La Sagrada Familia

La Sagrada Familia

A, Eclo 3, 2-6.12-14; Col 3, 12-21; Lc 2, 22-40 ó Lc 2, 22.39-40.

B, Ge 15, 1-6; 21, 1-3; Hb 11, 8.11-12.17-19; Lc 2, 22-40.

C, 1S 1, 20-22.24-28; 1Jn 3, 1-2.21-24; Lc 2, 41-52

Queridos hermanos:

Celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, que en el trasfondo de la alegría anunciada por los ángeles, propia de la Navidad, y que lo será para todo el pueblo, destaca la cruz de la misión a la que es llamada en el Hijo.

La Sagrada Familia, que ha sido constituida por Dios, vive en castidad perfecta la unión virginal de María y José, está sujeta incondicionalmente a la voluntad de Dios, llevando a cabo su plan de salvación, haciendo crecer en su seno a Cristo, Palabra y Gracia de Dios, hasta la estatura adulta de su entrega en la cruz para la redención de los hombres, y permanece unida en medio de las dificultades de la vida, muchas y graves, que Dios ha permitido para ella. Dios ha querido realizar en ella un modelo de fe, en cuanto a la entrega fecunda y a la renuncia personal de los esposos en favor del Hijo, que vivirá sujeto a ellos. Modelo, por tanto, de amor esponsal en perfecta castidad, llevado a su plenitud por la presencia en cada uno de ellos del Espíritu Santo, en una vida de “humildad, sencillez y alabanza”.

Dios ha querido que nuestro Redentor fuera verdadero hombre y, en consecuencia, tuviera una verdadera familia y una historia humana en la que fuera preparada y realizada su misión de salvación. Esto debe cuestionarnos en nuestras expectativas respecto de nuestra familia y de nuestra vida, en la que tantas veces nos escandaliza la aparición de acontecimientos que se nos antojan adversos, precisamente porque no los contemplamos bajo el prisma de la fe, que ilumina su sentido último y trascendente con relación a la llamada de Dios. Si la misión de Cristo implicaba su oblación total, tendremos luz para comprender el sentido del sufrimiento, que lo acompañará siempre y con el que será preparado junto con su familia: “Experta en el sufrir”, como la considera un himno litúrgico.

Si bien Dios preserva la misión de su Hijo, no le evita los trabajos y sufrimientos que implica su auténtica redención, por la que se hizo hombre verdadero. “Era necesario que el Cristo padeciera”. Todo lo que implicaba la auténtica encarnación de Cristo requería que fuera tal su familia. Las gracias necesarias que se le concedieron no disminuyeron en nada su condición de familia humana. Su santidad ilumina aquella a la que somos llamados como familia en Cristo.

La santidad de Dios fue el motivo y la causa de la llamada a la santidad que hizo Dios a su pueblo: “Sed, pues, santos porque yo soy santo”. San Pablo dirá que para eso hemos sido elegidos en Cristo antes de la creación del mundo: “Para ser santos e inmaculados en su presencia por el amor”. Por eso la santidad no es algo abstracto, sino en relación con el amor: Sed santos con los demás como yo soy santo con vosotros.

La palabra nos ilumina la disposición total de la Sagrada Familia a la misión, y sus consecuencias, y por tanto a la voluntad de Dios. Internamente, esto se traduce en relaciones de amor entre sus miembros: cónyuges, padres e hijos, que no se miran a sí mismos, sino al bien del otro, como vemos en las lecturas. José, el menor en dignidad, será cabeza, y Jesús, el mayor, estará sujeto a ellos. San Pablo habla de que el marido es cabeza de la mujer, y vemos que en el Evangelio Dios dice a José y no a María lo que debe hacer la familia de su Hijo. Mientras su pueblo ignora y persigue a Cristo, será Egipto quien lo acoja y lo guarde de sus enemigos como ocurrió con José, el hijo de Jacob. Solo entonces: “De Egipto llamé a mi Hijo”, el nuevo y verdadero Israel.

“¡Familia en misión, Trinidad en misión!” (San Juan Pablo II, en 1988).

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Los Santos Inocentes

Los Santos Inocentes

1Jn 1, 5-2, 2; Mt 2, 13-18

Queridos hermanos:

          Lo que manifestará de Jesús el anciano Simeón en la Presentación del Señor en el templo: “Señal de contradicción”, los evangelistas lo destacan de diversas formas continuamente, como esencial en la vida y la misión de Cristo, desde el momento de su concepción virginal en el seno de María y su nacimiento ignorado en un pesebre, hasta su rechazo y elevación en la cruz.

A diferencia de los sinópticos, Mateo pinta el nacimiento y la infancia del Salvador y Redentor con prodigios celestes y proféticos, en el marco de la esperanza de las Escrituras, la expectación del pueblo y el rechazo del mundo y los poderes de la impiedad, que, parafraseando el salmo segundo, se confabulan “contra el Señor y contra su Mesías”.

La serpiente antigua, camaleónica en el devenir de la historia, se travestirá de Faraón, Herodes o Nerón, por citar algunas personificaciones de la perenne persecución de los inocentes, que acompañará siempre la predestinación salvadora del amor divino.

En medio de las asechanzas de la envidia diabólica, Dios llevará siempre adelante su redención en la historia: Abrahán, José, Moisés, Cristo, testigos de la Verdad de Dios, Amor misericordioso, justo, eterno y fiel. 

San Beda ve en este martirio el anuncio profético de cuantos darían su sangre por el testimonio de Cristo a través de la historia, de modo que la inocencia y la humildad se convierten así en virtudes esenciales que reciben con la gracia del martirio aquellos elegidos para tal honor, preanunciado por el oráculo de Jeremías (31, 15). Al ladrón crucificado con Cristo le bastó su confesión postrera para blanquear su túnica, habiendo acogido la gracia que, como al hijo pródigo, se le concedió de “entrar en sí mismo” para levantarse de su mortal postración.

Por su lado, los santos inocentes, incapaces de proclamar su fe con palabras, fueron agraciados por el gemido de su sangre, que como la del justo Abel clamaba al Señor desde la tierra, siendo arrebatados con Él al paraíso. A semejanza de aquel de la viuda de Naín, el llanto de la Iglesia, como futura Raquel, por sus futuros hijos, hizo al autor de la vida glorificar a sus pequeños proto testigos.

          Que así sea.

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Navidad del Señor

Natividad del Señor

Misa vespertina: Is 62, 1-5; Hch 13, 16-17. 22-25; Mt 1, 1-25

Misa de Medianoche: Is 9, 1-6; Tt 2, 11-14; Lc 2, 1-14.

Misa de la Aurora: Is 62, 11-12; Tt 3, 4-7; Lc 2, 15-20.

Misa del Día: Is 52, 7-10; Hb 1, 1-6; Jn 1, 1-18.

Queridos hermanos:

Gran misterio el de esta fiesta, en la que el Hijo de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, venido del cielo al seno de la Virgen María, se dignó nacer entre nosotros. La salvación se hace luminosa en la conmemoración de su Nacimiento, como es esplendorosa en la Pascua que celebramos. Disipadas las tinieblas y las sombras de la muerte, brilla la luz de Dios en Belén, la “casa del pan”, y se manifiesta como vino nuevo en Caná. Pan y vino, Pascua y bodas, Dios y hombre verdadero: “Pan vivo bajado del cielo” (Jn 6, 41).

El Señor se desposa con su pueblo, que será la humanidad entera que él asumirá en un cuerpo mortal: “Me has dado un cuerpo para hacer, oh, Dios, tu voluntad” (Hb 10, 5-7). Ya el pesebre anuncia simbólicamente el Misterio de Pascua del Señor en el que la humanidad asumida deberá ser redimida entrando en la muerte de cruz. El gozo del amor tendrá que pasar por la angustia mortal; será un paso, una pascua a la victoria definitiva, en la que Jerusalén recibirá su nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor, anunciando su triunfo definitivo: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

La elección de la que habla el libro de los Hechos y su plenitud en el reino de David se cumplen en Cristo, definitivamente rey como atestigua el Evangelio. El llamado “Hijo de David” será el “Dios con nosotros”, Jesús, que salvará a su pueblo de sus pecados. Dios, rey, salvador y Redentor, un niño nos ha nacido, el Hijo se nos ha dado.

Con la venida de Cristo, el hombre ha visto a Dios, trayendo la vida nueva, para establecerlo en su nueva dignidad de hijo de Dios, e introducirlo en la vida eterna, liberando a la humanidad de la vieja esclavitud del pecado y de la muerte. 

La Navidad está, pues, unida inseparablemente al misterio pascual de la muerte y de la resurrección de Cristo, misterio de la salvación humana. No es solo un gozoso recuerdo de la venida de Cristo que trae la paz y la fraternidad entre los hombres; la Iglesia ve esta fiesta en relación estrecha con su futura muerte y resurrección, y a Jesús recostado en el pesebre se le aclama ya en la liturgia como el Redentor.

Celebrar la Pascua en Navidad significa expresar con la vida la nueva realidad de asemejarse al Hijo de Dios, de abrirse a la acción de la gracia, de buscar las cosas de arriba y de crecer en el amor fraterno. Alabamos a Dios, porque en estos tiempos que son los últimos, nos ha hablado por medio de su Hijo, asumiendo las fatigas de una vida nueva (Cf. I Padri Vivi, en la fiesta de Navidad. Ed. Città Nuova pp. 35 y 36).

Como el emperador César Augusto mandó a sus mensajeros anunciando el censo, así el verdadero Emperador manda a los suyos a realizar el padrón de la fe y su registro en el libro de la vida. Cuando un ángel anunció a los pastores la Buena Nueva, se le unieron multitud de ángeles diciendo: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres, porque el Señor los ama”. Así es también la alegría celeste cuando un discípulo la anuncia a sus hermanos (Cf. Anónimo del siglo IX. Hom. 2, 1-4. I Padri Vivi pp. 40 y 41).

Si Cristo, engendrado por el Espíritu Santo, concebido en el seno de María por la acogida de la palabra del Señor, fue dado a luz, nació de la Virgen y realizó su obra de salvación, también nosotros podemos concebir a Cristo, engendrado en nosotros por el Espíritu Santo mediante la fe y gestarlo en la fidelidad, de forma que nazca de nosotros, siendo visible a través de las obras de su amor, que el Espíritu Santo derrama en el corazón de todo el que cree.

             Proclamemos juntos nuestra fe.

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Domingo 4º de Adviento C. "Oh Rey de las naciones"

Domingo 4º de Adviento C “Oh Rey de las naciones” 

(Mi 5, 2-5a; Hb 10, 5-10; Lc 1, 39-45.

Queridos hermanos:

La palabra de este día está envuelta en manifestaciones celestes del Espíritu Santo, como corresponde al misterio de los hijos que guardan las madres en su seno, y al encuentro entre el mayor de los nacidos de mujer y el primogénito de toda la creación: la voz y la Palabra. La palabra nos presenta impotencia, incapacidad y humildad, que adquieren valor para quienes encuentran la grandeza de Dios, que no consiste tan solo en su poder, sino eminentemente en su amor y su misericordia. Solo así es posible al hombre reconocerse profundamente pequeño y acogerse humildemente a su auxilio. El conocimiento de Dios nos redimensiona y nos sitúa, dando esperanza al débil y humildad al soberbio. Belén puede alegrarse de su pequeñez y María de su insignificancia, porque las ha valorado el don del Señor.

Dios, que es grande y se complace en los pequeños, para actuar la salvación elige la impotencia humana para que nadie quede excluido de la gratuidad de su amor ni se pueda dudar de su misericordia. Para realizar grandes obras elige a las estériles y para engendrar al salvador, a una virgen que no conoce varón. Contemplamos hoy a Cristo encarnado en el seno de María, derramando el Espíritu Santo, y somos testigos de que las promesas del Señor llegan a su cumplimiento. La voluntad de Dios se hace accesible a nuestra incapacidad, porque el Verbo de Dios ha recibido un cuerpo para alcanzarnos esa voluntad gratuitamente.

El Espíritu Santo hace profetizar a Isabel, para exaltar la fe de María en las promesas que le han sido comunicadas de parte de Dios. María es “bendita entre las mujeres” como Yael y como Judit, que pisaron la cabeza del enemigo, figura del Adversario por antonomasia, cuya cabeza será aplastada por Cristo, la descendencia de María.

Dios se fija en la pequeñez de María y en la de Belén Efratá, en memoria de su siervo David, pues “el Señor no renuncia jamás a su misericordia, no deja que sus palabras se pierdan, ni que se borre la descendencia de su elegido, ni que desaparezca el linaje de quien le ha amado” (Eclo 47, 22). María se apoya en Dios en su pequeñez, y nosotros debemos hacerlo en nuestra debilidad, para poder alcanzar la dicha de ella por nuestra fe, pues también en Cristo nos ha sido anunciada la salvación.

El Señor se ha dignado visitarnos como salvador, y a nosotros se nos invita a creer en su palabra, exultar de gozo en el seno de la Iglesia, concebir a Cristo por la fe y darlo a luz por el amor.

Profesemos juntos nuestra fe.

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Quinta feria mayor de Adviento. "Oh sol"

Quinta feria mayor de Adviento “Oh Sol”

(Ct 2, 8-14; So 3, 14-18; Lc 1, 39-45)

Queridos hermanos:

          La palabra de este día está envuelta en manifestaciones celestes de ángeles y del Espíritu Santo, como corresponde al misterio de los hijos que guardan sus madres al encontrarse, unidos en la estirpe y en la gracia. El mayor entre los nacidos de mujer y el Primogénito de toda la creación: la voz y la Palabra, el Amor y la Esposa se encuentran, y el poder y la fecundidad de Dios hace fructificar a la virgen y a la estéril en medio del gozo y la exultación.

“María se puso en camino y se fue con prontitud”. María es movida por el Espíritu hacia Isabel, porque Cristo va al encuentro de Juan. El gozo de María es el de Cristo que vive en ella; Juan lo percibe junto con Isabel y hace exultar y profetizar a la madre, quedando ambos llenos del Espíritu: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; ¿y de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor? ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!”. El Espíritu Santo, por boca de Isabel, exalta la fe de María en las promesas que le han sido comunicadas de parte de Dios. La fe de la Iglesia es la de María y es la que se nos ofrece hoy a nosotros juntamente con la promesa del Espíritu, que dará fecundidad al desierto de nuestra vida.

Dios se fija en la humildad de María, a la que ha santificado desde su concepción: “El Señor no renuncia jamás a su misericordia, no deja que sus palabras se pierdan, ni que se borre la descendencia de su elegido, ni que desaparezca el linaje de quien le ha amado” (Eclo 47, 22).

María se apoyó en Dios en su pequeñez y nosotros debemos hacerlo en nuestra debilidad, para poder alcanzar la dicha de ella por nuestra fe, pues también a nosotros nos ha sido anunciada la salvación en Cristo.

Juan ha sido lleno del Espíritu y de gozo con la cercanía de Cristo. Nosotros, en la Eucaristía, somos llamados no solo a su cercanía, sino a hacernos un espíritu con él, de manera que el “Dios con nosotros” llegue a ser Dios en nosotros. Recibámoslo con fe y que su gozo llene nuestro corazón y lo bendiga nuestra boca.

          Que así sea.

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Tercera feria mayor de Adviento. "Oh renuevo del tronco de Jesé"

Tercera feria mayor de Adviento. “Oh renuevo del tronco de Jesé”

(cf. San Juan Bta.)

(Jc 13, 2-7.24-25; Lc 1, 5-25)

Queridos hermanos:

En esta tercera feria mayor del Adviento, la palabra nos hace reflexionar sobre la iniciativa, la elección y el poder de Dios para salvar, sin detenernos a considerar la acción misma de salvación. “Dios es favorable”, y ese será el nombre de Juan, llamado a encarnar el kairós por excelencia de la historia. Será el mensajero del “Año de gracia del Señor”. Hijo de Zacarías (Recuerdo del Señor) y de Isabel (Descanso), hijo de padres justos y él mismo, lleno de Espíritu Santo ya desde el seno materno.

Como signo de que va a sacar vida de la muerte, Dios elige a través de la historia a mujeres estériles incapaces de dar vida, que nos hacen presente su intervención; que Él es la vida y para Él no hay nada imposible. La Escritura está llena de estériles fecundas: Sara, Rebeca, Raquel, la madre de Sansón, Ana e Isabel, que nos muestran su elección por parte de Dios. El fruto de sus entrañas será solo obra del poder de Dios, cuyo designio es comunicado generalmente por el anuncio del enviado, que deberá ser acogido por la fe: “concebirás y darás a luz un hijo”. En el caso de María, su infecundidad será fruto de su virginidad y no de defecto físico alguno, inaceptable en la maternidad del sumo bien, bondad y belleza en Cristo.

Es sorprendente la “incredulidad” de Zacarías, de quien la Escritura afirma su justicia y el caminar sin tacha ante Dios. También en el Evangelio vemos a los apóstoles dudar aun viendo a Cristo resucitado. San Lucas dice: “A causa de la alegría” (Lc 24, 41). El problema en Zacarías puede ser el de mirarse a sí mismo frente a la magnitud del acontecimiento, y sorprenderse de la gratuidad y la magnanimidad de Dios para elegir a alguien tan insignificante, hasta el punto de hacerle dudar. Sería una incredulidad motivada por considerar su indignidad, y no una duda del poder de Dios. De cualquier forma, lo que sí podemos deducir del acontecimiento es que, aun en gracias tan grandes, Dios respeta nuestra libertad sin imponerse ni condicionar nuestra razón de forma absoluta.

Dios elige desde el seno materno y aún antes, y provee lo necesario para la realización de su plan sin someterse a criterios humanos de valor; nos conoce desde antes de ser formados en las entrañas, y arrastra con la fuerza de su Espíritu a sus elegidos para la misión. Juan hará posible la reconciliación entre padres e hijos, para que, dejando toda rebeldía, adquieran la prudencia de los justos a la espera del Señor.

La salvación de Dios deberá ser acogida por la fe, por lo que es necesario un corazón bien dispuesto por la conversión. A eso va encaminada toda la predicación de Juan, y ahora de la Iglesia, a través de la liturgia, sirviéndonos la Palabra y la exhortación que nos disponga a la acogida del Señor como centro de nuestra vida.

Que así sea.

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Domingo 3º de Adviento C "Gozaos"

Domingo 3º de Adviento C “Gozaos”.

(So 3, 14-18; Flp 4, 4-7; Lc 3, 10-18)

Queridos hermanos:

          El Señor está cerca. El Amor se alegra al amar; se goza, como dice Sofonías en la primera lectura; y alegra también el corazón del hombre como el buen vino; como el vino nuevo dejado para el final. El Señor viene a salvar y se alegra, enmudeciendo ante los tormentos a los que su amor será sometido (cf. Is 53, 7), pero: “Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor ni anegarlo los ríos.” Lo sabe también san Pablo, encarcelado por amor a Cristo: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna.”

          Se acerca el fuego de este amor con el que el Espíritu Santo viene a bautizarnos. Se anuncia a Cristo, y hay que acogerlo con la conversión del corazón, escuchando a su profeta. Viene el fuego del Espíritu, que consume y purifica, que acrisola y fecunda, llenando el mundo de paz. Viene el amor que hace posible al hombre lo que sólo es posible para Dios. Viene el amor del Padre en su Hijo, encarnado y visible, que se hace Don en el Espíritu Santo.

          Para recibir lo inalcanzable de Dios, el hombre debe disponerse ampliando al máximo su capacidad, reduciendo al mínimo sus ansias de posesión. Debe llenarse de la justicia y vaciarse de la impiedad. Abajar su vanidad y su orgullo y rellenar ante el Señor la escabrosidad socavada por las pasiones.

          El Señor está a las puertas dejando oír la voz del mensajero que clama, para que se le franqueen los corazones y pueda entrar a cenar, volviendo la noche en fiesta, la oscuridad en luz, la tristeza en gozo y la soledad en amor. La esterilidad del alma se hará fecunda, los entendimientos se iluminarán, se sublimarán los sentimientos, y la esperanza quedará fortalecida, para que podamos caminar a su luz, guiados por sus preceptos.

          ¡Ven Señor, no tardes más en venir! Arrástranos tras de ti y te seguiremos de todo corazón; danos vida para que invoquemos tu nombre. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti. A ti, Señor, nos acogemos, y no quedaremos defraudados.

              Proclamemos juntos nuestra fe.

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Lunes 2º de Adviento

Lunes 2º de Adviento

(Is 35, 1-10; Lc 5, 17-26)

Queridos hermanos:

          En esta palabra aparece la fe que Cristo percibe en aquellos hombres y también podemos presumir la caridad para con el enfermo de los que lo llevan y la intrepidez de su amistad, pero lo realmente importante es la acción de Cristo, que además es signo de la salvación definitiva, que es su misión. Siendo la fe que comparten “ellos”, la que obtiene al paralítico el perdón, podemos presumir que también compartan el perdón, que es la consecuencia de su fe. La curación es solamente el signo del poder de Cristo para salvar, como testimonio ante aquellos fariseos y doctores, del que deberán responder si lo rechazan.

          Es importante destacar la “obra” que realizan juntos de: “abrir el techo encima de donde Él estaba,” y que el evangelista interpreta diciendo: “Viendo la fe de ellos”. Hay ocasiones extremas, en las que la oración requiere pasar a la acción heroica de un amor, por el que se niega uno a sí mismo en favor del otro; que no sólo implica nuestra preocupación o nuestro tiempo, sino que incluso requiere involucrar nuestro dolor o nuestra propia vida, como ha hecho Cristo por nosotros.

Por el pecado ha proliferado el mal sobre la creación, que ha quedado sometida a la frustración y a la muerte. El suelo ha quedado maldito, pero los profetas anuncian que la creación será restaurada, cuando llegue la salvación de Dios, por el perdón de los pecados, apareciendo sobre la tierra el nuevo paraíso que describe la primera lectura de Isaías.

Estas son las “cosas admirables” (increíbles) de las que habla el Evangelio, y que Cristo realiza, como signos de que ha llegado el cumplimiento de las profecías; de que el Mesías ha llegado, y con él, el perdón de los pecados. Los judíos deben discernir el significado de los signos que Dios realiza por Cristo, y por eso les dice Jesús: “Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar;” que el Reino de Dios ha llegado; que Dios mismo está con nosotros. No tienen pues, excusa, quienes han recibido el testimonio que Dios da con sus obras: “Las obras que realizo dan testimonio de mí,” dirá Cristo. Por eso la creación puede ser liberada de la muerte, consecuencia del pecado, o como en este caso, de la enfermedad de la parálisis.

La muerte ha sido vencida y el mal debe retroceder ante la fe que salva a quien acoge a Cristo; él es la salvación de Dios. Cuando Cristo ve esa fe en los hombres, puede testificar el perdón de los pecados y la curación, que es una añadidura y un testimonio, que hace responsables a cuantos lo reciben y a cuantos lo contemplan; en aquel caso, a las ovejas perdidas de la casa de Israel a las que el Señor fue enviado y hoy a nosotros, a quienes se da esta palabra.

Hoy también mediante el testimonio de la palabra, se hace presente la salvación para todo el que cree. Esta es la fe que expresamos en la Eucaristía cuando decimos ¡amén! a Cristo y a su entrega por nosotros: a su muerte, y a su resurrección.

¡Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección! ¡Ven, Señor!

Que así sea.

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La Inmaculada Concepción

                                     Inmaculada Concepción de Santa María Virgen

Ge 3, 9-15; Flp 1, 4-6.8-11; Lc 1, 26-38

 Queridos hermanos.

         Celebramos en este día la plenitud de gracia concedida por Dios a María en virtud de la redención de la humanidad realizada por Cristo y en función de nuestra santificación, preservando del pecado original a la que iba a ser arquetipo de la Iglesia, madre de su Hijo encarnado, nuestro salvador.  

La fiesta fue instituida en Roma el año 1476, por el Papa Urbano IV y fue hecha su declaración dogmática en el año 1854, por el Papa Pío IX.

 La palabra de esta liturgia nos presenta el llamado “Protoevangelio,” anuncio de la victoria de Cristo sobre el diablo, cuyo primer fruto es precisamente la inmaculada concepción de la Santísima Virgen María que hoy contemplamos.

Por la unión indisoluble de Dios con la naturaleza humana, ha sido rota la cadena del pecado y ha comenzado la gracia de la regeneración de la humanidad. María es la primera redimida y santificada, “llena de gracia,” como le fue anunciado por el arcángel Gabriel. De esta gracia nos beneficiamos todos, llamados gratuitamente a la santidad que Dios ha hecho brillar en ella y a la nueva creación, de la que ella es prototipo en Cristo Jesús. En ella somos ennoblecidos con la belleza del más bello de los hombres, con la que ha engalanado a su madre.

Como en todas las fiestas de la Virgen, le dirigimos nuestra mirada, en primer lugar, para contemplar la obra del Señor en ella y, en segundo lugar, la que el Señor quiere realizar en nosotros según su promesa. En ambos casos nos encontramos ante la gracia del Señor. Por gracia fue ella preservada del pecado y por gracia somos nosotros purificados de él. Ella para dar a luz en la carne, al que llevaba en su seno por el Espíritu y nosotros para dar a luz en la fe, al que quiso asumir de ella nuestra carne. Ella no dijo no, a esta gracia, para que nosotros pudiéramos decir sí, por pura gracia. Ella no dijo no, porque nosotros no podíamos decir sí.

En María somos hoy invitados a acoger la buena noticia de nuestro rescate, a creer en el amor gratuito de Dios y a decir con María que se haga en nosotros su voluntad. De manera que: “El Espíritu Santo venga sobre nosotros y el poder del Altísimo nos cubra con su sombra, para que, el que nazca de nosotros sea santo y se le llame hijo de Dios.”

Que así sea en nosotros.

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Sábado 1º de Adviento

Sábado 1º de Adviento

(Is 30, 18-21.23-26; Mt 9, 35-10,1.5a.6-8)

Queridos hermanos:

          Esta palabra hace presente la centralidad de la misión de Cristo y de la Iglesia: Proclamar el Reino de Dios comenzando por el Israel creyente, de sinagoga en sinagoga, por ciudades y pueblos, con las palabras y los signos que lo acompañan, compadeciéndose también de la muchedumbre abandonada a su impiedad. Cristo ha sido enviado a las ovejas perdidas, aunque no descuida a las que permanecen “fieles”.

          Por la misión, el mal retrocede en el corazón de los hombres y Satanás cae de su encumbramiento.

«Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.» Pedid a Dios que suscite mensajeros a los que enviar, para pastorear a los que se pierden por falta de cuidado pastoral. Siendo el Señor quien llama, quien lo puede todo y quien quiere la salvación del hombre, pide, no obstante, la oración de los discípulos. Qué grande es la fuerza de la oración y qué prioritario es en la misión, como en la “pastoral vocacional,” el celo evangelizador de los discípulos y de la Iglesia. Dios, que puede sacar de las piedras hijos de Abrahán, quiere que la salvación se haga a través de nuestro amor; quiere la sintonía de nuestro corazón con el suyo. Por eso ha querido encarnarse él mismo, en Cristo, enviando su Espíritu Santo sobre toda carne, de forma que sea el amor el que lo guie todo.

Cada carisma de salvación es sometido por Dios a la aceptación humana libre y gozosa de cada pastor y de cada hombre, como corresponde a un corazón que ama los deseos del Señor. Cristo le decía a Madre Teresa: Quiero esto de ti. ¿Me lo negarás? El que Cristo enseñe a los discípulos a orar para que Dios envíe obreros a su mies, hace que cada discípulo se abra, él mismo, a la misión, diciendo como Isaías: Heme aquí, envíame.  

La Iglesia tiene el corazón de Cristo: su celo por la oveja perdida; y ese debe ser el corazón de los pastores y de cuantos hemos recibido el Espíritu Santo. Cuando Cristo envía a sus discípulos les dice: “Id más bien a las ovejas perdidas.” Es fácil encontrar pastores que se apacienten a sí mismos, que cuidan de su propia oveja, pero hay que pedir a Dios pastores que cuiden de sus ovejas, con especial celo por las descarriadas.

Que así sea.

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San Francisco Javier

San Francisco Javier

Is 11, 1-10; Lc 10, 21-24

Queridos hermanos:

          En esta memoria de San Francisco Javier, misionero por excelencia, jesuita, español, la liturgia nos presenta en el contexto del regreso de los 72 discípulos enviados por el Señor, el pasaje del evangelio según san Lucas, en el que Cristo agradece al Padre, el revelar los misterios del Reino a los pequeños.

          Paisano y discípulo de san Ignacio, Francisco (Javier), parte a los confines de la tierra, encendido de amor al Señor, a predicar el Evangelio a los pequeños, en los que encuentra el deseo profundo de conocer a Dios, y lamenta que, por falta de misioneros, tantos queden sin la gracia de ser cristianos.

          Ejemplo para nosotros del celo por el Evangelio, Javier nos llama a responder a la gracia del Señor, que, por nuestro bautismo, nos llama a seguirlo, negándonos a nosotros mismos, allí donde hemos sido convocados para ejercer nuestra misión profética, en el seno del cuerpo místico de Cristo, iluminando con nuestra fe, a tantos hermanos que viven aún en las tinieblas de un mundo alejado de la luz de Jesucristo, en quien el Padre nos ha manifestado su amor.

          El Señor, que ha tenido a bien revelarnos a su Hijo, hace brotar en nosotros el agradecimiento y la bendición de su Nombre, por su misericordia y su piedad para con nosotros y por su amor por un mundo extraviado que camina como rebaño sin pastor, a merced de los lobos y los engaños del embustero y padre de la mentira. 

          Que este Adviento mueva nuestro corazón al testimonio de Cristo, viviendo en la vigilancia y la sobriedad, mientras esperamos con amor su venida gloriosa.

          ¡Ven Señor! Que pase este mundo y que venga tu Reino.

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Domingo 1º de Adviento C

 

Domingo 1º de Adviento C 

(Jr 33, 14-16; 1Ts 3, 12-4, 2; Lc 21, 25-28.34-36)

Queridos hermanos:

En el Adviento la Iglesia concentra su atención en la contemplación de la Parusía del Señor, unida al Espíritu, invocándolo: ¡Maran-athá! ¡Ven, Señor! ¡Que pase este mundo y que venga tu Reino!

        En efectovienen días,” dice el Señor, que convulsionarán al mundo con “señales” terribles en el cielo, que llenarán de “angustia, terror, y ansiedad” la tierra. Será misericordia de Dios para llamar a conversión a los que desoyendo su palabra han puesto su corazón en las creaturas y en las vanidades del mundo. Como dice la primera lectura, el Señor viene a implantar la justicia y el derecho en la tierra.

A la agitación de la naturaleza se unirá el testimonio de los fieles que, fortalecidos en la esperanza de las promesas, sobreabundando en el amor, verán confirmarse las palabras del Señor: El retorno de su “Germen justo, el Señor nuestra justicia,” nuestro Señor Jesucristo. “Verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria,” que viene a liberarlos.

El combate contra los enemigos habrá concluido. La carne estará sometida al espíritu; entonces la apariencia de este mundo habrá pasado. El corazón ejercitado en la sobriedad estará pronto a recibir al Señor y en pie lo acogerá.

Excitar el deseo de la venida del Señor es obra del amor, que vela porque ansía la presencia del ser amado y nada le da sosiego en su ausencia mas que el esperar. Indiferente a cualquier otro estímulo, cualquier padecer es para él insignificante. Su gozo es amar y su complacencia está fuera de sí, entregada. Compadecido el Señor del triste desamor humano, busca al hombre, lo llama cuando lo encuentra y lo salva cuando se le acerca, llenándolo de amor.  

Por el ansia con que deseamos el momento de su venida, podemos saber si amamos al Señor o si nuestra complacencia está en los ídolos de este mundo que pasa; si anhelamos la liberación del Señor o su venida es para nosotros como la de un ladrón, que viene a desposeernos de todo cuanto siendo suyo, hemos querido adueñarnos y atesoramos como propio.

Que este tiempo nos ayude a vivir en esta espera dichosa de su retorno, llena de su ausencia, para que vigilantes y amantes, le acojamos en cuanto llegue y llame.

¡Ven Señor!

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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San Andrés Apóstol

San Andrés Apóstol

Rm 10, 9-18; Mt 4, 18-22

Queridos hermanos:

         Con san Andrés hacemos presentes hoy a los apóstoles. Encaminado por Juan Bautista al seguimiento de Cristo, Andrés comienza en seguida a “pescar” en su propia casa y comunica lo que ha recibido a su hermano Simón, al que el Señor confiará el timón de su barca y al que llamará Pedro.

          La llamada a los primeros discípulos, en el Evangelio de san Mateo resalta la iniciativa de Dios que es quien llama, y también la respuesta inaplazable e inexcusable del discípulo, que debe anteponer la llamada a todo. Hemos escuchado a san Pablo decir: “El que invoque al Señor se salvará,” porque la salvación viene por acoger la palabra de Cristo, que nos anuncia el amor gratuito de Dios. Si el discípulo acoge la llamada y acepta la misión que se le confía, parte como anunciador de la Buena Nueva y suscita la salvación en quien acoge el mensaje de la fe. 

            La fe surge del testimonio que el Espíritu Santo da a nuestro espíritu, revelándonos la Verdad del amor de Dios, en lo profundo de nuestro corazón. Si Dios comienza a ser, a estar, a vivir en nosotros, nosotros somos, estamos, vivimos en él. Nuestro corazón se abre y abraza a todos los hombres, de manera que ya no vivimos para nosotros mismos, sino para aquel que se entregó, murió y resucitó por nosotros. Nuestra vida se hace así testimonio del Don recibido.  

            La predicación del Evangelio es la misión por excelencia de la Iglesia, que lo ha hecho llegar hasta nosotros a través de los apóstoles. Jesús había dicho a sus primeros discípulos: “Seréis pescadores de hombres.” Los hombres somos, en efecto, como peces que se sacan del mar de la muerte, con el anzuelo de la cruz de Cristo, habiendo sido sumergidos por el pecado en la muerte. San Agustín dice que con los hombres, con nosotros ha ocurrido así, sucede al revés que con los peces. Mientras ellos al ser pescados, mueren, nosotros, al ser sacados del mar, que en la Escritura es figura de la muerte, somos devueltos a la vida. Lo que mejor nos dispone a este ser pescados por la fe, es el anzuelo de nuestras miserias y sufrimientos que Cristo en el Evangelio nos invita a tomar cada día y que la Escritura y la Iglesia designan como la cruz; ella nos hace agarrarnos fuertemente al anuncio de la salvación, que Dios nos presenta a través de los apóstoles.

         La Eucaristía nos invita a entrar en comunión con la salvación de Cristo, invocando su Nombre, con la fe en la predicación de los apóstoles, con la Palabra y con la entrega de Cristo.

           Que así sea.

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Domingo 34º del TO B Jesucristo Rey del Universo

Domingo 34º del TO B Jesucristo Rey del Universo.

(Dn 7, 13-14; Ap 1, 5-8; Jn 18, 33-37)

Queridos hermanos :

          Celebramos hoy la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, con la que terminamos siempre el año litúrgico, recapitulando todo en Cristo, por quien y para quien todo fue hecho.

          Para conmemorar la realeza de Cristo, la Iglesia contempla en el Evangelio de Marcos a Jesús condenado a muerte; en el Evangelio de Lucas al Señor crucificado, y en el Evangelio de Mateo, a un rey que ha sufrido hambre, sed, desnudez, enfermedad y prisión.

          Entonces, ¿en qué ha consistido su reinado? En dar testimonio con su vida de la Verdad del amor de Dios, deshaciendo la mentira del diablo.

          Y ¿cómo ha dado ese testimonio? Muriendo por nosotros en la cruz para perdonar el pecado, amándonos hasta la muerte para destruir la muerte. Ese es nuestro Dios y nuestro Rey.

          Dios no ha querido permanecer alejado del pueblo que ha creado, formado y bendecido, sino que ha querido ser su sabiduría, su guía y su defensa; ha querido ser su rey. Por su parte, el pueblo en tiempos de Samuel ha querido asimilarse a los pueblos vecinos y ha pedido un rey. Dios ha dicho entonces a Samuel: «Haz caso a todo lo que el pueblo te dice. Porque no te han rechazado a ti, me han rechazado a mí, para que no reine sobre ellos». El pueblo irá comprendiendo a lo largo de su historia, los inconvenientes de seguir los impulsos libertarios, progresistas y cosmopolitas de su corazón, cambiando el yugo del Señor por el de los hombres. Sólo con David el pueblo parece haber alcanzado la grandeza humana del reino, que no deja de ser tan fugaz como la vida misma de una generación.

Siendo así el reino de los hombres, el corazón del pueblo retorna al añorado reinado teocrático alentado por los profetas, motivo central del Nuevo Testamento en boca del Precursor: “El Reino de Dios está cerca”, manifestándose de forma progresiva en el Señor: “El Reino de Dios ha llegado; está en medio, dentro de vosotros.” Buena Nueva para los pobres de espíritu, perseguidos por causa de la justicia, que claman al Señor día y noche: “Venga tu Reino y su justicia”, como prioridad absoluta de vida en el cumplimiento de la voluntad de Dios manifestada por Cristo y trasmitida por sus enviados, en medio de la persecución del reino de este mundo, instigada por el diablo, que será precipitado como un rayo, de su encumbramiento en el corazón de los hombres.

          Para hacer volver a sí el corazón de su pueblo, Dios, según la palabra dada al profeta Ezequiel, tendrá que darles en Cristo “un corazón nuevo y un espíritu nuevo.” Un nuevo nacimiento del agua y del Espíritu, que lo haga “pequeño” como un niño, para poder franquear la entrada estrecha de su Reino. La predicación de Cristo comenzará, pues, diciendo: “Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado.” Dios, en Cristo, quiere que el corazón del hombre vuelva a Él para su bien, sacándolo de la seducción del reino autónomo, emancipado y progresista, de este mundo y del yugo de su príncipe el diablo. “Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.  Pero la predicación de Cristo, como semilla sembrada en el corazón de su pueblo, no sólo no ha sido escuchada, sino que a la pregunta de Pilato «¿A vuestro rey voy a crucificar?» Replicarán los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César.» En efecto, también el enemigo ha ido sembrando su cizaña, que sólo el día de la siega será separada y quemada. La semilla divina sembrada en la humildad de nuestra carne crecerá por virtud de su potencia y se propagará por su gracia, mostrando la grandeza de su valor en quienes la posean.

          Este reino que salta con Cristo resucitado a la gloria del Padre, permanece aquí como puerta abierta, acogiendo en su seno nuevos hijos, a quienes la Iglesia, guardiana de sus llaves, abre su acceso, como administradora de la justicia y la misericordia divinas, a lo largo de toda la jornada humana, en la que muchos últimos adelantan a primeros, mientras es anunciado en el mundo entero el Evangelio, hasta ser arrebatada toda ella por el Rey en su regreso glorioso, cuando sus hijos reciban la herencia del Reino preparado para ellos desde la creación del mundo.

          Cuando Cristo fue anunciado como rey por los magos de Oriente, fue perseguido por Herodes; cuando fue aclamado rey por los niños de Jerusalén, fue reprendido por los sacerdotes, pero cuando fue presentado como rey por Pilato, fue coronado de espinas y crucificado, siendo rechazada la realeza de su testimonio de la Verdad del amor de Dios. El amor de Cristo, visible en sus obras, da testimonio de que el amor del Padre es verdad en él: “Las obras que hago dan testimonio de mi” (Jn 10, 25). Sólo su victoria sobre la muerte testificará la veracidad de su testimonio: ¡Dios es amor!, mostrando la falsedad de la insinuación del diablo (Ge 3, 4-5). Nosotros somos llamados a testificar la realeza de Cristo con nuestro amor, más que con palabras: “No amemos de palabra ni de boca sino con obras y según la verdad. En esto conocemos que somos de la verdad” (1Jn 3, 19). Los mártires han testificado a Cristo gritando: ¡Viva Cristo rey!”, pero más aún amando y perdonando a sus asesinos como Cristo mismo.

          Cristo quiere que su Reino sea acogido por la fe y no por el interés: “Sabiendo Jesús que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo.” Quiere que reconozcamos su testimonio como Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel»; quiere que entremos en su Reino, como el ladrón crucificado con él: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino»; que los hombres sean colocados a la derecha por el Rey para que escuchen la gloriosa sentencia: “Venid benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

          Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 33º del TO

Sábado 33º del TO

Lc 20, 27-40

Queridos hermanos:

          Hoy la Palabra nos invita a fijar nuestra mirada en la vida eterna de la Resurrección, de la cual tenemos por la fe, una “esperanza dichosa”, porque será una vida con Cristo, en Dios. Pero esta esperanza no todos la comparten, porque “la fe no es de todos”, como decía san Pablo. No todos comprenden las Escrituras ni el poder de Dios (cf. Mt y Mc); el Maligno se sirve de aquellos a quienes ha engañado, para atacar nuestra esperanza y tratar de destruir nuestra fe. Necesitamos ser “consolados y afirmados en toda obra y palabra buena,” en el combate contra el Maligno y en la misión del testimonio que supone la vida cristiana. Así podremos alcanzar a ser dignos de la Resurrección y de tener parte en el mundo venidero en el que no existirá la muerte, como nos ha dicho el Evangelio, sino solamente los hijos de Dios; los santos, viviendo en el servicio del Señor. Una vez recuperados nuestros miembros, viviremos en comunión con los santos, en una unión virginal con el Señor, que se nos entregará totalmente en la posesión de la visión, haciéndonos un solo espíritu con él.

          Dios creó a los ángeles, espíritus puros, pero al hombre quiso hacerlo con la capacidad de colaborar con él en la creación de otros hombres transmitiendo la imagen de Dios que había recibido, hasta que se completara el número de los hijos que Dios quiso llamar a la gloria (cf. Hb 2, 10): “Muchedumbre inmensa que nadie podía contar” (Ap 7, 9), y para eso, lo hizo fecundo, dándole un cuerpo sexuado. Cuando se complete el número de los hijos de Dios y ya no puedan morir, la humanidad dejará de procrear y seremos como ángeles en los cielos.

          Ahora, mientras perdura este “hoy”, estamos llamados a dar razón de nuestra esperanza, afianzados en la palabra buena del Evangelio y en la obra de la evangelización, por nuestro Señor Jesucristo, que nos ha amado y consolado gratuitamente. Él nos guardará del Maligno y nos sostendrá en el combate, con la tenacidad de Cristo, en su amor.

          Por la fe vivimos en la esperanza dichosa de la vida eterna, que nos ha sido prometida y está operante en nosotros, pero que recibiremos en plenitud en la Resurrección, que la Caridad visibiliza como garantía de la vida nueva recibida de Cristo por la efusión del Espíritu en nuestros corazones y la comunión con su cuerpo y su sangre en la Eucaristía. “Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, en que amamos a nuestros hermanos.”

          Que así sea.

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Domingo 33º del TO

Domingo 33º del TO B 

(Dn 12, 1-3; Hb 10, 11-14.18; Mc 13, 24-32).

Queridos hermanos:

Este penúltimo domingo, ante el final del año litúrgico y de la contemplación de Cristo Rey, alfa y omega de la historia, la liturgia dirige una mirada a la próxima venida del Señor, como juez, a quien hay que rendir cuentas, con la preparación cósmica del acontecimiento, decisivo para toda la creación.

Todas las generaciones de la Iglesia han pensado que la venida del Señor era inminente, y podemos creer que se equivocaron porque seguimos esperando, pero no es así. Es el Espíritu quien suscita en la Iglesia esta tensión, generación tras generación, para ayudarla a vivir sin poner su seguridad en este mundo que pasa y poner su confianza en el Señor. Lo importante no es que el Señor venga ahora o que tengamos que esperar todavía, sino el mantener esta tensión y esta esperanza propias del amor, que iluminen las tinieblas de este mundo.

Con el nacimiento de los cielos y tierra nuevos, la apariencia de este mundo terminará, se desvanecerán las seguridades mundanas y la angustia se apoderará de los que se apoyan en ellas. “Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los hombres más dignos de compasión!” (1Co 15, 19). En cambio, la esperanza de los creyentes se fortalecerá y se acrecentará su gozo, ante la cercanía del cumplimiento de la promesa. ¡Viene el Señor!

El plan de Dios llegará a su fin y aparecerá un pueblo santificado, que tomará posesión del Reino de Dios. La purificación final será angustiosa, pero cargada de esperanza en medio de los dolores del alumbramiento. Que se alegren los oprimidos por la injusticia, los atribulados por el dolor y todos los que aman al Señor, porque vendrá para hacer justicia y los llevará con Él para siempre; ya no habrá más luto, ni llanto, ni dolor, cuando se colmen las ansias de su corazón.

Sabemos que hay distintas venidas del Señor precedidas de una preparación, con señales anunciadoras, pero lo importante es que viene el Señor. Para el discernimiento de estas señales precursoras se necesita la vigilancia del amor, que se abre a la misión del testimonio de la misericordia, alcanzando la salvación. El fuego del Espíritu impulsa a los fieles a no permanecer inactivos aguardando la venida del Señor, impulsando en ellos el testimonio de Jesús, (Ap 12, 17) enseñando a todos la luz de la justicia, que los hará brillar como astros por toda la eternidad (Dn 12, 3).

Cada generación está llamada a enfrentar este acontecimiento en la medida que le corresponde; “Pero cuando El Hijo del hombre venga ¿encontrará la fe sobre la tierra? Velad y orad para que no caigáis en tentación.

          Cristo se entregó para vencer al diablo, que será sometido definitivamente en su advenimiento. “Cuando todos sus enemigos sean puestos bajo sus pies”, como dice la Carta a los Hebreos; entonces “sus elegidos”, los justos, serán reunidos junto a Él para siempre. Es cierto que Cristo vino a llamar a los pecadores (cf. Mt 9, 13), porque sólo los que hayan sido justificados serán “elegidos,” como dice san Pablo: “Muchos son los llamados y pocos los elegidos”. ¡No os engañéis! Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios. Y tales, fuisteis algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios (1Co 6, 9-11); a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó” (Rm 8, 30).

          Este es un tiempo de espera para la conversión de los pecadores, y tiempo de oración para “sus elegidos, que están clamando a él día y noche” como en la parábola de la viuda importuna (Lc 18, 1-8). Tiempo de misericordia y de paciencia de Dios, “año de gracia del Señor” que quiere que todos los hombres se salven, tiempo de paciencia, en la esperanza de la promesa, para los justos, a los que se “hará justicia pronto”, cuando venga el Señor. Tengamos presente que tan grande como la misericordia del Señor es su justicia, que habrá un juicio sin misericordia, según las palabras de Santiago, para quien, no habiendo acogido el don gratuito de la misericordia, no practicó la misericordia.

          Este final es, en realidad, el comienzo de la vida dichosa, ante la cual todo es preparatorio e insignificante, porque pasará la figura de este mundo. 

          Que la Eucaristía que ahora nos congrega en torno a la entrega de Cristo, nos una y nos disponga para acogerlo en el don total de su Parusía.

 

          Proclamemos juntos nuestra fe.

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Jueves 32º del TO

Jueves 32º del TO

Lc 17, 20-25

Queridos hermanos:

          Todos en el “mundo” viven para sí en su propia precariedad existencial, que les urge a llenar su vacío personal en un constante comercio por la propia subsistencia, no sólo física, sino sobre todo espiritual, en busca del sentido que les permita ser en sí mismos y para los demás. Afecto, prestigio y autoestima, se parapetan en el dinero como divisa de cambio en el mercado de las relaciones interpersonales que gobiernan la tierra, mientras el cielo permanece inaccesible al hombre separado del amor, que es Dios, como consecuencia del pecado.

        Dios, en su autosuficiencia amorosa, rompe el solipsismo de su propia Bienaventuranza, para incorporar a quienes ha llamado al ser, predestinándolos a la comunión con él, en la que solamente pueden ser saciados. Esta realidad, posible solo en Cristo, es lo que el Evangelio denomina el Reino de Dios. Se trata de una vida nueva injertada en el corazón humano por la fe en Jesucristo, a la que el Señor llama primeramente a su pueblo, en función de la humanidad entera.

          El Reino de los cielos llega como el Día del Señor, sin dejarse sentir; siendo perceptible solamente a quien tiene un corazón bien dispuesto. Su presencia es inapreciable hasta que alcanza su desarrollo y su plenitud. Cada día tiene la gracia necesaria para descubrirlo. Llega en el secreto del corazón que lo acoge por la fe, como experiencia de la presencia de Dios y de su salvación en el “Hijo del hombre.” Sólo en Cristo podemos encontrar y acoger el reino mediante la predicación de su gloria y de su cruz.

          El reino será perseguido en sus discípulos, como lo ha sido en Cristo mismo, hasta que llegue el “Día del Hijo del hombre.” Entonces se manifestará el Señor, poniendo al descubierto a los falsos profetas. La venida de Cristo será evidente a todos. El reino que hoy aparece velado en la cruz de Cristo resplandecerá aquel día en la gloria de su manifestación.

          Dios desea abrirnos la puerta del reino, pero la llave está en el corazón libre de cada uno. Es ahora cuando irrumpe calladamente, sin dejarse sentir, sin imponerse, cuando se escucha su anuncio, en medio de la precariedad.  

          Nosotros, alcanzados por el Señor, somos enviados a la regeneración del mundo entero en Cristo Jesús, en quien hemos sido amados por el Padre y en quien estamos siendo salvados por su misericordia.

          Que nuestro público amén en la Eucaristía, manifieste nuestra adhesión al Señor realizada en lo secreto del corazón.

          ¡Ven Señor!

          Que así sea.

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Domingo 32º del TO B

Domingo 32º del TO B 

(1R 17, 10-16; Hb 9, 24-28; Mc 12, 38-44)

 Queridos hermanos:

           Como en el pasaje de la samaritana, Cristo se sienta hoy frente al tesoro a esperar a una mujer y complacerse en su entrega. La viuda en la Escritura es siempre figura de la precariedad existencial, junto al huérfano y al extranjero, de forma que Dios mismo se constituye en su valedor, instando la piedad de los fieles en su protección. En consecuencia, la viuda piadosa es siempre modelo para los fieles, de la confianza y del abandono en Dios, propios de la fe: “La que de verdad es viuda, tiene puesta su esperanza en el Señor y persevera en sus plegarias y oraciones noche y día (1Tm 5,5); la acompaña el testimonio de sus bellas obras: haber educado bien a los hijos, practicado la hospitalidad, lavado los pies de los santos, socorrido a los atribulados, y haberse ejercitado en toda clase de buenas obras” (1Tm 5, 10).

A la consideración y adquisición de esas cualidades quiere el Señor llevar a sus discípulos y a nosotros hoy con su palabra, presentándonos a estas viudas.

          Pecar contra las viudas que se acogen al Señor, abusando de su humana desprotección como hacen los escribas del Evangelio, supone enfrentarse directamente al juicio del Señor, su defensor y consolador de su llanto: el hizo justicia a Tamar, resucitó al hijo de la viuda de Sarepta por medio de Elías, socorrió a la viuda del siervo del profeta por medio de Eliseo (2R 4); socorre a la viuda importuna del Evangelio; y devuelve su hijo a la viuda de Naín.

          Para la edificación de su pueblo, Dios suscita carismas que lo enriquecen y lo perfeccionan. Así, la virginidad hace presente a la comunidad, que sólo Dios basta. Claro está, que no todo el que permanece célibe puede ser considerado poseedor del carisma de la virginidad. También las viudas son un carisma que hacen presente a la comunidad la total dedicación y el abandono en Dios, en quien se pone toda la confianza, esperando sólo en su providencia el remedio de todas las necesidades. Tampoco en este sentido se puede atribuir el carisma de viuda a toda mujer que ha perdido a su marido.

          Si cabeza de la mujer es su esposo, como dice san Pablo; la Iglesia tiene a Cristo, su cabeza, en el cielo, por lo que podemos atribuirle justamente la condición de viuda, como también a cada alma fiel, que debe vivir como la Iglesia, abandonada en su Señor confiando plenamente en él. El peligro está en sustituir en el corazón al Esposo por el marido (baal), como la samaritana del Evangelio; sustituir la precariedad en el Señor, por la seguridad del ídolo, que da el dinero.

          La viuda pobre del Evangelio opta por el Señor, que ve lo escondido de su corazón y lo precario de su situación; ella entrega su vida, mientras otros lo accesorio; ella se entrega entera mientras otros quedan al margen de su dádiva; ella da cuanto necesita mientras otros parte de sus sobras; si Dios provee para ella todavía un tiempo de subsistencia, continuará en esta vida y si no, continuará a vivir eternamente en el Señor en quien puso su confianza. Es mejor la precariedad confiando en Dios, que la pretendida seguridad de la abundancia. La confianza en Dios, en efecto, hace inagotables nuestras miserables “orzas” y “tinajas”, como en el caso de la viuda de Sarepta.

          Sólo en Dios está la vida perdurable y de él depende cada instante de nuestra existencia. Como dice el Señor en el Evangelio: “Aún en la abundancia, la vida no está asegurada por los bienes.” Sabiduría es saber vivir pendientes de su voluntad y abandonados a su providencia. Necedad, en cambio, es hacer de los bienes la seguridad de nuestra vida. Lo entregado a Dios permanece para siempre, mientras lo reservado para uno mismo, se corrompe. Lo que valoriza el don, es la parte de la persona involucrada. No tanto lo que uno da, cuanto lo que uno se da.

           El don total de Cristo, que nos presenta la Carta a los Hebreos, se nos ofrece en la Eucaristía, buscando en nosotros la correspondencia de nuestra caridad.

          Proclamemos juntos nuestra fe.

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