La Asunción de la Virgen María en Éfeso

La Asunción de la Virgen María en Éfeso

Hace ya más de un siglo, el Señor quiso confiar a la beata Ana Catalina Emmerick una serie de revelaciones profundas y conmovedoras sobre la vida de Jesucristo y de su Santísima Madre. En sus visiones, la beata contempló con claridad el lugar donde María pasó los últimos años de su vida terrenal: una humilde casa en Éfeso, rodeada de naturaleza y silencio. Al principio, nadie creyó en aquella revelación. Pero con el paso del tiempo, arqueólogos decidieron investigar... y encontraron, en efecto, las ruinas de aquella casa, con signos que hablaban por sí solos.

Después de la Ascensión de Jesús, María vivió un tiempo en Jerusalén. Cada día recorría el camino del Calvario, reviviendo en oración los pasos de la Pasión de su Hijo. Era su forma de acompañarlo aún desde la tierra, de abrazar con amor el misterio de la redención. Pero tras la muerte de Esteban y la dispersión de los cristianos, san Juan —a quien Jesús había confiado el cuidado de su Madre— la llevó consigo a Éfeso, a una casa que poseía en una colina conocida como la de los Ruiseñores.

Allí, en ese rincón de paz, María vivió sus últimos nueve años. Subía cada día hasta la cima de la colina, marcando con piedras las estaciones del Vía Crucis, como si quisiera dejar grabado en la tierra el camino del amor que su Hijo había recorrido. Vivía con una dulce nostalgia del cielo, deseando reunirse con Él, pero aceptando con ternura la voluntad del Padre. En esos años, su misión era sostener a los apóstoles, animarlos, consolarlos. San Juan la visitaba con frecuencia, y también los demás discípulos, que le contaban sus luchas y esperanzas. Ella los escuchaba con corazón de madre, y les regalaba palabras que sanaban el alma.

San Juan Damasceno, en una narración del siglo VII, recoge con emoción estos momentos. Y ante esta tradición, muchos se preguntan: ¿por qué entonces está en Jerusalén la Basílica de la Dormición? ¿Dónde se durmió realmente en el Señor la Virgen María?

La historia cuenta que, durante aquellos años en Éfeso, María sentía una profunda añoranza por Jerusalén. Quiso volver, y allí enfermó gravemente. Los cristianos, viendo que su partida se acercaba, prepararon un sepulcro, el mismo que hoy se venera en la Basílica de la Dormición. Pero, contra todo pronóstico, María recobró las fuerzas y regresó a Éfeso, donde finalmente el Señor la llamó a su encuentro eterno.

Cuando llegó ese momento, los apóstoles se reunieron y la sepultaron en lo alto de la colina de los Ruiseñores. San Juan Damasceno describe aquel funeral con palabras que acarician el alma:

“No hubo cristiano que no viniera a llorar junto a su cadáver, como si de la muerte de su propia madre se tratara. Su entierro parecía más una procesión pascual que un funeral. Todos cantaban el Aleluya con la más firme esperanza de que ahora tenían una poderosísima Protectora en el cielo. En el aire se percibía el olor de suavísimos aromas, y a cada uno le parecía escuchar música armoniosa.”

Pero el apóstol Tomás no había llegado a tiempo. Al enterarse, pidió a Pedro que lo llevara al sepulcro para dar un último beso a aquellas manos que tantas veces lo habían bendecido. Pedro accedió, y todos caminaron juntos hacia el lugar. Al acercarse, volvieron a sentir aquel perfume

Abrieron el sepulcro... y lo que encontraron fue un lecho de flores hermosas. El cuerpo de María ya no estaba. Jesucristo había venido, había resucitado a su Madre Santísima y la había llevado consigo al cielo.

Eso es lo que llamamos la Asunción de la Virgen.

Y uno se pregunta, con el corazón en la mano: ¿quién de nosotros, si tuviera el poder del Hijo de Dios, no habría hecho lo mismo con su propia madre?

 

Esta entrañable narración se inspira en las visiones de la beata Ana Catalina Emmerick, recogidas en el libro La casa di María de Donald Carroll (Editrice Paoline, 2008).

 

 

Asunción de la B. Virgen María

La Asunción de la B. Virgen María

Vigilia: Cro 15, 3-4.15-16.; 16, 1-2; 1Co 15, 54-57; Lc 11, 27-28.

Misa del día: Ap 11, 19-12, 10; 1Co 15, 20-26; Lc 1, 39-56.

María, Asunta al Cielo: Signo de Esperanza y de Victoria

Queridos hermanos:

Hoy contemplamos con asombro y con gozo la gloriosa Asunción de la Santísima Virgen María. Ella, la llena de gracia, ha sido elevada al cielo en cuerpo y alma. Esta es la verdad luminosa que la Iglesia proclama con júbilo cada 15 de agosto: María no conoció la corrupción del sepulcro, porque tampoco fue tocada por la mancha del pecado original. Su cuerpo, templo del Espíritu Santo, fue preservado de la descomposición, y su alma, pura desde el principio, fue abrazada por la gloria eterna.

Desde el siglo VI, en Palestina, se celebra esta fiesta como memoria de la Dormición de la Virgen. En Jerusalén, junto al Huerto de los Olivos, se veneraba un sepulcro del que —según la tradición— María fue llevada al cielo. Hoy, gracias a las visiones de la beata Ana Catalina Emmerick, también resplandece la tradición de su Dormición en Éfeso, donde se dice que la Madre del Señor cerró sus ojos a este mundo para abrirlos a la eternidad.

San Juan Damasceno, con lenguaje poético y teológico, nos dice:

“La comunidad de los apóstoles, transportándote sobre sus espaldas a ti, que eres el Arca verdadera del Señor, como en otro tiempo los sacerdotes transportaban el arca simbólica, te depositaron en la tumba, a través de la cual, como a través del Jordán, te condujeron a la verdadera Tierra Prometida, a la Jerusalén de arriba, madre de todos los creyentes, cuyo arquitecto es Dios.”

¡Qué imagen tan poderosa! María, como la reina Ester, entra en el palacio del Rey, no para descansar, sino para interceder. No se olvida de su pueblo, no abandona a sus hijos. El papa San Juan Pablo II nos recuerda que “la mediación de María tiene el carácter de intercesión” (Redemptoris Mater, 21). Ella es signo de esperanza, como lo fue Ester, que salvó a Israel confiando en Dios.

María es la primera entre los redimidos. En ella, el poder de Dios ha obrado maravillas. Su Inmaculada Concepción no la apartó de la humanidad, y su Asunción no la aleja de la Comunión de los Santos. Al contrario, la sitúa en el corazón de la Iglesia celestial. Revestida del Sol, coronada de estrellas, María nos muestra la victoria de Dios sobre el pecado y la muerte. Ella es la primera glorificada, la primera testigo viviente de la resurrección.

En su persona, María proclama que el Reino de Dios ya ha comenzado. Su Asunción es anticipo de lo que esperamos: la resurrección de la carne y la vida eterna. Como dice el símbolo apostólico, lo que confesamos para nosotros, lo vemos cumplido en ella.

La Iglesia enseña:

“La Madre de Jesús, ya glorificada en los cielos en cuerpo y alma, es imagen y principio de la Iglesia triunfante, que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura.”

“Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de la vida terrena, en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (Ap 19,16) y vencedor del pecado y de la muerte” (Lumen Gentium, 59).

Contemplando a María, la Iglesia camina hacia la Parusía, hacia la gloria que nos ha sido prometida. Ella nos precede como Madre, como Esposa, como modelo de fe. Y mientras peregrinamos por este mundo, María nos acompaña con corazón materno. Como proclama el prefacio III del Misal:

“Desde su Asunción a los cielos, María acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina y protege sus pasos hacia la patria celeste, hasta la venida del Señor.”

Hermanos, miremos a María. En ella vemos nuestro destino. En ella se anticipa nuestra victoria. Que su presencia gloriosa nos anime a vivir con fe, a caminar con esperanza, y a amar con corazón puro. Que su intercesión nos sostenga hasta que, como ella, podamos contemplar el rostro del Padre en la gloria eterna.

Amén.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Lunes 19º del TO

Lunes 19º del TO

Mt 17, 21-26

El Discernimiento en el Espíritu: Camino de Amor y Revelación

Queridos hermanos, las Santas Escrituras, como testimonio vivo de la Revelación del amor de Dios y de la Historia de la Salvación, no pueden ser comprendidas plenamente sin la acción del Espíritu Santo. Él es quien las unifica en el corazón del creyente, quien provee los criterios para discernir los acontecimientos del pasado, del presente y del futuro. Porque el discernimiento, ese don precioso que brota del amor que está en la raíz de todo, sólo el Espíritu lo derrama en el corazón abierto, en el alma que se deja tocar por la gracia.

Cuando el Mesías venga sobre las nubes del cielo, glorioso y restaurador de la soberanía de su pueblo, como esperaba Israel y también los discípulos, esa manifestación gloriosa habrá sido precedida por el “año de gracia del Señor”. Pero Israel no supo discernir este tiempo de misericordia, no supo separar la gloria de la encarnación humilde del Siervo de Yahvé, anunciado por Isaías. Ese Siervo, rechazado por muchos, fue descrito con profundidad por el libro de la Sabiduría, que interpreta su sufrimiento como signo de redención.

En el Evangelio, vemos a Cristo instruyendo a sus discípulos en este discernimiento, que no es fruto del intelecto, sino de la maduración en el amor. Y hoy, también a nosotros, el Señor nos abre las Escrituras a través de su Palabra viva, haciéndonos crecer en el conocimiento que nace de la experiencia de su amor.

La falta de discernimiento del pueblo sobre este aspecto fundamental de la misión del Mesías, Jesús la atribuye a la ignorancia del corazón. “Misericordia quiero, no sacrificios”, dice el Señor. Es una falta de sintonía con el corazón de las Escrituras, que es el amor. Y ese amor, Cristo lo encarnó hasta el extremo, haciéndose el último, sirviendo a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas, abrazando la cruz y, en ella, a toda la humanidad.

Así como Cristo, siendo justo, se entrega por los pecadores; como paga el impuesto por consideración a los débiles, siendo Hijo y Rey de reyes; así también Pablo, por caridad con los débiles, se priva de lo que su libertad en Cristo le permitía experimentar. Porque el amor no busca lo suyo, sino que se dona por entero.

Y en contraste, vemos cómo los escritos de Nietzsche combaten ferozmente el cristianismo, acusándolo de haber introducido en el mundo el “cáncer” de la humildad y de la renuncia. En su obra Así hablaba Zaratustra, opone a estos valores la “voluntad de poder”, encarnada por el superhombre, el hombre de la “gran salud”, que quiere alzarse, no abajarse. Pero nosotros sabemos que el camino del Evangelio es otro: es el camino del amor que se entrega, del poder que se hace servicio, de la gloria que nace de la cruz.

Hoy más que nunca necesitamos que esta Palabra nos amoneste. No para aceptarla sólo con la mente, sino para hacerla viva y operante en nuestra vida. El discernimiento será completado por la obra del Espíritu, pero la fe debe vivirse cada día en libertad, para que se transforme en amor al servicio de los hermanos.

Que así sea.                                                                                                                                    www.jesusbayarri.com

Domingo 19º del TO C

Domingo 19º del TO C

Sb 18, 6-9; Hb 11, 1-2.8-19; Lc 12, 32-48

El Señor viene, y su Reino se acerca

Queridos hermanos:

La Palabra nos invita hoy a vivir esta vida como lo que verdaderamente es: un tiempo de expectación, un tiempo de espera ardiente ante la inminencia del paso del Señor. Él viene, y al venir, nos arrastrará consigo hacia la plenitud de su Reino, donde las figuras desaparecerán y la realidad definitiva se manifestará. Entonces, el Señor será todo en todos.

La primera lectura nos presenta al pueblo de Israel en la espera confiada del cumplimiento de la promesa de liberación. Dios vencería a sus enemigos, rompiendo el poder de la tiranía egipcia—algo humanamente impensable—. Así también nos parece a nosotros, hoy, la gracia de la bienaventuranza celeste: tan sublime que ni siquiera somos capaces de imaginarla. Pero ese destino glorioso los unía, estrechando sus lazos tanto en el sufrimiento como en el gozo compartido.

La Carta a los Hebreos, en la segunda lectura, nos habla de la fe de nuestros antepasados. Fue esa fe la que los sostuvo en la esperanza de una promesa que se iba cumpliendo cada vez más plenamente, de fe en fe, abriendo el corazón y ensanchando su capacidad de recibir “lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre, y que Dios ha preparado para los que le aman”.

Y a nosotros, que hemos recibido la revelación del misterio escondido, manifestado en Jesucristo, se nos confía una misión: vivir vigilantes en estos tiempos que son los últimos. Nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu y de la vida nueva, estamos llamados a desprender nuestro corazón de este mundo y de sus vanidades. Que por la limosna, por el amor concreto al prójimo, nos vayamos enriqueciendo para la vida eterna.

El Señor viene para sellar su alianza de amor. Viene de la boda, para introducirnos en su gran mansión, donde hay un administrador fiel y una servidumbre numerosa. Nuestra esperanza no se apoya en exigencias vacías, ni en leyes frías, sino en una promesa viva, ardiente, que nos transforma desde dentro. Que nuestra alma y nuestro cuerpo no se contaminen en la impiedad, ni se aten por la torpeza de los vicios.

Entonces, vendrá el Señor para la consumación de las bodas, y se hará acompañar al Reino de la luz por cuantos tengan luz. Le seguirán ligeros de equipaje, al banquete de vida eterna preparado para los que tienen vida eterna, por haber comido su carne y bebido su sangre. Allí poseerán, de forma segura, su tesoro inagotable, amasado por la caridad de su limosna, servidos por el amor inmutable y eterno de su Señor, y acompañados por los ángeles y los santos.

Hoy, su Reino se acerca a nosotros. Nos llama, aviva nuestra esperanza, y nos impulsa a caminar atentos a su voz. Nos envía a reunir a quienes la desconocen o la han olvidado; a levantar a los heridos que permanecen junto al camino, necesitados de nuestra asistencia.

¡El Señor viene! Que nos encuentre vigilantes, con lámparas encendidas y corazones abiertos.

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Santa Teresa Benedicta de la Cruz

Santa Teresa Benedicta de la Cruz

Os 2, 16-17.21-22; Mt 25, 1-13


Vigila el que espera. Espera el que ama.

 

Queridos hermanos:

 

Hoy, la Palabra nos llama con fuerza a la vigilancia. Nos invita a estar en vela, no por temor, sino por amor, porque el Señor está cerca. Su llegada es tan imprevisible como segura. Vendrá, y no tardará. ¿Estamos preparados para recibirlo?

La parábola de las vírgenes nos enseña que no basta con permanecer despiertos físicamente, pues todas se durmieron. Lo esencial es tener un corazón que vela, como el de la esposa del Cantar de los Cantares: “Dormía, pero mi corazón velaba; escuché la voz de mi amado que llamaba”. Es el amor el que mantiene despierto el corazón. Es el amor el que sostiene la esperanza cuando todo parece perdido. Es el amor el que convierte la espera en vigilancia y la promesa en certeza.

Dichosos los que esperan con amor, porque se acerca la unión definitiva con el Señor. Él transfigurará nuestros cuerpos frágiles, nos unirá a Él, y estaremos siempre con Él. Esta es nuestra esperanza, esta es nuestra gloria.

El objeto de nuestra vigilancia está personificado en la Sabiduría, que san Pablo identifica con Cristo, constituido “sabiduría de Dios” para nosotros. Pero aunque el corazón esté dispuesto, la carne es débil. Se deja seducir por lo inmediato, rehúye el sufrimiento, y por eso necesitamos el discernimiento que solo la Sabiduría puede dar al que ama.

La vigilancia, entonces, no es pasiva. Es una tensión viva entre carne y espíritu, entre lo inmediato y lo eterno, entre el amor y el olvido. Solo el amor previsor puede gobernar esta lucha. Solo él ilumina el corazón, aviva la esperanza y se sostiene en la sobriedad.

Como proclamamos en el Adviento: vigila el que espera, y espera el que ama. El amor es la carta de ciudadanía que abre las puertas del Reino. Es el único conocimiento del Señor que nos permite ser reconocidos por Él. Hemos recibido una invitación a las bodas, y de cómo la valoremos dependerá nuestra disposición para acogerla, desearla y defenderla con nuestra vida.

Hoy celebramos esa alianza de amor que significan las bodas.

Esta celebración se vive profundamente en la Eucaristía, donde el Esposo, la Esposa y los invitados se encuentran en la expectativa del banquete. En medio de la alegría, la amistad y el amor, surge espontáneamente la tensión gozosa de la vigilancia.

Por eso, con el corazón encendido, clamamos: ¡Ven, Señor Jesús! Que pase este mundo y que venga tu Reino. ¡Anatema sea quien no ama a Cristo!

Que así sea.

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Jueves 18º del TO

Jueves 18º del TO

Mt 16, 13-23

La Revelación del Cristo y el Nacimiento de la Iglesia

Hermanos, Dios se hace presente en nuestro mundo. No como un espectador distante, sino en la persona de Cristo, para liberarlo de la esclavitud del maligno y sellar con la humanidad una alianza nueva y eterna. Pero antes de manifestarse como Rey glorioso, se presenta a sus discípulos como el Siervo sufriente, aquel que debe entrar en la muerte y resucitar. ¡Qué difícil era para la mentalidad carnal de aquel tiempo comprender este misterio!

Solo con la venida del Espíritu Santo se iluminarán los corazones. Entonces, la cruz dejará de ser escándalo y se revelará como misterio de salvación, envuelto en el sufrimiento redentor y la misericordia divina. Jesús pregunta: “¿Quién decís vosotros que soy yo?” Y es el Espíritu de Dios quien responde por boca de Pedro: “Tú eres el Cristo.” Mateo añade: “El Hijo de Dios vivo.”

Es entonces cuando Jesús, tras anunciar su pasión, muerte y resurrección, nos llama: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.” Esta es la senda del discípulo, el camino del amor que se entrega.

El Padre revela, a través de Pedro, la fe que sostendrá a la Iglesia y a Cristo en su misión de Siervo, en cuya entrega se complace el Padre. “Era necesario que el Cristo padeciera.” El Hijo del Hombre “debe sufrir mucho.” Pedro, elegido por gracia divina, es investido por Cristo con las prerrogativas del Mayordomo de la Casa de Dios. Las llaves que recibe evocan a Eliaquín en el palacio de David (Is 22, 20-22), al sumo sacerdote Simón hijo de Onías (Eclo 50,1), y a Caifás, quien pronunciaba el nombre de Dios en el Yom Kippur.

Pedro proclama: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.” Esta confesión, inspirada por el Espíritu, revela la filiación divina de Cristo y se convierte en el fundamento de la nueva fe, sobre la cual se edificará la Iglesia, comunidad mesiánica y escatológica que comienza a existir.

Por eso, “Cefas” sustituye a “Caifás.” La función del antiguo sacerdocio queda obsoleta, como el culto del templo de Jerusalén, una vez que la Presencia de Dios lo abandona al rasgarse el velo de arriba abajo. Desde aquel año en que el hilo rojo de las puertas del templo no se volvió blanco, se inicia un nuevo sacerdocio. Y no en el templo, ni en Jerusalén, sino en Cesarea de Filipo, lugar profano y ajeno a la casta levítica.

La “unción” realizada por Cristo viene de lo alto, mediante la revelación hecha a Pedro: “Jesús de Nazaret es el Cristo, el Hijo del Dios vivo.” Pedro, por inspiración divina, recibe el primado en la proclamación de la fe. Sobre esta roca se edificará la Iglesia. Más tarde, al profesar tres veces su amor a Cristo (Jn 21, 15-19), recibirá también el primado en el gobierno de la Iglesia.

Dios desvela a los discípulos la persona del Cristo, que viene a salvar lavando los pecados. Zacarías lo anuncia como fuente que brota de la casa de David, en medio de un sufrimiento profundo. El “hijo único” será traspasado, y de su costado abierto manarán agua y sangre. Se derramará “un espíritu de gracia y de clemencia,” que la Iglesia reconoce como anuncio del Bautismo que nos salva y nos purifica.

La dialéctica entre muerte y vida, introducida por el pecado, alcanza su redención en Cristo. Dios mismo asume nuestra historia en su Hijo, para darnos vida eterna. La cruz de Jesús aniquila la muerte y recrea la historia por la misericordia divina.

Esta fuente abierta está en la Iglesia. Sus aguas saludables brotan sin cesar del seno bautismal, como del corazón de Cristo crucificado, para comunicar vida eterna a todos los que se incorporan a Él mediante la fe revelada a Pedro, fe que obra por la caridad, como nos recuerda Santiago.

           Que así sea.

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Domingo 18º del TO C

 

Domingo 18º del TO C 

Qo 1,2; 2, 21-23; Col 3, 1-5.9-11; Lc 12, 13-21

Enriquecerse en Orden a Dios

Queridos hermanos, hoy se nos invita a mirar con profundidad el misterio del corazón humano y su relación con los bienes de este mundo. La experiencia de la muerte, que todos vivimos como consecuencia del pecado, nos revela cuán frágil es la vida terrenal. Esa fragilidad, esa incertidumbre del mañana, nos empuja a buscar seguridad... y tantas veces creemos encontrarla en el dinero, en los bienes, en lo que se puede guardar y atesorar. Pero ¡cuidado! Porque el Evangelio nos confronta con claridad y sin rodeos: ¡Necio el que busca seguridad donde no hay vida!

¿Dónde está el verdadero problema?

No en las cosas, que han sido creadas por Dios como buenas. No en la abundancia o en la escasez. El problema está en el corazón que endiosa lo que es pasajero. En el corazón que pide vida eterna a lo que no puede ofrecer más que polvo. Y cuando esto ocurre, el hombre se esclaviza... se ata a lo temporal... y se pierde en lo vano. 

La Palabra nos revela el secreto del corazón humano

 Aquel corazón que atesora involucra su entendimiento y voluntad. Es un abismo que sólo Dios puede colmar. “Sea el Señor tu delicia, y Él te concederá los deseos de tu corazón” (Sal 37,4). Todo lo demás es precario, todo lo demás se corrompe. Sólo Dios es plenitud eterna. Por eso, afanarse por los bienes como si fuesen el fin último de la vida es—como dice la Escritura—una necedad vana para los llamados a la ciudadanía del cielo.

¿Amas o codicias?

No es lo mismo codiciar que atesorar. El Reino de los cielos es un tesoro escondido; quien lo busca y lo guarda lo hace por amor. Pero el que codicia pone su amor en lo creado y no en el Creador. San Agustín lo enseñaba con sabiduría: “No hay nadie que no ame... pero el problema está en el objeto de ese amor.”

La caridad, remedio del corazón

El amor al dinero se transforma en amor a Dios y al prójimo por medio de la caridad y la limosna. “Dad en limosna lo que tenéis en el corazón, y todo será puro para vosotros.” San Basilio lo señala con fuerza: lo que perdió al rico de la parábola fue su falta de generosidad. Enriquecerse en orden a Dios es empobrecerse frente a los ídolos. Y el dinero, ese gran ídolo de nuestro tiempo, sólo se purifica cuando se entrega, cuando se transforma en cruz, cuando se vuelve limosna.

El joven rico, imagen del corazón aferrado

Dios le dio la oportunidad de trasladar sus riquezas a las moradas eternas. Pero no pudo. No supo despegarse de ellas. Y a cambio recibió tristeza. Porque los dones de Dios, si se poseen con corazón idólatra, se convierten en trampas. La verdadera sabiduría está en poner nuestra esperanza en el Señor y hacer de la caridad nuestro anhelo. ¡Sólo en Él hay seguridad verdadera!

Cristo, plenitud de vida

“Dichoso el hombre cuyo Dios es el Señor.” Cristo ha venido para sanar el corazón, arrancar de él el pecado y que su Espíritu viva en nosotros. Ha venido para saciar nuestra sed de eternidad y romper nuestras cadenas con la codicia.

San Pablo nos llama a mirar hacia arriba

Busquemos los bienes celestiales, donde está Cristo, y demos muerte a la codicia, que no es otra cosa que idolatría.

La Eucaristía, misterio de comunión

Al participar del Pan vivo, decimos “Amén” a la entrega de Cristo. Amén a la vida eterna. Amén al amor que se da por completo. Porque en Él, y sólo en Él, nuestra vida se enriquece hasta hacerse eterna. 

Proclamemos juntos nuestra fe.

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