PENSANDO EL CIELO III

PENSNDO EL CIELO

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          El Cielo como punto omega de la existencia, constituye de hecho un posible punto de llegada, en el que cobran sentido la vida, el sufrimiento, la enfermedad, la vejez, la muerte, y ese después, que en todos los pueblos se ha manifestado siempre como esperanza, que responde en el hombre, al “germen de eternidad que lleva en sí mismo” como ha afirmado el Concilio Vaticano II (GS 18). Pero es en el cristianismo donde la resurrección de la carne, fundándose en la promesa divina de vida eterna y en la resurrección de Cristo, entra en la perspectiva de ultratumba, a través de la predicación y los escritos de los apóstoles, testigos elegidos como propagadores de la esperanza cristiana, a la que han sido enfrentados con asombro.

          El Evangelio pone en boca de Cristo estas palabras: 

          En la casa de mi Padre hay muchas mansiones. Voy a prepararos un lugar, y cuando lo haya hecho volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo esté, estéis también vosotros. Venid benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso. ¡Qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida! Más te vale entrar en la Vida manco o cojo que, con las dos manos o los dos pies, ser arrojado en el fuego eterno. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora, al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna.


          Aunque el Catecismo de la Iglesia Católica afirma que “este misterio de comunión bienaventurada con Dios y con todos los que están en Cristo sobrepasa toda comprensión y toda representación”, sin embargo la reflexión eclesial a lo largo de los siglos ha ido progresivamente penetrando en este misterio y ha explicitado algunos aspectos de lo que será la vida del hombre en la Bienaventuranza que en cierta medida podemos conocer ya desde ahora.

          San Agustín comentado el salmo 27 dice:

 “El Espíritu de Dios incita a los santos a que intercedan con gemidos inefables, inspirándoles el deseo de aquella realidad tan sublime que aún no conocemos, pero que engendra  en los fieles la esperanza. Ciertamente que si la ignorásemos del todo no la desearíamos[1]. Este conocimiento y esta esperanza, se nutren del testimonio en primer lugar de las Sagradas Escrituras:

          “He aquí que yo creo cielos nuevos y tierra nueva y no serán mentados los primeros ni vendrán a la memoria, antes habrá regocijo y gozo por siempre jamás por lo que voy a crear. “El Dios del cielo levantará un reino, que no será jamás destruido, y este reino subsistirá para siempre”. “Sucedió, pues, que murió el pobre (Lázaro) y los ángeles le llevaron al seno de Abrahán”. Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios. Sé de un hombre en Cristo, el cual hace catorce años -si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe- fue arrebatado hasta el tercer cielo.

          No sólo nos hablan de su existencia, sino también de estadios distintos, aunque no sepamos en que consistan tales diferenciaciones. Son palabras para nuestra edificación en la fe y en la esperanza, que gesten en nosotros la caridad. El mismo San Pablo, recomienda a los fieles:

          “Buscad las cosas de arriba, dónde está Cristo sentado a la derecha de Dios”.

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[1] De la carta de S. Agustín a Proba, Viernes, XXIV Semana

PENSANDO EL CIELO II

PENSANDO EL CIELO

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          Días atrás cuando comenzó a rondarme el impulso de reflexionar acerca de la Vida eterna del Cielo, no acertaría a saber por qué, pero lo fui posponiendo, al pensar que apenas poseemos conocimientos al respecto, salvo algunas alusiones del Evangelio, expresiones del Nuevo Testamento y testimonios de los místicos, o experiencias del más allá de la muerte que nos cuentan personas de la más variada condición. Sabemos por la fe, de su existencia y tenemos noticia de algunas de sus características fundamentales, pero no deja de ser algo lejano y en consecuencia poco atractivo y seductor, y más bien se hace de él algo excesivamente banalizado e incluso ridiculizado desde opciones que pretendiendo ser humanistas, ignoran tristemente una de las ansias más profundas del espíritu humano, intentando sustituirla por la exclusiva satisfacción de las necesidades corporales, con lo que se cercena la grandiosidad personal, cuando es amputada su trascendencia.

          Pensaba que podría comenzar a tomar forma esta reflexión personal, fijándola como posible narración escrita (por aquello de que: “escribir es la mejor forma de leer la vida” como dijo alguien), de algo que de hecho es una cuestión de importancia trascendental y perdurable, de la que por cierto hacemos poco menos que caso omiso en nuestro cotidiano “ir existiendo”, muy ocupados en preocuparnos de lo inmediato, en una actitud deletérea de negar toda atención a lo ineludible en nuestra condición mortal. 

          El don de ensimismarnos tomando distancia de la realidad cotidiana en la que estamos inmersos, buscando el sentido profundo de la existencia, al estilo de los verdaderos filósofos, pensadores, contemplativos y demás “raras avis”, que surgen raramente aquí y allá, no es algo que se nos conceda comúnmente en el transcurrir vertiginoso de esta que llamamos vida moderna, pletórica de ciencias, tecnologías, bienestares, ocios, intereses y también lacras innumerables, que la hacen en ciertos aspectos lamentablemente plural, tolerante y libertaria, moteada con vistosas lentejuelas democráticas, y la envuelve en el tupido velo de quien no quiere ver el agujero negro en el que se precipita inexorablemente, y que la estrecha como boa, en su mortal abrazo constrictor.
         
          Pienso que perseverar profundizando en este “pensar el Cielo”, producirá un fruto, que independientemente de su posible alcance y difusión, supondrá para mí una riqueza personal de coherencia, entre lo que creo y lo que espero, y pueda traducirse en caridad.

                    En mi tierna infancia, mi padre nos reunía los domingos por la tarde después de comer, con nuestra madre, a mis hermanos y a mí, junto a la mesa del comedor, y abriendo la Biblia nos leía un pasaje de las Escrituras y  comenzaba después a hablarnos de Dios y de la hermosura del cielo. Un día, cuando apenas tendría unos tres o cuatro años, durante las explicaciones de mi padre, y por un instante, en medio de mucha luz, vi un trono dorado elevado, en el que alguien estaba sentado; no lo vi de frente; vi su lado izquierdo algo ladeado y sentí con suavidad un ardor, que sólo después de muchos años he vuelto a experimentar, como una señal del cielo que me indicaba un camino a seguir. En mi inocencia no di mayor importancia al hecho ni conté nada a nadie, pero es algo que ha permanecido curiosamente imborrable todos estos años. Qué gracia tan grande sería ahora poder visitar el Cielo en esta vida, como les ha ocurrido a algunos privilegiados, pero reconozco que, mucho mayor es la gracia que se nos ha concedido a todos, de que Dios mismo nos haya visitado a nosotros, en su querido Hijo, para que poseamos el Cielo para siempre.


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PENSANDO EL CIELO

 PENSANDO EL CIELO

1

          Nada más oportuno para introducirnos en el espíritu del Adviento, que elevar nuestro pensamiento al Cielo con estas reflexiones, siendo él, quien se nos acerca en Nuestro Señor Jesucristo, que viene para ganárnoslo eternamente. Comencemos con una mirada concatenada de las Escrituras, que nos sitúe ante el objeto de nuestra “esperanza dichosa”:

“Seremos arrebatados en los aires y hasta la muerte cederá el paso a la transformación que nos convertirá en luz en el Señor, y estaremos siempre con él. Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros. Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la caducidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la esclavitud de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. La creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros apareceremos gloriosos con él. Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado todavía lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Esperamos, según nos lo tiene prometido, (el Señor) nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia. Y así suspiramos en este estado, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celeste. Somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará nuestro pobre cuerpo a imagen de su cuerpo glorioso, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas. ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor! Por quien hemos obtenido también, mediante la fe, el acceso a esta gracia en la cual nos hallamos, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

Dice san Pablo que la transformación gloriosa a la que estamos destinados al final de los tiempos para ser recibidos en la bienaventuranza, eludirá para quienes permanezcan con vida en aquella hora, el trámite de la muerte física, mientras los ya fallecidos recuperan sus cuerpos resucitados, para que unidos vayamos al encuentro del Señor.
Mientras tanto debemos aceptar la precariedad de esta vida, consecuencia del pecado, pero con la esperanza de la liberación en Cristo y de la regeneración de la creación, cuando sean creados “cielos nuevos y tierra nueva”.
Lo que ya ahora hemos recibido, por la fe, gracias a la misericordia de Dios, en Cristo, se manifestará entonces en la glorificación de la resurrección, y podremos contemplar maravillados lo que significa ser “hijos de Dios”, y que ya se nos ha mostrado en Cristo resucitado. Se nos revestirá como dice san Pablo de una “habitación celeste”, no tanto entendida como lugar, cuanto como una forma de vida celestial concorde a la ciudadanía que hemos heredado por nuestra fe; don gratuito que agradecemos a Dios con nuestro amor.

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Segundo domingo de Adviento B

2º Dgo. De Adviento.  B (2º Adv. A)
(Is 40, 1-5.9-11; 2P 3, 8-14; Mc 1, 1-8)

Queridos hermanos:

          Ya que el hombre se ha hecho incapaz de volver a Dios por el pecado, es él quien toma la iniciativa creando puentes para encontrarse con él a través de la gracia de la conversión, dándole la posibilidad de acogerlo; de que se abran sus oídos, sus ojos y su corazón a su gracia.
El Reino de Dios se acerca para que recibamos el Espíritu Santo, creando un nuevo pueblo de judíos y gentiles, en el amor y el conocimiento de Dios derramado en nuestros corazones. Ésta es la diferencia entre el bautismo de Juan y el de Cristo.
La profecía de Isaías sitúa esta Palabra, en el contexto de que Dios quiere consolar a su pueblo, porque ya ha pagado por sus pecados (Is 40, 1ss). La consolación le vendrá por la acogida de la gracia de la conversión, que le llegará mediante el anuncio del “mensajero” del Señor, que viene delante del Salvador preparando su camino. Después vendrá el Señor a perdonar sus pecados y a bautizar en el fuego del Espíritu.
          Dios proclama su Palabra de vida, a oídos de aquel que ha elegido para llevarla a cumplimiento, y escucharla es ya recibir la misión y el poder de que se realice. Los  evangelistas identifican a este mensajero con Juan (“ha sido dado”) el Bautista, que prepara el camino de Cristo invitando a la conversión, mediante la confesión de los pecados, la penitencia, y el bautismo.
          El camino del Señor debe prepararse en el desierto, por el cual, como en un nuevo Éxodo, Dios va a caminar para conducir a su pueblo de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida. El desierto será siempre para Israel referencia insustituible. La añoranza de su primer amor, donde Israel ha visto realizarse que los caminos de Dios han sido sus caminos. Dios caminaba en medio de ellos. Él era su luz, su protección, su guía y su pastor. 
          El camino del Señor, queda preparado en aquel que acoge a su mensajero, en este caso a Juan Bautista, sometiéndose a su bautismo y aceptando la conversión. La gracia que lleva en sí esta Palabra, le abre los ojos, los oídos y el corazón a Cristo. En cambio para quien rechaza al mensajero, esta gracia permanece inaccesible: Mirará y no verá; oirá y no escuchará; no comprenderá, su corazón no se convertirá, y no será curado. (cf. Is 6, 9-10). Para san Lucas, esta es la causa de que ni fariseos ni legistas pudieran acoger a Cristo: “al no aceptar el bautismo de él (Juan el Bautista), frustraron el plan de Dios sobre ellos”, (Lc 7, 30) mientras hasta los publicanos y las prostitutas creyeron en él.
          Es por tanto el Señor, quien como el buen samaritano, ansía venir al encuentro del hombre que se ha separado de él por el pecado: Dejando Jerusalén, lugar de su presencia,  se ha encaminado a Jericó, imagen del mundo, cayendo en manos de salteadores que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Los profetas serán los encargados de anunciar con insistencia estos ardientes deseos de la voluntad amorosa de Dios. Juan será el designado para precederle con el espíritu y el poder de Elías a preparar su camino, y Cristo, el elegido para encarnar su venida.
          Dios es espíritu, y aun a través de Jesucristo, el encuentro con Dios del hombre, ha de realizarse en el espíritu, y por tanto en su libertad. Los obstáculos que encontrará el Señor en su camino al corazón del hombre serán por tanto espirituales. Ningún obstáculo puede oponerse al Señor sino el espíritu del hombre, al cual dotó Dios de libertad, para que pudiera amar: Los “montes” de la soberbia y el orgullo, levantan el yo del hombre, impidiendo el acceso al Señor, que viene manso y humilde de corazón. Estos montes deberán ser demolidos, y rellenados estos “valles”, abismos de la hipocresía y simas insaciables de las pasiones;  carencias socavadas en el espíritu del hombre que ha abandonado a su Dios.
          Sólo el Señor mediante la conversión, quiere darnos el discernimiento de la fe, capaz de acoger la salvación, que puede arrancar estos montes y plantarlos en el mar de la muerte, para desecar su poder, y convertir el corazón del hombre, en un vergel en el que florezca la justicia, camino llano para el Señor.  Por tanto: “¡Preparad el camino al Señor!”   “Y todos verán la salvación de Dios”.

          Proclamemos juntos nuestra fe.


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Primer domingo de Adviento B

Domingo 1º de Adviento B
(Is 63, 16-17. 64, 3-8; 1Co 1, 3-9; Mc 13, 33-37)
         
Queridos hermanos:

          Llega el Adviento, tiempo para excitar nuestra vigilancia, que debería ser constante y para orientar toda nuestra vida al Señor, que estando presente por su Espíritu, nos hace tender hacia la unión plena y definitiva con él. ¡Maran atha!

          Con esta perspectiva, el cristiano puede tener la cabeza erguida y asociarse a la invocación que, según el Apocalip­sis, es el gemido más profundo que el Espíritu Santo ha suscitado en la historia: "El Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven!" (Ap 22,17). Esta es la invitación final del Apoca­lipsis (22,17.20) y del Nuevo Testamento: "Y el que lo oiga diga: ¡Ven! Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida... ¡Ven, Señor Jesús![1]
         
          El amor engendra la esperanza, que se mantiene viva en la vigilancia, mediante la sobriedad de la ascesis del corazón que ora sin desfallecer. Como un cuerpo sano ansía el alimento, un espíritu amante ansía al Señor.

          En este primer domingo de Adviento, la liturgia de la Palabra nos llama a la vigilancia, en la esperanza dichosa de la venida del Señor, a quién hemos conocido por la fe y a quien amamos, por su salvación realizada en favor nuestro. Así clamaba el pueblo en la primera lectura: ¡Vuélvete Señor, por amor de tus siervos! Como dice siempre la Escritura: “Conviértenos, Señor, y nos convertiremos. San Pablo en la segunda lectura, asegura la asistencia del Señor a quienes le esperan, porque esperar es amar: “El os mantendrá hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo”.

En efecto, el velar del que habla el Evangelio no consiste en un mero privarse del sueño, sino en la vigilancia del corazón que ama, como dice la esposa del Cantar de los cantares: “Mi corazón velaba y la voz de mi amado oí”. El corazón que vigila en el amor, escucha la voz del amado y le reconoce para abrirle al instante, en cuanto llegue y llame: “Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame al instante le abran” (Lc 12, 35s).

          He aquí entonces el sorprendente descubrimiento: ¡nuestra esperanza, está precedida por la espera que Dios cultiva con respecto a nosotros! Sí, Dios nos ama y justamente por esto espera que regresemos a Él, que abramos el corazón a su amor, que pongamos nuestra mano en la suya y que recordemos que somos sus hijos. Esta espera de Dios precede siempre a nuestra esperanza, exactamente como su amor nos alcanza siempre en primer lugar (cfr 1 Jn 4,10).
           Todo hombre está llamado a esperar, correspondiendo a la expectativa que Dios tiene sobre él. 
           En el corazón del hombre (que cree) está escrita de forma imborrable la esperanza, porque Dios, nuestro Padre, es vida, y para la vida eterna y beata estamos hechos.[2]

                    Profesemos juntos nuestra fe.

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       [1] JUAN PABLO II    Catequesis del 3-7-1991.         
[2] Benedicto XVI, Homilía en las primeras vísperas del Primer domingo de Adviento de 2007

DOMUND A

 Domingo Mundial de la Propagación de la Fe A
Is 56, 1.6-7; 1Tm 2, 1-8; Mt 28, 16-20

Queridos hermanos:

Celebramos hoy el domingo dedicado a conmemorar la evangelización de los pueblos.
Contemplamos la misión universal con la que la Iglesia prolonga la de Cristo, que nos hace presente el amor del Padre, porque: “Tanto amó Dios al mundo, que le envió a su Hijo, para que el mundo se salve por él.”
Esta misión salvadora que Cristo ha proclamado con los hechos de su entrega y con las palabras de su predicación, nos ha obtenido el perdón de los pecados y nos ha suscitado la fe que nos justifica y nos alcanza el Espíritu Santo que renueva la faz de la tierra.
Esta misión, Cristo la entregó a sus discípulos para que alcanzara a todos los hombres de generación en generación: “Como el Padre me envió yo os envío”; “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.” Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a toda la creación”. La creación, como dice san Pablo “gime hasta el presente y sufre dolores de parto, esperando la manifestación de los hijos de Dios”, que proclamen la victoria de Cristo, para que todo el que crea en él, tenga vida eterna y llegue al conocimiento de la verdad del amor de Dios. Hacer discípulos, bautizar y enseñar, tres etapas de la iniciación cristiana.
A través del anuncio del Evangelio, Jesucristo ha puesto un cimiento nuevo, sobre el que edificar el verdadero templo, en el que se ofrezca a Dios un culto espiritual que brota de la fe; por la fe, el Espíritu Santo, derrama en el corazón del creyente el amor de Dios que lo salva y lo lanza a la salvación del mundo entero como hijo de Dios. En efecto, la predicación del Evangelio de Cristo suscita la fe y obtiene el don del Espíritu Santo.
Es urgente por tanto la predicación creída en el corazón y confesada con la boca para alcanzar la salvación como dice san Pablo. Pero “¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Id pues, y anunciad el Evangelio a toda la creación.”
          No hay, por tanto, belleza comparable a la de los mensajeros del Evangelio, que traen la regeneración de todas las cosas en Cristo: La enfermedad, la muerte, la descomunión entre los hombres y todas las consecuencias del pecado, se desvanecen ante el anuncio. Irrumpe la gracia y el Reino de Dios se propaga. Cristo en sus discípulos se dispersa por toda creación suscitando la fe.
Este es el envío que la Iglesia ha recibido de Cristo, que nos ha alcanzado a nosotros y que se perpetúa hasta la Parusía. Esto es lo que hacemos hoy presente en la Eucaristía y a lo que nos unimos comiendo el cuerpo y bebiendo la sangre de Cristo: “Pues cada vez que comáis de este pan y bebáis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga.

          Proclamemos juntos nuestra fe.
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Salmo 131

SALMO 131
(130)

Con espíritu de infancia


Oh, Señor,
mi corazón ya no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas,
que superan mi capacidad;
aquietada y acallada  está mi alma,
como un niño en brazos de su madre.
(Como un niño amamantado está mi espíritu,
como un niño dentro de mí.)
¡Espere Israel en el Señor:
ahora y siempre!


          Sería impensable que con esta breve invocación, el salmista pretendiera ufanarse ante el Señor de sus cualidades de quietud, abandono y mansedumbre, al estilo de aquel fariseo de la parábola, como si fueran ignoradas por quien ha sido su auxilio y su liberador en la consecución de las mismas. Podemos, por tanto, intuir que, tras esta, llamémosla breve oración, el salmista, como vemos en el último versículo, reconoce y agradece la obra realizada en él por el Señor, que le ha sacado de una actitud ante la vida, ambiciosa, y soberbia. Ahora, pues, se abre veladamente a sus hermanos, la entera comunidad de Israel, inmersos aún, como el común de los mortales en las angustiosas situaciones del que se debate con la soberbia de la vida y las pretenciosas exigencias de los ídolos, exhortándolos a hacerse pequeños, e intercediendo por ellos ante el Padre de las misericordias: “Hermanos, el Señor que ha tenido piedad de mí, abra sus brazos y os rodee con su ternura, atrayéndoos a él con todo vuestro corazón.”

Habiendo finalizado un primer combate, exhibe los trofeos obtenidos ante sus hermanos para instarlos a combatir y ser ellos mismos colmados: Humildad, sencillez y alabanza serán sus aliados en el combate de la vida y al cabo, sus consuelos. Se trata ciertamente de una catarsis de la que el Señor con su llamada, anuncia ya el fruto, que el salmista proclama remitiéndolo a la gratuidad bondadosa del Señor.

Nos parece escuchar en este salmo un eco profético, inspirado por el Espíritu al salmista, que resonará con fuerza en las palabras de Jesús: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera. (Mt 11, 28-30). «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos (Mt 18, 3).

          Así, el pueblo y el discípulo, aprenden del Espíritu de Cristo a vivir sin inquietud ni ambición en el abandono filial, y a: “Caminar humildemente con su Dios en la lealtad y el derecho, que es lo que quiere de ellos el Señor” (cf. Mi 6,8). Había dicho Isaías: «Por la conversión y calma seréis liberados; en el sosiego y seguridad estará vuestra fuerza.» (Is 30, 15). Sin pretender alcanzar cuanto me supera, como canta el salmo (139, 6). En esta actitud ha buscado siempre el Señor a su pueblo, como canta Oseas: “Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor; yo era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer (Os 11, 4). En brazos seréis llevados, y sobre las rodillas seréis acariciados.  Como aquel a quien su madre consuela, así os consolaré yo (Is 66, 12-13). Así dice el Señor Yahvé, el Santo de Israel.

Tomar sobre sí, otro yugo que el de Cristo, no conduce más que a la fatiga inútil de quien en el vivir cotidiano pretende asumir el papel de dios de su existencia. Concede, pues, Señor, a tu pueblo este don que has tenido a bien concederme gratuitamente después de tanta vanidad de vida; de tantas angustias desasosiegos, pretensiones y fatigas de mi alma insatisfecha por los ídolos, y saciada ahora por tu gracia, yo que me alzaba, mientras tú te abajabas hasta mí, lleno de mansedumbre y de misericordia.
                                                          

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