Domingo 4º de Pascua C

 Domingo 4º de Pascua C (El Buen Pastor)

Hch 13, 14.43-52; Ap 7, 9.14-17; Jn 10, 27-30

Queridos hermanos:

Con esta imagen del Buen Pastor y su rebaño, la Palabra nos presenta el sentido de la vida como una peregrinación a la casa del Padre, en el seguimiento de Cristo, a la escucha de la voz del Amado, que nos guía y nos nutre en el camino hacia la meta que nos muestra el Apocalipsis en la segunda lectura: una muchedumbre inmensa en la presencia amorosa de Dios y del Cordero. Nos revela las relaciones de su amor solícito por nosotros (conocimiento), para apacentarnos y cuidarnos hasta la entrega total de su vida, frente a las asechanzas del enemigo envidioso y el egoísmo del asalariado, a quien mueve sólo el propio interés y no el de las ovejas.

Para el mundo, todo esto son historias, pamplinas, paparruchas y zarandajas: Dios, el diablo, el pecado y también el cielo. Cada uno va a lo suyo, y el que más pueda, mejor para él. ¿Por qué nosotros, en cambio, creemos todo eso? Porque, a través de la predicación, el Espíritu Santo ha testificado a nuestro espíritu que el Evangelio es la Verdad.

La vida cristiana es comunión de amor fundada en la relación entre el Padre y el Hijo; requiere de la vigilante escucha del Pastor frente al acecho del depredador, y es urgida por el amor hacia el culmen de la unidad. Cristo, con su gracia, no sólo nos da su propia vida, sino que nos une a su Padre mediante la filiación adoptiva que nos hace hermanos suyos. El Pastor que fue herido está de nuevo al frente de su rebaño; va delante de nosotros abriendo camino y nos sale al encuentro en el testimonio de la fe: ¡La muerte ha sido vencida y el pecado ha sido perdonado!

El Señor se compara a sí mismo con el Pastor que ama a sus ovejas, las conoce una a una por su nombre y las cuida, alimentándolas y haciéndolas descansar a su sombra en un lugar seguro, protegiéndolas del ataque de los enemigos y defendiéndolas aun a costa de su vida. Las ovejas, por su parte, escuchan a su Pastor, a quien aman, permaneciendo unidas para no ser dispersadas ni dañadas por el devastador mientras dura la “gran tribulación”.

Cristo nos presenta al Padre como protagonista de su condición de Pastor porque es uno con él; de él procede todo y a él todo se ordena: “Mis ovejas escuchan mi voz”, dice Cristo, Palabra del Padre, que lo hace presente en el pueblo de Israel y, con el ministerio de su predicación, va separando ovejas de cabritos, peces buenos de malos, y va podando y cortando los sarmientos de la vid. En la primera lectura vemos que también los apóstoles siguen reuniendo a las ovejas que escuchan la voz de Cristo, también entre los gentiles.

“Yo las conozco y ellas me siguen”. A través de su Palabra, Cristo va pastoreándolas en su amor, y ellas, dejando a sus ídolos, lo siguen en su camino hacia la vida eterna, pasando como él por el valle del llanto, de la cruz, y bebiendo con él del torrente, para levantar con él la cabeza en su resurrección.

“Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás”. Escuchando la voz de Cristo por la fe, sus ovejas reciben el Espíritu Santo, que derrama en sus corazones el amor de Dios. La vida divina, por la que el Padre y el Hijo son uno en una comunión perfecta de amor; comunión a la que son incorporadas sus ovejas, quedando así preservadas de la malignidad de la muerte.

“Y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Y el Padre ha puesto todo en mis manos, ya que: Yo y el Padre somos uno”.

             Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 3º de Pascua

Sábado 3º de Pascua

Hch 9, 31-42; Jn 6, 61-70

Queridos hermanos:

Hemos contemplado en estos días el discurso del “Pan de Vida”, y hoy el Evangelio, antes de darnos la respuesta de la fe a esta palabra por boca de los apóstoles, nos muestra la resonancia de este discurso en sus oyentes, entre los que también estamos nosotros: “Los judíos murmuraban de él” y “muchos de sus discípulos decían: Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?”. No ha sido un discurso bien acogido.

El Señor está formando a sus discípulos para consolidarlos en la fe, pues sabe que se acerca el escándalo de la cruz. Él conoce lo que hay en el corazón de cada uno y, por eso, los va preparando para que se conozcan a sí mismos y afloren sus intenciones más profundas: “Yo te llevé al desierto para que conocieras lo que había en tu corazón; si ibas o no a guardar mis preceptos” (cf. Dt 8, 2). Se lo dice abiertamente: «¿No os he elegido yo a vosotros, los Doce? Y uno de vosotros es un diablo» (Jn 6, 70). Por eso, más adelante les dirá: “Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas”.

La fe debe ser probada. Jesús deja que muchos discípulos se vayan y hasta pregunta a los doce: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Si su fe no ha madurado, si el Padre no les testifica en su corazón mediante su Espíritu, de forma que puedan trascender su razón y captar el espíritu de sus palabras, ¿qué ocurrirá cuando llegue la cruz? ¿Cómo pudo Abrahán superar el escándalo de aquellas palabras?: «Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac; vete al país de Moria y ofrécelo allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga» (Gn 22, 2).

“Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida”. La fe de los discípulos debe ser probada, como lo fue la de Abrahán y la de Israel en el desierto. Lo hemos escuchado de la boca de Jesús en el Evangelio: «Hay entre vosotros algunos que no creen».

La fe debe ser capaz de superar las pruebas de Cristo y las que nos propone cada día la vida, para no sucumbir en el momento de la tentación y que no se desvirtúe el testimonio al que estamos llamados. Sólo la fe es capaz de trascender la carne, los límites de la razón y pasar al espíritu que da vida. ¿Qué sucederá si no, cuando aparezca la cruz? ¿En qué podrá apoyarse la razón? Dice Jesús: “¿Esto os escandaliza? ¿Y cuándo veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?”.

Por la fe, la razón se apoya en la palabra de Cristo: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna», hasta que alcancemos la respuesta final: la confesión de fe que dan los apóstoles en el Evangelio: “Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”. San Agustín, comentando esta palabra, afirma que, efectivamente, primero se cree y después se conoce. La fe da una certeza de conocimiento que la razón, limitada como es, no puede alcanzar por sí sola, aunque la fe no medra en las cenizas de la razón, como dice V. Messori.

También hoy, la Eucaristía nos invita a decir ¡Amén! A confesar a Cristo, superando la duda a la que hoy está sometida nuestra razón, y a comulgar con este “sacramento de nuestra fe”, que nos sitúa ante el gran misterio de Cristo y la Iglesia: pan que es cuerpo de Cristo, vino que es su sangre. Alimento de vida eterna.           

           Que así sea.

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Martes 3º de Pascua

 

Martes 3º de Pascua 

Hch 7, 51-8, 1a; Jn 6, 30-35

Queridos hermanos:

        Continuamos hoy contemplando la catequesis del pan sustancial, que es eminentemente eucarística y nos introduce en el “memorial” de Cristo, al que somos invitados a unirnos comiendo su cuerpo y bebiendo su sangre, alimento que salta hasta la vida eterna.

Una vez más, en estos encuentros pascuales, la Palabra hace alusión a la Eucaristía a través de figuras como el maná, el alimento mesiánico, el pan del cielo, el pan de Dios o el pan de vida eterna, que viene a colmar el ansia insaciable del corazón humano. Los judíos quieren ver signos que se les impongan, pero no están dispuestos a creer. Cristo, de hecho, realiza señales anunciadas en las Escrituras, que testifican su misión, pero que no responden a sus erróneas expectativas respecto al Mesías, en las que no tienen cabida ni la conversión de su corazón a Dios ni una llamada universal a la salvación que relativice sus privilegios como pueblo elegido. Este pueblo estaba ajeno por completo a la misericordia divina, explícita ya en las promesas hechas a Abrahán: “En tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra.”

En efecto, Israel responde a Cristo: “Señor, danos siempre de ese pan”; y los gentiles, por boca de la samaritana, dicen: «Señor, dame de esa agua para que no tenga más sed.» Pero tanto Israel como los gentiles deben primero recibir el agua de la fe y el bautismo, para pasar después al banquete del Pan de la Vida.

El pan de la vida divina en nosotros, al saciarnos, nos constituye en pan que se entrega. Lo mismo ocurre con la luz: al ser iluminados, nos transformamos en luz del mundo; también con el agua viva: nos hacemos fuente que brota para vida eterna; y cuando somos apacentados, somos constituidos pastores de las naciones, llamados a reunir a las ovejas. Esos son los frutos de la vida, del Espíritu y del amor del Señor en nosotros. Por último, cuando Cristo nos revela a su propio Padre, nos hace sus hijos y hermanos suyos: “Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.”

Cristo se aplica a sí mismo el discurso de la Sabiduría y viene a confirmar la tendencia de la Revelación a personalizarla, precisamente porque él es la plenitud a la que tiende la Sabiduría. Aquellos que la gustan siguen teniendo hambre y sed de Cristo, y tienden a él hasta encontrarlo (Eclo 24, 21). El encuentro con la Sabiduría les hace pobres de espíritu y necesitados de salvación. Jesús dirá: “Dichosos los que tenéis hambre ahora”, porque: “El que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed. Será saciado.” “Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre; ay de los que reís ahora, porque tendréis aflicción y llanto; dichosos vosotros, los tristes, porque reiréis.”

Dios mandó un pan en el desierto con el que se nutrió durante cuarenta días el profeta Elías, como en otro tiempo Moisés. Pero todo pan nutre la vida del hombre por un tiempo y después perece. Dios les dio el maná a los israelitas durante cuarenta años, y murieron unos en el desierto y otros en la tierra prometida. Dios dio a Abrahán la Promesa y la Ley cuatrocientos años después a Israel, pero siguieron muriendo solamente saciados en la esperanza. Nosotros no solo somos llamados a la esperanza, sino a recibir al Esperado de todos los tiempos, al Prometido a los patriarcas y al anunciado por los profetas. Solo en Cristo nos es anunciado un pan de vida eterna que sacia y no se corrompe.

Hemos escuchado también a Jesús decir: “Yo soy”, el nombre de Dios revelado a Moisés, que Cristo se aplica a sí mismo siete veces en el evangelio de Juan. Son siete definiciones con las que se revela a sí mismo iluminándonos, como las siete lámparas del candelabro: “Yo soy el pan de la vida; la luz verdadera; la puerta; el camino, la verdad y la vida; el buen pastor; la resurrección; la vid verdadera.”

A este banquete mesiánico somos hoy invitados por Cristo, para que recibamos vida y podamos llevarla a un mundo hambriento de paz y sediento de verdad. Un mundo a oscuras guiado por ciegos, que se precipita al abismo de pasiones incapaces de redimirlo de su angustiosa prevaricación.  

           Que así sea.

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Domingo 3º de Pascua C

Domingo 3º de Pascua C

Hch 5, 27-32.40s; Ap 5, 11-14; Jn 21, 1-19 o bien 1-14

Queridos hermanos:

En este tiempo de Pascua, la liturgia nos presenta hoy esta palabra entrañable, en la que, después de la Resurrección y de las apariciones en Jerusalén, los discípulos son emplazados a marchar a Galilea. Se abre entonces un tiempo de expectación, figura del “tiempo de la Iglesia”, que se prolongará hasta la consumación de los tiempos. Cada cual retorna a su vida mientras aguarda el cumplimiento de las palabras del Señor y la promesa de ser revestidos de poder desde lo alto.

Las palabras nos hablan hoy de una noche interminable y de un día infinito, de una experiencia y de una esperanza. La noche ha sido la experiencia de nuestra vida, en la que no han faltado la oscuridad y el fracaso, la impotencia y el desánimo. El día nos lanza al encuentro con Cristo resucitado, nuestro anfitrión, que se ha hecho el encontradizo con nosotros y nos ha permitido gustar una vida nueva, plena de comunión y sentido, en la que él mismo se ha convertido en nuestro alimento.

De la angustia del Cenáculo, nos ha trasladado a la consolación de su presencia junto a la orilla del mar apaciguado en la Galilea de los gentiles, como frontera que se abre a la epopeya de la misión. Lo que Cristo ha contemplado junto al Padre y nosotros en él, somos enviados a testificarlo a las naciones, envueltas en la oscuridad y la ignorancia de la muerte y el pecado.

Siete discípulos, con Pedro a la cabeza, mientras aguardan la promesa del Señor, vuelven a pescar al lago, convencidos de que no ha sido en vano cuanto han vivido, aunque los acontecimientos y las palabras de los que son testigos los superan infinitamente. Después de una jornada infructuosa en las tinieblas de la noche, les sorprende la íntima experiencia de un nuevo encuentro con el Señor, que, en el amanecer de su luz, se convierte en plenitud de fruto en el contexto sacramental de comunión fraterna de una comida en la que son servidos por el Señor.

La noche de nuestra vida, la barca, la red, el fruto abundante y la presencia del Señor: todo se ilumina de sentido, envolviendo las vidas de los discípulos y lanzándolos a testificar a un mundo en tinieblas el amor por el que han sido arrebatados por la misericordia de Dios. ¡Cristo ha resucitado, rompiendo las ataduras de la muerte! El pecado ha sido perdonado, y el amor de Dios ha sido derramado en sus corazones. Ahora son posibles la conversión y la vida eterna.

          De la Eucaristía brota la misión. Del encuentro con Cristo surge el anuncio, y la acogida del anuncio nos lleva a la gloria. Como a los apóstoles, también a nosotros se nos ha manifestado el Señor a través del anuncio que nos ha congregado después de la dispersión y el escándalo de la cruz, y somos enviados a testificarlo ante el mundo, sobre todo con nuestra vida, y a unirnos a la alabanza celeste.

        Jesús sigue apareciéndose y manifestándose. Nosotros no podemos pretender que se nos aparezca, pero sí debemos esperar que se nos manifieste a través del testimonio que da el Espíritu Santo en nuestro corazón mediante la predicación y la fe, un testimonio superior al de los sentidos. Muchos testigos, en efecto, vieron al Señor resucitado y no lo reconocieron.

Entre la Pascua de Cristo y la nuestra hay todo un camino que recorrer para ser constituidos testigos de que Cristo ha resucitado, de que él es el Señor y de que somos hijos de Dios. No deben, no obstante, escandalizarnos nuestras miserias, que subsistirán precisamente “para que se manifieste que lo sublime de este amor viene de Dios y no de nosotros.”

Para San Juan, Cristo es el Día, y su aparición es siempre un amanecer, mientras que apartarse de él es entrar en las tinieblas de la noche. Cristo es el Día, que por nosotros entra en la noche del abandono de Dios para iluminarla con su resurrección, rompiendo las ataduras de la muerte que nos separaban de él.

El trabajo de los apóstoles da fruto cuando la luz de Cristo se hace presente: «¡Es el Señor!». “Trabajad mientras es de día; llega la noche cuando nadie puede trabajar”. Solo el Padre, que es luz y “en él no hay tiniebla alguna”, puede trabajar y amar siempre. “Mi Padre trabaja siempre”, porque ama siempre. En él no hay sueño, ni noche, ni sombra alguna, sino solo día y vida. Cada día renueva la creación en un amor que es constante creación: “Haces la paz y todo creas. Tú que iluminas la tierra y a todos sus habitantes, que renuevas cada día la obra de la creación” (Bendición sinagogal antes de la proclamación del Shemá. Manns F., “Introducción al judaísmo”, cap. 7, p. 139).

Con Cristo, a su luz (mientras es de día), el trabajo del amor da fruto abundante. Existe una gematría con las cifras de esta plenitud del fruto, 153 (o.c, p. 138), que corresponde a qāhāl hāahabāh*. *Qāhāl* (asamblea, iglesia) y *hāahabāh (del amor); es decir, la “iglesia del amor”. La red que acoge estos peces será, pues, “comunidad del amor” y de la comunión, que no debe ser rota, porque “aun siendo tantos, no se rompió la red”, cuando fue sacada a la “orilla”, donde termina el mar, figura de la muerte; donde termina el tiempo y son separados los peces buenos de los malos.

Para San Jerónimo, los 153 peces, plenitud de la red, representan la totalidad de los peces conocidos entonces y, por tanto, son signo de la universalidad de la Iglesia. También el número 153 es el resultado de la suma de los números del 1 al 17, edad con la que José entró en Egipto, figura de Cristo, proveedor del alimento que sacia y libra de la muerte a la universalidad de los hombres.

El pez, que es Cristo, sacado del mar de la muerte, se une a los cristificados por la fe, pescados también ellos del mar, como alimento para saciar el hambre de cuantos se acercan a él. La luz se une a los iluminados constituidos en luz para disipar las tinieblas del mundo.

Hoy el Evangelio nos habla también del seguimiento de Cristo y del ministerio de servicio a los hermanos, que siempre van unidos, pero ambas cosas deben ser fruto del amor firmemente ratificado, como lo han sido también nuestras infidelidades, desobediencias y pecados. En el Evangelio de hoy, el amor sería más bien una oferta a Pedro que la confesión de su propia disposición, que ya conoce el Señor y a la que ha precedido la triple negación: Simón, ¿estás dispuesto a aceptar amarme más que estos, ya que te he perdonado más? Lo que quiero confiarte —vendría a decir el Señor— requiere de un amor mayor, que esté por encima del de los demás. Dímelo tres veces, como triple fue también tu negación. Su amor consistirá en gastar su vida en cuidar las ovejas, en procurar su salvación y, por último, recibir la corona de su amor con la efusión de su sangre. La misión que le es encomendada a Pedro, de vivir para los demás después de su profesión de amor a Cristo, lo lleva a someterse a su voluntad mediante la fe.

El Señor dice a Pedro: "Sígueme", después de anunciarle que será llevado a la muerte por voluntad de otro, como lo fue él, en la libertad del amor que se entrega voluntariamente, pero bajo la decisión de otro. No pertenece a la voluntad del hombre decidir el momento y la forma de su muerte, pero sí aceptarlos de la mano de Dios por el medio que sea. Quien así pone su vida en las manos del Señor puede recibir la misión de apacentar a su pueblo.       

          Profesemos juntos nuestra fe.

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Santos Felipe y Santiago Apóstoles

Santos Felipe y Santiago Apóstoles

1Co 15, 1-8; Jn 14, 6-14

Queridos hermanos:

El sentido de nuestra vida es alcanzar al Padre, a quien hemos conocido gracias a Cristo, que ha venido a revelárnoslo con sus palabras, que proceden del Padre; con sus obras, que el Padre realiza por el Espíritu Santo; con su amor, con el que el Padre le amó desde toda la eternidad, y con su misma vida, que hemos recibido de Él por el envío del Espíritu Santo. Así, podremos decir lo que de Él hemos aprendido, amar como Él nos ha amado y dar vida a quienes no lo conocen, llevándolos a la fe.

Cristo viene del Padre, está en Él, vive por Él, habla por Él y ama con su mismo amor. Nosotros estamos en Cristo, hablamos sus palabras y amamos con el amor que nos ha dado, haciéndolo presente con nuestra vida. Así, el mundo puede ver en nosotros a Cristo y, en Cristo, al Padre, porque estamos en comunión con ellos para que el mundo crea.

En esta fiesta de los apóstoles —Felipe, el de Betsaida, llamado y elegido por el Señor, intermediario a quien el Señor puso a prueba en la multiplicación de los panes; y Santiago, el menor, de Alfeo o hermano del Señor—, el Evangelio nos remite al Padre, origen y meta de toda la Revelación.

San Pablo, en la primera lectura, nos presenta a los apóstoles como testigos de la resurrección del Señor. Para esa especial misión fueron llamados por el Señor y tuvieron la gracia de convivir con Él.

Jesús vuelve a hacernos presente a Dios, su Padre, a quien Él mismo nos ha revelado con sus palabras, sus obras y su propia persona, para que, a través de Él, lo alcancemos también nosotros. A Él está unido Cristo, con Él es uno, y a Él quiere unirnos a nosotros por la fe y las obras.

 Por eso, Él es el único camino hacia el Padre, la verdad del Padre y la única posibilidad de conocerlo en este mundo; la vida del Padre, que se nos ha acercado en Cristo y que la muerte no puede destruir.

Como a los apóstoles, también a nosotros nos cuesta mucho comprender la igualdad y unidad, pero no identidad, de Cristo con el Padre, lo que equivaldría a querer comprender el misterio de la Santísima Trinidad. Nos resulta más fácil seguir llamando Dios a quien Cristo nos ha enseñado a llamar Padre nuestro, pero cuyo amor, misericordia, bondad y palabra nos han sido revelados por Cristo y en Cristo: “Quien me ve a mí, ve al Padre”; “El Padre está en mí y yo en el Padre”; “Como el Padre me amó, os he amado yo”; “Yo y el Padre somos uno”.

Con todo, la unidad entre el Padre y el Hijo no es identidad, aunque el Hijo sea igual al Padre, porque: “El Padre es más grande que yo” (Jn 14, 28); “Mi alimento es hacer su voluntad”; “Yo hago siempre lo que a Él le agrada”.

Cristo, con sus obras y sus palabras, nos hace presente al Padre, presente en Él. Por la fe, los discípulos nos unimos a Cristo y, por tanto, al Padre, y recibimos la misión de hacerlos presentes ante el mundo, realizando las obras de Cristo, por las que el Espíritu Santo da testimonio de ellos. Lo que los fieles piden a Cristo, Él lo realiza, junto con el Padre, por medio del Espíritu.

En este recuerdo de los apóstoles, bendigamos al Señor con toda la Iglesia. Las obras de Cristo son señales que nos muestran que el Padre está en Él, y con Él nos unen de forma excelente en la Eucaristía.  

           Que así sea.

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Domingo 2º de Pascua C (o de la Divina Misericordia)

Domingo 2º de Pascua C (o de la Divina Misericordia)

Hch 5, 12-16; Ap 1, 9-19; Jn 20, 19-31

Queridos hermanos:

Este domingo reúne muchas cosas por las que glorificar y dar gracias al Señor: terminamos la octava de Pascua, es el domingo de la Misericordia, el Señor nos da la paz, el Espíritu Santo, el poder de perdonar y nos envía. Pero, sobre todo, nos dice algo que con frecuencia se nos olvida: «¡Dichosos los que creéis sin haber visto!», porque tenéis un testimonio mayor que el de los sentidos, el que os da el Espíritu Santo en vuestro corazón, la fe, que derrama en vuestro corazón el amor de Dios. ¿Amas a tus hermanos? Eres dichoso. ¿Perdonas las ofensas? Eres dichoso.

Te levantas un día «depresivo», y te dice el diablo: ¡Estúpido! Todo te lo crees, ¿has visto a Dios acaso? Todo son pamplinas...

Pues el Señor te dice hoy: ¡Dichoso si crees sin haber visto, como Tomás, como Pablo!, porque tienes un don mayor: el testimonio del Espíritu Santo y el amor de Dios en tu corazón. ¡Eso es la fe, y eso es la vida eterna!

Cristo resucita al amanecer y, al atardecer, se manifiesta a los apóstoles, todavía conmocionados por el trauma de su pasión y muerte, y temerosos de la furia y las posibles represalias de los judíos. El encuentro con el Señor viene a transformar, no solo su estado de ánimo y su percepción personal de los acontecimientos, sino la realidad misma. Con la resurrección de Cristo, Dios testifica la veracidad de su doctrina, la aceptación de su sacrificio y el perdón suplicado por Él desde la cruz. La muerte ha sido vencida, y el Espíritu Santo, que se cernía en los orígenes sobre el caos, es derramado sobre la humanidad, dando origen a la nueva creación libre ya de la corrupción de la muerte, que los discípulos deben extender al mundo entero y a toda la creación mediante el perdón de los pecados, suscitando, por la fe en Jesucristo, la acogida de la misericordia divina que se anuncia en el Evangelio.

En primer lugar, debe ser fortalecida la fe de los discípulos, que el Espíritu transforma, de adhesión al maestro bueno en sumisión a Dios, unificando en ellos la memoria de las Escrituras y las esperanzas mesiánicas de Israel, y superando el testimonio de los sentidos, por el que interiormente suscita en ellos el Espíritu Santo: «Dichosos los que crean sin haber visto».

Salvada del miedo, por la paz, aparece la comunidad cristiana unida por el amor: «Con todo el corazón, con toda la mente y con todos sus bienes», como una consecuencia de la obra realizada en ella por Cristo. Tal como nos presenta el Evangelio, los discípulos son incorporados a la comunión del Padre y el Hijo en el Espíritu Santo, recibiendo el don de la paz, ratificado por tres veces, y la alegría. Reciben el envío del Señor y el “munus” (misión-potestad) de Cristo para perdonar los pecados, y a través de la profesión de fe de Tomás, son fortalecidos en una fe que no necesita apoyarse en los sentidos, sino en el testimonio interior del Espíritu. En efecto, Tomás ha visto a un hombre y ha confesado a Dios, como observa san Agustín; cosa que no pueden producir los sentidos, sino el corazón creyente que ha recibido el Espíritu Santo. Las heridas gloriosas de Cristo, testimonio de su intercesión eterna en favor nuestro, sanan las de nuestra incredulidad. Esta es la finalidad de que se haya escrito el Evangelio: ayudarnos a creer y que, por la fe, recibamos vida eterna.

La obra de Cristo en nosotros, comenzando por suscitarnos la fe, darnos vida por el Espíritu Santo y transmitirnos la paz y la alegría, se completa al constituirnos, después, en portadores del amor de Dios por el perdón de los pecados. Cristo ha sido enviado por el Padre para testificar su amor y para que, a través del Espíritu, recibiéramos la vida, nueva para nosotros y eterna en Dios, de la comunión de amor: «Un solo corazón, una sola alma en los que se comparte todo lo que se posee». Así, visibilizando el amor, testificamos la verdad del amor de Dios y el mundo es evangelizado y salvado por el perdón de Dios que la Iglesia le ofrece.

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Francisco, el Papa de los pobres

 

Francisco, el Papa de los pobres y descartados

 

Desde el momento en que Jorge Mario Bergoglio asumió el papado bajo el nombre de Francisco en marzo de 2013, quedó claro que su misión estaría marcada por la cercanía con los más vulnerables de la sociedad. Inspirado en San Francisco de Asís, el pontífice argentino ha hecho de la pobreza, la justicia social y la misericordia pilares fundamentales de su papado.

La elección del nombre "Francisco" no fue casualidad. En su primer discurso como Papa, Bergoglio expresó su deseo de una Iglesia “pobre para los pobres”. Esta declaración sentó las bases de un liderazgo centrado en la compasión y el servicio. Desde entonces, el Papa ha denunciado las desigualdades económicas, la explotación laboral y la indiferencia hacia los excluidos.

Su acercamiento a los grupos marginados ha sido constante: ha visitado cárceles, hospitales, barrios populares y campos de refugiados, llevando un mensaje de esperanza y dignidad a quienes muchas veces son ignorados por la sociedad. En diversas ocasiones, ha lavado los pies de presos y migrantes durante la Semana Santa, simbolizando el servicio y la humildad.

Uno de los conceptos clave del pontificado de Francisco es la "Iglesia en salida", una Iglesia que no se queda encerrada en sus estructuras, sino que se acerca a los más necesitados. Ha instado a los sacerdotes y obispos a salir de sus parroquias y trabajar junto a los pobres, los enfermos y los descartados. Su visión busca romper con cualquier barrera que impida que el mensaje cristiano llegue a todos sin excepción.

También ha sido crítico con el clericalismo, es decir, la tendencia de algunos dentro de la Iglesia a priorizar el poder y el estatus por encima del servicio. Francisco insiste en que los líderes eclesiásticos deben ser servidores, no funcionarios.

Uno de los temas más recurrentes en sus discursos y escritos es la denuncia de un sistema económico que perpetúa la pobreza y la exclusión. En su exhortación apostólica “Evangelii Gaudium”, el Papa condena la idolatría del dinero y afirma que la economía actual tiende a generar una cultura del descarte, donde los ancianos, los desempleados y los pobres son tratados como desechos.

Francisco ha pedido repetidamente un cambio en el modelo económico que permita una distribución más equitativa de los recursos. En encuentros con líderes mundiales, ha instado a reducir la brecha entre ricos y pobres y a luchar contra la indiferencia hacia los más vulnerables.

Desde los primeros días de su papado, Francisco ha mostrado una especial preocupación por la crisis migratoria. Ha visitado campos de refugiados en distintas partes del mundo y ha instado a los países a acoger y proteger a quienes huyen de la guerra, la pobreza y la violencia.

Uno de sus gestos más simbólicos ocurrió en 2016, cuando llevó consigo a Roma a un grupo de refugiados sirios tras su visita a la isla de Lesbos, Grecia. Este acto reflejó su insistencia en que los gobiernos y las sociedades no pueden volverse indiferentes ante el sufrimiento humano.

Otro aspecto importante de su papado ha sido su defensa de los derechos de los pueblos indígenas. En múltiples ocasiones ha denunciado la explotación de sus tierras y recursos naturales por parte de corporaciones y gobiernos. En el Sínodo de la Amazonía, celebrado en 2019, destacó la importancia de proteger el medio ambiente y los territorios indígenas frente a la destrucción causada por la explotación abusiva de la tierra.

Francisco ha escuchado las preocupaciones de los líderes indígenas y ha promovido una mayor inclusión de sus voces dentro de la Iglesia. Su esfuerzo por la ecología integral se refleja en su encíclica “Laudato Si’”, donde llama a una conversión ecológica para cuidar la "casa común".

El legado del Papa Francisco como defensor de los pobres y descartados es innegable. Su mensaje de misericordia, justicia y solidaridad ha resonado en todo el mundo, llamando a individuos y gobiernos a tomar acción contra las desigualdades y la indiferencia. En un tiempo marcado por crisis económicas, migratorias y ambientales, su voz ha sido un faro de esperanza para quienes más lo necesitan.

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