Domingo 4º del TO A

Domingo 4º del TO A

So 2, 3.3, 12-13; 1Co 1, 26-31; Mt 5, 1-12

Queridos hermanos:

Dios ha creado al hombre para que comparta con Él su vida beata, y ha puesto en su corazón una tendencia insaciable a la bienaventuranza que llamamos felicidad. Si tal es nuestra vocación, inscrita en lo más profundo de nuestro ser —la comunión con Dios—, podemos comprender el estado constante de frustración que experimenta el hombre en la medida de su alejamiento del objeto de su bien. Precisamente para hacer posible al hombre alcanzar la bienaventuranza de la que se había apartado por el pecado, nos fue enviado Cristo, “vida nuestra”, en quien Dios —su vida beata y nuestra bienaventuranza— se ha encarnado y se nos da por gracia en lo que llamamos el Reino de Dios.

Todas las bienaventuranzas se cumplen en Cristo, que ha asumido la realidad de los pequeños de este mundo y se hace camino que los conduce a la vida a través de la puerta estrecha de la cruz, abandonando la ancha que sigue el mundo y que lleva a la perdición. Seguir a Cristo supone enfrentarse al mundo rechazando sus criterios y asumir la persecución del diablo y de quienes le sirven.

Ante Jesús están la muchedumbre y los discípulos que han creído en Él y que, en el Evangelio, vemos acercarse junto a Él. Ellos han acogido el Reino de los Cielos, mientras que la muchedumbre es llamada a entrar en él acogiendo la predicación. Por eso hay dos bienaventuranzas que se refieren al presente del discípulo y las demás al futuro de la muchedumbre llamada a creer. Las bienaventuranzas referidas a los discípulos, situadas al principio y al final del discurso, abrazan a las demás y, con ellas, a la muchedumbre, invitándola a entrar. Los discípulos son, pues, los pobres de espíritu, hambrientos de justicia y saciados de miserias, prontos a acoger la buena noticia de la misericordia divina; su esperanza los convierte en perseguidos por abrazar la justicia que viene de Dios y los introduce en el Reino. Ambas —pobreza y persecución— los acompañarán hasta el final del camino hacia la meta, siguiendo al que ha sido constituido “señal de contradicción”.

Esta pertenencia al Reino, propia del discípulo, se caracteriza ahora por la humildad (pobreza espiritual, mansedumbre, paciencia en el sufrimiento), habiendo sido curado de la soberbia y del orgullo de la rebeldía a que lo llevó el rechazo de su condición de creatura. Por eso no puede gloriarse ante el Señor, sino en el Señor, como nos ha dicho san Pablo. El Señor viene a decirnos: “Quienes poseéis estos dones por causa mía, gracias a mí, ¡alegraos, gozaos! Vuestra recompensa es grande en los cielos, y de ella gozaréis con los profetas, perseguidos antes que vosotros”.

La primera lectura nos llama a la confianza en el Señor, que viene a restaurar su reinado en nosotros, situándonos en la verdad de nuestra condición. Acojamos a Cristo en la Eucaristía, que nos une a su entrega para enriquecernos con su pobreza y, con nuestro amén, comunicarnos la vida eterna de los bienaventurados.

  Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                                                          www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Sábado 3º del TO

Sábado 3º del TO

Mc 4, 35-41

Queridos hermanos:

Esta palabra del Evangelio está cargada de simbolismos y enseñanzas, en primer lugar para los discípulos y también para todos nosotros. La noche es figura de las tinieblas del mal; el mar sinuoso, figura de la muerte; el viento contrario, la persecución y la tribulación provocadas por el odio del diablo; la otra orilla, el límite del poder de la muerte y el comienzo de la vida nueva. El miedo a la muerte es secuela del pecado, signo de “lo viejo”; el temor de Dios es “lo nuevo” de la fe. El sueño de Cristo es imagen de su muerte, y su despertar, anuncio de su resurrección.

Cristo va a introducir a los discípulos en el mar y en la noche para que tengan el encuentro personal de la fe, única respuesta ante la muerte, por la que todo hombre debe pasar. Con las palabras: “Pasemos a la otra orilla”, Cristo invita a los discípulos a enfrentar, atravesar y vencer la muerte junto a Él, y a salir indemnes. Ante ellos se extiende el mar de la muerte, que es necesario atravesar para superar el límite que Dios le ha asignado, allí donde su poder se desvanece. Con Cristo, la humanidad no se hundirá definitivamente en el mar, sino que, tras un tiempo de tribulación, lo atravesará a salvo.

En medio de este mar, los discípulos van a experimentar de forma insuperable el miedo a la muerte, signo de “lo viejo”, de la condición humana sujeta al pecado, que los hace esclavos del diablo de por vida (cf. Hb 2, 14s). “¿Dónde está vuestra fe? ¿Aún no es ‘todo nuevo’ para vosotros en mí? ¿Dónde está vuestra respuesta a la muerte? ¿Aún no comprendéis que está con vosotros la Resurrección y la Vida?”. El Señor viene a decirles: “Claro que me importa que perezcáis. Por eso tendré que dormirme entrando en el seno de la muerte para vencerla al despertar. Lo que me preocupa es que tengáis miedo de perecer estando yo con vosotros, y que no seáis capaces de confiar plenamente en Dios, abandonándoos en sus manos”.

La experiencia de los discípulos será vital cuando tengan que enfrentar la muerte y Cristo parezca ausente. Tendrán que ser testigos de la victoria de Cristo y hacerlo presente invocando su nombre. También nosotros necesitamos hacer nuestra la experiencia de los discípulos: que el viento y el mar obedecen a Aquel que nos ha prometido estar con nosotros hasta el fin del mundo, de modo que no perezca ni un cabello de nuestra cabeza y, con nuestra perseverancia, salvemos nuestras almas (cf. Lc 21, 18-19).

Unámonos, pues, a Cristo en la Eucaristía, diciendo “amén” a su entrega confiada en las manos de su Padre.

 Así sea.

                                                   www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Viernes 3º del TO

Viernes 3º del TO

Mc 4, 26-34

Queridos hermanos:

El Reino de los Cielos es una potente semilla divina de amor al hombre, que debemos dejar crecer y desarrollarse pacientemente en el seno de nuestra tierra. El Evangelio de hoy nos habla del Reino de Dios como la gran fuerza misteriosamente oculta en la pequeñez de su semilla, que brota humildemente hasta alcanzar la plenitud del fruto por su propia virtud. Brota del germen de Israel, mostrándonos la fidelidad de Dios a sus promesas, y tiene después su desarrollo hasta hacerse un gran árbol capaz de acoger a todos los hombres por la potencia de Dios y su amor universal, si la semilla es mantenida en el corazón de la tierra. Que llegue a ser árbol acogedor, cargado de fruto abundante, depende de la virtud y de la fuerza interior de la semilla, después de haberse desarrollado como hierba, tallo y espiga. El germen divino del Reino es imprescindible, pero pide la libre acogida de nuestra voluntad para poder desarrollarse en nosotros.

No son comparables los cuidados humanos necesarios con la virtualidad de la semilla y la inmensa riqueza de la tierra. El Espíritu de Dios, que se cernía sobre las aguas al principio, es la acción dinámica que impulsa el Reino de Dios. La suavidad y la paciencia se alían con la fortaleza en un canto a la esperanza y a la fidelidad del Señor. Así es también su misericordia, capaz de pulverizar la más dura roca de un corazón empedernido.

La semilla del Reino necesitará un tiempo de discernimiento, de paciencia y de confianza en la acción de Dios, durante el cual despreciar la debilidad de lo que aparece como hierba puede frustrar la potencialidad del fruto, que es obra de Dios. Si es semilla de fe, tendrá la potencia de mover montañas cuando llegue a la madurez del fruto en la caridad.

Todo está en función del fruto, que debe ser cortado y guardado en el granero: la unión con Dios, que es amor. Al final del trabajo está el descanso, y el amor, que está en el origen, es también el impulso y la meta. Alfa y Omega, primero y último, principio y fin, hasta que Dios sea todo en todos y para siempre.

El Reino de Dios es Cristo, retoño verde de Israel, escondido en la pequeñez de nuestra carne como semilla sembrada en un campo, “sin apariencia ni presencia; sin aspecto que pudiésemos estimar” (Is 53, 2). El Hijo del carpintero se manifiesta Hijo de Dios y extiende sus brazos sobre el árbol de la cruz para acoger, en las ramas de su cuerpo que es la Iglesia, a todos los hombres. La semilla divina acogida por María ha hecho posible, por obra y gracia del Espíritu Santo, el nacimiento de un pequeño niño que ha venido a ser pueblo universal de salvación. Así ocurre en quien, acogiendo el Kerigma en el corazón por la fe, llega a ser un hombre nuevo, hijo de Dios, que un día se manifestará plenamente cuando pueda ver a Dios tal cual es.

Hoy somos invitados a acoger al Señor, aunque la realidad del Reino en nosotros sea todavía débil y en apariencia despreciable. Salvación y misión son las características del Reino: planta que necesita ser cuidada y mantenida limpia en el seno de nuestra tierra. A este Reino somos llamados y en él somos acogidos por la fe, para que en nosotros madure el fruto de la caridad de Cristo. Campo donde maduran la mies y los racimos; mies segada, triturada y cocida al fuego; racimos prensados y fermentados en el lagar; pan y vino para la vida eterna. Sacrificio y Pascua de Cristo. Eucaristía a la que el Señor dará el incremento con nuestra perseverancia. “Venga a nosotros tu Reino”.

 Que así sea.                                                                                                                                                                                      www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

 

Jueves 3º del TO

Jueves 3º del TO

Mc 4, 21-25

Queridos hermanos:

Dios envía su Palabra para realizar una misión, y en aquel que la escucha produce un fruto según la medida de cada cual. La Palabra nos ilumina y nos hace crecer en el conocimiento de Dios y de su amor, uniéndonos a su misión salvadora, que, habiéndonos alcanzado, nos envía: “Como el Padre me envió, yo os envío a vosotros”.

Cristo es la luz del Padre, encendida como lámpara sobre el candelero de la cruz para iluminar las tinieblas del mundo. Dice el Señor: “Atended a cómo escucháis”, porque se puede despreciar el don de Dios, que es Cristo, y hacer vana la gracia que nos salva.

“Dios es luz, y en Él no hay tiniebla alguna”, y esta luz se nos ha mostrado como amor radiante en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Cristo mismo ha dicho: “Yo soy la luz”, y esta luz Dios la ha manifestado en el candelero de su carne crucificada, para que todos seamos iluminados por la fe y podamos recibirla en nuestros corazones, de modo que también nosotros podamos llevarla al mundo.

Esta luz, que es Cristo —luz de Dios, amor del Padre—, es gracia de su misericordia; debe ser acogida y defendida para que fructifique en nosotros. Por eso dice el Evangelio que al que tiene se le dará, y al que no tiene —porque ha rechazado lo que se le ofrecía gratuitamente—, aun lo que tiene se le quitará. El Padre ha encendido su luz para que Cristo la encienda en nosotros y nosotros en el mundo, de manera que huyan las tinieblas y el mundo se transforme en luz.

Una luz que no ilumina, que se oculta, no tiene razón de ser ni en este mundo ni en el otro; como la sal que no sala o el talento que se entierra, está destinada a permanecer eternamente en tinieblas.

Para comprender esto, basta recordar nuestra condición personal de libertad, que determina nuestra capacidad de amar y, por tanto, nuestra posibilidad de comunión con Dios, para la cual hemos sido elegidos antes de la creación y destinados a ser santos en su presencia por el amor. Porque si nos amamos, Dios permanece en nosotros y nosotros en Dios.

Toda respuesta cristiana a esta llamada es, por tanto, una inmolación a semejanza de la de Cristo, en la que participa toda la creación. Es un verdadero sacrificio agradable a Dios, destello de su amor, con el que nos amó en Jesucristo.

Cuando todo llegue a su fin y sólo permanezca el amor, la luz que hayamos alcanzado a ser se unirá a la luz de Dios en una vida perdurable. Mientras tanto, en la Eucaristía nos unimos sacramentalmente a la carne de Cristo y, entrando en comunión con la voluntad de Dios, nos hacemos vida para el mundo.

Que así sea.                                                                                                                                              www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Miércoles 3º del TO

Miércoles 3º del TO

Hb 10, 11-18; Mc 4, 1-20

Queridos hermanos:

Como todas las parábolas, esta tiene una enseñanza y una finalidad específica: abrir el oído de los oyentes para que dispongan su corazón, de la mejor manera posible, a la recepción de la Palabra. Porque hay disposiciones del corazón que pueden impedir que esta fructifique.

La parábola nos habla, en efecto, del combate entre la fuerza del Evangelio y la seducción que el mal opone a su fruto, en el campo de batalla que es la realidad de nuestra carne, llena de impedimentos. El camino, en la parábola, hace presente la dureza del corazón pisoteado por los ídolos. Las piedras representan los obstáculos del ambiente, el mundo y la seducción de la carne. Las riquezas son los espinos. En definitiva, nuestra naturaleza caída ofrece resistencia a la acción sobrenatural de la gracia y necesita su ayuda: un cuidado perseverante y atento, como si del cultivo de un campo se tratara, para que nuestra tierra acoja la Palabra con un corazón bueno y recto, como dice san Lucas (8,15). Dios es el agricultor; por eso necesitamos estar unidos a Él y dejarnos limpiar y trabajar por su voluntad amorosa.

Para ello, la Palabra, como la semilla, debe caer en la tierra y hacerse una con ella, dando un fruto que el hombre puede recibir según su capacidad, preparación y libertad, pues el fruto para el que ha sido destinada es el amor. Unido a su Creador en un destino eterno de vida, el hombre hace que la Palabra no vuelva al que la envió vacía, sino después de haber fructificado.

Velar, esforzarse, perseverar, permanecer y hacerse violencia son palabras que nos recuerdan la necesidad del combate en la vida cristiana, figurado en el trabajo necesario para obtener una buena cosecha. “Esta es la voluntad de mi Padre: que vayáis y deis mucho fruto, y que vuestro fruto permanezca”. “Mirad, pues, cómo escucháis”; mirad cuál es el tesoro de vuestro corazón, porque el hombre bueno, del buen tesoro del corazón, saca lo bueno. Según san Mateo, la buena tierra es “el que escucha la Palabra y la comprende” (cf. Mt 13,23). Podemos distinguir entre entender y comprender la Palabra, del mismo modo que distinguimos entre oír y escuchar. Mientras el entender se resuelve en la mente, el comprender implica una profundización, un descenso al corazón donde queda implicada también la voluntad; en definitiva, se trata de la incorporación de la Palabra al propio ser.

El sembrador “sale” porque la iniciativa es suya, haciéndose accesible a nuestra percepción, como dice san Juan Crisóstomo. Y sale para darnos la “comprensión” de los misterios del Reino, entrando en nuestra intimidad, subiéndonos a su barca a resguardo de las olas de la muerte, como enseña san Hilario.

A pesar de los impedimentos, la potencia del fruto supera siempre las expectativas humanas; sobreabunda hasta la plenitud sobrenatural en Cristo: el ciento por uno.

  Que así sea.                  

                              www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Martes 3º del TO

Martes 3º del TO

Mc 3, 31-35

Queridos hermanos:

Cuando Dios Padre decide la encarnación de su Hijo, inmediatamente le prepara una familia en la tierra: una madre inmaculada, María, y un padre justo, José. Sabemos que su único y verdadero Padre, el celestial, lo engendró desde toda la eternidad. Además, el Padre ha querido que su Hijo tuviera también hermanos, que —como nos ha dicho el Evangelio— son aquellos que hacen la voluntad de Dios, y ha querido dotarlos de las mismas cualidades de sus padres terrenos: inmaculados como María y justos como José. En efecto, a quienes llama, les quita sus pecados por el bautismo y los hace justos por la fe. Para permanecer siendo “madres y hermanos” de Cristo, necesitamos defender esta gracia, que se pierde por el pecado al apartarnos de la voluntad de Dios.

Aquellos en los que la Palabra prende y permanece, dando fruto, son la verdadera familia de Jesús, porque reciben su Espíritu. Dice Jesús en el Evangelio: “La carne no sirve para nada; el espíritu es el que da vida”. Y como afirma san Juan: “Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos”. La vida y la muerte se corresponden con la fe y la incredulidad. El Evangelio pone de manifiesto la incredulidad de sus parientes respecto de Cristo, a quien consideran “fuera de sí” (Mc 3,21), y la de su propio pueblo, que intenta despeñarlo desde la altura de su ciudad de Nazaret (Lc 4,29). “Ni siquiera sus hermanos creían en él” (Jn 7,5). En cambio, resalta la fe de paganos y extranjeros, los últimos que serán primeros. Cristo conoce perfectamente esta cerrazón cuando afirma que ningún profeta es bien recibido en su patria (Lc 4,23-24) y que en su casa carece de prestigio (Mt 13,57).

Jesucristo ha venido a unir, con los lazos de la fe y en un mismo Espíritu, a todos los hombres para formar la familia de los hijos de Dios, que conciben, gestan y dan a luz a Cristo. Lo conciben por la fe, lo gestan por la esperanza y lo dan a luz por la caridad.

Por encima de parentescos y patriotismos, Cristo viene a llamar a toda carne a su hermandad y maternidad, a la filiación adoptiva. Los lazos de la carne son naturales, mientras que los de la fe son sobrenaturales: vienen del cielo. Cristo exalta los lazos de la fe, por los cuales se acoge la Palabra de Dios hecha carne en Él y fructifica en el corazón. Por la fe se recibe el Espíritu de Cristo como verdadero parentesco.

¿Cómo podría enseñar Cristo que, por el Reino, hay que dejar padre y madre si Él mismo no lo pusiera en práctica? Por encima de los lazos carnales están los misterios del amor del Padre, su voluntad y su envío.

La carne dice: “Dichoso el seno que te llevó”. El Espíritu, en cambio, proclama: “Dichosa tú que has creído”. Dichosos quienes han creído, guardado y visto fructificar en ellos la Palabra hecha carne. Los parientes que permanecen fuera, invocando la carne, no son tan dignos de consideración como los “extraños” que, dentro, acogen la enseñanza del Hijo y entran así en una auténtica hermandad y maternidad. A esta fe somos llamados también nosotros, para que podamos dar a luz a Cristo y ser, con Él, hijos de su mismo Padre.

Hoy la Palabra nos invita a escuchar y guardar; a creer y esperar, para llegar a amar

 Que así sea.

                                                   www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Santos Timoteo y Tito

Santos Timoteo y Tito

2Tm 1, 1-8 ó Tt 1, 1-5; Lc 10, 1-9. (El Evangelio se puede tomar de la feria que corresponda al 26 de enero). Mc 3, 22-30.

Queridos hermanos:

En esta memoria de los santos Timoteo y Tito, compañeros de san Pablo, agradecemos al Señor el don de estos apóstoles, a quienes presentamos nuestras necesidades y manifestamos nuestro reconocimiento por su ayuda a lo largo de estos años. Ante el Señor ponemos nuestras inquietudes y problemas, para que nos preserve de las insidias del mal.

Como el mismo Lucas nos narra en los Hechos de los Apóstoles, no hay mejor forma de hacerlos presentes que con el Evangelio de la misión de los setenta y dos discípulos, en el que el Señor los envía como pequeños y con la urgencia del anuncio del Reino, para llevar la Paz y comunicar la Vida Nueva. Esta fue, en lo que conocemos, la esencia de su vida.

Si ciertamente es importante su testimonio de Cristo, no lo es menos el testimonio de su vida entregada al servicio del Señor en la evangelización, contribuyendo a la propagación de la fe y haciendo de su existencia un culto espiritual a Dios mediante la predicación del Evangelio, verdadera liturgia de santidad. Es una gracia haber sido llamados a encarnar la misión como enviados del Señor; pero su gloria fue haberla aceptado, gastando su vida siguiendo a Cristo en la regeneración del mundo, Él que murió y resucitó para salvarnos. ¡Cuánta gente malgasta su vida en simplemente sobrevivir, sin más fruto que satisfacer su propia carne, a riesgo de frustrar su vocación al amor!

Los apóstoles son enviados de dos en dos, como encarnación de la cruz de Cristo y testigos de su amor en el anuncio del Reino. En efecto, son necesarios dos para testificar y para hacer visible la caridad del Señor, de quien son enviados a dar testimonio de amor, como dice san Gregorio Magno (Hom. 17, 1-4.7s). Y san Pablo exclamaba: “¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo! Nadie me moleste, pues llevo en mi cuerpo las señales de Jesús”. Anunciar el Evangelio no es sólo transmitir palabras, sino propagar el amor y el perdón que se anuncian, de modo que se hagan carne en quien los proclama y en quien los recibe. El mandamiento del Señor no es: “Hablad del amor con que yo os he amado”, sino: “Amaos como yo os he amado”. Y este amor engendra amor, generación tras generación. Estos santos no sólo hablaron: contagiaron el amor de Cristo gastando su vida. Por eso, siendo grande la “mies” de quienes necesitan escuchar, son pocos los “obreros” dispuestos a trabajar en ella.

Los misterios del sufrimiento y de la cruz acompañan la vida del testigo, como acompañaron la de Cristo. Dar la vida por amor es perderla, negarse a sí mismo en este mundo, en una inmolación que da fruto y recompensa para la vida eterna. Pero el amor no se impone: debe ser acogido en la libertad y en la humildad de quienes lo presentan sin ningún poder, como “pequeños” que anuncian al que viene con ellos con la omnipotencia del amor.

También nosotros, llamados a la fe, estamos siendo constituidos testigos del amor del Señor que nos salva, nos llama y nos envía, incorporándonos a Cristo y a la obra de la regeneración por el Evangelio, como lo fueron estos santos y todos los discípulos cuyos nombres escuchamos unidos a la historia de la salvación y cuyos hechos proclamamos como palabras del Dios vivo, que sigue llamando y salvando a la humanidad.

En cada generación, la Iglesia debe transmitir la fe e incorporar a sus nuevos hijos al Cuerpo de Cristo, hasta que se complete el número de los hijos de Dios: la muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de la que habla el Apocalipsis (7, 9).

A esto nos invita y nos apremia hoy esta Palabra, mediante la fortaleza que brota de la Eucaristía, en la que nos unimos a Cristo y a su entrega por la vida del mundo, para testificar el amor del Padre.

     Que así sea.                                                                                                                                                                                     www.cowsoft.net/.jesusbayarri  

 

         

 

 

 

 

 

Domingo 3º del TO A Domingo de la Palabra de Dios

Domingo 3º del TO A Domingo de la Palabra de Dios 

Is 8, 23-9,3; 1Co 1, 10-13.17; Mt 4, 12-23

Queridos hermanos:

En este domingo contemplamos a Jesús comenzando su ministerio en Galilea, en el extremo de la Tierra Santa que se abre a los gentiles, tierra de donde no sale ningún profeta y donde el pueblo que caminaba entre tinieblas va a ser iluminado, como signo de que el conocimiento de Dios será propagado a todas las naciones: “Poco es que seas mi siervo en orden a levantar las tribus de Jacob y a hacer volver a los preservados de Israel. Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra”. Allí, en la depresión más profunda de la tierra, ha querido bajar Cristo a buscar a los pueblos en otro tiempo olvidados, para iluminarnos con su luz, inundarnos con el gozo del Espíritu y liberarnos del yugo y de la carga que nos oprimían.

De la misma forma que, para el nacimiento de su Hijo, el Señor eligió Belén, la última de las aldeas de Judá, elige ahora —para el comienzo de su ministerio, que después se extenderá al mundo entero— esta región humillada por la historia, como su mismo nombre indica: “Galilea de los gentiles”. Poblada por extranjeros fenicios desde los tiempos de Salomón y de Hirán I, prolífica en sediciones violentas de zelotes y sicarios, arranca de las autoridades judías aquella sentencia: “¿De Galilea puede salir algo bueno?”. Frontera con los pueblos paganos, de allí partirá la misión del testimonio de aquellos galileos ignorados por la historia, constituidos ahora en primicias para el mundo de la luz de Cristo. Si la Antigua Alianza prescindió del testimonio de los galileos, la Alianza Nueva y Eterna los convierte en primicias para las naciones: “Pedro, Andrés, Santiago y Juan, seguidme y os haré pescadores de hombres”; y cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros a juzgar a las doce tribus de Israel.

El Reino de los Cielos ha irrumpido con Cristo, invitándonos a salir de nuestras prisiones y a seguirle en la implantación de su señorío en el corazón de los hombres, arrebatándolos del mar de la muerte con el anzuelo de su cruz. Es el tiempo de la gracia de la conversión. La ira y la condena del pecado se transforman en misericordia. Se anuncia la Buena Noticia y comienza el tiempo del cumplimiento de las promesas y de la realización de las profecías.

Cristo viene a tomar el relevo de Juan el Bautista, llenando de contenido con la Palabra el eco de la Voz, y a completar el bautismo de agua con el fuego del Espíritu Santo. El amigo del novio da paso al Esposo, y la novia exulta al escucharlo llamar a su puerta: “Levántate, amada mía; mira que el invierno ya ha pasado; la higuera echa sus yemas y el tiempo de las canciones ha llegado”.

Esta palabra es para nosotros hoy, que también hemos sido llamados personalmente para anunciar el Nombre que está sobre todo nombre y, en su poder, proclamar el juicio de la misericordia a esta generación en tinieblas, para que brille para ellos la gran luz del Evangelio y sean inundados por el gozo del amor.

Bajemos con el Señor a Galilea para encontrarnos con Él, y que Él mismo nos envíe a las naciones. Recibamos el pan de su cuerpo y el vino de su sangre, para que nuestra entrega sea la suya y, anunciando su muerte, podamos proclamar su resurrección con la nuestra y glorifiquemos a Dios con nuestro cuerpo. Que mientras nosotros morimos, el mundo reciba la vida, y que los gentiles bendigan a Dios por su misericordia.

Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                                                                                www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

Sábado 2º del TO

Sábado 2º del TO

Mc 3, 20-21

Queridos hermanos:

En el momento más agotador de la misión, el diablo instiga a sus parientes incrédulos: “Es que ni siquiera sus hermanos creían en él” (Jn 7, 5). Y, forzando —con toda seguridad— la actitud de María, deciden ir en su busca. Realmente, un profeta, sólo en su tierra y entre los de su casa, carece de prestigio. La pregunta es muy sencilla: ¿de dónde le viene eso? El razonamiento familiar podría ser: “Nunca se había comportado así y ahora, de repente, parece que el pueblo, y todos nosotros, hemos dejado de interesarle. Su piedad era ciertamente notable y parecía no asumir ciertos criterios del pueblo, pero no hacía cosas extrañas como ahora. De eso a proclamarse enviado de Dios y hablar en su nombre hay mucha diferencia. Su privilegiada mente le ha debido de jugar una mala pasada por el agotamiento, debido a esa vida que lleva entre multitudes. Traigámoslo a casa, que descanse y se recupere antes de que le pase algo peor”.

Es la problemática inevitable que lleva consigo la encarnación. Que Dios haya dicho en el Sinaí: “Yo suscitaré un profeta como tú de entre tus hermanos, a quien escucharéis”, no les resulta fácil de comprender. Entender que el Señor, su Dios, el único Señor, tenga un Hijo y que lo haya enviado, encarnándose en el hijo del carpintero, su pariente, supera ciertamente su capacidad. Tampoco les es sencillo discernir que lo haya invadido el Espíritu del Señor, como a los profetas, y por eso “no saben de dónde viene ni a dónde va”.

También de los discípulos, el día de Pentecostés, se decía algo parecido cuando fueron invadidos por el fuego del Espíritu Santo: “Están ebrios de vino”. Como ha dicho alguien: si el mundo está loco, la cordura no deja de ser una locura para él. La locura del amor llevará a Cristo, ciertamente, a la locura de la cruz, que el diablo tratará siempre de impedir por cualquier medio.

Por la fe, también a nosotros “el amor de Cristo nos apremia”. El Señor nos unge con su Espíritu para llevar la Buena Nueva de su amor y de su luz a este mundo en tinieblas, asumiendo su acogida o su rechazo como Cristo mismo, siendo —como somos— discípulos suyos.

           Que así sea.

                                                   www.cowsoft.net/jesusbayarri  

         

Viernes 2º del TO

Viernes 2º del TO

Mc 3, 13-19 

Queridos hermanos:

El Señor eligió a los apóstoles de entre sus discípulos, después de una noche de oración, para que estuviesen con Él y para enviarlos a predicar. Como columnas de la Iglesia, los apóstoles serían los primeros testigos del Evangelio en Judea y, después, en todo el mundo. Mientras manda callar a los espíritus malignos, a los apóstoles les manda predicar. Dice el Evangelio que acudieron muchos de la región de Tiro y Sidón, como primicia de los gentiles a quienes ellos deberían congregar. La tradición los considera mártires, y el Apocalipsis los coloca como fundamentos de las celestiales puertas de la ciudad dorada de los elegidos, desposada e iluminada por el Cordero degollado, en la que sus hijos son consolados con consolación eterna en la nueva Jerusalén.

También nosotros, que hemos sido asociados por el Señor al ministerio de los apóstoles, somos llamados a estar con Él donde Él se encuentre: en los pobres, en los enfermos, en la liturgia, en el cielo con la oración, y con los pecadores cuando acuden a curarse acogiendo la gracia de la conversión.

El número doce hace presente al Israel elegido y depositario de las promesas, y representa la continuidad de las bendiciones dadas a Abrahán y a su descendencia, en las cuales serían bendecidas todas las naciones. Cristo, retoño de David, perpetúa la realeza y la elección de Israel, que se abre a los gentiles a través de la misión de predicar comunicada a los denominados “apóstoles”, nombre nuevo para la vida nueva que, recibida del Espíritu Santo, los envía a iluminar el mundo y a salar la tierra para la “regeneración” de la creación entera.

Heraldos del Evangelio y maestros de las naciones hasta los confines del mundo, ellos sumergirán a la humanidad en las aguas de vida eterna que brotan del costado de Cristo y saciarán la sed sempiterna del género humano redimido.

¡Oh, apóstoles de Cristo, glorificados por el testimonio de vuestra sangre, derramada como la de Cristo, que os ha nutrido y con la cual habéis abrevado a todos los pueblos para la vida eterna!

Pedro, Andrés, Santiago y Juan; Felipe, Mateo, Bartolomé y Tadeo; Santiago el de Alfeo, Tomás, Simón el Cananeo y Matías, elegido en lugar del desertor.

Unámonos a ellos en nuestra bendición, exaltación, glorificación y acción de gracias al Padre, que nos dio a su Hijo como propiciación por nuestros pecados, resucitándolo para nuestra justificación. A Él la gloria, el poder, el honor y la alabanza por los siglos de los siglos.

  Que así sea.                                                                                                                                                                                      www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

San Vicente mártir

San Vicente mártir

En Valencia: Eclo 51, 1-12; Rm 8, 35.37-39; Mt 10, 17-22 o Jn 12, 24-26

Queridos hermanos:

Recordamos hoy al patrono de Valencia, el diácono Vicente —vencedor—, llegado a esta ciudad para implantar, con el testimonio de su sangre, la fe de Cristo, que a lo largo de la historia ha fructificado abundantemente en santidad y cuyo fruto perdura aún hoy, en estos “tiempos recios”, en los que nos toca a nosotros tomar el testigo de una vida cristiana que siga siendo luz en medio de las tinieblas que pretenden enseñorearse de nuestras vidas.

Hay persecuciones porque siguen existiendo lobos, o personas seducidas por el lobo, que suelen vestirse con piel de oveja. No se trata de provocar la persecución, sino de actuar con prudencia ante quienes engañan, con la misma astucia que los malos emplean para sus maldades. Con todo, la persecución no faltará. Dios, que la permite, hará que produzca fruto mediante el testimonio del Espíritu y que sea un medio de conversión para nosotros y para el mundo que no lo conoce o se ha apartado de Él.

Como dice san Agustín: Si el que nos parece el peor se convierte, puede llegar a ser el mejor; y si el que nos parecía el mejor se pervierte, será el peor. Nuestro trabajo es ofrecer libremente y de buen grado nuestro cuerpo; el fruto será Dios quien lo dé, muy por encima de nuestras capacidades. Él inspira a quien habla en su nombre y convierte a quien escucha con un corazón recto.

El protomártir en Valencia, Vicente, como Esteban, nos manifiesta no solo la negación real que sufrieron los discípulos en aquel ambiente de rechazo a Cristo, sino también la condición del cristiano frente al mundo, siempre en constante oposición a su misión: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, signo de contradicción». Esa es la condición del discípulo, y deberá serlo en cada generación, según la visión profética del Señor: «Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán. Yo, al elegiros, os he sacado del mundo. Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado primero, porque no han conocido ni al Padre ni a mí».

Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo, y mi Espíritu hablará por vosotros, dándoos una sabiduría a la que ningún adversario podrá contradecir. También hablaré ante el Padre en vuestra defensa, mostrándole mis llagas gloriosas, que os purifican de todo pecado y de todo mal. Os fortaleceré para que podáis perseverar hasta el fin en el testimonio que se os asignará para la salvación del mundo, y que os salva a vosotros desde ahora: «Veréis el cielo abierto y al Hijo del hombre en pie a la derecha del Padre».

Caridad y anuncio son inseparables y se corresponden mutuamente: Cristo es el cumplimiento de las profecías, hacia quien tienden todas las Escrituras y la misma historia de la salvación humana. Vicente recibe el Espíritu del Señor y, junto con su sangre, ofrece a Dios el perdón de sus enemigos, como digno discípulo del Señor crucificado por él.

Así se propagará su precioso testimonio por el mundo romano y llegará hasta nosotros, como dijo Tertuliano: «Nosotros nos multiplicamos cada vez que somos segados por vosotros: la sangre de los cristianos es una semilla» (Apologético, 50,13). Con la persecución hacemos presente al Señor, que nos acompaña siempre con su cruz, levantada y gloriosa, desde la cuna hasta el sepulcro.

  Proclamemos juntos nuestra fe.

                                                            www.cowsoft.net/jesusbayarri    

 

 

Jueves 2º del TO

Jueves 2º del TO

Mc 3, 7-12

Queridos hermanos: 

El Evangelio nos presenta la misericordia del Señor, desbordado por la muchedumbre necesitada de la Palabra y también de ayuda física y de liberación de los espíritus inmundos que, al verlo, lo reconocen. El Señor se compadece de la miseria humana, buscando, no obstante, su salvación eterna, por la cual entregará su vida.

El Señor, en numerosas ocasiones, intentará en vano imponer silencio a quienes han sido favorecidos con alguna curación y a los mismos espíritus inmundos, porque la idea falsa que el pueblo tenía del Mesías representaba un obstáculo para su misión de anunciar el Reino de Dios. Él no venía a liberarlos de los poderes de este mundo, sino del pecado que los esclavizaba. Para ello debía subir al trono de la cruz, arrastrando tras de sí a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Por eso procura que el sentido de su misión no sea tergiversado por un éxito aparente ni por una exaltación distinta de la que la voluntad amorosa y salvadora del Padre le tiene preparada en el seno doloroso de su amor redentor. Nuestra razón, miope ante el plan de Dios, muchas veces es incapaz de discernir, en medio de acontecimientos aparentemente contradictorios, la grandiosidad infinita del amor, de la sabiduría y del poder divinos.

Con frecuencia, las masas que siguen al Señor buscan soluciones a sus problemas físicos, económicos o afectivos, pero son incapaces de profundizar en sus palabras porque no comprenden su verdadera precariedad existencial. ¿Qué les va a decir un predicador más, que no sepan ya, si no es que deben ser buenos y obedientes a la ley del Señor? Este, en cambio, da pan y cura; y aunque no comprendan sus palabras, se sienten tomados en cuenta y experimentan que las penas, con pan, pesan menos.

Poco a poco irán conociendo su elección, su encarnación, su predicación y su redención, mientras Él les desvela el misterio oculto desde la creación del mundo. El Verbo creador, el Hijo único y predilecto en quien el Padre se complace, ha sido manifestado en su Siervo elegido, que pondrá en acto la justicia y el derecho mediante su omnipotente misericordia, a través de su inaudita oblación de amor. Al desvelar el sendero estrecho que conduce a la vida, hará posible rescatar a quienes, habiendo entrado por el ancho camino de la perdición, estaban sin esperanza y sin capacidad de volver al Pastor y Guardián de nuestras almas.

La Palabra nos invita también a nosotros, que seguimos a Cristo, a reconocerlo no solo como quien puede darnos una vida mejor, sino como quien puede darnos vida y salud eternas. Y a reconocerlo no solo con nuestras palabras, sino sobre todo con nuestras obras, cumpliendo su voluntad, que sigue compadeciéndose de esta generación engañada e ignorante de su propia miseria.

  Que así sea.                                                                                                                                                                                          www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

Miércoles 2º del TO (Santa Inés)

Miércoles 2º del TO (Santa Inés)

Mc 3, 1-6

Queridos hermanos:

«¡Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me seque la diestra!» (Sal 137,5).

Olvidarse de Jerusalén es olvidarse del Templo y, por lo tanto, olvidarse del Señor, de la elección; es como volver a Egipto.

Para el salmista desterrado, físicamente lejos de su tierra, es más importante llevar a Jerusalén en el corazón que conservar su propia integridad, esa plena capacidad de valerse por sí mismo que simboliza la mano diestra. Llevar a Jerusalén en el recuerdo es llevarla en el corazón. Jerusalén es el Templo y la presencia de Dios en medio de su pueblo; es la conciencia de la elección y de la predilección divina que da sentido a la existencia, y es también el memorial de la alianza. Jerusalén es el Moria de Abrahán e Isaac; es la meta de David y de Salomón. En ella el Padre y el Hijo han culminado el drama histórico y supremo del amor sobre la tierra. El mismo Señor ha llorado sobre ella: «Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina a sus polluelos bajo sus alas, y no habéis querido». “Si me olvido de ti”… que sea yo maldito eternamente; que mi destino sea peor que el de tus enemigos; hijo bastardo y malnacido, aborto para siempre.

El olvido de Jerusalén es el olvido del Señor: «Escapados de la espada, andad, no os paréis; recordad desde lejos al Señor, y que Jerusalén os venga a la memoria» (Jr 51,50). El auténtico destierro, la verdadera lejanía del Templo profanado por la idolatría, es el olvido de Jerusalén. El desterrado que mantiene en su corazón el recuerdo del Señor, aun en su lejanía, ofrece al Señor un culto espiritual.

Un hombre con la mano derecha seca es un signo que hace presente a Israel: la maldición que representa el olvido del Señor, la impiedad del corazón que convierte al hombre en desterrado aunque permanezca físicamente en su tierra. Sin embargo, un desterrado es también alguien que ha escapado de la espada en el día fatal (Jr 51,50) gracias a la misericordia divina, y debe al Señor el culto de la gratitud, manteniendo vivo en su corazón el recuerdo del Señor en tierra extraña. Avivar este recuerdo es como caminar hacia Jerusalén. ¿No es acaso ese el espíritu del sábado en medio de la aridez y del vivir cotidiano?

Jesús, al ver al hombre de la mano seca, contempla en él una imagen de la maldición que implica el alejamiento de Dios: un pueblo que honra a Dios con los labios, pero cuyo corazón está lejos de Él. A este pueblo ha venido a llamar el Señor, para conducirlo al amor del verdadero culto a Dios, Padre, Espíritu y Verdad, infundiendo en su corazón el recuerdo entrañable de Jerusalén.

            Que así sea.                                                                                                                                             www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Martes 2º del TO

Martes 2º del TO

Mc 2, 23-28

Queridos hermanos:

Esta palabra, a través de un problema de discernimiento, nos conduce al corazón de la ley, que es el amor: el amor con el que Dios ha querido relacionarse con el hombre, dando vida y sentido a su existencia, por encima de sus ocupaciones y de sus relaciones con los semejantes.

Entre los preceptos de la ley, algunos poseen gran importancia, como el descanso sabático; pero el corazón de todos ellos es el amor, porque proceden de Dios, que es amor al hombre y busca su edificación en el amor y en la contemplación de la gratuidad y la bondad divina, que lo desprenden del interés. Para este discernimiento respecto a la ley, es necesario tener presente en el corazón el espíritu de la ley, que es el amor. Solo así es posible juzgar y, en consecuencia, actuar rectamente en cualquier circunstancia.

Las gafas para ver al otro a través de los hechos, sin la distorsión del juicio, son el amor: “Yo quiero amor, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos”. La experiencia del amor que es Dios nace del conocimiento de la propia indignidad: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado”. A través del reconocimiento de los propios pecados se ilumina la grandeza del amor gratuito de Dios. A los judíos faltos de discernimiento, Jesús les dirá: “Id, pues, y aprended lo que significa: ‘Misericordia quiero y no sacrificios’”. Y cuando san Pablo afirma que “su dios es el vientre”, se refiere a quienes están más pendientes de los ayunos que de la caridad, como veíamos ayer.

El discernimiento, capaz de distinguir y valorar lo importante frente a lo accesorio, de diferenciar entre la letra y el espíritu de la ley, progresa con el amor: “La ciencia infla, mientras que la caridad edifica”. Pero la caridad es derramada en el corazón por el Espíritu en aquellos que creen y acogen en su vida la voluntad de Dios. Detrás del discernimiento está aquella sentencia de Tácito, que san Agustín cristianizó: “Ama y haz lo que quieras”, porque si te guía el amor, será bueno cuanto hagas. Y también aquella otra: “Yo quiero amor y conocimiento de Dios”: conocimiento de su poder, pero sobre todo de su misericordia. Quien tiene amor posee discernimiento y es sabio; mientras que en quien carece de amor no faltará la necedad.

La misericordia de Cristo hace que el paralítico cargue con su camilla en sábado; hace que toque al leproso; y las curaciones en general mueven los corazones a la bendición y glorificación de Dios. Ese es, en verdad, el espíritu del sábado: poner el corazón en el cielo, para que después lo sigan el espíritu y, por último, también el cuerpo. El sábado, liberando al hombre de la maldición que pesa sobre el trabajo —siempre en búsqueda del sustento—, le concede un anticipo de la vida celeste, en la que Dios será nuestro único sustento eterno: nuestra riqueza en la tierra y nuestra meta en el cielo.

Cierta preocupación social por el pobre no es de Dios si se funda y se apoya en el enfrentamiento con el rico a través del odio. La famosa “lucha de clases” no deja de ser una realidad ajena al amor, que utiliza la precariedad del pobre para sembrar odio, y cuya paternidad oculta procede del diablo, que odia la comunión y favorece la división.

 Que así sea.                                                                                                                                   www.cowsoft.net/jesusbayarri  

 

 

Lunes 2º del TO

Lunes 2º del TO

Mc 2,18-22

Queridos hermanos:

El Evangelio nos presenta ya la alegría de las bodas con la presencia del novio, y anuncia el ayuno cristiano como actitud ante la ausencia del esposo, para avivar el deseo de su presencia pascual. Uno es el ayuno en la expectación y otro en la separación. Sin el consuelo del esposo, cualquier otro consuelo —si no es ilícito— al menos es vano e impropio del amor, que recurre al ayuno.

La novedad del encuentro con Cristo es incomprensible para los judíos, que carecen de la experiencia de la consolación del Espíritu ante la fragilidad de la carne y la tensión de la concupiscencia.

Como Cristo, los discípulos se someterán al combate del desierto, como testimonio de su total sumisión de amor al Padre, que los lleva a dejarse conducir por el Espíritu hasta la muerte, y muerte de cruz, en favor de los hombres.

Juan y sus discípulos, como los judíos, viven la ausencia y alimentan la espera de aquel que aún no han conocido, aunque está en medio de ellos. En cambio, los discípulos de Cristo, en plena efervescencia del vino nuevo que han degustado en el encuentro con Él, gozan ahora de su presencia y escandalizan a los judíos “piadosos” —escándalo farisaico, fruto de la inexperiencia del gozo del Espíritu—, quienes se dejan llevar por la envidia al ver la libertad y la alegría que los mueve. No pueden comprender que haya comenzado el banquete de bodas, en el que rebosa el vino nuevo, mientras ellos permanecen ignorantes y excluidos. Lo mismo ocurre con aquellos que, aun siguiendo a Cristo, van cayendo en lo anodino de la rutina, mientras a su alrededor surgen grupos llenos de la efervescencia del vino nuevo.

Cuando el esposo se separa de ellos y parece ocultarse en las pruebas, los discípulos reciben la consolación del Espíritu; y, en medio de la separación, su recuerdo se hace “memorial” perpetuo y gozoso mientras dura la espera de su regreso, relativizando la aflicción del ayuno en una entrega amorosa que invoca al Señor: “¡Retorna!”, como la esposa del Cantar.

Privarse de alimento es nada ante el quebranto que significa ser privados de la presencia del que aman, cuya cercanía los unía al Padre e inflamaba en ellos la esperanza de la vida eterna en la comunión fraterna.

Volver al sinsentido de una vida sin la presencia física de Cristo es, ciertamente, el tremendo ayuno, solo soportable por la consolación del Espíritu, que clama en lo profundo del corazón: “¡Abbá, Padre!”.

Sin Cristo y sin la unción del Espíritu, que centra la relación con Dios en el amor, tanto los discípulos de los fariseos como los de Juan necesitan ejercitarse con frecuencia en el combate contra la carne, en el cual el ayuno tiene su sentido; pero este no debe dejar de ser un medio para dar preponderancia al espíritu. Hacer del ayuno un valor en sí mismo, un fin, y no un instrumento al servicio del amor, es lo que lleva a los fariseos a criticar a Cristo, que come y bebe, y a sus discípulos, que no ayunan. Ese es el valor que el mundo da a las dietas y a las privaciones, a las que san Pablo alude cuando dice a los filipenses, refiriéndose a los judíos: “su dios es el vientre” (Flp 3,19).

La aflicción del ayuno tiene sentido solamente ante la ausencia del esposo, que conduce a la negación de toda complacencia que pueda significar olvido, y de toda consolación alternativa a su ansiada presencia amorosa: “Si me olvido de ti, Jerusalén…”.

El tiempo de la expectación que gime y clama por la venida del Salvador ha terminado, y Juan se goza con su presencia y transfiere sus discípulos al esperado de todas las gentes, mientras él termina su carrera y se prepara a recibir la corona de gloria que le espera.

Para san Pablo, la comunidad cristiana es la esposa a la que él asiste como amigo del esposo, contemplando en ella la acción del Espíritu de Dios.

En Cristo, el esposo que ama, embellece y enriquece a su esposa con la dote de su Espíritu, nosotros somos llamados a una relación de amor con Dios. Somos invitados a participar de la alegría de la fiesta nupcial en su Reino. La esposa es santificada por la santidad del esposo, que la conduce a la plenitud de su amor, y ella sale a su encuentro en el desierto para escuchar su voz y dejarse seducir por Él.

 Que así sea.

                                                   www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Domingo 2º del TO A

Domingo 2º del TO A

Is 49, 3.5-6; 1Co 1, 1-3; Jn 1, 29-34

Queridos hermanos:

Durante siete siglos, la Escritura, a través de los profetas, ha venido anunciando la figura misteriosa de este Siervo del que hablaba Isaías en la primera lectura, en quien Dios sería glorificado no solo en Israel, sino hasta los confines del orbe, llevando a todos la luz de su amor, por la cual quiere salvarnos. El domingo pasado, a través del Bautismo del Señor, se nos presentó este Siervo como el Hijo amado de Dios. Hoy la liturgia nos muestra su misión de salvación universal: «Tú eres mi siervo, en quien me gloriaré. Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra». Porque Dios quiere gloriarse en su Siervo, Jesús, ante su pasión, dirá: «Ahora mi alma está turbada. ¿Y qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero si he llegado a esta hora para esto… Padre, glorifica tu nombre». Y porque Dios quiere que su luz alcance a todas las naciones, Cristo dirá a sus discípulos: «Vosotros sois la luz del mundo. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».

La misión de Juan, como profeta y “más que un profeta”, no es solo anunciar, sino identificar a este Siervo señalándolo entre los hombres: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Conviene recordar que en arameo la misma palabra (talya) puede designar al siervo y al cordero. Uno y otro toman sobre sí los pecados del pueblo para santificarlo, y ambos son sacrificados como el cordero pascual.

Para el cumplimiento de su misión, como veíamos el domingo pasado, Dios mismo revela a Juan quién es su Elegido en medio de las aguas del Jordán: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él; ese es el que bautiza con Espíritu Santo; ese es el Elegido de Dios».

El pecado había sumergido al hombre en la muerte bajo las aguas del diluvio, y no era posible la vida sobre la tierra mientras no fuese purificada del pecado. Una vez terminado el diluvio, Noé soltó una paloma que, al no encontrar dónde posarse, regresó al arca.

Cristo, emergiendo de las aguas de la muerte en su bautismo, recibe el Espíritu de la vida en forma de paloma, significando así que en Él es posible para la humanidad vivir de nuevo.

Para san Pablo, este bautismo en el Espíritu —que marca la diferencia entre el bautismo de Juan y el de Cristo— consiste en un camino que conduce a los creyentes, desde la justificación por la fe, hasta la santidad de cuantos lo invocan. Lo hemos escuchado en la segunda lectura: «A los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo».

Si la misión de Cristo es la glorificación de Dios, salvando e iluminando a la humanidad hasta los confines de la tierra, la nuestra es invocar su nombre en favor de nuestros hermanos, desde esos mismos confines en los que hemos sido alcanzados por su salvación. Eso es lo que hacemos ahora, en medio de la exultación eucarística, junto al Espíritu y la Esposa, diciendo: ¡Ven, Señor Jesús!

 Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                                                              www.cowsoft.net/jesusbayarri  

Sábado 1º del TO (San Antonio Abad)

Sábado 1º del TO (San Antonio Abad)

Mc 2, 13-17

Queridos hermanos:

A través de la llamada a Mateo, Cristo busca a los pecadores: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores; no necesitan médico los sanos, sino los que están mal”. Mientras Cristo se acerca a los pecadores, los fariseos se escandalizan. Si el acercamiento de Cristo a los pecadores es fruto de la misericordia divina, es precisamente esa misericordia la que escandaliza a los fariseos. Quizá estos fariseos tengan menos pecados que los publicanos y pecadores, pero de lo que sí carecen por completo es de misericordia. Por eso Cristo les dirá: “Id, pues, a aprender qué significa: Misericordia quiero y no sacrificio”. De qué sirve a los fariseos pecar menos, si eso no los conduce al amor, a la misericordia y, en definitiva, a Dios.

Ser cristiano es amar, y no solo evitar el pecado. Cristo ha venido a salvar a los pecadores. ¿Ha venido para nosotros, o nos excluimos de la salvación de Cristo como los fariseos del Evangelio? Pensémoslo bien, porque ahora es tiempo de salvación. Todos somos llamados al amor, pero esta llamada implica un camino de conversión y de crecimiento en la caridad, hasta alcanzar la santidad necesaria que nos introduzca en Dios. El punto de partida de este itinerario es la humildad, que acompaña toda la vida cristiana. Así lo expresa el Padrenuestro, en el que nos reconocemos pecadores y proclamamos el amor de Dios en nosotros.

La Palabra nos habla del amor de Dios como misericordia: un amor entrañable que no solo cura, como vemos en el Evangelio, sino que regenera la vida, que recrea. No es casual que la etimología hebrea de la palabra misericordia, rahamîm, derive de rehem, que designa las entrañas maternas, la matriz, el lugar donde se gesta la vida. Si recordamos las parábolas que llamamos “de la misericordia”, veremos que todas se sitúan en este contexto: “Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; este hermano tuyo había muerto y ha vuelto a la vida”. También a Nicodemo le dice Jesús: “En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios”.

Se trata, por tanto, de un amor que vuelve a gestar, que regenera, como el de san Pablo hacia los gálatas, que le hace sufrir de nuevo dolores de parto por ellos. Amor fecundo, profundo y consistente, que implica lo más íntimo de la persona, sin desvanecerse como nube mañanera ante los primeros ardores del día, como decía Oseas. Solo un amor persistente, como la lluvia que empapa la tierra, lleva consigo la fecundidad que da fruto, y que en Abrahán se convierte en vida más fuerte que la muerte, en fe y esperanza; pacto eterno de bendición universal.

La misericordia de Dios se ha encarnado en Jesucristo y ha hecho brotar la Vida por la acción del Espíritu; y no para desvanecerse, sino para quedar clavada indisolublemente a nuestra humanidad, en una alianza eterna de amor gratuito, inquebrantable e incondicional, de redención regeneradora que justifica, perdona y salva. Conocer este amor de Dios es haber sido alcanzado por su misericordia y fecundado por la fe, contra toda desesperanza, para entregarse indisolublemente a los hermanos. Para aprender este conocimiento de Dios y esta misericordia envía el Señor a los judíos, y también nosotros somos llamados a ello, para que la Eucaristía, a través de esta Palabra, sea: “Misericordia quiero y no sacrificios; conocimiento de Dios más que holocaustos”.

  Que así sea.                                                                                                                                                                         www.cowsoft.net/jesusbayarri