Domingo 8º del TO C

Domingo 8° del TO C

(Eclo 27, 5-8; 1Co 15, 54-58; Lc 6, 39-45)

Queridos hermanos:

La mejor forma de hablar o de exhortar, ante este tema sobre la prohibición de juzgar tan rotunda en el evangelio, es cambiarlo en positivo hablando de la caridad, de la que afirma San Pablo: todo lo excusa y no lleva cuenta del mal: “¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!” Es ella la que hace que nos acusemos a nosotros mismos y excusemos al prójimo; es ella la que saca la viga de nuestro ojo y no ve la paja en el ojo del hermano; es ella la que sufre por el desvarío del pecador y se alegra por su conversión, rezando y ayunando por él en lugar de sermonearlo, criticarlo y rechazarlo, considerándolo como miembro nuestro. Recordemos que la caridad que nos une a Dios nos une también a los hermanos, y si somos hijos de Dios también nos une a los enemigos. La caridad exalta las virtudes ajenas y minimiza sus defectos. La caridad que nos une a Dios nos hace verdaderamente humanos.

Un pretendido celo frente a los defectos y las faltas ajenas puede esconder un juicio condenatorio o manifestar la ausencia de una caridad que busca su salvación. Sin esta caridad, nuestra visión es turbia y distorsionada y llega incluso a la ceguera, de manera que, mientras agranda las deficiencias ajenas, disimula las propias. La caridad, en cambio, encuentra siempre razones para excusar al prójimo, y cuando no lo consigue intercede en su favor invocando la misericordia divina.

Cristo es la luz por la que sus discípulos deben dejarse conducir, no juzgando al pecador, sino entregándose por él. El acusador, en cambio, es oscuridad y conduce a sus tinieblas a cuantos lo siguen, que, como ciegos, van derechos al abismo, criticando, juzgando y hablando mal del prójimo.

Criticar es decir de alguien que ha actuado mal, poniendo de manifiesto su pecado. Siendo verdad, lo habremos difamado, pero siendo mentira, lo habríamos calumniado, lo que es mucho más grave.

Juzgar es decir no solo lo que ha hecho alguien, sino que esa es su condición. Proclamar, no un hecho, sino la disposición misma de su alma, pronunciándonos sobre su vida entera al decir que es tal como lo juzgamos, como observa San Doroteo de Gaza. Cristo mismo ha dicho: “Hipócrita, quita primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver claro para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Lc 6, 42).

Todos somos pecadores y hemos alcanzado misericordia por puro don gratuito de Dios. Lo que pretendemos corregir en los demás forma parte de nuestros defectos. Si acercamos la paja del ojo del hermano a nuestro propio ojo, se transformará en viga. El problema principal no son las “briznas” de las imperfecciones propias y ajenas, sino las “vigas” de nuestra falta de caridad.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 7º del TO

Sábado 7º del TO

Mc 10, 13-16

Queridos hermanos:

El niño, para Cristo, es el “pequeño” del Evangelio. Lejos del niño la incredulidad; no duda de lo que le dicen, confía en su padre y no se cree alguien, es humilde, sensible al amor. Sus muchos defectos y carencias están a la vista; es malo sin malicia y acepta la corrección.

Que Dios se haya mostrado en el camino del sufrimiento, del servicio y de la humildad para acercarse a nosotros, es debido a que su grandeza, su poder y su gloria forman un todo con su amor misericordioso. Dios es amor, y no hay grandeza mayor que amar. No es cuestión solo de obediencia, de imitar a Cristo ni de humildad, sino de amor. Tan grande como su poder para crear el mundo lo es su misericordia para redimirlo y su bondad para salvarlo. Su Yo no necesita afirmarse frente a nada ni a nadie como lo necesitamos nosotros en nuestra insignificancia. El amor no mira a nadie por encima del hombro, ni se guarda, ni se ensalza a sí mismo, sino que se complace en servir y anonadarse a sí mismo por el otro, como ha hecho Cristo. Como dijo San Bernardo: “Amo porque amo; amo por amar”. Buscar la propia gloria pone de manifiesto la propia insignificancia, pequeñez y vaciedad. Si Él, que es grande, se abaja, cuánto más nosotros, que tenemos tanto por lo que abajarnos, decía San Juan de Ávila.

El Señor nos llama a un servicio que consiste en hacer presente al Padre a través del don con el que hemos sido agraciados en Cristo. Glorificar a Dios con nuestra vida implica que nosotros reconozcamos nuestra nada ante aquello que se nos encomienda, porque todo lo bueno, noble y justo que pueda haber en nosotros, nuestra propia vida, es fruto de su gracia. Él se hizo el último, el menor y el siervo de todos, vaciándose por nosotros, y así mostró su grandeza; por eso sus discípulos podemos hacernos pequeños para mostrar a Cristo. Pequeño es el que se abandona en las manos del Señor, como Cristo, que siendo igual al Padre, se sometió a su voluntad. La humildad y el amor se dan la mano, como lo hacen también la soberbia y el egoísmo. Para la obra de Dios, nuestras cualidades solo son impedimento, y así, aceptar nuestra pequeñez es dejar que aparezca su grandeza. Nuestra verdadera grandeza y nuestra plena realización están en sabernos situar como criaturas ante el Creador. El que se hace grande, se predica a sí mismo y no a Cristo, haciendo ostentación de su necedad, y en consecuencia no lleva a los hombres a Dios, en quien solamente se puede encontrar vida.

El discípulo no es enviado en sus fuerzas, sino en el nombre y el poder del Señor, para llevar a los hombres a Cristo. Es su poder el que brilla mediante nuestra humillación. Por eso, no hay mayor gloria de Dios que la humillación de Cristo, que se abandona en sus manos y se entrega por nosotros: “Este es mi Hijo amado en quien me complazco.” El soberbio, el altanero, el engreído, es un iluso si piensa que ha conocido a Cristo.

Sin Cristo, el hombre no soporta la humillación; le parece absurda. En cambio, por el amor de Cristo, la humillación es “grandeza de alma”, como diría San Ignacio de Antioquía, necesaria para negarse a sí mismo por el amor de Dios.     

           Que así sea.

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Viernes 7º del TO

Viernes 7º del TO

Mc 10, 1-12

Queridos hermanos:

Hoy el Evangelio nos habla de matrimonio, repudio y celibato.

Dios ha creado al hombre, varón y hembra, para que en esta vida formen una unión fecunda, y los ha unido en una sola carne, para que puedan cumplir su primer precepto: “creced y multiplicaos”, para lo cual, superando los lazos naturales con los suyos, “dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer”, para crear lazos nuevos a través de los cuales se abra camino la vida, llegue a poblar la tierra y a someterla, y vaya así completándose el número de los hijos de Dios en el Reino que irrumpe con Cristo y culmina con su parusía.

El que Dios haya creado junto al hombre una sola mujer y no varias, muestra su voluntad respecto a la unicidad de la unión: hombre y mujer, y no hombre y mujeres, con la gran repercusión que esto tiene en orden al amor entre los esposos y con los hijos. Ambos se dan y se reciben totalmente del cónyuge y no lo comparten con alguien ajeno, de forma que la unión matrimonial no venga relativizada ni disuelta con la pluralidad.

Abandonar esta misión, por el motivo que sea, no forma parte de la voluntad originaria del Creador al formar al hombre a imagen de su amor fecundo, y a semejanza de su unidad y comunión inquebrantables. Será siempre la pérdida o la corrupción de esta imagen y semejanza la causante de que se pervierta el plan originario de Dios, o sea puesto entre paréntesis en alguno de sus aspectos, en espera de su redención. Con la vuelta al principio, anterior al pecado, siendo el pecado perdonado en Cristo, y habiendo recibido el don del Espíritu Santo, el repudio, como concesión dada al hombre por la incapacidad de su naturaleza caída, no tiene ya justificación alguna.

Sólo en función del desarrollo del Reino, al que sirve también la fecundidad humana, como explica el evangelio de Mateo, será dada también al hombre la capacidad de renunciar a la unión matrimonial y a la fecundidad, para una dedicación plena al servicio del Reino, tal como tendrá efecto cuando el Reino llegue a su plenitud en la vida futura de la bienaventuranza. Entonces, lo instrumental dará paso a lo esencial. Ni disminuirán ni aumentarán los bienaventurados, y la fecundidad procreadora habrá concluido su misión. La comunión espiritual será plena entre los bienaventurados e indisoluble en el Señor.

Sea cual sea la misión a la que el Señor nos conceda dedicar esta vida, estará siempre en función de la vocación única, eterna y universal al amor, por la que hemos sido llamados a la existencia y a la que nos unimos en la Eucaristía. Este es, por tanto, nuestro cometido en esta vida como dice san Pedro (2P 1, 11): “Hermanos, poned el mayor empeño en afianzar vuestra vocación y vuestra elección. Así se os dará amplia entrada en el Reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.” 

Que así sea.

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Jueves 7º del TO

Jueves 7º del TO

Mc 9, 40-49 

Queridos hermanos:

         El Señor acompaña a sus enviados que le pertenecen por la fe y se identifica con ellos en su misión, de forma que acogerlos es acogerle a Él, según aquello de: “cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis, porque en ellos tuve hambre y me disteis de comer,” y lo que sigue. Rechazarlos es también rechazarlo a Él, como se dijo a san Pablo: “¿por qué me persigues?”

Ante esta identificación con Cristo, el discípulo es consciente de la gracia y de la responsabilidad de sus actos en relación con su propia vida y en relación con el testimonio de Cristo que está llamado a asumir ante el combate frente al mundo, el demonio y la carne.

Para esto ha sido constituido como sal junto a sus hermanos, sazonando el sacrificio de su caridad en la cruz del sufrimiento a semejanza de la de Cristo, origen de nuestra paz: “De modo que la muerte actúa en nosotros, mientras en el mundo la vida” (cf. 2Co 4, 12). La capacidad de sufrimiento (“sal”) permite al hombre el equilibrio existencial ante las dificultades inherentes a la alteridad de la condición humana, que conduce a la paz.

Todos, como dice el Evangelio, hemos de ser probados ante la muerte que supone el sufrimiento, y solo quienes han sido constituidos en testigos de la victoria de Cristo sobre ella, alcanzarán la Vida y heredarán el Reino de Dios.

La Eucaristía nos sumerge en la alianza nueva y eterna, en la que Cristo aporta la sal con su sangre derramada por nuestros pecados; alianza de paz y de perdón para la vida del mundo.

          Que así sea.

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Miércoles 7º del TO

Miércoles 7º del TO

Eclo 4, 12-22; Mc 9, 38-40

Queridos hermanos:

En el Evangelio vemos cómo la gracia del Señor y la fe tocan a los paganos y a otras personas que aparentemente son ajenas a Cristo, pero en los que actúa el Espíritu. Incluso Jesús parece sorprenderse, o por lo menos se congratula, de la magnanimidad del Padre para revelarse a los pequeños. Los carismas no siempre se comprenden a primera vista; es necesario el discernimiento, sobre todo a través de los frutos. Es natural amar el propio carisma, pero la apertura a los demás es también fruto del Espíritu, que es siempre comunión, en la humildad y la gratitud, por el don recibido gratuitamente, sin mérito propio. El Señor escruta el corazón, sin quedarse en la apariencia: "¿De Galilea puede salir algo bueno?" El Reino de Dios está donde está el Espíritu, que se hace notorio por las obras que realiza en los que lo han recibido, y, como dice san Pablo, viene acompañado de justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.

Expulsar demonios en el nombre de Cristo es una de las señales que acompañarán a los que crean en la predicación y a sus enviados. Dios supera con mucho nuestras expectativas y reparte sus dones con absoluta libertad y con un discernimiento mayor que nuestros criterios carnales, como lo es su amor respecto al nuestro: "¿Quién ha conocido jamás la mente del Señor; quién le ha sugerido su proyecto? ¿Con quién se aconsejó para entenderlo, para que le enseñase el saber y le sugiriese el método inteligente?"

Lo que muestra verdaderamente la persona, el contenido de su corazón, son sus obras y no sus fantasías, intenciones y deseos. Son los frutos de los que habla el Señor en el Evangelio: "Por sus frutos los conoceréis" (Mt 7, 16). Un árbol malo no da frutos buenos y viceversa. En sus obras, la persona muestra su mente y su voluntad: su corazón. Santa Teresa ya decía que el hombre está lleno de fantasías, pero lo que realmente tiene valor en él es esa parte que son sus obras. Juan Pablo II, antes de ser Papa, escribió "Persona y acción", para expresar precisamente esto, en un estudio personalista sobre los actos humanos.

        Pidamos al Señor el discernimiento y la apertura propios de su Espíritu, para acoger la manifestación universal de su gracia entre los hombres.  

           Que así sea.

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Martes 7º del TO

Martes 7º del TO

Mc 9, 30-37

Queridos hermanos:

La palabra de hoy es una exhortación al amor, como la de ayer lo fue a la fe. Se trata de tener la vida divina en nosotros, lo cual supone un cambio de mentalidad, más aún, de naturaleza. Encontrar el tesoro escondido es descubrir que la vida plena está en amar a Cristo y a los demás. Desgraciadamente, somos pobres en amor y esclavos del propio bienestar.

Toda la vida de Cristo ha sido un servicio de amor y entrega a la voluntad del Padre, que ha alcanzado su plenitud en la cruz. Recibir a Cristo es recibir su espíritu; acoger el amor del Padre, que nos ha entregado a su Hijo como verdad y vida nuestra. La experiencia de este amor libera de la esclavitud que nos obliga a buscarnos en todo a nosotros mismos por el miedo a "no ser", consecuencia del pecado. Lo vemos claramente en Nietzsche, cuando en su obra "Así hablaba Zaratustra" opone a los valores evangélicos la «voluntad de poder», encarnada por el superhombre, el hombre de la «gran salud», que quiere alzarse, no abajarse. Este pobre "obseso" se sintió en el deber de combatir ferozmente el cristianismo, reo, en su opinión, de haber introducido en el mundo el «cáncer» de la humildad y de la renuncia.

Cristo, al contrario que la soberbia del diablo, ha querido ser manifestado en los pequeños, y él mismo se ha hecho el último y el servidor de todos, de manera que un discípulo que se hace pequeño, hace posible a quien le acoge en nombre de Cristo acoger a Dios mismo que lo ha enviado. Si uno actúa con poder y prepotencia, no hace presente a Cristo, sino al diablo. Por eso, los discípulos que van a ser enviados deben hacerse pequeños, como niños, en bien de quienes los acojan en nombre de Cristo. Los discípulos, deben ser amaestrados frente al escándalo de la cruz y capacitados para acoger el amor que derramará sobre ellos el Espíritu, haciendo visible el desprecio del mundo y sus concupiscencias.

El primero en el Reino, el más importante, será aquel que aquí servirá más perfectamente; el que más se asemejará al Hijo del hombre que dará su vida. En el Reino, la primacía es el amor y, por tanto, el que más sirve en este mundo poniéndose a los pies de todos, tendrá allí más importancia y preeminencia.

A través de la Eucaristía podemos entrar en comunión de servicio y de amor con el Señor.

           Que así sea.

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Lunes 7º del TO

Lunes 7º TO

Mc 9, 14-29 Q

Queridos hermanos:

         Hoy la palabra es muy existencial y nos pone frente a la fe y a la oración, y en el paralelo de Lucas, además, ante el ayuno. Lo que cree la fe, lo alcanza la oración con el ayuno.

Todo es posible para Dios y alcanzable para quien se apoya en él de todo corazón. La fe como don de Dios y la Palabra lo pueden todo, pero el problema está en descubrir qué hay en nuestro corazón que es impedimento para que nuestra fe progrese, se desarrolle y dé fruto, o qué carencia hace infecundas las semillas depositadas en nosotros por Dios. Dice el Señor: “Yo quiero misericordia; gustad y ved qué bueno es el Señor; nadie puede venir a mí si el Padre no lo atrae”.

El Padre nos atrae a Cristo con sus palabras y sus mandamientos, pero si las dejamos pasar sin acogerlas entrañablemente, quedan infecundas, y nosotros ignorantes de la bondad de Dios y sin amor. Además, debemos descubrir si el Señor es nuestra delicia, o nuestro corazón sigue deleitándose con las cosas y las personas, pretendiendo compartir nuestro amor a Dios con los ídolos. Reconocemos que el Señor es Dios, pero no es aún nuestro único Señor, y el Señor ha dicho: “No tendrás otros dioses junto a mí”.

Si falta la fe, la relación con Dios es perversa y sólo busca instrumentalizar la religión en provecho propio. Es, pues, un problema de la actitud profunda de nuestro corazón. Los signos y la predicación de Cristo no alcanzaron el corazón del Israel, que no estaba en Dios sino en su propia complacencia. Ni amaba ni servía a Dios. Este es el caso del padre del endemoniado epiléptico, al que Cristo quiere sacar de la incredulidad y llevarlo a la fe que puede salvarlo.

También la fe de los apóstoles es débil e imperfecta y no puede con ciertos demonios. Recordemos que el Señor los ha llamado y los lleva consigo para formarlos y hacer de ellos verdaderos discípulos. Para eso deberán madurar en su relación con Dios a través de la oración a semejanza del Maestro; deberán profundizar en su abandono a Cristo. Las palabras, las obras y las actitudes de Cristo irán suavizando su rudeza, hasta que el Espíritu Santo, al venir sobre ellos, las grabe a fuego en sus corazones por el amor.

Cristo experimenta su impotencia frente a la incredulidad de los judíos una vez más, y lanza una exclamación que es más un gemido: “¡Generación incrédula! ¡Y perversa!, añadirá Lucas. ¿Hasta cuándo estaré con vosotros y habré de soportaros?”.

Nosotros podemos aplicarnos perfectamente esta palabra. Hemos creído, pero nuestro creer debe madurar y perseverar hasta la prueba y la fidelidad; ahora es quizá todavía inoperante, como la de aquellos judíos “que habían creído”, y a los que Jesús llama hijos del diablo (Jn 8, 48). Quizá también nuestro corazón está todavía lleno de nosotros mismos y ajeno al Señor. Nuestra fe, como la de Abrahán, tendrá que recorrer un largo camino de maduración para ser probada y poder dar frutos de vida eterna.

Dios es amor y el amor se queja cuando es desdeñado por un corazón incrédulo, pero no puede forzar su libertad, que hará posible el amor cuando la fe madure, y haga que el hombre se niegue a sí mismo y viva para Dios y para el prójimo.

¡Misericordia quiero, yo quiero amor, conocimiento de Dios! Que la Eucaristía nos vaya introduciendo en el corazón de Cristo, a través de la fe.  

             Que así sea.

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Domingo 7º del TO C

Domingo 7º del TO C)

1S 26, 2.7-9.12-13.22-23; 1Co 15, 45-49; Lc 6, 27-38. 

Queridos hermanos:

         La perfección del amor de Dios está en que ama también a malvados y pecadores, buscando su salvación mediante la conversión para el perdón de sus pecados. Esta es la perfección a la que llama a sus discípulos, dándoles su Espíritu Santo que los hace hijos: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, rogad por los que os persiguen, bendecid a los que os calumnian”. Este es el espíritu que vemos en David en la primera lectura, un hombre según el corazón de Dios, que ama concretamente a su enemigo, no sentimentalmente, sino con hechos, perdonando su vida por amor a Dios. El amor de los discípulos no puede ser igual al de los escribas y fariseos, publicanos y pecadores, después de haber sido amados así por Cristo. Su amor debe superar el amor natural del hombre terreno con el sobrenatural del hombre celeste que le ha sido dado.

Desde el hombre terreno y carnal, consecuencia del pecado, al celestial, hay un camino que recorrer, que es la fe en Cristo. Nosotros hemos sido amados con esta perfección divina siendo pecadores y enemigos de Dios, y si hemos acogido su amor en el corazón, ningún mal podrá dañarnos. Al contrario, podremos vencerlo con el bien que poseemos. En cambio, si dejamos al mal penetrar en nuestro corazón, engendrará allí sus hijos para nuestro mal.

En el libro del Eclesiástico leemos: “El Altísimo odia a los pecadores y dará a los malvados el castigo que merecen” (Eclo 12, 6). Y también san Pablo dice: “Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios” (1Co 6, 9-10). Pero añade: “Y tales fuisteis algunos de vosotros”. En el don de este amor gratuito y del Espíritu Santo, hemos sido llamados a una nueva vida en el amor, que responde a la misericordia recibida con nuestra justicia: “Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios”.

Dice san Agustín, comentando el salmo 121, que los montes a los que hay que levantar los ojos para recibir el auxilio del Señor son las Sagradas Escrituras. En esta palabra podemos decir que hemos alcanzado su cima más alta, hasta llegar al cielo del amor de Dios. Por este amor, hay que llegar a odiar la propia vida y a amar a quien nos odia.

Este amor es sobrenatural; la carne ama lo suyo y detesta lo que le es contrario. Dice san Pablo que carne y espíritu son entre sí antagónicos. Para recibir este amor espiritual, es necesario odiar la propia carne como dice el Señor en el Evangelio: “Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío”.

En Cristo hemos sido amados así, y de él podemos recibir su Espíritu que nos hace hijos de su Padre, y su naturaleza en nosotros se hace patente en el amor a los enemigos. Aquello de “sed santos porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo” (Lv 20, 7), ahora se cambia en “sed perfectos porque es perfecto vuestro Padre celestial; porque habéis recibido su misma naturaleza divina, su Espíritu Santo, siendo adoptados como hijos”.

Ya que ningún mérito hemos tenido para ser amados, merezcamos amando a quienes no lo merecen, para que puedan amar y merecer también ellos.  

  Proclamemos juntos nuestra fe.

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La Cátedra de san Pedro

La Cátedra de San Pedro

1P 5, 1-4; Mt 16, 13-19

Queridos hermanos: 

En esta fiesta, más que recordar directamente a San Pedro, conmemoramos su “cátedra”; su función, su ministerio en relación con la revelación de la fe cristiana; contemplamos la misión de fundamento, signo de comunión y el poder de atar y desatar, que Cristo entrega a su Iglesia en la persona de Pedro, cuya fe tendrá el cometido de hacer sucumbir las puertas del infierno.

Las puertas son lugares fundamentales en la defensa de una plaza amurallada que es atacada, y su caída representa su derrota. Es, por tanto, el Infierno quien sufre el ataque y quien verá sucumbir sus defensas ante el asedio a los poderes de la muerte, por parte de la Iglesia, que tiene profetizada su victoria y quien repartirá botín liberando del diablo a sus cautivos (Cf. Mt 16, 18).

Pedro es, pues, investido por Cristo de las prerrogativas de mayordomo de la Casa de Dios cuyo distintivo son las llaves, como Elyaquím en el palacio de David (Is 22, 20-22); de las prerrogativas del sumo sacerdote Simón hijo de Onías, que puso los cimientos del templo (Eclo 50,1-2); (cf. Simón hijo de Jonás, Mt 16, 17, o Simón hijo de Juan, Jn 1, 42), y de las prerrogativas del sumo sacerdote Caifás, Kefa (Cefas), de pronunciar el nombre de Dios el día del Yom Kîppûr: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.”

Esta designación de Pedro es debida a la elección divina que lo impulsa a proclamar el nombre de Dios, que solo era lícito al sumo sacerdote, revelando la filiación divina de Cristo, fundamento de la nueva fe, que será el cimiento de la Iglesia, como comunidad mesiánica, escatológica, que comienza a existir.

Así, “Cefas” sustituye a Caifás, cuya función quedará tan obsoleta como el culto en el templo de Jerusalén, una vez que la Presencia de Dios (Shekiná) lo abandone, rasgándose el velo del Templo de arriba abajo, aquel mismo año en el que el hilo rojo de las puertas del Templo no fue blanqueado.

En la fiesta del Yom Kîppûr, amarraban un hilo rojo a las puertas del Templo y otro hilo rojo a los cuernos del cabrito, que era echado al desierto. Si la oración del sumo sacerdote, la confesión, era sincera, el hilo rojo que estaba en las puertas del Templo se volvía blanco. Recordemos a Isaías cuando dice que, aunque tus pecados sean rojos como escarlata, serán blancos como la lana (cf. Is 1,18). El Talmud menciona que cuarenta años antes de la destrucción del Templo, el hilo rojo no se volvió blanco (en el Yom Kîppûr). Haciendo cálculos, nos llevamos una sorpresa. El Templo fue destruido en el 70. Entonces, cuarenta años antes nos sitúa justamente en la Pascua de Jesucristo. (F. Manns, Introducción al judaísmo, cap. V p.73).

Efectivamente, el nuevo sumo sacerdocio se inicia fuera del templo y de Jerusalén, en el lugar “profano” de Cesarea de Filipo, y ajeno a la casta sacerdotal de los levitas. La “unción” realizada por Cristo viene de lo alto, mediante la revelación hecha a Pedro de la nueva fe: “Jesús de Nazaret es el Cristo, el Hijo del Dios vivo.”

La fe es el resultado del don de Dios que se revela al espíritu humano, don al que se unen el testimonio humano y el testimonio del Espíritu que lo confirma, a través fundamentalmente de las Escrituras y la predicación del Kerigma, dándole la certeza de la Verdad del Amor de Dios.

Los discípulos, acogiendo la predicación, las señales y la caridad de Cristo, creen en él como maestro, profeta y enviado de Dios, pero será el Espíritu Santo quien testificará a su espíritu su divinidad de Hijo del Altísimo, transformando sus creencias en fe que obra por la Caridad, dándoles obediencia y confianza, juntamente con todos sus dones. Esta es la fe de la Iglesia, que profesamos en la Eucaristía: “Sacramento de nuestra fe”.

Hoy el mundo ataca a la Iglesia por insidias del diablo, enemigo de Dios y los hombres, persiguiendo de forma especial la figura del Papa, tratando de debilitar nuestra adhesión a Pedro. Si del Señor dijeron que era un comilón, un borracho, un blasfemo y un endemoniado, amigo de publicanos y pecadores, qué no van a decir del Papa. Oremos, por tanto, especialmente por el Papa en este día, para que el Señor lo ilumine, lo sostenga y lo proteja de todo mal.  

          Que así sea.

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Viernes 6º del TO

Viernes 6º del TO

Mc 8, 34-9,1

Queridos hermanos:

Una cosa es el hombre viejo con sus concupiscencias, al que el pecado ha dejado vacío y encerrado en sí mismo, sumergiéndolo en la muerte; y otra es el hombre nuevo, que se recibe en el seguimiento de Cristo por el don del Espíritu. Amor que implica negación propia y cruz de inmolación, derramado en su corazón de discípulo; testimonio de vida eterna y causa de salvación por el obsequio de sí mismo a la voluntad de Dios, como fruto de la fe.

Las cosas y las criaturas son incapaces de saciar la interioridad del corazón, evitando la frustración existencial de quien aliena su vocación y su predestinación al amor, que sólo Dios puede llevar a su plenitud.

Pero negarse y entregarse plenamente sólo es posible a quien se posee a sí mismo, habiendo sido colmado en él el vacío mortal que ha dejado el pecado en su corazón, y que sólo el amor de Dios puede colmar. Querer guardarse a sí mismo, en cambio, es propio de quien carece de la fuente que brota del corazón redimido en el que habita Dios mismo; vida nueva que trae el Evangelio, como remedio de la incredulidad.

Nosotros somos llamados a la fe y a gustar la potencia del Reino, que como dice la carta de Santiago, produce obras de vida eterna: “el que crea en mí, hará las obras que yo hago y mayores aún”, dice Cristo. La fe reputa la justicia y engendra obras de vida eterna y de salvación.

Hemos escuchado la promesa de experimentar la resurrección de Cristo que alcanzó a los apóstoles y se nos promete a nosotros.

La Eucaristía nos une a Cristo en su misterio pascual de muerte, en la esperanza de su resurrección.     

           Que así sea.

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Jueves 6º del TO

Jueves 6º del TO

Mc 8, 27-33

Queridos hermanos:

En este evangelio, Marcos une la profesión de fe de Pedro y su escándalo de la cruz sin solución de continuidad, quizá para mostrar por un lado que es Dios quien elige, y que su elección es gratuita, y también que la respuesta de Pedro es pura inspiración divina y no fruto de su discernimiento personal, ya que acto seguido también Satanás logra influenciarlo para que responda carnalmente ante el escándalo de la cruz.

Pedro, como los demás apóstoles, no ha comprendido aún el misterio de la persona y la misión de Cristo, a la cual se opone furibundamente Satanás, en un vano intento de que no llegue a realizarse la redención de la humanidad, que pasa por la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

El anuncio de Cristo previene en sus discípulos el escándalo de la cruz que los zarandeará tremendamente, y que solo su encuentro con la resurrección y el don del Espíritu Santo iluminarán definitivamente.

Una vez más se nos plantea el problema del discernimiento, ya que tanto Dios como Satanás pueden influir en nuestro ánimo con acontecimientos y con mociones contradictorias, de cuya discreción depende nuestro bien o nuestra ruina. Será Cristo quien dirá a Pedro lo que proviene de Dios y lo que viene del maligno, hasta que reciba su Espíritu Santo. Nosotros necesitamos también de su Espíritu que haga madurar nuestro amor y acreciente en nosotros el discernimiento, que ilumine nuestra mente frente a las engañosas sugestiones de la carne, del mundo y del diablo.

La eucaristía viene en nuestra ayuda, haciéndonos un espíritu con Cristo mediante la comunión de su cuerpo y de su sangre.          

           Que así sea.

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Miércoles 6º del TO

Miércoles 6º  del TO

Mc 8, 22-26

Queridos hermanos:

¡Ay de ti, Betsaida! Parece que Cristo ya no quiere hacer más señales en este lugar, que forma parte del triángulo de lugares en el extremo norte del lago, agraciados por su presencia y sus signos, anatematizados por Jesús por su dureza para convertirse: “¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! ¡Y tú, Cafarnaúm!”. Pero se compadece del ciego y lo cura sacándolo fuera del pueblo incrédulo, mandándole, además, que no regrese a él. Nos sorprende también la curación progresiva en esta ocasión, distinta de la de otros ciegos como el de Siloé o el de Jericó, cuya curación es más rápida, quizá por la mayor fe del ciego, que además es el único de quien conocemos su nombre.

Jesús toma de la mano al ciego y camina con él, conduciéndolo hacia su curación por etapas, una unción y dos imposiciones de manos. Toda una imagen de la iniciación cristiana que conduce al hombre en tinieblas, de la mano de Cristo, a quien desconoce, hasta la visión plena; de las tinieblas a la luz de forma progresiva, tal como hace la Iglesia con los catecúmenos apartándolos en una comunidad. Ella los presenta a Cristo, y él los toma a su cuidado, conduciéndolos entre tinieblas, fuera de la influencia de la masa incrédula, y allí dialoga con ellos, los unge y les impone las manos, y los envía.

Cafarnaúm se hundirá en el lago como signo de la humillación de su soberbia, y Corazín desaparecerá del mapa. Las señales realizadas en ellas reclaman su conversión, como a nosotros los dones recibidos de la misericordia del Señor. La grandeza de nuestra llamada a la comunión con Dios en el Espíritu es también nuestra responsabilidad de responder con nuestra conversión y nuestro agradecimiento a su misericordia. 

Que así sea.

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Domingo 6º del TO C

Domingo 6º del TO C

(Jr 17, 5-8; 1Co 15, 12.16-20; Lc 6, 17.20-26)

Queridos hermanos:

La palabra de hoy nos presenta la irrupción del Reino de Dios sobre la realidad de muerte y de infelicidad, consecuencia del pecado. La maldición va a ser desplazada por la bendición que Dios envía en Jesucristo. Cristo resucitado abre un camino a la casa del Padre a la humanidad, que en este mundo debe pasar por el “valle del llanto”, como en otro tiempo el pueblo tuvo que pasar por el “desierto”, atravesando la tierra de sus enemigos y pasando por muchas pruebas, dificultades, persecuciones y tentaciones que dificultaban su camino, y fueron sostenidos por su fe, por la presencia del Señor y, sobre todo, por la esperanza en la “promesa” de la tierra.

En nuestro caso, caminamos en el “seguimiento de Cristo”, que camina delante de nosotros, nos guía porque conoce el camino y aligera nuestra carga, haciendo gloriosa nuestra cruz de cada día, en la que él venció primero. El Señor nos ha llamado para hacernos felices, total y definitivamente, cosa que no puede realizarse en esta vida que se acaba: nuestros seres queridos pasarán, nuestra misma vida se acabará y el mundo entero será consumido, mientras nuestra promesa es de “vida eterna”.

La puerta de entrada al Reino es la acogida de Cristo en la predicación; puerta angosta de hacerse discípulo de Cristo y ciudadano del cielo, que supone añadir a la precariedad y al sufrimiento propios de esta vida la negación de sí mismo y la persecución por ser discípulo, que, a semejanza del Maestro perseguido, debe tomar su cruz. En esa situación paradójica del Reino, Cristo proclama las bienaventuranzas que se derivan de poner la confianza en Dios, como dice la primera lectura, en contraposición con los que ponen su confianza en sí mismos y en sus conquistas terrenas.

La resurrección de Cristo de la que nos habla san Pablo en la segunda lectura desvelará el valor de la fe y de la abnegación del discípulo, y la vanidad de las seguridades mundanas.

Bienaventurados los discípulos, porque tanto las cosas presentes, como las penas y los sufrimientos, pasarán, mientras que el amor permanecerá en el Reino al que han sido injertados. ¡Ay!, en cambio, de los que, satisfechos en medio de la maldición del pecado, celosos de sus bienes, menosprecian la vida nueva que Cristo les ofrece. Perecerán como la apariencia de este mundo, sin tener quien los rescate.

Cuando el hombre, por el pecado, se ha separado del Señor, su corazón, creado para amar a Dios, se ha pervertido en el amor a las criaturas que han ocupado el lugar de Dios, sometiendo al hombre a la maldición, porque sólo Dios es la vida y la felicidad; sólo Él puede colmar las ansias de plenitud para las que el hombre ha sido creado. Lo decía San Agustín: Nos has hecho para ti, y nuestro corazón no halla descanso hasta descansar en ti. Como dice el salmo: “Sea el Señor tu delicia y él te dará lo que pide tu corazón.” Lo hemos escuchado a Jeremías en la primera lectura: “Quien se apoya en la carne es un infeliz”. También san Pablo en la segunda lectura decía: “Si nuestra esperanza se reduce a este mundo, somos los hombres más desgraciados”.

Sólo quien espera una vida eterna en el amor de Dios que le ha sido dado puede perder esta por amor.    

           Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 5º del TO

Sábado 5º del TO

Mc 8, 1-10

Queridos hermanos:

Continuando nuestra mirada al Reino de Dios que irrumpe con Cristo, hoy la Palabra nos presenta el banquete mesiánico en el que será saciado el corazón del hombre: “Comerán, se saciarán y sobrará”. El nuevo y verdadero Moisés, el esperado, introducirá al pueblo en la Tierra Prometida. Isaías describe las ansias del corazón humano, que son ansias de la bienaventuranza a la que está llamado, y que son las promesas hechas por Dios a través de la Historia de la Salvación. Un pueblo renovado en el que “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, y los pobres son evangelizados.” Una tierra en la que habita la justicia y la muerte ha sido aniquilada. Una vez alimentados los hijos, serán también saciados los “perritos”, porque ya no habrá judíos ni gentiles, griegos ni escitas, esclavos ni libres, sino hijos de Dios.

En la simbología evangélica, esta segunda multiplicación se dirige a los gentiles, que también son llamados al encuentro con la Palabra que sacia el corazón humano. El número siete en el Evangelio nos habla de plenitud; todas las naciones son invitadas al banquete del Reino que viene con Cristo y en el que los invitados serán servidos por la Iglesia.

La muerte aniquilada de la que habla Isaías (25, 8), anuncia el perdón de los pecados; la vida descenderá del monte santo como el agua que viene del cielo para fecundar la tierra y hacerla germinar para alimentar a todas las naciones.

Nosotros somos invitados a este festín y a este monte para ser saciados y poder así alimentar con la abundancia sobrante a todos los hambrientos de la tierra.  

           Que así sea.

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Domingo 5º del TO C

Domingo 5º del TO C 

(Is 6, 1-2a. 3-8; 1Co 15, 1-11; Lc 5, 1-11)

Queridos hermanos:

Cuando la santidad, lo numinoso de Dios se acerca al hombre, este experimenta su indignidad, como nos presenta hoy la palabra a través de Isaías, san Pablo y san Pedro. La llamada de Dios viene precedida de su revelación y acompañada de la misión, a la que son enviados gratuita e inmerecidamente después de ser justificados. Como dice san Pablo: “A quienes llamó, a esos también los justificó y los glorificó”, y este llamamiento debe ser antepuesto a todo lo demás, incluso a la propia vida.

El tiempo presente es de salvación mediante la conversión que se nos ofrece, pero para poder valorar el tiempo es necesario que la vida tenga una dirección y una meta que le dan sentido, por el Evangelio. La llamada abre así al hombre un horizonte de esperanza ante el Reino de Dios. El tiempo se hace entonces historia, que brota de la llamada, por la que el hombre se pone en camino, en seguimiento de la Promesa.

Dios quiere nuestra conversión para el bien, y anuncia la buena noticia de su amor, que debe ser acogida en la fe mediante los enviados que él llama. Jonás deberá advertir de la destrucción que los pecados acarrearán el día del juicio, y de la que podrán librarse mediante la conversión de su conducta. Los enviados son llamados y reciben una primera gracia, que después deberá ser probada en las vicisitudes que supone seguir al Señor, y su perseverancia les confirmará en la fe.

La vida nueva que trae el Evangelio relativiza todas las cosas dándoles su verdadera dimensión pasajera frente a lo que es definitivo. Los enviados deberán ayudar a los hombres a permanecer fieles y recuperar a quienes se dispersaron subyugados por el mal. Para esa misión serán revestidos de justicia y poder espiritual, renunciando a todo por seguir a Cristo.

La predicación del Evangelio es, por tanto, la misión por excelencia de la Iglesia, que lo ha hecho llegar hasta nosotros a través de los apóstoles. Jesús ha dicho a sus primeros discípulos: seréis pescadores de hombres. Somos, en efecto, como peces que se sacan del mar con un anzuelo. San Agustín dice que en nuestro caso ocurre al revés que con los peces. Mientras ellos al ser pescados mueren, nosotros, al ser sacados del mar, que en la Escritura es símbolo de la muerte, somos devueltos a la vida. Lo que mejor nos dispone a este ser pescados por la fe, es el anzuelo de nuestras miserias y sufrimientos, que las Escrituras y la Iglesia denominan la cruz; ella nos hace agarrarnos fuertemente al anuncio de la salvación, que Dios confía a los apóstoles.

La llamada a los primeros discípulos en el Evangelio resalta la iniciativa de Dios, que es quien llama, y la respuesta inaplazable e inexcusable del discípulo, que la antepone a todo. Hemos escuchado a san Pablo decir: “El que invoque al Señor se salvará”, porque la salvación viene por acoger la palabra de Cristo, que nos anuncia el amor de Dios. Si el discípulo acoge la llamada y acepta la misión, parte como anunciador de la Buena Nueva y suscita la salvación en quien acoge el mensaje de la fe, que surge del testimonio que da en nosotros el Espíritu, del amor que Dios es, y del amor que nos tiene. Si Dios es en nosotros, nosotros somos en él, y nuestro corazón se abre y abraza a todos los hombres, de manera que ya no vivimos para nosotros mismos, sino para aquel que se entregó, murió y resucitó por nosotros.

La Eucaristía nos invita y nos potencia a entrar en comunión con la entrega de Cristo mediante la nuestra.        

           Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                                                                  www.jesusbayarri.com

 

Lunes 4º del TO

Lunes 4º del TO

Mc 5, 1-20

Queridos hermanos:

Podemos sacar muchas enseñanzas de esta palabra. La primera nos la sugiere la Escritura: ¿Qué es el corazón humano para que puedan albergarse en él dos mil demonios?, habiendo sido creado por Dios para habitar en él, de forma que nada ni nadie, sino Dios, lo pueda saciar. Nuevamente nos enfrentamos al problema de la existencia del mal, al escándalo del sufrimiento y de la libertad, que cuestionan el poder, la misericordia y la bondad de Dios. ¿El Señor que ha sacado a un pobre hombre de la esclavitud del diablo no podía haber evitado tanto sufrimiento?

         Respetando la libertad del hombre, Dios saca el bien del mal, y mucho fruto, aún del escandaloso sufrimiento de los inocentes, como lo hizo con su propio Hijo para nuestra salvación. No hay esclavitud ni depravación tan grande que pueda impedir la salvación de Dios, que quiere regenerar a un hombre.

         Jesús parece haber ido a aquel lugar exclusivamente a curar a aquel pobre hombre, pero, sobre todo, ha ido a concederle encontrarse con él; a suscitar su fe, la de aquella gente, y a fortalecer la de sus discípulos. Desembarca, cura y regresa de nuevo al lago.

          La palabra de hoy nos hace presente la seriedad de la vida y lo triste que puede llegar a ser la situación de un hombre en las manos del diablo. La misma grandeza del hombre le hace susceptible de una gran ruina. Pensar que en el corazón del hombre, que sólo Dios puede saciar, puede caber una legión de demonios es para meditarlo seriamente. Con qué facilidad vivimos neciamente dejando al mal adueñarse de nosotros. Para el Señor, un hombre, su corazón, vale el mundo entero; por supuesto, más que muchos pajarillos y más que dos mil cerdos.

         Vemos a Cristo compadecerse de las gentes, pero es evidente que su misión no se reduce a aliviar el sufrimiento temporal, sino a perdonar el pecado suscitando la fe. En sus milagros, distingue entre curación y salvación. La curación es temporal, pero la salvación es eterna. La verdadera misericordia de Dios no consiste en que el hombre deje de sufrir, sino en que no se pierda eternamente.

         Es maravilloso que un ciego vea, que un paralítico camine o que un endemoniado se cure, pero es infinitamente superior que un pecador se convierta.

         Quien ha sido alcanzado por la misericordia del Señor, como el endemoniado, es enviado a testificarla en el mundo, proclamando su salvación. Es un deber de gratitud hacia el Señor que ha usado de misericordia con él. “Es bien nacido quien es agradecido.”

           La Eucaristía viene en nuestra ayuda y nos sienta a la mesa con Cristo, que ha tomado sobre sí la muerte de nuestros pecados para alcanzarnos la resurrección.       

           Que así sea.

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