Domingo 18º del TO A

Domingo 18º del TO A

Is 55, 1-3; Rm 8, 35. 37-39: Mt 14, 13-21

Queridos hermanos:

La primera realidad que aparece en esta palabra es un banquete gratuito que sacia y sobreabunda, servido por los apóstoles. Está en el contexto de la Pascua y lleva a plenitud el pasaje de Eliseo, quien, con veinte panes de cebada, sacia a cien hombres según la palabra del Señor: “Comerán, se saciarán y sobrará”.

Es Cristo quien trae el alimento que sacia de vida a quien escucha, como dice Isaías en la primera lectura. Él es la Palabra que sella la Alianza eterna del amor del Padre, del que nadie podrá separarnos, como afirma san Pablo en la segunda lectura. Él es el profeta prometido y esperado, a quien había que escuchar: “Este es mi Hijo amado; ¡escuchadle!”.

El Evangelio de hoy se sitúa en el trasfondo pascual de la Eucaristía. El alimento que trae “el profeta” para saciar al hombre parte de la precariedad humana, sobre la cual se pronuncia una palabra del Señor que la convierte en fruto inagotable de evangelización: primero para Israel y después para las naciones.

Estos son los signos que quisiéramos ver en nuestros pastores y en nuestros gobernantes. A Cristo quisieron hacerlo rey por saciar de pan a la gente, pero Él no realizó este signo para solucionar el problema del hambre, sino como manifestación de su misión mesiánica: saciar profundamente el corazón del hombre.

No son los veinte panes de Eliseo ni los cinco panes de Cristo los que sacian, sino Cristo mismo con su Pascua, a la que somos invitados por la fe y el bautismo. Vocación a formar un solo pueblo y un solo cuerpo en Cristo, que es la Eucaristía.

Cristo es el pan del cielo, que no cae como el maná, sino que se encarna en Jesús de Nazaret y, a través de la Iglesia, sacia al hombre generación tras generación con su inagotable sobreabundancia de vida y de gracia. Pan que baja del cielo y da la vida al mundo, para que lo coman y no mueran.

La Eucaristía nos incorpora a la Pascua de Cristo, que, como Alianza eterna, nos alcanza y nos une en sí mismo al Padre. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la meta y una la esperanza en la vocación a la que hemos sido convocados, según la segunda lectura. La Eucaristía injerta nuestro tiempo en la eternidad de Dios; nuestra mortalidad en su vida perdurable; nuestra carne en la comunión de su Espíritu.

¿Realmente hemos sido saciados por Cristo? ¿Sobreabunda en nosotros su gracia para ser capaces de dar de comer a esta generación el pan bajado del cielo, que es Cristo?

  Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 17º del TO

Sábado 17º del TO

Mt 14, 1-12

La fama de Jesús y su rechazo

Queridos hermanos:

Hoy esta palabra nos revela la creciente fama de Jesús, que no solo realiza prodigios, sino que asombra a todos con su predicación, sus obras y las de sus discípulos, quienes parten por los caminos anunciando el Reino. Su renombre alcanza incluso al impío Herodes, aunque esta autoridad de Jesús no lo convierte, como tampoco sucede con los demonios, quienes, aun reconociendo a Cristo, no pueden creer en Él.

Herodes, atraído por la exhortación de Juan el Bautista, lo escuchaba con gusto… pero terminó mandándolo decapitar. Y cuando llegue el momento de encontrarse con Jesús, no será distinto: lo tratará de loco, lo despreciará y se burlará de Él. ¡Qué contraste tan impactante! El Señor, que se acerca al pecador con misericordia, no se trata con este pobre impío de corazón endurecido. Lo llama “zorro” y guarda silencio ante él. Así ocurría con aquellos monjes, famosos por su santidad, que negaban toda palabra o señal a quienes los buscaban por simple curiosidad, sin intención de convertirse. Porque la Escritura nos enseña que el Señor resiste a los soberbios. Como dice el Evangelio, Jesús no se confiaba ni siquiera a quienes en algún momento creyeron, porque conocía lo que había en el corazón de las personas. San Pablo lo declara con firmeza: “De Dios nadie se burla” (Ga 6,7).

Hermanos, si aquellos que rechazaron a Juan el Bautista no pudieron acoger al Mesías (Lc 7,30), ¡cuánto menos Herodes, que lo mandó matar! Según los evangelistas Mateo y Marcos, Herodes alimentaba la idea de que Juan había resucitado, tal vez intentando escapar del peso de su remordimiento por haber derramado la sangre de un profeta.

Dios actúa a través de sus enviados, y ¡ay de aquel que permanece indiferente o los rechaza! Porque nos dice el Señor: “Quien a vosotros rechaza, me rechaza a mí; y quien me rechaza a mí, rechaza a Aquel que me ha enviado”. Y nos recuerda: “Cuanto hicisteis con uno de mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis”.

El mensaje no puede separarse del mensajero. Rechazar al enviado es rechazar al que lo envía. McLuhan lo expresó con mirada contemporánea: “El medio es el mensaje”. Y el Padre no envió a cualquier profeta a proclamar la Buena Nueva: envió a su propio Hijo, que se identifica con sus discípulos. Por eso les dice: “Vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra”, porque Él mismo lo es: “Yo soy la luz del mundo y la sal de la tierra”.

  Que así sea.

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Viernes 17º del TO

Viernes 17º del TO

Mt 13, 54-58

Queridos hermanos, ¿quién no se ha sentido desconcertado ante la grandeza que brota de la humildad? No es de extrañar la perplejidad de los habitantes de Nazaret, los conciudadanos de Jesús, al ver que aquel a quien conocieron como “el hijo del carpintero” emerge de pronto como maestro y profeta, asombrando al mundo con sus palabras y sus obras.

También nosotros, si somos sinceros, luchamos por comprender esa elección libre y gratuita del Señor, que —como dice la Escritura— “alza del polvo al pobre para sentarlo entre los príncipes de su pueblo”. Esta es la lógica divina que atraviesa toda la historia de la salvación: una lógica que escoge lo pequeño para confundir lo grande, lo débil para avergonzar a lo fuerte, lo despreciado para revelar la dignidad escondida.

Según una antigua tradición copta, san José —viudo y padre de cuatro hijos: Santiago, José, Simón y Judas— se desposó con María, y fue así como Santiago, aún niño, entró en la familia. Con todo, la Escritura parece contradecir claramente esta hermosa tradición (cf. Brant Pitre, “Jesús y las raíces judías de María”, p. 136).

Con el paso del tiempo, este niño sería llamado “el hermano del Señor”, pues llegó a ser uno de los doce apóstoles. José, el tekton, el artesano —carpintero, como solemos traducirlo— encarnaba la humildad y el trabajo silencioso. Y de su oficio y figura tomaría Jesús su único título distintivo entre sus paisanos: “el hijo del carpintero”.

A través de José, el Padre nos revela la humildad del Hijo. En contraste con la soberbia que rige los poderes del mundo, el Señor se nos muestra manso, rechazando la violencia que nace del orgullo. Es el Cordero degollado quien vence a la bestia. Para transitar los caminos del amor —¡del verdadero amor!— se requiere humildad, mansedumbre y sumisión. No son virtudes débiles, sino la fortaleza de quienes han aprendido a confiar en el poder de Dios.

Hoy el Señor nos invita a reconocer su encarnación, que muchas veces se nos presenta en rostros comunes, en personas enviadas que nos desconciertan. Y nos llama, como lo hizo con su pueblo, a superar la tentación de despreciar lo conocido, de rechazar al que no encaja en nuestras expectativas. Porque el Mesías, hermanos, sigue viniendo a nosotros envuelto en humildad.

¡Que tengamos ojos para ver y corazones para recibir a Aquel que viene a salvarnos desde lo más bajo, entregando su vida hasta el extremo!

  Que así sea.

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Jueves 17º del TO

Jueves 17º del TO

Mt 13, 47-53

El Discernimiento: Camino hacia el Reino

Queridos hermanos, el Reino de los Cielos es una realidad sobrenatural, tejida por la gracia divina y ofrecida como un traje de fiesta a quienes —aun bajo la sombra del pecado— han sido llamados por Dios a participar libre y responsablemente en su salvación. Esta gracia no se impone, sino que se entrega como don gratuito, esperando la respuesta libre del corazón humano.

La parábola de la red nos plantea el discernimiento final sobre quienes han sido llamados gratuita e indiscriminadamente, sin considerar la respuesta personal de los convocados, aunque implica la reflexión de cada uno acerca de su realidad existencial, de la que tendrá que rendir cuentas, teniendo presente “lo antiguo”, que representa la ley. Con la acogida del Reino, el discípulo, superando la ley, echa mano de “lo nuevo”, abriéndose a la conversión en Cristo, que ha querido introducirse en la red para sanar a quienes lo acojan.

El Evangelio nos invita a abrazar el Reino como el sabio amante de las Escrituras, que ha descubierto en ellas el tesoro escondido. Nosotros, hermanos, necesitamos discernir la gracia del Evangelio para conducir nuestra vida, porque seremos juzgados como los peces recogidos en la red.

Discernir no es poseer cualquier sabiduría; es sabiduría para gobernar. Todos, sin excepción, estamos llamados a gobernar nuestra existencia con prudencia, orientándola hacia su meta eterna. Si Dios es la Verdad y la Vida, a la que hemos sido llamados por misericordia, entonces el discernimiento es el faro que nos guía por el camino de la sabiduría, revelado como perla preciosa y tesoro escondido.

La Escritura nos enseña: “El temor de Dios es el principio de la sabiduría.” Y si alguien se llena de conocimientos pero se aparta de Dios, ha perdido la sabiduría verdadera. Así pues, preguntémonos: ¿Dónde encontrar este discernimiento?

San Pablo responde con claridad: la condición indispensable para adquirirlo es que el amor de Dios, derramado por el Espíritu Santo, sea el motor de nuestra vida. “Para quien ama a Dios, todo concurre para su bien.” El amor transforma cada acontecimiento, orientándolo oportunamente para crecer en sabiduría y avanzar en dirección al bien.

La comunidad cristiana, hermanos, aunque limitada en lo humano, es germen del Reino. Ella misma contiene en sí la perla de gran valor. Pero esta perla solo se aprecia mediante el discernimiento del amor que en ella habita.

Para san Agustín, la perla preciosa es la Caridad, y solo quien la posee ha nacido verdaderamente de Dios. Este es el gran criterio de discernimiento, porque, aunque lo poseas todo, si te falta la Caridad, nada tienes. Pero si no posees nada y renuncias a toda posesión por alcanzarla, entonces lo posees todo.

San Pablo nos lo recuerda: “El que ama ha cumplido la Ley.” Ha alcanzado el Reino, porque Dios —en su esencia más pura— es amor.

  Que así sea.

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Santos Marta, María y Lázaro

Santos Marta, María y Lázaro 

Lc 10, 38-42 ó Jn 11, 19-27

Queridos hermanos, hoy la Palabra nos revela el misterio de la acogida de Cristo, que se concreta en la fe y se expresa en dos actitudes complementarias de las que habla san Pablo: «Con el corazón se cree para conseguir la justicia, y con la boca se proclama para alcanzar la salvación» (Rm 10,10).

Para conmemorar a Marta, María y Lázaro, la liturgia nos propone dos pasajes del Evangelio. El Evangelio según san Lucas nos presenta estas dos actitudes en las hermanas de Lázaro: María nos muestra la fe creyente del corazón que acoge al Señor; Marta, la que lo proclama con la boca. Esta Palabra nos muestra también dos posibles actitudes ante el amor al Señor: una natural y otra sobrenatural. Ambas pueden coexistir en nosotros. La primera, como la de Marta, es buena: sirve, actúa, se entrega. La segunda, como la de María, es «la mejor parte»: contempla, escucha, se deja transformar. No despreciemos el servicio, pero aspiremos a la intimidad con el Señor, porque sentarse a los pies del Maestro, como lo hizo María, es abrazar el don gratuito de la fe; es dejar que el Señor nos hable al corazón.

Como aquella esposa del Cantar de los Cantares, María podría decir: «He encontrado al amor de mi vida. Lo he abrazado y no lo dejaré jamás». Y nadie podrá arrancárselo. Esta es la parte buena que no le será quitada.

El Evangelio según san Juan nos presenta la fe de Marta: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Esa fe hace que Marta no sólo “crea”, sino que “sepa”: «Sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá. Ya sé que (mi hermano) resucitará en la resurrección, el último día». Así acoge a Cristo en su testimonio: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre». Marta cree en el amor de Cristo y sabe que Él lo consigue todo del Padre porque siempre lo escucha. Creer en Él es garantía de victoria sobre la muerte.

Lo que hoy contemplamos va aún más allá: no hablamos simplemente de recibir al prójimo, sino de acoger a Dios mismo. Como Abrahán en el encinar de Mambré y como María en Betania, descubrimos que, gracias al discernimiento de la fe, somos capaces de reconocer al Señor que se manifiesta en los más diversos rostros y circunstancias. Él viene. Se acerca. Nos visita. No por obligación, sino por amor. Y su deseo es que lo recibamos con fe y caridad, para que podamos heredar la vida eterna.

Esta Palabra nos invita a responder con nuestro propio «Amén»; a elegir, día tras día, al Señor como nuestra parte mejor; a recibir de Él, gratuitamente y por la fe, su Espíritu, su amor y su vida eterna.

Pero si en nuestro encuentro con el Señor descubrimos el deseo de compensación o de reconocimiento, reconozcamos con sinceridad que estamos más cerca de Marta que de María; que vivimos más en la exigencia que en el don; que estamos más en nosotros mismos que en el Señor. Nuestro amor aún debe madurar, ser purificado, ser divinizado, hasta alcanzar esa universalidad del amor divino: «Sed perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre buenos y malos». Somos llamados al conocimiento de Dios en el amor. Y ese conocimiento, que será plenitud en la Bienaventuranza, puede crecer en esta vida si acogemos las gracias que Él nos ha destinado. A veces implicarán correcciones amorosas, curaciones espirituales que el Médico divino aplicará a nuestro corazón enfermo. Y aunque puedan doler, ¡qué alegre tristeza si viene de su mano!

Y así, hermanos, llegaremos también nosotros a la profesión de fe que salva, aquella que Marta, amada por el Señor, pronunció en medio del dolor por la muerte de su hermano: «Creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo».

Que esta confesión sea también nuestra. Que el Señor, al acercarse a nuestra alma, encuentre siempre un corazón dispuesto, una fe que escucha y una caridad que abraza.

  Que así sea.

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Martes 17º del TO

Martes 17º del TO

Mt 13, 36-43

Queridos hermanos:

Cristo ha venido a instaurar su reino mesiánico de salvación, y al final de los tiempos lo entregará al Padre, en cuyo Reino no existirá el mal. El combate habrá concluido y reinará la paz en la gloria de Dios.

Como en otras parábolas del Reino, esta parábola de la cizaña nos sitúa en el ámbito de la libertad humana, donde se libra la dialéctica entre el bien del Evangelio y la seducción del mal. Dios concede a este mal un tiempo para insidiar al hombre, que deberá ejercitarse en la virtud, elegir el Bien y afianzarse en la Verdad.

Como a los siervos de la parábola, la existencia del mal en el mundo perturba a muchos, que minusvaloran la fuerza del Evangelio y el poder de Dios, rechazan las fatigas del combate y se escandalizan de la libertad.

También los discípulos acusan la dificultad y la resistencia de sobrellevar la responsabilidad de ser hombres libres: “Explícanos la parábola.” La dificultad no está en la existencia del mal —con el que convivimos habitualmente— sino en la actitud aparentemente tolerante de Dios. Lo que no comprendemos, ni los discípulos ni nosotros, y que escandaliza farisaicamente al mundo, es que Dios tenga una visión misericordiosamente tolerante respecto a los malvados, porque desea su salvación. Acepta incluso el sufrimiento que provocan, en carne propia, hasta la muerte de cruz, en el ámbito del Año de gracia del Señor. Dios no desespera nunca de la salvación de nadie y la ansía con toda la fuerza de su infinito amor. Esto nos resulta inaudito, incomprensible y escandaloso, revelando lo mezquino de nuestro concepto de justicia y lo carnal de nuestro pretendido amor.

Además, en su pedagogía con nosotros, el Señor quiere hacernos comprender el valor del sufrimiento como inmolación amorosa, camino elegido por Él, y que sólo el Espíritu Santo revela a quienes se internan en la espesura de la cruz, como enseña san Juan de la Cruz. La cizaña viene a ser para el discípulo como la gracia de la persecución, que lo mantiene preparado para el combate. Como decía san Antonio: sin las tentaciones no se salvaría nadie.

 Que así sea.

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Lunes 17º del TO

Lunes 17º del TO

Mt 13, 31-35

La gracia germina en nuestra tierra humana

Queridos hermanos:

Las parábolas del Reino, como preciosos hilos entrelazados, tejen juntas la gracia divina y la acción del hombre. En ellas, como en el misterio de la Encarnación, se entrecruzan el Verbo eterno y nuestra humanidad frágil, sin romperse ni disolverse. Cristo es el Reino: en Él, nuestra humanidad ha sido injertada de forma indisoluble. Así, la semilla divina —pequeña como un grano de mostaza— contiene en sí la potencia y el vigor de Dios. No con estruendo, sino con firmeza silenciosa, se abre paso, crece y se fortalece hasta alcanzar proporciones que superan con mucho cualquier obra humana.

Sin embargo, no podemos permanecer inactivos. Dios, en su misterio de amor, ha querido supeditar su obra al asentimiento del hombre. Necesita —¡sí!— de nuestra respuesta. El Reino avanza, pero desea hacerlo con nosotros. Por eso, la acción humana, aunque pequeña, debe ser el mínimo obstáculo posible para la gracia. Así lo dijo el Señor: “Las puertas del infierno no prevalecerán” frente al Reino de Dios (Mt 16,18), porque el Reino es sostenido en su combate por la fuerza de la gracia. Aun así, cabe preguntarnos con temor y temblor: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe sobre la tierra?” (Lc 18,8).

¿Las últimas generaciones perseverarán en la fe? ¿Nos mantendremos firmes hasta ser contados en esa “muchedumbre inmensa que nadie podía contar” (Ap 7,9), en el Reino eterno, que vence hasta las últimas defensas del infierno?

La semilla debe enterrarse; la levadura, integrarse en la masa. Así también el alma debe rendirse al soplo del Espíritu, sin resistencias ni rebeldías. San Pablo lo expresó con humildad y claridad: “Por la gracia de Dios soy lo que soy; pero la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1Co 15,10).

La pequeña semilla del Reino se convertirá en cosecha abundante, en muchedumbre incontable, con Cristo a la cabeza, guardada en el granero divino. Mientras tanto, el Dragón y sus ángeles serán encadenados y precipitados al abismo, vencidos por la potencia del Cordero.

El camino del hombre corre paralelo al del Reino. No se aparta ni se cruza, sino que se mantiene en tensión entre la potencia de la Palabra y la libertad de la criatura. La semilla necesita una tierra humilde que la acoja, y el hombre debe trabajar, sabiendo siempre que es Dios quien da el incremento. Los inicios humildes del Reino no se comparan con su glorioso desarrollo. A cada uno de nosotros nos corresponde aceptar, guardar, lanzar la red, creer, perseverar, vivir… y Dios, por su parte, abrirá las compuertas de su gracia.

Entonces, frente a la escasez de fruto, no culpemos a Dios: la causa está en nuestra respuesta imperfecta. Digamos con el corazón: “Amén” al Cristo que se nos da. Y Él —fiel a su promesa— multiplicará el fruto ciento por uno.

  Que así sea.

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Domingo 17º del TO A

Domingo 17º del TO A

1R 3, 5-13; Rm 8, 28-30; Mt 13, 44-52

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra nos habla del discernimiento, necesario para arrebatar el Reino de Dios. Salomón no confía en sí mismo y lo pide a Dios. El Evangelio lo exalta en las parábolas y en el amante de las Escrituras que ha acogido el Evangelio. La red de la parábola debe también pasar por un discernimiento sobre aquello que ha arrastrado indiscriminadamente, y, al igual que a la semilla y la cizaña, se le concede un tiempo.

Nosotros necesitamos discernir para conducir nuestra vida, porque también nosotros seremos sometidos a discernimiento, como los peces de la red. La gratuidad de la llamada a la salvación debe ser confirmada por nosotros mientras permanecemos en la red, con la perseverancia de nuestras obras. En Cristo, Dios mismo ha querido introducirse en la red junto a nosotros y, a través de la gracia, sanar la maldad de los pescados para el día del discernimiento.

El discernimiento no es una sabiduría cualquiera, sino la sabiduría para gobernar. Salomón debe gobernar un reino, pero todos necesitamos gobernar bien, aunque solo sea nuestra propia vida, para conducirla a su meta. Si Dios es “la verdad y la vida plena” a la que hemos sido llamados en nuestra existencia por la misericordia, el discernimiento debe guiarnos hacia Él por los caminos de la sabiduría, que se nos revelan como “tesoro escondido” y “perla preciosa”. En efecto, dice la Escritura que el temor de Dios es el principio de la sabiduría. Quien posee muchos conocimientos y se aparta de Dios, está falto de sabiduría.

Si el discernimiento es tan importante que de él depende la realización de nuestra existencia, es vital saber dónde se encuentra o cómo puede adquirirse. Para san Pablo, la condición necesaria para poseerlo consiste en que el amor de Dios, que procede del Espíritu Santo, sea el motor de nuestra existencia. “Para quien ama a Dios, todo concurre al bien.” Es el amor de Dios el que ilumina todos los acontecimientos del que ama, para discernir y ser encaminado por ellos al bien.

La propia comunidad, como germen del Reino de Dios, independientemente de sus limitaciones individuales, es la perla de gran valor, el tesoro que solo el discernimiento del amor que encierra hace posible apreciar a quien lo posee.

Para san Agustín, en efecto, la perla preciosa es la Caridad, y solo los que la poseen han nacido de Dios. Este es el gran criterio de discernimiento, continúa diciendo, porque aunque lo poseyeras todo, sin la Caridad de nada te serviría. Y, al contrario, si no tienes nada, si a todo renuncias y lo desprecias, y alcanzas a conseguirla, lo tienes todo. Como dice san Pablo: “El que ama ha cumplido la Ley” (Rm 13,8.10). Ha alcanzado el Reino de Dios, que es amor.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Santiago Apóstol

Santiago Apóstol

Hch 4, 33; 5, 12.27-33; 12.2; 2Co 4, 7-15; Mt 20, 20-28

Queridos hermanos:

En esta solemnidad de Santiago Apóstol, la Palabra nos presenta el anuncio de la Pasión como antesala luminosa de la Pascua. Santiago, el hijo del trueno, será el primero de los apóstoles en derramar su sangre por Cristo: el primero en beber del cáliz y el primero en ser bautizado con el bautismo del Señor. En él se inaugura la senda del martirio, que no es derrota, sino comunión plena con el Redentor.

Cristo asume la multitud de nuestros pecados y, al sumergirse en la muerte, prepara su resurrección victoriosa. Sin embargo, mientras Él se dispone a entregarse por amor, sus discípulos aún no logran superar la concepción mundana del Reino: sueñan con lugares de honor, sin advertir que la gloria del Mesías no se mide con los criterios de este mundo. La carne mira por sí misma, buscando influencias y privilegios.

Y ahí estamos también nosotros, retratados en la realidad caída de los apóstoles. Queremos figurar, sobresalir, prevalecer. Pero Cristo nos revela al hombre nuevo: aquel que se niega a sí mismo por amor, antepone el bien del otro al suyo propio y sirve sin esperar recompensa, incluso hasta entregar la vida. Ese es el camino del discípulo. Porque el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.

Es fácil dejarse seducir por los criterios del mundo. Pero Cristo vive en otra sintonía, propia del Espíritu: es la onda del amor. Su Reino no se edifica con poder, sino con entrega. Quien quiera estar cerca del Señor deberá acercarse a su bautismo y a su cáliz: símbolos de donación total.

Jesús va delante. No solo marca el camino; Él es el camino. Consciente de que los judíos lo buscaban para matarlo, camina firme, y sus discípulos se sorprenden y se llenan de miedo. ¿Acaso no es también nuestro temor el de entrar en el misterio del amor que se dona?

Este puede ser un punto clave para nuestra conversión: dejar de mirarnos a nosotros mismos y fijar la mirada en Cristo. Él es el rostro visible del Padre, que brilla en el amor y el servicio. Esa es la gracia que se nos ofrece: no como mérito, sino como comunión. El que ama ya no necesita esperar la recompensa de la vida eterna, porque Dios es amor, y quien ama ya vive en Dios. Ha pasado de la muerte a la Vida. Ha regresado al Paraíso.

  Proclamemos juntos nuestra fe.

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Viernes 16º del TO

Viernes 16º del TO

Mt 13, 18-23

Queridos hermanos:

La Palabra hace referencia a aquello de “tener ojos para ver, oídos para oír y corazón para comprender”. Hay un combate entre la fuerza del Evangelio y las dificultades que le oponen la dureza de nuestro corazón y la seducción del mal para que pueda fructificar. A la dureza del corazón se unen los obstáculos del ambiente, el ardor de las pasiones, la seducción de la carne, del mundo y de las riquezas.

En definitiva, nuestra naturaleza caída —por la concupiscencia—, a fuerza de ofrecer resistencia a la acción sobrenatural de la gracia, ha quedado indispuesta para la conversión y necesita un suplemento de ayuda, una gracia especial que debemos impetrar: una nueva acción gratuita de Dios que abra el corazón humano a la omnipotencia de su misericordia. Hace falta, en fin, acoger el “Año de gracia del Señor”, el tiempo favorable que nos llega con Cristo por medio del Evangelio. Después seguirá siendo necesario un constante cuidado, vigilancia y atención, como si del cultivo de un campo se tratara. Dios es el agricultor, por lo que necesitamos estar unidos a Cristo. Recordemos aquello de La Imitación de Cristo: «Temo al Dios que pasa».

«Velad y orad»; «esforzaos por entrar por la puerta estrecha»; «permaneced en mi amor»; «el que persevere hasta el fin, se salvará»; «el Reino de los Cielos sufre violencia, y sólo los que se hacen violencia a sí mismos lo arrebatan». Según aquello que dijo el Señor a la beata mexicana Conchita: «Hay gracias especiales que se adquieren con dolor». Estas palabras no contradicen en absoluto la gratuidad de la salvación de Cristo; expresan, en cambio, la necesidad de que nuestra adhesión al Evangelio se realice libre y voluntariamente.

Estas palabras nos recuerdan la necesidad del combate inherente a la vida cristiana, para el cual hemos recibido gratuitamente el Espíritu Santo, sin el cual es imposible dar el fruto del amor, necesario para alimentar al mundo: unos con treinta, otros con sesenta y algunos con ciento.

 Que así sea.

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Santa Brígida

Santa Brígida

Ga 2, 19-20; Jn 15, 1-8

El fruto del amor glorifica al Padre

Queridos hermanos:

Así como Cristo nos habló del pan de su Cuerpo, que sacia y da al mundo la vida divina, hoy el Señor nos habla de la vid, fuente maternal de donde brota el vino nuevo del amor divino, fruto abundante de su sangre para la vida del mundo.

En esta nueva imagen eucarística, la vida del Señor fluye hacia sus discípulos como la savia de la vid hacia los sarmientos. Llamados en Cristo, somos invitados a la fecundidad generosa del amor. Esa abundancia de amor es la que glorifica al Padre: no nuestras palabras o alabanzas, sino la transformación que su Espíritu obra en nosotros. Porque el Padre nos ha engendrado en Cristo, amándonos hasta el extremo.

La gloria del Padre es su Espíritu Santo, entregado a Cristo y comunicado a nosotros, para que seamos uno en el amor, como el Padre y el Hijo son uno (cf. Jn 17,22). Y ese amor nos hace testigos vivos de su misericordia. Porque Dios, en su infinita bondad, ha permitido que pecadores miserables como nosotros lleguemos a ser hijos suyos, negándonos a nosotros mismos y amando como Él nos ama. Así lo vivió san Pablo, y así estamos llamados a vivirlo nosotros.

Cristo glorificó al Padre entregándose por sus enemigos. «¡Padre, glorifica tu Nombre!», exclamó. Él es el fruto pleno del amor, aquel que Dios reclama por boca del profeta Oseas: «Yo quiero amor». Y es por ese amor que Dios, celoso de la salvación de todos, poda su viña, purifica y corta lo que no da fruto. Este celo lo expresa Cristo con su mandamiento: «Lo que os mando es que os améis unos a otros».

Pero cumplir este precepto no consiste en aplicarlo al otro, sino en hacerlo vida en uno mismo. Amar no es exigir al hermano, sino exigirse uno mismo: «Si amáis a los que os aman, ¿qué hacéis de particular?» El amor nos justifica, y quien ama justifica también al amado. Porque el amor excusa todo y no toma en cuenta el mal. Quien busca justificarse a sí mismo es quien aún no ha amado. En cambio, quien ama se inmola en alguna medida, y en ese sacrificio recibe de Cristo la plenitud del gozo (cf. Jn 15,11).

Hoy la Palabra nos habla del gran amor de Dios hacia el mundo de los pecadores y de nuestra misión: testimoniar ese amor con nuestra propia vida, especialmente ante quienes viven en la tristeza de la muerte. Dios quiere llenarnos de un celo que nos purifique y nos haga inocentes, pues «la caridad cubre multitud de pecados».

El Verbo fue enviado por el Padre, hecho hombre como nosotros, para traer el vino nuevo del amor divino a nuestros corazones, perdidos por el pecado, e introducirnos en la fiesta nupcial del Reino. Por la pasión y muerte de Cristo hemos sido perdonados, y por el Evangelio somos llamados a ser injertados en Él, la vid verdadera. Así, su vida divina fluye en nosotros, por la fe y por el Espíritu, para que demos el fruto abundante de su amor: vida para el mundo.

La obra de Dios en Cristo nos ha envuelto gratuitamente en su amor. Ahora nos toca a nosotros custodiar ese don, permanecer en su fuego divino y unirnos a Cristo por la gracia. Porque el fruto de su amor, unido a nosotros, lo alcanza todo del Padre. Y los hombres, tocados por ese amor que habita en nosotros, glorificarán al Padre por la salvación recibida en Cristo, en cuya mano ha sido puesto todo.

Bendigamos al Señor, que se nos da en la Eucaristía para renovar nuestro amor y avivar nuestro celo por aquellos que aún no le conocen.

 Que así sea.

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Santa María Magdalena

Santa María Magdalena

Ct 3, 1-4b; Jn 20, 1-2.11-18

"Cristo se manifiesta"

Queridos hermanos:

En los relatos evangélicos vemos constantemente que Cristo resucitado no es reconocido cuando aparece, sino en un segundo momento y sólo por algunos. Juan explica este hecho con el verbo “manifestarse”. San Juan utiliza este verbo con intención teológica: Cristo no se impone a la vista como simple aparición, sino que se revela, se manifiesta como gracia concedida a quien Él elige, especialmente a quienes le aman profundamente.

Así sucede con el apóstol Juan y con María Magdalena. También en momentos litúrgicos, como la fracción del pan en Emaús, o al entrar en el Cenáculo ante los once. En el Evangelio que hoy contemplamos, Jesús se manifiesta primero a María Magdalena, aquella de quien había expulsado siete demonios, testigo silenciosa de la muerte del Señor y fiel junto al sepulcro. Ella será la primera en contemplar a Cristo resucitado y en anunciarlo a los discípulos.

Este primer encuentro no es casual: prepara los posteriores encuentros mistagógicos y sacramentales con los once. A María, Cristo le dice: “Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios”. Aquí se inaugura la filiación divina compartida, el misterio por el cual somos hechos hijos en el Hijo.

El Hijo eterno, el Verbo encarnado, ha tomado cuerpo para cumplir la voluntad del Padre: “No quisiste sacrificios, pero me formaste un cuerpo… He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad” (Hb 10, 5s). Esa voluntad consiste en que los hombres sean incorporados a Cristo, adoptados como hijos en Él. Ya no somos sólo discípulos: somos hermanos en Cristo, miembros de su Cuerpo, unidos por el fuego vivo de su amor, como expresó el Papa Benedicto XVI: “Formamos una sola cosa con Él y entre nosotros”. ¡Qué sublime vocación la nuestra!

Y así como en el nacimiento humano la cabeza precede al cuerpo, en la glorificación de Cristo junto al Padre, su Cuerpo —la Iglesia— asciende también con Él. San Pablo lo proclama: “Hemos sido resucitados con Cristo y sentados con Él en los cielos”. Es el misterio consumado por su entrega y resurrección, el cumplimiento de la obra que el Padre le confió.

María Magdalena, que anhela tocar al Maestro, deberá esperar a que nazca plenamente el Cuerpo místico de Cristo —la Iglesia— para ser esposa, para tocarlo en la comunidad. Sólo en comunidad, como las mujeres en Mateo 28, 9, se le puede “abrazar y no soltar”, como la esposa del Cantar: “Lo he abrazado y no lo soltaré” (Ct 3, 4).

En la Iglesia, por la Eucaristía, se nos concede incorporarnos a Cristo, gustar su amor y adorarle abrazados a sus pies en comunión con los hermanos. Sólo en comunidad podemos decir con verdad: “Padre nuestro… Dios nuestro”.

 Que así sea.

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Martes 16º del TO

Martes 16º del TO

Mt 12, 46-50 

Queridos hermanos:

Aquellos en quienes la Palabra prende y fructifica son la familia de Jesús, porque reciben su mismo Espíritu. Dice Jesús en el Evangelio: «La carne no sirve para nada; el Espíritu es el que da vida». Y como afirma san Juan: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, en que amamos a los hermanos». La vida y la muerte están en correspondencia con la fe y la incredulidad.

El Evangelio pone de manifiesto la incredulidad de su pueblo y de sus parientes respecto de Cristo, al que consideran «fuera de sí» (Mc 3, 21) y al que intentan despeñar en su ciudad de Nazaret (Lc 4, 29). «Ni siquiera sus hermanos creían en Él» (Jn 7, 5), mientras destaca la fe de paganos y extranjeros, últimos que serán primeros. Cristo conoce perfectamente esta cerrazón cuando dice que «ningún profeta es bien recibido en su patria» (Lc 4, 23-24), y que en su casa carece de prestigio (Mt 13, 57).

Como en la Virgen María, en el seno del creyente que acoge la Palabra del Señor comienza a gestarse Cristo en una maternidad espiritual, que se hace plena en el cumplimiento de su voluntad, dándolo a luz por la caridad. Al mismo tiempo, se recibe la filiación adoptiva que hace hermano o hermana de Cristo. Como dice la Escritura: «Grita de gozo y alborozo, Sión, pues vengo a morar dentro de ti, dice el Señor». Y también: «Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre de los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre». El Señor quiere morar en nosotros y nos manifiesta su voluntad para que eso sea posible.

Jesucristo ha venido a unir, con los lazos de la fe, en un mismo Espíritu a todos los hombres, para formar la familia de los hijos de Dios, que conciben, gestan y dan a luz a Cristo. Lo concebimos por la fe, lo gestamos en la esperanza y lo damos a luz por la caridad.

Por encima de parentescos y patriotismos, Cristo viene a llamar a toda carne a su hermandad y maternidad; a la filiación adoptiva. Los lazos de la carne son naturales, mientras que los de la fe son sobrenaturales: vienen del cielo. Cristo afirma los lazos de la fe, por los cuales se acoge la Palabra de Dios hecha carne en Él y fructifica en nosotros. Por la fe se recibe el Espíritu de Cristo como verdadero parentesco.

¿Cómo podría enseñar Cristo que, por el Reino, hay que dejar padre y madre, si Él mismo no lo pusiera en práctica? Por encima del afecto carnal están los misterios del amor del Padre.

La carne dice: «Dichoso el seno que te llevó». El Espíritu, en cambio, proclama: «Dichosa tú que has creído». Dichosos los que han creído, guardado y visto fructificar en ellos la Palabra hecha carne. Los parientes que permanecen fuera, invocando la carne, no son tan dignos de consideración como los “extraños” que, dentro, acogen la enseñanza del Hijo, que da paso a una auténtica maternidad y fraternidad. A esta fe somos llamados también nosotros, para que podamos dar a luz a Cristo y ser, con Él, hijos de su mismo Padre.

Hoy la Palabra nos invita a escuchar y guardar, a creer y esperar, para llegar a amar.

 Que así sea.

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Lunes 16º del TO

Lunes 16º del TO 

Mt 12, 38-42

La señal del Señor en la predicación.

Queridos hermanos:

Para quien acoge la predicación, todo se ilumina; mientras que quien se resiste a creer permanece en las tinieblas. Dios se complace en el corazón que confía en Él contra toda esperanza, y lo glorifica quien pone su vida en sus manos. Como dice la Escritura: “Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará”.

Es Dios quien suscita la fe, no para imponerla, sino para enriquecer al ser humano mediante el amor. Por medio de su gracia nos hace gustar la vida eterna. Él dispone las bendiciones necesarias para la conversión de cada persona y de cada generación. Los ninivitas, la reina de Saba, los judíos del tiempo de Jesús… y nosotros también hemos recibido el don de la predicación como testimonio de su Palabra, que siembra vida en quien la escucha y la guarda.

Desde la salida de Egipto, en la marcha por el desierto, el pueblo de Israel pedía signos. Pero ni así se convertía. Del mismo modo, los contemporáneos de Jesús no podían ver las señales que Él realizaba, porque no tenían ojos para ver ni oídos para oír. Pedían una señal del cielo. Y Cristo, dolido por la cerrazón de su incredulidad, reconocía que no habría señal para esa generación más allá de las ya realizadas, porque sin fe no hay visión. La señal por excelencia de su victoria sobre la muerte quedará oculta, y sólo podrá “verse” en la predicación de los testigos, como ocurrió con Jonás.

Este no es tiempo de higos, sino de juicio. No de señales, sino de fe. Es tiempo de combate espiritual, de entrar en el seno de la muerte y resucitar, como Jonás, que pasó tres días en lo profundo del mar. Sólo al final, dice el Señor, se verá la señal del Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo.

Jonás ofreció dos señales: la predicación, que tocó el corazón de los ninivitas y los llevó a la conversión; y la de salir del seno de la muerte al tercer día, signo que sólo se anuncia por medio de las Escrituras. En cuanto a Cristo, muchos no aceptaron su predicación y tampoco pudieron ver su resurrección. Para ellos no hubo más señal que la proclamación de los testigos que Él mismo eligió.

El verdadero significado de las señales sólo puede percibirse desde la sumisión de la mente y la voluntad, que conducen a la fe y a la conversión. Dios nunca se impondrá anulando nuestra libertad. Por eso, toda gracia será purificada en la prueba, y toda fe será acrisolada en el fuego del discernimiento.

Nosotros hemos creído en Cristo. Pero hoy somos llamados a renovar esa fe, no tentándolo al pedir signos extraordinarios, sino suplicando el don de la fe y del discernimiento, que Él concede generosamente a quien lo pide con humildad. Así como sabemos distinguir lo material, pidamos la luz para discernir espiritualmente los acontecimientos de nuestra vida.

Que en la Eucaristía podamos entrar con Cristo en la muerte y resucitar con Él por la potencia de su brazo. Que nos libre de los enemigos que nos acosan y que, como antaño, sean hundidos en el mar.

 Amén.

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Domingo 16º del TO A

Domingo 16º del TO A

Sb 12, 13.16-19; Rm 8, 26-27; Mt 13, 24-43

Queridos hermanos:

La Palabra de hoy nos habla del Reino de los Cielos y de su dinámica interna, mostrándonos su potencia, que —como sabemos— se manifiesta en el esplendor de la misericordia divina, la cual, además de crearlo todo, lo engendra de nuevo, recreándolo en el amor por el perdón de los pecados.

La Revelación nos muestra que Dios no es sólo justo, omnipresente y omnisciente, sino, sobre todo y en primer lugar, Amor misericordioso, que crea al ser humano para un destino glorioso en la comunión con Él en el amor, y por tanto libre. Y cuando este elige el mal, Dios le concede la posibilidad de la conversión al bien y de la redención del mal. El Dios revelado en la fe no sólo permite la existencia del mal y un tiempo para la acción del maligno en espera de su justo juicio —que mira, ante todo, a la conversión y salvación de sus criaturas—, sino que concede al hombre la posibilidad de vencerlo con su gracia, a fuerza de bien, y de redimir al malvado. No existe, por tanto, contradicción alguna entre la existencia del mal en el ámbito de la libertad y la del Dios revelado como Amor, aunque sí pueda haberla con un ente de razón inexistente al que queramos llamar “dios”, “dios justo”, “dios omnipresente” o “dios omnisciente”.

La misericordia divina siembra la verdad y la vida a la luz de su Palabra, mientras la perfidia del maligno hace su siembra en la oscuridad de las tinieblas que le son propias, esparciendo la mentira, el engaño y la muerte. Pero así como las tinieblas no vencieron a la luz cuando fue creado el mundo, tampoco la vencieron cuando este fue recreado de nuevo y salvado de la muerte del pecado. Ahora es tiempo de paciencia y de misericordia: “tiempo de higos”; tiempo de potencia en el perdón; tiempo del eterno amor en espera de la justicia y del juicio.

Todos somos llamados al amor, pero esta llamada implica un camino de conversión, de afirmación y de maduración en la caridad; un tiempo en el que es posible la transformación de la cizaña en trigo, hasta alcanzar la santidad necesaria que nos introduzca en Dios.

No podemos olvidar que san Pablo fue, durante un tiempo, cizaña; y Dios permitió el mal que hizo, y con su paciencia y su gracia lo salvó, de modo que dio tanto fruto, venciendo el mal a fuerza de bien. El punto de partida de este itinerario de conversión es la humildad, que además acompaña toda la vida cristiana. Así lo expresa el Padrenuestro, en el que nos reconocemos pecadores y testificamos, al mismo tiempo, que el amor de Dios en nosotros ha comenzado a fructificar.

 Proclamemos juntos nuestra fe

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Sábado15º del TO

Sábado 15º del TO

Mt 12, 14-21

El Rostro de la Misión Redentora

Queridos hermanos, en esta Palabra contemplamos al Señor, quien no cesa en su misión salvadora, aunque la sombra de la persecución comienza a extenderse. Aun cuando se cierne el peligro, Él camina con firmeza hacia el cumplimiento de su propósito divino. Y cuando llegue “su hora”, no será otro, sino Él mismo, quien se encamine hacia Jerusalén, la ciudad donde todo verdadero profeta ha de ser consumado según el designio eterno del Padre.

Pero no nos engañemos: el Señor no busca la gloria mundana ni los aplausos de una exaltación pasajera. Él rehúye el éxito que confunde, la fama que distorsiona y la aclamación que no proviene del amor redentor del Padre. A menudo, nuestra razón —tan limitada y miope frente al plan de Dios— se ve incapaz de reconocer, entre acontecimientos contradictorios, la infinita grandiosidad del amor, la sabiduría y el poder divinos, que obrando en silencio tejen la salvación del mundo.

Ya los profetas, inspirados por el Espíritu, habían anunciado lo que concernía a la vida, la palabra y la misión del Mesías. Pero sólo quienes acogen ese mismo Espíritu pueden discernir el significado profundo de los acontecimientos —pasados, presentes y futuros— que revelan el cumplimiento de la voluntad misericordiosa del Padre. Elección, encarnación, predicación, redención: cada una de estas etapas desvela el misterio oculto desde la creación del mundo.

El Verbo eterno, el Hijo predilecto en quien el Padre se complace, ha sido manifestado como el Siervo elegido. En Él, la justicia y el derecho cobran vida por medio de una misericordia omnipotente, encarnada en la oblación inaudita de su amor. En su entrega se revela el sendero estrecho que conduce a la vida verdadera. Y por ese camino, Él va en busca de los que se han extraviado por el ancho sendero de la perdición, aquellos que, sin esperanza y sin fuerzas, clamaban por volver al “Pastor y Guardián de nuestras almas”.

 Que así sea.

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Viernes 15º del TO

Viernes 15º del TO 

Mt 12, 1-8

 “Misericordia quiero, y no sacrificios” (Mt 9,13)

 Queridos hermanos:

Partamos de un error común pero profundo: el mal discernimiento que los judíos tenían respecto al sábado. El Evangelio nos revela con claridad que el corazón de toda ley divina es el amor. Solo cuando el amor madura en el corazón del creyente florece el discernimiento, y es entonces cuando se aprende a distinguir entre la letra y el espíritu de la ley, entre lo importante y lo accesorio.

Por eso el Señor les dice: “¿Cuándo vais a entender lo que significa aquello de: ‘Misericordia quiero y no sacrificios’?”. Porque una justicia sin misericordia es crueldad, y nada hay más lejano del verdadero espíritu de la ley. El sábado no es simplemente un precepto: es una invitación al amor. Es una llamada a que el corazón humano se eleve por encima del interés y se fije en Dios. El sábado es presencia divina que da vida y sentido al hombre más allá de sus ocupaciones y relaciones cotidianas.

Entre los mandamientos de la ley, algunos tienen gran relevancia, como el descanso sabático, pero todos se sostienen sobre un mismo fundamento: el amor. Porque vienen de Dios, que es amor, y buscan edificar al hombre en la gratuidad, la contemplación y la bondad divina.

Ante los conflictos entre la letra y el espíritu de la ley, ¿qué necesitamos? Discernimiento, sí, pero uno que brota del amor. Solo cuando el corazón está lleno de caridad se puede juzgar rectamente. Las “gafas” para ver al otro sin distorsión son la caridad, porque, como nos dice la Escritura: “Yo quiero amor y conocimiento de Dios” (Os 6,6).

A los que no supieron discernir, Jesús les dice: “Id y aprended qué significa aquello de: ‘Misericordia quiero, no sacrificios’”. Pues el discernimiento, hermanos, distingue lo esencial de lo periférico; capta el alma del precepto, siempre iluminado por la caridad. Mientras la ciencia puede inflar el ego, la caridad edifica (1 Co 8,1), porque es derramada en nuestros corazones por el Espíritu de Dios.

Detrás del discernimiento hay una gran verdad: “Ama y haz lo que quieras”, como enseñaba san Agustín parafraseando a Tácito. Donde hay amor, hay sabiduría; donde falta el amor, sobra la necedad.

La misericordia de Cristo no conoce días prohibidos. Por eso el paralítico toma su camilla en sábado; por eso Jesús toca al leproso y abre corazones a la bendición y a la glorificación de Dios. Eso es el sábado: un día para poner el corazón del hombre en el cielo, su cuerpo y su espíritu.

El sábado nos libera del peso de la maldición que cayó sobre el trabajo y nos concede un anticipo de la vida, donde Dios será nuestro único sustento eternamente. ¡Qué don tan grande! ¡Qué revelación de su amor!

Que así sea.

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Jueves 15º del TO

Jueves 15º del TO

Mt 11, 28-30

El yugo que salva

Queridos hermanos, hoy la Palabra nos habla del yugo, esa imagen que evoca el trabajo, la entrega y el esfuerzo compartido. El yugo es algo que todos, tarde o temprano, llevamos en esta vida, queramos o no. Y cuando miramos con los ojos de la fe, descubrimos que ese yugo se ha vuelto pesado, no por la voluntad de Dios, sino por el pecado, que se ha posado sobre nuestros hombros como una carga que esclaviza y agota. Así lo señala la Carta a los Hebreos: la experiencia de muerte que vivimos como consecuencia del pecado nos hace sentir que somos siervos del mal y no hijos de Dios.

Pero el Evangelio de hoy nos ofrece una invitación divina: cambiar el yugo del pecado por el yugo de Cristo. Él no nos impone cargas insoportables; al contrario, nos dice: «Mi yugo es suave y mi carga ligera». Su propuesta no es dominar, sino compartir; no es oprimir, sino redimir. Frente a la soberbia que nos hace querer ser dioses, el Señor nos muestra el camino de la humildad: Él, siendo eterno y todopoderoso, se hizo pequeño, asumió nuestra carne y se humilló hasta la muerte, y muerte de cruz.

Si el poder del Señor alcanza para crear y gobernar el universo, ¿cuánto más podrá cuidar de nosotros, que somos su creación más amada? Su amor no tiene límites. La misma fuerza con la que puso en marcha las galaxias es la que ha empleado para redimirnos.

Cristo fue enviado por el Padre para liberarnos, para romper las cadenas de la culpa mediante el perdón. Y lo hizo uniéndose a nuestra naturaleza, «uncido» a nuestra debilidad, para arar a nuestro lado. Como dice un antiguo proverbio: «Si quieres arar recto, ata tu arado a una estrella». Y esa estrella es Cristo, nuestro guía, nuestro yugo de redención.

Rábano Mauro lo expresó con sabiduría: «El yugo del Señor Jesucristo es el Evangelio, que une en una sola unidad a judíos y gentiles». Llevar ese yugo debe ser nuestro honor y no nuestra vergüenza. No lo despreciemos ni lo pisoteemos con los pies enlodados por los vicios. Más bien, aprendamos de Él, como dice la Escritura: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (cf. Catena áurea, 4128).

Cristo, por el fuego del amor que ardía en su corazón, se abajó para purgarnos. Como enseñó San Juan de Ávila: «Si el que es alto se abaja, con cuánta más razón el que tiene tanto por qué abajarse no debe ensalzarse. Si Dios es humilde, también el hombre debe serlo» (Audi filia, caps. 108 y 109).

¿Quieres ser grande? Comienza por ser pequeño. ¿Quieres construir algo elevado? Cava primero la base profunda de la humildad. San Agustín lo decía así: «Cuanto más alto quieras levantar el edificio, más hondo debes excavar sus cimientos… para alcanzar la presencia misma de Dios» (Sermones, 69, 2).

Hoy el Señor nos entrega un regalo: su yugo. No es una carga que aplasta, sino una alianza que sostiene. Es el vínculo de amor por el cual aramos juntos el campo de nuestra salvación. ¿Lo aceptarás? ¿Te unirás a Él en la humildad y la mansedumbre que redimen el mundo?

 Que así sea.

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Miércoles 15º del TO

Miércoles 15º del TO

Mt 11, 25-27

Queridos hermanos, esta palabra nos hace presente en primer lugar al Padre, Señor del cielo y de la tierra, que a través de su Espíritu de sabiduría, inteligencia y ciencia, da a conocer, revela “estas cosas”, a los discípulos, sus “pequeños hermanos”; les revela el Reino de Dios que es Cristo, y sus misterios: El Mesías, el Hijo de Dios vivo, la Encarnación del Verbo y la Santificación del hombre; nuestro Señor y nuestro Dios, y oculta todo esto a aquellos sabios e inteligentes a sus propios ojos, que se resisten a creer.

 ¡Maravillosa pedagogía del Señor! Él revela los misterios del Reino —la justicia, la paz y el gozo en el Espíritu Santo— a los discípulos que se hacen “pequeños” por la fe. Aquellos que, en docilidad, someten su mente y voluntad al Dios que se manifiesta en su Palabra. Él, siendo Dios, se humilló tomando la condición de esclavo. Se puso a nuestro servicio, porque es manso y humilde de corazón, y comunica su Espíritu a cuantos creen en Él.

El príncipe de este mundo ha sido juzgado, el pecado ha sido perdonado, y el pecador ha sido justificado. ¡Este Espíritu es el Don de Dios! De él nace el conocimiento del Hijo, y por el Hijo, llegamos al conocimiento del Padre. A través de Él, entramos en comunión con los misterios del Reino. Pero aquellos que se apoyan en su razón ebria de sí, en su soberbia, son vistos desde lejos por el Señor. Porque, como dice la Escritura, tienen ojos y no ven, oídos y no oyen; su corazón se ha endurecido, y han rechazado la gracia de la conversión.

Cristo contempló los signos de la irrupción del Reino y exultó de gozo ante el Padre, en el Espíritu: “El Reino de Dios ha llegado.” Y ¿quién lo recibe? Los pequeños. Aquellos que, por la fe que brota al resonar la predicación en sus corazones, se hacen tierra fértil. Ellos acogen la gracia, se dejan conducir por el Espíritu, y el Padre se revela en quienes se asemejan a su Hijo. Pequeño es el que se abandona en las manos del Señor, como Cristo en las manos del Padre.

Frente a la soberbia diabólica, Cristo eligió manifestarse en los pequeños. Él mismo se hizo el último, el servidor de todos. Así, cuando un discípulo se hace pequeño por el Reino, permite que quien lo acoge en nombre de Cristo, acoja al mismo Dios que lo envió. El que se presenta con poder y prepotencia no hace presente a Cristo, sino a aquel que se opuso a Él. Por eso, quienes han de ser enviados como discípulos de Cristo, deben hacerse pequeños como niños, para el bien de aquellos que los reciben.

Y no olvidemos esta promesa poderosa: «Y todo aquel que dé de beber tan solo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa.»

  Que así sea.

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