Viernes 4º de Pascua

 Viernes 4º de Pascua

Hch 13, 26-33; Jn 14, 1-6

Queridos hermanos

Mientras Cristo se prepara para su regreso al Padre, una vez concluida su misión, los discípulos se disponen a comenzar la suya. Del mismo modo que tembló el pueblo al disponerse a la conquista de la Tierra Prometida, enfrentando a las siete naciones que la habitaban, y Josué tuvo que alentarlos a apoyarse en Dios, que estaba con él, así el verdadero Josué, Jesús, alienta a sus discípulos a confiar en Dios, que está en Él, para conducirlos a la casa del Padre. Cristo les dice que Él es el Camino, y el salmo mesiánico por excelencia (Salmo 110) afirma: “En su camino beberá del torrente y, por eso, levantará la cabeza”. Beber, por tanto, del torrente lo conduce a inclinar la cabeza en la cruz, como dice el Evangelio: “Inclinando la cabeza, entregó el espíritu”, y, por eso, la levantará en su resurrección. Así también sus discípulos, unidos al “Camino” que es Cristo, tendrán que atravesar el valle del llanto y beber del torrente del sufrimiento, de la persecución y de la muerte. Pero el Señor vendrá a buscarlos —a ellos y a nosotros— y estaremos siempre con Él.

Hemos nacido en el corazón del Padre y hacia Él nos encaminamos a través de Cristo, que viene a nosotros desde junto a Él, nos rescata de nuestro extravío y nos precede en nuestro regreso como hijos suyos: “Subo a mi Padre y (ahora) vuestro Padre”. “Nadie va al Padre sino por mí” (Camino); “el Padre mismo os ama” (Verdad); “el que me coma vivirá por mí” (Vida).

Nuestra vida es caminar hacia el Padre, progresar en el amor hasta alcanzar su plenitud en Cristo, viviendo en Él y permaneciendo en Él. El sentido de nuestra existencia es alcanzar la comunión con Dios, a quien Cristo ha venido a revelarnos como Padre, Hijo y Espíritu Santo, y así conducirnos a Él, a su casa, a su conocimiento, comunicándonos su propia vida.

Cristo es, pues, el Camino al Padre, y por la fe en Él estamos en vías de salvación. Cristo es la Verdad de su amor, nos lo ha mostrado con su entrega, y es la Vida divina que recibimos con su Espíritu: Camino, Verdad y Vida. Sólo si creemos en la verdad de su palabra y de su amor podremos seguirlo y alcanzar la meta de la vida eterna que está en Él.

Cristo revela al Padre no sólo con sus palabras, sino también con su persona, porque Él es la verdad visible del Padre, siendo uno con Él en el amor del Espíritu Santo. Quien le ve a Él, ve al Padre; el Padre está en Él y Él en el Padre. Quien cree esto apoya su vida en Cristo, obedece su palabra, le sigue en la misión y permanece en Él.

Hoy la Palabra nos invita a creer en Cristo resucitado, uno con el Padre y el Espíritu, Dios bendito por los siglos, a quien el Padre ha enviado para hacerse presente entre los hombres y para que así puedan encontrar la salvación, entrando en comunión con Él, en su Reino.

El Señor nos invita a confiar en su promesa de vida, que supera infinitamente nuestra precaria condición miserable. Su casa es amplia. Nos ha anunciado vida y ahora va a prepararnos acogida.

El Señor quiere pacificar el alma de los discípulos ante la inminencia de la despedida, de la cruz, y para ello fortalece su fe y su esperanza en la promesa. Deberán apoyarse en las palabras de Cristo y en sus señales, que testifican la presencia del Padre. También quienes le sigan y permanezcan unidos a Cristo estarán con el Padre, presente en sus obras.

La obra de Cristo es, por tanto, que, a través de la fe, sus elegidos puedan recibir su Espíritu, sean testigos suyos y continúen su misión en el mundo, llevando a los hombres a la unión con Dios.

Por la fe, la vida del cristiano se edifica en Cristo, que es la piedra angular, y de Él recibe consistencia, siendo constituido en piedra viva del edificio, incorporado al templo, al sacerdocio y al pueblo en su Reino, en la casa del Padre.

En este templo se ofrece un culto agradable a Dios por el amor y por la proclamación de sus maravillas. El cristiano forma parte de Cristo, siendo miembro de su Cuerpo, que es la Iglesia. Cristo da cohesión al edificio que se eleva hasta Dios, y en Él es introducido, formando una asamblea santa, un pueblo sacerdotal llamado a invitar a los hombres a apoyarse en Cristo y a realizar sus obras.

Las obras de Cristo son señales que conducen a Él y se reproducen en quienes a Él se incorporan, porque han sido unidos a su misión de suscitar la fe para completar la edificación del templo espiritual, la asamblea santa y el pueblo sacerdotal.

En la espera de Cristo se nos confía la misión, por la cual el mundo verá al Padre presente en Cristo y a Cristo en su Iglesia.

Que así sea.

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Jueves 4º de Pascua

Jueves 4º de Pascua

Hch 13, 13-25; Jn 13, 16-20 

Queridos hermanos:

En la primera lectura vemos a san Pablo proclamando su fe como garantía de su ortodoxia, narrando la acción de Dios en la historia del pueblo, como siempre ha hecho Israel, pero anunciando, además, el cumplimiento de las promesas en Cristo.

El Evangelio nos presenta las palabras del Señor después de lavar los pies a sus discípulos. No se trata solo de oírlas, sino de hacerlas vida. Como nos decía ayer, la palabra que resume toda su obra es: “Que os améis como yo os he amado”. Poner en práctica este mandato, haciendo realidad en nosotros el signo de ponerse a los pies de los discípulos, es representar el amor: la humildad del que sirve y del que es enviado, a través de la obediencia, que es perfecta cuando se sirve por amor. El amor del Padre se hace envío y misión; en el amor del Hijo, entrega de fe, acogida y salvación. Amor que engendra amor.

Acoger a Cristo es, en primer lugar, salvación y, en segundo lugar, misión: testimonio ante el mundo de la vida nueva. Tanto por ser discípulos como por ser enviados, los apóstoles tendrán que recorrer el camino de su Maestro y Señor, quien, pasando por el valle del llanto, beberá del torrente del sufrimiento hasta apurar el cáliz que le presenta su Padre en favor nuestro.

Para preparar y fortalecer a sus discípulos, el Señor les advierte del combate que no todos van a superar, diciéndoles que serán probados en el servicio y en el amor, aceptando la persecución como su Maestro: “Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís”. Si este amor se hace carne en vuestra vida, el amor está en el enviar del Padre y también en el aceptar ser enviado del Hijo y del siervo. El amor del Padre envía a Cristo, y el amor de Cristo acoge la voluntad del Padre, aceptando ser enviado porque está en perfecta sintonía de amor con Él. De la misma manera, Cristo envía a sus discípulos por amor al mundo de los pecadores, y ellos, por el amor que han recibido, aceptando su llamada a seguirle, parten en misión.

Quien acoge la palabra de los discípulos acoge a Cristo, y quien acoge a Cristo acoge a Dios. El envío hace posible el regreso del hombre a Dios. La conclusión de hoy sería: el amor engendra amor; el amor, con amor se paga. Pues, como dice san Juan: “Él nos amó primero”. Siendo así, “dichosos seréis si lo cumplís”; dichosos si este amor se hace carne en vosotros, si se hace vida vuestra, porque la felicidad y la vida eterna consisten en amar.

También hoy se hace presente, junto a la voluntad de amar, la libertad esencial al amor: “No lo digo por todos vosotros. El que come mi pan ha alzado contra mí su talón”. Como dijeron los apóstoles, debemos decir también nosotros: “¿Seré yo, Señor?”. Si así lo hacemos, nos dirá el Señor: “De ti depende. Yo me ofrezco a ser tu fortaleza y a ponerte en las manos de mi Padre, de las cuales nadie puede arrebatar nada”.

Sin libertad no hay amor, y nosotros somos llamados al amor y no a un temor servil; a la entrega y a la inmolación, y no a la simple aniquilación.

Que la Eucaristía nos ayude en esta inmolación que supone el verdadero amor, invitándonos a decir “amén” a la entrega de Cristo, y que podamos decir, con la Virgen María: “Hágase en mí”. Amén.

Que así sea.

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Santa Catalina de Siena

Santa Catalina de Siena

1Jn 1, 5-2, 2; Mt 11, 25-30

Queridos hermanos

El Señor dice en el Evangelio que, así como el Padre se complace en los “pequeños” para manifestarse a ellos, del mismo modo Él viene en nuestra ayuda, invitándonos a descansar en Él, tomando sobre nosotros su yugo, uniéndonos a Él bajo ese yugo como iguales en lo humano (Dt 22, 10). Sabiendo que el peso lo lleva Él, porque ha asumido un cuerpo como el nuestro y un yugo para rescatarnos de la tiranía del diablo, podemos sacudirnos su yugo y hacer llevadero nuestro trabajo junto a Él en la regeneración del mundo. ¡Qué suave el yugo y qué ligera la carga cuando el Señor comparte con nosotros su mansedumbre y su humildad!

Mientras Cristo, siendo Dios, se ha hecho hombre, sometiéndose a la voluntad del Padre y tomando sobre sí nuestra carne para arar, arrastrando el arado de la cruz con humildad y mansedumbre, nosotros, que somos hombres, queremos hacernos dioses, rebelándonos contra Dios, llenos de orgullo y violencia, poniendo sobre nuestro cuello el yugo del diablo que nos agobia y nos fatiga. Por eso dice el Señor: “Aprended de mí”. No a crear el mundo, sino a ser mansos y humildes de corazón, como dijo san Agustín. No a crear el mundo, sino a salvarlo unidos a Cristo; no a ser dioses, sino a someternos humilde y mansamente al Padre, trabajando con Cristo, el único Redentor del mundo. Como dijo san Juan de Ávila: “Cristo, por el fuego del amor que en sus entrañas ardía, se quiso abajar para purgarnos; dándonos a entender que, si el que es alto se abaja, con cuánta más razón el que tiene tanto por qué abajarse no se ensalce. Y si Dios es humilde, que el hombre lo debe ser, unido a Él” (Audi filia, caps. 108 y 109).

El Señor nos ha dicho: “Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado; como el Padre me envió, yo también os envío”. Seguir a Cristo es asociarnos a su misión. Ahora tenemos un nuevo Señor a quien servir, para encontrar descanso para nuestras almas. El que pierde su vida por Cristo, la encuentra.

La mansedumbre y la humildad de Cristo al llevar su yugo es lo que nos invita a aprender de Él, llevándolo también nosotros, para que descubramos que son suaves y ligeros su yugo y su carga, y encontremos descanso y reposo.

Nadie más pequeño y pobre que quien se somete voluntariamente al yugo del amor y, a la vez, nadie más grande y rico. Dios revestido de carne y carne glorificada por el amor.

Para Cristo, el yugo del amor fue su cruz, que el Señor nos invita a tomar sobre nosotros, como enseña el Eclesiástico (cf. 6, 19-32). Siendo una palabra sobre la sabiduría, podemos, como san Pablo, aplicarla a la cruz, que él ha visto como “fuerza de Dios y sabiduría de Dios”.

  Que así sea.

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Martes 4º de Pascua

Martes 4º de Pascua

Hch 11, 19-26; Jn 10, 22-30

Queridos hermanos:

La palabra del Evangelio, en continuidad con la del Buen Pastor, nos llama hoy a la fe a través del reconocimiento de su voz, la escucha de su palabra y el seguimiento de Cristo.

El ministerio visible de Cristo consta de palabras y obras. Sus obras testifican la veracidad de sus palabras, con las que da testimonio del Padre y de su amor. El Padre, a través del Espíritu que realiza las obras, da testimonio de Cristo como su enviado. A Cristo, los judíos le piden un testimonio de sí mismo porque no creen en sus palabras y rechazan el testimonio de sus obras. No están dispuestos a acoger el testimonio que Dios mismo da en su favor. Dios testifica en favor de Cristo para llevarnos a Él, del mismo modo que Cristo, en la primera lectura, da testimonio de sus predicadores a través de las conversiones: “La mano del Señor estaba con ellos”.

Los judíos no creyeron a Jesús porque, en su corazón endurecido (cf. Is 6,10), no estaba el testimonio interior del Espíritu, con el que el Padre marca a las ovejas de Cristo para escucharlo y seguirlo, cumpliendo sus palabras. Al testimonio exterior de las obras y de las palabras debe unirse el testimonio interior del Espíritu. Sus ovejas deberían ser los judíos en primer lugar, pero Cristo constata que la mayoría no le escucha ni reconoce la voz de Dios en Él. Dios no les interesa; sus intereses son terrenos, no son de arriba, de Dios, de sus ovejas. No ven a Dios en las obras de Cristo, no lo escuchan, no lo siguen y no reciben de Él la vida eterna.

Podemos preguntarnos por qué este testimonio del Espíritu no marcó a aquellos judíos. Aunque puedan ser muchas las causas, hay una palabra que lo explica en Isaías (6,10): “Mirarán y no verán, no escucharán y no se convertirán, porque se ha embotado el corazón de este pueblo” (cf. Mt 13,14-15).

Mostrándoles el contraste con sus ovejas, Cristo les previene de su situación para que se vuelvan a Él. Pero cuando les predica, le piden obras; cuando les muestra las obras, le piden palabras. Lo han repudiado en su corazón, rechazando y escandalizándose de la unidad que Cristo reivindica tener con el Padre, a quien ellos llaman su Dios.

Entonces, Cristo marca la diferencia entre ser judíos y ser ovejas, y, a través de sus discípulos, saldrá al encuentro de ovejas ajenas a Israel para traerlas al único redil: “Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob, mientras a vosotros os echarán fuera. Y hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos”.

Con el testimonio del Espíritu, las ovejas escuchan la voz del Pastor y lo siguen. No es lo mismo oír que escuchar. Escuchar es obedecer la palabra oída poniéndola por obra. Su palabra es: “Amaos como yo os he amado”. Quien escucha sigue al Pastor a través del valle del llanto, se niega a sí mismo y toma su cruz cada día. En su camino, bebe con Él del torrente para levantar la cabeza: “Yo le doy vida eterna y no perecerá jamás”. A quien escucha, Yo lo conozco, lo amo: “Mis ovejas escuchan mi voz”.

A la coherencia de Cristo entre sus palabras y su entrega debe corresponder la de sus discípulos entre la escucha y la obediencia, viviendo en el amor y la unidad. Si Dios es amor, a Dios se le testifica haciendo visible, sobre todo, el amor: “En esto conocerán que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros”. Y siendo uno, el mundo creerá.

Que la Eucaristía nos haga un solo espíritu con Cristo y que el Espíritu nos testifique su amor, marcándonos con el sello de sus ovejas.

Que así sea.

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Síntesis

En el Evangelio de hoy, Jesús se presenta una vez más como el “buen Pastor”, aquel cuya voz distinguen sus ovejas y las salva. Los judíos le piden palabras pero rechazan sus obras. Jesús les responde con una verdad más profunda: les falta la apertura del corazón. Sus obras hablan, su palabra habla, pero ellos no escuchan porque no son de sus ovejas: “Mirarán y no verán, oirán y no escucharán” (cf. Is 6, 9).

Ser oveja de Cristo no es cuestión de pertenencia carnal ni de tradición religiosa. Es cuestión de escucha. Y escuchar, en el lenguaje bíblico, significa obedecer, acoger, dejar que la palabra transforme la vida. Por eso Jesús dice: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen”. No se trata solo de oír, sino de reconocer en su voz la verdad que da vida, por obra del Espíritu.

Y a quien lo escucha y lo sigue, Jesús le promete lo que nadie más puede dar: vida eterna. Una vida que comienza ya, porque quien se deja guiar por Cristo entra en una relación de amor que nada ni nadie puede arrebatar. “Nadie las arrebatará de mi mano”. Esta es la seguridad del discípulo: no en sus fuerzas, sino en la fidelidad del Pastor.

Hoy, el Evangelio nos invita a preguntarnos: ¿Reconozco la voz de Cristo en medio de tantas voces que compiten por mi atención? ¿Escucho para obedecer, o solo para sentirme bien? ¿Camino detrás del Pastor, incluso cuando el camino pasa por cañadas oscuras?

Pidamos al Señor un corazón capaz de escuchar su voz y seguirlo con confianza. Que nada nos aparte de sus manos, porque en ellas está nuestra paz y nuestra vida eterna.

 

Lunes 4º de Pascua

Lunes 4º de Pascua

Hch 11, 1-18; Jn 10, 1-10 o 10, 11-18 en los años A

Queridos hermanos:

Hoy continuamos este discurso del Buen Pastor, que gira en torno al “conocimiento”: el amor que procede del Padre, quien entrega a su Hijo, y de Cristo, que, amándolo, le obedece y hace concreto este conocimiento de amor en su cuerpo entregado. La ausencia de este amor crucificado es lo que desenmascara al ladrón, que solo busca destruir al rebaño. En esto se distinguen la cultura y la civilización cristianas de las demás: en que son fruto de una semilla de amor. Por amor, el Padre envía al Hijo; por amor, Cristo se encarna; y por amor se entrega a la voluntad amorosa del Padre para nuestra salvación.

Las ovejas, encerradas en la prisión mortal del pecado, solo pueden ser sacadas a la vida mediante el perdón, que rompe las puertas de la muerte. Solo el amor encarnado y crucificado del Padre, en Cristo, puede realizarlo, constituyéndose en puerta de acceso a las ovejas. Por eso hemos escuchado que Cristo va delante de sus ovejas. Todo intento de eludir este acceso del seguimiento a Cristo es una pretensión de anteponerse a Él, de precederlo en lugar de seguirlo: inútil tentativa de asalto y robo, propia de ladrones y salteadores. Los Hechos de los Apóstoles mencionan a algunos que, viniendo antes de Cristo, no eran sino ladrones y bandidos: Teudas y Judas el Galileo (Hch 5, 34-39), y también después de Cristo, como Simón bar Kojba, quien acarreó la mayor aniquilación del pueblo judío en toda su historia. Él va delante, abriendo la puerta con su entrega, y las ovejas le siguen.

A través de su muerte, Cristo introduce a sus ovejas en el redil de la vida, que es la Iglesia, entrando por la entrega de su sangre y su cruz, y constituyéndose a sí mismo en puerta abierta. Llama a sus ovejas por su propio nombre con su palabra, sacándolas de la dispersión de la descomunión y de la esclavitud de la muerte (saldrán), y las conduce en comunión a los pastos de la vida.

Para salir de la muerte, es necesario escuchar la voz del Pastor y entrar por Cristo en la Iglesia mediante el bautismo y la conversión (entrarán). Cada oveja recibe de Cristo el Espíritu Santo, la vida divina y su nombre de vivo. La muerte ya no tiene poder sobre ellas, y pueden salir por la puerta de la cruz (cf. 1 P 2, 20), siguiendo las huellas de Cristo, y ser apacentadas en los pastos abundantes de la vida eterna, a salvo de los salteadores.

El Pastor da su vida por las ovejas; le importan y las conoce a cada una por su nombre; en una palabra, las ama. No le son extrañas, sino algo propio, y las ama con el amor con que Él mismo ama y es amado por el Padre, con el que es enviado para amar a las ovejas, entregándose por ellas. A este mismo amor son incorporadas las ovejas, a las que Cristo dirá: “Permaneced en mi amor”.

Ezequiel había dicho: “Yo suscitaré para ponérselo al frente un solo pastor que las apacentará, mi siervo David: él las apacentará y será su pastor”, y también: “Yo mismo apacentaré a mis ovejas”. En Cristo, David, a través de su Hijo, y Dios, por su Hijo encarnado, apacentarán a las ovejas. Cristo se atribuye esta función mesiánica y esta filiación divina anunciada por Ezequiel (Ez 34). De ahí la necesidad de discernir la voz del Pastor: “Mis ovejas conocen mi voz; no conocen la voz de los extraños”. Quien ha sido apacentado con la palabra del Pastor conoce su voz.

La solicitud de Cristo por las ovejas dispersas se transmite a los discípulos y, comenzando por Pedro, la Iglesia se abre a la evangelización de las naciones, llamadas a la unidad en el redil de Cristo, como nos muestra la lectura de los Hechos de los Apóstoles.

En esta Eucaristía, el Señor nos apacienta con su palabra y nos da su Cuerpo y su Sangre como viático para esta vida y alimento que salta hasta la vida eterna.

  Que así sea en nosotros.

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 Síntesis

 Jesús se presenta como el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. No la presta, no la ofrece a medias, no la negocia. La da. Esa es la medida del amor cristiano.

En este pasaje, Jesús contrasta su actitud con la del asalariado, que huye cuando ve venir al lobo. El asalariado piensa en sí mismo; el Buen Pastor piensa en sus ovejas. Y aquí aparece el punto clave para nuestro discernimiento: ¿a quién se parecen nuestras acciones diarias? ¿Al pastor que se entrega o al asalariado que se guarda? Sabemos que amar es darse; negarse a sí mismo por alguien; buscar el bien del otro.

Jesús dice que conoce a sus ovejas y ellas lo conocen a Él. No se trata de un conocimiento superficial, sino de una relación profunda, como la que Él mismo tiene con el Padre. En un mundo donde abundan las voces que prometen seguridad fácil o felicidad momentánea, este evangelio nos invita a abrir el oído para reconocer la voz que de verdad conduce a la vida.

Finalmente, Jesús anuncia que habrá un solo rebaño y un solo pastor. No es un sueño de uniformidad, sino una llamada a la unidad que nace del amor y del reconocimiento mutuo. La Iglesia está llamada a ser ese espacio donde todos puedan creer y recibir el amor de Dios en este mundo: cobijo, escucha, cuidado y vida eterna.

En resumen: este evangelio nos recuerda que seguir a Cristo implica amar como Él nos ha amado, y a “permanecer en su amor” cuando aparezca el lobo que nos tienta al pecado: al miedo, a la desconfianza, a la comodidad o a la indiferencia. El Buen Pastor no nos pide algo imposible, porque nos llama a caminar con Él, para que su amor sea también el nuestro.

 

Domingo 4º de Pascua A

Domingo 4º de Pascua A

Hch 2, 14.36-41; 1P 2, 20-25; Jn 10, 1-10

Queridos hermanos:

Ante la dispersión provocada por el pecado, que destruye la comunión del hombre con Dios y con los demás, Dios, que es amor, comienza —por mediación de su Hijo— la construcción de un nuevo “redil”, en el que sean reunidos nuevamente en el Paraíso del amor, del que fueron expulsados. Dios mismo los buscará, los conducirá y los apacentará.

Hoy, la Palabra nos invita a reflexionar sobre la centralidad absoluta de Cristo en la historia, y a darnos cuenta de que sólo cuando esta centralidad de Cristo se realice en nuestra vida quedará resuelta nuestra problemática personal. A hacer esto posible se orienta su obra redentora, en la que hoy se nos presenta como Pastor y como Puerta, para guiarnos e introducirnos en la Iglesia, ámbito de la comunión entre todos los hombres y con el Padre, comunión que se alcanza mediante la fe en Él.

Esta fe adquiere expresiones distintas según las diversas definiciones con las que Cristo se revela a sí mismo, iluminándonos como las siete lámparas del candelabro que está ante la presencia de Dios (Ap 1, 12s): Yo soy el Pan de la vida; la Luz del mundo; el Camino, la Verdad y la Vida; la Resurrección; la Vid verdadera; la Puerta y el Buen Pastor. Creer en Cristo Pan será: comer la carne del Hijo del hombre. Creer en Cristo Luz será: ver al Hijo. Creer en Cristo Camino, Verdad y Vida será: ir a Cristo. Creer en Cristo Resurrección será: entrar con Él en la muerte. Creer en Cristo Vid será: beber su sangre. Creer en Cristo Puerta será: entrar por Él. Y creer en Cristo Buen Pastor será: conocer su voz, escucharla y seguirle, como hemos escuchado en el Evangelio. El fruto de esta fe será siempre el mismo: Vida, y Vida eterna.

Dios ha abierto una puerta para que los hombres puedan salir de la cárcel de la muerte hacia la vida, y esta puerta es Cristo, cuya llave tiene forma de cruz, de humillación y de pasión. Como dice san Pedro: “No hay otro nombre dado a los hombres en el que podamos ser salvos”. El Verbo mismo ha entrado por la puerta de nuestra carne que el Padre le presentó, y aunque su carne hubiese podido preferir otra distinta —de éxito y aceptación— para salvar al mundo, tomó la cruz, en lugar de nacer de estirpe real o de casta sacerdotal. Cristo entró por la puerta de la voluntad del Padre. Fue fiel a la imagen del Cristo que el Padre había modelado, y así se ha hecho puerta para nosotros.

Cuantos han pretendido traer salvación antes y después de Cristo, anunciándose a sí mismos, eran ladrones y bandidos. No así los profetas, que no dieron testimonio de sí mismos, sino de Cristo, como Juan Bautista.

Todo este discurso gira en torno al amor que procede del Padre y que entrega a su Hijo, y al amor de Cristo que obedece y lo hace visible en su cuerpo entregado. Este amor se manifiesta después en la comunión de las ovejas y en su testimonio ante el mundo. La ausencia de este amor en forma de cruz es lo que desenmascara al falso pastor, que sólo busca destruir al rebaño con propuestas halagüeñas para evitar la cruz, propuestas que son falsas.

Cristo, para introducir a las ovejas en el redil de la vida, entra en la muerte por la puerta del Amor crucificado y se constituye a sí mismo en puerta abierta. Después llama a las ovejas con su palabra, las saca de la dispersión de la muerte y las conduce en comunión a los pastos de la vida.

Para salir de la muerte hay que conocer y escuchar la voz del Pastor, seguirle y entrar por Cristo: por la puerta de la fe, a través del bautismo y mediante la conversión. Cada oveja recibe así el Espíritu Santo, su vida y su nombre en Cristo. La muerte ya no tiene poder sobre ellas, y pueden entrar y salir por la puerta de la cruz (cf. 1 P 2, 20) sin que la muerte las dañe. Pueden creer y amar, siguiendo las huellas de Cristo, y ser apacentadas en los pastos abundantes de la vida eterna, en un rebaño a salvo del lobo.

En esta Eucaristía, el Señor nos apacienta con su Palabra y nos da su Cuerpo y su Sangre como alimento de vida eterna.

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Síntesis

 

“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

Ese es el corazón del Evangelio de hoy. Jesús se presenta como el Pastor verdadero, el único que entra por la puerta, el único cuya voz reconoce el rebaño. No viene a confundir, ni a aprovecharse, ni a dividir. Viene a conducir, a proteger, a dar vida.

El Señor habla de ladrones y salteadores: todo aquello que intenta entrar en nuestra vida sin pasar por la puerta del amor, de la verdad y de la libertad, que tiene forma de cruz: —personas, ideologías, hábitos, tentaciones—. Lo que no entra por la Cruz de Cristo termina robando paz, esperanza y sentido, y nos destruye.

Pero Jesús no se limita a ser Pastor: Él mismo dice que es la Puerta. Es decir, no solo nos guía, sino que es el camino de acceso a la vida plena. Quien entra por Él encuentra pastos, descanso, seguridad, Paz. Quien escucha su voz aprende a distinguir lo que da vida de lo que la destruye.

Hoy el Evangelio nos invita a preguntarnos: ¿De quién estoy escuchando la voz? ¿A quién dejo entrar en mi corazón?

¿Camino detrás del Buen Pastor que dice la Verdad y da la vida, o detrás de voces que prometen falsamente lo que no pueden dar?

Cristo no obliga, no empuja, no manipula. Nos llama por nuestro nombre, porque nos conoce (nos ama). Y cuando le abrimos, su presencia nos transforma: nos ilumina, nos sana, nos orienta, y nos fortalece.

Que el Señor nos conceda que hoy renovemos el deseo de entrar por Él, de dejarnos conducir por Él, y de vivir esa vida abundante que solo Él puede darnos.

San Marcos

San Marcos

1P 5, 5b-14; Mc 16, 15-20

Queridos hermanos:

En esta fiesta del evangelista Marcos, la liturgia de la Palabra nos presenta el anuncio del Evangelio a toda la creación. San Pablo dirá: “Sólidamente cimentados en la fe, firmes e inconmovibles en la esperanza del Evangelio que oísteis, que ha sido proclamado a toda creatura bajo el cielo” (Col 1, 23). San Marcos, por su parte, afirma: “Es preciso que sea proclamada la Buena Nueva a todas las naciones” (Mc 13, 10), y añade: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16, 15). Esto, evidentemente, más que con palabras, se testifica con una Vida Nueva.

San Lucas, en los Hechos, dice: “Recibiréis una fuerza, cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, y de este modo seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8). Y Mateo recoge las palabras del Señor (Mt 28, 18-20): “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

La creación, en efecto, fue sometida a la frustración por la muerte, consecuencia del pecado, y ha sido vaciada de su sentido instrumental para la realización del plan de Dios. La humanidad, predestinada a la gloria, quedó impedida para la comunión con Dios, y las tinieblas volvieron de nuevo a cernirse sobre el mundo. San Pablo lo expresa diciendo que “la creación gime con dolores de parto, esperando la manifestación de los hijos de Dios”.

Cristo resucitado ha recibido todo poder, y en su nombre obedecen el cielo y la tierra. El mal y la muerte retroceden ante el Evangelio de la gracia de Dios, que se convierte en paradigma de salvación para aquel que se abre a su acción por la fe: “Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios” (Mt 10, 8). Y añade: “Los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos, y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien” (Mc 16, 17-18).

Hoy, nosotros celebramos con san Marcos el testimonio de la vida y de las Escrituras, por las que el Espíritu, a través de los enviados, hace resonar la verdad del amor de Dios. Hoy somos llamados a seguir fielmente las huellas de Cristo, y en la Eucaristía implorar la gracia de creer con firmeza en el Evangelio que nos salva.

 

Que así sea.

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 Síntesis

El envío de los discípulos en el evangelio de Marcos, nos recuerda que la Iglesia no nace para encerrarse, sino para ser enviada. Cristo resucitado propone una fe en misión, que brota de la Pascua: “Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio”.  es el latido mismo del Corazón de Cristo que quiere alcanzar a todos.

El Señor no oculta las dificultades, pero promete su presencia: “Ellos se fueron a predicar… y el Señor cooperaba con ellos”. No evangelizamos por nuestras fuerzas, sino sostenidos por Aquel que nos envía. Los signos que menciona este evangelio son la manifestación de una vida nueva que comienza donde Cristo reina: el mal retrocede, la vida se abre paso, la palabra sana, la fe levanta.

Hoy este pasaje nos invita a la alegría de anunciar la buena noticia del amor de Dios como fruto de habernos encontrado con Cristo, y a confiar en la presencia del Señor, que sigue “cooperando” con quienes se ponen en camino,

El Evangelio se propaga cuando dejamos que Cristo actúe en nosotros. La misión es el fruto de un corazón que ha recibido el evangelio, y quiere compartir la vida nueva que Cristo le ha dado.

Viernes 3º de Pascua

Viernes 3º de Pascua

Hch 9, 1-20; Jn 6, 52-59

Queridos hermanos:

A través del Evangelio según san Juan hemos recorrido, durante estos días, el discurso del Pan de Vida, que comenzaba mostrándonos cómo nuestra adhesión a Cristo estaba profundamente contaminada por las exigencias de la carne. Era necesario purificarla de todo lo terreno para elevarla al cielo de la fe.

Dice el Señor: “Mis palabras son espíritu y vida; la carne no sirve para nada”. Él no habla para satisfacer la carne, sino para alimentar el espíritu.

Sólo la fe es capaz de resistir ante este lenguaje, porque se apoya en quien habla, aunque no comprenda del todo lo que escucha. Jesús ha dicho: “Mis palabras son espíritu y son vida”. Un judío ni siquiera puede comer la sangre de los animales; cuánto menos la de una persona. Sólo la confianza y el abandono total en quien habla —fruto de la fe— pueden soportar este misterio y trascender la propia razón.

En la Escritura, la vida está unida a la sangre y, por eso, pertenece a Dios; el hombre no puede derramarla ni apropiársela. Sólo si se acepta que Cristo es Dios, la mente puede elevarse y acoger, sin comprender del todo, su invitación a beber su sangre. Beber sangre equivaldría a beber vida. La invitación a beber la sangre divina de Cristo es, por tanto, una invitación a la Vida eterna.

Carne y sangre hacen referencia al cuerpo, y Cristo, a través de la Escritura (cf. Hb 10, 5-7), dice: “Me has formado un cuerpo para hacer, oh Dios, tu voluntad”. Comulgar con el cuerpo de Cristo es, entonces, comulgar con la voluntad de Dios, que lo lleva a entregarse a la muerte por la salvación del mundo, haciéndonos un solo espíritu con Él.

Este es el pan sustancial que no perece (Jn 6, 27), del que Cristo mismo se alimenta: “Mi comida es hacer la voluntad —amorosa y salvadora— del que me ha enviado” (cf. Jn 4, 34). El que hace la voluntad de Dios permanece en Él, que no muere; y aunque experimente la muerte, no morirá para siempre: vivirá. La vida del Padre, que está en Cristo porque permanece en Él, está también en el discípulo que permanece en Cristo, otorgándole Vida eterna.

Cuando en la Eucaristía decimos “¡Amén!” al comer la carne de Cristo y beber su sangre, aceptamos que se cumpla en nosotros la voluntad de Dios, por la cual ha enviado a su Hijo a entregarse por todos los hombres.

San Pablo enseña que se debe discernir lo que se come y se bebe al participar en la Eucaristía. Este discernimiento es posible sólo por la fe; por eso hemos escuchado en la primera lectura que Pablo debe someterse al bautismo —sello de la fe— para incorporarse y formar parte del Cuerpo de Cristo, al que también nosotros nos unimos en la Eucaristía.

Cuando Cristo habla de la vida eterna, afirma que quien la posee resucitará en el último día. Esto implica haber pasado antes por la muerte, que es la puerta de entrada a la resurrección, pero sin permanecer en ella: vivirá para siempre.

Si comer la carne de Cristo es vivir en Él, entonces somos saciados. Y si Él vive en nosotros, al entregarnos por el mundo, es Cristo mismo quien se entrega. Esta participación en la muerte de Cristo, en su “carne”, lleva consigo también nuestra participación en su resurrección.

Por eso dice Cristo que sólo así tenemos vida en nosotros mismos y garantía de resurrección en el último día. Su alimento no perece, sino que salta a la Vida eterna, donde sólo el amor —que es Dios— subsistirá.

Que así sea en nosotros. 

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Jueves 3º de Pascua

Jueves 3º de Pascua

Hch 8, 26-40; Jn 6, 44-51

Queridos hermanos:

En la Eucaristía estamos sentados ante esta mesa de vida eterna, a la que —como hemos escuchado— nos convoca el Padre, atrayéndonos hacia Cristo para ser instruidos por Él mediante su Palabra y para ser alimentados con el pan del cielo, que da vida eterna a quienes escuchan y aprenden. Las palabras y la vida de Cristo son enseñanza y vida para quienes escuchan y creen, apoyando su existencia en Dios y entregándose con Cristo. Escuchan y aprenden; escuchan y obedecen su Palabra por la fe. Dios enseña a todos, pero quizá no todos aprendemos.

El pecado, como contradicción de la fe, nos priva de la vida eterna al apoyarnos en la mentira mortal. Se supone que nosotros hemos aprendido, porque hemos sido dados a Cristo y hemos venido a Él para ser alimentados por Él en la Palabra y en la Eucaristía. Por lo tanto, también debemos creer que hemos recibido la vida eterna y que resucitaremos en el último día, si no la contradecimos con nuestros pecados. Pero no debemos olvidar que este pan celeste es la carne de Cristo entregada por la vida del mundo. Por eso dice la carta a los Efesios: «Vivid en el amor con el que Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima.» Vivid en la entrega con la que Cristo se entregó.

Dios manda un pan en el desierto con el que se nutre durante cuarenta días el profeta Elías, como lo fue en otro tiempo Moisés, y durante cuarenta años el pueblo. Todo pan nutre la vida del hombre por un tiempo y después perece. Dios les dio el maná a los israelitas durante cuarenta años, y murieron unos en el desierto y otros en la tierra prometida. Dios dio a Abrahán la promesa y, cuatrocientos años después, la ley a Israel; pero siguieron muriendo, viendo su cumplimiento solo en esperanza. Tanto el maná como el pan de Elías fueron prodigiosos, pero no eran el pan sustancial que anuncia Cristo: un pan que no perece y un alimento que sacia perennemente: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo, para que quien lo coma no muera; es mi carne por la vida del mundo.» Lo ha dicho san Pablo: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima.» Cristo ha recibido un cuerpo para entregarse por el mundo: «Me has dado un cuerpo para hacer, oh Dios, tu voluntad» (cf. Hb 10, 5-7).

Cristo está en el cielo. Lo que se hace presente en esta mesa no es su cuerpo glorioso, ni el que pasea por la orilla del lago, ni el que predica por Galilea o resucita a Lázaro, sino su cuerpo entregado en la cruz: la muerte de Cristo y su sangre derramada, no el día de su circuncisión, sino en su pasión y muerte. Por eso dice san Pablo: «Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos la muerte del Señor hasta que venga.» Podemos pensar que al cuerpo glorioso del Señor no le afectan los sufrimientos de su cuerpo físico; pero sí, ciertamente, los de su Cuerpo Místico, en personas elegidas por Él que aceptan libremente ofrecerse por amor. Podemos decir, por tanto, que sufre místicamente con nuestros sufrimientos y con las consecuencias de nuestros pecados.

Cuando san Pablo dice: «Sufro lo que falta en mi carne a la pasión de Cristo»; cuando los mártires son asesinados; cuando Cristo mismo crucifica al Padre Pío diciéndole: «Cuántas veces me habrías abandonado si no te hubiera yo crucificado»… ¿pensamos que al Señor le resultan indiferentes estos sufrimientos? Ciertamente no. Es su amor quien los permite y, en ocasiones, los suscita, para sufrir místicamente en sus miembros escogidos por la salvación del mundo.

Al comer su carne se nos da algo que no es solo para nosotros, sino para el mundo. En la Eucaristía decimos amén a su carne entregada, a su entrega por la vida del mundo.

  Que así sea en nosotros.

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Miércoles 3º de Pascua

Miércoles 3º de Pascua

Hch 8, 1-8; Jn 6, 35-40

Queridos hermanos:

Después de las primeras apariciones y los primeros testimonios de la Resurrección, el anuncio del Evangelio y la Iglesia misma desbordan el ámbito de Jerusalén y se extienden hasta los confines de la tierra, bajo el signo de la cruz y de la persecución.

Hoy, en la Palabra, Cristo se nos presenta como el pan enviado por Dios, que no cae como el maná, sino que se encarna para dar vida. No solo es un pan que viene de Dios, sino un pan en el que Dios mismo se da como alimento. Para realizar esta obra, Cristo lleva a cabo unas “señales” que manifiestan que Dios está en Él; pero estas señales no quitan al hombre su libertad y pueden ser rechazadas, al igual que su palabra, o incluso instrumentalizadas, sin que se dé la conversión ni la fe.

Cristo habla de un pan imperecedero que da vida eterna. Él tiene un alimento que consiste en hacer la voluntad del que lo ha enviado. Esa voluntad pasa por nuestra salvación a través de la cruz.

Comer de ese pan, que es Cristo mismo, nos une a su cruz y a su resurrección de vida eterna. Por la fe en Cristo y mediante la Eucaristía, realizamos sacramentalmente nuestra unión con Él en la voluntad del Padre, que hace de nuestra vida una entrega, juntamente con Cristo, al amor misericordioso de Dios, en el que caben todos los hombres y que nos transforma en don para el mundo.

Pero este pan de Dios, que se encarna, los judíos no lo han visto caer del cielo como el maná, sino surgir de la tierra: «¿No es este Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: “He bajado del cielo”?». Murmuran porque no entienden eso de nacer de lo alto, nacer del Espíritu, y no están dispuestos a aceptar la encarnación de Dios en un hombre, en un galileo, en un laico, en un “irregular”, como no han aceptado nunca a los profetas.

Para nosotros, para nuestra generación, no es menor la dificultad ante la Encarnación: «Cristo sí, la Iglesia no», dicen muchos; «La Iglesia sí, los curas no»; «Los curas sí, los laicos no». De hecho, la mayor parte de las herejías han surgido en torno a la Encarnación. Por eso dice Jesús que el problema consiste en «ver al Hijo», discernir en Jesús la presencia de Dios.

Dios dio a Abrahán la promesa, y la ley cuatrocientos años después a Israel, pero siguieron muriendo sin ver su cumplimiento. Solo en Cristo se anuncia un pan que no perece y un alimento que sacia: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo. Yo soy el pan de vida; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera; es mi carne por la vida del mundo».

San Pablo lo ha dicho: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima». Cristo ha recibido una carne para entregarse por el mundo: «Me has dado un cuerpo para hacer, oh Dios, tu voluntad» (cf. Hb 10,5-7).

Comer la carne de Cristo es entrar en comunión con su entrega. Cristo es, pues, el alimento de la vida definitiva que ansía el corazón humano y que el mundo necesita.

Pero hemos escuchado a Cristo decir: «Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí. Nadie puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado, no lo atrae». El Padre atrae hacia Cristo, ofrece a Cristo el don de nuestra fe, pero lo hace con lazos de amor y no de constricción, a los cuales debe responder el libre albedrío de nuestro amor, creyendo y yendo a Cristo.

Nuestro corazón debe querer ser atraído hacia Cristo, y el Padre, que ve los deseos de nuestro corazón, nos lo concederá, como dice el salmo: «Sea el Señor tu delicia, y Él te dará lo que pide tu corazón» (Sal 36,4). «Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna, y que yo lo resucite en el último día».

Decía el poeta Virgilio: «Cada cual es atraído por su placer». Nosotros, hoy, diríamos: cada cual es atraído por su amor, por aquello que ama. Decía san Agustín: «No hay nadie que no ame; el problema es cuál sea el objeto de su amor». Por eso dice la carta a los Efesios: «Vivid en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima». Vivid en la entrega con la que Cristo se entregó. Lo dice el Señor: «Permaneced en mi amor».

Hoy somos invitados, en la Eucaristía, a entrar en comunión con la carne de Cristo, que se entrega por la vida del mundo.

  Que así sea.

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Martes 3º de Pascua

Martes 3º de Pascua 

Hch 7, 51-8, 1a; Jn 6, 30-35

Queridos hermanos:

Continuamos hoy contemplando la catequesis del pan sustancial, que es eminentemente eucarística y nos introduce en el “memorial” de Cristo, al que somos invitados a unirnos comiendo su Cuerpo y bebiendo su Sangre, alimento que salta hasta la vida eterna.

Una vez más, en estos encuentros pascuales, la Palabra hace alusión a la Eucaristía a través de figuras como el maná, el alimento mesiánico, el pan del cielo, el pan de Dios o el pan de vida eterna, que viene a colmar el ansia insaciable del corazón humano. Los judíos quieren ver signos que se les impongan, pero no están dispuestos a creer. Cristo, de hecho, realiza señales anunciadas en las Escrituras, que testifican su misión, pero que no responden a sus erróneas expectativas respecto al Mesías, expectativas en las que no tienen cabida ni la conversión del corazón a Dios ni una llamada universal a la salvación que relativice sus privilegios como pueblo elegido. Este pueblo era ajeno por completo a la misericordia divina, explícita ya en las promesas hechas a Abrahán: “En tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra”.

En efecto, Israel responde a Cristo: “Señor, danos siempre de ese pan”; y los gentiles, por boca de la samaritana, dicen: “Señor, dame de esa agua para que no tenga más sed”. Pero tanto Israel como los gentiles deben primero recibir el agua de la fe y el bautismo, para pasar después al banquete del Pan de la Vida.

El pan de la vida divina en nosotros, al saciarnos, nos constituye en pan que se entrega. Lo mismo ocurre con la luz: al ser iluminados, nos transformamos en luz del mundo. También con el agua viva: nos hacemos fuente que brota para vida eterna. Y cuando somos apacentados, somos constituidos pastores de las naciones, llamados a reunir a las ovejas. Esos son los frutos de la vida, del Espíritu y del amor del Señor en nosotros. Por último, cuando Cristo nos revela a su propio Padre, nos hace hijos suyos y hermanos entre nosotros: “Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”.

Cristo se aplica a sí mismo el discurso de la Sabiduría y viene a confirmar la tendencia de la Revelación a personalizarla, precisamente porque Él es la plenitud a la que tiende la Sabiduría. Aquellos que la gustan siguen teniendo hambre y sed de Cristo, y tienden hacia Él hasta encontrarlo (Eclo 24, 21). El encuentro con la Sabiduría los hace pobres de espíritu y necesitados de salvación. Jesús dirá: “Dichosos los que tenéis hambre ahora”, porque “el que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed. Será saciado”. “Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre; ay de los que reís ahora, porque tendréis aflicción y llanto; dichosos vosotros, los tristes, porque reiréis”.

Dios mandó un pan en el desierto con el que se nutrió durante cuarenta días el profeta Elías, como en otro tiempo Moisés. Pero todo pan nutre la vida del hombre por un tiempo y después perece. Dios dio el maná a los israelitas durante cuarenta años, y murieron unos en el desierto y otros en la tierra prometida. Dios dio a Abrahán la Promesa, y la Ley cuatrocientos años después a Israel, pero siguieron muriendo, saciados solo en la esperanza. Nosotros no solo somos llamados a la esperanza, sino a recibir al Esperado de todos los tiempos, al Prometido a los patriarcas y al anunciado por los profetas. Solo en Cristo se nos da un pan de vida eterna que sacia y no se corrompe.

Hemos escuchado también a Jesús decir: “Yo soy”, el nombre de Dios revelado a Moisés, que Cristo se aplica a sí mismo siete veces en el evangelio de Juan. Son siete definiciones con las que se revela iluminándonos, como las siete lámparas del candelabro: “Yo soy el pan de la vida; la luz verdadera; la puerta; el camino, la verdad y la vida; el buen pastor; la resurrección; la vid verdadera”.

A este banquete mesiánico somos hoy invitados por Cristo, para que recibamos vida y podamos llevarla a un mundo hambriento de paz y sediento de verdad. Un mundo a oscuras, guiado por ciegos, que se precipita al abismo de pasiones incapaces de redimirlo de su angustiosa prevaricación.

Que así sea.

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Lunes 3º de Pascua

Lunes 3ª de Pascua 

Hch 6, 8-15; Jn 6, 22-29

Queridos hermanos:

Se nos propone hoy el comienzo de esta catequesis eucarística del “Pan de vida”. En la Eucaristía proclamamos: “Este es el sacramento de nuestra fe”. La fe supone haber creído y acogido al Enviado de Dios, a aquel a quien el Padre ha marcado con el sello de su Espíritu.

La conclusión del pasaje nos muestra el sentido de esta palabra: «La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado». Para realizar esta obra, Cristo lleva a cabo unas “señales” que manifiestan que Dios está en Él; pero estas señales no anulan la libertad del hombre. Pueden ser rechazadas, como también puede ser rechazada su palabra, o incluso instrumentalizadas, sin que se dé la conversión ni la fe.

Cristo habla de un pan imperecedero que da vida eterna. Él tiene un alimento que consiste en hacer la voluntad del que lo ha enviado. Esa voluntad pasa por nuestra salvación a través de la cruz.

Comer de ese pan, que es Cristo mismo, nos une a su cruz y a su resurrección de vida eterna. Por la fe en Cristo y mediante la Eucaristía, realizamos sacramentalmente nuestra unión con Él en la voluntad del Padre, quien hace de nuestra vida una entrega, juntamente con Cristo, al amor misericordioso de Dios, en el que caben todos los hombres.

Por esta fe podemos entrar en comunión con Cristo, el pan que no perece, el alimento que sacia para la vida eterna y que nos transforma en don para el mundo.

Una vez más, en estos encuentros pascuales, la Palabra hace alusión a la Eucaristía a través de figuras como el maná, alimento mesiánico; el pan del cielo; el pan de Dios; o el pan de vida eterna, que viene a colmar el ansia insaciable del corazón humano. Por eso Israel responde a Cristo: “Señor, danos siempre de ese pan”, y los gentiles, en la samaritana: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed». Los gentiles, en efecto, deben primero ser bañados en el agua que salta hasta la vida eterna por el bautismo, para pasar después al banquete de la vida.

Hemos escuchado también a Jesús decir: “Yo soy”, nombre de Dios revelado a Moisés, que Cristo se aplica a sí mismo siete veces en el evangelio de Juan; siete definiciones con las que se revela, iluminándonos como las siete lámparas del candelabro: Yo soy el pan de la vida; la luz verdadera; la puerta; el camino, la verdad y la vida; el buen pastor; la resurrección; la vid verdadera.

Al aplicarse a sí mismo el discurso de la Sabiduría, Cristo confirma la tendencia de la Revelación a personalizarla. Precisamente porque la plenitud de la Sabiduría es Cristo, quienes la gustan siguen teniendo hambre y sed de Él; tienden hacia Él hasta encontrarlo (Eclo 24, 21). El encuentro con la Sabiduría los hace pobres de espíritu y necesitados de salvación. Jesús dirá: “Ay de vosotros, los hartos”, y “Dichosos los que tenéis hambre ahora”, porque: “El que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed”. Será saciado.

A este banquete mesiánico somos hoy invitados por Cristo, para que recibamos vida.

Que así sea.

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Domingo 3º de Pascua A

 Domingo 3º de Pascua A 

Hch 2, 14.22-28; 1P 1, 17-21; Lc 24, 13-35

 

Queridos hermanos:

 

Hoy, la Palabra nos invita a situarnos frente al acontecimiento pascual que celebramos en la Eucaristía. Todas las lecturas nos presentan la glorificación del Señor, pero hemos escuchado que “era necesario que el Cristo padeciera estas cosas para entrar así en su gloria”. ¿Acaso no era ya su propia gloria, la que tenía junto al Padre antes de que el mundo existiera? ¿Cómo, entonces, era necesario que padeciera para entrar en la gloria que le pertenecía? ¿Para quién era necesario? No ciertamente para Él, sino para nosotros: para nuestra justificación y salvación; para que, al regresar a su gloria, no lo hiciera solo, sino con todos nosotros como hermanos suyos: “Subo a mi Padre y —ahora— vuestro Padre”.

No era a Israel únicamente a quien iba a librar el Mesías, sino a toda la humanidad; y no de un poder humano, sino de la esclavitud al diablo y de la muerte, consecuencia del pecado de nuestros primeros padres, que aparece como trasfondo en esta Palabra.

Para llevar a cabo esta salvación, Cristo hace Pascua por nosotros. Y la Pascua de Cristo —de la que brota la vida para nosotros— se actualiza en la Eucaristía, realidad que esta Palabra nos presenta como viático en el camino que, a través de Cristo, nos une al Padre, en la comunión que Él tenía desde siempre en su gloria. El Antiguo Testamento fue un tiempo para hambrear la salvación de Dios, que ahora podemos gustar en Cristo mediante la comunión con Dios y con los hermanos.

Los discípulos de Emaús hacen presente a Jesús y su Pascua: “Conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado”, y Él, que está allí en medio de ellos —fiel a sus palabras: “donde estén dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo”— comienza a manifestárseles para constituirlos testigos de su Resurrección. Esta es la experiencia pascual de la Iglesia: “Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos” (Lc 24, 36).

Dice el Evangelio que “iban dos de ellos; uno, llamado Cleofás”. Debían ser al menos dos para testificar, pero ¿por qué uno queda en el anonimato? Hay quien afirma que el mismo Lucas era el otro testigo y por eso prefiere mantener su nombre en la sombra. También podríamos interpretar este silencio como una invitación del evangelista a incluirnos, a encarnar nosotros mismos el rol de testigos en el acontecimiento. “Cuando leemos la Escritura, nosotros somos el texto. No es tanto que el texto hable de nosotros o que nosotros nos encontremos en él, sino que nosotros somos el texto sagrado. Del mismo modo que la finalidad de la música —arte de combinar los sonidos con el tiempo— no es simplemente ser oída, sino vivir en nuestro oído, ser nuestro oído mismo, parte de nuestra alma, así la Palabra desea hacerse ‘uno’ con nosotros a través del texto”[1]. Por eso, de cada relación personal con la Palabra nace un nuevo significado, según el sujeto que la estudia, la interpreta, la escucha, la proclama o la anuncia.

Los dos discípulos abandonaban la ciudad. La tristeza de la incredulidad velaba sus ojos y disolvía los lazos de la comunión que los congregaba en Jerusalén: “tardos de corazón para creer”, les dirá Jesús.

“Jesús se acercó a ellos y caminó a su lado; sus ojos estaban como incapacitados para reconocerle”. Los Evangelios muestran con frecuencia que Cristo resucitado no es reconocido cuando aparece. Lo es en un segundo momento y solo por algunos. Juan explica este hecho con el verbo “manifestarse”: Cristo es reconocido no cuando aparece, sino cuando “se manifiesta”. Es, por tanto, una gracia especial concedida a quien Él quiere, y que suele asociarse a una relación particular de amor a Cristo. Así sucede con Juan y con María Magdalena; también en un contexto litúrgico, como en este pasaje o en el del Cenáculo con los once (cf. Lc 24, 31.36; Jn 20, 16.20).

Podemos conocer la conciencia que tenían los de Emaús acerca de Jesús antes de su pasión y resurrección por sus propias palabras: “Jesús el Nazoreo, profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel”. Los discípulos de Emaús tienen una memoria abstracta de las profecías mesiánicas y de las Escrituras en general, y una expectativa concreta del Mesías, pero desligadas entre sí: esperaban que Jesús expulsara a los romanos, al estilo de Judas Macabeo, que combatió precisamente en Emaús (1 M 4, 3.8ss), cuyo discurso antes de la batalla es claramente mesiánico: «No temáis a esa muchedumbre ni su pujanza os acobarde. Recordad cómo se salvaron nuestros padres en el mar Rojo, cuando el Faraón los perseguía con su ejército. Clamemos ahora al Cielo, a ver si tiene piedad de nosotros, si recuerda la alianza de nuestros padres y destruye hoy este ejército a nuestro favor. Entonces reconocerán todas las naciones que hay quien rescata y salva a Israel». Después del encuentro con Jesús, vuelven a Jerusalén con una mentalidad distinta: el encuentro con Cristo resucitado y con la Palabra de Jesús une en su espíritu pasado, presente y futuro. Esta es la obra del Espíritu Santo en la comunidad cristiana cuando se proclama la Palabra[2].

Siempre hemos escuchado y aceptado que los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús “al partir el pan”, como dice el texto. Pero el Evangelio afirma también que Jesús “partió y les dio el pan”. Y no dice solamente que entonces le reconocieron, sino que “entonces se les abrieron los ojos”, expresión que reproduce exactamente lo ocurrido a Adán y Eva al comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Si este “entonces se les abrieron los ojos” hace referencia al comer, parece coherente pensar que también a los de Emaús “se les abrieron los ojos” al comer el pan que Jesús les iba dando; es decir, al comer el pan sobre el que Cristo pronunció la bendición: el fruto del árbol de la vida. “El que coma de este pan vivirá para siempre”. El primer árbol, situado en el centro del Paraíso, abrió los ojos a la muerte como fruto de la rebeldía; el segundo árbol —también en el centro del Paraíso— los abre a la vida, ante el signo oblativo de la fe. “Al partir el pan” significa, pues, participar plenamente del Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, sacramento de nuestra fe, más que la simple contemplación del gesto de la fracción (cf. Hch 2, 42).

Por eso, en este pasaje evangélico se hacen presentes cada una de las partes de la Eucaristía, como en una catequesis mistagógica: En la liturgia de la Palabra, mientras les “explicaba las Escrituras”, y recibida la exhortación de que “era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria”, después de haberse reconocido en el “acto penitencial” —“insensatos y tardos de corazón para creer”—, el ardor del corazón les hacía presentir la presencia de Jesús. La Palabra tiene la capacidad de hacerse presente cuando es proclamada: puede entrar en quien la escucha y transformarlo[3]. Por fin, en la liturgia eucarística, cuando “sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando”, y sobre todo en la consumación sacramental de la comunión, su corazón se abrió al Misterio de la fe. Y ante la fe ya no es necesario el testimonio de los sentidos: bastan los signos sacramentales. Por eso, en ese momento, “Él desapareció de su vista”.

“¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado!”. Con esta expresión de júbilo —cuando el Espíritu entra en resonancia con el corazón humano, cuando el acento divino se armoniza con nuestra carne—, fruto de su encuentro sacramental con Cristo, superior a la visión física, los discípulos regresaron a la comunión con la comunidad en Jerusalén, dieron testimonio de la Resurrección y acogieron la confirmación de los hermanos.

¡Que así sea también para nosotros en la Eucaristía!

 

Proclamemos juntos nuestra fe.

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[1] (Cf. Lawrence Kushner, “In questo luogo c´era Dio e io non lo sapevo” p 170.)

[2] Nodet,  Etienne, Origen hebreo del Cristianismo.

[3] Nodet,  Etienne, Obra citada: