Domingo 4º del Tiempo Ordinario C


Dgo. 4º C (cf. dgo. 14 B; miércoles 4 y lunes 22)
(Jr 1, 4s. 17-19; 1Co 12, 31-13, 13;  Lc 4, 21-30)

Queridos hermanos:

La palabra de hoy nos pone delante dos problemas a los que se enfrenta la razón del hombre ante la fe: el escándalo de la encarnación, y el proyectar en Dios nuestras expectativas. Aceptar que nuestra relación con Dios tenga que pasar por la mediación de hombres como nosotros. Problema por tanto de humildad, a la que se resiste nuestro orgullo.
Cuando la santidad de Dios se acerca al hombre, lo atemoriza, como en el episodio del monte Sinaí, cuando el pueblo aterrorizado y pidió a Dios un intermediario y fue escuchado; en efecto, el señor siempre suscita y envía a quien quiere, para comunicar su voluntad, su palabra de vida, y su gracia, que nos manifiesten su amor; hombres a los que inspira por medio de su Espíritu, hasta que en Cristo, su presencia en el hombre se hace plena y definitiva por medio de su Hijo.
          Es Dios quien elige cómo, cuándo, y a través de quien desea manifestarse. Elige, fortalece y envía: «Quien os acoge, me acoge a mí, y quien me acoge a mí acoge a aquel que me ha enviado.» Rechazar al enviado es rechazar a quien le envió. Por tanto, es necesario discernir y aceptar la voluntad soberana de Dios que se encarna muchas veces en contra de nuestros criterios y presupuestos carnales, con el peligro de creer que se sirve al Señor, cuando en realidad sólo obedecemos a nuestra propia razón. El hombre debe discernir los caminos de Dios y acudir allí donde sopla el Espíritu. Servir a Dios pasa por entrar en el absurdo de la cruz al que nuestra razón se revela. En el “sacramento de nuestra fe”: Cristo se entrega a la voluntad del Padre que le presenta la cruz. A esta entrega de Cristo nos unimos nosotros en la Eucaristía. La fe, por tanto, será siempre un obsequio libre de nuestra mente y nuestra voluntad a Dios que se revela, cómo y cuándo quiere, y constituye, por tanto, un acto de amor y de humildad.
          San José tiene que aceptar el embarazo de María por obra del Espíritu Santo, so pena de quedar al margen de la obra de la salvación. Israel rechaza que Dios haya querido encarnarse en “el hijo del carpintero”; que el Mesías no venga de la estirpe real, aparentemente, o de la casta sacerdotal, sino de Galilea.
Creados por el amor y para la comunión con el amor que es Dios, recibimos de Dios sus dones, para que nos ayuden en el camino y alcancemos felizmente la meta bienaventurada, pero el hombre, en su necedad, constantemente se olvida de su destino y se enreda en los dones, haciendo fines de los medios llamados a desvanecerse en cuanto cumplen su cometido.
          Ante las necesidades concretas de su Iglesia, Dios, suscita dones y carismas que la edifiquen y la purifiquen; y aunque las normas y las instituciones eclesiales son obra suya, llama y envía en ocasiones a un irregular en su nombre como hacía con los profetas. En toda la historia de la Iglesia se da, pues, esta dialéctica entre Institución y Carisma, como se dio también en el Antiguo Testamento. El paradigma, es una vez más Cristo, a quien Dios suscita del pueblo. La jerarquía tiene la responsabilidad de acoger, después de discernir, los dones y carismas de Dios, por lo que necesita una vigilancia constante en sintonía con su voluntad. San Lucas en su Evangelio nos presenta un ejemplo de esta responsabilidad, cuando dice que los fariseos y legistas, al no acoger el bautismo de Juan, frustraron el plan de Dios sobre ellos. (cf. Lc 7, 30).
          Al igual que en la encarnación del Hijo de Dios en la debilidad humana, al hombre le cuesta siempre aceptar a sus enviados; se escandaliza mostrándose duro de corazón. Estamos dispuestos a ser deslumbrados por el poder de Dios, pero no a que venga envuelto en la fragilidad humana. En el mundo se dice: Cristo sí, pero la Iglesia, no. El problema de la encarnación golpea el orgullo humano que, se resiste a humillarse ante otro hombre. Pretendemos que Dios se nos imponga con su poder o autoridad, pero Dios, es fiel al don de la libertad que nos ha dado para que le amemos.
          En ocasiones también el enviado, como san Pablo, se queja de tener que cargar con su debilidad en la misión, porque se le relativizan sus dones. Dios es grande en la debilidad. Eso debe bastarle. Así, la fe brilla en la libertad y en la humildad del hombre, sin que Dios se le imponga con su poder.
          Para dar el salto a la fe, el hombre debe responder a la pregunta del Evangelio: « ¿De dónde le viene esto? », pero eso, supone reconocer la presencia de Dios y por tanto obedecerle, por lo que con frecuencia, el hombre se niega a responder a la pregunta. Al quedar al margen de la fe, el poder de Dios queda frustrado en Jesús por nuestra libertad, como dice el Evangelio: «Y no podía hacer allí ningún milagro».
          El profeta hace presente a Dios, y a los que están fuera de su voluntad, les recuerda su desvarío tan sólo con su presencia. Si se obstinan en su maldad, tendrán que responder ante Dios, pero además se les ofrece la gracia de arrepentirse y vivir.
           El segundo problema que presenta esta palabra, es quizá más grave, y consiste en reducir la inmensidad del plan amoroso de Dios, al que nuestra carne y nuestra pequeña razón son  capaces de forjar. Israel, no sólo tiene dificultad en aceptar al Mesías concreto elegido por Dios, sino sobre todo, rechaza la salvación concreta que Cristo se apresta a realizar: Mientras las expectativas del pueblo se centran en que Dios remedie la situación de postración, de explotación, y de sometimiento a la injusticia y la corrupción de Roma, se encuentra frente al “año de gracia del Señor”, ante el que, en primer lugar, el pueblo mismo debe convertirse de la perversidad de sus pecados y poner su corazón en Dios. El mismo Juan Bautista, se ve arrollado por el torrente inaudito de la misericordia divina que le deja perplejo. Nadie puede parapetarse en su pretendida justicia de ser hijo de Abraham, ni en su privilegio de pueblo elegido, rechazando la gracia y la misericordia que le son ofrecidas gratuitamente de parte de Dios. La venganza y la justicia que esperan sobre sus enemigos exteriores, lo será de la opresión del pecado y del diablo, que Cristo asumirá en sí mismo ofreciéndose por todos los hombres en la cruz: “No me quitan la vida, la doy yo voluntariamente.”
      Cristo, con su presencia, muestra la misericordia de Dios y su juicio como dijo el anciano Simeón: «Este está puesto para caída y elevación de muchos; signo de contradicción».
          Comentar este famoso pasaje de Isaías, le hubiese resultado muy sencillo a cualquier predicador para enardecer a sus oyentes, aprovechando el texto que habla del: “día de venganza de nuestro Dios”, pero Cristo, que no busca la estima de la gente ni su propia gloria, sino el bien, y la verdad,  en lugar de una lectura fácil, sentimental y falsa de esta palabra, con un discurso nacionalista que enardezca su espíritu patriótico y sus ansias de justicia y de venganza de sus opresores romanos, omite esta segunda parte del oráculo. “La venganza de nuestro Dios”, no lo será sobre los enemigos exteriores, sino sobre los que esclavizan el corazón de su pueblo, y del mundo entero; liberación de la esclavitud al diablo, que es consecuencia de sus pecados. Para eso tendrá que perdonar el pecado entregándose a la muerte y una muerte de cruz. Esta venganza va a recaer sobre Cristo, para lavar nuestros pecados con su sangre, venciendo a Satanás. Cristo entrará solo en el lagar, para pisar las uvas de la “furiosa cólera de Dios.”
          La resistencia de su pueblo a convertirse y creer en Cristo, apoyándose en la engañosa seguridad de su condición de pueblo elegido, raza de Abraham bajo la protección de la presencia de Dios en medio de ellos y de su Templo,  debe ser derribada por Cristo. En tiempos de Eliseo, Dios curó a un extranjero de la lepra y no a los leprosos de Israel; en tiempos de Elías, tiempo de hambre, Dios alimentó a una viuda extranjera y no a las de Israel. Los privilegios de ser el pueblo elegido, son los de ser los primeros en ser llamados a conversión, pero no los de estar exentos de convertir su corazón a Dios: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.”
          También nosotros, por adopción, hemos heredado esta bendición de Dios, hemos recibido la llamada y las promesas, y se nos ha hecho el don de su gracia, de su Gloria, y de la Iglesia, pero eso, no sólo no nos exime de la conversión constante a su voluntad, sino que nos empuja a ella con la fuerza del amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones.

          Proclamemos juntos nuestra fe.
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ENTROPÍA CÓSMICA


Entropía cósmica[1]



          Según los cosmólogos, después de aquella explosión inaudita de energía que produjo el tiempo el espacio y la materia, comenzando así el viaje sideral del universo, unos trece mil setecientos millones de años antes de que naciéramos, dispersándose y enfriándose ininterrumpidamente, alcanzará el límite de su degradación energética, -anunciadora de lo precario de su esplendor- y una vez haya perdido todo su potencial en acto, y las estrellas apagándose, hayan dado paso a sus gigantes rojos, nebulosas planetarias, enanas blancas y negras, y hasta las últimas partículas de luz y los mismos agujeros negros se hayan convertido en radiación, las tinieblas se adueñarán de nuevo del gélido y profundo abismo, disolviéndose entonces, así mismo, la flecha del tiempo.

          El exuberante cosmos habrá dado de nuevo paso al estéril, estable e inamovible caos, y la anomalía temporal de la materia, en la que se engendró la vida, habrá sido completamente inútil, sin posibilidad alguna de ser recordada, hasta el punto de poder quedar reducida a la duda absoluta de haber existido. Quizá nosotros mismos, nos encontramos envueltos en la mayor alucinación global jamás soñada, del existir, según aquel orden calderoniano de pensamiento, por el que la vida es ilusamente sueño, y los sueños, ilusamente, sueños son, sin posibilidad alguna de un despertar, más que al no ser.

          Contrariamente a esta aparente paradoja, no podemos olvidar la existencia, de un instante trascendental de inflexión, ineludible, en el que la irrupción del espíritu, encontrando la materia viviente y fecundándola de albedrío, entendimiento y voluntad, la capacitó para su encuentro personal con su Creador. De él recibió la revelación de su diseño amoroso, por el que la creatura una vez raptada del colapso cósmico y rescatada del drama histórico de su libertad, sea conducida al seno de su eterna predestinación bienaventurada, dando sentido así, a tanta magnificencia y esplendor de lo creado, en cuyo fruto perdurable y glorioso, ha querido involucrarse a perpetuidad el Verbo divino, su creador.  

              Nuestro pretendido orden racional con el que concatenamos ideas, pensamientos, juicios y acciones, en la construcción de un mundo “civilizado” a nuestro antojo, con calidad de vida y estado de bienestar, no deja de ser, en realidad, sino el intento de un cierto desorden perturbador del orden natural, finalizado a conducir hacia la nada lo que de ella procede, por medio de la “entropía cósmica.” Mientras tanto, olvidamos el orden sobrenatural de nuestra edificación en el amor, que procedente de Dios, tiende a alcanzarlo eternamente.
          
          Nuestro universo espacio-temporal, providencial anomalía[2] de la materia, no es por tanto “la respuesta”, sino el vehículo predestinado por la fecundidad difusiva del Bien supremo que llamamos Dios, y Amor, para llevar muchos hijos a la gloria (cf. Hb 2, 10).

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[1]  Degradación progresiva del universo por pérdida de energía.
[2] Asimetría física inexplicable de la bariogénesis, que dio lugar a la aparición de la materia.

Jesucristo Rey del universo B


Domingo 34º B, Cristo Rey

(Dn 7, 13-14; Ap 1, 5-8; Jn 18, 33-37)


Queridos hermanos :

Dios no ha querido permanecer alejado del pueblo que ha creado, formado y bendecido, sino que ha querido ser su sabiduría, su guía y su defensa; ha querido ser su rey. Por su parte el pueblo en tiempos de Samuel ha querido asimilarse a los pueblos vecinos y ha pedido un rey. Dios ha dicho entonces a Samuel: “«Haz caso a todo lo que el pueblo te dice. Porque no te han rechazado a ti, me han rechazado a mí, para que no reine sobre ellos.». El pueblo irá comprendiendo a lo largo de su historia, los inconvenientes de seguir los impulsos libertarios, ilustrados, y cosmopolitas, de su corazón, cambiando el yugo del Señor por el de los hombres.
Para hacer volver a sí el corazón de su pueblo, Dios, según la palabra dada al profeta Ezequiel, tendrá que darles en Cristo “un corazón nuevo y un espíritu nuevo.” La predicación de Cristo comenzará, pues, diciendo: “Convertios porque el Reino de Dios ha llegado.” Dios, en Cristo, quiere que el corazón del hombre vuelva a Él para su bien, sacándolo de la seducción del reino “autónomo, emancipado, progresista, de este mundo y del yugo de su príncipe el diablo. “Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.  Pero la predicación de Cristo no sólo no ha sido escuchada, sino que a la pregunta de Pilato «¿A vuestro rey voy a crucificar?» Replicarán los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el César.»
Cuando Cristo fue anunciado como rey por los magos de oriente, fue perseguido por Herodes; cuando fue aclamado rey por los niños de Jerusalén, fue reprendido por los sacerdotes, y cuando fue presentado como rey por Pilato fue coronado de espinas y crucificado, y con él fue rechazada la realeza de su testimonio de la Verdad del amor de Dios. El amor de Cristo visible en sus obras, da testimonio de Cristo; de que el amor del Padre es verdad en él: “Las obras que hago dan testimonio de mi” (Jn 10, 25). Sólo su victoria sobre la muerte testificará la veracidad de su testimonio: ¡Dios es amor!, y la falsedad de la insinuación del diablo (Ge 3, 4-5). Nosotros somos llamados a testificar la realeza de Cristo con nuestro amor más que con palabras. “No amemos de palabra ni de boca sino con obras y según la verdad. En esto conocemos que somos de la verdad (1Jn 3, 19).” Los mártires han testificado a Cristo gritando: ¡Viva Cristo rey!”, pero más aún amando y perdonando a sus asesinos como Cristo mismo.
Cristo quiere que su Reino sea acogido por la fe y no por el interés, y así: “Sabiendo Jesús que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo.” Quiere que reconozcamos su testimonio como Natanael: «Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel»; quiere que entremos en su Reino, como el ladrón crucificado con él: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.»; que los hombres sean colocados a la derecha por el Rey para que escuchen la gloriosa sentencia: “Venid benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.


Proclamemos juntos nuestra fe.
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Domingo 33 del TO B


Domingo 33º  B (cf. Dgo. 1º de Adviento C)
(Dn 12, 1-3; Hb 10, 11-14.18; Mc 13, 24-32).

Queridos hermanos:

Este penúltimo domingo, ante el final del año litúrgico y de la contemplación de Cristo Rey, alfa y omega de la historia, la liturgia dirige una mirada a la próxima venida del Señor, como juez, a quien hay que rendir cuentas, y a la preparación cósmica del acontecimiento decisivo para toda la creación.
Ante el nacimiento de cielos nuevos y tierra nueva, la apariencia de este mundo terminará, se desvanecerán las seguridades mundanas, y la angustia se apoderará de los que se apoyan en él. “Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los hombres más dignos de compasión!” (1Co 15, 19). En cambio, la esperanza de los creyentes se fortalecerá y se acrecentará su gozo ante la cercanía del cumplimiento de la promesa. ¡Viene el Señor!
El plan de Dios llegará a su fin y aparecerá un pueblo santificado que tomará posesión del Reino de Dios. La purificación final será angustiosa pero cargada de esperanza, como los dolores del alumbramiento. Que se alegren los oprimidos por la injusticia, los atribulados por el dolor y todos los que aman al Señor, porque vendrá para hacer justicia y los llevará con él para siempre y ya no habrá más luto, ni llanto, ni dolor, y se colmarán las ansias de su corazón.
Sabemos que hay distintas venidas del Señor, y todas tienen su preparación y su anuncio con señales, pero lo importante es que: ¡Viene el Señor! Para el discernimiento de las señales precursoras se necesita la vigilancia del amor, que se abre a la misión del testimonio de la misericordia y alcanza la salvación. El fuego del Espíritu, en efecto, impulsa a los fieles, que no permanecen inactivos aguardando la venida del Señor, sino en su seguimiento, que se caracteriza en ellos por el testimonio de Jesús, (Ap 12, 17) enseñando a todos la luz de la justicia, que los hará brillar como astros por toda la eternidad (Dn 12, 3).
Cada generación está llamada a enfrentar este acontecimiento en la medida que le corresponde; “pero cuando El Hijo del hombre venga ¿encontrará la fe sobre la tierra? Velad y orad para que no caigáis en tentación.
          Cristo se entregó para vencer al diablo, que será sometido definitivamente en su advenimiento, “cuando todos sus enemigos sean puestos bajo sus pies”, como dice la Carta a los Hebreos; entonces “sus elegidos”, los justos, serán reunidos junto a él para siempre. Es cierto que Cristo vino a llamar a los pecadores (cf. Mt 9, 13), porque sólo los justos serán “elegidos” como dice san Pablo: “Muchos son los llamados y pocos los elegidos”. “¡No os engañéis! Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios. Y tales fuisteis algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios (1Co 6, 9-11); a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó” (Rm 8, 30).
          Este, es pues, un tiempo de espera para la conversión de los pecadores, y tiempo de oración para “sus elegidos, que están clamando a él día y noche” como en la parábola de la viuda importuna (Lc 18, 1-8). Tiempo de misericordia y de paciencia de Dios, “año de gracia del Señor” que, quiere que todos los hombres se salven, y también de paciencia, en la esperanza de la promesa, para los justos, a los que se “hará justicia pronto”, cuando venga el Señor.
          Este final es en realidad el comienzo de la vida dichosa, ante la cual todo es preparatorio e insignificante, porque pasará la figura de este mundo: “en un instante, en un pestañear de ojos”.
          Que la Eucaristía que ahora nos congrega en torno a la entrega de Cristo, nos una y nos disponga para acogerlo en el don total de su Parusía.

          Proclamemos juntos nuestra fe.
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DOMUND B


Domingo mundial de la propagación de la fe B
(Is 60, 1-6; Hb 4, 14-16; Mc 10, 35-45


Queridos hermanos:


Contemplamos hoy la misión universal con la que la Iglesia se une a la de Cristo para hacernos presente el amor del Padre, porque: “Tanto amó Dios al mundo, que le envió a su Hijo, para que el mundo se salve por él.”
Esta misión salvadora que Cristo ha proclamado con las palabras de su predicación y con los hechos de su entrega, nos ha obtenido el perdón de los pecados y nos ha suscitado la fe que nos justifica y nos alcanza el Espíritu Santo que renueva la faz de la tierra.
Esta misión, Cristo la entregó a sus discípulos para que alcanzara a todos los hombres de generación en generación: “Como el Padre me envió yo también os envío”; “Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a toda la creación”. La creación, como dice san Pablo “gime hasta el presente y sufre dolores de parto, esperando la manifestación de los hijos de Dios”, que proclaman la victoria de Cristo, para que todo el que crea en él, tenga vida eterna y llegue al conocimiento de la verdad del amor de Dios.
A través del anuncio del Evangelio, Jesucristo ha puesto un cimiento nuevo, sobre el que edificar el verdadero templo, en el que se ofrezca a Dios un culto espiritual que brota de la fe; por ella el Espíritu Santo, derrama en el corazón del creyente el amor de Dios que lo salva y lo lanza a la salvación del mundo entero como hijo de Dios. En efecto, la predicación del Evangelio de Cristo suscita la fe y obtiene el don del Espíritu Santo.
Es urgente por tanto la predicación creída en el corazón y confesada con la boca para alcanzar la salvación como dice san Pablo. Pero “¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Id pues, y anunciad el Evangelio a toda la creación.”
                    No hay, por tanto, belleza comparable a aquella de los mensajeros del Evangelio, que traen la regeneración de todas las cosas en Cristo: La enfermedad, la muerte, la descomunión entre los hombres y todas las consecuencias del pecado, se desvanecen ante el anuncio. Irrumpe la gracia y el Reino de Dios se propaga. Cristo en sus discípulos se dispersa por toda creación suscitando la fe.
Este es el envío que la Iglesia ha recibido de Cristo y que se perpetúa hasta la Parusía. Esto es lo que hacemos hoy presente en la Eucaristía y a lo que nos unimos comiendo el cuerpo y bebiendo la sangre de Cristo: “Pues cada vez que coméis de este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga.
          Proclamemos juntos nuestra fe.
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El cristiano frente a la injusticia


El cristiano frente a la injusticia
(Actitudes cristianas frente a la ofensa, la injusticia o la violencia sufridas.)

         
          Siendo cierto que los avances de la sociedad en torno al tema de la justicia son innegables, sobre todo si miramos etapas anteriores de la historia, y que el cristianismo ha tenido una parte decisiva en este progreso que ha permeado la vida y la legislación de occidente, en este momento concreto en el que la verdad cede su puesto al consenso, alienando la dignidad de la razón, la equidad ante la tolerancia y la incongruencia se traviste de pluralidad, dando carta de ciudadanía a la subversión de los valores, se hace acuciante la necesidad de la proclamación del Evangelio, mediante la vivencia de aquellos valores eternos, que durante mil años permearon, salaron e iluminaron aquel primer paganismo, transformándolo, sin dejarse asimilar por su aparente hegemonía.

          Digamos como premisa, que una cosa es ser cristiano, “luz de las gentes y sacramento de salvación“,  y otra muy distinta buscar el cumplimiento de una pía religiosidad, con una casuística inacabable y siempre insuficiente, por la cual alcanzar una auto justificación frente a las legítimas reivindicaciones naturales, que nos permiten compaginar los criterios del mundo con nuestra piedad, viviendo ajenos a la transformación ontológica que realiza la gracia divina, por la fe, en el corazón del creyente, al ser derramado en él, el amor de Dios, por obra del Espíritu Santo, que lo constituye en “sal de la tierra y luz del mundo”.

          La moral cristiana actual, no solamente debe contribuir a mantener vivo e incontaminado, el depósito de la fe recibido, y participado en un ámbito de “cristiandad”, sino a testificar frente a un mundo que ha perdido el oriente, “el esplendor de la Verdad”, como encarnación del amor de Dios en un pueblo, que gratuitamente ha sido injertado en la naturaleza divina por el don del Espíritu Santo de Nuestro Señor Jesucristo. Sólo así puede comprenderse, que no se trata sólo de una exigencia personal, sino, sobre todo, de un don para esta humanidad, sometida a la influencia maligna de los poderes de este mundo, aquello de:

                    No resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda.
          Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, rogad por los que os persigan y os difamen, bendecid a los que os maldigan. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que te robe lo que es tuyo, no se lo reclames.
          Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio; para que seáis hijos de vuestro Padre celestial; entonces seréis hijos del Altísimo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos; él es bueno con los ingratos y los perversos. Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial. (cf. Mt 5, 39-45 y Lc 6, 27-35).
  
          Al llamado “joven rico” que acude a Cristo en busca de salvación, preguntándole: “¿qué debo hacer?” el Señor lo sitúa frente a la moral de los mandamientos: “no seas injusto”; sólo para “seguirle” en su “misión” salvadora, le ofrecerá la gracia de recibir el ciento por uno, por renunciar a lo que en “justicia” tiene derecho. Así podemos responder a quienes busquen, con todo derecho, en el proceloso mar de esta vida: “nadar y guardar la ropa”.

          Ser cristiano en esta generación, no consiste, por tanto, en exigir unas “justas reclamaciones”, o en reivindicar unos “derechos desde todo punto de vista inalienables”, sino en mostrar sobre la tierra la vida celeste a la que todos somos llamados; mostrarla viva, y operante ya en un pueblo, que ha sido alcanzado gratuitamente por la misericordia divina que se ha encarnado en Jesucristo.

          No se trata, por tanto, de una sublime y exigente doctrina a conquistar, sino de un don, de una gracia “gratis data”, propia de la esencia misma del ser cristiano. San Pablo mismo la da por supuesta entre fieles: “Es un fallo vuestro que haya pleitos entre vosotros. ¿Por qué no preferís soportar la injusticia? ¿Por qué no os dejáis más bien despojar? (cf.1Co 6, 7).

          Frente a un mundo cada día más alejado del glorioso destino para el que ha sido creado, experimentable como prenda, en esta tierra, por la comunión entre los hombres, el Señor llama la atención de sus discípulos, a quienes él mismo se ha entregado: “Si vuestra justicia no es superior a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 5, 20).

El perdón cristiano de las ofensas es siempre una restitución a la misericordia divina, de su amor gratuito recibido en Cristo. La vida cristiana tiene como esencia la misión de evangelizar, sobre todo con el testimonio de un amor que trasciende toda relación mundana: “Mirad como se aman”. El escándalo del desamor o de la falta de perdón, por el contrario destruye la misión y por tanto a la Iglesia; es siempre un tropiezo a la fe y a los signos que la suscitan. La negativa a perdonar, escandaliza como el pecado mismo. Es un contra signo: “Mirad, como no se aman”. Por eso es tan fuerte la sentencia contra el que escandaliza, porque mata la vida en el “pequeño” que comienza a creer, destruyendo las débiles raíces de su fe.

La segunda característica del perdón es la de ser ilimitado. Cuando Pedro escucha al Señor aquello de perdonar siete veces al día, con la inmediatez que lo caracteriza, considera la afirmación de Jesús como un límite, y un límite ciertamente muy alto, por lo que se apresura a puntualizar el asunto con el Maestro: “Señor, ¿cuantas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces? Dícele Jesús: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22). Ilimitadamente, como Dios hace contigo siempre que se lo pides.

          “Todo cuanto hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, conscientes de que el Señor os dará la herencia en recompensa. El Amo a quien servís es Cristo (Col 3, 23-25).  Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”.

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Actitudes cristianas ante el emigrante


ACTITUDES CRISTIANAS ANTE EL EMIGRANTE[1]



           Esta es una “brevísima” reflexión, necesaria en estos tiempos en los que debido a la efervescencia social, la inmemorial trashumancia de la raza humana en busca de subsistencia y nuevos horizontes de supervivencia, alcanza caracteres trágicos, en pos de un estado de bienestar que se presenta inalcanzable para inmensas regiones deprimidas del planeta, provocando una crisis de inestabilidad en las zonas más privilegiadas del globo, en las que la abundancia de un desarrollo totalmente insólito en la historia, se siente amenazada, provocando reacciones de auto defensa que despiertan mecanismos ancestrales, supuestamente superados por una “civilización” secular, proclive, en realidad, al descarte y la marginación, frente a la acogida solidaria de una pretendida fraternidad.

          Ante la perplejidad actual de los gobernantes de los estados involucrados, responsables y diputados para dar respuesta a la situación, nos planteamos cual deba ser la actitud y la respuesta personales del cristiano, cuya fe obra por la caridad. Cada cristiano, con el espíritu de Jesucristo que lo hace tal en medio del mundo, se relaciona con sus semejantes en el amor, reconociendo su dignidad personal, asistiéndolos en sus necesidades y usando con todos de misericordia, en el ámbito de la justicia y de la convivencia.

          La Iglesia católica, ”madre y maestra,” como encarnación actual de la caridad cristiana en medio de la sociedad, ilumina a los fieles en su fidelidad al Evangelio, que hace florecer en ella, carismas de acogida y asistencia que la acompañen en su testimonio evangelizador, contribuyendo con su doctrina y con su acción al bien común de las sociedades en que vive, saneando sus estructuras, inspirando sus leyes, y salando con sus criterios de justicia, honestidad y responsabilidad, la entera vida social. La Iglesia puede proponer sus criterios y también oponer sus objeciones ante aquellas decisiones que manifiestamente contradigan o se opongan a la fraternidad humana con menoscabo de la dignidad de la persona que la moral evangélica proclama.

          Inmigración, y asilo, son fenómenos muy antiguos, que en estos últimos tiempos experimentan una tal masificación que pueden desembocar en actitudes de xenofobia, ante el endurecimiento y la radicalización de las posturas de los países afectados por la invasión descontrolada de inmigrantes, en busca de refugio y subsistencia. El bien común debe regularse superando el egoísmo de la rentabilidad a toda costa, en menoscabo de la dignidad de las personas. Se requiere racionalidad, justicia y eficacia, sin olvidar que hablamos de personas humanas cuya dignidad no procede de lo que saben o lo que tienen, sino de lo que son.

          Históricamente, la Iglesia Católica ha mantenido siempre un gran interés por la inmigración y el cómo la acción política afecta a quienes emigran en busca de una vida mejor. Basándose en las enseñanzas de la Escritura y en su propia experiencia, las enseñanzas de su Doctrina Social, hacen a la Iglesia Católica levantar su voz en favor de aquéllos que son marginados en su desarraigo, y cuyos derechos inalienables, dados por Dios no son respetados.

          Los emigrantes y refugiados, junto a los huérfanos y las viudas, han gozado siempre en la Escritura, de una particular protección por parte de Dios. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, encontramos ejemplos sobre la situación de los inmigrantes y los refugiados que huyen de la opresión y la violencia. El Éxodo hebreo de la esclavitud a la libertad, nos describe la experiencia de un pueblo que vivió 400 años en país extranjero y 40 en el desierto. También la Sagrada Familia, ha conocido la vida del refugiado, durante la persecución de Herodes. El mismo Jesús afirma de sí mismo, "no tener donde reclinar la cabeza," y en sus enviados, “sus pequeños hermanos”, perpetuará también la precariedad del destierro y el asilo: "Tuve hambre, y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber, estuve enfermo y me visitasteis, fui forastero y me acogisteis". La Iglesia tiene, por tanto, también la responsabilidad de hacer brillar el mensaje cristiano en esta cuestión, ayudando a construir puentes, de modo que se pueda crear un sistema de inmigración que sea justo y sirva al bien común, considerando las legítimas preocupaciones en orden a la seguridad de cada nación.

El Magisterio de la Iglesia, y Los Papas

          León XIII, con su encíclica Rerum Novarum de 1891, es el primero en tratar el tema social de las condiciones laborales, mencionando que “toda persona tiene derecho a trabajar para vivir dignamente y sostener a su familia”.

          Pio XII, posteriormente, reafirma que “los emigrantes tienen derecho a una vida digna y a emigrar para conseguirla”.

          Juan XXIII puntualiza en su encíclica, Pacem in Terris, que el derecho a la emigración no es absoluto, y se aplica sólo, “cuando hay razones justas para emigrar”, como ocurre actualmente, que hay pobreza global, guerras, crimen, y persecuciones, y las personas se ven obligadas a abandonar sus casas motivadas por la necesidad de sobrevivir y sostener a sus familias.
          Las naciones tienen la obligación de garantizar el bien común universal, y por lo tanto, deben responder a los flujos migratorios de la mejor manera posible. Las naciones poderosas y ricas tienen una obligación aun mayor de buscar el bien común universal de acuerdo a las enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia.

          Juan Pablo II dijo que el principio de la dignidad humana debe aplicarse a la inmigración en base a dos criterios:
          1.- Todo ser humano tiene derecho a buscar condiciones dignas de vida para sí y para sus seres queridos, incluso mediante la emigración.
          2.- Toda nación soberana tiene derecho a garantizar la seguridad de sus fronteras y regular el flujo migratorio.
          Hablar del derecho a la emigración, lleva implícito el derecho primario a no emigrar, desarrollando su actividad laboral en la propia patria sin el desarraigo familiar y social que supone.
          
           Francisco en 2016 dijo: ¿Cómo no ver el rostro del Señor en los millones de prófugos, refugiados y desplazados que huyen desesperados del horror de la guerra, de las persecuciones y de las dictaduras?

           La Iglesia reconoce el derecho a que las naciones soberanas protejan y cuiden sus fronteras para asegurar el bien común de sus ciudadanos. En general, los inmigrantes y los refugiados son algunos de los más pobres y vulnerables entre nosotros. Por esta razón, la Iglesia enseña que los gobiernos a todos los niveles deben hacer todo lo que puedan para asegurar que sean respetados y mantenidos su dignidad y bienestar. Con todo, ningún país está obligado a aceptar a todas las personas que quieren emigrar a él, en especial si la seguridad y el bien común de sus ciudadanos están en riesgo. Por último, un país debe regular sus fronteras con justicia y misericordia. Es decir, que este principio debe aplicarse con absoluta igualdad respetando la dignidad de todos. Aceptar inmigrantes y refugiados resulta esencial para la vida de cualquier nación justa, y una responsabilidad que se debe ejercer con prudencia y sabiduría.

          El Concilio Vaticano II, ha considerado los grandes movimientos de personas, como un signo de nuestro tiempo (Gaudium et Spes, 4-6), y es una de las preocupaciones que han ayudado a ampliar y a profundizar la Doctrina Social de la Iglesia. 

                                                                     www.jesusbayarri.com






[1] (Artículos consultados: Justice for Immigrants: The Catholic Campaign for Immigration Reform; Oficina de Asuntos para Inmigrantes y de Educación sobre Migración; Father Cal Christiansen. ¿Qué enseña la Iglesia acerca de la inmigración?; Mons. Jorge de los Santos;  CEU Ediciones. Migración y Doctrina Social de la Iglesia; Lucandrea Massaro)