Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote A
Ge 22, 9-18; Hb 10, 4-10; Mt 26, 36-42
Queridos hermanos:
Hablar del sacerdocio es hablar de la intercesión ante Dios mediante un sacrificio, que en Cristo es único y eterno, como lo es su intercesión por nosotros.
La
Iglesia renueva constantemente este único sacrificio de Cristo en la Eucaristía,
en la que Él sigue ofreciéndose e intercediendo en favor nuestro, presentando
ante el Padre sus llagas gloriosas por medio de sus ministros, quienes
actualizan el “memorial” de su Pascua a perpetuidad para la edificación del
Pueblo de Dios y la salvación del mundo, mediante su adhesión a la Alianza
Nueva y Eterna, establecida en la sangre redentora de Cristo en el altar de la
cruz.
El
Cuerpo de Cristo es entregado y su Sangre derramada para el perdón de los
pecados, la glorificación del Padre, la consagración y santificación de sus
hijos adoptivos, congregados por la fe en Cristo y constituidos en pueblo
sacerdotal en función del mundo.
En
esta fiesta contemplamos el sacerdocio de Cristo, que, como templo, siervo,
sacerdote, víctima y altar, se ofrece en sacrificio a sí mismo al Padre en un
culto perfecto, según el rito de Melquisedec. En Cristo desciende la bendición
de Dios al hombre y sube la bendición del hombre a Dios: eterno sacerdote y
rey, que, en el pan y el vino de su Cuerpo y Sangre, se entrega por los
pecados, como dicen las Escrituras:
«Dándose
a sí mismo en expiación y habiendo ofrecido, por los pecados, un solo
sacrificio, tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos para ser un sumo
sacerdote misericordioso y fiel en lo que toca a Dios. No tenemos un sumo
sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, ya que ha sido
probado en todo como nosotros, excepto en el pecado» (cf. Hb 2, 17-18; 4, 15).
Cristo
es el sumo sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado, apartado
de los pecadores, encumbrado sobre los cielos; sumo sacerdote de los bienes
futuros, a través de una tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de
hombre, es decir, no de este mundo. Él penetró los cielos y se sentó a la
diestra del trono de la Majestad. Y penetró en el santuario una vez para
siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia
Sangre (cf. Hb 7, 26; 9, 11-12).
En
Cristo, el culto ofrecido a Dios a través de los tiempos se hace perfecto,
uniéndonos a Él mediante el memorial sacramental de su Pascua, que es la
Eucaristía: Cuerpo de Cristo que se entrega; Sangre de la Alianza Nueva y
Eterna que se derrama. Por ella nos unimos a Jesucristo, el Testigo fiel, el
Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra, el que
nos ama y nos ha lavado de nuestros pecados con su Sangre, y ha hecho de
nosotros un reino de sacerdotes para Dios, su Padre.
Por
nuestra unión con Él, luz de las gentes, también nosotros recibimos el sacerdocio
real en función del mundo, para el que somos incorporados al sacramento
universal de salvación. Amor y unidad, que son la expresión de la comunión
entre las Personas divinas, es lo que Cristo pide al Padre para nosotros.
Cuando la comunidad cristiana, la Iglesia, recibe estos dones, aparece visible
en el mundo la comunión divina, que lo evangeliza, mostrando que es posible al
ser humano la vida eterna por la fe en Cristo.
Entonemos,
por tanto, a Cristo el cántico celeste:
«Eres
digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado y compraste
para Dios, con tu Sangre, hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has
hecho de ellos, para nuestro Dios, un reino de sacerdotes, y reinan sobre la
tierra.»
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