte, de pecado, a obras de vida, de amor, como las de Cristo: “Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, en que amamos a los hermanos”. Ser hijos del diablo consistirá en que el pecado viva en ellos y, como aquellos judíos: “Queréis matarme a mí, que os he dicho la verdad”. En efecto, la obra del diablo es el pecado que mata a Dios en nosotros, y la obra de Dios es el amor que nos salva.

Entre el creer y el amar hay todo un camino que recorrer, como entre la fe y la fidelidad, que San Juan señala claramente: “A todos los que recibieron (la Palabra) les dio poder de hacerse (llegar a ser) hijos de Dios, a los que creen en su Nombre” (cf. 1, 12); “Si os mantenéis en mi palabra (fidelidad), seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres” (8, 31-32). Si el que comete pecado es un esclavo, la liberación del pecado nos introduce en el ámbito del amor, propio de los hijos de Dios, que permanecen en la casa del Padre para siempre.       

           Que así sea.

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Domingo 5º de Cuaresma C

Domingo 5º de Cuaresma C

Is 43, 16-21; Flp 3, 8-14; Jn 8, 1-11.

Queridos hermanos:

En medio de este desierto actual de la Cuaresma, que mira al Bautismo en la Pascua, la Palabra nos presenta el agua viva del Espíritu, que brota a borbotones en una tierra árida y seca donde reina la muerte, para transformarla en un vergel, llevándonos al conocimiento de Cristo, quien, en san Pablo, se hace comunión con sus padecimientos, como dice la segunda lectura.

Israel se encuentra en el destierro por haberse alejado de Dios. Tiene el fruto de sus pecados en las manos, como la adúltera, pero es invitado a mirar hacia adelante y confiar en el amor de Dios, que tuvo poder para conducir a su pueblo por el desierto en medio de grandes prodigios y ahora les abre un camino de retorno.

Cristo ha venido a proclamar el “año de gracia del Señor”, pero los judíos que se creen justificados y no necesitados de la misericordia, sino de justicia, piden a Cristo anticipar el juicio sobre aquella mujer por motivos espurios. Entonces Cristo viene a decirles: “Mi tiempo es tiempo de gracia para quien acoja al ‘enviado’ para actuar la misericordia divina y crea en Él, y tiempo de asumir en mi propio cuerpo la venganza que los enemigos merecen por sus pecados. Cuando termine este tiempo de gracia, tiempo de higos, tiempo de la dulzura del verano, de sentarse junto a la parra y la higuera, y llegue el tiempo de juicio, lo será para todos, pero sobre todo para quienes rechazáis mi oferta de misericordia. ¿Por qué debo juzgar sólo a esta mujer y no también al que adulteró con ella y, de un jalón, a todos vosotros? Si queréis anticipar la hora del juicio, estoy de acuerdo, pero lo será para todos y comenzaremos por los más viejos”.

Entonces, como dice el libro de Daniel: “se abrieron los libros”, y el dedo del Legislador que escribió la ley de santidad sobre las tablas de piedra comenzó a escribir sobre la arena las sentencias a los acusadores, convertidos ahora en los primeros acusados, y como nos ocurre a nosotros, aquellos judíos, más dispuestos a juzgar que a ser juzgados, inmediatamente perdieron todo interés en el asunto y comenzaron a escabullirse, dejando sola a la mujer con el Señor.

Como decía la primera lectura, Cristo, mediante el perdón, abre un camino de retorno a la adúltera, figura de todos nosotros sorprendidos “in fraganti”, para que, abandonando sus pecados, pueda lanzarse hacia la meta en el amor de Cristo, quien rompe la muerte y cambia la condena en gracia. Él se ha hecho, como dice san Pablo, “nuestra justicia” por el perdón de los pecados. En Él podemos ser justificados. Recordemos sus palabras: “No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados”.

La Ley, ante la imposibilidad de cambiar el corazón del pecador, lo aniquilaba, pero Cristo, con la gracia de la fe, obtiene el perdón, anula el pecado, salva de la muerte y, con el don del Espíritu Santo, regenera al pecador dándole un corazón nuevo, en el que el fuego del amor graba su ley en sus tablas de carne.

La Cuaresma es tiempo de misericordia y camino de esperanza en la promesa que ya se divisa; tiempo de preparar la blancura de la túnica nupcial y de vigilar, no sea que se cierre la puerta ante nosotros.     

           Proclamemos juntos nuestra fe.

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Jueves 4º de Cuaresma

Jueves 4º de Cuaresma

Ex 32, 7-14; Jn 5,31-47

Queridos hermanos:

Hoy, una vez más, la palabra nos habla de la fe. Estamos en el tiempo de la preparación del bautismo y de las profesiones de fe.

La obra de Cristo es suscitar en nosotros la fe (“Venid a mí”), y a ella tienden su predicación, sus obras y el ejemplo de su vida, que se ofrece a Dios como sacrificio de alabanza. 

Las Escrituras (Moisés y los Profetas) han testificado proféticamente a Cristo; después, el Bautista lo ha señalado. El Padre, con las obras (milagros) y, por último, el Espíritu, han dado también testimonio de Cristo, para que cada cual en su generación, acogiendo la palabra de Dios, creyera, esperara y transmitiera la feliz esperanza de la salvación. Todos estos testigos dan testimonio en favor de los creyentes y testificarán también contra los incrédulos, porque rechazar su testimonio implica un rechazo a Dios, que los iba suscitando para darnos vida. "Rechazáis el testimonio del Padre sobre mí. Si otro viene en su propio nombre, lo recibiréis". Esta profecía se cumpliría tristemente, al pie de la letra, cien años más tarde con Simón Bar Kojba, a quien aceptaron como Mesías, y cientos de miles de judíos murieron a manos de los romanos.

A través del Espíritu, que derrama el amor de Dios en sus corazones, los creyentes pueden tener vida y ser salvos. Los incrédulos, en cambio, ponen su corazón y su esperanza en el mundo que aman y en el que buscan su gloria, ansiando la complacencia de los hombres y no la gloria que procede de Dios, por la efusión de su Espíritu. No está en ellos el amor de Dios, porque no han recibido su Gloria, resistiéndose a creer. Aman el mundo, y la Palabra no prende en ellos porque les faltan las raíces de la fe, que deberían haberse desarrollado con Moisés y los Profetas, para fructificar en los últimos tiempos con la llegada de Cristo.

Nosotros, que vivimos en el tiempo de los frutos, en el que la mies blanquea ya para la siega, debemos acoger el testimonio de los segadores del Evangelio, que desde oriente y occidente, desde el norte y el sur, nos anuncian el cumplimiento de las promesas y la realización de las profecías. El profeta ha llegado, el Reino está en medio de nosotros, y la fuente de aguas vivas mana a raudales para saciar la sed sempiterna: “¡Oh, sedientos todos, acudid por agua! Y los que no tenéis dinero, venid a beber sin plata y sin pagar. El que tenga sed, que venga; y beba el que crea en mí. El que beba del agua que yo le dé no tendrá sed jamás.”     

           Así sea.

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