San Marcos
1P 5,
5b-14; Mc 16, 15-20
Queridos hermanos:
En esta fiesta del evangelista Marcos, la liturgia de la Palabra nos presenta el anuncio del Evangelio a toda la creación. San Pablo dirá: “Sólidamente cimentados en la fe, firmes e inconmovibles en la esperanza del Evangelio que oísteis, que ha sido proclamado a toda creatura bajo el cielo” (Col 1, 23). San Marcos, por su parte, afirma: “Es preciso que sea proclamada la Buena Nueva a todas las naciones” (Mc 13, 10), y añade: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16, 15). Esto, evidentemente, más que con palabras, se testifica con una Vida Nueva.
San
Lucas, en los Hechos, dice: “Recibiréis una fuerza, cuando el Espíritu Santo
venga sobre vosotros, y de este modo seréis mis testigos en Jerusalén, en toda
Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8). Y Mateo recoge
las palabras del Señor (Mt 28, 18-20): “Me ha sido dado todo poder en el cielo
y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a
guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos
los días hasta el fin del mundo”.
La
creación, en efecto, fue sometida a la frustración por la muerte, consecuencia
del pecado, y ha sido vaciada de su sentido instrumental para la realización
del plan de Dios. La humanidad, predestinada a la gloria, quedó impedida para
la comunión con Dios, y las tinieblas volvieron de nuevo a cernirse sobre el
mundo. San Pablo lo expresa diciendo que “la creación gime con dolores de
parto, esperando la manifestación de los hijos de Dios”.
Cristo
resucitado ha recibido todo poder, y en su nombre obedecen el cielo y la
tierra. El mal y la muerte retroceden ante el Evangelio de la gracia de Dios,
que se convierte en paradigma de salvación para aquel que se abre a su acción
por la fe: “Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad
demonios” (Mt 10, 8). Y añade: “Los que crean: en mi nombre expulsarán
demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos, y
aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y
se pondrán bien” (Mc 16, 17-18).
Hoy,
nosotros celebramos con san Marcos el testimonio de la vida y de las
Escrituras, por las que el Espíritu, a través de los enviados, hace resonar la
verdad del amor de Dios. Hoy somos llamados a seguir fielmente las huellas de
Cristo, y en la Eucaristía implorar la gracia de creer con firmeza en el
Evangelio que nos salva.
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