La Sagrada Familia B

 La Sagrada Familia

Eclo 3, 2-6.12-14; Col 3, 12-21; Lc 2, 22-40 ó Lc 2, 22.39-40.

B Ge 15, 1-6; 21, 1-3; Hb 11, 8.11-12.17-19; Lc 2, 22-40.

Queridos hermanos:

Celebramos la fiesta de La Sagrada Familia, que en el trasfondo de la alegría anunciada por los ángeles, propia de la Navidad, y que lo será para todo el pueblo, destaca la cruz de la misión a la que es llamada en el Hijo.

La Sagrada Familia, que ha sido constituida por Dios, vive en castidad perfecta la unión virginal de María y José, está sujeta incondicionalmente a la voluntad de Dios, llevando a cabo su plan de salvación, haciendo crecer en su seno a Cristo, Palabra y Gracia de Dios, hasta la estatura adulta de su entrega en la cruz para la redención de los hombres, y permanece unida en medio de las dificultades de la vida, muchas y graves, que Dios ha permitido para ella. Dios ha querido realizar en ella un modelo de fe, en cuanto a la entrega fecunda y a la renuncia personal de los esposos en favor del Hijo, que vivirá sujeto a ellos. Modelo, por tanto, de amor esponsal en perfecta castidad, llevado a su plenitud por la presencia en cada uno de ellos del Espíritu Santo, en una vida de “humildad, sencillez y alabanza”.

Dios ha querido que nuestro Redentor fuera verdadero hombre y en consecuencia tuviera una verdadera familia y una historia humana en la que fuera preparada y realizada su misión de salvación. Esto debe cuestionarnos en nuestras expectativas respecto de nuestra familia y de nuestra vida, en la que tantas veces nos escandaliza la aparición de acontecimientos que se nos antojan adversos, precisamente porque no los contemplamos bajo el prisma de la fe, que ilumina su sentido último y trascendente en relación a la llamada de Dios. Si la misión de Cristo implicaba su oblación total, tendremos luz para comprender el sentido del sufrimiento, que lo acompañará siempre y con el que será preparado junto con su familia: “Experta en el sufrir” como la llama un himno litúrgico. 

Si bien, Dios, preserva la misión de su Hijo, no le evita los trabajos y sufrimientos que implica su auténtica redención, por la que se hizo hombre verdadero. “Era necesario que el Cristo padeciera”. Todo lo que implicaba la auténtica encarnación de Cristo, requería que fuera tal su familia. Las gracias necesarias que se le concedieron, no disminuyeron en nada su condición de familia humana. Su santidad, ilumina aquella a la que somos llamados como familia en Cristo.

La santidad de Dios, fue el motivo y la causa de la llamada a la santidad que hizo Dios a su pueblo: “Sed, pues, santos porque yo soy santo.” San Pablo dirá que para eso hemos sido elegidos en Cristo antes de la creación del mundo: “Para ser santos e inmaculados en el amor.” Por eso la santidad no es algo abstracto, sino en relación al amor: Sed santos con los demás como yo soy santo con vosotros.

La palabra nos ilumina la disposición total de la Sagrada Familia a la misión, y sus consecuencias, y por tanto a la voluntad de Dios. Al interno, esto se traduce en relaciones de amor entre sus miembros: cónyuges, padres e hijos, que no se miran a sí mismos, sino al bien del otro, como vemos en las lecturas. José, el menor en dignidad, será cabeza, y Jesús, el mayor, estará sujeto a ellos. San Pablo habla de que el marido es cabeza de la mujer, y vemos que en el Evangelio, Dios dice a José y no a María lo que debe hacer la familia de su Hijo. Mientras su pueblo ignora y persigue a Cristo, será Egipto quien lo acoja y lo guarde de sus enemigos como ocurrió con José en Egipto. Sólo entonces: “De Egipto llamé a mi Hijo”, el nuevo y verdadero Israel.

 “¡Familia en misión, Trinidad en misión!”

                                       (San Juan Pablo II, en 1988).

 Proclamemos juntos nuestra fe.

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Quinto día de la octava de Navidad

Quinto día de la octava de Navidad

1Jn 2, 3-11; Lc 2, 22-35

Queridos hermanos:

          Contemplamos hoy la Presentación del Señor, en la que Cristo, es “luz de las gentes” según Isaías, refiriéndose al Siervo, o “luz de las naciones”, como lo denomina Simeón. Cristo mismo dirá: “Yo soy la luz del mundo”. El Señor a través de Simeón y Ana, nos presenta a su Hijo como salvador, redentor, luz del mundo, gloria de su pueblo y señal de contradicción; siempre que se menciona a Cristo en las Escrituras, aparece acompañado de la cruz, candelero en el que el Padre, Dios, ha puesto su luz para que alumbre a todos los de la casa, anunciadora de su Misterio de Pascua: muerte y resurrección: “Escándalo para los judíos y necedad para los gentiles, mas para los llamados, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.”

          Nosotros contemplamos hoy esta luz que entra por primera vez en el Templo, en carne mortal. La tradición lo hacía con las candelas encendidas, pues también nosotros por el espíritu de Cristo somos portadores de luz, y según las palabras del Señor, luz para el mundo. Cristo, entrando en el templo y pagando el rescate de los primogénitos, nos hace también presente la salvación pascual de su pueblo de la esclavitud de Egipto, figura que en él va a tener pleno cumplimiento de alcance total y universal.

          La palabra de Malaquías hace presente otra entrada de Cristo en el templo, en la que habrá sido precedido por su mensajero Juan el Bautista, y él mismo visite su casa, no ya como cualquier judío piadoso, sino como el Señor, cuando terminado el tiempo de higos, tiempo para sentarse junto a la parra y la higuera, sobrevenga el tiempo del juicio, que comenzará por el templo. Entonces, el árbol que no dé fruto será cortado y arrojado al mar; se secará como la higuera, o será arrasado como el templo, por no haber conocido el día de su “visita”. A esto se refiere Simeón cuando dice: “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, señal de contradicción”, o como dice Malaquías: “¿Quién podrá soportar el Día de su venida?”

          Nosotros, recordando ahora este acontecimiento profético, celebramos el memorial sacramental de su pleno cumplimiento en la Pascua de Cristo: La muerte ha sido vencida en la Pascua de este cordero inmaculado, y el faraón diabólico ha sido despojado de sus cautivos. Velemos, pues, porque el Señor nos visita con frecuencia en busca del fruto del amor que él mismo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, como luz, que nos ha obtenido con su cruz y su resurrección, y que aceptamos con nuestro amén en la comunión de su cuerpo y su sangre.

          Que así sea.

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Navidad

La Natividad del Señor

Misa vespertina: Is 62, 1-5; Hch 13, 16-17. 22-25; Mt 1, 1-25

Misa de Medianoche: Is 9, 1-6; Tt 2, 11-14; Lc 2, 1-14.

Misa de la Aurora: Is 62, 11-12; Tt 3, 4-7; Lc 2, 15-20.

Misa del Día: Is 52, 7-10; Hb 1, 1-6; Jn 1, 1-18.

Queridos hermanos:

          Gran misterio el de esta fiesta, en la que el Hijo de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, venido del cielo al seno de la Virgen María, se dignó nacer entre nosotros. La salvación se hace luminosa en la conmemoración de su Nacimiento, como es esplendorosa en la Pascua, que celebramos; disipadas las tinieblas y las sombras de la muerte, brilla la luz de Dios en Belén, la “casa del pan” y se manifiesta como vino nuevo en Caná. Pan y vino, Pascua y bodas, Dios y hombre verdadero: “pan vivo bajado del cielo (Jn 6, 41)”.

          El Señor se desposa con su pueblo, que será la humanidad entera que él asumirá en un cuerpo mortal: “me has dado un cuerpo para hacer, oh Dios, tu voluntad” (Hb 10, 5-7). Ya el pesebre anuncia simbólicamente el Misterio de Pascua del Señor en que la humanidad asumida deberá ser redimida entrando en la muerte de cruz. El gozo del amor tendrá que pasar por la angustia mortal; será un paso, una pascua a la victoria definitiva, en la que Jerusalén recibirá su nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor, anunciando su triunfo definitivo: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.”

          La elección de la que habla el libro de los Hechos y su plenitud en el reino de David, se cumplen en Cristo, definitivamente rey como atestigua el Evangelio. El llamado “Hijo de David”, será el “Dios con nosotros”, Jesús, que salvará a su pueblo de sus pecados. Dios, rey, salvador y Redentor, un niño nos ha nacido, el Hijo, se nos ha dado.

          Con la venida de Cristo, el hombre ha visto a Dios, trayendo la vida nueva, para establecerlo en su nueva dignidad de hijo de Dios, e introducirlo en la vida eterna, liberando a la humanidad de la vieja esclavitud del pecado y de la muerte.

          La Navidad está, pues, unida inseparablemente al misterio pascual de la muerte y de la resurrección de Cristo, misterio de la salvación humana. No es sólo un gozoso recuerdo de la venida de Cristo que trae la paz y la fraternidad entre los hombres; la Iglesia ve esta fiesta en relación estrecha con su futura muerte y resurrección, y a Jesús recostado en el pesebre se le aclama ya en la liturgia como el Redentor.

          Celebrar la Pascua en Navidad, significa expresar con la vida, la nueva realidad de asemejarse al Hijo de Dios, de abrirse a la acción de la gracia, de buscar las cosas de arriba, y de crecer en el amor fraterno. Alabamos a Dios, porque en estos tiempos que son los últimos, nos ha hablado por medio de su Hijo, asumiendo las fatigas de una vida nueva.

          (Cf. I Padri Vivi, en la fiesta de Navidad. Ed. Citta Nuova pp. 35 y 36.)

          Como el emperador Cesar Augusto mandó a sus mensajeros anunciando el censo, así el verdadero Emperador manda a los suyos a realizar el padrón de la fe y su registro en el libro de la vida. Cuando un ángel anunció a los pastores la Buena Nueva, se le unieron multitud de ángeles diciendo: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres, porque el Señor los ama”. Así es también la alegría celeste cuando un discípulo la anuncia a sus hermanos.

                    (Cf. Anónimo del siglo IX. Hom. 2, 1-4. I Padri Vivi pp. 40 y 41.)

          Si Cristo, engendrado por el Espíritu Santo, concebido en el seno de María por la acogida de la palabra del Señor, fue dado a luz, nació de la Virgen y realizó su obra de salvación, también nosotros podemos concebir a Cristo, engendrado en nosotros por el Espíritu Santo, mediante la fe y gestarlo en la fidelidad, de forma que nazca de nosotros, siendo visible a través de las obras de su amor, que el Espíritu Santo derrama en el corazón de todo el que cree.

          Proclamemos juntos nuestra fe.

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Domingo 4ºde Adviento B

 

Domingo 4º de Adviento B 

(2S 7, 1-5.8-12.14-16; Rm 16, 25-27; Lc 1, 26-38)

Queridos hermanos:

Celebramos el último domingo de Adviento y la liturgia nos presenta la fidelidad de Dios a sus promesas de salvación, y a Jesús como el salvador que viene a perdonar los pecados y a destruir la muerte. Viene a revelar el misterio escondido desde antiguo como decía la segunda lectura: La llamada universal a su Reino eterno prometido a David.

Todas las promesas apuntan a Cristo como el elegido para nuestra salvación, asumiendo la virulencia del mal para destruirlo. En él, Dios se ha elegido un rey y un linaje para siempre; una casa que no será destruida, y que hará sucumbir a las puertas del infierno.

El plan de Dios para salvar al mundo está en acto. Se ha cumplido el tiempo: el mensajero celestial anuncia las primicias del Evangelio, la Virgen acoge el anuncio de la Buena Nueva, y el salvador es engendrado en su seno por obra del Espíritu Santo.

La salvación revelada a los profetas, es ahora anunciada por el arcángel Gabriel a María, que acepta la voluntad de Dios y concibe a Cristo. La justicia nos mira desde el cielo y la misericordia brota de la tierra. La tierra ha dado su fruto, nos bendice el Señor nuestro Dios.

Contemplemos hoy a María concebir por la fe y acoger en la esperanza al que es la Caridad misma de Dios: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti; el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y se le llamará Hijo de Dios”. Esta buena noticia se cumple en todo el que cree.

También nosotros somos evangelizados con María. Cristo debe ser concebido por nosotros por la fe y dado a luz mediante las obras del amor de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. La salvación está cercana, y hay que disponerse a acogerla reconociendo el amor de Dios para con nosotros, y la fuerza de su poder, porque no hay nada imposible para Él.

La Buena Noticia se sigue proclamando y busca quien la acoja y la encarne, de forma que la salvación de Cristo alcance en cada generación a quienes crean en la Palabra creadora del mundo y redentora de la humanidad.

La respuesta natural a esta palabra es la alegría del corazón, oprimido por el mal. El enemigo ha sido vencido por misericordia de Dios, y comienza nuestra liberación.

La Eucaristía viene a buscarnos para unirnos al Salvador haciéndonos un solo espíritu con él.

            Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sexta feria mayor de Adviento Oh Rey de las naciones

Sexta feria mayor de Adviento “Oh Rey de las naciones”

 (1S 1, 24-28; Lc 1, 46-56)

Queridos hermanos:

La palabra de hoy nos presenta las acciones de gracias de Ana y de María, madres por la gracia de Dios, que escucha la oración y se fija en la humildad para ser fiel a su promesa. Dios no defrauda y nos invita a confiar en él y a no dudar de su poder, pues también nosotros hemos sido evangelizados con la promesa de un fruto que saldrá de nuestros corazones y que será obra de Dios.

Con la elección de Samuel, el hijo de Ana, como profeta, comienza el anuncio de un nuevo sacerdocio, pero será con Cristo el hijo de María, con quien Dios se prepara el sumo y eterno sacerdocio, que intercederá eficaz y perfectamente por toda la humanidad,  

Dios sigue dando a su Iglesia mediante su elección gratuita nuevos servidores como Samuel, el hijo de Ana, y nos propone su total entrega y dedicación, figura de las de Cristo, el hijo de María, a cuya misión hemos sido llamados y estamos siendo incorporados.

Exultemos, pues, con estas dos bienaventuradas madres en el Señor, que a través de nuestra madre la Iglesia, nos da a Cristo en la Eucaristía, y unámonos a su acción de gracias, nosotros que hemos sido llamados a su servicio, gratuitamente, desde la bajeza de nuestros pecados, y nos ha colmado de sus gracias.

Que la Eucaristía nos una cada vez más firmemente a Cristo en su seguimiento y en la entrega a nuestros hermanos.

Que así sea.

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Domingo 3º de Adviento B "Gaudete"

Domingo 3º de Adviento B ¡Gaudete! (¡Regocijaos!)

(2023: “Oh Sabiduría”)

(Is 61, 1-2. 10-11; 1Ts 5, 16-24; Jn 1, 6-8. 19-28)

Queridos hermanos:

          En este 2023, el tercer domingo de Adviento, “Gaudete”, coincide con la primera de las “ferias mayores” de Adviento: “Oh Sabiduría”, en las que la liturgia centra ya su mirada en el misterio del nacimiento de Cristo, dándoles a las antífonas de vísperas, nombres proféticos del Mesías que figuran en las Escrituras.

  Domingo de “regocijo” en medio de la vigilante espera de la venida gloriosa del Señor y de su humilde presencia en carne mortal para nuestra salvación. El Señor se encuentra ya entre nosotros y su manifestación se hace inminente, acrecentando el gozo por la salvación ya próxima. El profeta Isaías movido por el Espíritu, nos anuncia en la primera lectura el “año de gracia del Señor” cuyo cumplimiento proclamará Cristo en la sinagoga de Nazaret.

  Se escucha “la voz” que lo anuncia, y que debe dar paso a la Palabra, como la aurora cede su claridad en favor de la luz y el calor del sol, plenitud de su resplandor y perfección de su verdad; así la “justicia” debe dar paso a la Santidad, la “ley” a la Gracia, y el “mensajero” a su Señor.

El Señor se hace presente ocultamente para manifestarse después; el “hijo del carpintero” se revelará “Cordero de Dios”; el niño envuelto en pañales, recostado en un pesebre, será reconocido como el Salvador, el Mesías, y el Señor, manifestado al mundo con su resurrección.

Crecen la espera, el gozo y la “alegría”, y la atención se aviva ante el deseo de encontrar al Esperado de todos los tiempos y al Deseado de todos los corazones. Se acerca el Esposo, y las entrañas de la esposa destilar mirra fluida al escuchar su voz. Hay que agudizar el discernimiento y eliminar toda mancha: ¡vigilancia y calma!  

La voz del Juan Bautista sigue clamando “preparad el camino del Señor”. Debe ser removido todo obstáculo del corazón ante su llegada, para que las murallas de nuestra libertad dejen el paso franco, abriendo al Señor las puertas de nuestra  voluntad, a la conversión. El velo de nuestros ojos será removido, se abrirán nuestros oídos, y nuestro corazón se conmoverá para acoger la salvación. Seremos luz en el Señor, pequeños, nacidos de la gracia, y acogidos en el Reino de los Cielos.

San Pablo nos invita a la oración constante y a la apertura a la acción del Espíritu que se nos da en la Eucaristía.

        Proclamemos juntos nuestra fe.                                                                                                                                                                          www.jesusbayarri.com

Domingo 2º de Adviento B

Domingo 2º de Adviento.  B 

(Is 40, 1-5.9-11; 2P 3, 8-14; Mc 1, 1-8)

Queridos hermanos:

          Ya que el hombre se ha hecho incapaz de volver a Dios por el pecado, es el Señor quien toma la iniciativa creando puentes para encontrarse con él a través de la gracia de la conversión, dándole la posibilidad de acogerlo; de que se abran sus oídos, sus ojos y su corazón a su gracia.

El Reino de Dios se acerca para que recibamos el Espíritu Santo, creando un nuevo pueblo de judíos y gentiles, en el amor y el conocimiento de Dios derramado en nuestros corazones. Ésta es la diferencia entre el bautismo de Juan y el de Cristo.

La profecía de Isaías sitúa esta Palabra, en el contexto de que Dios quiere consolar a su pueblo, porque ya ha pagado por sus pecados (Is 40, 1ss). La consolación le vendrá por la acogida de la gracia de la conversión, que le llegará mediante el anuncio del “mensajero” del Señor, que viene delante del Salvador preparando su camino. Después vendrá el Señor a perdonar sus pecados y a bautizar en el fuego del Espíritu.

          Dios proclama su Palabra de vida, a oídos de aquel que ha elegido para llevarla a cumplimiento, y escucharla es ya recibir la misión y el poder de que se realice. Los evangelistas identifican a este mensajero con Juan (“ha sido dado”) el Bautista, que prepara el camino de Cristo invitando a la conversión, mediante la confesión de los pecados, la penitencia, y el bautismo.

          El camino del Señor debe prepararse en el desierto, por el cual, como en un nuevo Éxodo, Dios va a caminar para conducir a su pueblo de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida. El desierto será siempre para Israel referencia insustituible. La añoranza de su primer amor, donde ha visto realizarse que los caminos de Dios han sido sus caminos. Dios caminaba en medio de ellos. Él era su luz, su protección, su guía y su pastor. 

          El camino del Señor, queda preparado en aquellos que acogen a su mensajero, en este caso a Juan Bautista, sometiéndose a su bautismo y aceptando la conversión. La gracia que lleva en sí esta Palabra, les abre los ojos, los oídos y el corazón a Cristo. En cambio para quien rechaza al mensajero, esta gracia permanece inaccesible: Mirará y no verá; oirá y no escuchará; no comprenderá, su corazón no se convertirá, y no será curado. (cf. Is 6, 9-10). Para san Lucas, esta es la causa de que ni fariseos ni legistas pudieran acoger a Cristo: “al no aceptar el bautismo de él (Juan el Bautista), frustraron el plan de Dios sobre ellos”, (Lc 7, 30) mientras hasta los publicanos y las prostitutas creyeron en él.

          Es por tanto el Señor, quien como el buen samaritano, ansía venir al encuentro del hombre que se ha separado de él por el pecado: Dejando Jerusalén, lugar de su presencia,  se ha encaminado a Jericó, imagen del mundo, cayendo en manos de salteadores que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Los profetas serán los encargados de anunciar con insistencia estos ardientes deseos de la voluntad amorosa de Dios. Juan será el designado para precederle con el espíritu y el poder de Elías a preparar su camino, y Cristo, el elegido para encarnar su venida.

          Dios es espíritu, y aun a través de Jesucristo, el encuentro del hombre, con Dios, ha de realizarse en el espíritu, y por tanto en su libertad. Los obstáculos que encontrará el Señor en su camino al corazón del hombre serán por tanto espirituales. Ningún obstáculo puede oponerse al Señor sino el espíritu del hombre, al cual dotó Dios de libertad, para que pudiera amar: Los “montes” de la soberbia y el orgullo, levantan el yo del hombre, impidiendo el acceso al Señor, que viene manso y humilde de corazón. Estos montes deberán ser demolidos, y rellenados estos “valles”, abismos de la hipocresía y simas insaciables de las pasiones;  carencias socavadas en el espíritu del hombre que ha abandonado a su Dios.

          Sólo el Señor, mediante la conversión, quiere darnos el discernimiento de la fe, capaz de acoger la salvación, que puede arrancar estos montes y plantarlos en el mar de la muerte, para desecar su poder, y convertir el corazón del hombre, en un vergel en el que florezca la justicia, camino llano para el Señor.  Por tanto: “¡Preparad el camino al Señor!”   “Y todos verán la salvación de Dios”.

          Proclamemos juntos nuestra fe.

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Sábado 1º de Adviento

Sábado 1º de Adviento 

(Is 30, 18-21.23-26; Mt 9, 35-10,1.5a.6-8)

Queridos hermanos:

          Esta palabra hace presente la centralidad de la misión de Cristo y de la Iglesia: Proclamar el Reino de Dios comenzando por el Israel creyente, de sinagoga en sinagoga por ciudades y pueblos, con las palabras y los signos que lo acompañan, y compadecerse también de la muchedumbre abandonada a su impiedad. Precisamente Cristo ha sido enviado a ellas, las ovejas perdidas, aunque no descuida a las “fieles”.

          Por la misión, el mal retrocede en el corazón de los hombres y Satanás cae de su encumbramiento.

«Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.» Pedid que Dios suscite mensajeros a los que enviar, para pastorear a los que se pierden por falta de cuidado pastoral. Siendo el Señor quien llama, quien lo puede todo y quien quiere la salvación del hombre, pide no obstante la oración de los discípulos para que Dios suscite “operarios” para la mies. Qué grande es la fuerza de la oración y qué prioritario es en la misión, como en la “pastoral vocacional” el deseo y el celo evangelizador de los discípulos y de la Iglesia. Dios que lo puede todo y puede sacar de las piedras hijos de Abrahán, quiere que la salvación se haga a través de nuestro amor; de la sintonía de nuestro corazón con en suyo. Quiere salvar al hombre a través del deseo de salvación del hombre, y por eso ha querido encarnarse, él mismo, en Cristo, y enviar su Espíritu Santo sobre toda carne, de forma que sea el amor el que lo guíe todo.

Cada carisma de salvación, es sometido por Dios a la aceptación humana libre y gozosa, de cada pastor y de cada hombre, como corresponde a un corazón que ama los deseos del Señor. Cristo le decía a Madre Teresa: Quiero esto de ti… ¿Me lo negarás? El que Cristo enseñe a los discípulos a orar para que Dios envíe obreros a su mies, es para que cada discípulo se abra, él mismo, a la misión, diciendo como Isaías: Heme aquí, envíame.  

La Iglesia tiene el corazón de Cristo: su celo por la oveja perdida, y ese debe ser también el corazón de los pastores, y de cuantos hemos recibido el Espíritu Santo. Cuando Cristo envía a sus discípulos les dice: “Id más bien a las ovejas perdidas.” Es fácil encontrar pastores que se apacienten a sí mismos, que cuidan de su propia oveja, pero hay que pedir a Dios que envíe obreros a su mies; pastores que cuiden de sus ovejas, con especial celo por las descarriadas.

 Que así sea.

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