Sábado 31º del TO
Lc 16, 9-15
Queridos hermanos:
Lo propio de Dios es el amor: ese amor que une al Padre y al Hijo, y que conocemos como el Espíritu Santo. Este amor divino no se encierra en sí mismo, sino que se abre, se dona, se entrega. Por eso, lo propio del hombre —creado a imagen y semejanza de Dios— es recibir el don del Espíritu Santo de amor. Y como en Dios, ese amor no se repliega, sino que se desborda hacia los demás: hacia el prójimo, hacia los hermanos, incluso hacia los enemigos.
Pero
si en nuestro corazón dejamos entrar el “amor al dinero”, entonces ese corazón
se cierra, se endurece, se vuelve sobre sí mismo. La imagen de Dios en nosotros
queda desplazada por la imagen del adversario, por la idolatría. Por eso dice
la Escritura: “La raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Tim 6, 10).
Y como nos recuerda el Evangelio: “No se puede servir a Dios y al dinero” (Mt
6, 24).
La
clave, como señala el Evangelio al referirse a los fariseos, está en la actitud
del corazón: un corazón que ama el dinero y no a Dios, que atesora bienes
terrenales y desplaza al Señor de su trono para colocar en su lugar un ídolo.
Es el corazón del hombre el que puede convertir las cosas en algo abominable,
porque las cosas, en sí mismas, han sido creadas buenas por Dios. “Y vio Dios
que todo era bueno” (Gn 1, 25). También el dinero es un bien, pero puede ser
idolatrado, puede ser pervertido por un corazón desordenado.
Ahora
bien, si la ganancia proviene de la injusticia o de la maldad, ese dinero es,
en sí, injusto. Y la moral exige su restitución. Difícilmente ese dinero podrá
servir para “hacerse amigos que nos reciban en las moradas eternas” (cf. Lc 16,
9), porque, en justicia, debe ser devuelto. No es a ese dinero al que se
refiere Cristo. Pero si consideramos, en cambio, la “destinación universal de
los bienes”, entonces toda acumulación excesiva lleva en sí una sombra de
injusticia, aunque haya sido obtenida legalmente. Porque se priva a los bienes
de su finalidad última: servir al bien de quien los posee y al bien común, al
bienestar y la prosperidad de la sociedad.
Ese
dinero, injustamente atesorado, puede ser purificado. ¿Cómo? Usándolo para el
bien común, para la limosna, para toda forma de caridad. Porque no solo se
purifica el dinero, sino también el corazón de quien lo posee. “Donde esté tu
tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6, 21).
El
corazón estará limpio del amor al dinero cuando lo considere un instrumento, y
no un fin. Entonces, y solo entonces, podrá confiársele lo verdaderamente
importante.
El
dinero siempre será algo “ajeno”, algo externo a nuestro ser, aunque pueda
adueñarse del corazón y pervertirlo. En cambio, por el bautismo, nuestro ser
recibe el don del Espíritu, que lo transforma ontológicamente. No como algo
añadido o extraño, sino como algo propio del nuevo ser que ha sido constituido
“hombre nuevo” (cf. Ef 4, 24).
El
don del Espíritu es, por tanto, algo “propio”, algo “nuestro”, que Dios concede
a quien ha sido fiel en lo “ajeno”. Porque el amor al dinero es abominable a
los ojos de Dios, ya que instala la idolatría en el corazón, desplazando al
único que merece reinar: el Señor.
Que así sea.
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