Domingo 4º de Cuaresma C (Laetare)

Domingo 4º de Cuaresma C (Laetare)

Jos 5, 9a.10-12; 2Co 5, 17-21; Lc 15, 1-3.11-32

Queridos hermanos:

El hombre subyugado por el mal cae en la esclavitud y se hunde en la mayor miseria y en el oprobio de los ídolos. Esta es la realidad del hijo menor de la parábola, y también de Israel en Egipto. Dios, en su amor y en su bondad, solo quiere su bien y los llama a la unión filial con Él. Acude en su ayuda y espera pacientemente a que se abran a su gracia. No hay alegría mayor para quien ama que la del bien del ser amado. Pero no hay bien mayor que amar a Dios, y es por eso por lo que Él quiere ser correspondido. “Hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos”. No obstante, el amor no puede imponerse y espera activa y ansiosamente que el ser amado se vuelva al que lo ama. Esta es la actitud de Jesús ante publicanos y pecadores, y trata de explicarla a los letrados y fariseos que se escandalizan por su actitud misericordiosa.

Dios actúa en Egipto con poder en favor de su pueblo, mostrando sus designios de paz y esperando que Israel vuelva su corazón a Él, para librarlo no solo de la esclavitud al faraón, sino del oprobio de su idolatría. Muchos fueron los que físicamente salieron de Egipto, pero murieron en el desierto porque sus corazones no dejaron los ídolos para volverse a Dios. Solo una nueva generación llegó a pisar la tierra de la libertad y disfrutó los frutos de la Pascua. Lo viejo había pasado y lo nuevo había llegado. Josué, circuncidando a este pueblo joven, de cuarenta años para abajo, los une a la alianza con Dios, quitando así de su carne el oprobio de Egipto. Este es el sentido de la Pascua para Israel, y que descubre el hijo pródigo: Dios que acude a librarlos del oprobio de los ídolos; de su vieja condición de esclavitud. Cristo ha realizado en su propia carne nuestra liberación espiritual del faraón, pero a nosotros nos toca acogerla en el tiempo favorable para que entremos en el descanso de su Pascua.

El Evangelio nos muestra qué es lo que puede movernos interiormente a ponernos en camino hacia la casa del Padre: hacer presente el amor con el que el Padre nos amó siempre, y cuyo primer testimonio es nuestra misma existencia. El hijo menor vino a darse cuenta de lo que había perdido, de lo que siempre había tenido, cuando se alejó de la casa paterna y conoció el oprobio de los ídolos. No existe un terreno de nadie, de “no alineados”: alejarse del Amor lleva consigo introducirse en el dominio de los demonios, simbolizados en el Evangelio por los cerdos. El hijo menor no necesita que se le anuncie el amor del Padre porque lo ha descubierto “entrando en sí mismo”, como experiencia, en su corazón, aunque haya quedado obnubilado por la concupiscencia, como apariencia de felicidad que engañosamente ofrecen los ídolos y el pecado. Solo necesita la gracia que le haga “entrar en sí mismo” para comparar la vida en la casa de su Padre con aquella que ha conocido con su alejamiento del amor: algarrobas, pestilencias y excrementos.

En el origen de toda existencia está siempre el amor gratuito de Dios que, amándonos, nos da el ser. Sin embargo, este ha quedado oscurecido por el pecado y viene a la luz mediante el anuncio del Kerigma o por los acontecimientos de los que se vale la gracia para iluminar las tinieblas del corazón humano, como en el caso del hijo “pródigo”. También en su conversión, la iniciativa es de Dios que le asiste con su gracia para ponerlo en camino a la Pascua. 

En el hijo mayor, en cambio, este amor permanece oculto bajo la autocomplacencia del cumplimiento, y al no discernir el amor continuo y gratuito del Padre, no ve gestarse en su corazón ni la gratitud, ni el amor por el hermano, ni la compasión por su extravío. Su actitud está entre lo servil del temor y lo interesado del mercenario. Para el hermano mayor, la felicidad no está en el amor porque no lo ha sabido reconocer en su padre. De hecho, una vez se ha conocido el amor, la felicidad está en amar, y no en ser amado. Que lo digan, si no, tantos infelices a los que Dios ciertamente ama y tantos que se han alejado tristes de su encuentro con el Señor como el llamado “joven rico”. Así les ocurre a los escribas y fariseos del Evangelio a quienes Cristo instará a que aprendan aquello de: “¡Misericordia quiero!”

San Pablo, en la segunda lectura, nos exhorta a reconocer el amor de Dios que se nos ha dado en Cristo, reconciliándonos con Dios, para que este amor haga brotar en nosotros la vida nueva en el amor del Padre que acoge también a los pecadores.      

           Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 3º de Cuaresma

Sábado 3º de Cuaresma

Os 6, 1-6; Lc 18, 9-14

Queridos hermanos:

Acudir a la misericordia de Dios con nuestra propia misericordia y humildad son las condiciones necesarias para ser escuchados, habiendo sido nosotros alcanzados por la gratuidad de su amor. “Misericordia quiero y no sacrificios; conocimiento de Dios más que holocaustos.”

Al publicano y a cualquier pecador les basta la humildad de reconocerse pecadores y pedir misericordia para ser justificados por el Señor. “El que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado.”

Que un publicano vaya al templo y rece a Dios es consecuencia de una gracia, no solo de su humildad o de su fe en la misericordia divina que justifica al malvado: “Creyó Abrahán en Dios y le fue reputado como justicia”, al acoger la gracia de su llamada.

La sede de la justicia verdadera está en “un corazón contrito y humillado”, y Dios la conoce porque el Señor escruta los corazones. Es Él quien justifica al hombre concebido en la culpa, al pecador que lo invoca con el corazón abatido.

El fariseo se cree justo, pero el justo no desprecia a nadie porque sabe que su justificación le viene de Dios y la humildad lo acompaña. La justificación, siendo un don gratuito del amor de Dios al que cree, produce en el justificado amor a Dios y esperanza en el cumplimiento de su promesa. Este siente la necesidad de la unión con Dios y lo busca a través de la oración.

El fariseo de la parábola da gracias a Dios, pero, olvidando su condición pecadora y el origen gratuito de sus obras, se glorifica a sí mismo, robando su gloria a Dios y despreciando además al pecador. “Será humillado.”

Dejar de reconocer los propios pecados lleva consigo el alejamiento del amor y de la gratitud, precipitándose así en la ciénaga del juicio, que se vuelve contra sí mismo.

Para san Pablo, la justificación es fruto de la fe que procede de Dios y no de los propios méritos. Ser justo consiste en mantenerse en el don recibido por la fe hasta alcanzar la fidelidad que obra por la caridad. Hay que permanecer en el don y perseverar en la gracia hasta alcanzar la fecundidad de la caridad: “Permaneced en mi amor”; y “el que persevere hasta el fin se salvará.”

Unámonos a Cristo en la Eucaristía y compartamos con los hermanos lo que recibimos en ella.    

           Que así sea.

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Domingo 3º de Cuaresma C

Domingo 3º de Cuaresma C

Ex 3, 1-8.13-15; 1Co 10, 1-6.10-12; Lc 13, 1-9

Queridos hermanos:  

Dios, que ama al hombre, lo llama a la Vida Eterna. Sin embargo, como el hombre está esclavizado por el diablo, el pecado y la muerte, para alcanzarle la salvación, debe primero liberarlo, como ocurrió en figura con el pueblo esclavo en Egipto.  

Moisés fue el enviado por Dios para sacar de Egipto a su pueblo y encaminarlo hacia la Tierra Prometida. Pero el pueblo no se mantuvo fiel al Señor y sucumbió en el desierto. Solo las generaciones nacidas en el desierto alcanzaron la Promesa del Señor.

Para lograr la verdadera salvación del pecado y de la muerte que mantenían a la humanidad esclava del diablo, fue enviado Cristo, quien, a través del “año de gracia”, encaminó a la humanidad a la Vida Eterna en medio de las tentaciones. Esto fue posible gracias a la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, que reciben quienes lo acogen por la fe.

A la liberación gratuita recibida de Cristo, el hombre debe responder con su fidelidad para alcanzar la promesa de la Vida Eterna. San Pablo nos exhorta a vigilar para que no caigamos en la maldición de aquellos cuya infidelidad es una figura para nosotros de lo que debemos enfrentar apoyados en la fe en Cristo.

La liturgia nos presenta la “Visita” del Señor. El Señor visita para salvar y también visita para juzgar. Para salvar a su pueblo, Egipto será juzgado, y en él, el enemigo que lo mantenía esclavo. La salvación está en la conversión, abandonando la vida de esclavitud y sus ídolos con la ayuda de Dios.

Dios “ha visto” la opresión de su pueblo, “ha oído” sus quejas y “ha bajado” a librarlos. Estos tres momentos representan una aproximación a la triste realidad de su pueblo. Dios quiere salvar a su pueblo a través de un enviado, al que revela su nombre y le confía su poder para conducirlo a la Tierra Prometida. Este enviado será Cristo, cuya figura fue Moisés, así como la liberación de Egipto será una figura de la verdadera salvación que se nos da por el perdón de los pecados.

Dios llama a Moisés para que, dejando su bucólica vida de pastor, vaya a sacar a su pueblo de Egipto combatiendo contra el faraón. Será la Pascua del Señor. También Cristo será enviado para hacer Pascua con nosotros, venciendo al diablo. La muerte de la que Moisés fue librado al nacer, será plenamente asumida por Cristo, quien la vencerá definitivamente para nosotros.

Si el pueblo en Egipto no cree la palabra de Dios que Moisés, su enviado, les anuncia, y no se apoya en Yo Soy y en su promesa, permanecerá en la esclavitud de Egipto para siempre o se arrastrará murmurando por el desierto, donde perecerá.

Cuando los judíos acuden a Jesús, horrorizados por la tragedia sufrida por algunos galileos cuya sangre mezcló Pilato con la de los sacrificios que ofrecían, Jesús les hará comprender que sobre ellos pesa una amenaza con consecuencias aún más temibles si no acogen a quien viene para librarlos de sus pecados. Son sus pecados los que colocan sobre sus cabezas la terrible amenaza que los asemeja a aquellos galileos o a los dieciocho desgraciados sobre los que se desplomó la torre de Siloé. Hay una desgracia peor, de la que deben cuidarse mediante la conversión: la muerte consecuencia del pecado. Cristo viene a perdonar ese pecado a aquellos que le acogen creyendo en Él: “Porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados” (Jn 8, 24).

Si la salvación que Dios ha provisto en su infinito amor enviando a su propio Hijo es rechazada, ¿qué otra posibilidad queda para escapar de la “muerte sin remedio”? (cf. Gn 2, 17).

San Pablo dirá que “estas cosas sucedieron en figura para nosotros que hemos llegado a la plenitud de los tiempos”. Para nosotros, que nos encontramos en el tiempo oportuno y en el día de salvación, que es el “año de gracia del Señor” que la Cuaresma nos recuerda. Para nosotros, proclama hoy la Iglesia estas cosas con la esperanza de que produzcan frutos de conversión en nosotros y que no tenga que ser maldecida ni cortada nuestra higuera cuando, terminado el “tiempo de higos”, venga sobre nosotros el “tiempo de juicio” con la “Visita” del Señor.

Las tres veces que el dueño de la viña visitará la higuera en busca de fruto son una figura, como lo fue el pueblo en el desierto. A la liberación gratuita de Egipto, tuvo que responder el pueblo con su fidelidad ante las tentaciones. Así también el pueblo deberá acoger con fe la redención gratuita de Cristo.

Que nuestro ¡amén! a Cristo, que se nos da hoy en la Eucaristía, nos reafirme en la acogida de la misericordia de Dios y nos abra a las necesidades de nuestros semejantes.

          Proclamemos juntos nuestra fe.

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Domingo 2º de Cuaresma C

Domingo 2º de Cuaresma C

Ge 15, 5-12.17-18; Flp 3, 17-4, 1; Lc 9, 28-36.

Queridos hermanos:

Dios se acerca al hombre para donarse mediante promesas que lo superan infinitamente, como en el caso de Abrahán, y para ratificar sus promesas establece alianzas, con cláusulas a las que el hombre debe permanecer fiel: Adán debe respetar el árbol prohibido; Abrahán renunciar al hijo de la promesa; Isaac aceptar ser sacrificado; Jacob luchará con Dios; Moisés conducirá al pueblo en el desierto, etc. Dios nos sitúa hoy frente a su Alianza, como lo hizo con Abrahán y después con Cristo, para que su Pascua nos sostenga como a sus apóstoles, a quienes el Espíritu había de confirmar en la gloria que contemplaron en el monte.

En la Alianza están significadas las realidades de la muerte y de la vida, que evocan lo terreno del combate y lo celeste de la victoria, como vemos en la Pascua, donde la cruz de Cristo es la puerta que hace posible el paso de una a otra realidad. El contexto del Evangelio nos sitúa en la fiesta de las tiendas, en la que el pueblo hace presente la Alianza del monte Sinaí en su camino por el desierto, habitando en tiendas bajo la nube y contemplando la gloria del rostro de Moisés. Fue entonces cuando le fue prometido “El Profeta” que el pueblo debería escuchar en nombre de Dios, y que nos muestra el Evangelio de hoy como el Siervo y el Hijo, diciéndonos: ¡Escuchadle!

Sin cruz no hay resurrección, ni alianza frente a la muerte. Abrahán, como los apóstoles en el Evangelio de hoy, tendrá que pasar a través del temor y el sopor místico que caracteriza la cercanía a lo numinoso de Dios. Temor y sopor que aparecen en los apóstoles en el Tabor, y aparecerán después en Getsemaní, y ante los cuales exhortará Jesús a los apóstoles a combatir velando con la oración. Abrahán tendrá que ahuyentar las aves rapaces que, como las tentaciones del demonio en el desierto y al pie de la cruz, tratarán de entorpecer la consumación de la Alianza. Muchos principiantes en la vida espiritual, al igual que los apóstoles en el huerto de los olivos, sucumben ante el terror que supone la llamada de Dios a internarse en las espesuras de la cruz de Cristo.

Cristo, como los antiguos gladiadores, es ungido ante la lucha; fortalecido para el combate de Getsemaní, ante la muerte, con la presencia de Moisés y Elías que le “hablaban de su partida que iba a cumplir en Jerusalén”, y también a nosotros como a los apóstoles, con la voz y el testimonio del Padre. Sólo nos es posible contemplar la gloria de Cristo en este mundo, con Moisés y Elías, a través de las Escrituras.

La contemplación de la gloria y el testimonio de la Ley y los Profetas, será la consolación y la fortaleza de Cristo ante la Alianza, al “comenzar a sentir tristeza y angustia”. La voz de Dios ahuyenta los terrores que suscita la cruz del sacrificio: “Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle”. Inspirado por Dios, Isaías había llamado al Siervo, mi Elegido (Is 42, 1); ahora el Padre revela que su Siervo, su Elegido, es su Hijo amado en quien se complace, el Profeta prometido al que hay que escuchar para vivir (Dt 18, 15.19; Hch 3, 22-23). ¡Escuchadle! 

Los apóstoles escuchan la voz del Padre y ven la gloria anticipada de la victoria de Cristo, pero sucumbirán en Getsemaní. El escándalo de la cruz los hará huir, porque este combate lo tendrá que asumir Cristo solo. Ellos lo asumirán más tarde, cuando hayan contemplado la gloria definitiva de Cristo en su Resurrección y hayan sido ungidos desde lo alto con la fortaleza del Espíritu Santo.

La glorificación de Cristo a través de la cruz (Jn 12, 20-33), es mostrada a nosotros como a los apóstoles, ya que como ellos, llevamos “este miserable cuerpo nuestro” como decía la segunda lectura, que se escandaliza fácilmente ante la cruz, pero que, como ha dicho San Pablo: Cristo “transfigurará en un cuerpo glorioso como el suyo”. No hay alianza sin pasar por la muerte, no hay resurrección y gloria sin pasar por la cruz. El que no se niegue a sí mismo vivirá como enemigo de la cruz de Cristo.

Aprovechemos pues esta Cuaresma, para velar con Cristo una hora, para no caer en tentación, porque el espíritu está pronto pero la carne es débil.  

             Proclamemos juntos nuestra fe.

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Domingo 1º de Cuaresma C

Domingo 1º de Cuaresma C

Dt 26, 4-10; Rm 10, 8-13; Lc 4, 1-13;

Queridos hermanos:

En este comienzo de la Cuaresma, la Palabra nos presenta la profesión de fe en este encaminarnos a la Pascua de nuestra salvación, recordando, más aún, tomando conciencia de cuanto el Señor ha hecho por nosotros, personalmente y como pueblo suyo. Efectivamente, eso es el credo: proclamar el amor, la bondad y la fidelidad de Dios. San Pablo, en la segunda lectura, nos exhorta a este reconocimiento de la obra de Dios, diciendo que creerlo en nuestro corazón nos obtiene la justicia, y confesarlo con la boca nos obtiene la salvación.

La primera lectura nos presenta la profesión de fe del pueblo, que describe la obra de Dios en ellos desde sus orígenes hasta ser constituidos como pueblo y haber recibido sus promesas, pero no menciona cuál ha sido su respuesta a la bondad divina durante el tiempo del desierto, en el que fue incapaz de permanecer fiel a Dios, cosa que ahora se dispone a asumir. Esta será su asignatura pendiente en su relación con Dios, que le hará añorar siempre una segunda oportunidad para borrar su incredulidad: poder retornar al desierto y redimir su desconfianza.

Solo en Cristo se les ofrece el poder adherirse a la fidelidad de Dios, uniéndose a su victoria en las tentaciones del desierto. Él es el don de Dios ofrecido a Israel en primer lugar, para que, acogiendo el bautismo de Juan para perdón de sus pecados y creyendo y adhiriéndose a Cristo por la fe, pudiese heredar su fidelidad a Dios en un renovado Israel.

También nosotros, en el Credo, podemos recordar y proclamar muchos dones del Señor para con nosotros: el don de la vida, la familia y, sobre todo, de la fe. Ahora bendecimos a Dios y le damos gracias, sobre todo por Jesucristo, su Hijo, que nos ha rescatado con su sangre, perdonando nuestros pecados y dándonos su Espíritu, con la promesa de vivir eternamente con él, en el amor.

El Evangelio, en efecto, nos muestra a Jesús conducido al desierto y guiado en él por el Espíritu, en un combate contra el diablo, donde nosotros hemos sido vencidos, y darnos su victoria en la Pascua.

El desierto, lugar bíblico de los desposorios con el Señor, prepara a la consumación pascual de su amor. ¡La Cuaresma ha llegado! ¡La Pascua está cerca! Tiempo de mutua entrega y posesión: “Mi amado es para mí y yo soy para mi amado”. Es Dios quien nos llama a la unión amorosa con él y nos conduce al desierto como a los profetas y a cuantos va eligiendo, para mostrarnos el Árbol de la Vida, desnudo de sus hojas y sus frutos, y hablarnos al corazón, purificarnos de los ídolos y lavar nuestros pecados. Es esta mirada a la Pascua la que da sentido a la Cuaresma, que comenzamos situándonos ante la profesión de fe, propia de este tiempo eminentemente bautismal.

Nuestra profesión de fe en Cristo centra las maravillas de Dios en la gracia redentora de Cristo, por quien hemos recibido el perdón de los pecados y de quien esperamos la resurrección y la vida eterna. Jesús va a proclamar en el desierto que de Dios viene la vida, que es el único, y que todo lo hace bien, asumiendo en esta fe el combate de las tentaciones en el que Israel había sucumbido en el desierto. Solo después de vencer será emplazado también Jesús a la prueba definitiva en un “tiempo oportuno”, y allí, levantado sobre el candelero de la cruz, atraerá a todos hacia sí, y cuantos lo miren, invocándolo como Señor, quedarán salvados. Como dice la Escritura: “Todo el que invoque el nombre del Señor, se salvará”.

Todo el combate cuaresmal y la ascesis cristiana en general están en función de revitalizar la acción de nuestro espíritu frente a la insolencia de nuestra carne, de forma que la persona asuma con éxito el combate al que es sometida. Los Evangelios lo resumen en el afrontado por Cristo en el desierto, del que afirma Dostoievski: “En aquellas tres tentaciones está compendiada y descrita toda la historia ulterior de la humanidad, y en ellas se nos muestran las tres imágenes a las cuales se reducen todas las indisolubles contradicciones históricas de la naturaleza humana sobre la tierra: sensualidad, voluntad de poder y orgullo de superar la condición mortal. Los tres impulsos más fuertes de la multitud humana, las tres chispas que encienden continuamente la carne y el espíritu”.

También nosotros, en la Eucaristía, ofrecemos a Dios, unidos a Cristo que se ofrece al Padre por nosotros, lo mejor que hemos recibido de sus manos: la fe y su propio Hijo, para que se digne aceptar en él nuestra vida, ofrecida por los hermanos y por el Evangelio, para la vida del mundo.  

           Proclamemos juntos nuestra fe.

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Martes 8º del TO

Martes 8º del TO

(Mc 10, 28-31)

Queridos hermanos:

Lo que para el mundo es importante, en el reino de los cielos es añadidura, como dice el Señor: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”. Seguir a Cristo implica siempre una renuncia, un negarse, una persecución por el Reino, en proporción a la llamada y a la misión. Hay que posponerlo todo y, en ocasiones, prescindir de lo que es pasajero por lo definitivo, confiando en la palabra de Dios, que no defrauda, cambiando el uno que somos por el ciento que es Cristo.

Todo cuanto somos y poseemos es don de Dios. Seguir a Cristo supone dejar lo que somos y lo que poseemos, confiando en su providencia y aceptando su voluntad amorosa, por la que fuimos creados, y para lo que somos llamados en función del mundo, de forma que se realice en nosotros lo que Dios quiere para todos, dándonos a su propio Hijo.

El Señor sabe lo que necesitamos también para este mundo, y su generosidad es inigualable. Si provee para nosotros su Espíritu y una vida eterna, ¿cómo no va a proveer todo lo demás? Solo una cosa debemos aceptar como discípulos, y que Él ya ha asumido, como maestro, en grado sumo: la persecución y la cruz de cada día que caracterizan la vida misma y la misión, porque: “Cada día tiene bastante con su propio mal”, hasta que llegue el día aquel en que serán enjugadas para siempre las lágrimas de todos los rostros.

Pedro quiere saber en qué consistirá eso que Jesús llama vida eterna, y habla del “todo” al que han renunciado, sin comprender que su misma renuncia es ya parte del don recibido con la cercanía y la llamada, y que además se recibe la gracia necesaria para llevar adelante la renuncia. El premio es Cristo mismo, a quien su recompensa lo precede. Ahora son libres, con la libertad de los hijos de Dios, que han recibido por la fe, y han sido rescatados de sus esclavitudes; han recibido el perdón de los pecados y han heredado la promesa hecha a Abrahán. El Señor viene presto y trae consigo su salario.

Acojamos a Cristo en la eucaristía, y unámonos a él en un mismo espíritu, que, con su cuerpo y su sangre, nos da vida eterna. 

Que así sea.

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Lunes 8º del TO

Lunes 8ª del TO

Mc 10, 17-27.

Queridos hermanos

Jesús habla del Reino de los Cielos, y los Apóstoles entienden salvación. Ambas realidades, el Reino de los Cielos y la salvación, son experimentables ya aquí mediante el encuentro con Cristo por la fe. “El Reino de los Cielos ha llegado”, y con él la salvación, porque “todo es posible para Dios”. Ahora, encontrarse con Cristo por la fe es encontrarse con Dios.

La pregunta del rico se presta a todo un razonamiento filosófico y teológico, porque tanto en Marcos como en Lucas se habla de “herencia”, lo que implica la muerte del testador. Si, además, lo que se pretende heredar es la vida eterna, podemos deducir que el propietario de la vida eterna debe morir, lo que parece una contradicción, a menos que entremos en un discurso teológico en el que Dios debe morir para que nosotros tengamos vida, que es lo que nos revela el Evangelio a través de la Encarnación y la muerte redentora del Hijo de Dios en Jesucristo. En este caso, tiene sentido hablar de herencia sin correspondencia alguna con las acciones del heredero, que debe tan solo aceptar el don recibido gratuitamente.

Jesús no quiere entrar en razonamientos, y su respuesta inmediata a la pregunta del “rico” es decirle: ¿Por qué me preguntas lo que la Escritura afirma con tanta claridad?: “Escucha, Israel: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo. Haz esto y vivirás”. Jesús le habla de los mandamientos, porque toda la Ley y los profetas, y, por tanto, los mandamientos, penden de este amor. Una cosa le falta a quien pretende haber cumplido los mandamientos del amor al prójimo: amar a Dios sobre todas las cosas. El que ama así, los cumple, y es de ese amor del que proviene la salvación. Pero el que pretende compartir su amor a Dios con el que tiene a sus bienes deprecia a Dios y se “ama” más a sí mismo, equivocada y carnalmente. Por eso los apóstoles dudan de la posibilidad de salvarse, y Jesús mismo les confirma que ese amor no es posible a los hombres con sus solas fuerzas. Solo el conocimiento (amor) trinitario de Dios: Padre, Espíritu y Verdad, lo puede dar, entendiendo por conocimiento la experiencia de su vida divina, de su amor, de su espíritu y de su gracia.

 Lo mismo podemos deducir del pasaje del Evangelio según San Lucas, que habla de un rey que, con diez mil, quiere enfrentarse al que viene contra él con el doble de fuerzas (cf. Lc 14, 31). Es necesario discernir la propia impotencia para buscar ayuda en Dios con todo nuestro ser, porque “todo es posible para Dios”.

El llamado “joven” rico se ha encontrado con un “maestro bueno” y quiere obtener de él la certeza de la vida eterna, que su seudo cumplimiento de la Ley no le ha dado. Cristo le pregunta qué tan maestro y qué tan bueno le considera, ya que solo Dios es el maestro bueno, que puede darle no solo una respuesta adecuada, sino alcanzarle lo que desea. Sabemos que se marchó triste porque tenía muchos bienes, pero su tristeza procedía de que su presunto amor a Dios era incapaz de superar el que sentía por sus bienes, que le impidió creer que en aquel Jesús estaba realmente su Señor y su Dios, para seguirle obedeciendo su palabra. Le fue imposible encontrar el tesoro escondido en el campo de la carne de Cristo. Le fue imposible discernir el valor de la perla que tenía ante sus ojos, pues, de haberlo descubierto, ciertamente habría vendido todo y le habría seguido. Como le dijo Jesús, una cosa le faltaba, pero no como añadidura, sino como fundamento de su religión: amar a Dios más que a sus bienes.

Es curioso, además, que en Marcos y Lucas el rico hable de “herencia”, como si esperase alcanzar la vida eterna con el mismo esfuerzo con el que se obtienen los bienes en herencia, es decir, sin ningún esfuerzo. Si vemos el desenlace del encuentro, podemos suponer que fue así, ya que no estuvo dispuesto a vender sus bienes. Según Mateo, parecía dispuesto a hacer algo para alcanzar la Vida, pero no fue así. Jesús parece decirle al rico: Has heredado muchos bienes y quieres asegurarlos para siempre, pero en el cielo esos bienes no tienen ningún valor si no son salados aquí por la limosna. La vida eterna es la herencia de los hijos, por eso, cuando hayas vendido tus bienes, “ven y sígueme”; hazte discípulo del “maestro bueno”; cree y llegarás a amar a tus enemigos, y entonces “serás hijo del Padre celeste” y tendrás derecho a la herencia de la vida eterna propia de los hijos.

En nosotros habita la muerte a consecuencia del pecado, pero Cristo la ha vencido para nosotros. Aquella parte de nosotros que abrimos a Cristo es redimida por él y transformada en vida, y aquella que nos reservamos permanece sin redimir y en la muerte. Si nuestro ser, en la Escritura, es designado como: corazón, alma y fuerzas, solo abriéndolo a Dios completamente nos abriremos a la vida eterna. Hay que amar a Dios con todas las tendencias del corazón, con toda la existencia y por encima de toda criatura, para alcanzar en él la Vida.

        Una cosa le faltaba ciertamente al rico seudo cumplidor de la Ley: acoger la gracia que abre el corazón y las puertas del Reino de Dios y da la certeza de la “vida eterna que se nos manifestó”; vida eterna que contemplamos en el rostro de Cristo, y de la que tenemos experiencia por su cuerpo y su sangre, pues “el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna”. Pero la carne de Cristo es su entrega por todos los hombres, y su sangre es la oblación que se derrama para el perdón de los pecados. Así pues, nos hacemos uno con la carne de Cristo y con su sangre cuando, consecuentemente, nuestra vida se hace entrega en Cristo por los hombres; cuando nos negamos a nosotros mismos, tomamos la cruz y lo seguimos, pues dice el Señor: “Donde yo esté, allí estará también mi servidor”. “Yo le resucitaré el último día” para incorporarlo a la vida eterna de Dios.  

         Que así sea.

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