La Ascensión del Señor A

La Ascensión del Señor A

Hch 1, 1-11; Ef 1, 17-27; Mt 28, 16-20.

Queridos hermanos:

La fiesta de la Ascensión del Señor se celebró hasta el siglo IV junto con la de Pentecostés. Por la tarde, los fieles de Jerusalén acudían al Monte de los Olivos y se proclamaban los textos de la Ascensión. Más tarde comenzó a celebrarse de manera separada, cuarenta días después de Pascua. Esta festividad aviva en nosotros la esperanza de la promesa de nuestra exaltación a la comunión con Dios. Aquel que bajó por nosotros asciende con nosotros a la gloria: “Suba con Él nuestro corazón”.
La Ascensión que describe el libro de los Hechos de los Apóstoles precede a la promesa del bautismo en el Espíritu Santo, anunciado ya por el Bautista, que proveerá la fortaleza necesaria para el testimonio universal de los apóstoles.
En el Evangelio se anuncia el poder dado a Cristo, que hará posible el éxito en la misión de hacer discípulos mediante el bautismo, confiada a los apóstoles. Cuando la Iglesia bautiza, es Cristo quien bautiza: “Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo”. Con este poder será anunciada la Resurrección hasta los confines de la tierra.
Las figuras de Enoc y Elías abren nuestra mente y avivan nuestra esperanza de ver realizadas las ansias profundas de nuestro espíritu, sofocadas por la frustración del pecado, y que alcanzarán su plenitud en Cristo: “Volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros”.
Ascender, subir, sentarse y los demás términos que describen este acontecimiento son, en realidad, expresiones que nos hablan de trascender esta realidad terrena: exaltarla, glorificarla y asumirla en la gloria celeste, entrando en una dimensión inaccesible a nuestros sentidos, que llamamos “cielo”, donde está la persona de nuestro Señor Jesucristo. Su encarnación prepara su entrega y su elevación, y anticipa nuestra misión de intercesión en favor del mundo. Cristo está en el Padre para interceder por nosotros, y está dentro de nosotros sosteniéndonos e intercediendo por el mundo. La fuerza que moverá a los discípulos ya no será solo el ejemplo del Hijo, sino el amor del Padre, derramado en su corazón por el Espíritu.
Terminada su obra de salvación y “ascendiendo” al cielo, Cristo “se sienta a la derecha del Padre”. Con Él asciende nuestra naturaleza humana. Un hombre entra en el cielo en Cristo, dándonos a conocer la riqueza de la gloria otorgada por Dios en herencia a los santos. Como dice san Pablo: “A nosotros, que estábamos muertos en nuestros delitos, por el grande amor con que nos amó, nos vivificó, nos resucitó y nos hizo sentar en Él, en los cielos, para mostrar la sobreabundante riqueza de su gracia, por su bondad para con nosotros”.
No es solo nuestra carne la que entra en el cielo, sino nuestra Cabeza, la Cabeza del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, de la cual nosotros somos miembros. Esta es, pues, nuestra esperanza como miembros de su Cuerpo: permanecer unidos a Él en la gloria. Por eso debemos siempre “buscar las cosas de arriba, donde está Cristo”, nuestra Cabeza, en espera de su venida, sin que las cosas de abajo nos aparten de nuestra meta. Cuando vino a nosotros, no dejó al Padre; y ahora que vuelve a Él, no nos deja, sino que nos envía su Espíritu. De simples criaturas hemos pasado a ser hijos. Con la filiación hemos recibido también la misión. Mientras el mundo ve a Cristo en nosotros, nosotros lo vemos en la misión, contemplando los frutos del Espíritu en sus obras.

  Proclamemos juntos nuestra fe. 

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