Miércoles 1º de Cuaresma

 Miércoles 1º de Cuaresma 

(Jon 3, 1-10; Lc 11, 29-32) 

Queridos hermanos: 

          En este tiempo de gracia, Dios presenta la misericordia a través del Evangelio, que nos hace presente nuestra responsabilidad ante su ofrecimiento, porque: “no quiere la muerte del pecador sino que se arrepienta y viva”.

          Hemos escuchado que los ninivitas se convirtieron por la predicación de Jonás, por la que fue signo para ellos de la voluntad de Dios, que quería salvarlos de la destrucción que habían merecido por sus pecados. Que Jonás haya salido del seno del mar (figura de la muerte), como nos cuenta la Escritura, Lucas ni lo menciona. Es un signo que, de hecho, no vieron los ninivitas, como tampoco los judíos vieron a Cristo salir del sepulcro. Será por tanto un signo que no les será permitido ver. Cuando el rico que llamamos epulón dice a Abrahán, que el signo de que un muerto resucite, servirá para la conversión de sus hermanos, éste le responde que no hay más signo que la escucha de Moisés y los profetas: la predicación; no dice la lectura, sino la escucha. Los judíos que no han acogido la predicación ni los signos de Jesús, tendrán que acoger la de los apóstoles. Es Dios quien elige la predicación como único signo, el modo, y el tiempo favorable para otorgar la gracia de la conversión, y el hombre debe acogerla como una gracia que pasa. Como dice el Evangelio de Lucas, el que los escribas y fariseos rechazaran a Juan Bautista, les supuso que no pudieron convertirse cuando llegó Cristo, frustrando así el plan de Dios sobre ellos (Lc 7,30).

          La predicación del Evangelio hace presente el primer juicio de la misericordia, que puede evitar en quien lo acoge, un segundo juicio en el que no habrá misericordia para quien no tuvo misericordia, según las palabras de Santiago (St 2,13). Para quien acoge la predicación todo se ilumina, mientras quien se resiste a creer permanece en las tinieblas. Dios se complace en un corazón que confía en él contra toda esperanza y lo glorifica entregándole su vida: “Todo el que invoque el nombre del Señor, se salvará.”

          Dios suscita la fe para enriquecer al hombre mediante el amor, dándole a gustar la vida eterna, y por amor dispone las gracias necesarias para la conversión de cada hombre y de cada generación. Los ninivitas, la reina de Sabá, los judíos del tiempo de Jesús y nosotros mismos, recibimos el don de la predicación como testimonio de su palabra, que siembra la vida en quien la escucha.

          Como ocurría ya desde la salida de Egipto, en la marcha por el desierto, Israel sigue pidiendo signos a Dios, pero ni así se convierte. Las señales que realiza Cristo en la tierra no las pueden ver, porque no tienen ojos para ver ni oídos para oír, y piden una señal del cielo. No habrá señal para esta generación, que puedan ver sin la fe; un signo que se les imponga, por encima de los que Cristo efectivamente realiza. Cristo gime de impotencia ante la cerrazón de su incredulidad. La señal por excelencia de su victoria sobre la muerte, será oculta para ellos (no habrá señal) y sólo podrán “verla” en la predicación de los testigos, como en el caso de Jonás. Este tiempo es de señales, pero más, de fe, de combate, de entrar en la muerte y resucitar, como Jonás, que en el vientre de la ballena pasó tres días en el seno de la muerte. Solo al “final” verán venir la señal del Hijo del hombre sobre las nubes del cielo.

          Jonás realizó dos señales: La predicación, que sirvió a los ninivitas para que se convirtieran, y la de salir del mar a los tres días, que nadie pudo conocer más que a través de las Escrituras. En cuanto a Cristo, los judíos no aceptaron la primera, y la segunda no pudieron verla; no hubo más señal para ellos que la predicación de los testigos elegidos por Dios.

          El significado de las “señales” solo puede verse con la sumisión de la mente y la voluntad que lleva a la fe y que implica la conversión. Dios no puede negarse a sí mismo anulando nuestra libertad para imponerse a nosotros, por eso, todas las gracias tienen que ser purificadas en las pruebas.

          Nosotros hemos creído en Cristo, pero hoy somos invitados a creer en la predicación, sin tentar a Dios pidiéndole signos, sino suplicándole la fe, y el discernimiento, que da generosamente a quien se lo pide con humildad. De la misma manera que sabemos discernir sobre lo material debemos pedir el discernimiento espiritual de los acontecimientos.

          También a nosotros se nos propone hoy la conversión y la misericordia a través de la predicación de la Iglesia. 

          Que así sea.

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Martes 1º de Cuaresma

 Martes 1º de Cuaresma 

(Is 55, 10-11; Mt 6, 7-15) 

 Queridos hermanos: 

          En medio de los pecados de los hombres, Dios ha querido mostrar su misericordia a través de la oración. Desde la oración de Abrahán con sus seis intercesiones, sólo por los justos y que se detiene en el número diez, a la perfección de la oración de Cristo, que intercede por la muchedumbre de los pecadores a cambio del único justo que se ofrece por ellos, hay todo un camino que recorrer en la fe que hace perfecta la oración en el amor. A tanta misericordia no alcanzaron la fe y la oración de Abrahán para dar a Dios la gloria que le era debida, y con la que Cristo glorificó su Nombre. En efecto, Sodoma no se salvó de la destrucción.

          Con este espíritu de perfecta misericordia, sus discípulos son aleccionados por Cristo a salvar a los pecadores por los que Él se entregó. Cristo es la Palabra que no vuelve al Padre sin haber salvado a la humanidad, misión a la que fue enviado.

Hoy la palabra nos plantea la oración y la escucha, fecundas de perdón para nosotros y para los demás. Así es la vida en el amor de Dios. Necesitamos la oración para ser conscientes de nuestra necesidad de la Palabra, y para obtener el fruto de ser escuchados por Dios. La oración es circulación de amor entre los miembros del cuerpo de Cristo, abierto a las necesidades del mundo.

La oración del “Padrenuestro”, culmen de la oración cristiana, habla a Dios desde lo más profundo del hombre: su necesidad de ser saciado y liberado, y lo hace desde su condición de miembro del Cuerpo de Cristo y nueva creatura, recibida de su Espíritu. Busca a Dios en su Reino, y le pide el pan necesario para sustentar la vida nueva y defenderla del enemigo. Cristo enseña a sus discípulos a orar como comunidad, cuerpo místico cuya cabeza es él, el Hijo único, diciendo: Padre “nuestro”.

Dios nos perdona gratuitamente y nos da su Espíritu, para que nosotros podamos perdonar, y erradicar así el mal del mundo y para que así seamos escuchados al pedir el perdón cotidiano de nuestros pecados. Esta circulación de amor y perdón sólo puede ser rota, por el hombre que cierre su corazón al perdón de los hermanos. “pues si no perdonáis, tampoco mi Padre os perdonará”.

El mundo pide un sustento a las cosas, y a las creaturas. El que peca está pidiendo un pan, como lo hace el que atesora, el que va tras el afecto, el que se apoya en su razón ebria de orgullo o en su voluntad soberbia. Panes todos que inevitablemente se corrompen en su propia precariedad. Los discípulos pedimos al Padre de nuestro Señor Jesucristo y padre nuestro, el Pan de la vida eterna que procede del cielo. Aquel que nos trae el Reino; “pan vivo” que ha recibido un cuerpo para hacer la voluntad de Dios; una carne que da vida eterna y resucita el último día. Alimento que sacia y no se corrompe; y alcanza el perdón, viviendo en la voluntad de Dios.

Este es el pan que recibimos en la eucaristía y por el que agradecemos y bendecimos a Dios, que nos da todo lo demás por añadidura. 

Que así sea.

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Santos Cirilo y Metodio

 Santos Cirilo y Metodio

Hch 13, 46-49; Lc 10, 1-9 

Queridos hermanos: 

          Hoy celebramos la fiesta de los santos Cirilo y Metodio, evangelizadores de los países eslavos, testigos del Evangelio y de la acción de Dios. No hay mejor forma de hacerlos presentes que, con el Evangelio de la misión de los setenta y dos discípulos, en el que el Señor mismo los envía como pequeños y con la urgencia del anuncio del Reino, a llevar la Paz y a comunicar la Vida Nueva.

          Si ciertamente es importante su obra, más importante es el testimonio de su vida, entregada al servicio del Señor en la evangelización, contribuyendo a la propagación de la fe, haciendo de su vida un culto espiritual a Dios por la predicación del Evangelio, verdadera liturgia de santidad. Ciertamente es una gracia haber sido llamados a encarnar la misión del enviado del Señor, pero su gloria es haberla aceptado, y gastando su vida siguiendo en la Regeneración del mundo, a aquel que murió y resucitó para salvarnos. Cuanta gente malgasta su vida en sobrevivir, sin más fruto que tratar de satisfacer su propia carne, a riesgo de frustrarse a sí mismo en su vocación al amor.

Los discípulos son enviados de dos en dos, como encarnación de la cruz de Cristo y testigos de su amor en el anuncio del Reino. En efecto son necesarios dos para testificar, y para hacer visible la caridad de Aquel, de quien son enviados a dar testimonio de amor, como dice san Gregorio Magno (Hom., 17, 1-4.7s). Decía san Pablo: ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo! Nadie me moleste, pues llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús. Esa es la razón por la cual, siendo grande “la mies” de los que necesitan escuchar, sean pocos los “obreros” dispuestos a trabajar en ella.

Los misterios del sufrimiento y de la cruz acompañan la vida del testigo, como han acompañado la de Cristo. Dar la vida por amor es perderla, negarse a sí mismo en este mundo, en una inmolación que lleva fruto y recompensa para la vida eterna. Pero el amor no se impone y debe ser acogido en la libertad y en la humildad de quienes lo presentan sin poder, como “pequeños” que anuncian al que viene con ellos con la omnipotencia del amor.

También nosotros, llamados a la fe, estamos siendo constituidos en testigos del amor del Señor que nos salva, nos llama y nos envía, incorporándonos a Cristo y a la obra de la regeneración por el Evangelio, como lo fueron  Cirilo y Metodio, y todos los demás discípulos, cuyos nombres están unidos a la historia de la Iglesia, y cuyos hechos contemplamos como acciones del Dios vivo, que sigue, llamando y salvando a la humanidad.

          En cada generación, la Iglesia debe transmitir la fe, e ir incorporando a sus nuevos hijos en el Cuerpo de Cristo, hasta que se complete el número de los hijos de Dios; la muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de la que habla el Apocalipsis (7, 9).

          A esto nos invita y nos apremia hoy esta palabra, y esta festividad mediante la fortaleza que brota de la Eucaristía en la que nos unimos a Cristo y a su entrega por la vida del mundo, para testificar el amor del Padre. 

          Que así sea.

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Nª Sª de Lourdes

 Nuestra Señora de Lourdes

Is 66, 10-14; Jn 2, 1-11 

Queridos hermanos: 

En esta fiesta de la Virgen María, el Señor nos habla de su amor con su pueblo, mostrándonos sus entrañas de misericordia, en las que los exégetas han visto plasmada la maternidad divina, de forma que decir Dios Padre Misericordioso, equivale a decir Dios Padre y Madre.

El Evangelio nos muestra en esta primera señal, la anticipación de aquella sangre con la que realizará los esponsales definitivos y eternos que Dios sellará efectivamente con su pueblo, cuando se apiade de su miserable condición, en la que falta el vino del amor, la fiesta y la alegría, y selle con ellos una alianza eterna, entregándoles el Espíritu de Cristo. Será el Espíritu, quien derramará en el corazón de los fieles el amor de Dios, y con él, la fiesta, y la alegría del perdón y la misericordia. Así la Iglesia, esposa de su amor, será embellecida, sin mancha ni arruga y adornada de los carismas con los que el Esposo la habrá enriquecido.

 El que Cristo acuda a estas bodas con su madre, puede entenderse como un acontecimiento familiar, de parentela o de vecindad, pero que se haga presente con sus discípulos, anuncia, además, una nueva familia y una nueva vida, en la que después del bautismo es conducido por el Espíritu Santo, con la misión de salvar a la humanidad. No está presente sólo, por tanto, el hijo de María, sino el Cristo, el Maestro y el Señor, que viene a proveer el vino nuevo del amor de Dios, mediante el perdón del pecado de la humanidad, cuya madre fue aquella “mujer”, Eva, que alargó su mano al árbol prohibido. Ahora, subiendo a Jerusalén, entregará a la nueva “mujer”, María, una nueva descendencia nacida de la fe y redimida del pecado, representada por el discípulo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. También nosotros, en ella, “tenemos a nuestra madre”, porque si de Eva nos vino la ruina, de María nos ha venido el Salvador y la gracia.

Como a los criados, también a nosotros, María nos dice: “Haced lo que él os diga”. Pero Cristo ha dicho a los sirvientes: “Llenad las tinajas de agua”. Esto es algo, que estaba en su capacidad, nada importante ni trascendente que puede parecer irrelevante, e incluso sin ningún sentido en aquel trance. Por supuesto, es Cristo quien iba a derramar su sangre para traernos el vino nuevo, pero a nosotros se nos pide, apenas, prepararle el agua. También en nuestra vida, Dios puede pedirnos cosas que no comprendemos, y si no estamos dispuestos a sacrificar nuestra razón, no dejamos actuar al Señor, que quiere transformar nuestra agua en el vino nuevo de su amor.

 

Que así sea.

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Domingo 4º del TO C

 Dgo. 4º del TO C 

(Jr 1, 4s. 17-19; 1Co 12, 31-13, 13;  Lc 4, 21-30) 

Queridos hermanos: 

La palabra de hoy nos pone delante dos problemas a los que se enfrenta la razón del hombre ante la fe: el escándalo de la encarnación, teniendo que aceptar que nuestra relación con Dios tenga que pasar por la mediación de hombres como nosotros. Problema por tanto de humildad, a la que se resiste nuestro orgullo, y en segundo lugar, el de proyectar en Dios nuestras expectativas, queriendo que Dios responda a la imagen que nosotros tenemos de él.

Cuando la santidad de Dios se acerca al hombre, lo atemoriza, como ocurrió en el Sinaí, cuando el pueblo aterrorizado pidió a Dios un intermediario y fue escuchado. En efecto, el Señor siempre suscita y envía a quien quiere, para comunicar su voluntad, su palabra de vida, y su gracia, que nos manifiesten su amor; hombres a los que inspira por medio de su Espíritu, hasta que en Cristo, su presencia en el hombre se hace plena y definitiva por medio de su Hijo.

          Es Dios quien elige cómo, cuándo, y a través de quien desea manifestarse. Elige, fortalece y envía: «Quien os acoge a vosotros, me acoge a mí, y quien me acoge a mí acoge a aquel que me ha enviado». Rechazar al enviado es rechazar a quien lo envió. Por tanto, es necesario discernir y aceptar la voluntad soberana de Dios que se encarna muchas veces en contra de nuestros criterios y presupuestos carnales, con el peligro de creer que se sirve al Señor, cuando en realidad sólo obedecemos a nuestra propia razón. El hombre debe discernir los caminos de Dios y acudir allí donde sopla el Espíritu. Servir a Dios pasa por entrar en el absurdo de la cruz al que nuestra razón se revela. En el “sacramento de nuestra fe”, Cristo, se entrega a la voluntad del Padre que le presenta la cruz. A esta entrega de Cristo nos unimos nosotros en la Eucaristía. La fe, por tanto, será siempre un obsequio libre de nuestra mente y nuestra voluntad a Dios que se revela, cómo y cuándo quiere, y constituye, por tanto, un acto de amor y de humildad.

            Israel rechaza que Dios haya querido encarnarse en “el hijo del carpintero”; que el Mesías no venga, aparentemente, de la estirpe real, o de la casta sacerdotal, sino de Galilea.

Creados por el amor y para la comunión con el amor que es Dios, recibimos de Dios sus dones, para que nos ayuden en el camino y alcancemos felizmente la meta bienaventurada, pero el hombre, en su necedad, constantemente se olvida de su destino y se enreda en los dones, haciendo fines de los medios llamados a desvanecerse en cuanto cumplen su cometido.

          Ante las necesidades concretas de su Iglesia, Dios, suscita dones y carismas que la edifiquen y la purifiquen; y aunque las normas y las instituciones eclesiales son obra suya, llama y envía en ocasiones a un irregular en su nombre, como hacía con los profetas. En toda la historia de la Iglesia se da, pues, esta dialéctica entre Institución y Carisma, como se dio también en el Antiguo Testamento. El paradigma, es una vez más Cristo, a quien Dios suscita del pueblo. La jerarquía tiene la responsabilidad de acoger, después de discernir, los dones y carismas de Dios, por lo que necesita una vigilancia constante en sintonía con su voluntad. San Lucas en su Evangelio nos presenta un ejemplo de esta responsabilidad, cuando dice que los fariseos y legistas, al no acoger el bautismo de Juan, frustraron el plan de Dios sobre ellos. (cf. Lc 7, 30).

          Al igual que en la encarnación del Hijo de Dios en la debilidad humana, al hombre le cuesta siempre aceptar a sus enviados; se escandaliza mostrándose duro de corazón. Estamos dispuestos a ser deslumbrados por el poder de Dios, pero no a que venga envuelto en la fragilidad humana. En el mundo se dice: Cristo sí, pero la Iglesia, no. El problema de la encarnación golpea el orgullo humano que, se resiste a humillarse ante otro hombre. Pretendemos que Dios se nos imponga con su poder o autoridad, pero Dios, es fiel al don de la libertad que nos ha dado para que le amemos.

          En ocasiones también el enviado, como san Pablo, se queja de tener que cargar con su debilidad en la misión, porque se le relativizan sus dones. Dios es grande en nuestra debilidad. Eso debe bastarle. Así, la fe brilla en la libertad y en la humildad del hombre, sin que Dios se le imponga con su poder.

          Para dar el salto a la fe, el hombre debe responder a la pregunta del Evangelio: « ¿De dónde le viene esto? », pero eso, supone reconocer la presencia de Dios en él, y por tanto obedecerle, por lo que con frecuencia, el hombre se niega a responder a la pregunta. Al quedar al margen de la fe, el poder de Dios queda frustrado en Jesús por nuestra libertad, como dice el Evangelio: «Y no podía hacer allí ningún milagro».

          El profeta hace presente a Dios, y a los que están fuera de su voluntad, les recuerda su desvarío tan sólo con su presencia. Si se obstinan en su maldad, tendrán que responder ante Dios, pero además se les ofrece la gracia de arrepentirse y vivir.

          Cristo, con su presencia, muestra la misericordia de Dios y su juicio como dijo el anciano Simeón: «Este está puesto para caída y elevación de muchos; signo de contradicción».

          El segundo problema que presenta esta palabra, es quizá más grave, y consiste en reducir la inmensidad del plan amoroso de Dios, al que nuestra carne y nuestra pequeña razón son capaces de forjar. Israel, no sólo tiene dificultad en aceptar al Mesías concreto elegido por Dios, sino sobre todo, rechaza la salvación concreta que Cristo se apresta a realizar.

          Mientras las expectativas del pueblo se centran en que Dios remedie la situación de postración, de explotación, y de sometimiento a la injusticia y la corrupción de Roma, se encuentra frente al “año de gracia del Señor”, ante el que, en primer lugar, el pueblo mismo debe convertirse de la perversidad de sus pecados y poner su corazón en Dios. El mismo Juan Bautista, se ve arrollado por el torrente inaudito de la misericordia divina que le deja perplejo. Nadie puede parapetarse en su pretendida justicia de ser hijo de Abrahán, ni en su privilegio de pueblo elegido, rechazando la gracia y la misericordia que le son ofrecidas gratuitamente de parte de Dios. La venganza y la justicia que esperan sobre sus enemigos exteriores, lo será de la opresión del pecado y del diablo, que Cristo asumirá en sí mismo ofreciéndose por todos los hombres en la cruz: “No me quitan la vida, la doy yo voluntariamente.”

          Comentar este famoso pasaje de Isaías, le hubiese resultado muy sencillo a cualquier predicador para enardecer a sus oyentes, aprovechando el texto que habla del: “día de venganza de nuestro Dios”, pero Cristo, que no busca la estima de la gente ni su propia gloria, sino el bien, y la verdad, en lugar de una lectura fácil, sentimental y falsa de esta palabra, con un discurso nacionalista que enardezca su espíritu patriótico y sus ansias de justicia y de venganza de sus opresores romanos, omite esta segunda parte del oráculo. “La venganza de nuestro Dios”, no lo será sobre los enemigos exteriores, sino sobre los que esclavizan el corazón de su pueblo, y del mundo entero; liberación de la esclavitud al diablo, que es consecuencia de sus pecados. Para eso tendrá que perdonar el pecado entregándose a la muerte y una muerte de cruz. Esta venganza va a recaer sobre Cristo, para lavar nuestros pecados con su sangre, venciendo a Satanás. Cristo entrará solo en el lagar, para pisar las uvas de la “furiosa cólera de Dios”, que desde la tierra, clama a él justicia, por todo el mal de nuestros pecados, comenzando desde la sangre de Abel.

          La resistencia de su pueblo a convertirse y creer en Cristo, apoyándose en la engañosa seguridad de su condición de pueblo elegido, raza de Abraham bajo la protección de la presencia de Dios en medio de ellos en su templo,  debe ser derribada por Cristo. En tiempos de Eliseo, Dios curó a un extranjero de la lepra y no a los leprosos de Israel; en tiempos de Elías, tiempo de hambre, Dios alimentó a una viuda extranjera y no a las de Israel. Los privilegios de ser el pueblo elegido, son los de ser los primeros en ser llamados a conversión, pero no los de estar exentos de convertir su corazón a Dios: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.”

          También nosotros, hijos por adopción, hemos heredado esta bendición de Dios, hemos recibido la llamada y las promesas, y se nos ha hecho el don de su gracia, de su Gloria, y de la Iglesia, pero eso, no sólo no nos exime de la conversión constante a su voluntad, sino que nos empuja a ella con la fuerza del amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones. 

          Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado después de Epifanía

Sábado después de Epifanía.

1Jn 5, 14-21; Jn 3, 22-30 

Queridos hermanos: 

          Una vez más contemplamos la humildad del verdadero discípulo, que con razón recibe del Señor la mayor de las alabanzas, porque: “el que se humille será ensalzado”. ¿Qué tenemos que no hayamos recibido? Si queremos elevar el edificio de la fe, que debe alcanzar el cielo, debemos escavar muy profundamente, para colocar el fundamento de la humildad, sin el cual no se sostendrá la construcción, y será grande la ruina del insensato, como dijo san Juan de Ávila.

          “Andar en verdad” decía santa Teresa, es el camino de la humildad, y por eso quien se cree algo, se engaña, y sin pisar terreno firme, fácilmente tropieza. La Escritura afirma que Moisés era el hombre más humilde de la tierra, pero Juan Bautista es “el mayor hombre nacido de mujer, a quien se le concedió bautizar al Salvador. Bañar al esposo era prerrogativa en Israel, del “amigo del esposo”, que se alegra con su presencia escuchando su voz.

          Cristo es la Verdad, y el verdadero del que hablaba la primera lectura, y nada puede oponérsele ni detener su caminar para la salvación del hombre purificándolo de sus pecados, bañándolo con su sangre. La purificación del bautismo de Juan y de los discípulos del Señor, preparaba un pueblo que acogería la fe y recibiría el Espíritu, habiendo sido iluminado por la confesión de sus pecados, reconociendo el amor de Dios que los perdonaba mediante el bautismo del Señor. También el bautismo de Juan era “para el perdón de los pecados” (Mc 1, 4), pero podemos compararlo con la claridad que precede a la salida del sol, del bautismo del Señor, que traería el don del Espíritu Santo. 

          Que así sea.

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Viernes después de Epifanía

 Viernes después de Epifanía

1ªJn 5, 5-6. 8-13; Lc 5, 12-16. 

Queridos hermanos: 

La palabra de hoy es una invitación a dar gloria a Dios en todo, pero sobre todo por Jesucristo, en quien hemos obtenido el perdón de los pecados. Con él todo es gracia para nosotros de parte de Dios, y como agraciados, somos llamados a ser agradecidos, dando gratis lo que gratis hemos recibido.

La lepra, impureza que excluía de la vida del pueblo, es imagen del pecado, que aniquila en el hombre la vida de Dios, por la que los fieles se mantienen en comunión. El juicio y la murmuración separan de los hermanos, cono le ocurrió a María la hermana de Moisés (Nm 12, 11-15), que quedando leprosa, debió permanecer siete días fuera del campamento.

El leproso que se acerca a Jesús de Nazaret, va a profesar su fe en Cristo, postrándose ante él y reconociendo su autoridad sobre la lepra y sobre la Ley, al atreverse a infringirla acercándose a Jesús siendo leproso. Puede sorprendernos que Jesús toque al leproso, siendo así que él puede curar con sólo su palabra. Además, también, porque la ley prohibía tocar a un leproso. Pero nosotros sabemos que Jesús, no sólo no puede ser contaminado por la impureza, sino que puede limpiar toda impureza con sólo quererlo. Podemos decir que lo tocó ya curado, pues le dijo “quiero, queda limpio”. Es su voluntad lo que cura y lo que le hizo extender la mano sobre el leproso. Además quiso someterse a la ley en lugar de ignorarla, mandando después al “leproso” curado, para que la cumpliese igualmente presentándose al sacerdote, siendo así que como dice San Juan Crisóstomo (en Matth., 25, 1) : Cristo no estaba bajo la Ley, sino sobre ella como Señor de la Ley, como lo testifica la curación.

La curación, como dijo el Señor, fue para dar testimonio ante los sacerdotes que no creían, de manera que fueran evangelizados para su salvación e inexcusables si persistían en su incredulidad. El leproso, en cambio, hizo la profesión de fe, que lo salva, como dice Cromacio de Aquilea (en Matth. Tract., 38, 10) . El Señor cura y manda al leproso para dar testimonio a los sacerdotes y para que viesen su fidelidad a la Ley, dice San Jerónimo (en Matth., 1, 8, 2-4), y no porque la felicidad del leproso dependiera de su salud, ni lo hizo tan sólo para que cumpliera un precepto de la Ley.

Cuando la suegra de Pedro es curada, se pone a servir; cuando el endemoniado es curado, es enviado a testificar a los de su casa; ahora el leproso es enviado a evangelizar a los sacerdotes. También nosotros estamos siendo curados por el Señor y somos enviados a testificarlo, anunciando con nuestra vida la Buena Noticia a todos los hombres. 

          Que así sea.

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