San José obrero
Col 3, 14-15;
Mt 13, 54-58
Queridos hermanos:
Según una tradición copta, san José, que era
viudo, tenía los cuatro hijos que menciona hoy el Evangelio: Santiago, José,
Simón y Judas. Al desposarse con María, habría aportado a la familia al menor
de ellos, Santiago, todavía niño, quien con el tiempo llegó a ser uno de los
Doce Apóstoles y fue conocido como “el hermano del Señor”. Con todo, la
Escritura parece contradecir claramente esta hermosa tradición (cf. Brant
Pitre, “Jesús y las raíces judías de María”, p. 136).
La profesión de san José era téktōn, que
solemos traducir como “carpintero”, aunque se trataba más bien de un artesano
experto en construcción. Entre sus paisanos, este oficio servía para
identificar a Jesús como un hombre sencillo y humilde, sin otro título
distintivo que lo señalara; era, simplemente, “el hijo del carpintero”, como
recoge el Evangelio.
No es de extrañar la perplejidad de aquellos
lugareños, conciudadanos suyos, que de pronto ven a Jesús actuar como maestro y
profeta, asombrando al mundo con sus palabras y sus obras. Como también nos
sucede a nosotros, no es fácil comprender una elección tan sorprendente, libre
y gratuita del Señor, que “alza de la basura al pobre para sentarlo entre los
príncipes de su pueblo”. Así ha ocurrido a lo largo de la historia con los
profetas, como reconoce con tristeza el Señor, aceptando la desconfianza y el desprecio
de ese pueblo al que ama entrañablemente y al que ha venido a salvar,
entregando su vida hasta el extremo, muriendo por él y por nosotros en la cruz.
A través de José, adornado con estas virtudes,
el Padre quiso formar a su Hijo en la mansedumbre y la humildad, como
testimonio divino frente a la soberbia diabólica que mueve al mundo y como
rechazo de la violencia de los prepotentes. Es el Cordero degollado quien vence
a la bestia, cuyo furor es ajeno a toda misericordia.
Para recorrer los caminos del amor son
necesarias la mansedumbre y la humildad, virtudes que hacen posible la
verdadera sumisión del corazón.
Que así sea.
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