Sábado 12º del TO
Mt 8, 5-17
Queridos hermanos:
Dios ha creado un pueblo para revelarse a él, partiendo de un grupo de esclavos; y antes de universalizar esta revelación, sale en busca de cuantos se han dispersado: las ovejas perdidas de la casa de Israel. Lo hace primero por medio de los profetas y, finalmente, a través de la predicación de Cristo. Sin embargo, son los extranjeros quienes manifiestan una mayor apertura a este anuncio. Ha llegado el tiempo del cumplimiento de la profecía de Isaías: Dios se manifiesta a las naciones y proclama la paz. “Vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán a la mesa con los patriarcas en el Reino de Dios.”
Cafarnaúm, “lugar de abundancia y de
consolación”, se enorgullece de su bienestar en medio de la Galilea de los
gentiles, frontera de las naciones, que se convertirá en horizonte para la
expansión de la Iglesia en su misión evangelizadora hasta los confines de la
tierra.
La Escritura nos muestra el paradójico ámbito
de la fe: un espacio donde Dios se deja encontrar por pobres, pecadores y
gentiles. Allí alcanza al ciego indigente, al vil publicano, al malhechor
arrepentido y al pagano centurión, de quien hoy se nos ofrece testimonio de su
humildad y del altruismo de su caridad. Fe, humildad y caridad son poderosos
intercesores de la oración, que Dios no desoye. Cómo no entrar en la casa de
aquel que, por la fe, ya lo había acogido en su corazón, como recordamos en la
Eucaristía.
En el tiempo de Adviento somos situados ante
esta llamada universal a la fe, como respuesta personal y como misión a las
naciones a la que somos invitados. Con nuestra adhesión o sin ella, la llamada
debe llegar a los confines de la tierra antes de que vuelva el Señor. En
nuestro tiempo, las naciones parecen abandonar la invitación al banquete del
Reino, más que seguir llegando desde los cuatro vientos. Es, por tanto, un
tiempo de misión y de testimonio, al que hemos sido convocados mientras se
completa el número de los hijos de Dios.
Este es, pues, un kairós de vigilancia
ante la venida del Señor: vivir en su presencia, mientras nuestra mente y
nuestro corazón lo aguardan para que ocupe el centro de nuestra existencia, en
agradecimiento a su caridad.
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