Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote A (jueves 8º del TO)

 Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote

A Ge 22, 9-18; Hb 10, 4-10; Mt 26, 36-42

B Jr 31, 31-34; Hb 10, 11-18; Mc 14, 22-25

C Is 6, 1-4.8 ó Hb 2, 10-18; Jn 17, 1-2.9. 14-26) 

Queridos hermanos: 

          En esta fiesta contemplamos el sacerdocio de Cristo, que como Siervo, sacerdote, víctima y altar, se ofrece en sacrificio, a sí mismo al Padre en un culto perfecto, según el rito de Melquisedec. En Cristo desciende la bendición de Dios al hombre, y sube la bendición del hombre a Dios: Eterno sacerdote y rey, que en el pan y el vino de su cuerpo y sangre, se entrega por los pecados, como dicen las Escrituras:

          Dándose a sí mismo en expiación, y habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio, tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser un sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que toca a Dios; no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, ya que ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado (cf. Hb 2, 17-18; 4, 15).

          Cristo es: el sumo sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado sobre los cielos; sumo sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no fabricada por mano de hombre, es decir, no de este mundo, que penetró los cielos, y se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre (cf. Hb 7, 26; 9, 11-12).

          En Cristo, el culto ofrecido a Dios a través de los tiempos, se hace perfecto uniéndonos a él a través del memorial sacramental de su Pascua que es la Eucaristía: Cuerpo de Cristo que se entrega; sangre de la Alianza Nueva y Eterna que se derrama. Por ella nos unimos a Jesucristo, el Testigo fiel, el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos ha lavado nuestros pecados con su sangre, y ha hecho de nosotros un Reino de sacerdotes para Dios su Padre.

          Por nuestra unión con él: Luz de las gentes, también nosotros recibimos el sacerdocio real en función del mundo, para el que somos incorporados al Sacramento universal de salvación. Amor y unidad, que son la expresión de la comunión entre las personas divinas, es lo que Cristo pide al Padre para nosotros. Cuando la comunidad cristiana, la Iglesia, recibe estos dones, aparece visible en el mundo la comunión divina, que lo evangeliza, mostrando que es posible al ser humano la vida eterna, por la fe en Cristo.

          Entonemos por tanto a Cristo el cántico celeste: «Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra.»

           Que así sea.

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La Visitación de la Virgen María (miércoles 8º del TO)

 La Visitación de la Virgen María  

(So 3, 14-18; ó Rm 12, 9-16; Lc 1, 39-56)

 Queridos hermanos:

        La palabra de este día está envuelta en manifestaciones celestes de ángeles y del Espíritu Santo, como corresponde al misterio de los hijos que guardan las madres en su encuentro. El mayor entre los nacidos de mujer y el Primogénito de toda la creación. La voz y la Palabra. La voz es el sonido que hace vibrar el aire, mientras la Palabra es la idea, la voluntad divina, el acontecimiento creador de Dios que da vida a todo cuanto existe.

María llena del gozo del Señor, se puso en camino y se fue con prontitud, movida por el Espíritu, hacia Isabel, porque Cristo quiere encontrar a Juan y ungir a su profeta con el Espíritu, para su misión como amigo del novio, que será lavar al esposo en las aguas del Jordán, antes de que tome posesión de la esposa subiendo a la cruz. Isabel escucha a María, y Juan advierte al Señor. El gozo de María, es el de Cristo que vive en ella; Juan lo percibe, y salta en el seno con el gozo del Espíritu, que hace profetizar a su madre para ensalzar la fe de María, que acoge el cumplimiento de las promesas de la salvación que se cumplen en ella: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor? ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!”

El Espíritu Santo hace profetizar a Isabel, exaltando la fidelidad y el poder de Dios que cumple las promesas en su misericordia para con los pobres, los humildes, y los pecadores, comunicadas en su nombre por el arcángel, y la fe de María: “bendita entre las mujeres” como Yael, y como Judit, que abatieron la cabeza del enemigo, figura del adversario por antonomasia, cuya cabeza aplastará definitivamente Cristo, descendencia de la mujer, y nueva Eva, María.

Grande, ciertamente es el amor de Dios, que se fija en la pequeñez de María, y la engrandece subiéndola a su carroza real, como a la esposa del Cantar: Maravillaos conmigo hijas de Jerusalén, porque ayer me fatigaba espigando entre los rastrojos, quemada por el sol, y hoy he sido arrebatada por el Rey a su presencia. Esta es también la experiencia de la Iglesia, pues el don que se le otorga, es infinitamente grande para cualquier mortal, porque “el Señor no renuncia jamás a su misericordia, no deja que sus palabras se pierdan, ni que se borre la descendencia de su elegido, ni que desaparezca el linaje de quien le ha amado” (cf. Eclo 47, 22).

María, en su humildad, se apoyó en Dios, y nosotros debemos hacerlo también, en nuestra debilidad, para poder alcanzar su dicha  por nuestra fe, pues también a nosotros ha sido anunciada la salvación en Cristo, invitándonos a unirnos a su cortejo hacia la casa del Padre.

Juan ha sido lleno del Espíritu con la cercanía de Cristo. Y nosotros, al contemplarlo encarnado en el seno de María, derramando el Espíritu Santo, somos testigos de que las promesas se están realizando. La voluntad de Dios se hace accesible a nuestra impotencia, porque el Verbo de Dios ha recibido un cuerpo, y ha entrado en el mundo para hacer posible que se cumpla en la debilidad de nuestra carne.

Nosotros en la Eucaristía somos llamados a abrir la puerta a Cristo, que quiere entrar a cenar con nosotros y hacernos un espíritu con él, de manera que el “Dios con nosotros” sea, Dios “en nosotros”, por el Espíritu Santo, y que nuestro gozo sea el de Juan, el de María, y el de Cristo, y que sea pleno.

         Que así sea.

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María Madre de la Iglesia (lunes 8º del TO)

 María Madre de la Iglesia

Ge 3, 9-15.20; ó Hch 1, 12-14; Jn 19, 25-34

 Queridos hermanos:

           El Señor se ha formado un cuerpo de carne en el seno de la Virgen María, y un cuerpo místico, espiritual, en el corazón de sus discípulos mediante la fe en él. Jesús es, por tanto, hijo de María y cabeza de su cuerpo místico. Siendo María la madre de la cabeza, lo es también del cuerpo que es la Iglesia, y así lo proclamó Pablo VI en el discurso de promulgación de la Lumen Gentium, el 21 de noviembre de 1964, como conclusión de la tercera sesión del Concilio, declarando a María, como “Madre de la Iglesia”.

          Para formarse un cuerpo en María, el Hijo de Dios asumió de ella, la naturaleza humana que quiso salvar del pecado y de la muerte, preservándola del pecado de Adán, de manera que este cuerpo suyo, libre del pecado, que Cristo ofreció al Padre desde la cruz, nos ha obtenido el perdón de nuestros pecados, y nos ha adquirido el Espíritu Santo que nos hace hijos adoptivos de Dios, hermanos de Cristo y por tanto, hijos de María.

          Contemplamos, pues, a María, madre, esposa fiel y virgen fecunda, privilegiada ya en su concepción y constantemente unida al Amor que se hizo cuerpo en ella, tomando de ella lo que tiene de nosotros. Excluido el pecado que no halló en ella porque fue redimida ya en su concepción.

          Su corazón maternal rebosando serenidad y mansedumbre, refleja el de su manso y humilde hijo, que desde la cruz sólo suplicó para sus verdugos, perdón, mostrando piedad. No hay amor más grande, que el que ella quiso aceptar de quien lo asumió plenamente, haciéndose así mediadora de su gracia, con la que nosotros fuimos salvados y constituidos en sus hijos al pie de la Cruz. Por eso, si hacemos presente a María la madre amorosa, es para suplicar de su piedad, que nos alcance su fortaleza en el amor a Cristo y su sometimiento a la voluntad del Padre que nos dio a su Hijo.

          El discípulo es llamado hijo de la “mujer”, que es madre de todos los vivientes, renacidos a nueva vida, por la fe, que los hace hermanos de su hijo único, y que son uno en él, de manera que, desde entonces, en ellos lo ve a él. De hermana suya, en su naturaleza, ha llegado a ser su madre, en la dignidad de su elección. Gran misterio, en el que un hijo elige a su madre, santificándola de antemano y compartiéndola después con sus hermanos adoptivos, elegidos y salvados también ellos por su gracia.

          Concluyamos, pues, con san Bernardo, nuestra breve contemplación de María, nuestra Madre y Madre de la Iglesia: 

          “Si se levantan las tempestades de tus pasiones, mira a la Estrella, invoca a María. Si la sensualidad de tus sentidos quiere hundir la barca de tu espíritu, levanta los ojos de la fe, mira a la Estrella, invoca a María. Si el recuerdo de tus muchos pecados quiere lanzarte al abismo de la desesperación, lánzale una mirada a la Estrella del cielo y rézale a la Madre de Dios. Siguiéndola, no te perderás en el camino. Invocándola no te desesperarás. Y guiado por Ella llegarás seguramente al Puerto Celestial.”

           Que así sea.

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Pentecostés A (misa del día)

 Pentecostés A (misa del día)

(Hch 2, 1-11; 1Co 12, 3b-7. 12-13; Jn 20, 19-23) 

Queridos hermanos:

         Celebramos la Pascua en el recuerdo de la efusión del Espíritu Santo que narra san Juan cuando Cristo resucitado sopla sobre los apóstoles, y el que san Lucas presenta solemnemente en los Hechos de los Apóstoles, cuando nace la Iglesia al recibir su alma desde lo alto. Con la fuerza del Espíritu comienza el anuncio de la Buena Noticia a todas las gentes que se reúnen en un solo corazón.

        En este domingo, la palabra está llena de contenido. Aparece la comunidad cristiana unida por el amor, como una consecuencia de la obra realizada en ellos por Cristo: Los discípulos incorporados a la comunión del Padre y el Hijo, reciben el Espíritu Santo, el don de la paz, y la alegría, y son investidos del “munus” de Cristo para perdonar los pecados, incorporando así a los hombres a la comunión con Dios. Esta será su misión, de comunicar el amor de Dios que les ha alcanzado en Cristo.

        Guiada por el Espíritu la Iglesia es conducida al conocimiento profundo del Misterio de Cristo y permanece atenta a sus inspiraciones. Por él, los fieles claman a Dios: “¡Abba!, Padre, y proclaman a Cristo como Señor. Él adoctrina a los apóstoles, inspira a los profetas, fortalece a los mártires, instruye a los maestros, une a los esposos, sostiene a los célibes y a las vírgenes, consuela a las viudas, y educa a los jóvenes. De él proceden la caridad y todas las virtudes.

        Mediante el don del Espíritu el hombre tiene acceso al Reino de Dios y es constituido miembro de Cristo unido a su misión y fortalecido ante las adversidades.

        La obra de Cristo en nosotros, ha comenzado por suscitarnos la fe, y concluye con el don de su Espíritu. Él será quien guie la existencia y la misión de los discípulos, unidos definitivamente a Cristo.

        Cristo ha sido enviado por el padre para testificar su amor y para que a través del Espíritu, recibiéramos la vida nueva para nosotros y eterna en Dios, de la comunión de su amor: “Un solo corazón, una sola alma, y unidos en la esperanza de la fe, que obra por la caridad. Así, visibilizando el amor que derrama en nosotros el Espíritu Santo, testificamos la Verdad que se nos ha manifestado y el mundo es evangelizado para alcanzar la  salvación.

         Proclamemos juntos nuestra fe.

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Vigilia de Pentecostés

 Vigilia de Pentecostés

(Ge 11, 1-9; Ex 19, 3-8.16-20; Ez 37, 1-14; Jl 2, 28-32 (3, 1-5); Rm 8, 22-27; Jn 7, 37-39)

 Queridos hermanos:

           Conmemoramos hoy el acontecimiento de la efusión del Espíritu, con el que nace la Iglesia como pueblo, cuerpo de Cristo, y Reino de Dios. Israel ha sido liberado de Egipto en la Pascua, y constituido pueblo en la alianza del Sinaí, que conmemoramos en Pentecostés. Así, la humanidad redimida en la Pascua de Cristo, por la recepción del Espíritu, es constituida en pueblo de Dios el día de Pentecostés.

          En los sequedales del desierto del corazón humano que se ha separado de Dios por el pecado, el Señor ha colocado la Roca, que es Cristo, de cuyo seno brotan los torrentes de agua viva del Espíritu, como del Templo que vio Ezequiel, porque es en Cristo, en quien habita toda la plenitud de la divinidad. Para beber de esta agua hay que creer en Cristo: “Beba, el que crea en mí”.

          El que bebe de esta agua del Espíritu, queda saciado por la fe en Cristo, que a su vez se convierte en él en fuente de aguas que brotan para vida eterna, para saciar a otros. De la misma manera que al recibir la luz del Espíritu, el discípulo se convierte en luz, también al recibir el agua viva, se convierte en fuente, de cuyo seno brotan torrentes de agua viva, como del seno del Salvador, al que permanece unido por su fidelidad.

          El hombre sumergido en la insatisfacción profunda de su corazón, y alejado de Dios a causa del pecado, es empujado a una incesante búsqueda de sí mismo, y de Dios, en una sed insaciable que le frustrará continuamente, hasta que el “agua viva” del Espíritu sea derramada en su corazón por la fe en Cristo. Su sed de escalar la gloria y la comunión humana, le lleva a la gran confusión de Babel, que narra el libro del Génesis. De esta ansia han brotado en medio de claridades y tinieblas: religiones, cultos, magias, y supersticiones, sin saber distinguir tantas veces entre dioses y demonios. Será Dios mismo acercándose al hombre, quien le conducirá a la comunión con él, al encuentro del hombre mismo, y al descubrimiento de su incapacidad de dar vida a sus huesos calcinados. Será Dios, quien vivifique con el rocío de su Espíritu los áridos despojos, de quien sediento, acuda a Cristo y crea en él.

          Sólo la revelación de Dios por su Palabra, será capaz de separar en el corazón humano la luz de las tinieblas, e ir purificándolo para hacerlo digno de la presencia del Espíritu, como fuente de aguas vivas y fuego devorador que lo fecunden en el amor, purificándolo siete veces. La efusión del Espíritu dará cumplimiento a la profecía de Joel: «Derramaré mi espíritu sobre toda carne y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, vuestros ancianos tendrán sueños, vuestros jóvenes verán visiones. Y hasta sobre siervos y siervas derramaré mi espíritu en aquellos días.»  

          Toda carne será empapada de vida, y bautizada de Espíritu. Esta es la profecía que ansía toda la creación con angustiosa espera: comunión con Dios y con todos los hombres.

          Como dice la Escritura: ¿Quién puede conocer tu voluntad, si tú (Señor) no le das la sabiduría y le envías tu espíritu santo desde el cielo? (Sb 9,17).

          Efectivamente la acción del Espíritu Santo será siempre protagonista en la Nueva Creación como nos dice la Escritura:

          En la gestación de Cristo: María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo. Así se lo anunció el ángel: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios.» Así se lo confirmó el ángel a su esposo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo.»

          Nosotros por nuestra parte, aguardamos la promesa del Bautista referida a Cristo: «Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.» Se lo había dicho el Señor: «Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo'.» Él mismo, fue anunciado a su madre por el ángel que le dijo: «será para ti gozo y alegría y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre.» Así, cuando fue visitada por María: «Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamó a gritos: Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor?  Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»

          En la presentación del Señor: Simeón. Era un hombre justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. El Espíritu Santo le había revelado que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor.

          En el bautismo del Señor: «Se abrió el cielo, bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado. Después: Jesús, lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán y era conducido por el Espíritu en el desierto.» Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder.

          También en su vida pública: «Se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo y dijo: Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito.»

          Del mismo modo que está en Cristo, el Espíritu estará en sus discípulos; él mismo se lo entregará: «El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho. Recibiréis la fuerza, del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos. Después de haber dado instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido, fue levantado a lo alto. Los discípulos,  se llenaban de gozo y del Espíritu Santo.»

          Desde entonces el Espíritu estará siempre en la Iglesia y acompañará a quienes predican el Evangelio: «Las iglesias por entonces gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria; pues se edificaban y progresaban en el temor del Señor y estaban llenas de la consolación del Espíritu Santo. El Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la palabra.»

          El Espíritu asistirá y designará a los apóstoles: Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que éstas indispensables. Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio hijo.

          San pablo aseguraba: El Espíritu Santo en cada ciudad me testifica que me aguardan prisiones y tribulaciones. La esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. El Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. El Dios de la esperanza os colme  de todo gozo y paz en la fe, hasta rebosar  de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!» sino movido por el Espíritu Santo.»

          Guiando la evangelización: «El Espíritu Santo les había impedido predicar la palabra en Asia.» De la misma manera había conducido a los profetas: «Nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres, movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios.»

          Podemos comprender ahora la diatriba de Jesús: «Al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro.»

          Por último, estará presente también en las persecuciones: «No seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu Santo. Como dice el Espíritu Santo: Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones; el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan» «Id pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.»

          Acudamos pues a la Fuente que brotó en Pentecostés y no deja de manar Agua aunque nosotros sigamos sedientos. Invoquemos al Viento impetuoso que sopla donde quiere, para poder discernir su camino y ser arrebatados por Él. Abracemos al hermano al amor de este Fuego que funde toda dureza y frialdad.

           Proclamemos juntos nuestra fe.

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Martes 7º de Pascua

 Martes 7º de Pascua

(Hch 20, 17-27; Jn 17, 1-11a)

 Queridos hermanos:

          Lo fundamental de esta palabra es que seamos conscientes del valor que tenemos para Dios, lo que le importamos, lo inaudito de su amor, siendo como somos una insignificancia expuesta a pasiones despreciables: odio, egoísmo, y toda clase de maldad. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? Así podemos comprender lo que significa amar en la dimensión en la que Dios ama, y valorar lo que él ha puesto en el abismo de nuestro corazón, y que nosotros despreciamos y destruimos con tanta facilidad. Realmente merecemos ser desechados por Dios, pero su amor es eterno y se entrega en su Hijo para salvarnos.

En este Evangelio, Cristo dice al Padre: ¡misión cumplida!, y le pide lo que él mismo le ofrece y quiere para sus discípulos: Su amor. Esa era la voluntad del Padre cuando creó al hombre, y cuando envió a Cristo a redimirlo y evangelizarlo, de forma que también pudiera retornar e él, juntamente con Cristo. Ahora Cristo suplica al Padre que lleve a término su voluntad salvadora por la que él es entregado y se entrega, no resistiéndose al amor del Padre por el mundo. No impidiendo que Judas le entregue, se llena de gloria y da gloria a Dios que entrega a su Hijo por amor: “Cuando salió (Judas), dijo Jesús: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él.  (Jn 13, 31).

Así nos enseña a poner todas nuestras obras siempre ante el Padre, “de quien debe brotar todo como de su fuente y a quien debe tender todo como a su fin”. Cristo viene a decir: Padre, renuncié a la gloria que tenía junto a ti, para glorificarte ante los hombres entregando mi vida por ellos y por amor a ti. Les mostré la gloria de tu amor, para que ellos te glorificaran y alcanzaran de ti la vida eterna al conocernos a ti y a mí. Ahora, para que termine tu obra, glorifícame tú con tu amor, para que en mí, sean ellos también glorificados, como yo he sido glorificado en ellos cuando han creído en ti, acogiendo a tu Palabra.

En efecto, se glorifica a Dios reconociendo la grandeza de su amor; cumpliendo la misión que nos confía por amor al mundo; haciendo su voluntad que es entrega, salvación y amor; y dando mucho fruto.

Dios se va a cubrir de gloria al completarse la entrega de su Hijo por amor; Cristo, al amarnos hasta el extremo, y nosotros al glorificarlo ante los hombres, amando con el amor que nos ha sido dado.

Gracias a la entrega de Cristo, el hombre puede llegar a la fe, y con la fe dar gloria a Cristo y alcanzar la vida eterna; puede llegar al conocimiento del amor y a la filiación divina, y ser incorporado al testimonio de la regeneración.

         El amor de Cristo, nos vacía de nuestra autocomplacencia y nos lleva al amor a Dios y a los hermanos.

          Que así sea.

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Ascensión del Señor A

 Ascensión del Señor A

(Hch 1, 1-11; Ef 1, 17-27; A: Mt 28, 16-20; B: Mc 16, 15-20; C: Lc 24, 46-53).

 Queridos hermanos

         Esta fiesta se celebró hasta el siglo IV junto con la de Pentecostés, en la que por la tarde los fieles de Jerusalén acudían al Monte de los Olivos y se proclamaban los textos de la Ascensión. Después comenzó a celebrarse separadamente, 40 días después de Pascua.

Esta fiesta viene a avivar en nosotros la esperanza de la promesa de nuestra exaltación a la comunión con Dios. El que bajó por nosotros, asciende con nosotros a la gloria: “suba con él nuestro corazón”. Las figuras de Enoc y Elías abrieron nuestra mente y avivaron nuestro deseo, de alcanzar las ansias profundas de nuestro espíritu, sofocadas por la frustración del pecado, y que llegan a su plenitud en Cristo.

Ascender, subir, sentarse y los demás términos que describen el acontecimiento, son conceptos que nos hablan en realidad de un trascender esta realidad terrena, exaltar, glorificar, o asumir en la gloria celeste, entrando en una dimensión inaccesible a nuestros sentidos, que llamamos cielo, de la persona de nuestro Señor Jesucristo.

Terminada su obra de salvación, Cristo “asciende” al cielo y “se sienta” “a la derecha” del Padre. Su encarnación ha hecho posible su entrega y ahora su presencia no será ya externa sino interior: ya no estará entre nosotros, sino en nosotros.

Cristo está en el Padre para interceder por nosotros, y está dentro de nosotros sosteniéndonos e intercediendo por el mundo. La fuerza que moverá a los discípulos ya no será la del ejemplo del Hijo, sino la del amor del Padre, derramado en su corazón por el Espíritu.

Con él asciende nuestra naturaleza humana. Un hombre entra en el cielo, en Cristo, dándonos a conocer la riqueza de la gloria otorgada por Dios en herencia a los santos, como dice san Pablo: “A nosotros que estábamos muertos en nuestros delitos, por el grande amor con que nos amó, nos vivificó, nos resucitó, y nos hizo sentar en él, en los cielos, para mostrar la sobreabundante riqueza de su gracia, por su bondad para con nosotros.”

No es sólo nuestra carne la que entra en el cielo, sino nuestra Cabeza, cabeza del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, del cual nosotros somos miembros. Esta es pues nuestra esperanza como miembros de su Cuerpo: seguir unidos a él en la gloria. Por eso debemos siempre “buscar las cosas de arriba, donde está Cristo”, nuestra cabeza, en espera de su venida, sin que las cosas de abajo nos aparten de nuestra meta. Cuando vino a nosotros no dejó al Padre, y ahora que vuelve a él, no nos deja, sino que nos manda su Espíritu. De simples creaturas hemos pasado a ser hijos.

Con la filiación hemos recibido también la misión. Mientras el mundo ve a Cristo en nosotros, nosotros le vemos en la misión, porque el Espíritu nos lo muestra en los frutos.

           Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 6º de Pascua

 Sábado 6º de Pascua

(Hch 18, 23-28; Jn 16, 23-28)

 Queridos hermanos:

           Dios se complace en la oración hecha en el nombre del Hijo, que le hace presente nuestra adhesión a su voluntad salvadora, por la que nos envió a Cristo, y nos llamó a la fe, y al conocimiento de su amor que hemos recibido escuchando a su Hijo. Por esta fe somos acreditados como hijos suyos en el Espíritu. La oración de los hijos, reconoce ante el Padre el valor de las llagas gloriosas del Hijo, testimonio de su amor a nosotros, por el que nos lo envió, y por el que nos ofrecemos a su voluntad salvadora del mundo. Si decimos en nuestra oración: ¡Padre nuestro!, hacemos presente nuestra unidad con su Hijo, por la que Él, ora en nosotros, y nosotros en Él. Oramos como miembros suyos, y por tanto en su Nombre.

          Si el Padre escucha nuestra oración, hecha en nombre de su Hijo, nuestras angustias e inquietudes se cambiarán en el gozo de sabernos amados por Dios, mientras a través del Espíritu, también nosotros le iremos conociendo y amando, cada vez con mayor plenitud, y amaremos también a nuestros hermanos.

          La santidad del amor, que acoge a todos los hombres se cumplirá en nosotros, si nos entregamos con su Hijo a su misión salvadora. Esto es mi cuerpo que se entrega. ¡Amén! Esta es mi sangre derramada. ¡Amén! Hágase en mí, tu voluntad que es santa. Por encima de mis proyectos y anhelos, hágase tu voluntad.

           Que así sea.

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La comunidad cristiana, evangelizada y evangelizadora

 

La comunidad cristiana, evangelizada y evangelizadora         

          Como dijo alguien, evangelizar es convencer a una persona de que Dios la ama, y para ello habrá que mostrarle a Jesucristo, a quien el Padre ha enviado para anunciarnos su amor, testificarlo con su entrega por nosotros en la cruz, y dárnoslo a gustar mediante el don de su Espíritu, que derrama en el corazón del creyente el amor de Dios. Así lo expresa san Juan en su Evangelio, por boca del Señor, mediante el signo visible de la comunidad cristiana: “Que todos sean uno Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”. Efectivamente, esta es la obra del Espíritu Santo, como continúa diciendo san Juan: “Yo les he dado la gloria (el Espíritu Santo) que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí” (Jn 17, 20-23).

          Esta es la vivencia comunitaria de la Iglesia desde los inicios: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. “Se reunían con un mismo espíritu en el pórtico de Salomón;  y el pueblo hablaba de ellos con elogio. Los creyentes cada vez en mayor número se adherían al Señor, una multitud de hombres y mujeres.”

          En estos tiempos, la vivencia de la comunidad debe continuar siendo la misma que ya había señalado el Señor: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros.” Solo desde esta vivencia que testifica la presencia de Cristo en nosotros, es posible el anuncio del Evangelio, como buena noticia, de que es posible que un amor que venza la muerte de sus miserias, se realice en ellos.

          La vivencia comunitaria, es en definitiva la experiencia eclesial, de una relación esponsal con Nuestro Señor Jesucristo, creador a su vez, de la comunión fraterna, y la exultación gozosa de su esposa, la Iglesia, impulsada a comunicar a todos su propia experiencia de elección gratuita de su amante Esposo.

          Esta es la reflexión que hace la Iglesia en boca de la Virgen María: Dios se ha fijado en la pequeñez de su sierva y ha hecho en mí maravillas; santo es su Nombre y eterna su misericordia; que los humildes lo escuchen y se alegren. Venid conmigo y os mostraré los prodigios de su amor.

          Nacida en medio del desierto de una humanidad asolada por el pecado. Nadie como ella ha florecido en pureza y virginidad, y ha destilado la buena obra de su fe, que nos ha alcanzado la salvación por Nuestro Señor Jesucristo. “Como azucena entre cardos es mi amada entre las doncellas” (Ct 2, 2).

          El amor a Cristo llevó a María Magdalena de madrugada al sepulcro, sin detenerse a razonar cómo sería posible remover la piedra que lo cerraba, “que era muy grande”. Efectivamente, como dijo Pascal: El corazón tiene razones que la razón no comprende. Estas mismas razones, la llevaron a abalanzarse a los pies de Jesús, haciendo lo que es propio de la esposa, pero María Magdalena tuvo que esperar a que se consumase el nacimiento del Cuerpo de Cristo para ser “esposa” de Cristo en la comunidad, y “tocar” a Cristo resucitado, tal como nos cuenta el Evangelio según san Mateo, en el que junto a las otras mujeres, en comunidad, sí pudo “tocarle y no soltarle”, como la esposa del Cantar de los Cantares: “lo he abrazado y no lo soltaré hasta que se consume mi unión con él, en la morada del amor en que fui concebida (cf. Ct 3, 4): “Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron (Mt 28, 9),

El Señor, queriendo evangelizar a todas las naciones, se detuvo como signo, en Samaria, figura de la gentilidad llamada a ser esposa de Cristo, como dice San Agustín refiriéndose a la Iglesia.  Ha llegado la hora de “conocer a Dios”; de amar a Dios: Padre, Espíritu y Verdad, como el Padre quiere que se le adore, porque Dios es Amor. Desposada con Cristo por la fe, puede olvidar su cántaro, como el ciego su manto, y como los apóstoles sus redes, y la barca, y destilando mirra fluida sus dedos, como la esposa del Cantar de los Cantares, corre a evangelizar; va a proclamar lo que ha conocido; va a compartir los torrentes de “agua viva” que brotan de su seno para vida eterna. Ha sido evangelizada y es evangelizadora. ¡Las naciones, se incorporan a la Iglesia!   

          Con esta perspectiva, la comunidad cristiana puede tener la cabeza erguida y asociarse a la invocación que, según el Apocalip­sis, es el suspiro más profundo que el Espíritu Santo ha suscitado en la historia: "El Espíritu y la Esposa dicen: ¡Ven!" (Ap 22,17). Esta es la invitación final del Apoca­lipsis (22,17.20) y del Nuevo Testamento: "Y el que lo oiga diga: ¡Ven! Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida... ¡Ven, Señor Jesús!       

                       (Juan Pablo II, catequesis del 3 de julio de 1991.)

 

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Lunes 6º de Pascua

 Lunes 6º de Pascua

(Hch 16, 11-15; Jn 15, 26-16,4)

 Queridos hermanos:

           Dios ha querido salvarnos mediante la redención de Cristo, que nos   testifica el amor del Padre. La redención es gratuita y precede a nuestra respuesta, pero el testimonio de su amor debe ser acogido por la fe. Mas ¿cómo creerán sin que se les predique, y cómo predicarán si no son enviados?

          El testimonio de Cristo, con sus palabras y con la entrega de su vida, lo confirma el Padre con sus obras a través del Espíritu Santo. Así también nuestro testimonio, es acompañado por el testimonio del Espíritu, en nuestro interior y ante el mundo. Cristo es el testigo fiel y veraz enviado por el Padre, y quien constituye en testigos a sus discípulos. Si por esta redención y este testimonio, Cristo ha entregado su vida, sus discípulos también serán perseguidos. No hay amor más grande, ni grandeza semejante a la de este amor. Quien lo recibe, se incorpora al testimonio de Cristo y como él, debe asumir sin acobardarse el escándalo de su cruz. 

          Como hemos escuchado: “El Espíritu dará testimonio de mí, y también vosotros daréis testimonio”. Algunos exégetas hablan del Cristo histórico y del cristo de la fe, atribuyendo a la fe de la comunidad cristiana la divinización de Cristo. Con todo, deberán explicarnos, cómo aquel grupo de discípulos “insensatos y tardos de corazón”, a los que el estrepitoso fracaso humano de su maestro, dispersó, e hizo encerrarse por miedo a los judíos, fueron capaces, y tuvieron la osadía, de afrontar las consecuencias del acontecimiento, ofreciendo su vida por el testimonio de aquel crucificado, realizar toda clase de prodigios y señales en su nombre, y propagar su fe hasta los últimos confines de la tierra, en lugar de disolverse y esconderse, como ratas, si no contaron con la veracidad del testimonio del Espíritu, acerca de la divinidad de Cristo, y con su fortaleza. No son ellos quienes han pergeñado y orquestado la divinización de Cristo, sino quienes han sido alcanzados por ella, gracias al testimonio interior del Espíritu, y a las obras que lo acompañan y acreditan.

          Sólo a través de la purificación que dan el sufrimiento y la persecución, se acrisola nuestra fe y nuestro amor, de su carga de interés, en el buscarnos a nosotros mismos aun en las cosas más santas, para poder aquilatarse en la gratuidad del servicio, y del don desinteresado de sí, fruto del Espíritu.

          Ante el escándalo de la cruz y de la persecución que ellos mismos tendrán que soportar al igual que su maestro, Cristo previene a sus discípulos, revelándoles los caminos inescrutables de Dios, y sosteniéndolos con la fuerza del Espíritu Santo, que llena de gozo el corazón de los fieles. Sufrirán, pero no perecerán. Hay un sufrimiento unido al amor, que tiene plenitud de sentido y que es fecundo, y da fruto en abundancia por los méritos infinitos del Verbo de Dios encarnado. Amar es negarse, y negarse es siempre sufrir. Cristo tiene que sufrir los dolores del alumbramiento del Reino que son siempre amor, y sus discípulos, pasando tras el Señor por el valle del llanto, van a ser sumergidos en el torrente del sufrimiento, del que debe beber el Mesías, para levantar con él la cabeza, (cf. Sal 110, 7) en el gozo eterno de la Resurrección.

          Aquí, el Espíritu, es llamado Espíritu de la Verdad, para suscitar la aceptación de su testimonio, que ni se engaña, ni puede engañar. Es Dios quien apoya con sus obras la palabra de sus mensajeros declarándolos veraces.

          El Hijo ha recibido un cuerpo en Jesús de Nazaret, y el Espíritu, en nosotros sus miembros, en la Iglesia, para testificar ante el mundo el amor que Dios le tiene, y su voluntad de salvarlo mediante la fe en Jesucristo.

          Con esta palabra se nos propone la misión, con persecución, y se nos promete el Espíritu; la suavidad de su consuelo y la fortaleza de su defensa para vencer la muerte. La Iglesia comparte con Cristo la misión de subir a Jerusalén, para dar la vida por el testimonio del amor de Dios que ha conocido en Cristo, y que ha recibido del Espíritu Santo.

          La Eucaristía, con nuestro amén, nos introduce en el testimonio de Cristo. ¡Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, Ven Señor!

           Que así sea.

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Domingo 6º de Pascua A

 Domingo 6º de Pascua A

(Hch 8, 5 – 8. 14 - 17; 1P 3, 15 – 18; Jn 14, 15 – 21)

 Queridos hermanos:

        Ante la proximidad del día de Pentecostés, la liturgia de la Palabra evoca al Espíritu Santo, que va a ser quien, sustituyendo la presencia física de Cristo, va a patentizar la vida, y la unión con Dios de los creyentes en Él, como nueva creación del hombre regenerado.

          Concluida la misión de Cristo, con su regreso al Padre, su presencia en los fieles no va a ser visible físicamente, sino a través del Espíritu, con sus manifestaciones. Mediante su presencia en los discípulos, Cristo está presente en el mundo para salvarlo. Cristo, ya no será el “Dios con nosotros”, sino Dios en nosotros.

          La presencia del Espíritu en los fieles, implica, además, la del Padre y la del Hijo, según sus palabras: “El Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”; “No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros”. Pablo da testimonio de esto, cuando exclama: “No soy yo quien vive. Es Cristo quien vive en mi”.

          Dios ha dispuesto unos caminos que conducen a la Vida, pero para recorrerlos es necesario el amor que procede de Dios y que nos ha traído Cristo con su palabra, sus mandamientos, y su Evangelio de amor gratuito. La fe derrama este amor, sobre el que cree, mediante el don del Espíritu, que se hace nuestro compañero de viaje, nuestro guía y nuestro defensor ante los ataques del enemigo.

          Los fieles, por la fe, aman a Cristo, según el amor con el que Cristo los ha amado entregándose totalmente a ellos hasta dar su vida. Cristo no ha permanecido en sí mismo, sino en el amor, y en la entrega del Padre, que lo amó desde toda la eternidad: “Como el Padre me amó así os he amado yo”. Así, Cristo, invita a sus fieles a no quedarse en sí mismos, sino a permanecer en su propia entrega por ellos: “Permaneced en mi amor”. El cristiano permanece en el amor de Cristo, en la negación de sí mismo por el bien del mundo. Para vivir así, el cristiano cuenta con la fortaleza del Espíritu que le sostiene ante la turbación del corazón para que no se acobarde ante la persecución y para que no escape de la cruz de cada día; para que tenga sal para afrontar el sufrimiento y tenga Paz en el Señor.

          La Eucaristía viene en nuestra ayuda, para fortalecer la unión con Cristo que nos hace un solo espíritu con él.

           Proclamemos juntos nuestra fe.

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Viernes 5º de Pascua

 Viernes 5ª de Pascua  

(Hch 15, 22-31; Jn 15, 12-17)

 Queridos hermanos:

          La palabra de hoy está centrada en la vida trinitaria del mutuo don de sí, que está a la raíz de todo, dando consistencia a todas las cosas. El Señor desea para nosotros la plenitud de su gozo y nos invita a permanecer en el amor que él nos ha traído de parte del Padre gratuitamente, cumpliendo sus mandamientos, que se unifican en la Caridad. Así lo ha querido el Padre porque nos ama y así lo ha realizado el Hijo por amor al Padre y a nosotros, entregándose a la muerte por amor. Este amor del Padre y del Hijo es el Espíritu Santo, cuyos frutos en nosotros son: el amor mutuo, y también el gozo.

Si ayer el Señor nos invitaba a permanecer en su amor guardando su mandamiento de amor mutuo, hoy nos manda a mantener así, la amistad con él con la que hemos sido agraciados.

Que el Señor en su liberalidad haya tenido a bien elevarnos de nuestra condición pobre y pecadora, nos haya sentado con él en su carroza real, y hoy nos llame amigos, no debe hacernos olvidar que sigue siendo “el maestro y el Señor”, y como tal, nos eduque como a párvulos en la vida y en la fe, mandándonos amar. Así hacemos nosotros con nuestros hijos cuando no quieren comer o tomar una medicina. Amar es cosa de vida o muerte, sin olvidar que el amor se nos ha dado gratuitamente para la vida del mundo.

Pero lo que está detrás de esas órdenes es el amor y no el despotismo o la arbitrariedad del autoritarismo. Se nos invita a amar, no sólo con nuestro afecto, sino sobre todo, con nuestra entrega, que puede llegar a ser extrema, como la que de Cristo hemos recibido. El amor de Cristo nos apremia interiormente; es solícito de nuestro bien, siendo él, el sumo Bien que se nos ha dado. La voluntad divina se identifica con nuestro bien, y se hace mandamiento en el amor cristiano.

Dándonos el Espíritu Santo, el gozo en nosotros se hace pleno y testifica el amor del Padre y del Hijo. La consecuencia es pues, el cumplimiento del mandamiento del Señor: “Que os améis los unos a los otros”, sin reservarnos la vida que se nos ha dado. Para este fruto hemos sido elegidos y destinados a este mundo en tinieblas, conducido por ciegos. El nos ha elegido por gracia y no por méritos propios, constituyéndonos en luz, por su naturaleza divina de amor en nosotros.

El amor entre los hermanos es signo para el mundo del amor que Dios derrama sobre él, llamándolo a la fe y a la amistad con Cristo. Es un amor apremiante para la vida del mundo y se hace mandato ineludible para nosotros que lo hemos recibido.

Este amor debe ser como el de Cristo por nosotros, que le ha llevado hasta el don de la vida: “Al que se le dio mucho se le pedirá más”. Este amor va acompañado del gozo perfecto, de la amistad de Cristo, y de la total confianza en Dios, de modo que recibamos del Padre cuanto necesitemos, y permanezca en nosotros después de la muerte para la vida eterna:

          “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros (cf. Jn 13,34).” “Y sin embargo, os escribo un mandamiento nuevo -que es verdadero en él y en vosotros- pues las tinieblas pasan y la luz verdadera brilla ya (1Jn 2,8). En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos (1Jn 3, 16). La prueba de que Dios nos ama, es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros (Rm 5, 8)”.

             Así sea en nosotros.

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Lunes 5º de Pascua

 Lunes 5º de Pascua

(Hch 14, 5-18; Jn 14, 21-26)

Queridos hermanos:

          Dios es amor en todas sus palabras y en todos sus caminos, y quien le conoce persevera en el amor. Dios ama a todas sus creaturas, pero habita sólo en quien lo acoge por la fe y se mantiene en su amor, sin contristar su Espíritu Santo, porque Dios es amor. Ser amado por Dios es gratuidad; amarle, es gratitud y fidelidad. El conocimiento de Dios es un don del Espíritu, por el que el amor de Dios se derrama en nuestro corazón, involucrando nuestra voluntad y nuestra libertad, y no sólo nuestro sentimiento: “Si alguno me ama guardará mis palabras; El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama.” En efecto, si sus mandamientos son amor, guardarlos es amar. Amar a Dios, esto es, guardar su palabra, es la Sabiduría, que nace del temor del Señor, principio de la sabiduría; su fruto es la manifestación de Cristo en quien lo ama; el morar en él, del Padre y el Hijo. Esta es la razón por la que Dios quiere que le amemos: Para que viviendo él en nosotros tengamos vida eterna. Así también Cristo, nos manda amarnos entre nosotros, para que el mundo se salve.

A este amor a Cristo, precede el haber recibido el Evangelio del amor gratuito de Dios; el testimonio de la verdad del amor del Padre, que al ser acogido por la fe, nos adquiere el Espíritu Santo. Es este Espíritu quien derrama en el corazón del creyente el amor de Dios como dice san Pablo. Por eso como dice san Juan, a nuestro amor, precede el de Dios que “nos amó primero”. Olvidar esto llevaría a hacer de esta palabra un moralismo que sería estéril.

La gratuidad del amor de Dios, se nos ofrece en Cristo; nos alcanza primero, y nos invita a permanecer en él, guardando su palabra; amándolo. Así, su amor se hace permanente en nosotros: alcanzando a ser fidelidad.

          Para quienes acogen la palabra de Dios que es Cristo, los acontecimientos de la vida adquieren una dimensión histórica con un origen y una dirección que tiende a una meta, a un cumplimiento en Dios, entrando así en el ámbito de la Sabiduría.

          Dios alfa y omega de todas las cosas, concede al hombre un tiempo en el que ejercer su libertad en el amor que se nos revela en Cristo. En Cristo, el hombre, como “tiempo y libertad”, sale del caos de la existencia que es vivir ensimismado, y entra en la historia; se ordena en el Ser del amor que es Dios. Su tiempo se convierte así, en un: “caminar humildemente con su Dios” (cf. Mi 6,8). Tiempo de misión y de testimonio, de prueba y de purificación en el amor, y por tanto de libertad, en el crisol de la fe. Tiempo de acoger la Palabra, de amar al Señor, de adquirir sabiduría y discernimiento. Tiempo de vida eterna en la comunión de la carne y la sangre de Cristo. Tiempo de Eucaristía.

Que así sea.

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Domingo 5º de Pascua A

 Domingo 5º de Pascua A

(Hch 6, 1-7; 1P 2, 4-9; Jn 14, 1-12).

 Queridos hermanos:

           Habiendo sido llamados a la comunión con Dios en la casa del Padre, Cristo nos ha sido enviado, para reconstruir esta llamada, rota por la muerte del pecado, porque el amor de Dios es más fuerte que la muerte. La misión de Cristo, será, por tanto, proclamar este amor del Padre, alcanzándonos su Espíritu, por la fe en Cristo, que derrama en nuestro corazón el amor de Dios, haciéndonos sus discípulos.

          Siendo los primeros en acoger a Cristo, sus discípulos son amaestrados en el conocimiento del Padre, presente en Cristo, origen y meta de todo, hacia el que nos encaminamos.

          Ahora que la misión de Cristo llega a su fin y ante su regreso a la casa del Padre, el Señor fortalece la debilidad de sus discípulos con la esperanza firme en su promesa, porque van a ser enviados al mundo, a continuar la misión que el Padre le encomendó de salvación, hasta su regreso glorioso. El Señor les promete su presencia y su gracia, para realizar las mismas obras de Cristo y mayores aún, porque él estará en el Padre.

          A través de los discípulos, el mundo conocerá a Cristo y al Padre que está en él, siendo edificado en el amor y recibiendo la salvación y la vida eterna, donde Dios será todo en todos. 

Este es el sentido de nuestra existencia: alcanzar la comunión con Dios y testificarla ante cuantos el Señor disponga enviarnos. Cristo ha venido a revelarnos a Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo, a conducirnos a Él, a su casa, y a darnos su propia vida; por eso es, camino, verdad, y vida del Padre. Sólo si creemos en la verdad de su palabra y de su amor, podremos seguirlo y alcanzar la meta de la vida eterna que está en él.

Cristo revela al Padre no sólo con su palabra, sino también con su vida y con su misma persona, porque él es la verdad del Padre, siendo uno con él; quien le ve a él, ve al Padre; el Padre está en él y él en el Padre. Quien cree esto, apoya su vida en Cristo, obedeciendo a su palabra, le sigue, y permanece en él.

Hoy la Palabra nos invita a creer en Cristo resucitado, a quien el Padre ha enviado para hacerse presente a los hombres y que así puedan encontrar la salvación, entrando en comunión con él, en su Reino. El Señor nos invita a confiar en su promesa de vida eterna, aunque dudemos de nuestra precaria condición miserable. Su casa es amplia. Nos ha anunciado vida y ahora va a prepararnos acogida. El Señor quiere pacificar el alma de sus discípulos ante la inminencia de la cruz, y para eso fortalece su fe y su esperanza en la promesa. Lo que aparece como un final trágico, no es sino el principio del cumplimiento de todas las esperanzas y del anhelo más profundo del corazón humano. Los que crean, deberán apoyarse en las palabras de Cristo y en sus señales, que testifican la presencia del Padre. También los que le sigan y permanezcan unidos a Cristo, lo estarán con el Padre, presente y visible en sus obras.

            Por la fe, la vida del cristiano se edifica en Cristo, como piedra angular y de él recibe consistencia y vida, y es constituido así mismo en piedra viva del edificio, quedando incorporado al pueblo de su Reino en la casa del Padre, donde se ofrece un culto agradable a Dios por el amor y por la proclamación de sus maravillas. El cristiano forma parte de Cristo, y es miembro de su cuerpo que es la Iglesia. Cristo es la piedra angular que da consistencia y trabazón al edificio que se eleva hasta Dios, y en él somos introducidos en la casa del Padre, llamados a invitar a los hombres a apoyarse en Cristo.

          Las obras de Cristo son señales que conducen a él, y se reproducen en quienes a él se incorporan, por la fe, recibiendo el Espíritu y siendo unidos a su misión, para completar la edificación del templo espiritual, la asamblea santa, y el pueblo sacerdotal. En la espera de Cristo, el mundo verá al Padre presente en Cristo, y a Cristo en su Iglesia.

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Viernes 4º de Pascua

 Viernes 4º de Pascua

(Hch 13, 26-33; Jn 14, 1-6)

 Queridos hermanos:

        Mientras Cristo se prepara para su regreso al Padre una vez concluya su misión, los discípulos se preparan para comenzar la suya, y lo mismo que tembló el pueblo al disponerse a la conquista de la Tierra Prometida enfrentando a las siete naciones que la habitaban, y Josué tuvo que alentarlos a apoyarse en Dios, que estaba con él, así el verdadero Josué, Jesús, alienta a sus discípulos a confiar en Dios, que está en él, para conducirlos a la casa del Padre. Cristo les dice que él es el Camino, y dice el salmo (110) mesiánico por excelencia: “En su camino beberá del torrente y por eso levantará la cabeza”. Beber, por tanto, del torrente, lo conduce a inclinar la cabeza en la cruz, como dice el Evangelio: “Inclinando la cabeza entregó el espíritu”, y por eso, la levantará en su resurrección. Así, sus discípulos, unidos al “camino” en Cristo, tendrán que atravesar el valle del llanto y beber del torrente del sufrimiento, la persecución, y la muerte, pero el Señor vendrá a buscarlos, a ellos y a nosotros, y estaremos siempre con él.

Hemos nacido en el corazón del Padre y a él nos encaminamos a través de Cristo, que viene a nosotros de junto a Él, nos rescata de nuestro extravío y nos precede en nuestro regreso como hijos suyos: “Subo a mi Padre y (ahora) vuestro Padre”. “Nadie va al Padre sino por mí” (Camino); “el Padre mismo os ama” (Verdad); “el que me coma vivirá por mí” (Vida).

Nuestra vida es caminar al Padre; progresar en el amor hasta alcanzar su plenitud, en Cristo, viviendo en él, permaneciendo en él. El sentido de nuestra existencia es alcanzar la comunión con Dios, a quien Cristo ha venido a revelarnos como Padre, Hijo y Espíritu Santo, y así conducirnos a Él, a su casa, a su conocimiento, comunicándonos su propia vida. Cristo es, pues, el camino al Padre, y por la fe en él, estamos en vías de salvación; Cristo es la verdad de su amor, y nos lo ha mostrado con su entrega, y es la vida divina que recibimos con su Espíritu. Camino, verdadero y vital. Sólo si creemos en la verdad de su palabra y de su amor, podremos seguirlo y alcanzar la meta de la vida eterna que está en él. Cristo revela al Padre no sólo con sus palabras, sino también con su persona, porque él es la verdad visible del Padre siendo uno con él, en el amor del Espíritu Santo; quien le ve a él, ve al Padre; el Padre está en él y él en el Padre. Quien cree esto, apoya su vida en Cristo, obedece a su palabra, le sigue en la misión, y permanece en él.

Hoy la Palabra nos invita a creer en Cristo resucitado, uno con el Padre y el Espíritu, Dios bendito por los siglos, a quien el Padre ha enviado para que le haga presente a los hombres y que así puedan encontrar la salvación, entrando en comunión con él, en su Reino. El Señor nos invita a confiar en su promesa de vida, que supera infinitamente nuestra precaria condición miserable. Su casa es amplia. Nos ha anunciado vida y ahora va a prepararnos acogida.

El Señor quiere pacificar el alma de los discípulos ante la inminencia de la despedida, de la cruz, y para eso fortalece su fe y su esperanza en la promesa. Deberán apoyarse en las palabras de Cristo y en sus señales, que testifican la presencia del Padre. También los que le sigan y permanezcan unidos a Cristo, lo estarán con el Padre, presente en sus obras. La obra de Cristo es por tanto, que a través de la fe, sus elegidos puedan recibir su Espíritu, sean testigos suyos y continúen su misión en el mundo, de llevar a los hombres a la unión con Dios.

Por la fe, la vida del cristiano se edifica en Cristo, que es la piedra angular, y de él recibe consistencia, siendo el mismo constituido en piedra viva del edificio, incorporado al templo, al sacerdocio y al pueblo en su Reino, en la casa del Padre. En este templo se ofrece un culto agradable a Dios por el amor y por la proclamación de sus maravillas. El cristiano forma parte de Cristo, siendo miembro de su cuerpo que es la Iglesia. Cristo da trabazón al edificio que se eleva hasta Dios, y en él es introducido, formando una asamblea santa, un pueblo sacerdotal llamado a invitar a los hombres a apoyarse en Cristo y a realizar sus obras.

          Las obras de Cristo son señales que conducen a él, y se reproducen en quienes a él se incorporan, por cuanto han sido unidos a su misión, de suscitar la fe, para completar la edificación del templo espiritual, la asamblea santa, y el pueblo sacerdotal. En la espera de Cristo se nos confía la misión, por la que el mundo verá al Padre presente en Cristo, y a Cristo en su Iglesia.

       Que así sea.

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