Lunes 3º del TO
Mc 3, 22-30
Esta palabra nos habla del espíritu de Cristo, que no ha venido a juzgar, sino a perdonar y salvar, derribando a Satanás de la altura a la que nuestros pecados lo habían encumbrado. En este Evangelio, los escribas le acusan de estar endemoniado, por su autoridad sobre los demonios, y hacen ineficaz la salvación de Dios en ellos por su ceguera para reconocer al Espíritu en él; por la dureza de su corazón, que les hace rechazar a Dios.
Frente a Cristo, toda la realidad se
divide en dos: o con Cristo o contra él. Toda la historia y toda la creación
tienden, por tanto, al encuentro con él, constituido como puerta, camino y meta
de la existencia hacia la bienaventuranza eterna. Frente a la realidad del
mundo sometido a Satanás y a la muerte por el pecado, la vida de Dios se ofrece
gratuitamente al hombre por medio de Cristo, que nos rescata por su cruz. Quien
se queja de la radicalidad del Evangelio es siempre el “tibio”, del que dice el
libro del Apocalipsis, que será vomitado.
Los judíos del Evangelio acusan al Señor
de estar endemoniado. Su ceguera les impide reconocer en Cristo al Espíritu, a
quien llamamos “Dedo de la diestra del Padre” (Digitus paternae dexterae), ya
que, por él, Dios hace sus obras de forma semejante a como el hombre se vale de
sus manos para realizar las suyas; así, la dureza de su corazón les hace
rechazar a Dios, atribuyendo sus obras al diablo, verdadera blasfemia contra el
Espíritu Santo. De nuevo se requiere el discernimiento que da el amor a Dios.
Si lo propio del demonio es la maldad y
no la bondad, dañar, no curar, ¿cómo va a dedicarse a hacer el bien, librando a
los hombres de su poder? Jesús dirá: “También el poder de curar de mis
discípulos y de vuestros hermanos e hijos, ¿es diabólico? Pues si no lo es,
ellos os juzgarán por vuestra incredulidad y falsedad”. Necesitamos tener
discernimiento, para que nuestros juicios no se vuelvan contra nosotros y nos
condenen por no haber acogido la salvación gratuita de Dios que se nos ofrece
con Cristo.
Sólo quien es más fuerte que el diablo
puede vencerlo y expulsarlo, despojándolo de su botín. Su fuerza resalta
nuestra debilidad, pero es insignificante frente a la fuerza de Dios que está
en Cristo. Curando y expulsando demonios, Cristo hace patente su poder sobre
ellos, venciendo a quien se ha hecho fuerte por el pecado y expulsando a
Satanás.
Rechazar a Cristo es someterse a Satanás, que, al encontrar la casa vacía, la ocupa con otros siete demonios para la perdición del hombre, haciéndolo cómplice de su obra destructora. En relación con la fe, no hay vía intermedia. Los “no alineados”, como se decía frente a los bloques de la Guerra Fría, son una falacia en la vida espiritual. La Escritura habla sólo de dos caminos: la muerte y la vida; elige la vida para que vivas. “Quien no recoge conmigo, desparrama”. Por eso, si respondemos “Amén” a la entrega de Cristo en la Eucaristía, comiendo su carne y bebiendo su sangre, lo hacemos para tener vida eterna en él.
Que así sea.
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