Santa María Madre de Dios

Santa María Madre de Dios

Nm 6, 22-27; Ga 4, 4-7; Lc 2, 16-21

Queridos hermanos:

En contraposición a la celebración pagana, supersticiosa y, en definitiva, idolátrica del comienzo mágico de un año nuevo, la Iglesia nos invita a iniciarlo en la continuidad de la celebración del Misterio de nuestra Salvación. Nos invita a contemplar la maternidad concedida a María por el Padre, quien la capacitó para concebir, gestar y dar a luz a su Hijo, engendrado por Él antes de los siglos, pero encarnado en ella por obra del Espíritu Santo. Hablar de las entrañas de misericordia en Dios Padre equivale a afirmar, además, su maternidad, partiendo del rehem, rahamîm hebreo, por el cual, en un solo acto, engendra, concibe, gesta y da a luz. Decir “Dios Padre Misericordioso” es, de algún modo, decir “Dios Padre y Madre”, como afirman los exégetas.

Por esta misericordia, el Hijo unigénito de Dios se hace también hijo de la Virgen y hermano nuestro. A María se le concede la maternidad: concibe, gesta y da a luz, mientras que el Padre se reserva la paternidad que engendra, sembrando la semilla divina de su Palabra creadora y omnipotente.

En esta fiesta, la Iglesia contempla la expresión de fe del Concilio de Éfeso (431), que proclamó a María “Madre de Dios”. Si María es madre de Cristo, nuestra Cabeza, lo es también de su Cuerpo místico y, por tanto, “Madre de la Iglesia”, como la llamó el Concilio Vaticano II, y madre de cada uno de sus miembros, y por tanto, madre nuestra. Así lo quiso el Señor desde la cruz, entregándonos a María para que todo fuera cumplido, y para que quien fue madre de la Cabeza lo fuera también del Cuerpo que le fue dado al Hijo, a fin de que se perpetuara sobre la tierra la voluntad del Padre.

Por esta suprema bendición, agradecemos a Dios todas las demás bendiciones recibidas y aquellas que imploramos de su divina bondad para este año que comienza, convencidos de que, si nos ha dado a su Hijo, ¿cómo no nos dará con Él todas las cosas? (cf. Rm 8,32). Una vez más, las gracias concedidas a María revierten en nuestro bien. El Señor se hace hijo de María para que nosotros lleguemos a ser hijos de Dios por adopción, como nos ha recordado san Pablo en la segunda lectura.

El Espíritu de Dios cubrió a María para que ella diera a luz al Hijo, revestido de nuestra carne humana. Así, la naturaleza que pecó ha sido purificada del pecado por Cristo en María. Ella, cual puerta santa, permanece cerrada, porque sólo el Señor entró por ella y salió por ella al mundo (cf. Ez 44,2-3).

Cristo es circuncidado al octavo día de su nacimiento, como hemos escuchado en el Evangelio, y resucitó en el octavo día, al tercero de su bautismo en la cruz, figura y realidad de la Alianza salvadora: la antigua, y la nueva y eterna. Como verdadero hombre y verdadero israelita, vino a llevar la ley a su perfección en Él y en nosotros, cumpliendo “toda justicia” (cf. Mt 3,15). Como verdadero Dios, vino a darnos la plenitud de la ley, que es el amor: su Espíritu Santo derramado en nuestros corazones.

Hoy, como los pastores, somos invitados a glorificar a Dios y a dar testimonio de todo lo que hemos visto y oído, y que el Señor ha tenido a bien manifestarnos: “¡Gloria a Dios en el cielo, y paz en la tierra a los hombres, porque el Señor los ama!”. Bendito sea Dios por María, que nos ha traído la bendición, la gracia y la misericordia del Señor en su Hijo, Jesucristo, nuestro hermano, nuestra Cabeza y nuestro Dios.

    Proclamemos juntos nuestra fe. 

                                                           www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

Séptimo día de la octava de Navidad

Séptimo día de la octava de Navidad

1Jn 2, 18-21; Jn 1, 1-18

Queridos hermanos:

De la misma manera que la cruz se hace presente ya desde el pesebre del Señor, como Mesías ignorado, también la contradicción y la persecución serán constantes en su vida y en la de sus discípulos, tal como anunciara Simeón. Estas se perpetuarán generación tras generación por la acción satánica del Anticristo, que Mateo evidenciará en la figura de Herodes como una de las continuas encarnaciones diabólicas a lo largo de la historia y que, según Juan, nos hace comprender que nos encontramos en la hora final.

El Evangelio de Juan nos presenta también, en su prólogo, la acción misericordiosa de Dios, a la que el hombre debe adherirse en este mundo por la fe, para alcanzar la plenitud en su diseño amoroso. La tensión se centra ahora entre la luz y la oscuridad, entre la mentira y la Verdad que se ha encarnado para deshacer las obras del mentiroso y padre de la mentira.

Dios ha manifestado su gloria en la creación a través de su Palabra, y ahora, realizando una nueva creación, lo hace por medio de su Verbo encarnado, lleno de gracia y de verdad, lleno de misericordia y de amor. Allí donde el mentiroso y padre de la mentira engañó al hombre negándole el amor de Dios, el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, nos lo ha testificado. Porque “a Dios nadie le ha visto jamás; pero el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado”.

Este es el anuncio de los ángeles en Belén: la gloria de Dios que está en el cielo es el amor de Dios por todos los hombres, un amor que quiere complacerse en ellos para darles la Paz, y gracia sobre gracia, perdón sobre perdón y misericordia sobre misericordia.

Dios nos ama porque es amor, aun cuando nosotros merezcamos muy a menudo su rechazo por nuestros pecados. ¿Y por qué no lo ha hecho? Porque su Hijo, en total sintonía con el Padre, ha dicho: “¡No! ¡Mándame a mí!”. He aquí el amor de Cristo, que hace exclamar al Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”, y nos lo ha entregado hecho hombre. Y hemos hecho con Él cuanto hemos querido: lo clavamos en una cruz, y Él nos ha disculpado; y el Padre nos ha perdonado, resucitándolo de la muerte. He aquí el amor del Padre.

Olvidar este amor es nuestra ingratitud. Despreciar este amor es nuestra perversión. Rechazar este amor es nuestra necedad, nuestra maldad y nuestro pecado. Sólo cuando reconozcamos profundamente tanto nuestra maldad como el amor de Dios, nos convertiremos de corazón, acogeremos su misericordia encarnada en Cristo Jesús, seremos resucitados de la muerte y recibiremos la Paz que Cristo nos trae con su Reino.

Fortalecidos por su Espíritu, bendigamos al Señor, que se nos ha manifestado como nuestro Salvador y Redentor, testificándolo con nuestra vida.

           Que así sea.                                                                                                                                                                  www.cowsoft.net/jesusbayarri  

  

Sexto día de la octava de Navidad

Sexto día de la octava de Navidad

1Jn 2, 12-17; Lc 2, 36-40

Queridos hermanos:

Los padres del Señor, fieles cumplidores de los preceptos de la Ley, presentan al Niño en el templo, y el Espíritu da testimonio de Él, reconociéndolo como el Redentor anunciado por los profetas. Hoy, a través de una mujer, Ana —como aquellas otras: María, Débora o Juldá, profetisas de las que habla la Escritura—, Dios reparte libremente sus dones. Pero el discernimiento profético se apoya, en este caso, en la sabiduría de una ancianidad largamente dedicada a la oración y a una casta entrega al Señor, el Esposo definitivo, que desde el cielo provee a su sustento mejor que cualquier marido.

Como a Simeón, Dios concede a Ana el discernimiento profético para reconocer a Aquel a quien ama sin haberlo conocido; sin apariencia ni presencia que se pueda estimar, y sin necesidad de los sentidos, que en su misma limitación sólo ofrecen impedimento a las manifestaciones del Espíritu, a quien nada queda oculto ni lejano por ser sutil, penetrante, todovigilante, efluvio del poder divino, emanación purísima de la gloria del Omnipotente, y que, entrando en las almas buenas de cada generación, va haciendo amigos de Dios y profetas.

Tocada por el Espíritu, se convierte en testigo de Aquel que le ha sido revelado interiormente: el esperado de las naciones, Aquel a quien todos los pueblos rendirán tributo.

Y cuantos lo hemos conocido por el perdón de nuestros pecados —como proclama la primera lectura— podemos experimentar su victoria sobre el mundo y sobre su dominador, el Maligno, si la Palabra del Señor permanece en nosotros; porque en ella hemos sido fortalecidos y llamados a permanecer para siempre en su presencia.

Que así sea.                                                                                                                                                                                 www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

 

 

Quinto día de la octava de Navidad

Quinto día de la octava de Navidad

1Jn 2, 3-11; Lc 2, 22-35

Queridos hermanos:

Contemplamos hoy la Presentación del Señor, en la que Cristo es “luz de las gentes”, según Isaías al referirse al Siervo, o “luz de las naciones”, como lo proclama Simeón. Cristo mismo dirá: “Yo soy la luz del mundo”. El Señor, a través de Simeón y Ana, nos presenta a su Hijo como Salvador, Redentor, luz del mundo, gloria de su pueblo y señal de contradicción. Siempre que se menciona a Cristo en las Escrituras, aparece acompañado de la cruz, candelero en el que el Padre, Dios, ha puesto su luz para que alumbre a todos los de la casa, anunciadora de su Misterio Pascual: muerte y resurrección, “escándalo para los judíos y necedad para los gentiles, mas para los llamados, fuerza de Dios y sabiduría de Dios”.

Nosotros contemplamos hoy esta luz que entra por primera vez en el Templo en carne mortal. La tradición lo expresaba con las candelas encendidas, pues también nosotros, por el Espíritu de Cristo, somos portadores de luz y, según las palabras del Señor, luz para el mundo. Cristo, entrando en el Templo y pagando el rescate de los primogénitos, nos hace presente la salvación pascual de su pueblo, liberado de la esclavitud de Egipto, figura que en Él alcanza su pleno cumplimiento, total y universal.

La profecía de Malaquías anuncia otra entrada de Cristo en el Templo, precedido por su mensajero, Juan el Bautista, y visitando Él mismo su casa, no ya como un judío piadoso más, sino como el Señor. Cuando haya terminado el “tiempo de higos”, tiempo de sentarse bajo la parra y la higuera, llegará el tiempo del juicio, que comenzará por el Templo. Entonces, el árbol que no dé fruto será cortado y arrojado al mar; se secará como la higuera o será arrasado como el Templo, por no haber reconocido el día de su “visita”. A esto se refiere Simeón cuando proclama: “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y como señal de contradicción”; y como dice Malaquías: “¿Quién podrá soportar el día de su venida?”

Nosotros, al recordar ahora este acontecimiento profético, celebramos el memorial sacramental de su pleno cumplimiento en la Pascua de Cristo. La muerte ha sido vencida en la Pascua de este Cordero inmaculado, y el faraón diabólico ha sido despojado de sus cautivos. Velemos, pues, porque el Señor nos visita con frecuencia en busca del fruto del amor que Él mismo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, como luz que nos ha obtenido con su cruz y su resurrección, y que acogemos con nuestro “amén” en la comunión de su Cuerpo y de su Sangre.

           Que así sea.                                                                                                                                                        www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

La Sagrada Familia A

La Sagrada Familia A

Eclo 3, 2-6.12-14; Col 3, 12-21; Mt 2, 13-15.19-23.

Queridos hermanos:

Celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, que, en el trasfondo de la alegría anunciada por los ángeles —propia de la Navidad y destinada a todo el pueblo—, deja entrever la cruz de la misión a la que es llamada en el Hijo.

La Sagrada Familia, constituida por Dios, vive en castidad perfecta la unión virginal de María y José; está sujeta incondicionalmente a la voluntad divina, llevando a cabo su plan de salvación. En su seno hace crecer a Cristo, Palabra y Gracia de Dios, hasta la estatura adulta de su entrega en la cruz para la redención de los hombres. Permanece unida en medio de las dificultades de la vida —muchas y graves— que Dios ha permitido para ella. Él ha querido realizar en esta familia un modelo de fe, tanto en la entrega fecunda como en la renuncia personal de los esposos en favor del Hijo, que vivirá sujeto a ellos. Es, por tanto, modelo de amor esponsal en perfecta castidad, llevado a plenitud por la presencia del Espíritu Santo en cada uno de ellos, en una vida de “humildad, sencillez y alabanza”.

Dios ha querido que nuestro Redentor fuera verdadero hombre y, en consecuencia, tuviera una verdadera familia y una historia humana en la que se preparara y realizara su misión de salvación. Esto debe interpelarnos en nuestras expectativas sobre nuestra propia familia y nuestra vida, en las que tantas veces nos escandaliza la aparición de acontecimientos que juzgamos adversos, precisamente porque no los contemplamos bajo el prisma de la fe, que ilumina su sentido último y trascendente en relación con la llamada de Dios. Si la misión de Cristo implicaba su oblación total, también nosotros tendremos luz para comprender el sentido del sufrimiento, que lo acompañará siempre y con el que será preparado junto con su familia, “experta en el sufrir”, como la llama un himno litúrgico.

Si bien Dios preserva la misión de su Hijo, no le evita los trabajos y sufrimientos que implica su auténtica redención, por la cual se hizo verdaderamente hombre. “Era necesario que el Cristo padeciera”. Todo lo que implicaba la verdadera encarnación del Hijo requería que su familia fuera tal como Dios la quiso. Las gracias necesarias que se le concedieron no disminuyeron en nada su condición de familia humana. Su santidad ilumina la santidad a la que somos llamados como familia en Cristo.

La santidad de Dios fue el motivo y la causa de la llamada a la santidad que dirigió a su pueblo: “Sed, pues, santos, porque yo soy santo”. San Pablo dirá que para eso hemos sido elegidos en Cristo antes de la creación del mundo: “Para ser santos e inmaculados en su presencia por el amor”. Por eso la santidad no es algo abstracto, sino que se vive en relación con el amor: sed santos con los demás como Dios es santo con vosotros.

La Palabra nos muestra la disposición total de la Sagrada Familia a la misión y a sus consecuencias, y por tanto a la voluntad de Dios. Interiormente, esto se traduce en relaciones de amor entre sus miembros: cónyuges, padres e hijos, que no se miran a sí mismos, sino al bien del otro, como vemos en las lecturas. José, el menor en dignidad, será cabeza; y Jesús, el mayor, estará sujeto a ellos. San Pablo enseña que el marido es cabeza de la mujer, y vemos en el Evangelio que Dios habla a José —y no a María— para indicarle lo que debe hacer la familia de su Hijo. Mientras su pueblo ignora y persigue a Cristo, será Egipto quien lo acoja y lo guarde de sus enemigos, como ocurrió con José, el hijo de Jacob. Solo entonces se cumplirá: “De Egipto llamé a mi Hijo”, el nuevo y verdadero Israel.

“¡Familia en misión, Trinidad en misión!” (San Juan Pablo II, 1988). 

 Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                                                      www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

San Juan, Apóstol

 San Juan Apóstol

1Jn 1, 1-4; Jn 20, 1-8

Queridos hermanos:

El discípulo amado se asoma a la liturgia navideña con el martirio blanco y eterno de su amor; predilecto del Amado, cede su lugar al testimonio púrpura de Esteban, cuya memoria celebrábamos ayer. Figura central en el Nuevo Testamento, su vida y su obra dejaron una huella indeleble en la historia de la Iglesia, destacándose por su profundo amor y devoción a Cristo. Jugó un papel fundamental en la primera comunidad cristiana de Jerusalén y, posteriormente, en Éfeso, donde se cree que pasó sus últimos años. Su liderazgo y sus enseñanzas fueron vitales para la consolidación de la fe en los primeros siglos. Testigo ocular de la vida y del ministerio de Jesús, un Evangelio, tres epístolas y el libro del Apocalipsis llevan su nombre.

El legado de Juan es vasto y significativo. Se le recuerda como un místico y teólogo profundo, cuyo amor y devoción a Cristo se reflejan en cada uno de sus escritos. Sus textos ofrecen una comprensión más honda del misterio de la encarnación, de la redención y de la promesa de la vida eterna.

Apóstol, evangelista y místico teólogo, nos presenta su pureza casta como un modelo inolvidable para esta generación tristemente enfangada y descreída, incapaz de alzar el vuelo hacia la contemplación del Señor resucitado. “Ver y creer” fue su actitud ante la tumba vacía, que confirmaba el testimonio interior que el Espíritu del Hijo daba a su espíritu: ¡Es el Señor! Una vez más, el amor se adelantaba a la percepción de los sentidos, limitados en su pequeño mundo físico, frente a los horizontes infinitos del Espíritu, abiertos para él.

Hijo del trueno por su celo, águila por la elevación de sus miras y de sus vuelos, contemplativo privilegiado de la gloria y de la agonía de Cristo, recibió la gracia de acoger a la Virgen María junto a la cruz de su Hijo. Hoy es venerado como apóstol del Asia Menor y mártir invicto.

Pescador de hombres por designación profética divina, recibió del Señor la promesa de sentarse a juzgar a las doce tribus de Israel. Él, que suplicó sentarse junto a Cristo en su Reino, fue revestido de paciencia para permanecer aquí hasta el retorno del Señor, si tal hubiera sido la voluntad de su Maestro.

Su vida es un testimonio inquebrantable de amor y de fe profunda, que ha inspirado a innumerables generaciones de creyentes a seguir su ejemplo de entrega y devoción a Cristo.

 ¡Gloria al discípulo amado!

           Que así sea.

                                        www.cowsoft.net/jesusbayarri

 

 

 

San Esteban

San Esteban

Hch 6, 8-10; 7, 54-59; Mt 10, 17-22.

Queridos hermanos:

El protomártir Esteban viene a poner de manifiesto no solo la persecución real contra los discípulos en aquel ambiente de rechazo a Cristo, sino también su condición esencial frente a un mundo, siempre en constante oposición a su misión: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, señal de contradicción». Esa es la esencia de la condición del cristiano, y deberá serlo en cada generación, según la visión profética del Señor: «Si a mí me han perseguido, a vosotros os perseguirán. Yo, al elegiros, os he sacado del mundo. Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado primero, porque no han conocido ni al Padre ni a mí».

«Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo, y mi Espíritu hablará por vosotros, dándoos una sabiduría a la que no podrá contradecir ningún adversario vuestro. También hablaré ante el Padre en defensa vuestra, mostrándole mis llagas gloriosas, que os purifican de todo pecado y de todo mal. Os fortaleceré para que podáis perseverar hasta el fin, en el testimonio que se os asignará para salvación del mundo y que os salva a vosotros desde ahora: veréis el cielo abierto y al Hijo del hombre en pie a la derecha del Padre».

Es de destacar que Lucas dedique dos capítulos a este discípulo «lleno de fe y de Espíritu Santo», elegido de entre el grupo de los diáconos para ejercer la caridad y al que se le concede, además, la mayor de todas las gracias: testificar con su sangre a Nuestro Señor Jesucristo en medio de las turbulencias entre hebreos y helenistas. Recibe el Espíritu del Señor y, junto a su sangre, ofrece a Dios el perdón de sus enemigos, como digno discípulo del Señor, crucificado por él.

Su testimonio precioso se propagará por el mundo griego y llegará hasta nosotros, que lo recibimos unido a la emoción navideña del «Niño» recostado en un pesebre: pajas y maderos que envuelven glorias y amores eternos. Como dijo Tertuliano: «Nosotros nos multiplicamos cada vez que somos segados por vosotros: la sangre de los cristianos es una semilla» (Apologético, 50, 13). Con Esteban hacemos presente al Señor, que nos acompaña siempre con su cruz, levantada y gloriosa desde la cuna hasta el sepulcro.

Caridad y anuncio son inseparables y se corresponden mutuamente: Cristo es el cumplimiento de las profecías, hacia quien tienden todas las Escrituras y la misma historia de la salvación humana.

                    Que así sea.                                                                                                                                                                                 www.cowsoft.net/jesusbayarri  

La Natividad del Señor

La Natividad del Señor

Misa vespertina (vigilia): Is 62, 1-5; Hch 13, 16-17. 22-25; Mt 1, 1-25

Misa de Medianoche (del gallo): Is 9, 1-6; Tt 2, 11-14; Lc 2, 1-14.

Misa de la Aurora: Is 62, 11-12; Tt 3, 4-7; Lc 2, 15-20.

Misa del Día: Is 52, 7-10; Hb 1, 1-6; Jn 1, 1-18 o (1-5.9-14).

Queridos hermanos:

Gran misterio el de esta fiesta, en la que el Hijo de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, venido del cielo al seno de la Virgen María, se dignó nacer entre nosotros. La salvación se hace luminosa en la conmemoración de su Nacimiento, como es esplendorosa en la Pascua que celebramos. Disipadas las tinieblas y las sombras de la muerte, brilla la luz de Dios en Belén —la “casa del pan”— y se manifiesta como vino nuevo en Caná. Pan y vino, Pascua y bodas, Dios y hombre verdadero: “Pan vivo bajado del cielo” (Jn 6, 41).

El Señor se desposa con su pueblo, que será la humanidad entera que Él asumirá en un cuerpo mortal: “Me has dado un cuerpo para hacer, oh Dios, tu voluntad” (Hb 10, 5-7). Ya el pesebre anuncia simbólicamente el Misterio de Pascua del Señor, en el que la humanidad asumida deberá ser redimida entrando en la muerte de cruz. El gozo del amor tendrá que pasar por la angustia mortal; será un paso, una pascua hacia la victoria definitiva, en la que Jerusalén recibirá su nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor, anunciando su triunfo final: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

La elección de la que habla el libro de los Hechos y su plenitud en el reino de David se cumplen en Cristo, definitivamente Rey, como atestigua el Evangelio. El llamado “Hijo de David” será el “Dios con nosotros”, Jesús, que salvará a su pueblo de sus pecados. Dios, Rey, Salvador y Redentor: un niño nos ha nacido, el Hijo se nos ha dado.

Con la venida de Cristo, el hombre ha visto a Dios, que trae la vida nueva para establecerlo en su renovada dignidad de hijo de Dios e introducirlo en la vida eterna, liberando a la humanidad de la antigua esclavitud del pecado y de la muerte.

La Navidad está, pues, unida inseparablemente al misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo, misterio de la salvación humana. No es solo un gozoso recuerdo de la venida de Cristo, que trae la paz y la fraternidad entre los hombres; la Iglesia contempla esta fiesta en estrecha relación con su futura muerte y resurrección, y a Jesús recostado en el pesebre se le aclama ya en la liturgia como el Redentor.

Celebrar la Pascua en Navidad significa expresar con la vida la nueva realidad de asemejarse al Hijo de Dios, de abrirse a la acción de la gracia, de buscar las cosas de arriba y de crecer en el amor fraterno. Alabamos a Dios porque, en estos tiempos que son los últimos, nos ha hablado por medio de su Hijo, asumiendo las fatigas de una vida nueva (cf. I Padri Vivi, en la fiesta de Navidad, Ed. Città Nuova, pp. 35-36).

Así como el emperador César Augusto envió a sus mensajeros anunciando el censo, así el verdadero Emperador envía a los suyos a realizar el padrón de la fe y su registro en el libro de la vida. Cuando un ángel anunció a los pastores la Buena Nueva, se le unió una multitud de ángeles diciendo: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres, porque el Señor los ama”. Así es también la alegría celeste cuando un discípulo anuncia la Buena Nueva a sus hermanos (cf. Anónimo del siglo IX, Hom. 2, 1-4, I Padri Vivi, pp. 40-41).

Si Cristo, engendrado por el Espíritu Santo y concebido en el seno de María por la acogida de la Palabra del Señor, fue dado a luz, nació de la Virgen y realizó su obra de salvación, también nosotros podemos concebir a Cristo, engendrado en nosotros por el Espíritu Santo mediante la fe, y gestarlo en la fidelidad, de modo que nazca de nosotros y sea visible a través de las obras de su amor, que el Espíritu Santo derrama en el corazón de todo el que cree. 

 Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                                              www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

 

Feria del 24 de diciembre (misa de la mañana)

Feria del 24 de diciembre (misa de la mañana).

2S 7, 1.5.8b-12.14.16; Lc 1, 67-79.

Queridos hermanos:

En esta inminencia de la Navidad, estas palabras de Lucas, aplicadas a Zacarías, se elevan como un canto a la misericordia y a la fidelidad de Dios. Desde un presente colmado de gratitud, recorren las promesas del pasado y las proyectan hacia su futuro cumplimiento, que se hace inminente con la llegada del Precursor, llamado a clausurar las expectativas proféticas de la salvación. Natán y Elías reclaman su protagonismo en el acontecimiento gozoso en el que han sido envueltos por el Espíritu del Señor.

Al hombre que gime en medio de las tinieblas de la muerte le llega la luz de Dios; una estrella rasga el lejano firmamento y se acerca. El temor, consecuencia de la muerte propia del pecado, se desvanece ante la paz del perdón. Se anuncia a todos los pueblos el cumplimiento de su ignorada adopción filial, ahora revelada como misterio amoroso de Dios. Surge la estrella que ilumina el cielo y embellece el firmamento; florece la sequedad del desierto en una primavera eterna con la presencia del Señor.

La voz presagia a la Palabra, rompiendo el antiguo silencio de la incredulidad; los oídos se abren y los ojos se iluminan. Dios se muestra favorable, y los corazones endurecidos se reblandecen por la gratuidad del amor.

¡Ven, Señor!

                     Que así sea.                                                                                                                                             www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Séptima feria mayor de Adviento, "Oh Emmanuel"

Séptima feria mayor de Adviento, “Oh Emmanuel”

Ml 3, 1-4.23-24; Lc 1, 57-66

Queridos hermanos:

Ante la inminencia de la Navidad de Cristo, contemplamos hoy el nacimiento de su precursor, quien recibe su nombre y su misión. Juan, “Dios es favorable”, abre un tiempo de gracia y conversión para esperar el “año de gracia” que inaugurará el Mesías.

Expectación, miedo y estupor embargan al pueblo ante la proximidad de Dios, que se acerca a la indignidad del hombre ofuscado por lo numinoso, como en el caso de Pedro ante la pesca milagrosa: “Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador”. Y, sin embargo, todo queda envuelto en un clima de gozo, propio de la presencia del Espíritu que se cierne sobre las tinieblas del mundo que se dispone a recibir la luz.

Se palpa el poder creador de Dios, y el calor de su misericordia relativiza las negatividades humanas, mientras huyen las vanas potestades del mal. Satanás se tambalea en su pedestal, pronto a precipitarse como un rayo desde su usurpada altura ante el resonar de la Buena Nueva.

El Señor está cerca; huyan las tinieblas y las sombras, y que brille la luz de Cristo. Que exulten el desierto y la montaña de Judea, elegidos por Dios para manifestarse; que se regocije el Jordán y cante Jerusalén; que se engalane para las bodas la Hija de Sión.

Ven, Señor, y arrástranos tras de ti; compadécete de nuestra tristeza y soledad infinitas; sé tú nuestro consuelo en este destierro y en esta aflicción mortales.

   Que así sea.

                                                             www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Sexta feria mayor de Adviento, "Oh Rey de las naciones"

Sexta feria mayor de Adviento “Oh Rey de las naciones”

1S 1, 24-28; Lc 1, 46-56

Queridos hermanos:

La Palabra de hoy nos presenta las acciones de gracias de Ana y de María, madres por la gracia de Dios, que escucha la oración y se fija en la humildad para ser fiel a su promesa. Dios no defrauda y nos invita a confiar en Él y a no dudar de su poder, pues también nosotros hemos sido evangelizados con la promesa de un fruto que brotará de nuestros corazones y que será obra suya.

Con la elección de Samuel, el hijo de Ana, como profeta, comienza el anuncio de un nuevo sacerdocio; pero será con Cristo, el Hijo de María, con quien Dios prepara el sumo y eterno sacerdocio, que intercederá de manera eficaz y perfecta por toda la humanidad.

Dios sigue dando a su Iglesia, mediante su elección gratuita, nuevos servidores como Samuel, el hijo de Ana, y nos propone su total entrega y dedicación, figura de la de Cristo, el Hijo de María, a cuya misión hemos sido llamados y en la que estamos siendo incorporados.

Exultemos, pues, con estas dos bienaventuradas madres en el Señor, que, a través de nuestra madre la Iglesia, nos da a Cristo en la Eucaristía. Unámonos a su acción de gracias, nosotros que hemos sido llamados a su servicio gratuitamente, desde la bajeza de nuestros pecados, y que hemos sido colmados con sus gracias.

Que la Eucaristía nos una cada vez más firmemente a Cristo, en su seguimiento y en la entrega a nuestros hermanos.

 Que así sea.

                                        www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

 

 

 

 

 

 

Domingo 4º de Adviento A "Oh Sol"

Domingo 4º de Adviento A  "Oh Sol"

Is 7, 10-14; Rm 1, 1-7; Mt 1, 18-24

Queridos hermanos:

Nos preparamos para contemplar el misterio del nacimiento de Cristo, ante el cual Dios anuncia a Israel una señal de salvación en lo más alto —será Dios— y en lo más profundo —será hombre—: el Cristo será Dios y hombre, y su nombre indica su misión salvadora de perdón de los pecados. La humanidad de Cristo es engendrada en el seno de la Virgen María, como lo fue su divinidad en el seno del Padre. Verdadero Hijo de Dios en sus dos naturalezas y verdadero hijo de María, engendrado en ella por Dios en su perfecta humanidad.

En lo que respecta a nosotros, Cristo se nos presenta hoy como Emmanuel y como Jesús: prójimo y salvador nuestro. Dios cercano y misericordioso, evangelio vivo del Padre. Se conmueven el cielo y la tierra ante el cumplimiento y la manifestación del misterio escondido del amor de Dios, que ahora se revela. Dios se une inseparablemente a nosotros en Cristo; su alianza de amor es eterna, y a ella somos llamados por la fe mediante el anuncio del Evangelio, el kerigma.

Toda paternidad procede de Dios, de quien toma origen toda vida, y es Él quien la comunica a los hombres para el cumplimiento de una misión. La paternidad biológica no agota el contenido de la “paternidad”, ni puede arrogarse la exclusividad de su significado. En la misión de reconocer, nombrar, nutrir, educar y proteger a los hijos, la paternidad biológica se completa y llega a ser realmente tal. San José es investido por Dios como padre de Cristo en todo, salvo en su generación, a través del anuncio del ángel; e imponiendo el nombre a Cristo, proveyendo lo necesario para su maduración humana, educándolo en la fe y en el conocimiento de las Escrituras, y rodeándolo de los cuidados necesarios, ha ejercido verdaderamente la paternidad que le fue confiada.

Su misión concluirá únicamente cuando el niño Jesús reconozca a Dios como su Padre: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» A partir de este momento, José desaparece definitivamente de la Escritura. Pero antes de que le fuera confiada su misión, José tuvo que pasar la prueba de la fe, como Abrahán, como Israel y como Cristo mismo ante la cruz. José tiene su porción de “Moria” y de “Getsemaní” en la angustia ante un acontecimiento que no puede resolver con su razón, sino sólo apoyándose en Dios, y ante el cual debe decidir. Sólo entonces Dios proveerá el cordero para él, como para Abrahán, y abrirá para él el mar, como para Israel: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».

A nosotros también se nos confía, por la fe en Cristo, una maternidad, una fraternidad y, en cierto sentido, también una paternidad que ejercer en bien de aquellos que nos son encomendados. También nosotros tendremos nuestra prueba purificadora de la fe ante la misión, porque: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío». «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios».

Mientras contemplamos hoy el nacimiento de Cristo, celebramos ya su salvación y su entrega por nosotros en el memorial de la Pascua, que es la Eucaristía. Anunciamos su muerte y proclamamos su resurrección, mientras esperamos su venida gloriosa.

  Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                                   www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Cuarta feria mayor de Adviento "Oh llave de David"

Cuarta feria mayor de Adviento “Oh llave de David”

Is 7, 10-14; Lc 1, 26-38

Queridos hermanos:

Hoy, la buena noticia del “Dios con nosotros”, concebido por la Virgen y que pone fin a la consecuencia del pecado, toma nombres concretos en Gabriel, María y Jesús. A la Virgen María, el que está delante de Dios le presenta lo que ha contemplado: ella es la llena de gracia, llamada a ser madre del Hijo del Altísimo, porque ha hallado favor ante Dios.

Jesús será grande, será santo y se le llamará Hijo de Dios. Se cumplen así las promesas hechas a David, y nosotros somos evangelizados con María, porque “todo es posible para Dios”: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios».

Esta palabra nos revela la fidelidad de Dios a sus promesas de salvación y nos presenta a Jesús como el Salvador que viene a perdonar los pecados y a destruir la muerte. Él viene a manifestar el misterio escondido desde antiguo, como dice la Carta a los Romanos (16, 25): la llamada universal al reino eterno prometido a David. Todas las promesas apuntan a Cristo como el elegido para nuestra salvación, asumiendo la virulencia del mal para destruirlo. El plan de Dios para salvar al mundo está en acto. La salvación anunciada por los profetas es ahora proclamada por el arcángel Gabriel a María, que acepta la voluntad de Dios y concibe a Cristo.

Estas palabras nos llenan de esperanza, porque también a nosotros se nos ha hecho la promesa de ver nacer en nuestra vida a Cristo, venciendo la esterilidad de nuestra impotencia. También nosotros recibimos sobreabundantemente la gracia del Señor, con la que Él quiere llenar nuestro corazón. ¡Alégrate, por tanto, y salta de gozo tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá! ¿Qué es más difícil: que la Virgen sea concebida sin pecado, o que a nosotros se nos borren los pecados por la fe, para que recibamos el Espíritu Santo como María, y que en nosotros se geste y nazca un hombre nuevo incorporado a Cristo, con la vida de Dios en nuestro interior? “El que escucha la palabra de Dios y la guarda, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

También nosotros somos evangelizados con María. Cristo puede ser concebido en nosotros por la fe y dado a luz mediante las obras del amor de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos da. La salvación está cercana, y debemos disponernos a acogerla reconociendo el amor de Dios hacia nosotros y la fuerza de su poder, porque no hay nada imposible para Él. La gracia engendrada por haber acogido el anuncio del ángel envuelve por completo a María para ser dada a luz en un mundo sumergido en tinieblas y sombras de muerte, y guiarlo por el camino de la paz. “Dichosa eres tú, María, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”.

Hoy, la liturgia de vísperas llama a Cristo “Llave de David”, porque Él abre las puertas del reino eterno a través de su carne: “El que come mi carne tiene vida eterna”.

          Que así sea.

                                                   www.cowsoft.net/jeusbayarri  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tercera feria mayor de Adviento, "Oh Renuevo del tronco de Jesé"

Tercera feria mayor de Adviento. “Oh Renuevo del tronco de Jesé”

Jc 13, 2-7.24-25; Lc 1, 5-25

Queridos hermanos:

En esta tercera feria mayor del Adviento, la Palabra nos invita a reflexionar sobre la iniciativa, la elección y el poder de Dios para salvar, sin detenernos únicamente en la acción misma de la salvación. “Dios es favorable”: ese será el nombre de Juan, llamado a encarnar el kairós por excelencia de la historia. Será el mensajero del “Año de gracia del Señor”. Hijo de Zacarías —“Recuerdo del Señor”— e Isabel —“Descanso”—, hijo de padres justos y él mismo lleno del Espíritu Santo desde el seno materno.

Como signo de que Dios saca vida de la muerte, Él elige a lo largo de la historia a mujeres estériles, incapaces de dar vida, para manifestar su intervención. Así nos recuerda que Él es la Vida y que para Él nada hay imposible. La Escritura está llena de estériles fecundas: Sara, Rebeca, Raquel, la madre de Sansón, Ana e Isabel. Todas ellas muestran la elección divina. El fruto de sus entrañas es obra exclusiva del poder de Dios, cuyo designio suele ser comunicado por el anuncio del enviado, que debe ser acogido en la fe: “Concebirás y darás a luz un hijo”. En el caso de María, su infecundidad no proviene de defecto físico alguno, sino de su virginidad, que se convierte en signo sublime de la maternidad del sumo Bien, de la Bondad y de la Belleza reveladas en Cristo.

Sorprende la “incredulidad” de Zacarías, de quien la Escritura afirma su justicia y su caminar sin tacha ante Dios. También en el Evangelio vemos a los apóstoles dudar aun contemplando a Cristo resucitado. San Lucas señala: “A causa de la alegría” (Lc 24,41). El problema de Zacarías pudo ser mirarse a sí mismo frente a la magnitud del acontecimiento, y quedar desconcertado ante la gratuidad y la magnanimidad de Dios al elegir a alguien tan insignificante, hasta el punto de hacerlo vacilar. Sería una incredulidad nacida de la conciencia de su propia indignidad, más que de una duda sobre el poder de Dios. En cualquier caso, lo que podemos deducir es que, aun en dones tan grandes, Dios respeta nuestra libertad, sin imponerse ni condicionar nuestra razón de manera absoluta.

Dios elige desde el seno materno, e incluso antes, y provee lo necesario para la realización de su plan, sin someterse a criterios humanos de valor. Nos conoce antes de ser formados en las entrañas y, con la fuerza de su Espíritu, arrastra a sus elegidos hacia la misión. Juan será instrumento de reconciliación entre padres e hijos, para que, dejando toda rebeldía, adquieran la prudencia de los justos en la espera del Señor.

La salvación de Dios debe ser acogida en la fe; por ello es necesario un corazón bien dispuesto mediante la conversión. A esto se orienta toda la predicación de Juan y, ahora, la de la Iglesia, que a través de la liturgia nos ofrece la Palabra y la exhortación, para que estemos preparados a recibir al Señor como centro de nuestra vida.

 Que así sea.

                                        www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

Segunda feria mayor de Adviento, "Oh Adonai"

 

Segunda feria mayor de Adviento, “Oh Adonai”

Jer 23, 5-8; Mt 1, 18-24

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra sigue presentándonos a Jesús, que no solo es verdadero hombre, sino también aquel cuya humanidad fue engendrada en el seno de la Virgen María, así como su divinidad en el seno del Padre. Verdadero Hijo de Dios en sus dos naturalezas, y verdadero Hijo de María, engendrado en ella por obra de Dios. Para nosotros, Cristo se manifiesta hoy como Emmanuel y como Jesús: prójimo y salvador nuestro, Dios cercano y misericordioso.

Toda paternidad procede de Dios, de quien toma origen toda vida, y es Él quien la comunica a los hombres para el cumplimiento de una misión. La paternidad biológica no agota el sentido profundo de la paternidad, ni puede arrogarse la exclusividad de su significado. En la misión de reconocer, nutrir, educar y proteger a los hijos, esta paternidad debe ser perfeccionada para ser realmente tal. La misión de José concluye únicamente cuando el Niño Jesús da muestras de que su iniciación en la fe ha sido completada: «¿Y por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» Jesús ha reconocido al Padre, y José desaparece definitivamente de la Escritura.

San José es investido por Dios como padre legítimo según la ley —más que putativo— de Cristo, en todo salvo en su generación, que le fue revelada por el anuncio del ángel. Al imponer su nombre a Cristo, al proveer lo necesario para su maduración humana, al educarlo en la fe y en el conocimiento del Padre y de las Escrituras, y al rodearlo de los cuidados indispensables, José ejerció realmente la paternidad que le fue confiada.

Pero antes de que le fuera confirmada su misión, José tuvo que pasar la prueba de la fe, como Abrahán y como Cristo mismo ante la cruz. José vivió su propio Moria y su Getsemaní de angustia frente a un acontecimiento que no podía resolver razonablemente, pero ante el cual debía decidir. Solo entonces, Dios abrió para él “el mar” y proveyó “el cordero”: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.»

A nosotros también se nos confía, por la fe en Cristo, una maternidad, una fraternidad y, en cierto sentido, una paternidad que debemos ejercer en bien de aquellos que nos son encomendados. También nosotros tendremos la prueba purificadora de la fe ante la misión, porque: «Si alguno viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío. El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.» «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.»

Tanto la maternidad de María como la paternidad de José dependen de la acogida de una llamada del Señor. Así también en nosotros, como dice Jesús en el Evangelio: «El que escucha la palabra de Dios y la cumple, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

            Así sea.

                                                   www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

 

 

 

 

 

 

 

Primera feria mayor de Adviento, "Oh Sabiduría"

Primera feria mayor de Adviento, “Oh Sabiduría”

Ge 49, 2.8-10; Mt 1, 1-17

Queridos hermanos:

          Comenzamos hoy las ferias mayores de Adviento, con las que nos disponemos a acoger a Cristo. En el Evangelio de este día contemplamos la presentación del Mesías que hace san Mateo, mostrándonos a Jesús, Hijo de David, situado en la Historia de la Salvación como cumplimiento y meta de Israel. Cristo es verdaderamente hombre; en Él se cumplen las bendiciones de Jacob a Judá, de las que habla la primera lectura, y también todas las promesas desde Abrahán, en quien serán bendecidas todas las naciones. En el Hijo de David, cuyo reino durará para siempre, se concentra la esperanza de Israel y de la humanidad entera. Él es el objeto de todas las profecías y la plenitud de todas las esperanzas.

El Mesías será llamado “Hijo de David”, de quien recibirá el reconocimiento como Señor (Mt 22,45). En su genealogía, Mateo nos habla de tres grupos de catorce generaciones, que confirman la ascendencia mesiánica de Cristo a lo largo de la historia, según la profecía de Natán. El número catorce corresponde a la gematría del nombre de David (Dvd): dálet, vau, dálet (4+6+4). David, repetido tres veces en la genealogía, aparece como un superlativo hebreo que subraya la identidad mesiánica de Jesús.

Este Jesús es la “descendencia de la mujer que aplastará la cabeza de la serpiente, la estrella que surge de Jacob, el león de Judá, aquel a quien pertenece el bastón de mando y a quien rendirán homenaje las naciones; Él es nuestra sabiduría, justicia, santificación y redención”. Es el Cristo que nos presenta Mateo, y ante quien cada hombre debe tomar posición: con Él o contra Él. No existe decisión más ineludible ni más trascendente en la historia humana. Como dirá el mismo Señor: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”.

La Eucaristía nos renueva en la respuesta a Dios, que nos entregó a su Hijo Jesucristo para que lo recibiéramos como Señor y Salvador. Comamos su Cuerpo, bebamos su Sangre, hagámonos un solo espíritu con Él y recibamos la vida eterna, de modo que donde Él esté, estemos también nosotros.

 Que así sea.

                                                   www.cowsoft.net/jesusbayarri              

 

 

 

Martes 3º de Adviento

Martes 3ª de Adviento 

So 3, 1-2. 9-13; Mt 21, 28-32

 

Queridos hermanos:

 

Todos somos pecadores, y la justicia remite siempre a la misericordia que brilla en la cruz de Cristo: justo es quien la acoge, y pecador quien la rechaza.

Es sorprendente la insistencia del Señor en llamarnos a la conversión y en seguir contando con nosotros, mientras nosotros descalificamos de inmediato a quienes nos desprecian. El Señor insiste porque su amor es desinteresado y no se deja vencer por nuestros pecados. Lo que nosotros llamamos amor, en el fondo, es un trueque que busca beneficios y no vence el mal; por eso tiene poco de verdadero amor.

Siempre, ante la misericordia del Señor, se presentan las dos posturas de la parábola: quien se convierte y quien la rechaza. Se trata, en el fondo, de la óptica del corazón; de la luz depositada en él, o del cristal con el que se miran las cosas, y que sólo Dios conoce y puede juzgar. Cuando esa luz es el amor, refleja únicamente amor; en caso contrario, todo se convierte en exigencia y cumplimiento vacío.

Ahí está nuestra dificultad para convertirnos al Señor: nuestro desamor. Nuestro corazón necesita ser sanado de la perversión que lo ha herido y lo mantiene sujeto al diablo, quien, negando falsamente el amor de Dios en nosotros, nos convierte en víctimas con “derecho” al odio, a la venganza y a la autojustificación.

Ésta es la dificultad del segundo hijo, a quien el padre llama “hijo”, y que responde diciendo “Señor” en lugar de “Padre”. A una relación de amor responde como a una imposición, como a una exigencia, porque no ama. El que ama, si peca, se convierte; el que no ama, ni siquiera ve sus pecados. Se considera justo, y desde su pretendida justicia juzga. Pensemos en el hermano mayor (Lc 15, 11ss) o en el fariseo (Lc 18, 9).

La primera respuesta del corazón que ama es, por tanto, acoger la llamada a la conversión, que nos invita a escuchar la voz de la persona amada. En el Evangelio, esta misión la encarna Juan el Bautista, y por eso hemos escuchado lo que Jesús dice a los sumos sacerdotes y ancianos: “Vino Juan y no le creísteis, cosa que hicieron los publicanos y las prostitutas”.

San Jerónimo afirma que, para algunos, estos dos hijos representan a los gentiles y a los judíos, que dijeron: “Haremos todo lo que ha dicho el Señor” (Ex 24, 3). Para otros, se trata de los pecadores y de los “justos”: los primeros se arrepienten, y los segundos se niegan a convertirse. Lo cierto es que Dios llama a unos y a otros, porque su amor no excluye a nadie y busca el bien de todos.

Los pecadores, o los gentiles, son aquellos que, habiendo dicho un “no” a Dios, como el primer hijo de la parábola, se han convertido; mientras que los judíos, o los “justos”, en su ilusoria justicia, no han obedecido la voz del Señor. Dice San Lucas (7, 30) que, rechazando a Juan, “han frustrado el plan de Dios sobre ellos”.

Nosotros somos de esos gentiles y pecadores, pero somos llamados a amar mediante la conversión a Cristo, para una misión en la viña que requiere un trabajo paciente antes de la recolección: misión a la que somos invitados por pura gracia.

Ahora somos llamados a unirnos a Él de corazón en la Eucaristía, donde nos dice: “Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña”.

 

 Que así sea.         

                                        www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Lunes 3º de Adviento

Lunes 3º de Adviento

Nm 24, 2-7.15-17; Mt 21, 23-27

Queridos hermanos:

Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo no habían creído en Juan Bautista, aunque el pueblo lo reconocía como profeta. No se atrevían a decir abiertamente que Juan no venía de Dios, pero tampoco aceptaban su mensaje. Ahora dudan de Jesús. No creen en Él, aunque se sienten con autoridad para cuestionarlo, sin detenerse a contemplar los signos, las enseñanzas y las curaciones que realiza con amor y poder.

Jesús, con esa sabiduría que desarma sin herir, les plantea una pregunta que los lleva a enfrentarse con su propia incoherencia. Les arranca una respuesta que, sin saberlo, los desautoriza. Temen perder la estima del pueblo, pero no les ha importado discernir la presencia de Dios en Juan, a quien han rechazado. Si no fueron capaces de reconocer a Juan como enviado, ¿cómo pueden pretender tener autoridad para interrogar a Jesús?

Es como si Jesús les dijera con dulzura firme: “¿Y vosotros, con qué autoridad me preguntáis a mí?”. Al manifestar ignorancia sobre Juan, se acusan a sí mismos de haber fallado en su deber de discernir ante Dios. ¿Qué autoridad pueden esgrimir ante Cristo si no la ejercieron con Juan, por miedo al rechazo del pueblo?

Jesús, entonces, no responde a su pregunta. La ignora, no por desprecio, sino porque deja que sea su Padre, a través del Espíritu Santo, quien hable por Él. El silencio de Jesús es elocuente: no se somete a una autoridad que ha perdido su raíz divina.

Al rechazar a Juan, han frustrado el plan de Dios sobre ellos (Lc 7,30), porque, en realidad, han rechazado al mismo Dios que lo envió. Si su autoridad venía de Dios, la han perdido. Jesús no se la reconoce en ningún momento, y por eso no responde a su pregunta. Como con Juan, deben aprender a discernir a través de las palabras y los hechos de Cristo, que lo acreditan como enviado de Dios, y más aún, como el Cristo, el Hijo del Dios vivo.

Él habla y actúa con la autoridad que le da el Espíritu Santo, y sus obras lo confirman: “Yo tengo un testimonio mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado” (Jn 5,36). “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre” (Jn 10,37-38).

Si no creen en las señales que Dios realiza en Cristo, ¿cómo van a creer en sus palabras?

Conocer la voluntad de Dios implica discernimiento, sometimiento y obediencia a las señales y a los enviados que la anuncian. Ellos estaban obligados a discernir la autoridad de Cristo y la de Juan por sus obras. Al no hacerlo, se declararon autosuficientes y se colocaron fuera de la voluntad de Dios.

Un corazón recto, que ama al Señor, discierne fácilmente su presencia. “Dios se manifiesta al humilde y al afligido que se estremece ante mis palabras, pero al soberbio lo mira desde lejos. Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes.”

¿Cómo podemos pretender que Dios nos hable si nuestro corazón está lejos de Él, si nuestros ojos y oídos están cerrados? También nosotros debemos aprender a discernir la voluntad de Dios a través de sus enviados, de los signos que los acreditan y de la Iglesia, que Él mismo nos ha dado como guía.

Nos guste o no, el que hace el bien es de Dios, y el que obra el mal, del diablo. El que obedece nunca se equivoca, mientras no se le incite a pecar.

Hoy tenemos su Palabra y este sacramento, que nos llama a entregarnos juntamente con Cristo, diciéndole desde lo más profundo del alma: ¡Amén!

   Que así sea.

                                                  www.cowsoft.net/jesusbayarri