Mt 8, 28-34
Queridos hermanos
Podemos sacar muchas enseñanzas de esta Palabra. La primera nos la sugiere la Escritura: ¿qué es el corazón humano para que puedan albergarse en él dos mil demonios, habiendo sido creado por Dios para habitar en él, de modo que nada ni nadie, sino Dios, pueda saciarlo?
Nuevamente nos enfrentamos al problema de la existencia
del mal, al escándalo del sufrimiento y de la libertad, que cuestionan el
poder, la misericordia y la bondad de Dios. ¿El Señor, que ha sacado a un pobre
hombre de la esclavitud del diablo, no podía haber evitado tanto sufrimiento?
El sufrimiento hunde sus raíces en el pecado, y el pecado
en la libertad, que condiciona el fin para el que el hombre fue hecho a imagen
y semejanza de Dios: relacionarse con Él en el amor. El amor de Dios no se
limita a crear al hombre con la capacidad de relacionarse con Él, sino que
implica su voluntad de redimirlo de su extravío y de sus consecuencias, a costa
del sufrimiento de su Hijo amado.
Respetando la libertad del hombre, Dios saca el bien del
mal, y hace sobreabundar fruto incluso del escandaloso sufrimiento de los
“inocentes”, como lo hizo con su propio Hijo para nuestra salvación. No hay
esclavitud ni depravación tan grande que pueda impedir la salvación con la que
Dios quiere regenerar al hombre.
En este pasaje del Evangelio, Jesús parece haber ido a
aquel lugar exclusivamente para curar a aquel pobre hombre; pero, sobre todo,
ha ido a concederle encontrarse con Él, a suscitar su fe, la de aquella gente y
a fortalecer la de sus discípulos. Desembarca, cura y regresa de nuevo al lago.
La Palabra de hoy nos hace presente la seriedad de la
vida y lo triste que puede llegar a ser la situación de un hombre en manos del
diablo. La misma grandeza del hombre lo hace susceptible de una gran ruina.
Pensar que en el corazón del hombre —que solo Dios puede saciar— puedan caber
dos mil demonios es para meditarlo seriamente. Con qué facilidad vivimos
neciamente, dejando al maligno adueñarse de nosotros. Para el Señor, un hombre,
su corazón, vale el mundo entero; por supuesto, más que muchos pajarillos y más
que dos mil cerdos.
Vemos, pues, a Cristo compadecerse de las gentes, pero es
evidente que su misión no se reduce a aliviar el sufrimiento, sino a erradicar
y perdonar el pecado, suscitando la fe. En sus milagros distingue curación y
salvación. La curación es temporal, pero la salvación es eterna. La verdadera
misericordia de Dios no consiste en que el hombre deje de sufrir, sino en que
no se pierda eternamente.
Es maravilloso que un ciego vea, que un paralítico camine
o que un endemoniado se cure; pero es infinitamente superior que un pecador se
convierta y crea.
Quien ha sido alcanzado por la misericordia del Señor,
como el endemoniado, es enviado a testificarla en el mundo, proclamando su
salvación. Es un deber de gratitud hacia el Señor, que ha usado de misericordia
con él. “Es bien nacido quien es agradecido.”
La Eucaristía viene en nuestra ayuda y nos sienta a la
mesa con Cristo, que ha tomado sobre sí la muerte de nuestros pecados para
alcanzarnos la resurrección.
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