La Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo

La Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo

Hb 9, 11-15; Jn 19, 28-37.

Queridos hermanos:

En 1849, el papa Pío IX instituyó la fiesta de la Preciosísima Sangre de Cristo, que en el nuevo calendario queda unida a la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

El sacramento de su Sangre, en el que Cristo nos ha dejado el memorial de su Pascua —muerte y resurrección—, es Sangre derramada para el perdón de los pecados; es anuncio de su muerte y proclamación de su resurrección en espera de su venida gloriosa; es sacrificio redentor que expía los pecados y trae la paz, la libertad y la salvación, comunicando vida eterna.

Superando la Ley y sus sacrificios, incapaces de transformar el corazón humano y devolverlo a la comunión definitiva con Dios, se proclama este oráculo divino que leemos en la Carta a los Hebreos, referido a Cristo: «No quisiste sacrificios ni oblación, pero me has formado un cuerpo. Entonces dije: “He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad.”» Y dice san Juan: «Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros.»

Cristo, la Palabra, ha recibido un cuerpo de carne para cumplir la voluntad de Dios, entregándose por el mundo y retornando a la vida: «Esta es la voluntad de mi Padre —dice Jesús—: que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna.»

«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.»

«El Espíritu es el que da vida; las palabras que os he dicho son espíritu y son vida.»

Beber la Sangre de Cristo, entrar en comunión con su Cuerpo, es entrar en comunión con su entrega por la salvación del mundo.

Habiendo gustado el hombre en el paraíso el alimento mortal del árbol de la ciencia del bien y del mal, que “le abrió los ojos” a la muerte, le era necesario comer del otro árbol, situado también en el centro del paraíso, que lo devolviese a la vida para siempre. Y así como la energía del alimento mantiene vivo a quien lo toma, así la vida eterna de Cristo pasa a quien se une a Él en el sacramento de nuestra fe: fruto que pende del árbol de la cruz, árbol de la vida, que por la fe en Jesucristo “abre ahora sus ojos”, dando acceso de nuevo al paraíso.

Si la figura pascual del Cuerpo y la Sangre de Cristo produjo tan gran fruto de libertad en medio de la esclavitud de Egipto, ¡cuánto más la realidad de la Verdad plena dará libertad a toda la tierra, habiendo sido entregada por el bien de toda la naturaleza humana!

Esta fiesta nos presenta la sangre de la antigua alianza con Moisés, figura de la Sangre de Cristo, que sella con los hombres una alianza eterna mediante la irrupción del Reino de Dios.

También el rey-sacerdote Melquisedec, figura de Cristo, bendice a Dios y a Abrahán, padre de los creyentes, mediando entre Dios y los hombres, y presenta a Dios la ofrenda, alcanzando para ellos su bendición. Ofrece pan y vino, figuras de la entrega de Cristo en su Cuerpo y en su Sangre: alianza nueva y eterna, cuyo memorial saciará y bendecirá a todos los hombres en la fe de Abrahán.

Que nuestra lengua cante, como dice el himno eucarístico, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa que el Rey derramó como rescate del mundo.

 Que así sea

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Miercoles 13º del TO

Miércoles 13º del TO

Mt 8, 28-34

Queridos hermanos

Podemos sacar muchas enseñanzas de esta Palabra. La primera nos la sugiere la Escritura: ¿qué es el corazón humano para que puedan albergarse en él dos mil demonios, habiendo sido creado por Dios para habitar en él, de modo que nada ni nadie, sino Dios, pueda saciarlo?

Nuevamente nos enfrentamos al problema de la existencia del mal, al escándalo del sufrimiento y de la libertad, que cuestionan el poder, la misericordia y la bondad de Dios. ¿El Señor, que ha sacado a un pobre hombre de la esclavitud del diablo, no podía haber evitado tanto sufrimiento?

El sufrimiento hunde sus raíces en el pecado, y el pecado en la libertad, que condiciona el fin para el que el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios: relacionarse con Él en el amor. El amor de Dios no se limita a crear al hombre con la capacidad de relacionarse con Él, sino que implica su voluntad de redimirlo de su extravío y de sus consecuencias, a costa del sufrimiento de su Hijo amado.

Respetando la libertad del hombre, Dios saca el bien del mal, y hace sobreabundar fruto incluso del escandaloso sufrimiento de los “inocentes”, como lo hizo con su propio Hijo para nuestra salvación. No hay esclavitud ni depravación tan grande que pueda impedir la salvación con la que Dios quiere regenerar al hombre.

En este pasaje del Evangelio, Jesús parece haber ido a aquel lugar exclusivamente para curar a aquel pobre hombre; pero, sobre todo, ha ido a concederle encontrarse con Él, a suscitar su fe, la de aquella gente y a fortalecer la de sus discípulos. Desembarca, cura y regresa de nuevo al lago.

La Palabra de hoy nos hace presente la seriedad de la vida y lo triste que puede llegar a ser la situación de un hombre en manos del diablo. La misma grandeza del hombre lo hace susceptible de una gran ruina. Pensar que en el corazón del hombre —que solo Dios puede saciar— puedan caber dos mil demonios es para meditarlo seriamente. Con qué facilidad vivimos neciamente, dejando al maligno adueñarse de nosotros. Para el Señor, un hombre, su corazón, vale el mundo entero; por supuesto, más que muchos pajarillos y más que dos mil cerdos.

Vemos, pues, a Cristo compadecerse de las gentes, pero es evidente que su misión no se reduce a aliviar el sufrimiento, sino a erradicar y perdonar el pecado, suscitando la fe. En sus milagros distingue curación y salvación. La curación es temporal, pero la salvación es eterna. La verdadera misericordia de Dios no consiste en que el hombre deje de sufrir, sino en que no se pierda eternamente.

Es maravilloso que un ciego vea, que un paralítico camine o que un endemoniado se cure; pero es infinitamente superior que un pecador se convierta y crea.

Quien ha sido alcanzado por la misericordia del Señor, como el endemoniado, es enviado a testificarla en el mundo, proclamando su salvación. Es un deber de gratitud hacia el Señor, que ha usado de misericordia con él. “Es bien nacido quien es agradecido.”

La Eucaristía viene en nuestra ayuda y nos sienta a la mesa con Cristo, que ha tomado sobre sí la muerte de nuestros pecados para alcanzarnos la resurrección.

  Que así sea.

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Martes 13º del TO

Martes 13º del TO

Mt 8, 23-27

Queridos hermanos:

Esta palabra del Evangelio está cargada de simbolismo y enseñanza, en primer lugar para los discípulos y también para todos nosotros: el mar, sinuosa imagen de la muerte; el temporal, figura de la persecución y la tribulación —y que, en Jonás, es Dios mismo quien lo suscita—; el miedo a la muerte, secuela del pecado y signo de “lo viejo”; el temor de Dios, “lo nuevo” de la fe; el sueño de Cristo en medio de la travesía, imagen de su muerte; y el despertar, anuncio de su resurrección. Marcos y Lucas hablan de pasar a la otra orilla, a la que Cristo va a conducir a la humanidad entera. En Mc 4,38, el aparente desinterés del Señor se hace ausencia vigilante y providente.

Cristo va a introducir a los discípulos en el mar y en la noche para que tengan el encuentro personal de la fe, única respuesta ante la muerte —por la que todo hombre debe pasar y que se levanta de improviso ante él—. Cristo invita a los discípulos a enfrentar la muerte junto a Él, aparentemente ausente y desinteresado ante sus vicisitudes, y a salir indemnes invocando su Nombre. Ante ellos se extiende el mar que es necesario atravesar para constatar que Dios le ha asignado un límite, allí donde se desvanece su poder. Con Cristo, la humanidad no perecerá en el mar, sino que, tras un tiempo de tribulación, lo atravesará a salvo, asida a la mano del Señor, tendida a quien lo invoca.

En medio de este mar, los discípulos van a experimentar de forma insuperable el miedo a la muerte, signo de “lo viejo”, de la condición humana que los hace esclavos del diablo de por vida (cf. Hb 2,14s). “¿Dónde está vuestra fe? ¿Aún no es ‘todo nuevo’ para vosotros en mí?”, como dirá san Pablo (2 Co 5,17). “¿Dónde está vuestra respuesta a la muerte? ¿Aún no comprendéis que está con vosotros la resurrección y la vida?” (Jn 11,25). “Claro que me importa que perezcáis —viene a decir el Señor—, y por eso tendré que dormirme entrando en el seno de la muerte, para vencerla al despertar”. Lo que le preocupa es que tengan miedo de perecer estando Él con ellos y no sean capaces de confiar plenamente en Dios, abandonándose en sus manos.

Esta experiencia de los discípulos será vital cuando tengan que enfrentar la muerte y Cristo parezca ausente. Tendrán que ser testigos de la victoria de Cristo y hacerlo presente invocando su Nombre. Su fe deberá crecer hasta llegar a aquella otra tempestad de la que habla el Evangelio, en la que, sin preguntar “¿Quién es éste?”, se postrarán ante Él.

También nosotros necesitamos hacer nuestra la experiencia de los discípulos: que el viento y el mar obedecen a Aquel que nos ha prometido estar con nosotros hasta el fin del mundo, de forma que no perezca ni un cabello de nuestra cabeza y, con nuestra perseverancia, salvemos nuestras almas (cf. Lc 21,18-19).

Que así sea.

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Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

 Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

Misa de la vigilia: Hch 3, 1-10; Ga 1, 11-20; Jn 21, 15-19.

Misa del día: Hch 12, 1-11; 2Tm 4, 6-8.17-18; Mt 16, 13-19.

Queridos hermanos:

Celebramos hoy a estos dos grandes apóstoles que la tradición ha unido por su martirio en Roma. Ambos son instrumentos de elección para fundar y extender la Iglesia hasta los confines del orbe. San León Magno afirma que Dios los puso como los dos ojos del cuerpo, juntos y unidos en la cabeza, que es Cristo.

La institución y el carisma se complementan y se necesitan mutuamente, como el sacerdocio y la profecía, presentes a lo largo de toda la Historia de la Salvación. Cristo es sacerdote y profeta para el mundo, como lo fue también para Israel; y por Él, la Iglesia, su Cuerpo Místico, participa de esta misma misión. Pedro y Pablo nos hacen visible, de manera singular, este doble aspecto de la misión de Cristo y de la Iglesia. En el interior de la Iglesia, cuya cabeza es Cristo, Dios suscita la jerarquía para gobernarla y santificarla, y los carismas para renovarla. Esta fiesta ilumina, por tanto, nuestra propia llamada, tanto en relación con el mundo como en la vida interna de la Iglesia, a través del testimonio de estos dos grandes apóstoles.

Ambos conocieron el amor y el perdón de Cristo, como también nosotros: uno al negarlo, el otro al perseguirlo; y ambos lo amaron hasta la entrega de su vida.

Ambos encontraron la Verdad que es Cristo; predicaron lo que habían conocido, vivieron lo que predicaron y murieron por la Verdad que habían recibido, amando a Cristo. Sus vidas son un verdadero programa para nosotros, llamados a conocerlo por la fe, vivir por Él, anunciarlo y perder por Él nuestra vida.

Como dice san Pablo: “Nuestros padres bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo” (1 Co 10, 1-4). Pedro, por inspiración divina, recibe el primado en la proclamación de la fe en Jesús de Nazaret, fe sobre la que se cimentará la Iglesia: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Además, recibirá de Cristo la promesa del gobierno de la Iglesia, que le será confiado cuando haya profesado su amor al Señor, ratificado por tres veces (Jn 21, 15-19).

Pablo recibirá del Señor la fe, la misión y las gracias necesarias para el combate que lo conducirá a la meta de la vida eterna, derramando su sangre como sacrificio (cf. 2 Tm 4, 6-7), a través del camino de los gentiles (cf. Ga 1, 16).

Nosotros podemos celebrar con estos santos la misericordia del Señor, que no mira la condición de las personas y que vence las miserias humanas, por grandes que sean, en quienes acogen su gracia y su perdón, arrebatándolos para la regeneración de los hombres.

El amor no desespera nunca de la salvación de nadie, porque las aguas impetuosas de la muerte no pueden vencerlo. La negrura del pecado se desvanece al sumergirse en la claridad inmensa del Amor. Donde abundó el pecado, sobreabundaron la gracia y la misericordia infinitas del Señor.

  Proclamemos juntos nuestra fe.

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Domingo 13º del TO A

Domingo 13º del TO A

2Re 4, 8-11.14-16; Rm 6, 3-4.8-11; Mt 10, 37-42

Queridos hermanos:

En la primera lectura se nos presenta un signo de aquello que nos anuncia el Evangelio: “Quien reciba a un profeta o a un justo, recompensa de profeta o de justo recibirá”. ¡Cuánto más quien reciba a Cristo, el Enviado del Padre para salvarnos! La Palabra nos invita a acoger la vida que Dios nos comunica en Cristo, vida que se hace plena por nuestra incorporación a él mediante el Bautismo. Sólo en Dios es posible nuestro acceso a la salvación; pero alcanzarlo directamente nos sería imposible si no fuera por Cristo, en quien Dios ha querido hacerse cercano, dejarse conocer y mostrarnos cómo es posible serle gratos.

Nuestra relación con Dios pasa, pues, por nuestra acogida de Cristo. Y Cristo ha querido dejar su presencia en el mundo en la Iglesia, continuadora de su misión, en sus “hermanos más pequeños”, en sus discípulos. A través de ellos, el mundo puede acoger a Cristo y al Padre que lo ha enviado: “El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado. Y quien dé de beber tan sólo un vaso de agua por ser discípulo de Cristo, no perderá su recompensa”. Por eso resuena también su mandato: “Id y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; id por todo el mundo y anunciad el Evangelio”.

Todo cuanto existe tiene una función instrumental, un carácter de medio que debe conducirnos a Dios: nuestra vocación, nuestra misión, nuestra predestinación. Detenerse en los medios es caer en la idolatría, que trunca el sentido de nuestra existencia y contradice la voluntad salvadora y universal de Dios, orientada a la vida eterna. Sólo cuando los demás amores se ordenan al amor que es Dios adquieren fundamento y verdad. Pretender compaginar el amor a Dios y a Cristo con cualquier otro fin que no se subordine a él es despreciarlo y hacerse indigno de él: “Si alguno viene a mí y no odia incluso su propia vida, no puede ser discípulo mío”.

Hasta la propia vida debe ser entregada en el seguimiento y en el amor de Cristo, para recibirla de él, aun con persecuciones, llevando la cruz de cada día. Esa cruz puede ser total, como la de los mártires, o cotidiana, como la de quienes se donan para edificar una familia cristiana.

El Evangelio viene a nuestra condición herida para sumergirla gratuitamente en la inmensidad del amor que es Dios, venciendo la muerte que nace de nuestro miedo a entregarnos, y comunicándonos la libertad de una vida sin límites.

  Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 12º del TO

 Sábado 12º del TO

Mt 8, 5-17

Queridos hermanos:

Dios ha creado un pueblo para revelarse a él, partiendo de un grupo de esclavos; y antes de universalizar esta revelación, sale en busca de cuantos se han dispersado: las ovejas perdidas de la casa de Israel. Lo hace primero por medio de los profetas y, finalmente, a través de la predicación de Cristo. Sin embargo, son los extranjeros quienes manifiestan una mayor apertura a este anuncio. Ha llegado el tiempo del cumplimiento de la profecía de Isaías: Dios se manifiesta a las naciones y proclama la paz. “Vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán a la mesa con los patriarcas en el Reino de Dios.”

Cafarnaúm, “lugar de abundancia y de consolación”, se enorgullece de su bienestar en medio de la Galilea de los gentiles, frontera de las naciones, que se convertirá en horizonte para la expansión de la Iglesia en su misión evangelizadora hasta los confines de la tierra.

La Escritura nos muestra el paradójico ámbito de la fe: un espacio donde Dios se deja encontrar por pobres, pecadores y gentiles. Allí alcanza al ciego indigente, al vil publicano, al malhechor arrepentido y al pagano centurión, de quien hoy se nos ofrece testimonio de su humildad y del altruismo de su caridad. Fe, humildad y caridad son poderosos intercesores de la oración, que Dios no desoye. Cómo no entrar en la casa de aquel que, por la fe, ya lo había acogido en su corazón, como recordamos en la Eucaristía.

En el tiempo de Adviento somos situados ante esta llamada universal a la fe, como respuesta personal y como misión a las naciones a la que somos invitados. Con nuestra adhesión o sin ella, la llamada debe llegar a los confines de la tierra antes de que vuelva el Señor. En nuestro tiempo, las naciones parecen abandonar la invitación al banquete del Reino, más que seguir llegando desde los cuatro vientos. Es, por tanto, un tiempo de misión y de testimonio, al que hemos sido convocados mientras se completa el número de los hijos de Dios.

Este es, pues, un kairós de vigilancia ante la venida del Señor: vivir en su presencia, mientras nuestra mente y nuestro corazón lo aguardan para que ocupe el centro de nuestra existencia, en agradecimiento a su caridad.

 Que así sea.

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Viernes 12º del TO

Viernes 12º del TO

Mt 8, 1-4

Queridos hermanos:

La palabra de hoy es una invitación a dar gloria a Dios en todo, pero sobre todo por Jesucristo, en quien hemos obtenido el perdón de los pecados. En Él, todo es gracia para nosotros de parte de Dios; y, como agraciados, somos llamados a ser agradecidos.

La lepra —impureza que excluía de la vida de la comunidad— es imagen del pecado, que aparta de la vida de Dios y rompe la comunión entre los fieles.

El leproso que se acerca a Jesús de Nazaret profesa su fe en Cristo, postrándose ante Él y reconociendo su autoridad sobre la lepra y sobre la Ley, que se atreve a infringir al acercarse siendo leproso.

Puede sorprendernos que Jesús toque al leproso antes de decirle: “Queda limpio”. Primero, porque Él puede curar con solo su palabra; y segundo, porque la Ley prohíbe tocar a un leproso. Pero sabemos que Jesús no solo no puede ser contaminado por la impureza, sino que puede limpiar toda impureza con solo quererlo. Por eso podemos decir que lo tocó ya curado, pues le dijo: “Quiero, queda limpio”.

Además, quiso someterse a la Ley en lugar de abolirla, mandando después al leproso curado para que la cumpliera igualmente, presentándose al sacerdote. Así se manifiesta —como dice San Juan Crisóstomo— que Cristo no estaba bajo la Ley, sino sobre ella, como Señor de la Ley; y la curación lo testifica.

Quizá, viendo al leproso, se hizo presente al Señor la palabra de Isaías que Él iba a encarnar: “Nosotros lo tuvimos por azotado, herido por Dios y humillado”. Y “quiso”, ya desde ahora, sanar sus heridas; “resucitar” a aquel hombre de semejante muerte.

La curación —como dice el Señor— fue para dar testimonio ante los sacerdotes que no creían, de modo que fueran inexcusables si persistían en su incredulidad. Mientras tanto, el leproso había hecho su profesión de fe, que lo salvó, como enseña Cromacio de Aquilea. Por eso el Señor cura y envía al leproso para evangelizar a los sacerdotes y para que vieran su fidelidad a la Ley, como señala San Jerónimo, y no porque la felicidad eterna del leproso dependiera de su salud física, ni siquiera para que cumpliera un simple precepto legal.

También nosotros, leprosos como somos, necesitamos la curación que ahora sabemos que el Señor desea darnos: no tanto la del cuerpo, sino la del corazón incrédulo, por el cual nos viene la lepra del pecado, y a través de nosotros, la de tantos que aún no lo conocen.

 Que así sea.

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Jueves 12º del TO

Jueves 12º del TO

Mt 7, 21-29

Queridos hermanos:

En continuación con el evangelio de ayer, el Señor nos dice hoy que, para entrar en el Reino, se necesita hacer su voluntad, y que no bastan las palabras. Ya decía san Agustín que no basta creer que Dios existe y que sus palabras son verdaderas; hay que hacer lo que Él dice. Hemos escuchado que “si alguno oye mis palabras y no las pone en práctica, será grande su ruina”. Una apariencia de fe y de cercanía al Señor, e incluso el haber hecho milagros, no servirá de nada a quienes se hayan obstinado en el mal. Sus obras de iniquidad no las ha engendrado Dios, sino el diablo, y tendrán que escuchar la sentencia del Señor: “¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!”.

La Palabra nos pone delante de las consecuencias que debe asumir todo hombre según haya conducido su vida. Dios no ha dejado al hombre en la precariedad de encontrar por sí mismo la sabiduría necesaria que lo ilumine y lo capacite frente a sus limitaciones, sino que le ha revelado el camino de la sabiduría que conduce a la bienaventuranza del Reino de Dios. La Escritura habla de dos caminos: el de la vida y el de la muerte, ante los cuales el hombre debe optar. El hombre puede hacer de su vida una bendición o una maldición, según siga o no los caminos que le presenta el Señor; según crea, escuche su voz y obedezca su Palabra. A este adherirse a los caminos de Dios, siguiéndolos, responde lo que llamamos fe.

El Señor nos llama a la vida eterna, y por eso necesitamos poner cimientos sólidos a su edificación, de manera que estén apoyados sobre la roca firme que es Cristo, voluntad salvadora del Padre. Así resistirá nuestra vida los embates de las contrariedades. Isaías habla de una ciudad fuerte porque la habita un pueblo justo que observa la lealtad (cf. Is 26, 1-6). Es lo que dice el Evangelio: en el Reino entrará un pueblo que pone en práctica las palabras del Señor, y no unos oyentes olvidadizos. No los que dicen “Señor, Señor”, sino los que hacen la voluntad de Dios, que es siempre amor.

Para entrar en su Reino es necesaria la justificación, que se obtiene por la fe en Cristo, mediante la cual entramos en el régimen de la gracia. Dios, en efecto, no solo ha mostrado el camino, sino que lo ha hecho accesible, tendiendo un puente sobre el abismo abierto por el pecado. Por la fe reconocemos a Cristo como el Señor, que nos libra de la iniquidad de nuestras obras muertas para obrar según su voluntad, en la justicia. No son las obras de la ley de Moisés, sino las obras de la justicia que procede de la fe las que nos abrirán las puertas del Reino.

Así, por la obediencia de la fe alcanzamos la salvación. La fe sin obediencia está vacía y arriesga que nuestros afanes terminen en el más estrepitoso fracaso. La obediencia a Dios consiste en escuchar a quien nos quiere bien y ha puesto en juego la vida de su Hijo en favor nuestro. La obediencia es el amor que da contenido a nuestra respuesta: al amor con el que Dios nos justifica, borrando nuestros pecados. Amor con amor se paga, como se suele decir.

El corazón debe, pues, estar sólidamente adherido al Señor mediante las acciones de nuestra voluntad, y no solo por vanas especulaciones de la mente, por palabras, sentimientos o deseos.

Con frecuencia, nuestro corazón está lleno de sí mismo: de nuestros miedos y de nuestra desconfianza, que se plasma en la incredulidad y dificulta abrirse a la voluntad de Dios, que es siempre amor y fortaleza para quienes en Él se refugian. Por eso la incidencia de la Palabra de Dios en nosotros es débil, al no encontrar resonancia en el abismo de nuestro corazón.

Como decíamos ayer, las obras de justicia, con las que respondemos a la voluntad amorosa de Dios, son las piedras sillares que sostienen la casa del justo, para que se mantenga en pie eternamente. Solo en sus acciones se muestra la verdad de la persona, como decía san Juan Pablo II en Persona y acción, y el resto son intenciones, fantasías e ilusiones, como decía santa Teresa. “Hechos son amores”, afirma la sabiduría popular.

La Eucaristía viene en ayuda de nuestra debilidad, como alimento sólido en medio de la travesía del desierto de nuestra vida; como alianza frente al enemigo y como refugio en medio de las inclemencias de la existencia.

 Que así sea.

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Natividad de San Juan Bautista

Natividad de San Juan Bautista

Misa de la vigilia: Jr 1, 4-10; 1P 1, 8-12; Lc 1, 5-17.

Misa del día: Is 49, 1-6; Hch 13, 22-26; Lc 1, 57-66.80.

Queridos hermanos:

Recordamos hoy al mayor entre los nacidos de mujer: a Elías, al último mártir y profeta del A.T.; al testigo de la luz, lámpara ardiente y luminosa (Jn 5,35); al amigo del novio; a la voz de la Palabra; al Precursor del Señor; al nacido lleno del Espíritu Santo y único santo cuyo nacimiento celebra la Iglesia —a excepción de la Virgen María—, de quien, sin embargo, había afirmado Cristo en su testimonio que el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.

Juan viene a inaugurar el Evangelio con su predicación (Hch 1,22; Mc 1,1-4). Confiesa humildemente a Cristo, de quien no se siente digno de desatar las correas de sus sandalias. Como su nombre indica, el ministerio de Juan Bautista anuncia un tiempo de gracia, en el que “Dios es favorable”, para que el hombre vuelva a Él. La conversión, como sabemos, es siempre una gracia de la misericordia divina que acoge al pecador. Ahora, la fidelidad a Dios de los “padres” puede llegar al corazón de los hijos. Es tiempo de reconciliación de los padres con los hijos y de todos con Dios. Es tiempo de alegrarse con la cercanía de Dios y volver a Él con gozo, porque: “Al volver vienen cantando”.

Cristo se somete al bautismo de Juan como signo de su acogida del enviado del Padre como su precursor, y en eso consiste la justicia de los justos ante Dios, de la que se privan los escribas y fariseos al rechazarlo (cf. Lc 7,30). No la justicia de los jueces, sino la justicia de los justos, como acogida del don gratuito de Dios.

«Vino para ser testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él» (Jn 1,7s). La misión de Juan como profeta y “más que un profeta” no es solo la de anunciar, sino la de identificar al Siervo, señalándolo entre los hombres: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Conviene recordar que con una misma palabra designamos al siervo y al cordero. Ambos toman sobre sí los pecados del pueblo para santificarlo.

Para el desempeño de su misión, Dios mismo va a revelar a Juan, en medio de las aguas del Jordán, quién es su Elegido: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él; ese es el que bautiza con Espíritu Santo; ese es el Elegido de Dios». Ya en tiempos de Noé, sobre las aguas mortales descendió una paloma, pero regresó sin encontrar a nadie digno sobre quien posarse para dar vida a la nueva humanidad. Ahora, el Espíritu, que se cernía sobre las aguas en la primera creación, se posa sobre Cristo para que, de las aguas de la muerte, surja de Él la Nueva Creación.

También nosotros hemos sido llamados a un testimonio, y también el Señor nos acompaña, confirmando nuestras palabras como precursores —y más que precursores— suyos en esta generación, con los signos de su presencia, sosteniéndonos con su cuerpo y con su sangre.

 Que así sea.  

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Martes 12º del TO

Martes 12º del TO

Mt 7, 6.12-14

Queridos hermanos:

Parece absurdo que todo lo bueno sea difícil y todo lo malo fácil, si no tenemos en cuenta que la naturaleza humana ha quedado dañada por el pecado, que ha alejado al hombre de Dios y lo ha hecho tender al mal, ya sea encerrándolo en sí mismo o haciéndolo dependiente de las tendencias carnales contrarias a las del espíritu. Las tendencias de la carne predominan por la concupiscencia, y para que el espíritu las venza es necesario combatirlas con el don de Dios. El hombre necesita ser redimido desde fuera, como dice san Pablo: “¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?” Y también: “El que no nazca de nuevo no puede entrar en el Reino de Dios.”

La primera enseñanza del evangelio de hoy es que “el vino nuevo debe ponerse en odres nuevos.” Atención a los “perros” que regresan a su vómito y a los “puercos” que vuelven a su impureza, como advierte Pedro (2 Pe 2, 21-22). Sólo a quien le ha sido dado el Espíritu por la fe se le debe conceder el vino nuevo de los santos misterios.

La segunda enseñanza es que la vida en Cristo —como hemos visto a lo largo del Sermón de la Montaña— es una superación de la religión y de la moral meramente externas. Nace de la vida nueva en el Espíritu y no consiste sólo en dejar el mal o evitar el pecado, sino en amar. Esto ya lo proponían la Ley y los Profetas como camino de vida: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. El hombre debe ser liberado del pecado, y el amor de Dios debe ser derramado en su corazón. El amor, en efecto, es donación y muerte de sí mismo, mientras que el temor a la muerte es consecuencia del pecado.

En el libro de Tobías se dice: “No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan.” El Evangelio lo expresa en positivo: “Lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos.” Hay que hacer el bien, no sólo evitar el mal. Pero esto requiere, como decíamos, una naturaleza nueva que procede de la fe en Cristo: “Vino nuevo en odres nuevos.” Por eso también se nos dice: “No deis a los perros lo que es santo.” En la Doctrina de los Doce Apóstoles leemos: “El que sea santo, que se acerque.” Y el Evangelio afirma: “Muchos creyeron en Cristo, pero Jesús no se confiaba a ellos, porque conocía lo que hay en el hombre.”

Podemos decir que, por el pecado, el bien ha quedado encerrado bajo llave y que sólo la cruz de Cristo puede abrir sus cerrojos con el mucho padecer del que habla san Juan de la Cruz. Esto es casi imposible para quien está cercado por el temor a la muerte, que lo mantiene esclavo del diablo, como dice la Carta a los Hebreos (2, 15). Al hombre que ha gustado la muerte del pecado le aterroriza incluso su recuerdo, incapacitándolo para enfrentar el sufrimiento y romper así sus cadenas. Amar —en cuanto implica negación de sí e inmolación— es imposible para quien no ha sido liberado de la esclavitud ni ha vencido la muerte. “Sin mí no podéis hacer nada”, dice Jesús.

La tercera enseñanza de este evangelio es que, para entrar por la puerta estrecha que conduce a la vida, es necesaria en nosotros la iluminación de la cruz de Cristo mediante la fe, que abre el paso al árbol de la vida situado en el centro del Paraíso. “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”, dice el Señor.

 Que así sea.

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Lunes 12º del TO

Lunes 12º del TO (cf. viernes 23)

Mt 7, 1-5

Queridos hermanos:

Hoy el evangelio nos instruye respecto a nuestros juicios sobre los demás, que en definitiva son un problema de nuestra “falta de caridad”, a la que el Señor denomina “viga”, mientras considera “paja” o “brizna” las faltas de los otros, relativizando así su importancia. La caridad —dice san Pablo— “todo lo excusa”, buscando motivos para relativizar las faltas ajenas, a ejemplo del Señor: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Cuando resolvamos nuestra falta de caridad, seremos incapaces de ver las faltas de los demás, que son exactamente iguales a las nuestras, por las cuales pedimos perdón. Aquí viene aquello de: “Perdónanos como nosotros perdonamos”, o como ha dicho el evangelio: “Con la medida con que midáis se os medirá a vosotros; no juzguéis y no seréis juzgados.”

Detrás de esta palabra hay una afirmación clara: todos somos pecadores y hemos alcanzado misericordia por puro don gratuito de Dios. Aquello que pretendemos corregir en los demás forma parte también de nuestros propios defectos. La paja en el ojo del hermano está igualmente en nuestro propio ojo; pero, además, llevamos la viga de nuestra falta de caridad. Nuestra visión es defectuosa porque carece de la luz necesaria de la caridad, esa caridad que disculpa al pecador, porque “la caridad todo lo excusa” y “no lleva cuentas del mal” (1 Co 13,7). Lo que creemos luz en nosotros no es sino tinieblas. Los hombres necesitan más de nuestra oración que de nuestra reprensión. Si en nosotros no brilla la caridad, más nos vale preocuparnos por buscarla para poder ver, antes de corregir a los demás, si no queremos ser guías ciegos que arrastran a otros y caen con ellos en el hoyo.

La caridad corrige en nosotros nuestras miserias y disimula las de los demás. Cuando falta, engrandecemos las carencias ajenas y minimizamos las propias, lo cual nos impulsa a juzgar y corregir en los demás lo que deberíamos limpiar primero en nosotros. El problema principal no son las “briznas” de las imperfecciones propias y ajenas, sino las “vigas” de nuestra falta de caridad. Nos resulta más fácil sermonear al hermano que ayunar o levantarnos en medio de la noche para rezar por sus pecados.

Sobre nosotros pende una acusación: somos convictos de pecado, acusados en espera de sentencia. En Cristo, Dios ha promulgado un indulto al que necesitamos acogernos; y, sin embargo, en lugar de hacerlo, nos erigimos en jueces y nos resistimos a conceder gracia a los demás. El Señor llama a esto hipocresía y nos invita a elegir el camino de la misericordia, que somos los primeros en necesitar. Si Dios ha pronunciado una sentencia de misericordia en el “año de gracia del Señor”, ¿quiénes somos nosotros para convocar a nadie a juicio poniéndonos por encima de Dios? Si la Ley es el amor, tiene razón el apóstol Santiago cuando afirma que quien juzga se coloca por encima de la Ley y, por tanto, no la cumple.

Si nos llamamos cristianos, debemos comprender que es más importante tener misericordia que corregir las faltas ajenas y juzgar a quienes las cometen, en lugar de estar dispuestos a llevar su carga por amor, como Cristo ha hecho con las nuestras. Más importante que denunciar es redimir. Esto no impide que, ante ciertos pecados graves, haya que reprender a solas al hermano, por amor, tratando de ganarlo, como enseña el Evangelio (Mt 18,15; Lc 17,3). “Ama y haz lo que quieras”: tanto si corriges como si callas, lo harás por amor.

En la Eucaristía, Cristo se nos entrega y nos invita a vivir aquello que recibimos de esta mesa: perdón y misericordia; amor.

Que así sea.

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Domingo 12º del TO A

Domingo 12º del TO A

Jer 20, 7-13; Rm 5, 12-15; Mt 10, 26-33

Queridos hermanos:

En el corazón humano existe una tendencia irrenunciable hacia la bienaventuranza eterna; sin embargo, debe afrontar un combate para alcanzarla, combate que el enemigo intenta ganar obstaculizando al hombre mediante la persecución.

El amor de Cristo entró en este combate, lo enfrentó y lo venció a costa de su propia vida, en favor nuestro. Por eso, nuestra victoria está asegurada si permanecemos adheridos a Él, despreciando la violencia del enemigo contra nosotros y confiando en su auxilio y en su poder para vencer la muerte —consecuencia del pecado— a la que fuimos sometidos por el engaño del diablo en el ejercicio de nuestra libertad.

La liturgia de la Palabra nos presenta hoy esta persecución, que remite al pecado por el cual el hombre, separándose de Dios que es la Vida, quedó sumergido en la muerte. El pecado, en efecto, no es una simple transgresión de preceptos que merece castigo, sino una opción libre y consciente por la muerte, con consecuencias en nosotros y en toda la creación. Dice san Pablo que, aunque el pecado no sea imputable sin la Ley, aun así ha hecho reinar la muerte, que es su consecuencia. Cristo no ha venido simplemente a cancelar transgresiones de la Ley, sino a destruir la muerte que reinaba en el corazón humano y en toda la creación, y a devolver al hombre la posibilidad de unirse nuevamente a Dios y a su vida eterna.

La vida cristiana, frente a estas realidades, se nos revela como un combate. Existe el enemigo, pero ahora contamos con el auxilio y la victoria de Cristo, que nos sostiene con su Espíritu.

Jeremías, figura de Cristo, es perseguido; y también lo será la Iglesia, que es su Cuerpo. Hay una persecución violenta anunciada por Cristo, que acompaña a la Iglesia desde sus comienzos: “Si a mí me han perseguido, a vosotros os perseguirán”. Pero esta persecución se vuelve contra el diablo, porque lleva en sí misma un testimonio inmenso y una multitud de mártires.

Hemos escuchado a Cristo decir que no temamos esta persecución, sino otra más peligrosa: aquella que puede hacernos perder también el alma, hundiéndola en la gehenna, lugar del fuego que quema sin purificar la llaga incurable de la libre condenación, y no del fuego purificador que cura y conduce a la salvación.

El temor de Dios es fruto de la fe. “¡Temed a ése!” Temed a Aquel que quemará la paja con fuego que no se apaga. No debemos temer por esta vida, sino saber “odiarla” por la otra. Hemos sido valorados con el altísimo precio de la sangre de Cristo. Que este amor expulse de nosotros el temor que pretende apartarnos de la Verdad y someternos de por vida a la esclavitud del diablo. Estamos en la mente y en el corazón de Aquel cuyo amor es tan grande como su poder. Si hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados, cuánto más llevará cuenta de nuestros sufrimientos y fatigas por el Reino, de nuestros desvelos por el Evangelio y de nuestra entrega a los más necesitados.

El demonio ha aprendido —por viejo y por diablo— que existe otra persecución que le rinde mayores beneficios: seducir al hombre hasta corromperlo con el mundo y sus vanidades, apartando su corazón del amor de Dios. Esta es la tentación de Israel de “ser como los demás pueblos”, cuando el yugo de ser el pueblo de Dios se le hace pesado. Esta es también la tentación de la Iglesia a lo largo de la historia: esconder la Luz bajo el celemín. Y esta es igualmente nuestra tentación frente a la apariencia de este mundo y sus vanidades, sus luces y sus cantos de sirena disfrazados de cultura, modernidad, progreso, placer y bienestar.

Esta palabra es, pues, una llamada a la vigilancia y también a confiar en Dios y en su asistencia, si permanecemos unidos a Él.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 11º del TO

Sábado 11º del TO

Mt 6, 24-34

Queridos hermanos:

Por la experiencia de muerte que todos padecemos como consecuencia del pecado, el amor de Dios queda obnubilado en nuestro corazón, tal como le ocurre al pueblo de Israel. Y cuando Dios se eclipsa en nuestra vida, la precariedad del mañana nos empuja a asegurar nuestra subsistencia, a buscar seguridad en las cosas y, en consecuencia, a atesorar dinero. El problema es que el acto de atesorar implica inexorablemente al corazón y mueve sus potencias —entendimiento y voluntad— de manera insaciable, porque el corazón humano es un abismo que sólo Dios puede colmar. Por eso: “Sea el Señor tu delicia y Él te dará lo que pide tu corazón”.

A Dios hay que amarlo con todo el corazón; sin embargo, la Escritura afirma que nuestro corazón está donde se encuentra nuestro tesoro. Por eso, quien ama el dinero pone en él su corazón, y a Dios no le ofrece más que ritos vacíos y cultos sin contenido: cumplimiento de normas, pero no amor. Pero Dios ha dicho por medio del profeta Oseas: “Yo quiero amor y no sacrificios”; e Isaías añade: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.

Todo en este mundo es precario, excepto Dios. Enriquecerse y atesorar sólo tienen sentido en orden a Él, que no pasa, y en quien las riquezas no se corroen ni los ladrones socavan ni roban. Por medio de la caridad y la limosna se transforma la maldición del amor al dinero en la bendición del amor a Dios y a los hermanos: “Dad en limosna lo que tenéis (en el corazón), y todo será puro para vosotros”. Enriquecerse en orden a Dios equivale a empobrecerse respecto de los ídolos, cuya cabeza es el dinero, que se acrisola y se purifica mediante la limosna como cruz santificadora. “Conversio ad Deum, aversio a creatura”, diría santo Tomás. Al joven rico de la parábola, Dios le ofrece la oportunidad de atesorar entrega y limosna, pero él prefiere atesorar riqueza.

Los dones de Dios, en un corazón idólatra, se convierten en trampas. La necedad consiste en dejar que la codicia guíe nuestra vida sin considerar lo efímera que es la existencia. El hombre tiene una vida natural, física y temporal, sostenida por el cuerpo, que requiere cuidados porque tiene necesidades; pero está llamado a una vida de dimensión sobrenatural, cuya finalidad es incorporarlo al Reino de Dios. Encontrar y alcanzar esta meta exige prioritariamente nuestra intención y dedicación, pues: ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? ¿O qué puede dar el hombre a cambio de su vida?

Buscar el Reino de Dios es reconocerlo como nuestro Señor y depositar en sus manos providentes el cuidado de nuestra existencia, confiando en Aquel que sostiene la creación entera. “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”.

En el Señor está la verdadera seguridad. “Dichoso el hombre que esto tiene; dichoso el hombre cuyo Dios es el Señor”.

 Que así sea.

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Viernes 11º del TO

Viernes 11º del TO

Mt 6, 19-23

Queridos hermanos:

Cuanto dice el Evangelio acerca de la luz podemos referirlo a la inteligencia, a la sabiduría o a la escala de valores que rige nuestros actos. Si lo que impulsa nuestra vida es la necedad del amor al dinero, ¡qué miserable existencia nos espera! Sabemos que la luz, en la Escritura, se refiere al amor de Dios, y el dinero a Mammón, el ídolo por antonomasia; literalmente, “dios de fundición”, el diablo. Hemos repetido muchas veces que nuestro corazón tiende a atesorar, porque ha sido creado para ser saciado, y nada puede llenar el vacío que deja en él la ausencia de Dios, consecuencia del pecado.

Por la experiencia de muerte que todos tenemos como fruto de la caída, la precariedad del mañana nos empuja a tratar de asegurar nuestra subsistencia y a buscar seguridad en las cosas, y, en consecuencia, a atesorar bienes. El problema está en que el atesorar implica inexorablemente al corazón, moviendo sus potencias —entendimiento y voluntad— de forma insaciable, ya que el corazón humano es un abismo que solo Dios puede colmar. “Sea el Señor tu delicia, y Él te dará lo que pide tu corazón”.

Por eso, como decía san Agustín, no hay nadie que no ame; el problema está en cuál sea el objeto de su amor. El Evangelio no dice que no hay que atesorar, sino que nuestro tesoro esté en Dios; que nuestra luz sea su amor, que nuestra riqueza sea nuestra caridad, y nuestros ahorros, nuestras limosnas.

La lámpara de nuestro espíritu recibe luz de nuestro corazón, que ilumina nuestros pensamientos, nuestras palabras y, sobre todo, mueve nuestras acciones, en las que se concreta el amor. Como dice el refrán: “Hechos son amores”.

A Dios hay que amarlo con todo el corazón; pero la Escritura afirma que nuestro corazón está donde se encuentra nuestro tesoro. Por eso, el que ama el dinero tiene en él su corazón, y a Dios no le ofrece sino ritos vacíos y cultos sin contenido: cumplimiento de preceptos, pero no amor. Mas Dios ha dicho por el profeta Oseas: “Yo quiero amor y no sacrificios”; e Isaías añade: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.

Todo en este mundo es precario, pero no Dios. Por eso, enriquecerse y atesorar solo tienen sentido en orden a Él, que no pasa, en quien las riquezas no se corroen y a quien los ladrones no socavan ni roban. Por medio de la caridad y la limosna se transforma la maldición del amor al dinero en la bendición del amor a Dios y a los hermanos: “Dad en limosna lo que tenéis (en el corazón), y todo será puro para vosotros”. Enriquecerse en orden a Dios equivale a empobrecerse en orden a los ídolos, cuya cabeza es el dinero, que se acrisola salándolo con la limosna, como cruz purificadora. Al llamado joven rico de la Escritura, Dios le ofrece la oportunidad de atesorar entrega y limosnas, pero él prefiere las riquezas.

Los dones de Dios, en un corazón idólatra, se convierten en trampas. La necedad está en dejar que la codicia guíe nuestra vida sin calcular lo efímera que es la existencia. En efecto, el hombre tiene una existencia natural, física y temporal, sostenida por el cuerpo, que requiere cuidados porque tiene necesidades; pero está llamado a una vida de dimensión sobrenatural y eterna, mediante su incorporación al Reino de Dios, al cual está predestinada su existencia. Alcanzar esta meta requiere prioritariamente nuestra intención y nuestra dedicación, pues: “¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? ¿O qué puede dar el hombre a cambio de su vida?”.

Buscar el Reino de Dios es ponerlo como nuestro Señor y depositar nuestro cuidado en sus manos providentes, que sostienen la creación entera, confiando en Él. “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”. En el Señor está la verdadera seguridad: “Dichoso el hombre que esto tiene; dichoso el hombre cuyo Dios es el Señor”.

 Que así sea.

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Jueves 11º del TO

Jueves 11º del TO

Mt 6, 7-15

Queridos hermanos:

En medio de los pecados de los hombres, Dios ha querido mostrar su misericordia a través de la oración. Desde la oración de Abrahán —con sus seis intercesiones sólo por los justos, y que se detiene en el número diez— hasta la perfección de Cristo, que intercede por la muchedumbre de los pecadores a cambio del único Justo que se ofrece por ellos, se extiende un camino de fe que hace perfecta la oración en el amor.

A tanta misericordia no alcanzaron la fe y la oración de Abrahán para dar a Dios la gloria que le era debida, aquella con la que Cristo glorificó su Nombre. En efecto, Sodoma no se salvó de la destrucción.

Con este espíritu de perfecta misericordia, los discípulos son aleccionados por Cristo para salvar a los pecadores por quienes Él se entregó.

Hoy, la Palabra nos propone la oración y la escucha fecundas del perdón, tanto para nosotros como para los demás. Así es la vida en el amor de Dios. Necesitamos la oración para ser conscientes de nuestra necesidad de la Palabra y para obtener el fruto de ser escuchados por Dios. La oración es circulación de amor entre los miembros del Cuerpo de Cristo, abierto a las necesidades del mundo.

La oración del Padrenuestro habla a Dios desde lo más profundo del hombre: desde su necesidad de ser saciado y liberado; y lo hace desde su condición de nueva creatura, recibida de su Espíritu. Busca a Dios en su Reino y le pide un pan necesario para sustentar la vida nueva y defenderla del enemigo.

Dios nos perdona gratuitamente y nos da su Espíritu para que nosotros podamos perdonar y erradicar así el mal del mundo; y para que, de este modo, seamos escuchados al pedir el perdón cotidiano de nuestros pecados. Esta circulación de amor y perdón sólo puede ser rota por el hombre que cierre su corazón al perdón de los hermanos: “pues si no perdonáis, tampoco mi Padre os perdonará”.

El mundo pide sustento a las cosas y a las creaturas. El que peca está pidiendo un pan: como el que atesora, el que busca afectos desordenados, el que se apoya en su razón ebria de orgullo o en su voluntad soberbia. Panes todos que inevitablemente se corrompen en su propia precariedad.

Los discípulos pedimos al Padre de nuestro Señor Jesucristo —y Padre nuestro— el Pan de la vida eterna que procede del cielo; Aquel que nos trae el Reino, “Pan vivo”, que ha recibido un cuerpo para hacer la voluntad de Dios: una carne que da vida eterna y resucita en el último día. Alimento que sacia, no se corrompe y alcanza el perdón.

Este es el Pan que recibimos en la Eucaristía, y por el que agradecemos y bendecimos a Dios, que además nos concede el alimento material por añadidura.

 Que así sea.

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Miércoles 11º del TO

Miércoles 11º del TO 

2Co 9, 6-11; o 2R 2, 1.6-14; Mt 6, 1-6.16-18.

Queridos hermanos:

A la limosna, la oración y el ayuno, el Señor los llama “vuestra justicia”. La Palabra nos invita a entrar en lo profundo de nuestro corazón para disponerlo a la relación de amor con el Señor en la humildad, purificándolo de la omnipresente vanagloria y de todo afecto desordenado —hacia uno mismo o hacia las creaturas—, y abriéndolo a la comunión con los hermanos mediante la misericordia.

Lo importante no son las penitencias en sí mismas ni nuestra pretendida pureza, sino la unión con el Señor a la que nos conduce “nuestra justicia”. Lo esencial es que nuestro encuentro con Él sea verdadero, profundo, y no superficial o vano. Por eso, la preparación espiritual sigue el triple camino del que habla el Evangelio: entrar en nuestro interior dominando la carne, ayudados por el ayuno; y así disponer el corazón en la doble dimensión del amor: a Dios, mediante la oración, y a los hermanos, mediante la limosna.

La ceniza con la que iniciamos cada año la preparación cuaresmal resume, en un solo signo, la actitud de humildad que, reconociendo nuestra precariedad, se abre a la misericordia de Dios y acoge el Evangelio. El fuego del amor que el Señor ha encendido en nuestro corazón cubramos con la ceniza de la humildad, para que no se apague, añadiéndole la leña de las buenas obras, como enseña san Juan de Ávila.

La Palabra de hoy nos presenta los caminos de la conversión al amor de Dios y de los hermanos, caminos que comienzan por negarnos a nosotros mismos para vaciarnos del propio yo.

Nuestra vida se orienta hacia la bienaventuranza celeste, consumación de nuestra gozosa esperanza de comunión. Los israelitas, en Egipto, celebraron el paso del Señor y, con él, hicieron Pascua: pasaron de la esclavitud a la libertad. Comenzaba para ellos el desasimiento de los ídolos para prepararse a sus esponsales con Dios. Su alianza con el Señor los constituía en pueblo de su propiedad y fortalecía los lazos que los unían entre sí en una fe común.

Cristo realizó su Pascua al Padre a través de la cruz, arrastrando consigo a un pueblo liberado de la esclavitud del pecado y unido por la comunión en un solo Espíritu. Y nosotros somos llamados a unirnos a Él en su pueblo, mientras caminamos hacia nuestra Pascua definitiva, de Pascua en Pascua, en la celebración de la Eucaristía.

 Que así sea.

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Martes 11º del TO

Martes 11º del TO 

(Mt 5, 43-48)

Queridos hermanos:

El Señor nos invita hoy a vivir de acuerdo con lo que hemos recibido. Hemos sido amados con esta perfección divina cuando éramos pecadores y enemigos de Dios, y, si hemos acogido su amor en el corazón, ningún mal podrá dañarnos. Al contrario, podremos vencerlo con el bien que poseemos. En cambio, si dejamos que el mal penetre en nuestro corazón, engendrará allí sus hijos para nuestra perdición.

Alguien dijo: “No daña todo lo que duele, pero lo que daña, duele profundamente.” En el libro del Eclesiástico leemos: “El Altísimo odia a los pecadores y dará a los malvados el castigo que merecen” (Eclo 12, 6). Y también san Pablo afirma: “Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios” (1 Co 6, 9-10). Pero añade: “Y tales fuisteis algunos de vosotros.” En el don de este amor gratuito y del Espíritu Santo hemos sido llamados a una nueva vida en el amor, que responde a la misericordia recibida con nuestra justicia: “Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.”

Dice san Agustín, comentando el salmo 121, que los montes a los que hay que levantar los ojos para recibir el auxilio del Señor son las Sagradas Escrituras. En esta palabra del amor a los enemigos podemos decir que hemos alcanzado la cima más alta de esos montes, llegando al cielo del amor de Dios. Por este amor es necesario llegar a odiar la propia vida y a amar a quien nos odia.

Este amor es sobrenatural, divino; la carne ama lo suyo y detesta lo que le es contrario. Dice san Pablo que carne y espíritu son entre sí antagónicos. Para recibir este amor celestial es necesario odiar la propia carne, como enseña el Señor en el Evangelio: “Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío.”

En Cristo hemos sido amados así, y de Él podemos recibir su Espíritu, que nos hace hijos del Padre. Su naturaleza en nosotros se manifiesta en el amor a los enemigos. Aquello de: “Sed santos, porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo” (Lv 20, 7), ahora se transforma en: “Sed perfectos, porque es perfecto vuestro Padre celestial”; porque habéis recibido la perfección de la naturaleza divina de vuestro Padre.

Ya que ningún mérito tuvimos para ser amados de este modo, merezcamos ahora, amando a quienes no lo merecen, que también ellos puedan amar y llegar a merecer.

 Que así sea.

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Lunes 11º del TO

Lunes 11º del TO

2Co 6, 1-10; Mt 5, 38-42

Queridos hermanos:

Hoy el Evangelio nos presenta, dentro del Sermón de la Montaña, las actitudes del “hombre nuevo”, que hacen presente, ante todo, a Cristo, don de Dios por la fe. Es Él quien no se ha resistido a nuestro mal; quien, ante nuestras ofensas, ha puesto la otra mejilla; quien se ha dejado despojar por nosotros; quien ha sufrido nuestras injusticias sin reclamar para nosotros más que el perdón. Efectivamente, Él es esa fuente de la que mana siempre agua dulce y que, al mal, responde con el bien, como dice san Pablo en la Carta a los Romanos: “No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien”.

Si la Ley ponía límite a la venganza con “el talión”, Cristo anula totalmente la venganza con el amor a los enemigos y con la confianza en la justicia de Dios, que en Él pasa por la misericordia del “año de gracia”, como fruto del Espíritu del Señor que está sobre Él. Así será también en sus discípulos, cuando el amor de Dios sea derramado en sus corazones por el Espíritu que les será dado y que los constituirá en hijos. Por eso, la moral cristiana, más que sublime, es celeste; más que exigente, es radicalmente gratuita.

La gracia es, además, libre y, por tanto, implica responsabilidad. Quien la recibe debe responder con la misma medida del don recibido: “Con la medida con que midáis, se os medirá”. Amor con amor se paga, dice la sabiduría popular. Recordemos la parábola del siervo sin entrañas, que, habiendo sido perdonado, no perdonó a su vez. Dice Jesús: “Si vosotros no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco mi Padre os perdonará. Al que se le dio mucho, se le pedirá más”.

Por tanto, la Palabra viene a decirnos: “Sed perfectos” en vuestro amor de hijos, con la perfección del amor de vuestro Padre. Sed santos con los demás, como Dios es santo con vosotros, dándoos su mismo amor. No se trata de subir peldaños en el amor, sino de recibir la naturaleza divina del amor. Esta Palabra es Dios mismo: su amor, su naturaleza, que se nos ofrece en Cristo; no siendo solamente discípulos, sino hijos, para testificarlo a los hombres como don gratuito que les está destinado.

Cada cual, en el punto en que lo encuentra hoy la Palabra, es invitado a elevar al Padre de nuestro Señor Jesucristo el canto de acción de gracias por su Hijo, que se da por nosotros para que recibamos la filiación adoptiva y la Vida eterna, y podamos comunicarla al mundo entero.

“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él”.

 Que así sea.

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