Miércoles 7º del TO

Miércoles 7º del TO

Eclo 4, 12-22; Mc 9, 38-40

Queridos hermanos:

En el Evangelio vemos cómo la gracia del Señor y la fe tocan a los paganos y a otras personas que aparentemente son ajenas a Cristo, pero en los que actúa el Espíritu. Incluso Jesús parece sorprenderse, o por lo menos se congratula, de la magnanimidad del Padre para revelarse a los pequeños. Los carismas no siempre se comprenden a primera vista; es necesario el discernimiento, sobre todo a través de los frutos. Es natural amar el propio carisma, pero la apertura a los demás es también fruto del Espíritu, que es siempre comunión, en la humildad y la gratitud, por el don recibido gratuitamente, sin mérito propio. El Señor escruta el corazón, sin quedarse en la apariencia: "¿De Galilea puede salir algo bueno?" El Reino de Dios está donde está el Espíritu, que se hace notorio por las obras que realiza en los que lo han recibido, y, como dice san Pablo, viene acompañado de justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.

Expulsar demonios en el nombre de Cristo es una de las señales que acompañarán a los que crean en la predicación y a sus enviados. Dios supera con mucho nuestras expectativas y reparte sus dones con absoluta libertad y con un discernimiento mayor que nuestros criterios carnales, como lo es su amor respecto al nuestro: "¿Quién ha conocido jamás la mente del Señor; quién le ha sugerido su proyecto? ¿Con quién se aconsejó para entenderlo, para que le enseñase el saber y le sugiriese el método inteligente?"

Lo que muestra verdaderamente la persona, el contenido de su corazón, son sus obras y no sus fantasías, intenciones y deseos. Son los frutos de los que habla el Señor en el Evangelio: "Por sus frutos los conoceréis" (Mt 7, 16). Un árbol malo no da frutos buenos y viceversa. En sus obras, la persona muestra su mente y su voluntad: su corazón. Santa Teresa ya decía que el hombre está lleno de fantasías, pero lo que realmente tiene valor en él es esa parte que son sus obras. Juan Pablo II, antes de ser Papa, escribió "Persona y acción", para expresar precisamente esto, en un estudio personalista sobre los actos humanos.

        Pidamos al Señor el discernimiento y la apertura propios de su Espíritu, para acoger la manifestación universal de su gracia entre los hombres.  

           Que así sea.

                                                             www.jesusbayarri.com  

 

Martes 7º del TO

Martes 7º del TO

Mc 9, 30-37

Queridos hermanos:

La palabra de hoy es una exhortación al amor, como la de ayer lo fue a la fe. Se trata de tener la vida divina en nosotros, lo cual supone un cambio de mentalidad, más aún, de naturaleza. Encontrar el tesoro escondido es descubrir que la vida plena está en amar a Cristo y a los demás. Desgraciadamente, somos pobres en amor y esclavos del propio bienestar.

Toda la vida de Cristo ha sido un servicio de amor y entrega a la voluntad del Padre, que ha alcanzado su plenitud en la cruz. Recibir a Cristo es recibir su espíritu; acoger el amor del Padre, que nos ha entregado a su Hijo como verdad y vida nuestra. La experiencia de este amor libera de la esclavitud que nos obliga a buscarnos en todo a nosotros mismos por el miedo a "no ser", consecuencia del pecado. Lo vemos claramente en Nietzsche, cuando en su obra "Así hablaba Zaratustra" opone a los valores evangélicos la «voluntad de poder», encarnada por el superhombre, el hombre de la «gran salud», que quiere alzarse, no abajarse. Este pobre "obseso" se sintió en el deber de combatir ferozmente el cristianismo, reo, en su opinión, de haber introducido en el mundo el «cáncer» de la humildad y de la renuncia.

Cristo, al contrario que la soberbia del diablo, ha querido ser manifestado en los pequeños, y él mismo se ha hecho el último y el servidor de todos, de manera que un discípulo que se hace pequeño, hace posible a quien le acoge en nombre de Cristo acoger a Dios mismo que lo ha enviado. Si uno actúa con poder y prepotencia, no hace presente a Cristo, sino al diablo. Por eso, los discípulos que van a ser enviados deben hacerse pequeños, como niños, en bien de quienes los acojan en nombre de Cristo. Los discípulos, deben ser amaestrados frente al escándalo de la cruz y capacitados para acoger el amor que derramará sobre ellos el Espíritu, haciendo visible el desprecio del mundo y sus concupiscencias.

El primero en el Reino, el más importante, será aquel que aquí servirá más perfectamente; el que más se asemejará al Hijo del hombre que dará su vida. En el Reino, la primacía es el amor y, por tanto, el que más sirve en este mundo poniéndose a los pies de todos, tendrá allí más importancia y preeminencia.

A través de la Eucaristía podemos entrar en comunión de servicio y de amor con el Señor.

           Que así sea.

                                                             www.jesusbayarri.com

Lunes 7º del TO

Lunes 7º TO

Mc 9, 14-29 Q

Queridos hermanos:

         Hoy la palabra es muy existencial y nos pone frente a la fe y a la oración, y en el paralelo de Lucas, además, ante el ayuno. Lo que cree la fe, lo alcanza la oración con el ayuno.

Todo es posible para Dios y alcanzable para quien se apoya en él de todo corazón. La fe como don de Dios y la Palabra lo pueden todo, pero el problema está en descubrir qué hay en nuestro corazón que es impedimento para que nuestra fe progrese, se desarrolle y dé fruto, o qué carencia hace infecundas las semillas depositadas en nosotros por Dios. Dice el Señor: “Yo quiero misericordia; gustad y ved qué bueno es el Señor; nadie puede venir a mí si el Padre no lo atrae”.

El Padre nos atrae a Cristo con sus palabras y sus mandamientos, pero si las dejamos pasar sin acogerlas entrañablemente, quedan infecundas, y nosotros ignorantes de la bondad de Dios y sin amor. Además, debemos descubrir si el Señor es nuestra delicia, o nuestro corazón sigue deleitándose con las cosas y las personas, pretendiendo compartir nuestro amor a Dios con los ídolos. Reconocemos que el Señor es Dios, pero no es aún nuestro único Señor, y el Señor ha dicho: “No tendrás otros dioses junto a mí”.

Si falta la fe, la relación con Dios es perversa y sólo busca instrumentalizar la religión en provecho propio. Es, pues, un problema de la actitud profunda de nuestro corazón. Los signos y la predicación de Cristo no alcanzaron el corazón del Israel, que no estaba en Dios sino en su propia complacencia. Ni amaba ni servía a Dios. Este es el caso del padre del endemoniado epiléptico, al que Cristo quiere sacar de la incredulidad y llevarlo a la fe que puede salvarlo.

También la fe de los apóstoles es débil e imperfecta y no puede con ciertos demonios. Recordemos que el Señor los ha llamado y los lleva consigo para formarlos y hacer de ellos verdaderos discípulos. Para eso deberán madurar en su relación con Dios a través de la oración a semejanza del Maestro; deberán profundizar en su abandono a Cristo. Las palabras, las obras y las actitudes de Cristo irán suavizando su rudeza, hasta que el Espíritu Santo, al venir sobre ellos, las grabe a fuego en sus corazones por el amor.

Cristo experimenta su impotencia frente a la incredulidad de los judíos una vez más, y lanza una exclamación que es más un gemido: “¡Generación incrédula! ¡Y perversa!, añadirá Lucas. ¿Hasta cuándo estaré con vosotros y habré de soportaros?”.

Nosotros podemos aplicarnos perfectamente esta palabra. Hemos creído, pero nuestro creer debe madurar y perseverar hasta la prueba y la fidelidad; ahora es quizá todavía inoperante, como la de aquellos judíos “que habían creído”, y a los que Jesús llama hijos del diablo (Jn 8, 48). Quizá también nuestro corazón está todavía lleno de nosotros mismos y ajeno al Señor. Nuestra fe, como la de Abrahán, tendrá que recorrer un largo camino de maduración para ser probada y poder dar frutos de vida eterna.

Dios es amor y el amor se queja cuando es desdeñado por un corazón incrédulo, pero no puede forzar su libertad, que hará posible el amor cuando la fe madure, y haga que el hombre se niegue a sí mismo y viva para Dios y para el prójimo.

¡Misericordia quiero, yo quiero amor, conocimiento de Dios! Que la Eucaristía nos vaya introduciendo en el corazón de Cristo, a través de la fe.  

             Que así sea.

                                                   www.jesusbayarri.com

Domingo 7º del TO C

Domingo 7º del TO C)

1S 26, 2.7-9.12-13.22-23; 1Co 15, 45-49; Lc 6, 27-38. 

Queridos hermanos:

         La perfección del amor de Dios está en que ama también a malvados y pecadores, buscando su salvación mediante la conversión para el perdón de sus pecados. Esta es la perfección a la que llama a sus discípulos, dándoles su Espíritu Santo que los hace hijos: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, rogad por los que os persiguen, bendecid a los que os calumnian”. Este es el espíritu que vemos en David en la primera lectura, un hombre según el corazón de Dios, que ama concretamente a su enemigo, no sentimentalmente, sino con hechos, perdonando su vida por amor a Dios. El amor de los discípulos no puede ser igual al de los escribas y fariseos, publicanos y pecadores, después de haber sido amados así por Cristo. Su amor debe superar el amor natural del hombre terreno con el sobrenatural del hombre celeste que le ha sido dado.

Desde el hombre terreno y carnal, consecuencia del pecado, al celestial, hay un camino que recorrer, que es la fe en Cristo. Nosotros hemos sido amados con esta perfección divina siendo pecadores y enemigos de Dios, y si hemos acogido su amor en el corazón, ningún mal podrá dañarnos. Al contrario, podremos vencerlo con el bien que poseemos. En cambio, si dejamos al mal penetrar en nuestro corazón, engendrará allí sus hijos para nuestro mal.

En el libro del Eclesiástico leemos: “El Altísimo odia a los pecadores y dará a los malvados el castigo que merecen” (Eclo 12, 6). Y también san Pablo dice: “Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios” (1Co 6, 9-10). Pero añade: “Y tales fuisteis algunos de vosotros”. En el don de este amor gratuito y del Espíritu Santo, hemos sido llamados a una nueva vida en el amor, que responde a la misericordia recibida con nuestra justicia: “Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios”.

Dice san Agustín, comentando el salmo 121, que los montes a los que hay que levantar los ojos para recibir el auxilio del Señor son las Sagradas Escrituras. En esta palabra podemos decir que hemos alcanzado su cima más alta, hasta llegar al cielo del amor de Dios. Por este amor, hay que llegar a odiar la propia vida y a amar a quien nos odia.

Este amor es sobrenatural; la carne ama lo suyo y detesta lo que le es contrario. Dice san Pablo que carne y espíritu son entre sí antagónicos. Para recibir este amor espiritual, es necesario odiar la propia carne como dice el Señor en el Evangelio: “Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío”.

En Cristo hemos sido amados así, y de él podemos recibir su Espíritu que nos hace hijos de su Padre, y su naturaleza en nosotros se hace patente en el amor a los enemigos. Aquello de “sed santos porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo” (Lv 20, 7), ahora se cambia en “sed perfectos porque es perfecto vuestro Padre celestial; porque habéis recibido su misma naturaleza divina, su Espíritu Santo, siendo adoptados como hijos”.

Ya que ningún mérito hemos tenido para ser amados, merezcamos amando a quienes no lo merecen, para que puedan amar y merecer también ellos.  

  Proclamemos juntos nuestra fe.

                                                                        www.jesusbayarri.com

La Cátedra de san Pedro

La Cátedra de San Pedro

1P 5, 1-4; Mt 16, 13-19

Queridos hermanos: 

En esta fiesta, más que recordar directamente a San Pedro, conmemoramos su “cátedra”; su función, su ministerio en relación con la revelación de la fe cristiana; contemplamos la misión de fundamento, signo de comunión y el poder de atar y desatar, que Cristo entrega a su Iglesia en la persona de Pedro, cuya fe tendrá el cometido de hacer sucumbir las puertas del infierno.

Las puertas son lugares fundamentales en la defensa de una plaza amurallada que es atacada, y su caída representa su derrota. Es, por tanto, el Infierno quien sufre el ataque y quien verá sucumbir sus defensas ante el asedio a los poderes de la muerte, por parte de la Iglesia, que tiene profetizada su victoria y quien repartirá botín liberando del diablo a sus cautivos (Cf. Mt 16, 18).

Pedro es, pues, investido por Cristo de las prerrogativas de mayordomo de la Casa de Dios cuyo distintivo son las llaves, como Elyaquím en el palacio de David (Is 22, 20-22); de las prerrogativas del sumo sacerdote Simón hijo de Onías, que puso los cimientos del templo (Eclo 50,1-2); (cf. Simón hijo de Jonás, Mt 16, 17, o Simón hijo de Juan, Jn 1, 42), y de las prerrogativas del sumo sacerdote Caifás, Kefa (Cefas), de pronunciar el nombre de Dios el día del Yom Kîppûr: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.”

Esta designación de Pedro es debida a la elección divina que lo impulsa a proclamar el nombre de Dios, que solo era lícito al sumo sacerdote, revelando la filiación divina de Cristo, fundamento de la nueva fe, que será el cimiento de la Iglesia, como comunidad mesiánica, escatológica, que comienza a existir.

Así, “Cefas” sustituye a Caifás, cuya función quedará tan obsoleta como el culto en el templo de Jerusalén, una vez que la Presencia de Dios (Shekiná) lo abandone, rasgándose el velo del Templo de arriba abajo, aquel mismo año en el que el hilo rojo de las puertas del Templo no fue blanqueado.

En la fiesta del Yom Kîppûr, amarraban un hilo rojo a las puertas del Templo y otro hilo rojo a los cuernos del cabrito, que era echado al desierto. Si la oración del sumo sacerdote, la confesión, era sincera, el hilo rojo que estaba en las puertas del Templo se volvía blanco. Recordemos a Isaías cuando dice que, aunque tus pecados sean rojos como escarlata, serán blancos como la lana (cf. Is 1,18). El Talmud menciona que cuarenta años antes de la destrucción del Templo, el hilo rojo no se volvió blanco (en el Yom Kîppûr). Haciendo cálculos, nos llevamos una sorpresa. El Templo fue destruido en el 70. Entonces, cuarenta años antes nos sitúa justamente en la Pascua de Jesucristo. (F. Manns, Introducción al judaísmo, cap. V p.73).

Efectivamente, el nuevo sumo sacerdocio se inicia fuera del templo y de Jerusalén, en el lugar “profano” de Cesarea de Filipo, y ajeno a la casta sacerdotal de los levitas. La “unción” realizada por Cristo viene de lo alto, mediante la revelación hecha a Pedro de la nueva fe: “Jesús de Nazaret es el Cristo, el Hijo del Dios vivo.”

La fe es el resultado del don de Dios que se revela al espíritu humano, don al que se unen el testimonio humano y el testimonio del Espíritu que lo confirma, a través fundamentalmente de las Escrituras y la predicación del Kerigma, dándole la certeza de la Verdad del Amor de Dios.

Los discípulos, acogiendo la predicación, las señales y la caridad de Cristo, creen en él como maestro, profeta y enviado de Dios, pero será el Espíritu Santo quien testificará a su espíritu su divinidad de Hijo del Altísimo, transformando sus creencias en fe que obra por la Caridad, dándoles obediencia y confianza, juntamente con todos sus dones. Esta es la fe de la Iglesia, que profesamos en la Eucaristía: “Sacramento de nuestra fe”.

Hoy el mundo ataca a la Iglesia por insidias del diablo, enemigo de Dios y los hombres, persiguiendo de forma especial la figura del Papa, tratando de debilitar nuestra adhesión a Pedro. Si del Señor dijeron que era un comilón, un borracho, un blasfemo y un endemoniado, amigo de publicanos y pecadores, qué no van a decir del Papa. Oremos, por tanto, especialmente por el Papa en este día, para que el Señor lo ilumine, lo sostenga y lo proteja de todo mal.  

          Que así sea.

                                                   www.jesusbayarri.com

Viernes 6º del TO

Viernes 6º del TO

Mc 8, 34-9,1

Queridos hermanos:

Una cosa es el hombre viejo con sus concupiscencias, al que el pecado ha dejado vacío y encerrado en sí mismo, sumergiéndolo en la muerte; y otra es el hombre nuevo, que se recibe en el seguimiento de Cristo por el don del Espíritu. Amor que implica negación propia y cruz de inmolación, derramado en su corazón de discípulo; testimonio de vida eterna y causa de salvación por el obsequio de sí mismo a la voluntad de Dios, como fruto de la fe.

Las cosas y las criaturas son incapaces de saciar la interioridad del corazón, evitando la frustración existencial de quien aliena su vocación y su predestinación al amor, que sólo Dios puede llevar a su plenitud.

Pero negarse y entregarse plenamente sólo es posible a quien se posee a sí mismo, habiendo sido colmado en él el vacío mortal que ha dejado el pecado en su corazón, y que sólo el amor de Dios puede colmar. Querer guardarse a sí mismo, en cambio, es propio de quien carece de la fuente que brota del corazón redimido en el que habita Dios mismo; vida nueva que trae el Evangelio, como remedio de la incredulidad.

Nosotros somos llamados a la fe y a gustar la potencia del Reino, que como dice la carta de Santiago, produce obras de vida eterna: “el que crea en mí, hará las obras que yo hago y mayores aún”, dice Cristo. La fe reputa la justicia y engendra obras de vida eterna y de salvación.

Hemos escuchado la promesa de experimentar la resurrección de Cristo que alcanzó a los apóstoles y se nos promete a nosotros.

La Eucaristía nos une a Cristo en su misterio pascual de muerte, en la esperanza de su resurrección.     

           Que así sea.

                                                   www.jesusbayarri.com

Jueves 6º del TO

Jueves 6º del TO

Mc 8, 27-33

Queridos hermanos:

En este evangelio, Marcos une la profesión de fe de Pedro y su escándalo de la cruz sin solución de continuidad, quizá para mostrar por un lado que es Dios quien elige, y que su elección es gratuita, y también que la respuesta de Pedro es pura inspiración divina y no fruto de su discernimiento personal, ya que acto seguido también Satanás logra influenciarlo para que responda carnalmente ante el escándalo de la cruz.

Pedro, como los demás apóstoles, no ha comprendido aún el misterio de la persona y la misión de Cristo, a la cual se opone furibundamente Satanás, en un vano intento de que no llegue a realizarse la redención de la humanidad, que pasa por la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

El anuncio de Cristo previene en sus discípulos el escándalo de la cruz que los zarandeará tremendamente, y que solo su encuentro con la resurrección y el don del Espíritu Santo iluminarán definitivamente.

Una vez más se nos plantea el problema del discernimiento, ya que tanto Dios como Satanás pueden influir en nuestro ánimo con acontecimientos y con mociones contradictorias, de cuya discreción depende nuestro bien o nuestra ruina. Será Cristo quien dirá a Pedro lo que proviene de Dios y lo que viene del maligno, hasta que reciba su Espíritu Santo. Nosotros necesitamos también de su Espíritu que haga madurar nuestro amor y acreciente en nosotros el discernimiento, que ilumine nuestra mente frente a las engañosas sugestiones de la carne, del mundo y del diablo.

La eucaristía viene en nuestra ayuda, haciéndonos un espíritu con Cristo mediante la comunión de su cuerpo y de su sangre.          

           Que así sea.

                                                   www.jesusbayarri.com

Miércoles 6º del TO

Miércoles 6º  del TO

Mc 8, 22-26

Queridos hermanos:

¡Ay de ti, Betsaida! Parece que Cristo ya no quiere hacer más señales en este lugar, que forma parte del triángulo de lugares en el extremo norte del lago, agraciados por su presencia y sus signos, anatematizados por Jesús por su dureza para convertirse: “¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! ¡Y tú, Cafarnaúm!”. Pero se compadece del ciego y lo cura sacándolo fuera del pueblo incrédulo, mandándole, además, que no regrese a él. Nos sorprende también la curación progresiva en esta ocasión, distinta de la de otros ciegos como el de Siloé o el de Jericó, cuya curación es más rápida, quizá por la mayor fe del ciego, que además es el único de quien conocemos su nombre.

Jesús toma de la mano al ciego y camina con él, conduciéndolo hacia su curación por etapas, una unción y dos imposiciones de manos. Toda una imagen de la iniciación cristiana que conduce al hombre en tinieblas, de la mano de Cristo, a quien desconoce, hasta la visión plena; de las tinieblas a la luz de forma progresiva, tal como hace la Iglesia con los catecúmenos apartándolos en una comunidad. Ella los presenta a Cristo, y él los toma a su cuidado, conduciéndolos entre tinieblas, fuera de la influencia de la masa incrédula, y allí dialoga con ellos, los unge y les impone las manos, y los envía.

Cafarnaúm se hundirá en el lago como signo de la humillación de su soberbia, y Corazín desaparecerá del mapa. Las señales realizadas en ellas reclaman su conversión, como a nosotros los dones recibidos de la misericordia del Señor. La grandeza de nuestra llamada a la comunión con Dios en el Espíritu es también nuestra responsabilidad de responder con nuestra conversión y nuestro agradecimiento a su misericordia. 

Que así sea.

                                        www.jesusbayarri.com

 

Martes 6º del TO

Martes 6º del TO

Mc 8, 14-21

Queridos hermanos:

El Evangelio nos muestra la dureza de mente de los discípulos, que, a pesar de los signos que realiza Cristo, “tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen”, siendo así que Cristo ha venido a cambiar en bendición la maldición de Isaías que pesaba sobre el pueblo de dura cerviz: «Pues recusaron la enseñanza de Yahvé Sebaot y despreciaron el dicho del Santo de Israel. Ve y di a ese pueblo: Escuchad bien, pero no entendáis, ved bien, pero no comprendáis. Engorda el corazón de ese pueblo, hazle duro de oídos, y pégale los ojos, no sea que vea con sus ojos, y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se convierta y se le cure».

Los apóstoles siguen a Jesús, pero se preocupan todavía por lo material. Si, como los judíos, están faltos de discernimiento para descubrir la perversión de los fariseos, ¿cómo podrán guardarse de su levadura, que para Mateo es su doctrina y para Lucas es la hipocresía (12,1)? La levadura es signo de lo viejo, de la impureza y de la corrupción. El peligro de los discípulos es no ser capaces de discernir que su problema está en la reducción de la doctrina a preceptos y tradiciones humanas alejadas del precepto divino, y en la corrupción de su corazón que sus obras ponen de manifiesto: “Porque dicen y no hacen”.

Los fariseos aparentan piedad, pero ésta no nace de un corazón que ama al Señor, porque a través de ella buscan la estima de los hombres, su propia gloria y su interés. “Ciegos que guían a ciegos”, dirá Jesús. La corrupción de la levadura se propaga rápidamente y puede contaminarlo todo, y Cristo debe advertir a sus discípulos. La religión se instrumentaliza en provecho propio a través de la falsedad; y es una excusa para la carne, mientras Cristo ha venido a testificar la Verdad con su vida. El que vive en la verdad apoya su vida en Cristo y es libre; el que vive en la hipocresía es un esclavo del diablo, padre de la mentira que lo ha engañado y lo tiraniza. “¡Ay de aquel cuya fama es superior a sus obras!”, dicen los maestros de espiritualidad.

Jesús habla de una suerte fatal para los hipócritas, que serán separados de él. Hay aquí una llamada a pasar de la carne a la vida nueva del Espíritu: a vivir en la verdad, y a la misión que llevan consigo la llamada y los dones recibidos. A diferencia de los primeros discípulos, nosotros no hemos recibido sólo señales sino verdaderos dones del Espíritu, entre los cuales debe figurar el discernimiento; a estos dones debe responder nuestra fe y una verdadera conversión de vida.

Que el Señor en la Eucaristía nos conceda discernir lo que tomamos de esta mesa y vivirlo en la verdad.

           Que así sea.

                                                   www.jesusbayarri.com

Lunes 6º del TO

Lunes 6º del TO 

Mc 8, 11-13

Queridos hermanos:

Nacidos del amor que es Dios y destinados a la comunión con Él, sólo su amor nos puede hacer plenamente felices, si a Él nos entregamos libre y totalmente. Alejarnos de ese amor, en cambio, nos frustra y nos aniquila. La obra de Cristo es reconducirnos a Él, después de habernos alejado por el pecado. Como ocurría ya desde la salida de Egipto en la marcha por el desierto, Israel sigue pidiendo signos a Dios, incapaz de creer en su palabra y someterle su propia mente, pero así no se convierte, porque no acoge a Dios, sino que hace su propia voluntad. “De los que han visto las señales que he realizado en Egipto y en el desierto, y no han escuchado mi voz, ninguno verá la tierra que prometí con juramento a sus padres” (cf. Nm 14, 22s).

Las señales abundantísimas que Cristo realiza en la tierra, en los momentos y lugares que estima oportunos, no las pueden acoger, porque no tienen ojos para ver ni oídos para oír ni corazón para creer, y piden una señal del cielo que se les imponga, pero los signos deben suscitar la fe, y no sustituirla; no son para convencer mediante la evidencia, sino para hacer volver el corazón a Dios por el arrepentimiento. Pero su corazón está obstinado y no se abre al Señor. No habrá, por tanto, señal de este tipo para esta generación, que puedan ver sin la fe, por encima de las señales que Cristo efectivamente realiza.

Cristo gime de impotencia ante la cerrazón de su incredulidad y la dureza de su corazón. La señal por excelencia de su victoria sobre la muerte estará oculta para ellos (no habrá señal), como lo fue la salida de Jonás del seno del mar para los ninivitas, y sólo podrán “verla” acogiendo en la fe, la predicación de los testigos. Este tiempo no es de higos, sino de fe, de combate, de entrar en el seno de la muerte y resucitar. Sólo al “final” verán la señal del Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo ante la inminencia del juicio.

Jonás realizó dos señales: la predicación, que salvó a los ninivitas que se convirtieron, y la de escapar del seno de la muerte a los tres días, que nadie pudo conocer más que a través de las Escrituras. En cuanto a Cristo, los judíos no aceptaron la primera, y la segunda no pudieron verla; no hubo más señal para ellos que la predicación de los testigos elegidos por Dios.

El significado de las “señales” sólo puede verse con la sumisión de la mente y la voluntad a través de la fe, y que implica la conversión. Dios no puede negarse a sí mismo anulando nuestra libertad al imponerse a nosotros, por eso, todas las gracias tienen que ser purificadas en la prueba.

Nosotros hemos creído en Cristo, y hoy somos invitados a creer de nuevo en la predicación, sin tentar a Dios pidiéndole signos, sino ofreciéndole el obsequio de nuestra sumisión con la fe y con el discernimiento que Él da generosamente a quien lo ama y lo pide con humildad. De la misma manera que sabemos discernir sobre los signos de la naturaleza, debemos pedir el discernimiento espiritual de Su Palabra a través también de los acontecimientos.

Que en la Eucaristía podamos entrar con Cristo en la muerte para resucitar con Él.       

           Que así sea.

                                                             www.jesusbayarri.com

 

 

 

Domingo 6º del TO C

Domingo 6º del TO C

(Jr 17, 5-8; 1Co 15, 12.16-20; Lc 6, 17.20-26)

Queridos hermanos:

La palabra de hoy nos presenta la irrupción del Reino de Dios sobre la realidad de muerte y de infelicidad, consecuencia del pecado. La maldición va a ser desplazada por la bendición que Dios envía en Jesucristo. Cristo resucitado abre un camino a la casa del Padre a la humanidad, que en este mundo debe pasar por el “valle del llanto”, como en otro tiempo el pueblo tuvo que pasar por el “desierto”, atravesando la tierra de sus enemigos y pasando por muchas pruebas, dificultades, persecuciones y tentaciones que dificultaban su camino, y fueron sostenidos por su fe, por la presencia del Señor y, sobre todo, por la esperanza en la “promesa” de la tierra.

En nuestro caso, caminamos en el “seguimiento de Cristo”, que camina delante de nosotros, nos guía porque conoce el camino y aligera nuestra carga, haciendo gloriosa nuestra cruz de cada día, en la que él venció primero. El Señor nos ha llamado para hacernos felices, total y definitivamente, cosa que no puede realizarse en esta vida que se acaba: nuestros seres queridos pasarán, nuestra misma vida se acabará y el mundo entero será consumido, mientras nuestra promesa es de “vida eterna”.

La puerta de entrada al Reino es la acogida de Cristo en la predicación; puerta angosta de hacerse discípulo de Cristo y ciudadano del cielo, que supone añadir a la precariedad y al sufrimiento propios de esta vida la negación de sí mismo y la persecución por ser discípulo, que, a semejanza del Maestro perseguido, debe tomar su cruz. En esa situación paradójica del Reino, Cristo proclama las bienaventuranzas que se derivan de poner la confianza en Dios, como dice la primera lectura, en contraposición con los que ponen su confianza en sí mismos y en sus conquistas terrenas.

La resurrección de Cristo de la que nos habla san Pablo en la segunda lectura desvelará el valor de la fe y de la abnegación del discípulo, y la vanidad de las seguridades mundanas.

Bienaventurados los discípulos, porque tanto las cosas presentes, como las penas y los sufrimientos, pasarán, mientras que el amor permanecerá en el Reino al que han sido injertados. ¡Ay!, en cambio, de los que, satisfechos en medio de la maldición del pecado, celosos de sus bienes, menosprecian la vida nueva que Cristo les ofrece. Perecerán como la apariencia de este mundo, sin tener quien los rescate.

Cuando el hombre, por el pecado, se ha separado del Señor, su corazón, creado para amar a Dios, se ha pervertido en el amor a las criaturas que han ocupado el lugar de Dios, sometiendo al hombre a la maldición, porque sólo Dios es la vida y la felicidad; sólo Él puede colmar las ansias de plenitud para las que el hombre ha sido creado. Lo decía San Agustín: Nos has hecho para ti, y nuestro corazón no halla descanso hasta descansar en ti. Como dice el salmo: “Sea el Señor tu delicia y él te dará lo que pide tu corazón.” Lo hemos escuchado a Jeremías en la primera lectura: “Quien se apoya en la carne es un infeliz”. También san Pablo en la segunda lectura decía: “Si nuestra esperanza se reduce a este mundo, somos los hombres más desgraciados”.

Sólo quien espera una vida eterna en el amor de Dios que le ha sido dado puede perder esta por amor.    

           Proclamemos juntos nuestra fe.

                                                                       www.jesusbayarri.com

Sábado 5º del TO

Sábado 5º del TO

Mc 8, 1-10

Queridos hermanos:

Continuando nuestra mirada al Reino de Dios que irrumpe con Cristo, hoy la Palabra nos presenta el banquete mesiánico en el que será saciado el corazón del hombre: “Comerán, se saciarán y sobrará”. El nuevo y verdadero Moisés, el esperado, introducirá al pueblo en la Tierra Prometida. Isaías describe las ansias del corazón humano, que son ansias de la bienaventuranza a la que está llamado, y que son las promesas hechas por Dios a través de la Historia de la Salvación. Un pueblo renovado en el que “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, y los pobres son evangelizados.” Una tierra en la que habita la justicia y la muerte ha sido aniquilada. Una vez alimentados los hijos, serán también saciados los “perritos”, porque ya no habrá judíos ni gentiles, griegos ni escitas, esclavos ni libres, sino hijos de Dios.

En la simbología evangélica, esta segunda multiplicación se dirige a los gentiles, que también son llamados al encuentro con la Palabra que sacia el corazón humano. El número siete en el Evangelio nos habla de plenitud; todas las naciones son invitadas al banquete del Reino que viene con Cristo y en el que los invitados serán servidos por la Iglesia.

La muerte aniquilada de la que habla Isaías (25, 8), anuncia el perdón de los pecados; la vida descenderá del monte santo como el agua que viene del cielo para fecundar la tierra y hacerla germinar para alimentar a todas las naciones.

Nosotros somos invitados a este festín y a este monte para ser saciados y poder así alimentar con la abundancia sobrante a todos los hambrientos de la tierra.  

           Que así sea.

                                                             www.jesusbayarri.com 

Santos Cirilo y Metodio

Santos Cirilo y Metodio

Hch 13, 46-49; Lc 10, 1-9

Queridos hermanos:

Hoy celebramos la fiesta de los santos Cirilo y Metodio, evangelizadores de los países eslavos, testigos del Evangelio y de la acción de Dios. No hay mejor forma de hacerlos presentes que con el Evangelio de la misión de los setenta y dos discípulos, en el que el Señor mismo los envía como pequeños y con la urgencia del anuncio del Reino, a llevar la Paz y a comunicar la Vida Nueva.

Si ciertamente es importante su obra, más importante es el testimonio de su vida, entregada al servicio del Señor en la evangelización, contribuyendo a la propagación de la fe, haciendo de su vida un culto espiritual a Dios por la predicación del Evangelio, verdadera liturgia de santidad. Ciertamente es una gracia haber sido llamados a encarnar la misión del enviado del Señor, pero su gloria es haberla aceptado, gastando su vida siguiendo en la Regeneración del mundo a Aquel que murió y resucitó para salvarnos. Cuánta gente malgasta su vida en sobrevivir, sin más fruto que tratar de satisfacer su propia carne, a riesgo de frustrarse a sí mismo en su vocación al amor.

Los discípulos son enviados de dos en dos, como encarnación de la cruz de Cristo y testigos de su amor en el anuncio del Reino. En efecto, son necesarios dos para testificar y para hacer visible la caridad de Aquel de quien son enviados a dar testimonio de amor, como dice san Gregorio Magno (Hom., 17, 1-4.7s). Decía san Pablo: ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo! Nadie me moleste, pues llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús. Esa es la razón por la cual, siendo grande “la mies” de los que necesitan escuchar, sean pocos los “obreros” dispuestos a trabajar en ella.

Los misterios del sufrimiento y de la cruz acompañan la vida del testigo, como han acompañado la de Cristo. Dar la vida por amor es perderla, negarse a sí mismo en este mundo, en una inmolación que lleva fruto y recompensa para la vida eterna. Pero el amor no se impone y debe ser acogido en la libertad y en la humildad de quienes lo presentan sin poder, como “pequeños” que anuncian al que viene con ellos con la omnipotencia del amor.

También nosotros, llamados a la fe, estamos siendo constituidos en testigos del amor del Señor que nos salva, nos llama y nos envía, incorporándonos a Cristo y a la obra de la regeneración por el Evangelio, como lo fueron Cirilo y Metodio, y todos los demás discípulos, cuyos nombres están unidos a la historia de la Iglesia y cuyos hechos contemplamos como acciones del Dios vivo, que sigue llamando y salvando a la humanidad.

En cada generación, la Iglesia debe transmitir la fe e ir incorporando a sus nuevos hijos en el Cuerpo de Cristo, hasta que se complete el número de los hijos de Dios; la muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de la que habla el Apocalipsis (7, 9).

A esto nos invita y nos apremia hoy esta palabra y esta festividad mediante la fortaleza que brota de la Eucaristía, en la que nos unimos a Cristo y a su entrega por la vida del mundo, para testificar el amor del Padre.

           Que así sea.

                                                             www.jesusbayarri.com 

Jueves 5º del TO

Jueves 5º del TO 

Mc 7, 24-30

Queridos hermanos:

Aparece la fe como protagonista de esta palabra, pero la fe de los gentiles, que contrasta con la incredulidad de los “hijos”, que rechazan el “pan” tirándolo al suelo, donde lo comen los “perritos”. Las profecías de la llamada universal a todos los hombres al conocimiento de Dios se cumplen con la llegada de Cristo. Él es la casa que Dios se ha construido con un corazón de hombre “para todos los pueblos”.

Para san Pablo, el endurecimiento de Israel no es sino un paso intermedio por el cual los gentiles tendrán acceso al Santuario de Dios por la fe en Cristo. Es la fe lo que les sienta a la mesa y les hace partícipes del “pan de los hijos”: “Os digo que los sentaré a mi mesa y yendo de uno al otro les serviré”. “Por eso os digo que vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob, mientras vosotros os quedaréis fuera”. En el camino de búsqueda de las ovejas perdidas, Cristo se apiada de los “perritos”.

La fe no hace acepción de personas, naciones ni lenguas. El amor sale en nuestra búsqueda anulando la distancia que nos apartó del Paraíso, para introducirnos en el único rebaño del Pastor eterno, al que el lobo no puede arrebatar sus corderos.

Hoy Cristo va a la región de Tiro y Sidón en busca de una oveja, para encontrar la fe de una mujer pagana y plantar la semilla del reino allende las fronteras de Israel. Qué misteriosos son, una vez más, los caminos de la gracia, y qué irrastreables, para encontrar un corazón abierto a su clemencia.

Las sobras de los niños sacian a los “perritos” que las saben apreciar en su superabundancia de vida y de consuelo, hasta hacer de ellos “hijos”. La fe y la humildad de la madre obtienen para la hija la garantía de la curación, como testimonio para la apertura de la salvación en Cristo, que conduce al conocimiento de Dios.

Nos es desconocida la llamada que ha motivado en la mujer la súplica y ha propiciado el encuentro con Cristo y la consecuente profesión de fe que expulsa al diablo. La iniciación cristiana de la niña seguirá un proceso inverso al de la madre, como suele suceder con los hijos de padres cristianos. La gratuidad del amor de Dios tiene sus propios caminos, pero todos concurren en la salvación del hombre que los acoge.

Así nos busca a nosotros hoy el Señor haciéndose cercano en nuestro alejamiento, para darnos la naturaleza de hijos y sentarnos a su mesa, nutriéndonos de lo sabroso de su casa y abrevándonos en el torrente de sus delicias. Cuerpo y sangre de Cristo que nos introducen en el misterio de su muerte y nos alcanzan su resurrección. Memorial de vida eterna y sacramento de nuestra fe para la vida del mundo. Eucaristía.

Si hoy nosotros estamos sentados a la mesa del Reino y comemos del Pan que nos sacia y da la Vida Eterna, es por haber acogido el don gratuito de la fe de nuestra madre la Iglesia, que nos hace hijos. Y, como en el caso de la samaritana y de la sirofenicia, también nosotros somos invitados a proclamar nuestra fe en Cristo a quienes el Señor ponga junto a nosotros.  

Que así sea.

                                                             www.jesusbayarri.com

Miércoles 5º del TO

Miércoles 5º del TO

Mc 7, 14-23

Queridos hermanos:

 

Para Cristo, el hombre es más que un cuerpo con sus funciones fisiológicas. Su ser personal trasciende su ser corpóreo y se significa en su corazón. Purificar el corazón y conservarlo puro es, pues, fundamental en el hombre, porque de lo que rebosa el corazón habla la boca, siendo además el corazón el causante de las acciones humanas, que tienen su origen en sus intenciones, como dice el Evangelio.

En efecto, las “acciones humanas” (conscientes y libres) son las que definen al hombre, que ha sido creado para el amor, en relación con Dios y con el prójimo, y se atribuyen a su corazón. Por el contrario, las “acciones del hombre” son inconscientes e independientes de su voluntad, y la Escritura las sitúa en los riñones cuando dice: “El Señor escruta los riñones y el corazón” (Ger 11,20; 20, 12; Ap 2, 23; Sb 1, 6+). El amor, como respuesta de la voluntad libre y consciente, es respuesta de su corazón a la iniciativa amorosa de Dios y constituye la verdad de su ser persona humana, de su ser hombre. Tal como su amor o su desamor, así es el hombre.

Dios ha dado preceptos de pureza corporal al pueblo en orden a su salud física, que lo preservan de males, enfermedades y epidemias, y que lo hacen fortalecerse; pero, además, le ha dado preceptos que lo purifican y lo preservan de la idolatría circundante y que miran a la pureza de su corazón, en relación con su comunión con Dios. Los males físicos pueden causarle sufrimientos e incluso la muerte; la idolatría del corazón, en cambio, puede dañarlo eternamente. Hay, por tanto, una impureza y una maldad que tocan al hombre en su cuerpo externa y físicamente, y hay una impureza y maldad espirituales, que lo alcanzan en esa interioridad profunda que llamamos “corazón”, donde se sitúa su voluntad libre y personal, y donde se gestan, por tanto, su amor y su intencionalidad, que acreditan su personalidad. De una y otra impurezas debe cuidarse el hombre, pero sobre todo de la que puede dañarlo íntegra y definitivamente.

Quedarse en lo meramente externo descuidando el interior profundo y verdadero es el error, la necedad y la hipocresía que el Señor, por boca de Isaías, recrimina a su pueblo: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.

El Evangelio habla frecuentemente de la vigilancia, porque el hombre es constantemente solicitado por la propia concupiscencia, por el mundo y también por el tentador, que pretende tomar posesión de su corazón para someterlo a la esclavitud del mal. Mientras los malos pensamientos rondan al hombre, no son nada más que tentación, pero cuando nuestra voluntad se adhiere a ellos libre y conscientemente, salen del corazón para nuestro mal.

Unámonos al Señor en la Eucaristía con todo nuestro corazón, para que Él lo guarde de todo mal.

 Que así sea.                              

                                                  www.jesusbayarri.com

Martes 5º del TO

Martes 5º del TO 

Mc 7, 1-13

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra nos muestra la diferencia entre los preceptos divinos, cuya raíz es el amor, y las tradiciones humanas, que solo buscan seguridad en la propia complacencia y la autonomía, que se resiste al amor y a la propia condición de criatura dependiente de Dios, en quien solo puede alcanzar su plenitud.

Engañado y seducido por el diablo, el hombre cree realizarse encerrándose en su propia razón, cuando su vocación y predestinación son el amor y la oblación, a imagen y semejanza de Dios, su creador. La frustración consecuente a su perversión existencial lo lleva a una búsqueda constante de autojustificación, mediante el cumplimiento de normas que lo encadenan, sofocan su capacidad de donación y lo hacen profundamente infeliz. El empeño del hombre debe ser el encuentro con la voluntad de Dios encerrada en la letra del precepto, sabiendo que el corazón de los mandamientos es el amor. Vaciado de su esencia divina de amor, el precepto, indicador del camino de la vida, se transforma en carga insoportable de la que el hombre desea desembarazarse. Dios queda así marginado en la nefanda búsqueda de sí mismo, y con él, la razón y el sentido de la existencia. Como dice el Evangelio, el problema está en el corazón que se ha alejado de Dios. Jesucristo dirá siempre a los judíos: "¿Cuándo vais a comprender aquello de: Misericordia quiero y no sacrificios; conocimiento de Dios más que holocaustos?".

Cristo ha venido precisamente a deshacer el engaño diabólico, dando al hombre la posibilidad de abrirse al amor, negándose a sí mismo, para ser solamente en Dios. Su entrega es luz y es libertad de poseerse y de donarse, y el amor es Dios. Si el amor de Dios está en el corazón del hombre, su vida está salva y hay esperanza para el mundo. Si no tengo en el corazón este amor que es Dios, "nada soy", como dice san Pablo en su himno a la Caridad.

Dios ha dado a Israel caminos de vida y de sabiduría a través de su Palabra, de la Ley, que por provenir de Él, tiene un corazón que es el amor. Por eso, entrar en sintonía con la Palabra solo es posible al hombre cuando ésta alcanza su corazón, su voluntad y su libertad, con las que se ama. Es el amor el que purifica el corazón del hombre de todo el mal que describe el Evangelio, y sin el amor, el culto y la Ley se convierten en preceptos vacíos y en ritos muertos incapaces de dar vida. Santiago habla de esto mismo al decir que si la Palabra no fructifica en el amor, de nada sirve. Dice San Ireneo de Lyon (Adv. Haer. 4,11. 4,-12) que: "Jesús recrimina a aquellos que tienen en los labios las frases de la Ley, pero no el amor, por lo que en ellos se cumple aquello de Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres” (Is 29,13).

En Cristo, el amor vertical a Dios de la criatura se crucifica con el amor horizontal al prójimo. Cristo es nuestro Dios y prójimo nuestro. La gratuidad de su amor nos libra de la esclavitud de cerrarnos en nosotros mismos, y nos abre al don, que es vida, al conocimiento de Dios y a la misericordia como culto grato a sus ojos.

La Eucaristía, siendo el sacramento del amor pascual de Cristo, es, por tanto, el culto perfecto de adoración del hombre al Padre, en Espíritu y Verdad.     

           Que así sea.

                                                             www.jesusbayarri.com

 

Lunes 5º del TO

Lunes 5º del TO

Mc 6, 53-56

Queridos hermanos:

En este Evangelio, Cristo no dice una sola palabra, pero predica con sus obras. Contemplamos las curaciones con las que Jesús significa el retroceso del mal ante la irrupción del Reino de Dios. La salvación se abre camino con la presencia de Cristo. Hoy, el Señor, sin hablar, pasa haciendo el bien.

El Evangelio habla con frecuencia de la importancia de las obras: “Las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí.” “Si no hubiera hecho entre ellos obras que no ha hecho ningún otro, no tendrían pecado; pero ahora las han visto.” “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras.”

A los discípulos les dirá: “El que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún.” “Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” “Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado.”

Decía san Antonio de Padua que la palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras. Cesen, por favor, las palabras y sean las obras las que hablen. Estamos repletos de palabras, pero vacíos de obras, y, por esto, el Señor nos maldice como maldijo aquella higuera en la que no halló fruto, sino hojas tan solo. La norma del predicador —dice san Gregorio— es poner por obra lo que predica. En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana quien la contradice con sus obras (sermones, I, 226).

“Todos los que le tocaban quedaban curados” porque creían en él, gracias al testimonio de los que habían sido curados antes y de los que les llevaron la noticia. Es el caso de la hemorroísa. La curación es signo de la fe que Cristo pide a los enfermos, o reconoce en ellos, y también en ocasiones es semilla que conduce a ella.

¿Acaso no son figura de la Iglesia aquellos que, al reconocerle, se apresuraron a llamar y traer a los enfermos de la región? Sin duda, esa era una fe activa que convencía a los enfermos para que acudieran a Jesús. Cada enfermo curado se convertía en testigo y pregonero de la misericordia de Dios, y la solicitud de aquellos mensajeros no quedó sin fruto; y no podemos dudar que se elevara en aquella región un clamor de bendiciones a Dios y de agradecimiento por tanta misericordia recibida, como había predicho Isaías: “Acrecentaste el gozo, hiciste grande la alegría por tu presencia, como cuando se alegran durante la siega o al repartirse el botín.”

Esta palabra, que es Cristo, sigue siendo actual hoy para quien la escucha y se cumple en quien la acoge para salvación y en quien la rechaza, para juicio. Exultemos, pues, ante el Señor que está en medio de nosotros y se nos da en la Eucaristía, sacramento de nuestra fe.

 

El contraste entre el principio y el final de este capítulo del Evangelio de san Marcos es para reflexionar: Comienza con el rechazo de su pueblo y la furia de sus paisanos fruto de su incredulidad, y termina con la acogida de la “Galilea de los gentiles” y la exultación fruto de la fe. La salvación que Israel rechaza pasará a los gentiles, que alabarán a Dios por su misericordia: “Por eso os digo que vendrán muchos de oriente y de occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de los Cielos con Abrahán, Isaac y Jacob, mientras los hijos del Reino serán echados a las tinieblas de fuera; muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros.” Como dirá san Pablo: “Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la palabra de Dios; pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no os consideráis dignos de la vida eterna, mirad que nos volvemos a los gentiles. Pues así nos lo ordenó el Señor: Te he puesto como la luz de los gentiles para que tú seas la salvación hasta el fin de la tierra.”

 Que así sea.

www.jesusbayarri.com

 

 

           

Domingo 5º del TO C

Domingo 5º del TO C 

(Is 6, 1-2a. 3-8; 1Co 15, 1-11; Lc 5, 1-11)

Queridos hermanos:

Cuando la santidad, lo numinoso de Dios se acerca al hombre, este experimenta su indignidad, como nos presenta hoy la palabra a través de Isaías, san Pablo y san Pedro. La llamada de Dios viene precedida de su revelación y acompañada de la misión, a la que son enviados gratuita e inmerecidamente después de ser justificados. Como dice san Pablo: “A quienes llamó, a esos también los justificó y los glorificó”, y este llamamiento debe ser antepuesto a todo lo demás, incluso a la propia vida.

El tiempo presente es de salvación mediante la conversión que se nos ofrece, pero para poder valorar el tiempo es necesario que la vida tenga una dirección y una meta que le dan sentido, por el Evangelio. La llamada abre así al hombre un horizonte de esperanza ante el Reino de Dios. El tiempo se hace entonces historia, que brota de la llamada, por la que el hombre se pone en camino, en seguimiento de la Promesa.

Dios quiere nuestra conversión para el bien, y anuncia la buena noticia de su amor, que debe ser acogida en la fe mediante los enviados que él llama. Jonás deberá advertir de la destrucción que los pecados acarrearán el día del juicio, y de la que podrán librarse mediante la conversión de su conducta. Los enviados son llamados y reciben una primera gracia, que después deberá ser probada en las vicisitudes que supone seguir al Señor, y su perseverancia les confirmará en la fe.

La vida nueva que trae el Evangelio relativiza todas las cosas dándoles su verdadera dimensión pasajera frente a lo que es definitivo. Los enviados deberán ayudar a los hombres a permanecer fieles y recuperar a quienes se dispersaron subyugados por el mal. Para esa misión serán revestidos de justicia y poder espiritual, renunciando a todo por seguir a Cristo.

La predicación del Evangelio es, por tanto, la misión por excelencia de la Iglesia, que lo ha hecho llegar hasta nosotros a través de los apóstoles. Jesús ha dicho a sus primeros discípulos: seréis pescadores de hombres. Somos, en efecto, como peces que se sacan del mar con un anzuelo. San Agustín dice que en nuestro caso ocurre al revés que con los peces. Mientras ellos al ser pescados mueren, nosotros, al ser sacados del mar, que en la Escritura es símbolo de la muerte, somos devueltos a la vida. Lo que mejor nos dispone a este ser pescados por la fe, es el anzuelo de nuestras miserias y sufrimientos, que las Escrituras y la Iglesia denominan la cruz; ella nos hace agarrarnos fuertemente al anuncio de la salvación, que Dios confía a los apóstoles.

La llamada a los primeros discípulos en el Evangelio resalta la iniciativa de Dios, que es quien llama, y la respuesta inaplazable e inexcusable del discípulo, que la antepone a todo. Hemos escuchado a san Pablo decir: “El que invoque al Señor se salvará”, porque la salvación viene por acoger la palabra de Cristo, que nos anuncia el amor de Dios. Si el discípulo acoge la llamada y acepta la misión, parte como anunciador de la Buena Nueva y suscita la salvación en quien acoge el mensaje de la fe, que surge del testimonio que da en nosotros el Espíritu, del amor que Dios es, y del amor que nos tiene. Si Dios es en nosotros, nosotros somos en él, y nuestro corazón se abre y abraza a todos los hombres, de manera que ya no vivimos para nosotros mismos, sino para aquel que se entregó, murió y resucitó por nosotros.

La Eucaristía nos invita y nos potencia a entrar en comunión con la entrega de Cristo mediante la nuestra.        

           Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                                                                  www.jesusbayarri.com

 

Sábado 4º del TO

Sábado 4º del TO

Mc 6, 30-34

Queridos hermanos:

Como nos muestra el Evangelio, todo tiene su tiempo: su tiempo el trabajo y su tiempo el descanso. Así lo ha querido el Señor, dándonos esta realidad corporal, que arrastra las debilidades de una carne sometida a las consecuencias del pecado (Gn 3,17), con la esperanza de su glorificación y el auxilio de la bondad divina en este destierro.

El Señor educa a sus discípulos, que serán también pastores en su nombre, enseñándoles a sacrificar incluso su descanso para compadecerse de quienes, careciendo de todo, “vejados y abatidos” acudan a ellos. Sólo el amor hace posible el don sin medida y el verdadero descanso: “Mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo”. Dios descansa de crear el mundo, pero no de gobernarlo con amor, y de renovarlo cada día con su misericordia.

Dios quiere siempre el bien para su pueblo; provee a sus necesidades y lo defiende de los peligros como hace un pastor con sus ovejas. Dios suscita para esta misión pastores, que cuiden en su nombre a sus ovejas, y si las descuidan y son atacadas por el lobo, les pide cuentas y los sustituye. Cuando los pastores fallan, Dios dice: “Yo mismo apacentaré a mis ovejas” (Ez 34, 15).

Hoy el Señor nos mira con amor y se compadece de nosotros, que andamos como ovejas sin pastor, a merced de tantos que buscan nuestro mal y nos dispersan con sus embustes, y nos llama para que acudamos a Cristo. Cristo es el buen pastor que Dios ha suscitado para arrancar a las ovejas del maligno. Quien se une a Cristo está a salvo de todo mal. Quien escucha al diablo, se deja seducir por las ideologías y los falsos profetas del mundo, a través de algunos medios de comunicación, sectas, brujos y adivinos, que en nombre de la libertad, el bienestar, la cultura y la ciencia, no son sino heraldos de Satanás que engañan y pervierten a cuantos andan dispersos y a merced de sus pasiones, haciéndolos caer en toda clase de trampas.

La Iglesia tiene la Verdad del amor de Dios, con la que nos pastorea Cristo, dándonos los buenos pastos de su palabra y el Espíritu Santo; Él es el verdadero profeta a quien hay que escuchar para vivir, nuestro guía que nos congrega, nos conduce y nos defiende: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados; tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso para vosotros; y encontraréis reposo para vuestras almas”.        

           Que así sea.

                                                             www.jesusbayarri.com