Martes 32º del TO
Lc 17, 7-1
Queridos hermanos:
Concebidos, predestinados y creados por el Amor y para el amor, nuestra vocación es precisamente el amor y el servicio, como expresión más clara de la comunión con Dios, que es Amor. También los ángeles que permanecieron fieles participan de esa comunión y de su servicio, mientras que algunos, rebeldes, dijeron: “No serviré”, y sedujeron después al hombre, que cayó en la rebeldía de la desobediencia.
Pero
tanto amó Dios al mundo, que envió a su Hijo a servir al hombre, obedeciendo
hasta la muerte, y muerte de cruz, para rescatarlo de la soberbia del diablo y
devolverle la capacidad de amar que había perdido. En efecto, dijo Jesús: “Yo
estoy en medio de vosotros como el que sirve. Vosotros me llamáis el Maestro y
el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he
lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros.
Cuando venga el Señor de aquellos siervos, si los encuentra haciéndolo así, os
aseguro que los sentará a su mesa, se ceñirá, y yendo de uno a otro, les
servirá.”
Si
nosotros, por la fe, recibimos su espíritu de obediencia y de servicio, seremos
incorporados a su misión, devolviendo lo que gratuitamente hemos recibido de
Dios en favor de los hombres. Y podremos decir con humildad: “No hemos hecho
más que lo que debíamos hacer.” Somos pobres siervos inútiles, inadecuados,
total impedimento, como diría san Ignacio de Loyola.
En
efecto, para servir al Señor, hemos sido antes rescatados de la esclavitud al
diablo y de nuestra pretensión de ser dioses de nuestra propia vida, gracias al
servicio y a la obediencia de nuestro Salvador. Ser plenamente hombres pasa por
aceptar nuestra condición de criaturas, reconociendo a Dios como nuestro Señor.
¿Cómo
no servir a tan gran Señor y agradecer tanto amor, si su Hijo lo sirvió de tal
manera que resultó tanto bien para nosotros, a costa de tanta obediencia y
tanto sufrimiento? ¿Cómo no responder con nuestro amor, sirviendo a quien nos
lo consiguió, entregándonos a su voluntad para salvación de nuestros
semejantes?
A
un Señor se le sirve. Aunque también en esto, Él nos sirvió primero con su amor
gratuito. La llamada al servicio es, por tanto, una llamada a la vida divina,
que es amor: “Lo que os mando es que os améis los unos a los otros como yo os
he amado.” No hay mejor paga que servir al Señor; esa es ya nuestra recompensa.
Hemos
escuchado que el siervo debe reconocer su inutilidad después de haber realizado
cuanto le fue encomendado; dejar su recompensa en manos de su Señor, a quien
“su recompensa lo precede.” Cuando alguien dice: “Dios te lo pague”, podemos
responder: “Ya nos lo ha pagado, y con creces.”
Somos
siervos inútiles, además, porque en nada aprovecha al Señor nuestro servicio,
aunque le complazca que los hombres sean amados; amor que se vuelve a nuestro
favor y al de nuestros hermanos.
Bendigamos,
pues, al Señor, que en la Eucaristía nos une a su servicio, diciendo “Amén” a
su entrega.
Que
así sea.
No hay comentarios:
Publicar un comentario