Domingo 1º de Adviento C

 

Domingo 1º de Adviento C 

(Jr 33, 14-16; 1Ts 3, 12-4, 2; Lc 21, 25-28.34-36)

Queridos hermanos:

En el Adviento la Iglesia concentra su atención en la contemplación de la Parusía del Señor, unida al Espíritu, invocándolo: ¡Maran-athá! ¡Ven, Señor! ¡Que pase este mundo y que venga tu Reino!

        En efectovienen días,” dice el Señor, que convulsionarán al mundo con “señales” terribles en el cielo, que llenarán de “angustia, terror, y ansiedad” la tierra. Será misericordia de Dios para llamar a conversión a los que desoyendo su palabra han puesto su corazón en las creaturas y en las vanidades del mundo. Como dice la primera lectura, el Señor viene a implantar la justicia y el derecho en la tierra.

A la agitación de la naturaleza se unirá el testimonio de los fieles que, fortalecidos en la esperanza de las promesas, sobreabundando en el amor, verán confirmarse las palabras del Señor: El retorno de su “Germen justo, el Señor nuestra justicia,” nuestro Señor Jesucristo. “Verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria,” que viene a liberarlos.

El combate contra los enemigos habrá concluido. La carne estará sometida al espíritu; entonces la apariencia de este mundo habrá pasado. El corazón ejercitado en la sobriedad estará pronto a recibir al Señor y en pie lo acogerá.

Excitar el deseo de la venida del Señor es obra del amor, que vela porque ansía la presencia del ser amado y nada le da sosiego en su ausencia mas que el esperar. Indiferente a cualquier otro estímulo, cualquier padecer es para él insignificante. Su gozo es amar y su complacencia está fuera de sí, entregada. Compadecido el Señor del triste desamor humano, busca al hombre, lo llama cuando lo encuentra y lo salva cuando se le acerca, llenándolo de amor.  

Por el ansia con que deseamos el momento de su venida, podemos saber si amamos al Señor o si nuestra complacencia está en los ídolos de este mundo que pasa; si anhelamos la liberación del Señor o su venida es para nosotros como la de un ladrón, que viene a desposeernos de todo cuanto siendo suyo, hemos querido adueñarnos y atesoramos como propio.

Que este tiempo nos ayude a vivir en esta espera dichosa de su retorno, llena de su ausencia, para que vigilantes y amantes, le acojamos en cuanto llegue y llame.

¡Ven Señor!

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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San Andrés Apóstol

San Andrés Apóstol

Rm 10, 9-18; Mt 4, 18-22

Queridos hermanos:

         Con san Andrés hacemos presentes hoy a los apóstoles. Encaminado por Juan Bautista al seguimiento de Cristo, Andrés comienza en seguida a “pescar” en su propia casa y comunica lo que ha recibido a su hermano Simón, al que el Señor confiará el timón de su barca y al que llamará Pedro.

          La llamada a los primeros discípulos, en el Evangelio de san Mateo resalta la iniciativa de Dios que es quien llama, y también la respuesta inaplazable e inexcusable del discípulo, que debe anteponer la llamada a todo. Hemos escuchado a san Pablo decir: “El que invoque al Señor se salvará,” porque la salvación viene por acoger la palabra de Cristo, que nos anuncia el amor gratuito de Dios. Si el discípulo acoge la llamada y acepta la misión que se le confía, parte como anunciador de la Buena Nueva y suscita la salvación en quien acoge el mensaje de la fe. 

            La fe surge del testimonio que el Espíritu Santo da a nuestro espíritu, revelándonos la Verdad del amor de Dios, en lo profundo de nuestro corazón. Si Dios comienza a ser, a estar, a vivir en nosotros, nosotros somos, estamos, vivimos en él. Nuestro corazón se abre y abraza a todos los hombres, de manera que ya no vivimos para nosotros mismos, sino para aquel que se entregó, murió y resucitó por nosotros. Nuestra vida se hace así testimonio del Don recibido.  

            La predicación del Evangelio es la misión por excelencia de la Iglesia, que lo ha hecho llegar hasta nosotros a través de los apóstoles. Jesús había dicho a sus primeros discípulos: “Seréis pescadores de hombres.” Los hombres somos, en efecto, como peces que se sacan del mar de la muerte, con el anzuelo de la cruz de Cristo, habiendo sido sumergidos por el pecado en la muerte. San Agustín dice que con los hombres, con nosotros ha ocurrido así, sucede al revés que con los peces. Mientras ellos al ser pescados, mueren, nosotros, al ser sacados del mar, que en la Escritura es figura de la muerte, somos devueltos a la vida. Lo que mejor nos dispone a este ser pescados por la fe, es el anzuelo de nuestras miserias y sufrimientos que Cristo en el Evangelio nos invita a tomar cada día y que la Escritura y la Iglesia designan como la cruz; ella nos hace agarrarnos fuertemente al anuncio de la salvación, que Dios nos presenta a través de los apóstoles.

         La Eucaristía nos invita a entrar en comunión con la salvación de Cristo, invocando su Nombre, con la fe en la predicación de los apóstoles, con la Palabra y con la entrega de Cristo.

           Que así sea.

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Domingo 34º del TO B Jesucristo Rey del Universo

Domingo 34º del TO B Jesucristo Rey del Universo.

(Dn 7, 13-14; Ap 1, 5-8; Jn 18, 33-37)

Queridos hermanos :

          Celebramos hoy la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, con la que terminamos siempre el año litúrgico, recapitulando todo en Cristo, por quien y para quien todo fue hecho.

          Para conmemorar la realeza de Cristo, la Iglesia contempla en el Evangelio de Marcos a Jesús condenado a muerte; en el Evangelio de Lucas al Señor crucificado, y en el Evangelio de Mateo, a un rey que ha sufrido hambre, sed, desnudez, enfermedad y prisión.

          Entonces, ¿en qué ha consistido su reinado? En dar testimonio con su vida de la Verdad del amor de Dios, deshaciendo la mentira del diablo.

          Y ¿cómo ha dado ese testimonio? Muriendo por nosotros en la cruz para perdonar el pecado, amándonos hasta la muerte para destruir la muerte. Ese es nuestro Dios y nuestro Rey.

          Dios no ha querido permanecer alejado del pueblo que ha creado, formado y bendecido, sino que ha querido ser su sabiduría, su guía y su defensa; ha querido ser su rey. Por su parte, el pueblo en tiempos de Samuel ha querido asimilarse a los pueblos vecinos y ha pedido un rey. Dios ha dicho entonces a Samuel: «Haz caso a todo lo que el pueblo te dice. Porque no te han rechazado a ti, me han rechazado a mí, para que no reine sobre ellos». El pueblo irá comprendiendo a lo largo de su historia, los inconvenientes de seguir los impulsos libertarios, progresistas y cosmopolitas de su corazón, cambiando el yugo del Señor por el de los hombres. Sólo con David el pueblo parece haber alcanzado la grandeza humana del reino, que no deja de ser tan fugaz como la vida misma de una generación.

Siendo así el reino de los hombres, el corazón del pueblo retorna al añorado reinado teocrático alentado por los profetas, motivo central del Nuevo Testamento en boca del Precursor: “El Reino de Dios está cerca”, manifestándose de forma progresiva en el Señor: “El Reino de Dios ha llegado; está en medio, dentro de vosotros.” Buena Nueva para los pobres de espíritu, perseguidos por causa de la justicia, que claman al Señor día y noche: “Venga tu Reino y su justicia”, como prioridad absoluta de vida en el cumplimiento de la voluntad de Dios manifestada por Cristo y trasmitida por sus enviados, en medio de la persecución del reino de este mundo, instigada por el diablo, que será precipitado como un rayo, de su encumbramiento en el corazón de los hombres.

          Para hacer volver a sí el corazón de su pueblo, Dios, según la palabra dada al profeta Ezequiel, tendrá que darles en Cristo “un corazón nuevo y un espíritu nuevo.” Un nuevo nacimiento del agua y del Espíritu, que lo haga “pequeño” como un niño, para poder franquear la entrada estrecha de su Reino. La predicación de Cristo comenzará, pues, diciendo: “Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado.” Dios, en Cristo, quiere que el corazón del hombre vuelva a Él para su bien, sacándolo de la seducción del reino autónomo, emancipado y progresista, de este mundo y del yugo de su príncipe el diablo. “Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.  Pero la predicación de Cristo, como semilla sembrada en el corazón de su pueblo, no sólo no ha sido escuchada, sino que a la pregunta de Pilato «¿A vuestro rey voy a crucificar?» Replicarán los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César.» En efecto, también el enemigo ha ido sembrando su cizaña, que sólo el día de la siega será separada y quemada. La semilla divina sembrada en la humildad de nuestra carne crecerá por virtud de su potencia y se propagará por su gracia, mostrando la grandeza de su valor en quienes la posean.

          Este reino que salta con Cristo resucitado a la gloria del Padre, permanece aquí como puerta abierta, acogiendo en su seno nuevos hijos, a quienes la Iglesia, guardiana de sus llaves, abre su acceso, como administradora de la justicia y la misericordia divinas, a lo largo de toda la jornada humana, en la que muchos últimos adelantan a primeros, mientras es anunciado en el mundo entero el Evangelio, hasta ser arrebatada toda ella por el Rey en su regreso glorioso, cuando sus hijos reciban la herencia del Reino preparado para ellos desde la creación del mundo.

          Cuando Cristo fue anunciado como rey por los magos de Oriente, fue perseguido por Herodes; cuando fue aclamado rey por los niños de Jerusalén, fue reprendido por los sacerdotes, pero cuando fue presentado como rey por Pilato, fue coronado de espinas y crucificado, siendo rechazada la realeza de su testimonio de la Verdad del amor de Dios. El amor de Cristo, visible en sus obras, da testimonio de que el amor del Padre es verdad en él: “Las obras que hago dan testimonio de mi” (Jn 10, 25). Sólo su victoria sobre la muerte testificará la veracidad de su testimonio: ¡Dios es amor!, mostrando la falsedad de la insinuación del diablo (Ge 3, 4-5). Nosotros somos llamados a testificar la realeza de Cristo con nuestro amor, más que con palabras: “No amemos de palabra ni de boca sino con obras y según la verdad. En esto conocemos que somos de la verdad” (1Jn 3, 19). Los mártires han testificado a Cristo gritando: ¡Viva Cristo rey!”, pero más aún amando y perdonando a sus asesinos como Cristo mismo.

          Cristo quiere que su Reino sea acogido por la fe y no por el interés: “Sabiendo Jesús que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo.” Quiere que reconozcamos su testimonio como Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel»; quiere que entremos en su Reino, como el ladrón crucificado con él: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino»; que los hombres sean colocados a la derecha por el Rey para que escuchen la gloriosa sentencia: “Venid benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

          Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 33º del TO

Sábado 33º del TO

Lc 20, 27-40

Queridos hermanos:

          Hoy la Palabra nos invita a fijar nuestra mirada en la vida eterna de la Resurrección, de la cual tenemos por la fe, una “esperanza dichosa”, porque será una vida con Cristo, en Dios. Pero esta esperanza no todos la comparten, porque “la fe no es de todos”, como decía san Pablo. No todos comprenden las Escrituras ni el poder de Dios (cf. Mt y Mc); el Maligno se sirve de aquellos a quienes ha engañado, para atacar nuestra esperanza y tratar de destruir nuestra fe. Necesitamos ser “consolados y afirmados en toda obra y palabra buena,” en el combate contra el Maligno y en la misión del testimonio que supone la vida cristiana. Así podremos alcanzar a ser dignos de la Resurrección y de tener parte en el mundo venidero en el que no existirá la muerte, como nos ha dicho el Evangelio, sino solamente los hijos de Dios; los santos, viviendo en el servicio del Señor. Una vez recuperados nuestros miembros, viviremos en comunión con los santos, en una unión virginal con el Señor, que se nos entregará totalmente en la posesión de la visión, haciéndonos un solo espíritu con él.

          Dios creó a los ángeles, espíritus puros, pero al hombre quiso hacerlo con la capacidad de colaborar con él en la creación de otros hombres transmitiendo la imagen de Dios que había recibido, hasta que se completara el número de los hijos que Dios quiso llamar a la gloria (cf. Hb 2, 10): “Muchedumbre inmensa que nadie podía contar” (Ap 7, 9), y para eso, lo hizo fecundo, dándole un cuerpo sexuado. Cuando se complete el número de los hijos de Dios y ya no puedan morir, la humanidad dejará de procrear y seremos como ángeles en los cielos.

          Ahora, mientras perdura este “hoy”, estamos llamados a dar razón de nuestra esperanza, afianzados en la palabra buena del Evangelio y en la obra de la evangelización, por nuestro Señor Jesucristo, que nos ha amado y consolado gratuitamente. Él nos guardará del Maligno y nos sostendrá en el combate, con la tenacidad de Cristo, en su amor.

          Por la fe vivimos en la esperanza dichosa de la vida eterna, que nos ha sido prometida y está operante en nosotros, pero que recibiremos en plenitud en la Resurrección, que la Caridad visibiliza como garantía de la vida nueva recibida de Cristo por la efusión del Espíritu en nuestros corazones y la comunión con su cuerpo y su sangre en la Eucaristía. “Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, en que amamos a nuestros hermanos.”

          Que así sea.

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Domingo 33º del TO

Domingo 33º del TO B 

(Dn 12, 1-3; Hb 10, 11-14.18; Mc 13, 24-32).

Queridos hermanos:

Este penúltimo domingo, ante el final del año litúrgico y de la contemplación de Cristo Rey, alfa y omega de la historia, la liturgia dirige una mirada a la próxima venida del Señor, como juez, a quien hay que rendir cuentas, con la preparación cósmica del acontecimiento, decisivo para toda la creación.

Todas las generaciones de la Iglesia han pensado que la venida del Señor era inminente, y podemos creer que se equivocaron porque seguimos esperando, pero no es así. Es el Espíritu quien suscita en la Iglesia esta tensión, generación tras generación, para ayudarla a vivir sin poner su seguridad en este mundo que pasa y poner su confianza en el Señor. Lo importante no es que el Señor venga ahora o que tengamos que esperar todavía, sino el mantener esta tensión y esta esperanza propias del amor, que iluminen las tinieblas de este mundo.

Con el nacimiento de los cielos y tierra nuevos, la apariencia de este mundo terminará, se desvanecerán las seguridades mundanas y la angustia se apoderará de los que se apoyan en ellas. “Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los hombres más dignos de compasión!” (1Co 15, 19). En cambio, la esperanza de los creyentes se fortalecerá y se acrecentará su gozo, ante la cercanía del cumplimiento de la promesa. ¡Viene el Señor!

El plan de Dios llegará a su fin y aparecerá un pueblo santificado, que tomará posesión del Reino de Dios. La purificación final será angustiosa, pero cargada de esperanza en medio de los dolores del alumbramiento. Que se alegren los oprimidos por la injusticia, los atribulados por el dolor y todos los que aman al Señor, porque vendrá para hacer justicia y los llevará con Él para siempre; ya no habrá más luto, ni llanto, ni dolor, cuando se colmen las ansias de su corazón.

Sabemos que hay distintas venidas del Señor precedidas de una preparación, con señales anunciadoras, pero lo importante es que viene el Señor. Para el discernimiento de estas señales precursoras se necesita la vigilancia del amor, que se abre a la misión del testimonio de la misericordia, alcanzando la salvación. El fuego del Espíritu impulsa a los fieles a no permanecer inactivos aguardando la venida del Señor, impulsando en ellos el testimonio de Jesús, (Ap 12, 17) enseñando a todos la luz de la justicia, que los hará brillar como astros por toda la eternidad (Dn 12, 3).

Cada generación está llamada a enfrentar este acontecimiento en la medida que le corresponde; “Pero cuando El Hijo del hombre venga ¿encontrará la fe sobre la tierra? Velad y orad para que no caigáis en tentación.

          Cristo se entregó para vencer al diablo, que será sometido definitivamente en su advenimiento. “Cuando todos sus enemigos sean puestos bajo sus pies”, como dice la Carta a los Hebreos; entonces “sus elegidos”, los justos, serán reunidos junto a Él para siempre. Es cierto que Cristo vino a llamar a los pecadores (cf. Mt 9, 13), porque sólo los que hayan sido justificados serán “elegidos,” como dice san Pablo: “Muchos son los llamados y pocos los elegidos”. ¡No os engañéis! Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios. Y tales, fuisteis algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios (1Co 6, 9-11); a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó” (Rm 8, 30).

          Este es un tiempo de espera para la conversión de los pecadores, y tiempo de oración para “sus elegidos, que están clamando a él día y noche” como en la parábola de la viuda importuna (Lc 18, 1-8). Tiempo de misericordia y de paciencia de Dios, “año de gracia del Señor” que quiere que todos los hombres se salven, tiempo de paciencia, en la esperanza de la promesa, para los justos, a los que se “hará justicia pronto”, cuando venga el Señor. Tengamos presente que tan grande como la misericordia del Señor es su justicia, que habrá un juicio sin misericordia, según las palabras de Santiago, para quien, no habiendo acogido el don gratuito de la misericordia, no practicó la misericordia.

          Este final es, en realidad, el comienzo de la vida dichosa, ante la cual todo es preparatorio e insignificante, porque pasará la figura de este mundo. 

          Que la Eucaristía que ahora nos congrega en torno a la entrega de Cristo, nos una y nos disponga para acogerlo en el don total de su Parusía.

 

          Proclamemos juntos nuestra fe.

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Jueves 32º del TO

Jueves 32º del TO

Lc 17, 20-25

Queridos hermanos:

          Todos en el “mundo” viven para sí en su propia precariedad existencial, que les urge a llenar su vacío personal en un constante comercio por la propia subsistencia, no sólo física, sino sobre todo espiritual, en busca del sentido que les permita ser en sí mismos y para los demás. Afecto, prestigio y autoestima, se parapetan en el dinero como divisa de cambio en el mercado de las relaciones interpersonales que gobiernan la tierra, mientras el cielo permanece inaccesible al hombre separado del amor, que es Dios, como consecuencia del pecado.

        Dios, en su autosuficiencia amorosa, rompe el solipsismo de su propia Bienaventuranza, para incorporar a quienes ha llamado al ser, predestinándolos a la comunión con él, en la que solamente pueden ser saciados. Esta realidad, posible solo en Cristo, es lo que el Evangelio denomina el Reino de Dios. Se trata de una vida nueva injertada en el corazón humano por la fe en Jesucristo, a la que el Señor llama primeramente a su pueblo, en función de la humanidad entera.

          El Reino de los cielos llega como el Día del Señor, sin dejarse sentir; siendo perceptible solamente a quien tiene un corazón bien dispuesto. Su presencia es inapreciable hasta que alcanza su desarrollo y su plenitud. Cada día tiene la gracia necesaria para descubrirlo. Llega en el secreto del corazón que lo acoge por la fe, como experiencia de la presencia de Dios y de su salvación en el “Hijo del hombre.” Sólo en Cristo podemos encontrar y acoger el reino mediante la predicación de su gloria y de su cruz.

          El reino será perseguido en sus discípulos, como lo ha sido en Cristo mismo, hasta que llegue el “Día del Hijo del hombre.” Entonces se manifestará el Señor, poniendo al descubierto a los falsos profetas. La venida de Cristo será evidente a todos. El reino que hoy aparece velado en la cruz de Cristo resplandecerá aquel día en la gloria de su manifestación.

          Dios desea abrirnos la puerta del reino, pero la llave está en el corazón libre de cada uno. Es ahora cuando irrumpe calladamente, sin dejarse sentir, sin imponerse, cuando se escucha su anuncio, en medio de la precariedad.  

          Nosotros, alcanzados por el Señor, somos enviados a la regeneración del mundo entero en Cristo Jesús, en quien hemos sido amados por el Padre y en quien estamos siendo salvados por su misericordia.

          Que nuestro público amén en la Eucaristía, manifieste nuestra adhesión al Señor realizada en lo secreto del corazón.

          ¡Ven Señor!

          Que así sea.

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Domingo 32º del TO B

Domingo 32º del TO B 

(1R 17, 10-16; Hb 9, 24-28; Mc 12, 38-44)

 Queridos hermanos:

           Como en el pasaje de la samaritana, Cristo se sienta hoy frente al tesoro a esperar a una mujer y complacerse en su entrega. La viuda en la Escritura es siempre figura de la precariedad existencial, junto al huérfano y al extranjero, de forma que Dios mismo se constituye en su valedor, instando la piedad de los fieles en su protección. En consecuencia, la viuda piadosa es siempre modelo para los fieles, de la confianza y del abandono en Dios, propios de la fe: “La que de verdad es viuda, tiene puesta su esperanza en el Señor y persevera en sus plegarias y oraciones noche y día (1Tm 5,5); la acompaña el testimonio de sus bellas obras: haber educado bien a los hijos, practicado la hospitalidad, lavado los pies de los santos, socorrido a los atribulados, y haberse ejercitado en toda clase de buenas obras” (1Tm 5, 10).

A la consideración y adquisición de esas cualidades quiere el Señor llevar a sus discípulos y a nosotros hoy con su palabra, presentándonos a estas viudas.

          Pecar contra las viudas que se acogen al Señor, abusando de su humana desprotección como hacen los escribas del Evangelio, supone enfrentarse directamente al juicio del Señor, su defensor y consolador de su llanto: el hizo justicia a Tamar, resucitó al hijo de la viuda de Sarepta por medio de Elías, socorrió a la viuda del siervo del profeta por medio de Eliseo (2R 4); socorre a la viuda importuna del Evangelio; y devuelve su hijo a la viuda de Naín.

          Para la edificación de su pueblo, Dios suscita carismas que lo enriquecen y lo perfeccionan. Así, la virginidad hace presente a la comunidad, que sólo Dios basta. Claro está, que no todo el que permanece célibe puede ser considerado poseedor del carisma de la virginidad. También las viudas son un carisma que hacen presente a la comunidad la total dedicación y el abandono en Dios, en quien se pone toda la confianza, esperando sólo en su providencia el remedio de todas las necesidades. Tampoco en este sentido se puede atribuir el carisma de viuda a toda mujer que ha perdido a su marido.

          Si cabeza de la mujer es su esposo, como dice san Pablo; la Iglesia tiene a Cristo, su cabeza, en el cielo, por lo que podemos atribuirle justamente la condición de viuda, como también a cada alma fiel, que debe vivir como la Iglesia, abandonada en su Señor confiando plenamente en él. El peligro está en sustituir en el corazón al Esposo por el marido (baal), como la samaritana del Evangelio; sustituir la precariedad en el Señor, por la seguridad del ídolo, que da el dinero.

          La viuda pobre del Evangelio opta por el Señor, que ve lo escondido de su corazón y lo precario de su situación; ella entrega su vida, mientras otros lo accesorio; ella se entrega entera mientras otros quedan al margen de su dádiva; ella da cuanto necesita mientras otros parte de sus sobras; si Dios provee para ella todavía un tiempo de subsistencia, continuará en esta vida y si no, continuará a vivir eternamente en el Señor en quien puso su confianza. Es mejor la precariedad confiando en Dios, que la pretendida seguridad de la abundancia. La confianza en Dios, en efecto, hace inagotables nuestras miserables “orzas” y “tinajas”, como en el caso de la viuda de Sarepta.

          Sólo en Dios está la vida perdurable y de él depende cada instante de nuestra existencia. Como dice el Señor en el Evangelio: “Aún en la abundancia, la vida no está asegurada por los bienes.” Sabiduría es saber vivir pendientes de su voluntad y abandonados a su providencia. Necedad, en cambio, es hacer de los bienes la seguridad de nuestra vida. Lo entregado a Dios permanece para siempre, mientras lo reservado para uno mismo, se corrompe. Lo que valoriza el don, es la parte de la persona involucrada. No tanto lo que uno da, cuanto lo que uno se da.

           El don total de Cristo, que nos presenta la Carta a los Hebreos, se nos ofrece en la Eucaristía, buscando en nosotros la correspondencia de nuestra caridad.

          Proclamemos juntos nuestra fe.

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Dedicación de la Basílica de Letrán

Dedicación de la Basílica de Letrán.

Ez 47, 1-2.8-9.12; ó 1Co 3, 9-11.16-17; Jn 2, 13-22.

Queridos hermanos:

          Celebramos la dedicación de la Basílica de Letrán, Catedral de Roma, consagrada el 324. La fiesta se celebra desde el siglo XI, el 9 de noviembre por toda la Iglesia.

          La catedral es el lugar de la “cátedra” del obispo, cabeza de la Iglesia, desde donde ejerce simbólicamente, su magisterio. Cuando se habla “pontificando”, decimos que se habla “ex cátedra”. En la antigüedad, el maestro se sentaba para enseñar, como hacía Cristo mismo.

           La Iglesia, aun sabiendo que el verdadero nuevo templo es la comunidad cristiana, consagra los edificios en los que la comunidad se congrega para la liturgia, la oración y los sacramentos, en su culto a Dios.  

           El cuerpo de Cristo es el verdadero y definitivo templo de Dios, de cuyo costado abierto brota el agua purificadora del Bautismo; de su seno nos es enviado el Espíritu, por cuya inhabitación en nosotros, somos también constituidos templo vivo del Señor.

          La comunidad cristiana es el verdadero edificio espiritual formado por piedras vivas, como dice san Pedro (1P 2, 5), y también san Pablo: “Santo es el templo de Dios que sois vosotros” (1Co 3, 16). En él se realiza un culto a Dios en Espíritu y Verdad, en el amor, en la comunión con gente de toda raza, lengua, pueblo y nación, constituidos en miembros suyos.

          Dice la Escritura que “los discípulos estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios”. La presencia del Espíritu en ellos los congregaba en el Templo, donde todos podían constatar el amor que los unía.  La comunión creada por el Espíritu era un signo para el pueblo, llamándolo a la fe. ¡Mirad como se aman! Así ocurre cuando la gente ve en los cristianos algo que el mundo no tiene: un solo corazón y una sola alma. La unidad de la comunión muestra en ellos la presencia viva de Dios, que es Uno.

          Este verdadero templo, se fundamenta por la acogida del anuncio de Jesucristo, se edifica por la caridad y los sacramentos, pero se destruye por el pecado. Cuando este templo se profana con la idolatría, se enciende la ira del Señor que viene a purificarlo, porque “Le devora el celo por su casa.”

          Jesús visitó muchas veces el templo, pero en este pasaje nos sorprende con una actitud inusual que no se repetirá más y que sólo puede entenderse a la luz de la profecía de Malaquías: “He aquí que envío a mi mensajero delante de ti y enseguida vendrá a su templo el Señor. Será como fuego de fundidor y como lejía de lavandero. ¿Quién resistirá el día de su visita?” En esta entrada de Jesús en el templo, es “el Señor,” quien visita su templo para purificarlo; no sólo el judío piadoso, el profeta, el maestro o el predicador carismático y taumaturgo.

          Esa es la autoridad que perciben los judíos en el gesto de Jesús y que no están dispuestos a aceptar. Es el Señor, el que viene a la casa de su Padre, a su casa, con autoridad; es “el tiempo de la visita”; se hace presente el juicio, empezando desde la casa de Dios; es el tiempo de pedir cuentas, el tiempo de rendir los frutos, del “verano escatológico.” La higuera del pasaje siguiente en los Evangelios de Mateo y Marcos debe rendir sus frutos. Se ha agotado el tiempo cíclico, o cartesiano y ha sobrevenido el “Éschaton”. Ya no es “tiempo de higos”: tiempo de la dulzura del estío, de sentarse bajo la parra y la higuera, ni volverá a serlo jamás. Ahora es el tiempo del juicio (cf. Ml 3, 5) que Jesús anticipa proféticamente con un signo, al Templo y a la higuera, como anticipó el tiempo de su “hora” en Caná de Galilea. Lo que sucede con la higuera ocurrirá con el Templo en el que el Señor no encuentra fruto, sino idolatría del dinero: negocio e interés: El Templo será arrasado; se secará como la higuera, “porque no ha conocido el tiempo de su visita”; ya no podrá nunca más dar fruto; ningún ídolo comerá fruto de él.

          Honrar el templo para nosotros, es ofrecer el verdadero culto, al Padre, en Espíritu y Verdad, en la Eucaristía, amando a Dios y viviendo en la oración con nuestro corazón limpio de idolatrías, en comunión con los hermanos.

          Que así sea.

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Domingo 31º del TO B

Domingo 31º del TO B

(Dt 6, 2-6; Hb 7, 23-28; Mc 12, 28-34)

Queridos hermanos:

          En la palabra del Deuteronomio, Dios promete vida larga, abundante y feliz, para quien guarde este primer mandamiento y le ame con todo su ser. Amar, es tener a Dios en nosotros, porque Dios es amor. Dios depositó su amor en nosotros al crearnos, pero el pecado pervirtió en nosotros el amor, encerrándonos e incapacitándonos para amar a alguien que no sea nosotros mismos. Ya decía san Agustín, que no hay nadie que no ame, y el problema está en cuál sea el objeto y la ecuanimidad de su amor: Ni amar más, ni menos, de lo que cada persona o cosa deba ser amada.

          El Levítico parte de esta realidad y nos muestra el camino del prójimo como segundo mandamiento, que concreta el primero, como mediación para salir de nosotros mismos e ir en busca del amor, y así Cristo, como hemos visto en el Evangelio, unirá este precepto al del amor a Dios: “El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. He aquí el camino de la vida feliz indicado por la Ley, y recorrerlo lleva al hombre hasta las puertas del Reino: “no estás lejos del Reino de Dios”.

          Sin embargo, sólo en Cristo se abrirán las puertas del Reino a un mandamiento nuevo. “Os doy un mandamiento nuevo; este es mi mandamiento: Que os améis los unos a los otros, “como yo os he amado”; amor nuevo, dado al hombre, no en virtud de la creación, sino de la Redención, de la “nueva creación,” por la que es regenerado un amor en el corazón del hombre, como aquel con el que Cristo se ha entregado a nosotros. Este será pues, el mandamiento del Reino; el mandamiento nuevo; el mandamiento de Cristo, en el que el escriba del Evangelio es invitado a adentrarse mediante la fe, creyendo en Él.

          Una vez más, como dice el Evangelio de Juan, el amor cristiano no consiste en que nosotros hayamos amado a Cristo, sino en que Cristo nos amó primero. Si el amor cristiano es el de Cristo, recordemos sus palabras: “Como el Padre me amó, os he amado yo a vosotros.” El amor cristiano, por tanto, no es otro, ni diferente del amor del Padre, con el que amó a Cristo y con el que Cristo nos amó a nosotros. Amar al hermano, en Cristo, es por tanto signo y testimonio del amor de Dios en el mundo. A esta misión hemos sido llamados por la fe en Cristo, porque como dijo el profeta Oseas: “Yo quiero amor; conocimiento de Dios.” En esto consiste el verdadero culto que quiere Dios: Padre, Espíritu y Verdad: El amor de Cristo en nosotros.

          Proclamemos juntos nuestra fe.

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