Dedicación de la Basílica de Letrán

Dedicación de la Basílica de Letrán.

Ez 47, 1-2.8-9.12; ó 1Co 3, 9-11.16-17; Jn 2, 13-22.

Queridos hermanos:

          Celebramos la dedicación de la Basílica de Letrán, Catedral de Roma, consagrada el 324. La fiesta se celebra desde el siglo XI, el 9 de noviembre por toda la Iglesia.

          La catedral es el lugar de la “cátedra” del obispo, cabeza de la Iglesia, desde donde ejerce simbólicamente, su magisterio. Cuando se habla “pontificando”, decimos que se habla “ex cátedra”. En la antigüedad, el maestro se sentaba para enseñar, como hacía Cristo mismo.

           La Iglesia, aun sabiendo que el verdadero nuevo templo es la comunidad cristiana, consagra los edificios en los que la comunidad se congrega para la liturgia, la oración y los sacramentos, en su culto a Dios.  

           El cuerpo de Cristo es el verdadero y definitivo templo de Dios, de cuyo costado abierto brota el agua purificadora del Bautismo; de su seno nos es enviado el Espíritu, por cuya inhabitación en nosotros, somos también constituidos templo vivo del Señor.

          La comunidad cristiana es el verdadero edificio espiritual formado por piedras vivas, como dice san Pedro (1P 2, 5), y también san Pablo: “Santo es el templo de Dios que sois vosotros” (1Co 3, 16). En él se realiza un culto a Dios en Espíritu y Verdad, en el amor, en la comunión con gente de toda raza, lengua, pueblo y nación, constituidos en miembros suyos.

          Dice la Escritura que “los discípulos estaban siempre en el Templo bendiciendo a Dios”. La presencia del Espíritu en ellos los congregaba en el Templo, donde todos podían constatar el amor que los unía.  La comunión creada por el Espíritu era un signo para el pueblo, llamándolo a la fe. ¡Mirad como se aman! Así ocurre cuando la gente ve en los cristianos algo que el mundo no tiene: un solo corazón y una sola alma. La unidad de la comunión muestra en ellos la presencia viva de Dios, que es Uno.

          Este verdadero templo, se fundamenta por la acogida del anuncio de Jesucristo, se edifica por la caridad y los sacramentos, pero se destruye por el pecado. Cuando este templo se profana con la idolatría, se enciende la ira del Señor que viene a purificarlo, porque “Le devora el celo por su casa.”

          Jesús visitó muchas veces el templo, pero en este pasaje nos sorprende con una actitud inusual que no se repetirá más y que sólo puede entenderse a la luz de la profecía de Malaquías: “He aquí que envío a mi mensajero delante de ti y enseguida vendrá a su templo el Señor. Será como fuego de fundidor y como lejía de lavandero. ¿Quién resistirá el día de su visita?” En esta entrada de Jesús en el templo, es “el Señor,” quien visita su templo para purificarlo; no sólo el judío piadoso, el profeta, el maestro o el predicador carismático y taumaturgo.

          Esa es la autoridad que perciben los judíos en el gesto de Jesús y que no están dispuestos a aceptar. Es el Señor, el que viene a la casa de su Padre, a su casa, con autoridad; es “el tiempo de la visita”; se hace presente el juicio, empezando desde la casa de Dios; es el tiempo de pedir cuentas, el tiempo de rendir los frutos, del “verano escatológico.” La higuera del pasaje siguiente en los Evangelios de Mateo y Marcos debe rendir sus frutos. Se ha agotado el tiempo cíclico, o cartesiano y ha sobrevenido el “Éschaton”. Ya no es “tiempo de higos”: tiempo de la dulzura del estío, de sentarse bajo la parra y la higuera, ni volverá a serlo jamás. Ahora es el tiempo del juicio (cf. Ml 3, 5) que Jesús anticipa proféticamente con un signo, al Templo y a la higuera, como anticipó el tiempo de su “hora” en Caná de Galilea. Lo que sucede con la higuera ocurrirá con el Templo en el que el Señor no encuentra fruto, sino idolatría del dinero: negocio e interés: El Templo será arrasado; se secará como la higuera, “porque no ha conocido el tiempo de su visita”; ya no podrá nunca más dar fruto; ningún ídolo comerá fruto de él.

          Honrar el templo para nosotros, es ofrecer el verdadero culto, al Padre, en Espíritu y Verdad, en la Eucaristía, amando a Dios y viviendo en la oración con nuestro corazón limpio de idolatrías, en comunión con los hermanos.

          Que así sea.

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Domingo 31º del TO B

Domingo 31º del TO B

(Dt 6, 2-6; Hb 7, 23-28; Mc 12, 28-34)

Queridos hermanos:

          En la palabra del Deuteronomio, Dios promete vida larga, abundante y feliz, para quien guarde este primer mandamiento y le ame con todo su ser. Amar, es tener a Dios en nosotros, porque Dios es amor. Dios depositó su amor en nosotros al crearnos, pero el pecado pervirtió en nosotros el amor, encerrándonos e incapacitándonos para amar a alguien que no sea nosotros mismos. Ya decía san Agustín, que no hay nadie que no ame, y el problema está en cuál sea el objeto y la ecuanimidad de su amor: Ni amar más, ni menos, de lo que cada persona o cosa deba ser amada.

          El Levítico parte de esta realidad y nos muestra el camino del prójimo como segundo mandamiento, que concreta el primero, como mediación para salir de nosotros mismos e ir en busca del amor, y así Cristo, como hemos visto en el Evangelio, unirá este precepto al del amor a Dios: “El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. He aquí el camino de la vida feliz indicado por la Ley, y recorrerlo lleva al hombre hasta las puertas del Reino: “no estás lejos del Reino de Dios”.

          Sin embargo, sólo en Cristo se abrirán las puertas del Reino a un mandamiento nuevo. “Os doy un mandamiento nuevo; este es mi mandamiento: Que os améis los unos a los otros, “como yo os he amado”; amor nuevo, dado al hombre, no en virtud de la creación, sino de la Redención, de la “nueva creación,” por la que es regenerado un amor en el corazón del hombre, como aquel con el que Cristo se ha entregado a nosotros. Este será pues, el mandamiento del Reino; el mandamiento nuevo; el mandamiento de Cristo, en el que el escriba del Evangelio es invitado a adentrarse mediante la fe, creyendo en Él.

          Una vez más, como dice el Evangelio de Juan, el amor cristiano no consiste en que nosotros hayamos amado a Cristo, sino en que Cristo nos amó primero. Si el amor cristiano es el de Cristo, recordemos sus palabras: “Como el Padre me amó, os he amado yo a vosotros.” El amor cristiano, por tanto, no es otro, ni diferente del amor del Padre, con el que amó a Cristo y con el que Cristo nos amó a nosotros. Amar al hermano, en Cristo, es por tanto signo y testimonio del amor de Dios en el mundo. A esta misión hemos sido llamados por la fe en Cristo, porque como dijo el profeta Oseas: “Yo quiero amor; conocimiento de Dios.” En esto consiste el verdadero culto que quiere Dios: Padre, Espíritu y Verdad: El amor de Cristo en nosotros.

          Proclamemos juntos nuestra fe.

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Miércoles 30º del TO

Miércoles 30º del TO (cf. domingo 21 C)

Lc 13, 22-30

Queridos hermanos:

          A la pregunta sobre la cantidad de los que se salvan, la respuesta del Señor viene a ser: Depende de vosotros; se salvan los que quieren; aquellos que acogen la salvación gratuita de Dios con una vida conforme a su voluntad; aquellos que permanecen en el amor que han recibido gratuitamente del que los ha redimido con su sangre y perseveran hasta el fin en su gracia; aquellos que con la fuerza de su Espíritu combaten, se hacen violencia y convierten su fe en fidelidad.

          Leemos en la profecía de Habacuc (2,4): “El justo vivirá por su fidelidad.” La justificación que se alcanza por la fe, si se hace vida deviene en fidelidad, que consiste en perseverar en el don recibido.

Decía San Juan de la Cruz que al final seremos examinados en el amor. La puerta estrecha tiene la forma y la incomodidad de la cruz, en la que se nos ha mostrado verdaderamente el Amor. Amar al que nos ama y al que goza de nuestra simpatía, es un amor fácil y natural, carnal, que no necesita ser valorado. El amor del que penden la ley y los profetas es revelado: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo." Pero el amor de Dios por nosotros ingratos y pecadores es tan insólito, que ha necesitado ser anunciado, revelado en Jesucristo y recibido por el don del Espíritu. De este sumo Bien bebe la creación entera. Adherirse a él en la libertad, es participar de su bondad, o como solemos decir: ser bueno, hacer el bien.

          Hacer el mal, ser malo, por el contrario, implica siempre un rechazo del Bien en sí y de la bondad que hay en las creaturas. Es a través de sus obras, como conseguimos captar la verdad de la persona: su bondad o su maldad, tan llenas de intenciones, deseos y propósitos: “Apartaos de mí, agentes de iniquidad”. Nuestras acciones deben estar en concordancia con nuestros buenos deseos y proyectos de bondad, para considerarnos en el camino del bien. De lo contrario nuestra pretendida bondad no sería más que una vana ilusión, que podría llevarnos al más fatídico desengaño.

          “Hechos son amores” dice la sabiduría popular: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando.” O sea, que, por la obediencia, el siervo llega a ser amigo: “El que guarda mis mandamientos, ese me ama”.

          Por la Eucaristía somos introducidos en la entrega de Cristo y nos adherimos a ella con nuestro amén, para hacerla vida nuestra en la espera de su venida.

          Que así sea.

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Martes 30º del TO

Martes 30º del TO

(Lc 13, 18-21)

Queridos hermanos:

          El Reino de Dios es Cristo, el Verbo de Dios, que ha asumido nuestra humanidad de forma indisoluble. Por eso en estas parábolas están entretejidas la gracia de Dios y la acción humana, como están unidos el Verbo y el hombre en Cristo. Nace pequeño y despreciado en un establo, crece ignorado y muere rechazado. Es sembrado en tierra, pero resucita al tercer día pleno de fruto y acoge a la humanidad entera al amor de su gracia. La semilla divina ha sido introducida en nuestra carne terrena. “El Reino de Dios ha llegado.”

El Reino de Dios en nosotros tiene la firmeza y el vigor de la más pequeña de las semillas, que lenta pero firmemente se abre camino y se va fortaleciendo hasta alcanzar un desarrollo sorprendente, en comparación con la actuación humana que, no obstante, es necesaria, porque Dios ha querido supeditar su obra a nuestro asentimiento. El hombre debe actuar y ofrecer el menor impedimento posible a la potencia de la gracia.

Ciertamente, “Las puertas del infierno no prevalecerán” ante la acometida del Reino de Dios, (Mt 16, 18) pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra, para acoger la semilla divina? ¿Las últimas generaciones se mantendrán en la fe y se incorporarán a “la muchedumbre inmensa” en el Reino eterno, que hará sucumbir las defensas del infierno?

Efectivamente, no son comparables la virtud de la gracia y la acción humana, pero deben complementarse: el hombre siembra la semilla en la tierra y la mujer pone la levadura en la harina. San Pablo dice: “Por la gracia de Dios, soy lo que soy; (pero), la gracia de Dios no ha sido estéril en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Pero no yo (solo), sino la gracia de Dios conmigo” (1Co 15, 10).

La pequeña semilla del Reino, sabemos que se desarrolla hasta acoger a “una muchedumbre inmensa que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua” (Ap 7, 9) mientras el Dragón y sus ángeles son encadenados definitivamente. Pero en este desarrollo del Reino, Dios ha querido nuestra colaboración activa. “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti,” decía san Agustín.

El camino del hombre, paralelamente al del Reino, está encarrilado entre la potencia divina de su palabra y la libertad humana que actúa por la voluntad. La potencia de la semilla necesita de la humildad de la tierra que la acoja. El hombre debe afanarse, pero es Dios el que da el incremento. Es más, “el querer y el obrar,” vienen de Dios.

Los inicios humildes del Reino no son parangonables con su maravilloso desarrollo. En esta desproporción podemos contemplar la potencia divina. Al hombre corresponde aceptar, guardar, poner en práctica, lanzar la red, creer en la palabra de Dios, y a Dios abrir de par en par las compuertas de su gracia.

          Cuando hay escasez de fruto no se debe, por tanto, a Dios, sino a la imperfección de nuestra respuesta. Si decimos verdaderamente amén a Cristo que se nos da, él centuplicará nuestro fruto. Que nuestra acogida de su gracia en la Eucaristía sea, pues, cada vez más plena.

          Que así sea.

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Santos Simón y Judas

Santos Simón y Judas, apóstoles.

Ef 2, 19-22; Lc 6. 12-19

Queridos hermanos:

          En esta fiesta conmemoramos a dos apóstoles: Simón el cananeo o Zelota, y Judas de Santiago o Tadeo, como los llama Lucas. Obediencia y Confesión, como los denomina san Cirilo, que además añade: los constituyó con los demás apóstoles, en doctores de todo el mundo, para liberar a los judíos de la servidumbre de la ley y apartar a los idólatras del error gentil, llevándolos al conocimiento de la verdad.

           Fueron apóstoles elegidos por el Señor, como testigos de la Resurrección; el Apocalipsis los coloca como fundamentos de la muralla de la Nueva Jerusalén. Hoy conmemoramos su gloria, que no procede de su nacimiento, posición social, o nacionalidad, porque sabemos que eran simples galileos, rudos como la mayoría de los apóstoles; tampoco procede de su elección para el apostolado, que también Judas fue elegido, ni de su virtud, ya que Pedro negó al Señor, Pablo fue perseguidor, etc. Lo que los glorifica en este día, es que fueron fieles hasta el fin, a la misión que les fue encomendada, perseverando en la voluntad del Señor, por lo que la tradición los considera mártires.

          Nosotros también somos llamados a la fidelidad y al testimonio del Evangelio, por el don que hemos recibido como miembros del Cuerpo de Cristo y piedras vivas de su templo. Con todo, nuestra gloria la forjaremos nosotros con nuestra fidelidad y perseverancia en el servicio de amor a aquellos hermanos que el Señor tenga a bien encomendarnos.

          El Señor eligió a los apóstoles de entre sus discípulos, después de una noche de oración, para que estuviesen con él y para enviarlos a predicar; de ahí viene el nombre de apóstol, que significa enviado. Como columnas de la Iglesia, los apóstoles serán los primeros testigos del Evangelio: vida, muerte y resurrección de Cristo. Primero en Judea, y después en todo el mundo. Dice el Evangelio que acudieron muchos de la región de Tiro y Sidón, como primicia de los gentiles a los que ellos deberían congregar.  

          Como a los apóstoles, también a nosotros nos cuesta mucho comprender la unidad de Cristo con el Padre, que sería tanto como querer comprender el misterio de la Santísima Trinidad. Nos resulta más fácil seguir llamando Dios, a quien Cristo nos ha enseñado a llamar Padre nuestro, como nos ha recordado san Pablo, pero cuyo amor, misericordia, bondad, palabra, etc. nos han sido reveladas por Cristo y en Cristo: Quien me ve a mí, ve al Padre; el Padre está en mí y yo en el Padre; como el Padre me amó, os he amado yo; yo y el Padre somos uno;  Con todo, la unidad entre el Padre y el Hijo no es identidad, aunque el Hijo sea igual al Padre, porque: “El Padre es más grande que yo (Jn 14, 28); mi alimento es hacer su voluntad; yo hago siempre lo que a Él le agrada.”

          El Evangelio menciona a estos apóstoles, solamente en la designación de los doce, y el resto de lo que sabemos de ellos procede de las escasas tradiciones surgidas en los lugares de su misión. El Señor, en efecto, les dijo: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio. Quien a vosotros escucha, me escucha a mí, y quien a vosotros rechaza, me rechaza a mí, y a Aquel que me ha enviado.”

          Lo que sí sabemos de los apóstoles es que dejaron sus vidas por su misión, con la fuerza del Evangelio y del Espíritu Santo, que suplía su precariedad humana, haciéndolos testigos del amor que habían recibido de Dios por la fe en Jesucristo. Pocos son los que escribieron, pero todos testificaron a Cristo con sus vidas, dejando la herencia de las Iglesias que fundaron en todo el mundo, de las que nosotros hemos recibido la fe que nos salva.

          Elevemos nuestra acción de gracias a Dios, que nos envió a su Hijo, y bendigamos a Cristo que nos dio a los apóstoles, que nos han preparado la mesa de su palabra y de su cuerpo y sangre, que nos nutre para la vida eterna. 

 Que así sea.

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Domingo 30º del TO B

Domingo 30º del TO B 

Jer 31, 7-9; Hb 5, 1-6; Mc 10, 46-52

Queridos hermanos:

En esta palabra, la salvación y la misericordia de Dios se hacen “camino” que conduce a su presencia, como cuando Israel fue llamado de Egipto a la Tierra Prometida, abandonando la esclavitud y la opresión de los ídolos. Ahora el pueblo regresa del norte después de setenta años en los que fue purificado de sus pecados. Dios, en efecto, perdona a su pueblo, pero no deja impunes sus pecados.  

 Jericó, como el país del norte, es figura del destierro y la lejanía de Jerusalén, cuyo camino emprende el Señor en el Evangelio, para encontrar a Bartimeo, levantarlo de su postración, curarlo y ponerlo en camino hacia la salvación, por su fe, siguiendo y bendiciendo a Dios. Cristo es el verdadero camino al Padre, que en Bartimeo nos encuentra a nosotros, juntamente con el pueblo que retorna de su exilio en Babilonia.

El Señor abre un camino para retornar a Él, a aquellos que habían sido desterrados lejos. Dios mismo a través de su palabra, por los profetas, va en busca de su pueblo y los conduce a sí. Que el camino de retorno a Dios, Cristo, se haga carne en nuestra vida, es una gracia de Dios, porque nadie se convierte cuando quiere, sino cuando es llamado por Dios. Para que el pueblo salga de Egipto y camine a la Tierra Prometida, Dios tiene que romper las cadenas de la esclavitud: “De Egipto llamé a mi hijo”; para que el pueblo regrese del Exilio, como dice la primera lectura, Dios tiene que “recogerlos, traerlos y devolverlos;” así el pueblo, puede regresar con “arrepentimiento y súplicas”.

“Vienen con lágrimas” de arrepentimiento; “los devuelvo con súplicas,” porque un día los aparté por no volverse a mi. Vuelven porque se alejaron; los devuelvo porque yo los aparté. Devuelvo a los del norte, porque los desobedientes fueron al sur, cuando se les dijo: “No regresaréis a Egipto,” donde perecieron. Vienen por el “camino llano” de la conversión para llegar a los “torrentes de agua” del Espíritu.

Para este regreso a Dios sólo hay un camino que es Cristo. Dice Cristo: “Yo soy el camino;” encontrar a Cristo es encontrar el camino de retorno a Dios. Si Jericó es figura del mundo y Jerusalén es el lugar de la presencia de Dios, caminar de Jericó a Jerusalén es una imagen de la conversión y de la salvación, por la que el hombre retorna a Dios. Convertirse es, por tanto, encontrar a Cristo; creer en él, unirse a él; y seguirlo, es salvarse.

Arrepentimiento y súplicas son el fruto de la fe que testifica en favor de Bartimeo, el pobre mendigo ciego sentado junto al camino, que al escuchar que pasa Cristo, de un salto va a su encuentro “con súplicas,” como dice la primera lectura. Cristo aparenta no escucharlas, para que Bartimeo insista, esperando que alcancen a destapar los oídos de la muchedumbre, que le sigue sin saber que el Mesías ha llegado. Cristo hace esperar a Bartimeo, como el Señor a sus elegidos que están clamando a él día y noche, y con sus clamores salvan al mundo mientras testifican con su fe, el amor de Dios.

Bartimeo estaba sentado; no caminaba porque no había encontrado aún el camino, como dice san Agustín. El Camino vino a él, se detuvo, escuchó sus súplicas y lo llamó, poniéndolo en marcha. Bartimeo ha visto en su ceguera, lo que los ojos de la muchedumbre no han sido capaces de ver. He aquí un ciego que con su oración hizo detenerse al “Sol” en Jericó, como  Josué en Gabaón; un ciego que ilumina a la multitud; un “ignorante” que instruye a los doctos; un pobre que enriquece a los potentados. He aquí un ciego que ve; un pobre que ha encontrado el “tesoro escondido” y se apresta a registrarlo: ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!; un pobre mendigo ciego que ha encontrado la verdad de la Vida, y en este momento la tiene a su alcance. He aquí un hombre fácilmente despreciable de Jericó, más digno que los notables de Jerusalén.

Este encuentro fructuoso se debe a la fe: “tu fe te ha salvado”; la fe de reconocer en Jesús de Nazaret al Hijo de David, al Mesías, que al venir curaría a los ciegos; la fe de reconocer al Señor: “Rabbuni”. Su fe le salva, mientras Cristo, testificando su luz, le cura la ceguera. 

Esta es la fe que hace posible al hombre ser liberado de las ataduras a los bienes, como al ciego, que ante la llamada de Cristo deja su manto y va a su encuentro.

Así viene la Eucaristía, a iluminar nuestra ceguera con la fe, multiplicar nuestra oración, y testificar a Cristo con nuestra curación.

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Domingo 29º del TO B (DOMUND)

Domingo 29º del TO B

(Is 53, 10-11; Hb 4, 14-16; Mc 10, 35-45)

DOMUND: Is 60, 1-6;        “         “

Queridos hermanos:

Tanto ha hablado Cristo a sus discípulos de su reino, que todos ansían alcanzarlo. Pero tratándose de un reino de amor, reinar equivale a amar, y siendo el Reino de Dios, debe amarse como ama Dios y no como lo hace el mundo. Por eso dice Cristo: “Como el Padre me amó, yo os he amado a vosotros,” y “este es mi mandamiento: Que os améis los unos a los otros como yo os he amado.”

Yo os he amado a vosotros entregándome en la cruz, porque así me ha amado mi Padre, entregándose totalmente, eternamente a mí. A mi vez, yo os envío mi Espíritu Santo, mi Amor, para que podáis amaros así, entregándoos mutuamente, totalmente y para siempre, los unos a los otros, sirviéndoos hasta dar la vida.

Eso es reinar en mi reino, dice el Señor, y a mayor entrega, servicio y humillación, mayor será vuestra grandeza, y más cerca estaréis del “trono de la gracia” del que habla la segunda lectura, en el que me ha colocado mi Padre, en la cruz, cúspide de su amor.

Hoy la palabra nos hace contemplar el anuncio de la pasión antesala de la Pascua, y mientras Cristo se prepara para entregarse, los discípulos siguen en su concepción carnal del reino, en la que los judíos esperan la glorificación de Israel, sin integrar al plan de Dios las figuras del Siervo sufriente, del pastor herido, o la oscuridad del “día del Señor”.

Es inmediato dejarse llevar de los criterios carnales, pero Cristo vive en otra onda, propia del Espíritu, que es el amor. Su reino es el amor, y quien quiera situarse cerca de Cristo debe acercarse a su entrega de amor que es eminente, e inaudita en su misericordiosa justicia.

Este puede ser un punto importante para nuestra conversión: centrarnos en el amor, en el servicio a los demás sin contemplarnos a nosotros mismos, sino a Cristo, en cuyo amor resplandece el rostro del Padre.

 Con nuestra naturaleza caída que nos incapacita para comprender las Escrituras, nos mantenemos en la realidad carnal, que al igual que a los apóstoles, nos lleva a buscar ser, en todo. Frente a esta realidad, el Evangelio nos sitúa ante el hombre nuevo, en Cristo, que se niega a sí mismo por amor, anteponiendo el bien del otro mediante el servicio, hasta el extremo de dar la propia vida, apurando la copa de la ira en el bautismo de su propia sangre. Este es el llamamiento a sus discípulos como “seguimiento de Cristo”: «Que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»

          Jesús va delante porque indica el camino, abre el camino, es el camino mismo. Sabiendo que los judíos buscan matarlo, sus discípulos se sorprenden y tienen miedo, pero ya el Señor les tiene preparadas unas buenas obras que deberán realizar cuando reciban la fuerza del Espíritu Santo. Para esto hemos sido también llamados nosotros, como dice san Pablo, “En orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios para que caminásemos en ellas”

           Proclamemos juntos nuestra fe.

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