Miércoles 3º del TO

Miércoles 3º del TO

Hb 10, 11-18; Mc 4, 1-20

Queridos hermanos:

Como todas las parábolas, esta tiene una enseñanza y una finalidad específica: abrir el oído de los oyentes para que dispongan su corazón, de la mejor manera posible, a la recepción de la Palabra. Porque hay disposiciones del corazón que pueden impedir que esta fructifique.

La parábola nos habla, en efecto, del combate entre la fuerza del Evangelio y la seducción que el mal opone a su fruto, en el campo de batalla que es la realidad de nuestra carne, llena de impedimentos. El camino, en la parábola, hace presente la dureza del corazón pisoteado por los ídolos. Las piedras representan los obstáculos del ambiente, el mundo y la seducción de la carne. Las riquezas son los espinos. En definitiva, nuestra naturaleza caída ofrece resistencia a la acción sobrenatural de la gracia y necesita su ayuda: un cuidado perseverante y atento, como si del cultivo de un campo se tratara, para que nuestra tierra acoja la Palabra con un corazón bueno y recto, como dice san Lucas (8,15). Dios es el agricultor; por eso necesitamos estar unidos a Él y dejarnos limpiar y trabajar por su voluntad amorosa.

Para ello, la Palabra, como la semilla, debe caer en la tierra y hacerse una con ella, dando un fruto que el hombre puede recibir según su capacidad, preparación y libertad, pues el fruto para el que ha sido destinada es el amor. Unido a su Creador en un destino eterno de vida, el hombre hace que la Palabra no vuelva al que la envió vacía, sino después de haber fructificado.

Velar, esforzarse, perseverar, permanecer y hacerse violencia son palabras que nos recuerdan la necesidad del combate en la vida cristiana, figurado en el trabajo necesario para obtener una buena cosecha. “Esta es la voluntad de mi Padre: que vayáis y deis mucho fruto, y que vuestro fruto permanezca”. “Mirad, pues, cómo escucháis”; mirad cuál es el tesoro de vuestro corazón, porque el hombre bueno, del buen tesoro del corazón, saca lo bueno. Según san Mateo, la buena tierra es “el que escucha la Palabra y la comprende” (cf. Mt 13,23). Podemos distinguir entre entender y comprender la Palabra, del mismo modo que distinguimos entre oír y escuchar. Mientras el entender se resuelve en la mente, el comprender implica una profundización, un descenso al corazón donde queda implicada también la voluntad; en definitiva, se trata de la incorporación de la Palabra al propio ser.

El sembrador “sale” porque la iniciativa es suya, haciéndose accesible a nuestra percepción, como dice san Juan Crisóstomo. Y sale para darnos la “comprensión” de los misterios del Reino, entrando en nuestra intimidad, subiéndonos a su barca a resguardo de las olas de la muerte, como enseña san Hilario.

A pesar de los impedimentos, la potencia del fruto supera siempre las expectativas humanas; sobreabunda hasta la plenitud sobrenatural en Cristo: el ciento por uno.

  Que así sea.                  

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