Nacimiento de San Juan Bautista


Natividad de San Juan Bautista
Misa de la vigilia (Jer 1, 4-10; 1P 1, 8-12; Lc 1, 5-17).
Misa del día (Is 49, 1-6; Hch 13, 22-26; Lc 1, 57-66.80).

Queridos hermanos:
         
          Recordamos hoy al mayor entre los nacidos de mujer; a Elías; al último mártir del A.T; al último profeta; al testigo de la luz, lámpara ardiente y luminosa (Jn 5,35); al amigo del novio; a la voz de la Palabra; al Precursor del Señor; al nacido lleno del Espíritu Santo, y único santo del que la Iglesia celebra el nacimiento, pero del que había añadido Cristo en su testimonio, que el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.

Juan viene a inaugurar el Evangelio con su predicación (Act 1,22; Mc 1,1-4). Confiesa humildemente a Cristo, de quien no se siente digno de desatar las correas de sus sandalias. Como su nombre indica, el ministerio de Juan Bautista anuncia un tiempo de gracia, en el que “Dios es favorable” para volver a Él. La conversión, como sabemos, es siempre una gracia de la misericordia divina que acoge al pecador. Ahora, la fidelidad a Dios de los “padres”, puede llegar al corazón de los hijos. Es tiempo reconciliación de los padres con los hijos y de todos con Dios. Es tiempo de alegrarse con la cercanía de Dios y volver a él con gozo, porque: “Al volver vienen cantando”.

          Cristo se somete al bautismo de Juan como signo de acogida del enviado del Padre, porque en eso consiste la justicia ante Dios, de la que se privan los escribas y fariseos rechazándolo (cf. Lc 7,30). No la justicia de los jueces sino la justicia de los justos, como acogida del don gratuito de Dios.

          «Vino para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él» (Jn 1,7s). La misión de Juan como profeta y “más que un profeta”, no es sólo la de anunciar, sino la de identificar al Siervo, señalándolo entre los hombres: «He ahí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.» Hay que recordar que la misma palabra puede significar siervo, y cordero. Uno y otro, toman sobre sí los pecados del pueblo para santificarlo.

Para el desempeño de su misión, Dios mismo va a revelar a Juan en medio de las aguas del Jordán quien es su Elegido: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él; ése es el que bautiza con Espíritu Santo; ése es el Elegido de Dios.» Ya en tiempos de Noé, sobre las aguas mortales, descendió una paloma, pero no encontró sobre quien posarse. Ahora, el Espíritu que se cernía sobre las aguas para la primera creación, se posa sobre Cristo para que de las aguas de la muerte surja la Nueva Creación.

También nosotros hemos sido llamados a un testimonio, y también el Señor nos acompaña, confirmando nuestras palabras como precursores, y más que precursores suyos en esta generación, con los signos de su presencia, sosteniéndonos con su cuerpo y con su sangre.

Proclamemos juntos nuestra fe.  
                                                                     www.jesusbayarri.com

NO LLEVÉIS BOLSA NI DINERO


                    No llevéis bolsa ni dinero



          Impulsado por el celo por la evangelización que el Señor ha concedido al Camino Neocatecumenal, el Equipo responsable a nivel mundial encabezado por el iniciador del Camino: Kiko Argüello, ha convocado este año de 2017, un envío, de evangelizadores, de dos en dos, en todo el mundo, para anunciar el Amor de Dios, nación por nación, a la que también el Camino Neocatecumenal en México se ha unido en el pasado mes de julio, enviando cerca de cien equipos a evangelizar, de los que ahora presentamos una síntesis recogiendo su experiencia.

          Reunidos para la evangelización juntamente los catequistas itinerantes, presbíteros, seminaristas, y algunos hermanos invitados, se organizó la misión por todo el territorio mexicano, para llevar el anuncio del Amor de Dios en Jesucristo, a cuantos encontraran, durante un tiempo de gracia, en el que de dos en dos, “sin bolsa ni dinero” como “los pequeños hermanos del Señor”, llevaran la Paz, y encarnaran en sus cuerpos el hambre, la sed, la desnudez, la enfermedad, la prisión, el rechazo, o la acogida de Cristo, que los envía en virtud de su bautismo.

          Así formó nuestro Señor Jesucristo a sus discípulos, según nos narran los Evangelios, enviando primero a los doce y después a los setenta y dos, por delante de él, a los lugares a donde él mismo pensaba ir. Así también han partido estos hermanos, confiados solamente en la palabra del Señor y en su providencia, porque "el obrero merece su salario", apoyados en aquellas palabras del Señor: "quien a vosotros os recibe me recibe a mí, y quien a vosotros os rechace me rechaza a mí y a aquel que me ha enviado”.

          El hecho de vivir unos días colgados tan sólo de la confianza en Dios, con la disponibilidad de acoger sobre sí, el rechazo o la aceptación de las personas que encuentran, aceptando la precariedad física y espiritual del desasimiento radical, abiertos a la incomprensión o al reconocimiento de la gente, y remitiendo todo a Dios como causa primera de los acontecimientos y situaciones en las que se encontrarán, y como proveedor de toda subsistencia, cosa que en la vida cotidiana queda desvanecida por la sobreabundancia de medios y dones con los que somos bendecidos, es ciertamente una metodología revelada en los Evangelios, para formar en el seguimiento de Cristo, desnudos de cualquier seguridad que no sea aquella que impulsó a Abraham cuando dijo: "Dios proveerá".

          En el trascurso de la misión, todo lo que en el mundo parece obvio y se da por descontado, se revela entonces pendiente de que Dios se manifieste hasta en los detalles más nimios. Cada pensamiento o razonamiento que habitualmente se acepta como postulado de la fe, sin necesidad de demostración alguna: la misma existencia o la providencia divina, se someten entonces a un escrupuloso cuestionamiento, por parte de quien se insinúa en lo más profundo del espíritu tratando de descalificar toda creencia y toda certeza humana, arraigada por la acumulación de innumerables testimonios que resalen a la más antigua experiencia y tradición humanas, familiares o religiosas de la fe.

          Cuando al trabajo espiritual interior, se une una situación de precariedad inmediata que toca la carne en las múltiples limitaciones corporales, se produce una acentuación de la situación de crisis, que es necesario combatir desde la fe, como obsequio de la mente y la voluntad al Dios que se nos ha manifestado amor, gracia y misericordia, sin aferrarse a la soberbia de una razón ebria de sí. En esta dialéctica se va anclando la fe, lanzando amarras seguras para la existencia cristiana, y reduciendo prácticamente a la nada el recurso a la alienación, tan asequible en la cotidianidad de la vida, incluso de una pía religiosidad.

          Asomarnos por un instante y compartir el sufrimiento de las gentes que gimen bajo la tiranía de los demonios, contemplar la miseria humana y el poder del amor y la misericordia del Señor, nos hacen vislumbrar ya desde ahora, el fin de la historia humana y la irrupción definitiva del Reino de Dios, en el que serán saciadas todas las ansias de justicia y santidad del corazón humano, y se alcanzarán los frutos de Paz que el Espíritu de Dios derrama sobre sus hijos para una vida eterna.

          Estos “pequeños” misioneros, han unido la Caridad a su ascesis. Gran cosa ha sido su sometimiento a la providencia divina, que supone la exposición del propio cuerpo a la precariedad física del hambre, la desnudez, la fatiga y las inclemencias del tiempo, y a la precariedad espiritual del desasimiento total, sin un lugar de acogida, sin ninguna posición social: familiar o institucional; sin bolsa ni dinero; sin otro equipaje que la Escritura, la liturgia de las horas, el Santo Rosario y la Cruz del misionero. Gran cosa, ciertamente, pero sólo como esqueleto que ha sostenido su Caridad encarnada, por la que descendiendo a las profundas mazmorras de la miseria moral del desamor, y de la esclavitud espiritual humana, compartiendo los sufrimientos de la culpa, el rechazo y la marginación, han alcanzado para estos descartados de una sociedad opulenta, satisfecha e indiferente, los auxilios del consuelo, la esperanza y la Misericordia divina de los cuales eran portadores carnal y espiritualmente.

          El gran descubrimiento de esta misión ha sido el contemplar el hambre de amor que oprime el corazón de los más miserables, rechazados y desesperados de toda misericordia, a los que el Señor se ha acercado como “pequeño” en los pequeños: iconos de su caridad misericordiosa, para mostrarles la justicia de su amor. Apenas una gota de agua no calma la sed del desierto, pero nos muestra la cercanía de la fuente que mana a raudales, para cambiar en un vergel nuestro reseco corazón. Se enciende la esperanza de un nuevo amanecer en medio de las oscuras tinieblas de una noche interminable. El Día está encima y somos invitados a revestirnos de las armas de la luz, para andar en pleno día con dignidad. Unámonos al gemido más profundo del Espíritu y de la Esposa que claman al unísono: ¡Ven Señor!
                                                           www.jesusbayarri.com


Salmo 127


SALMO 127
(126)

Abandono en la Providencia


Si el Señor no construye la casa,
en vano se afanan los albañiles;
si el Señor no guarda la ciudad,
en vano vigila la guardia.
En vano os levantáis temprano
y después retrasáis el descanso
los que coméis pan con fatiga,
¡si se lo da a su amado mientras duerme!
La herencia del Señor son los hijos,
su recompensa el fruto del vientre;
como flechas en mano de un guerrero
son los hijos de la juventud.
Feliz el varón que llena
con ellas su aljaba;
no se avergonzará cuando litigue
con sus enemigos en la puerta.

          Abrir los ojos para Israel y contemplarse lejos de Egipto y libres de la esclavitud, en medio de una tierra propia, formando parte de un pueblo con sus instituciones, tradiciones y leyes, no puede sino hacerle elevar su corazón de gratitud y amor del Señor, que lo ha hecho posible: Maravillaos como me maravillo yo; ayer esclavo en tierra extraña y hoy libre en el reino de mi Padre. Olvidarse de esta realidad es renegar no sólo de su fe, sino del sentido mismo de su existencia. Pan cotidiano y descendencia son dones de Dios, como apostilla la Biblia de Jerusalén al introducir este salmo. Casa e hijos, son familia, y pueblo; ciudad y patria; templo y oración.

          El recorrido de su historia como pueblo de la fe, estará condicionado por su confianza en Dios, y se torcerá cuando se apoye en los ídolos del mundo, pretendiendo ser un pueblo como los demás pueblos. Por el contrario, ser una comunidad que hace de su vida: sus cantos, sus penas y sus alegrías, un culto de santidad al Dios que se le ha manifestado como padre amoroso, le hará entonar este salmo, cantando e implorando al Señor, poniéndolo como fundamento, constructor y custodio protector de la edificación no sólo de la casa, sino de la familia misma, corazón entrañable de la entera comunidad de fe, de la ciudad y la nación. No basta levantar la casa; debe ser sólida en sus fundamentos y en su construcción. Los hijos son un don imprescindible, pero no es suficiente engendrarlos, hay que enraizarlos en el amor del Señor, mientras se tiene el vigor de la juventud.

          Si aplicamos el salmo a Salomón, como su posible autor material, la casa se convertirá en una evocación del templo, y los hijos, en el vigoroso fructificar del pueblo en la fe y la confianza en el Señor, sin las cuales todo es vanidad como diría Cohélet; y el arduo trabajo cotidiano sería insignificante, frente a quienes han encontrado su reposo en el Señor.

          Eso nos dice el verdadero Salomón, Cristo Jesús, Señor nuestro, en quien reconocemos al verdadero inspirador del salmo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os daré descanso para vuestra alma, porque mi yugo es suave y mi carga ligera. No andéis preocupados por vuestra vida: qué comeréis, qué beberéis, con qué os vestiréis, que por todas esas cosas se afanan los gentiles y ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.

                                                           www.jesusbayarri.com




Décimo domingo del TO B


Domingo 10º B
Ge 3, 9-15; 2Co 4, 13-5, 1; Mc 3, 20-35

Queridos hermanos:

          En esta palabra aparece un primer pecado que por eso denominamos original, y un segundo pecado, que consiste en la cerrazón blasfema y pertinaz ante el perdón gratuito que Dios mismo nos ofrece en Cristo su Hijo. También nos habla esta palabra de dos espíritus opuestos entre sí, que buscan al hombre: uno maligno, mentiroso y homicida desde el principio, que busca nuestro mal, que divide y esclaviza, y el otro, Santo y veraz, que nos ama, crea la comunión y la paz, y que procede de Dios.
Nosotros somos invitados a discernir entre ellos, rechazando al primero y adhiriéndonos al segundo, que en Cristo nos trae el perdón de nuestros pecados para introducirnos en el Reino de Dios. Para este discernimiento necesitamos responder a la pregunta que Dios, dirigió a Adán, y nos dirige a nosotros, viniendo misericordiosamente a nuestro encuentro: ¿Dónde estás? ¿A dónde te ha conducido tu pecado enajenándote de ti mismo?
Después de situarnos frente a nosotros mismos, ya que el hombre al pecar, intentando ocultarse de Dios, de quien nadie puede ocultarse, de quien se oculta realmente es de sí mismo, Dios, después de ponernos frente a nuestra infidelidad y frente a las consecuencias de nuestro extravío, es decir, frente a nuestra responsabilidad, nos anuncia la sentencia sobre el diablo, su derrota, que será realizada por el linaje de la mujer, a la que sedujo con engaño.
El llamado “protoevangelio”, sentenció al imperio del mal, relativizando con ello su aparente victoria contra Dios, llevada a cabo a costa del hombre.
          No es el espíritu del mal el que domina sobre el pecado y la muerte, sino el Espíritu de Dios. No es el pecador quien sabe lo que es realmente el pecado, sino el santo[1]. El dedo de Dios se hace visible en Cristo y el reino de Satán se desmorona. ¿Cómo confundir al defensor con el acusador, al que une con el que divide, al que salva con el que conduce a la muerte eterna? La cerrazón y la obstinación en rechazar al Espíritu Santo, cuando se hace pertinaz blasfemia, ciertamente excluye de la salvación: “Si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados” (Jn 8, 24). San Pablo dirá que: “Acumula sobre su cabeza la cólera de Dios para el día de la ira y de la manifestación del justo juicio de Dios” (Rm 2,5).

          Aquellos que blasfeman contra el Espíritu Santo o contra la divinidad de Cristo diciendo: “Expulsa los demonios en el nombre de Beelzebul, príncipe de los demonios”, ciertamente no podrán obtener perdón ni en este ni en el otro mundo. Hay que tener en cuenta que Cristo no dijo que uno que “blasfema y después se arrepiente” no puede ser perdonado, sino uno que blasfema y persevera en la blasfemia; porque una adecuada penitencia lava todos los pecados[2]

El Espíritu Santo conduce hasta Cristo a quienes se dejan guiar por él; ellos por ser discípulos, son hijos de Dios y hermanos, hermanas y madres de Cristo, haciendo la voluntad del Padre. Mayor es la condición de María por ser discípula de Cristo y concebirlo en la fe, que por haberlo concebido en su seno: “Dichosa tú que has creído.” Claro está, que en María, también esta concepción lo fue por la fe: “Hágase en mí según tu palabra”.
En nuestro caso, si concebimos a Cristo en nosotros por la fe y lo damos después a luz por las obras de la fe, amando a nuestros enemigos, también podemos considerarnos madres de Cristo, sin dejar de ser sus hermanos, por ser hijos de Dios: “Amad a vuestros enemigos y seréis hijos de vuestro Padre celestial”

Profesemos juntos nuestra fe.

                                                 www.jesusbayarri.com


[1] Yves de Montcheuil, citado por H. de Lubac en Paradojas… 132.
[2] Atanasio, Fragm. En Mateo.

Noveno domingo del TO B


Domingo 9º del TO B
(Dt 5, 12-15; 2Co 4, 6-11; Mc 2, 23-3, 6)

Queridos hermanos:

          No hay maldición más grande para el hombre que olvidar su origen amoroso a manos de su creador, como se nos muestra en el hombre de la mano seca que el Señor encuentra en la sinagoga: “Si me olvido de ti, que se me seque la mano derecha”. El sábado como tiempo propicio para la acción ininterrumpida de la misericordia divina, sitúa al hombre ante su origen, dando a su existencia el sentido y la consistencia de su predestinación.

          Jesús, curando en sábado, está en sintonía con el espíritu del sábado, que Dios ha hecho para la salud del hombre, y no para su propia complacencia. Está en el espíritu del sábado, el alegrarse por la salvación de Dios. La trasgresión del sábado, en cambio, está en buscar el propio provecho en sí mismo, prescindiendo de Dios. La falta de discernimiento en la valoración del sábado, esconde en el fondo, un juicio a Dios, que con el precepto buscaría sólo la sumisión del hombre y no su bien, al acercar su corazón a él. En cambio la libertad frente al precepto, está motivada por el “conocimiento” de Dios, que es amor siempre y sin segundas intenciones: “Misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios, más que holocaustos”.

          “Ama, y haz lo que quieras”, decía San Agustín parafraseando a Tácito. En sábado, la actividad del amor, como la del gobierno del universo, no se interrumpen ni en el Padre ni en el Hijo: “Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo”. Todo legalismo encierra siempre una falsa concepción de Dios, que puede llegar a ser idolatría y hasta mala fe.

Ese si es el espíritu del sábado: poner el corazón en el cielo, para que después le sigan el espíritu y por último también el cuerpo. El verdadero sábado es aquel en el que hay que hacer el bien y no el mal; el sábado en el que Dios gobierna el universo haciendo justicia a los oprimidos por el diablo.  

          La respuesta de Jesús viene a ser: ¡El sábado se puede amar!
          Precisamente para eso ha sido instituido el sábado. Dios descansa del trabajo de crear pero no suspende nunca la actividad de su amor. 

          En una palabra, el espíritu del sábado, como el de todos los mandamientos, es el amor, y no el cumplimiento ciego de una norma de inactividad, a costa de lo que sea. Los escribas y fariseos del Evangelio están incapacitados para discernir entre la norma y el espíritu que la inspira, porque su corazón no está en sintonía con el amor, que es Dios, al que desconocen profundamente, y su falta de discernimiento nace, por tanto, de la ausencia de un amor que madura (cf. Flp 1,9-10+). Su relación con Dios a través de la ley no es el amor, sino la búsqueda de auto justificación, que  les lleve a prescindir de la misericordia, cuando dice Dios: “Misericordia quiero, conocimiento de Dios”; yo quiero amor, y no obras vacías.

          ¿Acaso no es ese el espíritu del sábado en medio de la aridez y el vivir cotidianos? Jesús, viendo al hombre de la mano seca, tiene ante sí una imagen de la maldición que implica el alejamiento de Dios. Un pueblo que honra a Dios con sus labios pero su corazón está lejos de él. A este pueblo ha venido a llamar el Señor, para llevarlo al amor del verdadero culto a Dios, Padre, Espíritu y Verdad, infundiendo en su corazón el recuerdo entrañable de “Jerusalén”.

          Que la Eucaristía nos introduzca y nos haga madurar constantemente en el amor del Señor, del que brota la luz de todo discernimiento.

          Proclamemos juntos nuestra fe.

                                                                     www.jesusbayarri.com


Salmo 130


SALMO 130
(129)

De profundis


Desde lo hondo a ti grito, Señor:
¡Señor, escucha mi clamor!
¡Estén atentos tus oídos
a la voz de mis súplicas!
Si retienes las culpas, Señor,
¿quién, Señor, resistirá?
Pero el perdón está contigo,
para ser así temido.
Aguardo anhelante al Señor,
espero en su palabra;
mi ser aguarda al Señor
más que el centinela a la aurora;
más que el centinela a la aurora,
aguarde Israel al Señor.
El Señor está lleno de amor,
su redención es abundante;
él redimirá a Israel
de todas sus culpas.


          En este salmo encontramos la oración penitencial que surge en un alma acongojada por la culpa, al experimentar el alejamiento de Dios, quedando sumergido su espíritu en la oscuridad profunda de la muerte, donde nadie alaba al Señor, y que por su gracia, se eleva a la esperanza de un amanecer luminoso, fruto del perdón divino, como sol esplendoroso que lleva la salud en sus rayos, y le rescata de las garras del abismo. Entonces le hace, el Señor, elevar una oración fraterna y sacerdotal que intercede ante el Señor, exhortando a su pueblo a la esperanza de su salvación, que haga volver su corazón a la misericordia divina.

          De su fe en el Señor y su caridad por su pueblo, brota así de forma inseparable la esperanza, que superando infinitamente los límites de su atormentado corazón, le concede abandonarse plenamente en el amor divino, y lo lleva a confesar su nombre entre sus hermanos, para unirlos a su acción de gracias, en el temor del Señor y a su alabanza.

          La apelación que hace el salmista a la benignidad divina, lo sumerge con su intercesión de perdón, en el conflicto entre la misericordia y la justicia, ambas infinitas en Dios como reivindican las Escrituras, y que es insoluble a la razón humana: “Si retienes las culpas, ¿Quién resistirá? En ti está el perdón”, ¿pero pasarás por alto tu justicia? Esto hace al salmista trascenderse en la sabiduría y santidad divina, que le hace esperar inconsciente y proféticamente en su Palabra: “Aguardo anhelante al Señor, espero en su palabra“. En su Palabra encarnada, unirá el Padre cierta y esplendorosamente, con su gracia: justicia de los pecados, y perdón del pecador; misericordia, en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, muerto por nosotros pecados, y resucitado para nuestra justificación, como dice san Pablo. Gracia, justicia y misericordia rescatarán al hombre, por la fe, para su justificación, desde el pecado de Adán, hasta la consumación de los siglos.
          El Papa Benedicto XVI en sus “Salmos de vísperas”, nos recuerda las palabras de san Ambrosio, admirado por los dones que Dios añade a su perdón: ”Mira cuán bueno es Dios, que está dispuesto a perdonar los pecados, y además concede dones inesperados"; una de las mayores gracias del Señor es que precisamente los que lo han negado lo confiesen. Por tanto, que nadie pierda la confianza, nadie desespere de las recompensas divinas, aunque le remuerdan antiguos pecados.
          El Señor nos llama, por tanto, con el salmista, en medio de nuestras preocupaciones y angustias a: “Esperar en el Señor, más que el centinela a la aurora, abrazados en Cristo a su justicia, su perdón y su misericordia.

                                                           www.jesusbayarri.com

Sexto domingo de Pascua B


Domingo 6º de Pascua B (viernes 5ª de Pascua)
(Hch 10, 25-26.34-35.44-48, 1Jn 4, 7-10, Jn 15, 9-17)


Queridos hermanos:
         
          La palabra de hoy está centrada en la Caridad de Dios que está a la raíz de todo, dando consistencia a todas las cosas. Como hemos escuchado en la primera lectura, el amor de Dios alcanza a todos y quiere que todos lo conozcan y puedan recibirlo. En primer lugar lo revela a través de su Hijo hecho hombre, entregándolo en la cruz para el perdón de los pecados, y Cristo mismo, se entrega por amor al Padre y a nosotros, con el mismo amor del Padre que está en él.
Cristo, hace suya la iniciativa del Padre, porque está en sintonía total de voluntad y de amor con él: lo que el Padre quiere, lo quiere igualmente el Hijo. Su entrega, es la del Padre realizada en el Hijo, para que su amor esté en nosotros, a quienes llama a ser sus discípulos, para que nosotros lo testifiquemos ante el mundo. En este amor hemos sido introducidos por su gracia y en él somos invitados a permanecer, adhiriéndonos a sus mandamientos, que se unifican en el amor mutuo.
El Señor desea para nosotros la plenitud de nuestro gozo dándonos el suyo, que proviene de su permanecer en el amor del Padre por el hecho de cumplir sus mandamientos. Su gozo estará en nosotros si también nosotros cumplimos sus mandamientos, que en realidad se reducen a uno solo: “Que os améis los unos a los otros como yo os he amado.” Así lo ha querido el Padre porque nos ama y así lo ha realizado el Hijo por amor a su Padre y a nosotros. Este amor del Padre y del Hijo es el Espíritu Santo, cuyo fruto en nosotros es el amor mutuo y también el gozo. Para este fruto y misión eligió a sus discípulos, y nos ha elegido a nosotros, como a la familia de Cornelio, y ha hecho descender sobre nosotros su Espíritu. Ahora podemos llamarnos y ser realmente sus amigos si cumpliendo sus mandamientos permanecemos en su amor.
Como al niño se le manda comer y estudiar, a nosotros el Señor nos manda amar; lo que está detrás de este mandato es el amor y no el despotismo o la arbitrariedad del autoritarismo. Se nos invita a amar, no sólo con nuestro afecto, sino sobre todo, con nuestra entrega, que puede llegar a ser extrema, como la de Cristo. Amar, en efecto, dar la vida, es un negarse a sí mismo; es un morir cotidiano a nosotros mismos en bien de alguien. El amor de Cristo nos apremia; es solícito del bien del otro, siendo Dios el sumo Bien que se nos ha dado en su Hijo. Su voluntad se identifica con nuestro bien, y se hace mandamiento en el amor cristiano.
Dándonos el Espíritu Santo, y su gozo, su amor en nosotros se hace pleno y testifica el amor del Padre y del Hijo. La consecuencia es pues, el mandamiento del Señor: “Que os améis los unos a los otros” sin reservaros la vida que yo mismo os he dado. Para este fruto hemos sido elegidos y destinados: “No me habéis elegido vosotros  a mí, sino que yo os he elegido.” El amor entre los hermanos es signo para el mundo del amor que Dios derrama sobre él, llamándolo a la fe; es apremiante para la vida del mundo y se hace mandato ineludible para nosotros. Este amor debe ser como el de Cristo por nosotros, que le ha llevado hasta el don de la vida, no como un ejemplo a imitar, sino como un don a compartir. Este amor va acompañado de la amistad de Cristo, de la total confianza en Dios, y de su gozo, que no se diluye en medio de los sufrimientos del amar, de modo que recibamos del Padre cuanto necesitemos, y que permanezca después de la muerte para la vida eterna que se nos da en la Eucaristía.

Proclamemos juntos nuestra fe.
                                                           www.jesusbayarri.com