Lunes 20º del TO

Lunes 20º del TO

Mt 19, 16-22

Una cosa te falta...

Queridos hermanos, el Señor no entra en razonamientos humanos cuando se le acerca aquel llamado “joven” rico. Su respuesta es clara, directa, como la luz que disipa las sombras: “¿Por qué me preguntas lo que la Escritura afirma con tanta claridad? Escucha, Israel: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo. Haz esto y vivirás.”

Jesús no le habla de teorías, sino de mandamientos. Porque toda la Ley y los profetas penden de ese amor. Y es aquí donde se revela la falta del joven: ha cumplido, según él, los mandamientos del amor al prójimo, pero le falta lo esencial, el fundamento, la raíz de toda vida espiritual: amar a Dios sobre todas las cosas.

Quien ama así, cumple la Ley. Y de ese amor brota la salvación. Pero quien pretende compartir su amor a Dios con el apego a sus bienes, termina por despreciar a Dios y amarse a sí mismo, equivocada y carnalmente. Por eso los apóstoles se preguntan: “¿Quién podrá salvarse?” Y Jesús les responde con verdad: “Eso no es posible para los hombres.” Sólo el conocimiento trinitario de Dios, es decir, la experiencia viva de su amor, de su Espíritu y de su gracia, puede abrirnos a esa posibilidad.

Lo mismo nos enseña el pasaje de Lucas, cuando habla del rey que, con diez mil hombres, quiere enfrentarse al que viene contra él con el doble de fuerzas (cf. Lc 14,31). Es necesario discernir nuestra impotencia, reconocer nuestra debilidad, para buscar ayuda en Dios con todo nuestro ser. Porque “todo es posible para Dios.”

Aquel joven rico se encontró con el Maestro bueno. Quería obtener de Él la certeza de la vida eterna, que el cumplimiento externo de la Ley no le había dado. Pero Cristo le confronta: ¿Qué tanto me consideras maestro y bueno, si sólo Dios es bueno? ¿Estás dispuesto a creer que en mí está tu Señor y tu Dios?

Sabemos que se marchó triste. Tenía muchos bienes. Pero su tristeza no era por los bienes en sí, sino porque su amor a Dios no fue capaz de superar el amor que sentía por sus posesiones. No pudo creer que en Jesús estaba el tesoro escondido, la perla preciosa. No discernió el valor de lo que tenía ante sus ojos. Y por eso, no vendió todo para seguirle.

Jesús le dijo: “Una cosa te falta.” No como una añadidura, sino como el fundamento de su religión: amar a Dios más que a sus bienes.

Es curioso que en Marcos y Lucas el joven hable de “herencia”, como si esperara recibir la vida eterna sin esfuerzo, como se reciben los bienes heredados. Pero el desenlace lo confirma: no estuvo dispuesto a vender sus bienes. Según Mateo, parecía dispuesto a hacer algo, pero no fue así.

Jesús parece decirle: “Has heredado muchos bienes y quieres asegurarlos para siempre. Pero en el cielo esos bienes no tienen valor, si no son salados aquí por la limosna.” La vida eterna es herencia de los hijos. Por eso, cuando hayas vendido tus bienes, “ven y sígueme.” Hazte discípulo del Maestro bueno. Cree, y llegarás a amar incluso a tus enemigos. Entonces serás hijo de tu Padre celestial, y tendrás derecho a la herencia de la vida eterna.

En nosotros habita la muerte, consecuencia del pecado. Pero Cristo la ha vencido. Aquella parte de nosotros que abrimos a Él es redimida y transformada en vida. Aquella que nos reservamos, permanece sin redimir, en la muerte.

La Escritura nos llama a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Sólo abriéndonos completamente a Él, nos abrimos a la vida eterna. Hay que amar a Dios con todas las tendencias del corazón, con toda la existencia, y por encima de toda criatura, para alcanzar la Vida.

Una cosa le faltaba al joven rico: acoger la gracia que abre el corazón y las puertas del Reino. La certeza de la vida eterna se nos ha manifestado en el rostro de Cristo. Y tenemos experiencia de ella por su cuerpo y su sangre, pues “el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna.”

Pero la carne de Cristo es su entrega por todos los hombres. Su sangre es la oblación derramada para el perdón de los pecados. Nos hacemos uno con Él cuando nuestra vida se convierte también en entrega. Cuando nos negamos a nosotros mismos, tomamos la cruz y lo seguimos.

Porque dice el Señor: “Donde yo esté, allí estará también mi servidor.” “Yo lo resucitaré en el último día.” Y tendrá vida eterna. 

          Que así sea.

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Domingo 20º del TO C

Domingo 20º del TO C 

Jer 38, 4-6.8-10; Hb 12, 1-4; Lc 12, 49-53

El fuego del Evangelio: conversión y combate espiritual

Queridos hermanos, el tiempo de salvación es también tiempo de conversión. No hay redención sin renuncia, no hay encuentro con Dios sin abandono de los propios caminos. Pero este abandono no es fácil. El corazón humano, endurecido por el orgullo y la autosuficiencia, resiste. Le cuesta humillar su mente, doblegar su voluntad, abrirse a la gracia. Y es precisamente esta distancia del corazón respecto a Dios lo que la Escritura llama “el mundo”.

No se refiere aquí al conjunto de los pecadores —a quienes Dios ama y quiere salvar— sino a esa influencia oscura, diabólica, que impregna la mente y la vida de la humanidad, que se opone a Dios y corrompe al hombre. Es el espíritu del mundo, que seduce, que divide, que endurece. Pero Cristo ha venido a encender un fuego, a iniciar un combate entre la luz y las tinieblas. Satanás caerá del cielo como un rayo, pero no sin lucha. Esta batalla se libra en lo profundo del alma, donde la lámpara de la fe debe arder sin cesar, como ardía el corazón de los discípulos de Emaús cuando el Resucitado les hablaba en el camino y les explicaba las Escrituras.

Ese fuego es purificador. Es bautismo en el amor del Espíritu Santo. Es antagonismo entre la justicia y la impiedad. Es la cruz encendida en el corazón del creyente.

También el profeta Jeremías, en la primera lectura, sufre la contradicción de su pueblo. Anuncia las consecuencias de la rebeldía, y lo hace con un fuego en las entrañas, el mismo fuego con el que Cristo iba a incendiar el mundo, consumiendo su propia vida en él. Porque el Evangelio no es neutral: es luz para unos y escándalo para otros.

Así lo profetizó el anciano Simeón en el Templo, al tomar al niño Jesús en sus brazos: “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel. Señal de contradicción.” Y al mismo tiempo: “Luz para alumbrar a las naciones y gloria de su pueblo Israel” (cf. Lc 2, 32-33). Las palabras de Cristo son luz y gloria, pero cuando se rechazan, se convierten en división y enemistad. El Evangelio no deja indiferente: o transforma o provoca resistencia.

La obra de Cristo consiste en sumergir a la humanidad en su amor misericordioso, en su gracia, mediante el don de su Espíritu. Él es el primogénito, el que inicia y perfecciona nuestra fe, como dice la Carta a los Hebreos. Y lo hace a través de un bautismo de sufrimiento, asumido en la cruz sin temor a la ignominia. Cristo no rehuyó el dolor, lo abrazó por amor.

Y nosotros, que hemos sido sumergidos en su cruz mediante el bautismo, que hemos alcanzado misericordia, estamos llamados a mantenernos firmes en medio de la persecución. La segunda lectura nos invita a resistir, no con nuestras fuerzas, sino con la gracia del cuerpo y la sangre de Cristo. El combate contra el mundo puede exigir incluso el derramamiento de nuestra sangre, si esa fuera la voluntad de Dios para la salvación de los pecadores y el bien de todos los hombres.

Hermanos, no temamos. El fuego de Cristo arde en nosotros. Que no se apague. Que no se enfríe. Que nuestra lámpara esté encendida cuando llegue el Señor. Porque en ese fuego está nuestra salvación. 

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 19º del TO

Sábado 19º del TO

Mt 19, 13-15

La grandeza de hacerse pequeño

Queridos hermanos, hoy el Señor nos invita a mirar al “niño” del Evangelio, ese pequeño que, para Cristo, representa la verdadera grandeza. El niño no conoce la incredulidad; no duda de lo que se le dice, confía en su padre, no se cree importante, es humilde y sensible al amor. Sus defectos y carencias están a la vista, pero no hay malicia en él. Acepta la corrección con docilidad. Así es el corazón que agrada a Dios.

Dios, en su infinita sabiduría, no se reveló en la arrogancia ni en el esplendor de los poderosos, sino en el camino del sufrimiento, del servicio y de la humildad. ¿Por qué? Porque su grandeza, su poder y su gloria están inseparablemente unidos a su amor misericordioso. Dios es amor, y no hay grandeza mayor que amar.

No se trata solo de obedecer, ni de imitar a Cristo por deber, ni siquiera de practicar la humildad como virtud aislada. Se trata de amar. Tan inmenso como fue su poder para crear el universo, así de profunda es su misericordia para redimirlo, y su bondad para salvarlo. Dios no necesita afirmarse frente a nadie, como nosotros lo hacemos desde nuestra insignificancia. El amor no se engríe, no se guarda para sí, no se ensalza, sino que se complace en servir y en anonadarse por el otro. Así lo hizo Cristo.

San Bernardo lo expresó con sencillez divina: “Amo porque amo; amo por amar.” Y san Juan de Ávila nos recuerda: “Si Él, que es grande, se abaja, cuánto más nosotros, que tenemos tanto por lo que abajarnos.”

El Señor nos llama a un servicio que consiste en hacer presente al Padre mediante el don que hemos recibido en Cristo. Glorificar a Dios con nuestra vida implica reconocer nuestra nada, porque todo lo bueno, noble y justo que hay en nosotros —incluso nuestra propia vida— es fruto de su gracia.

Cristo se hizo el último, el menor, el siervo de todos. Se vació por nosotros, y en ese vaciamiento mostró su verdadera grandeza. Por eso, sus discípulos podemos hacernos pequeños para mostrar a Cristo. Pequeño es quien se abandona en las manos del Señor, como Cristo, que siendo igual al Padre, se sometió a su voluntad.

La humildad y el amor se dan la mano, como también lo hacen la soberbia y el egoísmo. Para la obra de Dios, nuestras cualidades humanas pueden ser un obstáculo. Aceptar nuestra pequeñez es permitir que brille su grandeza. Nuestra verdadera realización está en sabernos criaturas ante el Creador. El que se hace grande se predica a sí mismo, no a Cristo, y en su necedad no lleva a los hombres a Dios, en quien únicamente se encuentra la vida.

El discípulo no es enviado en sus propias fuerzas, sino en el nombre y el poder del Señor, para llevar a los hombres a Cristo. Es su poder el que resplandece en nuestra humillación. Por eso, no hay mayor gloria de Dios que la humillación de Cristo, que se abandona en sus manos y se entrega por nosotros. “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.”

El soberbio, el altanero, el engreído, es un iluso si cree que ha conocido a Cristo. Porque sin Cristo, el hombre no soporta la humillación; le parece absurda. Pero por amor a Cristo, la humillación se convierte en grandeza de alma, como diría san Ignacio de Antioquía. Es necesaria para negarse a sí mismo por amor a Dios.

            Que así sea.

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El pecado según Santa Teresita

El Pecado según Santa Teresa del Niño Jesús.

(La revolución de su “pequeña vía”, que la elevó a ser doctora de la Iglesia).

Santa Teresa del Niño Jesús (1873–1897), carmelita descalza y Doctora de la Iglesia, es conocida por su espiritualidad sencilla, profunda y radicalmente confiada en el amor misericordioso de Dios.

Su visión del pecado no se centra en el castigo ni en el temor, sino en la respuesta amorosa de Dios ante la fragilidad humana.

Para Teresa, el pecado no es tanto una transgresión legal como una herida en la relación de amor con Dios. Ella no se obsesiona con el pecado como otros santos de tradición más ascética, sino que lo contempla desde la perspectiva de la misericordia divina.

Teresa veía a Dios como un padre que no se escandaliza por las caídas de sus hijos, sino que corre a levantarlos con ternura.

En lugar de temer al juicio divino, Teresa propone una “pequeña vía” de confianza absoluta en el amor de Dios, incluso para los más pecadores:

“¡Qué dulce es pensar que el buen Dios es justo, es decir, que tiene en cuenta nuestras debilidades, que conoce perfectamente la fragilidad de nuestra naturaleza!” (Historia de un alma).

Teresa no niega la gravedad del pecado, pero lo ve como una oportunidad para crecer en humildad y dependencia de Dios.

El pecado revela nuestra necesidad de la gracia. Teresa lo acepta como parte de la condición humana, sin desesperación.

Para ella, el error está en creer que podemos ser santos por nuestras propias obras. El alma debe abandonarse a la misericordia divina.

Teresa valoraba profundamente el sacramento de la reconciliación, no como un tribunal, sino como un abrazo del Padre.

Rechazaba el escrupuloso miedo al pecado que paraliza el alma. En su lugar, proponía una confesión confiada y sencilla.

Cada confesión era para ella una nueva oportunidad de amar más y confiar más.

En su “pequeña vía” como camino de infancia espiritual, frente a la culpa y el castigo, Teresa ve: Misericordia y ternura. Frente al esfuerzo por la perfección ve: Abandono confiado. Frente al miedo al juicio, esperanza en el amor divino.

Frente a la grandeza espiritual, pequeñez ofrecida a Dios.

El pecado no tiene la última palabra.

Para Santa Teresa del Niño Jesús, el pecado no es el centro de la vida espiritual. El centro es el amor de Dios, que transforma incluso nuestras caídas en oportunidades para crecer en humildad y confianza.

Su mensaje sigue siendo revolucionario: no importa cuán débil seas, si confías plenamente en el amor de Dios, Él te levantará.

“Aunque hubiera cometido todos los crímenes posibles, seguiría teniendo la misma confianza: me lanzaría en los brazos de Jesús.” (Historia de un alma). 

Jesús, Rey de amor,

pongo mi confianza

en tu bondad misericordiosa.

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La Asunción de la Virgen María en Éfeso

La Asunción de la Virgen María en Éfeso

Hace ya más de un siglo, el Señor quiso confiar a la beata Ana Catalina Emmerick una serie de revelaciones profundas y conmovedoras sobre la vida de Jesucristo y de su Santísima Madre. En sus visiones, la beata contempló con claridad el lugar donde María pasó los últimos años de su vida terrenal: una humilde casa en Éfeso, rodeada de naturaleza y silencio. Al principio, nadie creyó en aquella revelación. Pero con el paso del tiempo, arqueólogos decidieron investigar... y encontraron, en efecto, las ruinas de aquella casa, con signos que hablaban por sí solos.

Después de la Ascensión de Jesús, María vivió un tiempo en Jerusalén. Cada día recorría el camino del Calvario, reviviendo en oración los pasos de la Pasión de su Hijo. Era su forma de acompañarlo aún desde la tierra, de abrazar con amor el misterio de la redención. Pero tras la muerte de Esteban y la dispersión de los cristianos, san Juan —a quien Jesús había confiado el cuidado de su Madre— la llevó consigo a Éfeso, a una casa que poseía en una colina conocida como la de los Ruiseñores.

Allí, en ese rincón de paz, María vivió sus últimos nueve años. Subía cada día hasta la cima de la colina, marcando con piedras las estaciones del Vía Crucis, como si quisiera dejar grabado en la tierra el camino del amor que su Hijo había recorrido. Vivía con una dulce nostalgia del cielo, deseando reunirse con Él, pero aceptando con ternura la voluntad del Padre. En esos años, su misión era sostener a los apóstoles, animarlos, consolarlos. San Juan la visitaba con frecuencia, y también los demás discípulos, que le contaban sus luchas y esperanzas. Ella los escuchaba con corazón de madre, y les regalaba palabras que sanaban el alma.

San Juan Damasceno, en una narración del siglo VII, recoge con emoción estos momentos. Y ante esta tradición, muchos se preguntan: ¿por qué entonces está en Jerusalén la Basílica de la Dormición? ¿Dónde se durmió realmente en el Señor la Virgen María?

La historia cuenta que, durante aquellos años en Éfeso, María sentía una profunda añoranza por Jerusalén. Quiso volver, y allí enfermó gravemente. Los cristianos, viendo que su partida se acercaba, prepararon un sepulcro, el mismo que hoy se venera en la Basílica de la Dormición. Pero, contra todo pronóstico, María recobró las fuerzas y regresó a Éfeso, donde finalmente el Señor la llamó a su encuentro eterno.

Cuando llegó ese momento, los apóstoles se reunieron y la sepultaron en lo alto de la colina de los Ruiseñores. San Juan Damasceno describe aquel funeral con palabras que acarician el alma:

“No hubo cristiano que no viniera a llorar junto a su cadáver, como si de la muerte de su propia madre se tratara. Su entierro parecía más una procesión pascual que un funeral. Todos cantaban el Aleluya con la más firme esperanza de que ahora tenían una poderosísima Protectora en el cielo. En el aire se percibía el olor de suavísimos aromas, y a cada uno le parecía escuchar música armoniosa.”

Pero el apóstol Tomás no había llegado a tiempo. Al enterarse, pidió a Pedro que lo llevara al sepulcro para dar un último beso a aquellas manos que tantas veces lo habían bendecido. Pedro accedió, y todos caminaron juntos hacia el lugar. Al acercarse, volvieron a sentir aquel perfume

Abrieron el sepulcro... y lo que encontraron fue un lecho de flores hermosas. El cuerpo de María ya no estaba. Jesucristo había venido, había resucitado a su Madre Santísima y la había llevado consigo al cielo.

Eso es lo que llamamos la Asunción de la Virgen.

Y uno se pregunta, con el corazón en la mano: ¿quién de nosotros, si tuviera el poder del Hijo de Dios, no habría hecho lo mismo con su propia madre?

 

Esta entrañable narración se inspira en las visiones de la beata Ana Catalina Emmerick, recogidas en el libro La casa di María de Donald Carroll (Editrice Paoline, 2008).

 

 

Asunción de la B. Virgen María

La Asunción de la B. Virgen María

Vigilia: Cro 15, 3-4.15-16.; 16, 1-2; 1Co 15, 54-57; Lc 11, 27-28.

Misa del día: Ap 11, 19-12, 10; 1Co 15, 20-26; Lc 1, 39-56.

María, Asunta al Cielo: Signo de Esperanza y de Victoria

Queridos hermanos:

Hoy contemplamos con asombro y con gozo la gloriosa Asunción de la Santísima Virgen María. Ella, la llena de gracia, ha sido elevada al cielo en cuerpo y alma. Esta es la verdad luminosa que la Iglesia proclama con júbilo cada 15 de agosto: María no conoció la corrupción del sepulcro, porque tampoco fue tocada por la mancha del pecado original. Su cuerpo, templo del Espíritu Santo, fue preservado de la descomposición, y su alma, pura desde el principio, fue abrazada por la gloria eterna.

Desde el siglo VI, en Palestina, se celebra esta fiesta como memoria de la Dormición de la Virgen. En Jerusalén, junto al Huerto de los Olivos, se veneraba un sepulcro del que —según la tradición— María fue llevada al cielo. Hoy, gracias a las visiones de la beata Ana Catalina Emmerick, también resplandece la tradición de su Dormición en Éfeso, donde se dice que la Madre del Señor cerró sus ojos a este mundo para abrirlos a la eternidad.

San Juan Damasceno, con lenguaje poético y teológico, nos dice:

“La comunidad de los apóstoles, transportándote sobre sus espaldas a ti, que eres el Arca verdadera del Señor, como en otro tiempo los sacerdotes transportaban el arca simbólica, te depositaron en la tumba, a través de la cual, como a través del Jordán, te condujeron a la verdadera Tierra Prometida, a la Jerusalén de arriba, madre de todos los creyentes, cuyo arquitecto es Dios.”

¡Qué imagen tan poderosa! María, como la reina Ester, entra en el palacio del Rey, no para descansar, sino para interceder. No se olvida de su pueblo, no abandona a sus hijos. El papa San Juan Pablo II nos recuerda que “la mediación de María tiene el carácter de intercesión” (Redemptoris Mater, 21). Ella es signo de esperanza, como lo fue Ester, que salvó a Israel confiando en Dios.

María es la primera entre los redimidos. En ella, el poder de Dios ha obrado maravillas. Su Inmaculada Concepción no la apartó de la humanidad, y su Asunción no la aleja de la Comunión de los Santos. Al contrario, la sitúa en el corazón de la Iglesia celestial. Revestida del Sol, coronada de estrellas, María nos muestra la victoria de Dios sobre el pecado y la muerte. Ella es la primera glorificada, la primera testigo viviente de la resurrección.

En su persona, María proclama que el Reino de Dios ya ha comenzado. Su Asunción es anticipo de lo que esperamos: la resurrección de la carne y la vida eterna. Como dice el símbolo apostólico, lo que confesamos para nosotros, lo vemos cumplido en ella.

La Iglesia enseña:

“La Madre de Jesús, ya glorificada en los cielos en cuerpo y alma, es imagen y principio de la Iglesia triunfante, que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura.”

“Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de la vida terrena, en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (Ap 19,16) y vencedor del pecado y de la muerte” (Lumen Gentium, 59).

Contemplando a María, la Iglesia camina hacia la Parusía, hacia la gloria que nos ha sido prometida. Ella nos precede como Madre, como Esposa, como modelo de fe. Y mientras peregrinamos por este mundo, María nos acompaña con corazón materno. Como proclama el prefacio III del Misal:

“Desde su Asunción a los cielos, María acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina y protege sus pasos hacia la patria celeste, hasta la venida del Señor.”

Hermanos, miremos a María. En ella vemos nuestro destino. En ella se anticipa nuestra victoria. Que su presencia gloriosa nos anime a vivir con fe, a caminar con esperanza, y a amar con corazón puro. Que su intercesión nos sostenga hasta que, como ella, podamos contemplar el rostro del Padre en la gloria eterna.

Amén.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Jueves 19º del TO

Jueves 19º del TO

Mt 18, 21-19, 1

El perdón y la misericordia divina

 

Queridos hermanos, llegará el día del juicio, y si somos acusados por nuestra falta de misericordia, no tendremos excusa. ¿Cómo podríamos justificar nuestra dureza de corazón, después de haber sido tratados con tanta bondad por el Dios de la misericordia? Porque el perdón cristiano no es una simple formalidad: es una restitución, una respuesta viva al amor gratuito que hemos recibido de Dios en Cristo. Es devolverle, con nuestras obras, la misericordia que Él ha derramado sobre nosotros.

Basta una mirada al Antiguo Testamento para contemplar la obra de Dios cuando se acerca al corazón del hombre. En el Génesis leemos: “Caín será vengado siete veces, mas Lamec lo será setenta y siete” (Gn 4, 23-24). ¡Qué misterio! La misericordia de Dios crece en proporción, superando siempre la maldad del hombre. Pero es con la irrupción del Reino en Cristo que el corazón humano queda verdaderamente inundado por el torrente de la misericordia divina. Jesús lo proclama: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22). ¡Infinita misericordia! ¡Inagotable perdón!

En el Evangelio, el Señor nos enseña: “Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces vuelve a ti diciendo: ‘Me arrepiento’, le perdonarás” (Lc 17, 3-4). La primera condición del perdón “entre hermanos” es el arrepentimiento. Porque a la ofensa, ha precedido la misericordia. Dios los ha amado y perdonado primero. Y esa misericordia recibida obliga, en justicia, al arrepentimiento y al perdón. Mateo lo subraya con fuerza (Mt 18, 15-17): quien no perdona, se separa del seno de la comunión, que es el hogar de la misericordia.

La segunda característica del perdón es la de ser ilimitado. Pedro, con su espontaneidad, cree que perdonar siete veces es ya mucho. Pero Jesús le responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22). ¿Por qué? Porque así es como Dios te perdona cada vez que se lo pides. ¿Y para qué, si no, te ha sido dado el Espíritu Santo, sino para que seas misericordioso como tu Padre celestial?

Cuando alguien se acerca y dice “perdón”, es Dios mismo quien, por su gracia, se presenta en quien se humilla. ¿Cómo rechazar esa gracia de conversión? ¿Cómo negar el perdón a quien Dios ha tocado? ¿Cómo negar el perdón siete veces al día, si el justo también cae siete veces y necesita la misericordia cotidiana de Dios?

Hemos escuchado la parábola del siervo sin entrañas. Y el Señor concluye: “Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano” (Mt 18, 35). Porque Dios te ha perdonado mucho más. Y cuando tú perdonas, no solo acoges a Dios: actúas como Él. Realizas sus obras. Dios mismo actúa en ti. Das testimonio de su presencia, porque la misericordia es de Dios. El que es perdonado, recibe el amor de Dios y es evangelizado. Y esta es su voluntad: “Misericordia quiero” (Mt 9, 13; 12, 7; Os 6, 6).

El perdón gratuito de Dios es amor, y ese amor engendra más amor. Perdonando, justificas al otro, lo regeneras, lo salvas. Destruyes en él la muerte y el mal. Y no solo eso: el perdón es universal. No se limita a los hermanos, sino que alcanza incluso a los enemigos. El amor y el perdón hacia ellos no requieren su arrepentimiento previo. Hay que amarlos aun en su obstinación. Negarles el perdón es apartarse de la filiación divina.

Jesús lo dice claramente: “Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial” (Mt 5, 44-45). Y añade: “Si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 6, 14-15).

Así pues, hermanos, cuando digamos: “Padre, perdónanos nuestras ofensas, así como nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido”, que no sean palabras vacías. Que sean verdad. Que sean vida. Que sean misericordia.

            Así sea.

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