Viernes 17º del TO
Mt 13, 54-58
Queridos hermanos, ¿quién no se ha sentido desconcertado ante la grandeza que brota de la humildad? No es de extrañar la perplejidad de los habitantes de Nazaret, los conciudadanos de Jesús, al ver que aquel a quien conocieron como “el hijo del carpintero” emerge de pronto como maestro y profeta, asombrando al mundo con sus palabras y sus obras.
También nosotros, si somos
sinceros, luchamos por comprender esa elección libre y gratuita del Señor, que
—como dice la Escritura— “alza del polvo al pobre para sentarlo entre los
príncipes de su pueblo”. Esta es la lógica divina que atraviesa toda la historia
de la salvación: una lógica que escoge lo pequeño para confundir lo grande, lo
débil para avergonzar a lo fuerte, lo despreciado para revelar la dignidad
escondida.
Según una antigua
tradición copta, san José —viudo y padre de cuatro hijos: Santiago, José, Simón
y Judas— se desposó con María, y fue así como Santiago, aún niño, entró en la
familia. Con
todo, la Escritura parece contradecir claramente esta hermosa tradición (cf.
Brant Pitre, “Jesús y las raíces judías de María”, p. 136).
Con el paso del tiempo,
este niño sería llamado “el hermano del Señor”, pues llegó a ser uno de los
doce apóstoles. José, el tekton, el artesano —carpintero, como solemos
traducirlo— encarnaba la humildad y el trabajo silencioso. Y de su oficio y
figura tomaría Jesús su único título distintivo entre sus paisanos: “el hijo
del carpintero”.
A través de José, el Padre
nos revela la humildad del Hijo. En contraste con la soberbia que rige los
poderes del mundo, el Señor se nos muestra manso, rechazando la violencia que
nace del orgullo. Es el Cordero degollado quien vence a la bestia. Para transitar
los caminos del amor —¡del verdadero amor!— se requiere humildad, mansedumbre y
sumisión. No son virtudes débiles, sino la fortaleza de quienes han aprendido a
confiar en el poder de Dios.
Hoy el Señor nos invita a
reconocer su encarnación, que muchas veces se nos presenta en rostros comunes,
en personas enviadas que nos desconciertan. Y nos llama, como lo hizo con su
pueblo, a superar la tentación de despreciar lo conocido, de rechazar al que no
encaja en nuestras expectativas. Porque el Mesías, hermanos, sigue viniendo a
nosotros envuelto en humildad.
¡Que tengamos ojos para
ver y corazones para recibir a Aquel que viene a salvarnos desde lo más bajo,
entregando su vida hasta el extremo!
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