Lunes 13º del TO

Lunes 13º del TO

Mt 8, 18-22                     

Queridos hermanos:

El Reino de los Cielos requiere cortar con el mundo. Todo se debe posponer para su realización. Ni la familia es un valor absoluto frente a él cuando aparece la llamada a seguir a Cristo, que supondría una precariedad en el desprendimiento, como en las parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa. Sólo quien descubre su valor lo sabe apreciar, como decía san Pablo: “Todo lo tuve por basura con tal de ganar a Cristo”.

 Si el cometido del hombre sobre la tierra es conseguir la salvación mediante su incorporación al Reino de Dios, hacerla presente a los hombres a través del anuncio del Evangelio es prioritario respecto a cualquier otra realidad de esta vida.

El amor de Dios es llamada, envío y misión, que se van perpetuando en el tiempo a través de los discípulos, invitados al seguimiento de Cristo. Toda llamada a la vida, a la fe, al amor y a la bienaventuranza lleva consigo una misión de testimonio que tiene por raíces el amor recibido y el agradecimiento. Pero, siendo miembros de un cuerpo, tenemos distintas funciones que el Espíritu suscita y sustenta por iniciativa divina para la edificación del Reino, del cuerpo, y son prioritarias en la vida del que es llamado.

El seguimiento de Cristo es, por tanto, fruto de la llamada por parte de Dios, a la que el hombre debe responder libremente, anteponiéndola a cualquier otra cosa que pretenda acaparar el sentido de su existencia. La llamada mira a la misión y, en consecuencia, al fruto, proveyendo la capacidad de responder y la virtud de realizar su cometido, teniendo en cuenta que puede tratarse de objetivos superiores a las solas fuerzas. Sólo en la respuesta a la llamada se encuentra la plenitud de sentido de la existencia, que de por sí constituye ya la primera explicitación de la llamada libre de Dios.

La carne y la sangre tienen también su propia solicitación a través de los afectos y de las demás fuerzas de la naturaleza, que hay que saber distinguir de la llamada de Dios, que está en un plano sobrenatural, al cual es atraído el hombre elegido por Dios para la misión. Es en la misión donde su existencia alcanza su plena realización, contribuyendo a la edificación del Reino de Dios sobre la tierra. Todo proyecto humano debe posponerse al plan de Dios, cuyo alcance trasciende nuestras limitaciones carnales y espacio-temporales, situándolo en una dimensión de eternidad.

Mientras los “muertos” por las consecuencias del pecado continúan enterrando a sus difuntos, los llamados de nuevo a la vida por la gracia del Evangelio, invocando al Espíritu, abren los sepulcros de los muertos y arrancan sus cautivos al infierno.

Nadie puede arrogarse semejante misión, que requiere en primer lugar el haber sido restablecido de nuevo a la vida, para lo cual se necesita escuchar la voz del Redentor que le dice: “Yo soy la resurrección y la vida; ¡tú, ven y sígueme!”

Hay muchas motivaciones para querer seguir a Cristo, y muchos pretextos para postergar su llamada. Seguir a Cristo, poniendo la propia vida a su servicio, supone una renuncia superior a las propias fuerzas, que sólo la gracia particular de la llamada del Señor hace posible, permitiendo al hombre negar los imperativos de la carne, que desea realizarse humanamente a través del éxito, de la estima de los otros, del afecto humano y del bienestar engañoso que le ofrece el mundo.

Es Dios quien discierne y llama a quien quiere, dándole su gracia. Pero es el hombre quien, libre y diligentemente, debe responder acogiendo la gracia que se le ofrece, sin mirarse a sí mismo, sino a quien lo llama, situándolo con su respuesta en el lugar que le corresponde, por encima de sus intereses y de las prioridades de la carne.

         La voluntad humana debe dar paso a la de Dios para acoger la llamada, que es siempre iniciativa divina. 

Que así sea.

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Sagrado Corazón de Jesús C

Sagrado Corazón de Jesús C

Ez 34, 11-16 ; Rm 5, 5-11; Lc 15, 3-7

Queridos hermanos:

Celebramos hoy esta solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. El Sagrado Corazón de Jesús es un símbolo muy importante en la fe. Representa el amor y la compasión divina de Cristo hacia la humanidad, siendo un recordatorio de su sacrificio de amor por todos. Históricamente, ha sido una devoción popular, promovida por visiones como las que tuvo Santa Margarita María de Alacoque en el siglo XVII, enfatizando la importancia de la Eucaristía y la reparación por los pecados. La fiesta se celebra el viernes después del Corpus Christi y es el momento clave para esta devoción.

En el Evangelio de Mateo se refleja la invitación de Jesús a encontrar descanso y consuelo en Él. Es una llamada profunda a la confianza y a la fe, ofreciendo alivio a quienes se sientan sobrecargados por las dificultades de la vida.

Es una invitación poderosa a encontrar paz en medio de las pruebas, y refleja la compasión y el amor incondicional que el Señor ofrecía a todos, invitando a hallar guía y descanso en la humildad y mansedumbre de su corazón. Nos anima al sosiego a través de su humildad y mansedumbre, y a aprender de su ejemplo de amor.

Aunque se tienen noticias de esta devoción desde la Edad Media (siglo XII), y más tarde con los misioneros jesuitas y San Juan Eudes, no es hasta 1690 cuando comienza a difundirse con fuerza, a raíz de las revelaciones a Santa Margarita María de Alacoque.

Clemente XIII, en 1765, permite a los obispos polacos establecer la fiesta en esta fecha, el viernes siguiente a la octava de Corpus Christi; pero será Pío IX, en 1856, quien la extienda a toda la Iglesia. Después, León XIII consagrará al Corazón de Jesús todo el género humano. Pío XII, el 15 de mayo de 1956, publica su encíclica Haurietis Aquas, sobre la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

En esta solemnidad, la liturgia de la Iglesia nos lleva a contemplar el amor misericordioso de Cristo, Buen Pastor, que por nosotros ha dejado a las noventa y nueve en el cielo y ha venido a buscarnos; amor por el que ha padecido la pasión, derramando su sangre, y por el que su costado fue traspasado por la lanza del soldado, manando sangre y agua. Los Padres han visto en esto una figura de los sacramentos de la Eucaristía y del Bautismo, que fundan la Iglesia y la sostienen en medio de las dificultades de la vida cristiana.

La clave de lectura de toda la creación, de toda la historia de la salvación y de la redención realizada por Cristo es el amor de Dios. Pero el amor no es una cosa meliflua, sino la donación y la entrega que lo hacen visible en la cruz de Cristo, por la que el Buen Pastor sale en busca de la oveja perdida: “Mi alma está angustiada hasta el punto de morir”; esto es: “¡Muero de tristeza y de angustia por ti!”. Esas son palabras de amor en la boca de Cristo, que se hacen realidad en su entrega.

La Eucaristía viene a introducirnos en este corazón abierto de Cristo, que nos baña con su amor, haciéndonos un solo espíritu con Él.

            Que así sea.

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Miércoles 12º del TO

Miércoles 12º del TO

Mt 7, 15-20

Queridos hermanos:

Si profeta es el que habla en nombre de Dios, el falso profeta, aunque pretenda hablar en su nombre, en definitiva lo hace en nombre del diablo, mentiroso y padre de la mentira, que le inspira la falsedad por la maldad con la que ha llenado su corazón. Del corazón, como dice la Escritura (cf. Mt 15,19; Mc 7,21s), salen las intenciones malas y todas las perversidades que contaminan al hombre, y que el Evangelio de hoy denomina “sus frutos”. San Lucas añade: “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca” (Lc 6,45).

Hemos escuchado que los falsos profetas se disfrazan de ovejas; su disfraz es su hipocresía y sus palabras, que, aun apareciendo en ocasiones como buenas, tratan de engañar a quienes se dejen seducir por ellas. Por eso, en estos casos, dirá Jesús: “Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen” (Mt 23,3).

La persona está llena de fantasías, ilusiones y deseos, pero su verdad se manifiesta en sus actos conscientes y libres, que la definen y la construyen. Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios (Rm 8,14).

El corazón debe estar sólidamente adherido al Señor mediante las acciones de nuestra voluntad y no solo por vanas especulaciones de nuestra mente, por las palabras, por los sentimientos o los deseos.

Con frecuencia, nuestro corazón está lleno de sí mismo: de nuestros miedos y nuestra desconfianza, que se plasma en la incredulidad y, con dificultad, se abre a la voluntad de Dios, que es siempre amor y fortaleza para quienes en Él se refugian. Por eso, la incidencia de la Palabra de Dios en nosotros es, con frecuencia, débil, al no encontrar resonancia en el abismo de nuestro corazón.

Las obras de justicia con las que respondemos a la voluntad amorosa de Dios son las piedras sillares que sostienen la casa del justo, para que se mantenga en pie eternamente. Solo en sus acciones se muestra la verdad de la persona, como decía Juan Pablo II en Persona y acción, y el resto son intenciones, fantasías e ilusiones, como decía santa Teresa. “Hechos son amores”, como dice la sabiduría popular.          

           Que así sea.

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Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo C

 

Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo C

Ge 14, 18-20; 1Co 11, 23-26; Lc 9, 11-17

Queridos hermanos:

Más conocida como la fiesta del “Corpus Christi”, tiene su origen remoto en el surgir de una nueva piedad eucarística en el Medioevo, que acentuaba la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento. Las revelaciones a la beata Juliana dieron origen a la fiesta en 1246 de forma local, hasta que el papa Urbano IV la extendió a toda la Iglesia en 1264. Con todo, solo en 1317 fue publicada la bula de Juan XXII, por la que la fiesta fue acogida en todo el mundo.

En el siglo XV, y frente a la Reforma protestante, la procesión del Corpus adquiere el carácter de profesión de fe en la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

En 1849, Pío IX instituye la fiesta de la Preciosísima Sangre de Cristo, hasta que en el nuevo calendario ambas fiestas se funden en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

El sacramento de su cuerpo y de su sangre, en el que Cristo nos ha dejado el memorial de su Pascua —muerte y resurrección—, es cuerpo que se entrega y sangre que se derrama para perdón de los pecados; es anuncio de su muerte y proclamación de su resurrección en espera de su venida gloriosa; es sacrificio redentor que expía los pecados y trae la paz, la libertad y la salvación, comunicando vida eterna.

Superando la Ley con sus sacrificios, incapaces de cambiar el corazón humano para retornarlo a la comunión definitiva con Dios, se proclama este oráculo divino que leemos en la Carta a los Hebreos referido a Cristo: “No quisiste sacrificios ni oblación, pero me has formado un cuerpo. Entonces dije: ¡He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad!”. Y dice san Juan: “Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros”. Cristo, la Palabra, ha recibido un cuerpo de carne para hacer la voluntad de Dios, entregándose por el mundo y retornándolo a la vida: «Esta es la voluntad de mi Padre —dice Jesús—: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna; el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo». «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre, verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él». «El Espíritu es el que da vida; las palabras que os he dicho son espíritu y son vida». Comer la carne de Cristo, entrar en comunión con su cuerpo, es entrar en comunión con su entrega por la salvación del mundo.

Habiendo gustado el hombre en el paraíso el alimento mortal del árbol de la ciencia del bien y del mal, que “le abrió los ojos” a la muerte, le era necesario comer del otro árbol, situado también en el centro del paraíso, que lo retornase a la vida para siempre; y así como la energía del alimento mantiene vivo a quien lo toma, así la vida eterna de Cristo pasa a quien se une a él en el sacramento de nuestra fe, que es su cuerpo, fruto que pende del árbol de la cruz, árbol de la vida, que por la fe en Jesucristo “abre ahora sus ojos”, dando acceso de nuevo al paraíso. Como dice san Pablo: “Ahora, vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros” (1 Co 12,27).

            Si la figura pascual del cuerpo y la sangre de Cristo llevó tan gran fruto de libertad en medio de la esclavitud de Egipto, ¡cuánto más la realidad de la Verdad plena dará la libertad a toda la tierra, habiendo sido entregada por el bien de toda la naturaleza humana!

            El rey sacerdote Melquisedec —figura de Cristo— bendice a Dios y a Abrahán, padre de los creyentes; mediando entre Dios y los hombres, presenta a Dios la ofrenda y alcanza para ellos su bendición. Ofrece a Dios pan y vino, figuras también de la propia entrega de Cristo en su cuerpo y en su sangre, alianza nueva y eterna, por cuyo memorial serán saciados y bendecidos todos los hombres en la fe de Abrahán.

        Que nuestra lengua cante, como dice el himno eucarístico, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa que el Rey derramó como rescate del mundo. 

          Proclamemos juntos nuestra fe.

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La Santísima Trinidad C

La Santísima Trinidad C

Pr 8, 22-31; Rm 5, 1-5; Jn 16, 12-15

Queridos hermanos:

Dedicamos este día a contemplar el misterio de Dios, que nos ha revelado Nuestro Señor Jesucristo al hablarnos del Padre y enviarnos el Espíritu, quien ha guiado a su Iglesia a la verdad completa. Recorremos el camino que va desde la fe en Dios, de la que habla el libro del Eclesiástico (43, 27): “Él lo es todo”, hasta la fe en la Trinidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. No se trata, por tanto, del fruto de la razón y la especulación humana, sino de aquel misterio que el Hijo ha contemplado eternamente, “vuelto al Padre”, como dice san Ireneo, y bajo su mirada, en el Espíritu Santo.

Contemplamos, por tanto, el misterio del amor fecundo del Padre, en el que hemos sido engendrados a su imagen y semejanza, y predestinados a su gloria eterna por amor: “Sed santos, porque yo soy santo” (Lv 11, 44). Creados para ser santos e inmaculados en su presencia (cf. Ef 1,4).

Contemplamos asimismo un misterio de gracia, por el cual el Padre envía al Hijo a redimirnos, perdonando nuestros pecados, y derrama el amor de Dios en nuestros corazones mediante el don de su Espíritu Santo.

Contemplamos, en fin, un misterio de comunión, que nos alcanza y nos arrastra tras el Señor, al encuentro de nuestros hermanos, por su presencia estable en nosotros, en quienes ha hecho su morada.

Llamados a ser santos, hemos sido santificados por la gracia de Cristo, haciéndonos capaces de entregarnos también nosotros por el bien de nuestros hermanos. 

Esta fiesta fue instituida por el papa Juan XXII en el siglo XIV, y en ella contemplamos a Dios en la intimidad de su amor, que se difunde en la creación y en la redención de la humanidad herida por el pecado. Dios, paternal en caridad, fuerte y cercano, que envía y se entrega por la salvación del mundo.

El Evangelio dice que el Espíritu Santo lleva a los discípulos a la verdad plena. Dios, comienza revelándose a Abrahán y completa su revelación en Cristo, dándose a conocer en su propio Hijo y enviando su Espíritu, que, como dice la segunda lectura, derrama su amor en nuestros corazones.

Esta verdad de Dios uno y trino, origen y meta de todo lo que existe, es completa en cuanto nuestra mente es capaz de aprehender de Él como verdad que ha querido revelar. Pero Dios es mayor que nuestra mente y mayor que cuanto de Él podamos comprender. Un día, como dice san Juan, nuestro conocimiento de Dios será mayor porque “lo veremos tal cual es”, habiendo sido ensanchada nuestra capacidad y colmado nuestro corazón de su amor. Aun entonces, la plenitud de nuestra capacidad no llevará consigo el que lo poseamos totalmente en su infinita grandeza, ni aunque por toda la eternidad nuestra capacidad sea constantemente ensanchada.

A través de la fe comenzamos a ser su pueblo, y Él, nuestro Dios, iniciando la vida divina en nosotros y abriéndonos a una plenitud cada vez mayor en su conocimiento. El Padre envía al Hijo, el Hijo revela al Padre, y ambos envían al Espíritu Santo.

La fe en el Hijo nos revela el amor del Padre, que nos salva y nos une a Él y a los hermanos en la comunión con Él, por el Espíritu.

Dios es, pues, comunidad fecunda de amor que se abre al encuentro con la creatura para abrazarla en la comunión por la entrega de sí, reconciliándola consigo.

Que Dios se nos muestre como comunidad de amor nos revela algo muy distinto de un ser monolítico, solitario y fríamente perfecto y poderoso, que gobierna y escruta todas las cosas desde su impasibilidad inconmovible, como un legislador distante a la espera de un ajuste de cuentas inapelable, como dijo alguien. El amor salvador y redentor de Dios testifica la naturaleza divina que lo hace implicarse con sus criaturas, a las que no solamente concibe, sino a las que se dona, uniéndose a su acontecer de forma total e indisoluble.

El misterio de Dios es, en muchos aspectos, inalcanzable para nuestra mente, pero lo que la Palabra nos hace contemplar es lo que Él mismo ha querido manifestarnos para unirnos a Él: Padre, en Espíritu y Verdad, moviendo nuestra voluntad a amarlo. Contemplamos su misterio de amor, que nos alcanza y nos arrastra tras de sí al encuentro del otro.

Dios se deja conocer por nosotros a través del Hijo de su amor, para comunicarnos su Espíritu, que nos une en su comunión eterna. Por la gracia de Cristo llegamos al amor del Padre en la comunión del Espíritu Santo.

Nuestro origen queda recreado, cancelando nuestra mortal ruptura con el origen amoroso de cuanto existe: misterio de amor omnipotente, de comunión y de gracia, con el que Dios se nos revela íntimamente en el abismo de nuestro corazón.

Profesar la fe en la Santísima Trinidad quiere decir aceptar el amor del Padre, vivir por medio de la gracia del Hijo y abrirse al don del Espíritu Santo; creer que el Padre y el Hijo vienen al hombre juntamente con el Espíritu y en él habitan; alegrarse de que el cristiano sea templo vivo de Dios en el mundo; vivir en la tierra pero, al mismo tiempo, en Dios; caminar hacia Dios con Dios.

Si todo en la creación tiene como fuerza motriz el amor, que ha sido inscrito en ella por el Creador, del cual ha recibido la existencia, y el amor engendra amor que busca un fruto a través del servicio, ¡cuál no será el amor del Creador por los hombres!

Santo, Santo, Santo; Padre, Hijo y Espíritu. Amén.

             Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 10º del TO

Sábado 10º del TO

Mt 5, 33-37

Queridos hermanos:

La novedad de vida que el Espíritu Santo derrama en el corazón del creyente da consistencia a la entera persona en sus pensamientos, palabras y acciones. Se trata de un “hombre nuevo”, regido por la naturaleza divina interiormente, como cumplimiento de la promesa de Dios anunciada por Jeremías: “Escribiré mi ley en sus corazones”.

El hombre antiguo, en su precaria consistencia moral, era impelido a apoyar sus afirmaciones y sus decisiones en la solidez de una autoridad exterior a sí mismo que le proporcionara credibilidad. Por ello, recurría al juramento, invocando una alianza lo más firme posible según el entorno en el que se desenvolvía, ya fuera con elementos de la naturaleza, realidades trascendentes o incluso personales (el cielo, la tierra, el templo, Jerusalén o la propia cabeza), los cuales normalmente entraban bajo el ámbito de la idolatría. Por eso, en el Antiguo Testamento encontramos exhortaciones como estas: “No juraréis en falso por mi nombre: profanarías el nombre de tu Dios” (Lv 19, 12); “Al Señor, tu Dios, temerás, a él servirás y por su nombre jurarás” (Dt 6, 13).

El hombre nuevo, en cambio, apoyándose en el testimonio interior del Espíritu de la Verdad y superada su propia debilidad, puede prescindir completamente del juramento y afirmar lacónicamente: sí, cuando es sí, y no, cuando es no, cuidando de que no contradiga con sus obras lo que afirma con sus palabras. El hombre nuevo no se apoya ni siquiera en su propia persona para jurar, sabiéndose siervo inútil adquirido por el Señor. Todo lo demás, como dice el Evangelio, es un retorno al “hombre viejo”, gobernado por el Maligno, a quien la ley antigua permitía jurar por su debilidad. En Jesucristo, la antigua ley de la imperfección anterior conduce a la plenitud en la nueva ley (cf. San Juan Crisóstomo, en Mateo. 17, 6).

San Hilario comenta: “No les es necesario jurar a los que viven en la sencillez de la fe, porque para ellos lo que es verdad, lo es, y lo que no es verdad, no lo es. Por eso, sus palabras y sus obras siempre son verdaderas”. 

Para san Jerónimo: “La verdad evangélica no necesita de juramentos, puesto que toda palabra fiel es un juramento. Nadie jura frecuentemente sin incurrir alguna vez en juramento falso. Así como aquel que tiene costumbre de hablar mucho, con frecuencia hablará cosas inoportunas” (Seudo-Crisóstomo en Mt 12). Como dice la Escritura: “El que mucho habla, mucho yerra” (Pr 10, 19).

San Agustín concluye: “Os digo, pues, que no juréis en absoluto, no sea que, jurando, vengáis a adquirir el hábito de jurar, porque de la facilidad de jurar se pasa a la costumbre, y de la costumbre al falso juramento” (cf. De mendacio, 15).    

           Que así sea.

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Viernes 10º del TO

Viernes 10º del TO

Mt 5, 27-32

Queridos hermanos:

La palabra de hoy nos sitúa ante la nueva ley del Espíritu, que caracteriza al hombre nuevo, ante la promesa que da sentido a sus acciones sobre la tierra y que, superando la letra, implica el corazón, sede de las intenciones humanas, en el que reina la libertad que da paso al bien o al mal.

El hombre no es un ser lanzado al mundo por el azar, sino amado, creado y predestinado por Dios al amor. Está en el mundo, pero no le pertenece. Para alcanzar su destino glorioso, debe primero vencer el pecado y la muerte que pesan sobre él, y esto solo es posible con la gracia del amor de Dios, que lo redime enviando a su Hijo en Cristo, Evangelio de Dios, Verdad del Padre y Kerigma de salvación.

Sus obras manifiestan al hombre, pero su verdad profunda hay que encontrarla en su corazón. Allí las pasiones dan paso al amor o al odio, a la justicia o al pecado, a la alegría o a la tristeza, al engreimiento o a la humildad, a la ira o a la mansedumbre, a la cobardía o al valor; y se origina la interioridad de la moral personal. No en vano, la Escritura dice que el corazón humano es un abismo. El verdadero combate contra el pecado debe comenzar desde su misma raíz; las ramas, las hojas, las flores y los frutos de las acciones muestran solamente la bondad o la maldad del árbol que reside en su corazón.

La realidad del mundo penetra en el hombre a través de los sentidos y es captada por el entendimiento, que mueve la voluntad, dando paso a sus acciones. Estas se denominan “del hombre” cuando son inconscientes, instintivas o irreflexivas, y la Escritura las sitúa en los riñones; y “acciones humanas” cuando interviene nuestro libre albedrío a través del consentimiento, y que la Escritura sitúa en el corazón (cf. Sal 7, 10; Sb 1, 6+; Jr 11, 20 y 17, 10; Ap 2, 23). Estas acciones humanas, cuando son fruto de la gracia acogida en el corazón por la fe en Jesucristo, en quien el Espíritu Santo derrama el amor de Dios, son santas. Cuando la gracia es rechazada por la incredulidad, estas acciones son pecaminosas. En consecuencia, dice la Escritura que “Dios sondea los riñones y el corazón.”

Lo que capta el ojo, lo asume el corazón y lo ejecuta la mano. La contemplación lleva a la acción, tanto en lo referente al bien como en lo referente al mal. Lo que el mal deseo asume interiormente, la acción malvada lo propaga. Como dirá Jesús: “No es lo que entra, sino lo que sale del corazón lo que hace impuro al hombre.” Es, por tanto, el corazón el que debe ser sanado mediante el don y la presencia del Espíritu, que se recibe por la fe en Cristo y que derrama el amor de Dios en nuestros corazones.

La fe interioriza la religión en el ámbito del corazón, radicándola en el amor. Las acciones pasan a compartir con los deseos las cualidades de los objetos materiales o espirituales que los sentidos captan como bienes y, así, consiguen mover la voluntad. Es el amor, cuando está presente en el corazón, quien discierne el bien o el mal, que, solicitando a la persona exteriormente, puede alcanzarla profundamente. Es el amor quien garantiza la integridad del corazón (Dt 4, 29; 6, 5-6) frente a un corazón doble o dividido por las pasiones (Ge 20, 5).

El perdón, como amor que es, debe serlo “de corazón” (Mt 18, 35). De la misma manera, el adulterio se engendra ya en el corazón (Mt 5, 28). También la fe tiene su sede en el corazón (Rm 10, 10), y es de la dureza del corazón de donde nace el repudio (Mt 19, 8). La circuncisión verdadera es la del corazón (Dt 10, 16). En una palabra, conocer su corazón es conocer a la persona, y mientras el hombre mira las apariencias, el Señor ve el corazón (1S 16, 7).  

             Que así sea.

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Domingo de Pentecostés C (misa del día)

 

Domingo de Pentecostés C (misa del día)

Hch 2, 1-11; Rm 8, 8-17; Jn 14, 15-16.23b-26

 

Queridos hermanos:

 

Conmemoramos la efusión del Espíritu Santo que narra san Juan cuando Cristo resucitado sopla sobre los apóstoles, y la manifestación solemne que san Lucas presenta en los Hechos de los Apóstoles, como nacimiento de la Iglesia al recibir su alma desde lo alto. Con la fuerza del Espíritu comienza el anuncio de la Buena Noticia a todas las gentes, que se reúnen en un solo corazón.

En este domingo, la palabra está llena de contenido. Aparece la comunidad cristiana unida por el amor, como consecuencia de la obra realizada en ellos por Cristo: los discípulos, incorporados a la comunión del Padre y el Hijo, reciben el Espíritu Santo, el don de la paz y la alegría, y son investidos del “munus” (misión-potestad) de Cristo para perdonar los pecados, incorporando así a los hombres a la comunión con Dios. Esta será su misión: comunicar el amor de Dios que les ha alcanzado en Cristo.

Guiada por el Espíritu, la Iglesia es conducida al conocimiento profundo del Misterio de Cristo y permanece atenta a sus inspiraciones. Por él, los fieles claman a Dios: «¡Abba!, Padre», y proclaman a Cristo como Señor. Él adoctrina a los apóstoles, inspira a los profetas, fortalece a los mártires, instruye a los maestros, une a los esposos, sostiene a los célibes y a las vírgenes, consuela a las viudas y educa a los jóvenes. De él proceden la caridad y todas las virtudes.

Mediante el don del Espíritu, el hombre tiene acceso al Reino de Dios, es constituido miembro de Cristo, unido a su misión y fortalecido ante las adversidades.

La obra de Cristo en nosotros ha comenzado por suscitarnos la fe y concluye con el don de su Espíritu. Él será quien guíe la existencia y la misión de los discípulos, unidos definitivamente a Cristo.

Cristo ha sido enviado por el Padre para testificar su amor y para que, a través del Espíritu, recibamos la vida nueva: para nosotros, eterna en Dios, fruto de la comunión de su amor: «Un solo corazón, una sola alma, y unidos en la esperanza de la fe, que obra por la caridad.» Así, al visibilizar el amor que derrama en nosotros el Espíritu Santo, testificamos la Verdad que se nos ha manifestado y el mundo es evangelizado para alcanzar la salvación.   

Proclamemos juntos nuestra fe.

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