El Bautismo del Señor A
Is 42, 1-4.6-7; Hch 10, 34-38; Mt 3, 13-17
Queridos hermanos:
Celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. En el Evangelio, el Padre da testimonio de Cristo, designándolo como su Hijo amado y como el Siervo en quien se complace. Durante siete siglos, la Escritura ha venido anunciando, a través de los profetas, esta figura misteriosa de la que hablaba sobre todo Isaías: aquel en quien Dios sería glorificado no solo en Israel, sino hasta los confines del orbe, llevando a todos la luz de su amor, por la cual quiere salvarnos: «Tú eres mi siervo, en quien me gloriaré. Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra. Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». El Siervo es, pues, el Hijo, el Primogénito de la nueva creación, sobre la que se cierne el Espíritu en medio de las aguas.
Porque
Dios quiere gloriarse en su Siervo, Jesús, ante su pasión, dirá: «Ahora mi alma
está turbada. ¿Y qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero si he
llegado a esta hora para esto… ¡Padre, glorifica tu nombre!». Efectivamente, el
Padre es glorificado porque, por amor a nosotros, entrega a su Hijo. El Padre
se complace en su Siervo, que es su Hijo amado, porque, en total sintonía con
su voluntad, acepta entregarse por la salvación de los hombres. Y porque Dios
quiere que su luz alcance a todas las naciones, Cristo dirá a sus discípulos:
«Vosotros sois la luz del mundo. Brille así vuestra luz delante de los hombres,
para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en
los cielos». La luz de nuestras buenas obras, recibida de Cristo, glorifica al
Padre por medio de Él.
La
justicia ha alcanzado su plenitud en el hombre a través de Cristo, que se
somete a la purificación del bautismo de Juan como enviado de Dios y recibe el
Espíritu. Ahora el hombre está preparado para acoger la gracia que viene con
Cristo: la efusión del Espíritu Santo. El bautismo de agua en el nombre de
Cristo da paso a la efusión del Espíritu, de modo que sobre el bautizado recaen
también la filiación adoptiva y la complacencia del Padre, hasta poder decir:
«Este es también hijo mío, en cuya fe me complazco».
La
misión de Juan, como profeta y “más que un profeta”, no es solo anunciar, sino
identificar a este Siervo, señalándolo entre los hombres: «He ahí el Cordero de
Dios, que quita el pecado del mundo». Juan desea ser bautizado por Cristo, pero
el Señor le reserva el bautismo más glorioso: el testimonio de su sangre. Para
el cumplimiento de su misión, Dios mismo va a revelar a Juan quién es su
Elegido en medio de las aguas del Jordán: «He visto al Espíritu que bajaba como
una paloma del cielo y se quedaba sobre Él; ese es el que bautiza con Espíritu
Santo; ese es el Elegido de Dios».
Después
del Diluvio, la muerte reinaba sobre la tierra sumergida bajo las aguas para
ser purificada, y Noé soltó una paloma para comprobar si era posible habitar en
ella; pero, al no encontrar dónde posarse, regresó a él. En esta palabra, Juan
da testimonio de la Buena Noticia: del cielo fue enviado el Espíritu Santo “en
forma de paloma”, y al encarnarse Cristo, en medio de la humanidad sumergida en
la muerte, encontró por fin a uno en quien posarse. Entonces se escuchó la voz
del Padre dando testimonio de Jesús: «Este es mi Hijo amado, mi Elegido, en
quien mi alma se complace».
Para
san Pablo, este bautismo en el Espíritu —que marca la diferencia entre el
bautismo de Juan y el de Cristo— consiste en un camino que conduce a los
creyentes de fe en fe (Rm 1,17), desde la justificación hasta la fidelidad y la
santidad de cuantos lo invocan: «A los santificados en Cristo Jesús, llamados a
ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo» (1
Co 1,2).
Si
la misión de Cristo es la glorificación de Dios, salvando e iluminando a la
humanidad hasta los confines de la tierra mediante su entrega en la cruz, la
nuestra es invocar su nombre en favor de nuestros hermanos, desde esos mismos
confines en los que hemos sido iluminados por su salvación. Eso es lo que
hacemos en la exultación eucarística, junto al Espíritu y la Esposa, diciendo:
«¡Ven, Señor Jesús!».
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