Lunes 2º del TO
Mc 2,18-22
Queridos hermanos:
El Evangelio nos presenta ya la alegría de las bodas con la presencia del novio, y anuncia el ayuno cristiano como actitud ante la ausencia del esposo, para avivar el deseo de su presencia pascual. Uno es el ayuno en la expectación y otro en la separación. Sin el consuelo del esposo, cualquier otro consuelo —si no es ilícito— al menos es vano e impropio del amor, que recurre al ayuno.
La novedad del encuentro con Cristo es
incomprensible para los judíos, que carecen de la experiencia de la consolación
del Espíritu ante la fragilidad de la carne y la tensión de la concupiscencia.
Como Cristo, los discípulos se someterán al
combate del desierto, como testimonio de su total sumisión de amor al Padre,
que los lleva a dejarse conducir por el Espíritu hasta la muerte, y muerte de
cruz, en favor de los hombres.
Juan y sus discípulos, como los judíos, viven
la ausencia y alimentan la espera de aquel que aún no han conocido, aunque está
en medio de ellos. En cambio, los discípulos de Cristo, en plena efervescencia
del vino nuevo que han degustado en el encuentro con Él, gozan ahora de su
presencia y escandalizan a los judíos “piadosos” —escándalo farisaico, fruto de
la inexperiencia del gozo del Espíritu—, quienes se dejan llevar por la envidia
al ver la libertad y la alegría que los mueve. No pueden comprender que haya
comenzado el banquete de bodas, en el que rebosa el vino nuevo, mientras ellos
permanecen ignorantes y excluidos. Lo mismo ocurre con aquellos que, aun
siguiendo a Cristo, van cayendo en lo anodino de la rutina, mientras a su
alrededor surgen grupos llenos de la efervescencia del vino nuevo.
Cuando el esposo se separa de ellos y parece
ocultarse en las pruebas, los discípulos reciben la consolación del Espíritu;
y, en medio de la separación, su recuerdo se hace “memorial” perpetuo y gozoso
mientras dura la espera de su regreso, relativizando la aflicción del ayuno en
una entrega amorosa que invoca al Señor: “¡Retorna!”, como la esposa del
Cantar.
Privarse de alimento es nada ante el quebranto
que significa ser privados de la presencia del que aman, cuya cercanía los unía
al Padre e inflamaba en ellos la esperanza de la vida eterna en la comunión
fraterna.
Volver al sinsentido de una vida sin la
presencia física de Cristo es, ciertamente, el tremendo ayuno, solo soportable
por la consolación del Espíritu, que clama en lo profundo del corazón: “¡Abbá,
Padre!”.
Sin Cristo y sin la unción del Espíritu, que
centra la relación con Dios en el amor, tanto los discípulos de los fariseos
como los de Juan necesitan ejercitarse con frecuencia en el combate contra la
carne, en el cual el ayuno tiene su sentido; pero este no debe dejar de ser un
medio para dar preponderancia al espíritu. Hacer del ayuno un valor en sí
mismo, un fin, y no un instrumento al servicio del amor, es lo que lleva a los
fariseos a criticar a Cristo, que come y bebe, y a sus discípulos, que no ayunan.
Ese es el valor que el mundo da a las dietas y a las privaciones, a las que san
Pablo alude cuando dice a los filipenses, refiriéndose a los judíos: “su dios
es el vientre” (Flp 3,19).
La aflicción del ayuno tiene sentido solamente
ante la ausencia del esposo, que conduce a la negación de toda complacencia que
pueda significar olvido, y de toda consolación alternativa a su ansiada
presencia amorosa: “Si me olvido de ti, Jerusalén…”.
El tiempo de la expectación que gime y clama
por la venida del Salvador ha terminado, y Juan se goza con su presencia y
transfiere sus discípulos al esperado de todas las gentes, mientras él termina
su carrera y se prepara a recibir la corona de gloria que le espera.
Para san Pablo, la comunidad cristiana es la
esposa a la que él asiste como amigo del esposo, contemplando en ella la acción
del Espíritu de Dios.
En Cristo, el esposo que ama, embellece y
enriquece a su esposa con la dote de su Espíritu, nosotros somos llamados a una
relación de amor con Dios. Somos invitados a participar de la alegría de la
fiesta nupcial en su Reino. La esposa es santificada por la santidad del
esposo, que la conduce a la plenitud de su amor, y ella sale a su encuentro en
el desierto para escuchar su voz y dejarse seducir por Él.
Que así sea.
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