Sábado 22º del TO
Lc 6, 1-5
El corazón de la ley es el amor
Hermanos, entre los preceptos que Dios ha dado a su pueblo, hay algunos que resplandecen por su solemnidad, como el descanso sabático. Pero no nos engañemos: el centro, el alma, el latido profundo de todos ellos es el amor. Porque de Dios proceden, y Dios es amor. Él no busca imponer cargas, sino edificar al hombre en la caridad, conducirlo a la contemplación de su gratuidad y de su bondad infinita, despegándolo del egoísmo y del interés.
Cuando nos enfrentamos a
dilemas, cuando la ley parece entrar en conflicto con la vida, necesitamos algo
más que la letra: necesitamos discernimiento. Y ese discernimiento no nace del
cálculo, sino del corazón que ha madurado en el amor. Solo el que ama puede
juzgar rectamente. Solo el que ama ve con claridad a través de los hechos, sin
distorsión y sin prejuicio. Por eso el Señor dice: “Yo quiero amor,
conocimiento de Dios” (Os 6,6). Y a los que no comprenden, les exhorta: “Id,
pues, a aprender qué significa aquello de ‘Misericordia quiero y no
sacrificios’” (Mt 9,13).
El discernimiento es luz.
Es la capacidad de distinguir lo esencial de lo accesorio, de separar la letra
del espíritu. Y esa luz crece con el amor. “La ciencia infla, mientras la
caridad edifica” (1 Co 8,1). Pero esa caridad no es obra humana: es derramada
en nuestros corazones por el Espíritu Santo, en aquellos que creen y acogen la
voluntad de Dios en su vida. Por eso decía san Agustín, parafraseando a Tácito:
“Ama y haz lo que quieras”. Porque quien ama, discierne; quien ama, es sabio.
Pero donde falta el amor, no faltará la necedad.
Mirad a Cristo. Su
misericordia no se detiene ante el sábado. Permite al paralítico cargar su
camilla, toca al leproso, sana en día de reposo. ¿Por qué? Porque el amor no
espera. Porque el amor no se encierra en normas, sino que las trasciende. Las
curaciones de Jesús no solo restauran cuerpos, sino que mueven los corazones a
bendecir y glorificar a Dios. Y ese, hermanos, es el verdadero espíritu del
sábado: elevar el corazón al cielo, para que el espíritu le siga y, finalmente,
también el cuerpo.
Esta palabra, que nace de
un problema de discernimiento, nos revela el corazón de la ley: el amor. Con
ese amor, Dios ha querido relacionarse con el hombre. Con ese amor da sentido a
nuestra existencia, más allá de nuestras ocupaciones, más allá de nuestras
relaciones humanas.
El sábado, al liberar al
hombre de la maldición del trabajo incesante, le concede un anticipo de la vida
eterna. En ese día, Dios se presenta como nuestro único sustento, nuestra
verdadera riqueza aquí en la tierra y nuestra meta gloriosa en el cielo.
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