La Sagrada Familia

La Sagrada Familia

A, Eclo 3, 2-6.12-14; Col 3, 12-21; Lc 2, 22-40 ó Lc 2, 22.39-40.

B, Ge 15, 1-6; 21, 1-3; Hb 11, 8.11-12.17-19; Lc 2, 22-40.

C, 1S 1, 20-22.24-28; 1Jn 3, 1-2.21-24; Lc 2, 41-52

Queridos hermanos:

Celebramos la fiesta de la Sagrada Familia, que en el trasfondo de la alegría anunciada por los ángeles, propia de la Navidad, y que lo será para todo el pueblo, destaca la cruz de la misión a la que es llamada en el Hijo.

La Sagrada Familia, que ha sido constituida por Dios, vive en castidad perfecta la unión virginal de María y José, está sujeta incondicionalmente a la voluntad de Dios, llevando a cabo su plan de salvación, haciendo crecer en su seno a Cristo, Palabra y Gracia de Dios, hasta la estatura adulta de su entrega en la cruz para la redención de los hombres, y permanece unida en medio de las dificultades de la vida, muchas y graves, que Dios ha permitido para ella. Dios ha querido realizar en ella un modelo de fe, en cuanto a la entrega fecunda y a la renuncia personal de los esposos en favor del Hijo, que vivirá sujeto a ellos. Modelo, por tanto, de amor esponsal en perfecta castidad, llevado a su plenitud por la presencia en cada uno de ellos del Espíritu Santo, en una vida de “humildad, sencillez y alabanza”.

Dios ha querido que nuestro Redentor fuera verdadero hombre y, en consecuencia, tuviera una verdadera familia y una historia humana en la que fuera preparada y realizada su misión de salvación. Esto debe cuestionarnos en nuestras expectativas respecto de nuestra familia y de nuestra vida, en la que tantas veces nos escandaliza la aparición de acontecimientos que se nos antojan adversos, precisamente porque no los contemplamos bajo el prisma de la fe, que ilumina su sentido último y trascendente con relación a la llamada de Dios. Si la misión de Cristo implicaba su oblación total, tendremos luz para comprender el sentido del sufrimiento, que lo acompañará siempre y con el que será preparado junto con su familia: “Experta en el sufrir”, como la considera un himno litúrgico.

Si bien Dios preserva la misión de su Hijo, no le evita los trabajos y sufrimientos que implica su auténtica redención, por la que se hizo hombre verdadero. “Era necesario que el Cristo padeciera”. Todo lo que implicaba la auténtica encarnación de Cristo requería que fuera tal su familia. Las gracias necesarias que se le concedieron no disminuyeron en nada su condición de familia humana. Su santidad ilumina aquella a la que somos llamados como familia en Cristo.

La santidad de Dios fue el motivo y la causa de la llamada a la santidad que hizo Dios a su pueblo: “Sed, pues, santos porque yo soy santo”. San Pablo dirá que para eso hemos sido elegidos en Cristo antes de la creación del mundo: “Para ser santos e inmaculados en su presencia por el amor”. Por eso la santidad no es algo abstracto, sino en relación con el amor: Sed santos con los demás como yo soy santo con vosotros.

La palabra nos ilumina la disposición total de la Sagrada Familia a la misión, y sus consecuencias, y por tanto a la voluntad de Dios. Internamente, esto se traduce en relaciones de amor entre sus miembros: cónyuges, padres e hijos, que no se miran a sí mismos, sino al bien del otro, como vemos en las lecturas. José, el menor en dignidad, será cabeza, y Jesús, el mayor, estará sujeto a ellos. San Pablo habla de que el marido es cabeza de la mujer, y vemos que en el Evangelio Dios dice a José y no a María lo que debe hacer la familia de su Hijo. Mientras su pueblo ignora y persigue a Cristo, será Egipto quien lo acoja y lo guarde de sus enemigos como ocurrió con José, el hijo de Jacob. Solo entonces: “De Egipto llamé a mi Hijo”, el nuevo y verdadero Israel.

“¡Familia en misión, Trinidad en misión!” (San Juan Pablo II, en 1988).

Proclamemos juntos nuestra fe.

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Los Santos Inocentes

Los Santos Inocentes

1Jn 1, 5-2, 2; Mt 2, 13-18

Queridos hermanos:

          Lo que manifestará de Jesús el anciano Simeón en la Presentación del Señor en el templo: “Señal de contradicción”, los evangelistas lo destacan de diversas formas continuamente, como esencial en la vida y la misión de Cristo, desde el momento de su concepción virginal en el seno de María y su nacimiento ignorado en un pesebre, hasta su rechazo y elevación en la cruz.

A diferencia de los sinópticos, Mateo pinta el nacimiento y la infancia del Salvador y Redentor con prodigios celestes y proféticos, en el marco de la esperanza de las Escrituras, la expectación del pueblo y el rechazo del mundo y los poderes de la impiedad, que, parafraseando el salmo segundo, se confabulan “contra el Señor y contra su Mesías”.

La serpiente antigua, camaleónica en el devenir de la historia, se travestirá de Faraón, Herodes o Nerón, por citar algunas personificaciones de la perenne persecución de los inocentes, que acompañará siempre la predestinación salvadora del amor divino.

En medio de las asechanzas de la envidia diabólica, Dios llevará siempre adelante su redención en la historia: Abrahán, José, Moisés, Cristo, testigos de la Verdad de Dios, Amor misericordioso, justo, eterno y fiel. 

San Beda ve en este martirio el anuncio profético de cuantos darían su sangre por el testimonio de Cristo a través de la historia, de modo que la inocencia y la humildad se convierten así en virtudes esenciales que reciben con la gracia del martirio aquellos elegidos para tal honor, preanunciado por el oráculo de Jeremías (31, 15). Al ladrón crucificado con Cristo le bastó su confesión postrera para blanquear su túnica, habiendo acogido la gracia que, como al hijo pródigo, se le concedió de “entrar en sí mismo” para levantarse de su mortal postración.

Por su lado, los santos inocentes, incapaces de proclamar su fe con palabras, fueron agraciados por el gemido de su sangre, que como la del justo Abel clamaba al Señor desde la tierra, siendo arrebatados con Él al paraíso. A semejanza de aquel de la viuda de Naín, el llanto de la Iglesia, como futura Raquel, por sus futuros hijos, hizo al autor de la vida glorificar a sus pequeños proto testigos.

          Que así sea.

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Navidad del Señor

Natividad del Señor

Misa vespertina: Is 62, 1-5; Hch 13, 16-17. 22-25; Mt 1, 1-25

Misa de Medianoche: Is 9, 1-6; Tt 2, 11-14; Lc 2, 1-14.

Misa de la Aurora: Is 62, 11-12; Tt 3, 4-7; Lc 2, 15-20.

Misa del Día: Is 52, 7-10; Hb 1, 1-6; Jn 1, 1-18.

Queridos hermanos:

Gran misterio el de esta fiesta, en la que el Hijo de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, venido del cielo al seno de la Virgen María, se dignó nacer entre nosotros. La salvación se hace luminosa en la conmemoración de su Nacimiento, como es esplendorosa en la Pascua que celebramos. Disipadas las tinieblas y las sombras de la muerte, brilla la luz de Dios en Belén, la “casa del pan”, y se manifiesta como vino nuevo en Caná. Pan y vino, Pascua y bodas, Dios y hombre verdadero: “Pan vivo bajado del cielo” (Jn 6, 41).

El Señor se desposa con su pueblo, que será la humanidad entera que él asumirá en un cuerpo mortal: “Me has dado un cuerpo para hacer, oh, Dios, tu voluntad” (Hb 10, 5-7). Ya el pesebre anuncia simbólicamente el Misterio de Pascua del Señor en el que la humanidad asumida deberá ser redimida entrando en la muerte de cruz. El gozo del amor tendrá que pasar por la angustia mortal; será un paso, una pascua a la victoria definitiva, en la que Jerusalén recibirá su nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor, anunciando su triunfo definitivo: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

La elección de la que habla el libro de los Hechos y su plenitud en el reino de David se cumplen en Cristo, definitivamente rey como atestigua el Evangelio. El llamado “Hijo de David” será el “Dios con nosotros”, Jesús, que salvará a su pueblo de sus pecados. Dios, rey, salvador y Redentor, un niño nos ha nacido, el Hijo se nos ha dado.

Con la venida de Cristo, el hombre ha visto a Dios, trayendo la vida nueva, para establecerlo en su nueva dignidad de hijo de Dios, e introducirlo en la vida eterna, liberando a la humanidad de la vieja esclavitud del pecado y de la muerte. 

La Navidad está, pues, unida inseparablemente al misterio pascual de la muerte y de la resurrección de Cristo, misterio de la salvación humana. No es solo un gozoso recuerdo de la venida de Cristo que trae la paz y la fraternidad entre los hombres; la Iglesia ve esta fiesta en relación estrecha con su futura muerte y resurrección, y a Jesús recostado en el pesebre se le aclama ya en la liturgia como el Redentor.

Celebrar la Pascua en Navidad significa expresar con la vida la nueva realidad de asemejarse al Hijo de Dios, de abrirse a la acción de la gracia, de buscar las cosas de arriba y de crecer en el amor fraterno. Alabamos a Dios, porque en estos tiempos que son los últimos, nos ha hablado por medio de su Hijo, asumiendo las fatigas de una vida nueva (Cf. I Padri Vivi, en la fiesta de Navidad. Ed. Città Nuova pp. 35 y 36).

Como el emperador César Augusto mandó a sus mensajeros anunciando el censo, así el verdadero Emperador manda a los suyos a realizar el padrón de la fe y su registro en el libro de la vida. Cuando un ángel anunció a los pastores la Buena Nueva, se le unieron multitud de ángeles diciendo: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres, porque el Señor los ama”. Así es también la alegría celeste cuando un discípulo la anuncia a sus hermanos (Cf. Anónimo del siglo IX. Hom. 2, 1-4. I Padri Vivi pp. 40 y 41).

Si Cristo, engendrado por el Espíritu Santo, concebido en el seno de María por la acogida de la palabra del Señor, fue dado a luz, nació de la Virgen y realizó su obra de salvación, también nosotros podemos concebir a Cristo, engendrado en nosotros por el Espíritu Santo mediante la fe y gestarlo en la fidelidad, de forma que nazca de nosotros, siendo visible a través de las obras de su amor, que el Espíritu Santo derrama en el corazón de todo el que cree.

             Proclamemos juntos nuestra fe.

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Domingo 4º de Adviento C. "Oh Rey de las naciones"

Domingo 4º de Adviento C “Oh Rey de las naciones” 

(Mi 5, 2-5a; Hb 10, 5-10; Lc 1, 39-45.

Queridos hermanos:

La palabra de este día está envuelta en manifestaciones celestes del Espíritu Santo, como corresponde al misterio de los hijos que guardan las madres en su seno, y al encuentro entre el mayor de los nacidos de mujer y el primogénito de toda la creación: la voz y la Palabra. La palabra nos presenta impotencia, incapacidad y humildad, que adquieren valor para quienes encuentran la grandeza de Dios, que no consiste tan solo en su poder, sino eminentemente en su amor y su misericordia. Solo así es posible al hombre reconocerse profundamente pequeño y acogerse humildemente a su auxilio. El conocimiento de Dios nos redimensiona y nos sitúa, dando esperanza al débil y humildad al soberbio. Belén puede alegrarse de su pequeñez y María de su insignificancia, porque las ha valorado el don del Señor.

Dios, que es grande y se complace en los pequeños, para actuar la salvación elige la impotencia humana para que nadie quede excluido de la gratuidad de su amor ni se pueda dudar de su misericordia. Para realizar grandes obras elige a las estériles y para engendrar al salvador, a una virgen que no conoce varón. Contemplamos hoy a Cristo encarnado en el seno de María, derramando el Espíritu Santo, y somos testigos de que las promesas del Señor llegan a su cumplimiento. La voluntad de Dios se hace accesible a nuestra incapacidad, porque el Verbo de Dios ha recibido un cuerpo para alcanzarnos esa voluntad gratuitamente.

El Espíritu Santo hace profetizar a Isabel, para exaltar la fe de María en las promesas que le han sido comunicadas de parte de Dios. María es “bendita entre las mujeres” como Yael y como Judit, que pisaron la cabeza del enemigo, figura del Adversario por antonomasia, cuya cabeza será aplastada por Cristo, la descendencia de María.

Dios se fija en la pequeñez de María y en la de Belén Efratá, en memoria de su siervo David, pues “el Señor no renuncia jamás a su misericordia, no deja que sus palabras se pierdan, ni que se borre la descendencia de su elegido, ni que desaparezca el linaje de quien le ha amado” (Eclo 47, 22). María se apoya en Dios en su pequeñez, y nosotros debemos hacerlo en nuestra debilidad, para poder alcanzar la dicha de ella por nuestra fe, pues también en Cristo nos ha sido anunciada la salvación.

El Señor se ha dignado visitarnos como salvador, y a nosotros se nos invita a creer en su palabra, exultar de gozo en el seno de la Iglesia, concebir a Cristo por la fe y darlo a luz por el amor.

Profesemos juntos nuestra fe.

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Quinta feria mayor de Adviento. "Oh sol"

Quinta feria mayor de Adviento “Oh Sol”

(Ct 2, 8-14; So 3, 14-18; Lc 1, 39-45)

Queridos hermanos:

          La palabra de este día está envuelta en manifestaciones celestes de ángeles y del Espíritu Santo, como corresponde al misterio de los hijos que guardan sus madres al encontrarse, unidos en la estirpe y en la gracia. El mayor entre los nacidos de mujer y el Primogénito de toda la creación: la voz y la Palabra, el Amor y la Esposa se encuentran, y el poder y la fecundidad de Dios hace fructificar a la virgen y a la estéril en medio del gozo y la exultación.

“María se puso en camino y se fue con prontitud”. María es movida por el Espíritu hacia Isabel, porque Cristo va al encuentro de Juan. El gozo de María es el de Cristo que vive en ella; Juan lo percibe junto con Isabel y hace exultar y profetizar a la madre, quedando ambos llenos del Espíritu: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; ¿y de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor? ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!”. El Espíritu Santo, por boca de Isabel, exalta la fe de María en las promesas que le han sido comunicadas de parte de Dios. La fe de la Iglesia es la de María y es la que se nos ofrece hoy a nosotros juntamente con la promesa del Espíritu, que dará fecundidad al desierto de nuestra vida.

Dios se fija en la humildad de María, a la que ha santificado desde su concepción: “El Señor no renuncia jamás a su misericordia, no deja que sus palabras se pierdan, ni que se borre la descendencia de su elegido, ni que desaparezca el linaje de quien le ha amado” (Eclo 47, 22).

María se apoyó en Dios en su pequeñez y nosotros debemos hacerlo en nuestra debilidad, para poder alcanzar la dicha de ella por nuestra fe, pues también a nosotros nos ha sido anunciada la salvación en Cristo.

Juan ha sido lleno del Espíritu y de gozo con la cercanía de Cristo. Nosotros, en la Eucaristía, somos llamados no solo a su cercanía, sino a hacernos un espíritu con él, de manera que el “Dios con nosotros” llegue a ser Dios en nosotros. Recibámoslo con fe y que su gozo llene nuestro corazón y lo bendiga nuestra boca.

          Que así sea.

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Tercera feria mayor de Adviento. "Oh renuevo del tronco de Jesé"

Tercera feria mayor de Adviento. “Oh renuevo del tronco de Jesé”

(cf. San Juan Bta.)

(Jc 13, 2-7.24-25; Lc 1, 5-25)

Queridos hermanos:

En esta tercera feria mayor del Adviento, la palabra nos hace reflexionar sobre la iniciativa, la elección y el poder de Dios para salvar, sin detenernos a considerar la acción misma de salvación. “Dios es favorable”, y ese será el nombre de Juan, llamado a encarnar el kairós por excelencia de la historia. Será el mensajero del “Año de gracia del Señor”. Hijo de Zacarías (Recuerdo del Señor) y de Isabel (Descanso), hijo de padres justos y él mismo, lleno de Espíritu Santo ya desde el seno materno.

Como signo de que va a sacar vida de la muerte, Dios elige a través de la historia a mujeres estériles incapaces de dar vida, que nos hacen presente su intervención; que Él es la vida y para Él no hay nada imposible. La Escritura está llena de estériles fecundas: Sara, Rebeca, Raquel, la madre de Sansón, Ana e Isabel, que nos muestran su elección por parte de Dios. El fruto de sus entrañas será solo obra del poder de Dios, cuyo designio es comunicado generalmente por el anuncio del enviado, que deberá ser acogido por la fe: “concebirás y darás a luz un hijo”. En el caso de María, su infecundidad será fruto de su virginidad y no de defecto físico alguno, inaceptable en la maternidad del sumo bien, bondad y belleza en Cristo.

Es sorprendente la “incredulidad” de Zacarías, de quien la Escritura afirma su justicia y el caminar sin tacha ante Dios. También en el Evangelio vemos a los apóstoles dudar aun viendo a Cristo resucitado. San Lucas dice: “A causa de la alegría” (Lc 24, 41). El problema en Zacarías puede ser el de mirarse a sí mismo frente a la magnitud del acontecimiento, y sorprenderse de la gratuidad y la magnanimidad de Dios para elegir a alguien tan insignificante, hasta el punto de hacerle dudar. Sería una incredulidad motivada por considerar su indignidad, y no una duda del poder de Dios. De cualquier forma, lo que sí podemos deducir del acontecimiento es que, aun en gracias tan grandes, Dios respeta nuestra libertad sin imponerse ni condicionar nuestra razón de forma absoluta.

Dios elige desde el seno materno y aún antes, y provee lo necesario para la realización de su plan sin someterse a criterios humanos de valor; nos conoce desde antes de ser formados en las entrañas, y arrastra con la fuerza de su Espíritu a sus elegidos para la misión. Juan hará posible la reconciliación entre padres e hijos, para que, dejando toda rebeldía, adquieran la prudencia de los justos a la espera del Señor.

La salvación de Dios deberá ser acogida por la fe, por lo que es necesario un corazón bien dispuesto por la conversión. A eso va encaminada toda la predicación de Juan, y ahora de la Iglesia, a través de la liturgia, sirviéndonos la Palabra y la exhortación que nos disponga a la acogida del Señor como centro de nuestra vida.

Que así sea.

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Domingo 3º de Adviento C "Gozaos"

Domingo 3º de Adviento C “Gozaos”.

(So 3, 14-18; Flp 4, 4-7; Lc 3, 10-18)

Queridos hermanos:

          El Señor está cerca. El Amor se alegra al amar; se goza, como dice Sofonías en la primera lectura; y alegra también el corazón del hombre como el buen vino; como el vino nuevo dejado para el final. El Señor viene a salvar y se alegra, enmudeciendo ante los tormentos a los que su amor será sometido (cf. Is 53, 7), pero: “Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor ni anegarlo los ríos.” Lo sabe también san Pablo, encarcelado por amor a Cristo: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna.”

          Se acerca el fuego de este amor con el que el Espíritu Santo viene a bautizarnos. Se anuncia a Cristo, y hay que acogerlo con la conversión del corazón, escuchando a su profeta. Viene el fuego del Espíritu, que consume y purifica, que acrisola y fecunda, llenando el mundo de paz. Viene el amor que hace posible al hombre lo que sólo es posible para Dios. Viene el amor del Padre en su Hijo, encarnado y visible, que se hace Don en el Espíritu Santo.

          Para recibir lo inalcanzable de Dios, el hombre debe disponerse ampliando al máximo su capacidad, reduciendo al mínimo sus ansias de posesión. Debe llenarse de la justicia y vaciarse de la impiedad. Abajar su vanidad y su orgullo y rellenar ante el Señor la escabrosidad socavada por las pasiones.

          El Señor está a las puertas dejando oír la voz del mensajero que clama, para que se le franqueen los corazones y pueda entrar a cenar, volviendo la noche en fiesta, la oscuridad en luz, la tristeza en gozo y la soledad en amor. La esterilidad del alma se hará fecunda, los entendimientos se iluminarán, se sublimarán los sentimientos, y la esperanza quedará fortalecida, para que podamos caminar a su luz, guiados por sus preceptos.

          ¡Ven Señor, no tardes más en venir! Arrástranos tras de ti y te seguiremos de todo corazón; danos vida para que invoquemos tu nombre. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti. A ti, Señor, nos acogemos, y no quedaremos defraudados.

              Proclamemos juntos nuestra fe.

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Lunes 2º de Adviento

Lunes 2º de Adviento

(Is 35, 1-10; Lc 5, 17-26)

Queridos hermanos:

          En esta palabra aparece la fe que Cristo percibe en aquellos hombres y también podemos presumir la caridad para con el enfermo de los que lo llevan y la intrepidez de su amistad, pero lo realmente importante es la acción de Cristo, que además es signo de la salvación definitiva, que es su misión. Siendo la fe que comparten “ellos”, la que obtiene al paralítico el perdón, podemos presumir que también compartan el perdón, que es la consecuencia de su fe. La curación es solamente el signo del poder de Cristo para salvar, como testimonio ante aquellos fariseos y doctores, del que deberán responder si lo rechazan.

          Es importante destacar la “obra” que realizan juntos de: “abrir el techo encima de donde Él estaba,” y que el evangelista interpreta diciendo: “Viendo la fe de ellos”. Hay ocasiones extremas, en las que la oración requiere pasar a la acción heroica de un amor, por el que se niega uno a sí mismo en favor del otro; que no sólo implica nuestra preocupación o nuestro tiempo, sino que incluso requiere involucrar nuestro dolor o nuestra propia vida, como ha hecho Cristo por nosotros.

Por el pecado ha proliferado el mal sobre la creación, que ha quedado sometida a la frustración y a la muerte. El suelo ha quedado maldito, pero los profetas anuncian que la creación será restaurada, cuando llegue la salvación de Dios, por el perdón de los pecados, apareciendo sobre la tierra el nuevo paraíso que describe la primera lectura de Isaías.

Estas son las “cosas admirables” (increíbles) de las que habla el Evangelio, y que Cristo realiza, como signos de que ha llegado el cumplimiento de las profecías; de que el Mesías ha llegado, y con él, el perdón de los pecados. Los judíos deben discernir el significado de los signos que Dios realiza por Cristo, y por eso les dice Jesús: “Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar;” que el Reino de Dios ha llegado; que Dios mismo está con nosotros. No tienen pues, excusa, quienes han recibido el testimonio que Dios da con sus obras: “Las obras que realizo dan testimonio de mí,” dirá Cristo. Por eso la creación puede ser liberada de la muerte, consecuencia del pecado, o como en este caso, de la enfermedad de la parálisis.

La muerte ha sido vencida y el mal debe retroceder ante la fe que salva a quien acoge a Cristo; él es la salvación de Dios. Cuando Cristo ve esa fe en los hombres, puede testificar el perdón de los pecados y la curación, que es una añadidura y un testimonio, que hace responsables a cuantos lo reciben y a cuantos lo contemplan; en aquel caso, a las ovejas perdidas de la casa de Israel a las que el Señor fue enviado y hoy a nosotros, a quienes se da esta palabra.

Hoy también mediante el testimonio de la palabra, se hace presente la salvación para todo el que cree. Esta es la fe que expresamos en la Eucaristía cuando decimos ¡amén! a Cristo y a su entrega por nosotros: a su muerte, y a su resurrección.

¡Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección! ¡Ven, Señor!

Que así sea.

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La Inmaculada Concepción

                                     Inmaculada Concepción de Santa María Virgen

Ge 3, 9-15; Flp 1, 4-6.8-11; Lc 1, 26-38

 Queridos hermanos.

         Celebramos en este día la plenitud de gracia concedida por Dios a María en virtud de la redención de la humanidad realizada por Cristo y en función de nuestra santificación, preservando del pecado original a la que iba a ser arquetipo de la Iglesia, madre de su Hijo encarnado, nuestro salvador.  

La fiesta fue instituida en Roma el año 1476, por el Papa Urbano IV y fue hecha su declaración dogmática en el año 1854, por el Papa Pío IX.

 La palabra de esta liturgia nos presenta el llamado “Protoevangelio,” anuncio de la victoria de Cristo sobre el diablo, cuyo primer fruto es precisamente la inmaculada concepción de la Santísima Virgen María que hoy contemplamos.

Por la unión indisoluble de Dios con la naturaleza humana, ha sido rota la cadena del pecado y ha comenzado la gracia de la regeneración de la humanidad. María es la primera redimida y santificada, “llena de gracia,” como le fue anunciado por el arcángel Gabriel. De esta gracia nos beneficiamos todos, llamados gratuitamente a la santidad que Dios ha hecho brillar en ella y a la nueva creación, de la que ella es prototipo en Cristo Jesús. En ella somos ennoblecidos con la belleza del más bello de los hombres, con la que ha engalanado a su madre.

Como en todas las fiestas de la Virgen, le dirigimos nuestra mirada, en primer lugar, para contemplar la obra del Señor en ella y, en segundo lugar, la que el Señor quiere realizar en nosotros según su promesa. En ambos casos nos encontramos ante la gracia del Señor. Por gracia fue ella preservada del pecado y por gracia somos nosotros purificados de él. Ella para dar a luz en la carne, al que llevaba en su seno por el Espíritu y nosotros para dar a luz en la fe, al que quiso asumir de ella nuestra carne. Ella no dijo no, a esta gracia, para que nosotros pudiéramos decir sí, por pura gracia. Ella no dijo no, porque nosotros no podíamos decir sí.

En María somos hoy invitados a acoger la buena noticia de nuestro rescate, a creer en el amor gratuito de Dios y a decir con María que se haga en nosotros su voluntad. De manera que: “El Espíritu Santo venga sobre nosotros y el poder del Altísimo nos cubra con su sombra, para que, el que nazca de nosotros sea santo y se le llame hijo de Dios.”

Que así sea en nosotros.

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Sábado 1º de Adviento

Sábado 1º de Adviento

(Is 30, 18-21.23-26; Mt 9, 35-10,1.5a.6-8)

Queridos hermanos:

          Esta palabra hace presente la centralidad de la misión de Cristo y de la Iglesia: Proclamar el Reino de Dios comenzando por el Israel creyente, de sinagoga en sinagoga, por ciudades y pueblos, con las palabras y los signos que lo acompañan, compadeciéndose también de la muchedumbre abandonada a su impiedad. Cristo ha sido enviado a las ovejas perdidas, aunque no descuida a las que permanecen “fieles”.

          Por la misión, el mal retrocede en el corazón de los hombres y Satanás cae de su encumbramiento.

«Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.» Pedid a Dios que suscite mensajeros a los que enviar, para pastorear a los que se pierden por falta de cuidado pastoral. Siendo el Señor quien llama, quien lo puede todo y quien quiere la salvación del hombre, pide, no obstante, la oración de los discípulos. Qué grande es la fuerza de la oración y qué prioritario es en la misión, como en la “pastoral vocacional,” el celo evangelizador de los discípulos y de la Iglesia. Dios, que puede sacar de las piedras hijos de Abrahán, quiere que la salvación se haga a través de nuestro amor; quiere la sintonía de nuestro corazón con el suyo. Por eso ha querido encarnarse él mismo, en Cristo, enviando su Espíritu Santo sobre toda carne, de forma que sea el amor el que lo guie todo.

Cada carisma de salvación es sometido por Dios a la aceptación humana libre y gozosa de cada pastor y de cada hombre, como corresponde a un corazón que ama los deseos del Señor. Cristo le decía a Madre Teresa: Quiero esto de ti. ¿Me lo negarás? El que Cristo enseñe a los discípulos a orar para que Dios envíe obreros a su mies, hace que cada discípulo se abra, él mismo, a la misión, diciendo como Isaías: Heme aquí, envíame.  

La Iglesia tiene el corazón de Cristo: su celo por la oveja perdida; y ese debe ser el corazón de los pastores y de cuantos hemos recibido el Espíritu Santo. Cuando Cristo envía a sus discípulos les dice: “Id más bien a las ovejas perdidas.” Es fácil encontrar pastores que se apacienten a sí mismos, que cuidan de su propia oveja, pero hay que pedir a Dios pastores que cuiden de sus ovejas, con especial celo por las descarriadas.

Que así sea.

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San Francisco Javier

San Francisco Javier

Is 11, 1-10; Lc 10, 21-24

Queridos hermanos:

          En esta memoria de San Francisco Javier, misionero por excelencia, jesuita, español, la liturgia nos presenta en el contexto del regreso de los 72 discípulos enviados por el Señor, el pasaje del evangelio según san Lucas, en el que Cristo agradece al Padre, el revelar los misterios del Reino a los pequeños.

          Paisano y discípulo de san Ignacio, Francisco (Javier), parte a los confines de la tierra, encendido de amor al Señor, a predicar el Evangelio a los pequeños, en los que encuentra el deseo profundo de conocer a Dios, y lamenta que, por falta de misioneros, tantos queden sin la gracia de ser cristianos.

          Ejemplo para nosotros del celo por el Evangelio, Javier nos llama a responder a la gracia del Señor, que, por nuestro bautismo, nos llama a seguirlo, negándonos a nosotros mismos, allí donde hemos sido convocados para ejercer nuestra misión profética, en el seno del cuerpo místico de Cristo, iluminando con nuestra fe, a tantos hermanos que viven aún en las tinieblas de un mundo alejado de la luz de Jesucristo, en quien el Padre nos ha manifestado su amor.

          El Señor, que ha tenido a bien revelarnos a su Hijo, hace brotar en nosotros el agradecimiento y la bendición de su Nombre, por su misericordia y su piedad para con nosotros y por su amor por un mundo extraviado que camina como rebaño sin pastor, a merced de los lobos y los engaños del embustero y padre de la mentira. 

          Que este Adviento mueva nuestro corazón al testimonio de Cristo, viviendo en la vigilancia y la sobriedad, mientras esperamos con amor su venida gloriosa.

          ¡Ven Señor! Que pase este mundo y que venga tu Reino.

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