Viernes 3º de Adviento

 Viernes 3º de Adviento

(Is 56, 1-3ª.6-8; Jn 5, 33-36) 

Queridos hermanos: 

          La palabra de hoy nos amaestra con la consideración de la importancia del testimonio, cuyo origen es la Verdad de Dios, su Palabra, que como la lluvia baja del cielo, y no regresa a él de vacío, sino después de haber empapado y fecundado la tierra, haciéndola germinar, para dar semilla al sembrador y pan al que come.

          El Espíritu da testimonio a Juan, acerca de Cristo, posándose y quedándose sobre él como una paloma. Juan recibe el testimonio del Espíritu, que le lleva a testificar a Cristo como enviado del Padre, y el Padre testifica al Hijo como su elegido, en quien se complace, y a quien debemos escuchar, enviando sobre él, al Espíritu. Cristo, a su vez, da testimonio del Padre, que le concede hacer las obras que realiza, y ambos, con su amor, hacen presente al Espíritu.

          Se acerca la salvación de Dios, y Dios se hace propicio a quienes lo invocan, sean del pueblo que sean, y lo invoquen desde cualquier lugar, desde los cuatro vientos y hasta los confines de la tierra. Ya no se requiere un lugar específico para adorar al Padre, porque los verdaderos adoradores que el Padre quiere, lo adorarán en Espíritu y en Verdad, en su corazón, y con la cualidad interior con la que se rinde el verdadero culto a Dios, que es el amor:

          El nuevo templo será pues, el corazón humano, en el que Cristo, con su presencia, y por la fe, ha edificado su morada para el Padre y para el Hijo. En este amor reconocerán todos a los discípulos de Cristo, que por la presencia en ellos del Espíritu, son uno, con la unidad del Padre y del Hijo.  Es con este amor, con el que los discípulos testifican el amor del Padre, la redención y la gracia del Hijo y la comunión del Espíritu Santo, para que el mundo crea y se salve. 

          Que así sea.

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Jueves 3º de Adviento

 Jueves 3º de Adviento

Is 54, 1-10; Lc 7, 24-30 

Queridos hermanos: 

          El Evangelio nos presenta el testimonio que da Cristo, de Juan Bautista: Más que un profeta; el mayor entre los nacidos de mujer; Elías. El amigo del novio. La voz, que no ha dado testimonio de sí mismo, sino de Cristo.

Diciendo estas cosas de Juan, en realidad, Cristo, quiere hacernos comprender la grandeza de la obra que quiere realizar en nosotros, haciéndonos hijos del Reino, y por eso añade que: “El menor en el Reino de los cielos es mayor que Juan”, porque por la fe y el bautismo, al creyente se le aplican los méritos de Cristo, y recibiendo el Espíritu Santo, es constituido hijo de Dios. Mientras tanto, Juan tendrá que esperar con todos los justos, hasta que con su muerte, Cristo, abra los cielos, dándoles acceso al Reino de Dios, y pueda también Juan, entrar en él, superando así su grandeza anterior, anunciada por el ángel a Zacarías:

 “Isabel, tu mujer, te dará un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y  convertirá al Señor su Dios a muchos de los hijos de Israel e irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, mediante la conversión, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.”

Es Dios quien llama a su pueblo a la unión amorosa con él y le conduce al desierto lo mismo que a Moisés, a Elías, y a Juan Bautista. El camino del Señor, queda preparado en aquel que acogiendo a su mensajero, en este caso a Juan Bautista, y sometiéndose a su bautismo, acepta la conversión. Juan Bautista, da testimonio de Cristo por última vez. Sus palabras, expresan su pequeñez en relación a Cristo. De quien primero había dicho no considerarse digno de desatar sus sandalias, ahora reconoce, que si a él siendo terreno Dios le inspira promesas de vida, en Cristo vive Dios mismo; él, es el Cielo, en cuyas manos Dios ha puesto todo.

La gracia que lleva en sí esta Palabra, abre los ojos, los oídos y el corazón a Cristo. Creerla, es entrar en comunión con Dios, en su amistad, y recibir su Espíritu de vida eterna. En cambio para quien rechaza al mensajero, esta gracia permanece inaccesible: Mirará y no verá; oirá y no escuchará; no comprenderá, y su corazón no se convertirá, y no será curado. (cf. Is 6, 9-10). Rechazando a Juan, aquellos saduceos, escribas y fariseos, frustraron el plan de Dios sobre ellos, (Lc 7, 30) porque, de hecho, es a Dios a quien rechazaron en su enviado. Resistirse a aceptar su testimonio, es frustrar la voluntad salvadora de Dios, que gratuitamente se ofrece a quienes por el pecado, estaban bajo su ira (Jn 3, 36).  

Ahora, reconciliados con Dios, en Cristo, nos unimos a él en la eucaristía, agradeciéndole el don de la fe.

 

Que así sea.

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Miércoles 3º de Adviento

 Miércoles 3º de Adviento 

Is 45, 6-8.18.21-25; Lc 7, 19-23 

Queridos hermanos: 

Cristo define su misión como el anuncio de la Buena Noticia y la proclamación del “año de gracia” del Señor. Viene a encarnar lo más profundo de la esencia divina; las entrañas de su misericordia. Juan, en cambio, debe preparar su acogida llamando a la conversión y a la penitencia con la severidad de la ley, y comprendiendo que su vida y su misión están llegando a su fin, se asegura de que sus discípulos acudan a Cristo, y escuchando de su boca la Buena Nueva del Reino, y contemplando sus obras, reconozcan al Enviado del Señor, se adhieran a él y sean incorporados a la comunidad del Mesías.

 Cristo les invita a discernir si sus obras responden con las expectativas mesiánicas de las Escrituras, que no son sólo una justicia humana, el juicio y la venganza de los opresores que el pueblo espera, sino también el “año de gracia del Señor” y el tiempo de la misericordia.

También nosotros nos formamos proyecciones sobre Dios, en virtud de nuestra concepción de cosas que nos sobrepasan, y    pretendemos que Dios responda a nuestras expectativas ajustándose a nuestros conceptos. En consecuencia, Dios nos sorprende siempre y nos llama a convertirnos a él y a seguir sus caminos que aventajan a los nuestros como el cielo a la tierra, aunque a veces no nos gusten. En ocasiones pensamos que le seguimos, y en realidad, lo que seguimos son nuestras propias ideas y proyecciones, y no estamos dispuestos a abrir nuestra mentalidad al Señor. Jesús dirá: “Dichoso el que no se escandalice de mí.”

Feuerbach tenía parte de razón al hablar de un dios proyección humana, que compartían muchos de sus contemporáneos, y que manifestaba su total desconocimiento del Dios revelado en Jesucristo, aferrable sólo por el testimonio de la fe.

Sólo en la cruz de Cristo brillará la justicia de Dios sobre el pecado, su juicio de misericordia sobre los pecadores, y su victoria sobre el Enemigo, que se nos entrega en el sacramento de nuestra fe, comunicándonos vida eterna. 

Que así sea

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Jueves 34º del TO

 Jueves 34º del TO 

Lc 21, 20-28 

Queridos hermanos: 

Ante el Adviento, la Iglesia concentra su atención en la contemplación de la venida del Señor, y unida al Espíritu lo invoca: ¡Maran-athá! ¡Ven, Señor! ¡Que pase este mundo y que venga tu Reino!

Esta palabra centrada en la venida del Señor, está en conexión con la profecía de Malaquías: “vendrá a su templo el Señor... será como fuego de fundidor y como lejía de lavandero.” El templo contaminado con la abominación de la desolación, será arrasado y con él, Jerusalén sufrirá las consecuencias de su idolatría. Así también en la última venida del Señor, no sólo Jerusalén, sino toda la creación será purificada de los ídolos y de la corrupción a que la sometió el pecado. Nosotros, ante la venida intermedia del Señor, también debemos apartar el corazón de toda idolatría no sea que la purificación nos traiga como consecuencia nuestra destrucción.

          En efectovienen días” dice el Señor, que convulsionarán al mundo con “señales” terribles en el cielo, que llenarán de “angustia,  terror, y ansiedad” la tierra. Será misericordia de Dios para llamar a conversión a los que desoyendo su palabra han puesto su corazón en las creaturas y en las vanidades del mundo.  

A la agitación de la naturaleza,  seguirá el retorno del “Germen justo, el Señor nuestra justicia”, nuestro Señor Jesucristo; “verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria”, que viene a liberar a los justos.

Después, el combate contra los enemigos habrá concluido. La carne estará vencida y la apariencia de este mundo habrá pasado. El corazón ejercitado en la sobriedad estará pronto a recibir al Señor y en pie lo acogerá.

Excitar el deseo de su venida, es la obra del amor, que vela porque ansía la presencia del ser amado, y nada le da sosiego en la separación sino el esperar. Indiferente a cualquier otro estímulo, cualquier padecer es para sí insignificante. Su gozo es amar, y su complacencia está fuera de sí, entregada. Compadecido del triste desamor o amor de sí, el Amor busca al amado para perderse, y se pierde para encontrarlo. Lo llama cuando lo encuentra y lo salva cuando se acerca, llenándolo de sí.

          ¡Ven Señor!

           Que así sea.

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Padre, tengo dudas de fe.

 Padre, tengo dudas de fe 

 

          Frecuentemente escuchamos esta queja como algo inevitable e independiente de la propia voluntad: Padre, tengo dudas de fe. 

          Lo mismo que el amor no consiste sólo en sentimientos, sino en hechos, la fe, no se apoya sólo en ideas, sino fundamentalmente en testimonios, pudiendo distinguirse, por tanto, entre dudas de fe y dudas de sola razón. Pascal hablaba de dos excesos: la sinrazón y la razón sola. Efectivamente, sin excluirse, no pueden tampoco identificarse la una con la otra.

          La limitación de la mente para comprender realidades evidentes del mundo físico y natural, viene en nuestra ayuda para no confiar en su capacidad para aferrar realidades sobrenaturales que la superan infinitamente.

          En cuanto a los testimonios inherentes a la fe, uno es, el del espíritu que la niega, sin más recurso que el de la ausencia de una evidencia física propia de los sentidos, contra el cual, el Evangelio afirma expresamente: “dichosos los que sin haber visto, creerán”. Dichosos, porque superarán el testimonio negativo de la carne, con el testimonio positivo del Espíritu que poseen, y que da testimonio a su espíritu, de ser hijos de Dios, de haber sido liberados de sus antiguos pecados, y que provee del amor a los hermanos, y a cuantos unilateralmente persistan en su enemistad hacia ellos, no pudiendo encontrar, no obstante, en su corazón, correspondencia a su enemistad.

          Si a causa del pecado, el corazón humano carece del testimonio del Espíritu, son inevitables las dudas insuperables de la razón ante la perplejidad de una pretendida fe. Para liberarse de estas dudas, será necesario combatir eficazmente el pecado, causante de la ausencia del Espíritu.

 

          ¡Hijo, abandona el pecado, y se extinguirán tus dudas!

 

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Lunes 34º del TO Presentación de la Santísima Virgen María

 Presentación de la Santísima Virgen María

(Ap 14, 1-3. 4b-5; Lc 21, 1-4 ó Za 2, 14-17; Mt 12, 46-50) 

Queridos hermanos: 

          Las Escrituras no mencionan este acontecimiento. Para decir algo de este hecho, hay que recurrir al apócrifo “Protoevangelio de Santiago”, aunque en la opinión de algunos estudiosos, el acontecimiento habría sido algo sencillo, como el cumplimiento de un voto materno. Los padres de la Virgen la habrían consagrado al Señor siendo niña, y habría permanecido en el templo unos años hasta ser desposada con José.

          El hecho es que en la iglesia oriental esta fiesta originada en Jerusalén, con motivo de la dedicación de la iglesia de Santa María la Nueva en el año 543, tiene mucha fuerza, y es considerada día de precepto. Esta fiesta quiere llenar el gran silencio que tenemos acerca de la vida de María. Tiene el sentido de una preparación a su misión, renunciando al mundo movida por el Espíritu Santo.

          La liturgia proclama con el profeta Zacarías: “Grita de gozo y alborozo, Sión, pues vengo a morar dentro de ti, dice el Señor. El Señor quiere morar en nosotros y nos manifiesta su voluntad para que eso sea posible. «Estos son mi madre y mis hermanos.  Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre de los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

          María entrando al templo para prepararse a servir al Señor es una imagen entrañable. La liturgia maronita, inspirada en el Evangelio, aplica a María las figuras del arca, el tabernáculo y el templo: "Bendita María, porque se convirtió en trono de Dios y sus rodillas en ruedas vivas que transportan al Primogénito del Padre eterno". La Virgen María, llevará en su seno al Mesías, como arca de la Nueva Alianza en medio de su pueblo, suscitando en Jerusalén, como lo hará en su visita a Isabel, manifestaciones de gozo, por la presencia en ella del Señor, suscitadas por el Espíritu. Entusiasmo, "en medio de gran alborozo", como cuando "David danzaba, saltaba y bailaba" con la llegada del Arca. El gozo se traduce pues, en aclamaciones.

          Orígenes, pone en boca de María: "Heme aquí, soy una tablilla encerada, para que el Escritor escriba lo que quiera, haga de mí lo que quiera el Señor de todo" (Com. A Lc.,18).  Hoy diríamos que María se ofrece a Dios como una página en blanco sobre la que Él puede escribir lo que desee.                

          Que así sea también en nosotros, que como miembros de Cristo entramos también a formar parte en la edificación de su Templo. 

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Domingo 34º del TO C "JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO"

 Domingo 34º del TO C “JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO”

(2S 5, 1-3; Col 1, 12-20; Lc 23, 35-43)   

Queridos hermanos: 

          Celebramos hoy la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, con la que terminamos siempre el año litúrgico recapitulando todo en Cristo, por quién y para quién todo fue hecho.

          Para celebrar la realeza de Cristo, la Iglesia contempla en la liturgia, en el Evangelio de Marcos a Jesús condenado a muerte; en el Evangelio de Lucas al Señor crucificado, y en el Evangelio de Mateo, a un rey que ha sufrido hambre, sed, desnudez, enfermedad y prisión.

          Entonces, ¿en qué ha consistido su reinado?: En dar testimonio de la Verdad del amor de Dios, deshaciendo la mentira del diablo.

          Y ¿cómo ha dado ese testimonio?: Muriendo por nosotros en la cruz para perdonar el pecado, amándonos hasta la muerte para destruir la muerte. Este es nuestro Dios, y este es nuestro Rey.

          Ante Pilatos, Cristo, prefiere el título de “testigo de la Verdad” como expresión de su realeza, porque es así como será posible de nuevo su reinado en este mundo: Testificando la verdad del Amor de Dios, con la entrega de su propia vida. “Nadie me quita la vida, la doy yo voluntariamente, y deshaciendo al mismo tiempo la mentira diabólica, con el perdón de los pecados y el don del Espíritu Santo.

          La Palabra nos hace comprender que el Reino universal de Cristo, sitúa al hombre en la eternidad gloriosa de Dios, como germen de una Nueva Creación que es su Iglesia. Cristo en la cruz identifica su Reino con el Paraíso, cuando escucha la súplica del “ladrón”. El Paraíso hace referencia al “mundo” anterior a la muerte del pecado, en el que Dios reinaba en el corazón de todo lo creado. Pero, cuando el hombre escalando el árbol de la ciencia del bien y del mal, expulsó a Dios de su corazón, se excluyó a sí mismo del Paraíso, abrió la puerta al reinado de las tinieblas, y cerró su acceso al árbol de la vida.

          De este paraíso fue expulsado el hombre por el pecado, hasta que Cristo, constituido en Puerta, abierta por la llave de la Cruz, le testificara la Verdad del amor de Dios, y por la fe, le franqueara de nuevo el paso al árbol de la Vida que está en el Paraíso de Dios (cf. Ap 2, 7), y Dios reinara de nuevo en su corazón. Que la puerta esté abierta, indica que el pecado ha sido perdonado. Cristo había dicho que el Reino sufre violencia; está implicado en un combate en el que hay que adentrarse para arrebatarlo. Hay que reconocerse pecador suplicando el perdón de Dios, y acoger su oferta de misericordia en el Evangelio, mediante el Bautismo.

          El malhechor pudo entonces cambiar la maldición de su condena por la bendición de la Cruz de Cristo. Maravilloso intercambio adquirido por la confesión de la fe, y por la invocación del Nombre de Jesús. He aquí las virtudes misteriosas de la gracia que brotan de la cruz: Mientras Pedro, ante la cruz, niega a Cristo, el malhechor colgado en lo más alto de ella, lo proclama Señor. He aquí los frutos de la fe: Ver un crucificado y reconocer al Rey. La gracia que actúa en lo secreto del corazón, espera el momento apropiado para manifestarse. Recordemos a Bartimeo, a Zaqueo, o a la Samaritana, mientras hoy recordamos a quien la tradición llama “Dimas”. La invocación del nombre de Jesús y el reconocimiento de su reinado, han obtenido de Cristo las palabras más emocionantes del Evangelio: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

          Acoger a Cristo es acoger al que lo envió, ante quien el pecado se disuelve, porque “nunca las aguas torrenciales podrán apagar el Amor, ni anegarlo los ríos”.

          Los esfuerzos del diablo para impedir que Cristo subiera a la cruz, ya desde las tentaciones del desierto, y las continuas imprecaciones para conseguir que se bajara de ella sin franquear la puerta del Paraíso, no tuvieron éxito. Sólo el diablo, envidioso testigo del Edén, podía reconocer el árbol de la vida, trasplantado en el Gólgota desnudo de sus hojas y sus frutos. Cristo, extendiendo sus manos sobre él, comió de su invisible fruto y lo dio también al ladrón. Se abrieron las puertas del Reino y también las de la prisión mortal. “La trampa se rompió y escapamos”. Cristo reina, y la humanidad es invitada a arrebatar como el “ladrón” su acceso al Reino. En Cristo hemos sido “sacados del dominio de las tinieblas y trasladados al Reino del Hijo de su amor, por cuya sangre hemos recibido la redención y el perdón de los pecados”.

          Por un proceso “natural” propio de la naturaleza caída, mientras vivimos, nuestra vida se va agotando hasta extinguirse. Por el proceso sobrenatural de la vida nueva de la fe, mientras la entregamos, nuestra vida va progresando hasta hacerse Eterna. Convertir este proceso natural en sobrenatural, es posible sólo, mediante el acceso al árbol de la Vida. Como cantamos en la liturgia: El árbol de la Vida es tu cruz, oh Señor. Para entrar en el Paraíso en este mundo, hay que subir a la cruz, que Cristo ha revelado como árbol de la Vida, y puerta abierta del Paraíso. Los mártires, exclamando: ¡Viva Cristo Rey! Afirman con su entrega el testimonio de Cristo acerca del amor del Padre.

          Así como a nuestros padres “se les abrieron los ojos” a la “muerte sin remedio”, al creer la “mentira primordial del diablo y comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, así se le abrirán los ojos a la Vida Eterna, al que coma ahora del fruto del árbol de la Vida, como les ocurrió a los discípulos de Emaús y al ladrón crucificado con Cristo. Porque “El que come mi carne tiene Vida Eterna.” Abramos por la Eucaristía, sacramento de nuestra fe, la puerta del Paraíso, comulgando con la muerte de Cristo, y entremos en su Reino bebiendo del cáliz de la Nueva y Eterna Alianza.

 

          Proclamemos juntos nuestra fe. 

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Sábado 33º del TO

 Sábado 33º del TO 

Lc 20, 27-40 

Queridos hermanos: 

          Hoy la Palabra nos invita a fijar nuestra mirada en la vida eterna de la Resurrección, de la cuál tenemos ya por la fe, una “esperanza dichosa”, porque será una vida con Cristo en Dios. Pero esta esperanza no todos la comparten porque “la fe no es de todos”, decía san Pablo: No todos comprenden las Escrituras ni el poder de Dios (cf. Mt y Mc), y el Maligno se sirve de aquellos a quienes ha engañado, para atacar nuestra esperanza y tratar de destruir nuestra fe. Necesitamos por lo tanto ser “consolados y afirmados en toda obra y palabra buena” en el combate contra el Maligno y en la misión del testimonio que supone la vida cristiana. Así, podremos alcanzar a ser dignos de la Resurrección y de tener parte en el mundo venidero, en el que no existirá la muerte, como nos ha dicho el Evangelio, sino los hijos de Dios; los santos, viviendo en el servicio del Señor. Una vez recuperados nuestros miembros, viviremos en la comunión de los santos, en una unión virginal con el Señor que se nos entregará totalmente en la posesión de la visión, haciéndonos un solo espíritu con él.

          En efecto, Dios creó a los ángeles, espíritus puros, pero al hombre quiso hacerlo con la capacidad de colaborar con él en la creación de otros hombres; con la capacidad de transmitir la imagen de Dios que había recibido, hasta que se completara el número de los hijos que Dios quiso llevar a la gloria (cf. Hb 2, 10): “muchedumbre inmensa que nadie podía contar” (Ap 7, 9), y para eso lo hizo fecundo, dándole un cuerpo sexuado. Cuando se complete el número de los hijos de Dios y ya no puedan morir, la humanidad dejará de procrear, y seremos como ángeles en los cielos.

          Ahora mientras perdura este “hoy”, estamos llamados a dar razón de nuestra esperanza, afianzados en la palabra buena del Evangelio y en la obra de la evangelización, por nuestro Señor Jesucristo que nos ha amado y consolado gratuitamente. El nos guardará del Maligno y nos sostendrá en el combate, con la tenacidad de Cristo, en su amor.

          Por la fe, vivimos en la esperanza dichosa de la vida eterna, que nos ha sido prometida, y está operante en nosotros, pero que recibiremos en plenitud en la Resurrección, y que la Caridad, visibiliza ya ahora como garantía de la vida nueva recibida de Cristo, por la efusión del Espíritu en nuestros corazones, y la comunión con su cuerpo y su sangre en la Eucaristía. “Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, en que amamos a nuestros hermanos”. 

          Que así sea.

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Domingo 32º del TO C

 Domingo 32º  del TO C 

(2M 7, 1-2. 9-14; 2Ts 2,16-3,5; Lc 20, 27-38.) 

Queridos hermanos: 

Hemos escuchado a Cristo en el Evangelio, afirmar el hecho de la resurrección, frente a aquellos que dudaban del poder de Dios y no comprendían las Escrituras. Ya en el Antiguo Testamento encontramos testimonios de resurrección en Elías y Eliseo, como también en el Nuevo, se nos relatan tres por parte de Cristo, y también una por parte de Pedro y de Pablo.

La fe de la Iglesia, con todo, no se basa en esos hechos milagrosos, sino en la Resurrección de Cristo, anunciada en los Evangelios y testificada por los apóstoles, que no consiste en un mero retorno a esta vida, sino en una resurrección gloriosa del cuerpo, a una vida nueva en la que ya no habrá muerte, y la condición humana será espiritualizada (serán como ángeles), aunque conservando el mismo cuerpo.

En la Virgen María se da una doble excepción tanto en su redención como en su resurrección, anticipándose al resto del Cuerpo, a excepción de Cristo, la Cabeza.

Para nosotros, la resurrección prometida por Cristo, el último día, es todavía objeto de esperanza, fundada en la resurrección de Cristo, como lo fue para los macabeos de la primera lectura, aunque se haya realizado ya místicamente en nosotros por el Bautismo, como afirma el Nuevo Testamento: “Sepultados con Cristo en el bautismo, con él también habéis resucitado” (Col 2, 12).

San Juan nos dice cómo podemos saber si realmente hemos resucitado con Cristo: “Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, si amamos a los hermanos”. Sabemos también, si somos ya hijos de Dios, si amamos a nuestros enemigos.

Hoy la Palabra nos invita a fijar nuestra mirada en la vida eterna de la Resurrección, de la cuál tenemos ya por la fe, una “firme esperanza” como la de los macabeos; una “esperanza dichosa” como dice la segunda lectura, porque será una vida con Cristo, en Dios. Pero esta esperanza no todos la comparten porque “la fe no es de todos”, decía san Pablo, ni todos comprenden las Escrituras ni el poder de Dios (cf. Mt 22, 28 y Mc 12, 24), y el Maligno se sirve de aquellos a quienes engaña, para atacar nuestra esperanza y tratar de destruir nuestra fe.

Necesitamos por lo tanto, ser “consolados y afirmados en toda obra y palabra buena” -decía san Pablo-, en el combate contra el Maligno y en la misión del testimonio que supone la vida de fe, para alcanzar a ser dignos de la Resurrección y tener parte del mundo venidero, en el que no existirá la muerte como nos ha dicho el Evangelio, sino los hijos de Dios; los santos, viviendo en el servicio del Señor como ángeles en el cielo.

En efecto, Dios creó a los ángeles, espíritus puros, pero al hombre quiso hacerlo con la capacidad de colaborar con él en la creación de otros hombres; con la capacidad de transmitir la imagen de Dios que había recibido, hasta que se completara el número de los hijos que Dios quiso llevar a la gloria (cf. Hb 2, 10): “muchedumbre inmensa que nadie podía contar” (Ap 7, 9), y para eso lo hizo fecundo, dándole un cuerpo sexuado. Cuando se complete el número de los hijos de Dios y ya no puedan morir, la sexualidad dejará de ser fecunda, y seremos como ángeles en los cielos.

Recuperaremos nuestros miembros como decía la primera lectura, para vivir en comunión con los santos, y en una unión virginal, con el Señor que se nos entregará en la posesión de la visión, haciéndonos un solo espíritu con él.

Ahora mientras perdura este “hoy”, estamos llamados a dar razón de nuestra firme esperanza, afianzados en la palabra buena del Evangelio y en la obra de la evangelización, por nuestro Señor Jesucristo que nos ha amado y consolado gratuitamente. El nos guardará del Maligno y nos sostendrá en el combate, con la tenacidad de Cristo, en su amor.

Por la fe, vivimos en la esperanza dichosa de la vida eterna, que nos ha sido prometida, que está operante en nosotros, que recibiremos en plenitud en la Resurrección, y que la Caridad, visibiliza ya ahora como garantía de la vida nueva recibida de Cristo, por la efusión del Espíritu en nuestros corazones, y la comunión con su cuerpo y su sangre en la Eucaristía. 

 

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Domingo 31º del TO C

 Domingo 31º del TO C 

(Sb 11, 23-12,2; 2Ts 1,11-2,2; Lc 19, 1-10)

Queridos hermanos: 

          El Evangelio nos habla hoy de Jericó como figura del mundo, en el que se encuentra el hombre necesitado de salvación, mientras Jerusalén es figura del cielo, donde se encuentra la presencia de Dios. El Señor, como buen samaritano, baja de Jerusalén a Jericó en busca del hombre herido en el camino, para usar con él de misericordia, y a la entrada de Jericó, se detiene para curar a Bartimeo, y mostrar a todos los que le siguen su fe; hoy se adentra en Jericó, al encuentro de un publicano rico y descarriado en el mundo, llamado Zaqueo, para entrar en su casa, llenarla de luz y hacerle heredar las promesas hechas a Abrahán y a sus hijos, porque el amor no desconfía nunca de la salvación de nadie.

          Vimos a un pobre ciego, encontrar el tesoro escondido del Reino de Dios, y hoy, a un rico de pequeña estatura acoger la salvación en su casa; hemos visto a un camello pasar por el ojo de una aguja y a un pecador alegrar a los ángeles de Dios. Mientras Natanael, el “judío en quien no hay engaño”, es visto debajo de la higuera como fruto maduro. Zaqueo, como fruto verde, se encuentra aún sobre el árbol, pero ambos, al igual que Bartimeo, en Cristo, son amados y conocidos, por su nombre de vivos, mientras que aquel “rico epulón” de la parábola, permanece en el abismo de la muerte y su nombre es ignorado. Sólo nos queda recuerdo de sus vicios.

          Como el ciego Bartimeo, también Zaqueo ha oído hablar de Jesús de Nazaret; conoce su propia pequeñez y lo que le impide seguirle, pero la gracia que está actuando en él, le hace correr y subirse al sicómoro, para salirle al encuentro llenándole de la alegría propia del Espíritu Santo, al sentirse llamado, conocido, amado por Dios en Cristo. Al sicómoro, higuera sin fruto, la gracia lo ha hecho fructificar en Zaqueo; también la cruz del Salvador de la que los incrédulos se burlan llamándola estéril, alimenta, como la higuera, a los que creen en Él, como dice San Beda.  

          También como Bartimeo, Zaqueo hará solemnemente (puesto en pie) profesión de su fe, mostrándola con sus obras como dice Santiago (St 2, 18): “Daré -dice- la mitad de mis bienes a los pobres y restituiré cuatro veces lo defraudado”. Al dios de este mundo le ha sido arrebatado un hijo de Abrahán. La salvación de Zaqueo, ha entrado en su casa. Ambos, Bartimeo y Zaqueo, para acercarse a Jesús, se separan de la muchedumbre incrédula que les dificulta el acudir a él; uno gritando y el otro corriendo y subiéndose al árbol. La masa que no cree, en un caso murmura de Cristo y en el otro trata de hacer callar al ciego.

El pecador es buscado con compasión y paciencia, y encontrado por la misericordia de Dios, para la que no son obstáculo ni la ceguera y la pobreza de Bartimeo, ni la pequeñez y la riqueza de Zaqueo.

La primera lectura decía que Dios es amor y quiere nuestro bien; que tiene paciencia con el pecador y espera que vuelva a él para que viva, pero el Evangelio de hoy nos muestra que el Señor no se contenta con esperar que volvamos a él, sino que él mismo sale a nuestro encuentro y se adentra en nuestra realidad de muerte para llamarnos a él con vocación santa, como dice la segunda lectura, para salvarnos y enviarnos a proclamar la Buena Noticia de su amor.

Así nos busca hoy a nosotros el Señor, porque conviene que entre en nuestra noche para iluminarla. Ojalá podamos reconocer así nuestra miseria y nuestra corta estatura en el amor; ojalá nos sintamos conocidos por el Señor y nos salve. Entonces podremos ponernos en pie y proclamar su misericordia con nosotros; exultar y celebrar Pascua con él. 

          Proclamemos juntos nuestra fe.

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Lunes 30º del TO

 Lunes 30º del TO 

Lc 13, 10-17 

Queridos hermanos: 

          El centro de esta palabra no es, la mujer enferma de la que el Señor se apiada, ni tan siquiera la falta de discernimiento que muestra el legalismo de los judíos respecto al sábado, sino la cerrazón del jefe de la sinagoga y de los judíos que despreciando a Dios se resisten a acoger su iniciativa de misericordia para volverse a él.

          La voluntad amorosa de Dios es la salvación de su pueblo, que se extiende a todos los hombres y que se hace carne primero en la elección de su pueblo, después en la ley, y por último en Cristo, que viene a perdonar el pecado y a dar a los hombres su naturaleza de amor con el Espíritu Santo.

          La predicación de Cristo, los milagros y en fin la entrega de su vida, hará posible el cumplimiento del plan de salvación de Dios, pero sólo en quien lo acoja. En cambio los judíos han hecho de su relación con Dios un legalismo de auto justificación y cumplimiento de normas externas que no llevan a Dios, porque el amor a Dios y al prójimo ha quedado sustituido por ritos anquilosados en su materialidad sin relación alguna con la verdad de su corazón. Cristo insistirá constantemente en aquello de: “Misericordia quiero; Yo quiero amor, conocimiento de Dios”. Entramos de nuevo en el tema del amor como corazón de la ley y, de la superficialidad inmisericorde de quien está alejado de Dios.  

          También nosotros necesitamos poner nuestro corazón en Dios, de forma que sea el amor el que dirija nuestra vida, el culto y nuestra relación con Dios y con los hermanos. Si el origen, el medio y la finalidad de nuestra relación con Dios no es el amor, nuestra religión es falsa, y vacía.

          Como premisa, podemos tomar conciencia de lo despiadado de la tiranía del demonio: Dieciocho años de opresión imperturbable sobre una persona, que sin la redención de Cristo podría ser interminable. Es interesante la interpretación de Cristo respecto a una enfermedad como acción de Satanás: Con él entró el pecado y la muerte, de la cual el mal y la enfermedad no son más que sus manifestaciones progresivas sobre la naturaleza humana. Si la maldad de una creatura puede ser tal, cuál no será la misericordia de Dios su creador, viendo la vejación de su creatura bajo la tiranía del mal: “Las aguas torrenciales (de la muerte) no pueden apagar el amor”.

          A la luz de la cruz de Cristo, el dolor y la enfermedad tienen un valor curativo y de salvación, incuestionable, sin dejar de ser paradójicos. El sufrimiento como misterio, relativiza toda soberbia ilusión de realización puramente mundana, y mediante la humildad, abre el camino del corazón humano a la trascendencia. Con todo, nos encontramos una vez más ante el tema del por qué Dios permite el sufrimiento. ¿Acaso el sufrimiento puede ser un medio pasajero, muchas veces insustituible, para obtener un bien definitivo? ¿No es posible que la mujer del Evangelio, en el caso de haber gozado siempre de buena salud se hubiese perdido para siempre, mientras que el encuentro con Cristo después de su enfermedad la haya salvado definitivamente?, sin duda, pero subsiste además el sufrimiento como consecuencia de la libertad humana y del pecado.

          En el Evangelio podemos descubrir, cómo sólo el Espíritu Santo hace ver la realidad con su óptica de misericordia: “misericordia quiero”; pero si falta, no puede captarse más que la materialidad de la apariencia; mientras la letra de la Ley mata, su corazón es el amor, y la caridad edifica. Jesús tendrá siempre gran dificultad en introducir a sacerdotes, escribas y fariseos en la óptica de la misericordia, porque su corazón, cerrado a Dios, se cierra a la caridad. Quien no se conmueve ante el sufrimiento y la perdición ajena, tampoco lo hará ante la misericordia. Sólo un amor que madura, es capaz de discernir entre la letra y el Espíritu. Parafraseando a Pascal podemos decir: “El “amor” tiene razones que la razón no comprende” El tercer mandamiento, acerca de la santificación del sábado, no queda fuera del precepto del amor a Dios y al prójimo. La Escritura expresa claramente que, “quien ama, cumple la Ley”.

          La respuesta de Jesús viene a ser: ¡En sábado se puede amar!

          Precisamente para eso ha sido instituido el sábado. Dios descansa del trabajo de crear pero no suspende nunca la actividad de su amor: “mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo” dirá Jesús. El Padre descansó de crear, y ahora no deja de amar, gobernar y renovar cada día la creación. El trabajo del amor, nunca se detiene. En una oración sinagogal que precede a la proclamación del Shemá, los judíos dicen: “haces la paz y todo (lo) creas. Tú que iluminas la tierra y (a) todos sus habitantes; que renuevas cada día la obra de la creación”. También en nosotros la “creación” puede ser renovada cada mañana, si como el salmo: “por la mañana proclamamos, Señor tu misericordia” testificándola con nuestra vida.

          Pidamos al Señor que la Eucaristía nos abra a la actividad constante de la misericordia, que corresponde a la nueva naturaleza a que se refiere su promesa. Una cosa es trabajar para sostener el cuerpo y otra, para inmolarlo por amor y para amar. 

          Que así sea.

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Nuestra Señora de Zapopan

  Nuestra Señora de Zapopan

(Za 2, 14-17; Ef 2, 4-10; Lc 1, 39-47) 

Queridos hermanos: 

          En esta fiesta, la Iglesia nos presenta la verdadera dicha de María, habiendo acogido el anuncio del Señor creyendo en su palabra. La fe, pone a María en camino al encuentro del Ungido y su profeta impulsada por el Espíritu. María que ha sido la primera evangelizada por Gabriel, es también la primera evangelizadora, que parte movida por el Espíritu, y será siempre en la historia, auxiliadora de la evangelización, como en Zapopan, y en un gran número de advocaciones.  

          La palabra de este día está envuelta en manifestaciones celestes del Espíritu Santo, como corresponde al misterio de los hijos que guardan las madres en su encuentro. Encuentro de las madres y de sus hijos: El mayor entre los nacidos de mujer y el Primogénito de toda la creación. La voz y la Palabra. El Evangelio nos llama dichosos, por la llamada a escuchar la Palabra del Señor, y hacer de ella nuestra vida, como lo hizo su madre y ahora madre nuestra, y también sus hermanos, de los que ahora formamos parte todos nosotros. Dichosos, por haber creído como María, y haber sido llamados como ella, a dar a luz a su hijo con nuestras obras, fruto de su Espíritu Santo. Como ella hemos recibido el anuncio de Jesucristo; como ella se ha gestado en nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado y como ella podremos manifestarlo al mundo con nuestras obras.

          La profecía de Zacarías proclama: “Grita de gozo y alborozo, hija de Sión, pues vengo a morar dentro de ti, dice Yahveh. Sión se goza en su hija predilecta, que ha acogido en su corazón y en su seno a Dios en su Palabra.

          María se puso en camino y se fue con prontitud. La Verdad y la Vida se muestran Camino en María, que movida por el Espíritu va hacia Isabel, para que Cristo encuentre a Juan y lo constituya su precursor. El gozo de Cristo está en María, y el de Juan hace exultar a su madre Isabel: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor? ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor! El Espíritu Santo profetiza en Isabel para exaltar la fe de María en las promesas que le han sido comunicadas de parte de Dios.

          Dios se fija en la humildad de María, pues “el Señor no renuncia jamás a su misericordia, ni deja que sus palabras se pierdan,  ni que se borre la descendencia de su elegido, ni que desaparezca el linaje de quien le ha amado” (Eclo 47, 22).

          María se apoyó en Dios en su humildad y nosotros debemos hacerlo en nuestra debilidad, para poder alcanzar la dicha de ella por nuestra fe, pues también a nosotros nos ha sido anunciada la salvación en Cristo y se nos ha dado su Espíritu, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos, como dice san Pablo.

 Juan ha sido lleno del Espíritu con la cercanía de Cristo. Nosotros en la Eucaristía somos llamados a hacernos un espíritu con él, que nos haga exultar de gozo en el seno de nuestra madre la Iglesia, de la que es figura la madre del Señor, su miembro más excelso.

          Elevemos por tanto nuestra exultación a Dios Padre todopoderoso, que nos ha enviado a su Hijo amado, en quien se complace su alma, y unámonos a la entrega del cuerpo del Señor; y a su sangre derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados. 

          Proclamemos juntos nuestra fe.

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Martes 28º del TO

 Martes 28º del TO

Lc 11, 37-41 

Queridos hermanos 

          El Señor vuelve a hablarnos del corazón. Como dice en otro lugar, es el corazón lo que puede hacer impuro al hombre y no las manos. Por encima de la pureza legal, para Cristo, purificar al hombre es purificar su corazón. El Señor podía haber dicho al fariseo: purificad vuestro corazón y todo será puro para vosotros, pero es más concreto, porque conoce su corazón y le dice: dad limosna (lo que tenéis, lo que atesoráis, lo que amáis, lo que está en vuestro corazón), y todo será puro en vosotros, y para vosotros. No es posible la comunión con Dios en un corazón contaminado con el dinero, el ídolo por antonomasia que desplaza de él a Dios y a los hermanos, porque “donde esté tu tesoro allí estará también tu corazón”. Mete en tu corazón la caridad con la limosna y quedará puro. Puro tu corazón y puros tus ojos, para ver al hermano a través de la misericordia. Meter la caridad en el corazón supone acoger la Palabra: “Vosotros estáis ya limpios gracias a la palabra que os he anunciado” (Jn 15, 3). Acoger la Palabra que es Cristo, suscita en nosotros la fe; la fe nos obtiene el Espíritu, y el Espíritu derrama en nuestro corazón el amor de Dios. El amor de Dios ensancha el corazón para acoger a los hermanos y ofrecerse a ellos como don.

          Alcanzar a la persona es alcanzar su corazón, donde residen los actos humanos (voluntarios según la Escritura). En el corazón se encuentra la verdad del hombre: su bondad o su maldad. La realidad del corazón condiciona el criterio de su entendimiento y el impulso de su voluntad que se unifican en el amor. Ya decía san Agustín que no hay quien no ame, pero la cuestión está en cuál sea el objeto de su amor. Si su objeto es Dios, el corazón se abre al don de sí; si por el contrario es un ídolo, el corazón se cierra sobre sí mismo y se frustra la persona. Para arrancar el ídolo, del amor del corazón, hay que odiarlo, en el sentido que dice el Señor en el Evangelio: “Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío”.

          La caridad todo lo escusa y no toma cuentas del mal cuando somos ofendidos, pero como hace Jesús en el Evangelio, corrige al que vive engañado para salvarlo de la muerte y perdonarlo en el día del juicio. La limosna despega el alma de la tierra y la introduce en el cielo del amor; cubre multitud de pecados; simultáneamente remedia la precariedad ajena y sana la multitud de las propias heridas. La limosna es portadora de misericordia y enriquece al que la ejerce. Como dice san Agustín: el que da limosna tiene primeramente caridad con su propia alma, que anda mendigando los dones del amor de Dios, de los se ve tan necesitada.

          Sea el Señor tu delicia y él te dará lo que pide tu corazón. Que la Eucaristía nos una al don de Cristo haciéndonos un espíritu con él. 

          Que así sea.

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Lunes 28º del TO Santo Tomás de Villanueva

 Lunes 28º del TO 

Lc 11, 29-32

(Santo Tomás de Villanueva: 2Tm 4, 1-5; Jn 10, 11-16) 

Queridos hermanos: 

          En este tiempo de gracia, la liturgia nos presenta a Dios rico en misericordia, y a través del Evangelio nos hace presente nuestra responsabilidad ante su ofrecimiento, porque: “no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva”.

          Los ninivitas se convirtieron por la predicación de Jonás,  signo para ellos de la voluntad misericordiosa de Dios, que quería salvarlos de la destrucción merecida por sus pecados. El que Jonás haya salido del seno del mar (figura de la muerte), como nos cuenta la Escritura, Lucas ni lo menciona, porque es un signo que, de hecho, no vieron los ninivitas, como tampoco los judíos vieron a Cristo salir del sepulcro. Será por tanto un signo que no les será permitido ver. Cuando el rico que llamamos epulón pide a Abrahán, el signo de que un muerto resucite para la conversión de sus hermanos, éste le responde que no hay más signo que la escucha de Moisés y los Profetas, a través de la predicación; es curioso que no diga de la lectura, sino de la escucha. Como dice san Pablo, la fe viene por el oído. Los judíos que no han acogido la predicación ni los signos de Jesús, tendrán que acoger la de sus discípulos; el testimonio de la Iglesia. Es Dios quien elige la predicación como único signo; el modo y el tiempo favorable para otorgar la gracia de la conversión, y el hombre debe acogerla como una gracia que pasa. Como dice el Evangelio de Lucas, el que los escribas y fariseos rechazaran a Juan Bautista, les supuso que no pudieron convertirse cuando llegó Cristo, frustrando así el plan de Dios sobre ellos (Lc 7,30).

          La predicación del Evangelio hace presente el primer juicio de la misericordia, que puede evitar en quien lo acoge, un segundo juicio en el que no habrá misericordia para quien no tuvo misericordia, según las palabras de Santiago (St 2,13), siendo así que le fue ofrecida gratuitamente por la predicación.

          Para quien acoge la predicación todo se ilumina, mientras quien se resiste a creer permanece en las tinieblas. Dios se complace en un corazón que confía en él contra toda esperanza y lo glorifica entregándole la vida de su propio Hijo: “Todo el que invoque el nombre del Señor, se salvará.”

          Dios suscita la fe para enriquecer al hombre mediante el amor, y darle a gustar la vida eterna, y por su amor, dispone las gracias necesarias para la conversión de cada hombre y de cada generación. Los ninivitas, la reina de Sabá, los judíos del tiempo de Jesús y nosotros mismos, recibimos el don de la predicación como testimonio de su palabra, que siembra la vida en quien la escucha.

          Como ocurría desde la salida de Egipto, en la marcha por el desierto, Israel sigue pidiendo signos a Dios, pero ni así se convierte. Las señales que realiza Cristo en la tierra no las deben ver, porque no tienen ojos para ver ni oídos para oír, (cf. Is 6, 10) y piden una señal del cielo. No habrá señal para esta generación, que puedan ver sin la fe; un signo que se les imponga, por encima de los que Cristo efectivamente realiza. Cristo gime de impotencia ante la cerrazón de su incredulidad. La señal por excelencia de su victoria sobre la muerte, será oculta para ellos (no habrá señal) y sólo podrán “verla” en la predicación de los testigos, como en el caso de Jonás. Este tiempo no es de señales, sino de fe, de combate, de entrar en el seno de la muerte y resucitar, como Jonás, que en el vientre de la ballena pasó tres días. Solo al “final” verán venir la señal del Hijo del hombre sobre las nubes del cielo.

          Jonás realizó dos señales en la Escritura: La predicación, que sirvió a los ninivitas para que se convirtieran, y la de salir del seno de la muerte a los tres días, que nadie pudo conocer. El significado de las “señales” sólo puede comprenderse con la sumisión de la mente y la voluntad que lleva a la fe y que implica la conversión. Dios no puede negarse a sí mismo anulando nuestra libertad para imponerse a nosotros, por eso, todas las gracias tendrán que ser purificadas en la prueba.

          Nosotros hemos creído en Cristo, pero hoy somos invitados a creer en la predicación, sin tentar a Dios pidiéndole signos, sino suplicándole la fe, y el discernimiento, que él da generosamente al que lo pide con humildad. De la misma manera que sabemos discernir sobre lo material, debemos pedir el discernimiento espiritual de los acontecimientos.

          También a nosotros se nos propone hoy la conversión y la misericordia a través de la predicación de la Iglesia. 

          Que así sea.

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Dedicación de la Catedral

 

Dedicación de las Catedrales

(Ez 47, 1-2.8-9.12; ó 1Co 3, 9-11.16-17; ó Is 56, 1.6-7; Ef 2, 19-22; Jn 2, 13-22). 

Queridos hermanos: 

          Celebramos la dedicación de la Basílica de Letrán, Catedral de Roma, consagrada el 324. La fiesta se celebra desde el siglo XI, el 9 de noviembre por toda la Iglesia; (en Valencia desde1238, en Guadalajara-Méjico, desde 1716).

          La catedral es el lugar de la cátedra del obispo, (en Roma, el Papa) cabeza de la Iglesia, desde donde ejerce simbólicamente, su magisterio. En la antigüedad, el maestro se sentaba para enseñar, como hacía Cristo mismo. Se trata, pues, de la iglesia madre (templo). Cuando alguien habla “pontificando”, decimos que habla “ex cátedra”.

          La Iglesia, aun sabiendo que el verdadero nuevo templo es la comunidad cristiana, consagra los edificios en los que la comunidad se congrega, dedicándolos especialmente a la liturgia, a la oración y los sacramentos, en un culto comunitario a Dios, y al servicio de su pueblo. Con todo, la comunidad cristiana es el verdadero edificio espiritual formado por piedras vivas, como dice san Pedro (1P 2, 5), y también san Pablo: “Santo es el templo de Dios que sois vosotros” (1Co 3, 16). Cuerpo de Cristo, en el que Dios habita en el Hijo, y en el que se realiza un verdadero culto a Dios en Espíritu y Verdad, en el amor, y en la comunión en gente de toda raza, lengua, pueblo  nación, constituida en miembros suyos.

          Dice la Escritura que “los discípulos estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios”. La presencia del Espíritu en ellos, los congregaba en el Templo, donde todos podían constatar el amor que los unía en un solo espíritu, pues es a ellos a quienes se dirigía la obra realizada en los discípulos. La comunión creada por el Espíritu, era un signo para el pueblo, llamándolo a la fe. Como dirán los gentiles: ¡Mirad como se aman! Así ocurre en los domingos de Pascua, la gente ve en los hermanos algo que ellos no tienen y que les ha dado el Camino: un solo corazón y una sola alma. La unidad, la comunión, fruto del Espíritu, muestra en ellos la presencia viva de Dios, que es Uno.

           Dios no necesita casa, ni oraciones; somos nosotros los que las necesitamos, y por eso, Dios nos construye un templo en la comunidad donde él quiere habitar para iluminar el mundo. El cuerpo de Cristo es el verdadero y definitivo templo de Dios, de cuyo costado brota el agua purificadora del Bautismo, y de cuyo seno nos fue enviado el Espíritu, por cuya inhabitación en nosotros, somos también constituidos templo, cuando lo acogemos por la fe.

          Este verdadero templo, se fundamenta por la acogida del Kerigma: anuncio de Jesucristo, se edifica por la caridad y los sacramentos, y se destruye por el pecado. Cuando este templo se profana con la idolatría, se enciende la ira del Señor que viene a purificarlo, porque “le devora el celo por su casa.”

          Jesús visitó muchas veces el templo, pero en este Evangelio nos sorprende con una actitud inusual que no se repetirá más y que sólo puede entenderse a la luz de la profecía de Malaquías: “He aquí que envío a mi mensajero delante de ti y enseguida vendrá a su templo el Señor. Será como fuego de fundidor y como lejía de lavandero. ¿Quién resistirá el día de su visita?” En esta entrada de Jesús en el templo, es, pues, “el Señor” quien visita su templo para purificarlo, y no sólo el judío piadoso, el profeta, el maestro o el predicador carismático y taumaturgo.

          Esa es la autoridad que perciben los judíos en el gesto de Jesús y que no están dispuestos a aceptar: Es el Señor, el que viene a la casa de su Padre, a su casa, con autoridad; es “el tiempo de la visita”; se hace presente el juicio empezando desde la casa de Dios; es el tiempo de pedir cuentas, el tiempo de rendir los frutos, del “verano escatológico”. Por eso la higuera del pasaje siguiente en los Evangelios de Mateo y Marcos, debe rendir sus frutos. Se ha agotado el tiempo cíclico, o el tiempo cartesiano y ha sobrevenido el “Éschaton”. Ya no es “tiempo de higos”: tiempo de la dulzura del estío, de sentarse bajo la parra y la higuera, ni volverá a serlo jamás. Ahora es el tiempo del juicio (cf. Ml 3, 5) que Jesús anticipa proféticamente con un signo, al Templo y a la higuera, como anticipó el tiempo de su “hora” en Caná de Galilea. Lo que sucede con la higuera, ocurrirá con el Templo en el que el Señor no encuentra fruto, sino idolatría del dinero: negocio e interés: El Templo será arrasado; se secará como la higuera, “porque no ha conocido el tiempo de su visita”; ya no podrá nunca más dar fruto; ningún ídolo comerá fruto de él.

          Honrar el templo para nosotros, es ofrecer el verdadero culto, al Padre, en Espíritu y Verdad, en la Eucaristía; amar a Dios, y vivir en la oración de nuestro corazón limpio de idolatrías, y en comunión con los hermanos. 

          Que así sea.

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