Domingo 6º del TO C
(Jr
17, 5-8; 1Co 15, 12.16-20; Lc 6, 17.20-26)
Queridos hermanos:
La palabra de hoy nos presenta la
irrupción del Reino de Dios sobre la realidad de muerte y de infelicidad,
consecuencia del pecado. La maldición va a ser desplazada por la bendición que
Dios envía en Jesucristo. Cristo resucitado abre un camino a la casa del Padre a
la humanidad, que en este mundo debe pasar por el “valle del llanto”, como en
otro tiempo el pueblo tuvo que pasar por el “desierto”, atravesando la tierra
de sus enemigos y pasando por muchas pruebas, dificultades, persecuciones y
tentaciones que dificultaban su camino, y fueron sostenidos por su fe, por la
presencia del Señor y, sobre todo, por la esperanza en la “promesa” de la
tierra.
En nuestro caso, caminamos en el
“seguimiento de Cristo”, que camina delante de nosotros, nos guía porque conoce
el camino y aligera nuestra carga, haciendo gloriosa nuestra cruz de cada día,
en la que él venció primero. El Señor nos ha llamado para hacernos felices,
total y definitivamente, cosa que no puede realizarse en esta vida que se
acaba: nuestros seres queridos pasarán, nuestra misma vida se acabará y el
mundo entero será consumido, mientras nuestra promesa es de “vida eterna”.
La puerta de entrada al Reino es la
acogida de Cristo en la predicación; puerta angosta de hacerse discípulo de
Cristo y ciudadano del cielo, que supone añadir a la precariedad y al
sufrimiento propios de esta vida la negación de sí mismo y la persecución por
ser discípulo, que, a semejanza del Maestro perseguido, debe tomar su cruz. En
esa situación paradójica del Reino, Cristo proclama las bienaventuranzas que se
derivan de poner la confianza en Dios, como dice la primera lectura, en
contraposición con los que ponen su confianza en sí mismos y en sus conquistas
terrenas.
La resurrección de Cristo de la que nos
habla san Pablo en la segunda lectura desvelará el valor de la fe y de la
abnegación del discípulo, y la vanidad de las seguridades mundanas.
Bienaventurados los discípulos, porque
tanto las cosas presentes, como las penas y los sufrimientos, pasarán, mientras
que el amor permanecerá en el Reino al que han sido injertados. ¡Ay!, en
cambio, de los que, satisfechos en medio de la maldición del pecado, celosos de
sus bienes, menosprecian la vida nueva que Cristo les ofrece. Perecerán como la
apariencia de este mundo, sin tener quien los rescate.
Cuando el hombre, por el pecado, se ha
separado del Señor, su corazón, creado para amar a Dios, se ha pervertido en el
amor a las criaturas que han ocupado el lugar de Dios, sometiendo al hombre a
la maldición, porque sólo Dios es la vida y la felicidad; sólo Él puede colmar
las ansias de plenitud para las que el hombre ha sido creado. Lo decía San
Agustín: Nos has hecho para ti, y nuestro corazón no halla descanso hasta
descansar en ti. Como dice el salmo: “Sea el Señor tu delicia y él te dará lo
que pide tu corazón.” Lo hemos escuchado a Jeremías en la primera lectura:
“Quien se apoya en la carne es un infeliz”. También san Pablo en la segunda
lectura decía: “Si nuestra esperanza se reduce a este mundo, somos los hombres
más desgraciados”.
Sólo quien espera una vida eterna en el
amor de Dios que le ha sido dado puede perder esta por amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario