Día 3 de enero

Día 3 de enero, antes de Epifanía

Feria: 1Jn 2, 29-3,6; Jn 1, 29-34

Memoria: Flp 2, 6-11; Lc 2, 21-24

Queridos hermanos:

Después del Diluvio, la muerte reinaba sobre la tierra, sumergida bajo las aguas para ser purificada. Noé soltó entonces una paloma para comprobar si era posible la vida en ella; pero, al no encontrar dónde posarse, la paloma regresó a él. En esta palabra, Juan da testimonio de la Buena Noticia, porque del cielo fue enviado el Espíritu Santo “en forma de paloma”, y al encarnarse Cristo, en medio de la humanidad sumergida en la muerte, encontró por fin a Uno en quien posarse. Entonces se escuchó la voz del Padre dando testimonio de Jesús: “Este es mi Hijo amado, mi Elegido, en quien mi alma se complace”. Estas palabras evocan al Siervo anunciado por Isaías, aquel que cargaría sobre sí los pecados del pueblo, como lo hacía el Cordero entregado a la muerte en expiación por las culpas de todos.

Durante siete siglos, la Escritura, a través de los profetas, había venido anunciando esta figura misteriosa del Siervo del que hablaba Isaías, en quien Dios sería glorificado no sólo en Israel, sino hasta los últimos confines del orbe, llevando a todos la luz de su amor, por la cual dispuso salvarnos: «Tú eres mi siervo, en quien me gloriaré. Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra».

La unificación de estas figuras —el Siervo, el Cordero, el Profeta, el Cristo, el Hijo— y de la Escritura entera es obra del Espíritu Santo, que se posa sobre Cristo dando testimonio de Él, y que, descendiendo sobre el que cree, lo ilumina, uniendo en su mente Escrituras y acontecimientos.

La misión de Juan, como profeta y “más que un profeta”, no es sólo anunciar, sino identificar a este Siervo, señalándolo entre los hombres: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Uno y otro, Siervo y Cordero, toman sobre sí los pecados del pueblo para santificarlo, sumergiéndolo en el Espíritu Santo.

Porque Dios quiere gloriarse en su Siervo, Jesús, ante su pasión, dirá: “Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero si he llegado a esta hora para esto… Padre, glorifica tu nombre”. Y porque Dios quiere que su luz alcance a todas las naciones, Cristo dirá a sus discípulos: “Vosotros sois la luz del mundo. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

Para el desempeño de su misión, Dios mismo revela a Juan quién es su Elegido en medio de las aguas del Jordán: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él; ése es el que bautiza con Espíritu Santo; ése es el Elegido de Dios». En Mateo, la voz del Padre lo declara Hijo.

Para san Pablo, este bautismo en el Espíritu —que marca la diferencia entre el bautismo de Juan y el de Cristo— consiste en un camino que conduce a los creyentes, desde la justificación por la fe, hasta la santidad de cuantos lo invocan: “a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo” (1 Co 1,2).

Si la misión de Cristo es la glorificación de Dios, salvando e iluminando a la humanidad hasta los últimos confines de la tierra, la nuestra es invocar su nombre en favor de nuestros hermanos, desde esos mismos confines en los que hemos sido iluminados por su salvación. Eso es lo que hacemos en la exultación eucarística, junto al Espíritu y la Esposa, diciendo: ¡Ven, Señor Jesús!

      Que así sea.                                                                                                                                             www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

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