Lunes 12º del TO (cf. viernes 23)
Mt 7, 1-5
Queridos hermanos:
Hoy el evangelio nos instruye respecto a nuestros juicios sobre los demás, que en definitiva son un problema de nuestra “falta de caridad”, a la que el Señor denomina “viga”, mientras considera “paja” o “brizna” las faltas de los otros, relativizando así su importancia. La caridad —dice san Pablo— “todo lo excusa”, buscando motivos para relativizar las faltas ajenas, a ejemplo del Señor: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen.”
Cuando resolvamos nuestra
falta de caridad, seremos incapaces de ver las faltas de los demás, que son
exactamente iguales a las nuestras, por las cuales pedimos perdón. Aquí viene
aquello de: “Perdónanos como nosotros perdonamos”, o como ha dicho el
evangelio: “Con la medida con que midáis se os medirá a vosotros; no
juzguéis y no seréis juzgados.”
Detrás de esta palabra hay
una afirmación clara: todos somos pecadores y hemos alcanzado
misericordia por puro don gratuito de Dios. Aquello que pretendemos corregir en
los demás forma parte también de nuestros propios defectos. La paja en el ojo
del hermano está igualmente en nuestro propio ojo; pero, además, llevamos la viga
de nuestra falta de caridad. Nuestra visión es defectuosa porque carece de la
luz necesaria de la caridad, esa caridad que disculpa al pecador, porque “la
caridad todo lo excusa” y “no lleva cuentas del mal” (1 Co 13,7). Lo que
creemos luz en nosotros no es sino tinieblas. Los hombres necesitan más de
nuestra oración que de nuestra reprensión. Si en nosotros no brilla la caridad,
más nos vale preocuparnos por buscarla para poder ver, antes de corregir a los
demás, si no queremos ser guías ciegos que arrastran a otros y caen con ellos
en el hoyo.
La caridad corrige en
nosotros nuestras miserias y disimula las de los demás. Cuando falta,
engrandecemos las carencias ajenas y minimizamos las propias, lo cual nos
impulsa a juzgar y corregir en los demás lo que deberíamos limpiar primero en
nosotros. El problema principal no son las “briznas” de las imperfecciones
propias y ajenas, sino las “vigas” de nuestra falta de caridad. Nos resulta más
fácil sermonear al hermano que ayunar o levantarnos en medio de la noche para
rezar por sus pecados.
Sobre nosotros pende una
acusación: somos convictos de pecado, acusados en espera de sentencia. En
Cristo, Dios ha promulgado un indulto al que necesitamos acogernos; y, sin
embargo, en lugar de hacerlo, nos erigimos en jueces y nos resistimos a
conceder gracia a los demás. El Señor llama a esto hipocresía y nos invita a
elegir el camino de la misericordia, que somos los primeros en necesitar. Si
Dios ha pronunciado una sentencia de misericordia en el “año de gracia del
Señor”, ¿quiénes somos nosotros para convocar a nadie a juicio poniéndonos por
encima de Dios? Si la Ley es el amor, tiene razón el apóstol Santiago cuando
afirma que quien juzga se coloca por encima de la Ley y, por tanto, no la
cumple.
Si nos llamamos
cristianos, debemos comprender que es más importante tener misericordia que
corregir las faltas ajenas y juzgar a quienes las cometen, en lugar de estar
dispuestos a llevar su carga por amor, como Cristo ha hecho con las nuestras.
Más importante que denunciar es redimir. Esto no impide que, ante ciertos
pecados graves, haya que reprender a solas al hermano, por amor, tratando de
ganarlo, como enseña el Evangelio (Mt 18,15; Lc 17,3). “Ama y haz lo que
quieras”: tanto si corriges como si callas, lo harás por amor.
En la Eucaristía, Cristo
se nos entrega y nos invita a vivir aquello que recibimos de esta mesa: perdón
y misericordia; amor.
Que así sea.
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