Domingo 5º de Cuaresma B

Domingo 5º de Cuaresma B

(Jer 31, 31-34; Hb 5, 7-9; Jn 12, 20-33)

Queridos hermanos:

          Llegamos al último domingo de Cuaresma y la palabra nos presenta al Señor, que se apresta a establecer con los hombres la “Nueva Alianza” anunciada por Jeremías, en la que el Espíritu Santo grabará el “conocimiento de Dios”, su Ley, en el corazón de los fieles; en la que se abrirá para siempre la puerta del perdón; en la que el mundo será juzgado y su príncipe será echado fuera. Se trata de una alianza de amor, de unos desposorios indisolubles basados en la fidelidad de Dios, en Cristo, que une a la humanidad con Dios, en su propio cuerpo. “Me has dado un cuerpo, para que haga oh Dios tu voluntad” (cf. Hb 10, 5-7).

          El grano de trigo debe caer en tierra y morir para dar fruto, y Dios va a ser glorificado porque en su misericordia el Padre no se reservó a su Hijo único; Dios va a ser glorificado, porque en el Hijo, Dios no se reservó su propia vida sino que la entregó por todos nosotros. Él, que fue levantado de la tierra para atraernos a sí, obedeciendo al Padre en la entrega y el sufrimiento hasta la muerte, fructificó para una vida eterna.  Dios va a ser glorificado, en fin, porque en el Espíritu Santo, su amor ha sido derramado en nuestros corazones.

El fruto del amor encierra un misterio de muerte y de vida. Dios ha querido que la vida no se transmita por contagio, sino por donación de amor. La vida se engendra con gozo y se da a luz con dolor, pero sólo llega a su plenitud mediante la entrega irrenunciable y la inmolación. Lo vemos en la generación humana y de forma eminente en la Regeneración realizada por Cristo y propagada por la Iglesia a través de los siglos. Entonces, como ahora, el grano de trigo debe morir para dar fruto.

«El que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda por mí, la recobrará» (Lc 17, 33). Con estas palabras, Jesús describe su propio itinerario, que a través de la cruz lo lleva a la resurrección: el camino del grano de trigo que cae en tierra y muere, dando así fruto abundante. Describe también, partiendo de su sacrificio personal y del amor que en éste llega a su plenitud, la esencia del amor y de la existencia humana en general (Deus Caritas est, 6).

San Pablo nos recuerda que Cristo clamó al que podía librarlo de la muerte, y fue escuchado. No le pidió como hacemos nosotros, que le evitara la muerte y le ahorrara el sufrimiento; los aceptó por amor a nosotros y fue resucitado.

Así pues, hermanos, este domingo a través de la Eucaristía, abre ante nosotros las profundidades del amor, al que Dios nos llama con su amor, en la Pascua. Que la sangre de Cristo nos redima, y nosotros le glorifiquemos con nuestra vida.

Proclamemos juntos nuestra fe.

                                                           www.jesusbayarri.com

 

Domingo 4º de Cuaresma B "Laetare"

Domingo 4º de Cuaresma B “Laetare”

(2Cro 36, 14-16.19-23; Ef 2, 4-10; Jn 3, 14-21)

(Pueden tomarse las lecturas del ciclo A)

Queridos hermanos:

La palabra de hoy nos habla de la historia de pecado del hombre cuya consecuencia es la muerte, y de la misericordia de Dios, que es eterna, y responde siempre con su salvación gratuita.

Cuando Dios hizo salir a Israel de Egipto, lugar, de la esclavitud y de la dominación del Faraón, señor de muerte, Dios, que es la Vida, caminaba con ellos por el desierto, y el pueblo iniciaba así una relación vital con Dios y se nutría de su presencia bajo la Nube, junto a la Tienda del Encuentro y sobre todo a través del culto.

Cuando el pueblo pecó, la muerte le salió al encuentro por medio de las serpientes. Pero Dios a través de “la serpiente de bronce” les dio la oportunidad de salvarse por la fe en su palabra. Una vez alcanzada la Tierra Prometida, el culto se hizo el centro de su existencia a través del Templo, “luz de sus ojos”. Pero de nuevo sus pecados pervirtieron su relación con Dios y el culto se hizo vano. Entonces Dios permitió que el Templo fuera profanado y destruido, y que el pueblo, quedase alejado de su presencia, perdiendo su relación vital con él, y fuera conducido al destierro. Pero como la ira de Dios dura un instante, mientras su amor por toda la vida, después de setenta años de purificación, Dios volvió a llamar a su pueblo a su presencia suscitando a Ciro y permitiéndoles reedificar de nuevo un templo. El pueblo deberá comprender que el templo material sólo tiene sentido, si está en sintonía con el amor de su corazón, y su permanencia responderá a su fidelidad a la Alianza con el Señor.

La misma misericordia que Dios tuvo con su pueblo, la ha mostrado ahora para toda la humanidad, por la gracia, en su Hijo, suscitando a Cristo, verdadero Ciro y como “nuevo templo” en el que “habita toda la plenitud de la divinidad”, y a quien entregó, “para que todo el que crea en él tenga vida eterna”. También este nuevo templo será profanado y destruido para el perdón de los pecados, y reconstruido para siempre, al tercer día, para nuestra justificación.

Ahora, por la fe en Cristo, levantado como la serpiente de bronce en el desierto, el hombre es devuelto al Paraíso, del que fue desterrado por envidia del diablo, al pecar. Dios establece con él una alianza nueva y eterna en la sangre de su Hijo, a quien entregó por todos nosotros, y nos introduce en la vida eterna, en orden a las buenas obras del amor y de la fe, que mediante un nuevo culto en “espíritu y verdad”, le glorifican proclamando su misericordia.

Mientras el Padre entregaba a su Hijo por amor a los pecadores, nosotros por mano de los judíos y los paganos lo condenábamos a muerte. Él quiso pagar con su perdón el pecado de sus asesinos y todos los demás pecados desde Adán, aplicando su justicia a los injustos y dándoles su Espíritu victorioso del pecado, para introducirlos en la vida de la Nueva Creación, libre del pecado y de la muerte.

También en este tiempo cuaresmal, el Señor nos quiere purificar llevándonos al desierto de la penitencia, para hablar a nuestro corazón, e introducirnos por su Pascua en la Tierra Prometida.

Sigue levantada hoy para nosotros la cruz gloriosa de su Hijo, suscitando nuestra fe y nuestra salvación, por medio de la Eucaristía.

             Proclamemos juntos nuestra fe.

                                                                     www.jesusbayarri.com

Domingo 3º de Cuaresma B

Domingo 3º de Cuaresma B

(Ex 20, 1-17; 1Co 1, 22-25; Jn 2, 13-25)

Queridos hermanos:

           Dios que ha creado al hombre por amor, quiere habitar en él, pero Dios es santo, y por eso la relación del hombre con él, debe tender a la santidad divina en el amor. Para mostrarle su amor, Dios se hace presente en Egipto, rescata a los descendientes de Abrahán, Isaac y Jacob de la esclavitud y de la idolatría de Egipto y después de constituirlo en su pueblo, comienza la purificación de su corazón, dándole los mandamientos que lo vayan llevando a conocerlo cada vez más profunda y espiritualmente, y a través del Templo los une a sí, en una relación vital, corrigiendo constantemente sus infidelidades, pero cuando el corazón del pueblo se aparta de Dios, el templo queda vacío y es arrasado. Sólo en Cristo quedará garantizada la fidelidad del “hombre” a Dios en una “alianza eterna”, llevada a plenitud en la cruz, ofreciendo un culto perfecto a Dios en el templo de su cuerpo, y en la obediencia desinteresada del amor.

Después de la resurrección de Cristo, la fe hará del corazón de los creyentes nuevos miembros de Cristo; piedras vivas del Nuevo Templo en el que se ofrecerá a Dios un culto espiritual y definitivo, fiel y eterno, pues el Espíritu Santo derramará en ellos el amor de Dios. Culto con el que el Padre quiere ser adorado.

          Muchos toman los mandamientos por prohibiciones arbitrarias de Dios; por límites puestos a su libertad, pero que son una manifestación de su amor y de su solicitud paterna por el hombre. «Cuida de practicar lo que te hará feliz» (Dt 6, 3; 30, 15 s). Jesús resumió todos los mandamientos, es más, toda la Escritura, en un único mandamiento: el del amor: Amor a Dios y al prójimo. «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22, 40). Tenía razón San Agustín al decir parafraseando a Tácito: «Ama y haz lo que quieras». Porque si uno ama de verdad, todo lo que haga será para bien. Incluso si reprocha y corrige, será por amor, por el bien de otro.

          El Señor visita su templo como había anunciado Malaquías (Ml 3,1-3): como un fuego de fundidor o una lejía de lavandero que lo purifiquen a fondo. Si el templo es un mercado, el culto quedará impregnado de su “olor”. Si el interés está en el aire de nuestro corazón, se impregnará de él nuestra súplica y se empañará la misericordia.

          Jesús purifica el antiguo templo, expulsando del mismo, con un látigo de cuerdas, a vendedores y mercaderías; pero Dios se ha construido un nuevo templo. Cristo, se presenta a sí mismo, en su cuerpo visible, como el nuevo templo de Dios que los hombres destruirán, pero que Dios hará resurgir en tres días. Templo visible habitado por Dios: “Pues yo os digo que hay aquí algo mayor que el Templo”  (Mt 12, 6). También el antiguo templo será destruido por los hombres, pero ya no será reconstruido.

          El hombre que se sirve a sí mismo busca su interés y convierte su culto en mercadería y su corazón en cueva de bandidos. Purificar nuestro corazón es limpiar nuestro templo de la idolatría de nosotros mismos y de las criaturas, para servir a Dios y a los hermanos en el amor. Pero precisamente por ser uno, los diez mandamientos hay que observarlos en conjunto; no se pueden observar cinco y violar los demás, ni siquiera uno solo de ellos. Ciertos criminales honran escrupulosamente a sus padres; y si un hijo suyo blasfema, se lo reprochan ásperamente, pero matar, codiciar los bienes, son tema aparte.

          En esta Cuaresma deberíamos examinar nuestra vida para ver si también nosotros hacemos algo parecido, esto es, si observamos escrupulosamente algunos mandamientos mientras transgredimos alegremente otros. De nada serviría eliminar algunos ídolos y dejar otros. “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón; no tendrás otros dioses fuera de mí” (Ex 20, 3). “Los verdaderos adoradores, adorarán al Padre en Espíritu y en la Verdad del amor, tal como Dios ha querido revelarse.

             Proclamemos juntos nuestra fe.

                                                           www.jesusbayarri.com

 

Domingo 2º de Cuaresma B

Domingo 2º de Cuaresma B 

(Ge 22, 1-2.9-13.15-18; Rm 8, 31-34; Mc 9, 2-10)

Queridos hermanos:

Hoy, en este caminar cuaresmal hacia la Pascua,  somos llamados a contemplar la gloria de Dios sobre el monte, como Abrahán, como Isaac, como Moisés, como Elías, como el pueblo, y los discípulos, a través de nuestra fe. Todos ellos han sido llevados por Dios al monte para contemplar su gloria acogiendo su palabra. El Moria, el Horeb, el Tabor, y sobre todos el Gólgota, se disputan hoy la gloria del Señor y nos muestran la fe sobre la tierra, como abandono, como confianza en la voluntad de Dios y en su amor misericordioso. El monte, como elevación del hombre hacia Dios, es el lugar privilegiado para que el hombre reciba y testifique su fe, y Dios manifieste su gloria.

Abrahán es elegido para la obra sobrenatural de la fe, y es llevado por Dios en etapas, de fe en fe (cf. Rm 1, 17), hasta la anticipación del Gólgota en el Moria, en el que la obra de su fe quedaría terminada y probada: Amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas, hasta entregarle a su propio hijo, a su único, al que amaba. Más que de la entrega de nuestras cosas o de nuestra propia vida, de lo que Dios se complace es de nuestro abandono en sus manos, porque él no quiere nuestro mal, sino nuestro bien eterno, aunque sea a través del mal propio de cada día (Mt 6, 34).

Así ha tenido que ser preparado Abrahán durante más de 25 años, para llegar a ser capaz de entregarse totalmente en su voluntad “esperando contra toda esperanza”, y alcanzar a ver no sólo el nacimiento, sino después de unos cuarenta años más, la “resurrección” de Isaac; el día de Cristo, en el que la muerte sería definitivamente vencida por el amor de Dios, origen de nuestra fe. Creyó Abrahán al principio en Dios el día de su llamada, y se apoyó después en él ante la muerte, completando la obra de su fidelidad. Dios se complace al ver la fe en el hombre, y promete con juramento su bendición para todos los pueblos. Como dijo Jesús a Marta: Si crees verás la gloria de Dios (cf. Jn 11, 40).

El cumplimiento de las bendiciones hechas por Dios a Abrahán es Cristo, el Hijo, el Amado, el Elegido, el Siervo en quien se complace su alma, que será entregado por nosotros, y en quien han sido bendecidas todas las naciones de la tierra. Esta manifestación suprema del amor de Dios que será realizada en Cristo, Dios la ha querido hacer nacer en el corazón del hombre mediante la fe en él. La fe da gloria a Dios, porque le permite mostrar su amor y su misericordia infinitos. Cristo dirá: ¡Padre, glorifica tu Nombre! Como glorificaste tu Nombre sacando a Israel de Egipto, y devolviendo vivo a Isaac a su padre, glorifícalo ahora resucitándome de la muerte, porque: En tus manos encomiendo mi espíritu.

Dios quiso que Cristo pasara por la muerte ocultándole un instante su rostro, pero no lo abandonó en el Seol ni permitió que experimentara la corrupción. Como dice san Pablo, si Dios nos entregó a su Hijo, cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas: la fe, la esperanza y la caridad; la salvación, la vida eterna. “Este es mi Hijo amado, escuchadle”.

Abrahán fue preservado de la sangre de Isaac, pero no del sacrificio de su corazón, y Dios quedó complacido de su fe. Había de ser Cristo quien consumara “hasta el extremo” el sacrificio en su testimonio de la Verdad, del amor del Padre. Hoy, sobre el monte, el Padre testifica por él; nos presenta a su Palabra hecha “cordero” enviándole la consolación de las Escrituras: Moisés y Elías; la Ley y los Profetas, para ungirlo ante su “tránsito que debía cumplir en Jerusalén”.

También nosotros somos llamados a un testimonio que, perpetúe la bendición de Dios mediante la confesión de Cristo.

Proclamemos juntos nuestra fe.

                                                           www.jesusbayarri.com

Domingo 1º de Cuaresma B

Domingo 1º de Cuaresma B

(Ge 9, 8-15; 1P 3, 18-22; Mc 1, 12-15)

Queridos hermanos:

En este comienzo de la Cuaresma, la Palabra nos muestra la alianza de paz prometida a Noé; nos muestra también a Jesús, siendo impulsado y conducido en el desierto por el Espíritu, porque fue allí donde Dios hizo su Alianza con el pueblo en el monte Sinaí, a la que ellos fueron infieles sucumbiendo a las tentaciones. Allí, Cristo, va a manifestar su fidelidad a la Alianza venciendo las tentaciones, y sellando con su sangre, en la cruz, la Alianza Nueva y Eterna, a la que nosotros nos adherimos por el bautismo que nos salva, como decía la segunda lectura.

Ciertamente es necesario el Espíritu para ir al desierto, y sobre todo para permanecer en él, al encuentro con Dios y en combate con el diablo. El desierto nos ayuda a entrar en nosotros mismos con el ayuno, buscando en primer lugar la caridad con la limosna, y poniéndonos a la escucha de la voz de Dios con la oración. El desierto es, en efecto, el lugar bíblico de los desposorios con el Señor, que nos preparan a la consumación del amor en la Pascua; en la mutua entrega y posesión: “Mi amado es para mi y yo soy para mi amado”. Es Dios quien llama a su pueblo a la unión amorosa con él y le conduce al desierto como a Moisés, a Elías, a Juan Bautista, a los profetas y a cuantos va eligiendo, para mostrarles el Árbol de la Vida, hablarles al corazón, purificarlos de los ídolos y lavarlos de sus pecados. La mirada a la Pascua es, por tanto, la que provee de sentido a la Cuaresma que ahora estamos comenzando: ¡La cuaresma ha llegado, la Pascua está cerca!

Después de la destrucción consecuencia del pecado, la alianza con Noé anuncia un nuevo principio en el que Dios se compromete a no destruir toda carne a causa del pecado. Se abre un tiempo de salvación que concluirá con el establecimiento definitivo del reinado de Dios sobre el mundo, cuando sea definitivamente vencido el pecado y aniquilado el instigador del mal. Durante este tiempo, Dios asistirá al hombre haciéndolo retornar de sus desvaríos e infidelidades, hasta que con la llegada del Mesías sea establecida una Alianza Nueva y Eterna, cuando la efusión de su Espíritu sobre toda carne, derrame en el corazón del hombre el amor de Dios. Entonces el tiempo se habrá cumplido y el Reino de Dios habrá sido implantado en el mundo.

Este es el testimonio de Cristo anunciado ya por Juan Bautista, que es una llamada para acoger la salvación esperada. Las palabras de Cristo son confirmadas por la acción del Espíritu Santo que testifica en su favor. Al hombre toca discernir y aceptar su testimonio con la conversión de su mente y la adhesión de su voluntad, mediante la penitencia de su vida, como fruto de haber creído la Buena Noticia del Evangelio, y haber sido purificado en el bautismo.

Como el hombre por el pecado fue expulsado del Paraíso, ahora mediante la conversión el Señor le dice ¡Vuelve! El Evangelio abre al hombre un horizonte de esperanza ante el Reino de Dios. El tiempo se hace historia que brota de la llamada, por la que el hombre se pone en marcha en seguimiento de la promesa. El tiempo concedido a la desobediencia y el tiempo mismo del pecado se han terminado.

          Después del pecado y sus consecuencias, Dios anuncia una alianza de salvación para el hombre, que alcanza a toda la creación y que se proclama incluso a los muertos, porque para Dios todos viven. Termina el tiempo del pecado que esclaviza al hombre al poder del diablo. Se anuncia la conversión por el Evangelio. Dios quiere la conversión, para el bien, y anuncia la buena noticia de su amor, que debe ser acogida por la fe, mediante los enviados que él llama.

          Esta vida nueva se nos comunica en la Eucaristía, por la que somos introducidos sacramentalmente en Dios.

                 Proclamemos juntos nuestra fe.   

                                                           www.jesusbayarri.com

Domingo 6º del TO B

Domingo 6º del TO B 

(Lv 13, 1-2.44-46; 1Co 10, 31-11, 1; Mc 1, 40-45)

Queridos hermanos:

La palabra de hoy es una invitación a dar gloria a Dios por todo, como dice la segunda lectura, pero sobre todo por Jesucristo, nuestro médico, en quien hemos obtenido la curación de nuestra lepra, por el perdón de los pecados. Con él todo es gracia para nosotros de parte de Dios, y como agraciados, somos llamados a ser agradecidos.

Para comprender el significado de la lepra y la razón por la que el Señor nos  habla de ella, debemos acudir a las Escrituras. Vemos que la lepra separa al hombre de la comunión con la comunidad, como le ocurrió a María la hermana de Moisés, y es por ello figura de la murmuración, el juicio y la maledicencia, que además rompe la comunión con Dios, que es amor.

Al venir Cristo a restablecer la comunión del hombre con Dios y con los demás hombres, mostrando el amor de Dios, su caridad, que es el fundamento y el fin de la ley, como médico que cura nuestros pecados, la verdadera lepra es ahora también nuestra incredulidad, impedimento para acudir a él, y dejarnos bañar por su caridad, glorificando a Dios.

La figura del leproso del Evangelio es muy importante para nosotros, porque acude a Jesús de Nazaret, y va a profesar su fe en él, postrándose ante el Señor, y más que pedir su curación, se somete a su discernimiento, a su voluntad y a su poder, reconociendo su autoridad sobre la lepra y sobre la Ley: “Si quieres, puedes curarme.” Recordemos que la ley prohibía a los leprosos acercarse. Nunca el Señor se resiste a la fe y a la humildad del pecador, que acudiendo a él: se humilla, suplica su ayuda apelando a su caridad infinita, y obedece a su palabra que le dice: “preséntate al sacerdote.”

Puede sorprendernos que Jesús toque al leproso, siendo así que él puede curar con sólo su palabra y decirle solamente queda limpio. Además, también, porque la ley prohibía tocar a un leproso. Nosotros sabemos que Jesús, no sólo no puede ser contaminado por la impureza, sino que puede limpiar toda impureza con sólo quererlo. Podemos decir que lo tocó ya curado, pues le dijo “quiero, queda limpio”. Es su voluntad lo que cura y lo que le hizo extender la mano sobre el leproso. Además quiso someter al leproso a la ley en lugar de ignorarla, mandándole presentarse al sacerdote, siendo así que, como dice san Juan Crisóstomo (en: Mateo 25,1) : Cristo no estaba bajo la Ley, sino sobre ella como Señor de la Ley, y así lo testifica la curación.

La severidad con la que Cristo pide al que había sido leproso que no publique el suceso, y su “cólera” cuando es forzado a realizar las curaciones, se debe al impedimento que suponen los milagros a su predicación, y en general a su misión de suscitar la salvación por la fe, más que a procurar el bienestar de las curaciones que la gente busca sin relación alguna con la voluntad divina. Jesús relativiza siempre el valor del milagro, cuya finalidad última es suscitar la fe que salva.

La curación, como dijo el Señor, buscó además dar testimonio a los sacerdotes que no creían, de manera que fueran inexcusables si persistían en su incredulidad. El leproso, en cambio, hizo la profesión de la fe que lo salva, como dice Cromacio de Aquilea (en: Mateo 38, 10). El Señor cura y manda al leproso para evangelizar a los sacerdotes y para que viesen su fidelidad a la Ley, como dice san Jerónimo (en: Mateo 1,8, 2-4), y no porque la felicidad del leproso dependiera de su salud; ni lo hizo tan sólo para que cumpliera un precepto de la Ley.

Cuando la suegra de Pedro es curada, se pone a servir; cuando el endemoniado es curado, es enviado a testificar a los de su casa; ahora el leproso es enviado a evangelizar a los sacerdotes. También nosotros que estamos siendo curados por el Señor, somos enviados a anunciar la Buena Noticia a todos los hombres.

 Profesemos juntos nuestra fe.

                                                           www.jesusbayarri.com

Domingo 5º del TO B

Domingo 5º del TO B 

(Jb 7, 1-4.6-7; 1Co 9, 16-19.22-23; Mc 1, 29-39)

Queridos hermanos:

          La palabra de este domingo nos presenta la vida como un servicio, como una misión, para la que hemos sido preparados, siendo alcanzados por el amor de Dios en Jesucristo, tomados de la mano y levantados (resucitados) de nuestra enfermedad de muerte que nos encerraba en nosotros mismos; así hemos sido capacitado para servir, y amar, como la suegra de Pedro que nos presenta el Evangelio.

          Para esta misión ha “salido” Cristo de las entrañas del amor del Padre, y ha sido enviado, introduciéndonos a nosotros. Esta es también la misión de Pablo a través del anuncio del Evangelio, y también la nuestra. Hemos nacido del Amor, y a él nos encaminamos llevando con nosotros a cuantos el Señor pone a nuestro alcance. En este caminar no faltan las luchas, ni los trabajos, como tampoco la recompensa, que como decía san Pablo, es el amor que se nos ha dado, que nos empuja a anunciar el Evangelio de la misericordia que el Señor ha tenido con nosotros. Nuestra vida es por tanto una milicia, como decía Job en la primera lectura.

          Somos introducidos a la existencia y se nos concede un principio, un cuerpo y un tiempo para alcanzar una meta recorriendo un camino. Pero como la meta es el Amor, el camino no consiste en cubrir una distancia, sino en un progresar en el acercamiento a Dios a través del prójimo, porque nuestro camino no lo realizamos en soledad sino en comunidad. Saliendo del ámbito de nuestro yo, y encontrando a los demás que nos entornan, vamos progresando en nuestra ascensión amorosa, hasta alcanzar al “Yo” que es, Señor del universo, que manifestó su nombre a Moisés, y se nos ha manifestado a nosotros en Cristo.

          En Cristo se ha dado el recorrido inverso al nuestro. Él ha “salido” en misión desde el extremo Centro de la dimensión divina, para alcanzar nuestra extraviada realidad, en el deambular por el espacio y el tiempo, muertos a consecuencia del pecado. Cristo, ha recibido también un cuerpo y ha sido injertado en un principio como el nuestro, para que, a través del Evangelio, consiga unificarnos en el amor.

          Él se ha acercado a los postrados el su lecho, impedidos para la donación de sí mismos, y les ha tomado de la mano, levantándolos al servicio de la comunidad. Sus manos clavadas, han dado vida a las nuestras consumidas por la fiebre del mal. Hemos sido levantados para permanecer en pie y testificar la Verdad que se nos ha manifestado. La fe y la esperanza de la hemorroísa tocaron a Cristo para alcanzar la curación, y hoy la caridad de Cristo toma la mano enferma para restablecerla. Él, que iba a tomar sobre sí nuestras enfermedades y dolencias, no dudó en curar a los que estábamos sometidos al dominio del mal.

          Cristo, testifica la Verdad del amor del Padre, que no se ha desvanecido por el pecado, para deshacer la mentira primordial del diablo y reunir a los que son de la Verdad. Pablo anuncia el Evangelio para suscitar la fe, como un deber al que no puede renunciar y para el que ha sido ungido por el Espíritu Santo.

          Como la suegra de Pedro, también los que acogen el testimonio de los enviados, son constituidos en anunciadores de lo que han recibido, incorporándose al servicio de la comunidad en el amor: La gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo, van así impregnando los tejidos de la humanidad, que se encamina a la realización definitiva de su vocación universal al Amor.

          Ahora en la Eucaristía, somos servidos por el Señor, que nos da su cuerpo y su sangre para la vida del mundo, y partimos en Paz.

           Proclamemos juntos nuestra fe

                                                           www.jesusbayarri.com