Miércoles 30º del TO

Miércoles 30º del TO (cf. domingo 21 C)

Lc 13, 22-30

Queridos hermanos:

          A la pregunta sobre la cantidad de los que se salvan, la respuesta del Señor viene a ser: Depende de vosotros; se salvan los que quieren; aquellos que acogen la salvación gratuita de Dios con una vida conforme a su voluntad; aquellos que permanecen en el amor que han recibido gratuitamente del que los ha redimido con su sangre y perseveran hasta el fin en su gracia; aquellos que con la fuerza de su Espíritu combaten, se hacen violencia y convierten su fe en fidelidad.

          Leemos en la profecía de Habacuc (2,4): “El justo vivirá por su fidelidad.” La justificación que se alcanza por la fe, si se hace vida deviene en fidelidad, que consiste en perseverar en el don recibido.

Decía San Juan de la Cruz que al final seremos examinados en el amor. La puerta estrecha tiene la forma y la incomodidad de la cruz, en la que se nos ha mostrado verdaderamente el Amor. Amar al que nos ama y al que goza de nuestra simpatía, es un amor fácil y natural, carnal, que no necesita ser valorado. El amor del que penden la ley y los profetas es revelado: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo." Pero el amor de Dios por nosotros ingratos y pecadores es tan insólito, que ha necesitado ser anunciado, revelado en Jesucristo y recibido por el don del Espíritu. De este sumo Bien bebe la creación entera. Adherirse a él en la libertad, es participar de su bondad, o como solemos decir: ser bueno, hacer el bien.

          Hacer el mal, ser malo, por el contrario, implica siempre un rechazo del Bien en sí y de la bondad que hay en las creaturas. Es a través de sus obras, como conseguimos captar la verdad de la persona: su bondad o su maldad, tan llenas de intenciones, deseos y propósitos: “Apartaos de mí, agentes de iniquidad”. Nuestras acciones deben estar en concordancia con nuestros buenos deseos y proyectos de bondad, para considerarnos en el camino del bien. De lo contrario nuestra pretendida bondad no sería más que una vana ilusión, que podría llevarnos al más fatídico desengaño.

          “Hechos son amores” dice la sabiduría popular: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando.” O sea, que, por la obediencia, el siervo llega a ser amigo: “El que guarda mis mandamientos, ese me ama”.

          Por la Eucaristía somos introducidos en la entrega de Cristo y nos adherimos a ella con nuestro amén, para hacerla vida nuestra en la espera de su venida.

          Que así sea.

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Martes 30º del TO

Martes 30º del TO

(Lc 13, 18-21)

Queridos hermanos:

          El Reino de Dios es Cristo, el Verbo de Dios, que ha asumido nuestra humanidad de forma indisoluble. Por eso en estas parábolas están entretejidas la gracia de Dios y la acción humana, como están unidos el Verbo y el hombre en Cristo. Nace pequeño y despreciado en un establo, crece ignorado y muere rechazado. Es sembrado en tierra, pero resucita al tercer día pleno de fruto y acoge a la humanidad entera al amor de su gracia. La semilla divina ha sido introducida en nuestra carne terrena. “El Reino de Dios ha llegado.”

El Reino de Dios en nosotros tiene la firmeza y el vigor de la más pequeña de las semillas, que lenta pero firmemente se abre camino y se va fortaleciendo hasta alcanzar un desarrollo sorprendente, en comparación con la actuación humana que, no obstante, es necesaria, porque Dios ha querido supeditar su obra a nuestro asentimiento. El hombre debe actuar y ofrecer el menor impedimento posible a la potencia de la gracia.

Ciertamente, “Las puertas del infierno no prevalecerán” ante la acometida del Reino de Dios, (Mt 16, 18) pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra, para acoger la semilla divina? ¿Las últimas generaciones se mantendrán en la fe y se incorporarán a “la muchedumbre inmensa” en el Reino eterno, que hará sucumbir las defensas del infierno?

Efectivamente, no son comparables la virtud de la gracia y la acción humana, pero deben complementarse: el hombre siembra la semilla en la tierra y la mujer pone la levadura en la harina. San Pablo dice: “Por la gracia de Dios, soy lo que soy; (pero), la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo (solo), sino la gracia de Dios conmigo” (1Co 15, 10).

La pequeña semilla del Reino, sabemos que se desarrolla hasta acoger a “una muchedumbre inmensa que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua (Ap 7, 9) mientras el Dragón y sus ángeles son encadenados definitivamente. Pero en este desarrollo del Reino, Dios ha querido nuestra colaboración activa. “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti,” decía san Agustín.

El camino del hombre, paralelamente al del Reino, está encarrilado entre la potencia divina de su palabra y la libertad humana que actúa por la voluntad. La potencia de la semilla necesita de la humildad de la tierra que la acoja. El hombre debe afanarse, pero es Dios el que da el incremento. Es más, “el querer y el obrar,” vienen de Dios.

Los inicios humildes del Reino no son parangonables con su maravilloso desarrollo. En esta desproporción podemos contemplar la potencia divina. Al hombre corresponde aceptar, guardar, poner en práctica, lanzar la red, creer en la palabra de Dios, y a Dios abrir de par en par las compuertas de su gracia.

          Cuando hay escasez de fruto no se debe, por tanto, a Dios, sino a la imperfección de nuestra respuesta. Si decimos verdaderamente amén a Cristo que se nos da, él centuplicará nuestro fruto. Que nuestra acogida de su gracia en la Eucaristía sea, pues, cada vez más plena.

          Que así sea.

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Santos Simón y Judas

Santos Simón y Judas, apóstoles.

Ef 2, 19-22; Lc 6. 12-19

Queridos hermanos:

          En esta fiesta conmemoramos a dos apóstoles: Simón el cananeo o Zelota, y Judas de Santiago o Tadeo, como los llama Lucas. Obediencia y Confesión, como los denomina san Cirilo, que además añade: los constituyó con los demás apóstoles, en doctores de todo el mundo, para liberar a los judíos de la servidumbre de la ley y apartar a los idólatras del error gentil, llevándolos al conocimiento de la verdad.

           Fueron apóstoles elegidos por el Señor, como testigos de la Resurrección; el Apocalipsis los coloca como fundamentos de la muralla de la Nueva Jerusalén. Hoy conmemoramos su gloria, que no procede de su nacimiento, posición social, o nacionalidad, porque sabemos que eran simples galileos, rudos como la mayoría de los apóstoles; tampoco procede de su elección para el apostolado, que también Judas fue elegido, ni de su virtud, ya que Pedro negó al Señor, Pablo fue perseguidor, etc. Lo que los glorifica en este día, es que fueron fieles hasta el fin, a la misión que les fue encomendada, perseverando en la voluntad del Señor, por lo que la tradición los considera mártires.

          Nosotros también somos llamados a la fidelidad y al testimonio del Evangelio, por el don que hemos recibido como miembros del Cuerpo de Cristo y piedras vivas de su templo. Con todo, nuestra gloria la forjaremos nosotros con nuestra fidelidad y perseverancia en el servicio de amor a aquellos hermanos que el Señor tenga a bien encomendarnos.

          El Señor eligió a los apóstoles de entre sus discípulos, después de una noche de oración, para que estuviesen con él y para enviarlos a predicar; de ahí viene el nombre de apóstol, que significa enviado. Como columnas de la Iglesia, los apóstoles serán los primeros testigos del Evangelio: vida, muerte y resurrección de Cristo. Primero en Judea, y después en todo el mundo. Dice el Evangelio que acudieron muchos de la región de Tiro y Sidón, como primicia de los gentiles a los que ellos deberían congregar.  

          Como a los apóstoles, también a nosotros nos cuesta mucho comprender la unidad de Cristo con el Padre, que sería tanto como querer comprender el misterio de la Santísima Trinidad. Nos resulta más fácil seguir llamando Dios, a quien Cristo nos ha enseñado a llamar Padre nuestro, como nos ha recordado san Pablo, pero cuyo amor, misericordia, bondad, palabra, etc. nos han sido reveladas por Cristo y en Cristo: Quien me ve a mí, ve al Padre; el Padre está en mí y yo en el Padre; como el Padre me amó, os he amado yo; yo y el Padre somos uno;  Con todo, la unidad entre el Padre y el Hijo no es identidad, aunque el Hijo sea igual al Padre, porque: “El Padre es más grande que yo (Jn 14, 28); mi alimento es hacer su voluntad; yo hago siempre lo que a Él le agrada.”

          El Evangelio menciona a estos apóstoles, solamente en la designación de los doce, y el resto de lo que sabemos de ellos procede de las escasas tradiciones surgidas en los lugares de su misión. El Señor, en efecto, les dijo: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio. Quien a vosotros escucha, me escucha a mí, y quien a vosotros rechaza, me rechaza a mí, y a Aquel que me ha enviado.”

          Lo que sí sabemos de los apóstoles es que dejaron sus vidas por su misión, con la fuerza del Evangelio y del Espíritu Santo, que suplía su precariedad humana, haciéndolos testigos del amor que habían recibido de Dios por la fe en Jesucristo. Pocos son los que escribieron, pero todos testificaron a Cristo con sus vidas, dejando la herencia de las Iglesias que fundaron en todo el mundo, de las que nosotros hemos recibido la fe que nos salva.

          Elevemos nuestra acción de gracias a Dios, que nos envió a su Hijo, y bendigamos a Cristo que nos dio a los apóstoles, que nos han preparado la mesa de su palabra y de su cuerpo y sangre, que nos nutre para la vida eterna. 

 Que así sea.

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Domingo 30º del TO B

Domingo 30º del TO B 

Jer 31, 7-9; Hb 5, 1-6; Mc 10, 46-52

Queridos hermanos:

En esta palabra, la salvación y la misericordia de Dios se hacen “camino” que conduce a su presencia, como cuando Israel fue llamado de Egipto a la Tierra Prometida, abandonando la esclavitud y la opresión de los ídolos. Ahora el pueblo regresa del norte después de setenta años en los que fue purificado de sus pecados. Dios, en efecto, perdona a su pueblo, pero no deja impunes sus pecados.  

 Jericó, como el país del norte, es figura del destierro y la lejanía de Jerusalén, cuyo camino emprende el Señor en el Evangelio, para encontrar a Bartimeo, levantarlo de su postración, curarlo y ponerlo en camino hacia la salvación, por su fe, siguiendo y bendiciendo a Dios. Cristo es el verdadero camino al Padre, que en Bartimeo nos encuentra a nosotros, juntamente con el pueblo que retorna de su exilio en Babilonia.

El Señor abre un camino para retornar a Él, a aquellos que habían sido desterrados lejos. Dios mismo a través de su palabra, por los profetas, va en busca de su pueblo y los conduce a sí. Que el camino de retorno a Dios, Cristo, se haga carne en nuestra vida, es una gracia de Dios, porque nadie se convierte cuando quiere, sino cuando es llamado por Dios. Para que el pueblo salga de Egipto y camine a la Tierra Prometida, Dios tiene que romper las cadenas de la esclavitud: “De Egipto llamé a mi hijo”; para que el pueblo regrese del Exilio, como dice la primera lectura, Dios tiene que “recogerlos, traerlos y devolverlos;” así el pueblo, puede regresar con “arrepentimiento y súplicas”.

“Vienen con lágrimas” de arrepentimiento; “los devuelvo con súplicas,” porque un día los aparté por no volverse a mi. Vuelven porque se alejaron; los devuelvo porque yo los aparté. Devuelvo a los del norte, porque los desobedientes fueron al sur, cuando se les dijo: “No regresaréis a Egipto,” donde perecieron. Vienen por el “camino llano” de la conversión para llegar a los “torrentes de agua” del Espíritu.

Para este regreso a Dios sólo hay un camino que es Cristo. Dice Cristo: “Yo soy el camino;” encontrar a Cristo es encontrar el camino de retorno a Dios. Si Jericó es figura del mundo y Jerusalén es el lugar de la presencia de Dios, caminar de Jericó a Jerusalén es una imagen de la conversión y de la salvación, por la que el hombre retorna a Dios. Convertirse es, por tanto, encontrar a Cristo; creer en él, unirse a él; y seguirlo, es salvarse.

Arrepentimiento y súplicas son el fruto de la fe que testifica en favor de Bartimeo, el pobre mendigo ciego sentado junto al camino, que al escuchar que pasa Cristo, de un salto va a su encuentro “con súplicas,” como dice la primera lectura. Cristo aparenta no escucharlas, para que Bartimeo insista, esperando que alcancen a destapar los oídos de la muchedumbre, que le sigue sin saber que el Mesías ha llegado. Cristo hace esperar a Bartimeo, como el Señor a sus elegidos que están clamando a él día y noche, y con sus clamores salvan al mundo mientras testifican con su fe, el amor de Dios.

Bartimeo estaba sentado; no caminaba porque no había encontrado aún el camino, como dice san Agustín. El Camino vino a él, se detuvo, escuchó sus súplicas y lo llamó, poniéndolo en marcha. Bartimeo ha visto en su ceguera, lo que los ojos de la muchedumbre no han sido capaces de ver. He aquí un ciego que con su oración hizo detenerse al “Sol” en Jericó, como  Josué en Gabaón; un ciego que ilumina a la multitud; un “ignorante” que instruye a los doctos; un pobre que enriquece a los potentados. He aquí un ciego que ve; un pobre que ha encontrado el “tesoro escondido” y se apresta a registrarlo: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!; un pobre mendigo ciego que ha encontrado la verdad de la Vida, y en este momento la tiene a su alcance. He aquí un hombre fácilmente despreciable de Jericó, más digno que los notables de Jerusalén.

Este encuentro fructuoso se debe a la fe: “tu fe te ha salvado”; la fe de reconocer en Jesús de Nazaret al Hijo de David, al Mesías, que al venir curaría a los ciegos; la fe de reconocer al Señor: “Rabbuni”. Su fe le salva, mientras Cristo, testificando su luz, le cura la ceguera. 

Esta es la fe que hace posible al hombre ser liberado de las ataduras a los bienes, como al ciego, que ante la llamada de Cristo deja su manto y va a su encuentro.

Así viene la Eucaristía, a iluminar nuestra ceguera con la fe, multiplicar nuestra oración, y testificar a Cristo con nuestra curación.

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Domingo 29º del TO B (DOMUND)

Domingo 29º del TO B

(Is 53, 10-11; Hb 4, 14-16; Mc 10, 35-45)

DOMUND: Is 60, 1-6;                

Queridos hermanos:

Tanto ha hablado Cristo a sus discípulos de su reino, que todos ansían alcanzarlo. Pero tratándose de un reino de amor, reinar equivale a amar, y siendo el Reino de Dios, debe amarse como ama Dios y no como lo hace el mundo. Por eso dice Cristo: “Como el Padre me amó, yo os he amado a vosotros,” y “este es mi mandamiento: Que os améis los unos a los otros como yo os he amado.”

Yo os he amado a vosotros entregándome en la cruz, porque así me ha amado mi Padre, entregándose totalmente, eternamente a mí. A mi vez, yo os envío mi Espíritu Santo, mi Amor, para que podáis amaros así, entregándoos mutuamente, totalmente y para siempre, los unos a los otros, sirviéndoos hasta dar la vida.

Eso es reinar en mi reino, dice el Señor, y a mayor entrega, servicio y humillación, mayor será vuestra grandeza, y más cerca estaréis del “trono de la gracia” del que habla la segunda lectura, en el que me ha colocado mi Padre, en la cruz, cúspide de su amor.

Hoy la palabra nos hace contemplar el anuncio de la pasión antesala de la Pascua, y mientras Cristo se prepara para entregarse, los discípulos siguen en su concepción carnal del reino, en la que los judíos esperan la glorificación de Israel, sin integrar al plan de Dios las figuras del Siervo sufriente, del pastor herido, o la oscuridad del “día del Señor”.

Es inmediato dejarse llevar de los criterios carnales, pero Cristo vive en otra onda, propia del Espíritu, que es el amor. Su reino es el amor, y quien quiera situarse cerca de Cristo debe acercarse a su entrega de amor que es eminente, e inaudita en su misericordiosa justicia.

Este puede ser un punto importante para nuestra conversión: centrarnos en el amor, en el servicio a los demás sin contemplarnos a nosotros mismos, sino a Cristo, en cuyo amor resplandece el rostro del Padre.

 Con nuestra naturaleza caída que nos incapacita para comprender las Escrituras, nos mantenemos en la realidad carnal, que al igual que a los apóstoles, nos lleva a buscar ser, en todo. Frente a esta realidad, el Evangelio nos sitúa ante el hombre nuevo, en Cristo, que se niega a sí mismo por amor, anteponiendo el bien del otro mediante el servicio, hasta el extremo de dar la propia vida, apurando la copa de la ira en el bautismo de su propia sangre. Este es el llamamiento a sus discípulos como “seguimiento de Cristo”: «Que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»

          Jesús va delante porque indica el camino, abre el camino, es el camino mismo. Sabiendo que los judíos buscan matarlo, sus discípulos se sorprenden y tienen miedo, pero ya el Señor les tiene preparadas unas buenas obras que deberán realizar cuando reciban la fuerza del Espíritu Santo. Para esto hemos sido también llamados nosotros, como dice san Pablo, “En orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios para que caminásemos en ellas”

           Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 28º del TO

Sábado 28º del TO

Lc 12, 8-12

Queridos hermanos:

Esta palabra gira en torno al testimonio del Señor que hemos acogido, habiendo realizado para nosotros y en nosotros las maravillas de su amor. Todos somos llamados, y es una deuda de gratitud dar testimonio de lo que Dios ha hecho con nosotros en Cristo. Podemos dudar de ideas y conceptos que superan nuestra capacidad, pero no podemos negar los hechos con los que Dios nos ha testificado su amor en Cristo, Hijo suyo y Señor nuestro.

También Cristo ha venido para dar testimonio de la Verdad, que es el amor del Padre a todos los hombres, y que manifestó entregando su vida para el perdón de los pecados. Dice Cristo, que es posible rechazar al hijo del carpintero, pero ¡ay! del que rechace las obras con las que el Espíritu Santo testifica en él. No es igual ofender la humanidad evidente de Cristo, que su divinidad visible en las obras del Espíritu, que el Padre le concede realizar: “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre.” Para algunos Padres de la Iglesia, pecar contra el Espíritu sólo es posible habiéndolo recibido en el bautismo y permaneciendo impenitente; obstinadamente contumaz en la ofensa.

El problema de la encarnación está referido no solamente a Cristo, sino que trasciende también a su Iglesia: “Quien os acoge a vosotros me acoge a mí, y quien me acoge a mí, acoge a Aquel que me ha enviado”. En ese “vosotros” están los apóstoles, los catequistas y cuantos son enviados en su nombre. El envío es la primera característica del verdadero apóstol y después vendrán las otras que menciona san Pablo: paciencia en el sufrimiento, y señales, prodigios y milagros. “Al que yo envío le acompaña mi terror”.

Junto a sus enviados, el Señor suscita también los carismas a través del Espíritu, que la Iglesia debe discernir. No reconocer el discernimiento de la Iglesia ignorando los frutos del Espíritu, es una tremenda responsabilidad, de la que deberemos rendir cuentas y que ya ahora tiene sus consecuencias en la propia vida.

Que así sea.

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Miércoles 28º del TO

Miércoles 28º del TO

Lc 11, 42-46

Queridos hermanos:

          Dios es amor, y misericordia que busca siempre el bien del pecador atrayéndolo a sí. Amar es sintonizar nuestro espíritu con la voluntad amorosa de Dios. El conocimiento de Dios se traduce en amor que obedece a sus palabras y se hace don de sí, y es vida para nosotros. Pero a consecuencia del pecado, la concupiscencia inclina nuestro corazón al mal, de modo que la vida cristiana, no deja nunca de ser combate, con las armas del Espíritu, del que san Pablo nos habla con frecuencia: “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los espíritus del mal” (cf. Ef 6, 12); “Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y de la que hiciste aquella solemne profesión delante de muchos testigos (1Tm 6, 12).

          La ley tiene un cometido de signo y de cumplimiento mínimo, que debe corresponder a una sintonía del corazón humano con la voluntad amorosa de Dios. La justicia y el amor son el corazón de la ley y a ellos hacen referencia los preceptos. El corazón que ama se adhiere rectamente a los preceptos, mientras una adhesión legalista en la que falta el amor, sólo los alcanza superficial e infructuosamente. El cumplimiento legalista de ciertos preceptos, enajenados del amor, carece de valor en sí mismo: “Misericordia quiero, que no sacrificio (Mt 12, 7); Porque yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos (Os 6, 6).” “Esto es lo que había que practicar, sin olvidar aquello” (Mt 23, 23). “Coláis el mosquito y os tragáis el camello” (Mt 23, 24).

          Los preceptos nos recuerdan y especifican la necesidad de vivir en el amor a Dios y al prójimo, (porque la raíz de toda la ley es el amor), indicándonos el camino para evitar que nos salgamos de él y nos despeñemos por simas y barrancos, evitando además las insidias del enemigo.

          Pobres de nosotros, ¡ay!, si a semejanza de los escribas, fariseos y legistas del Evangelio, ponemos nuestra confianza en algo que no sea el amor del Señor y la caridad con nuestros semejantes, y pretendemos justificar nuestra perversión con la vaciedad de un cumplimiento externo, extraño al corazón de la ley, mientras nuestro corazón va tras los ídolos y las pasiones mundanas.

          Que así sea.

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Domingo 28º del TO B

Domingo 28º del TO B

(Sb 7, 7-11; Hb 4, 12-13; Mc 10, 17-30)

Queridos hermanos:

Una observación preliminar es necesaria para despejar el terreno de posibles equívocos al leer lo que el Evangelio de este domingo dice acerca de la riqueza, esto es, la dificultad que supone a quienes la poseen para entrar en el Reino de los Cielos. Jesús habla del Reino de los Cielos y los Apóstoles entienden salvación, quizá más en el sentido de vida eterna en el mundo venidero del que habla Marcos, aunque, en efecto, el Reino de los Cielos sea salvación experimentable ya aquí mediante el encuentro con Cristo por la fe.

La vida eterna es salvación, y por eso Jesús siguiendo el Antiguo Testamento (Lv 18, 5), dice a uno de los principales:  “Cumple los mandamientos (Lc 18, 18); haz esto y vivirás” (Lc 10, 28).

Pero el Reino de los Cielos es además de salvación, misión salvadora, y por eso, el Señor dice al “joven rico”: “cuanto tienes dáselo a los pobres, luego ven y sígueme" (Mt 19, 21), porque: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3).

Entrar en el Reino de Dios puede implicar en el “seguimiento de Cristo”, dejar casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos y hacienda, renunciando hasta a la propia vida y además recibir en el mundo venidero, vida eterna.

Seguir a Cristo se contrapone a buscar en este mundo la propia vida, porque: “El que busca en este mundo su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la guardará para una vida eterna”.

La respuesta inmediata a la pregunta del “joven rico” sería decirle: “Escucha Israel. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas  y al prójimo como a ti mismo," porque toda la Ley y los profetas y por tanto los mandamientos, penden de este amor. El que ama así, los cumple, y es de ese amor, del que proviene la salvación, pero el que pretende compartir su amor a Dios con el que tiene a sus bienes, se “ama” más a sí mismo, equivocada y carnalmente. No ama a Dios con todas sus fuerzas. Por eso los apóstoles dudan de la posibilidad de salvarse y Jesús mismo les confirma que ese amor no es posible a los hombres con sus solas fuerzas, pero se recibe gratuitamente en el seguimiento de Cristo:  “Os aseguro que quien haya dejado: casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos y hacienda, por mí y por el Evangelio, recibirá el ciento por uno aquí, y en el mundo venidero, vida eterna.”  

          Jesús parece decirle al rico: La vida eterna es la herencia de los hijos, por eso, cuando hayas vendido tus bienes, “ven y sígueme”; cree, hazte discípulo del “maestro bueno,” llegarás a amar a tus enemigos, “serás hijo de tu padre celeste,” y tendrás derecho a la herencia de los hijos que es la vida eterna.

El llamado “joven” rico, se ha encontrado con un “maestro bueno” y quiere obtener de él la certeza de la vida eterna, que el seudo cumplimiento de la Ley no le ha dado. Cristo le pregunta, que tan maestro y que tan bueno le considera, ya que sólo Dios es el maestro bueno, que puede darle no sólo una respuesta adecuada, sino alcanzarle lo que desea. El Señor le invita a seguirle en su misión salvadora, pero sabemos que se marchó triste porque tenía muchos bienes; su tristeza procedía, de que su presunto amor a Dios, era incapaz de superar el que sentía por sus bienes, y que le impidió creer que en aquel Jesús estaba realmente su Señor y su Dios, para seguirle. Le fue imposible encontrar el tesoro, escondido en el campo de la carne de Cristo. Le fue imposible discernir el valor de la perla que tenía ante sus ojos, pues de haberlo descubierto, ciertamente habría vendido todo y le habría seguido. Como le dijo Jesús, una cosa le faltaba, pero no como añadidura, sino como fundamento de su religión: el amar a Dios más que a sus bienes y al prójimo como a sí mismo.

Una cosa le faltaba ciertamente al rico: acoger la gracia que se le ofrecía y que abre el corazón y las puertas del Reino de Dios, dando la certeza de “la vida eterna que se nos manifestó”; vida eterna que contemplamos en el rostro de Cristo, y de la que tenemos experiencia por su cuerpo y su sangre, pues “el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna.” Pero la carne de Cristo, es su entrega por todos los hombres y su sangre es la oblación que se derrama para el perdón de los pecados. Así pues, nos hacemos uno con la carne de Cristo y con su sangre, cuando consecuentemente nuestra vida se hace entrega con Cristo, por los hombres; cuando nos negamos a nosotros mismos, tomamos la cruz y lo seguimos,” pues dice el Señor: “Donde yo esté, allí estará también mi servidor”. “Yo le resucitaré el último día” y tendrá “en el mundo venidero” la vida eterna.

             Proclamemos juntos nuestra fe.

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Bienaventurada Virgen María del Pilar y de Zapopan

Bienaventurada Virgen María del Pilar y de Zapopan

1Cro 15, 3-4.15-16; 16, 1-2; ó Hch 1, 12-14; Lc 11, 27-28.

Queridos hermanos:

En esta fiesta del Pilar nos reunimos junto a Nuestra Santísima madre la Virgen María, a celebrar el Misterio Pascual del Señor. Hacemos presente aquella primera comunidad de la que nos habla el libro de los Hechos, reunida en la oración y en la unidad, con un solo corazón y una sola alma.

El Evangelio nos llama dichosos, por haber sido llamados a escuchar la Palabra del Señor y hacer de ella nuestra vida, constituidos así como madres y hermanos del Señor. María es alabada en el Evangelio por dos mujeres. Una, por haber llevado a Cristo en su seno, y la otra por haber creído la palabra de Dios. Mientras la carne se gloría en la carne: “dichoso el seno que te llevó”, el Espíritu exalta la fe capaz de engendrar en nosotros a Cristo, y en la que el don de Dios alcanza a ser respuesta humana: “dichosa tú que has creído”. La voluntad humana se adhiere a la voluntad de Dios  y de él recibe amor y vida eterna: ”Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís; Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él.” (Jn 13, 17; 14, 23).       Dichosos también nosotros, por haber creído como María, y haber sido llamados como ella a dar a luz a su hijo con nuestras obras, fruto de su Espíritu Santo. Como ella hemos recibido el anuncio de Jesucristo; como ella se ha gestado en nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado, y como ella podremos manifestarlo al mundo con nuestras obras, pues: “Aunque mil veces y no en nosotros hubiese Cristo nacido, eternamente quedaríamos perdidos,” como dijo Salesio.

          Aquellos en los que la palabra prende y da fruto, son la familia de Jesús, porque reciben su Espíritu. Dice Jesús en el Evangelio: “La carne no sirve para nada; el espíritu es el que da vida”. Como dice San Juan: “Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos”. La vida o la muerte, están en relación con la fe o la incredulidad. Sabiduría, y felicidad, es pasar de las gracias de Dios, al Dios de las gracias; alcanzar el fin sin dejarse deslumbrar por la belleza de los medios.

Elevemos por tanto nuestra exultación a Dios Padre todopoderoso, que nos ha enviado a su Hijo amado, en quien se complace su alma, y unámonos a la entrega del cuerpo del Señor; y a su sangre derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados.

Imploremos sus gracias sobre  todos nosotros, y sobre esta generación, sometida a prueba en estos “tiempos recios” que la Iglesia debe iluminar con el amor de Cristo.

Que así sea.

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Lunes 27º del TO

Lunes 27º del TO (dgo. 15 C, jue. 9; vier. 3 Cua; Dgo. 30 A; dgo. 31 B)

Lc 10, 25-37

Queridos hermanos:

La Vida Eterna es el amor, y el que ama la posee ya en este mundo; cualquiera que se acerque a nosotros como prójimo, es destinatario de nuestro amor, si amamos a Dios con todo el ser. La vida eterna es el amor que saca a la persona de sí misma, venciendo la muerte, y la lanza hacia Dios y hacia el hermano sin acepción de personas; acoge a quienes se acercan y se acerca al que está lejano. Dios se ha hecho cercano al hombre por la encarnación de su Hijo en Jesucristo, de manera que la vida eterna de su amor pase a nosotros, dándonos la libertad para poder amar.

El “buen samaritano” es Cristo, y todo aquel que tiene su espíritu, se hace tal. Nosotros somos el hombre atacado y malherido a quien Él, bajando del cielo (Jerusalén) a la tierra (Jericó), ha socorrido en el camino. En el amor a Cristo, se unen el amor a Dios y al hombre. Él es el Dios cercano y prójimo de todo hombre, como buen samaritano que se hace el encontradizo con nosotros en el camino, en el que fuimos malamente heridos, sin que la Ley, ni los levitas, ni los sacerdotes pudieran curarnos, porque la sangre de animales no puede perdonar el pecado (Hb 9, 11ss).  

En el segundo libro de las Crónicas, se cuenta la realización concreta de un acontecimiento histórico, idéntico al de la parábola, en el que los samaritanos se compadecieron de los judíos atacados y vencidos, y usando con ellos de misericordia los vistieron, les dieron de comer, los ungieron y los montaron sobre asnos, llevándolos a salvo a Jericó (cf. 2Cro 28, 12-15).

Haz tú lo mismo” dice Cristo, para lo cual es necesario su Espíritu. Tanto los que cuestionan la Ley como los que con pretexto de la Ley rehúyen la misericordia, no cumplen la Ley, cuyo corazón, y cuyo espíritu, no son otra cosa que la misericordia y el amor. Vale más la imperfecta doctrina del samaritano que usa de misericordia, que la pureza legal y de doctrina de sacerdotes y levitas que la rehuyen, porque toda la Ley y los profetas penden del amor. El “cumplimiento”, sin la misericordia, es pura vaciedad sin contenido.

          A aquel ”conócete a ti mismo,” del famoso oráculo de Delfos, siendo válido, porque sólo quien se conoce puede darse verdaderamente, podemos añadir un “poséete a ti mismo,” pues para poder darse hay primero que poseerse, ser dueño de sí y no esclavo a merced de las pasiones o de los demonios. Pero para poseerse, el hombre necesita encontrarse. Es necesario, por tanto, también, el “encuéntrate a ti mismo”; es necesario que el hombre responda a la pregunta que Dios le formula en el Paraíso: “¿Dónde estás?”. El hombre está escondido por el miedo, pero como de Dios es imposible esconderse, de quien se esconde realmente el hombre, por el miedo, es de sí mismo, como dice san Agustín: “Tú estabas delante de mí, pero yo me había retirado de mí mismo y no me podía encontrar” (Cf. Libro 5, cap. II). Dios invita al hombre con su pregunta a encontrarse; a reconocerse lejos del amor y a volverse a Él; a convertirse, pues sabemos que “el amor expulsa el temor; que no hay temor en el amor” (1Jn 4,18). Esto remite a Cristo, y al perdón de los pecados. Él nos amó primero. A eso ha venido Cristo. Él nos libra del yugo de las pasiones. Él nos da el Espíritu Santo. Encontrarse, conocerse, y poseerse para poder darse, son posibles encontrando a Cristo, que nos ilumina, nos sitúa y nos redime.

          Entonces podremos amar con todo el corazón, con toda la vida y con todas las fuerzas. A Dios se le debe amar con lo que se es, con lo que se tiene, y siempre. El mandamiento del amor a Dios, especifica “con qué” se le debe amar, mientras que el del amor al prójimo expresa el “cómo”, de qué manera. El amor a Dios debe ser holístico, implicar la totalidad del ser y del tener; no admite división, porque el Señor es Uno y nadie se le puede equiparar. En cambio en el amor al prójimo, siendo un sujeto plural, el mandamiento especifica la forma del amor, unificándola en el amor de sí mismo. Como uno mismo se ama y ha sido amado por Cristo. Un amor con la misma dedicación, intensidad, espontaneidad y prioridad, con que nos nace amarnos a nosotros mismos. Amor que Cristo ha superado por la dimensión del amor con el que Él nos ha amado (Jn 13, 34). Cristo nos ha amado con un amor que perdona el pecado y salva, y este amor, que antes de Cristo, sólo podía ser para el hombre objeto de deseo, ahora se ha hecho realidad por su Espíritu en nosotros.

                 Que así sea.

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Domingo 27º del TO B

Domingo 27º del TO B

( 2, 18-24; Heb 2, 9-11; Mc 10, 2-16)

Queridos hermanos:

         El Reino de Dios trae consigo importantes novedades en todos los aspectos de la vida humana en general y del discípulo en particular. También en el Matrimonio cristiano, que es devuelto por Cristo a su grandeza original según la voluntad creadora de Dios, de la que Cristo habla en el Evangelio, al decir: “En el Principio”. Todo ello será posible mediante el “Don de Dios”, su Espíritu Santo, que debe ser acogido con la docilidad y la confianza de un niño.

Sabemos que en la Escritura hay dos relatos de la creación del hombre, y Cristo, citando el comienzo del primero y el final del segundo en su respuesta a los judíos, manifiesta la voluntad divina respecto al matrimonio; sus características, propiedades y fines de su proyecto respecto al hombre: el bien de los esposos: “No es bueno que el hombre esté solo.” Y su unicidad: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne,” como vemos en la primera lectura, pero subrayando además su indisolubilidad: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.”

   Además, el matrimonio está destinado a la fecundidad, por lo que “los hizo hombre y mujer,” con la bendición divina: “Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sometedla” (cf. Ge 1, 27s), a la que alude la segunda lectura diciendo que Dios quería: “Llevar muchos hijos a la gloria,” hasta que llegaran a ser “una muchedumbre inmensa que nadie podía contar” como dice el Apocalipsis.

El Señor va al fondo de la cuestión, sabiendo que sólo con la fuerza del Espíritu será posible que el corazón humano se centre de nuevo en el plan divino del amor, único y fecundo de Dios. La novedad cristiana respecto al matrimonio, lo eleva al punto de ser signo del amor esponsal de Cristo por su Iglesia, por la que se entregó hasta la muerte de cruz, y poder así, “presentársela a sí mismo, resplandeciente, sin mancha ni arruga.” Por eso, toda profanación del matrimonio cristiano es adulterio, con la connotación idolátrica que la Escritura da a la palabra adulterio. En efecto, el adulterio en el matrimonio cristiano, desvirtúa la imagen del amor de Cristo por su Iglesia, que le ha sido dado, y que está llamado a visibilizar.

La gracia de Cristo transforma la “dureza del corazón” consecuencia del pecado, haciéndolo de carne por la acción del Espíritu recibido por la fe en Cristo. Un corazón nuevo lleva consigo una vida nueva, en la que es posible el amor fecundo y fiel, que superando los límites humanos, alcanza la plenitud del amor de Dios. Jesús, no se limita a reafirmar la ley; le añade la gracia. Los esposos cristianos no tienen sólo el deber de mantenerse fieles hasta la muerte; tienen también la ayuda necesaria para hacerlo. De la muerte redentora de Cristo viene la fuerza del Espíritu Santo que permea todo aspecto de la vida del discípulo, incluido el matrimonio. 

Como dice Benedicto XVI: «El desarrollo del amor hacia sus más altas cotas y su más íntima pureza, conlleva el que ahora aspire a lo definitivo, y esto en un doble sentido: en cuanto implica exclusividad, y en el sentido del “para siempre.” El amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones, incluido también el tiempo. No podría ser de otra manera, puesto que su promesa apunta a lo definitivo: el amor tiende a la eternidad» (Deus caritas est, 6).

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Jueves 26º del TO

Jueves 26º del TO 

Lc 10, 1-12

Queridos hermanos:

          Los apóstoles son enviados de dos en dos, como encarnación de la cruz de Cristo y testigos de su amor en el anuncio del Reino. En efecto son necesarios dos para testificar, y para hacer visible la caridad de Aquel, de quien son enviados a dar testimonio de amor (Gregorio Magno, Hom., 17, 1-4.7s)

Decía san Pablo: ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo! Nadie me moleste, pues llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús. También cuando la Escritura habla de consolación futura (Is 66), nos indica la realidad del sufrimiento y la persecución, presentes en quienes testifican a Cristo. Esa es la razón por la cual, siendo grande “la mies” de los que necesitan escuchar, sean pocos los “obreros” dispuestos a trabajar en ella.

Los misterios del sufrimiento y de la cruz acompañan la vida del testigo, como han acompañado la de Cristo. Dar la vida por amor es perderla, negarse a sí mismo en este mundo, en una inmolación que lleva fruto y recompensa para la vida eterna. Pero el amor no se impone y debe ser acogido en la libertad y en la humildad de quienes lo presentan sin poder, como “pequeños” que anuncian al que viene con ellos con la omnipotencia del amor. Hay que pedir al dueño de la mies, que suscite la fuerza de negarse en esta vida y de adherirse a la cruz de Cristo, en gente débil como nosotros.

También nosotros, llamados a la fe, estamos siendo constituidos en testigos del amor del Señor que nos salva, nos llama y nos envía, incorporándonos a Cristo y a la obra de la regeneración por el Evangelio, como lo fue el mismo Lucas y todos los demás discípulos, cuyos nombres escuchamos unidos a la Historia de la Salvación, y cuyos hechos proclamamos como Palabra de Dios vivo, que sigue, llamando y salvando a la humanidad.

          En cada generación, la Iglesia debe transmitir la fe, e ir incorporando a sus nuevos hijos en el Cuerpo de Cristo, hasta que se complete el número de los hijos de Dios: la muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de la que habla el Apocalipsis (7, 9).

          A esto nos invita y nos apremia hoy esta palabra, mediante la fortaleza que brota de la Eucaristía en la que nos unimos a Cristo y a su entrega por la vida del mundo, para testificar el amor del Padre.

          Que así sea.                                                                                                                                                                                          www.jesusbayarri.com