Santos Timoteo y Tito
2Tm 1, 1-8 ó Tt 1, 1-5; Lc 10, 1-9. (El
Evangelio se puede tomar de la feria que corresponda al 26 de enero). Mc 3,
22-30.
Queridos hermanos:
En esta memoria de los santos Timoteo y Tito, compañeros de san Pablo, agradecemos al Señor el don de estos apóstoles, a quienes presentamos nuestras necesidades y manifestamos nuestro reconocimiento por su ayuda a lo largo de estos años. Ante el Señor ponemos nuestras inquietudes y problemas, para que nos preserve de las insidias del mal.
Como el mismo Lucas nos narra en los Hechos de
los Apóstoles, no hay mejor forma de hacerlos presentes que con el Evangelio de
la misión de los setenta y dos discípulos, en el que el Señor los envía como
pequeños y con la urgencia del anuncio del Reino, para llevar la Paz y
comunicar la Vida Nueva. Esta fue, en lo que conocemos, la esencia de su vida.
Si ciertamente es importante su testimonio de
Cristo, no lo es menos el testimonio de su vida entregada al servicio del Señor
en la evangelización, contribuyendo a la propagación de la fe y haciendo de su
existencia un culto espiritual a Dios mediante la predicación del Evangelio,
verdadera liturgia de santidad. Es una gracia haber sido llamados a encarnar la
misión como enviados del Señor; pero su gloria fue haberla aceptado, gastando
su vida siguiendo a Cristo en la regeneración del mundo, Él que murió y resucitó
para salvarnos. ¡Cuánta gente malgasta su vida en simplemente sobrevivir, sin
más fruto que satisfacer su propia carne, a riesgo de frustrar su vocación al
amor!
Los apóstoles son enviados de dos en dos, como
encarnación de la cruz de Cristo y testigos de su amor en el anuncio del Reino.
En efecto, son necesarios dos para testificar y para hacer visible la caridad
del Señor, de quien son enviados a dar testimonio de amor, como dice san
Gregorio Magno (Hom. 17, 1-4.7s). Y san Pablo exclamaba: “¡Dios me libre de
gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo
es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo! Nadie me moleste,
pues llevo en mi cuerpo las señales de Jesús”. Anunciar el Evangelio no es sólo
transmitir palabras, sino propagar el amor y el perdón que se anuncian, de modo
que se hagan carne en quien los proclama y en quien los recibe. El mandamiento
del Señor no es: “Hablad del amor con que yo os he amado”, sino: “Amaos como yo
os he amado”. Y este amor engendra amor, generación tras generación. Estos
santos no sólo hablaron: contagiaron el amor de Cristo gastando su vida. Por
eso, siendo grande la “mies” de quienes necesitan escuchar, son pocos los
“obreros” dispuestos a trabajar en ella.
Los misterios del sufrimiento y de la cruz
acompañan la vida del testigo, como acompañaron la de Cristo. Dar la vida por
amor es perderla, negarse a sí mismo en este mundo, en una inmolación que da
fruto y recompensa para la vida eterna. Pero el amor no se impone: debe ser
acogido en la libertad y en la humildad de quienes lo presentan sin ningún
poder, como “pequeños” que anuncian al que viene con ellos con la omnipotencia
del amor.
También nosotros, llamados a la fe, estamos
siendo constituidos testigos del amor del Señor que nos salva, nos llama y nos
envía, incorporándonos a Cristo y a la obra de la regeneración por el
Evangelio, como lo fueron estos santos y todos los discípulos cuyos nombres
escuchamos unidos a la historia de la salvación y cuyos hechos proclamamos como
palabras del Dios vivo, que sigue llamando y salvando a la humanidad.
En cada generación, la Iglesia debe transmitir
la fe e incorporar a sus nuevos hijos al Cuerpo de Cristo, hasta que se
complete el número de los hijos de Dios: la muchedumbre inmensa que nadie
podría contar, de la que habla el Apocalipsis (7, 9).
A esto nos invita y nos apremia hoy esta
Palabra, mediante la fortaleza que brota de la Eucaristía, en la que nos unimos
a Cristo y a su entrega por la vida del mundo, para testificar el amor del
Padre.
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